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Capítulo 30 Revelación Lunes Al principio, a Tania le había sorprendido, también ofendido, que la hubieran mantenido ajena a lo que había sucedido en el internado durante el fin de semana. ¿Por qué nadie le había contado nada? Hubiera ido corriendo para ver si Ariadne estaba bien o para ayudar de cualquier manera. Después comprendió que, dado el comportamiento que había tenido, era normal que nadie hubiera pensado que podía ser útil. Se había pasado meses sin preocuparse por nada, a excepción de las clases y el día a día. Ni siquiera se había molestado en ayudar con la máquina de escribir... De repente, se sintió culpable. Quizás, si hubiera hecho caso a lo que creía que eran sueños, si se hubiera interesado o se hubiera movido como había hecho con la desaparición de su padre, la máquina de escribir habría sido detectada antes... Y, por tanto, Ariadne se habría visto libre de todo aquello. - ¿Sigues enfadada? - susurró Jero a su lado. - Sólo conmigo. Su novio, una vez más, pareció leerle el pensamiento, ya que enlazó su mano con la de ella y miró al profesor de latín. En cuanto se cercioró de que el hombre no les prestaba atención, se acercó y le susurró al oído: - No es culpa tuya. Se recostó en Jero, sintiéndose algo mejor. Se quedó en esa posición hasta que la clase terminó, cuando se giró un poco, dispuesta a hablar con él. Sin embargo, antes de que pudiera ni abrir la boca, sintió que alguien le daba unos golpecitos en el hombro; al volverse, casi se le salió el corazón del pecho, pues había sido ni más ni menos que Rubén. - Tenemos que hacer el trabajo del profesor Murray, ¿recuerdas? El maldito trabajo. Se había olvidado de él entre el fin de semana con sus amigas y las novedades del internado. No obstante, asintió con un gesto, esforzándose por no hacer ningún gesto que pudiera malinterpretarse. - A mí me da igual cómo quedemos - se encogió de hombros. - ¿Te parece bien mañana a las seis de la tarde en la biblioteca?


- Perfecto. Hasta mañana. Rubén fue a marcharse, pero debió de pensárselo mejor, pues se quedó a su lado. En un principio, miró furtivamente el asiento vacío de Ariadne, aunque después volvió a concentrarse en ella, acuclillándose al mismo tiempo que bajaba el tono de voz: - ¿Y Ariadne? ¿Está...? Ya sabes. - ¿Por qué no le preguntas a tu amada novia? - masculló Deker. El tono de Deker era bajo, contenido, pero terriblemente amargo, lo que provocó que tanto ella como Jero dieran un respingo. No podían permitirse ninguna clase de numerito; eso, por un lado, por otro temían cómo podía acabar Rubén. - ¿Perdón? - logró articular éste último. - Por cierto, ¿cómo es compartir novia con Chucky, el muñeco diabólico? - No entiendo nada... Deker abrió la boca, pero Tania no le permitió seguir soltando barbaridades al pegarle una patada por debajo de la mesa. Rubén la miró enarcando ambas cejas, visiblemente sorprendido, pero ella no le dio ocasión de comentar nada al respecto, pues le resumió lo que había pasado durante el fin de semana. En cuanto acabó, se fijó en que el chico parecía desarmado, como si alguien le hubiera dado una paliza de impresión. Se pasó ambas manos por el cabello castaño, revolviéndoselo. - ¿Ariadne está bien? - inquirió con un hilo de voz. - Esta mañana se ha despertado y está bien - asintió Jero con un gesto, aunque estaba más ocupado en controlar a Deker que en mirar a Rubén.- Tiene que descansar, pero pronto estará por ahí llamándome idiota y robando cosas. En aquel preciso momento, el profesor Murray entró en el aula y caminó con urgencia hacia ellos, por lo que Tania sintió que un nudo comenzaba a formarse en su estómago, ¿y si le había sucedido algo a Ariadne? Sin embargo, el hombre se detuvo frente a Deker, mientras, con la yema del dedo índice, se colocaba bien las gafas. - Vaya al despacho del director, tiene una llamada urgente de su padre, señor Sterling.

