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Capítulo 32 “Salva a la princesa” Al despertar encontró unos grandes ojos marrones oscuros, exactamente de la misma tonalidad que tenía una taza de chocolate. Arrugó un poco el rostro, la luz de la mañana entraba y dolía un poquito, aunque no tardó en acostumbrarse e incorporarse, deslizando los dedos por su melena, que debía de presentar un aspecto horrible con las ondas tan desordenadas. Sonrió al ver a Hanna Sterling ante ella, llevándose un dedo a los labios para indicarle que callara; siguió la cariñosa mirada de la niña para ver que Deker dormía apaciblemente. Casi suspiró de alivio al ver que una noche de sueño, los cuidados adecuados y la ayuda de una Dama habían hecho que casi regresara a la normalidad. Hanna la guió hasta el pasillo, cerrando la puerta tras ella con la misma delicadeza que la noche anterior. Ariadne no pudo evitar mirar en derredor, fijándose en el corredor: el papel de color claro de las paredes, la ausencia de fotografías en ellos, las lámparas de aspecto clásico que colgaban del techo de yeso blanco. La frialdad que encontró no tenía nada que ver con la calidez que desprendía la habitación de Deker, que tenía aquellos trozos de él: su amor por la música, su adoración por la literatura, las marcas de haber pasado ahí mucho tiempo... - Mamá y papá no están, estamos solos - le informó Hanna. - ¿Te dejan sola muy a menudo? - Ellos empiezan a trabajar muy pronto - se encogió de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.- Tengo que prepararme para ir al cole. No tenemos mucho tiempo, vamos. La agarró de la mano hasta conducirla a un cuarto de baño, donde había unas cuantas toallas apiladas en la taza del váter. - Tienes que ducharte rápido, la señora Dogston llegará pronto. - Entendido. - Te espero con mi hermano. Hanna se marchó por donde habían llegado y ella se encerró en el cuarto de baño, donde disfrutó de una ducha caliente y relajada, algo que no había tenido desde que abandonara el internado. No sabía cómo se lo había montado, pero las últimas veces había tenido que sufrir a Jero y a Deker, que no dejaban de meterle prisa o, simplemente, molestarla. Al acabar, se envolvió en la toalla más grande y se desenredó el pelo con un cepillo que Hanna también le había dejado; tenía una Brazt dibujada, así que supuso que sería de la niña. Cuando regresó al dormitorio de Deker, éste estaba incorporado, recostado contra la pared, mientras charlaba con su hermana. Ariadne no pudo evitar quedarse apoyada en el quicio de la puerta, contemplando la escena. Nunca había visto a Deker así. Estaba relajado, sus ojos brillaban y en su sonrisa no había ni rastro de sarcasmo, de petulancia o de aquel deje torcido que solía dedicarle cuando le tomaba el pelo. Entonces el muchacho reparó en ella y la expresión retorcida regresó. - Me encanta ese vestido, princesa. - ¡Cállate! - ¿Y ahora qué te vas a poner? ¿El uniforme de repuesto de mi hermana? Hanna soltó una risita, agitando la cabeza de un lado a otro. Se había vestido y se había recogido la melena en una coleta baja. Antes de que Ariadne pudiera reaccionar, la niña le mostró un montón de ropa que había colocado sobre el escritorio. - Es ropa vieja de Deker. Sé que es de chico, pero... - Tranquila - hizo un gesto para restarle importancia, lo que provocó que Hanna sonriera y volviera a sentarse junto a su hermano.- Aunque creo que me va a quedar grande. - ¡Hanna, a desayunar!


