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Capítulo 4 Jugando a ser detectives No... No... No... Esto no puede estar pasando... No estoy viendo el fantasma de mi difunto ex, que estaba loco de atar, quería matar a todos mis amigos y, quizás, destruir el mundo en el proceso... Y, ah, sí, al que yo misma tuve que matar. ¡Qué triste es que lo menos cierto de eso sea lo del ex! Ariadne agitó la cabeza para abandonar aquel bucle de pensamientos obvios y estúpidos. El fantasma de Colbert seguía sonriéndole, acercándose a ella, por lo que dio un paso hacia atrás, retrocediendo. La luna impactó de lleno en el joven, por lo que se transparentó un poco, casi como si fuera un holograma más que un fantasma. - Estás muerto.

¡Joder, Ariadne! ¿Logras hablar y te sale semejante obviedad? - Bueno...- Colbert hizo un gesto con la cabeza, antes de mirarla con inocencia.- Espero que como tienes eso claro, me perdones el que no tenga un regalo para ti. - Márchate. Déjame en paz. - Tengo que hablar contigo. - ¡No! El corazón de Ariadne había comenzado a latir con fuerza; en su cabeza, un tambor no dejaba de retumbar, lo que acrecentaba la sensación de agobio que estaba experimentando. ¿Por qué Colbert estaba ahí? Bastante la estaba atormentando su muerte en sentido figurado, como para que, encima, lo hiciera también en sentido literal. - No soy Melinda Gordon, no pienso pasarte al otro lado, ¡así que largo! ¡Lárgate! Su aullido resonó por el pasillo, aunque no impresionó a Colbert, que dio un par de pasos en su dirección. Ariadne sintió un nudo en la garganta. No pudo soportarlo más. Echó a correr. Corrió y corrió por todo el internado. Corrió con todas sus fuerzas. Corrió hasta que los pulmones le dolieron de tanta respiración perdida. Acabó frente a la habitación de su tío. Se sintió estúpida. Su tío estaba en el hospital, no podría consolarla en aquella ocasión... Apoyó la frente en la pared del pasillo, colocando las palmas de las manos a ambos lados de su cara, mientras no dejaba de escuchar su irregular y alterado resuello.


Cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas que estuviera sola en mitad del pasillo, que no viera a ningún fantasma y que todo fuera una jugarreta de su mente.

Cuando abra los ojos, Colbert no estará. Cuando abra los ojos, Colbert no estará. Cuando abra... Sintió una mano en el hombro y estuvo a punto de gritar, aunque lo único que hizo fue apretar todavía más sus párpados. No obstante, no tardó en pensar que los fantasmas no podían tocar, por lo que se calmó y abrió los ojos para encontrarse con Álvaro Torres. Llevaba su dorado cabello completamente desordenado, le caía por los ojos con mucha gracia; vestía una camiseta blanca que se le ajustaba perfectamente al fibroso pecho, además de unos pantalones cortos negros. Álvaro pestañeó un par de veces, visiblemente confuso, mientras le acariciaba la cara. - ¿Qué pasa, Ariadne? - preguntó, preocupado.- ¿Estás bien? - He tenido una pesadilla - improvisó. La expresión de Álvaro no daba lugar a dudas: no la creía. La guió hasta el dormitorio que estaba utilizando, el que pertenecía a su tío. Sintió una punzada de dolor al ver aquella especie de invasión, pero luego recordó que Álvaro sólo estaba intentando ayudar y logró que aquella extraña sensación de pérdida y traición cesase. Se acomodó en la cama, tal y como el hombre le indicó, mientras él arrastraba la silla del escritorio para que estuvieran frente a frente.

Me mira como si fuera una bomba. Qué mono. Álvaro se pasó ambas manos por el pelo, echándoselo hacia atrás, aunque unos cuantos mechones volvieron a caer sobre sus ojos. Ariadne pensó que muchas mujeres matarían por estar en su lugar, Álvaro era un maldito anuncio de Tommy Hilfiger andante. A ella nunca le habían gustado los rubios, ni los que eran excesivamente guapos... Prefería los larguiruchos de pelo rebelde y un serio problema de personalidad porque eran egocéntricos y molestos y listos y... ¿Pero qué hacía pensando en eso? ¿Tenía acaso derecho? No, no lo tenía. Ella ya había vivido una gran historia, aunque fuera una gran mentira, y la había terminado por las bravas, traicionando todas sus creencias. - Nunca sé qué pasa por esa cabecita tuya - suspiró Álvaro. - No te pierdes nada, de verdad. Tonterías muy grandes. - Oye... Sé que no soy Felipe, que no te conozco demasiado bien, pero...- el hombre apretó los labios un instante, como si tuviera miedo de decirlo.- Soy el único que ha pasado por


