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Capítulo 38 La motivación adecuada Un relámpago iluminó todo Londres segundos antes de que un potente trueno resonara por sus calles. Fue entonces cuando empezó a llover. Tim, recostado contra la ventana, sintió una especie de desasosiego. El aguacero caía sin compasión sobre las cuatro personas que acababan de dejar su casa y que estaban esperando en la acera a que Álvaro se decantara por un coche que robar para poder ir a la torre Benavente. - Esto no está bien. Es una mala señal... Había sido Clementine quién había hablado, aunque en parte ponía voz a su propia inquietud. Era como si supiera que las cosas no iban a ir tan bien como habían augurado los demás. Sin embargo, se guardó para sí aquel pálpito, no era cuestión de asustar a las dos chicas que se habían quedado a su cuidado. - Jego debería haberse quedado aquí - prosiguió Clementine. - Estará bien. No te preocupes - dijo él, fingiendo una seguridad que no sentía. - Sólo es un chico normal... Tim entendía a la joven, sobre todo porque él pensaba lo mismo. Jero debería haberse quedado allí, con ellos que no eran ni ladrones ni asesinos ni nada útil en una misión de rescate como aquella. No obstante, Jero había insistido tanto que, al final, Álvaro y Felipe accedieron a que les acompañara, aunque le hicieron jurar que se quedaría cerca de ellos y les obedecería en todo momento. - Todo saldrá bien. No os preocupéis ninguna de las dos. Se fijó en Hanna, que permanecía callada, sentada en la mesa que había junto a él, donde estaba haciendo los deberes. La niña alzó la cabeza para mirarle con serenidad, aunque también con preocupación. - Todo sería más fácil si pudiera hacer algo útil. - Una niña no puede hacer nada útil - comentó Clementine. - Yo soy una niña. ¿Y cuál es tu excusa? Además de que eres una inútil, claro. Las dos se fulminaron, como si fueran a enzarzarse en una pelea, por lo que Tim suspiró. Desde el momento en que había regresado a casa junto a Hanna, las dos chicas no se habían gustado y cada vez se llevaban peor. - Peleándonos no vamos a lograr nada - les recordó.


- Tienes razón, Tim... Chérie - asintió Clementine pestañeando, ¿se le habría metido algo en el ojo? Se deslizó hasta el extremo del sofá, jugueteando con uno de sus rizos rojos; también estiró los labios de forma encantadora, mientras volvía la mirada hacia Hanna.- Además, si debemos hacer de canguros, mejor echarle paciencia, ¿no? Hanna puso los ojos en blanco, antes de hacer una mueca. Desde luego, iba a ser un día muy largo.

 Con una facilidad pasmosa, Felipe abrió un coche cualquiera y le hizo un puente para que ellos cuatro pudieran dirigirse hacia la torre Benavente. Los tres adultos permanecían en silencio, seguramente cada uno perdido entre sus propios pensamientos: Felipe parecía tenso, sin apenas moverse, mientras contemplaba la lluvia con gesto ausente; Álvaro, que conducía, no dejaba de pasear la mirada por ellos tres, preocupado; Kenneth no dejaba de frotarse las manos, distraído, y de colocarse las gafas en su sitio. Y luego estaba él, que se había sentado junto a Kenneth y que estaba acojonado, aunque intentaba que los demás no lo notaran. Al fin y al cabo, había sido él quien había insistido en que les iba a acompañar. Había viajado hasta Londres para ayudar a Deker, así que ahora que sabía dónde se encontraban sus amigos, no se iba a quedar tan pancho en el piso de Tim. - ¿Y cuál es el plan? - preguntó entonces.- Antes no habéis dicho nada. Álvaro y Felipe compartieron una mirada. - En realidad, es algo muy sencillo. Vamos, les damos hasta en el carné de identidad y rescatamos a Ariadne y Deker - explicó el primero. Jero no añadió nada más, aunque le parecía algo demasiado fácil. Nunca había estado en la torre Benavente, pero se la imaginaba como la Estrella de la muerte. Por más que lo intentara, no se imaginaba que pudieran entrar de una forma tan sencilla. Seguramente la familia Benavente tendría un ejército y ellos eran... Ni siquiera cuatro, pues no creía que Kenneth y él pudieran ser realmente útiles. Poco después, Álvaro aparcó para bajarse, indicándoles que volvería enseguida. En ese momento, Felipe se volvió hacia él: - ¿Has visto Hitman? - A Rubén le encantaba jugar al videojuego. - Al Agente 47 le falta el pelo rubio para parecerse a Álvaro.

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Se estaba volviendo loca. Volvió a abrir la ventana y se sentó en ella, aunque estuviera lloviendo. De hecho, estiró las piernas para sentir en ellas las gotas de agua, mientras se apartaba la melena de la cara, pues el viento hacía que le azotara el rostro. Odiaba estar encerrada. También odiaba la incertidumbre, el no saber qué le deparaba el estar ahí, para qué la querían los Benavente... Y tampoco sabía cómo estaría Deker en aquellos momentos. Sólo esperaba que estuviera bien. Al menos le gustaban las tormentas, el olor de la lluvia. La puerta de la habitación, por no llamarla directamente celda, se abrió, dando lugar a Calvin Sterling. La expresión del hombre era torva, era como si algo le hubiera salido mal; encima seguía teniendo la nariz amoratada y algo hinchada gracias al cabezazo que ella misma le había propinado hacía ya un buen rato. - ¿Cómo va la nariz? ¿Sigue doliendo? - Ya no duele, tranquila. - Has tenido suerte. Yo estuve una semana en cama del dolor cuando tú me torturaste apuntó la chica, enredando un dedo entorno a un mechón de su melena.- Aunque, claro, no sé cuándo se restablecerá tu ego. Seguro que los otros villanos se ríen de ti porque una chica de dieciséis años te ha hecho pupa. El señor Sterling la fulminó, aunque se limitó a apretar sus labios, iracundo, en vez de decir nada. Al final, le tendió una mano. - El señor Benavente desea que te reúnas con él. - ¿Si me niego a bajar ahora, podré ir luego y que Lumiere me cante el Qué festín para amenizarme la cena? - el hombre soltó un gruñido, todavía con la mano extendida en dirección a ella. Ariadne, por su parte, bajó al suelo de un salto, señalándose a sí misma.- No voy vestida para la ocasión, así que debo rechazar la invitación. - Si no lo haces por las buenas, será por las malas. Lo que de verdad deseaba Ariadne era soltarle una patada en las partes, verle retorcerse de dolor e intentar escapar. Sin embargo, sabía que Deker estaba preso en alguna parte de aquella laberíntica torre, así que tuvo que tragarse sus instintos y tomar la mano que le estaba ofreciendo el señor Sterling. - No te preocupes, querida, te va a encantar lo que te tenemos preparado. Ariadne estaba absolutamente convencida de que iba a ser todo lo contrario.


 - ¿Responde? Ante la pregunta de Álvaro, Felipe negó con un gesto de cabeza, preocupado. Llevaban un buen rato intentando contactar con Gerardo, pero no cogía ni su móvil, ni el teléfono del internado. Jero incluso había llamado a Tania, aunque había tenido el mismo éxito. - Voy a intentarlo con Valeria - dijo entonces. - Puede que haya algún tipo de problema de cobertura - apuntó Kenneth, aunque su tono era dudoso, como si ni siquiera él se lo creyera. La llamada se cortó antes de que Valeria la cogiera, por lo que Felipe suspiró, pasándose una mano por la nuca; iba a agitarse el pelo, como siempre, aunque en aquella ocasión no pudo, pues iba cuasi rapado. Seguía sin acostumbrarse. - ¿Ha pasado algo extraño en mi ausencia? - Hubo un lunes en que no pusieron lentejas - comentó Jero. - No me refería a eso... Pero sí que es extraño, Dolores lleva haciendo lentejas los lunes desde que recuerdo - hizo una mueca, antes de agitar la cabeza.- ¿Alguna visita de los Benavente o de los asesinos rara? ¿Algún ataque o algo así? - Mikage estuvo por ahí, pero no le dejamos solo en ningún momento - explicó Álvaro, que examinaba atentamente la torre que tenían ante sí.- Erika resultó ser una Benavente, pero dudo mucho que supiera algo...- se calló bruscamente, ladeando entonces la cabeza como si estuviera considerando alguna idea.- La máquina. - ¿Qué máquina? - Durante unos meses estuvimos bajo el influjo de La máquina de escribir de Ellery Queen - explicó Álvaro, fijándose en él.- Estuvo a punto de causar un buen estropicio, pero lo detuvimos a tiempo. La tenía un alumno, pero no sabía de dónde la había sacado. - Mierda - masculló él, sabiendo lo que había pasado. - ¿Qué ocurre? - quiso saber Kenneth. Felipe tomó aire un momento, ordenando sus ideas, mientras se esforzaba en mantener la calma, aunque todo aquello cada vez le inquietaba más. - Yo mismo robé ese Objeto hace años... - ¿Y cómo lo tenía Santi? - le interrumpió Jero. - Ahí quería llegar - alzó una mano para hacerlos callar a todos, bastante mal iban ya de tiempo como para entretenerse con discusiones.- Lo robé poco antes de convertirme en rey, cuando era el tutor de Colbert y le enseñaba el oficio. Los dejé a ambos en casa de mi hermano,


antes de irme a robar otra cosa por mi cuenta y días después tuvo lugar el atentado contra mi familia. Cuando me coronaron, recuperé los Objetos que había guardados en la casa familiar y descubrí que habían desaparecido unos cuantos. - ¿Crees que los asesinos los robaron? - inquirió Álvaro. - No. Siempre he creído que simplemente querían asesinar a la familia real. Sin embargo, por aquel entonces mi hermano estaba empeñado en que debíamos aliarnos con los Benavente, así que Rodolfo Benavente estaba en la casa. Fue él quien, aprovechando la situación, se hizo con todo lo que quería. - Mierda...- masculló entonces Álvaro.- Entonces Kenneth tenía razón. Dicho eso, el hombre se quitó la chaqueta dejando al descubierto las correas de cuero que se había puesto entorno al pecho donde había un par de pistolas. Había llegado la hora de entrar.

 El señor Sterling la condujo a través de la torre hasta una habitación de la planta baja, donde les estaban esperando un grupo de personas comandado por Rodolfo Benavente, que parecía exaltante. No era un buen presagio. Al internarse un poco más en aquella enorme sala, Ariadne supo que, definitivamente, no iba a pasar nada bueno. En el centro había dibujada una forma geométrica que conocía muy bien, aunque no había un altar en el centro, sino cuatro peanas a su alrededor, como los cuatro puntos cardinales en una brújula. Frente a dos de ellos, cayendo del techo, había unas gruesas y pesadas cadenas. En cuanto las vio, aprovechando que aún estaba libre, se llevó disimuladamente una mano al bolsillo de la falda, donde había guardado un par de horquillas. Siempre solía llevarlas encima, pues podían resultarle tremendamente útiles. Teniendo cuidado de que nadie se diera cuenta, se escondió una horquilla dentro de la muñequera de cuero negro. Gracias a aquel movimiento, se sintió mucho más tranquila cuando el señor Sterling la agarró de los brazos para obligarla a levantarlos por encima de la cabeza. Con ayuda de uno de los hombres que había en la habitación, apresaron sus muñecas en uno de los pares de cadenas que pendían del techo.


