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Cuatro damas A. Celorrio


Andrea Celorrio Bella

Prólogo El robo El silencio se extendía como un liviano manto sobre la ciudad, haciendo compañía a las estrellas, que brillaban tenues en lo alto de la oscura cúpula celestial. Un instante después, la calma se rompió en miles de pedazos cuando una alarma comenzó a resonar hasta en el último rincón de París. La molesta y aguda alarma nacía en el museo del Louvre que deslumbraba en medio de la noche, a pesar de encontrarse en la ciudad de la luz. En realidad, sabía perfectamente que el sobrenombre le venía no porque la ciudad se iluminara al anochecer, sino por su fama como centro tanto de las artes como de la educación. Aún así, prefería considerar que era por el hermoso aspecto que ofrecía cuando el cielo se oscurecía. La alarma, además, sirvió de preludio para el jaleo que armaron tanto los guardias de seguridad como la policía. Ah, los gendarmes, no recordaba que fueran tan rápidos... Pero, claro, acababa de robar en el Louvre, así que supuso que trabajarían con más ahínco del habitual. Por su parte, no se inmutó ni ante el incesante pitido de la dichosa alarma, ni ante el movimiento policial, se dedicó a seguir corriendo como alma que lleva el diablo, mezclándose con la gente. Sus ropas eran negras, ajustadas, cómodas, perfectas para robar, pero no para no llamar la atención... Lo que ya había supuesto. Por eso, se metió en el callejón más oscuro que había encontrado en los días anteriores al robo y cambió las oscuras prendas por otras de paisano que había dejado preparadas. Introdujo el objeto sustraído en una mochila que se echó al hombro, mientras aquella vez sí que se perdía entre los parisinos. Caminó con calma por las luminosas calles hasta que encontró una parada de taxi, donde se detuvo a coger uno. - Où voulez-vous monter? - Charles de Gaulle, s’il vous plaît. Se recostó cómodamente en el asiento, sonriendo un poco al pensar en lo útil que era saber hablar perfectamente varios idiomas. Por suerte, además, había practicado casi desde que tenía memoria, por lo que en su francés no había ni pizca de su verdadera nacionalidad española. Siguió conservando la tranquilidad incluso cuando llegó al aeropuerto Charles de Gaulle. Se trataba de un edificio muy diáfano, de aspecto moderno. Una vez más, se detuvo a contemplar la belleza que suponía aquel cielo tan oscuro cuajado de estrellas, ya que el techo del aeropuerto se lo permitía. Después, se dirigió hacia el baño, donde se encerró en un cubículo para abrir su mochila y poder extasiarse otra vez al contemplar lo que había robado. Se trataba de un diamante. Un diamante verde para más datos. La tonalidad de su color era tan intensa como la de una esmeralda, lo que hacía de él algo increíblemente raro... De hecho, era algo único en el mundo. Además, su talla tenía forma de pera, por lo que tenía el aspecto de una lágrima. Sonrió para sí, acababa de perpetrar uno de los mejores robos de la historia y, lo que era mejor, aunque el mundo entero lo sabría, nadie conocía su verdadera identidad, por lo que quedaría libre de castigo. Escondió el diamante y se internó en la seguridad del aeropuerto, pensando que pronto aterrizaría en España, pronto estaría en casa.

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Andrea Celorrio Bella

Capítulo 1 Chica conoce chico Había sido atracción a primera vista. Por lo menos para Tania. Nada más verle, en cuanto sus ojos se toparon con aquel chico alto y un poco fornido, como si fuera un proyecto de deportista, experimentó aquella conocida sensación de hormigueo en el estómago... De fuego en el cuerpo como diría la película. Sin embargo, jamás había experimentado algo tan intenso. El chico tenía el pelo castaño claro y los ojos grises. Bonita combinación. Nunca le había visto y eso que frecuentaba aquella discoteca: todos los santos fines de semana ella y sus amigas iban a pasar la noche bailando, bebiendo y riendo. En medio del gentío, con la banda sonora del último remix de un éxito americano de los años ochenta, las miradas del chico y de ella se cruzaron. A pesar de la gente que había a su alrededor, Tania sabía que la estaba mirando a ella. Sólo a ella. Así fue como todo comenzó. Juego de miradas. Una copa. Intercambio de sonrisas. Hacerse la interesante. Pasar muy cerca de él al ir a la barra. Otra copa. Risas con las amigas. Más miraditas... Al final, él se atrevió a acercarse y, para entonces, ella ya había caído irremediablemente presa del hechizo. Comenzaron a conversar. La conexión fue inmediata. Él era encantador, divertido, tenían intereses comunes, un gusto parecido en música y películas... Pronto, la discoteca era más un estorbo que el lugar donde divertirse de siempre, por lo que acabaron yéndose prácticamente a hurtadillas. Tania perdió la noción del tiempo, tan sólo era consciente de aquel chico tan maravilloso y que tan bien la comprendía, a pesar de que se habían conocido hacía unas pocas horas. No obstante, cuando comenzó a amanecer, recordó que tenía un padre en casa que, seguramente, estaría urdiendo mil maneras de asesinar al pobre desgraciado que estuviera con su hija. Por eso, los dos se encaminaron hacia la casa de ella. Todavía no se habían soltado las manos. También habían compartido besos furtivos, pero no fue hasta alcanzar el portal del edificio, debido probablemente a la proximidad de la separación, que sintió que tanto su pasión como la de él se descontrolaban por completo. Como resultado, acabó recostada contra la amplia puerta de cristal, mientras el chico la besaba como si no fuera a haber mañana. - Si mi padre nos pilla, eres hombre muerto. El chico se separó brevemente de ella, lo suficiente para enarcar una ceja y curvar los labios hacia un lado, como si no se creyera nada. Por eso, Tania dejó de sonreír, no quería que se tomara aquel tema a broma. - En serio - insistió. A pesar de sus esfuerzos, él seguía tomándose aquello a cachondeo, pues volvió a besarla, antes de decir con una sonrisita de suficiencia: - Acabamos de conocernos y ya me siento como Romeo - se separó un poco; le acarició la mejilla, ladeando después la cabeza para observarla con cierta incredulidad.- Esto es muy raro... - ¿El qué? ¿No tendré algo en el pelo? Tania se había vuelto a toda velocidad para observar su reflejo en la puerta, examinando con cierto temor su cabello rubio. Odiaba los bichos, cualquier clase de bicho y no era extraño encontrárselos en verano. Estaba ocupada sacudiendo la cabeza, casi presa del pánico, cuando el muchacho le acarició un brazo, instándola a volver a su posición inicial: frente a él. Le acarició, de nuevo, la mejilla, poniéndose serio por un momento. - Ni siquiera sé tu apellido y siento que te conozco. 3


