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Los tiempos de la vida en la aldea: días y trabajos José Ángel García de Cortazar Los ritmos de vida de la comunidad aldeana medieval fueron aún más diferentes que los nuestros. Los nuestros los mide hoy, de forma implacable, mecánica, el reloj. Sea invierno o verano, hay que levantarse a las siete para estar a las ocho en el lugar de trabajo. Sea primavera u otoño, la luz eléctrica permite prolongar hasta las doce de la noche, y aún más, la actividad diaria. Los ritmos de los aldeanos los marcaba la naturaleza. Sus referencias cronológicas estaban siempre relacionadas con el santoral y con las condiciones de su actividad productiva. Todavía nuestros padres recuerdan esas referencias. Cuando ellos mueran habrá que estudiarlas en los libros. «Si la Candelaria (2 de febrero) plora, inverno bota fora.» «Por San Blas (3 de febrero) la cigüeña verás; si no la vieres, año de nieves.» «Lluvia por la Ascensión (movible, cuarenta días después de la Pascua) cuarenta días de lluvia son.» «Lluvia por San Juan (24 de junio) quita vino y no da pan.» «En septiembre, la gallina vende en Navidad, vuélvela a comprar». «A todo cerdo le llega su San Martín (11 de noviembre)»... Tales son algunas de las referencias del calendario campesino, cuya memoria está a punto de extinguirse entre nosotros. Como lo está el sonido de las campanas. Ellas marcaban, por su parte, tanto el ritmo habitual como las excepciones de la vida de la comunidad. Esto es, de un lado, la hora de la liturgia: las vísperas del sábado, la misa del domingo. O de la oración: desde comienzos del siglo XIV se difunde la práctica del rezo del Ángelus, una salutación a la Virgen, a mediodía y, sobre todo, al caer la tarde. Y las excepciones a la monotonía de la vida de la aldea. En forma de incendio, inundación, amenaza de enemigo, convocatoria para perseguir a un criminal… O más rutinariamente la muerte de un miembro de la aldea. Todavía resuena en muchos de nuestros pueblos el lento volteo de la campana anunciando la muerte: un toque para la del niño, dos para la de la mujer, tres para la del hombre. Presididos por ese doble conjunto de referencias, de un lado, santoral y producciones agrícolas, de otro, tañido de campanas, la vida de la aldea medieval se manifestaba en ritmos diversos.,. El ritmo diario Lo marcaba la luz del día. Ella señalaba el final de la tiniebla nocturna. Una tiniebla llena de temores a amenazas invisibles pero, también, de miedo a que el fuego de las antorchas, velas o lumbres acabara con las casas de la aldea, fabricadas de madera. El ritmo “de sol(naciente) a sol (poniente)” era fijado para el trabajo de obreros y jornaleros del campo. Así lo dispusieron, por ejemplo, las Cortes de Valladolid de 1351. Todos los dispuestos a alquilar su trabajo debían salir a las plazas de sus pueblos y aldeas “de cada día, en quebrando el alva, con sus ferramientas et ssu vianda, en manera que salgan de la villa o del lugar en ssaliendo el sol para fazer las labores a que fueren alquilados, et que labren todo el dia, et salgan en tal tiempo de las dichas labores, que lleguen a la villa o lugar do fueren alquilados en poniéndose el sol”.


