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apedreado. En el libro de Apocalipsis, el apóstol Juan escribe que vio un «ángel poderoso que bajaba del cielo envuelto en una nube. Un arco iris rodeaba su cabeza» y que el rostro del ángel brillaba «como el sol».4 No pude recordar ángeles que tuvieran específicamente luces —o halos, como los llaman algunos— sobre la cabeza, pero también sabía que los conocimientos que Colton tenía sobre ángeles a partir de la Biblia y los libros de cuentos no incluían luces sobre la cabeza de los ángeles. Además, ni siquiera conocía la palabra halo. Hasta donde yo sabía, tampoco había visto un halo, dado que las historias de la Biblia que le leíamos antes de ir a dormir y las clases de la escuela dominical son muy fieles a las Escrituras. De cualquier modo, lo que me dijo me intrigó por otra razón: una amiga, la esposa de un pastor de una iglesia de Colorado, me había contado algo que su hija Hannah le había dicho cuando tenía tres años. Una mañana, cuando terminó el servicio dominical, Hannah tironeó de la falda de su madre y le preguntó: «Mami, ¿por qué algunas de las personas en la iglesia tienen luces sobre la cabeza, y otras no?» Recuerdo que en ese momento pensé dos cosas. La primera fue que me habría arrodillado para preguntarle a Hannah: «¿Tengo una luz sobre la cabeza? ¡Di que sí, por favor!» También me pregunté qué habría visto Hannah, y si lo había visto porque, al igual que mi hijo, tenía la fe de un niño. Cuando los discípulos le preguntaron a Jesús quién era el más importante en el reino de los cielos, Jesús llamó a un pequeño que se encontraba entre la multitud y lo hizo pararse frente a todos para ponerlo como ejemplo. Y dijo: «Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos».5 El que se humilla como este niño... ¿Qué es la humildad infantil? No es falta de inteligencia, sino falta de maña, falta de intereses ocultos. Es esa preciosa y efímera etapa antes de haber acumulado suficiente orgullo o actitud como para que nos importe lo que piensan los demás. Es la misma honestidad genuina que hace que un niño de tres años pueda chapotear alegremente en un charco de lluvia, revolcarse en el césped como un cachorrito mientras ríe a carcajadas o decir en voz muy alta que tienes un moco colgando de la nariz, la que se necesita para entrar en el cielo. Es lo opuesto a la ignorancia. Es honestidad intelectual: es estar dispuesto a aceptar la realidad aun www.DecidaTriunfar.net

El cielo es real  
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