Andrea Celorrio Bella Tania se quedó callada, impresionada, jamás le habían dicho algo así: tan sencillo y tan intenso al mismo tiempo. Se esforzó en recorrer mentalmente todo su vocabulario, pero por más que lo intentara, no halló la combinación correcta de palabras para poder responder a algo así. Tuvo suerte, pues el chico, colocó ambas manos en la parte de atrás de su cabeza para besarla de nuevo, aunque, en aquella ocasión, resultó muy distinto. Al separarse, el chico volvió a rozarle el pelo con delicadeza, la miraba a los ojos con fijeza y parecía que iba decir algo romántico de nuevo. Sin embargo, no tuvo la oportunidad porque una voz les sorprendió mediante el portero automático: - Si quieres mantener tu cuerpo exactamente como está ahora, aléjate de mi hija. - ¿Tu padre? - articuló el chico. - Mi padre - suspiró Tania con cara de circunstancias. El joven se inclinó sobre ella de nuevo, alzando una ceja con aire divertido. Tania frunció un poco el ceño, pues juraría que lo veía aliviado... Era raro. Tampoco pudo pensar demasiado en aquello, puesto que él le propinó un rápido beso en los labios antes de marcharse. Al principio, se quedó como paralizada. Atónita. ¿Se estaba yendo sin más? Pues si se pensaba que iba a ser ella la que le suplicara el número de teléfono o sus apellidos para encontrarlo en una red social, lo iba a llevar claro. Por muy increíble que fuera, no iba a entrar en ese juego; lo había visto en una de sus amigas y no era divertido. Sacó las llaves del diminuto bolso que llevaba colgado como una bandolera, las introdujo en la cerradura y, mientras abría la puerta, aguantó un suspiro. Menuda decepción... - ¡Tania! - sorprendida de escuchar la voz del chico, se aferró al tirador, antes de mirar por encima del hombro; su rubia melena centelleó al sacudirse como un látigo. Él le sonreía con franqueza, también con ilusión.- Creo que nos volveremos a ver. El destino y esas cosas. - ¿El destino? Pero él ya le había guiñado un ojo y había reemprendido la marcha calle abajo, topándose con aquellos vecinos que ya se habían puesto en marcha. Durante unos instantes, se quedó ahí, recostada contra la puerta, viéndole desaparecer; después reaccionó, por lo que agitó la cabeza y entró en el portal todavía pensando en lo que acababa de suceder. Vaya tío más raro... Como vivía en un primero, no le costó prácticamente nada el subir los escalones y llegar al rellano donde le estaba esperando su padre. El verle con el ceño fruncido, clavando el rictus de un bulldog enfadado, interrumpió el hilo de sus pensamientos. - Ya ni te molestas en quitarte los tacones, ¿eh? - le reprendió el hombre. Tania ladeó levemente la cabeza, entrecerrando un poco los ojos. - Me ha quedado bastante claro que estabas despierto... - ¿Ah si? ¿Y eso? - Mmm, no lo sé, la verdad - la chica frunció el ceño, fingiendo que se replanteaba la respuesta; al final, sacudió los hombros, al mismo tiempo que entraba en la casa junto a su padre.Pues nada, que no se me ocurre - el hombre cerró la puerta tras él, por lo que Tania giró sobre sí misma para encararle con una mueca sorprendida; la resaltó llevándose un dedo a los labios.- ¡Oh, espera...! - le fulminó con la mirada.- ¿Será por qué has repetido El numerito? - Tú eres quién lo inicia. - ¡Papá! Incluso a ella misma le sorprendió el tono infantil de su protesta, por lo que suspiró. Había pasado la noche de juerga, estaba exhausta, también ligeramente confundida por el extraño comportamiento del chico, así que lo que menos le apetecía era iniciar la misma discusión de siempre. Tras estirar los brazos, exagerar un bostezo para dejar claro que estaba cansada y se iba a dormir, se dirigió hacia su habitación, ahuecándose el pelo. - Tarde o temprano ocurrirá. - Pues este de aquí se encargará de que sea lo más tarde posible. 4


Andrea Celorrio Bella No se había vuelto hacia él, aunque sabía que la estaba observando, por lo que le dedicó un gesto desdeñoso antes de encerrarse en su dormitorio. Lo primero que hizo fue cambiar sus bonitos, pero incómodos, zapatos de tacón por sus cómodas sandalias veraniegas de estar por casa. Después, guardó los primeros con mimo en la parte de debajo de su enorme armario. Hizo lo mismo tanto con el bolso como con la ropa que llevaba, pues todo tenía un lugar y no le costaba nada mantener el orden. En cuanto acabó con aquella especie de ritual, se tumbó en la cama. ¿Por dónde iba...? Ah, sí... El chico. Era extraño... Pero también era mono. Y con aquel último pensamiento se quedó dormida.

