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Capítulo 29 Los intocables de Deker Sterling Cuando regresó a la realidad, Deker se encontró sentado en el suelo, al lado de Ariadne, que estaba tan sorprendida como él. Aunque, claro, suponía que para la chica había sido una experiencia mucho más intensa: había podido ver a su padre, además de descubrir que Álvaro Torres, al que había despreciado constantemente por ser un asesino, había acabado siéndolo por salvar a su tío. - Ha sido tan...- articuló ella. - ¿Intenso? ¿Humillante? - Yo iba a decir tan Harry Potter - la chica se quedó un instante callada, antes de fruncir el ceño, volviéndose hacia él.- ¿Humillante? Como comentes algo de cuando era pequeña... - Lo decía porque Álvaro salvó a tu tío y, bueno, no has sido amable con él. - Puede que dejara de ser un ladrón por salvar a mi tío - Ariadne se puso en pie con aire digno, hablándole con frialdad, lo que hizo sonreír a Deker: le había molestado.- Pero dejar de ser un ladrón, no te convierte en un asesino. Álvaro se convirtió en uno porque quiso. - Digna hija de tu padre. Ariadne se quedó muy quieta, le daba la espalda, pero Deker supo que había hecho mal al tocar aquella tecla. Fue a decir algo, pero la muchacha no tardó en esgrimir un disfraz más, como si no hubiera ocurrido nada. - Te has criado en Londres, ¿verdad? - Más o menos. Era cierto que la mayoría del tiempo lo pasaba en Londres de un colegio a otro, de un internado a otro, pero también había pasado largas temporadas en España. Nunca había sido un estudiante modelo, por lo que no aguantaba mucho en los centros escolares y, a veces, le enviaban con la familia materna, los Benavente, para ver si le metían en cintura. - ¿Conoces a Lady Rowanne? Ahí estaba, el tema que más le había sorprendido de entre todos los recuerdos de Felipe Navarro: el que escondiera la última Dama en la colección privada de Lady Rowanne. - Oh, sí - asintió. - Dime que conoces su casa... Él la interrumpió con un gesto, antes de decir con una sonrisa torcida, pues debía admitir que, otra cosa no, pero Felipe Esparza tenía un par de huevos y mucho sentido del humor. - Rowanne Galbraith era una de las mayores coleccionistas de arte de la ciudad, incluso de Europa - le explicó, ladeando un poco la cabeza.- También era una de las mejores amigas de mi abuelo, Rodolfo Benavente. ¿Entiendes lo que te quiero decir? - Joder con mi tío. - Eso mismo digo yo. Tenía razón, nadie buscaría la Dama en la colección de una amiga o simpatizante de los Benavente - rió, agitando la cabeza de un lado a otro. - ¿Por qué hablas en pasado? - Murió. Ante aquella única palabra, Ariadne se sentó en la cama, enterrando la cabeza entre las manos, mientras de sus labios se escapaba un sonoro suspiro. - Entonces no bastará sólo con pedirlo - comentó, desanimada. Deker se sentó a su lado, curvando los labios hacia un lado, divertido, con aire juguetón, tentándola con una mera sonrisa. - ¿Y desde cuándo te hace falta pedir algo? Ariadne entrecerró los ojos un momento, al siguiente le imitó: - También es cierto.


- Además, puede que no sea el más social de los Benavente, pero sé donde vivía Lady Rowanne - amplió todavía más su sonrisa.- Y tengo un par de amigos en la ciudad. - ¿Me estás proponiendo que demos un golpe? La muchacha, de pronto, estaba animada, no, más que eso, estaba exaltada. Los ojos le brillaban, su rostro irradiaba luz, incluso en su voz había una emoción sin igual. A decir verdad, él se sentía emocionado igualmente, pero se dedicó a hacer un gesto: - Será divertido estar por una vez al otro lado.

 Cuando el camión dejó de traquetear, Tania supo que habían llegado a donde quisiera que les llevaran Lucía y Colbert. Se preguntó dónde estarían. Había perdido la noción del tiempo entre quedar inconsciente y después estar a oscuras; de hecho, cuando todos dejaron de hablar o de compartir impresiones, el tiempo pareció alargarse una barbaridad, a pesar de que ella estaba recostada contra Rubén, acariciándose las manos detrás de la espalda como podían. La puerta se abrió y la radiante luz del día penetró en el interior de aquel vagón. Los haces, brillantes en exceso, dañaron sus ojos, por lo que los cerró y hundió el rostro en el brazo de Rubén, escuchando como el chico siseaba. También le llegó el sonido de un quejido de Jero y un improperio por parte de Álvaro. Debían de estar todos en la misma situación. Tuvieron que pasar unos cuantos segundos para que sus ojos se acostumbraran. - Venga, todos abajo - ordenó Colbert con sequedad. El primero en obedecer fue Álvaro, que bajó elegantemente de un salto. Felipe se puso en pie también, pero se dedicó a contemplarles: - ¿Alguno necesita ayuda? Pero tanto sus dos amigos como ella pudieron levantarse. De hecho, le sorprendió el que sus piernas le respondieran, pues había pasado demasiado tiempo sentada en una posición un tanto incómoda, sin poder moverse. Un instante después, sintió que las piernas le cosquilleaban, por lo que las sentía un poco ajenas y extrañas. Le dio miedo que no le respondieran, pero pudo caminar hasta el borde del camión e, incluso, saltar. Aterrizó sin gracia alguna, como si fuera un fardo, por lo que se hizo daño en la planta de los pies; lo agradeció en parte, le ayudaba a sentirse un poco mejor, menos abotargada, más clara... También se debió a la bofetada que supuso el frío aire invernal. Tras haber estado un buen rato encerrada en un sitio tan pequeño y con varias personas, se había creado un ambiente viciado, pero cálido al fin y al cabo. Por eso, estar al aire libre el cambio fue demasiado brusco y Tania pensó que se iba a congelar. - ¡Copón, qué frío! - escuchó que protestaba Jero.- ¡Podéis olvidaros de la propina! Se dedicó a mirar a su alrededor, intentando averiguar dónde estaban, sin hallar respuesta. El camión, que era más grande lo que había creído, estaba aparcado en un camino de tierra lleno de piedras y que parecía ser una brecha en un enorme campo de hierba alta, esponjosa y salvaje. Entre el mar verde podía ver salpicaduras de otros colores: amarillos, rojos, blancos y, sobre todo, lavanda. Casi todos los terrenos estaban cubiertos de flores de lavanda, lo que dotaba al paisaje de un halo melancólico, aunque muy hermoso, con todas aquellas flores agitándose con parsimonia y gracia de un lado a otro. En medio de aquel inmenso campo de lavandas, bastante cerca de donde ellos esperaban se alzaba una mansión que, tiempo atrás, debió de ser magnífica. Sin embargo, era un mero fantasma de lo que en un día fue. Ninguna de las ventanas que Tania alcanzaba a ver estaban enteras: o no había cristal o estaba fragmentado en telarañas imposibles, a las que les faltaba algún trozo. La fachada no se sabía de qué color era exactamente, pues había sido pasto de las llamas y sólo quedaban manchurrones negros y grisáceos. Ni siquiera el otrora hermoso porche había aguantado, las columnas de aspecto regio estaban chamuscadas, además de incompletas; el resto de ellas


