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Guíame, Lola -“En la próxima intersección, gire a la izquierda”. Beltrán siguió adelante, con una sonrisa en los labios, sin obedecer las indicaciones de su navegador. -“Gire a la izquierda ahora”. La premura con que aquella voz femenina le indicaba la dirección que debía tomar le excitó de nuevo. Llevaba más de media hora improvisando una ruta que no le conducía a ninguna parte y en la que su único objetivo era llevarle la contraria a su GPS. Alguna vez se le había pasado por la cabeza que quizá sufría una especie de desviación. Sentía placer al desoír las órdenes de aquel aparato que le había regalado Victoria, “para que dejes de perderte y llegues pronto a casa”, le había dicho cuando se lo entregó. Siempre con indirectas su querida mujercita. Lo cierto es que experimentó esa excitación el primer día que lo instaló, cuando confundió la derecha con la izquierda y complicó la existencia a Lola. Lola, así había bautizado a su recién estrenado navegador. Siempre que había tenido fantasías sexuales la protagonista se llamaba Lola, de modo que no le costó mucho encontrar un nombre con el que dirigirse a su nuevo juguetito. -“Ha vuelto a pasarse su salida. Tendrá que retroceder. A cien metros tiene un cambio de dirección. Tómelo”. Creyó percibir en esa orden una especie de irritación, lo que incrementó su arrebato. Tampoco tomó aquella vía lo que provocó que, durante unos segundos, el dispositivo se mantuviera callado tratando de localizar nuevos itinerarios que pudieran llevarle al destino marcado. -Estás muy callada, Lola. ¿No te habrás enfadado? El navegador seguía sin responder.


-Venga, Lola, no es para tanto. Prometo obedecerte, dime, ¿por dónde tengo que ir?- interrogó con tono arrepentido. -“Rotonda a un kilómetro. Haga el giro completo”. Escuchar de nuevo la voz femenina le erizó el vello. -Eso está mejor, cariño. No quiero que por una tontería vayamos a disgustarnos. En esta ocasión Beltrán hizo caso de las indicaciones y completó la rotonda para tomar de nuevo la vía en la dirección contraria. -¿Mejor así, Lola? ¿Ya estás contenta? -“Gracias”. A Beltrán le pareció que aquel “gracias” había sido producto de su imaginación. -¿Has dicho gracias? -“Sí, ha oído bien. Y ahora siga recto hasta la salida 19”. -Perdona que me sorprenda, Lola, pero desconocía que tu software pudiera dar las gracias. -“Soy un dispositivo de última generación. Soy capaz de eso y de mucho más. Y ahora, por favor, no se distraiga y siga las indicaciones. A cien metros, tome la salida 19”. Beltrán obedeció y condujo su coche por la vía marcada. No le parecía que aquel atajo llevara hasta el destino que le había tecleado, pero no quería perder el grado de complicidad que había surgido entre Lola y él. -¿Te han dicho alguna vez que tienes una voz muy seductora?- preguntó tímidamente. -“He sido creada para ayudarle y hacer que sus viajes sean agradables”.


-Mira por dónde, todo lo contrario que mi mujer -contestó Beltrán riendo-. Aunque he de confesar que con este regalo ha acertado. Bien mirado, gracias a ella nos hemos encontrado, mi querida Lola. -“Sitúese en el carril central y en el próximo semáforo, gire a la izquierda”. -De acuerdo, cariño. Tus deseos son órdenes. Beltrán hizo lo que le ordenaba el GPS sin percatarse de que una señal indicaba que aquella era una calle sin salida. -“Buen chico”. -Parece que empezamos a entendernos, Lola. ¿Sabes? Eres la respuesta a mis plegarias. -“No exageres, Beltrán. Soy un simple navegador”. Escuchar el tuteo y su nombre en boca de Lola terminó por ocasionarle un principio de erección. -Pues ya consigues efectos en mí que ni por asomo ha logrado mi mujercita. El claxon del conductor que le seguía hizo que se percatara del cambio del semáforo. Giró a la izquierda con un acelerón y continuó la marcha a más velocidad de la permitida por esas calles. -“Mmm… Me gusta cuando pisas a fondo el acelerador, Beltrán. Sigue así”. Cegado por la excitación, Beltrán apretó a tope el pedal sin darse cuenta de que a escasos metros frente a él un muro ponía fin a la calle. El impacto fue brutal. Lo último que escuchó Beltrán fue lo que le pareció eran los tonos de una llamada telefónica interrumpidos por la voz de Victoria. -Dígame. -“Misión cumplida”.


El hechizo de las velas La sala se quedó a oscuras y comenzaron a sonar los sones del Cumpleaños Feliz. Las voces desentonadas de los niños se sumaron al cántico cuando asomó por la puerta una tarta coronada por velas humeantes. La portadora del pastel caminaba con cuidado, como si en sus manos llevara una bomba a punto de explotar. Delicadamente la depositó sobre la mesa. Fue entonces cuando surgieron los comentarios infantiles. “Sólo hay cinco velas”, denunció el más listo de la clase. El resto se limitó a contar. “Una, dos, tres, cuatro, cinco”. Lo hacían señalando con el dedo índice cada una de las velas, tan cerca que casi podrían haberse quemado con la llama. Todos se dieron cuenta de que había un error, alguien había olvidado poner una vela más. Fernando cumplía seis años y no cinco, como marcaba la tarta. Todos menos el propio Fernando, que sólo deseaba apagar las velas cuanto antes para que se encendieran las luces y poder abrir sus regalos. Así que sopló sin esperar siquiera a que concluyera el cántico. La llama de las cinco velas se extinguió y con ella comenzó el hechizo. Fernando acababa de perder un año. Teresa lo notó enseguida. No había más que ver cómo hacía su hijo los deberes. Todo lo que creía ya aprendido parecía nuevo para él. No reconocía las letras, ni siquiera identificaba su nombre, y palabras que antes eran de uso común en su primitiva conversación habían desaparecido de su vocabulario. Recurrió a su profesora, que lo achacó a la dispersión que siempre había caracterizado al pequeño, pero prometió hacer un seguimiento exhaustivo del caso. Fueron pasando los meses y Fernando no mejoraba, más bien iba a peor. Hasta que el calendario marcó de nuevo el día de su cumpleaños. Esta vez Teresa no estaba por la labor de volver a organizar ninguna fiesta con los amigos del niño; no quería más piscinas de pelotas, su hijo cumplía los siete, así que optó por invitar a un puñado de compañeros, los más íntimos, al cine. Las multisalas del barrio organizaban pases


especiales para cumpleaños. No había merienda, ni chucherías, ni tarta, únicamente tenían la deferencia de proyectar antes de la película una animación en la que desfilaban por la pantalla unas velas encendidas que deseaban el cumpleaños feliz al homenajeado. Cuando se apagaron las luces los pequeños comenzaron a aplaudir. Teresa les mandó callar, aunque fue ella misma la que enmudeció al ver en la pantalla sólo cuatro velas. Habían vuelto a equivocarse. Trató de mantener la calma. Quiso convencerse de que quizá simplemente era un número al azar. En aquella sala se congregaban distintos grupos de niños celebrando otros cumpleaños, seguramente tendrían una proyección estándar para todos. Así que le restó importancia. A los pocos días Fernando comenzó a hacerse pis en la cama. Hacía mucho que le había retirado el pañal nocturno y le sorprendió ese retroceso. Consultó con el pediatra que intentó tranquilizarla buscando razones en el ámbito familiar. “¿Usted y su marido tienen algún problema?”. Teresa se sintió entre indignada y avergonzada. Nada en su vida había cambiado lo más mínimo, a excepción de Fernando que, en vez de crecer, se iba haciendo cada vez más pequeño. Durante ese año consultó con todo tipo de especialistas, pero nadie conseguía darle una explicación a ese fenómeno tan extraño. A medida que se acercaba el 28 de septiembre, Teresa temía la celebración del cumpleaños. Convencida de que las velas eran las causantes del raro comportamiento del niño, decidió organizar la fiesta en su propia casa. Esta vez nada iba a salir mal. Compró una vela con el número ocho y la guardó como si fuera un tesoro. El día de la fiesta preparó una tarta de chocolate, la favorita de Fernando, y la dejó sobre el aparador con la vela marcando el centro. Pero mientras recibía a los invitados a la fiesta, Pascual, el perro de la abuela se encaramó sobre una silla y alcanzó el pastel. Tan hambriento debía estar que hasta trituró con su colmillos parte de la vela con forma de ocho, dejándola que parecía un tres. Teresa no podía creer lo que estaba pasando. “No es para


tanto. Seguro que tienes alguna vela guardada por ahí que podamos ponerle al niño para que sople, y si no, ésta misma, sólo le falta una parte”. La solución que planteaba la abuela no hizo más que acrecentar su mal humor, pero no quería estropear el momento. De modo que colocó sobre un bloque de helado la vela que antes era un ocho y ahora parecía un tres. Fernando sopló su vela y, acto seguido, se sumió en una rabieta inexplicable. Teresa sentía que había contribuido a alargar ese maldito hechizo. A partir de ese día Fernando fue adoptando la apariencia de un niño de tres años. La Dirección del Colegio tomó la decisión de cambiarle a una clase de grado inferior para ver si, de esta manera, recuperaba el nivel. Pero de nada sirvió. Fernando confundía los colores, desordenaba los números y no era capaz ni de escribir las vocales. Se volvió torpe, ya no le interesaban los juguetes que atestaban su habitación y sólo se divertía embadurnando con pinturas de cera las paredes de su casa. Teresa estaba desquiciada y más lo parecía cuando trataba de explicar a los demás su teoría sobre la causa que estaba provocando ese subdesarrollo al niño. Tras un año de sufrimiento volvió a llegar el gran día, ese en que Fernando debería cumplir nueve años. Las circunstancias no animaban a mucha celebración, así que Teresa se limitó a llevar una caja de galletas al colegio para que la profesora las repartiera entre los compañeros de la clase. Lo que no se imaginaba es que en el comedor del centro le iban a organizar un postre especial para tan señalado día. La cocinera llevó hasta la mesa donde se sentaba Fernando un enorme pastel de nata al que le habían colocado una sola vela, esa que guardaban en la cocina para este tipo de ocasiones. El niño sonrió feliz y sopló la llama. Inmediatamente después un olor desagradable invadió toda la sala. Fernando se había hecho caca encima. “Piensa que tantas emociones pueden relajar los esfínteres en los niños”, se excusó la directora cuando Teresa fue a recogerle. Pero ella era consciente de que la vela era la culpable de


esa contingencia y que, para más inri, el hechizo había acelerado un año el decrecimiento del pequeño. La situación era insostenible, así que Teresa aceptó la invitación que le hicieron los responsables del centro para que renunciara a su escolarización durante una temporada, el tiempo que fuera necesario hasta averiguar la razón de esa extraña patología. Los primeros meses en casa, Fernando dejó de hablar, sólo emitía monosílabos y se comunicaba básicamente con onomatopeyas. Volvía a usar pañales y a comer purés, una medida que debió tomar Teresa obligada al ver cómo progresivamente su hijo iba perdiendo su dentadura. Para entonces el hogar de Teresa había cambiado por completo. Su marido no había soportado la presión. La relación había comenzado a deteriorarse cuando su mujer le expuso por primera vez sus descabelladas teorías sobre el hechizo de las velas. Pero más adelante, cuando la vida cotidiana de la familia se convirtió en un peregrinar por especialistas de todo tipo, él, superado por los acontecimientos, decidió abandonar su responsabilidad en la curación del pequeño y volcarse de lleno en su trabajo. Así que Teresa estaba sola cuando comenzó a sentir las primeras náuseas. Las achacó al estrés y a lo duro que resultaba ver cómo un niño con nueve años tenía el aspecto de un bebé. A medida que el tiempo pasaba, el vientre de Teresa aumentaba de volumen. Entonces fue consciente de la realidad. Estaba embarazada. No sabía cómo pero estaba embarazada. Y cuanto más evidente era su embarazo, más disminuía el tamaño de Fernando. Ya ni siquiera gateaba. Pronto tampoco fue capaz de sujetar su cabeza, más despoblada de pelo día a día. Tuvo que comenzar a darle biberones y a aguantar cólicos y noches sin dormir. Hasta que el calendario volvió a marcar el 28 de septiembre. La víspera se había acostado con Fernando en su cama, ya no tenía fuerzas para levantarse cada vez que el


niño lloraba y había optado por tenerlo cerca de ella. Los dolores le hicieron despertar y darse cuenta de que el bebé no estaba a su lado. Miró en el suelo por si se le había caído de la cama, pero no lo encontró. Fue entonces, al tratar de levantarse, cuando vio que las sábanas estaban manchadas de sangre y, al palparse entre las piernas, fue consciente de que estaba de parto. Ya no le daba tiempo a ir al hospital. Allí mismo, en pocos minutos, dio a luz a un bebé. Fernando había vuelto.


Blanca y radiante Escuchó indiferente los golpes que su madre propinaba a la puerta, aquel pedazo de madera de caoba con cuyo cerrojo tantas veces se había aislado del aburrido mundo de su familia, pero fue incapaz de levantarse del tocador a pesar de que ordenó mentalmente a su cuerpo que respondiera, ese cuerpo que hasta hacía bien poco se había sentido pleno de felicidad, adornado con los mejores tules y sedas, traídas directamente de la India por don Fermín, el sastre que fabricaba la indumentaria de sus padres desde que se conocieron, precisamente en su taller, y que tanto se había esmerado en diseñar un modelo único para tan señalada ocasión, elegante, fino pero sin excesos, un vestido que a esas alturas se le antojaba ridículo, fuera de lugar, como llevar un traje de buzo paseando por el desierto, tan ridículo como debió presentarse Marcos aquella mañana en su casa, embutido en unos vaqueros gastados y una camiseta de algodón, y su madre, tan amiga de refranes y costumbres, le echó en cara su osadía al pretender verla antes de la ceremonia, por eso de invocar a la mala suerte y truncar todos los planes que la habían traído de cabeza durante meses: buscar algo nuevo, algo viejo, algo azul, algo prestado y, por su puesto, evitar los contactos previos, una larga lista de tradiciones obligadas que poco le importaban a Marcos en ese momento, de pie en el quicio de la puerta con gesto grave, el rostro dolido, casi funerario, la pena presidiendo su frente y las lágrimas a punto de brotar por la impotencia al comprobar lo difícil que resultaba dar un paso como aquel, más incluso que decidirse a formular la pregunta de rigor, un trago que había sido incapaz de olvidar, igual que ella, porque, a pesar de tratarse de una escena tópica, de lo más común, cada uno la recuerda como algo irrepetible e inimitable, y eso es precisamente lo que hacía más difícil la ruptura, meditada durante una noche en vela, tras admitir que adoraba a Lidia y no deseaba hacerle sufrir el calvario de un matrimonio erigido sobre la mentira y la infidelidad, aún a sabiendas de que de aquella manera la perdería para siempre, porque eso era lo que iba a ocurrir en cuanto Lidia llegara a casa y su madre le contara su visita, una intuición certera de quien la conocía y aún la amaba, a ella, que tampoco había podido dormir y que desde que se levantó no había parado de hacer cosas para que la tensión de ese día no hiciera trizas


sus nervios, quizá por eso no alcanzó a entender lo que pasaba cuando volvió de la peluquería, maquillada en tonos tierra y pastel, recogido su cabello rubio en un moño bajo, radiante para lo bueno y para lo malo, y se encontró a su madre sentada en la cocina, repitiendo una y otra vez no, no, no puede ser, y llorando de una manera desconsolada mientras se mesaba los cabellos en una escena tremendamente dramática, como sacada de una vieja película italiana, sin que Lidia lograra descifrar lo que explicaba entre sollozos, haciéndole que temiera cualquier calamidad antes que la suya propia, la que poco después conoció cuando sonó el teléfono y Marcos le pidió perdón por lo que no iba a hacer, casarse, pronunciar en el altar el sí quiero y compartir el resto de su vida con ella, a la que imaginaba bellísima con aquel traje que no iba a contemplar y que colgaba de una percha en el marco de la puerta de caoba que aislaba su habitación del resto del mundo, unas galas que seguramente utilizaría en otra ocasión, porque estaba seguro que encontraría a alguien que la quisiera tal como ella se merecía, pero eso a ella le daba igual así que, sin solicitar indulgencia, colgó como una autómata el teléfono y refugiada en su alcoba se puso el vestido blanco de novia y se sentó en una banqueta ante el espejo del tocador a la espera de que el viejo reloj del abuelo le avisara de que se acercaba la hora de no asistir a su boda.