lo mismo que tú. Sé lo que sientes y sé que no estás bien - suspiró, agitando la cabeza de un lado a otro.- Mira, siento ser tan franco, pero los dos sabemos que tú lo prefieres. Me estoy partiendo los cuernos por ayudar y no quiero que explotes estando el Consejo delante. - No explotaré. Me sé controlar. - No te has visto antes... - Ha sido un momento de debilidad - reconoció, retirándose el pelo de la cara.- Eso ha sido todo. Digamos que me he encontrado frente a frente con viejos fantasmas y he reaccionado mal. No volverá a pasar. - Un día vas a tener que asumir lo sucedido - le dijo, cogiéndole la mano.- Un día vas a tener que perdonarte. Puede que las juergas que te estás corriendo te ayuden. Sin embargo, no es una solución a largo plazo. Todo lo contrario. - ¿Sabes? Deberías fundar un grupo con Deker y hablar sobre el tema - se puso en pie, apretando los puños para no encenderse y empezar una discusión.- Estáis obsesionados. Quizás, los que tenéis el problema sois vosotros. Yo estoy bien. Estudio, estoy con mis amigos, cumplo mi papel y ahora bordaré los exámenes y organizaré una función perfectamente. Hago todo lo que queréis que haga y no sé qué más he de hacer para que creáis de una vez que estoy bien. - Quizás creértelo tú misma. Para empezar. - Me voy a la cama. Estoy cansada. Fue hasta su habitación, donde se desplomó en la cama y se quedó mirando al techo. De alguna manera, lo sintió, sabía que Colbert estaba a su lado flotando o lo que fuera que hicieran los fantasmas en realidad. - Son muy graciosos - dijo el joven.- ¿Cómo pretenden que no finjas y mientas si ellos lo llevan haciendo contigo desde que eres pequeña?

 - ¿Crees que es una buena idea? Jero asintió con un gesto, por lo que ella se encogió de hombros. Seguía sin estar muy convencida de que irrumpir en la habitación de Ariadne era una buena idea. No estaba muy segura si se iba a encontrar con la ira implacable de la chica o si iban a acabar sufriendo las consecuencias de una especie de golpe de kárate. Su amigo gesticuló sin hacer ruido alguno, contando hasta tres. Cuando llegaron al final de la cuenta, Jero abrió la puerta del dormitorio y los dos gritaron: - ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!


Ante el berrido, Ariadne se incorporó, mirando en derredor, complemente sorprendida. Le costó un momento reaccionar, poniendo los ojos en blanco, antes de dejarse caer sobre el colchón de nuevo, llevándose una mano al pecho. - En mi epitafio quiero que pongan: la palmó a los dieciséis años porque los cabrones de sus amigos adoran provocar infartos - les miró fijamente, sin moverse, a excepción del dedo que alzó.- Que sepáis que regresaré como fantasma para tocaros las narices. Y los tres sabemos que Jero ni siquiera soporta las historias de terror. - Eso no es cierto - protestó el aludido. - Te viniste aquí a dormir el día que dimos a Poe en literatura. - ¡Ey, era nuestro secreto! - el chico frunció el ceño, aunque enseguida se le pasó para sentarse de un salto a los pies de la cama; le tendió un paquete, mientras canturreaba.- Feliz, feliz cumpleaños, a ti, a tú... - Gracias - sonrió Ariadne con suavidad. Con mucha gracia, deshizo el lazo rojo que rodeaba el paquete.- ¿Y cómo que estáis por aquí? - Mi padre nos ha traído. Está desayunando con Álvaro. Por suerte, habían hecho las paces aquel mismo día, aunque Tania seguía dolida por no haber sabido la verdad sobre su madre antes. En aquellos momentos más que nunca, sentía que su madre era una completa desconocida y aquello no le gustaba nada. Le había preguntado a su padre, pero, claro, Mateo tampoco era un ladrón y no sabía demasiado. No obstante, era el cumpleaños de Ariadne, acababa de cumplir los dieciséis y era su día, así que se limitó a darle el regalo y disfrutar de la mañana junto a sus amigos. Su plan no duró mucho. Como a los veinte minutos, Ariadne acabó resoplando. - Vale, no lo soporto más - dijo retirándose el pelo de la cara con ambas manos, mientras clavaba la mirada en ella.- ¿Pero se puede saber qué te pasa? No había visto esa cara de agobio desde... Ni siquiera recuerdo haberte visto así. Mujer, si parece que Risto Mejide te va a dar los resultados de tu actuación más horrible en Operación triunfo. - No pasa nada - se encogió de hombros. - Odio cuando insultáis mi inteligencia - insistió, muy categórica.- A ver, en primer lugar, soy extraordinariamente inteligente y avispada. En segundo lugar, te conozco. En tercer lugar, ¿de verdad te crees que me puedes engañar? - ¿No podías haber dicho eso directamente? - quiso saber Jero. - Me gusta recordaros lo lista que soy. - Engreída.


