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Un pequeno librito llamado recóndito

Un pequeño librito llamado recóndito Nina Rebolledo Diana Cifuentes Andrea Ros Xavier Aguirre

Docente: Victoria E. Pastor R. Universidad Cristóbal Colón

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Un pequeno librito llamado recóndito

ÍNDICE: Naturaleza 3 Descripción 8 “El niño corrió a casa de su abuela...”

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Algo desagradable 13 Amor 16

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Naturaleza

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as hojas secas se encontraban colocadas perfectamente, aunque con el paso del tiempo comenzaban a caer. No era una cuestión tan expresiva, pero por alguna razón su caída me provocaba cierta nostalgia, puesto que lo relacionaba con el tiempo perdido, todas aquellas oportunidades que de alguna forma… me había dado el lujo de rechazar. A medida que el árbol quedaba más vacío, me sentía más débil, pero fascinada a la vez, como si una parte de mí… se hubiera ido con él, pero otra… estuviese apenas emergiendo de mi ser. Me mantenía ansiosa el hecho de que un día… ese árbol quedaría sin hoja alguna, puesto que sabía que ese ciclo sería reiniciado, y con él se marcaría una época distinta, tanto climática como emocional. Muchas preguntas y prácticamente ninguna respuesta ¿Qué traería de diferente esta época? ¿Acaso alguno de estos cambios podría traer tu regreso? O más bien, ¿se trataba de algún cambio en mi interior? Ciertamente nunca lo podría saber, puesto que sólo el tiempo podría proceder y así mismo, como las hojas renacen y se pintan de otro ropaje… quizá tú y yo también podríamos reemerger o más bien sólo el destino podría saber, si nos enlazaríamos de nuevo como lo hacen las hojas a las ramas o sólo quedaríamos como aquellas hojas… esas que solo funcionan una vez y yacen en el vacío, el olvido, la ignorancia o el frío pavimento. Sólo me resta esperar lo que la primavera esté dispuesta a brindar… Nina

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l dolor de cabeza era insoportable, dormía, despertaba, y en ese estado seminconsciente froté un poco del penetrante aceite, que, gracias a la naturaleza y sus calmantes como la menta, acaricia ese punzante dolor. La brisa del mar, las gotas de lluvia, los rayos del sol, el canto de las aves, el cariño de los animales que sensibilizan al ser y le insuflan vida. El dolor cede poco a poco, los segundos son años; el día, noche y el calor, frío. Comienzo a caminar junto a enormes seres, el nacimiento de todo pasaba ante mis ojos, auroras boreales y tsunamis, lagartos gigantes y amibas. En cada paso sentía la humedad de la tierra, de la que salían finas ramas que se enredaban en mí, ascendiendo hasta cubrirme. Lentamente me fui disolviendo mientras nutría aquel abeto que desaparecía por completo, de nuevo me encontraba acostada con mi cabeza impregnada a menta. La habitación era oscura con un ligero rayo de luz filtrado por las cortinas, todo seguía ahí, las fotos del cocodrilo y las vacas. La naturaleza en un estado pasivo, la veía en el baúl de madera, a través de la cortina, en los animales suspendidos por la cámara y en el silencio. Ahora yo era parte de esa naturaleza en cada respiración por la cual ingresaba el oxígeno a mis pulmones, en el hormigueo de mis pies entumidos y en cada impulso de la sangre que respondía al corazón sin pedírselo. Y era yo, como aquel abeto. Andrea