 Varias horas después Tania se despertó. Durante la mañana entera que había dormido, se había acercado al borde de la cama y estaba ahí hecha un ovillo; con sólo abrir sus ojos, vio el despertador digital de Hello Kitty, donde apuntaba que era la una y cuarto del mediodía. Le llegaba el sonido lejano de la radio, señal inequívoca de que su padre había comenzado a trastear en la cocina, por lo que apartó cualquier atisbo de pereza que pudiera tener y fue directa a la ducha. Quince minutos después, secándose el pelo con una toalla, regresó a su habitación para vestirse; se puso un pantalón corto de pijama, además de una camiseta de tirantes. Luego se miró en el espejo para desenredarse el pelo. A sus dieciséis años, Tania tenía una melena dorada, que le llegaba hasta media espalda, ondulándose un poco; sus ojos eran castaños, de un color muy vivo, contrastando con la palidez nacarada de su piel; su nariz recta, chata y ligeramente redondeada creaba una perfecta armonía en su rostro, acentuado por sus carnosos labios sonrientes que lo dotaban de dulzura. Cuando terminó, fue hacia la cocina. Era un día caluroso, de aquel calor pegajoso que era hasta incómodo, por lo que pasaba de sufrir la tortura que sería el aire caliente del secador. Por suerte, la cocina estaba frente al salón, donde tenían un aparato de aire acondicionado, así que nada más entrar sonrió: así daba gusto. Su padre se encontraba junto a la vitrocerámica, absorto en el contenido de una perola; se acercó a él para besarle en la mejilla. - ¡Hombre, quién se ha despertado! - exclamó el hombre. Tania ya se había vuelto hacia la mesa, donde descansaba un periódico doblado de cualquier manera; se sentó en una de las sillas que había alrededor y comenzó a cuadrarlo, mientras añadía con malicia: - Qué envidioso es mi padre. - ¡Encima que madrugo para alimentarte, mala hija! - Claro - asintió ella hojeando el periódico distraídamente.- Supongo que tu trabajo no tiene nada que ver - agitó la cabeza de un lado a otro, clavando su divertida mirada en él.- ¿Qué es eso que sueles decir? ¡Ah, sí! Las noticias no siguen ningún horario, cielo. Su padre simuló que se clavaba un puñal en el pecho, haciéndola reír. - Touché - reconoció. - ¿Se puede saber en qué estás trabajando? El hombre asintió con un gesto, aproximándose a ella para quitarle el periódico durante un momento; cuando se lo devolvió, le enseñó un artículo que rezaba:

El zorro plateado roba de nuevo

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Andrea Celorrio Bella Después del robo perpetrado en el museo Louvre de París, el ladrón conocido como El zorro plateado ha llevado a cabo un nuevo golpe. En este caso, el hurto ha sido a un particular, el barón Sir Carlton Abrahamson, especialista en arte ruso y dueño de una notable colección de arte. Abrahamson denunció el robo de una de sus piezas más valiosas, aunque no se ha filtrado cuál. Durante la investigación se encontró un pequeño zorro de plata, firma del conocido ladrón, aunque, como acostumbra, no se sabe absolutamente nada más. - ¿Quieres destapar al Zorro plateado? - se extrañó Tania, ahogando una carcajada. Para ayudarse, agitó la cabeza, aunque apenas lo conseguía.- Es tan de historieta de superhéroe... - Ayúdame, anda...- entre los dos pusieron la mesa antes de sentarse a comer.- Es un personaje muy interesante. El zorro plateado, digo - le explicó; los ojos le brillaban como siempre que se topaba con un tema que le emocionaba.- Lleva casi veinte años trabajando y nadie sabe nada de él. Ni aspecto, ni nombre, ni nada. Increíble. Entonces su padre comenzó a relatarle las distintas aventuras de aquel ladrón. Su padre se llamaba Mateo Esparza, acababa de entrar en los cuarenta y Tania, a pesar de sus defectos, le adoraba. Había compaginado los estudios de periodismo con Historia del arte, por lo que solía ocuparse de un tipo de noticias muy concreto: exhibiciones, robos, nuevos talentos... No obstante, por lo que era realmente conocido en el mundillo era por sus reportajes de investigación, así que no le extrañaba nada que se hubiera propuesto aquella empresa. - No es que te subestime, papá - acabó diciendo ella mientras recogía la mesa; él seguía sentado, disfrutando de un café.- Pero... ¿De verdad crees que puedes atraparle? - ¡Qué poca fe en tu padre! Mateo se hizo el dolido, por lo que ella suspiró. Tras guardar los platos en el lavavajillas, se acercó a él de nuevo, rodeándole el cuello con los brazos e inclinándose sobre él. Le besó en la mejilla cariñosamente, quedándose después en esa posición durante unos instantes. - Prométeme que vas a tener cuidado. - Sabes que siempre lo tengo - asintió su padre, ladeando la cabeza para sonreírle.- No pienso permitir que ningún sobón se aproveche de ti, eres mi pequeña. - Oh, papá...- suspiró, hastiada.