- Envidioso. - Vale, vale, no empecéis a discutir - se apresuró a decir, poniendo los ojos en blanco.¿Siempre que habláis tenéis que acabar como el perro y el gato? - vio que sus amigos abrían la boca, por lo que se adelantó.- No me respondáis, anda...- suspiró.- Ayer hablé con mi padre y, resumiendo, mi madre era una ladrona y robó la caja de Perrault, por eso la tenía - hizo una mueca.- ¡Ah, se me olvidaba! No murió en un accidente, la asesinaron. Ariadne soltó un silbido, impresionada. - ¿Sabes qué es lo peor del caso? - prosiguió Tania, rodeando sus rodillas con los brazos.Siempre he echado de menos a mi madre, pero antes, al menos, tenía una idea de cómo era. Ahora ya no tengo ni eso. No conozco nada de mi madre...- hizo una pausa, mirando a su amiga.- He estado pensando que, quizás, puedas echarme una mano. No sé, eres una ladrona y tu tío es el rey, así que... No sé, a lo mejor la conocía. - Primero tengo que investigar a tu padre, ahora a tu madre... ¿Qué va a ser lo próximo: una tía de Cuenca muy misteriosa? - soltó Ariadne, antes de hacer una mueca. Acabó cerrando los ojos y presionando con los dedos el puente de la nariz.- Perdona. Mi simpatía habitual... - Estamos acostumbrados - le sonrió Jero. Los dos comenzaron a hacerse burla, por lo que Tania no pudo reprimir una sonrisa. Si es que eran como dos niños pequeños... Entonces Ariadne volvió a mirarla, añadiendo con petulancia: - Y, como de costumbre, tengo un plan.

 - ¿Y le contaste todo? Ante su pregunta, Mateo movió la cabeza de un lado a otro. Estaba recostado en una de las sillas tapizadas que había junto al escritorio, por lo que estaba frente a la ventana; el sol entraba radiante aquella mañana, arrancando destellos miel del cabello castaño de Mateo. Tenía un aspecto bastante particular, casi como de visión, al estar envuelto por esa luz tan diáfana, como si tuviera un aureola a su alrededor. - No pude contarle demasiado. Tan solo que Elena era una ladrona y que, por algún motivo que ni siquiera a día de hoy sé, se empeñó en reunirse con el Zorro plateado - hizo una pausa, durante la cual sus ojos se tiñeron de melancolía.- Y luego ya no volví a verla con vida. - ¿Se enfadó mucho? - Parecía sacada de una serie de adolescentes.


Él, que había estado paseando de un lado a otro, se detuvo para acercarse a su amigo. Le colocó una mano en el hombro, cerrando un poco los dedos para transmitirle su apoyo. - Siempre he creído que hiciste lo correcto al no decirle nada. - Nunca nos habíamos peleado. - Alguna vez tendría que ser la primera - se encogió de hombros para quitarle hierro al asunto; rodeó a Mateo para poder sentarse en el escritorio que tenía que utilizar como don Álvaro Navarro, hermano díscolo del respetable director.- Además, Tania es buena chica, razonable. Seguro que ya habéis hecho las paces. - ¿Problemas con Ariadne Navarro? - Mateo enarcó una ceja, sonriendo un poco; de pronto, Álvaro sintió que se transportaban a su juventud, cuando se contaban sus penas de amor en cualquier pub con una jarra de cerveza entre las manos. - No sé qué piensa, cómo es... - Eso ocurre con cualquier adolescente - apuntó su amigo. - Ya, pero Ariadne es impredecible - suspiró, agitando la cabeza.- Si me dejara hablar con ella, creo que podría ayudarla, pero... Esto se me da fatal. Soy el divertido tío Álvaro, el que siempre regala cosas y cuyo consejo más sabio es “cuando salgas de copas sin un duro, tómate un chupito de absenta”. - ¡Qué cosas más prácticas le enseñas a mi hija! Justo en aquel momento, alguien llamó a la puerta y la rubia cabecita de Tania no tardó en asomar por la entrada. Al comprobar que estaban solos, entró en el despacho, mirándolos como si tuviera algo en mente. - Me gustaría pediros algo - dijo, humedeciéndose los labios.- ¿Podríamos ir a dar una vuelta y, de paso, hablamos de mi madre? - A mí me parece una buena idea - asintió Mateo. - Creo que yo no debería ir...- comenzó a decir Álvaro. Sin embargo, tanto padre como hija insistieron en que era parte de la familia y que debía acompañarles. Mientras bajaban las escaleras hacia los terrenos, no dejó de pensar en lo gracioso del asunto. Tenía su propia familia, incluso mantenía una relación buena y fluida con todos, pero no era un hombre familiar; por mucho que apreciara a sus hermanos y tíos, nunca se había sentido del todo a gusto, como si aquel no fuera su lugar. Pero a lo largo de su vida había ido encontrando personas que había considerado su familia, a pesar de no tener lazos consanguíneos entre ellos.