La voz de una mujer la sobresaltó, aunque los dos hermanos Sterling sólo compartieron una mirada cómplice. Entonces Hanna se inclinó sobre Deker, le besó en la mejilla y se puso en pie de nuevo, alisándose la falda plisada. Después, se volvió hacia Ariadne, agitando los dedos a modo de despedida. - Espero que sigáis aquí cuando vuelva - se acercó a la puerta, la abrió y se quedó ahí un momento, en el que aprovechó para girarse con una amplia sonrisa.- Te echo mucho de menos, hermanito. Te quiero mucho. - Y yo a ti, enana. - Y no le quites el maquillaje a las chicas - le sacó la lengua. La radiante sonrisa de Hanna centelleó ante ellos una vez más, antes de que se marchara, cerrando la puerta tras ella. Ariadne no pudo evitar reír, mientras Deker se ponía en pie con cierta dificultad, aunque se movía muchísimo mejor que el día anterior. El joven agitó la cabeza de un lado a otro, antes de desperezarse. - Me ducho y vamos a la biblioteca, a ver si encontramos la última Dama. - ¿No será peligroso? - La biblioteca se limpia una vez a la semana, ahí estaremos seguros - se quedó callado, como si estuviera pensando algo.- Esta es mi casa y soy un desastre de persona. El servicio no se extrañará si me ve. Mi padre se olerá algo, pero no me preocupa. Lo que sí lo hace es que mi padre sepa que estás aquí. No voy a dejar que os veáis. Ariadne asintió. Se retiró el pelo húmedo detrás de las orejas, humedeciéndose los labios. Estaba buscando palabras que no llegaban a ella. Era la primera vez que le ocurría, se sentía extraña. Pero, claro, ¿qué le decías a una persona que hablaba de su padre así? Prefirió callar, ella no era nadie para tratar aquel tema, así que se dedicó a hurgar entre la ropa vieja de Deker. Al escuchar que la puerta se cerraba, miró por encima del hombro. Deker ya no estaba. Se sentó en la silla que hacía juego con el escritorio, suspirando.

Ojalá pudiera ayudarte.

 - Me dejó inconsciente y huyó. No sé dónde coño se han metido. Colbert quiso golpear la farola que tenía a su derecha, se sentía tan frustrado. Frustrado porque dos niños se le habían escapado, frustrado porque Ariadne había elegido y no a él. Tras despertarse en medio de la calle, con un terrible dolor de cabeza, había intentado encontrarlos, pero la noche estaba a punto de acabarse y seguía sin nada. Por eso, llamó a Lucía para contarle lo sucedido. - ¿No has podido encontrarlos? - He estado en el piso de Deker Sterling, pero está vacío. No sé, quizás ha contactado con algún ladrón... No sé a cuántos de ellos conoce - respondió, agitando la cabeza de un lado a otro, enterrando los dedos en su negro cabello.- He intentado rastrearla, pero es imposible. Debe de estar en algún lugar protegido. - Tienen que estar en casa de los Sterling... - Pero no puedo encontrarla, Lucía - le recordó, irritado.- Es como tu chica, Tania. Ni siquiera puedo localizarla por métodos normales como una guía o preguntando. - Algún día tendrán que abandonar la protección de la casa... Hasta la voz de Lucía la delató. Aquel era un pésimo plan, ¿cuánto iban a tener que esperar para conseguir lo que era suyo, lo que merecían? Además, él no quería que Ariadne siguiera sin conocer su historia, quería tenerla a su lado y poder besarla y hacerle el amor de una vez. Estaba tan cansado de esperar que no estaba dispuesto a seguir haciéndolo. - He pensado que, quizás, el poder de las Damas sea mayor que el de la protección.


Silencio. Podía imaginar a Lucía con los labios fruncidos, considerando su opción. Lo más probable era que se hubiera sentado en la cama y hubiera empezado a enrollar un mechón de pelo en uno de sus dedos, preocupada. Incluso Lucía tendría miedo de intentar algo así, ella que tan valiente era en el uso de la magia. - Voy a intentarlo - dijo al fin.

