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ONCE: COLTON BURPO, COBRADOR

Una vez que regresamos a casa y dejamos atrás el hospital, dormimos durante una semana. De acuerdo, estoy exagerando, pero no mucho. Sonja y yo estábamos completamente agotados. Era como si acabáramos de atravesar un accidente automovilístico sin colisión de diecisiete días: nuestras heridas no eran visibles en el exterior, pero la tensión y preocupación desgarradoras no habían sido gratuitas. Una noche, alrededor de una semana después de haber regresado a casa, Sonja y yo estábamos en la cocina conversando sobre dinero. Inclinada sobre una mesa portátil que teníamos junto al horno de microondas, Sonja clasificaba la enorme pila de correo que se había acumulado durante la estancia de Colton en el hospital. Cada vez que abría un sobre, apuntaba un número en un papel. Apostado contra los armarios en el otro extremo de la cocina, yo podía ver que la columna de cifras se estaba poniendo terriblemente larga. Cuando terminó, presionó el extremo del bolígrafo para cerrarlo y lo apoyó en la mesa. —¿Sabes cuánto dinero necesito para pagar las cuentas de esta semana? Sonja llevaba los libros de la casa y de la compañía, por lo que esta era una pregunta que me hacía con regularidad. Ella trabajaba como maestra a tiempo parcial, de manera que siempre contábamos con esos ingresos que, si bien limitados, eran fijos. Mi salario de pastor también era modesto; se componía de parte del diezmo de una congregación pequeña pero fiel. De manera que el grueso de los ingresos familiares provenía de nuestra empresa de portones para garaje, y esa entrada variaba a lo largo del año. Sonja estaba a cargo de pagar las cuentas, por lo que cada dos semanas me mostraba los números tanto de las cuentas de la casa como de las de la empresa. Pero ahora también se sumaban varias cuentas de hospital exorbitantes. Hice una cuenta mental y arriesgué una cifra.

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El cielo es real  
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