 Álvaro tenía ojeras. Profundas ojeras. No dejaba de mirarlas desde el rincón en el que permanecía, esperando a que el señor Sterling terminara la conversación telefónica con su progenitor. Había acompañado al muchacho


desde el aula y había decidido quedarse recostado en la pared, discreto, por si hacía falta, ya que sabía que las noticias no eran precisamente halagüeñas. Sin embargo, no estaba fijándose en su alumno, sino en su director, su amigo, y el pésimo aspecto que presentaba. Su cabello dorado estaba ligeramente grasiento, sus ojos cansados y surcados por aquellas terribles ojeras que le daban un aspecto enfermizo.

No reconozco tu expresión. ¿Por qué pareces tan oscuro, tan lejano? - Sí, padre. Entendido - asintió el señor Sterling con un tono extrañamente formal en él. Justo después colgó el auricular y lo miró durante un instante, antes de pasarse los dedos por la frente, como si estuviera exhausto.- Uno de mis tíos fue asesinado el viernes - tanto el muchacho como Álvaro se miraron a los ojos brevemente, antes de que el señor Sterling suspirara.- Mañana vendrá mi padre ha buscarme para acudir al entierro, supongo que no hay problema... - Quedarás excusado, no te preocupes, Deker - asintió Álvaro. El chico se encogió de hombros, antes de ponerse en pie. A Kenneth le pareció una falta de educación, pues nadie le había avisado de que la reunión había terminado, pero se quedó callado. De camino a la puerta, de manera completamente despreocupada, Sterling añadió: - Será un mero trámite, aparentar. Apenas conocía a ese hombre y no me podía interesar menos por él... Bueno, como de casi toda mi familia en general. Y se marchó. En ese preciso momento, Álvaro volvió a su papeleo, como si nada hubiera sucedido, pero Kenneth seguía notándole extraño, como si algo le sucediera... Entonces Álvaro apoyó la frente en la palma de su mano, por lo que dejó de ver su rostro, aunque sí que pudo escuchar la extraña carcajada que se desprendió de su boca. Kenneth se acercó a la mesa, donde colocó las manos para que le sirvieran de apoyo a la hora de inclinarse. Al hacerlo, su cara quedó muy cercana a la de Álvaro, a la misma altura. - ¿Por qué te ríes? - Porque la vida puede llegar a ser muy divertida. Ladeó la cabeza, observando atentamente a Álvaro, que apoyó la barbilla en la palma de la mano. Entonces le dedicó una sonrisa radiante, como si no pasara nada, como si de repente fuera un niño o, al menos, esa sensación de luz e inocencia le transmitió; el problema era que, aunque era un gesto bonito, no dejaba de ser una actuación. - No te preocupes por mí, Ken. Estoy cansado, eso es todo.


A esas alturas, Kenneth había empezado a sospechar lo que de verdad sucedía, por lo que pasó por alto el dichoso diminutivo, que sólo tenía como finalidad el irritarle. En vez de ofenderse, articuló una pregunta, aunque él mismo apreció que la voz le sonaba pastosa: - ¿Asesinaste tú a Guillermo Benavente? Como Álvaro tan solo le miró a los ojos, se puso nervioso, así que se vio obligado a añadir a modo de explicación: - Vino un hombre a verte y después desapareciste y ahora estás así... Puede que me creáis un idiota a veces, pero no lo soy - hizo una pausa, en la que se humedeció los labios antes de insistir, sin achantarse ante la intensa mirada del hombre.- ¿Mataste a Guillermo Benavente? - No me hagas preguntas de las que no quieres conocer la respuesta. - ¿Por qué? - Porque te respeto demasiado como para mentirte y acabaría respondiéndote. Kenneth se quedó muy quieto. Un segundo después, sintió que las piernas le fallaban, casi como si se le volvieran de mantequilla y tuvo que dejarse caer en una de las sillas. Álvaro se limitó a observarle sin expresar nada. Al final, tras unos instantes de silencio, Kenneth volvió a humedecerse los labios, antes de hablar con tono natural, normal: - ¿Cuánto has dormido últimamente? Tienes un aspecto funesto. - Eres la única persona que conozco que dice cosas como “funesto”. Y Álvaro se echó a reír y su risa fue como música para los oídos de Kenneth que, por fin, vio como su amigo parecía salir de aquel estado tétrico y deprimente.

