Page 1

I.E.S. ZIZUR B.H.I.

CERTAMEN LITERARIO. “Cuéntanos tu historia”

Textos Premiados PRIMERA CATEGORÍA Primer Premio:

Íñigo Palacios Martínez (1º ESO)

Segundo Premio: Isabel Rubio Padilla

(1º ESO)

Tercer Premio:

(2º ESO)

Ánder Loyola Sergio


La casa de los abuelos

La casa de los abuelos era un lugar especial. Mi familia iba en los tiempos de vacaciones y, en cada estación, el paisaje era diferente. En invierno, la nieve y la lluvia cubrían las colinas donde pastaban tranquilamente las vacas de los vecinos. En otoño y primavera, el bosque cercano nos proporcionaba a mis hermanos y a mí un sitio donde poder disfrutar y correr, buscando rincones donde situar nuestros juegos. Pero era en verano cuando mejor lo pasábamos. La cercanía del río, las cuadrillas de chavales del pueblo y las siestas después de comer hacían que los días pasaran rápidos y placenteros. A media tarde, volvíamos al bosque para terminar nuestras aventuras entre risas y juegos. Las noches del verano se llenaban de cenas en el porche y de historias del abuelo, bajo la luz de un candil y de las estrellas. Y fue uno de esos relatos, en aquel verano en el que hizo tanto calor, el que me dejó una huella imborrable. Yo creo que el abuelo no quiso en ningún momento meternos miedo, ni tan siquiera hacer que nuestros sueños fueran agitados. Él contaba esta historia como otras tantas, basada en recuerdos de su niñez y en los relatos que había oído en su infancia.

Se trataba de la historia de una niña, Laura, creo que así se llamaba, la hija del maestro, de unos 7 años.


Mi abuelo la describía como una pequeña rubia, con el cabello lleno de tirabuzones y lazos enredados, que llevaba siempre vestidos llamativos. Jugaba con todos los niños y tanto se ponía a darle a la pelota en las praderas que estaban al lado del pueblo, como se le podía ver con sus muñecas y otras niñas a la puerta de cualquier casa. Parecía una niña feliz, obediente y buena estudiante. Pero un buen día desapareció y su padre la buscó por cada rincón del pueblo, por las casas de alrededor y, finalmente, por el bosque. Salieron cuadrillas de personas, que rastrearon cada palmo del terreno. Registraron las cuevas, madrigueras y casetas cercanas. Preguntaron a transeúntes y pastores. Pero nadie obtuvo ninguna pista sobre su paradero. La niña nunca volvió a aparecer. Su padre, desesperado por la ausencia de su hija, decidió irse del pueblo, envejecido y con lágrimas en los ojos. La desaparición de la niña y la partida del padre fueron comentarios en el pueblo durante algún tiempo, pero poco a poco los años fueron haciendo olvidar el asunto. Lo escalofriante del relato era que, de vez en cuando, su imagen aparecía reflejada en cristales de las ventanas o en la superficie del agua del río. Algunos niños aseguraron haberla visto con frecuencia reflejada en la bruma de la mañana. Pero todos los habitantes del pueblo prefirieron no hacer mucho caso a este asunto y seguir con sus vidas. Todo esto, contado una noche de verano, por mi abuelo, con todos los adornos que ponía en estas historias, hizo que mis hermanos y yo nos fuéramos a dormir muy inquietos. Precisamente esa noche cayó una tormenta de verano, con numerosos truenos, lo que puso un escenario terrorífico a nuestros temores.


El último en dormir fui yo. Era el que tenía la cama más cerca de la ventana y el ruido de la lluvia golpeando en los cristales me tenía despierto. Me incorporé encima del colchón y miré afuera, a la oscuridad, y lo que vieron mis ojos no fue mi reflejo, sino la silueta de una niña rubia con tirabuzones y lazos en el pelo. Me asusté mucho y me metí en la cama enseguida, tapado por la almohada. Tenía miedo y no quería que ningún fantasma se topase conmigo. No sé cuanto tiempo estuve así, pero la verdad es que me quedé dormido, porque lo siguiente que recuerdo es despertarme, ya de día, con la luz entrando por la ventana. La tormenta había pasado y el sol invadía la habitación. Me incorporé y pude comprobar que el reflejo de la noche anterior había desaparecido, viendo mi propia imagen, cansada y temerosa. Nunca les conté ni a mis hermanos ni a mi abuelo lo que sucedió esa noche. Ahora, años después, he vuelto a la antigua casa de mis abuelos, en un día de final de verano. Ya no está mi abuelo y mis hermanos viven en ciudades lejanas. Al igual que aquella noche, una tormenta ha descargado sobre los prados, dando frescura al ambiente. Me asomo a la ventana y busco una imagen que puede que solo esté en mi imaginación. Pero no. Allí está su reflejo, sonriéndome y, justo detrás, un amplio arco iris que sube al cielo como una alfombra roja de un teatro. Al final, la niña nunca se fue, se quedó allí para disfrutar de su infancia y sonreír a todo el que quisiera verla.