descansaba en el suelo junto a lo que debía de ser el techo, además de cristales y cadáveres de muebles. Tania se sintió triste. La mansión seguía siendo hermosa de algún modo, pero el abandono era tan evidente que resultaba abrumador. Además, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, intuía que entre esas paredes sólo quedaban malos recuerdos. - Hijo de puta - susurró entonces Felipe. Se volvió hacia él para verlo pálido y sudoroso, con los ojos brillándole de forma intensa, yendo del odio a la rabia a la tristeza e, incluso, a la locura. Había dejado de ser el amable director que conocía, el que siempre les explicaba todo con calma, para transformarse en un hombre rabioso y herido, que parecía estar viendo a un fantasma. - ¿Te gusta lo que ves, Felipe? - inquirió Colbert con una sonrisa sádica. El interpelado se giró, sus ojos tenían el mismo destello iracundo y demente de un loco, lo que aterró a Tania. Sin embargo, antes de que Felipe pudiera hacer nada, Álvaro se interpuso entre él y Colbert, que reía entre dientes. - Cálmate - ordenó su tío. - No puedo. - Puedes y debes. Eres el rey, es tu labor. - ¿Pero qué está ocurriendo? - preguntó Jero, frunciendo el ceño de aquella forma tan concreta; quería decir que no entendía nada, algo que tanto ella y Rubén, a juzgar por su rostro, compartían.- ¿Por qué el dire parece un psicópata? Felipe permanecía ajeno a todo, pero Álvaro y el profesor Antúnez compartieron una mirada fúnebre, antes de que éste último respondiera con voz grave: - Porque estamos en la casa de su familia... Donde fueron masacrados.

 ¿Dónde me he metido? Ariadne echó la cabeza hacia atrás, concentrándose en el olor que desprendía la intensa lluvia que no había abandonado la ciudad desde que ellos llegaron a Londres. Estaba en la puerta de la terminal sur del aeropuerto de Gatwick, esperando. A su lado, Deker se había sentado en la única maleta que llevaban donde habían guardado la alfombra voladora. En Toulouse, después de ducharse y volver a ponerse su ropa, que encontró recién lavada (seguramente gracias a la doncella de la familia Poulain), había salido a comprarle un abrigo a Deker. Normalmente hubiera gruñido por tener que hacerle un favor, pero en aquella ocasión lo había hasta agradecido, pues Clementine había regresado de su escuela y estaba de lo más cariñosa con Deker. Hasta le decía cosas de lo más empalagosas en francés, creyendo que ella no les entendía... O eso prefería pensar para no tener que sacar su encanto natural. Después habían cogido el primer avión hasta Londres, pero apenas habían hablado. Y ahí estaban, viendo llover, mientras esperaban a un supuesto amigo de Deker que les iba a recoger y ayudar. Miedo le daba a Ariadne el supuesto amigo. - Anda, ven aquí... Deker tiró de ella, obligándola a sentarse a su lado en la inmensa maleta. No pudo evitar mirarle. Le había elegido una cazadora de piloto, de cuero marrón muy oscuro y cuello de rizado borrego. Lo bien que le sentaba la condenada. ¿Pero en qué narices estás pensado, estúpida? - ¿Cuándo piensa llegar tu amigo? - Le he mandado a comprar unas cosas que vamos a necesitar - se encogió de hombros, antes de torcer los labios en una sonrisa traviesa.- Estás muy callada conmigo. ¿No te habrá molestado la visita a Clementine?


Ariadne se fijó en el cielo plomizo, en la cortina de agua que estaba cayendo frente a ellos tan pesada, tan gruesa y hermosa. - Tomaré tu silencio como un: sí, estaba celosa, Deker. ¡Te quiero! Como única respuesta, la chica le empujó, tirándolo de la maleta. Justo en ese preciso momento un joven de estatura media se detuvo frente a ellos; llevaba un abrigo largo y gris que se agitaba entorno a él, al llevarlo abierto, dejando entrever un jersey de cachemira, una corbata a rayas y unos pantalones perfectamente planchados. Tenía el pelo negro peinado con raya y un par de ojos oscuros que brillaron divertidos ante la escena. - Siempre te han gustado las que te meten caña - observó, malicioso, en inglés. - ¿Qué puedo decir? - el recién llegado le tendió una mano a Deker para tirar de él, en cuanto el segundo la aceptó. Los dos amigos quedaron a la misma altura.- Me aburro con suma facilidad y...- Deker se volvió hacia ella, clavándole la mirada que abandonó su tonalidad café con leche para convertirse en la oscura intensidad del café solo.- Has de admitir que está muy buena. - ¿Este es tu amigo? ¿Podemos largarnos ya? - Bonito acento británico - sonrió el recién llegado. - Ariadne, te presento a Lincoln Knightley - Deker señaló a su amigo haciendo una floritura con la mano.- Puedes llamarle Lee, todos le llamamos así. Fue a decir algo, pero el tal Lee se le adelantó al cogerle la mano con delicadeza, mirarla un instante y, después, besarla de forma muy cortés, aunque también con cierta parafernalia. Cuando sus labios se separaron, no se la soltó, sino que alzó la mirada hacia ella: - Tú puedes llamarme como quieras, princesa. Sobre todo si aceptas el que nos olvidemos de este idiota y estemos en mi habitación a solas... Bueno, con la cama como única compañía. Hasta aquí hemos llegado, encanto. Ariadne le soltó un sopapo de impresión, antes de emplear sus rápidos dedos para coger las llaves del coche que tenía guardadas en el bolsillo del abrigo y que ella había visto desde el primer momento. Caminando hacia el párking, miró por encima del hombro a Deker: - Coge la maleta y vámonos.

 El viaje hasta la casa de los Galbraith transcurrió entre risas, pues Deker no le permitió a Lee olvidar ni su mejilla herida ni su ego tocado de muerte. Había conocido a Lee en uno de los múltiples internados en los que se educó y siempre se había jactado de conseguir lo que quería, ya fuera el último modelo de I-phone o cualquier chica; de hecho, las chicas solían concederle una primera cita, aunque muchas no pasaran de ahí. Pero Ariadne es distinta. Estaba sentado en el coche de Lee que, al final, había conducido él mismo. Se trataba de un Mercedes de un rojo intenso como un pintalabios con los asientos de cuero color hueso. Se volvió, apoyando el brazo en el asiento, para recorrer el perfil de Ariadne. La muchacha miraba por la ventana, parecía deleitarse con Londres y él pudo trazar la redonda curva de su nariz un par de veces, antes de volver a reparar en la peluca. A ella no le había sentado precisamente bien, claro, pero ni siquiera se había quejado cuando él le explicó su plan. Le había pedido que se pusiera una larga peluca pelirroja, que Lee acababa de comprar, para hacerse pasar por Clementine para poder entrar en la casa de los Galbraith sin levantar sospechas. La peluca era lisa, de una tonalidad más bien oscura, asemejándose al color de un buen vino, aunque el sol arrancaba destellos escarlatas del flequillo en aquel preciso momento. Sonrió un poco, acordándose de Jero y de la afición que compartían por los cómics. A él siempre le había interesado más el manga, pero conocía suficientes autores americanos como para saber que, de haber estado Jero ahí, la habría llamado de una manera muy concreta: - Bueno, Mary Jane, ¿preparada?