- Lamento la incomodidad, querida, pero no quiero que te escapes - le informó Rodolfo, acercándose a ella con una estúpida sonrisa en sus finos labios.- Y los dos sabemos que tienes un talento innato para ello. - Todo esto es una locura - dijo Ariadne entonces.- La última vez que alguien intentó invocar al último diamante, murió. Créame, lo vi bien. Sucedió justo delante de mí. - La señorita James no fue tan innovadora como yo. - Al menos ella tenía las Damas. La sonrisa de Rodolfo se ensanchó, mientras chasqueaba los dedos. Además del señor Sterling, había dos hombres y una mujer en la sala. Cada uno de ellos fue a un rincón para coger una caja de madera, antes de acercarse a Ariadne de nuevo. Entonces, para orgullo de Rodolfo, las abrieron mostrándole ni más ni menos que las cuatro Damas. Y Ariadne lo entendió todo. - La máquina de escribir - musitó, sintiéndose idiota, pues había caído de lleno en la trampa de aquel maquiavélico hombre.- Erika se la dio a Santi para que la usara... Era un mero señuelo, una forma de entretenernos mientras robabais las Damas. - Tan lista como siempre. - No se crea. Ni siquiera se me ocurrió que alguien pudiera sacarlas de la caja fuerte...- al darse cuenta de aquello, se le heló la sangre.- Sólo un ladrón situado en lo alto del escalafón pudo haberlas robado. - Tú misma lo dijiste, querida. No hay que generalizar. Es decir, no todos los ladrones son tan leales a los suyos, los hay que se venden al mejor postor - Rodolfo se acercó a ella para acariciarle el rostro.- ¿Y quién será el traidor? Puede que ser Gerardo Antúnez, tu querido mentor... O, quizás, el amable y torpe Kenneth Murray. También puede que fuera Álvaro Torres. Puede que fingiera ser cariñoso contigo para que te confiaras y robar las Damas. También existe la opción de que Valeria Duarte no sea una mera profesora, sino una de nosotros. Ah, ¿quién será el topo? ¿Quién te ha traicionado, querida princesa? Ariadne se limitó a mirarle con frialdad. - Sé lo que estás haciendo. Déjalo, no funcionará. - ¿Y qué se supone que hago? - Imitar a Yoko Ono. Quieres sembrar la desconfianza, que nos dediquemos a sacarnos los ojos, mientras tú vas a lo tuyo. No funcionará. No conmigo. Confío en cada una de las personas que has mencionado - hizo una pausa, antes de añadir.- Eso, sin contar que me habré visto El factor Yoko mil veces y, sinceramente, Spike tiene mucha más clase que usted. - No me creas si no quieres. Lo que me importa es que lleves a cabo el ritual.


Se volvió hacia sus secuaces y ese mero gesto bastó para que cada uno colocara su correspondiente Dama en una peana. En cuanto acabaron, los tres desconocidos se marcharon a través de una puerta que había al fondo de la sala. - Mientras mis hombres se cambian de ropa, te explicaré cómo va a transcurrir el ritual. - ¿Vas a leer un hechizo y morirte? A mí esa opción me gusta. Rodolfo ignoró su comentario, mientras se concentraba en sus manos. Ariadne se quedó inmóvil. Desde el momento en que la habían encadenado, había comenzado a trastear con la horquilla para liberarse de aquellos malditos grilletes. Si alguien se daba cuenta, le quitarían la horquilla y no podría intentarlo más. - Primero, te sacaremos algo de sangre. No sé muy bien por qué, pero siempre hay sangre de por medio en la magia. Pero no te preocupes - le sonrió.- Será una mera cantidad simbólica, ya que tu sangre es poderosa y bastará con un par de gotas. Admitirás que mi ritual es mucho mejor, más... Civilizado. No he de degollar a nadie. - Es tan estúpido y suicida como el anterior. Invocar al último diamante es arriesgado. Está maldito, podría suponer un desastre de proporciones globales - intentó razonar Ariadne. - Quien no arriesga, no gana. - No tiene ningún derecho a arriesgar un mundo. - Es que no lo voy a hacer yo, querida - se acercó a ella un poco más. Había dejado de lucir aquella estúpida sonrisa para mirarla con fascinación y emoción contenida, como si por fin se estuviera cumpliendo algo que llevaba anhelando mucho tiempo.- Tú harás la apuesta. - Lo siento, pero soy más de robar un casino que de apostar en él. - Bromea cuanto quieras, eso no hará que la realidad desaparezca - dio un paso más hacia ella, dejando su rostro a escasos centímetros del suyo.- La sientes, ¿verdad? La conexión. El lazo que os ata a las Damas y a ti. Compartís vínculos que se escapan del razonamiento humano, de la lógica, pero que son fuertes. Las Damas te obedecen a ti como en el pasado obedecieron a las hermanas Románov y, por eso, invocarás al zarévich. Ariadne se quedó callada. Una vez más, de repente, todo tenía sentido. Siempre se había sentido unida a las Damas, era como si pudiera comunicarse con ellas y, de hecho, había usado una de ellas para sanar a Deker, cuando nadie más había podido hacerlo hasta el momento. Era otro de los efectos de los experimentos de los Benavente. No sólo había asimilado o desarrollado el poder de la Dama de verde, sino que había acabado uniéndose a ella. - No voy a invocar al último diamante.


Los dos hombres se miraron un instante y, entonces, Calvin Sterling abandonó la sala con rapidez. Justo en aquel momento, Ariadne escuchó el clic que había hecho uno de los grilletes al abrirse. Quiso sonreír, pero no lo hizo, se limitó a trabajar en el otro. - Ya habíamos supuesto eso. Le hubiera gustado soltar un comentario ingenioso, pero el escalofrío que le recorrió la espalda la asustó demasiado como para poder articular palabra. Empezaba a sospechar lo que iba a ocurrir y la mera idea la dejaba paralizada. - Cualquier persona puede hacer cualquier cosa. El ser más horrible puede hacer la cosa más desinteresada, pero también el ser más idealista puede cometer la acción más terrible. Todo depende de la motivación. Es cuestión de presionar la tecla adecuada - hizo una pausa, antes de sonreírle con satisfacción.- Sé cómo motivarte. La puerta volvió a abrirse, así que Ariadne miró por encima del hombro. El señor Sterling traía consigo a Deker.

 - No os separéis de nosotros. Id siempre detrás. Álvaro les miró una vez más con decisión, antes de sacar los revólveres de sus fundas. Al mirarle, al encontrarle tan serio, con aquellos ojos llenos de dureza, Kenneth se quedó sorprendido, incluso impresionado. Nunca le había visto así. De hecho, no parecía el mismo Álvaro que conocía y que siempre era amable, bromista y encantador, sino que era la viva imagen de... Bueno, de un asesino. Aunque, curiosamente, aquel aspecto no le provocó aversión, que era lo que siempre había imaginado que sentiría al ver a un asesino. - Pero... Dire, eres un ladrón, no puedes matar, ¿cómo...? La pregunta de Jero quedó en el aire, pues Felipe le silenció con un gesto. Entonces se agachó un poco, colocando una mano en el hombro del muchacho, mientras sonreía para tranquilizarle. - Que no mate, no quiere decir que no sepa defenderme. Jero asintió con un gesto. - Yo sé algo de defensa personal también - dijo entonces Kenneth, recordando los largos años de entrenamientos en más de un arte. No sólo sabía robar, sino que había practicado kárate desde pequeño. Podía ser útil, defenderse, pero... Se volvió hacia Jero.- Deberías quedarte aquí. Es lo más seguro para ti. - No - cortó tajantemente el chico.


- Pero... - No tenemos tiempo para esto - les interrumpió Felipe con seriedad, clavando la mirada en la torre Benavente.- Algo está ocurriendo. Aún a riesgo de sonar como un personaje de novela de fantasía, puedo sentirlo. ¿Vosotros no? Kenneth se dio cuenta de que algo no iba bien. Su rey tenía razón. Algo estaba teniendo lugar, algo malo, pues el aire estaba cargado, electrizado y, aunque no podía definir bien qué era, un sentimiento de inquietud y de incomodidad le carcomía por dentro. - Vamos - susurró Álvaro. El asesino fue en cabeza, seguido por Felipe y para cerrar la comitiva ellos dos. Aunque no lo habían hablado, aunque nadie le había pedido nada, él mismo se había asignado la misión de proteger a Jero. No iba a permitir que nada malo le sucediera. Álvaro no se anduvo con sutilezas. En cuanto estuvo medianamente cerca de la puerta, alzó la mano y disparó contra ella. Kenneth creía que se fragmentaría en miles de pedazos, pero la bala quedó alojada en medio del cristal, aunque una telaraña de grietas apareció a su alrededor. El hombre sonrió un poco para sí, al decir en voz alta: - Cristal antibalas. Qué pena que no esté preparado para las mías. A través de la puerta, pudieron ver como un grupo de hombres aparecía en el recibidor para darles la bienvenida con un montón de armas. Álvaro y Felipe intercambiaron una mirada, antes de que el segundo se apartara con rapidez, arrastrando consigo a Jero y a Kenneth. - Cuanto menos se preocupe de nosotros, mejor - explicó. Álvaró estampó el pie sobre la bala con fuerza. Un crujido. Una lluvia de cristales cayó delante de él.