Iñigo Palacios Martínez


La niña

Hace poco, por aquí cerca, en un pueblo que ya no existe, ocurrió algo que ni yo misma me puedo creer. Fue algo que ni las hadas ni los unicornios podrían llegar a entender, fue algo que ni siquiera ese mismo algo pudo creerse lo que fue. Este pueblo era uno muy normal y parecido a Zizur Mayor: Los tres colegios pegados, el instituto con rejas, la biblioteca en medio y el ayuntamiento muy cerca. Y también esa plaza que es en la que todos quedamos, que en Zizur llamamos la plaza de "La araña". Pero este pueblo era diferente, mejor dicho, este pueblo era especial. Esta historia comienza así: Era una mañana como todas en el pueblo de Miyur Zazor. La niña más mona y lista se despertaba en su cama blanda y calentita. Se vistió y subió por sus escaleras particulares hasta llegar a la planta baja, donde se encontraba la cocina. Tenía mucha hambre así que, en vez de hacerle el desayuno a su mami como todas las mañanas, se lo hizo solo para ella. Cogió la leche, la derramó en la mesa aposta, puso los cereales, y encima colocó un bol. Como además de guapa y lista era fuerte, le dio la vuelta a la mesa, y la leche, con sus cereales, se puso en el bol dejando la mesa limpia y formando un buen desayuno. Cuando terminó bajó por las escaleras de su madre para llegar al ático y levantarla porque iba a llegar tarde al colegio. Entonces la niña le dijo todas las cosas que tenía que hacer su madre y se fue al trabajo contenta de haber hecho


todo lo que debía hacer. Cuando llegó a su trabajo, como sus alumnos tenían examen, se quedó sopa en medio de clase, vigilándolos. Al despertar se dio cuenta de que no estaba en el lugar en el que se había dormido. Estaba en un lugar muy extraño en el que lo único que se veía era el color blanco. Tampoco había paredes ni suelo. Ella estaba apoyada en una superficie, pero cuando la intentaba tocar, era como si su mano estuviera golpeando el aire. Como si fuera la nada, pero con algo: con color blanco. De repente apareció una alfombra roja, que al poco tiempo cogió forma de escaleras. La niña, indecisa, se arriesgó a subir por ellas y, cuando llegó arriba, encontró una puerta. Asomó la cabeza para ver qué había, pero no se veía nada. Era la imagen de antes: todo blanco. Puso un pie en el otro lado de la puerta, y esa especie de "habitación" empezó a tener color. Al principio era toda de colorines, como el arco iris, poco más tarde se volvió negra y finalmente apareció, en un color azul oscuro y blanco, una casa en medio de un valle con un lago. Era exactamente igual a su casa de Miyur Zazor, pero sin las casas de los vecinos, sin farolas... Y arriba, muy lejos, a lo alto, había una especie de círculo blanco con una etiqueta en que ponía "Luna". Ella había oído canciones e historias sobre la luna, pero nunca la había visto en persona. Probó a hablar con ella, pero como no le respondió, fue corriendo a la casa que había delante de ella, porque tenía más curiosidad por la casa que por hablar con "La Luna". Cuando entró en la casa todo estaba como en su casa de Miyur Zazor. Quiso bajar a su cuarto cuando, de repente, se le puso una pared de cristal delante, otra detrás, dos a los lados y, finalmente, cayó una encima que se colocó como tapa. La niña quedó atrapada en una especie de caja de cristal. Empezó a chillar y a pedir socorro, porque era claustrofóbica. Pegó en las paredes con todas sus fuerzas. Empezó a llover en el exterior de la caja, pero no en el interior de la casa. La niña extrañada y cansada paró de chillar y de golpear. Entonces la caja de cristal se partió en mil trocitos y la imagen de la habitación cambió de nuevo.

