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Capítulo 23 Disfraz - Pareces un poco distraída, cielo... Al otro lado del teléfono, la voz de Lucía sonó comprensiva, pero también un poco preocupada. Tania dio un respingo, agitando la cabeza para regresar a la realidad. Por supuesto que estaba distraída, cómo para no. Desde el día anterior todo se había enrarecido: por un lado, la relación con Álvaro seguía siendo difícil y complicada, no sabía muy bien cómo llevar el hecho de que formara parte de un grupo que se dedicaba a asesinar por dinero y también por placer; por otro, Ariadne se había sumergido de lleno en preparar el robo de una de las misteriosas Damas y apenas se dejaba ver; y para rematar la situación, ella seguía esmerándose en ignorar a Rubén. Además, el jueves sería el maldito festival de Halloween, seguido de un baile de disfraces. Y no tenía ni idea de qué se iba a poner, tampoco estaba muy segura de querer ir. - Tengo una fiesta. - ¿En el internado? - quiso saber Lucía. - Es de disfraces, por Halloween. Es el jueves, el último día antes del puente - ni siquiera sabía por qué seguía contándole tal tontería, era la más insignificante de sus preocupaciones. - ¿Temes encontrarte con él? - ¿Con él? - Ya sabes - Lucía soltó una risita, por lo que Tania sintió unas ganas enormes de que se la tragara la tierra.- Mister mirada gris acero. El chico del destino. No te hagas la tonta... - No es por él - replicó, un poco a la defensiva. - ¿Entonces? - No tengo disfraz. Y lo más inteligente que se me ha ocurrido ha sido ponerme una sábana con agujeros para los ojos. ¿Crees que es original? - Creo que puedo ayudarte. Tania aguantó un suspiro, no era aquello lo que necesitaba, pero, claro, Lucía tampoco podía ayudarla en otro sentido. Por eso, se armó de paciencia y fingió que aquello la alegraba, mientras la mujer parloteaba alegremente. Estaba sentada en su cama con las piernas cruzadas como un jefe indio de película y, por eso, debía de soportar las miradas curiosas de Erika, que estaba terminando de vestirse. Le disgustó ver que su compañera de habitación parecía divertida, la miraba con aquella petulancia tan suya que hizo que quisiera poner los ojos en blanco, exhalando otro suspiro. Cuando terminó la llamada y se despidió de Lucía, cerró la tapa del teléfono móvil y lo guardó en su mochila, esforzándose en ignorar las miradas de Erika. Tenía la sensación de estar en medio de un intenso entrenamiento para aprender a no prestar atención a cosas: a Rubén, a Erika, a su tío Álvaro... Empezaba a estar harta de todo aquello. - ¿Problemas con el disfraz? - inquirió Erika con inocencia. El gesto la cogió desprevenida, ¿había enterrado el hacha de guerra de una vez? No terminaba de fiarse, pero prefería pensar que así era. - No tengo imaginación para estas cosas. - Este año iré de Cleopatra y Rubén, claro está, será mi Marco Antonio. - Mola. A Tania le sorprendió el desdén que desprendió su voz. No era cierto, por supuesto. Las palabras de Erika habían cumplido su cometido, la habían herido, pero no iba a dejar que ella lo supiera. También estaba cansada de aquel tema. - He quedado con Jero. Hasta luego.