 - Venga, Ariadne, no es algo difícil. Sólo llama al diamante. Mientras su abuelo increpaba a la chica, su padre y un hombre que no conocía cerraban unos grilletes entorno a sus muñecas. Le habían obligado a alzar los brazos hacia el techo. A decir verdad, apenas podía tocar el suelo con los pies. Aunque nada de eso importaba, sólo la angustiosa mirada que se había instalado en los ojos de Ariadne. Sabía lo que iba a suceder, pero no le importaba lo que le iba a ocurrir a él, sino


lo horrible y traumático que iba a ser para ella. ¿Por qué tenían que seguir torturándola? ¿Por qué demonios no les dejaban en paz? - Rapunzel, pase lo que pase, no lo hagas - dijo entonces. - ¡Cállate! Su padre acompañó el grito con un bofetón de los que sólo él sabía dar, aunque había recibido tantos a lo largo de su vida que ya estaba acostumbrado a ellos. Sin embargo, ese mero golpe sirvió para que Ariadne se descompusiera. - Si no quieres que se repita, querida, llama al zarévich. - No sé hacerlo - exclamó la joven, como si perdiera la paciencia.- No es como si cogiera un móvil y sólo tuviera que pulsar su número. - ¡Hazlo! Nada sucedió. Entonces su abuelo hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza, por lo que su padre se situó ante él. Deker se mantuvo sereno, devolviéndole la mirada hueca, carente de emoción. Un segundo después, su padre le abofeteó. Lo hizo con tanta fuerza, que hubiera caído al suelo de no ser por las cadenas. No se había ni repuesto, cuando su padre le hincó el puño en el estómago, lo que provocó que se le cortara la respiración. - ¡Dejadle en paz! - gritó Ariadne con rabia.- ¡No sé hacerlo! ¡No lo sé! Y no es culpa de él, es mía... ¡Dejad de pegarle! Su abuelo miró a la chica con frialdad. - Cada golpe que reciba será exclusivamente culpa tuya. Invoca al diamante y dejará de sufrir. Te lo prometo. Pero tienes que conseguir al último diamante, sino... Para ilustrar las palabras del hombre, su padre le clavó el codo en un costado, justo en un punto tan delicado que, aunque logró contener un grito, se le saltaron las lágrimas. De hecho, Calvin ni siquiera esperó otra orden, se quitó la americana, se arremangó y sacó la pitillera que siempre llevaba en la chaqueta. No le había dado ni una calada al cigarrillo, cuando colocó el extremo prendido en el cuello de Deker, que siseó. - Venga, preciosa, haz tu trabajo... O el próximo será en otras partes más sensibles.

 En cuanto la puerta se hizo añicos ante él, Álvaro colocó los dedos sobre los gatillos de sus armas y la danza comenzó. No era su preferida, pero era la que tocaba. Al usar el factor


sorpresa, había pillado desprevenidos a los guardias que, aunque fueron rápidos, no fueron lo suficiente. En apenas un pestañeo, Álvaro los había derribado a todos. Se dedicó a disparar en las rodillas, reventándolas. Así, los hombres no podían moverse y no tenía que hacer algo ran radical como matarlos a todos. Sin embargo, vio que uno de ellos le apuntaba con su propio arma y no dudó. Volvió a disparar, en aquella ocasión directamente a la cabeza del guardia, que murió tan rápido que ni siquiera pudo apretar el gatillo de su pistola. Entonces los vio. Un escuadrón de asesinos. No dudaron en iniciar fuego, pero Álvaro logró reaccionar a tiempo, al tirarse al suelo y rodar con gracilidad acrobática hasta esconderse detrás del mostrador de la entrada. Tras el improvisado parapeto, logró acabar con varios de esos hombres. Al matar al segundo, se quedó sin munición. Se echó el pelo hacia atrás con ambas manos, conteniendo el aliento. No le quedaba otra que arriesgarse y lanzarse al ataque. Tenía que deshacerse del grupo de asesinos, antes de que éstos se dieran cuenta de la presencia de sus tres compañeros. Se asomó por un lateral del mostrador, cuando sucedió algo inesperado. En medio de aquel caos, de aquella tormenta de balas y estruendos, un pequeño juguete de cuerda hizo su aparición. Con él, llegó la calma. El grupo de asesinos estaba tan estupefacto, que se detuvo para concentrarse en el juguete. Álvaro, entonces, se volvió, apoyando la espalda en el mostrador, mientras cerraba los ojos con fuerza. Plof. Fue un ruido muy leve, pero le siguieron aullidos de dolor... Además de la caballería. Al mismo tiempo que él corría hasta los guardias caídos para arrebatarles sus armas, Felipe había entrado y, con la fluidez del agua en un río, se movía entre los asesinos, asestándoles golpes a diestro y siniestro. - Te dije que nos sería útil - le recordó Felipe, mientras presionaba un nervio del cuello de un asesino, que cayó inconsciente al suelo.- Siempre es útil. Álvaro, armado de nuevo, descargó el cargador de una de las pistolas en sus compañeros asesinos, pues sabía mejor que nadie que un asesino nunca cejaba en su empeño. Si te contrataban para matar a alguien, no se debía parar hasta cumplir el objetivo. - ¿Qué Objeto es este? - preguntó Kenneth, recogiendo el pequeño juguete.


- Un juguetito de Thomas Edison - le informó Álvaro, que se había agachado frente al guardia asesinado para quitarle su arma. Tras guardarla en su funda sobaquera, repitió la misma operación otras dos veces. Entonces miró a Kenneth.- Muchos de los Objetos que utilizan los ladrones, fueron inventos del amigo Edison. - Uno de los mejores ladrones de la historia - apuntó Felipe. Justo en aquel momento, el suelo bajo sus pies se estremeció. Lo que en principio fue un mero temblor, acabó transformándose en una auténtica y brutal sacudida que los tiró al suelo. De hecho, Álvaro al principio permaneció de pie a duras penas, pero vio que Kenneth iba a caer, así que acudió a ayudarle. Sin embargo, el seísmo se intensificó, así que acabaron los dos en el suelo, uno sobre otro. No duró más que unos instantes, pero les pareció una eternidad. Cuando todo se calmó, Kenneth estaba encima de él con los ojos cerrados y las gafas puestas de cualquier manera. Álvaro, sonrió levemente, mientras se les colocaba en su sitio. - ¿Estás bien? - E-eso creo - musitó el joven. Kenneth abrió los ojos desmesuradamente al ver cómo estaban y se puso en pie dando un respingo, aunque después tuvo el detalle de tenderle una mano para ayudarle a ponerse en pie. Álvaro la aceptó, sorprendiéndose después al apreciar que Kenneth era más fuerte de lo que parecía y que, de hecho, no tuvo problema para tirar de él. Todo lo contrario, lo hizo con tanto ímpetu que Álvaro casi se abalanza sobre él, aunque logró no volver a tirarlo. Se miraron un instante. Un segundo después, el grito de Felipe les sobresaltó, por lo que se giraron al mismo tiempo para ver como Jero corría hacia una habitación, mientras exclamaba: - ¡Sé lo que pretenden!

 Por favor, parad. Por favor, por favor, por favor... Ante la tremenda patada que recibió en el estómago, Deker soltó un grito ahogado. A Ariadne no le extrañaba. Durante unos diez minutos, el pobre no había hecho más que recibir un brutal golpe tras otro: puñetazos, patadas, pellizcos en lugares demasiado sensibles, incluso le habían quemado con cigarrillos...


Así estaba, hecho un asco. El espeso flequillo castaño se le pegaba entorno al sudoroso rostro, que estaba cubierto de sangre, ya que se había mordido el interior de la boca y le habían roto la nariz. Al recordar cómo había crujido el tabique nasal al romperse, Ariadne quería vomitar y llorar al mismo tiempo. También quería invocar al diamante, pero al mismo tiempo no quería hacerlo. Sabía que el último diamante era uno de los Objetos más peligrosos que existía, sobre todo porque al estar los cinco diamantes reunidos los Benavente acumularían un poder casi inimaginable y sin límites. Si las Damas eran poderosas de por sí, reunidas con su hermano perdido convertirían a su dueño en un ser imparable. Por eso, el juicio le gritaba que no cediera a aquel burdo chantaje emocional, pero... Era horrorosamente difícil. Si ella hubiera sido la víctima de los golpes, no le resultaría difícil resistirse. El problema era que ella no era la que estaba siendo torturada, era Deker y cada herida que le infligían, rompía el corazón de Ariadne. De hecho, cada vez se le hacía más difícil reprimir sus impulsos de gritar, revolverse, incluso se le había escapado alguna lágrima que otra. No soportaba ver cómo hacían daño a Deker. - Me parece que vamos a tener que pasar al siguiente nivel - comentó entonces Rodolfo con un tono de lo más normal. ¿Cómo podía hablar con tanta naturalidad de torturar a su propio nieto? ¿Cómo podía no inmutarse ante el sufrimiento de su propia sangre? ¿Y cómo demonios podía Calvin Sterling herir así a su propio hijo? - Parad... Por favor, parad...- las palabras se escaparon de sus labios en un susurro roto, cansado, no podía seguir contemplando aquel espectáculo tan grotesco. - Pues invoca diamante, querida. - ¡Pero es que no sé hacerlo! - gritó. - Rapunzel...- musitó entonces Deker con voz ronca; agitó la cabeza un poco, como para despejarse, antes de alzarla para poder mirarla. Al ver su rostro tan demacrado, Ariadne no pudo soportarlo más y soltó un gemido.- No lo hagas... No les hagas... Caso... - ¿Qué prefieres que utilice ahora? ¿El látigo o las agujas? - preguntó entonces Calvin. - Creo que el látigo será más efectivo en este caso - respondió Rodolfo. Uno de los hombres que pululaban por la habitación, ataviado con traje y sombrero, se acercó a Deker para levantarle la camiseta, dejándole la espalda al aire. - ¿No vas a usar el cinturón? - preguntó entonces Deker. - ¡Calla!


Antes de que Deker pudiera decir algo más, su padre agitó el látigo. Un chasquido. Un grito de puro dolor salió de boca de Deker. Otro chasquido. Otro aullido. Ariadne no pudo más. Primero comenzó a gritar. Después llegaron las lágrimas de rabia, de desesperación y de impotencia. Fue entonces cuando perdió por completo el control, la disciplina a la que siempre se había aferrado. Y llegó la electricidad. Sintió como cada gota de su sangre burbujeaba en su interior, como si estuviera hirviendo en sus venas, provocando que una energía inusual recorriera cada centímetro de su ser. Nunca se había sentido así, tan cálida, tan anhelante, tan... Poderosa. Aquella magia abrumadora nacía en sus entrañas y se desplegaba hasta la punta de sus dedos, la de sus cabellos, embriagándola, casi emborrachándola, estremeciéndola... Era como si fuera a explotar. Pero no le importó. Sólo importaba él, Alexéi, el zarévich, el último diamante. Ariadne no sabía cómo, pero lo estaba llamando. Le llamaba sin palabras, sin sonido, pero a pleno pulmón. Le estaba llamando a través del espacio, del tiempo. Le suplicaba ayuda, que apareciera para que todo aquello se detuviera de una vez. Se le cortó la respiración. Se lo detuvo el corazón. Podía sentir la oscuridad, el heraldo teñido de sangre que significaba que el último diamante acudía a su desesperada llamada. Podía sentir la magia del diamante como la suya propia, su dolor, la oscuridad y el mal que destilaba al haberse forjado entre sufrimiento. Sabía que había despertado una maldición, algo oscuro, bello y terrible. Y la tierra se estremeció. Mientras la habitación era sacudida por un intenso terremoto, cada una de las Damas se vio envuelta en energía, una energía intensa que chisporroteaba a su alrededor. Primero brillaron tenuemente, después el fulgor aumentó hasta transformarse en un haz de luz de colores que cobró vida propia. Los cuatro haces de luz, cada uno de un color, serpentearon con furia, como trazando un bucle, hasta que se unieron en el centro en un torrente que ascendió hasta el techo. El rojo, el azul, el verde y el rosa se fundieron en un blanco radiante que inundó toda la habitación, cegando a todos los que se encontraban en ella. Cuando la luz se disipó, pudieron verlo el centro de la sala. El más hermoso de los diamantes.