 Tras estar toda la noche hablando con su mejor amiga, finalmente Tania cayó rendida y se durmió, aunque su sueño se vio interrumpido cuando su teléfono móvil sonó. Dio un respingo, asustada, antes de cogerlo sin ni siquiera tener en cuenta que era un número desconocido. - ¿Si? - logró articular. - Cariño, escucha atentamente - era la voz de su padre, pero no parecía la de siempre: estaba tensa, su tono era de urgencia y respiraba entrecortadamente, como si estuviera corriendo. No auguraba nada bueno.- No creas nada de lo que leas... Obre... Mí...- las interferencias impedían que le entendiera perfectamente. Cada vez se sucedían más y con más intensidad.- No... Grr... Con... Grss... N... ¡NOOOOOOOO! La señal se cortó. - ¿Papá? ¡¿Papá?!

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Andrea Celorrio Bella

Capítulo 2 Desaparecido - Vamos a ver, señorita Esparza, ¿puede empezar desde el principio? Tania estaba sentada en una incómoda silla de oficina, frente a un policía de pelo canoso, que parecía estar armándose de paciencia. Ella también tuvo que hacerlo. Estaba harta de repetir su historia, de ver la cara de incredulidad de aquellos que la escuchaban; tampoco soportaba cuando la miraban con pena, teniendo lástima de ella, como si creyeran que el dolor la había vuelto loca... Que no era el caso. - Hace dos días...

 - Espera... ¿De verdad te dijo lo del destino? Asintió, poniendo los ojos en blanco. A su lado, su mejor amiga comenzó a reírse como una loca sin mostrar piedad alguna, mientras ella seguía atenta a la pantalla del ordenador. Su mejor amiga se llamaba Clara, tenía el pelo negro y llevaba gafas. - Ni en una novela rosa - siguió carcajeándose su amiga, aferrándose al cojín y cayéndose hacia atrás, revolcándose en la cama.- El destino. Jajaja...- debió de calmarse un poco, puesto que se incorporó, apartándose el flequillo de los ojos.- Creo que tu padre le dio un buen susto. Si tengo problemas con algún chico, ya sé a quién llamar... - ¡Venga! Sigue metiendo el dedo en la llaga. Clara seguía riéndose, cuando Mateo entró en la habitación y llamó con los nudillos en la puerta abierta. Las dos se volvieron hacia él, saludándole. - ¿Puedes salir un momento? - le preguntó su padre. A Tania le sorprendió lo serio que parecía. Llevaba una semana de lo más raro, aunque no sabía qué narices le ocurría; había intentado hablarlo, pero no había logrado absolutamente nada... Bueno, sólo que todo había comenzado desde que le habló del Zorro plateado. Asintió, siguiéndole al pasillo. - ¿Ocurre algo? - quiso saber, retirándose el pelo detrás de las orejas. - Nada importante - negó con un gesto de la cabeza; después, se dirigió hacia la entrada del piso, donde ambos dejaban los abrigos en invierno, además de bolsos, maletines y demás complementos.- Voy a salir. - ¿A cubrir una noticia? - No - repitió el ademán de antes, colocándose una pequeña mochila bandolera.- Tengo que entrevistarme con un contacto...- se volvió hacia ella, colocando las manos sobre sus hombros y clavando la mirada en la de ella.- Creo que pasaré la noche fuera, me quedaría más tranquilo si no te quedas sola. Dile a Clara que se quede contigo o ve a su casa, ¿vale? - Claro...

 - ¿Aquella fue la última vez que le viste? - inquirió el policía. - ¡Ya se lo he dicho! ¡Sí! - repitió Tania por... ¿Milésima vez? ¿Aquella gente era idiota? ¿Cuántas veces iba a tener que contar la historia para que hicieran algo? Se arrastró hasta el borde de la silla, añadiendo con vehemencia.- Después me llamó, le oí gritar y han pasado cuarenta y ocho horas y nadie sabe nada de él. - De acuerdo.

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Andrea Celorrio Bella - ¿De acuerdo? Dígame algo. Lo que sea, ¡algo! - insistió, perdiendo el control cada vez más.- No sé, haga como en las películas y rastree el número o... No sé, ¡es su trabajo, no el mío! - ¿Cuántos años tienes? - ¿Qué? Aquello la había cogido desprevenida, por lo que el ataque de virulencia se esfumó con rapidez, no como había llegado. Se quedó mirando al policía con gesto inexpresivo, de repente se sentía muy cansada. - ¿Eres menor de edad? - no le estaba gustando los derroteros por los que estaba yendo el agente de la ley, así que intentó quedarse callada, aunque su rostro debió de traicionarla.- Lo eres. ¿Cuántos años tienes? - Dieciséis. - ¿Y tu madre? - No... No tengo. No tenía ni un solo recuerdo de su madre. Sólo la conocía por fotografías, también por anécdotas que le contaba su padre, pero nada más pues había muerto cuando ella era muy pequeña. Siempre la había echado de menos. En aquel momento, mucho más: si su madre estuviera viva, no estaría sola, ni con miedo a que la enviaran a un orfanato o algo parecido. - Pero tengo con quien quedarme. Tuvo que esperar en la comisaría hasta que su tía Lucía llegó. No era su tía, en realidad, pero había sido la mejor amiga de su madre en la universidad y cuando ésta murió, estuvo muy presente en su vida y en la de su padre, convirtiéndose en la confidente de éste. La mujer prácticamente irrumpió en el lugar, estaba muy preocupada, seguramente también estaría asustada. Nada más verla, se abalanzó sobre ella, estrechándola entre sus brazos. Tania se sintió muy reconfortada, llevaba dos días necesitando un abrazo, a alguien que estuviera pasando por lo mismo de ella. Lucía se separó de ella un poco, lo suficiente para apartarle el pelo de la cara y poder examinarla. - ¿Estás bien? - No es mi mejor momento... - Ya, claro. Vaya pregunta más estúpida - reconoció la mujer, exhalando un profundo suspiro. Las dos se sentaron. Lucía le puso una mano en la rodilla.- ¿Qué te han dicho? - Creo que siguen sin creerme. - ¿Qué no te creen? - Lucía se extrañó e indignó a partes iguales, como denotó el resoplido que se escapó de sus labios.- Tu padre jamás te dejaría sola - se puso en pie, fijándose el bolso en el hombro de nuevo.- Voy a hablar con ellos. Espera aquí. Se quedó ahí quieta, observando como Lucía se encolerizaba con los policías, los cuales intentaban apaciguarla prometiéndole que harían todo lo posible que encontrarle. Como me han dicho a mí. Palabras vacías. Al final, Lucía debió de calmarse o desistir, pues su rostro volvió a su estado normal y dejó de agitar las manos para retocarse el cabello. A Tania siempre le había reconfortado el aspecto de su tía. Tenía la piel pálida, lechosa, que la había llevado a teñirse de rubia su media melena oscura; así, al menos, no parecía la novia cadáver o eso solía decir acompañado del típico “ya no tengo edad para ir imitando a Kiss”. Su rostro era redondo, muy dulce, con ojos pequeños azules y unos labios muy finos que solían sonreír poco. Lucía volvió para acomodarse en otra de las insoportables sillas de plástico; contuvo en aliento, mientras seguía deslizando las manos por su pelo. Le costó unos instantes mirarla a los ojos, aunque cuando lo hizo, le sonrió con firmeza: - Esto es lo que haremos, ¿vale? Vendrás conmigo de momento. Pasaremos por tu casa para que cojas lo que necesites... - ¿Y qué pasa con mi padre? 8