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L

a madre naturaleza es cuando tengo 5 años y voy a conocer el jardín botánico a las afueras de la ciudad donde nací y conozco por primera vez una serpiente coralillo. Enrollada en el tronco de un árbol se encuentra con la cabeza erguida esperando el ataque de la amenaza –yo soy esa amenaza-. Pero qué amenaza puedo ser yo, soy un niño atrapado entre el terror de encontrarme con un animal del que me han hablado y advertido tanto y la curiosidad inherente de un inexperto y pequeño humano viendo una serpiente por primera vez. En ese momento sé que, si fuera por la serpiente, yo no seguiría vivo, pero lo entiendo, la serpiente no se detendrá en inyectar su veneno, sea un hombre, niño o animal de su propia especie. La madre naturaleza es cuando cumplo 10 años y mi familia me lleva a la playa. Camino hasta donde nadie me pueda ver y me sumerjo en el mar. Intento salir pero una ola pasa sobre mí y me sumerge nuevamente, apenas y con unas sobras de oxígeno de la última exhalación. La ola arrolla mi cuerpo, ella solo sigue su curso indiferente a mi vida, así como la muerte de un mosquito ante las manos de un hombre. El mar se calma, logro sacar mi cabeza y acostarme en la orilla sin saber cómo reaccionar. Siento soledad, nadie vio lo que ocurrió, ni el miedo que sentí. Pero me siento empoderado, retomando grandes bocanadas de aire y hecho una risa, sigo aquí. Xavier

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M

e inspiras amor, puesto que cada oleada de viento es una caricia a mi corazón. Cuando llueves, encuentro una respuesta a la explicación de mi emoción. Puedo llegar a confesar que cada que siento tu suave palpitar mi piel se estremece, y junto con el cantar de los pájaros, siento que mi ilusión trasciende. Incluso cuando me siento mal, sólo me basta con las hojas de los arboles tocar. Porque me trasmites paz, comprensión, amor pero sobre todo, salvación.

Puedo ser capaz, contigo, de sanar y mejorar. Incluso en las noches más obscuras, sé que tus suaves pasos siempre estarán. Porque en ti encuentro la posibilidad de inspirarme y amar, pero sobre todo, de quererme y encontrar. Tus suaves sonidos siempre me han hecho suspirar.

Puedo sentir tu fuego cuando respiro, la autenticidad también del mar. Así es como mis mil y una emociones encuentran su realidad; trasciendo y despego siempre que huelo tu humedad. Pero también sin negar que siempre has sido mi otra mitad. Siento electricidad cada que meces mi cabello al compás del viento, encuentro en tu canción una dulce aspiración. Aspiración a ser mejor e inspirar amor.

Me siento una misma contigo, sólo contigo. Puedo sentir mi corazón latir por ti a través de mi camisa. Esta dulce tranquilidad y adoración que solo tú me inspiras. Tu abundancia me estremece y tu serenidad me ayuda a dejar de dudar. Me ayuda a encontrar mi propio ritmo, y sobre todo, una verdad.

Puedo escuchar tu rugido en mis oídos y también tu suave cantar. Gracias a ti soy capaz de volar en un mundo lleno de idealidad. Me arullas, me amas y me aceptas de fábrica, con mis virtudes y miles de defectos. Tienes miles de cosas para dar, sólo es cuestión de abrir los brazos y nunca dejarte escapar. Diana

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¿

Cuántas veces hemos oído o incluso, dicho ¨la madre naturaleza¨? Si analizamos esta tan mencionada frase, encontramos que encierra una gran verdad: madre, sólo hay una, como versa el conocido refrán, refiriéndose a los cuidados, a los sacrificios, a las preocupaciones, a los pendientes que cada mujer, al convertirse en madre, debe, por su naturaleza, prodigar a su creatura y que sin duda, estarán presentes a lo largo de toda su vida. La madre naturaleza desde su propia esencia, dedica cuidados especiales a todo lo que se origina en su interior embelleciéndolo para dejar embelesado a todo aquél que detiene su paso para admirarla; da cobijo, ayuda, protege a todo lo que forma parte de ella aún ante las inclemencias del tiempo que paradójicamente, forman parte de ella también. Pero, ¿de cuál naturaleza hablo?, de aquélla que permite a los seres vivos engendrar y continuar su especie, a la que da origen a las plantas y a las flores, a la que se presenta inherente en cada ser que habita este planeta, hombre o mujer, animal o planta, esa naturaleza que nos permite respirar profundamente, admirar el azul del mar, extasiarnos ante la belleza de una flor o ante el cantar melodioso de un ave, esa que nos grita en silencio ¨mírame, aquí estoy¨. Tory

