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herido. La mujer me toma la mano, aprieta con fuerza y vuelve a llorar. Lágrimas a mares. No quiere separarse de mi lado. Mi niño, mi Eduardo. Y dale, yo no me llamo Eduardo, quiero decírselo, lucho por articular alguna palabra, pero mi mandíbula no responde. Su llanto me contagia y miro al verde del techo para frenar las lágrimas, pero no lo consigo, las siento resbalar por las sienes, bajan por mis patillas y se deslizan hasta topar con algo que les impide acabar su recorrido en mis oídos, esos que me siguen pitando como cuando celebramos nuestra llegada a España en una discoteca y el volumen de la música estaba tan alto que al volver a casa de Elena tardamos horas en conciliar el sueño por culpa de ese pitido que se había grabado en nuestros oídos. ¿Qué dudas? No hay ninguna duda. Es nuestro hijo Eduardo, iba a trabajar esta mañana temprano en el tren que explotó en Atocha. Ya recuerdo, el tren, la explosión. Tengo que llamar al trabajo, contar lo que ha pasado, si falto sin una explicación me echarán y cómo vamos a pagar el alquiler, sólo con el sueldo de Mariana no llegamos a fin de mes. Mariana, ¿sabrá lo que ha pasado? Ella cogía el siguiente tren. ¿Estará bien? Mi móvil, dónde está mi móvil. Estoy respirando demasiado rápido, se me nubla la vista. Tranquilo, no intente moverse, su cuerpo ha sufrido un impacto enorme y aún estamos pendientes de realizar algunas pruebas. Lo importante es que está consciente. El médico habla en serio, tiene autoridad, se nota, consigue soltar a la mujer de mi mano y conducirla a la puerta donde hablan el policía y el que dice ser mi padre. El pitido continúa y sólo me deja escuchar frases sueltas de su conversación. Rostro casi desfigurado…vendaje…es fácil equivocarse…indocumentado…otra mujer le reclama… extranjero…Quizá Mariana me ha encontrado, alguien se lo ha dicho. ¿Cómo no voy a reconocer a mi propio hijo? La voz alterada de la mujer se superpone sobre el pitido y me permite escucharla con toda claridad. Tiene suerte el tal Eduardo. En cuanto pueda moverme llamaré a mis padres, pediré a Elena que me preste dinero para viajar a

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