Y, con él, los hermanos se habían reunido. - ¡Por fin! - exclamó Rodolfo con una mezcla entre emoción y anhelo en su voz.- Tras todo este tiempo, puedo verlo... Alexéi, el amo del tiempo... Por fin es mío. El hombre se olvidó de todo, simplemente caminó hasta la quinta peana, la que había en el centro, donde reposaba el diamante. Tras mirarlo con ojos brillantes, lo acarició con cuidado, como si no se creyera que estuviera ahí. La indecisión duró apenas unos segundos, pues después lo tomó entre sus manos y comenzó a murmurar una especie de cántico en ruso. Ariadne reaccionó y volvió a intentar forzar el grillete que le quedaba. De repente, las puertas que había a un extremo se abrieron de par en par y Jero entró corriendo en la sala, yendo directamente hacia Rodolfo. - ¡Quiere viajar en el tiempo! - gritó. Pero no tuvo oportunidad de impedir a Rodolfo que siguiera con todo aquello, pues los tres desconocidos se le echaron encima. Justo en ese momento, el grillete cedió. Ariadne cayó al suelo con elegancia felina, dispuesta a ayudar a su amigo. Sin embargo, se le adelantaron. Álvaro entró corriendo y le asestó tal puñetazo a una de las mujeres que la tiró al suelo, aunque otra de ellas se le lanzó al cuello, dispuesta a estrangularle. Entonces Jero se quedó pataleando con el desconocido, que había colocado una de sus inmensas manos sobre la nariz y la boca del chico, como para ahogarle. En ese momento, alguien acudió en ayuda de Jero. El corazón de Ariadne dio un vuelco. Reconoció esos hombros delgados, esos ojos cargados de matices, esa cara de niño... Era su tío. ¡Habían despertado a su tío! Su tío se enzarzó en una pelea con el hombre de los Benavente. A Ariadne le hubiera gustado correr hacia él, abrazarle, decirle cuánto le había echado de menos. Pero no era el momento. En su lugar, corrió hacia Deker para liberarle. No obstante, alguien la agarró por la cintura, tirándola al suelo y, cuando pudo reaccionar, vio a Calvin Sterling sobre ella, intentando inmovilizarla. - Tu lugar está en la celda de arriba, encanto, no salvando al inútil de mi hijo. - ¡Deja en paz a mi amiga, capullo! Para su sorpresa, Jero apareció junto a ellos y le asestó una patada a Calvin el costado. No le hizo mucho, pero fue lo suficiente para distraerle y que Ariadne hincara su rodilla en la entrepierna del hombre. Aquello sí que le dolió. Pero Ariadne no iba a detenerse ahí, qué va, le iba a devolver todo el sufrimiento que le había provocado a Deker.


Como tenía los brazos libres, estampó un derechazo en su rostro. La nariz del señor Sterling crujió de nuevo. Después, repitió el golpe en su estómago y, aprovechando la coyuntura, clavó el codo en la zona donde Jero le había pateado antes. - Eso va por Deker, grandísimo hijo de puta. Lo echó a un lado, como quien se deshace de un saco de basura. Se puso en pie de un salto, comprobando que aquel hombre que se creía tan poderoso, estaba lívido y hecho un ovillo, casi como si fuera a llorar. Aquello la enfureció todavía más. Sin que Deker se lo hubiera dicho, ella sabía que durante su infancia las palizas habían sido el pan de cada día. Por eso, le asestó un buen puntapié, que arrancó un gemido en Calvin. - ¡Ariadne! - la reprendió Jero, entre escandalizado y sorprendido. Sabía que debía ir a liberar a Deker, pero al ver que Sterling había alargado las manos, como si intentara reptar por el suelo, no pudo evitarlo: le pisoteó la mano sin compasión, rompiéndosela de buena gana. - Y eso ha ido por mi pelo. - Creo que no pienso enfadarte en la vida - comentó su amigo. Ariadne se agachó un momento para quitarle la llave de los grilletes, antes de acudir junto a Deker que soltó una carcajada sardónica. - Hay que ver, Rapunzel, eres una rencorosa de cuidado. - ¿Pero qué...? - Jero abrió la boca al ver el deplorable estado en el que se encontraba su amigo. Al acercarse un poco más, se quedó pálido de la impresión.- ¿Pero qué te han hecho? Estás hecho un asco... - Pues a ti el morado te sienta fenomenal - comentó Deker, acompañándose de un gesto de cabeza. Alzó un poco la cabeza, parecía avergonzado.- Lo siento... Por cierto. - Jero, sujétale, dudo mucho que se tenga en pie. Mientras el chico se deslizaba junto a Deker, rodeándole con un brazo, Ariadne le liberó de las cadenas con facilidad. En cuanto lo hizo, se colocó al otro lado del joven, que, tal y como había previsto, apenas podía sostenerse. - Hay que detener al viejo - dijo entonces Deker. Ariadne creía que tanto su tío como Álvaro se habrían encargado de ello, pero entonces vio que tanto ellos como Kenneth estaban muy ocupados peleando con los tres Benavente que llevaban ahí desde que la llevaran a la habitación. Rodolfo, por su parte, sonreía encantado, pues entre sus manos el último diamante brillaba casi como el sol y, ante él, acababa de aparecer un jirón de luz blanca que se expandió hasta formar una especie de puerta. Antes de que pudiera hacer nada, Jero se había marchado corriendo.


 - ¡JERO! El grito de Ariadne retumbó en su cabeza, junto al incesante ritmo de su corazón, que iba a toda velocidad, seguramente por el temor que estaba sintiendo. No sabía explicar muy bien por qué o cómo lo sabía, pero estaba seguro de que aquella luz era un portal para viajar en el tiempo y que si Rodolfo Benavente lo usaba, iban a pasar cosas muy malas. De hecho, tenía su propia teoría de por qué estaba llevando a cabo todo eso y Jero había leído demasiados cómics en su vida como para saber que jugar con el tiempo no traía nada bueno. Si Michael J. Fox casi impide su propio nacimiento en Regreso al futuro, no podía ni imaginar lo que provocaría aquel hombre controlando el tiempo. Por eso, se tiró sobre él. Ambos acabaron rodando por el suelo, alejándose del portal. Cuando se detuvieron, los dos vieron como el diamante había quedado justo frente al vórtice de luz blanquecina que había empezado a crepitar. - ¡No! ¡Mi diamante! Rodolfo lo apartó con brío, casi descoyuntándolo, mientras intentaba ponerse en pie para volver a por el diamante. Jero volvió a abalanzarse sobre él, tirándose sobre su espalda para impedir que se acercara. Desde ahí, reteniendo a aquel hombre extrañamente fuerte y vigoroso para ser un yayo, vio como Ariadne corría hasta el diamante y lo cogía. Tras contemplarlo un momento, echó hacia atrás la mano derecha y lanzó el Objeto dentro del vórtice como si estuviera jugando al béisbol. - ¡NO! - aulló Rodolfo. - ¡Su lugar es estar perdido entre las corrientes del tiempo! - gritó Ariadne. Fue a acercarse hacia ellos, para ayudarle, cuando algo extraño pasó. La luz cambió, brilló todavía más y el blanco se transformó en un fulgor multicolor. Además, se abombó un poco, empezando a parecer un aspirador. Ariadne fue lo suficientemente rápida como para aferrarse a la peana donde había estado Rodolfo diciendo esas cosas raras, aunque la fuerza del vórtice era tal que sus piernas se estiraron en dirección al portal. De hecho, sus largos y habilidosos dedos parecían tener problemas a la hora de agarrarse a la peana, era como si resbalaran. - ¡Rapunzel! - ¡No te acerques!


Pero Deker no le hizo ni caso, a pesar de que andaba con cierta torpeza, corrió hasta ella para coger su mano justo cuando soltaba la peana por completo. Deker se quedó abrazado al pedestal con un brazo, mientras con el otro tiraba de Ariadne. En ese momento, Rodolfo se deshizo de Jero, que quedó tirado en el suelo. El anciano se volvió hacia sus secuaces, que seguían ajenos a todo ello, peleando contra los tres adultos. - ¡Dejad de pelear, estúpidos! ¡Id al maldito portal! ¡YA! Al escuchar eso, Jero se dio cuenta de que las dos mujeres y el hombre llevaban ropas raras. En un principio había pensado que eran unos horteras, pero entonces se dio cuenta de que se parecían un poco a ellos cuando la máquina de escribir de Ellery Queen les cambiaba.

¡Claro! Todo cuadra. Jero comprendió que, si de repente, Rodolfo parecía tan apurado era porque había preparado todo para que sus tres hombres viajaran en el tiempo, así que seguramente el portal sólo dejaría pasar a tres personas. Así que, si Ariadne y Deker lo cruzaban, sólo uno de sus lacayos podría acompañarlos. Se puso en pie con torpeza, corriendo hasta alcanzar a sus amigos, que seguían luchando por escapar, aunque el vórtice tiraba de ellos con fuerza implacable. Tirándose al suelo, agarró a Ariadne de un brazo, tirando de ella hasta que la chica prácticamente los abrazó. El viento entorno a ellos era tan violento que apenas podía escuchar algo más. - ¿CONFIÁIS EN MÍ? - gritó. - ¿QUÉ QUIERES HACER? - le preguntó Deker. - TENEMOS QUE CRUZAR EL PORTAL. - ¡¿ESTÁS LOCO?! - inquirió Ariadne, mirándole como si lo estuviera de verdad.- ¡HAY QUE CERRAR EL PORTAL, NO VIAJAR A TRAVÉS DE ÉL! - ¡NO TENEMOS TIEMPO! - ¡Y NI SIQUIERA SABEMOS CÓMO HACERLO! - intervino Deker, que le miró, asintiendo con un gesto.- ¡AGARRAOS FUERTE! En cuanto el chico soltó la peana, enlazó un brazo con el de Jero y los tres abrazados se vieron atraídos hacia el portal, como llevados por un tornado. Todo a su alrededor daba vueltas, los zarandeaban de un lado a otro, con violencia, dándoles un millón de vueltas... Tras lo que pudo ser un segundo o una eternidad, todo se detuvo. Jero se quedó muy quieto, sintiéndose algo mareado. Además agradecía estar tumbado en el suelo, algo que se iba a quedar ahí inmóvil.