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Descripción

N

ina es una mujer ni tan alta ni tan baja, con cabello castaño claro y una cara redonda, de aspecto infantil y pintoresco. Su forma de vestir es muy original, siempre la verás con tenis, jeans y diferentes tipos de camisas y chamarras, por lo general de aspecto deslavado. Tiene una risa contagiosa y una sonrisa sincera. También posee un cabello largo y lacio, con algunos toques dorados que brillan bajo el sol.

Un par de cachetes bastante grandes adornan su circular rostro, asemejando nubecitas. Tiene complexión un poco robusta, pero sin llegar a ser gruesa. Sus ojos son de un color marrón claro, tirándole al color del dulce néctar que las abejas tanto anhelan, con forma como de dos pequeñas almendras, es decir, un poco rasgados y pequeños, similares al tamaño de pequeñas canicas.

Posee un color de piel blanco, similar al tono de la vainilla. Uñas pequeñas y pestañas largas, de un color castaño, son lo que adornan sus ligeros párpados. Un par de cejas enmarcan su circular rostro, sin ser ni tan largas ni tan cortas, diría más bien que un poco tupidas. Su boca es pequeña, y de un tono similar al de la fresa.

A cada lado de su cabeza encontraremos sus orejas, las cuales pareciera que están despiertas. Un poco saltonas y de tamaño mediano, dándole a Nina un aspecto divertido y a la vez puritano. Sus manos son pequeñas y regordetas, como las de un pequeño bebé. Toda ella tiene un aspecto inocente, como esperando su erupción. Diana

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La maestra de redacción

S

u estatura es baja y complexión delgada, asoma ya sus primeras canas y tiene unas líneas de expresión marcadas, aunque de una bella manera, como de alguien que ha pasado por duras pruebas pero ha sabido sonreír después. En su rostro lo primero que se observa son unos bellos ojos azules detrás de unas gafas rectangulares, sus cejas son finas y delineadas y su nariz con terminación circular. Lleva dos aretes en cada oreja y su cabello recogido con una pinza roja al igual que su suéter y zapatos; la raya de su peinado no es ni en medio ni de lado y sujeta con un pasador los cabellos hacia atrás. Sus labios están discretamente pintados de rosa y viste unos jeans y camisa azul. Andrea

E

n ese momento se hallaba sentada a mi izquierda una chica singular, poseedora de un cabello expandido en ondas de un marrón cobrizo, que parecía ser sostenido por una media coleta. Ella tiene unas cejas de tamaño mediano, color madera, algo pobladas, seguido de unos ojos con forma de la almendra, pero muy notorios por su color similar al ámbar, los cuales son adornados en su parte superior por unas pestañas pequeñas. En algunas zonas de su cara, como sus mejillas, una nariz un poco ancha (pero sin perder su encanto), su barbilla y cerca de sus cejas, se pueden apreciar unos pequeños puntos similares a constelaciones del cielo, común mente llamadas: “pecas”. Su complexión es delgada, de una estatura poco más arriba del promedio. Todo esto adornado por una envoltura. la cual consistía en un suéter color gris, de textura cálida, que seguramente externaba comodidad; en la parte inferior, un pantalón de mezclilla que tenía un color algo indefinido, puesto que no era ni de un azul tan claro como el cielo, ni de un tono tan obscuro como luce a veces el mar por las noches y finalizando en el área del calzado, unas botas a todo terreno, llamadas por las masas: “Tipo Timberland”, de un color arena. Nina

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“En ese momento el niño corrió a casa de su abuela...”