- ¿Cuántas veces he de repetirte que tengo un nombre? - inquirió ella con voz cansina. En cuanto Lee aparcó su coche, los tres bajaron y caminaron hacia a la mansión que los Galbraith tenían en pleno centro de Londres. Tuvieron que esperar en la verja de la entrada a que un mayordomo les abriera; entonces, recorrieron el camino empedrado que llevaba a las escaleras del porche, donde un hombre uniformado les esperaba. - Lord Galbraith, el heredero de Lady Rowanne, es un buen amigo de mi padre - explicó Lee dotando a su voz de un tono confidencial.- Suelo venir a verle a menudo. - Por eso le llamé a él - apuntó Deker. Se dio cuenta de que Ariadne estiraba un poco el cuello y les señalaba la parte trasera de la mansión, donde se podía ver un inmenso camión aparcado y lo que parecía una carpa blanca. Parecía que tenía algo en mente, pero se quedó callada, mientras el mayordomo les recibía; en ese momento, Lee se hizo cargo de la situación, esgrimiendo su sonrisa más encantadora: - ¡Buenas tardes, Bernard! - Señor Knightley - el hombre hizo una leve inclinación con la cabeza.- Tan puntual como siempre - les hizo pasar al interior, donde comenzó a caminar con lentitud.- El señor ya le está esperando en el salón. Si sois tan amables. Antes de conducirlos a una de las salas laterales del enorme recibidor, el mayordomo cerró la puerta e hizo algo en el panel que había en la entrada. Después, volvió a colocarse en la cabeza de la comitiva, mientras Ariadne susurraba: - Un sistema de seguridad Worthington. Increíble. - ¿Lo sabes sólo con verlo? - inquirió Lee en un murmullo atónito. Pero la chica no le respondió, parecía estar pensando algo. Un par de segundos después, entraron en el salón, que se trataba de una habitación de paredes pintadas de un color salmón muy claro cubiertas con lienzos de arte moderno. Había varias estanterías de cristal, que estaban llenos de libros, jarrones y otra serie de decoraciones. Frente a una de las estanterías había tres sofás de skay de color negro, rodeando una mesa baja de madera poco tratada y pintada de blanco. En uno de esos, había sentado un hombre de casi cincuenta años, ataviado elegantemente con un traje de marca color gris y con un pañuelo de seda salvaje entorno al cuello. - ¡Lincoln, qué alegría verte! El hombre se puso en pie para estrechar la mano de Lee, además de darle un par de vigorosas palmadas en la espalda. Lee, entonces, hizo lo que tan bien se le daba: interpretar el papel que la situación requería para salirse con la suya. - Gracias por recibirnos, Robert - se volvió para señalarlos a ellos dos.- Te presento a mi amigo y compañero de la universidad, Samuel Yorkes - Lord Galbraith saludó a Deker, que hizo un gesto educado.- Y su novia, la señorita Clementine Poulain. - Je suis ravi de vous connaître - el hombre sujetó delicadamente la mano de Ariadne para besarla con cortesía, estrechándosela después un instante, antes de soltarla. - Enchanté - la chica hizo una leve reverencia. - Tengo entendido que alguno de vosotros necesitaba unas lecciones de arte...

 Tuvo que admitir que, al final, el plan de Deker no había resultado tan desastroso como ella había pensando en un principio. De hecho, disfrutó la velada como una enana. Lord Galbraith les mostró la colección privada que había reunido su madre y que tanto él como su hermana Josephine seguían aumentando y mimando. Era asombrosa. Había primeras ediciones de libros tan carismáticos como El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien o Historia de dos ciudades de Charles Dickens. También tenían un Stradivarius tan bien conservado que no parecía ni real. El violín era tan hermoso que, de hecho, Ariadne deseó


estrecharlo entre sus brazos con fuerza, acariciar su trabajada madera y sus finas cuerdas... Pero aquella no fue la única vez que tuvo que echar mano de su auto-control: otra vez, estuvo a punto de saltar sobre un radiante Monet cuyas suaves pinceladas eras única; otra, anheló con todo su ser colocarse una gargantilla de diamantes que había pertenecido a la mismísima Catalina la Grande. ¡Disneylandia tiene que ser así! ¡El paraíso tiene que ser como esto! ¡Oh, Dios mío! ¿Es eso...? Vale, sí, lo es... ¡Lo es! Reconocería ese estilo con los ojos cerrados... El colocarme encima de él para acariciarlo con todo mi cuerpo estaría mal... ¿Verdad? Se había quedado como embobada contemplando el lienzo. Estaba protagonizado por una preciosa bailarina de etéreo tutú blanco y cabello anaranjado, que estaba sentada en una ventana contemplando con tristeza el exterior. Los colores eran claros, mejor dicho, pastel. La pintura era extraordinariamente luminosa, de trazos suaves, vaporosos... Y, a pesar de eso, resultaba tan hermosa y tan triste que se le encogió el corazón. - Ah, veo que la señorita tiene buen gusto - la voz de Lord Galbraith, que tenía un acento inglés tan puro que, sin quererlo, se acordó de Hugh Grant. Se situó tras ella, observando la pintura casi con su misma devoción.- Es un... - Añoranza de Degas. - Eh... Sí - respondió el hombre, confuso. Deker le dio un leve codazo que la sacó de su ensimismamiento. Quiso golpearse contra la pared, pues estaba a punto de estropear su identidad falsa. Aquel cuadro era legendario, se había perdido hacía mucho tiempo y se daba por perdido, aunque ella siempre había creído que iba de ricachón en ricachón y... Eh, había acertado. - En mi país - dijo imitando a la perfección un leve deje francés.- existen leyendas sobre esta pintura. Degas no se casó nunca. Dicen que conoció a una muchacha y se enamoró, pero no volvió a verla jamás. Sin embargo, su recuerdo estaba tan grabado en su mente que la pintó - hizo una pausa, humedeciéndose los labios, mientras contemplaba la melancolía de la pintura, que en aquellos momentos parecía un espejo de la suya propia.- Dicen que en cada pincelada puedes sentir cuánto la echaba Degas de menos, su tristeza y su desesperación por no encontrarla. - Por eso la tituló Añoranza - apuntó Lord Galbraith. - Qué historia tan triste - comentó Lee. - El amor es triste, por eso es tan magnífico y hermoso - susurró ella para sí, aunque se dio cuenta de los tres la habían escuchado. Se esforzó en sonreír, como si no ocurriera nada.- Me alegra haber visto tan famoso cuadro, es una maravilla. - Era la segunda pieza más preciada de mi madre - asintió el hombre. - ¿Y la primera? - quiso saber Deker. Lord Galbraith siguió caminando hasta que llegaron a lo que parecía un cuadro... Pero que no lo era. Se trataba de una curiosa caja fuerte, cuya tapa era de metacrilato, por lo que se podía ver el hermoso diamante azul que era la cuarta y última Dama. No obstante, se olvidó del diamante y se concentró en la caja de seguridad. A diferencia del teclado de la puerta, que funcionaba con huellas dactilares, aquel lo hacía mediante clave. Como no era algo que se utilizara a menudo, no había ninguna marca que señalara los números que Ariadne necesitaba (nada de grasa, ni de teclas desgastadas), pero se trataba de una caja de seguridad tirando a vieja, así que creía poder abrirla. Miró en derredor. La caja estaba en aquella inmensa habitación que servía de sala de exposiciones privada, como un museo en miniatura. En apenas unos segundos captó las cámaras de seguridad y las memorizó, anotando mentalmente que necesitaba los planos de aquella casa. Sistema de seguridad Worthington. Cámaras de seguridad. Una caja de seguridad sensible al tacto y al peso. Una misión a contrarreloj. Parecía imposible. Ariadne sonrió. Va a ser un reto, pero... Puedo robar a Anastasia, puedo robar la última Dama. Chachi.


