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a sonar aquel tintineo metálico cuando se dirigía hacia la puerta. Antes de salir se volvió a mirarle. -Si me necesitas, silba. Ricardo se quedó quieto, envuelto en la toalla, revisando mentalmente lo que acababa de suceder. Era la primera vez que pasaba por una experiencia de ese tipo. A pesar de sus treinta y cinco años, su historial amoroso se reducía a una novia de la adolescencia y un par de rollos pasajeros en las dos empresas para las que había trabajado, todo muy aburrido y convencional, como él mismo, pensaba. Además, su interés por aquellas chicas decaía en el momento que desbarataban su orden. Entonces esas relaciones incipientes entraban en conflicto directo con su obsesión y su mantenimiento le parecía incompatible con su propia vida. Pero ahora, por primera, las taquicardias, el pulso acelerado, los sudores no provenían de un cuadro torcido, una fila de botes mal alineados o aquella ropa sucia tirada de cualquier manera en el piso del cuarto de baño. Consciente de que algo había cambiado, Ricardo se apresuró a vestirse con torpes movimientos. Quería salir cuanto antes y volver a verla. Buscaba una respuesta. Pero antes de que hubiera conseguido ponerse en pie ayudado por las muletas oyó cerrarse de un golpe la puerta de la calle. Cuando salió del baño la buscó por toda la casa pero ella ya se había ido. Encontró una nota apoyada en la maceta que reposaba descentrada sobre la mesa baja del salón. Se sentó en el sofá, tomó el papel en una mano y con la otra desplazó unos centímetros el tiesto hasta recolocarlo en una marca inexistente. “Mañana vuelvo a la misma hora y te ayudo a desordenar. Nieves”. Después de leer la nota apoyó la espalda en el respaldo y miró la planta. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Levantó una de las muletas y con el extremo presionó la maceta hasta alejarla del centro de la mesa.

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Juegos de artificio. 20 relatos inflamables  

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