-¡Ojalá haya hecho esa sopa de fideos!, -pensó- y el queso crema que la acompaña. Ya podía sentir el sabor a jitomate y queso disolverse en su boca, ese exquisito queso del mercado de Texcoco, o podrían ser hamburguesas de papa con perejil y tocino que nadie prepara mejor que ella. Tocó a la puerta y ahí estaba esperándola en su cuidado y colorido jardín, donde crecían flores y frutos de todo tipo dependiendo la época del año y que la hacían feliz todas las mañanas al regarlas. Vestía su suéter gris de botones grandes y un vestido floreado confeccionado por ella como casi toda su ropa. Su pelo castaño recién teñido que asomaba algunas ondulaciones en su frente y orejas, una sonrisa iluminó su rostro haciéndolo más bello y lleno de vida. -¡Abuelita! Gritó al verla, y ella con su mejor paso se aproximó, un abrazo sincero y de amor prosiguió. El olor de la sopa hirviendo era inconfundible, se asomaba a la casa buscando señales de él, pero ya no estaba, daría lo que fuera por darle un beso y decirle “te quiero abuelito.” Entraron apoyados uno del otro y muy despacio se dirigieron a la cocina.

Andrea

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E

n ese momento, el niño corrió a casa de su abuela, porque estaba muerto de miedo, debido a que unos brabucones lo estaban molestando y lo habían amenazado con encontrarlo y apalearlo. El pobre pequeño sin poder pensar en algo más, rápidamente recordó a su abuela, recordó esa hermosa sensación de protección, dulzura y sabiduría que ella le brindaba, pero esto sólo podría encontrarlo en la puerta de su casa. El camino se sentía largo y algo pesado, pero él bien sabía que al llegar a aquella fortaleza, nada habría sido en vano. Unos instantes después que el pequeño había llegado a su tan preciado destino, sonrió ante la puerta y soltó un suspiro. Al tocar la cerradura de ese castillo, detrás del portón, encontró a esa bella dama quien con un abrazo lo recibió. Mientras caminaban por la sala, de besos y cariños lo llenaba. Todo esto, hizo casi olvidar al pequeño el futuro tan incierto que lo esperaba, pero él sabía que esa sensación tan cálida que en ese momento lo acogía, valdría más que todo el miedo y pavor que le habían provocado aquellos malandrines.

Nina

E

n ese momento, el niño corrió a casa de su abuela después de un largo tiempo, casi doloroso, de no verla. Añoraba sus dulces ojos con esas pequeñas líneas de experiencia que se asomaban en cada esquina de esos ojos cálidos color miel, sus cabellos de seda bañados en color plata y sus miles de anécdotas de cuando se bañaba en el mar y cazaba cangrejos. El niño recordó el chocolate caliente que su abuela adoraba degustar, y también sonrió al imaginar la sensación que recorrerá su pequeñito cuerpo al besar dulcemente la mejilla arrugada de aquella adorada viejecita; esa sensación siendo precisamente el calor que se instala en tu pecho cada que te reúnes con algo que amas.

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El niño atravesó parques repletos de flores y árboles, saludó con una desdentada sonrisa a los patos que se encontraban en el estanque, y animó a sus piernas a correr más rápido aún. El furioso deseo que sentía en esos momentos por ver a su abuelita le hacía casi casi querer despegar sus pies del suelo y volar tan rápido como le fuera humanamente posible. Aquel niño adoraba a la viejecilla puesto que al llegar a aquella casa sólo recibia toneladas de amor, diversión y una sonrisa sincera, constituida de grandes perlas bañadas suavemente del color del oro, que hace mucho tiempo habían sido color plata. Aun así, seguían brillando más que ninguna otra cosa en el mundo. Con su pequeña manita saludo a todos los vecinos con una inocente sonrisa una vez se hubo adentrado al barrio, y al fin llego a aquella pintoresca casita de dos pisos. Ahí se encontraba el pequeño retoño, frente a la gran puerta que daba entrada a ese hermoso castillo. El castillo en el que estaba su reina, su “nanita”. Se levantó sobre las puntas de sus pies y con su pequeña manita dio tres toques a la puerta. “Toc, toc, toc”. Esperó impaciente hasta que de repente, dicha puerta de madera se abrió dejando ver una cara arrugada pero llena de vitalidad, asomándose. En cuanto la cálida viejecita abrió la puerta sonrió con sus dientes color oro, dejando ver al pequeño retoño cuánto lo había extrañado. El niño se abalanzó a abrazar su pierna, sonriendo con una felicidad inmensa y ya sintiendo el olor del chocolate caliente inundando sus fosas nasales. Por fin había encontrado a su abuelita querida. Diana

