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EL MUNDO ECONOMÍA&NEGOCIOS // VIERNES 11 DE FEBRERO DE 2011

POBLACIÓN//MIGRACIÓN

Se volteó la tortilla. El número de españoles residenciados en Venezuela, según la Secretaría del país ibérico, es de 139.830. Lo que contrasta con los datos del Consulado de Venezuela en Barcelona: en España viven 153.851 venezolanos

Venezolanos en España invierten para quedarse Andrea Daza Tapia Especial para Emen

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char un pie en Barcelona. Bailar salsa: en El Bombón. Comprar un vino con la mejor relación precio-calidad: Paladar d’Estruc, a un costado del Corte Inglés en Plaza Cataluña. Comerse una arepa: en La Taguara, en la calle Rec, cerca del metro Jaume I. Los tres locales abrieron puertas en los últimos nueve meses. Los tres son de venezolanos instalados en Barcelona. Los tres comparten razones para no volver a Venezuela: la inseguridad que crece en paralelo a la revolución del presidente Hugo Chávez. La tortilla española se dio la vuelta. Hay más venezolanos en España que españoles en Venezuela. Según cifras de la Secretaría de Estado de España, los españoles residenciados en Venezuela suman 139.830. En cambio, los números del Consulado de Venezuela en Barcelona indican que en toda España viven 153.851 venezolanos de nacimiento, pero registrados como italianos, españoles o portugueses. El retorno del hijo pródigo se hace estadística y 32.131 de ellos viven en Cataluña.

“España subvalora su segmento de población con mayor potencial emprendedor, los inmigrantes” Yancy Vaillant

Prof. Universidad Autónoma de Barcelona

¿Cómo es el éxodo de la República Bolivariana de Venezuela? Se trata de una inmigración forzada, de un país cuya tradición fue recibirgenteparadarlesacogida.Y no al contrario: estudiantes que “estudian” todos los escenarios para quedarse. Venden sus carros y viven con el tipo de cambio Cadivi.Objetivo:noestarenVenezuela. Alternativa: invertir en educación. La Barcelona la libre Mariana Socorro tiene 29 años de edad. Vino de Venezuela con una licenciatura en Comunicación

Social. En total tiene 4 años en Barcelona -vino, regresó a Caracas y volvió-. Ha cursado tres maestrías: reportaje para televisión, realización audiovisual y criminalística. Antes de montar su vinoteca, en el callejón de la calle Estruc: Paladar d’Estruc, el trabajo más “serio” que tuvo fue en un preescolar. Le pagaban en negro. No tiene más nacionalidad que la venezolana. Shadia Antakly tiene 34 años de edad. Vivió en Boston, Caracas y California. Es directora de fotografía y tiene dos años y medio en Barcelona. En Venezuela vivía con Mariana. Juntas decidieron cruzar el Atlántico. “Estábamos en un país donde no podíamos ser libres”, dice Socorro. Ambas coinciden en que la vida en Caracas era cuesta arriba. Para Antaklyla“paranoiadelainseguridad”fuedeterminante:“Dosmujeres solas es demasiado riesgo”. La vida en Barcelona resultaba lo contrario: tranquila y libre, aunque profesionalmente estancada. Socorro sacó cuentas: “Al final, para estar legal la única manera fue invertir”. Juntasdesarrollaronelconcepto de Paladar: vinos de bodegas alter-

nativas con un toque de arte. Objetivo: no estar en Venezuela. Alternativa: emprender un negocio. El extranjero emprendedor Desde la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), Claudio Mancilla, chileno, ha estudiado el fenómeno del emprendimiento asociado a la inmigración. En su tesis doctoral sostiene que los extranjeros “poseen iniciativa, son capaces de convertirse en emprendedores y proporcionalmente generan más empresas que los nativos de un lugar”. En corto: que un extranjero puede tener más espíritu emprendedor que un español. Acaso como lo tuvieron los españoles que echaron raíces en Venezuela a mediados del siglo XX. Mancilla estudia al colectivo, sin reparar en la nacionalidad: “El hecho de ser emigrante, la necesidad de autorrealización y el costo- oportunidad son factores fundamentales a la hora de emprender un negocio”. Eso, y tener una base económica para comenzar. Aquí, la inversión mínima para obtener un visado de residencia permanente como trabajador autónomo es de 60.000 euros. Yancy Vaillant, profesor del

“Hay gente que hace tres, cuatro masters y vende teléfonos en un comercio” Eduardo Martínez Presidente de Asocaven


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60.000 euros es la inversión mínima para obtener la visa de autónomo.

200

personas acuden diariamente al Consulado de Venezuela en Barcelona.

46%

de las solicitudes están relacionadas con trámites del control de cambio.