Se echó la mochila al hombro antes de abandonar su cuarto y dirigirse hacia las escaleras, donde se sentó para esperar a su amigo. Como todavía era pronto, el pasillo estaba ocupado por alumnos que iban y venían del cuarto de baño. No tuvo que esperar demasiado, pues Jero, de pronto, se dejó caer a su lado, apoyando la cabeza en su hombro. Tenía los ojos más bien cerrados, lo que le hacía parecer todavía más adormilado. Detrás de él, llevando como siempre una novela entre las manos, apareció Deker Sterling que se limitó a agitar los dedos a modo de saludo, antes de sentarse un par de escalones por debajo de ellos. - ¿Sabes que desde que te conozco estoy madrugando más que en toda mi vida? - Jero resopló, antes de guiñarle un ojo y añadir de forma teatral.- Aunque el verte cada mañana, da sentido a mi vida. - Creo que voy a vomitar - comentó Deker. - Era una broma. - Las bromas no dejan de ser excusas para decir aquello que no nos atrevemos a decir. - Es demasiado temprano como para que entienda algo más allá de tres o cuatro palabras seguidas - Jero hizo un gesto desdeñoso, antes de recostarse sobre ella de nuevo. Tania, entonces, se percató de que los labios de Deker se curvaban. Pero no lo hacían de la manera habitual, con aquella extraña mezcla de arrogancia, diversión y un poco de maldad. Era algo más sincero, más natural... Más cariñoso. Le sorprendió aquel matiz, le sorprendió tanto que, en cierta manera, perdió algo del respeto que Deker le infundaba. - ¿Has hablado con ella? Al principio se hizo el silencio. Durante un segundo, Jero la miró con desconcierto, como si no entendiera la pregunta, pero después debió de comprender que no iba dirigida a él, pues le asestó una leve patada a su compañero de habitación. Éste dejó de leer para fruncir el ceño, como si aquello no entrara en sus planes. - ¿Es a mí? - Sí. ¿Hablaste con ella? - ¿Ella, quién? - Ariadne, ¿quién sino? - inquirió, haciendo una mueca. No era tan difícil de entender, ¿no? Se fijó en que Deker seguía con cara de póquer, así que no tenía ni idea de qué estaba pasando por su cabeza, por lo que añadió.- Ayer, después de termináramos de hablar con mi tío y el director, intentamos ir a verla, pero no nos dejó pasar. ¿Has hablado tú con ella? Deker enarcó una ceja, cerrando la novela con suavidad, mientras se echaba hacia delante para acercar su rostro al de ella. - ¿Qué te hace pensar que si no habla contigo, lo hará conmigo? - ¿Quieres la lista completa o nos ahorramos la tontería y respondes? - No. No he hablado con ella - declaró con decisión.- Soy bastante inteligente, incluso podría decirse que soy bastante bueno, pero ni siquiera yo tengo súper poderes, encanto - se aproximó todavía más.- De hecho, creo que ni Gandalf y Dumbledore trabajando codo con codo harían cambiar de opinión a vuestra amiga - abrió el libro, concentrándose en él de nuevo, mientras añadía con desdén.- Además, tampoco es que me importe cómo esté, mientras robe lo que tenga que robar, como si quiere pasearse por aquí desnuda... Bien pensado, eso sí que me importaría, sería digno de ver... ¡Zas! Deker ahogó un quejido, al mismo tiempo que Tania y Jero daban tal respingo que casi se cayeron por las escaleras. De algún modo, el inmenso libro de historia había cruzado el aire hasta impactar brutalmente en la cabeza del chico. El herido cogió el libro y, después, se frotó la zona golpeada con la muñeca. Al mismo tiempo, Ariadne bajó varios escalones hasta reunirse con ellos. Entonces ladeó la cabeza, haciendo que sus rasgos adquirieran un aspecto inocente y culpable, sobre todo cuando trazó una pequeña “o” con sus labios, llevándose la mano a ellos.


- ¡Ay, qué torpe! Se me ha escapado el libro... Tsk, supongo que no aprenderé el hechizo de levitación ni aunque Gandalf y Dumbledore trabajen codo con codo - le arrebató el tomo de las manos a Deker y se acuclilló, dejando su rostro a la misma altura que el del chico.- Y, por lo otro, no te preocupes, ya no puedo hacer un Lady Godiva. Se quedaron tal y como estaban unos instantes, mirándose a los ojos, ella con frialdad y él con aquella expresión divertida. - Es una pena, que conste - acabó diciendo él. - Deberíamos ir a clase - dijo Ariadne. Se había vuelto hacia ella y Jero, que permanecían en su sitio en parte absorbidos por aquel fascinante espectáculo y en parte asustados de lo que podría pasarles si los otros dos recordaban que estaban ahí. Les costó un poco reaccionar, por lo que acabaron siguiendo a sus dos amigos, que caminaban uno al lado del otro en silencio. - Tania...- susurró Jero; ella le miró.- ¿Qué quería decir con la Lady esa? - Ni idea. - Mierda... Tenía curiosidad - su amigo hizo una mueca. - Yo también.