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Algo desagradable

L

o que alguna vez llegó a parecer una tarde agradable, se tornó totalmente desagradable en un abrir y cerrar de ojos...

Ese día había salido con dos amigos, un chico y una chica, ella frágil y el indescifrable. Todo había salido perfectamente bien, la velada se sentía apacible, hablábamos de todo y nada, básicamente era algo como una crítica social y comentarios sumamente aleatorios, reíamos y reflexionábamos, pero lo que alguna vez llegó a parecer un rato agradable y pacífico, dio un giro de 180 grados, con una simple pregunta: “Y bien, ya me dirás lo que percibió tu hermano de mí”, traté de esquivar la pregunta como fuese posible, con bromas, fingiendo distracción o sacando los temas más bizarros que se me ocurriesen, hasta que llegó un punto donde la insistencia de mi amiga me había vencido, y no lo soporté más y lancé la respuesta sin siquiera detenerme a pensar, y sin saber que el volcán estaba listo para estallar: “Pues mira, él me dijo que eres una persona insegura, manipulable y que careces de una identidad propia, además de que te preocupa demasiado lo que piensen los demás de ti”. Lo más extraño fue que luego de ello, seguimos hablando como si nada y ella parecía haber aceptado mi comentario sin la menor muestra de debilidad, pero luego de un rato, cuando habíamos llegado a un establecimiento que se encarga de distribuir casi todo tipo de productos musicales, y en lo que parecía ser un abrir y cerrar de ojos, el volcán estalló… Mi amiga comenzó a temblar, y le preguntamos si estaba bien, a lo que ella no respondió, solo negó con su cabeza, y enseguida comenzó a llorar incontrolablemente, sin dejar de decir que se sentía avergonzada y molesta, durante un momento nadie dijo nada, ni mi amigo ni yo sabíamos cómo debíamos reaccionar, ni la más mínima idea de que hacer, pero en especial… no sabía si abrazarla, irme o decirle algo de aliento, hasta que mi amigo fue el valiente que rompió el silencio y comenzó a decirle lo importante y valiosa que era ella, a lo que yo seguí diciendo que nadie era perfecto y todos teníamos defectos, ella poco a poco comenzó a calmarse, pero yo nunca imaginé o sentí, que ese momento era el principio del fin.

Nina 13


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T

rabajé hace un año en una agencia publicitaria, al llegar cada día tenía que tocar la puerta y esperar que del segundo piso alguien me aventara las llaves, si es que había alguien, o esperar a que el diseñador o mi jefe llegara y abriera. Con trabajo se abría la vieja puerta blanca de madera que después se pintó de gris, uno de los colores institucionales, al entrar algún volante o revista impedía el paso y enseguida se encontraban unas escaleras que pasaban en frente de mi lugar, el cual tenía que limpiar un poco, ya que Doña Rosa iba cada dos o tres semanas. A mi computadora no le servía la entrada de audífonos, por lo que tenía que escuchar las noticias que mi compañera ponía todas las mañanas, acompañadas de los chismes de la semana, y alguna canción de rock pesado o metal que otro diseñador ponía a todo volumen. El baño olía mal siempre y se mezclaba con el aroma a comida del negocio de abajo, el cesto de basura desbordaba papeles sucios y alguna otra cosa desagradable de muy pocos hábitos de higiene que tenían los empleados, como pelos en el lavabo, éste muchas veces tapado, orina en la taza, pasta de dientes mezclada con baba atorada en la coladera y alguna cucaracha o bicho en la regadera. Y por si fuera poco, el baño se encontraba en la oficina de los jefes, lo cual hacia en verdad incómodo ese necesario momento. Ya en la cocina me preparaba café y buscaba alguna taza limpia si es que había, mi jefe fumaba dentro prácticamente todo el tiempo y a pesar de no molestarme el olor me parecía cansado estar en ese ambiente 8 horas al día. Andrea

