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Textos por Javier TibaquirĂ ilustraciones DE Jorge Lewis


Para nadie es un secreto que los ratones de ciudad llevan una vida muy agitada‌


E sto se debe a que viven alrededor de 77 semana s


¡77 SEMANAS!

Más o menos, ma l contada s... 77 semana s que, una tra s otra, son la vida de un ratón. (E s decir, si ca lculamos ligero y redondeando, lo anterior significa que una semana de ratones equiva le a un año de humanos). Ta l vez por eso no saben lo que son la juventud o la vejez: viven tan poco que nacen siendo viejos y mueren siendo jóvenes.


Sencillamente, los ratones de ciudad no tienen tiempo que perder.


Por eso es fácil imaginarse lo contento que se puso Dito cuando Maya aceptó, por fin, ir a comer con él. Y no era para menos, porque llevaba invitándola…

(¡E so es un montón de tiempo para un ratón!)


Sin embargo, la espera había valido la pena. Maya era una ratona extraordinaria. Hay que reconocer que no se trataba de la más guapa, no. De hecho, Dito solía toparse con decenas, cientos, miles de ratonas que tenían el pelaje más áspero, los dientes frontales más afilados o la cola más roñosa. Auténtica s belleza s. Pero ninguna de ella s estaba a la a ltura de Maya ¿Por qué? .


…porque Dito y Maya tenían la misma edad. Y Dito soñaba con una ratona de su edad. A sí que de entre la s decena s, los cientos, los miles de admiradores que la perseguían a lo largo y ancho de los laberintos de alcantarilla s prodigándole innumerables chillidos de simpatía, Maya se había decidido, esta vez, por Dito.


Tarde, ni quien lo dude, pero una cita es una cita. Y ĂŠl se iba a encargar de que fuera inolvidable.


Y como llevaba tanta s semana s-años planeando la oca sión, Dito tenía resueltos de antemano los dos problemas esenciales que enfrenta un ratón de ciudad en esta s circunstancia s:

el para-dónde y el cómo-verse.


PROBLEMA #1: El para-dónde E l lugar indicado para llevar a Maya era, definitivamente, El Ca scote Humeante, un lujoso escondri jo situado al otro lado del río. Dito había escuchado que a llí era posible deleitarse con los platillos más exquisitos, desde tomates pisoteados y potajes mohosos ha sta reta les de carne aderezados con guiso de fango. Y lo mejor, estaba el privilegio de a sistir, en vivo y en directo, a uno de los recitales de la archifamosa Josefina XXVII, descendiente de Josefina I, la cantora con el chillido más cautivador que el pueblo de los ratones haya conocido jamás. En vista de que El Cascote Humeante era un lugar muy exclusivo, y Dito un ratón escaso de recursos, ¿cómo se la s iba a apañar para obtener su admisión y la de Maya?


Bien, su plan era de lo mรกs sencillo:


2.

1.

3.

5.

4.

6.


PROBLEMA #2: E l cómo-verse A el Ca scote Humeante solo se podía ingresar luciendo a lgún tipo de adorno (del mismo modo que en muchos de nuestros restaurantes exigen ga la s y esmóquines), lo cual es poco habitua l en el mundo ratonil. Con todo, esto tampoco representó inconveniente para Dito: en un rincón de su agujero de arcaduz guardaba un viejo corbatín bermejo que cierta vez su padre le había rega lado siguiendo una tradición familiar.


¡Y QUÉ BIEN LE QUE DÓ! Ciertamente combinaba a la perfección con los tonos de su pelaje.


Cuando partió hacia El Cascote Humeante, Dito se sentía muy seguro de sí mismo. Ha sta pudo notar cómo a lguna s ratona s lo miraban de soslayo, atraída s por lo repulsivo que lucía. Pero él solo tenía ojos para Maya. En todo el camino ca si no dejó de pensar en ella…


M ie nt ra s se ag az ap ab a ba jo lo s refr ig erad or es de la ca rn ice rĂ­ a, pe ns ab a en su s or ej as , ta n re do nd as e ir re si st ib le m ente su ci as ...


Mientra s cruzaba la ca lle, pensaba en su nariz, inquieta y luminosa


como el gran trozo de queso que cuelga al fondo de la noche‌


pen

e d a i v u l l a l a Ă­ d elu s a r t n M i e s u s b i g ot e s , l a r g o s n e a b a s


e s co b a z o s e n la piz zería co m o e s p a g , u et i s r ancio s‌


Mientra s a sustaba a la esposa del panadero, pensaba en… seguir a sustándola, porque era un pa satiempo que le divertía muchísimo.


Y de repente, cuando corría por los cables de la luz‌


Fue el instante más largo de su vida. Sintió como si el tiempo se hubiera detenido, como si se hubiera reducido a corbatín. Y el mundo también era un corbatín. Y su corazón latía muy apretado, como si lo envolviese un corbatín. Pero aunque era un excelente nadador, Dito no se lanzó a l río. Se estaba haciendo tarde y el agua había arra strado el corbatín dema siado lejos.

Era, ni más ni menos, el fin de su cita, una cita que ni siquiera había empezado.


Af ligido, Dito siguió adelante. Ya podría figurarse el resto de la noche: los expulsarían de El Ca scote Humeante por no cumplir con la etiqueta, y tendrían que conformarse con oler la comida desde fuera; y, a lo lejos, oír a la hechizante Josefina XXVII entreteniendo a las decenas, los cientos, los miles de asistentes a l lugar. Maya se marcharía avergonzada y no volvería a dirigirle un simple chillido de sa ludo. Y él nunca podría contarle que tenían la misma edad. Para cuando llegó a El Ca scote Humeante, Dito había ensayado un puñado de disculpa s, toda s distinta s, toda s insulsa s.


!Y ENTONCES LA VIO!

Vio a Maya. Pero vaya sorpresa…


¡Ella tampoco estaba vestida para la ocasión! Maya caminaba vacilante, como buscando los chillidos. Dijo que tenía algo que confesarle. Y a continuación le contó que no quería entrar a El Cascote Humeante pues le parecía el lugar más aburrido de todos. Lo conocía de antes porque la mayoría de sus pretendientes la habían llevado allí para impresionarla, pero la verdad era que prefería chiqueros menos opulentos y además detestaba el espectáculo de Josefina, cuyo canto le parecía absolutamente incomprensible.


Dito escuchó a Maya en silencio. Después se acercó a ella, aliviado. Era su turno de hablar. Y entonces pasó un largo rato refiriéndole hasta el más mínimo detalle de su aventura y la tradición del corbatín bermejo. También relató su periplo por la carnicería, la calle, la pizzería y la panadería, y cómo el tiempo se atajó en aquel puente sobre el río.


Por último, le contó que tenía la misma edad que ella.


Y Maya comprendi贸 todo perfectamente.


Los dos ratones abandonaron el escondrijo dando saltitos nerviosos, chillando de entusia smo. E staban impacientes por trepar toda s la s cañería s, esquivar toda s la s rueda s, huir de todos los pizzeros y aterrorizar a las esposa s de todos los panaderos. Nadarían en cuanto charco, comerían cuanto desperdicio se les atravesara. Olisquearían y roerían toda s las cosa s, como si fuera la primera vez que la s vieran en su vida. Juntos. Como dos jóvenes viejos o dos viejos jóvenes. Pero juntos. Dito y Maya no tenían tiempo que perder...


…PORQUE AL DÍA SIGUIENTE CUMPLIRÍAN 77 SEMANAS DE NACI DOS.


77 semanas  
77 semanas  
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