Esta imagen no la había visto nunca. Estaba en el borde de una charca


enorme y en el cielo, en vez de "La Luna" que había antes, estaba una imagen suya diciéndole: “En la cima de un árbol hay un agujero, y si lo ves métete dentro”. Esta frase la repetía una y otra vez, hasta que la niña dijo: - ¡Basta! Llevo aquí todo el día dando vueltas por el mismo sitio y viendo cosas que ni siquiera existen, y ahora vienes tú diciéndome que no me rinda. ¿Tú te estás escuchando? La imagen de ella misma seguía diciendo la misma frase que antes. La niña furiosa pensó: - ¡Ah! Es verdad. No me acordaba que lo único que sabes decir es esa frase tonta y estúpida. La niña, sola, triste y enfadada empezó a llorar como nunca lo había hecho y la tierra empezó a temblar. En poco tiempo un árbol creció bajo ella subiéndola casi tan alto como para poder llegar a coger "La Luna" que había visto antes. Se secó las lágrimas, se acordó de la frase que había dicho la imagen que se parecía a ella. Buscó un agujero y allí estaba. En la rama más alta de aquel árbol se encontraba el agujero del que le había hablado la imagen del cielo. Se asomó con precaución y rápidamente y sin pensar la altura que podría llegar a haber en ese agujero, se tiró por él. De repente se despertó bruscamente. Se dio cuenta de que seguía en una mesa, pero no en la de antes. Se había despertado en la silla de uno de sus alumnos y las personas que había a su alrededor, en vez de ser madres y padres aprendiendo, eran todos de su edad.

En aquel momento, la niña pensó que a lo mejor toda su vida anterior había sido un sueño, o tal vez que lo que estaba viviendo en ese momento fuera el sueño. O puede que en realidad no estemos viviendo. Puede que en estos momentos todas las personas que estéis leyendo o escuchando esta historia estéis soñando... Seguramente os preguntéis por qué sé con tanto detalle y el sentimiento que sentía esa niña en cada momento. Si lo sé, es porque... esa niña era yo. Y que sepáis todas las personas que vivís en este pueblo de Zizur Mayor que todo lo que hacéis, la forma de hablar, la de comer y la de trabajar, que todo lo hacéis al revés, y que si cambiaseis las vocales de Zizur por las de Mayor, os daríais cuenta de que un pequeño cambio de vocales puede llegar a hacer un gran cambio de ciudades.


Isabel Rubio Padilla


AGUJERO A LA DESESPERACIÓN

La dulce y joven Emily vivía en una mansión situada en los Alpes italianos, muy apartada de la ciudad de Turín, con su abuela paterna Elisabetta. La abuela enviudó tras la supuesta muerte de su abuelo Silvio, al que se le conocía en la familia por estar un poco chalado. Emily era un raro nombre para una niña italiana, pero lo había adoptado de su madre inglesa.

La joven rubia no había ido nunca a la ciudad, ni siquiera había bajado la gran montaña en sus excursiones para pintar paisajes. Su abuela solía decir que bajar de la montaña era muy peligroso porque no poseía conocimientos de la ciudad de Turín. También le habló de lo insensata que era su madre, la cual a pesar de haber sido advertida varias veces de que no accediera al desván -que según la pobre vieja estaba maldito ya que se escuchaban muchos ruidos y por ello cerrado a cal y canto- le robó la llave y entró en él. Desde ese momento nunca más se supo de su madre. La abuela le contó también, entre lágrimas, que su padre se coló allí para buscar a su madre y que sufrió el mismo destino. Así que Emily se limitaba a vivir en la mansión, a pintar cuadros y a leer cuentos con su abuela. Un buen día, al llegar su cumpleaños, Emily decidió explorar la mansión. Emily tenía una imaginación inmensa y, por ello, le encantaba pensar que en su hogar había varios pasadizos secretos y que, tras atravesar los obstáculos que los entorpecían, encontraba a su madre junto a su padre. Decidió entonces empezar por su habitación. En ella tenía varios cuadros viejos. Tras ellos no halló nada. Había también una pequeña cama y una cómoda en la que no


