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Abandoné la habitación rozando el brazo de la criada que seguía de pie en el umbral de la puerta, con la mirada perdida y soportando con dificultad el hipo que le había provocado su llanto. -Me voy a arreglar. Tú ve preparando la mortaja. Ya en mi dormitorio me quité el camisón y desnuda rebusqué en el armario alguna ropa adecuada para la ocasión. Aníbal y yo ocupábamos alcobas diferentes desde poco después de nuestras nupcias, un pacto señorial en el que ninguno de los dos tuvimos voz ni voto. Al principio habíamos puesto ilusión y buenos propósitos, sobre todo yo, la más joven e inexperta de aquel matrimonio forzoso. Pero después de un mes de convivencia descubrimos que aquella unión distaba mucho de cimentarse precisamente en lo romántico o sentimental. Corrían otros tiempos, una época en la que las bodas eran para toda la vida y el amor no dejaba de contemplarse como algo secundario. De cara a la galería en nuestro comportamiento primó la educación y el respeto a las buenas maneras. Continuamos juntos aparentando ser el matrimonio modelo que todos envidiaban, a pesar de que, como murmuraba el pueblo entero, Dios no quiso darnos la dicha de tener descendencia. Pero cuando el cerrojo del portón caía, cualquier formalismo sobraba. Simplemente éramos dos huéspedes en el mismo caserón. Descolgué de una percha el vestido de punto negro y me vestí estudiando detenidamente la imagen que me devolvía el espejo. Los colores oscuros apenas me favorecían, me daban el aspecto de una mujer demasiado mayor y, desde luego, no indicaban con toda fidelidad mi estado de ánimo en aquel momento. Traté de tomármelo como un simple trámite, obligado en tales circunstancias. Aún así el tacto de esa lana negra rozándome el cuerpo me producía un efecto similar al papel de lija. Combatí en parte la incomodidad anudando un pañuelo de seda alrededor de mi cuello y embutiendo mis piernas en unas medias negras de espuma suave. Una vez vestida me senté en el

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