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La caída de Albert Camus como un espejo: Monólogo existencialista

Para Søren Kierkegaard, vivir era dar un salto al vacío; aventurarse a la inminencia de la muerte y a la incertidumbre de la caída libre: vaya construcción alegórica. Desde su religiosidad, lo único que quedaría es abandonarse a la fe. ¿Pero qué pasa cuando, un siglo después, la corriente existencialista mira las calumnias de la vida a la cara y deja de creer en dios? En el existencialismo francés no se trata de fe sino de resignación. Así, en La caída, novela corta de Albert Camus, se retrata alegóricamente al hombre de poder de occidente, su cinismo y desesperanza. Narrado como un largo monólogo dirigido a un aparente interlocutor, se trata de un texto catalogado como novela corta, pero sin duda cercano al ensayo. Los cuatro capítulos son un recorrido de debates axiológicos dirigidos por el narrador, que se presenta a sí mismo como juez penitenciario en la mayor parte del monólogo, aunque hacia el final confiesa que fue incluso Papa. La caracterización del personaje muta en la fluctuación de sus propias digresiones, lo cual enfatiza el sentido absurdo del texto. Nos situamos en Amsterdam, pero ingresando al bar Mexico city. Las descripciones son absurdas y oníricas; el nombre del bar sirve para introducir una de las primeras discusiones fundamentales: la justificación del imperialismo con el discurso de civilización y barbarie. La ironía va y viene en el monólogo, y así se va desnudando la condición humana mediante el tono confesional del narrador. Es decir, él está en plena apertura de conciencia; acepta con cinismo sus


vicios y nos hace cómplices, como lectores, de sus confesiones con las que podemos identificarnos. El mismo narrador lo sugiere al final del monólogo, y afirma que con su prosa “fabric[a] un retrato de todos los hombres y de ninguno […] Ese retrato que ofrec[e] a [sus] contemporáneos se convierte en espejo” (146).1 Camus utiliza incluso la comparación de los individuos con las pirañas cuando habla de las organizaciones humanas2 y así continúa su burla pesimista al sistema. Caricaturiza la insignificancia del ser humano cuando el narrador afirma que “vivía con la certeza de ser más inteligente que todo el mundo. Pero tal certidumbre no tiene consecuencia alguna por el hecho de que lo mismo creen los imbéciles” (33). Respecto a la esclavitud, no tarda en hincarle el colmillo al tema y hace afirmaciones como las que sostendría Michel Foucault algunas décadas después: “Cada hombre tiene necesidad de esclavos como de aire puro. Ordenar, es respirar, ¿no le parece a usted? E incluso los más desfavorecidos llegan a respirar” (50). El monólogo avanza y las discusiones se suceden; van de la justicia, a la inmortalidad y de la amistad a los celos. Concluye el relato con el narrador consumido y recluido, esperando la muerte. Aparentemente no hay una relación directa entre la temática de la obra y el ejercicio de la educación. Sin embargo, el vínculo es más bien indirecto, pero no menos importante. ¿No somos acaso los profesores y directivos de Las traducciones son mías; obtenidas de la edición: Camus, Albert. La chute. Paris: Folio, 1957. 1

Tal como hace Juan José Arreola en el breve texto “La hiena” de Bestiario, en donde se sugiere que los seres humanos actuamos como hienas. 2


una escuela figuras de autoridad? ¿Y no caemos, en ese sentido, en el sinismo del que habla Camus? El reto como profesores es no convertir el rol de autoridad, que sin duda jugamos, en autoritarismo. La caída de Albert Camus puede desatar polémica e inconformidad cuando, desde el idealismo, nos aferraos a creer en “un mundo feliz” (¡ya lo decía Aldous Huxley!). El existencialismo francés tiene mucho de pesimista, porque observa al mundo en su cruda realidad. Mas es necesario sumergirse en esas ideas con tiento, pues en otras de sus obras, Camus explica que la dicha se encuentra en la toma de conciencia de nuestra realidad; la búsqueda es salir de la caverna platónica y reconocer la verdad de las sombras, pues solamente conociendo, entendiendo el mundo, podremos cambiarlo. ¿Cambiar al mundo? ¡Vaya afirmación! Y esta sí que no es idealista, si se le entiende desde una dimensión realista; no vivimos en un mundo estático y a la humanidad y su devenir la construyen los mismos seres humanos. ¿Y no somos acaso seres humanos los que estamos aquí hoy ni son seres humanos esos adolescentes que están a la merced de nuestras ideas, de nuestros actos, incluso nuestros gestos? Somos espejos deambulando en las aulas; muchos alumnos se reconocerán en nosotros; busquemos ejercer ese papel: que los alumnos en nuestras clases se encuentren como individuo, que sepan construirse e inventarse. Despertemos pues, en los alumnos, el deseo de conocerse y la inquietud de conocer su mundo. Se lo debemos a México, como sea que entendamos la idea de Nación, porque adolecemos de un materialismo rampante que está matando nuestro espíritu. Promovamos entonces valores humanos positivos para que la corriente no se los lleve entre sus olas de corrupción y avaricia. Pero si al final de un discurso construido


nuestros actos no concuerdan con aquello que promovemos, las ideas se hacen polvo. Peor aún: Pueden generar el efecto contrario incluso con más violencia. Así que esto de encabezar una institución educativa –-directivos, administrativos y docentes-- no se debe tomar a la ligera; ni se debe perder tampoco el rumbo: No olvidemos que el objetivo principal es educar, y no descarrilar.

Andrelí Vega Duarte


La chute d'Albert Camus