encontró más que un par de collares y dos pulseras de plata. Tras su total fracaso en la habitación, creyó oportuno mirar en el salón, pero al ver la gran dimensión del cuarto decidió dejarlo para más tarde. Después de examinar el dormitorio de su abuela, continuó con gran valentía por el desván, a pesar de tenerlo prohibido. Pero ella, inmersa en sus fantasías, osó acceder a él. A primera vista parecía una habitación sencilla y sin mucho desorden, pero, eso sí, con una cama enorme a la que le faltaba una pata. A Emily le hubiera encantado tener esa cama en vez de la suya, tan pequeña. De pronto, Emily escuchó unos ruidos y, sin pensárselo dos veces, se metió debajo del mueble. Era su abuela: -¿Dónde estará esta niña? -se preguntaba-. Miraré debajo de la cama... La joven, abrumada y mareada por la situación, se desmayó. Al despertar, se encontró en un oscuro lugar al que llegaba un rayo de luz. Este provenía del desván, en el que había un gran agujero del que no se había percatado cuando se escondió bajo la cama. A Emily se le ocurrieron dos opciones. La primera era gritar desesperadamente pidiendo ayuda a la anciana con todas las consecuencias que ello conllevaría. La otra, continuar por donde seguía el camino. Después de llorar angustiada, ya que creía que nunca volvería a ver a su abuela Elisabetta, la aventurera niña optó por la segunda opción y avanzó entre las sombras. Llevaba un rato andando cuando descubrió el cadáver de un anciano. Era un hombre al que nunca antes había visto. Al acercarse a él tropezó con una piedra y cayó rodando hasta una gran cueva. En ella descubrió una pequeña cocina con un solo fuego, una cama, incluso más pequeña que la suya y una misteriosa caja en la que ponía Sony, además de varios libros que trataban sobre Turín. A la imprudente niña se le ocurrió tocar un botón de la caja y de pronto saltó atemorizada. De la caja salía una persona que parecía que relataba unos sucesos en la ciudad de Turín. La ignorante joven no había oído nunca ninguna historia sobre la extraña caja y mucho menos la había visto nunca antes en su vida. Aterrorizada pulsó el botón otra vez y la caja dejó de funcionar. La mala experiencia la llevó a ir atrás, al lugar en el que había hallado el cadáver. Tras estudiarlo de nuevo observó también que en la mano derecha que tenía sobre el corazón llevaba dos anillos. En el dedo índice uno igual al de su abuelo Silvio. Entonces comprendió que era él. Se atrevió a continuar por el camino en busca de nuevas pistas que determinaran la causa de la muerte de su abuelo y quizás a encontrar también los cadáveres de sus padres. Iba la joven caminando cuando, al oír un ruido,


comenzó a correr asustada sin saber adónde dirigirse. En el mismo momento en que estaba cruzando un pequeño puente, se dio cuenta de que no estaba sola. Encima había una jaula con dos cuerpos aparentemente muertos. La pobre chica no era lo suficientemente alta como para alcanzar la jaula así que optó por coger un trozo de madera que colgaba del pequeño puente. Agitó la jaula con energía hasta que de repente, la puerta se abrió y los dos cuerpos le cayeron encima. Espantada, soltó un grito de miedo. Emily quería observar los cuerpos pero tenía mucho miedo y su afán por intentar descubrir nuevas cosas iba disminuyendo poco a poco. Al final, con mucho coraje decidió mirar los cadáveres, que tenían menos edad que el de su abuelo Silvio. Parecían una pareja, ya que estaban abrazados entre sí. La mujer tenía el pelo rubio y un collar mientras que el hombre tenía unos ojos azules muy vivos. Al examinar el collar de la mujer vio inscrito un nombre que estaba un poco desgastado, pero que leyó sin problemas: Emily. La niña comenzó a llorar. Interpretó igualmente que aquel hombre podría ser su padre ya que al igual que ella tenía los ojos azules. La niña gimió de tristeza y continuó con un largo llanto. Empezó a arrastrarse por el suelo llena de dolor. No comprendía nada e incluso se tachó a ella misma de loca por pensar todas las formas posibles en las que podían haber vivido sus padres. Inmersa en su locura, llegó a la conclusión de que era el abuelo quien hacía ruidos en el desván, de que sus padres fueron a explorar inconscientemente al igual que ella, y que el abuelo los retuvo hasta su muerte, por un posible ataque al corazón. Asimismo dedujo que los padres habían muerto por falta de agua y alimentos. La joven no se levantó. Estaba loca, o eso es lo que ella creía. Emily sintió una aguda punzada en el corazón. ¿Tal vez se había clavado algo en su caída o era un ataque al corazón? No. Ese dolor era la inmensa tristeza que sufrió en ese momento y que conservó con amargura durante toda su vida.

Ánder Loyola Sergio

Certamen Literario  

Textos del certamen Literario

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you