Andrea Celorrio Bella - Buscaremos una solución. No te preocupes. ¿Qué no se preocupara? ¡Su padre llevaba desaparecido dos días! ¡Dos días enteros con sus cuarenta y ocho horas! Había visto demasiadas series policíacas como para saber que eso no era nada bueno... ¿Y si estaba muerto? ¡No! No debía pensar en eso. Si su padre estuviera muerto, ella lo sabría, no tendría aquella maldita y corrosiva incertidumbre. Aún así... ¿Cómo narices iba a no preocuparse? ¿A calmarse? ¡Era absurdo! Sin embargo, alcanzó a observar mientras todo aquello bullía en su interior, por mucho miedo que tuviera, por muy envenenada que estuviera, Lucía no tenía la culpa de nada. Ella ni siquiera sabía en qué estaba trabajando su padre. Además, únicamente intentaba ayudar. - Vámonos - logró articular. Aunque fue todo. Quedó sumida en un estado de apatía total. Era como si se hubiera desconectado, como si hubiera dado al botón de apagado tanto de su cabeza como de lo que sentía, puesto que, de pronto, todo pasó y quedó completamente vacía. Dejó que todo fluyera. Sin más. A decir verdad, fue toda una suerte, pues no habría podido afrontar su casa vacía de haber estado en condiciones normales. Hizo una maleta con la ayuda de Lucía, que le hizo prometer que no tocaría nada, absolutamente nada, perteneciente a su padre por si la policía tenía que ir a recavar pistas. No obstante, mientras su tía le echaba un vistazo a la casa para no dejarse nada encendido, ella acabó en el despacho de su padre. Éste siempre trabajaba ahí, en aquella sala situada justo al lado de la habitación de Tania; así podía acudir raudo a su lado cuando ella sólo era un bebé. En realidad, tenía una decoración muy austera que consistía en una mesa con forma de oreja y una silla, aunque las paredes estaban cubiertas de estanterías que atesoraban la mitad de la biblioteca de Mateo. Se acomodó en la silla, quedándose ahí muy quieta, sin hacer nada salvo contemplar las pilas de papeles y carpetas de cartón desperdigadas por todos los lados sin orden aparente. ¿Estaría ahí la causa de la desaparición? Entonces, de improviso, sus ojos encontraron algo. Un libro. Nada de Carmen Laforet. Se quedó lívida al comprender qué hacía ahí, al descubrir como si un detective de novela fuera qué había hecho su padre antes de acudir a la cita. No le quedó otra que aferrarse al ajado librito cuyas tapas blandas tenían miles de grietas, las esquinas se combaban y las páginas eran de un desigual amarillo desgastado. Sentía que el dique comenzaba a resquebrajarse, también que una vez que se rompiera, no iba a parar... Tenía que aguantar. Un poco más. Tenía que aguantar un poco más. Por eso, se obligó a ser fuerte, contenida. Una vez estuvo segura que podría aguantar, se puso en pie llevando el libro con ella. Regresó a su habitación, donde Lucía estaba revisando de nuevo la maleta; ahora que se fijaba bien, su tía también parecía superada por las circunstancias. No quiso pensar en ello, iba a ser peor, por lo que, simplemente, tosió un poco. - Ah, estás aquí...- asintió la mujer distraídamente.- ¿Todo listo? - Eso creo. - Bien... Bien. Lucía asintió para sí, antes de pasar un brazo por los hombros de Tania, abrazándola. A la chica le costó mantener la compostura, pero logró hacerlo; el tener que cerrar la maleta y cargarla hasta el coche ayudó, puesto que se mantuvo ocupada. Debido al trabajo de su padre, también al hecho de que estaban solos, Tania había dormido varias veces con su tía: Lucía se quedaba con ella cuando Mateo tenía que estar fuera. Por eso, la habitación de invitados le era familiar, de hecho era casi como suya, lo que le facilitó el adaptarse a su nueva situación. Tras depositar la maleta en un rincón, se volvió hacia su tía para indicarle que estaba cansada y que quería dormir un poco. 9


Andrea Celorrio Bella Nada más ver el rostro de Lucía supo que no había colado, pero, al menos, ésta tuvo el tacto de fingir que se lo creía, dejándola sola. También tuvo el detalle de cerrar la puerta tras ella, dejando a Tania a solas consigo misma. El dique se rompió. Se echó a llorar y no se detuvo en un buen rato.