 Martes El cielo había amanecido encapotado. Las nubes de un gris muy, muy oscuro se apiñaban entorno a él, amenazantes, como si en cualquier momento fueran a estallar y dar lugar a una tormenta. Mientras miraba la ciudad de Madrid desde el taxi, Tim se encontró pensando que era el día ideal para un entierro, pues parecía llamar a la tristeza y a las lágrimas. Al final, cuando llegó al camposanto, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Nunca le habían gustado los cementerios, pero desde que tuvo que enterrar a sus padres, sólo le traían malos recuerdos. Con la mirada, buscó entre todos los presentes hasta localizar a la única cara amiga de verdad. Deker vestía camisa blanca combinada con corbata y traje negro, a juego con el largo


abrigo que llevaba; le hacía parecer mayor, otra persona, pues aquellas prendas elegantes no casaban en absoluto con su manera de ser. Subiéndose el cuello del abrigo, fue hasta ahí situándose a su lado fingiendo casualidad, como si no le importara en absoluto junto a quién estaba. - ¿Vienes a darme el pésame? - preguntó Deker con desdén. - Quiero hablar contigo - susurró él. Su amigo miró en derredor antes de clavar la mirada en él, en un gesto que Tim entendió a la perfección: aquel no era el momento. De hecho, casi como si el universo quisiera darle la razón a Deker, no tardó en aparecer el padre de éste junto a su esposa, Soledad, que parecía más afectada que el resto. Tuvo que coger aire, convencerse de que de su actuación dependería su seguridad, para poder encarar a los recién llegados a los que dio el pésame con educación y les explicó que no había podido llegar a la misa por culpa del avión. Haciendo de tripas corazón, pues seguía recordando que, en cierta manera, había sido partícipe del asesinato, se comportó como el joven modélico y respetable que se suponía que debía de ser. Por suerte, siguiendo más las costumbres inglesas que las españolas, los Benavente habían decidido organizar una reunión con los allegados en la mansión familiar. Así acabó en aquella enorme y fría casa, compartiendo palabras educadas y vacías con el resto de invitados. Estaba picando algo de una de las mesas llenas de comida que habían preparado en el salón, cuando notó que alguien le daba unos toquecitos en el brazo. Al volverse, vio a la hermana pequeña de Deker, Hanna, que llevaba un vestido negro adornado con una cinta blanca debajo del pecho. Le habían ondulado la larga caballera, recogiéndole parte en la nuca con otra cinta blanca que destacaba en aquel pelo tan negro. - ¡Cuánto tiempo sin verte, Tim! - sonrió encantadoramente. - Desde Navidad - asintió él, agachándose un poco.- No te he visto en el cementerio. - Nos han dejado a los pequeños aquí - le explicó, antes de hacer una mueca que mostró su hastío y desagrado.- Hubiera preferido ir al entierro... O a un examen de matemáticas. Cualquier cosa menos soportar a mis primas. Tim sonrió. Recordaba, debido a su estancia en aquella casa durante las fiestas navideñas, que las primas de la niña eran realmente insoportables y que Hanna no lograba encajar en ellas, por mucho que lo intentara. - ¿Podrías venir conmigo?


La pregunta de Hanna le descolocó un instante. No parecía algo que encajara con la forma de ser de Hanna... Que le echó una miradita muy significativa. Fue entonces cuando, además de sentirse un tanto idiota, asintió con un gesto, antes de comenzar a caminar a su lado. Hanna le condujo hasta la biblioteca, cerrando la puerta tras ella. Una vez ahí, le hizo un gesto con la cabeza para señalar a su hermano. Deker estaba apoyado en una de las estanterías con un libro en la mano; se había quitado la chaqueta, además de arremangado hasta el codo e iba muchísimo más despeinado que en el cementerio. - Hanna, ¿podrías ejercer de vigía ahí fuera? - Hermanos...- suspiró la interpelada.- O explotadores o tiranos...- la niña puso los ojos en blanco, pero acabó contemplando con cariño a Deker, antes de fijarse en él de nuevo. Entonces le dedicó una radiante sonrisa.- ¡Hasta luego, Timmy! Y se marchó a toda velocidad, sin ni siquiera despedirse. Acercándose a su amigo, exhaló un profundo suspiro. - Tu hermana y tú sois los únicos que me llamáis así. - Es cariñoso... Al menos por su parte - bromeó. Se miraron un instante, alargando el silencio, hasta que, al final, Tim pasó a resumirle lo sucedido en Barcelona de verdad, no la versión que había ideado para el resto de la familia Benavente. Cuando terminó, se quedó callado, esperando una reacción por parte de Deker, aunque el chico sólo se encogió de hombros. - ¿Y qué quieres de mí? - Registré el piso de tu tío, pero no encontré nada. Después, examiné el piso seguro que hay en Barcelona. Tenían varios Objetos, aunque nada demasiado importante. - Tim, estás dando muchos rodeos. - La cuestión es que, para ello, robé la tarjeta de identificación de tu tío. Lo que hice fue hackear la hora en que pasé la tarjeta para que creyeran que había sido tu tío. Bueno, a lo que iba, también copié la tarjeta, así que necesito saber dónde debería buscar. Podré acceder a cualquier lugar, pero hay demasiados posibles lugares... - Creo que sé dónde debes ir.