 Todavía le ardía la cabeza, podía sentir el dolor punzante del libro en la zona donde éste le había alcanzado, por lo que volvió a restregarse la mano contra aquella parte, aplastando sus cabellos castaños oscuros. Se dirigía hacia el aula, mirando de vez en cuando a Ariadne que no se dignaba en devolverle el gesto, visiblemente furiosa. La ira de Ariadne no le importaba, de hecho le resultaba fascinante, le gustaba ver que existía algo más allá de tanto auto-control. Por eso, se sentó a su lado en la primera fila, dedicándole una sonrisa torcida cuando la muchacha entrecerró un poco los ojos, mirándole con cierto desprecio. Mientras en las mesas de detrás se colocaban Jero y Tania, él sacó sus cosas, sin dejar de observar a Ariadne atentamente. De pronto, sintió algo en la nuca y, al volverse, descubrió que una bola de papel había rebotado en ella y caído en su mochila. Jero y Tania le hicieron una seña, por lo que acabó cogiéndola y alisando el folio para leer: Habla con ella. No está bien. Puso los ojos en blanco, volviéndose hacia sus dos compañeros: - ¿Os habéis creído que soy la presentadora del Diario de Patricia? - susurró, reduciendo el papel a una bolita para tirársela a Jero.- ¡Que no me importa! - ¿Y por qué fuiste a por ella, eh? - inquirió Tania. - Eso - asintió Jero. - Porque quiero que robe las Cuatro Damas - siseó. - Está en fase de negación - susurró Jero. Tuvo ganas de dar un par de collejas a cada uno, pero en su lugar se volvió y comenzó a ignorarles. Por suerte, no tuvo que esmerarse demasiado, pues no tardó en llegar el profesor y comenzar la clase. Eso sí, junto al docente, aparecieron el resto de sus compañeros, que no tardaron ni dos segundos en cuchichear al ver a Ariadne. Entonces descubrió que ella volvía a llevar el disfraz de La princesa de hielo, de repente ya no había rastro de su furia o de nada, simplemente frialdad y un poco de superioridad. La hora transcurrió tan perezosamente como todas en las que tenía clase. A Deker siempre le habían aburrido las lecciones, apenas solía escuchar y aquella no fue una excepción, se dedicó a hacer garabatos en los márgenes del libro.


Después, cuando por fin el suplicio terminó, los cuatro se pusieron en pie para dirigirse al laboratorio de idiomas donde debían dar inglés. Personalmente, le resultaba estúpido que le obligaran a ir a esa clase, él se había criado en Inglaterra, hablaba dicho idioma incluso con más fluidez que el castellano. ¿No podían darle aquellas horas libres? - Has salido del hospital, ¿eh? Al salir del aula, tuvieron que pasar por delante de Erika y su grupo de amigas, que estaban apiñadas entorno a la mesa de la primera. La que había hablado era una chica cualquiera, Deker ni siquiera sabía como se llamaba. Ariadne se encogió de hombros, asintiendo con un gesto. - Te habrás sentido muy sola, como nadie ha ido a verte - dijo otra de ellas. Un coro de risitas se elevó entorno a ellos, mientras Ariadne seguía mirándoles con cara inexpresiva, como si todo aquello le resbalara. El grupo de hienas debió de sentirse ofendido ante la falta de reacción, pues la chica que había hablado al principio se irguió para acercarse a ello; rozó levemente las puntas del pelo de Ariadne. - Vaya cambio, ¿no? - se volvió hacia sus amigas.- ¿Qué creéis, chicas? - Que deberíamos cambiarle el mote a Sansón - respondió Erika con malicia.- Ya sabéis, ha perdido su fuerza. Sin su bonito pelo, se ve que no es tan guapa como todos creen. - ¡Déjala en paz! - exclamó Tania. - No te preocupes - la voz de Ariadne era tan fría como siempre; había alzado un brazo en dirección a su amiga, como impidiendo que continuara.- Si me importaran las palabras de esta... Vamos a decir gente, que no hay que perder las formas. Y, bueno, es que no me importan lo más mínimo - se volvió hacia el grupo de chicas.- ¿Habéis terminado ya? Pues vámonos. Ariadne inició la marcha hacia el laboratorio de idiomas con calma. Ellos tres la siguieron en silencio, aunque Jero no tardó en alcanzarla. - Pues yo creo que sigues siendo preciosa. - Gracias, pero no hace falta - sonrió ella. Los dos siguieron caminando y, por eso, Deker se encontró a solas junto a Tania, que parecía pensativa. Era algo raro. Generalmente, con el único que se relacionaba un poco era Jero, pero nunca lo había hecho con la chica. - ¿Crees que está bien? - le preguntó. - En serio, ¿qué te crees que soy? ¿El hombre que susurraba a los ladrones? - Creo que eres el chico que se puso como un loco cuando ella desapareció. Creo que eres el que se estuvo una semana cuidándola en Londres. Creo que ella te importa más de lo que tú mismo crees - la muchacha hizo una pausa, añadiendo después.- Y si nos ponemos racionales, creo que eres el que ha tenido una educación parecida a la de ella. Es decir, el que mejor puede entenderla. Ella le dedicó una mirada radiante, como si hubiera logrado una victoria, algo que Deker no estaba dispuesto a ofrecerle. Por eso, giró la cabeza en dirección a ella. - Hay un gran fallo en tu argumentación, rubita. - ¿Ah si? - Que para que todo eso fuera cierto, yo debería ser una persona completamente distinta. Más sentimental, menos calculador.