Ojos que no ven Si hay algo que no tolero de ninguna manera es que toquen mis pequeñas canicas. Las tengo reposando en el interior de un tarro de cristal que antes contenía compota de pera. Se conservan tan brillantes como el primer día gracias al líquido que tomé prestado del laboratorio. ¡Eso sí que fue un golpe de suerte! Hasta aquel día guardaba las bolas en un tupperware con agua. El azar es caprichoso y quiso que, por una fuerte gastroenteritis, me viera obligado a visitar el hospital. Llegué con unos retortijones de espanto. Tanto es así que, en la larga espera ante el mostrador de urgencias, mis esfínteres fallaron y me cagué literalmente en los calzoncillos. La enfermera que ponía orden en el caos de aquella sala debió percibir el olor porque volviéndose lentamente hacia mí me dedicó una mirada cargada de desprecio. -¿Qué tal si me acompaña para evitar las náuseas del resto de los pacientes? No me gustó ni su tono ni su mirada. ¿Quién se creía que era para tratarme así? ¡Joder con la Seguridad Social! No dije nada y acepté sumiso su invitación. En el lavabo del laboratorio, mientras la mujer buscaba útiles de higiene y una bata, supe que aquellos ojos debían formar parte de mi colección. No me resultó difícil paralizarla, me encontraba en el lugar perfecto; a mi alrededor se me ofrecía todo un mundo de productos químicos, incluido el cloroformo. No es mi estilo sacar los ojos cuando el donante permanece dormido, el iris no luce tanto como cuando realizas la operación en un individuo despierto y, lo que es mejor, aterrado. Se tratará de una cuestión de gustos, pero yo prefiero el brillo que les dan las lágrimas, un crisol de reflejos que permanece mucho tiempo después de extraerlos de sus cuencas. Antes de ponerme manos a la obra opté por adecentarme; los efectos de mi diarrea se dejaban notar y restaban agilidad a mis movimientos. Después de una higiene integral (es un orgullo para mi ser tan escrupuloso), cambié mis ropas por un pijama de


los que vestían los sanitarios. He de admitir, y no se trata de falsa modestia, que el trabajo no quedó totalmente perfecto. Me costó fijar abiertos los párpados de aquella insulsa; además, mi sistema incluye la utilización de una cucharilla de café para hacer palanca por el lacrimal y, aunque parezca mentira, en aquel laboratorio había de todo menos cubiertos. Tuve que apañármelas con un depresor de los que suelen utilizar los médicos para aplanar la lengua en los reconocimientos de garganta. El esfuerzo me hizo sudar. Después de estudiarlos con detenimiento en la palma de mi mano, los introduje cuidadosamente en un tarro para muestras de orina y vertí en el interior una medida de conservante que encontré revolviendo entre las repisas. Según descifré en la etiqueta, aquel líquido posibilitaba preservar en perfecto estado todo tipo de órganos. Pensé que me sería de utilidad para el resto de mis canicas. Vestido como los médicos no me costó abandonar disimuladamente el hospital portando en mi bolsillo las dos nuevas piezas de mi colección. De camino a casa las observé varias veces mientras rememoraba anteriores trabajos mucho más notables. ¡Hay que ver el mérito que tuve con el portero de la discoteca Shangai! Ese logro se merecía un cum laude. He de confesar que esos ojos son mis favoritos, azul celeste con ramificaciones que discurren desde el contorno del iris hasta la pupila. ¡Una obra de arte! Cierto es que el orangután se resistió lo suyo, quizá ese detalle influye también a la hora de valorarlos tanto. Se lo tenía merecido; le pagaban para que mantuviera el orden y evitara la entrada a la sala de borrachos peligrosos, no para dedicarme una mirada jocosa y de superioridad al impedirme la entrada a la fiesta con calcetines blancos. También llevaba calcetines blancos el detective que me esperaba en el portal de mi casa cuando regresé del hospital. Aunque no vestía uniforme supe al instante que se trataba de un policía de paisano; fumaba como fuman los agentes, cogiendo el cigarrillo por la mitad entre los dedos índice y corazón, acercando en cada calada la palma de la


mano a la boca y exhalando el humo lentamente. Consideré que no había necesidad de pasar por el mal trago de una detención al uso; directamente me paré ante él y busqué sus ojos. -¿Me da dos minutos para recoger mis cosas? -le pregunté descolocándole. -Cómo no -farfulló arrojando la colilla al suelo. Me acompañó a mi apartamento y esperó en la salita mientras preparaba mi equipaje en el que, naturalmente, incluí el tarro de ojos. Luego me entregué aproximando mis muñecas hacia él a la espera de que me colocara las esposas. En comisaría me interrogaron una y otra vez tratando de desentrañar las claves de mi, según ellos, excéntrico comportamiento. Ni siquiera contándoles cómo me convertí en coleccionista de bolas acertaron a comprender. Yo creo que cualquiera habría hecho lo mismo en una situación similar. Cuando mi madre perdió la vista, no me resignaba a prescindir de la luz y el brillo de ternura que destacaban en su mirada. Un día, sentado en el banco de un parque lamentándome por los acontecimientos, cruzó ante mí una muchacha con unos ojos que me resultaron familiares. No sé si fue la obsesión que había provocado en mí la repentina ceguera de mi madre, el caso es que me vi impulsado a robarle la mirada a la joven con la esperanza de que los médicos lograran reimplantarla. Al llegar a casa supe por el llanto de mi padre que ya no se podía hacer nada. Llevo seis meses sin poder ampliar mi colección. En este centro de salud mental en el que me alojo las posibilidades de agregar un par de canicas más al tarro de compota son más bien escasas. He visto algún que otro candidato a formar parte de mis donantes, aquí lo que sobran son miradas. Incluso la del periodista que vino a entrevistarme ayer podría servirme. Pero no tengo mi caja de herramientas. No deseo hacer más excepciones. El rigor y el perfeccionismo son las claves en este trabajo que


comenzó para mí como una obra filantrópica. De momento deberé esperar. Y mientras, cuidaré que nadie toque mis canicas. Estos locos quieren jugar con ellas. ¡Ignorantes!


La sombra del héroe -Es tu turno -dijo Rodolfo, y arrojó a la cara de Damián una toalla con la que acababa de limpiarse el sudor. El especialista recuperó el equilibrio sin apenas pestañear. Se había resignado a soportar los desplantes de los actores así que, en vez de alterarse, permaneció sentado sobre la roca de granito. Mientras observaba al protagonista avanzar con paso atlético entre los curiosos, tomó en su regazo la toalla y la dobló con cuidado. "A quién se le habrá ocurrido que me parezco a este cretino". Damián agitó la cabeza y suspiró. Detestaba los ademanes de Rodolfo y la pose que adoptaba cuando se detenía a firmar autógrafos. -Olvídalo, Damián. No merece la pena. Es un idiota. El especialista alzó la mirada sobre su hombro y encontró a Berta. La actriz ocultaba su imponente figura bajo un albornoz azul. La deseaba desde el primer día, pero había frenado sus impulsos al considerar insalvable la distancia que les separaba. Le sorprendió que se hubiera fijado en él, que supiera su nombre, y sintió un leve cosquilleo en la espalda. -No pasa nada, estoy acostumbrado -acertó a decir cuando ya la protagonista se alejaba hacia su roulotte. "Mierda. Habrá pensado que soy un estúpido". No pudo recrearse demasiado en el vaivén de las nalgas de Berta. A la señal del director embutió su cuerpo dolorido en un mono acolchado y se incorporó al rodaje dispuesto a demostrar su destreza. Por un instante volvió a evocar su sueño más recurrente desde el inicio de "La sombra del héroe", doblar a Rodolfo en una tórrida escena de amor.


Todas en una Conocí a Lara cuando comenzaba a ejercer como psiquiatra. Llegó a mi recién estrenada consulta con una sonrisa en los labios. Nada más verla pensé que se había equivocado, no tenía aspecto de necesitar ayuda profesional. Es cierto que la mayoría de las veces lo que buscan los pacientes es alguien que les escuche... ¿Quién dijo que los psiquiatras cumplíamos ahora la función que antaño les correspondía a los sacerdotes y a los barman? Es igual, el caso es que Lara se presentó ante mí solicitando un guía que arrojara un poco de luz sobre su confusión. "Me siento extraña y necesito saber por qué", me dijo y le concerté una cita para el día siguiente. Podía haberla atendido ese mismo día, de hecho acababa de instalarme por libre y no tenía demasiada clientela, pero pensé que esta estrategia aportaría cierto prestigio a mi nombre. La primera sesión de terapia me reafirmó en mis sospechas; el caso de Lara parecía, a priori, un caso sencillo, el típico caramelo con el que desean toparse quienes debutan profesionalmente en este campo, y yo era uno de ellos. La vida de mi paciente resultaba de lo más corriente: Tenía 30 años, sin familia cercana, vivía sola en un apartamento en la calle Princesa, trabajaba como fotógrafa para la revista "Elle" y de vez en cuando viajaba por motivos laborales. Nada de novios, aunque sí muchos amigos. Imaginé que con indagar un poco en su infancia y en sus relaciones sentimentales resolvería el problema, si es que había algún problema. A los dos meses de aquel primer encuentro, la relación médico-paciente se había diluido de tal manera que nuestras citas adoptaron un tono informal, casi rayando la amistad, si no la camaradería. A pesar de ello, seguía sin encontrar ningún detalle que me indicara a qué ocultas razones respondía la inquietud de mi cliente.


Un día me vi obligado a cancelar su visita a causa de un compromiso, así que yo mismo marqué uno de los teléfonos que Lara había estampado en la ficha médica. Me contestó una voz masculina. -Hola, ¿está Lara?- conseguí preguntar después de la sorpresa inicial. -¿Quién la llama? -preguntó el hombre desconfiado. -Soy su psiquiatra. -¿Su qué? El instinto me hizo colgar el teléfono inmediatamente. Algo no marchaba. Opté por hacer un segundo intento con el número de la revista para la que Lara realizaba sus reportajes fotográficos. -Lo siento, pero aquí no trabaja nadie con ese nombre. La situación me intrigaba tanto que decidí anular la reunión y situarme ante mi consulta escondido en el coche a la espera de que mi misteriosa paciente apareciera. Lara llegó puntual, a las seis y media como todos los martes y con el mismo rostro risueño que lucía cada tarde desde la primera vez que la vi, un gesto que se tornó sombrío cuando la observé saliendo del edificio. Incomprensiblemente me salté todas las normas de la ética profesional y la aceché a una distancia prudencial. Permaneció media hora sentada en un banco de Plaza de España, mirando las palomas. Luego reanudó su camino hasta entrar en un portal de la calle Leganitos. Me fascinó hallar en mi interior una vocación detectivesca, hasta entonces desconocida, que me impulsó a aproximar la nariz al portero automático con el afán de descubrir alguna conexión con ella. Pérez, Pino, Fernández, Pensión Soledad..., ningún letrero aportaba nada que me ayudara a despejar mis incógnitas. En algún momento tendría que salir, así que me armé de paciencia y esperé tomando un café en el bar de enfrente.


Sentado en la barra dediqué aquel receso en la persecución a ir diseñando mi plan. Aprovecharía el momento en que abandonara el edificio para hacerme el encontradizo y lograr así su confesión. No me equivocaba; una hora después la vi cruzar el umbral del portal. Dejé una moneda de dos euros sobre el mostrador y me lancé rápido a la calle propiciando un artificial cruce de caminos. Al llegar a su altura, me detuve y con un ademán ligeramente forzado la saludé. -Hombre, Lara, ¿qué casualidad? -Perdón, pero creo que se equivoca de persona. Me dejó boquiabierto en medio de la calle y se fue. Estaba convencido que era ella y la perplejidad me impedía interpretar su reacción. Es cierto que los mentirosos patológicos recurren a la negación cuando se ven atrapados, pero una cosa era la teoría y otra muy diferente la práctica, y la realidad era que Lara se había convertido en un caso clínico más grave de lo que yo suponía. Aguardé impaciente la siguiente visita, pero ya no regresó. Obsesionado profesionalmente con aquella mujer, estudié una y otra vez los datos que me había revelado a lo largo de los últimos dos meses y los contrasté. Había mentido en todo, salvo en su nombre, otra contradicción afortunada para mí. La dirección en la que, según Lara, estaba ubicado su apartamento era falsa. Averigüé consultando el registro que era hija de madre soltera y que ésta no había muerto, como me relató en una de las sesiones, sino que estaba internada en una residencia de ancianos en Rascafría. Ninguno de los tipos ilustres con los que dijo haberse relacionado la conocía. Convencido de que hallaría muchas respuestas en el hombre que me había cogido el teléfono el día en que descubrí su juego, me armé de valor y le llamé. -¿Qué es lo que quiere saber de ella? Y, por cierto, ¿quién le ha dado mi número? -me preguntó fríamente.


-Fue Lara. Es paciente mía. Hace un mes que no viene a la consulta y me preguntaba qué ha sido de ella. -No lo sé. Trabajó como camarera en mi bar hace un año y no la he vuelto a ver. Era una tía muy extraña, con muchos pájaros en la cabeza. Por eso la despedí. Lo raro es que le diera mi teléfono. No acabamos muy bien. Agotadas las líneas de investigación no había mucho más que hacer, así que opté por olvidarme del caso. Seis meses después, asistiendo a un congreso nacional de psiquiatría, la volví a encontrar. Rodeada de médicos, discutía casos con esa sonrisa que la acompañaba cada vez que se inventaba historias en mi consulta. Pregunté a algunos colegas quién era. Me dijeron que se trataba de una eminente psiquiatra que trabajaba en un hospital de Boston y tenía muchas interesantes y novedosas teorías sobre la depresión. Se llamaba Helen Burns. Me propuse hacerles caer en la cuenta de que estaban siendo víctimas de un burdo fraude pero nadie dio crédito a mis palabras. Rendido, me acerqué al corro que se había formado en torno a ella y alcancé a escuchar su voz. Era la de Lara, aunque con un forzado acento. La perforé con la mirada, pero mi osadía no la intimidó. -Doctor Suárez, ¿tiene usted algún caso incomprensible que quiera compartir con nosotros? -dijo ella pronunciando exageradamente las "tes" y las "eses". -¿Cómo sabe mi nombre? -pregunté yo a la defensiva. -Lo he leído en su americana -contestó divertida señalando la placa de mi solapa. -Disculpe -dije avergonzado- Un caso, ¿quiere un caso? Una vez tuve en mi consulta una paciente idéntica a usted, era una mentirosa patológica que, cuando se vio desenmascarada, huyó. ¿Qué le parece? -Quizá le aburrían sus sesiones -contestó divertida provocando la carcajada de los colegas que nos acompañaban.


Me sentí tan ridículo que, después de mirarla fijamente, casi implorando clemencia, me di la vuelta y dirigí mis pasos a la barra del bar. No pasaron ni cinco minutos cuando noté su presencia a mi lado. Giré la cabeza y la encontré sonriendo. -No te enfades, doctor -comentó con el mismo acento americano de antes. -Lara, ¿por qué haces esto? -le interrogué implacable. -No nos han presentado oficialmente. Me llamo Helen Burns -dijo haciendo oídos sordos a mi pregunta, extendiendo la mano derecha con un ademán de saludo. Por un instante creí haberme vuelto loco. Sin duda alguna era mi paciente aunque insistía en esconderse bajo otra identidad. No sé si fueron los tres gin-tonic que me tomé mientras conversábamos, el caso es que terminé llamándola por su nombre ficticio y charlando sobre mi vida. Aquella mujer me hipnotizaba, no podía apartar la vista de sus labios. Emanaba de ella un halo de misterio que me arrebataba hasta el punto de provocar en mí un deseo de lo más primario. Ella debió notarlo. -Me alojo en este hotel. ¿Qué te parece si subimos a mi habitación y compartimos una cena y unas copas? Aquí hay demasiado ruido y mucho chismoso del psicoanálisis -ofreció tímidamente. Acepté la sugerencia y en pocos minutos me vi retozando con ella sobre el edredón de su cama. Compartimos una intensa sesión de sexo apasionado en la que ni siquiera padecí los efectos secundarios de tanto alcohol. Después de un prolongado cuerpo a cuerpo, vencido por el cansancio, me quedé dormido. No sé cuánto tiempo estuve así, lo cierto es que cuando desperté, a mi lado sólo permanecía su huella dibujada sobre el colchón. Me incorporé ligeramente y eché un vistazo a mi alrededor. Sus cosas habían desaparecido. Una jaqueca terrible se mezclaba en mi cabeza con el sentimiento de haber vuelto a tropezar en la misma piedra. Levanté el auricular del teléfono y marqué el número de recepción.


-Llamo de la 203. ¿Han visto a la señorita que se aloja aquí? -pregunté tratando de no sonar excesivamente ridículo. -La Doctora Burns ha abandonado el hotel a primera hora de la mañana. Nos ha dejado una nota para usted. Por cierto, son las nueve. Le ruego que se dé prisa en dejar libre la habitación. El servicio de limpieza tiene que ponerla a punto para unos huéspedes que llegarán a las once-, me informó la recepcionista en tono neutro. Ni siquiera me duché. Recogí deprisa mi ropa, desperdigada por el suelo de la habitación, me vestí precipitadamente y salí de allí. En el ascensor coincidí con algunos colegas del congreso que me miraban con curiosidad y un punto, me pareció, de desprecio. La imagen que me devolvía el espejo reflejaba todo el patetismo de un hombre utilizado. Entre cuchicheos ajenos, atusé mi flequillo despeinado. En el mostrador del hall recogí el mensaje de Lara, lo metí en el bolsillo de mi americana y me dirigí al bar del hotel. Mientras paladeaba una café cargado, leí la escueta nota. "Gracias por una noche mágica. Te volveré a encontrar". Cumplió su promesa. Desde entonces se han sucedido las citas con diferentes mujeres; a parte de las visitas esporádicas de la doctora Helen Burns, por mi vida han desfilado y siguen haciéndolo Sandra, profesora de aeróbic; Amaya, dependienta de la sección de lencería en unos Grandes Almacenes; Rebeca, experta enóloga; Martina, actriz del método, y una lista casi interminable de féminas con distintas identidades y un rostro común, el de Lara. Siempre me han encontrado ellas. Se podría decir que mantengo una relación sentimental con una mujer de múltiple personalidad, o quizá una mentirosa enfermiza, o simplemente una paciente que un día se enamoró de su médico y trata por todos los medios de inyectar a esta historia caos y misterio para que no se extinga la llama de la pasión. No intento analizar psiquiátricamente el caso. Lo cierto es que en mi intimidad reina la sorpresa y nunca sé a ciencia cierta quién dormirá conmigo


cada noche. No pierdo la esperanza de que un día sea Lara, la fotógrafa. Seguro que la mayoría encontrará ridícula esta relación, yo de momento estoy encantado, en una mujer tengo la posibilidad de descubrir y amar a miles, soy un monógamo que vive en poligamia... ¿No es ese el sueño de todos los hombres?