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A su alrededor, sus compañeros novatos parecían impresionados o asustados. Él no lo estaba. No era la primera vez que estaba en la Complutense; por otro lado, llevaba robando desde los quince años por todo el mundo, así que enfrentarse a su primer día de clase no le resultaba tan aterrador como a los demás. Más miedo le daba compaginar la carrera con su trabajo como ladrón, pero se había empeñado en licenciarse en derecho y no iba a renunciar. Por suerte, él no tenía ningún problema como sí lo tenía su mejor amigo, Felipe. El pobre Felipe apenas podía decidir nada sólo por ser príncipe heredero. Menuda putada. Él, en cambio, pertenecía a una extensa familia de ladrones mayordomos, por lo que podía tener una vida paralela normal. Estaba seguro que ser un respetable abogado era la mejor tapadera. Tras la primera jornada de clases, salió del aula sin hacer demasiado caso a los demás, ya que no se sentía muy sociable. Había acordado llamar a Felipe para contarle absolutamente todo, aunque no iba a tener nada demasiado interesante que contar. Y, entonces, sí que se topó con algo reseñable. Ante él, una chica muy, muy enfadada abofeteó sin compasión a un joven, antes de marcharse corriendo. El joven era alto, flaco, de revuelto pelo castaño y aspecto desastroso, aunque había algo en él que le hacía agradable a la vista. Se estaba frotando la mejilla herida, cuando reparó en él. Álvaro le dedicó su mejor cara de circunstancias, esperando no ofenderle por estar en el lugar menos indicado en el momento menos apropiado. - Chicas, ¿quién las entiende? - le sonrió el chico. - Yo sólo entiendo a una - se encogió de hombros, pensando en su mejor amiga. - Qué afortunado - entonces el joven le miró de pies a cabeza, dedicándole después una sonrisilla cómplice.- De primero, ¿eh? ¿Tienes al Hueso en Derecho romano? - y antes de que Álvaro pudiera responder, le pasó un brazo por los hombros, añadiendo.- Me llamo Mateo Esparza, por cierto. ¿Y tú?

 - Entonces, mamá era una ladrona - recapituló Tania, sacándolo de su ensoñación.- ¿Y la conocías? - le preguntó.- Me refiero como ladrones. Si os conocíais antes de que mamá saliera con papá y... No sé si me explico - la chica hizo una mueca. - No sé si sabes que los ladrones no nos conocemos todos...


- A excepción del rey, sólo conocéis a unos pocos fuera de vuestro ámbito familiar - le interrumpió, sonriendo con suficiencia después.- Escucho cuando Ariadne habla y, lo poco que le entiendo, lo suelo recordar - se encogió de hombros.- Es por cuestión de seguridad. - Bien - asintió él. - ¿Mamá era una de esas pocas personas? - Conocí a tu madre en Barcelona, ¿recuerdas? - intervino Mateo; en cuanto su hija asintió con un gesto, él prosiguió.- Yo estaba trabajando, era mi primer empleo. Bueno, pues aquí el amigo estaba cursando tercero en la Autónoma... - Yo pensaba que habías estudiado en Madrid. - Empecé en Madrid, le siguió un curso en Oxford, otro en Barcelona y ya después hice el resto en Madrid - le explicó, encogiéndose de hombros.- Tuve que cambiar de universidad esos dos años para hacer un trabajo. Un timo que me costó casi un año llevarlo a cabo y un robo que fue bastante complejo. Después, regresé a Madrid y me quedé ahí - clavó su mirada en Mateo, que estaba concentrado en su hija.- Tenía buenos amigos ahí. - Mis padres - sonrió Tania, asintiendo. Su expresión se quedó congelada unos segundos, antes de fruncir el ceño.- ¿Estuviste robando con mi madre? - Lo había dejado - respondió. - Cuando conocí a tu madre, ya no robaba - añadió Mateo.- Nunca pude verla en acción, aunque... Bueno, un ladrón es un ladrón siempre, aunque no ejerza - pasó un brazo por los delicados hombros de Tania, atrayéndola hacia él.- Tu madre no quería que fueras criada como una ladrona y yo tampoco. - Eso es verdad - asintió Álvaro. - ¿Y fue gracias a mamá que descubriste que Álvaro era una ladrón? Mateo compartió una mirada con él y supo que ambos dos estaban recordando el mismo día, el día en que algo cambió entre ellos y se volvieron más íntimos.

 Mateo seguía de pie, fijo, estático, como una estatua. Tras echarle un vistazo a su amigo, se concentró en su reloj. Era más un acto mecánico que otra cosa, pues no necesitaba mirar la hora para saber que era tarde. El sol se había puesto hacía un rato y hacía un frío que se adentraba en su cuerpo hasta llegar al tétano. Estaba siendo un noviembre especialmente gélido.