 - ¡No quiero ir! Tania dejó la carpeta sobre el escritorio de Ariadne, antes de sentarse en su cama. Su amiga, que parecía mucho más recuperada que el día anterior, la miraba entre divertida y


comprensiva. Habían pasado la tarde viendo series en el portátil, pero ella no se había podido concentrar, demasiado ocupada pensando en los dos chicos que ocupaban su corazón: por un lado, Jero no había querido estar con ellas y seguía en su habitación, enfrascado en la lectura de esos libros raros; por otro, esa tarde se iba a reunir con Rubén... - ¿Crees que Jero está enfadado y por eso sigue en su habitación? - Creo que Jero ha descubierto que hay vida más allá de Teo va al parque. - Ariadne. - Pero si sabes que le quiero - suspiró su amiga. Tania pudo ver que Ariadne estaba haciendo un esfuerzo, que eso de consolar seguía sin resultarle fácil, pero que lo intentaba. Le acarició un brazo de manera un tanto artificial.- Oye, no te preocupes. Harás el trabajo, no pasará nada y luego volverás con Jero y estaréis tan bien que hasta vomitaréis arco iris. Le dio las gracias, antes de resoplar una vez más, pues ya eran las seis menos diez, así que debía correr hasta la biblioteca donde Rubén le estaría esperando. Por eso, se despidió de su amiga, se cercioró de que la mochila seguía en su sitio y se marchó. Estaba en medio del pasillo de los dormitorios, cuando se dio cuenta de que se había dejado la carpeta sobre el escritorio de Ariadne, tras la primera intentona de abandonar el cuarto. Suspiró, pensando en que iba a llegar súper tarde, antes de regresar sobre sus pasos hasta la habitación de su amiga... De donde llegaban voces porque la puerta no estaba cerrada del todo. - En serio, me alegro mucho de que estés bien. Yo... Creo que debería pedirte perdón.

Esa voz... ¡Es la voz de Rubén! Aquello la dejó de piedra, ¿qué narices hacía Rubén visitando a Ariadne? ¿Acaso eran amigos? ¡Pero si Ariadne no le soportaba! De hecho, podía recordar como hacía unos meses había escuchado una conversación entre ellos, algo que creía puntual, donde Ariadne había demostrado lo mal que le caía y lo frustrada que se sentía con su forma de ser. Estaba tan asombrada, que le importó un comino que estuviera mal espiar tras las puertas y se colocó junto a ella, conteniendo la respiración para poder oír mejor. - ¿Por qué? ¿Por tener una novia psicópata? - se rió Ariadne. - Pues me siento mal, ¿qué quieres que te diga? - Pues deja de sentirte mal - Tania fue capaz de reconocer el tono de voz de su amiga, incluso se la imaginó encogiéndose de hombros.- Oye, ¿no deberías estar en la biblioteca ahora mismo? Tania acaba de irse... - Lo sé. Estaba esperando en el pasillo. En cuanto vi como se iba, he venido a verte. Ya sabes que no quiero que sepa que somos amigos.

¿Amigos? ¡Los amigos no se esconden!