Después de la visita por la colección privada, Lord Galbraith se empeñó en que tomaran té y bocadillos, pues era la hora de la merienda. Cuando, por fin, lograron liberarse del hombre, salieron de la finca en silencio, sin intercambiar palabra alguna hasta que llegaron al coche de Lee. Deker abrió la boca para hablar, pero ella le silenció con un gesto, antes de refugiarse en el interior del vehículo; no quería que nadie les oyera. Los dos chicos la imitaron, girándose para poder verla, pues se había acomodado en los asientos de atrás. Seguía meditando sobre todo lo que acababa de descubrir, pero Deker no debió de darse cuenta... O, directamente, no le importaba. Con Deker nunca se sabía. - ¿Se te ha ocurrido algo? - le preguntó.- Ya sabes, algún nombre de esos que usáis como: un granjero loco - se rió. - Ese nunca sale bien - suspiró Ariadne, demasiado concentrada en planes como para darse cuenta de que, en realidad, el chico bromeaba.- ¿Sabes lo difícil que es controlar a una gallina, un conejo y una cabra? No, trabajar con animales nunca sale bien. Nunca. - ¿Cómo se puede robar algo con una gallina, un conejo y una cabra? - inquirió Lee. - Robando una infección - respondió Deker. Los dos amigos estallaron en carcajadas, pero Ariadne siguió ignorándoles. De pronto, recordó un detalle que, hasta ese preciso momento, le había pasado desapercibido. - ¿Alguno de los dos sabe por qué hay una carpa ahí detrás? - Eh, sí, es la fiesta de pedida de la hija de Robert, Lilian. - ¿Cuándo? - Mañana - Lee le hizo un gesto, antes de inclinarse sobre la guantera para sacar un sobre satinado que le tendió y que Ariadne, prácticamente, devoró.- No veáis la que están montando. Va a haber un espectáculo antes de la cena y, después, baile en la carpa. - Ya sé qué vamos a hacer - sonrió, emocionada.- Un Ilusionista. - ¿Un qué? - se extrañó Lee. - Pero necesitamos un par de cosas... Ariadne siempre llevaba varias gomas en la muñeca. En su profesión, no sabía cuándo le vendría bien recogerse el pelo. Podía parecer una tontería, pero una trenza o una coleta, podían suponer un gran disfraz. Ante los atónitos ojos de Deker y de Lee, se recogió la melena sintética en una coleta, antes de quitarse el abrigo mientras decía: - Déjame el tuyo. - ¿Eh? - la mueca de Lee fue de lo más divertida. - El abrigo, déjamelo. Ahora mismo te lo devuelvo - se lo colocó, cerrándoselo con la ayuda del cinturón de Deker para que quedara más femenino.- Bien - asintió con un gesto.- Ahora mismo vuelvo y os explico todo. Mientras tanto, id pensando en un hacker de confianza que nos pueda ayudar. Salió del coche y se dirigió a la parte de atrás de la mansión, donde pudo colarse con tanta facilidad que hasta le resultó aburrido. Como estaban preparando la fiesta de pedida, que iba a ser enorme por lo que veía, había un trajín entre camareros, floristas, cocineros y demás, que le vino realmente bien. Mezclada entre la gente que iba y venía, buscó hasta encontrar a una mujer que llevaba el pelo tirante, gafas y empuñaba el móvil y una carpeta como si fueran la espada y el escudo de un caballero. Aguardó un instante para ver qué hacían dos recién llegados con un camión pequeño. Al comprobar que, con todo el cuidado del mundo, estaban sacando una escultura de hielo de dos por dos metros, sonrió con malicia. Lo siento por la que os va a caer, chicos. Pasó a su lado, haciéndole una zancadilla a uno de los hombres, que cayó, provocando que la escultura se precipitara y se resquebrajara en esquirlas de hielo. Al ver eso, la organizadora


puso cara de sufrir un infarto, depositó la carpeta en una mesa y se dirigió hacia ahí, guardando el móvil en el bolsillo del abrigo de pieles que llevaba. Le bastó fingir que casi se chocaba con ella para robarle el teléfono. Le dio la espalda a la terrible bronca que estaba teniendo lugar por su culpa, para inclinarse sobre la carpeta. En ella encontró desde planos de la planta baja (que fotografió con su propio móvil), hasta una lista de proveedores con sus teléfonos. También descubrió el planning de la fiesta: lo primero era un espectáculo a cargo de un mago que, por suerte, tenía guardado en el teléfono móvil. Miró por encima del hombro, la organizadora seguía berreando como una loca, mientras el chico caído permanecía sonrojado y su compañero intentaba defenderle. Copió el número del verdadero mago en su propio teléfono, antes de dejar todo como estaba y regresar al coche donde le esperaban.

 Como empiece a llover y no haya llegado, le voy a... Deker estaba sentado en una de las fuentes que había en Trafalgar Square; consistían en cuatro semicírculos unidos entre sí por dos rectas, que formaban una esquina. Llevaba un vaso de cartón de Starbucks entre las manos para calentarse y no dejaba de pensar en que debía comprarse unos guantes y una bufanda; empezaba a hacer un frío del carajo. Alzó la mirada hacia el cielo, había abandonado el tono del plomo para transformarse en un gris claro, casi blancuzco, lo que indicaba que, quizás, iba a ser una de las raras veces en las que nevaba. Su amigo seguía sin llegar. Durante un momento, se fijó en la Columna de Nelson, que se alzaba alta y magnífica en medio de la plaza. Después, recordó que cuando era niño aquel lugar solía estar lleno de palomas a las que les daban de comer tanto niños como turistas... Pero lo habían prohibido hacía unos años, había quedado atrás. Fue a sacar el teléfono móvil para llamar a su amigo, cuando lo vio cruzar la plaza en dirección a donde él estaba. Se trataba de un joven no muy alto, de pelo rubio que se le agitaba debido al aire; llevaba una gabardina gris sin atar sobre un traje barato combinado con una camisa blanca y una corbata verde bastante fea. - ¿Qué pasa? - preguntó Deker alzando la mirada a través de su espeso flequillo.- ¿En la INTERPOL no os dejan usar relojes o qué? - He venido, ¿no? - se encogió su amigo de hombros.- ¿Es café? Deker le tendió el vaso de papel, que el joven se llevó a los labios para probarlo. Un segundo después, hizo una mueca, dejándose caer a su lado, maldiciendo entre dientes, mientras se lo devolvía a su dueño. - Joder, se me había olvidado que no tienes papilas gustativas. - Y eso que este está aguachinado... Se llevó el vaso a los labios, ocultando la leve sonrisa que brotó de sus labios. Acababa de recordar que Tim Ramsey odiaba lo amargo, llegando a tomar el café con toneladas de azúcar... Ariadne lo tomaba así también, aunque en su caso no era porque no le gustara el amargo, sino porque adoraba lo dulce... Agitó la cabeza, concentrándose en Tim, que se estaba pasando las dos manos por el pelo en un vano intento de domarlo. - Supongo que esto no es una visita de cortesía - observó Tim con suavidad, mirando al frente incluso al añadir.- Y, supongo, que no quieres que tu padre se entere o habrías venido a la oficina. ¿Me equivoco? - Necesito un hacker. - Qué gracioso.