Acabó haciendo de tripas corazón y se acercó a su amigo, colocándose a su lado, muy cerca. Sus brazos se tocaron. - Tenemos que irnos, Mateo. Pero Mateo no respondió, siguió mirando la tierra removida donde, dentro de un par de días, habría una lápida con el nombre de Elena Rivas. Hacía una semana que la pobre Elena había aparecido muerta en un callejón, por lo que su amigo y él se habían visto envueltos en una extraña vorágine de entrevistas con la policía, esperas, llantos, desesperación... Mateo apenas había hablado en esa semana. Mateo ni siquiera le había mirado en esa semana... ... Hasta ese preciso momento. Álvaro estuvo a punto de dar un paso hacia atrás, impresionado por la mirada tan vacía de su amigo. Nunca había visto unos ojos tan muertos. - ¿Sabías lo que era? También había sabido que ese momento llegaría. Elena siempre había sido sincera con Mateo, lo que había hecho que Álvaro comprendiera cuánto lo amaba. La gente como Elena y como él mismo siempre andaban con mentiras, actuando, timando, por eso, cuando se era sincero, era porque esa otra persona te importaba. Precisamente por eso mismo respondió: - Yo también soy un ladrón.

 En aquella ocasión no le contó todo lo que le hubiera gustado, al fin y al cabo lo secretos que guardaba no eran sólo suyos. Por suerte, Mateo lo entendió, seguramente porque le ayudó a comprender un poco mejor a Elena. Elena... No podía creerse que dieciséis años más tarde la seguía añorando tanto. Por suerte, la curiosidad de Tania, materializada en un millar de preguntas, acudió a su rescate una vez más. Tania les miró alternativamente, hasta que ellos dos comenzaron a contarle todo: cómo era su madre, algunos de sus trabajos, incluso cuando robó las Damas con Felipe... Mientras le relataba esa última parte, tuvo que contener más de un suspiro, pues todavía no podía hacerse a la idea de que Felipe estaba ingresado en un hospital, en coma. Elena, Felipe, Mateo... ¿Por qué todos sus amigos acababan tan mal? ¿Por qué todos se empeñaban en meterse en problemas de tal manera que él no podía ayudarles?


De hecho, todos ellos sólo le habían metido en más líos al dejarle como guardián de algunos de sus secretos más importantes. Luego, claro, estaban los suyos propios... Dieciséis años más tarde aún guardaba secretos que Mateo no conocía.

 En cuanto Tania sacó del despacho a los dos hombres, Ariadne tuvo que retener a Jero un instante, antes de que pudieran acercarse a la puerta. Después, no le llevó ni un segundo el abrirla con una ganzúa; empujó a su amigo al interior, siguiéndole ella mientras volvía a cerrar la puerta con delicadeza. - ¡Qué rápida eres! - exclamó el chico.- Aunque... Jolín, menudo empujón. - No seas nenaza, anda - suspiró, yendo directa al escritorio; se acomodó en la silla para poder registrar los cajones, mientras decía.- Y, por cierto, ¿jolín? - se incorporó un momento, cruzando una mirada con él.- Pasas demasiado tiempo con Tania, ¿te has dado cuenta? - Avísame cuando llegue a “jopetas” y voy al médico, lo prometo. Terminó de indagar en el último cajón. Nada. Se puso en pie para registrar la estantería, apartando los libros para ver si había algo detrás de ellos. Mientras tanto, veía por el rabillo del ojo que Jero se estaba paseando por el despacho, curioseando un poco. - ¿Qué? ¿Demasiado cansado como para ayudar? No te preocupes, ¿eh? - dijo, sarcástica, al mismo tiempo que señalaba el sofá como si fuera la azafata de un concurso de televisión.- Pues nada, querido, túmbate y ahora te traigo una cerveza. Por cierto, amor, he hecho rosbif con patatas asadas para cenar, ¿te parece bien? Le dedicó una sonrisa radiante. Jero exhaló un suspiro, antes de ponerse a dar la vuelta a los cuadros que colgaban de las paredes: unas láminas de Van Gogh, unas cuantas fotografías del profesorado del Bécquer... Ella siguió apartando libros de la estantería en busca de una maldita caja fuerte. - ¿No me podías haber dicho que te ayudara sin más? - Hubiera sido más práctico, sí, pero soy de naturaleza sarcástica - terminó de mirar en la estantería, así que se agachó para observar el suelo.- De todas maneras, fuiste tú quien se empeñó en acompañarme... Lo que, todo sea dicho, me ha sorprendido bastante. Curiosamente, Jero volvió a suspirar. Apoyó la frente en el cristal del marco donde su tío tenía colocado el doctorado en psicología de Oxford. Se quedó quieta, frunciendo un poco el ceño. Su amigo no era lacónico o dramático, no solía suspirar, sino parlotear y reír y revolotear alrededor de todo el mundo.