¡Los amigos no mantienen relaciones con los ex de sus amigos a escondidas! ¡Esos dos no pueden ser amigos! ¿Y si son...? Dios, voy a vomitar. Al borde del ataque de pánico, también del vómito pues el pensar en Ariadne y Rubén como pareja le provocaba nauseas, se obligó a permanecer atenta a la conversación. - Anda, vete ya. No le gusta demasiado la impuntualidad. - Ya lo sé. - ¿Pero? - Me da miedo ir - reconoció Rubén con un hilo de voz. Tania apreció tanta sinceridad, tanto dolor en aquellas palabras, que no pudo evitar asomarse por aquella abertura de poco más de un centímetro; así fue como vio a Rubén desplomándose en los pies de la cama, enterrando la cabeza entre las manos.- No puedo ser fuerte cuando estoy con ella. No sé... Es verla y todo se va a la mierda. Sólo tengo ganas de contarle todo.

¡Oh, Dios mío! ¡Es verdad! ¡Son amantes! Creo que estoy sufriendo un aneurisma... - Oh, Rubén...- se lamentó Ariadne, la pedazo de traidora.- ¿Y de qué serviría? ¿Acaso ha cambiado tu situación? Oye... No tengo nada en contra de ti, ya lo sabes, pero no quiero que Tania lo pase mal. No se lo merece. Y encima está Jero... - Ya lo sé. Sé que mentirle es lo mejor, que no puede saber que, en realidad, la amo a ella - entonces añadió, acompañándose de un gruñido de frustración.- ¡Las odio tanto! ¡Odio tanto a Erika! ¡Y a mi madre! Si mi madre no hubiera asesinado a Rafael Martín, no tendría que casarme con Erika para protegerla y podría haber sido feliz con Tania. Si al menos pudiera olvidarme de ella, si pudiera borrarla, pero no puedo, por más que lo intente, sigo enamorado de ella. El corazón de Tania se detuvo. Un instante después, la avalancha de sentimientos que experimentó fue tal, que sólo pudo salir corriendo hasta su habitación, donde se encerró, sintiendo que no podía respirar.

 Viernes Estaba siendo una noche oscura, aunque en aquel momento, de entre las nubes, surgió la brillante esfera plateada que era la luna, haciendo que la silueta de aquel rascacielos se dibujara contra ella, pareciendo ya no solo amenazador e intimidante, sino desafiante y anhelante, como si quiera romper las leyes de la física para poder tocar el cielo.


Al contemplar el altísimo edificio, Tim se dio cuenta de que debía de haber pedido ayuda para llevar a cabo su plan. Él era un hacker, actuaba desde una habitación segura con un ordenador, no se colaba en rascacielos para robar, eso era más propio de un ladrón.

Tenía que haberle pedido ayuda a Ariadne. O, al menos, consejo. Suspiró, recordándose que había planeado minuciosamente su incursión en el rascacielos propiedad de los Benavente donde, según Deker, se llevaban a cabo las reuniones más importantes y donde guardaban los secretos más trascendentes. Había algo más en aquel edificio. Ya no era que resultara tétrico, un poco perturbador, sino que su amigo se había mostrado especialmente esquivo al hablar sobre aquel lugar. Agitó la cabeza, debía de dejar de pensar en todo aquello y, simplemente, actuar. Por eso, se concentró en la pantalla de su ordenador. Hacía un par de días que ya había entrado en el sistema informático y nadie se había percatado de ello. Se había limitado a entenderlo, a espiar, a descubrir cómo funcionaba la seguridad para poder saltársela. Lo primero que hizo fue alterar las cámaras de seguridad: las apagó, colocando las imágenes del día anterior. Después, localizó a los dos guardias, que estaban en la garita junto a la puerta de entrada. Personalmente, Tim encontraba escasa la cantidad de guardias. Quizás se debía a que era un hacker, pero le parecía un error dejar la seguridad casi al completo al sistema informático. Éste se podía hackear y adiós muy buenas. Al final, había llegado a la conclusión de que la familia Benavente debía de esconder algo tan horrible que no querían que nadie lo viera. Después, se cercioró de que no le faltaba nada. Iba completamente vestido de negro, con ropa ajustada y cómoda, además de guantes de cuero. Se colocó un gorro negro para que su pelo no destacara y, después, una mochila del mismo color a la espalda. Entonces presionó la tecla Enter. El día anterior, aprovechando que nadie le conocía, se había hecho pasar por el de mantenimiento y se las había apañado para instalar un dispositivo en el conducto de ventilación. El mecanismo consistía en una especie de cápsula que contenía cloroformo y, ante su orden, ésta se abrió y lo dejó libre. Aguardó el tiempo de rigor, durante el cual abrió la puerta de doble hoja de cristal usando su ordenador, antes de colocarse una pequeña bomba de oxígeno entorno a nariz y boca. Entonces, guardó su netbook en su mochila, mientras echaba a correr hacia el edificio. En cuanto lo hizo, alargó la mano para coger la tarjeta que le había copiado al difunto Guillermo Benavente y fue directo a pasarla por el lector que había junto al ascensor.