- He organizado un equipo - le explicó. Hizo una pausa dramática, que aprovechó para beber un poco más de su café; después, mantuvo el vaso entre las manos, calentándose, al mismo tiempo que giraba un poco la cabeza hacia su amigo.- Vamos a hacer un Ilusionista y necesito un hacker, como ya te he dicho. Se hizo el silencio. Un instante después, Tim empezó a reírse de veras, nada de carcajadas entre dientes, incluso se le cerraron los ojos y se dobló un poco. De pronto debió de recordar que se suponía que era un respetable agente de la INTERPOL y se tranquilizó, aunque sus labios seguían crispados en una sonrisa socarrona. - Como si tú supieras lo que es un Ilusionista. - Tengo un mago, un hombre de paja y una ladrona. Me faltas tú, el hacker. Aquello debió de coger de improviso a Tim que enarcó una ceja, asombrado. Deker le guiñó un ojo, divertido. En realidad, todo era idea de Ariadne: ella le había explicado en qué consistía el dichoso golpe, ella lo había organizado todo, pero para sus dos amigos él tenía la autoría del trabajo, como si fuera el jefe de los otros tres. Y, además, había roto los esquemas de Tim, lo que era otro puntazo. - ¿Quién es cada cual? - quiso saber el joven. - El hombre de paja, mi amigo Lincoln Knightley. A la ladrona no la conoces. Y el mago, por supuesto, soy yo - hizo una floritura con la mano.- Y voy a robar un diamante de la colección privada de Lord Galbraith. - Estás loco. - Siempre has apreciado esa característica de mi persona - se encogió de hombros. Volvieron a quedarse en silencio. Deker aprovechó para terminarse el café, que le supo a gloria, pues sabía que tenía a Tim en el bolsillo. Lo había conocido el verano de sus catorce años, cuando su padre, uno de los agentes mejor considerados dentro de la INTERPOL, detuvo al novato universitario de Timothy Ramsey por haber hackeado el sistema informático de varios bancos muy famosos... Y ricos: el nacional de Westminster, el de Barclays... - La ladrona, ¿es buena? - La mejor. Mientras él cogía su tercer café del día, Tim estiró sobre la mesa el plano de la mansión Galbraith y entre Ariadne y él colocaron algo pesado en sendas esquinas para que no se volviera a enrollar. Los dos se dedicaron a contemplar los trazos, mientras Lee estaba tirando de cualquier manera en la cama de matrimonio mirando la tele. - Ey, echan Ocean’s eleven, quizás deberíamos verla y aprender de ellos - comentó a voz en grito para que pudieran escucharle. - Nah, George Clooney debería aprender de mí - negó Deker con la cabeza. - Habría que verte intentando robar algo, madero - suspiró Ariadne. La chica había alzando levemente el rostro, por lo que las cortinas de pelo castaño le caían a ambos lados, moviéndose cada vez que ella lo hacía. Le estaba mirando con fijeza, con aire burlón, casi retándole, por lo que el ataque le salió casi solo: - Me gustabas más de pelirroja. - ¿Te recordaba a tu novia? - preguntó ella, haciendo una mueca altanera. Ahí estaba, la princesa de hielo había vuelto y su tono no podía ser más gélido.- ¿Qué era para ti? ¿Una de Edith Piaf? ¿Les amants d’un jour? Depositó el vaso en la mesa, ladeando la cabeza para devolverle la mirada, añadiendo con seriedad: - Te equivocas. Tú serías Edith Piaf. Clementine es... Divertida, fresca, pero vacua, simple y un tanto repetitiva. Mmm, Alizée le iría bien - hizo una pausa, que aprovechó para apoyar las palmas de las manos sobre el plano, inclinándose sólo para poder acercarse a Ariadne.- Y los dos


sabemos que Moi... Lolita no tiene nada que hacer contra Non, je ne regrette rien. La pasión, la sensualidad, los matices, el misterio, la magia... Tú serías Edith Piaf. - Si fuera otro de tus Grandes éxitos. Que no seré. Jamás. Ya lo veremos. Una tos seca les interrumpió y los dos se volvieron como si interpretaran una coreografía preparada y ensayada para contemplar a Tim. El joven tenía las mejillas algo sonrojadas, se le veía violento, pero no tembló un ápice al decir: - Si queréis echar un polvo, vale, pero ahora planeemos esto. No vamos bien de tiempo. Tim se quitó la chaqueta del traje, tirándola al sofá antes de arremangarse y volverse a concentrar en los planos. La intención de Deker era soltarte una pulla, pero Ariadne se le adelantó señalando varios puntos del plano. - Según vi en los apuntes de la organizadora, han adecuado el salón para que se celebre ahí el espectáculo - le informó. En cuanto Tim asintió, arrastró el dedo hasta otra de las salas.- El diamante está aquí, custodiado en una caja Porter 2000 de metacrilato. - ¿Un Porter 2000? - Tim silbó, impresionado. - El sistema de seguridad es un Worthington. - Tienen mejor seguridad que en algunos museos - observó Tim, pasándose una mano por la cara, antes de concentrarse de nuevo en los planos.- Te das cuenta de que tendremos que robarlo en unos... Diez minutos. - Puedo hacerlo - asintió Ariadne con seriedad, ladeando la cabeza para contemplar al joven con curiosidad.- La cuestión es si tú puedes hacerlo. - ¿Hackear una Porter 2000? - Tim apretó los labios un instante, pensativo. Volvió a pasarse ambas manos por el pelo, echándoselo hacia atrás.- No te diré que es fácil, pero...- se quedó un segundo callado, al siguiente sonrió.- Puedo hacerlo. Aunque necesitaré entrar en el sistema Worthington - se aflojó un poco la corbata.- Tendré que hacer un corta y pega hoy mismo - se concentró en Ariadne.- ¿Te fijaste en el uniforme de los camareros? - Robé uno. Tim se volvió hacia Deker, que hacía rato había perdido el hilo de la conversación y se había dedicado a pasear la mirada de uno a otro. - Tenías razón: es buena. - Como odio a las organizaciones gubernamentales - comentó de pronto Ariadne, que acaba de regresar con el uniforme entre las manos.- Siempre se quedan a los mejores. - Id a un hotel - dijo Deker con normalidad. Durante el resto del día y buena parte de la noche, estuvieron ocupados preparando el golpe e, incluso, ensayando por la casa lo que debía hacer cada uno. Tuvieron problemas con el intercambio que debía llevar a cabo Lee, así que Ariadne y Tim acabaron por decidir cambiar un poco los planes, aunque, al final, todo estuvo preparado y los cuatro acabaron durmiendo de cualquier manera esparcidos por el piso de Deker. Él fue el último en dormirse. Estaba tumbado en uno de los sofás, contemplando el techo pobremente iluminado por la débil luz de la luna que entraba a través de las ventanas. Su primera intención, en realidad, había sido dormir en su cama, pero Tim prácticamente le había obligado a ocupar el sofá para cederle a Ariadne la cama por ser una chica. La muy asquerosa no solo había aceptado, sino que le había hecho burla. Se levantó, teniendo cuidado de no pisar a Lee, que estaba tirando en el suelo, envuelto en un edredón, roncando felizmente. Le conocía demasiado bien como para saber con qué estaba soñando, por lo que estuvo a punto de reírse. Tim dormía en el otro sofá, que le quedaba un poco corto, por lo que sus pies descalzos sobresalían. Los esquivó para no hacerle cosquillas y caminó hasta la cama, donde Ariadne dormía hecha un ovillo. La argenta luz de la luna caía sobre ella, haciendo que su cabello brillara, casi como si fuera una visión onírica con el manto de nieve que caía tras ella y que podía ver a través