 Llevaba un buen rato usando el portátil de su padre y, al principio, todo había ido bien, pero sus amigos se habían ido desconectando del Messenger, lo cual era un auténtico desastre. ¿Qué narices iba a hacer entonces en un hotel de una ciudad que no conocía? Bajó la tapa del ordenador, se puso en pie y empezó a pasear por la habitación hasta recostarse contra la cristalera que daba a la terraza, todo ello aderezado de gruñidos. - ¿Qué te pasa? Se volvió hacia su padre, frunciendo el ceño. El hombre ya se había vestido, iba recién afeitado, aunque todavía se estaba secando el pelo con la toalla. Le sonreía con afabilidad, a pesar de que ella seguía fulminándole con la mirada. - ¡Qué me aburro! ¡Me aburro mucho! La sonrisa no desapareció de los labios de su padre, simplemente se tornó comprensiva, mientras él se acercaba. Tania dio media vuelta, observando la ciudad de Barcelona a través del cristal, castigando al hombre con su fría indiferencia. Éste, aún así, le besó el cuero cabelludo con cariño, acariciándole después en la espalda. - Lo siento, cielo, pero esta vez no había otra y lo sabes. - Al menos, déjame ir contigo - suplicó de forma bastante infantil. - No - fue la tajante respuesta del hombre, que se había vuelto para rebuscar algo en su maleta. Tania seguía vuelta, empeñada en mostrarle lo sumamente ofendida que estaba, aunque aprovechaba el reflejo en la ventana para mantenerle vigilado.- Pero tengo algo para ti... - ¿De veras? Olvidándose de su enfado, se volvió hacia su padre, completamente emocionada. Sin embargo, la sonrisa se le congeló en la cara cuando vio un maltrecho libro que parecía sacado de los tiempos de Maricastaña. ¿Ese era el gran regalo? Nunca había tenido problemas a la hora de leer un libro, de hecho no era una gran aficionada, pero sí que leía con habitualidad: era muy práctico. No sólo mejoraba su vocabulario, sino que la ayudaba a expresarse mejor y a no tener faltas de ortografía, lo que le evitaba perder puntos a lo tonto en el instituto. Pero, por mucho que no le desagradara leer, no quería decir que un libro viejo le hiciera ilusión. - No lo mires así. Es un tesoro - le reprendió Mateo. - Ya no soy una niña, papá - le recordó Tania secamente.- No puedes contarme historias y esperar que me las crea... - Este libro era la posesión más preciada de tu madre. Él enarcó una ceja con petulancia, puesto que sus palabras habían tenido el efecto deseado: ella se había quedado callada, sorprendida e impresionada. Reparó en que el libro en cuestión se titulaba Nada y lo había escrito Carmen Laforet. No es que su madre fuera un tema tabú en su casa, todo lo contrario, pero aún así resultaba algo turbador... Emotivo. - ¿Te he contado alguna vez cómo la conocí? - No... Eso no - reconoció la chica, acompañándose de un gesto de cabeza; cogió el libro con ambas manos, sentándose sobre la cama, sin dejar de mirar a su padre, que se paseaba de un lado a otro de la habitación.- ¿Cómo fue? - Fue aquí. En Barcelona, hace... Diecisiete años - relató con la mirada perdida, casi como si estuviera viajando en el tiempo hasta ese momento en concreto.- Yo acababa de licenciarme y

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Andrea Celorrio Bella ya estaba trabajando en una revista. Me enviaron aquí para un reportaje sobre un profesor de la Autónoma. Una vez ahí, me topé con una estudiante... - ¿Mamá? - Sí...- asintió distraídamente.- Llevaba exactamente ese libro entre sus manos. Lo leí hace tiempo. Jamás me gustó. Pero ella lo adoraba y comenzamos a discutir...- se pasó una mano por el pelo, sonriendo para sí.- Nunca sabré cómo acabó en amor. Su padre se sentó a su lado, agitando la cabeza como si quisiera despejarse, mejor dicho, eliminar los restos del conjuro que siempre había supuesto su mujer para él. Le dio un ligero codazo, animando a Tania al instante. De pronto, tenía muchas ganas de leer aquel libro.

 Al final, se había quedado dormida entre lágrimas y recuerdos, por lo que, al despertar, tenía las mejillas levemente húmedas. Se incorporó, secándose el rostro, mientras sus ojos castaños volvían a quedar fijos en la novela que había pertenecido a su madre. Conocía su existencia desde los catorce, mas nunca había visto a su padre leyéndolo, sino mirándolo o, simplemente, sintiéndolo entre los dedos, como si fuera un tesoro. Por eso había sabido desde el mismísimo instante en que vio el libro, que su padre había acudido a la cita con su contacto a sabiendas de que podía no volver. Claro... Por eso estaba tan raro. Se arrastró hasta los pies de la cama, alargó el brazo y cogió la novela para deslizar el pulgar por las páginas, pasándolas a toda velocidad para ver si había alguna clase de papel dentro. Lo único que encontró fue una de las fotografías de la boda de sus padres. Los dos aparecían casi de primer plano, abrazados, emocionados... Eran la misma estampa de la felicidad y la esperanza. Sonrió para sí, aquellas imágenes siempre eran reconfortantes. Tras acariciar el rostro de papel, le dio la vuelta a éste encontrando unas palabras manuscritas: Mi razón para todo. No era la letra de su padre, entonces... Entonces, de algún modo, supo que pertenecía a su madre. Al detenerse a pensar en aquello recordó otra de las miles de anécdotas que sabía de ella: siempre solía referirse a su marido así, diciéndole que era la razón de su vida. Al mismo tiempo, se sintió triste, pues no tenía ni una sola foto en la que saliera con su madre, puesto que había muerto en el parto. Ojalá papá esté bien. Tiene que estar bien. Por favor, que esté bien.