 - Voy un momento al baño. Le guiñó un ojo a Jero, para hacerle ver que estaba perfectamente y debió de lograrlo, pues su amigo asintió sonriente. Después, se encaminó hacia el baño de chicas, que estaba vacío, lo que fue todo un alivio. Dejó la carpeta que llevaba entre las manos al lado del lavabo y apoyó las manos en él, cerrándolas con tanta fuerza que los dedos le crujieron.


Respiraba con dificultad, le dolía la cabeza por la batalla que estaba teniendo lugar en su interior: lo que sentía contra lo que debía mostrar al mundo. Era una sensación horrorosa. Alzó la mirada para contemplar su reflejo en el espejo. Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos y el pelo le caía sobre el rostro, a pesar de la ancha diadema de color verde que llevaba. Su mera visión fue como otra puñalada más. Sintiéndose abatida, caminó hacia atrás hasta que su espalda dio con la pared. Y no pudo soportarlo más. Se derrumbó. Se dejó caer hasta acabar sentada en el suelo, apoyando la espalda contra las frías baldosas que recubrían la pared, pues temía no poder sostenerse sin ésta. Las lágrimas le caían por las mejillas, lo que había hecho que el dolor de cabeza comenzara a desaparecer. - Te queda bien. Te da personalidad. Había reconocido la voz: ácida, sarcástica, profunda, hermosa en cierta manera... Era la de Deker. Le hablaba con suavidad, lo que le sorprendió sobremanera. Pero, claro, no era la voz que quería escuchar, por lo que sintió el nudo de su estómago todavía más fuerte. - Pero esto no tiene nada que ver con lo que han dicho esas arpías, ¿verdad? Sólo fue capaz de negar con la cabeza. Deker asintió casi imperceptiblemente, antes de ponerse en cuclillas frente a ella. Con mucho cuidado, le apartó el pelo de la cara, lo que provocó que su congoja le diera un momento de respiro. - ¿Me quieres decir lo que te pasa? Silencio. No podía articular palabra. El muchacho volvió a hacer un gesto con la cabeza, antes de sentarse a su lado, cruzando los brazos sobre sus rodillas flexionadas. - No tienes por qué hablar si no quieres o si no estás preparada - dijo con aquel tono suave, pero un poco ronco. No dejaba de mirarla y eso, de alguna forma, la consolaba y la ponía nerviosa al mismo tiempo.- Yo estoy aquí, contigo. - Ha muerto...- logró decir con un hilo de voz. Deker únicamente la miró. - Colbert está muerto - prosiguió, notando su propia voz hueca, pero extrañamente frágil, como si se fuera a romper en cualquier momento.- Y... Acabo de darme cuenta que no volveré a verle... No podré tocarle otra vez... No volveré a robarle besos... A discutir... Ni siquiera pudimos acostarnos y ya no podremos hacerlo nunca. Nunca... ¿No suena vacío e irreal? ¿No es absurdo que no vuelva a verlo jamás? - Lo peor del caso es que es real. No hay nada más real que la muerte. Por mucho que en ocasiones no creamos que nos vaya a suceder, que vayamos a morir o a perder a alguien... A pesar de todo es bien real. - No. Lo peor del caso es que yo le quería. Se echó sobre Deker, enterrando el rostro en su pecho y retomando las lágrimas de nuevo sin poder controlarlas. Pero sintió las fuertes manos del chico rodeándola, estrechándola; también sintió la barbilla de Deker sobre su cabeza y se sintió protegida, segura.

