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-¿Listo para ser un reportero de la Historia? El hombre de bata blanca, bajito y con nariz grande se dirigía a mí: el joven que reposaba sobre la camilla de aquella extraña máquina que parecía extraída de un cómic de ciencia ficción. La verdad es que no sé si estaba listo para ser un reportero de la Historia, es decir viajar en el tiempo (por muy fantástico que suene os aseguro que es cierto). Todo se había sucedido de manera vertiginosa en los últimos cuatro meses: Pasé de ser el mejor estudiante de Latín del instituto, aquel al que la profesora saludaba todos los días con un: -Salve, discipuli! Ubi estis? A lo que yo, de manera casi mecánica y sin demora, respondía: -Ego bene sum, magistra! Y podría reproducir el resto de la conversación, pero no estoy aquí para contaros eso. Sólo quiero que sepáis que domino un poco el latín hablado, pero el escrito lo controlo del todo. Me gusta. En más de una ocasión lo defendía de aquellos que decían que el latín no servía para nada, o que estaba muerto. A lo mejor piensan que esas monstruosas funciones de tres pizarras de longitud serán más útiles que esta lengua. En fin, prefiero no entrar en banales discusiones y seguir adelante con mi historia: Tras obtener en la primera evaluación una nota media de diez, la profesora me propuso presentarme a un certamen1 de traducción2 de la Comunidad de Madrid. Acepté, sin duda, pero no con muchas ilusiones pues es ese tipo de examen donde uno espera encontrarse con gente que podría enseñarle latín al mismísimo Cicerón. Pero no, no había nada de eso. Sólo unos cuantos niños de colegios privados que lucían sus uniformes y te miraban por encima del hombro. Me alegra decir que pude devolverles esa mirada unas semanas más tardes. Mi traducción de “La guerra de las Galias”, había obtenido un diez en el certamen, resultando ganadora. A partir de ahí todo se fue complicando. Acudí a dos exámenes más un mes más tarde. Pero estos eran más extraños. Me refiero a que no considero normal que una cámara te enfoque mientras traduces a Cicerón y te hayas tenido casi que desnudar para mostrar que no llevas chuletas. O que tu diccionario hubiese desaparecido misteriosamente de tu mochila. Fue extraño. Pero aprobé y gané el certamen. Inepto de mí, que no sospeché nada de esto. Ya lo decía mi madre, que estaba “empanao” . Y en efecto tenía razón. Sólo me lo creí cuando me convocaron a otro examen. No hubo certamen. Sólo sé que iba en el metro y que de repente, aparecí en el sótano de la Facultad de Filología de la Ciudad Universitaria (Porque lo ponía en un cartel, no es que sea Casandra), supongo que me habrían dormido con algo. Y allí estaba el doctor del que os había hablado antes, mi profesora de latín y también un par de señores. Raro ¿verdad? Pues aún queda lo mejor. Instantáneamente, comenzaron a bombardearme con preguntas en latín que supe responder sin duda alguna. Entonces el doctor comenzó a hablarme, ya en castellano: -Bien, no te asustes chaval, como puedes ver, tu profesora está aquí. Tenemos algo importante que decirte: Eres el elegido para el proyecto Triple V. -¿El proyecto Triple V? – mi cara tenía que reflejar suma extrañeza. 1 2

certamen: Función literaria en que se argumenta o disputa sobre algún asunto, comúnmente poético. Traducción: que se hace de un idioma extranjero al idioma del traductor. (Del lat. traductĭo, -ōnis)


-Sí, y aunque no te guste, los dos últimos certámenes a los que te presentaste, esos en los que había tanta vigilancia, no eran más que pruebas para evaluarte. Desde que tu profesora nos habló de ti, hemos estado observándote. Creemos que por tu edad y tus conocimientos de latín, estás listo. -¿Para qué? -Para viajar en el tiempo. Solté una carcajada y comencé a buscar la cámara oculta. ¿Qué haríais vosotros si estuvieseis en un sótano con varios tipos raros que te proponen viajar en el tiempo? -No es broma, Alberto- me dijo mi profe de latín. -¿Qué? -Hemos desarrollado una máquina capaz de devolverte a la Antigua Roma. Un escáner 3al completo de tu cuerpo, unos cuántos rayos por aquí, unas lucecitas por allá y apareces allí, en Roma. La verdad es que no me molesté en preguntar qué lucecitas eran, ni qué rayos. Quería salir ya de allí. No me gustaba la idea de esa máquina. A lo largo de la historia se había intentado realizar esta máquina y la de teletransportación4. ¿La conclusión? Personas chamuscadas, perros y animales de prueba reducidos a cenizas. No. No quería serlo. Así lo mostré: -No quiero hacerlo. -Señor- dijo el tipo de la bata blanca- Es un proyecto que podría cambiar la Historia. Hemos probado estas máquinas varias veces. Mire. Se fue hacia una caja de metal, cerrada con un candado y tras introducir una llave y girarla varias veces, extrajo del interior algo que mostró orgulloso: -Mira, es una tablilla micénica original. La trajimos ayer mismo de Micenas. La tablilla estaba a escasos centímetros de mi cara. A primera vista parecía auténtica o al menos una réplica excelente. -No me lo creo- solté de golpe- Eso es imposible. -No lo es- respondió solemne el hombre en bata- Como ya te he dicho, la trajimos ayer mismo de Micenas. Pero no de los restos arqueológicos, sino de Micenas. ¡La misma Micenas de Agamenón! Al igual que esto… Se giró y se dirigió hacia la caja de metal de la que había extraído la tablilla rebuscó en ella unos instantes y me lanzó una pieza brillante que yo había visto numerosas veces en mi libro de latín: nada menos que un casco de soldado romano. Pero este no estaba deteriorado, ni tan siquiera arañado, como debería de estarlo en caso de que fuese verdadero; estaba en perfecto estado, como si hubiese sido forjado hace unos minutos. -¿Y esto qué?- respondí con escepticismo- ¿También han estado en la Guerra de las Galias? -No exactamente- dijo mi profesora- Esa pieza la sacamos de un castra romano en Hispania. Aparecimos allí de noche y esto fue lo único que pudimos observar antes de que se corriese la voz de alarma. Fue bastante arriesgado. ¡Esos romanos sí que saben hacer buenos campamentos! Empecé a reír. No me lo creía, hasta que una tarde, mi profesora, se ofreció a viajar a la Bastilla del 14 de julio y traer un fusil. Creí que era una broma oculta, pero quince minutos más tarde allí apareció y como no, con el fusil entre sus manos. Entonces empecé a creerlo y algunas tardes acudía allí acompañado por mi profesora. A mis padres no les importaba. 3