 Sin ni siquiera planearlo o proponérselo, Tania acabó sumida en una nueva rutina que, al menos, le ofrecía cierto consuelo ante la falta de noticias sobre su padre: para bien o para mal nadie sabía nada de él, si estaba vivo o si estaba muerto. Agosto moría, aunque no por ello el buen tiempo, a pesar de que el calor agobiante había desaparecido, afortunadamente, hacía ya días. Por tanto, había pasado más de un mes desde que su padre se esfumara y, aunque la policía le juraba y perjuraba que seguía buscándole, la gente había comenzado a dar a Mateo por muerto. Ella no. Era un sentimiento que solía guardarse para sí, pues no podía soportar el que la mirasen con lástima o el que creyeran que su salud mental pendía de un hilo, pero estaba convencida de

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Andrea Celorrio Bella que, en alguna parte, su padre seguía vivo. Si no fuera así, lo sentiría. Estaba segura de ello, sí. Tenían una relación lo suficientemente buena como para sentirlo, además... Aunque sonara muy absurdo, había una parte de ella que sabía que su padre estaba bien. El problema era que si no le buscaban, jamás le encontrarían. Aquel día estaba en su habitación, replanteándose si estaba loca o no porque comenzaba a pensar con seriedad en contratar un detective privado. ¿Existirían? ¿Vendrían en las páginas amarillas? A decir verdad, no perdía nada por probar... Estaba a punto de ir a por ellas, cuando Lucía llamó a su puerta con los nudillos como preludio a asomar la cabeza. - ¿Puedes salir al salón un momento, Tania? El rostro de la mujer estaba ligeramente descompuesto, se esforzaba por sonreír, pero había algo que no terminaba de ir bien y Tania no tenía muy claro qué era. Sin embargo, era suficiente para que se inquietara... Sin saber muy bien a qué atenerse, asintió antes de seguir a Lucía a la sala de estar. Ésta consistía en un habitáculo más bien pequeño con forma rectangular; el que estuviera pintado de blanco junto al hecho de que diera a una terraza diminuta, lo hacía muy luminoso. Por eso le gustaba, aunque en aquella ocasión ni siquiera la radiante luz del sol podía evitar que se sintiera inquieta. Sobre todo porque reconoció al hombre del traje elegante de Gucci y la corbata de seda de un intenso violeta: se llamaba Álvaro Torres, era el mejor amigo de su padre desde la facultad, pero también su abogado. Estaba acomodado en uno de los sillones de diseño, abstraído, tamborileando los dedos sobre sus propios muslos. Nada más verla, se incorporó de un salto, como impulsado por un resorte para, así, acercarse a ella con una sonrisa. - Hola, preciosa. Tania le devolvió el gesto, cuando Álvaro la estrechó entre sus brazos cariñosamente. Después, regresó a su asiento, indicándole que le imitara al señalar el hueco que había a su lado. Ella obedeció al instante, todavía tensa. No le gustaba nada aquella situación. Álvaro se quitó la chaqueta y se arremangó, resoplando con aquella naturalidad tan suya. Aunque tenía la misma edad que su padre, parecía mucho más joven; a decir verdad, seguía pareciendo un crío, por lo que Mateo solía bromear con que daba el perfil perfecto para interpretar a un adolescente en una serie juvenil. Lo cual no era del todo descabellado, pues era increíblemente guapo con aquella sonrisa tan inocente, el cabello claro y aquella planta. - Tengo que contarte algo... El hombre hizo una mueca. De hecho, era exactamente el mismo rictus que se le quedaba cuando una de sus múltiples novias le montaba un número al pillarle siendo un cabrón. Eso no le gustó nada, no era buena señal. - Verás - prosiguió Álvaro, mirándola a los ojos.- Ya sabes cómo es tu padre. Siempre se está preocupando por ti y... Bueno, siempre se anda metiendo en líos, así que...- parecía elegir cuidadosamente sus palabras.- Me pidió que en caso de que él faltara, yo fuera tu tutor legal y... Te llevara a un internado en concreto. - Ahora es cuando me dices que es el Laguna negra y que es una broma - logró decir ella, aunque en realidad no era muy consciente de lo que sucedía. Al ver el rostro serio de Álvaro, añadió con un hilo de voz.- Ya veo que no... Esto no puede estar pasando. - Tania... Álvaro fue a pasarle un brazo por los hombros, pero ella se apartó con rapidez al inclinarse hacia delante y enterrar el rostro entre las manos. Su parte razonable le gritó que Álvaro no tenía la culpa de nada, que él no había secuestrado a su padre, ni tampoco había sido la cabeza pensante detrás de esa... De esa... Faena. No obstante, la vida le estaba cambiando tanto y de forma tan injusta que no era capaz de ser cerebral. - No quiero - dijo con un hilo de voz. Le estaba costando una barbaridad no echarse a llorar. Era extraño, pero el mantener las palmas de las manos presionadas contra la cara le