Por supuesto esto suponía que, al contrario de lo que sucede hoy, el horario de trabajo era mucho más corto en invierno que en verano, cuando la claridad solar se prolongaba y permitía continuar las labores. Por lo demás, el día podía quedar dividido en tres partes. Una primera, desde el alba hasta una hora antes del mediodía, en que se tenía la comida principal; una segunda, entre ésta y la puesta de sol, hora de la cena; y una tercera, en especial, en invierno, cuando la tarea aldeana era menor y las noches más largas, entre la cena y el acostarse. La hora de los cuentos y las canciones. El ritmo semanal Lo marcaba la fiesta del domingo y sus obligaciones. Oír misa entera y no permitir ni «estrépito judicial ni obra servil»,como, entre otras, «traer hortalizas, fazer hierba, coger mançana, a limpiar tripas, traer los çurrones de las ruedas...». Así lo señalaban las ordenanzas de una pequeña localidad del norte de España a mediados del siglo XV. Excepcionalmente, la Iglesia autorizaba que, aprovechando la presencia de los aldeanos en la misa, se hiciera alguna reunión del concejo en el atrio del templo de la aldea. Después, la comida familiar y algunos juegos o reuniones de los vecinos completaban el día. Cuando, en los siglos XIV y XV, las aldeas empezaron a vivir en más estrecha simbiosis con las ciudades, la instalación de tabernas en algunas de aquéllas propició otras formas de diversión menos bendecidas por las autoridades tanto eclesiásticas como seglares. Aparte de la fiesta del domingo, otros hechos subrayaban el ritmo semanal. En todas las aldeas, el ayuno o la abstinencia de carne el viernes. En las aldeas relativamente cercanas a las ciudades, el mercado semanal de éstas podía ser también una convocatoria que subrayaba el ritmo semanal de la vida del aldeano. Era el día, variable según las ciudades, en que los campesinos acudían a éstas con sus productos agrícolas y volvían con algunas herramientas o, si eran pudientes, algunas ropas. Pero, además del mercado, había otra razón festiva que interrumpía el ritmo semanal del aldeano medieval. Las numerosas fiestas de guardar que, además de los domingos, la Iglesia estableció en el calendario europeo. Prácticamente, tantas como domingos. Esto es, en torno a cincuenta. En algunos meses, como mayo o diciembre, los días de fiesta, aparte de los domingos, eran siete y ocho, respectivamente. Y, junto a las reconocidas con valor general, había que colocar otras que dependían de celebraciones locales o, simplemente, suscitadas por hechos concretos: el paso de un señor, el viaje del rey o de algún noble importante, la visita de un abad o de un obispo… Bien es verdad que los aldeanos, que en invierno estaban dispuestos a celebrar cuantas fiestas fuera preciso, en verano eran más avaros de su tiempo. Sabían que cualquier distracción del trabajo podía costarles la pérdida de parte de la cosecha. Y, con ella, la amenaza del hambre par ala temporada próxima. Al menso las dificultades para la época de soldadura, la que media entre el final del consumo y el comienzo del aprovechamiento de la nueva. Presididos por ese doble conjunto de referencias, de un lado, santoral y producciones agrícolas, de otro, tañido de campanas, la vida de la aldea medieval se manifestaba en ritmos diversos.


