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—¿Sí? —¿Recuerdas cuando me contaste sobre cómo lucía Jesús y sobre el caballo de colores? Asintió con la cabeza. Tenía los ojos bien abiertos y su expresión era seria. —¿Estuviste en el cielo? Volvió a asentir. Me di cuenta de que estaba comenzando a aceptar que sí, que tal vez realmente había estado en el cielo. Era como si nuestra familia hubiera recibido un regalo y, tras haber retirado el envoltorio, sólo conociera su forma exterior. Ahora quería saber qué había dentro de la caja. —¿Y qué hiciste en el cielo? —La tarea. ¿La tarea? No era eso lo que esperaba. Quizá práctica coral, pero, ¿la tarea? —¿A qué te refieres? Colton sonrió. —Jesús fue mi maestro. —¿Como en la escuela? Asintió. —Jesús me dio tarea para hacer, y eso fue lo que más me gustó del cielo. Había muchos niños, papá. Esta afirmación marcó el inicio de un período que desearía haber registrado por escrito. En esa conversación, y durante el año posterior, Colton nombró a muchos de los niños que dijo que estuvieron con él en el cielo. Ahora ya no recuerda sus nombres, y Sonja y yo, tampoco. Esta también fue la primera vez que Colton mencionó a otras personas en el cielo. Es decir, otras personas además de las figuras bíblicas como Juan el Bautista, si bien debo admitir que lo veía a él más bien como... pues, más como un «personaje» que como una persona de carne y hueso como tú y yo. Parece una tontería, ya que los cristianos hablamos todo el tiempo de ir al cielo cuando muramos. ¿Por qué no se me había ocurrido que Colton podía haber visto a otras personas comunes y corrientes allí? Pero todo lo que se me ocurrió preguntar fue: —¿Y cómo eran estos niños? ¿Cómo lucen las personas en el cielo?

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El cielo es real  
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