De hecho, estaba tan contento por volver a tocar suelo que estuvo a punto de besarlo; en su lugar, comenzó a tantearlo, dándose cuenta de que estaba tumbado sobre algo blando... Era como si tuviera la cabeza en una almohada, que se dedicó a acariciar, sin atreverse a abrir los ojos, por su volvía a marearse. - ¿Estás juguetona, eh, Rapunzel? - ¿Pero qué dices? - preguntó Ariadne, irritada. - ¿Yo? Nada, pero tú... Vamos, que parece que por fin has dejado de resistirte y estás apreciando la séptima maravilla de la humanidad, también conocida como mi culo. Jero, entonces, abrió los ojos y descubrió que estaba tumbado sobre Deker y que, de hecho, lo que había considerado una almohada era en realidad... Se incorporó bruscamente, tirando a Ariadne al suelo, que se quejó. - No era ella, era yo... Se apartó todo lo posible de su amigo, viendo como Ariadne se revolvía en el suelo, riéndose como una loca, mientras Deker se ponía en pie, encogiéndose de hombros. - A partir de ahora me andaré con cuidado cuando estemos en la habitación. - ¡Ha sido sin querer! - exclamó Jero. Su amigo hizo un gesto desdeñoso, antes de ayudar a Ariadne a levantarse, entonces la miró de arriba a abajo, enarcando una ceja. - ¿Por qué pareces una prostituta gótica? - preguntó muy serio. - Quería seducir a tu abuelo. - Entiendo - Deker se encogió de hombros.- ¿Lo has logrado? - Ni siquiera ha rozado el infarto...- Ariadne, con gesto fúnebre, le dio unas cuantas palmaditas en la espalda. Entonces añadió, agitando la cabeza.- Creo que tu abuelo es gay. Mientras sus dos amigos tenían aquella conversación tan surrealista, Jero se fijó en que era de noche y que estaban en una zona pobremente iluminada. De hecho, se veían unas farolas a lo lejos, que derramaban algo de luz, lo suficiente como para que pudieran ver algo. - ¿Dónde estamos? - Te equivocas de pregunta - añadió Ariadne con voz tensa.- Lo que tenemos que saber es cuándo estamos.


Capítulo 39 Rubén Como a primera hora tenía clase con Kenneth, que la noche anterior se había marchado del internado, el profesor Antúnez les comunicó que tendrían la hora libre. Además, les informó que, quizás, se llevaría a cabo un intercambio con una escuela británica y que, por eso, Ariadne y Deker se ausentarían un tiempo, ya que estaban representando al Bécquer en un colegio inglés. La verdad era que no tenía absolutamente nada que hacer. Aquella noche había dormido fatal, ya que las pesadillas la habían acosado cada vez que cerraba los ojos. Había visto a sus amigos morir una y mil veces y cada vez la imagen era más grotesca y espantosa que la anterior. Al final, había desistido en su intento de descansar, por lo que acabó llamando a su padre para informarle de todo lo sucedido. Su padre le había dicho que no se preocupara, que iba a ir ahí con ella de inmediato, aunque aún tendría que esperar un par de horas para poder verle. ¿Qué iba a hacer hasta la próxima clase? Sus amigos no estaban ahí. De hecho, había sido la única que se había quedado en el internado. Sola. Al margen. Aquel hecho la irritaba terriblemente, además de agobiarla. Nunca antes había experimentado la sensación de ser una inútil, nunca había creído que lo fuera tanto como en aquellos momentos en los que le certeza de ser un mero estorbo la golpeaba sin parar. Las paredes de aquel edificio la estaban ahogando, le recordaban el hecho de que nadie contara con ella, que nunca marcaría la diferencia. Ella no era una heroína, no era de las que dejaban huella. No. Ella era pasiva, una mera observadora. Lo cual era muy patético. Acabó cogiendo su abrigo y saliendo a los terrenos que estaban vacíos al ser primera hora. El gélido aire invernal jugueteaba entre sus cabellos, le refrescaba el rostro y, de alguna manera, la calmó. Se dedicó a pasear hasta alcanzar el patio donde jugaban los alumnos de preescolar y de primaria, donde los columpios descansaban vacíos, tristes. Desechó el carrusel, los balancines, incluso los columpios. Deseaba estar sola, ajena al mundo, así que eligió el pequeño castillo que, en realidad, era un tobogán. Subió las escaleras de madera, que tenían forma de espaldera, hasta acabar en aquel cubículo que simulaba ser una torre. Incluso tenía una ventana y la hiedra pintada.


Se recostó en la pared de madera, exhalando un suspiro. Del bolsillo del anorak, sacó su teléfono móvil, pero no había ni una llamada en él. Eso la desanimó una vez más, pero no impidió que volviera a intentar contactar con Jero. Sin embargo, como desde el día anterior, el teléfono de su novio estaba apagado o fuera de cobertura.

Sólo espero que estés bien. Tienes que volver, Jero. Vuelve conmigo, por favor. Quizás se debiera a que, de nuevo, se había acostumbrado a estar todo el día en compañía de Jero, pero a lo largo del día anterior se había dado cuenta de cuánto lo echaba de menos. Había experimentado algo así meses atrás, cuando Jero estuvo ingresado por la puñalada que había recibido en su lugar... Y se le había olvidado hasta ese momento. A pesar de las negativas, siguió sin rendirse. Quizás no pudieran hablar, quizás el teléfono estuviera apagado o fuera de cobertura, pero eso no le iba a impedir contactar con él. Quería que cuando Jero volviera a usar su móvil, lo primero que viera fuera un mensaje de ella. Por eso, le envió un breve SMS que decía:

Te echo de menos. Vuelve conmigo. Tania. Era todo lo que podía hacer por el momento, así que guardó su teléfono y se quedó ahí sentada, esperando que a los demás todo les saliera bien. - ¡Ha del castillo! La voz de Rubén hizo que el corazón le diera un vuelco. No era que la hubiera asustado, ojalá, era que, a pesar de todo, había algo en él que le removía las entrañas. Al principio, el pánico la invadió y estuvo tentada de quedarse muy quieta conteniendo el aliento para que el chico se fuera, pero acabó recordando el encuentro que habían mantenido el día anterior. Eso le dio esperanzas, quizás pudieran acabar siendo amigos. Por eso, asomó la cabeza por el ventanuco de la falsa torre. Rubén estaba ahí de pie, sonriente, con la cara cazadora de marca sobre el uniforme y el castaño cabello agitándose por el viento. Con el tiempo, había crecido un poco, así que incluso acariciaba graciosamente sus cejas cuando el aire así lo quería. - ¿Qué se le antoja a un forastero como vos? Rubén volvió a sonreírle al ver que seguía con la broma, antes de hacer una exagerada y florida reverencia. Tania no pudo evitarlo, se echó a reír.


- Oh, mi hermosa dama, este humilde caballero únicamente ansía hacer un alto en el camino. Quizás disfrutar de un poco de comida y vino y ya, si los hados me son favorables, regocijarme con su encantadora presencia. - Mucho me temo que no puedo daros comida o vino. - Me conformaré con entretener a mi señora. - Entonces entre en el castillo, caballero. Rubén subió las escaleras con soltura casi gimnástica y se sentó a su lado, aunque al mismo tiempo tuvo cuidado de mantener las distancias. - Por fin le he encontrado una utilidad a la literatura medieval que vimos a principio de curso - sonrió, lo que arrancó el mismo gesto en Tania.- ¡Vaya! Así que la leyenda no es cierta y puedes sonreír. ¿Qué será lo próximo? ¿Ver un unicornio correteando por ahí? - A estas alturas ya no me sorprendería nada - suspiró Tania, antes de arrugar el rostro en una mueca y estirar el pie para darle una leve patada.- Y no me trates de intensa. - Admitamos que lo has sido un poco. - ¿Y tú no? - Yo no voy atacando a compañeros de clase y soltando incoherencias - le recordó con los ojos brillando con aire burlón, aunque no tardó en agitar la cabeza.- Aunque es cierto que he hecho otras cosas. La verdad es que me siento como... No sé, como un protagonista de un drama griego o de una de esas telenovelas. Tengo dieciséis años y creo que se me ha olvidado sonreír. - No es que llevemos vidas demasiado normales. - Ya, pero... ¿No tienes la sensación que somos los únicos que parecemos un par de almas en pena? - preguntó con sinceridad, echando la cabeza hacia atrás para apoyarla en la madera.Jero, Ariadne, Deker... Tu tío... No sé, ellos pasan por cosas como nosotros y bromean, ríen, se meten unos con otros... Y a mí se ha olvidado la última vez que hice algo normal. - Yo he estado haciendo cosas normales y, créeme, no es para tanto. Ante su comentario, Rubén únicamente cabeceó un poco. Fue entonces cuando Tania se percató de que se había referido a Ariadne y a Deker por sus nombres, no por algún mote o el apellido. Recordó que tenía pendiente esa conversación, ya que la había estado retrasando al no querer afrontar las palabras que Rubén había pronunciado. - ¿Ariadne y Deker? ¿Desde cuándo les llamas así? - preguntó con disimulo. - Desde que me han estado ayudando. A Tania le hubiera gustado seguir indagando, pues sentía curiosidad, pero dar un paso más allá sería peligroso. Supuestamente ella desconocía la verdad sobre Rubén y si él sabía que


ella lo sabía, tampoco estaba intentando aclarar las cosas. Mejor. ¿Para qué iba a servir hablar del tema? Ella era la novia de Jero, estaba feliz con él y no iba a hacer nada para estropearlo. - ¿Y qué tal está Santi? - inquirió para cambiar de tema. - Bueno... Mejor, pero todavía no está bien. Es como si estuviera pasando el mono, echa de menos la máquina y está que se sube por las paredes - explicó Rubén, encogiéndose de hombros.- Y, gracias a los profesores, está aterrado. - ¿Y eso? - Le dijeron que de haber usado la máquina algo más, se habría...- se quedó pensativo, como si estuviera buscando la palabra.- Creo que dijeron fundido. Digamos que habría perdido la consciencia, que será una mera extensión de la máquina y que, entonces, hubiera sido imposible separarle. Tania asintió, asimilando la información. - Tiene que ser horrible - comentó la chica.- El estar enganchado a algo que te hace daño, que incluso hiere a los demás, pero que al mismo tiempo es lo único que deseas. - Lo es. Créeme. La sinceridad en la voz de Rubén provocó que un escalofrío recorriera su ser, pero Tania se limitó a asentir. Estaba humedeciéndose los labios, buscando un tema de conversación más inofensivo, cuando creyó que sus ojos la traicionaban. Los cerró, restregándose una mano contra ellos, antes de volverlos a abrir. No. No estaba viendo mal. El mundo volvía a ser en blanco y negro. Para su sorpresa, Rubén también había cambiado: ya no vestía su uniforme del Bécquer, sino una de camarero e iba peinado con raya a un lado. El chico se miró las manos, pestañeando perplejo, lo que provocó que Tania se sintiera algo más tranquila. - ¿Qué está pasando? - preguntó, sorprendido. - La máquina...- susurró Tania, asustada.- Está funcionando de nuevo.