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Ríos y otras causalidades

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l dia comenzó con un hermoso sol asomándose por entre mis párpados y pupilas. Desperté maravillada, pues sabía que sería un día en familia. Comenzamos a preparar las cosas que requeríamos y a las 10 AM en punto, partimos a nuestro prometedor destino. Al llegar, bajamos todos de la camioneta y enseguida nos deleiamos con el escenario que brillaba ante nuestros ojos. Era un rio enorme, lleno de corriente y a su alrededor había miles de árboles meciendo sus hojas al compás del viento. Gente brincando, sonriendo, riéndose y además los sonidos de la naturaleza y el sentimiento que provoca el agua al entrar en contacto con la piel era todo lo que una Diana pequeña, de apenas 10 años, podría pedir para llenar su pequeño corazoncito de felicidad. Mi familia se quedó sentada en la orilla, sobre grandes piedras. Comían aperitivos preparados por mi madre, al mismo tiempo que compartían anécdotas e intercambiaban palabras. Una Diana saltarina y extasiada rogó a su mamá poder entrar a nadar; rogaba poder sentir la frescura que el río de aquella mañana de febrero ofrecía a toda alma que por ahí llegaba a deambular. “Si, pero no te apartes de la orilla. Quédate en lo bajito” respondió mi mamá, señalándome con el dedo y afirmando con la cabeza en señal de mandato. Caminé a la orilla y metí mis pequeños piecitos al agua. Sonreí al primer contacto de mi cálida piel con el agua danzante, que iba y venía. Siempre fui una persona aventurera y, en ese momento, demasiado impulsiva. Coma una pequeña pluma bailando y girando a donde sea que la vida la haga danzar. De repente, mis traviesos pies comenzaron a caminar dirigiéndose a las profundidades, adentrándome cada vez en el misterio que en ese momento veían. Y de repente, me encontré con el agua hasta el cuello, apenas si podía sacar la nariz. Lo único que me mantenía era un pie sobre una fuerte roca. Y me aferré a eso como una última oportunidad. Pero había una chica, con cabello largo que brillaba con la luz del sol, que al ver mi caos me ofreció una mano. Al final, me ayudó a regresar a la orilla. En ese momento, aún entre mis infantiles pensamientos, descubrí el precio que estuve a un paso de pagar. Agradecí al cielo y al río. Al cielo, por esa mano amigable, y al río por esa piedra en medio de la corriente. Una piedra que soportó mi peso y me ayudó a obtener un nuevo respiro que me supo a libertad. Diana 15


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Amor

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ara ser honesta, nunca en mi corta existencia he experimentado la sensación del amor, románticamente hablando. Ya que a pesar de algunos cortos intentos de relaciones, nada pude obtener de ese sentir, nada al menos hasta que lo conocí a él. ¿No les ha pasado que ven a alguien y les parece casi imposible que un ser tan perfecto exista? Y peor aún, ¿No ha ocurrido la coincidencia de que ese alguien llegue a prestar aunque sea una pequeña pizca de interés por ustedes? Si, sonará tonto pero así fue, el sólo imaginar las posibilidades de aquello me resultaba imposible e indescifrable. Muchas cosas pasaban por mi mente, incluso que sería obra del destino el juntarnos, puesto que todo encajaba a la perfección. parecía una especie de obra mística, ya que recuerdo bien el primer día que casi compartimos una palabra, que más bien fue un intento, porque ni siquiera llegué a hablarle. Pero cuando comenzaba esa pequeña flama, parecía que lo nuestro se cocinaba a fuego lento, la conexión crecía cada vez más, ninguno de nosotros sabía lo que del otro lado existía. Y así fue como todo siguió, cada mañana, cada tarde, cada noche, siempre conectados, por que aunque no fuera en cuerpo presente, el gran invento de la tecnología también ayudaba a unirnos cada vez más. Pero a la vez, todo era una incertidumbre para mí ya que mientras yo me derretía, de su parte no sabía si es que algo sentía. ¿Alguna vez han tenido alguna especie de sexto sentido que en cuanto observan a alguien, instantáneamente les indica que se alejen?