Se retiró el pelo de la cara, sentándose en el escritorio sin despegar la mirada de Jero, que seguía callado en aquella posición deprimente. - ¿Me vas a contar lo que te pasa? - Nada nuevo, en realidad - se encogió de hombros sin volverse.- Sólo el mismo patético de siempre. Soy como el de la película, un pagafantas. - No eres patético. - Me gusta la compasión tan poco como a ti. - Lo sé - asintió, acercándose a él para colocarle una mano en el hombro.- Lo he dicho en serio. A veces eres de un simple que asusta y nunca te paras a pensar, pero no eres patético. Eres bueno y divertido y leal... Eres alguien en quien confiar - le obligó a mirarla, enarcando una ceja antes de añadir.- Cuando quieras me paras, ¿eh? Me siento rara diciéndote las cosas buenas que pienso de ti en vez de llamándote cabezahueca o algo así. - Anoche el padre de Tania habló conmigo. - ¿Te amenazó de muerte? - Me dijo que le recordaba a él porque él también quería más a su esposa que ella a él - el chico hizo una pausa, recostándose en la pared.- No me había detenido a pensar en eso, ¿sabes? No sé, siempre lo he visto como algo improbable, pero... Gracias al señor Esparza me parece algo que sí puedo obtener, pero... Algo triste - se encogió de hombros.- No sé, siempre he pensado que estaría con una chica que me quisiera tanto como yo a ella, pero quizás es mera cursilería, un estúpido sueño que jamás será real. Ariadne echó la cabeza hacia atrás, esforzándose por no perder el control. Todo aquel monólogo de Jero le trajo recuerdos que quería enterrar en la parte más perdida de su mente. Le ayudó mucho verlo tan triste, tan perdido. - ¡Bienvenido al diario de Ariadne, tu mejor consultorio amoroso! - Sé que te pones chistosa cuando no controlas la situación. - Es que no creo que sea nadie para dar consejos - suspiró.- De todos modos...- ladeó un momento la cabeza, pensativa.- Creo que debes hacer lo necesario para ser feliz. Si crees que lo vas a ser estando con Tania, aunque ella no te quiera igual, adelante. Si crees que nunca lo serías en esa situación, haz todo lo posible por evitarla. - Claro, es tan fácil evitar lo que se siente... - Pero se pueden controlar tus acciones - se encogió de hombros. Se sentía muy rara hablando de aquellos temas, incluso violenta. Hizo de tripas corazón y, sintiéndose una tertuliana de un programa de cotilleos, añadió.- De todas maneras, Tania no es su madre. Su madre era una ladrona y no vemos las cosas de la misma forma, ¿entiendes?


- No me mira como a él. - No le hieres como él. - Si sufre por él es por algún motivo... - ¿Podríamos dejar de decirle “él”? - preguntó de pronto, haciendo una mueca.- Es raro. Es como si Tania tuviera sentimientos por Voldemort y eso es espeluznante. - El que no puede ser nombrado es otro, a decir verdad. - Estáis siendo demasiado duros con él - estuvo a punto de taparse los labios con la mano de pura sorpresa, ¿cómo había acabado defendiendo a Deker sin ni siquiera pensarlo? Aún así, decidió que era lo justo, así que prosiguió.- Sé que vendió a Tania y no es algo bonito, pero... No sabéis lo que es pertenecer a una familia con tantas responsabilidades. No sabéis lo que es la presión que se sufre, el que tantas cosas dependan de ti... No lo hizo con maldad. - ¿Ah no? ¿Entonces por qué lo hizo? Ariadne no podía responder a esa pregunta. Se la había hecho meses atrás, pero Deker guardó silencio y no había vuelto a insistir. - Tendría sus razones, ¿por qué no le preguntas? Sé que no lo dirá directamente, pero te echa de menos - le dedicó una breve sonrisa, alargando el brazo para acariciarle el suyo.- Sólo habla con él, dale una oportunidad. - Vendió a Tania. - Y arriesgó su vida para salvarme a mí. Los dos se miraron un instante, tensos, aunque no tardaron en seguir cada uno a lo suyo y, por eso, Ariadne reemprendió el registro del despacho. Al final, encontró la caja fuerte escondida detrás de una de las placas de madera que cubrían la mitad inferior de las paredes. No le costó abrirla porque conocía las contraseñas que solía emplear su tío. Dentro de la caja fuerte halló un fichero de color verde de tamaño mediano, que también contenía un candado. Tuvo que abrirlo con la ganzúa, encontrándose con un montón de expedientes de ladrones donde apenas le costó localizar el de Elena Rivas. Con la ayuda de su teléfono móvil le sacó una fotografía a todas las páginas y volvió a guardarlo en su sitio para que ni Álvaro ni Gerardo descubrieran aquel favor. - ¿Lo tienes ya? - quiso saber Jero. - Fotografiado como hacen los buenos espías... Se le quebró la voz al darse cuenta de un detalle. Tenía los expedientes de absolutamente todos los ladrones, incluso aquellos que, como Elena Rivas, habían fallecido. Ahí estaban los de sus padres. Sus padres... Normalmente no pensaba en ellos. Bueno, siempre estaban ahí, en su