de la ventana. Seguía sorprendiéndole lo sumamente frágil que parecía cuando dormía, como si se olvidara de todas las armaduras y protecciones, como si estuviera desnuda... Recordó sus sueños. El lazó del corsé deslizándose con suavidad, acompañado de un susurro de seda, que era casi más sensual que la propia desnudez de Ariadne. Se sentó a su lado con delicadeza, no quería despertarla... Ni llevarse otro guantazo. - No me gustan las pelirrojas, ¿sabes? Se abrochó el cinturón de tachuelas y contempló su propio reflejo en el espejo. A él le hubiera gustado vestir con un frac, en plan prestidigitador clásico, pero, al parecer, el mago al que iba a suplantar era más... Moderno. Por eso, se había visto obligado a ponerse unos pantalones de cuero negro, a juego con una camiseta sin mangas del mismo color con un extraño dibujo, además de muñequeras de cuero y un collar de púas entorno al cuello. Más que a hacer magia, parecía que iba a un concierto de heavy metal. Pasando los dedos por su desordenado cabello castaño oscuro, fue hasta el salón donde Tim estaba acomodado en una mesa frente a dos portátiles. Se sentó a su lado, sintiendo la mirada de su amigo que reprimió un par de carcajadas a duras penas. - Estoy irresistible, lo sé - apuntó, antes de que Tim dijera nada. - Si tu familia te viera, se montaría una buena. - Creo que ya sé qué llevaré a la cena de Navidad - sonrió de forma torcida.- ¿Cómo vamos? - se fijó en que en las pantallas estaba la mansión monitorizada, de hecho podía ver el trajín que se traían entre manos camareros, cocineros y demás.- ¿Tienes controlada la caja? - Todavía no - negó con la cabeza.- Está unida al sistema Worthington, así que si intento acceder, lo sabrán y las alarmas se activarán - le explicó sin dejar de observar las imágenes.- Estoy esperando que Lee efectúe la distracción, pero se está retrasando...- Tim volvió a peinarse con los dedos, mientras se echaba hacia atrás y sus ojos de abrían de forma desorbitada.- Joder. - ¿Qué pasa...? Joder. Ariadne ni siquiera se sonrojó. Podía ser que no se hubiera percatado de la reacción que había provocado en ambos, pero siendo Ariadne, más bien creía que, aunque sí lo había hecho, no le daba ninguna importancia. Estaba condenadamente guapa. Se había puesto un vestido blanco de escote palabra de honor, que se la ajustaba entorno al torso perfectamente, trazando sus curvas de sueño, realzándole el pecho; la falda era vaporosa, el delicado tul parecía estar agitándose sin parar y, sobre todo, era endiabladamente corta. Se había ondulado un poco el pelo, recogiéndose la parte central en lo alto de la cabeza con unas orquillas plateadas, por lo que su rostro estaba despejado. No estaba muy distinta a sus sueños y eso le aterraba al mismo tiempo que le estimulaba, aunque no permitió que se le notara en la cara. - ¿Lee ha empezado ya? - quiso saber. - No - pareció que a Tim le costó reaccionar, aunque la chica no dijo nada al respecto. El joven dio un respingo y se concentró en la pantalla de nuevo.- Oh, mirad, ahí está... Y no está solo... ¿Es esa Emily Galbraith? - Lee siempre ha tenido estilo - rió Deker. A través de las cámaras de vigilancia, que Tim había pinchado, vieron como Lee y Emily Galbraith, la protagonista de la fiesta de pedida, entraban en la sala donde estaba guardada la Dama besándose apasionadamente. Ella iba despeinada, el traje de él era un desastre y no dejaban de tocarse como si la vida les fuera en ello. - Como haga que el compromiso se rompa y no haya fiesta, Saw parecerá La aldea del Arce al lado de lo que voy a hacerle - comentó Ariadne. Los dos la miraron asombrados. - Friki y psicópata al mismo tiempo - dijo Deker.- Muero de amor.


Se hicieron burla, pero apenas durante un segundo, pues Tim les indicó que miraran la pantalla. Ahí vieron como Lee seguía dándose el lote con la futura novia. Parecía que había perdido el control, pero en realidad no era así y lo demostró cuando coloco a Emily Galbraith contra la caja fuerte que guardaba la Dama. Ante el fuerte contacto, las alarmas saltaron y, en el ático de Deker, Tim comenzó a teclear como si la vida le fuera en ello. Poco después, se echó hacia atrás, visiblemente satisfecho consigo mismo. - Señorita, jefe, tenemos la caja. - Ahora sólo queda robar el diamante - apuntó Ariadne que, de repente, parecía haber reparado en él; aquella fue una de las pocas veces en las que Deker no supo interpretar su gesto.Acompáñame, queda algo que hacer antes de irnos. Se dirigió hacia el baño. Tim hizo una mueca de hastío, rascándose una de sus rubias cejas. - Intentad no hacer mucho ruido. Por favor. Se dirigió hacia el baño, sabiendo que no iba a pasar nada de eso, por mucho que fuera vestida de blanco. Eso era únicamente parte de sus sueños. Nada más. Al entrar, cerró la puerta tras de sí, dedicándole una sonrisa socarrona a la chica, mientras se recostaba en el quicio, cruzando los brazos sobre el pecho. - Si llego a saber que los pantalones de cuero tienen este efecto sobre ti... - Oh, cállate. Siéntate ahí. Le obligó a sentarse en una banqueta alta, justo al lado del lavabo, donde le hizo apoyar las palmas de las manos para pintarle las uñas de negro. Cuando terminó de dar una primera capa, le indicó que no se moviera y agarró un peine, que mojó, para echarle el pelo completamente hacia atrás. Deker se vio muy raro sin su flequillo cayéndole sobre los ojos, pero no dijo nada, se dedicó a contemplar como Ariadne le aplicaba una segunda capa de pintauñas. Al acabar, le pidió que se girara y se sentó frente a él, esgrimiendo un lápiz de ojos negro, por lo que se echó hacia atrás. - ¿De verdad eso es necesario? - Los detalles son muy importantes. - Palabrería, quieres convertirme en Jack Sparrow. Ariadne se inclinó sobre él, acercándose peligrosamente a su cuerpo, para perfilarle los ojos con sumo cuidado. Se suponía que debía mirar o bien hacia arriba o bien hacia abajo, pero no podía dejar de contemplarla a ella. - Ya está - dijo dejando de empuñar el lápiz de ojos, aunque no se movió, siguió estando tan cerca, examinando con el ceño fruncido su trabajo.- Te queda bien. - Debería fundar un club con Johnny Depp. - No lo soportarías. Te gusta ser el más guapo del lugar.