La vida en ruinas Un barullo poco habitual reinaba aquel día en la calle Lisboa. Vencido por la curiosidad me asomé a la ventana y distinguí sobre la acera a varios obreros ataviados con monos azules en cuya espalda se podía leer Demoliciones S.L. Al pie del número 5 había aparcados un par de coches de policía junto a un camión escombrera y una pala excavadora. Deduje que había llegado el día del desalojo y que, por el despliegue de agentes, la operación prometía desarrollarse de manera poco pacífica. Mi habitación quedaba a la altura del sexto piso. Apoyado en el alféizar de la ventana pude observar claramente la desdicha de mis vecinos, una pareja de edad avanzada que gritaba y agitaba sus manos asomada a la barandilla del balcón de enfrente. Sospeché que el escándalo que estaban armando se debía a su negativa a abandonar el que consideraban su hogar. Sus rostros me resultaban familiares. Creí recordar habérmelos cruzado en algunos de mis paseos matinales por el parque del Oeste, mucho más sosegados, desde luego. En pocos minutos el ruido de las sirenas anunció la llegada de una furgoneta antidisturbios. Con un frenazo más propio de una operación de alto riesgo que del trivial asunto que les requería, el furgón se detuvo sobre la acera y escupió de su interior toda una patrulla de agentes que se adentraron trotando en el portal del edificio. -Les sacaremos a rastras, si es necesario- gritó el oficial que parecía estar al mando y movió su brazo en una señal que los policías entendieron de inmediato. En la mayoría de los balcones había vecinos mayores protestando por lo que, según pude entender, interpretaban como un flagrante abuso de autoridad. Las voces se superponían unas a otras, pero fui capaz de distinguir súplicas e insultos. Me gustaba aquel edificio. Debía tener casi cien años, pero aún conservaba cierto porte señorial con ese punto decadente que caracteriza a las edificaciones


antiguas. El detalle de los dibujos sobre cada balconada constituía todo un acierto por parte del arquitecto, quien afortunadamente debía estar muerto. "Mejor", me dije, así se ahorraría el disgusto de ver lo deteriorada que estaba su obra y la suerte que iba a correr. Desde que me instalé en la casa de mi hija Paquita había dedicado muchas horas a observar la casa e intentar imaginarla en todo su esplendor. La verdad es que la fachada lucía abundantes desconchones de yeso que dejaban al desnudo los ladrillos interiores, pero aquella deficiencia estética no hacía suponer que el interior sufriera más desperfectos que los provocados por la simple dejadez. Por eso cuando declararon la finca en ruinas no pude por menos que sorprenderme y asumir que lamentaría esa pérdida, igual que lo sentirían aquellos viejos que habían vivido allí toda su vida y trataban de conservar su hogar con las pocas fuerzas que les quedaban. -Papá, cierra esa ventana, anda, que te vas a pillar otra gripe -me ordenó Paquita entrando en la habitación sin ni siquiera llamar a la puerta. Obedecí sumiso, absteniéndome de emitir ninguna queja y me recosté en la mecedora. Luego, al mirarla mientras me tapaba las piernas con una toquilla, supe que deseaba decirme algo. Noté que respiraba hondo y adiviné que trataba de armarse de valor. Ese gesto lo había heredado de su difunta madre, que Dios la tenga en su gloria. -Mira, papá, Rodolfo y yo hemos estado hablando... y creemos que... bueno, quizá no ha sido muy buena idea traerte a vivir aquí... -tragó saliva y continuó-. Estás en una edad en la que necesitas mucha atención y nosotros apenas podemos dártela. Trabajamos los dos, pasamos la mayor parte del día fuera de casa y no podemos estar pendientes de todo... -No te preocupes, hija, si yo casi no necesito nada -le corté-. Me conformo con tener mi habitación, un transistor, poder pasear por Rosales y veros un ratito por las noches.


-Ya papá, ya, pero, ¿y si un día te encuentras mal y ninguno de los dos está contigo? Si eso ocurriera no podría perdonármelo -anunció en un tono que rayaba lo melodramático. Luego carraspeó para poder continuar-. Creemos que lo mejor es buscar ayuda... ¿Qué te parece una residencia? Hizo una pausa, supongo que para tantear el suelo que pisaba y esperar mi reacción. Aproveché para levantarme de la mecedora y volver a mirar por la ventana. La policía había empezado a sacar a rastras a los vecinos del edificio en ruinas. Los agentes se estaban empleando a fondo en cumplir su misión. Sin ningún escrúpulo neutralizaban con sus porras a los inquilinos amotinados como si se enfrentaran a delincuentes peligrosos, a pesar de que la mayoría habían superado con creces la edad de jubilación. La monótona letanía bien aprendida por mi hija se mezclaba en mi cabeza con la algarabía callejera que, a pesar del aislamiento térmico de mi habitación, se colaba por las rendijas de la cristalera. -Papá, ¿me escuchas? -preguntó nerviosa. -Sí, Paquita, sí -le confirmé volviéndome a mirarla-. Ya sé que ahora los asilos parecen hoteles de cinco estrellas y que cuentan con todas las comodidades, te he entendido perfectamente. Por fortuna el sentido del oído lo conservo muy bien. -No te pongas sarcástico, por favor -me reprochó. -Discúlpame, hija. Pero cuando me levanté esta mañana no podía imaginar que hoy me ibais a echar de esta casa -dije a sabiendas de que mis palabras provocarían el llanto de Paquita, como así fue. De inmediato, alertado por los sollozos de su esposa, apareció mi yerno en el quicio de la puerta. Impecablemente vestido con un traje azul marino y con el maletín del trabajo aún de la mano, me lanzo una mirada que creí interpretar cargada de odio. Pensé que ambos habían hecho un gran esfuerzo por reunirse en su casa a mediodía con el objeto


de darme la noticia. Seguramente habrían pedido permiso en el trabajo para ausentarse una hora alegando problemas familiares. Rodolfo posó cuidadosamente la pequeña maleta en la pared y se aflojó la corbata con el gesto bravucón de quien está dispuesto a pelear y, por supuesto, ganar. -Pero bueno, ¿qué pasa aquí? -preguntó en el tono déspota que le caracterizaba. Y acercándose a ella la rodeó con el brazo y me lanzó una mirada cargada de odio-. Estará orgulloso. Hacer llorar a su pobre hija, que lo único que ha hecho toda la vida es preocuparse por su padre... Damián, es usted un egoísta, permítame que se lo diga. No me tomé la molestia de contestarle. Le di la espalda y observé de nuevo cómo iba transcurriendo el desalojo de enfrente. Los obreros habían formado un corrillo a la izquierda del portal. Fumaban tranquilamente apurando al máximo el tiempo de ocio que aquel inesperado conflicto les había regalado, ajenos por completo al drama familiar que se vivía a sus espaldas. Imaginé que hablaban de fútbol o de mujeres. No había que tenérselo en cuenta, después de todo ellos simplemente cumplían con su trabajo. Alcé la vista otra vez hasta la sexta planta. Varios policías habían llegado hasta el piso y forcejeaban con los más jóvenes de la familia. Mientras, el viejo matrimonio había colocado unas sillas en el balcón y cogidos de la mano se habían sentado allí fuera como si no pasara nada. Un equipo de televisión desde la calle grababa todo los incidentes. Debían ser de la cadena que había estado siguiendo el conflicto desde el anuncio del desahucio. Todavía permanecían en mi retina las declaraciones que el propietario del edificio había hecho en el telediario. Por lo visto quería deshacerse del mismo cuanto antes porque le suponía mucho gasto y, además, en medio de ese incomparable entorno, aquella vieja construcción estorbaba. Incluso, en un alarde de generosidad, el empresario había


ofrecido una sustanciosa cantidad a los inquilinos para que abandonaran cuanto antes sus antiguas viviendas. Por si ese detalle altruista no terminara de demostrar su buena predisposición también había puesto al servicio de los vecinos un bloque nuevo de apartamentos de alquiler de su propiedad que acababa de construir en Coslada y estaba listo para hospedar a los desahuciados por el módico precio de 600 euros al mes. -Es por su bien, Damián -oí que decía mi yerno-. Usted tiene una buena pensión, puede afrontar el gasto de una estupenda residencia. ¿De qué le va a servir el dinero cuando se muera? ¿Eh? Sus palabras me atizaron de lleno. Sentí un ligero mareo y me agarré al marco de la ventana para no desplomarme. Rodolfo no pareció darse cuenta porque siguió hablando. -Hemos encontrado un centro de primera, todo lujo, ideal para usted. Es el mejor de Madrid. Fíjese que reputación tendrá que hay más de cincuenta ancianos aguardando su turno desde hace tiempo y al paso que van, seguro que se mueren antes de que les admitan. Gracias a mis contactos usted podrá saltarse la lista de espera e ingresar hoy mismo. Un amigo me debía un favor y ya ve que bien nos va a venir-, concluyó inflado como un pavo real. -Es cierto, papá -añadió Paquita sobreponiéndose del disgusto-. Se llama "La tercera primavera", está cerca de Las Matas, en pleno campo. Podrás pasear, jugar a la petanca, hacer amigos y lo más importante, estarás acompañado y muy bien cuidado. Nosotros te iremos a ver todos los fines de semana. Comencé a sentir mucho calor, así que abrí la ventana y respiré profundamente. Desde la calle me llegaron las voces y los llantos de los vecinos. Pasé la mirada por cada balcón. Ya no quedaba nadie dentro del edificio. La policía los había sacado a todos. Los inquilinos se habían concentrado ante el portal y coreaban consignas en contra del alcalde. Vi cómo los obreros tiraban sus cigarrillos al suelo, se ponían los


cascos y disolvían su reunión. Cerré la ventana y miré durante un instante a mi hija. Luego apoyándome en la mesilla, con cuidado de no golpear con la mano la foto de mi difunta mujer, me arrodillé y arrastré la maleta de piel que tenía guardada bajo la cama.


Error de cálculo Coloqué el cañón de la pistola sobre la cabeza encapuchada, a la altura de su nuca, y tomé aire. Lo fundamental era mantener la mente en blanco, conocía perfectamente la mecánica. Apreté el gatillo. La detonación me provocó un vértigo momentáneo. Me guardé el arma en la cintura mientras miraba el cuerpo desplomado sobre la hierba. Luego regresé al coche caminando con paso firme, siguiendo con una disciplina casi militar el sendero dibujado entre los árboles. Conocí a Tomás en la taberna de Chucho. Apoyado en la barra, paladeaba mi copa con la vista fija en la televisión, donde una presentadora repasaba las miserias de la actualidad sin alterar su gesto complaciente. Fue entonces cuando le vi por primera vez. Se sentó cabizbajo a mi lado y pidió un güisqui doble. -¿Un mal día, Tomás? -preguntó el camarero con atrevimiento de barman viejo. No respondió. Bebió la copa de un trago y dio un golpe seco sobre el mostrador. Le observé con disimulo. Tenía los párpados hinchados y se mordía el labio inferior. No suelo hablar con desconocidos, pero aquella vez lo hice. -Me llamo Alberto -dije extendiendo la mano-. Seguro que tiene solución. Tomás tardó en reaccionar. Se le notaba sorprendido por mi atrevimiento, pero me siguió la corriente aceptando la mano que le tendía y la apretó con seguridad. -Gracias, pero hay cosas que no tienen arreglo -dijo educado y apuró su vaso-. Soy Tomás. Hoy he perdido a un amigo. Dime si eso tiene solución. No dije nada. Pagué mi copa y, cuando iba a marcharme, Tomás llamó a Chucho. -Chucho, sírvenos otra ronda. Yo invito -ordenó. A esa copa le siguieron algunas más. El alcohol propició una charla informal y distendida. Supe que era escolta y cuando se interesó por mi trabajo, derrochando imaginación, le dije que era representante de productos de plástico. Durante algo más de


dos horas le escuché lamentarse por la mala suerte de su amigo, un colega que había sido asesinado. Preferí no intervenir y propuse nuevos temas de conversación. A las doce salíamos del bar dando tumbos. -Gracias por aguantarme, Alberto. Eres un buen tipo. Después de esta noche estoy en deuda contigo -dijo solemne-. ¿Sueles parar mucho por aquí? -De vez en cuando, aunque no muy a menudo -contesté con cautela-. Ya sabes, este maldito trabajo de viajante me tiene de un sitio a otro. Ante la puerta de la taberna apreté su mano y nos despedimos con un incierto "hasta otra". A la mañana siguiente una llamada del jefe me anunciaba que teníamos reunión urgente. Al llegar a la cita percibí que urdían una nueva operación. Nada más sentarme, Fran, el encargado de información, me acercó una foto. Aparecían retratados varios hombres junto a un coche negro. Alguien había trazado un círculo rojo alrededor de la cabeza de uno de ellos. Era Tomás. -Es nuestro próximo objetivo. Tomás Gorospe, escolta del concejal Belda -dijo escuetamente el jefe-. Fran te dará el dossier. Dentro de seis días debe morir. -¿Seis días? -pregunté para asegurarme de las instrucciones. -Seis días -repitió el jefe mirándome fijamente a los ojos. Durante la cuenta atrás estuve encerrado en casa intentando no pensar. Me dediqué a vagar de la nevera al sofá, ver la tele y releer viejos cómics de Tintín. El día previsto me levanté temprano y acometí uno por uno todos los pasos del ritual: una ducha fría, un café cargado, atuendo poco llamativo, puesta a punto de mi arma, y un largo paseo por la ribera del río antes de terminar en la taberna. Tomás estaba allí, acodado en la barra. Nada más verme me invitó a un carajillo.


-¿Dónde te metes? Llevo varios días detrás de ti. Menos mal que Chucho tenía razón y al final has aparecido. Miré al camarero y él siguió a lo suyo. -Ya ves, he estado ocupado. ¿Y tú? ¿Hoy no trabajas? -Lo dejo, Alberto -me confesó-. Esta misma mañana me he despedido. Su declaración me alarmó. Pensé que en estas circunstancias los planes cambiarían. -Perdona un momento, Tomás, pero el alcohol a estas horas me mueve las tripas -me disculpé con una sonrisa mientras me escabullía en dirección al baño. Tras comprobar que estaba vacío, telefoneé al jefe para contarle las novedades. -El plan sigue en marcha -sentenció impasible después de escucharme-. A propósito, ¿cómo te has enterado de la noticia? -En el bar de Chucho -respondí desilusionado y luego colgué. Cuando regresé a la barra y le vi, dudé si sería capaz de obedecer las órdenes. -Bueno, cuéntame. Entonces, ¿lo vas a dejar definitivamente? -Sí, estoy atando los últimos cabos. Mira -dijo mostrándome discretamente el interior de un sobre encordado que había sobre la barra. Distinguí una nueve milímetros, una cuerda y una capucha negra-. He planeado mi muerte y voy a necesitar tu ayuda -confesó a media voz-. El suicidio queda descartado, no sirvo para eso. Además, prefiero simular un atentado. Así, al menos le quedará algo a mi familia. Conozco un lugar ideal para hacerlo, sólo queda que tú aceptes. -¿Por qué yo? -pregunté de repente. -Quiero que un profesional haga el trabajo -respondió en tono cómplice y miró a Chucho que sacaba brillo a los vasos-. Lo importante es que todo salga como lo he planeado y tú juegas el papel principal.


-No lo entiendo... ¿Por qué? -pregunté tras un silencio con la certeza de que ya no existía razón alguna para seguir fingiendo. -En realidad cuando nos conocimos ya estaba muerto. ¿Sabes? Ese día no había perdido simplemente un amigo -confesó-. Y ahora, ¿me harás este último favor?


Maldita Viagra -Cariño, ya estoy preparado. Lucinda escuchó el aviso cantarín de su marido desde el cuarto de baño. Se hallaba sentada en la taza del water, a la espera de poder descargar su vientre, ojeando la revista con la programación televisiva que Modesto había dejado olvidada sobre la repisa, de manera que aquella intromisión en su intimidad le sentó como un tiro. -Preparado, ¿para qué, cariño? -contestó tratando de enmascarar cualquier indicio de desgana en sus palabras. -Preparado para ti -confesó Modesto con voz lisonjera desde el otro lado de la puerta y aprovechó para deslizar las uñas por la madera. Lucinda se tapó los oídos con las manos en un intento por mitigar la dentera que le producía aquel sonido. "Está visto que hoy tampoco puedo cagar a gusto", pensó contrariada. Se limpió con un trozo de papel higiénico y apretó con fuerza el botón de la cisterna. Cuando la mujer salió del baño se vio obligada a apoyarse en la rinconera de conglomerado para evitar sucumbir a la impresión recibida. Las figuritas de porcelana tintinearon peligrosamente. El balanceo cesó cuando Lucinda fue capaz de mantenerse en pie por sí misma. Entonces lo único que acertó a balbucear fue "pero, ¿qué diablos es eso?" Modesto sonrió mientras elevaba las manos hasta la nuca. -Cariño, sé que últimamente no hemos hecho mucho el amor... pero no puedo creer que hayas olvidado algo tan básico -y meneando en círculos la pelvis desnuda, fue aproximándose a su mujer mientras que ella retrocedía lentamente hasta topar su espalda con la pared. La prominente barriga de su esposo temblaba frente a ella como un flan de huevo, igual que sus pechos caídos; "Oh, Dios. Ahora que me fijo, podría


utilizar sin demasiado problema mis sostenes", pensó asombrada. De repente cayó en la cuenta de que el aspecto físico de su marido se había deteriorado notablemente desde el día en que se enamoró de él, tanto que parecía otra persona, si no fuera porque en ese momento paseaba ufano la única seña de identidad que un día la enloqueciera. Pero, ¿cómo? ¿Por qué de improviso, sin juegos previos, sin ayuda externa, Modesto competía en cantidad y calidad con los astros del cine para adultos? ¿Tendría una amante y eso le daba cargo de conciencia? Si en los últimos años no había destacado por su interés hacia las prácticas de alcoba, ¿por qué razón entonces, esa tarde, se mostraba tan fogoso? ¿Los penes pueden llegar a estallar por un exceso de excitación? Las preguntas se arremolinaban en la cabeza de Lucinda. -Tengo que preparar la cena, Modesto -concluyó tratando de zanjar la cuestión y aprovechó el desconcierto que estas palabras provocaron en su pareja para escabullirse precipitadamente de la habitación. -Pero, cariño, la cena puede esperar -voceó el marido siguiéndola desnudo por las escaleras. Lucinda no le contestó. Siguió su camino hasta la cocina, con la sensación de que alguien a su espalda le apuntaba con un arma, y encendió la televisión de 14 pulgadas situada al extremo de la barra. Comenzaba el informativo. La presentadora contaba con todo lujo de detalles la aparición de un bebé abandonado en un contenedor. Unos basureros lo habían encontrado retozando entre tetra-briks y páginas amarillas anticuadas. Por lo visto llevaba en su boca un preservativo usado que la criatura había empleado a modo de chupete. Lucinda sintió una arcada y apagó la tele. -Cariño, no tienes nada que temer. Esta mañana he comprado protección -expuso Modesto en tono confidencial.