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Al menos así fue para mí y generalmente siempre lo había escuchado, hasta que decidí romper las reglas por él. !Grave error!, si hubiese sabido antes que toda esa sensación de tocar el cielo se convertiría en todo un suplicio, ni si quiera habría decidido que cruzáramos palabras. Todo esa emoción,alegría y gozo que me inspiraba se transformó en dolor, agonía y tristeza. En un abrir y cerrar de ojos, ese mundo tan incomprensible ante los demás, pero tan perfecto para nosotros se derrumbó, se destruyó, se esfumó. Un derrumbe tan tóxico, pero que sin duda, pudo haber sido evitado, si tan solo ambas partes lo hubieran procurado. Pero no fue así, ese alguien que tanto me provocaba se fue, me abandonó en un punto donde ambos necesitábamos del otro más que en cualquier momento. Y de todo aquello, sólo quedan recuerdos; de todas esas carcajadas, de todos esos ratos donde sólo nuestra compañía bastaba, donde sólo necesitábamos de un pequeño trozo del planeta y de nuestras presencias. Me han preguntado por ti y siempre es la misma respuesta: ninguno ha intentado volver a la vida del otro, pero las pocas veces que he llegado a coincidir contigo, aún siento ese fuego que tanto me quemaba por dentro. Y quizá sea una ingenua, pero si tú decidieras regresar, yo sin duda te dejaría entrar... Nina

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Q

ue la vida es difícil no podemos negarlo, pero hasta donde sabemos, nadie quiere dejarla, por lo menos, nadie que lleve una vida ¨normal¨, así entre comillas, pues seguramente tendrá sus altibajos y quizá, más de las veces, desagradables, pero no podemos permitirnos el ignorar todo lo bueno que tiene, todo aquello a lo que el creyente llama bendiciones. De todo lo bueno que nos pasa en la vida es tener la capacidad de amar, el poder sentir y dar amor, el transportarnos a otras dimensiones, allá donde las mariposas rondan al estómago, allá donde la música tiene sutiles acordes y los aromas se coquetean entre sí. Pero, ¿de verdad sentimos todas esas emociones o nos las imaginamos?, ¿de verdad sabemos cuando estamos enamorados o sólo creemos estarlo? ¿Quién puede en realidad, afirmarlo? Siendo muy joven, tuve en una relación de casi cinco años con un muchacho (en aquél entonces) que hoy en día, me atrevo a afirmar, fue el amor de mi vida. Al principio, me dejé conquistar, me dejé querer. Conforme avanzábamos más en la relación y ya segura de mis sentimientos, él empezó a serme infiel. A veces, lo intuía; otras veces, lo constataba. Al sentirse acorralado, daba por finalizada nuestra relación pues ¨dudaba de si me quería o no¨, situación que prácticamente se volvió costumbre. Aún así, yo cada vez sentía quererlo más, estar más enamorada, pero también me sentía lastimada. En muchas de nuestras discusiones por mis celos más que justificados, sacaba a relucir a una joven que me aniquilaba con la mirada, como queriéndome desaparecer, y lógicamente me surgía la duda de si había algo entre ellos, vaya tenía que haber un motivo para ser vista de manera tan amenazante. La respuesta que oí repetidas veces fue ¨no, ¿cómo crees? ¿cuántas veces te lo tengo que decir? ¨. Yo con tan poca experiencia en el amor y queriéndole, terminaba creyendo. Pero, ¿cuál sería mi sorpresa que pasados unos cuatro años en una plática de lo más informal y entre broma y broma, aceptó finalmente que efectivamente había pasado algo entre ellos,¨ algo sin importancia, claro¨(¡aún recuerdo esas palabras!). Mi decepción fue tal que quien terminó y para no volver, fui yo. No podía seguir al lado de alguien con tal capacidad para mentir, no podía permitírmelo, no debía. Sin embargo, muchísimas veces me he preguntado qué habría pasado de permanecer a su lado, Muchos, muchos años de duda, de preguntas al aire y sin respuesta, pero también, porqué no decirlo, de profundo arrepentimiento. Tory 18