pensamiento, pero no reparaba demasiado, pues aún recordaba aquella noche fatal como si hubiera sido el día anterior. De hecho, por desgracia, apenas recordaba algo de su familia más allá del fuego y de la horrible visión de los cadáveres de sus padres y hermano. Cerró los ojos, ni siquiera recordaba sus rostros con vida... A excepción del de su padre y se debía únicamente al haber estado dentro de los recuerdos de Felipe. Por eso, rebuscó entre todas las carpetas hasta dar con ellas. Abrió la de su madre la primera de todas, deseando encontrarse con la fotografía de rigor, pero lo que halló provocó que el corazón se le detuviera y que las piernas dejaran de sostenerla. - No puede ser...- musitó. - Ariadne, ¿qué ocurre? - Jero se arrodilló a su lado.- Estás muy pálida. - Aquí dice que mis padres murieron hace doce años - su amigo la miró sin entender, por lo que ella se humedeció los labios y añadió.- No recuerdo mucho antes de vivir con mi tío, pero... Estoy absolutamente segura de que mis padres murieron hace diez años, cuando yo tenía seis años. - ¿Estás segura? - Tenía seis años cuando conocí a Colbert - explicó con un hilo de voz. Estaba tan sorprendida, que apenas sintió la habitual punzada de dolor al pensar en el joven.- Recuerdo aquel día a la perfección y... Se supone que fue unas semanas después de que mis padres murieran. Semanas, no años. - Puede que haya un error. - Hay un error, claro... Pero en mi memoria. Y no sé lo que significa.

 Se llamaba Sterling. Deker Sterling. Como era habitual en él, estaba sentado de cualquier manera en la silla de cuero de su despacho. Era un hombre curioso. Siempre lo había sido, quizás por eso era tan conocido en las calles de Madrid. Había

llegado

hacía

años

con

su

elegante

sombrero

negro,

su

gabardina agitándose detrás de él y aquella sonrisa entre torcida y socarrona que hacía las delicias de cualquier muchacha que se cruzase en su camino. Hijo de un inglés y una española hablaba ambas lenguas con maestría, a pesar de haberse criado en la pérfida Albión. Quizás, debido a su educación inglesa, era tan famoso y gozaba de su fama de ser el mejor detective de todo Madrid y, seguramente, toda España.


Aquel día, Sterling estaba aburrido. Hacía semanas que no recibía ningún encargo que le estimulara y, por eso, estaba más irascible de lo habitual. Desde mi mesa, lo observaba resoplar mientras tiraba una carta tras otra sobre su escritorio. Temía que fuera a descargar su frustración sobre mí, cuando la puerta del despacho se abrió y, entonces, entró la mujer.

 Tras leer el expediente de su madre, que Ariadne había descargado en su portátil, Tania se quedó dormida nada más rozar la almohada. Se sentía satisfecha pues, aunque fuera sólo un poco, se sentía más cercana a su madre al conocer ciertos detalles de su vida: sus habilidades, su nombre en clave (La reina blanca) y conocer que, en realidad, se llamaba Elena Fiztpatrick y era originaria de Boston, aunque descendía de una familia irlandesa. Decidió acostarse pronto porque, al día siguiente, comenzaría la semana infernal de los exámenes de final de trimestre y quería estar fresca. Sin embargo, de repente, sintió que la piel se le erizaba y algo a su alrededor se agitaba, por lo que se vio arrancada violentamente de los brazos de Morfeo. Algo confusa, se frotó los ojos con las manos, antes de mirar en derredor... Y quedarse anonadada.

Debo de estar soñando todavía... Ella, que llevaba un pijama que consistía en una camiseta púrpura con un corazón rosa, que hacía juego con el tono del pantalón, ya no estaba en su dormitorio. Estaba en una especie de despacho donde había dos escritorios con sus respectivas sillas, uno frente a otro. Ambos estaban desornados, aunque sólo en uno de ellos había una máquina de escribir de aspecto antiguo. También había un ventana y, al lado, un perchero de pie donde había dos gabardinas y dos sombreros. Además, en una de las mesas estaba Deker Sterling repantigado. Llevaba el pelo con raya a un lado peinado hacia atrás y vestía de una forma... Curiosa. Sobre una camisa blanca, se había puesto una corbata y, además, llevaba un pantalón del mismo negro que la chaqueta que descansaba en el respaldo de la silla. Sobre el los hombros llevaba algo de cuero... ¿Era la funda de un arma? En la otra, ocupado en unos papeles, estaba Jero con el pelo engominado hacia atrás, un cigarro entre los labios y con ropa del mismo estilo, aunque en vez de la extraña funda, llevaba unos tirantes sujetos a los pantalones.