Cuando su mujer se volvió a mirarle le halló erguido, con una mano en la cintura y en la otra una caja de condones Big Pleasure, los preservativos de talla grande. Aquella escena terminó por revolverle el estómago así que corrió hacia el aseo, cerró el pestillo y vomitó a placer. -Cariño, ¿te encuentras bien? -oyó que preguntaba Modesto golpeando levemente la madera, y las náuseas se le recrudecieron al imaginar con qué estaría llamando a la puerta. Pasó algo más de media hora sentada junto a la taza, encerrada en el aseo tratando de asimilar aquella novedosa situación. Una vez que se decidió a terminar con su auto cautiverio, valorando que quizá la alarma habría cesado, se refrescó la cara y salió dispuesta a reanudar su vida cotidiana. -¿Todo bien, cariño? -se interesó visiblemente preocupado su marido, y al descubrir Lucinda que la pesadilla continuaba, se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentada en el suelo con la vista fija en aquel ser sobrenatural. -Quizá he sido demasiado rudo contigo, ya sabes que me falta tacto muchas veces, pero intentaré remediarlo -se arrodilló frente a ella con los muslos ligeramente separados y continuó-. Qué traje azul tan bonito llevas, ¿es nuevo? Lucinda, extrañada, echó un vistazo a sus ropas para asegurarse de que aún llevaba puesta la bata amarilla y, entre suspiros, farfulló: "Maldita Viagra".


Jonás tenía un secreto Jonás tenía un secreto. Un secreto que le pesaba más que un camión de alto tonelaje. Un secreto que debía guardar y que le impedía conciliar el sueño. Necesitaba liberarse de la carga aunque sólo fuera durante cinco minutos, lo mínimo para poder descansar. Así que buscó un lugar donde guardar temporalmente su secreto. Pero no existía ningún lugar así. Probó a colocar su secreto bien separado de su conciencia, pero una atracción incontrolable, como la de un imán, tendía a aproximarlo. Intentó también cubrirlo con capas de preocupaciones y alegrías cotidianas, pero resbalaban sobre la superficie del secreto y se destapaba, quedando bien a la luz. Jonás sabía que así no podría vivir mucho tiempo y que tarde o temprano necesitaría liberarlo. Se maldijo por haber accedido a recoger el secreto, pero cómo negarse a hacerle un favor a un amigo. “Guárdame un secreto”, le había dicho y no se lo había pensado dos veces. “¿Me lo prometes?”, “Te lo prometo”. “¿Me das tu palabra?”. Jonás no entendía por qué se ponía tan pesado, nunca le había fallado y ahora no iba a ser de otra manera. La insistencia le ofendió y debió notársele en la cara. “Mira que es un secreto que, de saberse, provocaría daños irreparables”. Jonás comenzó a preocuparse. “¿A quién le haría daño?”, se atrevió a preguntar. “A todo el mundo. Pero seguro que en ti el secreto está a salvo”. Esa prueba final de confianza le hizo sentirse importante y borró de golpe cualquier duda generada por las palabras de su amigo. Por muy grave que fuera, él mantendría el secreto. “Soy todo oídos”. Cuántas veces se había arrepentido de pronunciar esas palabras. Desde entonces todo había cambiado. El terrible secreto le había atrapado y convertido su vida un infierno. Sólo encontraba una salida para no defraudar a su amigo ni al resto del mundo: Morir, y con él morir también su secreto.


Decidido, se encaramó en el alfeizar de su ventana y se lanzó al vacío. No contaba con que en la caída, su secreto se negara a compartir tan fatal destino y se escapara por su boca. Quienes acudieron a socorrer el cuerpo ya inerte de Jonás afirman que antes del fuerte golpe escucharon un puñado de palabras emitidas a voz en grito, algo así como “la felicidad no existe”.


Ágata en el espejo Esperaba los viernes como agua de mayo, impaciente como un chiquillo que cuenta los días que faltan para sus vacaciones. Durante esa última semana me había recreado en recuerdos de anteriores visitas y había jugado a imaginar cómo vendría vestida, cómo traería el pelo... Últimamente le había dado por seguir a rajatabla los dictados de la moda y aparecía cada vez con un color diferente en su cabello. El último que lució fue azul eléctrico; no me disgustó, hacía juego con su mirada abstraída, esa que apenas reparaba en mi presencia cuando entraba en el portal y se detenía ante la puerta del ascensor. Yo siempre insistía en saludarla: "Buenas tardes, señorita", y ella respondía sin mirarme con un lacónico "¿Qué hay?". Únicamente solían separarnos dos metros y a esa corta distancia mi olfato percibía con facilidad el perfume de rosas que tantas noches me quitaba el sueño. No podía entender por qué esa mujer desperdiciaba tres horas de su vida cada viernes en hacer gozar a don Manuel, el vecino del quinto A, un escritor maduro cuya vida social se reducía a recibir los martes a la chica de la limpieza y los viernes a Ágata. Desde que se instaló en el edificio no había salido ni un solo día del apartamento, así que supuse que la inspiración y los argumentos para sus columnas en el diario "La Nación" los extraía de la televisión, los confidentes telefónicos y los cotilleos de la sirvienta. Por eso, sólo cuando la dulce Ágata apareció en su vida y me enteré de su relación empecé a envidiarle. Al principio pensé que se trataba de una secretaria contratada por el periodista para hacer el trabajo sucio, pero pronto salí de mi error. No me resultó difícil averiguar lo que realmente ocurría cada tarde de viernes en el quinto A. Llevaba más de treinta años como portero de la finca y conocía como la palma de mu mano la distribución de cada uno de los pisos. El de Don Manuel y el colindante habían estado alquilados por la Policía y puestos al servicio de la brigada de


estupefacientes durante un tiempo. En la habitación que ocupaba el escritor destacaba un espejo empotrado en la pared que por el dorso comunicaba con el piso contiguo y permitía observar desde allí los interrogatorios sin ser vistos. Los agentes, tras desalojarlo, anularon el sistema; desconectaron el equipo de megafonía y disimularon con una simple tabla de madera el cristal instalado en el armario de la otra vivienda. Sin demasiado esfuerzo recuperé la vista de aquella ventana indiscreta y comencé a disfrutar con la fascinante vida íntima de Ágata. Los juegos eróticos de la pareja cambiaban cada día aunque invariablemente era ella quien tomaba la iniciativa. Solía desnudarse muy lentamente, cimbreando las caderas al ritmo de una música imaginaria, casi siempre de pie frente a don Manuel quien, como un pelele, babeaba tendido sobre la cama. Entonces yo, aprovechando mi estratégica posición al otro lado del espejo, dejaba que mi vista recorriera su silueta con la misma parsimonia con que ella se quitaba la ropa. Mis ojos iniciaban el viaje en su nuca, se deslizaban por su espalda, hacían una pausa meditada en su culo redondas comparando su forma con la de las frutas de temporada, y automáticamente se me abría el apetito. No podía por menos que aproximarme al espejo para apoyar en él mis manos y retrasar la tentación, haciendo esfuerzos por controlar el ardor creciente que invadía mi entrepierna, una excitación que progresivamente iba en aumento a medida que sus prendas iban cayendo una tras otra sobre la moqueta. La veía tan entregada a aquel juego que en ocasiones me daba la impresión de que Ágata estaba al corriente de mis prácticas de voyeur. En esos casos permanecía inmóvil y aguantaba la respiración, tratando de evitar cualquier ruido que me delatara, incluido el acelerado latir de mi corazón, e interrumpiera su fascinante ritual. Lo que más me enloquecía era su renuncia a desprenderse de las medias y los zapatos de tacón, y, cómo no, la naturalidad pasmosa con que deambulaba por la


habitación prácticamente desnuda realizando gestos cotidianos, carentes en apariencia de cualquier propósito. Esa frescura me encendía, por lo visto igual que a don Manuel quien, llegado a ese punto, se revolvía nervioso sobre la colcha de la cama y, rendido al influjo de esa anatomía perfecta, dejaba caer temblorosa la palma de su mano derecha bajo su prominente barriga. La mayoría de las veces Ágata se encargaba de desnudar al escritor; lo hacía como quien está acostumbrado a amortajar a un difunto, mecánicamente pero sin perder el respeto. Se arrodillaba sobre los pies de la cama y procedía servil. En esa postura me ofrecía generosa su culo bien abierto; la escena me turbaba hasta el punto de desear romper el cristal que nos separaba y arrebatársela al viejo inquilino. La mayoría de las veces no precisaba ver más. A esas alturas ya me había corrido sin necesidad de ayudarme por ningún estímulo manual. El resto poco me interesaba, más bien me enfurecía observarla montada a horcajadas sobre él, ver sus pechos agitándose con cada embate de caderas, su vientre plano abultándose al ritmo de su respiración entrecortada y, sobre todo, las manos del viejo escritor presionando su estrecha cintura en cada sacudida. Así que, al abrigo de las voces exaltadas de la pareja, cerraba el armario sin poner ningún cuidado y salía del piso dando un portazo. Únicamente ya me daba tiempo a oír desde el pasillo cómo don Manuel pronunciaba entre gritos de placer el nombre de Ágata. Sólo pensar en los viernes me provocaba sudores. Me limpié la frente y el cuello con un pañuelo y miré el reloj. Faltaba poco para las cinco, momento en el que, como siempre, ella aparecería por la puerta del edificio y yo recuperaría de nuevo durante unos minutos la felicidad. No me defraudó. Justo en el momento en que el reloj de la portería anunció la hora, llegó hasta mí su perfume de rosas. Salí al portal y allí estaba, llamando al ascensor. Se había cortado el pelo de una manera distinta y lo había teñido de negro. Me agradó el cambio y me atreví a hacérselo notar.


-Buenas tardes, señorita. Está usted radiante. -Muchas gracias -contestó tras echarme una mirada desconfiada. Luego estiró con disimulo su falda corta y cruzo los brazos sobre el pecho. Aquel gesto de timidez me excitó. No deseaba perder más tiempo en preliminares, así que entré de nuevo en la portería y saqué del cajón del armario las llaves del quinto B, ese apartamento que incomprensiblemente para sus dueños no terminaba de alquilarse. Cuando salí al portal ella ya había subido. A pesar de que no era ningún jovencito tomé las escaleras. No podía esperar el ascensor, estaba impaciente por verla de nuevo. Llegué al descansillo del quinto piso sin aliento. Procuré ralentizar mis movimientos para no hacer ruido y entré en el apartamento. Me descalcé y dejé los zapatos junto a la puerta. Sabía de sobra que en los pisos vacíos cualquier ruido se multiplicaba, así que una vez más caminé de puntillas hacia la habitación cuya pared lindaba con el apartamento contiguo. Abrí el armario y me coloqué ante la vidriera que cada viernes me permitía disfrutar de ella. Don Manuel estaba echado en la cama, como siempre, pero Ágata no le miraba. Se había colocado frente al espejo, de espaldas a su amante. Parecía dispuesta a dedicarme su show. Me pareció que me miraba fijamente y sonreía. Fue quitándose la ropa poco a poco, aprovechando los intermedios para acariciarse la pelvis. Cuando se quedó desnuda pasó la mano por el cristal y casi noté su tacto en mi rostro. Finalmente se acercó al vidrio, y adoptando una postura ligeramente forzada y de todo punto lasciva, apretó contra él los pezones y el pubis. Luego entreabrió ligeramente los labios y los posó sobre el espejo. Sentí que me besaba. Salí corriendo del apartamento sin preocuparme por poner de nuevo el panel de madera en su sitio. Ni siquiera utilicé el ascensor. Cuando llegué al quicio de la portería me apoyé para tomar aliento. Sentía que el corazón me galopaba a la altura de la pelvis y que me costaba respirar. Aquella experiencia me había superado. La imagen de Ágata


frente a mí, desnuda, se me había quedado grabada en la mente, de tal manera que cuando a los pocos minutos se abrió la puerta del ascensor y apareció vestida, me costó reconocerla. -Ha sido mi regalo de despedida. Espero que te haya gustado -dijo mirándome fijamente mientras encendía un cigarrillo. Aunque lo deseaba fui incapaz de hacer ni un solo gesto para detenerla. Permanecí de pie, a la entrada de la portería, callado, supongo que con cara de idiota, viendo cómo se alejaba para no volver jamás. El ruido de la puerta del ascensor me hizo girar la cabeza. Era don Manuel. Me miró callado, supongo que también con cara de idiota.


La estatua de la esquina En aquella esquina de la Gran Vía soplaba un viento frío capaz de congelar las ideas. Así que no era extraño que, por primera vez en seis horas, las ganas de estornudar pusieran a prueba la resistencia de Fausto e hicieran peligrar lo que parecía ser un reto personal, mantener la postura el mayor tiempo posible. Se había pintado la cara y el cuello de blanco, como todas las tardes. Estaba alzado sobre un taburete, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. En su hombro descansaba tranquilo Cliff, un gato callejero con el pelo de color gris. Fausto arrugó la nariz y contuvo la respiración con la esperanza de retrasar al máximo el estornudo. -Mira, mami, que gato tan bonito. A los pies de Fausto un niño le tiraba de la falda a su madre. -Si, cariño, muy bonito...pero, venga, que nos van a cerrar El Corte Inglés -le replicó la mujer. El pequeño se resistía a obedecer a su madre. -¿Por qué no se mueve? ¿Es que se ha muerto? -preguntó con voz chillona. -Claro que no, David, está actuando y tiene que estar muy quieto -contestó la madre tirando del brazo del niño. Pero la explicación sólo sirvió para que creciera su curiosidad. -Miau, gatito, Miau... -David, por favor- gritó la mujer y cogió en los brazos a su hijo apartándolo de la esquina. En cuanto desaparecieron entre la multitud Cliff bostezó y Fausto soltó su estornudo. El mimo recuperó de inmediato la postura y movió los ojos en una panorámica por el tramo de la Gran Vía que divisaba desde su posición. El reloj de la calle marcaba las


nueve. La temperatura era de cinco grados. Cliff pareció intuir la cifra que señalaba el termómetro porque se arrebujó en una bola sobre su hombro y cerró los ojos. -Te he dicho que se acabó, así que deja de seguirme. Una chica se detuvo a la altura del taburete de Fausto. Tenía los ojos enrojecidos y la voz quebrada. Tras ella, un joven con cazadora de cuero le increpaba. Cliff ni siquiera se inmutó ante la discusión. -Venga, Sandra, no seas así. Ya te he pedido perdón cien veces. ¿Qué más quieres que haga? ¿Dime? -Ya te lo he dicho, que dejes de venir detrás de mi como un perrito faldero. Cuando te pones así no te soporto. -Lo siento mucho, pero hasta que no arreglemos esto no voy a parar -amenazó el chico. -Podías haberlo pensado antes... -hizo una pausa para sollozar y concluyó escondiendo la cara entre las manos- ...antes de enrollarte con mi mejor amiga. -Perdóname, Sandra, fue un error, estaba borracho y... además, no significó nada para mí... -Dame tu medio billete -le pidió ella secándose los ojos. -¿Qué? -preguntó él sin entender. -¿Estás sordo? Que me des tu medio dólar. El chico comprendió por fin la petición de su novia. Buscó en el bolsillo de la cazadora y sacó un trozo de papel. Ella lo cogió con rabia, lo juntó con la otra mitad que extrajo de su mochila y arrojó los dos pedazos dentro del sombrero de Fausto. Luego echó a correr en dirección a la Plaza de Callao. No intentó detenerla, ni siquiera la vio marchar, se quedó parado, con la mirada fija en la acera. Parecía dudar sobre si recuperar su


amuleto. Finalmente se mordió los labios, dio media vuelta y echó a andar calle abajo, topándose de frente con un par de chiquillos. -¡Eh, tío! ¡Mira por dónde vas! -le increpó uno de ellos. Fausto se sorbió discretamente el moquillo. Un surco color carne quedó marcado sobre el maquillaje del labio superior. Tenía la mirada vidriosa por culpa del viento helado que soplaba en la Gran Vía y eso le impidió ver claramente las caras de los dos chicos. Se habían acercado a su taburete. El que parecía mayor recogió el sombrero del suelo y echó un vistazo al contenido. Examinó con aparente pericia de joyero las dos mitades del dólar pero no le interesaron, así que las arrugó en el puño y las tiró al suelo. Una vez que hubo vaciado las monedas en el bolsillo de su pantalón, se cubrió la cabeza con el sombrero e improvisó una especie de danza salvaje, acompañada de provocaciones verbales, con la única intención de irritar a Fausto. Un silbido acabó con la diversión. Entre risas los dos muchachos agarraron los cartones que el mimo utilizaba para calentarse por las noches y los cargaron en el camión en marcha que en aquel momento doblaba la esquina. Fausto continuó inmóvil mientras distinguía sobre el ruido del motor cómo Cliff ronroneaba. La Gran Vía se iba vaciando poco a poco. Apenas quedaban peatones y las luces de neón se conformaban con alumbrar los pocos coches que circulaban por la calle. Ya casi nadie reparaba en su presencia. El reloj instalado sobre el asfalto anunciaba que faltaba poco para el final de las funciones de teatro, incluida la suya. Todo sucedió muy rápido. A Fausto sólo le dio tiempo a ser testigo de un breve forcejeo, luego alguien cayó al suelo malherido. Un ligero roce hizo que el taburete se tambaleara. Cliff se sobresaltó y abrió sus ojos de gato. El mimo recobró la estabilidad en un segundo y permaneció estático, impasible ante el cuerpo que yacía a sus pies. Se oyeron gritos. Poco después sonó una sirena. Al instante llegó la policía.