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Andrea Celorrio Bella ayudaba a controlar las lágrimas que amenazaban con escabullirse de sus ojos.- Me gusta vivir aquí. Me gusta mi instituto. Me gustan mis amigos... No quiero separarme de mis amigos. Álvaro se quedó callado. Se quedó a su lado. - Son lo único que me queda - siguió diciendo Tania, sintiendo que se le hacía un nudo en la garganta y que cada vez era más y más tirante.- No quiero perder nada más. No. No quiero, no quiero irme a un internado... ¡No quiero irme, joder! El grito, también el improperio, sorprendieron a la misma Tania. Todavía anonadada, volvió a incorporarse, encontrándose con Álvaro: el hombre seguía calmado, mirándole con aquel asomo de sonrisa. No estaba escandalizado. No la estaba juzgando. Todo lo contrario: parecía comprenderla, lo que resultaba muy, muy reconfortante. Por eso, sin ni siquiera pensárselo, se abalanzó sobre él y se permitió ser débil desde que había comenzado todo aquel embrollo. Y lloró. Lloró como una niña desconsolada. - Tranquila, tranquila, preciosa...- murmuró Álvaro, mientras le acariciaba el pelo.- Llora lo que tengas que llorar, luego idearemos planes para que te vengues de tu padre. - Gracias... - ¡Oh, no! Pensar planes maquiavélicos es un hobby para mí. En serio. - Hablas de él en presente. No necesitaron más palabras o artificios, aquello era suficiente. Se quedaron así durante un rato. Después, Tania se sintió lo bastante desahogada y, por lo tanto, calmada como para afrontar su inevitable futuro. Seguía sintiendo los dedos de Álvaro en su cuero cabelludo, lo que resultaba relajante. - ¿Y ese internado? ¿Es bonito? - Como cualquier escuela, supongo. - Prométeme que no hay nazis, experimentos raros, personas deformes y bosques que dan miedo...- pidió, girándose para poder mirarle directamente a los ojos. - Mmm... No sé yo...- entrecerró los ojos y se llevó un dedo a los labios, pensativo.- Creo recordar que los papeles que firmé estaban en alemán... Y el director llevaba bata blanca de médico...- sacudió la cabeza, riéndose de sí mismo.- Te prometo todo salvo lo del bosque. Pero, eh, no hay una laguna. ¿Te tranquiliza eso? Tania reflexionó un segundo. - Ni un poquito. Lo suponía.

 Tengo sed... Hace calor... ¿Cuánto tiempo llevaré aquí? Mateo Esparza apenas sentía su cuerpo, que estaba acartonado, anquilosado, puesto que llevaba sin moverlo demasiado tiempo. No sabía cuánto: ¿semanas? ¿Habría pasado un mes? ¿Más de uno? No tenía ni idea y era lo peor que jamás había experimentado. No le importaban las ligaduras en tobillos y muñecas que le impelían a estar sentado en una esquina de aquel oscuro zulo, pero sí el no saber absolutamente nada del mundo exterior... De Tania. De su hija. Al menos, encontraba consuelo al pensar que Álvaro y Lucía se estarían haciendo cargo de ella, cada uno a su manera, claro. Era lo único que podía hallar que le diera algo de paz, pues las cosas no pintaban demasiado bien para él. Estaba intentando confortarse pensando en su hija, cuando uno de los fluorescentes del techo comenzó a parpadear, acompañándose de un molesto ruido. La habitación donde estaba era diminuta, sin un simple vano por donde entrara la luz, tan sólo dos largos tubos en el techo que emitían luz amarillenta... Y ahora uno de ellos resultaba de lo más irritante. Definitivamente su suerte iba de mal en peor.

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Andrea Celorrio Bella Otro ruido le sacó de su autocompasión: el conocido crujido que hacían los pasadores de la puerta. Le siguió el silbido que producían las placas metálicas al deslizarse, dejando de cubrir un hueco a la altura del suelo y el otro en lo alto. En el primero, encontró una bandeja que fue empujada en su dirección; por el segundo, penetró una voz varonil. - ¿Vas a decirnos de una vez dónde está? - ¿Cuántas veces he de repetirlo? - gruñó. Aquello ya estaba pasando de castaño a oscuro, era desesperante, pues no le había mentido ni una sola vez.- ¡No lo sé! ¡No sé de qué me estás hablando! ¡NO LO SÉ, MALDITA SEA, NO LO SÉ! - Como quieras... - No lo sé - insistió. - ... Guárdate el secreto cuánto quieras - la voz del hombre resultaba amenazante, aunque no porque gritara o le infundiera alguna clase de rabia u odio, sino por lo contrario.- Te lo sonsacaremos igual, aunque... - ¿Aunque? - Creo que tu hija no tiene tanto tiempo como tú. Irán a por ella, lo sabes. Y me apostaría la vida a que la nenita de papá no es ni la mitad de fuerte que él. Aquello le enfureció. ¿Quién era ese bastardo cabrón para hablar de Tania, para juzgarla? ¡Nadie! ¡No era nadie! También le asustó de sobremanera y el miedo y la rabia no eran una buena combinación, por lo que acabó perdiendo los papeles: - ¡YA TE HE DICHO QUE NO SÉ NADA! ¡NADA! ¡DEJA A MI HIJA EN PAZ! - Deja de mentirme. - ¡No te estoy mintiendo! Pero el ventanuco quedó cubierto de nuevo y Mateo se desmoronó por completo, quedando de rodillas sobre el suelo con las manos, atadas la una a la otra, sobre éste. - No te estoy mintiendo...- murmuró.

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Cuatro damas: Prólogo, Capítulos 1 y 2  

Tania Esparza sólo está preocupada por reencontrarse con un chico que le ha robado el corazón, cuando su padre desaparece en extrañas circun...

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