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hombres y mujeres por sus plegarias en nombre de la familia. Luego, comencé mi confesión. «La mayoría de los presentes sabe que, antes de todo lo que sucedió con Colton, yo me había fracturado una pierna y me habían realizado una cirugía para extraer cálculos renales, a lo que se sumó la mastectomía. Tuve un año tan difícil que algunos comenzaron a llamarme “pastor Job”». En el santuario resonaron algunas risas. «Pero nada de eso me dolió tanto como ver lo que estaba atravesando Colton, y me enojé muchísimo con Dios. Soy hombre, y como nos pasa a todos los varones, yo tenía que hacer algo. Y lo único que sentí que podía hacer era gritarle a Dios». Describí brevemente mi actitud en aquella pequeña habitación del hospital, donde agredí a Dios culpándolo de lo que le sucedía a Colton y quejándome por la forma en que Él había decidido tratar a uno de sus pastores, como si yo de algún modo tuviera que estar exento de problemas por estar haciendo su trabajo. «En ese momento», proseguí, «cuando estaba tan alterado e indignado, ¿pueden creer que Dios decidió responder a mi plegaria? ¿Pueden creer que a pesar de haber elevado una oración como esa, Dios me respondió con un “sí”?» ¿Qué había aprendido? Recordé nuevamente que podía mostrarme tal como soy ante Dios; que no tenía que elevar una plegaria santurrona y beata para que me escucharan en el cielo. —Es mejor decirle a Dios lo que pensamos —dije—. A fin de cuentas, Él ya lo sabe. Lo más importante que aprendí fue que mis oraciones son escuchadas. Las de todos lo son. Soy cristiano desde que era un niño y llevo la mitad de mi vida como pastor, por lo que eso era algo en lo que ya creía; pero ahora lo sé. ¿Cómo? Cuando las enfermeras empujaban la camilla que se llevaba a mi hijo entre alaridos de «¡Papi! ¡Papi, no permitas que me lleven!», cuando me enojé con Dios porque no podía estar con mi hijo, abrazarlo y reconfortarlo, el hijo de Dios tenía al mío en el regazo.

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El cielo es real  
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