El ritmo mensual y el ritmo estacional Los aldeanos europeos medievales apenas captaron el ritmo mensual. En ello, se asemejaban a nosotros, que percibimos mejor el estacional o trimestral. En cambio, escultores, pintores y poetas dejaron muestras de representaciones iconográficas o literarias de los meses del año. Los pórticos de algunas iglesias, los libros de horas y las estrofas de poemas como el Libro de Alexander o el Libro de buen amor son algunos ejemplos de ellos. Se trata de recordar, a través de las tareas campesinas más significativas, cada uno de los meses del año. Así desfilaban sucesivamente la matanza del cerdo, el calor al amor de la lumbre, la poda, las flores en manos de una muchacha, la caza con halcón; la escarda o la recogida de cerezas, la siega, la trilla, la vendimia, el transporte del vino, el banquete, el encendido del fuego. Menos erudito y más real era, para los aldeanos, el ritmo de las estaciones del año. Apegado por completo a la cadencia biológica y climática, fijaba, para aquella sociedad tan en contacto con la naturaleza, un reparto de actividades muy desigual a lo largo del año. De hecho, para los hombres de la Edad Media, dos eran las estaciones: verano e invierno. El comienzo de uno y otro estaba en mayo y en los primeros días de noviembre, respectivamente. Su ritmo estaba marcado, desde luego, por el de las producciones mayoritarias: cereales, viñedo, pero también por el de la ganadería o, allá donde era importante, la propia fruta. En todos los casos, un mismo ritmo. Al invierno, temporada de aletargamiento de las plantas, correspondía un descenso de la actividad del aldeano. Éste, por supuesto, trabajaba en otoño para arar y sembrar la tierra. Y debía sacar tiempo para prensar las uvas o la manzana. Pero eran trabajos más llevaderos que los que le esperaban después. Como los que correspondían al invierno: fabricar algunos utensilios de madera, podar los frutales, hacer las cavas y podar los viñedos. En primavera, debían ya estar preparado para el nacimiento de los corderos y afínales del mes de mayo, deberían incorporar sus rebaños de ovejas, si los tenía, a la gran trashumancia de la Mesta. Pero, sin duda, la etapa dura del aldeano eran los meses de julio a septiembre. A ella se preparaba con una celebración especialmente significativa: la noche de San Juan. Uno de los hitos del calendario campesino. Pero, inmediatamente después y aparte de las atenciones menores al ganado que les correspondía atender a mujeres y chicos, los hombres tenían que estar muy atentos a las tres grandes tareas del verano: la cosecha, la trilla y la vendimia. Para ellos mismos o para sus alquiladores o sus señores. Ninguna de ellas admitía distracciones. Las tres exigían la aportación intensa y rápida de la mano de obra. Bastaba una tormenta a destiempo para estropear espigas y racimos. Para perder el esfuerzo del año agrícola. O, lo que era lo mismo, para empezar el triste sendero de las peticiones de préstamos, del endeudamiento, del hambre y, ¿por qué no decirlo?, de la muerte. Dentro de las economías campesinas de la Edad Media, una cosecha escasa o, simplemente, menor de la esperada, podía poner a las puertas de esa muerte a gran parte de las familias de una aldea o de una región. De ahí que el aldeano no fuera muy entusiasta de celebraciones festivas en los meses de julio y agosto. No eran momentos para abandonar la faena. Por ello, le bastaba la fiesta de la Asunción de la Virgen, esto es, el 15 de agosto, que venía a poner fin a la cosecha, y, un mes más tarde, las fiestas de los «santos


recaudadores»: San Mateo (21 de septiembre) y San Miguel (29 del mismo mes). Durante ese mes largo, era, además, el tiempo de abonar los diezmos a la Iglesia y de rendir cuentas a los contratantes de la mano de obra. Entrojada la paja, molido el grano, guardada la harina en la artesa, elaborado el vino, el aldeano se aprestaba, a finales de octubre, a recoger el ganado que, en la primavera, había salido de la aldea camino de la trashumancia. Con ello, se cerraba su año agrícola. Era hora de echar cuentas y, si se podía, ponerse al día en los pagos al señor. En cumplir la martiniega: el abono que se hacía, precisamente, en torno a la fiesta de San Martín (11de noviembre). Después de ello, con calma, volvía a ponerse en marcha un nuevo año agrícola: arar, sembrar...

El ritmo anual Como los anillos de crecimiento de los árboles, el ritmo anual marcaba el implacable envejecimiento de los aldeanos medievales. Cada trescientos sesenta y cinco días, es Navidad; y San Juan; y San Miguel; y San Martín. Menos matemáticamente, es Pascua florida, Pentecostés, Corpus... Cada año celebraban las mismas fiestas, como idéntico era el ritmo de la naturaleza cuyos pasos seguían sin apenas modificarlos. A ese ritmo se acompasaban, anualmente, los contratos de pastores, los de las mancebas que habían de servir, o el pago de los tributos a los señores: los diezmos, las martiniegas, los regalos navideños... Todo ello venía medido por los ritmos anuales. La Iglesia los había cristianizado, en parte, poniendo las fechas más significativas bajo la advocación de diferentes santos. Pero, en origen, estos ritmos, estos tiempos de las aldeas medievales, eran, simplemente, ritmos de la naturaleza, dominantes en sociedades fundamentalmente agrarias; más específicamente, en sociedades basadas en las producciones de cereal, vino y aceite. Pese a su cristianización por la Iglesia, los ritmos de la vida de la aldea alcanzaban el cenit de las celebraciones comunitarias en los solsticios de invierno y de verano. Esto es, en el día más corto y en el día más largo del año. La Nochebuena y la noche de San Juan se configuraron así como las fiestas anuales más significativas de la sociedad medieval.

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