Una vez ahí, estudió el panel con la hilera de botones y descubrió que los primeros pisos no necesitaban identificación. Sin embargo, a partir del séptimo, en vez de botón había un lector de tarjetas. Por eso, decidió ignorar los seis primeros pisos y se dedicó a examinar los restantes. Le sorprendió descubrir que cada piso, en realidad, era como dos apartamentos llenos de polvo y muy austeros. Sintió un escalofrío en la espalda al sospechar que, más que viviendas, eran celdas. O, al menos, esa impresión se llevó. Los siguientes niveles eran como enormes gimnasios, también había aulas, todos ellos llenos de polvo, como si no se utilizaran desde hacía tiempo. El penúltimo piso estaba adecuado como una enorme sala de reuniones con una amplia mesa, un mueble bar, varias pantallas... Era el único que parecía habitable, estaba limpio, incluso había comestibles recientes. El último piso fue el más extraño de todos. La puerta del ascensor daba directamente a una sala blanca completamente desnuda, no había en ella ni muebles, ni cuadros, ni nada. Sólo cuatro paredes níveas. Ni siquiera una puerta.

¿Qué demonios es esto? Se dedicó a examinar minuciosamente cada una de esas paredes, descubriendo al lado del ascensor una especie de ordenador casi diminuto que consistía en una pantalla y un teclado, ambos incrustados y escondidos por un panel blanco. Antes de intentar hackear aquel sistema, decidió emplear la tarjeta de identificación de Guillermo Benavente, a ver qué sucedía. Al hacerlo, escuchó un leve crujido y, ante sus ojos, vio como un par de paneles se deslizaban hacia un lado, dejando a la vista un ascensor en una pared lateral y otra puerta blanca en la de al lado. Al examinar la primera, descubrió otra de aquellas curiosas celdas, así que fue al ascensor, donde encontró un único botón. Al presionarlo, las puertas se cerraron y notó como bajaba. Cuando las puertas se volvieron a abrir, se encontró en una habitación de lo más rara. Era larga, muy larga, y parecía estrecha, aunque en realidad no lo era. Lo que sucedía era que a ambos lados había unas estanterías metálicas, atestadas de libros, además de protegidas por un grueso cristal. Curioseó por encima los lomos de aquellos tomos de aspecto antiguo, no conocía ninguno y, de hecho, en varias ocasiones ni siquiera reconocía el idioma en el que estaban escritos. Caminó hasta el fondo, donde había otra puerta. En la sala contigua, de forma circular y de suelo de piedra, únicamente había una serie de puertas, que abrió una a una. Todas ellas, a excepción de una, daban lugar a habitaciones como las que había en las comisarías de policía: eran más cómodas, mejor amuebladas, pero todas tenían aquel cristal que permitía el ver lo que había al otro lado, pero no en el sentido contrario.


Sin embargo, lo que había tras el cristal cambiaba radicalmente. No era un mero cuarto con una mesa y unas sillas, no. Había un enorme quirófano, había una sala completamente de piedra llena de símbolos raros, también había una llena de elementos de tortura y otra que parecía una pista americana.

¿Qué hacen los Benavente en este edificio? Todo aquello le provocaba escalofríos, incluso una sensación de inestabilidad muy cercana al mareo, así que se obligó a calmarse y dar media vuelta. Había llegado el momento de ver el interior de la excepción. A primera vista, la habitación que le quedaba por examinar no era tan horrible. Era una mera sala de archivo, llena de archivadores que examinó concienzudamente. Sin embargo, no halló nada interesante hasta que encontró uno de esos que no pudo abrir.