 Estaba disfrutando al cambiarse de ropa. Lo estaba haciendo con parsimonia, como si en vez de ponerse unos vaqueros, una camiseta y la ropa interior, se estuviera colocando algo tan difícil como una armadura o un traje de luces. Al otro lado de la habitación se encontraba Ariadne que, aunque estaba cotilleando su colección de libros, le lanzaba alguna mirada que otra, seguramente intrigada con su anatomía. Le hizo gracia verla con su propia ropa de cuando era más joven: los vaqueros rotos y desgastados, cuyo bajo había tenido que doblar para no pisárselo; la camiseta que parecían dos, una encima de la otra, negra y roja. - ¿Quieres acabar ya? Tenemos cosas que hacer - resopló la chica. - La Dama que queda nos esperará, tranquila. - Al menos que la roben antes que nosotros. Deker suspiró, debía de admitir que ahí sí que tenía razón. Se terminó de abrochar el cinturón, se colocó la camiseta y se dirigió hacia el pasillo, guiando a Ariadne a través de la casa hasta llegar a la enorme biblioteca. La muchacha emitió un silbido de admiración al ver la habitación atestada de toda clase de libros. - Increíble - musitó, emocionada. - Esto no es nada comparado con la que tiene mi abuelo en su casa - le sonrió sin atisbo alguno de pedantería o superioridad, sabía bien lo que se sentía.- He leído casi todos los libros que hay aquí sobre las Damas - le informó, dirigiéndose hacia una estantería en concreto.- No hay nada especialmente interesante - se detuvo, alzando la mano.- Salvo... ¿Dónde está? ¡Aquí! - cogió un ejemplar de tapas de cuero y papel apergaminado.- Cuando empecé a investigar, lo pasé por alto, la verdad. Creía que eran chifladuras, pero... Bueno, échale un vistazo. Ariadne tomó el libro entre sus manos con sumo cuidado, pasando cada hoja con tanta delicadeza que parecía temer romperlo. La observó devorar el contenido. No fue mucho rato, pues se trataba de un tomo bastante delgado. Le sorprendió apreciar que, de pronto, parecía más pálida. - ¿Pasa algo? - Hay un ritual - respondió Ariadne con calma, seguía mirando el escrito. Deker asintió, recordaba aquella parte, aunque no con demasiada claridad.- Es de magia negra. Sangre, muerte... El último diamante debe de ser un peligro si requiere algo tan complejo - cerró el libro, parecía mareada.- No podemos permitir que lo lleven a cabo. Deker entrecerró los ojos. Había algo que no terminaba de convencerle. La reacción de Ariadne no era normal en ella, estaba asustada y él estaba lo suficientemente seguro de conocerla bien como para tragarse que era por el poder del último diamante. - ¿Qué es lo que no me estás contando? - Nada. Fue a añadir algo más, cuando algo los sobresaltó, la puerta de la biblioteca se había abierto de par en par con tanta fuerza que, al impactar contra las paredes, provocó un gran estruendo. Lo peor fue que en el hueco había aparecido una figura que, por desgracia, les resultaba familiar. Deker reaccionó inmediatamente, sin pensar, colocándose frente a Ariadne para cubrirla con su cuerpo, protegiéndola. - ¿Cómo has entrado aquí? - preguntó.


- Por el mismo motivo que tú, en realidad. Con la ayuda de las Damas. Colbert entró en la sala y la sangre se congeló en las venas de Deker. Se quedó ahí quieto, pálido como nunca, con los ojos como platos y sintiendo que el tiempo se detenía, mientras su cerebro, siempre tan activo, se abotargaba. Entre las manos del asesino, retorciéndose como una culebra, se encontraba su hermana. El hijo de la gran puta la había amordazado, además de atado las manos. El ver aquellas muñecas tan delgadas, tan delicadas, rodeadas por unas bridas negras, terminó de cortarle la respiración. ¿Cómo se había atrevido a tocar a su hermana? ¡Era una niña inocente! ¡Ni siquiera sabía la verdad sobre su propia familia! - ¡SUÉLTALA! - rugió. De pronto, algo firme. Ariadne le estaba sujetando con delicadeza, pero también con dureza, haciendo que mantuviera los pies en el suelo. No sabía cómo había pasado, pero en algún momento desde que Colbert entrara en la biblioteca, Ariadne se había colocado a su lado y estaba siendo la que le protegía a él. Le sorprendió verla tan tranquila, tan segura, como si fuera ella la que dominara la situación en vez de improvisar que, seguramente, era lo que estaba haciendo. - Supongo que las quieres a cambio de la niña. Le mostró la mochila donde habían guardado las dos Damas que habían conseguido desde que salieran huyendo en la alfombra mágica. En aquel momento, lamentó como nunca el haberla dejado a buen recaudo en una taquilla del aeropuerto. - Y también supongo que tienes las otras dos - prosiguió la chica. - Tan buenas deducciones como siempre - asintió Colbert. Ariadne le imitó, colocándose la mochila en los hombros, además de endureciendo su rostro como para afianzar su arrojo. - Dejemos una cosa clara: creo que ambos coincidiremos en que tú has demostrado de sobra que no eres de fiar. También, que yo he demostrado lo contrario, sí que soy de confianza hizo una pausa, sin inmutarse.- Por eso, suelta a la niña y yo te daré las Damas. - Las Damas me importan una mierda... Comparado con otra cosa. Deker quiso asesinarle de nuevo. No obstante, la chica permaneció tan tranquila, rezumando aquella frialdad distante, como si no hubiera cosa en el mundo que pudiera perturbarla. Cruzó los brazos sobre el pecho, agitando la cabeza para echar el pelo hacia atrás con impaciencia. - Di lo que quieres por la niña de una vez. - ¿Qué voy a querer, Ariadne? - Colbert soltó aire por la boca, casi como un resoplido, antes de arrugar los labios hacia un lado, casi divertido, un poco melancólico.- Lo que siempre he querido. Lo que más me importa en el mundo. Tú, Ariadne. - Está bien - asintió, acompañándose de un gesto solemne.- Suelta a la niña. En cuanto esté con Deker, prometo irme contigo.