Lo más impresionante de todo es que, a excepción de ella, el resto estaba en blanco y negro, como si estuviera en una película antigua.

¿Pero qué está pasando? - ¿Se puede saber qué broma me estáis gastando? Sus dos amigos la ignoraron, lo que hizo que suspirara. Una de dos: o estaba en el sueño más extraño de su vida o le estaban gastando la broma más pesada de la historia con ayuda de uno de los extraños Objetos que había guardados bajo el internado. - Chicos... La puerta se abrió y Jero se volvió, sonrojándose al instante. Tania se sorprendió al verlo así, por lo que se giró y vio como la profesora Duarte entraba agitando las caderas de tal manera que, más que andar, parecía que estaba haciendo una especie de danza para atraer la atención de cualquier hombre y seducirlo con aquel cuerpo de infarto. A su pesar, Tania tuvo que admitir que era impresionante. Llevaba un elegante traje de chaqueta y falda de tubo, que debería hacerle parecer una bibliotecaria anodina y, en vez de eso, parecía la actriz más guapa y sensual del planeta tierra. De hecho, todo en ella parecía perfecto. El rubio cabello peinado en marcadas ondas y retirado del rostro con horquillas, sus pantorrillas cubiertas con delicadas medias... Y luego estaba ella en pijama y con el pelo revuelto. No le extrañaba que Jero siguiera boquiabierto, aunque eso no hacía que las ganas de abofetearle desaparecieran. - ¿Quieres dejar de mirarla así, pervertido? - gruñó. Volvieron a ignorarla. De hecho, Jero se apresuró en recibir a la recién llegada que, sin embargo, pasó de largo para acercarse a Deker; se sentó frente a él, aunque el joven seguía ocupado jugando con naipes. Al final, despegó la mirada de las cartas y enarcó una ceja, torciendo su sonrisa, aunque parecía más vacilón que lujurioso, no como otros...

Maldito Jero... - Es usted el detective Sterling, ¿verdad? La profesora Duarte no pronunció la s líquida, sino que lo hizo como ella lo hacía en las clases de inglés, como si antes llevara una “e”. Pensó que la profesora León le hubiera echado una bronca de mucho cuidado... ¿Por qué no estaban las profesoras cuando eran necesarias? - ¿Y usted es? - Valeria Duarte - tras quitarse un guante, le ofreció la delicada mano, que Deker cogió con sumo cuidado para besarla, sonriéndole.- Necesito su ayuda, señor Sterling.


- Ya me imagino. Las señoritas de buena reputación no suelen pasearse por mi humilde despacho, a no ser que necesiten solicitar mis servicios - sus labios de torcieron un poco más, antes de que Deker cogiera la cajetilla de tabaco del escritorio y se la tendiera. Cuando ella la rechazó, él sacó un cigarro, dio varios golpecitos con él en la mesa y se lo llevó a sus labios para encenderlo, sin quitarle el ojo de encima.- ¿Y en qué puedo ayudarle, señorita? - Señora - aclaró, mostrándole la otra mano donde había una alianza. - ¿Es eso relevante? - Desde luego - asintió, antes de rebuscar en el minúsculo bolso que tenía entre las manos y sacar una fotografía.- Le presento a mi marido, Felipe Navarro - Deker aceptó la imagen y se concentró en ella, mientras la profesora Duarte seguía hablando.- Lleva dos días desaparecido y la policía no me toma en serio. Quiero que le encuentre. - ¿Felipe Navarro? - Deker frunció un poco el ceño, apretando el cigarro con sus labios un instante, antes de darle una calada y sostenerlo entre los dedos.- Ese nombre me suena. - Mi marido es uno de los catedráticos más importantes del país. - Un rojo reconocido. La policía no se molestará en ayudarle... - Ya lo sé - le interrumpió la profesora con impaciencia; hizo un gesto desdeñoso con la mano, antes de clavar su dura mirada en él.- Pero usted lo hará. Tanto mi familia como mi marido tienen dinero, señor Sterling, no repare en gastos, pero encuentre a mi marido. - ¿Sabe una cosa, señora? Acaba de convencerme - le dedicó una sonrisa. Después, miró por encima de ella para intercambiar un gesto con Jero, que había asistido a la conversación en silencio, pero con visible interés.- Sanz, tenemos caso nuevo.

En blanco y negro: Capítulo 4  

Es el dieciséis cumpleaños de Ariadne y la chica debe lidiar con la visita de alguien a quien esperaba no volver a ver. Además, debido a las...