 Ante las palabras de Tania, Rubén dio un respingo y bajó casi de un salto del tobogán. Aunque podía parecerlo, sus ojos no le engañaban: todo había perdido su color para ser sustituido por una amplia gama de grises, justo como en las películas que Santi le había puesto en más de una ocasión. Según le había contado su compañero de habitación, le había empleado como camarero, así que debía de haber vivido algún otro de esos episodios... Pero era la primera vez que lo experimentaba de manera


consciente, pues la vez anterior había estado compartiendo una velada de lo más curiosa con Mikage, el rey de los asesinos. Seguía sin olvidarse de esa conversación, de las cosas que Mikage parecía saber... Y de que había sido el único que se había molestado en contarle algo. Justo en aquel momento, un coche de curioso aspecto: de color gris (a saber cuál sería en realidad) con la cabina negra y cuadrada, justo como la parte de abajo; las ruedas eran grandes, además llevaba una de adorno a cada lado; también tenía dos focos en el frontal. - Ese coche me recuerda a uno de dibujos animados... Al escuchar la voz de Tania, se volvió hacia ella para ayudarla a bajar. Sin embargo, se quedó paralizado al verla. Seguía manteniendo todo su color. La rubia melena parecía brillar más de lo habitual, su sonrisa era tan blanca que resultaba cegadora y tanto el color de su piel como de su ropa la hacía destacar todavía más. Como si lo necesitara. Tania fue práctica y se tiró por el tobogán para reunirse con él. - La antigualla blindada. - ¿Qué? - Los autos locos. La antigualla blindada es el coche de los gángsters. - ¡Es verdad! - exclamó Tania, mientras comenzaban a caminar en dirección al internado todo lo rápido que les permitía la nieve del suelo. Le miró asombrada, por lo que Rubén rió.- Me hubiera esperado que Ariadne lo supiera, pero tú... No, ¡qué va! - comentó con tal sinceridad que, de ser otra persona, hubiera resultado hiriente.- ¿Desde cuándo eres un experto en algo que no sean videojuegos? - Me gusta la mecánica - se encogió de hombros, mientras alargaba el brazo para sujetar a la chica del codo y evitar, así, que se cayera al resbalar con la nieve.- Y ese coche es un Cadillac Town Sedan de 1928, muy conocido por ser el coche que se le atribuyó a Al Capone... De ahí que se lo dibujaran a los gángsters de Los autos locos. - ¡¿Qué?! Ay, Dios... - Bueno, tranquila, no creo que sea el auténtico... - ¡Era mi padre! ¡Santi ha transformado a mi padre en Al Capone...! En cuanto Tania gritó eso, se quedó callada, mirándole. Rubén la entendió a la primera, ya que había sido algo en lo que no habían caído hasta ese momento: Santi estaba en peligro. Debían frenarle. Ni se lo pensó dos veces, cogió a la chica de la mano, antes de acelerar todo lo posible en dirección al colegio. De alguna manera, lograron alcanzar la entrada prácticamente enseguida, aunque... En cuanto cruzó la puerta algo ocurrió... Algo... ... Se sentía disperso... ... No... Debía pensar en Santi... ... Detener... Detener... Detener a Santi. Estuvo a punto de tambalearse, era como si una niebla apareciera súbitamente en su cabeza y le distrajera. No obstante, Tania tiraba de él, conduciéndolo a través de las escaleras hasta el piso de los dormitorios. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué estaba corriendo? ¿Llegaba tarde al bar? ¡NO! Debía pensar en Santi. Pensar en Santi. Santi. Santi.




A su lado, Rubén dio un traspiés que estuvo a punto de tirarle al suelo, de no ser porque su cuerpo chocó con una de las paredes. Tania se acercó a él, no dejando que la impresionara el uniforme de camarero de camisa blanca y chaleco y pajarita negros. - ¿Estás bien? - Sí... Vamos...- fue a caminar de nuevo, pero cerró los ojos, como si estuviera mareado. Se llevó una mano a la cabeza y Tania empezó a sentir que se le iba a salir el corazón por la boca, pues estaba convencida de que le pasaba algo malo.- ¿Qué...? - Rubén...- dijo en un susurro ahogado. - Yo no... No...- la miró a los ojos un instante. Y fue horrible. En los ojos de Rubén, aquella miraba gris tan bonita, apareció algo que la aterró: confusión, la miraba como si no la conociera y fue lo más horroroso que Tania había experimentado alguna vez.- No sé... Yo... - Rubén...- casi gimió.- S-soy yo: Tania. - ¿T-Tania? - al repetir su nombre, el chico volvió a cerrar los ojos, parecía presa de una jaqueca tremenda, aunque no tardó en agitar la cabeza, antes de ser el de siempre.- Lo siento... Es como si estuviera perdiendo la cabeza, Tania. Me estoy olvidando de quién soy. Tienes que mantenerme aquí, contigo, para ayudarte. Háblame, ¿de acuerdo? Le dio la mano para correr hacia el dormitorio de Kenneth, mientras le explicaba lo que había sucedido la vez anterior y que ella había conocido gracias a Jero. Al hacerlo, se dio cuenta de que el influjo de la máquina estaba siendo todavía más poderoso: aquello no era una ensoñación, como siempre, sino que estaba cambiando el internado de manera física... Y también psíquica, de ahí que Rubén empezara a olvidarse de quién era. Una vez estuvieron en la habitación de Kenneth, Tania soltó al chico para abrir de par en par el armario, buscando la espada mágica esa que era una reliquia de los Murray. La reconoció al instante, pues la había visto durante el juicio de Ariadne, cuando su amiga había tenido que sostenerla para que dictara si decía la verdad o no. Sintiéndose de pronto aliviada, la cogió. Tuvo que usar ambas manos, pues pesaba una barbaridad, pero al menos iban a poder detener todo aquello. Se volvió hacia Rubén para que él la llevara, al fin y al cabo era más fuerte, pero justo en ese momento vio como se desplomaba en el suelo. - ¡Rubén! Por suerte, volvió a levantarse casi enseguida, así que suspiró. Otra falsa alarma. A ese paso la iba a matar de un... Susto...

No. Por favor, no, no, no, tú no, por favor...


Y aquella espantosa situación regresó. Se le detuvo el corazón, se le cerró la garganta y fue como si dejara de respirar de puro pánico y desazón al comprobar que Rubén la miraba como si fuera una extraña. Sabía que todo se debía al influjo de la máquina, que no la había olvidado, pero el leer aquello en sus ojos era simplemente... Horrible. Aterrador. Triste. Era la peor sensación que existía en el mundo, al menos en el suyo. ¿Cómo podía ser una extraña para él? ¿Cómo iba a salvar al mundo sin él? Estaba a punto de dejarse llevar por el miedo, cuando recordó su última conversación con Álvaro. Según su tío, su sangre era especial, por eso no le afectaba la magia de los Objetos. ¿Cómo le había dicho? ¿Inmune? ¿Invulnerable? No importaba, ya que lo que sí lo hacía era que habían usado su sangre para despertar a Felipe Navarro, su sangre había conseguido salvarlo de la magia. Entonces... Si su sangre tenía esa propiedad, quizás ella misma u otros... Fluidos. Soltó la espada. Al chocar contra el suelo repiqueteó como una campana, lo que llamó la atención de Rubén que le dedicó la cordial, pero distante, sonrisa de un amable camarero. - ¿Desea algo la señorita...? Y simplemente lo hizo. Recorrió el espacio que les separaba en un suspiro, tan deprisa que su rubio pelo se alzó tras ella como una cometa, mientras sus manos encontraban la firme mandíbula de Rubén. Antes de que el chico pudiera reaccionar, posó sus labios sobre los de él. Resistencia. Deslizó las manos hasta aferrarse a la camisa de Rubén, tirando de él, al mismo tiempo que intensificaba su beso. Descargó en aquel beso todo lo que había estado reprimiendo desde que dejaran su relación, por llamarlo de alguna manera: el dolor, el anhelo, el sufrimiento, las lágrimas, los sueños, las decepciones, los deseos, las dudas, las contradicciones, la amargura y la dulzura, la sensación de estar haciendo algo mal y la de sentirse en casa... Todo. Magia.

 Aquella muchacha tenía los labios más suaves que había probado en la vida. Ya no sólo eso, sino que eran los más dulces. Sabían a... ¿Miel? No, era algo más... Especial, no tan empalagoso... Algo como... El melón.


El corazón nunca le había latido así, nunca jamás había sentido tal calor, esa pasión arrolladora que le incitaba a olvidarse del mundo entero en brazos de aquella desconocida. No... Desconocida, no. Aquel sabor tan delicioso era demasiado familiar, aquella cálida y dulce sensación no era algo nuevo, qué va, era una vieja conocida, su compañera de viaje... Era amor, el amor ilógico y fuerte que había sentido primero como un flechazo, pero después como un río que iba creciendo e inundándole más y más a medida que conocía a...

Tania. Estaba besando a Tania. De nuevo. Por fin. Era Tania la que estaba aferrada a él con su dorado cabello cayéndole a ambos lados del rostro y el olor a lavanda de su champú. Era Tania. Era como si fueran las piezas de un puzzle: encajaban a la perfección. Por eso, rodeó la cintura de la chica, atrayéndola hacia él, mientras le devolvía el beso. Cuando el beso finalizó, fue como si un hechizo se fuera con él. Tania y él se separaron. Mientras que la chica se dio la vuelta, llevándose fugazmente los dedos a los labios, Rubén decidió concentrarse en la espada que había en el suelo. Se puso en cuclillas, la acarició y acabó cogiéndola; por suerte, solía hacer deporte a menudo (o, al menos, antes, cuando su vida no parecía un videojuego continuo) y, a pesar de que era pesada, no tuvo ningún problema para sostenerla. Carraspeó. - Esto... ¿Es lo que necesitamos? - Eh, sí, eso cortará al vínculo. Rubén asintió, antes de salir corriendo hacia su dormitorio. Por algún motivo, seguía vestido de camarero, aunque volvía a estar en technicolor. Al llegar a su habitación, descubrió dos cosas: por un lado, la puerta no estaba cerrada con llave; por otro, Santi estaba en su parte de la mesa, frente a una antigua máquina de escribir, tecleando a un ritmo inhumano. A decir verdad, ni siquiera tenía que hacer correr el rodillo, ya que no estaba escribiendo en papel, simplemente golpeaba las teclas a toda velocidad. Un chirrido le avisó de que Tania había llegado. La chica se había tenido que agarrar a la puerta para no caerse al frenar. - ¿Y cómo lo hizo el profesor Murray? - Simplemente cortó la conexión... Como si fuera un hilo que vieras. - Vale... Quédate ahí por si acaso, ¿de acuerdo? Tania asintió con un gesto, mientras Rubén avanzó hasta situarse junto a su amigo. La piel se le puso de gallina. Escuchaba algo crepitar, como si estuviera al lado de una hoguera o


