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Películas como Fuga –que dio inicio a mi afición por el cine de Pablo Larraín-, La vida en el espejo, Julio comienza en Julio, Mi mejor enemigo, La vida de los peces, En la cama, Sangre eterna, Qué pena tu vida, entre muchas otras, me dieron elementos que he integrado a mi propia labor fílmica. Conocer este año a Miguel Littín únicamente lo confirmó he hizo que el sueño de toda una vida tomara un rumbo especial: aprovecharía un viaje a tierras andinas para filmar los lugares que visitara y los integraría a mi próximo trabajo documental: Deriva. Fue así como por fin ocurrió lo tan deseado: viajé a Santiago de Chile, ciudad de la cual memoricé los sitios que terminé visitando: el magnífico cerro San Cristóbal con su funicular y el teleférico, que permiten una gran vista de la cordillera eternamente nevada mientras se sobrevuela el enorme Parque Metropolitano. También conocí el cerro Santa Lucía con el Castillo Hidalgo desde donde se ven los altísimos edificios que pueblan la ciudad. A sus faldas el barrio Lastarria donde se haya la Tienda Nacional, sede de libros, música y películas chilenas.

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Cinéfagos - Número 28  

Julio - Agosto