-Joder, Chacón, llama a una ambulancia -decía a gritos un municipal que se había acercado hasta la esquina-. ¡Mierda de ciudad! Mientras uno de los policías utilizaba la radio del coche, el otro, de pie junto al herido, se acariciaba la barbilla. -Chacón, ¡coño!, ¡que es para hoy! –recriminó el más veterano a su compañero que aún se peleaba con los botones de la radio. Cumplidas las órdenes el joven policía se acercó de nuevo hasta la acera y, con el rostro pálido, esperó instrucciones. -Venga, Chacón, interroga a los peatones que circulan por aquí, a ver si alguien ha visto lo que ha pasado- dijo con tono dictatorial-. ¡Ah! Y quita de la esquina a este mimo de mierda. Está interrumpiendo el paso. Un coche patrulla surgió de repente por una de las estrechas calles que desembocaban en la Gran Vía. A pesar de que se encontraba a escasos metros, activó la sirena y las luces. Cliff mantuvo tensa la cola hasta que el auto se detuvo con un frenazo. El ruido ensordecedor de la sirena cesó, no así las luces de emergencia que continuaron girando en lo alto de la carrocería. Del interior del coche salieron dos policías rechonchos. Por un momento, pareció que la cabina del automóvil se elevaba al quedar libre del exceso de peso. Después de conversar con sus compañeros, los dos agentes se aproximaron directamente al mimo. Cliff debió intuir lo que iba a suceder porque se escurrió con cuidado por el cuello de su amo hasta ocultarse en el interior de su chaqueta. Se arremangaron antes de bajarlo a pulso del taburete. Una vez apoyado en el suelo, lo inclinaron ligeramente para facilitar su traslado. Fue el resultado de una partida de chinos lo que determinó quién lo agarraría por los pies y quién por el tronco. -¿Qué hacemos con esto? –preguntó el que marcaba el paso.


-¡Yo qué sé! –respondió el policía que parecía estar al mando-. Tiradlo a la basura. Una vez equilibrados peso y fuerzas, los policías lo acarrearon como una estatua hasta un contenedor que había a la vuelta de la esquina. Tras tomar impulso a la de tres lo arrojaron en su interior. -Oye, Beltrán, ¿este cubo no es sólo para residuos orgánicos? -dijo uno de los policías al tiempo que se restregaba las manos contra las perneras del uniforme. -Ni idea, macho -contestó su compañero-. Soy incapaz de aprenderme para qué sirve cada contenedor. No veas la que tiene organizada mi mujer en casa con el dichoso reciclado. La conversación de los agentes se fue perdiendo a medida que se alejaban. Al fondo del contenedor, sobre un colchón de bolsas de basura estalladas, el mimo permanecía en la misma postura en la que había caído, las piernas separadas como un compás y los brazos doblados en equis sobre el regazo. Sólo un bulto se movía bajo sus ropas, el cuerpo de Cliff, que luchaba con denuedo por encontrar la salida. Fausto arrastró unos centímetros el brazo, lo justo para que el gato asomara la cabeza. Una vez liberado, el animal se deslizó hábilmente entre los desperdicios hasta situarse sobre su pecho. Se lamió el pelo con fruición y luego se acurrucó al latido del corazón de Fausto, con sus enormes ojos verdes fijos en los de su inmóvil amo.


Viudas Descorrí la cortina, abrí el balcón y respiré el aire puro de la mañana. Una ráfaga fresca se coló en la habitación invadiendo de pureza el ambiente cargado de una estancia que hasta aquel instante había estado pidiendo a gritos un poco de aroma a vida. Aferré la baranda con mis manos y escruté el paisaje que se mostraba ante mí. Una débil lluvia reparadora limpiaba los campos regalándoles unos tonos verdes que nunca antes había tenido ocasión de contemplar. Supuse que el alivio experimentado por una tierra árida en contacto con el agua debía ser similar al que yo sentía al dejarme empapar por aquellas diminutas gotas. Los terrenos colindantes presentaban una gran variedad de gamas; pensé que era de todo punto innecesario acotar cada superficie mediante vallas para separar las distintas propiedades porque ellas mismas reclamaban su independencia a base de lucir diversos matices. ¡Qué maravilla ser diferente y libre para poder gritarlo al viento, como esos campos de la vega! El Duero bajaba caudaloso, dibujando con las curvas de su cauce la forma de una sonrisa, como si saludara optimista a la naturaleza que encontraba a su paso. Seguí con la mirada su curso: llegaba del oeste marcando una disciplinada línea recta, ensanchaba su perfil al aproximarse a la ladera del alto sobre el que se asentaba la villa; discurría entonces con tiento, como si no quisiera disturbar el día a día de sus habitantes, luego giraba en redondo dócilmente para penetrar por los ojos del puente y a continuación aceleraba su marcha en paralelo con la vía férrea compitiendo en una carrera imaginaria cuyo rival era el tren de las siete. El viento acarició mi cabello. Un mechón me rozó la frente recordándome que todavía ni me había peinado. No echaba de menos el moño, todo lo contrario, aquella ausencia de presión en la nuca me liberaba. Alcé la cabeza y descubrí en el cielo un tono grisáceo similar al de mi pelo. Por un instante me sentí parte del universo. Aquel día se


parecía tanto a los de mi infancia que de repente me entraron unas inmensas ganas de salir a la calle y correr bajo la lluvia como hacía entonces. Me había sido concedido el deseo de iniciar una nueva vida y, a pesar de lo luctuoso de la situación, no sufría remordimientos, ni siquiera al ver a la pobre Angustias derramando lágrimas sentada en una descalzadora junto a la ventana. En un principio, al observar su sentida reacción, pensé que pecaba de exceso de fidelidad. Naturalmente entendía que, después de treinta años sirviendo en nuestra casa, se había convertido en parte de la familia y veía lógico su desconsuelo por la pérdida del patrón. Pero si algún forastero ajeno a la vida cotidiana de este pequeño pueblo hubiera contemplado la escena, sin duda creería que la viuda era ella y no yo. No tardé mucho en comprender que, en cierta manera, así era. -Angustias, ve preparándolo todo -le ordené sin apartar los ojos del paisaje-. Voy a llamar a Don Miguel para que certifique la defunción. Cerré el balcón y me aproximé a la mesilla. Tomé el auricular del teléfono y marqué el número vigilando de reojo el cuerpo inmóvil de Aníbal. Me di cuenta que aquella era la primera vez en muchos años que estábamos tan cerca. -Don Miguel, buenos días, perdone que le moleste tan temprano. Es mi marido. Le ha debido dar un infarto. Creo... -guardé silencio dudando si mi explicación le estaría resultando poco afectada al doctor y al hacerlo acaricié la mejilla de mi esposo-. Bueno, creo... que está muerto. ¿Podría usted acercarse a mi casa? Angustias me miraba desde la puerta de la alcoba a la espera de alguna indicación más. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados de tanto restregárselos. Parecía hallarse muy lejos de allí. Se sacó un pañuelo arrugado del bolsillo de su delantal y se limpió la nariz. -Muchas gracias, don Miguel. Aquí le espero -le dije al médico con calma y luego colgué delicadamente el teléfono.


Abandoné la habitación rozando el brazo de la criada que seguía de pie en el umbral de la puerta, con la mirada perdida y soportando con dificultad el hipo que le había provocado su llanto. -Me voy a arreglar. Tú ve preparando la mortaja. Ya en mi dormitorio me quité el camisón y desnuda rebusqué en el armario alguna ropa adecuada para la ocasión. Aníbal y yo ocupábamos alcobas diferentes desde poco después de nuestras nupcias, un pacto señorial en el que ninguno de los dos tuvimos voz ni voto. Al principio habíamos puesto ilusión y buenos propósitos, sobre todo yo, la más joven e inexperta de aquel matrimonio forzoso. Pero después de un mes de convivencia descubrimos que aquella unión distaba mucho de cimentarse precisamente en lo romántico o sentimental. Corrían otros tiempos, una época en la que las bodas eran para toda la vida y el amor no dejaba de contemplarse como algo secundario. De cara a la galería en nuestro comportamiento primó la educación y el respeto a las buenas maneras. Continuamos juntos aparentando ser el matrimonio modelo que todos envidiaban, a pesar de que, como murmuraba el pueblo entero, Dios no quiso darnos la dicha de tener descendencia. Pero cuando el cerrojo del portón caía, cualquier formalismo sobraba. Simplemente éramos dos huéspedes en el mismo caserón. Descolgué de una percha el vestido de punto negro y me vestí estudiando detenidamente la imagen que me devolvía el espejo. Los colores oscuros apenas me favorecían, me daban el aspecto de una mujer demasiado mayor y, desde luego, no indicaban con toda fidelidad mi estado de ánimo en aquel momento. Traté de tomármelo como un simple trámite, obligado en tales circunstancias. Aún así el tacto de esa lana negra rozándome el cuerpo me producía un efecto similar al papel de lija. Combatí en parte la incomodidad anudando un pañuelo de seda alrededor de mi cuello y embutiendo mis piernas en unas medias negras de espuma suave. Una vez vestida me senté en el


tocador, tomé el cepillo con mango de plata y lo deslice por mi cabello. Habría dado cualquier cosa por haber podido dejar mi melena suelta, pero la sensatez me aconsejó seguir las reglas. Hice un esfuerzo por levantar los brazos y suspirando recogí mi pelo en el moño. Cuando salí de la habitación me topé con Angustias en la sala. La encontré bregando con la plancha en un intento por marcar una raya indeleble en las perneras del pantalón de mi difunto marido. Advertí que sobre la mesa había apilado varias camisas dobladas escrupulosamente y colgado en el respaldo de las sillas otros tantos pantalones, prácticamente el ropero al completo de Aníbal. -¿Se puede saber qué estás haciendo, mujer? -le pregunté cortante. -Preparo la ropa del señor... -Con un traje habría sido suficiente -le reproché-. Angustias, déjalo, anda. -Pero, Felicia... -inició una queja que fue incapaz de concluir a causa de las lágrimas. -Por favor, estás muy nerviosa. Será mejor que te tomes una tila -le aconsejé arrebatándole de las manos la plancha y llevándola por los hombros a la cocina. Justo en el momento en que la criada había conseguido aplacar su arrebato nervioso el timbre de la puerta anunció la llegada del doctor. -Deja, ya voy yo. Tú termínate la infusión -le ordené en un tono que me sonó en exceso maternal. Don Miguel traía el pelo húmedo, parecía recién duchado, eso le destacaba los pómulos y daba a su rostro un efecto de extrema delgadez. Al acercarme a él para saludarle percibí un leve aroma a loción para después del afeitado. Pensé que se había tomado la noticia con demasiada tranquilidad, tanta como para asearse antes de acudir a la cita,


algo lógico, por otra parte, en un caso perdido como aquel donde poco podía hacer ya por su paciente. -Disculpe el desorden, doctor, pero nos ha cogido tan de sorpresa... -me excusé al atravesar la sala y guiar al médico hacia la habitación. -Me hago cargo, no se preocupe -contestó Don Miguel-. Pero, dígame, ¿cómo ha sucedido? -Me temo que la muerte le sobrevino mientras dormía -le contesté deteniéndome ante la puerta de la habitación. Luego le miré y añadí- Me extrañó que no se hubiera levantado esta mañana; había planeado salir temprano a cazar, así que supuse que se le habían pegado las sábanas. Hice una pequeña pausa cayendo en la cuenta de que mi relato estaba resultando demasiado frío para salir de los labios de una viuda. Tragué saliva y con gesto conmovido continué. -Cuando le toqué para despertarle estaba muy frío. -Tranquila, Felicia, no se torture -me consoló el médico-. Si quiere paso yo solo a verle. -No se preocupe, estoy bien -dije rechazando la sugerencia al tiempo que me limpiaba la nariz con un pañuelo. Según don Miguel, mi marido había fallecido hacia las cinco de la mañana. Certificó que la causa de la muerte había sido un paro cardíaco y se ofreció a dar instrucciones a la funeraria "San Carlos" para que agilizaran los trámites del entierro. Le agradecí el detalle y le acompañé de nuevo hacia el portal. Angustias estaba allí, afanándose en limpiar el barro que las pisadas del doctor habían dejado sobre el piso. Después de despedir al doctor la miré interrogante.


-No es necesario que barras el portal ahora mismo, Angustias, por favor -le dije agachando la cabeza ligeramente para mirarla a los ojos. Tenía la mirada vidriosa perdida en la basura. No parecía haberme escuchado. Le insistí-. Angustias, ¡por favor! -y la agarré del brazo. Sólo entonces paró de arrastrar la escoba y de nuevo rompió a llorar. Le quité el palo de las manos y la arrojé violentamente al suelo. Traté inútilmente de consolarla refugiándola en mis brazos. Nunca en los muchos años que habíamos vivido bajo el mismo techo la había visto tan afectada, ni siquiera cuando perdió a sus padres. Decidí administrarle un valium para lograr que se calmara y luego la llevé a su alcoba. -Duerme un poco, Angustias. Ya verás como te sientes mejor -le susurré arropándola con las sábanas de lino de su cama. No tardé demasiado en amortajar el cuerpo frío de Aníbal, a pesar de que, tras haber permanecido en la misma postura durante horas, el peso de su cadáver inmóvil había formado un hueco profundo en el colchón de lana. Escogí su traje gris con raya diplomático. Después de vestirle le dediqué una última mirada, el tiempo justo para reconocer aquel gesto insolente que permanecía en su cara incluso después de muerto. Adecenté superficialmente la casa y, a la espera de que llegaran los empleados de la funeraria, saqué del escritorio de mi marido todos los papeles que archivaba para echarles un vistazo. Me senté en la mecedora del salón, esa que había sido de su uso exclusivo, y comencé a leer cada documento con detenimiento. Si había algo que honrara a Aníbal era su talento para los negocios, un detalle contradictorio con la fama de avaro que se ganó a pulso entre los comerciantes del pueblo. Aunque nuestra única posesión eran las tierras y alguna participación como socios en la hospedería, se las había arreglado para sacarle partido a los ahorros invirtiendo en bolsa y consiguiendo las condiciones más ventajosas para nuestras cuentas bancarias. También había


contratado un plan de pensiones y un seguro de vida, por lo que intuía que mi situación financiera a partir de entonces iba a ser bastante desahogada. Pensé que de cualquier manera me lo merecía; había perdido los mejores años de mi juventud junto a un ser déspota y desalmado que nunca derrochó ni dinero ni una pizca de ternura o delicadeza conmigo y que, además, no sintió ningún escrúpulo a la hora de deshonrarme viviendo aventuras con otras mujeres. Yo estaba al corriente de sus deslices, no hacía falta ser muy avispada para darse cuenta, pero no dejaban de ser historias pasajeras a las que convine restar importancia sobre todo temiendo que su carácter prepotente y autoritario reprimiera violentamente mis posibles quejas. Amontoné los documentos y los prendí con una goma para luego ojear el resto de papeles. Un sobre a su nombre, sin sello ni remite, me llamó la atención. Se trataba de una carta escrita con letra caligráfica que terminó por confirmar todas mis sospechas. La leí y releí detenidamente sin dar crédito a lo que mis ojos veían y maldiciendo a quienes durante treinta años me habían traicionado. Amor mío, Nada de lo que puedas hacer conseguirá que deje de amarte. Podrás ignorarme y al segundo buscarme enloquecido. Podrás besar a otras y luego colarte en mi cama a medianoche... Da igual, soy incapaz de olvidar los buenos momentos que hemos pasado juntos y es por eso que seguiré estando a tu lado para siempre. Desde el principio sabía que nuestra historia no sería fácil, no sólo porque vivimos en este maldito pueblo, o por Felicia, sino porque entiendo que eres un hombre y como tal necesitas más de lo que una sola mujer puede darte. A veces, cuando me haces daño, me dan ganas de abandonarlo todo, dejar esta casa, escapar de aquí y tratar de comenzar una nueva vida lejos. Puede que encontrara a alguien que me amara de verdad y me hiciera feliz, pero, en el fondo siempre te buscaría a ti. No te odio por haberme hecho pecar tantas


veces; la culpa es mía por haber aceptado tus besos, por haber creído tus promesas y por dejarme convencer para perder a nuestro hijo (no hay un solo minuto que deje de pensar en él). Pero, a pesar de ello te sigo queriendo con toda mi alma. Y por eso sufro cuando pienso que quizá un día puedas cansarte de mí y tratarme con la misma indiferencia con que tratas a Felicia. No lo soportaría. Perdona que te echara en cara tu comportamiento, no tengo derecho a reprocharte nada. Fue un error. Con esta carta intento demostrarte mi total entrega a ti. Te quiero. Haz conmigo lo que desees. Tuya siempre. Angustias. Alcé la cabeza de mi regazo y miré por el balcón. La lluvia había amainado y un tímido sol trataba de abrirse paso entre las nubes. Escuché cómo se abría la puerta de la habitación de Angustias y sus pasos acercándose a la mecedora. No dijo una sola palabra. La miré con lástima cuando sus ojos, entre sorprendidos y aterrados, se fijaron en la carta que tenía entre las manos. -¿Has descansado? -le pregunté. -Sí, gracias, Felicia -respondió en voz baja. Me levante de la mecedora y guardé los documentos en el cajón del aparador. Luego arrugué la carta de amor en mi puño y al pasar por la chimenea la arrojé al fuego. Las llamas crepitaron y en menos de un minuto el papel se convirtió en cenizas.


