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Cómo tomar aquella decisión sin meditarla un poco más, cómo arriesgar tanto. Las dudas enlazadas unas con otras martilleaban mi cerebro y ellas debían ser las causantes, supongo, de que una vena a la altura del cuello me bombeara violentamente sangre hacia el rostro, palpitándome más y más acelerada a medida que iba asumiendo la mayor de las verdades: que mi bolsillo estaba completamente vacío y ya no había solución. -No -susurré desarmado y compungido, detestando mi poca fortuna en ambos sentidos. -¿Cómo has dicho? –preguntó Fulgencio. Estaba seguro de que me había entendido a la primera. Quizá me interrogó simplemente para cerciorarse de que su viejo oído no le había traicionado, aunque más bien me inclino a pensar que lo único que quería era humillarme por enésima vez -No voy –repetí elevando la voz. Junté mis manos sobre el tapete y por fin respiré más aliviado. -Uf, menos mal -dijo Palmira sonriendo. Y alargó sus manos hasta el centro del paño para arrastrar la montaña de monedas de colores. -Lo sabía. ¡Menuda tahúr estás hecha! Así que ibas de farol -terció Fulgencio. Al no ser capaz de levantar las cartas de Palmira, me arrebató las mías, que ocultaban su sonrojo bajo mis manos. Les echó un rápido vistazo, abrió enormemente los ojos y silbó. -¡Hay que ser desgraciado! Para una vez que le viene una mano buena y no tiene ni una ficha para apostar. Mira, Palmira –posó las cartas una tras otra en el tapeteEscalera de corazones.

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Juegos de artificio. 20 relatos inflamables  

20 historias independientes en las que se cruzan el drama y la comedia, con protagonistas imperfectos que sufren, dudan, aman, mienten, te e...

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