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DOCE: TESTIGO DEL CIELO

No fue sino hasta cuatro meses después de la cirugía de Colton, durante el viaje que hicimos en la festividad del 4 de julio para conocer a nuestro nuevo sobrino, que Sonja y yo finalmente tuvimos una idea de que algo extraordinario le había sucedido a nuestro hijo. Cierto era que había dicho y hecho una serie de cosas extrañas desde que salió del hospital: su insistencia de que le pagáramos al doctor O’Holleran por haberlo «reparado», la afirmación de que Jesús le había «dicho» que debía ser bueno y la vigorosa y casi vehemente insistencia durante el funeral en cuanto a que las personas deben conocer a Jesús para poder ir al cielo. Pero al pasar, y tomadas como breves viñetas de la atareada vida familiar, esas cosas simplemente parecían... pues, adorables. Excepto por el episodio del funeral; eso sí que había sido extraño. Pero no sobrenatural. No fue sino hasta que atravesábamos North Platte en camino a Dakota del Sur que se encendieron las luces de alarma. Recordarás que yo venía fastidiando un poco a Colton mientras conducíamos por la ciudad. —Oye, Colton, si doblamos aquí, podemos regresar al hospital. ¿Quieres regresar al hospital? —le dije. ¿Recuerdan? Esa fue la conversación en la que Colton dijo que había «salido de su cuerpo», que había hablado con ángeles y que se había sentado en el regazo de Jesús. La forma en que supimos que no lo estaba inventando fue que pudo decirnos qué hacíamos nosotros en ese momento en otra parte del hospital. «Tú estabas solo en un cuarto pequeñito, orando, y mamá estaba en otra habitación. Oraba y hablaba por teléfono». Ni siquiera Sonja me había visto en esa habitación mientras me fundía con Dios. De pronto, mientras conducíamos en nuestro viaje familiar, los incidentes de los meses anteriores cayeron en su lugar como los últimos giros rápidos que resuelven un cubo de Rubik: Sonja y yo nos dimos cuenta de que ésa no era la primera vez

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El cielo es real  
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