Escalera de corazones -Sí, quiero. Esas dos insignificantes palabras en boca de Palmira me sonaron a una sentencia de muerte. Hubiera jurado que no era su voz, que alguien la estaba doblando y ella se limitaba a mover los labios en una especie de playback. De no haber sido porque apenas nos separaban unos centímetros y su imagen llenaba por completo mi campo de visión, me habría decantado por la teoría de la posesión diabólica para explicar semejante transformación. Pero no, lo había dicho claramente, se había pronunciado, “sí, quiero”, ella, Palmira, la misma de siempre, aunque un poco más ufana, más erguida, como a punto de rematar la faena de su vida. Noté de inmediato cómo mi frente se plagaba de diminutas gotas de sudor. No soy muy dado a transpirar en exceso, ni siquiera en momentos de tensión, así que experimenté una sensación desconocida para mí y, todo sea dicho, extremadamente molesta. Sentía las gotas hirviendo a medida que rodaban directas a mis cejas. En un gesto inconsciente cerré los ojos al tiempo que calculaba que aquella humedad debía tener la misma temperatura que mi cuerpo, víctima sin remedio, en aquel momento, de un proceso febril. Me eché la mano al cuello. Buscaba alivio para mi nuez, inmovilizada desde que sonaron las fatídicas palabras. Incapaz siquiera de tragar saliva, introduje un dedo bajo la corbata probando a ver si de esta manera cedía la opresión. -Y tú, Leonardo... Me sobresalté al oír mi nombre. Levanté lentamente los párpados mojados y vi a Fulgencio sonreír con una mueca que interpreté siniestra. Daba la impresión de que disfrutaba de lo lindo con mi tortura y que seguía atentamente la evolución de mi sudor


rodando cara abajo, empapándome las sienes, deslizándose por la pronunciada pendiente de mi nariz hasta aterrizar en el alfiler de mi corbata. “¿Por qué se ensañaba de aquella manera?”, pensé y, conservando parte de mi dignidad intacta, saqué del bolsillo de la americana un pañuelo y lo restregué por mi rostro. Pude escuchar entonces un amago de risa nerviosa. Giré la cabeza hacia Palmira mientras devolvía arrebujado a su lugar el pañuelo. Esperaba descifrar en ella la respuesta pero, en vez de eso, me asustó reconocer en sus facciones un enorme gesto de satisfacción, idéntico al que solía dibujarse en mi cara cuando, sentado en el inodoro, le ganaba la batalla a mi vientre tras un brutal esfuerzo. -...en la pobreza...-oí que comentaba Fulgencio. Serían mis pensamientos o quizá la situación, lo cierto es que se me habían revuelto las tripas. Llevé una mano hacia la barriga y posé la palma sobre ella, a la altura del ombligo. Con un movimiento circular acaricié mi vientre dolorido tratando de transmitirle la calma que a mí me faltaba. Pero la presión era demasiada, tanta que creo recordarme al borde del desmayo, con la vista nublada y en los oídos un pitido intenso. Ya no distinguía los gestos de Fulgencio, una nube espesa me lo impedía, aunque me pareció que mantenía la misma sonrisa odiosa. Quizá todo era producto de mi imaginación. Los ojos me escocían. Apreté los párpados con fuerza y creo que se me saltaron las lágrimas. -...los días de tu vida...- repitió elevando el tono. Sentí que debía acabar con aquello, tenía que hacerlo. Mi estado de nervios me había impedido seguir atentamente el hilo de la perorata de Fulgencio, pero un segundo de lucidez me devolvió a ese lugar y a ese momento. Metí mi mano derecha en el bolsillo interior de la americana mientras, de reojo, observaba mi otra mano, presa poco a poco de un terrible temblor.


Cómo tomar aquella decisión sin meditarla un poco más, cómo arriesgar tanto. Las dudas enlazadas unas con otras martilleaban mi cerebro y ellas debían ser las causantes, supongo, de que una vena a la altura del cuello me bombeara violentamente sangre hacia el rostro, palpitándome más y más acelerada a medida que iba asumiendo la mayor de las verdades: que mi bolsillo estaba completamente vacío y ya no había solución. -No -susurré desarmado y compungido, detestando mi poca fortuna en ambos sentidos. -¿Cómo has dicho? –preguntó Fulgencio. Estaba seguro de que me había entendido a la primera. Quizá me interrogó simplemente para cerciorarse de que su viejo oído no le había traicionado, aunque más bien me inclino a pensar que lo único que quería era humillarme por enésima vez -No voy –repetí elevando la voz. Junté mis manos sobre el tapete y por fin respiré más aliviado. -Uf, menos mal -dijo Palmira sonriendo. Y alargó sus manos hasta el centro del paño para arrastrar la montaña de monedas de colores. -Lo sabía. ¡Menuda tahúr estás hecha! Así que ibas de farol -terció Fulgencio. Al no ser capaz de levantar las cartas de Palmira, me arrebató las mías, que ocultaban su sonrojo bajo mis manos. Les echó un rápido vistazo, abrió enormemente los ojos y silbó. -¡Hay que ser desgraciado! Para una vez que le viene una mano buena y no tiene ni una ficha para apostar. Mira, Palmira –posó las cartas una tras otra en el tapeteEscalera de corazones.


Tango y Sal Sal cerró con llave la puerta del camerino y se acomodó en la butaca situada ante el tocador. El olor a repollo cocido que se colaba por la salida de humos le hizo arrugar la nariz. Fue el mismo gesto que se había dibujado en su rostro cinco días atrás, justo después de estampar su firma en el contrato, cuando Portillo le mostraba su camerino y el nuevo ventrílocuo del Minerva descubrió un par de cucarachas correteando a sus anchas por las baldosas mugrientas. "Venga, no seas melindres, -le había dijo el gerente-, ¿sabes que en algunas culturas estos bichitos son bocata di cardinale?". Ya entonces Salvador Llorente intuyó que el Salón Minerva no iba a ser su trampolín a la fama. Esa noche otro imprevisto le confirmaba sus sospechas. -No me hagas esto, Tango, ahora no. Sé razonable, por favor -imploró con la cara oculta entre las manos. Portillo, puntual como un reloj suizo, no tardó en aporrear la puerta del vestidor. La letanía de Salvador se vio interrumpida. -¿Por qué coño te has encerrado? -le increpó enfurecido desde el pasillo-. ¿Es que tienes algo que ocultar? Te aviso que no quiero mierda en mi local ¡Abre ahora mismo, Llorente! El ventrílocuo tragó saliva y secó el sudor de su frente con la manga de la camisa. Acto seguido se puso en pie, dispuesto a obedecer la orden de quien, aunque a través de un sueldo precario, contribuía a su manutención diaria. Con pulso tembloroso giró la llave en la cerradura y apareció en el umbral de la puerta con cara de circunstancias. Portillo le echó un vistazo de arriba abajo y, sin ningún disimulo, le dedicó una mirada fulminante. -Pero bueno, ¿todavía no te has vestido?


Salvador trató de improvisar una sonrisa cordial que se quedó en ridícula mueca cuando vislumbró al costado del gerente, sobresaliendo de la cintura de su pantalón, la culata brillante de un revólver. Fue entonces cuando se rindió a la evidencia de que cualquier intento de encararse resultaría baldío frente a la evidente superioridad de Portillo. -Verá...- arrancó a improvisar Llorente, pero el dueño del Minerva se le adelantó con una implacable reprimenda, adornada con salivazos, a modo de disparos certeros contra su rostro, en la que le reprochaba su injustificado retraso y su conducta poco profesional. Cuando Portillo pareció haber agotado sus argumentos mantuvo un profundo silencio sólo roto por su respiración asmática. La mirada del gerente exigía una respuesta inmediata que le aplacara la ira pero, en vez de recibir las disculpas del ventrílocuo, debió escuchar la más extraña de las excusas. -Tango se niega a actuar. Dice que está harto de trabajar conmigo y quiere disolver la sociedad -confesó, con la vista fija en la puntera de sus zapatos. El rechoncho encargado del Salón Minerva dio una larga calada al puro que pendía de la comisura de sus labios sin advertir que la ceniza resbalaba sobre la solapa de su americana azul marino. Los ojos brillantes y el tono granate de sus mejillas alertaron al joven sobre lo que, con toda seguridad, iba a sucederle. En aquel pequeño local no había secretos, lo comprobó nada más aterrizar con su número en la programación vespertina del Minerva. Supo por sus compañeros que cubría la vacante dejada por un ilusionista francés, muerto en extrañas circunstancias tras haber intentado estafar al dueño del salón. En un principio la leyenda negra de Portillo le había resultado sumamente pintoresca, pero en aquel instante su agitado corazón le inclinaba a dar crédito a los múltiples chismorreos que circulaban de boca en boca.


-Mira, Llorente, no me toques los cojones -estalló Portillo elevando escandalosamente el volumen de sus palabras-. Te recuerdo, por si no te habías dado cuenta, que tú haces hablar a ese jodido muñeco; has firmado un contrato, tienes una obligación -le dijo presionando su dedo índice contra el pecho del artista-. Te daré tiempo para que te arregles. En un cuarto de hora haces tu show. ¿Entendido? Salvador permaneció callado mirando la marioneta que reposaba sobre el tocador. -¿Entendido? -repitió el dueño del Minerva. Había apoyado su mano sobre el hombro del ventrílocuo. Incómodo por la proximidad de su interlocutor, el joven movió la cabeza de arriba abajo. -Veré lo que puedo hacer. En cuanto Portillo desapareció, Sal comenzó a caminar por la habitación como un león enjaulado. Ocupaba el camerino más cercano a la salida de emergencia, un eufemismo utilizado para designar la puerta de acceso al patio interior del edificio, un inmueble de principios de siglo habitado por inquilinos de edad avanzada. La mayoría debían estar sordos a juzgar por el volumen de los ruidos que se colaban por el ventanuco que daba al patio, una mezcla confusa de notas de copla, marchas militares y el parte meteorológico. Llorente cerró la ventana de un golpe y el sonido quedó amortiguado, aunque no los efluvios gastronómicos, que ya se habían instalado en la habitación y delataban los ingredientes del austero menú de sus vecinos. -Sos un boludo, Sal. Ataviado al más puro estilo Gardel, el muñeco de madera seguía con los ojos muy abiertos los movimientos nerviosos de su compañero. -Ya está bien, Tango -exclamó Salvador-. Llevo soportando tus insultos diez años.


-¿Qué esperabas? Te recuerdo que ese es precisamente el mismo tiempo que llevo yo aguantando estúpidos shows y viejos locales donde el público no aprecia mi arte -cerró los párpados-. Y para colmo vos seguís insistiendo en meter esa torpe mano en mi espalda. -No me jodas, muñeco -estalló el ventrílocuo y se volvió de espaldas. -No me llamés muñeco. Si no fuera por mí estarías muerto de hambre. Deberías agradecérmelo. -¿Agradecértelo?... ¿Qué dices? -hizo frente a la marioneta-. Has convertido mi vida en un infierno. Estarás contento... Mi reputación está por los suelos, cada vez tenemos menos contratos, y no me extraña. Tú eres el culpable de que no encontremos un puñetero local donde actuar. Tú y tu maldita arrogancia. Pero, ¿qué te has creído? -Vos no me llegás ni a la suela de los zapatos -le reprochó Tango con un tono de voz prepotente. -¡Esto es el colmo! Te saqué del arroyo, eras un viejo muñeco arrinconado en la estantería de un trapero, yo te salvé, existes gracias a mí, así que no me vengas con gilipolleces... La puerta de la habitación se abrió súbitamente y en el umbral apareció la escuálida figura de doña Pilar. Portaba sobre su vientre, como cada noche, una bandeja cargada de tabaco, décimos de lotería y pastillas de goma. -¿Qué escándalo es éste? -preguntó la cerillera. Tras observar que en la habitación sólo estaba Salvador, añadió -Oh, disculpe, pensé que estaba acompañado. Como he oído gritos, algo así como una discusión... -Perdone, doña Pilar, estaba...ensayando -dijo mientras señalaba con la barbilla a su muñeco. Llorente cruzó los dedos para que a Tango no le diera por intervenir-. Estamos a punto de salir a escena.


-Muy bien, pues siga, siga, pero trate de hacerlo un poquito más bajo, si no va a ahuyentar a los clientes -dijo con una sonrisa. Antes de cerrar la puerta, asomó un instante la cabeza-. A propósito, Sal, quería decirle que me gustan mucho los chistes de Tango, bueno, los suyos también, pero es que Tango es tan simpático. Recobrada la intimidad, Salvador respiró hondo, cerró los ojos y se llevó las manos al cuello. -Estoy muy tenso. Necesitaría un baño relajante para librarme de este estrés -musitó con un suspiro. -Claro, hombre, ¿y qué más? ¿No querés también un masaje? El ventrílocuo le dio la espalda y maldijo entre dientes a su compañero de madera. Consultó la esfera de su reloj. El plazo dado por Portillo estaba a punto de concluir. Vertió un poco de agua en la palangana y se refrescó la cara. Luego se acercó a la descalzadora sobre cuyo terciopelo raído había posado la maleta y sacó de su interior un traje oscuro. Salvador se entretuvo en quitar las pelusas que se habían adherido a la tela de su indumentaria en un intento por aparentar normalidad. Una vez hubo concluido la tarea de ajustar su atuendo, volvió a tomar asiento ante el tocador sobre el que colocó su neceser con los útiles de maquillaje. La mayoría de las bombillas que rodeaban el espejo estaban fundidas, de manera que decidió aplicarse únicamente una leve capa de polvos para disimular los brillos. Cuando casi había terminado, la luz de una de las pocas bombillas encendidas comenzó a vibrar. Pensó que en cierta manera su compañero tenía razón; llevaban muchos años actuando en locales inmundos ante un auditorio formado por putas acabadas y borrachos crónicos, para ganar cuatro duros. Por un momento le pareció que había sido excesivamente duro con la marioneta, después de todo lo único que Tango deseaba era prosperar, igual que él mismo. Quizá por eso le preocupó el mutismo de su compañero.


-Cinco minutos, Llorente -le avisó el encargado asomando la cabeza por la puerta del camerino sin llamar. El ventrílocuo no le respondió. Se limitó a colocar a Tango sobre sus rodillas e introducirle su mano en la espalda. Luego se aclaró la garganta con un carraspeo y observó sus imágenes reflejadas en la luna del espejo. -Bien, hagamos una pequeña prueba compañero. Llorente imaginó la escueta presentación que Portillo repetiría esa noche, su voz forzada en falsete y el estilo baboso y decadente que solía emplear para anunciarles como “el número estrella de la noche, llegados después de una larga gira por los cabarets más prestigiosos del mundo... con ustedes Tango y Sal”. El ventrílocuo inspiró profundamente y trató de concentrarse en el simulacro. -“Muy buenas noches, distinguido público. Es un placer para nosotros estar una noche más en el Salón Minerva acompañados por un auditorio tan selecto. ¿No es así, Tango?" Pero la marioneta ni siquiera se inmutó. -Bien, me temo que si el show va como el ensayo tendré que poner a prueba mis dotes de ventrílocuo. Espero acordarme-. Salvador se levantó de la butaca y acarició el cabello del muñeco-. ¿Qué más da? No te preocupes, amigo, después de todo quizá necesitas un descanso.


Un campeón Yo iba para campeón del mundo, pero algo falló. Yo era lo que se dice un ser humano a la carta. Mis padres me diseñaron a partir de un catálogo; ya que habían tomado la decisión de engendrar un hijo, querían hacerlo bien. “Si se hace, se hace bien; si no, no se hace”, decía papá. El caso es que recurrieron a todo tipo de especialistas en fertilidad y procedimientos de reproducción asistida hasta dar con quien quisiera embarcarse en tamaña empresa. Muchas fueron las noches que pasaron eligiendo dotes para mi persona y muchas las discusiones que les enfrentaron por sus distintas prioridades. “Que tenga las piernas de Carl Lewis”, “¿Y por qué no las de Nureyev?”, “Lo ideal sería que tuviera un cerebro como el de Kasparov”, “Venga, por favor, ya puestos mejor que sea un clon de Bill Gates”... Y así hasta llegar a la conclusión de que quizá lo más razonable era apostar sobre seguro y elegir las características más destacadas de los números uno para así crear un bebé perfecto, un campeón en cualquier cosa que se propusiera. El doctor aplaudió la decisión, “aunque quizá deban renunciar a algunas de sus pretensiones, tengan en cuenta que nuestra base de datos es amplia, pero quizá no disponga de alguno de los atributos que han elegido”. Sin embargo fueron los menos; por poner un ejemplo, tuve que renunciar a presumir de un pene como el de Rocco Sifredi; a cambio, no me puedo quejar, dispongo de una réplica del miembro de Nacho Vidal. Desde el momento de mi nacimiento tuve que aguantar que mi padre me exhibiera con la frase “Este es mi campeón”, como el criador de canarios de aquel viejo anuncio, incluso antes de poner a prueba mis cualidades, tan seguro estaba de haber acertado en su elección. El problema surgió a la hora de decantarme por una disciplina. El automovilismo quedó descartado cuando descubrí que, efectivamente, mi destreza al volante era similar a la de Fernando Alonso, pero como no entendía a dónde


iba tan rápido y cual era el sentido de dar vueltas sobre un circuito, terminaba dejando que me adelantaran los otros pilotos. Algo parecido ocurrió con el ciclismo. A pesar de tener un duplicado de los gemelos de Indurain, el pedaleo sobre la bici me parecía tan relajante que sólo me invitaba a silbar la música de “Verano Azul”. El baloncesto trajo una nueva decepción a mis padres. Mi estatura era la adecuada, los mismos centímetros que Pau Gasol, pero los mates me resultaban demasiado humillantes para los jugadores contrarios, de modo que me limitaba a dar saltos con la pelota. En el tenis igual; mi brazo era similar al de Nadal, pero me daba congoja escuchar los gritos de mis rivales al devolver mis peloteos, tenía la sensación de que sufrían y frenaba mi saque por no lastimarles. Papá dejó de repetir lo de “Éste es mi campeón” y se encomendó al deporte rey con la esperanza de que el campo de fútbol fuera el lugar que me diera la gloria. Lamentablemente lo único que me daba la hierba era ganas de retozar y, lo más que me pedía el cuerpo era hacer malabarismos con el balón, eso sí, los mejores malabarismos del mundo. Han pasado años y mis padres siguen pleiteando contra la clínica en la que me diseñaron a la carta, están convencidos de que les timaron. Yo no lo creo. De hecho, una parte de mi anatomía que eligió mamá me ha servido para encontrar un trabajo en el que, por cierto, todos los días me llaman campeón.