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Escanér: Dispositivo que explora un espacio o imagen, y los traduce en señales eléctricas para su procesamiento. (del latín scandere :subir una escala) (Del ingl. scanner, el que explora o registra).

Teletransportación: (Del lat. transportatĭo, -ōnis). Acción y efecto de transportar o transportarse.


Meses más tarde, me relataron mi misión: -Bien- dijo el profesor de bata blanca. Si te hemos enseñado esta tecnología es porque tenemos una misión que sólo puedes llevar a cabo tú. -¿Yo?- dije con asombro. -Sí. Al fin y al cabo eres joven y lo más importante, eres capaz de hablar y entender latín de forma hablada, como hemos comprobado con los exámenes que te hicimos y como nos ha relatado tu profesora. ¿O es que hay alguien más en España que pueda escribir poesía en latín con tanta facilidad y un vocabulario tan cuidado? -No lo sé- dije yo, sabía que me estaba sonrojando porque me notaba las mejillas calientes- A lo mejor sí. -No lo hay- respondió mi profesora- Aprovecha esta oportunidad, Alberto. Vas a viajar a la Antigua Roma. -Bueno, sigamos con la misión.- dijo el doctor cortándola- ¿ Has oído hablar de los idus de Marzo? ¿En el 44 antes de Cristo?. -La muerte de Iulius Caesar- dije yo seguro y tres segundos después, me había dado cuenta de que había dicho el nombre latino. -Correcto, por culpa de una conjura. Tu misión es simple: Queremos que vayas allí, dos días antes del asesinato y que cubras la noticia de su muerte. -¿Cómo?- dije yo sobresaltándome en mi asiento. -Sí- respondió mi profesora- Vas a viajar a Roma y a tratar de hacer un reportaje sobre su muerte. Si puedes grábalo, será muy interesante. Los del CSIC descubrieron hace unos años el punto exacto donde murió, ahora vamos a ver cómo murió de verdad. -¿Y por qué vamos a hacer eso? -No vamos, vas- dijo el doctor riéndose- Porque hay demasiadas versiones de la muerte de César y la conjura que acabó con la vida de este general y porque es un modo nuevo de investigar. Esto sería una gran revolución. Imagínatelo: No más reconstrucciones de monumentos, ni tampoco suposiciones de hechos históricos, esto es real. La Historia nos ha dado la tecnología porque quiere ser estudiada y quiere que la verdad salga a la luz. Y además ¿Dónde está ese afán de investigación del que tu profesora tanto nos habló? Y si en un principio ofrecí algo de resistencia, ya conocéis el resto de la historia: estoy aquí a punto de viajar a marzo del 44 a.C. Antes de introducirme en la cabina que me transportaría a tal fecha, me habían obligado a abandonar mis deportivas, mis vaqueros y mi sudadera para vestirme con ropa que describiré más adelante. Me dieron también una mochila que incluía una pequeña videocámara5, un plano de la Antigua Roma, el diccionario de latín y un bolígrafo6 y una libreta. Debería mantener esos ítems lejos de la vista de los romanos, tal y como me indicaron y me dijeron que era muy importante no intervenir en la conjura de César ni levantar sospechas sobre ellas, pues si César no moría, cambiaría el curso de la historia y las consecuencias podrían ser funestas. Así pues, lo último que vi antes de viajar en el tiempo y espacio, algo que creí imposible aun llevando esas vestimentas y practicar infinitas veces conversaciones en latín, fue la cara de aquel hombre regordete enfundado en una bata (del que desconocía el nombre) y de mi profesora de latín. Ambos me despedían con una sonrisa y mi profesora de latín me lanzó la última pregunta: 5 6

Videocámara: video o vídeo: viene del latín video (yo veo) proviene del verbo videre.(cámara que grava imágenes Bolígrafo: Instrumento para escribir que tiene en su interior un tubo de tinta especial y, en la punta, una bolita metálica que gira libremente. (De bola y ‒́grafo).


-¿Te acuerdas del significado del nombre del proyecto? -¿Triple V?- pregunté yo. -Sí. -Veni, Vidi, Vicit- respondí como lo hubiera dicho Julio César, pronunciando las V como si se tratase de U. -Perfecto- dijo ella. Cerraron la puerta metálica de la cabina y tras un zumbido que empezó con una intensidad similar a la de una lavadora centrifugando y acabó siendo la de un avión despegando. Los oídos empezaron a dolerme y sin darme cuenta, todo me dio vueltas. Sólo recuerdo desmayarme en aquella cabina. Y aparecer en otro lugar, en otro siglo bastante lejano.

Un hispano en Roma  

Trabajo de los alumnos de latín de 1º de Bachillerato del I.E.S. Manuel Azaña.

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