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—Papi, me duele el estómago —gemía. El médico dijo que sería un buen signo si Colton, al menos, podía expulsar sus gases. Lo llevamos a caminar por los corredores del hospital para aflojar las cosas, pero apenas si podía arrastrar lentamente los pies, encorvado por el dolor. Nada parecía ayudar. Cuatro días después de la segunda cirugía, no podía hacer otra cosa que estar recostado en la cama y retorcerse mientras el estreñimiento aumentaba. Esa tarde, el doctor O’Holleran nos trajo más malas noticias. —Lo siento —nos dijo—. Sé que esto ha sido demasiado para la familia, pero creo que nosotros ya hicimos todo lo que podíamos. Pensamos que tal vez sería mejor trasladarlo a un hospital infantil. Podría ser el de Omaha o el de Denver. Entre los dos, en quince días sumábamos el equivalente a unas cinco noches de sueño. Después de más de dos semanas agotadoras junto a la cama de Colton, estuvimos a punto de regresar a la normalidad —cuando las puertas del elevador literalmente se cerraban con nuestra familia y globos dentro— y todo volvió a desmoronarse alrededor. Ahora, nuestro hijo sufría otra vez dolores insoportables que no parecían tener fin. Ni siquiera podíamos ver el horizonte. Justo cuando pensábamos que las cosas no podían ser peores, empeoraron aún más: una inusitada tormenta de nieve en primavera avanzaba hacia el centro del país. En cuestión de horas, la nieve llevada por el viento se apiló en montones contra las puertas del hospital y en los estacionamientos, llegando a la mitad de las ruedas de los automóviles. Ya fuera que eligiéramos el hospital infantil de Omaha, a ocho horas de distancia, o el de Denver, a tres, no había manera de que llegáramos a ninguno de ellos, a menos que contáramos con un avión. Fue en ese momento que Sonja perdió los estribos. —¡Ya no aguanto más! —dijo y se echó a llorar. En ese preciso momento, un grupo de personas de nuestra iglesia decidió que era hora de orar en serio. Nuestros amigos de la iglesia comenzaron a hacer llamadas telefónicas y, en poco tiempo, unas ochenta personas habían conducido hasta la Iglesia Wesleyana de Crossroads para asistir a un servicio de oración. Algunas personas pertenecían a nuestra congregación y algunas venían de otras iglesias, pero todas se habían reunido para orar por nuestro hijo. Brad Dillan me llamó para contarme lo que sucedía allí. —Específicamente —me preguntó—, ¿por qué podemos orar? Si bien me sentía un poco extraño al mencionarlo, le conté cuál sería, según el doctor O’Holleran, una buena señal para Colton. ¡De modo que posiblemente esa sea la única noche en la historia en que ochenta personas se reunieron a orar

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El cielo es real  
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