¡NO!

Se volvió hacia Ariadne, desesperado, sin poder articular palabra. Aquella era la peor situación en la que se había visto envuelto. Por un lado, el temor por su hermana y la ira que le provocaba el que hubiera acabado involucrada en todo aquello, le llevaban a desear que Ariadne llevara a cabo su plan y, así, recuperar a Hanna. Por otro, el pensar que Ariadne iba a marcharse junto a Colbert le revolvía el estómago, le detenía el corazón. Lo peor fue que no pudo hacer nada salvo contemplar como Hanna corría hasta ellos, tirándose sobre él. Al menos, pudo estrecharla entre sus brazos con fuerza, consolándola. A su lado, Ariadne se puso en cuclillas para estar a la misma altura que la niña. Le dedicó la sonrisa más bonita y reconfortante que Deker había visto jamás. Pareció tener efecto casi inmediato en Hanna, que dejó de temblar. - ¿Estás bien? Hanna asintió con un gesto, sin dejar de mirar a la chica y sin dejar de aferrarse a él.


- Me quedo más tranquila - reconoció Ariadne con naturalidad. Se quedó callada un instante, retirándose el pelo detrás de las orejas. Apretó los labios un poco, al decir.- Sé que estás asustada, Hanna, pero tienes que prometerme una cosa. ¿Podrás hacerlo? - Sí... - Estupendo - la sonrisa centelleó una vez más.- Prométeme que cuidarás de tu hermano, ¿vale? Porque tu hermano es un desastre propicio a los chistes malos y no sabe tratar a las chicas, pero, por muchos errores que cometa, es un buen chico. Y los buenos chicos se merecen tener a alguien que vele por ellos. - T-te lo prometo. - Buena chica. Ariadne le guiñó un ojo, antes de ponerse en pie. Entonces, por un momento, las miradas de los dos se encontraron. Sólo fue un momento, pero... Fue intenso. Deker pudo sentir en cada poro de su piel la mirada de Ariadne, sobre todo porque era una despedida. Y el momento, como todos ellos, pasó. La miel de sus ojos desapareció para dar lugar a su espalda, que se alejaba más y más de él para acercarse a Colbert, a un asesino que había vendido a su familia, a la gente que le quería, por un mero Objeto. - Ariadne...- musitó. ¿Pero qué estaba haciendo? Estaba ahí parado, sin hacer nada, mientras aquella chica hacía un sacrificio por él. No era justo. No debía ser así. Además, tampoco iba a dejar que los riesgos que había tomado para salvarla, cayeran en saco roto. - Hanna, tienes que soltarme - susurró, agachándose un poco, acariciándole el pelo con suavidad.- Escúchame. Ve abajo, comprueba que todo el mundo está bien. Si tienes miedo o duda o incluso si todo está bien y quieres hacerlo, llama a mamá o a papá. Tengo que irme, pero volveré, te lo prometo. Volveré. La niña asintió y sus manitas soltaron la camiseta de Deker. Le sonrió una última vez, antes de acariciarle la mejilla y salir corriendo. Iba a hacerlo, les iba a alcanzar antes de que Colbert la metiera en un coche o hiciera cualquier cosa para llevársela lejos o recluirla en una torre o cualquiera que fuera lo que hicieran los asesinos con las princesas. A sus espaldas, casi como si le hubiera leído el pensamiento, Hanna gritó: - ¡Sálvala! Salva a la princesa. Salir de la mansión victoriana de sus padres le fue fácil, lo hizo a toda velocidad, pues sabía que, a esas alturas, Ariadne y Colbert se habrían marchado lejos. Sin embargo, se los encontró en los terrenos que rodeaban al edificio, esperando. Ella con la cara vuelta hacia un lado, visiblemente enfurruñada, como si fuera una niña pequeña y dolida; él, acariciándole el pelo, mientras miraba al frente, a la nada en realidad.