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El enamoramiento es una construcción

C

omienza con un deseo u atracción natural del hombre hacia otro ser humano a través de la percepción de atributos físicos o sentimentales, obedeciendo a este impulso inicial, fija en torno a la persona la idea a través de la imaginación donde construyendo con o sin material, lo adorna, lo embellece, le acentúa o aminora características hasta lograr el objeto deseado por la mente, y al encontrarlo cada vez más frecuente en situaciones reales o no, crece sin medida hasta culminar en el enamoramiento. Es inestable y mutable, sólo el tiempo puede darle carácter de amor o destruir la construcción haciendo absurda la sola idea de haber transitado por ese estado.

Andrea

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l sentir las manos temblar cuando te veo me parece pasajero, el sentir que puedo volar y aterrizar cada que me cuentas tus anhelos a mi punto de vista es idealizar ecos de algo venidero, algo acercándose sin tiempo ni prisa, justo al mismo momento al que lo hace una manecilla. Puede resultar soñador decir que la idealización que te tengo es completamente arisca, pero es completamente cierto, tan cierto como los salvajes latidos de mi corazón cuando te siento. Yo no puedo profesarte amor eterno ni tampoco un recuerdo, el tiempo se lleva los sentimientos y también los deseos, pero si puedo ofrecerte mi mano ahora que ambos estamos existiendo, puedes tomarla y acompañarme al sendero. Me resulta imposible pensar en el ayer y me emociona enormemente el venir del mañana, no puedo declararte adoración eterna porque, cariño, las cosas cambian.

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Solamente se que estoy parada aquí, frente a ti, en este momento que sólo es nuestro.Te confesaré mis secretos por el sentimiento que siento muy dentro. Realmente considero que el tiempo es relativo y los amores temporales, pero mientras pueda llamarte “mío” lo podría tomar como consejo. Un aviso de disfrutar el ahora y amarte como nunca antes amé, de dejar de correr y comenzar a querer. El enamoramiento acabará, lo sé. Pero es cruel pensar en lo que podrá ser y no está siendo. Prefiero disfrutar el ahora con tu cabello entre los dedos y tu sonrisa atravesando mis pupilas. Realmente pienso que una mentirilla blanca a nadie dañaría. Una ilusión de que será por siempre, una ilusión de que toda la vida te voy a querer. Una pequeña construcción que nos permita sonreír a día de hoy, y dejar incierto el futuro de nuestro amor. Porque las cosas infinitas son algo que requiere paciencia y amor. Y ciertamente, ni tú ni yo tenemos tal pasión, la pasión necesaria para mantener esta ardiente llamarada de expectativas, sueños y fusión.

El enamoramiento se va,dejando huellas difíciles de borrar, y cuando se va del todo, sólo queda un largo camino repleto de ligera ceniza. Una ligera ceniza que representa todo lo que alguna vez fuimos nosotros dos

El enamoramiento es suave como la brisa, pero frío como viento de invierno. Yo puedo prometer cuidarte por siempre, pero ¿harías tú lo mismo por mi?. Quizás el enamoramiento es sólo eso, un inocente sentimiento esperando cuan niño pequeño. Esperando por una señal en ‘verde’ para comenzar a entregar sin remordimientos. Diana

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