S.O.S. Sobre la mesa de Lola se amontonaba la correspondencia diaria enviada por los lectores de "La Verdad” con destino a la sección de cartas al director. No terminaba de acostumbrarse a aquel cometido. A pesar de que llevaba dos meses encargada de la lectura y selección de las misivas, le seguía agobiando encontrarse cada mañana su escritorio tan desordenado. Resopló soltando el bolso en el suelo y se dejó caer sobre su silla. En sus oídos retumbaba aún el saludo que le había dedicado el director nada más verla aparecer, "menos política y más tono social, Lola", una educada sugerencia que de entrada le amargó el día. "Tono social", repitió Lola para sus adentros, "¿qué entenderá éste por tono social?" y encendiendo un cigarrillo recordó las muchas veces que su jefe le había propuesto lo contrario. "No hay quien le entienda", murmuró mientras maldecía su trabajo, un puesto en el que había recalado después de los ajustes de plantilla porque, según su jefe, era una persona que sabía escuchar y estaba especialmente dotada para coordinar esa sección. Ella no pensaba lo mismo y atribuía aquel destino a una maniobra de castigo. Decidió olvidar sus frustraciones y ponerse manos a la obra. Buscó el cenicero oculto bajo los sobres y apagó el cigarrillo. Tras leer media docena de cartas que criticaban la violencia en televisión, las multas de tráfico y las obras interminables que mantenían agujereada toda la ciudad, cayó en sus manos una misiva con letra de mujer; con la práctica había logrado adivinar el sexo de quienes le escribían sin necesidad de consultar el remite. Cuando la leyó se le aceleró el pulso. Consultó el calendario y luego se fijó en el reverso del sobre.


-¿Por fin la carta de tu príncipe azul? -preguntó con sorna Lidia, la secretaria de redacción al verla pasar a toda prisa ante su mesa llevando de la mano el trozo de papel. Pero no obtuvo respuesta. Lola se detuvo al final de la redacción, se arrodilló ante una pileta de periódicos pasados de fecha y examinó las cabeceras. Al final cogió uno de ellos y lo abrió por la página de sucesos. Lo que leyó confirmó sus sospechas. En la columna de breves aparecía lo que buscaba: "Encuentran el cadáver de una mujer en un portal. Según todos los indicios, D. L. P. encontró la muerte tras caer por las escaleras de su casa". Las iniciales coincidían con el nombre de la remitente de su carta, Dolores Landero Pérez. La carta estaba fechada un día antes de que se publicara la noticia de su muerte. Lola ordenó el resto de periódicos y se dirigió decidida al despacho del director. -Rincón, ¿tienes un minuto? -preguntó asomando la cabeza por la puerta. -Para ti lo que quieras -contestó zalamero-. Pasa y siéntate. Lola se situó frente a su jefe y le extendió la carta por encima de su escritorio. -Toma, lee. En unos minutos el director levantó la vista del papel y la miró sonriendo. -Veo que te has tomado al pie de la letra lo de tono social, pero, querida Lola, la sección de cartas al director no es el consultorio de Elena Francis. La periodista no se amilanó y extendió sobre la mesa el periódico abierto por la página de sucesos. -La mujer que ha escrito esta carta es la misma de esta noticia -le reveló señalando con el dedo índice la hoja del diario-. Estoy completamente segura. Las iniciales coinciden. -Y en tono grave sentenció- Dolores escribió estas líneas anunciando lo que le iba a ocurrir. Todo encaja.


Rincón observó con detenimiento el periódico y la carta, luego miró a su empleada y concluyó. -Lola, creo que estás sacando conclusiones precipitadas. -Por favor, jefe, quizá sea una intuición pero déjame investigar. El director de "La Verdad" guardó silencio. Se levantó de su sillón y le dio la espalda para mirar por la ventana. -Entiendo que echas de menos tu trabajo de calle, pero ahora cumples otra función en esta empresa. Eres una gran profesional. Tienes criterio, por eso estás aquí-. Se volvió a mirarla-. Olvídate de esa carta, nuestra política no pasa por publicar ese tipo de mensajes. Lola no insistió. Cogió los papeles y salió del despacho dando un portazo. Cuando llegó de nuevo a su escritorio se acomodó en la silla y cerró los ojos. Se resistía a acatar las órdenes de su superior. Rincón tenía fama de ser un profesional con olfato así que le resultaba increíble que fuera incapaz de ver lo que estaba tan claro. Pensó que quizá se le había escapado algo y volvió a repasar la carta. La segunda lectura sirvió para reafirmarla en sus teorías. Cogió su bolso y abandonó la redacción. Durante toda la mañana Lola habló con policías de la comisaría que habían seguido el caso, vecinos de la víctima y familiares. Todos coincidían en que las relaciones entre Dolores y su marido no eran idílicas pero aseguraban que su muerte había sido fruto de un terrible accidente. A punto de tirar la toalla y regresar rendida a su desordenado escritorio, encontró lo que estaba buscando. Bajaba las mismas escaleras por las que rodó la víctima antes de morir. La acompañaba el portero, un hombre de mediana edad que compartía sus recelos y que se había empeñado en relatarle sobre el terreno cómo imaginaba la película de los hechos. Fue entonces


cuando frente a ellos apareció el viudo. Al ser presentados, sintió su fría mirada recorriéndola de arriba a abajo. -¿Qué es lo que anda buscando? ¿No le han dicho ya que fue un accidente? -le espetó de improviso. Lola no respondió. Se despidió del portero y bajó los peldaños que le quedaban hasta llegar al portal a paso ligero, pudiendo escuchar lo que parecía una última amenaza del marido. -¡Deje de meter las narices en nuestros asuntos! ¿Ha oído? De vuelta en la redacción la periodista no podía quitarse de la cabeza el rostro de aquel hombre. Así que, haciendo caso omiso de las órdenes del director, encendió su ordenador y, tras teclear las cartas seleccionadas, decidió incluir la de Dolores, incorporando al final de la misiva una nota aclaratoria. Cuando terminó su trabajo releyó lo escrito. "No pretendo que esta carta sea un testamento, ni siquiera una denuncia. Sé que muy pronto voy a morir, mi marido me lo ha dejado bien claro. Pensé que había encontrado al hombre perfecto y he descubierto en él a mi mayor enemigo. Porque le amaba he soportado años de desprecios y golpes, he conocido el dolor y la incomprensión de quienes me rodeaban, aquellos que me recomendaban tener paciencia, aguantar, recordándome el juramento que un día hice, aquello de "para lo bueno y para lo malo". Quizá el color violeta de los golpes desaparezca con el tiempo y los insultos se olviden, pero no la rabia, la impotencia o el miedo de que vuelva a descargar sobre mí toda su ira. A ratos llegué a pensar que me lo merecía, pero afortunadamente he superado el complejo de culpa. Es gracioso, pero creía que este tipo de cosas sólo les ocurrían a mujeres frágiles, dependientes, incultas..., tópicos de estadística que se han evaporado en cuanto he comprobado por mi misma lo que se siente al formar parte de las cifras.


Hoy mismo le voy a dejar aunque sé que él hará cualquier cosa para impedírmelo. Soy consciente de que las posibilidades de salir con vida de este infierno son mínimas, así que, perdonen mi pesimismo, pero no puedo dejar de pensar en cual será su castigo, qué procedimiento seguirá para acabar conmigo; sólo deseo que al menos por una vez sea clemente y no me haga sufrir". Nota de redacción: Dolores Landero apareció muerta el mismo día que nos envío esta carta. Según la versión oficial murió de un fuerte golpe en la cabeza tras caer por una escalera. Lola pulsó la tecla de enviar y al instante desapareció de la pantalla todo el texto. Estaba convencida de que, a la mañana siguiente, en cuanto Rincón leyera la sección de cartas al director, perdería su trabajo, pero le daba igual.

(Segundo premio del 7º Concurso de Relatos Cortos María Moliner, organizado por la asociación Centro de Estudios de la Mujer (CEM) de Las Rozas de Madrid en marzo de 2009)


Verde esperanza Verde, verde intenso, verde pastel, verde mar... No conozco ningún lugar con techo verde, pero estoy en un lugar con techo verde. Casi no hay ruido, sólo un pitido enfermizo, molesto, que me perfora los tímpanos y no me deja escuchar con nitidez los susurros de los que me rodean. No les conozco. Una pareja mayor me mira. Ella llora y se limpia nerviosa la nariz. El parece congestionado, tiene las mejillas coloradas. Por fin, parece que está despertando. Deben hablar de mí. Eduardo, cariño, estamos aquí, somos papá y mamá. Quién es Eduardo. Yo no, bueno, no lo sé, ellos sí parecen estar convencidos de que lo soy. Estás en un hospital, has sufrido un accidente, pero estás bien, no te preocupes. Habla el hombre mayor, le tiembla la voz, aunque se nota que intenta mantener el aplomo, o eso creo, porque el pitido continúa. Un accidente, no recuerdo nada de un accidente, no recuerdo llamarme Eduardo, no recuerdo los rostros de estas personas. Es normal que esté un poco conmocionado todavía, piensen que acaba de salir del coma. Ese no cabe duda de que es el médico. Se une al círculo que habían formado en el lado derecho de mi cama. Me duele todo, cada centímetro de mi cuerpo inmóvil, incluida mi cara. Algo me sujeta con fuerza los gestos, me impide abrir la boca, sonreír, incluso bostezar, eso es lo peor, porque tengo mucho sueño. Se recuperará, tranquilos, ya ha pasado lo peor. El doctor es también de un verde intenso, su pijama verde de dos piezas destaca sobre el negro de la mujer y el marrón del hombre. Pensamos que lo habíamos perdido, es nuestro único hijo, ¿sabe? Mis padres, es imposible, mis padres no están aquí, mis padres... hace mucho que no les veo, pero no recuerdo que estos fueran sus rostros. El azul marino rompe el verde, azul oficial, azul policía que asoma por la puerta. Se descubre la cabeza y balancea su gorra reglamentaria a la altura de los muslos. Si son tan amables de acompañarme, me gustaría hacerles unas preguntas. Hay algunas dudas sobre la identificación del


herido. La mujer me toma la mano, aprieta con fuerza y vuelve a llorar. Lágrimas a mares. No quiere separarse de mi lado. Mi niño, mi Eduardo. Y dale, yo no me llamo Eduardo, quiero decírselo, lucho por articular alguna palabra, pero mi mandíbula no responde. Su llanto me contagia y miro al verde del techo para frenar las lágrimas, pero no lo consigo, las siento resbalar por las sienes, bajan por mis patillas y se deslizan hasta topar con algo que les impide acabar su recorrido en mis oídos, esos que me siguen pitando como cuando celebramos nuestra llegada a España en una discoteca y el volumen de la música estaba tan alto que al volver a casa de Elena tardamos horas en conciliar el sueño por culpa de ese pitido que se había grabado en nuestros oídos. ¿Qué dudas? No hay ninguna duda. Es nuestro hijo Eduardo, iba a trabajar esta mañana temprano en el tren que explotó en Atocha. Ya recuerdo, el tren, la explosión. Tengo que llamar al trabajo, contar lo que ha pasado, si falto sin una explicación me echarán y cómo vamos a pagar el alquiler, sólo con el sueldo de Mariana no llegamos a fin de mes. Mariana, ¿sabrá lo que ha pasado? Ella cogía el siguiente tren. ¿Estará bien? Mi móvil, dónde está mi móvil. Estoy respirando demasiado rápido, se me nubla la vista. Tranquilo, no intente moverse, su cuerpo ha sufrido un impacto enorme y aún estamos pendientes de realizar algunas pruebas. Lo importante es que está consciente. El médico habla en serio, tiene autoridad, se nota, consigue soltar a la mujer de mi mano y conducirla a la puerta donde hablan el policía y el que dice ser mi padre. El pitido continúa y sólo me deja escuchar frases sueltas de su conversación. Rostro casi desfigurado…vendaje…es fácil equivocarse…indocumentado…otra mujer le reclama… extranjero…Quizá Mariana me ha encontrado, alguien se lo ha dicho. ¿Cómo no voy a reconocer a mi propio hijo? La voz alterada de la mujer se superpone sobre el pitido y me permite escucharla con toda claridad. Tiene suerte el tal Eduardo. En cuanto pueda moverme llamaré a mis padres, pediré a Elena que me preste dinero para viajar a


Rumanía y abrazarles. Mierda de vida. La descripción de la ropa coincide. Mariana ha debido contarle a aquel policía cómo iba vestido esta mañana, cómo para no saberlo, es ella siempre quien me prepara la ropa para el trabajo. Que alguien llame a la obra, no puedo perder el empleo. Que pase a verle. Gracias a Dios. Más verde, la chaqueta verde de Mariana que se aproxima temblorosa a mi cama y llora desconsolada al verme. Me toma de la mano. Quiero abrazarla, gritarle que la quiero, pero no puedo, sólo soy capaz de llorar. Constantin. Ese si es mi nombre, ella lo conoce bien. No, es Eduardo, mi hijo. La mujer de negro se ha colocado al otro lado de mi cama y agarra mi mano libre, reclamando su maternidad. Sólo la suelta un instante, para rebuscar dentro de su bolso y sacar una foto. Es mi Eduardo, y se la muestra a todos los presentes, también a mí. Es el rostro sonriente de un chico joven, moreno, como yo, de ojos castaños, como los míos, pero estoy seguro que no soy yo, al menos no me reconozco. Déjalo, Inés, no insistas, debemos aceptarlo. El marido la abraza y la arrastra con dificultad hacia la puerta. El doctor y el policía se quedan en la puerta viendo cómo se alejan. Su hijo está en la lista de fallecidos del Gregorio Marañón. Ya lo sabían, pero la mujer se resiste a asumir la pérdida. Han estado peregrinando por distintos hospitales buscando algún joven herido en el atentado y a quien nadie hubiera reclamado. A pesar del tono confidencial que utiliza el policía para compartir aquella información con el doctor, resulta inevitable que le escuche. Mariana me abraza suavemente, como intentando no romperme, y mis ojos se vuelven a ahogar en lágrimas.


Terapia para un convaleciente Poner todo recto, esa era su obsesión. Ricardo no soportaba que un cuadro estuviera torcido, si era necesario se ayudaba por un nivel como los que utilizan los albañiles. Un sudor frío le nacía en la frente y sólo le desaparecía cuando la burbuja del dispositivo iba desplazándose por la cápsula hasta situarse entre las dos líneas, justo en el centro. Una vez conseguido el objetivo, respiraba. Cuando acudía a la consulta del dentista, agotaba el tiempo en la sala de espera colocando las revistas en una torre, todas perfectamente alineadas. Los bordes, uno sobre otro, esquinas sobre esquinas, sin que sobresaliera ni un milímetro de papel de ninguna, las más anchas abajo, para coronar aquella torre imaginaria con las de menor tamaño. Los sofás de su salón formaban un ángulo recto perfecto, conducida su orientación por las líneas que dibujaba la madera del suelo. En paralelo debía ir también la alfombra que soportaba el peso de una mesa baja ubicada a la misma distancia de cada uno de los sofás. Justo el epicentro de la mesa quedaba marcado por una planta cuyas ramas podaba regularmente para evitar que aquel adorno trastocara la simetría. Ricardo cuidaba cada uno de los detalles con mimo, recolocaba la disposición de las cosas una y otra vez, aunque nada ni nadie hubiera siquiera rozado los elementos y mucho menos alterado su composición. Como si el simple giro natural de la tierra pudiera provocar cada día un ligero desplazamiento de los muebles de su lugar marcado. Quizá fuera la ley de la gravedad la que, con su poder de atracción, interviniera de manera negativa en su misión de propiciar el orden de las cosas. Había asumido que, en este caso, se enfrentaba a enemigos de altura, obstáculos demasiado elevados frente a los que no existía mejor estrategia que la persistencia y la tenacidad. Por eso colocaba y recolocaba una y otra vez, sometido a constantes taquicardias y avisado por latidos en la sien cuando creía descubrir que su orden había vuelto a ser alterado.