¿Qué mierda significa esto?

Y entonces, lo comprendió. En la mano libre de Colbert estaban las dos Damas que ellos tenían. Entendía lo suficiente de magia para saber qué estaba haciendo: establecer la conexión entre los cuatro Objetos. Él mismo había hecho ese truco con el tablero de ajedrez de Ariadne, lo había conectado al suyo propio para que éste sirviera de espejo y reflejara los movimientos que la chica efectuaba; así sabía cómo continuar con la partida: escribía su jugada en un papel y esperaba a que ella colocara bien los trebejos, tanto el de él como el de ella. Lo suyo era una chiquillería, algo tan sencillo que no le comprometía. Aquello era muy distinto. El poder de las Damas era legendario, de algún modo había logrado salvar a los dos pequeños, a la Gran Duquesa Anastasia y al zarevich Aléxei. Nadie sabía cómo había ocurrido, tan solo que los cuerpos del zar, la zarina y de las tres hijas mayores habían aparecido, pero de los niños ni rastro, de ahí que el mundo estuviera infestado de leyendas,


rumores y timadores que intentaban dar el golpe de su vida pasándose por un descendiente de los famosos Romanov. Algo cambió en el ambiente. Se enrareció. Era como si se estuviera aproximando tal tormenta eléctrica, que hasta el aire chisporroteaba. Deker decidió esconderse detrás de unos setos con rosas blancas, aquellos que siempre le habían recordado a Alicia en el país de las maravillas. Se dedicó a aguardar, esperando el momento indicado para actuar y salvar a la chica... Un momento... Seguramente la llevaría al mismo lugar en el que estarían todos los demás presos. Cerró los ojos, maldiciéndose a sí mismo. No pudo pensar en nada más, pus, de repente, apareció una luz ante ellos. Primero era un mero punto fluctuante, pero acabó agrandándose hasta alcanzar el tamaño de una pantalla de cine. La luz era blanca, irradiaba tal brillo que resultaba imposible mirarla directamente; además, de ella se desprendía aquella inmensa cantidad de energía, de electricidad.

¡La madre que me parió!

Sabía lo que era. Un portal. Eran extraordinariamente raros, casi imposibles de invocar o de crear; de hecho, existían pocos Objetos que los crearan y aquella nimia cantidad era siempre destruida por los ladrones, de ahí que fueran Objetos de lo más preciados y buscados. Era la primera vez que veía un portal más allá de un libro o de los apuntes de su familia, que habían estudiado aquellos temas exotéricos desde hacía demasiado tiempo. En aquel momento, Colbert instó a Ariadne a cruzar el dichoso portal, pero ella no parecía muy por la labor, así que tuvo que agarrarla de un brazo y arrastrarla. Deker tomó aire, antes de ponerse en pie, preparándose. En cuanto los dos primeros se adentraron en la cegadora luz, él echó a correr detrás, casi tirándose para aterrizar en la espalda del asesino.


Cuatro damas: Capítulo 32