Departamento de Economía de la Empresa de la UAB, señala, no obstante, que en América Latina los venezolanos están entre los menos emprendedores de la región: “El petróleo ha maltratado su espíritu emprendedor”. Pero bastan 7.000 kilómetros de distancia para revitalizarlo. Paladar d’Estruc tiene un suelo de madera que recibe elogios de todocliente.LopusoPedroOlivares, un venezolano de 35 años de edad, de Achaguas, estado Apure. Hace 5 años aproximadamente vino de vacaciones con su esposa, que entonces trabajaba como aeromoza de Aeropostal. Con pasaje aéreo gratis pisó España antes de la crisis económica: “Arreglabas papeles en los primeros6meses”,cuenta.“Estabafácil”. Su esposa consiguió trabajo y él pasó de estar en la nómina de Inlaca a repartir publicidad en Barcelona, fregar platos, servir de obrero y tener su propia empresa. Hoy, a pesar de la crisis en el sector inmobiliario, mantiene un grupodeclientesfijosparahacerreformas en general: “La construcción fue lo mejor que me ha pasado”, dice. “Ni en los ocho años que trabajé en empresas allá, en Venezuela, he tenidogananciascomolasdeaquí”.

“No me vine por Chávez” La cónsul general de Venezuela en Barcelona, Marcela Khan, reconoce que a muchos de los venezolanos que están aquí “no les interesa que el Consulado lo sepa”. De ahí que las cifras que maneja sean dispares. Los registros de Barcelona y Madrid, por ejemplo, no están unificados. Sin embargo, en toda España contabilizan 59.786 venezolanos empadronados -sin doble nacionalidad-, y el número de inscritos en el Consulado de Barcelona es de 20.886 personas. Es una cifra que cada día cambia y que incluye a los estudiantes, poblaciónquefluctúaenmediodelas estadísticas. Entre tantas cifras, Khan anota que el repunte empezó a partir de 2006. Justo cuando el presidente Chávez renovó su mandato: “De pronto el registro sumó 2.500 personas”. Alotroladodelmostrador,enLa Taguara, Asier Navascues dice sin parpadear: “No me vine por Chávez”. Tiene 6 años y medio aquí. JuntoconDanielLegorburumontó una “arepería”, que no es la primera de Barcelona, pero de momento la única que se mantiene abierta. Aunque tienen en los venezolanos a un público cautivo,

Navascues sostiene que durante los tres primeros meses el público venezolanonosuperóel30%.Ambos son administradores. Sus esposas son primas hermanas. Y fue un español el que les dio la idea de montar un negocio con el pan por excelencia de Venezuela: la arepa. Para él, el problema va más allá del presidente Chávez: “Me cansé de la sociedad venezolana. Hacía tiempo que no veía las cosas bien”. De montar el negocio, lo más difícil ha sido establecer relaciones con los proveedores. Hay productos que en teoría son 100% venezolanos, pero que ya no vienen de Venezuela, como la Harina PAN, que produce Empresas Polar en Colombia. O la malta, cuyos envases se hacen en Nueva York. El queso lo traen de Madrid: “Ninguno de los productos viene de Venezuela”, lamenta Legorburu. Este es el caso de los venezolanos “retornados”, que ingresaron a España con su pasaporte de la Comunidad Europea. Como dice Navascues:“Volvimosaunpaísen el que nunca vivimos”. Los otros latinos En 1991, un grupo de catalanes que vivieron en Venezuela fundaron la Asociación Catalano-Vene-

zolana (Asocaven). Hoy la dirige Eduardo Martínez, venezolano que ha ido y vuelto dos veces. En 1989 llegó a Barcelona. Se fue en 1996. Y regresó en 2002. Con 400 afiliados, Martínez dice que la migración venezolana tiene un perfil que “no se corresponde con el promedio latinoamericano”. ¿Por qué? “Porque el venezolano tiende a integrarse más rápidamente. Es complicado agruparlos”. Es posible que alrededor de una asociación sea difícil, pero para Karina Maristany esa es una meta que cumple todas las noches desde la barra del Polaroid, en la calle Codols o en la recién inaugurada pista de baile de El Bombón, puntos de encuentro de estudiantes latinoamericanos, con énfasis en los venezolanos.

Maristany tiene 6 años aquí. Estudió, estudió y trabajó: en un bar, de canguro (niñera) y pasante, todo junto hasta que se asoció y pasó a administrar el primer local, el Polaroid. “Queríamos abrir un bar para nosotros, un sitio con referentes de nuestra infancia”. Y ¡kaboom! Nació el bar Polaroid. “También queríamos explotar la cultura latina y hacer un sitio como de los años 70”. Y ¡kaboom! Nació El Bombón. Entre uno y otro, mucho sudor y papeleo. “Aquí no es como en Venezuela. Que pagando San Pedro canta”, dice. Y en su cabeza empiezan a configurarse los fuegos artificiales para otro ¡kaboom! Y un tercer bar. Maristany viene del mundo audiovisual. “Siempre pienso en Venezuela”, dice. “En lo que se medio parapetee el país, los que nos fuimos tenemos el compromiso de volver con todo lo que hemos aprendido”. De momento, cuando algo “güai” pase a ser “chévere”, cuando la jota haga las veces de ese, cuando una tía, se traduzca en una chama: “Vamoj, vale”, y el vosotros en ustedes, es porque hay venezolanos en el ambiente.


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