como el zumbido de un insecto especialmente grande y molesto. Tenía que ser la magia o quizás energía o... Ambos. La verdad es que no tenía ni idea de aquellas cosas. Agarró el mango de la espada con ambas manos para levantarla por encima de su cabeza. Sin dudarlo, dejó caer el filo, esperando que se deslizara por el aire sin más. No lo hizo. Encontró algún tipo de resistencia y, de hecho, durante unos segundos, se quedó como clavada en algo que Rubén no alcanzaba a ver. Justo cuando le pareció distinguir un brillo multicolor, como el que aparecía en la superficie de una pompa de jabón, ese mismo algo le repelió con tanta fuerza que se vio lanzado hacia atrás. Chocó contra la pared, antes de caer al suelo. La espada se le escapó de las manos. Un relámpago de dolor le recorrió la columna vertebral, le entrechocaron los dientes y, durante un instante, creyó que el aire jamás le iba a volver a entrar en los pulmones. Se obligó a sobreponerse, así que agarró de nuevo el arma y se puso en pie. - La otra vez funcionó. No entiendo por qué... Oh... - La conexión es más fuerte esta vez. Rubén pronunció en voz alta lo que Tania había pensado, pero no se había atrevido a materializarlo. Miró a Santi un momento, las gafas se le habían caído y no se daba cuenta, seguramente porque sus ojos habían perdido el iris... Sintió una punzada en el corazón: temor ante una mala sensación. Una idea que no le gustaba nada intentaba tomar forma en su cabeza, pero se obligó a desecharla, mientras se aferraba a un clavo ardiendo, una última esperanza. - ¿Cómo me...? - se volvió hacia Tania, sintiendo que la última palabra le quemaba la garganta, pues resultaba una idea tan romántica que incluso dolía. Carraspeó de nuevo, la voz ronca, compeliéndose a proseguir.- Despertaste. Tania se mostró muy violenta e incluso abrió la boca para responder algo. Rubén estaba seguro de que iba a decir "con un beso", aunque, por suerte, captó por dónde iban los tiros, antes de soltar aquellas palabras que únicamente crearían tensión entre ellos. - Mi sangre. Es especial... Inmune. - Intenta despertar a Santi, por favor. La chica asintió con un gesto, antes de dirigirse hacia Santi. Al llegar a su lado, se detuvo y alzó una mano, dubitativa, para comprobar que podía tocarle. Sus dedos encontraron el hombro de Santi. Aliviada, fue a colocarse ante él para besarlo, pero en cuanto se acercó un poco más, se vio rechazada con tanta brutalidad que acabó en el suelo. Justo en ese momento, el internado entero se estremeció.


El suelo bajo sus pies tembló, además de ondear. Entonces desapareció la cama de Santi, de repente, como si un genio hubiera chasqueado los dedos. En menos de un segundo, donde antes había estado el jergón, además de la mesilla que le acompañaba, apareció una pared de cristal a rebosar de botellas de licor. Comprobó que en el suelo estaba sucediendo algo, así que agarró la muñeca de Tania y tiró de ella justo a tiempo. En cuanto la chica se movió, una barra de bar creció como una seta. - Esto no es bueno...- comentó la joven. - No, no lo es... - ¿Y cómo vamos a impedirlo? - preguntó Tania, visiblemente agobiada.- ¡No sabemos nada sobre magia! No somos ni ladrones, ni asesinos, ni nada... ¿Cómo se supone que vamos a hacerlo? ¿Y qué será de los demás...? - clavó sus enormes ojos castaños en él.- Ya no sé qué más hacer, Rubén... - Yo creo que sí - la interrumpió, frunciendo el ceño, pues había vuelto a tener una idea. La miró hacia una mueca de disculpa.- No es que me guste pedirte esto, pero... Tania debió de entenderle sin necesidad de explicaciones, pues le tendió una mano. - Hazlo. Cualquier cosa que hubiera dicho después de eso habría resultado vacía, absurda, así que Rubén se limitó a coger con suavidad la mano de Tania, antes de deslizar el filo de la espada con ella con la mayor delicadeza posible. A pesar del quejido de la chica, que apartó la mirada, se encargó de cubrirlo de su sangre. - Tapona el corte con una sábana - dijo entonces. Volvió a acercarse a su amigo. El internado vibró de nuevo. Las tablas que cubrían el suelo de su habitación se transformaron súbitamente en baldosas. En cuanto eso sucedió, el techo se agrietó, por lo que una lluvia de polvo cayó sobre ellos. Incluso él, inculto en aquellos temas, sabía que el hilo entre realidad y ficción era cada vez más fino. Estaba a punto de desaparecer. En la lejanía, escuchó un estruendo. El Bécquer, al igual que el mundo, se estaba desmoronando. Volvió a intentar cortar la conexión entre la máquina de escribir, pero una vez más, le fue imposible. Era como si intentara cortar un bloque de acerco con una espada de madera. Inútil. Estaba tan harto de ser inútil. Tan cansado de ser débil. Una nueva sacudida. Un cascote cayó en el dormitorio. Estuvo a punto de impactar sobre Tania, pero la chica se tiró a un lado para esquivarlo. En su mente, entonces, apareció un recuerdo


no muy lejano: Tania a punto de ser apuñalada, aquel mismo miedo gélido y poderoso que estaba experimentando y Jero, el bueno de Jero, siendo el héroe, el único capaz de reaccionar al cubrirla con su propio cuerpo. ¿Qué había hecho él en ese momento? Nada. No había hecho nada. En aquella ocasión no iba a ser así. La iba a salvar. Iba a salvar a Tania, al internado, a cualquier precio, incluso vendería su propia alma para hacerlo. Empuñó el arma una segunda vez, a sabiendas de que era un último intento loco y quizás estúpido. Una pérdida de tiempo, pero tenía que intentarlo. Con toda su fuerza, con toda su rabia y con todo su suplicante deseo, golpeó la máquina de escribir. En cuanto la hoja tocó el metal de la máquina, dos energías muy potentes se encontraron y, por eso, en cierta manera explotaron. Rubén volvió a caer al suelo. Un crujido. Rodó sobre sí mismo para evitar ser aplastado por un cascote, aunque la lámpara impactó junto a él y varios cristales acabaron en su rostro, cortándole. La espalda le mataba, la cara le escocía y estaba cubierto de polvo. Pero lo peor era la certeza. Lo había temido desde que vio los ojos completamente blancos de Santi, pero en esos momentos tenía claro que no le quedaba otra opción. Un ataque de tos le hizo doblarse. Maldito polvo. Lo ignoró. Seguía fuertemente aferrado al mango de la espada, así que apoyó el extremo puntiagudo en el suelo de baldosas blancas y negras. Tomó aire. Usando el filo como bastón, se puso en pie. Se tambaleó. Cerró los ojos, afianzándose en el suelo. Sólo entonces se dio cuenta de que le también le dolía el tobillo. Ya no importaba. Miró por encima del hombro, Tania estaba encaramada en los pies de su cama. También tenía una manta de polvo cubriéndola, lo que hacía que sus ojos brillaran más que nunca. Sus manos, pulcras y delicadas, cerradas sobre la madera que marcaba el final de la cama. - Rubén, no... - No mires, Tania. - Rubén... - Por favor - la suplica que denotaba su voz le sorprendió incluso a él. Cerró los ojos un instante, antes de volver a clavarlos en la chica.- No debes ver eso. Por favor, déjame protegerte... - Voy a hacerlo contigo. No voy a dejarte solo con esto.


- Tania - la urgió, negando con la cabeza.- No estaré solo. Pero... ¿No lo entiendes? No soportaré que me veas hacerlo. Si lo ves... No se te olvidará jamás. Siempre me verás así, aunque no lo quieras y... No podría verme en tus ojos así. Por favor, Tania. La chica estaba llorando. Se enjugó las lágrimas, algo completamente inútil, mientras le obedecía. Estaba luchando tanto por controlar el llanto, que su delgado cuerpecito parecía estar sufriendo un ataque. Por su parte, Rubén afianzó sus dedos entorno al mango, mientras alzaba la espada y se acercaba a su amigo. En realidad, quería sentarse junto a Tania en la cama y llorar junto a ella como si volviera a ser un niño. Pero eso ya había quedado atrás. Contuvo la respiración. - Perdóname... Por favor... Ojalá existiera otra forma. No lo pensó. Abandonó cualquier rastro de consciencia para limitarse a actuar como si fuera un robot, un mero mecanismo. Enarboló la espada con fuerza, trazando un semicírculo. Durante un segundo, el filo pareció volver a encontrar resistencia, pero no. Avanzó con suavidad, como lo haría a través de un bloque de mantequilla... Pero... En realidad... Fue el cuello de Santi. Un golpe seco. Un brillo cegador. Antes de que pudiera darse cuenta, todo había vuelto a la normalidad. El internado no parecía sufrir un terremoto. El mundo dejó de caerse a pedazos. El gris se marchó para siempre, trayendo a cambio una gama de intensos colores... Como el brillante escarlata que había formado un charco en el suelo, justo donde el cuello de Santi reposaba sin cabeza. Rubén soltó la espada, que cayó a un lado, acompañada de un repiqueteo metálico. Sentía que se había quedado vacío, que había dejado de ser una persona. Entonces se miró a sí mismo. La camisa, otrora nívea, tenía manchas de color carmín. Sangre. Sangre de Santi, como la que había en el suelo, junto a su cuerpo inmóvil. Sobre aquel charco rojo descansaban las gafas de Santi. Más allá, tirada de cualquier manera... Y ya no pudo soportarlo más. La culpa le ahogaba, le taladraba. Se dejó caer al suelo, de rodillas, vencido, exhausto, viejo, distinto... Desde donde estaba contempló su funesta obra. Vio los deportivas maltrechas de Santi, las mismas que no consentía en tirar porque eran sus favoritas. - Yo... L-lo... Lo... S-Santi... lo s-sien...


