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Un campeón Yo iba para campeón del mundo, pero algo falló. Yo era lo que se dice un ser humano a la carta. Mis padres me diseñaron a partir de un catálogo; ya que habían tomado la decisión de engendrar un hijo, querían hacerlo bien. “Si se hace, se hace bien; si no, no se hace”, decía papá. El caso es que recurrieron a todo tipo de especialistas en fertilidad y procedimientos de reproducción asistida hasta dar con quien quisiera embarcarse en tamaña empresa. Muchas fueron las noches que pasaron eligiendo dotes para mi persona y muchas las discusiones que les enfrentaron por sus distintas prioridades. “Que tenga las piernas de Carl Lewis”, “¿Y por qué no las de Nureyev?”, “Lo ideal sería que tuviera un cerebro como el de Kasparov”, “Venga, por favor, ya puestos mejor que sea un clon de Bill Gates”... Y así hasta llegar a la conclusión de que quizá lo más razonable era apostar sobre seguro y elegir las características más destacadas de los números uno para así crear un bebé perfecto, un campeón en cualquier cosa que se propusiera. El doctor aplaudió la decisión, “aunque quizá deban renunciar a algunas de sus pretensiones, tengan en cuenta que nuestra base de datos es amplia, pero quizá no disponga de alguno de los atributos que han elegido”. Sin embargo fueron los menos; por poner un ejemplo, tuve que renunciar a presumir de un pene como el de Rocco Sifredi; a cambio, no me puedo quejar, dispongo de una réplica del miembro de Nacho Vidal. Desde el momento de mi nacimiento tuve que aguantar que mi padre me exhibiera con la frase “Este es mi campeón”, como el criador de canarios de aquel viejo anuncio, incluso antes de poner a prueba mis cualidades, tan seguro estaba de haber acertado en su elección. El problema surgió a la hora de decantarme por una disciplina. El automovilismo quedó descartado cuando descubrí que, efectivamente, mi destreza al volante era similar a la de Fernando Alonso, pero como no entendía a dónde

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