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cuando es difícil y llamar a las cosas por su nombre. Todo esto me pasó por la cabeza en apenas un instante, pero me lo guardé para mí. —Así que una luz, ¿eh? —fue todo lo que dije. —Sí, y tienen amarillo de aquí a aquí —dijo, mientras volvía a hacer el movimiento que representaba una faja desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha. —Y blanco de aquí a aquí —continuó, mientras se llevaba las manos a los hombros y luego se inclinó para tocarse los empeines. Pensé en el «hombre» que se le apareció al profeta Daniel: «El día veinticuatro del mes primero, mientras me encontraba yo a la orilla del gran río Tigris, levanté los ojos y vi ante mí a un hombre vestido de lino, con un cinturón del oro más refinado. Su cuerpo brillaba como el topacio, y su rostro resplandecía como el relámpago; sus ojos eran dos antorchas encendidas, y sus brazos y piernas parecían de bronce bruñido...».6 Colton volvió a trazarse una faja en el pecho con la mano y dijo que las personas en el cielo usaban colores diferentes a los que vestían los ángeles. A esa altura, mi medidor de nueva información estaba casi saturado, pero necesitaba saber una cosa más. Si Colton realmente había estado en el cielo, si en verdad había visto todas esas cosas —caballos, ángeles, a Jesús, a otros niños— y estuvo allí arriba (¿es arriba?) el tiempo suficiente como para hacer la tarea, ¿cuánto tiempo estuvo afuera de su cuerpo, según él mismo decía? Lo miré, de rodillas sobre la silla de la cocina con la capatoalla amarrada al cuello. —Dijiste que estuviste en el cielo e hiciste todas estas cosas... muchas cosas. ¿Cuánto tiempo estuviste allí? —le pregunté. Me miró a los ojos y no dudó ni un momento. —Tres minutos. Acto seguido, se bajó de la silla de un brinco y volvió a su juego dando saltitos.

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El cielo es real  
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