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Blanca y radiante Escuchó indiferente los golpes que su madre propinaba a la puerta, aquel pedazo de madera de caoba con cuyo cerrojo tantas veces se había aislado del aburrido mundo de su familia, pero fue incapaz de levantarse del tocador a pesar de que ordenó mentalmente a su cuerpo que respondiera, ese cuerpo que hasta hacía bien poco se había sentido pleno de felicidad, adornado con los mejores tules y sedas, traídas directamente de la India por don Fermín, el sastre que fabricaba la indumentaria de sus padres desde que se conocieron, precisamente en su taller, y que tanto se había esmerado en diseñar un modelo único para tan señalada ocasión, elegante, fino pero sin excesos, un vestido que a esas alturas se le antojaba ridículo, fuera de lugar, como llevar un traje de buzo paseando por el desierto, tan ridículo como debió presentarse Marcos aquella mañana en su casa, embutido en unos vaqueros gastados y una camiseta de algodón, y su madre, tan amiga de refranes y costumbres, le echó en cara su osadía al pretender verla antes de la ceremonia, por eso de invocar a la mala suerte y truncar todos los planes que la habían traído de cabeza durante meses: buscar algo nuevo, algo viejo, algo azul, algo prestado y, por su puesto, evitar los contactos previos, una larga lista de tradiciones obligadas que poco le importaban a Marcos en ese momento, de pie en el quicio de la puerta con gesto grave, el rostro dolido, casi funerario, la pena presidiendo su frente y las lágrimas a punto de brotar por la impotencia al comprobar lo difícil que resultaba dar un paso como aquel, más incluso que decidirse a formular la pregunta de rigor, un trago que había sido incapaz de olvidar, igual que ella, porque, a pesar de tratarse de una escena tópica, de lo más común, cada uno la recuerda como algo irrepetible e inimitable, y eso es precisamente lo que hacía más difícil la ruptura, meditada durante una noche en vela, tras admitir que adoraba a Lidia y no deseaba hacerle sufrir el calvario de un matrimonio erigido sobre la mentira y la infidelidad, aún a sabiendas de que de aquella manera la perdería para siempre, porque eso era lo que iba a ocurrir en cuanto Lidia llegara a casa y su madre le contara su visita, una intuición certera de quien la conocía y aún la amaba, a ella, que tampoco había podido dormir y que desde que se levantó no había parado de hacer cosas para que la tensión de ese día no hiciera trizas

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