 - Chicos... Que empiece el espectáculo. La voz de Tim retumbó en sus oídos, al igual que en los de Deker que estaba a su lado y los de Lee. El joven había insistido en que llevaran auriculares para mantener el contacto y, así, poder adaptarse a los cambios que pudieran surgir. No era la primera vez que llevaba algo así, pero en las pocas ocasiones en las que lo había hecho, era la bola de cristal y no algo tan... Normal como aquello. Estaba aguardando en el escenario que la organizadora había montado en el salón, mientras Deker revisaba los trucos que habían preparado a toda velocidad para poder llevar a cabo el golpe. La organizadora irrumpió ahí para informarles que todos los invitados habían llegado ya y que el cóctel con el que comenzaba la velada estaba tocando a su fin. También les dijo que se


preparasen porque el espectáculo empezaría en cinco minutos, así que los dos se colocaron detrás de las cortinas, compartiendo miradas emocionadas. Deker le tendió una mano, que ella miró unos segundos, antes de aceptarla, sintiendo el calor que desprendía su suave piel. Deker tenía manos de señorito, manos de pianista. Primero escucharon como los invitados se acomodaban sin dejar de charlar entre sí, hasta que la organizadora les presentó y, tras coger aire, los dos cruzaron el telón. Deker, sin soltar su mano, estiró ambos brazos en dirección al techo, antes de soltarse y hacer una reverencia. Una vez más, una de sus sonrisas radiantes, su mero lenguaje corporal, provocó que su público le aplaudiera a rabiar. Deker hizo un gesto con las manos para acallarlos un poco, aunque Ariadne podía notar que cada aplauso alimentaba su ego más y más. - Muchas gracias por sus aplausos - dijo con voz alta.- Soy Deker el Magnífico y espero poder deleitarles con las maravillas y los misterios de...- realizó un juego de manos de forma tan perfecta que se quedó asombrada, mientras el resto de la sala emitía una exclamación al ver la llamarada que, aparentemente, surgió de la nada.- ¡La magia! Más aplausos. El chico aguardó a que se serenaran, antes de acercarse a ella. La tomó de la mano para guiarla al borde del escenario, donde la hizo girar sobre sí misma, como si estuvieran bailando, antes de soltarla y señalarla de cabeza a pies. - Y contaré con la ayuda de la maravillosa, frágil y, sobre todo, hermosa Ariadne - se situó a su lado, muy cerca de ella, para deslizar una mano por su cintura y agarrarla.- Lo siento, chicos, pero ningún truco incluye su teléfono - muchos rieron.- Y, además, por muy guapos que seáis, no tenéis nada que hacer porque...- volvió a perpetrar otro maravilloso truco, en esa ocasión sacó un ramo de flores precioso que le tendió.- Soy yo quien saca flores de la nada. - El problema es que siempre he preferido las palomas, jefe. Ariadne golpeó en broma a Deker con el ramo, como mera distracción para hacer un cambiazo sin que nadie se diera cuenta. Después, hizo que lanzaba las flores al techo, pero lo que voló fue una paloma que trazó un amplio círculo por la sala antes de regresar a ella. - Así que es por eso por lo que no me dejas llevar chistera, ¿eh? - Lo hago para que no te choques con focos y esas cosas. Más risas. - Luego cuando me pide que le baje algo no se queja de mi altura, aunque... Claro - Deker se alejó un poco para acercar una caja púrpura decorada con plata y oro.- Luego es la única que puede caber ahí - abrió la caja y le enseñó el interior vacío al público, antes de hacerla girar.Como podéis ver, no hay ningún truco en ella - se metió, palpó las paredes y salió.- Ariadne, querida, si eres tan amable... Ariadne, agarrándose al borde de la caja, flexionó un poco las rodillas, haciendo una especie de reverencia, antes de obedecer. Deker la miró un momento, antes de cerrar la tapa. Ella tuvo que cerrar los ojos y controlar su respiración. Le agobiaban los ambientes cerrados. - Como veis, no hay puerta por detrás, por lo que Ariadne no puede escaparse más que por delante... Al oír aquello, que era la clave que tenían establecida, abrió la puerta delantera y se escabulló sigilosamente a través del telón, desapareciendo del escenario a toda velocidad. No se detuvo, corrió por el pasillo de la derecha, dirección a la sala de la colección, mientras susurraba: - Estoy fuera. - Tienes el camino despejado, Ariadne - le informó Tim por el auricular. De fondo, escuchaba como Deker clavaba espadas en la caja con cierta parsimonia, perdiendo tiempo con chistes y otra serie de recursos para mantener al público interesado la mayor cantidad de tiempo posible. Llegó a la sala de exposiciones. Fue directa a la caja de seguridad, donde la Dama de azul seguía. Se sintió estúpida, pero le pareció que el diamante dormía y que, justo en ese momento,


despertó, casi como si la estuviera esperando. Miró por encima de su hombro para clavar la mirada en la cámara de seguridad, al mismo tiempo que volvía a escuchar a Tim: - Yo te veo, pero las grabaciones registradas serán un bucle donde no apareces. - Lo sé. ¿Está la cámara? - Un momento... - No tenemos mucho - canturreó ella, recordándoselo. - Ya. Tomó aire, llevándose las manos al pelo de donde sacó una ganzúa y se puso manos a la obra, trabajando a toda velocidad.