Esta obsesión de Ricardo se reflejaba también en su ropero. Las americanas a un lado, seguidas por las camisas y a continuación los pantalones. Un largo idéntico para cada grupo de prendas y, por supuesto, todo perfectamente planchado y agrupado por gamas de colores y texturas coincidentes. Las corbatas dibujaban columnas perfectas sobre el interior de una de las puertas. Consideraba ése su mayor reto, la tarea que entrañaba mayor dificultad, dado que con el simple gesto de abrir el armario los tejidos tendían a deslizarse por la barra desbaratando la composición inicial. De modo que tenía por costumbre atraer hacia si el tirador de la puerta con un movimiento pausado, tratando de sacudir lo menos posible la colección de telas enfiladas. Ricardo sabía que le tachaban de maniático y que en la oficina era objeto de múltiples chistes, pero le daba igual. Estaba convencido de que su salud mental dependía de toda esa liturgia y eso estaba por encima de los comentarios ajenos. Hasta que un día el caos se instaló en su vida. El despertador sonó, como siempre, a las siete en punto. Se incorporó de la cama y con el dedo índice presionó el botón de la alarma con precisión de cirujano, sin desplazar de su posición el aparato. Repitió uno a uno todos los pasos de su ritual diario, desayuno, ducha, traje, para terminar recogiendo los restos de toda aquella actividad mañanera. En menos de media hora, la casa recuperaba el aspecto de los hogares que se mostraban en las revistas de decoración. Una vez se aseguró de que cada cosa quedaba en su sitio, salió del piso con gesto satisfecho y el orgullo del deber cumplido. Encontrar averiado el ascensor vino a ensombrecer ligeramente su estado anímico. Quizá fue que sus pensamientos estaban en otra parte, el caso es que no reparó en que acababan de fregar las escaleras y el suelo resbalaba. En el segundo escalón su zapato reluciente patinó y todo su cuerpo fue detrás. El improvisado vuelo concluyó en el rellano donde Ricardo soltó un aullido.


La inoportuna caída le provocó una fractura en su pierna y un mes de inmovilidad. Al corriente de su desafortunada situación, su madre proyectó una estrategia para auxiliarle durante su convalecencia. -Le diré a Nieves que pase por tu casa a echarte una mano, así de paso justificará su sueldo. No sé por qué me da que las temporadas que pasamos en Benidorm se toca el higo. Ricardo se negó a que su madre le organizara la vida desde su retiro jubilar, pero de nada le sirvió. En poco más de una hora tenía a la asistenta de sus padres franqueando la entrada de su casa con la propia llave. Eso me pasa por darle una copia a mi madre, pensó Ricardo. En su momento lo había hecho en previsión de que acudiera a regarle las plantas y echar un vistazo cuando él se iba de vacaciones, un caso que nunca se había llegado a producir, dado que su padres viajaban más que él a cuenta del Imserso. Nieves resultó ser una mujer menuda con aspecto de andar por la treintena, a pesar de su modo adolescente de vestir. No terminaba de imaginársela aguantando a su madre. Le saludó efusivamente y sin solicitar ninguna indicación, se puso al mando de la casa, a pesar de que Ricardo le aclaró que no era necesaria su presencia. -Tu mamá me ha dado una misión y tengo que cumplirla. Comenzó por trastear en la cocina. Ricardo, tumbado en el sofá del salón, escuchaba perfectamente los ruidos de cacerolas y la puerta de la nevera abrirse y cerrarse. Y completando el coro, lo que debía ser el tintineo de esas pulseras de colores que lucía en la muñeca izquierda. Se le hacía un nudo en la garganta con cada uno de esos golpes, angustiado por la poca delicadeza de la asistenta. Era consciente de que, con tal ímpetu, las botellas que estaban situadas en la cara interna de la puerta del refrigerador terminarían moviéndose y, en el peor de los casos, cayendo al suelo. Ricardo tomó aire e insistió.


-Nieves, deje eso, por favor. No es necesario que cocine. Yo me apaño perfectamente… Debió sonar enérgico, porque la mujer salió de la cocina y se sentó frente a él, en el otro sofá. Secaba sus manos huesudas con un paño mientras le miraba fijamente con sus dos enormes ojos negros. Un mechón del cabello se le había desprendido de la pinza que sujetaba su pelo y le había resbalado por la frente. Se lo retiró hacia atrás sujetándolo tras la oreja con un gesto que le pareció muy sensual. -Ya me dijo tu mamá que te rebelarías. Es una tontería, hombre. Estando así lo mejor que puedes hacer es descansar, yo me ocuparé de preparar la comida y arreglar esto un poco, aunque, la verdad, eres un amito de tu casa, está todo que da gloria verlo. El desparpajo de Nieves desarmó a Ricardo, que fue incapaz de emitir ninguna palabra y sólo acertó a asentir con la cabeza mientras ella le daba la espalda para retomar sus quehaceres. Nieves se empeñó en prepararle un puré y un filete de ternera que le llevó hasta el salón en una bandeja. Retiró la planta de la mesa para posar el menú y continuó trajinando por la casa. Mientras comía sentado en el sofá, Ricardo se entretuvo en observar cómo limpiaba el polvo invisible de las estanterías. Los movimientos enérgicos de su brazo contagiaban al resto de su cuerpo y no pudo evitar dirigir la vista hasta aquel culo que se meneaba a un lado y a otro embutido en unos minúsculos pantalones vaqueros. Poco duró el vistazo lascivo, justo el tiempo que tardó en advertir que la asistenta estaba descolocando cada uno de los elementos que adornaban las baldas. Sentía que el puré se le atascaba en la garganta, y más al comprobar que los cuadros por los que pasaba el trapo quedaban torcidos. Allá por donde se movía Nieves a Ricardo le parecía que había pasado un ciclón. Apenas si probó el filete. Angustiado, cuando por


fin abandonó el salón, se incorporó sobre las muletas y trató de restaurar el orden alterado por la asistenta de su madre. -¿Se puede saber qué haces? -le sobresaltó entrando por sorpresa en el salón. Llevaba en sus manos un pantalón corto de chándal, una camiseta y un calzoncillo. Había rebuscado en su armario y no quería imaginarse cómo lo habría dejado-. Anda, no puedes estar todo el día en pijama. Ya que te has levantado, ¿qué tal si te ayudo a ducharte y te pones esta ropa? Al menos es cómoda. Los ojos de Nieves quedaban a la altura de los suyos gracias a que iba encaramada en un par de sandalias con una enorme plataforma. Aquella desconocida pretendía involucrarse en algo tan íntimo como el aseo personal y Ricardo no se atrevía a pararle los pies. A lo más que llegó fue a arrebatarle la ropa que le había traído y sujetarla bajo la axila para poder desplazarse hasta el baño con ayuda de las muletas. Por un momento la imagen de Nieves frotándole la espalda en la bañera le excitó, pero trató de borrar de su mente lo que consideraba una auténtica aberración. Ya en el cuarto de baño se rindió a la evidencia de que no podía meterse en la ducha y mucho menos asearse sin la colaboración de alguien. Pareció como si la mujer adivinara sus pensamientos porque la puerta se abrió de golpe y entró Nieves con una bolsa de basura en la mano. -Venga, al agua patos. No sabía si aquella mujer se estaba quedando con él, desde luego pensó que lo estaba pasando en grande. Le sentó sobre la taza como a un niño sin esperar que le diera permiso, le sacó la chaqueta del pijama por la cabeza y la tiró al suelo de cualquier manera. Aquel gesto para Ricardo tuvo el mismo efecto que si le azotaran. Después desató la lazada que sujetaba el pantalón a la cintura y le hizo incorporarse para bajárselo hasta los pies. Una vez fuera, la prenda terminó en el suelo acompañando al resto de la ropa. Ricardo estaba avergonzado y, a pesar de esquivar la mirada de Nieves,


por el rabillo del ojo le pareció que ella se sonrojaba. De lo que sí estaba seguro era que su respiración se había agitado, lo notaba directamente en su cuello cuando le ayudó a incorporarse. Fueron quizá sólo unos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada, pero les parecieron eternos por lo profundo de aquel silencio, sólo quebrado por el tintineo de las pulseras de la mujer. Ricardo, poco dado a las aventuras sexuales, experimentó una curiosa mutación. La angustia que le provocaba el desorden del baño se aplacó para dejar paso a una nueva sensación, muy placentera, cuyo síntoma más evidente se situaba justo entre sus piernas. Su pene estaba cobrando vida y no podía hacer nada por evitarlo. Y lo que era peor, Nieves no disimulaba su admiración abriendo unos ojos como platos. -El agua la quieres fría, ¿verdad? La pregunta de la asistenta rompió por fin el silencio que se había instalado en aquel cuarto de baño. Ricardo afirmó con la cabeza y se apoyó en su hombro para introducirse en la bañera. Una vez dentro, la mujer cubrió con el plástico la escayola y anudó con pericia los extremos al muslo y al tobillo. Antes de abrir el grifo, sacó de su muñeca las pulseras y las depositó sobre la encimera del lavabo. Sin soltarse de su hombro, Ricardo se dejó hacer. Sintió caer el agua sobre su pierna buena y luego subir el chorro por su vientre hasta su pecho. Nieves le roció luego la espalda despacio. Realizaba la tarea con mimo, nada que ver con su manera de trajinar en la cocina y adecentar la casa. Era como si hubiera decidido ralentizar sus movimientos. -¿Así está bien? Ricardo volvió a asentir con la cabeza mientras ella desordenaba los botes de aseo hasta localizar el gel. Curiosamente a él no pareció importarle, como tampoco le molestó que ella echara anárquicamente el jabón sobre la esponja, no como Ricardo acostumbraba a hacer, formando una pequeña montaña sobre el mismo centro de la esponja. Le


enjabonó despacio. En esta ocasión empezó por la espalda, de izquierda a derecha, dibujando un zigzag. Al llegar a los glúteos varió la dinámica y la desplazó en círculos para continuar en línea descendente a lo largo de la pierna sana. Terminado el reverso de su cuerpo, cambió de mano la esponja y encaró la limpieza de la parte delantera en sentido contrario, primero la pierna y luego el pecho, saltándose aquel elemento que, a pesar de la temperatura del agua, seguía sobresaliendo sobre el perfil lineal del cuerpo de Ricardo. -¿Prefieres terminar tú?- Le preguntó señalando con la esponja a su pene en erección. Ricardo tomó la esponja en su mano sin contestar y la pasó precipitadamente por el vientre y la entrepierna. Nieves sonrió mientras volvía a abrir la ducha. El aclarado fue más rápido, a pesar de que la asistenta fue concienzuda en su trabajo de disolver cualquier rastro de espuma. Una vez concluido el baño, Nieves fue frotando con la toalla cada centímetro de su cuerpo. -¡Vaya piel de gallina! ¿Tienes frío? Pero Ricardo sabía que la razón de aquel vello de punta no tenía que ver con la temperatura. Aún así, se cubrió con la toalla y se dejó ayudar de nuevo para salir de la bañera. -Gracias. Era la primera palabra que acertaba a pronunciar Ricardo, entre dientes, sentado como un crío sobre la tapa del water. Nieves se agachó ante él y ese gesto volvió a estremecerle. La mujer desató los nudos de la bolsa que tapaba la escayola y aplastó el plástico hasta convertirlo en una pelota. Luego se incorporó de nuevo, recogió sus pulseras de bisutería como si fueran piedras preciosas y las devolvió a su brazo. Volvió


a sonar aquel tintineo metálico cuando se dirigía hacia la puerta. Antes de salir se volvió a mirarle. -Si me necesitas, silba. Ricardo se quedó quieto, envuelto en la toalla, revisando mentalmente lo que acababa de suceder. Era la primera vez que pasaba por una experiencia de ese tipo. A pesar de sus treinta y cinco años, su historial amoroso se reducía a una novia de la adolescencia y un par de rollos pasajeros en las dos empresas para las que había trabajado, todo muy aburrido y convencional, como él mismo, pensaba. Además, su interés por aquellas chicas decaía en el momento que desbarataban su orden. Entonces esas relaciones incipientes entraban en conflicto directo con su obsesión y su mantenimiento le parecía incompatible con su propia vida. Pero ahora, por primera, las taquicardias, el pulso acelerado, los sudores no provenían de un cuadro torcido, una fila de botes mal alineados o aquella ropa sucia tirada de cualquier manera en el piso del cuarto de baño. Consciente de que algo había cambiado, Ricardo se apresuró a vestirse con torpes movimientos. Quería salir cuanto antes y volver a verla. Buscaba una respuesta. Pero antes de que hubiera conseguido ponerse en pie ayudado por las muletas oyó cerrarse de un golpe la puerta de la calle. Cuando salió del baño la buscó por toda la casa pero ella ya se había ido. Encontró una nota apoyada en la maceta que reposaba descentrada sobre la mesa baja del salón. Se sentó en el sofá, tomó el papel en una mano y con la otra desplazó unos centímetros el tiesto hasta recolocarlo en una marca inexistente. “Mañana vuelvo a la misma hora y te ayudo a desordenar. Nieves”. Después de leer la nota apoyó la espalda en el respaldo y miró la planta. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Levantó una de las muletas y con el extremo presionó la maceta hasta alejarla del centro de la mesa.


Papá es el mejor Papá es muy bueno, es el mejor papá del mundo. Me hace muchos regalos. Cada día cuando vuelve del trabajo me trae una sorpresa. Una vez me trajo un oso de peluche con una cicatriz. Me contó que se había caído jugando y que por eso el osito tenía esa marca en su cabeza, que tenía que tener cuidado y no correr a lo loco, para que no me pasara lo que al oso. También le falta una oreja, se la había mordido un perro, así que cuando me cruzo con uno por la calle, hago lo que dice papá, me agarro muy fuerte de la mano de mamá. Papá vuelve de trabajar al amanecer y me despierta con un beso y un regalo. Siempre trae un olor muy raro, lo noto cuando entra en mi habitación y aún estoy dormido, no sé a que huele. Él dice que es olor a cansancio, pero cuando yo me canso de jugar a la pelota no huelo así. Será el olor que tienen los mayores al cansarse. Él antes no era así, antes iba con traje y corbata y olía a colonia de papás. Con el anterior trabajo pasaba todo el día fuera y casi no le veía, además, cuando llegaba estaba enfadado. Un día se quedó en casa y le vi llorar por primera vez. A mí no me contaban lo que pasaba, pero veía que ya no se iba temprano, que repasaba los anuncios de los periódicos y cuando hablaba por teléfono lo hacía bajito en un rincón de la cocina. Una vez le encontré mirando la cartilla del banco y al darse cuenta de que estaba yo allí, se tapó los ojos para que no le viera las lágrimas. Por eso, cuando volvió a trabajar todos nos pusimos muy contentos. Néstor es un buen hombre, me alegro de compartir mi vida con él. Nunca deja de sorprenderme. Después de meses en paro ha encontrado por fin un empleo que nos da para vivir. Además es tan generoso. Jairo está como loco con él, y no es para menos, cada día le trae un regalo. Y mira que le he dicho que no le malcríe, que no le acostumbre a un tren de vida que quizá no podamos mantener si las cosas van mal, pero él me insiste en que esos juguetes no le cuestan nada, que son del almacén para el que


hace el inventario y que los jefes se los dan como incentivo. A mi también me trae detalles de vez en cuando. Los compra con los extras que le dan. Esta pulsera es una monada, aunque la fecha que viene grabada no coincida con la de nuestra boda. Él insiste en que marca el día de nuestro primer beso. Yo ya ni me acuerdo, para eso él tiene mejor memoria. Lo único malo es el horario, trabajar por la noche se me hace cuesta arriba, la verdad, y ese olor tan fuerte, es cierto que poco a poco me voy acostumbrando, ya no me repugna tanto cuando me abraza al llegar por la mañana. Dice que es por culpa de los productos que utilizan para conservar la mercancía del almacén. Yo sigo sin entender qué tipo de almacén es ese, Néstor me dice que no me preocupe, que lo importante es que entra de nuevo dinero en casa. Yo creo que es más importante que él haya recuperado su autoestima, cuando le echaron de la empresa, los muy sinvergüenzas, se quedó hundido. Tantos años entregados, tantos sacrificios y esfuerzos para que al final un buen día, sin previo aviso, te den la patada. Pensé que no lo superaría, sobre todo al ver lo difícil que le resultaba encontrar otro trabajo. Todo lo que escuchaba era buenas palabras, pero nada más. Así que, cuando ya pensaba que tendríamos que pedir ayuda a servicios sociales, llegó este trabajo como caído del cielo. Tengo que preguntarle a Damián qué hace para no salir apestando de aquí. El olor, es lo que peor llevo de este trabajo, sobre todo por ellos, por Jairo y por Mila. Se me encoge el alma cuando el niño me pregunta a qué huelo. Y ya se me han acabado las excusas para ella, no es tonta y sé que le da vueltas al tema. No entiende, y con razón, por qué hay que hacer inventario por la noche en un almacén de objetos perdidos, pero es lo primero que se me ocurrió. Trato de no darle importancia y pensar sólo en lo principal, que por fin puedo mantener de nuevo a la familia. Si se enteraran mis antiguos compañeros… Quién te ha visto y quien te ve, Néstor. Yo que era el alma de esa oficina, el triunfador, terminar así. Qué esperaba, perder el empleo a mi edad es


estar condenado. Supongo que algún día lo superaré. Mira Damián, con qué dignidad lleva este trabajo, él no se esconde, en su casa todos saben a qué se dedica. Para él es fácil, no ha estudiado ninguna carrera, toda su vida se ha dedicado a lo mismo, es el veterano del grupo. Pero yo… Anda, un tren de madera, le va a encantar a Jairo, y casi está nuevo, sólo le falta una rueda del último vagón. Tengo que acordarme de darle una lavada antes de irme. Con un poco de suerte encuentro algún detalle para Mila. No se ha quitado la pulsera desde que se la llevé. Hay que ver las cosas que terminan en la vía pública. No termino de acostumbrarme a la noche, tengo que enterarme de cuándo salen los traslados a la planta de reciclado, allí se trabaja de día, con mascarillas, aquí, ya ves, el mono, las botas y los guantes son la única protección contra la basura de los demás. Bueno, y la gorra que he decidido ponerme yo para camuflar un poco más mi identidad, por si alguna noche de jueves o viernes me cruzo con algún antiguo conocido. Tengo que apurarme, si sigo retrasando la recogida por pararme a revisar los contenedores me van a dar un toque. Cada día me cuesta más llevar el ritmo de Lucas, es un chaval, no le cuesta nada tirar del cubo y colocarlo en el camión. Claro, él no tiene un niño en casa deseando admirar a su padre.

Juegos de artificio. 20 relatos inflamables  

20 historias independientes en las que se cruzan el drama y la comedia, con protagonistas imperfectos que sufren, dudan, aman, mienten, te e...

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