Mierda. ¿Por qué no sé reventar cerraduras? Sintiéndose de repente muy frustrado, pues intuía que ahí había algo importante, golpeó el mueble con todas sus fuerzas. Sonó a hueco. Frunció el ceño, ¿qué narices...? Se agachó un poco para examinar mejor los cajones, dándose cuenta de que no existían, eran un mero engaño. La lógica dictaba que, detrás de aquel archivador, tenía que haber oculta una caja fuerte o algo por el estilo, así que intentó moverlo. Al principio, no tuvo éxito, pero al cambiar la dirección, descubrió que el mueble se deslizaba... Hasta dejar al descubierto la puerta de una caja fuerte que, como intuía, contaba con un lector. Pasó la tarjeta, provocando que la pantalla se volviera verde. Sonrió, triunfal, aunque el gesto se le congeló en los labios. A continuación, le mostraron un rectángulo en blanco, además de un teclado numérico para que introdujera la contraseña. Entonces, recordó a Guillermo Benavente y el breve tiempo que pasó con él. En más de una ocasión, le había visto introducir una clave, siempre la misma, pues el ruido que hacían las teclas al ser presionadas era siempre igual. Aunque el hombre le había pedido que no mirara, él lo había hecho en alguna ocasión. Sabía la contraseña, pero no podía recordarla.

Vamos, Tim, recuerda. Venga, recuerda. Recuerda. Eran ocho dígitos. Era una fecha, pero, ¿cuál? Tras estrujarse los sesos un poco más, creyó recordarla. No estaba seguro al cien por cien, pero sí al noventa por cien, así que contuvo el aliento y decidió marcarla:

20011952


Durante un segundo, el más eterno que había experimentado hasta ese momento, no ocurrió nada. Tim temía que en cualquier momento, comenzaran a sonar alarmas y que acabara en la sala de tortura que había visto. Pero, al final, lo único que ocurrió fue que la puerta de la caja fuerte se abrió, dejando al descubierto una serie de carpetas que reposaban en el fondo. Las leyó todas: era mero papeleo sobre negocios, testamentos, cuentas bancarias en paraísos fiscales... Pero, en medio de aquella información tan mundana, encontró una carpeta negra que no tenía ningún tipo de nombre o identificación. Sin dudarlo ni un instante, la abrió. La primera página era una lista un tanto curiosa, que rezaba: Proyecto Chernobog Proyecto Mnemósine Proyecto Loki Proyecto Ariel Pestañeó varias veces, pues a excepción de Loki, que era el dios escandinavo del engaño, no le sonaba ningún otro nombre. Además, el que cada uno de ellos fuera acompañado de la palabra <<proyecto>> no le daba buena espina. Observó que, además, el último nombre de la lista estaba subrayado a mano. Tras sacarle una fotografía con su teléfono móvil, pasó la página y abrió los ojos de forma desorbitada al ver una imagen de Ariadne Navarro. Era más bien reciente, pues llevaba el uniforme del internado, la media melena y acompañaba a Tania Esparza. Tras la fotografía, encontró una serie de folios que fotografió sin detenerse a leerlos, pues el primero de ellos, que era distinto al estar manuscrito, rezaba:

Recientemente, hemos descubierto que Ariadne Navarro, seguramente el sujeto de investigación denominado Ariel, ha mostrado signos de poseer percepción extrasensorial. Según nuestra infiltrada en el internado Gustavo Adolfo Bécquer, la señorita Erika Cremonte, la señorita Ariadne Navarro puede comunicarse con fantasmas. ¿A dónde llegarán sus capacidades? ¿Únicamente puede entablar comunicación con los espíritus o puede hacer mucho más? Las posibilidades son infinitas. Precisamente por eso, recomiendo la extracción de la señorita Ariadne Navarro. Debe ser examinada con urgencia, por si su habilidad puede resultar un peligro o todo lo contrario y nos puede ayudar.


En cuanto se cercioró de que había fotografiado todo y de que había dejado todo como estaba, Tim echó a correr para salir de ese edificio. Debía de estar bajo el nivel del suelo, pues no tenía cobertura y la necesitaba para poder llamar a Deker y advertirle de que los Benavente iban detrás de Ariadne Navarro. Y, visto lo visto, le aterraba lo que podrían hacer con ella.


En blanco y negro: Capítulo 30