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CINCO: LA SOMBRA DE LA MUERTE

Era lunes, 3 de marzo. Las enfermeras ubicaron a Colton en una habitación y le pusieron una vía intravenosa. Del pie de acero inoxidable colgaban dos bolsas: una para hidratación y la otra con algún tipo de antibiótico. Sonja y yo orábamos. Norma había venido de visita y le había traído el juguete preferido: su figura de acción del Hombre Araña. Normalmente, los ojos de Colton se habrían encendido al ver a Norma o al Hombre Araña, pero esta vez no reaccionó. Más tarde, nuestra amiga Terri trajo de visita a su mejor amigo, su hijo Hunter. Una vez más, no hubo reacción. Colton casi no daba señales de vida. Sentada en una silla cerca de su cama, Norma miró a Sonja con expresión lúgubre. —Creo que deberías pensar en llevarlo al hospital infantil de Denver —dijo. En ese momento, nosotros aún confiábamos en los médicos y estábamos seguros de que hacían todo lo que podían. Además, Colton no estaba en condiciones de volver a recorrer el camino que nos separaba de Colorado. Los vómitos continuaban. Sonja se quedó a cargo de todo mientras yo me dirigí a casa para ocuparme del resto de nuestras vidas. De camino, me detuve en la iglesia para asegurarme de que seguía en pie. Me puse en contacto con los muchachos que trabajaban conmigo en el negocio de los portones, regresé las llamadas de algunos clientes nuevos y fui a reparar un portón que nadie más podía reparar. Todo el tiempo que estuve lejos del hospital, lo pasé orando. Incluso mientras hablaba con otras personas, elevaba mis oraciones, como si fueran una especie de música mental de fondo que habría estado en primer plano si la vida no tuviera la molesta costumbre de seguir adelante. Sonja pasó la noche del lunes en el hospital, y yo me quedé en casa con Cassie. La mañana del martes, la llevé a la escuela. Durante el resto del día, entre mis responsabilidades eclesiásticas y comerciales pasé por el hospital tantas veces

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