Al comenzar a llorar, fue a tumbarse, pero algo se lo impidió. Tania había acudido a su lado, le estaba abrazando, le susurraba algo que Rubén no llegaba a entender. No le importó. Se limitó a abandonarse al abrazo. - Ya no era él - escuchó que decía Tania.- Tú mismo lo dijiste, ¿recuerdas? Había dejado de ser él para ser una mera extensión de la máquina... Su punto más débil. No ha sido culpa tuya. Tú no le diste la máquina, tú... Tú sólo nos has salvado a todos. Rubén fue a negar todo aquello, a pedir que no lo tratara como a un héroe. Se sentía cualquier cosa menos un héroe. Sin embargo, algo de lo que había dicho Tania le había calado bien hondo, como si hubiera presionado una tecla en su interior. Él no le había dado la máquina, alguien lo había hecho. Alguien la había sacado de la caja de seguridad que había bajo tierra y se la había dado a Santi, seguramente para que les destruyera. Alguien. Simplemente alguien, ya que no sabía quién. Al igual que tampoco sabía quién había asesinado a su hermana. Al igual que no sabía quiénes eran los Conscius que le habían destrozado la vida, que habían jugado con él como si fuera un mero peón sin voluntad o decisión. Estaba harto. Estaba furioso. ¿Por qué existían personas que les manipulaban así? De repente, tomó una decisión. Y fue diferente a todas las que había tomado a lo largo de su vida, era más seria, más real y fuerte. Esas personas iban a dejar de destruir vidas ajenas. Iban a dejar de existir. Y él se iba a encargar. Iba a acabar con cada uno de ellos, les iba a matar para vengar a todas las personas que se habían marchado por el camino. Por Santi, por su hermanita, por su madre, por la de Tania, por la madre de Ariadne... Por él mismo. Los iba a vengar a cada uno de ellos, iba a hacer justicia de una vez, limpiando el mundo de aquellos seres desalmados... Aunque él tuviera que convertirse en uno. Todavía con el rostro surcado de lágrimas, alzó lentamente los brazos para rodear a Tania, estrechándola entre ellos una vez más. Quizás la última. Dado el camino que iba a seguir, era bastante probable que no volvieran a estar jamás. Le pareció un precio suficientemente justo para poder protegerla de verdad. Dejó que Tania le consolara, que le murmurara sentidas palabras de ánimo, incluso verdades dulcificadas, mientras se recomponía. En cuanto la llama de su ira consumió el último


rastro de culpa, en cuanto la poderosa idea de venganza y justicia sustituyó aquella pena casi infinita que le embriagaba, se sintió mucho mejor. Y se hizo a sí mismo una promesa.

Esta será la última vez que me rompa. Esta será la última vez que muestre debilidad. Que sea débil.

 No supo cuánto tiempo estuvo sosteniendo a Rubén. En realidad, en cuanto había visto el desenlace de aquella horrible situación, como Santi moría, quiso a echarse a llorar. Santi era de los pocos amigos que tenía en aquel lugar. Pero guardó todo lo que sentía para ayudar a Rubén, para impedir que cayera en un pozo oscuro... No quería, bajo ningún concepto, que se repitiera lo que habían vivido con Ariadne. - Estoy mejor - susurró Rubén, separándose un poco, mientras se restregaba los ojos, todavía enrojecidos por haber estado llorando. - ¿Seguro? - Sí... Tania quería preguntarle si tenía ganas de desatarse en una discoteca, pero se calló, no era el momento adecuado. En su lugar, se puso en pie y ayudó a Rubén a hacerlo. Se esforzó en no mirar el cadáver de Santi, pues temía echar hasta la primera papilla de hacerlo. - Voy a ir a buscar al profesor Antúnez - dijo entonces.- Alguien debería hacerse cargo de...- vio que Rubén se acercaba a su armario, esquivando un cascote, prácticamente el único rastro que quedaba de los cambios producidos por la máquina de escribir. El chico cogió una bolsa de deporte.- ¿Qué haces? - Álvaro me explicó que para entrar en los asesinos, hay que entregarle la cabeza de tu víctima a su rey. - ¿Qué? ¿No estarás hablando en serio? La mirada de Rubén le indicó que sí lo estaba haciendo, por eso se colocó ante el cuerpo de Santi para impedir que pudiera acercarse. El chico la miró como si estuviera perdiendo la paciencia, pero se limitó a suspirar: - Tania... - ¡No pienso dejar que lo hagas! - Es mi decisión - aclaró él. - ¡Es una decisión espantosa! ¡No puedes convertirte en un asesino!


- En primer lugar, ya lo soy. Le he matado, Tania. La máquina acabó con Santi, pero fui yo quien acabó con su vida. Le he matado. He matado a alguien - Rubén le mostró dos dedos.En segundo lugar, ¿por qué no? Tu tío lo es, ¿me equivoco? Y, que yo sepa, no te parece tan horrible, así que... - ¡Es diferente! - No lo es. Ahora aparta. - Pero... - Oye, Tania... Mira, no tenemos demasiado tiempo - la esquivó para acercarse al cadáver. Con manos temblorosas, además de la cara verdosa, guardó la cabeza de Santi en la bolsa.- Estoy harto, ¿vale? Harto de no saber, de sentirme impotente, de andar dependiendo de otras personas... De tener las manos atadas. Quiero actuar por mí mismo, quiero ayudar, proteger a la gente... Y sólo lo voy a lograr, entrando en los asesinos. Tras cerrar la bolsa de deporte, Rubén se la echó al hombro y salió de la habitación, por lo que Tania tuvo que seguirle, todavía sin poderse creer lo que estaba sucediendo. - ¡Pero tendrás que obedecer al rey! ¡Tendrás que matar más! - También seré independiente y podré encontrar a los asesinos de mi hermana. - ¡Tu hermana ya está muerta! ¡Nada te la devolverá! - ¡Claro que está muerta! ¡Como mi padre! ¡Como tu madre! ¡Como Santi! ¡Todos están muertos por culpa de gente que ni siquiera conozco! - se giró sobre sí mismo para encararla con una determinación que Tania nunca había visto en él.- ¡Y seguirán matando! ¡Y haciendo cosas horribles! Seguirán haciendo todo eso, a menos que alguien les pare. - ¡No tienes por qué ser tú! - Sólo puedo ser yo, Tania - suavizó el tono de su voz. La miró a los ojos un momento, antes de acariciarle el pelo con cariño contenido.- A mí ya no me queda nada. No tengo amigos, ni siquiera tengo a mi madre y creo que ya no tengo compromisos con los Cremonte... Ni siquiera te ten... Es mejor así. Tania seguía resistiéndose a dejarle marchar, pero sabía que no iba a poder convencerle de ninguna manera, así que se limitó a asentir y seguirle. Aprovechando que el resto del internado seguía afectado por la máquina de escribir, se dirigieron hacia la cocina. Una vez ahí, Rubén metió la cabeza en una bolsa de plástico llena de hielo, además de otro par de bolsas más también llenas de cubitos. En cuanto acabó, se la echó al hombro y se volvió hacia ella. - ¿Volverás? - preguntó Tania. - Espero que sí.


- Cuídate. Por favor. Yo... No soportaría... Rubén se acercó a ella de nuevo para tomarla de los codos con suavidad, le sonreía un poco, cabizbajo, pues era algo más alto que ella. Tania sintió que algo en su interior la traicionaba de nuevo, algo que era todavía más intenso que la contradicción que le provocaba. - Sé que lo estás pasando mal porque no sabes nada sobre los demás. No ocurrirá lo mismo conmigo, ¿de acuerdo? Prometo llamarte o enviarte e-mails o cualquier cosa. Y estaré bien y volveremos a vernos. Lo prometo, ¿vale? - No quiero que te vayas. - Volveré. - Júramelo. - Lo juro. Sus manos se acariciaron un instante, antes de que Rubén le sonriera una última vez y se marchara utilizando la puerta de la cocina. Tania lo vio marchar con el corazón en un puño, todavía sentía el tacto de Rubén en su piel.


Epílogo La reina al descubierto - Vaya... Parece que ya ha parado, me pregunto cómo lo habrán hecho. Pascual Cremonte siguió escrutando aquel espejo con el ceño fruncido, entre asombrado y curioso. Al final, debió de decidir que no tenía demasiada importancia, pues agitó la cabeza antes de volverse hacia ella; al hacerlo, la superficie del espejo ondeó hasta volver a ser un mero cristal, en vez de una pequeña ventana a la habitación que su hija había ocupado en el Bécquer. Incómoda, Beatriz cambió de postura, cruzando las piernas y apoyando la espalda en el respaldo. Como siempre, se mostraba fría, como si no existiera en el mundo algo que la afectara, aunque en realidad había estado contemplando el dormitorio gris con un nudo en el estómago. ¿Le habría sucedido algo a Rubén? Por favor, que no le hubiera pasado nada malo. Comprobó que Pascual mantenía su mirada fija en ella, así que Beatriz se limitó a mirar a su alrededor y comentar: - Todavía no he visto a Erika, ¿está aquí? - Supongo que estará volviendo. Ha sido ella quien le ha devuelvo la máquina de escribir al muchacho - se sentó en el sofá color hueso que había frente a ella; entre los dos una mesa baja de cristal, donde reposaba una bandeja con sendos cafés, copas y alguna que otra botella de licor. Pascual se sirvió un poco de coñac, lo agitó con suavidad y trazó una sonrisa retorcida en sus labios agrietados.- No podíamos permitir que una novela de misterio quedara sin final, ¿verdad? - Desde luego - concedió, acompañándose de un gesto de desdén. - Perdona, qué maleducado. ¿Quieres? - No, gracias...- se fijó en él, mientras se inclinaba un poco hacia adelante.- ¿Y bien? - ¿Y bien qué? - Me dijiste que sabías los nombres de todos los Conscius, que por fin podríamos hacer justicia con esa panda de desalmados - hizo una pausa, obligándose a sí misma a conservar la calma, aunque entonces recordaba el cuerpo mutilado de su pequeña y le resultaba una tarea casi imposible. Aún así, lo logró.- ¿Cómo se llaman? ¿Dónde están? - Creo que me entendiste mal, querida. Aquello sí que no se lo esperaba. Aunque Pascual Cremonte no le gustaba especialmente, siempre había sido el socio perfecto y había cumplido.


- Me llamaste y me dijiste... - Dije que lo sabía todo... Pero no sobre los Conscius. - ¿Qué quieres decir? Pascual se puse en pie para comenzar a pasear por la habitación. Beatriz no dejaba de seguirle con la mirada, sintiendo que abandonaba el control, pues el temor estaba pudiendo con ella. Sentía que algo no iba bien. - En primer lugar, tanto yo como mi jefe queremos darte las gracias. - ¿Tu jefe? ¿Qué jefe? Ante su pregunta, Pascual sacó una nota del bolsillo de su camisa y se la tendió con un brillo lobuno en los ojos. Beatriz la aceptó, no sin reticencias.

Gracias por los servicios prestados, tanto las Damas como la Máquina de Ellery Queen han vuelto con su legítimo dueño. Atentamente, Rodolfo Benavente Se quedó lívida. - ¿Qué quiere decir esto? ¿Rodolfo Benavente? ¿Tu jefe? Pascual se situó tras la mujer, apoyando una mano en su hombro, mientras se inclinaba sobre ella para que sus rostros estuvieran muy cercanos. - ¿De verdad crees que tú fuiste la que planeó el robo de las Damas? Ah, querida, no seas ilusa. Jamás mostraste semejante inteligencia, sobre todo desde que el dolor cegara las pocas luces que tenías - Pascual se echó a reír.- El señor Benavente lo planeó todo. El usar la máquina como distracción, el manipularte para que creyeras que todo era idea tuya, el que entraras a robar en la misma base de los ladrones... Todo lo planeó él, aunque, la verdad, el mérito es todo tuyo. No habríamos podido recuperar las Damas de no ser por ti, Beatriz, querida... ¿O quizás debería llamarte Chryssa? Fin. Calahorra, mayo de 2012.


En blanco y negro: Capítulo 38, 39 y epílogo