 Su último truco logró que le vitorearan todavía más. A decir verdad, era una ilusión de manual, una serie de clásicos bien hilados. Pero, claro, los clásicos eran clásicos y tenían aquel encanto especial. Había comenzado con juegos de aros, que unía y separaba aparentemente por arte de magia; al tirarlos al aire, se transformaron en un sombrero de copa, con el que estuvo bromeando antes de hacer que de él brotaran cartas que parecían estar vivas y saltar. Fue entonces cuando la policía llegó, aunque no por ello los aplausos se resintieron. De hecho, tuvo que subirse uno de los agentes al escenario, para que la gente se detuviera y dieran comienzo los cuchicheos. El hombre, un cincuentón que se mantenía en forma, les mostró la placa antes de decir con voz muy potente, como si estuviera declamando: - Agente Ross de INTERPOL, les pido que permanezcan en sus asientos y que estén calmados - se giró hacia él.- Usted también... - Deker el Magnífico. - ¿Saul? - a través del walkie que el agente llevaba en la otra mano, le llegó la voz de un hombre ligeramente distorsionada.- Estoy viendo los vídeos de seguridad como me has pedido. Como sospechábamos, la grabación de la sala del robo es un bucle. Sin embargo, la del salón no ha sido manipulada: no se ha movido nadie de ahí, a excepción de la señorita Galbraith y del joven que está sentado justo detrás de ella. - Entendido, chico - asintió el hombre, llevándose el aparato a la boca.- Coge la grabación trucada y baja aquí. Te necesito - guardó el walkie, volviendo a dirigirse a la sala entera.- Está bien, pueden irse todos salvo ustedes dos - señaló a Emily Galbraith y a Lee, que palideció ante aquel dedo acusador. Si el agente lo apreció, no hizo comentario alguno, simplemente se volvió hacia Deker, diciendo.- Usted tampoco, señor Magnífico. Gracias al resto de agentes que habían llegado, se quedaron a solas enseguida. - ¿Pero qué ocurre? ¿Qué está pasando? - quiso saber la señorita Galbraith. - Acaban de robar una pieza de la colección de su padre - informó Ross con frialdad.- Ha sido una chapuza, la grabación en bucle que debía de servir de coartada para el ladrón, se ha estropeado y los guardias lo han notado enseguida. - ¿Sospecha de nosotros? - se escandalizó la joven. - A decir verdad, mi primer sospechoso es él - volvió a contemplar a Deker con cara de malas pulgas, aunque él únicamente alzó las cejas.- ¿Se puede saber dónde está su compañera? Por lo que me ha dicho el señor Galbraith, lleva un rato ausente, ¿no? - En realidad no se ha movido de aquí en un solo momento. - ¿Se puede saber dónde? - Si me permite... Ante el leve asentimiento de cabeza, Derek se acercó a la caja púrpura y le hizo una seña para que aguardara, mientras la acercaba un poco. Se agachó para arrancar el último sable que había colocado, el que estaba a la altura de los pies. Después, se limitó a quitar la tapa, por lo que todos pudieron ver a Ariadne acuclillada y mirándole como si le fuera a matar. - ¡Esta vez te has pasado, pedazo de gilipollas! - bramó.


- Sabes que odio que me llames jirafa, gigante y demás - se defendió él. - No lo entiendo...- murmuró Lee, seguramente poniendo palabras a los pensamientos de los otros dos.- ¿Ha estado ahí todo este rato? - Normalmente sólo se están dos o tres minutos, pero cuando se cabrea conmigo, me deja ahí encerrada hasta que sólo le quedan los trucos en que me necesita - explicó Ariadne, poniendo los ojos en blanco, antes de asestarle un puñetazo en el brazo.- ¡Imbécil larguirucho! - ¡Basta! - bramó Ross. Tanto Ariadne como él le miraron, fingiendo sorpresa. El hombre se dedicó a examinar la caja, primero observándola y después palpándola. Pareció especialmente asombrado al tocar los sables, que eran duros, aunque romos. Un poco confuso, se volvió hacia ellos de nuevo. - ¿Podéis explicarme el truco? - Un mago nunca revela sus trucos - declaró Deker, solemne. - Entonces ese mago nunca saldrá de prisión. - Está bien, está bien - el muchacho hizo un gesto desdeñoso con la mano, antes de quitar todos los sables y tenderle la mano a Ariadne.- Si eres tan amable, cielo. Ella alzó las cejas, incrédula, aunque la aceptó para que él pudiera ayudarla a meterse en el cajón. No obstante, en aquella ocasión no lo cerró, sino que dejó la única abertura visible para que el agente Ross viera cómo hacían el truco. - Normalmente, esto no se ve, claro - le explicó, antes de que la muchacha se agachara y él pudiera atravesar la caja con varios sables.- Permanece así durante la mayor parte. Entonces, cuando llega el último se levanta - Ariadne se incorporó con cuidado y gracilidad, esquivando los filos para acabar casi encajada.- Y ya clavo el último, por lo que queda casi atrapada - lo hizo, por lo que el arma quedo entre sus tobillos. - Parece incómodo - observó el agente. - No se imagina cuánto - suspiró Ariadne. - Saul - ante aquella voz nueva, todos se giraron para ver como un joven corría hasta el escenario: tenía el pelo rubio, vestía traje barato... Y se llamaba Timothy Ramsey.- Hay algo que debes saber - se acercó a su compañero.- he estado hablando con el ama de llaves y... Bueno, la señorita Galbraith y el señor han estado... Ocupados. - Oh. Ante aquellas palabras, Emily se sonrojó y pareció muy violenta, aunque Lee se limitó a sonreír levemente, con aire culpable. El inspector Ross frunció el ceño, colocando los dedos en el puente de la nariz, aunque Tim se dedicó a contemplarlos un instante. Después, le dio un codazo a su compañero, mientras decía con frialdad: - En el vídeo no se ve que la chica se haya escapado, pero... Podría haberlo hecho. ¿Los has cacheado? Porque esto tiene toda la pinta de ser un Ilusionista. - Señorita, si es tan amable - asintió Ross. Primero cacheó a Ariadne sin encontrar nada, después hizo lo mismo con Deker, pero como no encontró ni rastro del diamante ni en ellos, ni oculto en los instrumentos que habían empleado en el número, tuvo que dejarlos salir libres. Al marcharse, se toparon con Lee que fingía esperar a que la cena diera comienzo. Se despidieron de él con un gesto casi imperceptible y, cuando estaban lejos de la casa de los Galbraith, Ariadne le mostró el diamante azul, la última Dama.

 En cuanto vio que el espectáculo de magia comenzaba, Tim se colocó la corbata y pulsó una serie de teclas de su portátil, para fingir que llamaba desde la casa Galbraith. Entonces, poniendo la voz grave que cualquier guardia de seguridad tremebundo tenía, les informó del robo


del diamante azul de la colección privada de Lord Galbraith. Después, únicamente tuvo que aguardar unos instantes a que le llamaran de la INTERPOL a él para que acudiera a la mansión a investigar lo sucedido. Una vez ahí, se reunió con su compañero que le indicó que acudiera a la sala de vigilancia junto a los guardias. Tuvo que sentarse junto a los dos tremendos hombres, hacer el paripé y, después, cuando Ross le pidió que cogiera las grabaciones, lo hizo, aunque a la INTERPOL le dio el que había preparado anteriormente: no había nada que rastrear y las horas coincidían.

 Sabía que no había perdido mi toque. Lee seguía sintiendo el peso de Emily Galbraith contra su propio cuerpo, mientras las lenguas de los dos estaban muy ocupadas llevando a cabo una frenética danza. Si por él fuera, estarían bailando otra cosa más parecida a la lambada, pero debía estar ahí, justo en esa esquina, pues Ariadne iba... No, Ariadne estaba pasando junto en aquel momento. Se movió, arrastrando consigo a Emily para que ésta no pudiera ver a la ladrona, que se acercó discretamente a ellos, aunque ni siquiera se detuvo. Lee alucinó. ¿Cómo era posible que Ariadne le hubiera colocado el diamante en la mano a semejante velocidad? ¡Menudos dedos tenía esa chica! Se guardó el diamante en el bolsillo justo a tiempo, pues el ama de llaves apareció (tal y como estaba previsto) para pillarlos y que tuvieran que huir de vuelta al salón, donde Deker seguía con el numerito de magia. Sabía que, en la parte de atrás del escenario, Ariadne se estaba colando en la caja donde se suponía que estaba durante toda la función. Según le habían explicado, el sable de abajo era de pega, por lo que podría quedarse ahí hasta que la policía llegara y Deker diera el cambiazo. Sólo esperaba que su amigo y la ladrona pudieran marcharse tal y como estaba planeado.


Cuatro damas: Capítulo 29