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TRECE: LUCES Y ALAS

Sonja llegó de Colorado Springs el sábado por la noche. Nos acurrucamos en la sala con sendos vasos de Pepsi y le conté el resto de lo que me había dicho Colton. —¿Qué hemos estado pasando por alto? —me pregunté en voz alta. —No lo sé —dijo—. Es como si de pronto saliera con toda esa nueva información. —Quiero saber más, pero no sé qué preguntarle. Ambos somos maestros; Sonja en el sentido formal de la palabra, y yo, en el pastoral. Coincidimos en que la mejor manera de proceder sería seguir haciéndole preguntas abiertas cuando la situación lo permitiera, y no llenar los huecos en el relato como yo, inadvertidamente, había hecho al sugerir la palabra corona cuando Colton me describió la «cosa dorada» que Jesús tenía sobre la cabeza. En los años subsiguientes, nos apegaríamos tanto a este curso de acción que Colton no descubriría la palabra faja sino hasta los diez años. Un par de días después de nuestra conversación sobre los marcadores, estaba sentado a la mesa de la cocina preparando un sermón mientras Colton jugaba cerca. Levanté la vista de mis libros y la posé sobre mi hijo. Armado con espadas de juguete, estaba en el proceso de atarse las puntas de una toalla alrededor del cuello. Todos los superhéroes necesitan una capa. Quería volver a preguntarle sobre el cielo y había estado dándole vueltas a posibles preguntas. Nunca antes había tenido una conversación como esa con mi hijo, por lo que estaba un poco nervioso sobre cómo iniciarla. En realidad, nunca había tenido una conversación como esa con nadie. Quería hablar con Colton antes de que entrara en batalla, de modo que logré captar su atención y le hice una seña para que viniera a sentarse conmigo. Vino al trote y se trepó a una silla en el extremo de la mesa de la cocina.

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El cielo es real  
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