 Felipe estaba en su despacho, ignorando el trabajo que le esperaba en la mesa para ver a su sobrina sentada en los terrenos del internado en compañía de Deker Sterling. Se estaban saltando una hora de clase, pero no era eso lo que le preocupaba, tampoco el que estuviera junto a aquel engreído, sino el que sabía cuánto estaba sufriendo. Si él echaba de menos a Colbert, no podía ni imaginar el infierno que estaría pasando ella. Bueno... Ya había perdido a muchas personas a lo largo de su vida, pero era afortunado pues ninguna de ellas había sido la persona de la que estaba enamorada.


- ¿Puedo pasar? Hablando de la reina de Roma... Asintió, volviéndose hacia Valeria que cerró la puerta tras de sí. La mujer, que aquel día llevaba el pelo recogido en una coleta que le caía por el lado derecho, se acercó a él para poder mirar por la ventana. - ¿Qué tal está? - Físicamente ya está bien. - Pero no lo está. - No. Valeria asintió, antes de cogerle la mano en señal de apoyo. Se le puso la piel de gallina y el corazón se le aceleró una vez más, cada vez que estaba a solas con ella, volvía a sentirse un colegial con exceso de hormonas y demasiadas fantasías románticas en la cabeza. Por suerte, al igual que su sobrina, había sido educado para ocultar lo que sentía en realidad. Pero era tan difícil hacerlo con Valeria. Muchas veces le contaba más de sus problemas, de sí mismo, de lo que podía permitirse. - ¿Recuerdas ese chico que vivía con nosotros? - ¿El crío que adoptaste? Eh... ¿Colbert? - Sí, ese - asintió, acompañándose de un gesto. Volvió a contemplar a su sobrina, sin soltar la mano de Valeria, todo lo contrario, pues la estrechó todavía más.- Ha muerto. Tuvo un accidente, mientras Ariadne estaba en el hospital. - ¡Oh, Felipe! - la mujer le abrazó con fuerza.- Sé cuánto le querías. - Era como un hermano pequeño, pero ella... - Ella le amaba. Felipe se soltó, suspirando. Se apoyó en su escritorio, agitando la cabeza de un lado a otro con pesar. A su lado, Valeria dio un pequeño saltito para sentarse en la mesa, acariciándole las rodillas. - Ariadne no es como los demás, ni siquiera es como la gente cree. Ha perdido a tanta gente a lo largo de su vida que tiene el corazón lleno de remiendos y me aterra pensar que llegue el día que no pueda ni recomponerlo - suspiró, frotándose las palmas de las manos contra la cara.¿Cómo sobrevives a algo así? - Contigo lo hará. La ayudarás, la recompondrás las veces que sean necesarias. Eres su padre, es tu trabajo. Y como eres un gran padre, lo harás bien - le guiñó un ojo, antes de dulcificar su expresión.- Y si tú necesitas ayuda, siempre estaré dispuesta a ayudarte. Felipe se recostó en ella, encontrando el consuelo y las fuerzas que necesitaba, mientras recordaba lo sucedido doce años atrás, cuando él tenía dieciocho.

 - Eso ha sido todo por hoy, señores. Felipe echó un vistazo a los apuntes que había tomado y, satisfecho, los guardó en la parte de la carpeta que correspondía a aquella asignatura. Colocó el único bolígrafo que utilizaba en ella y se levantó, abandonando el banco de las primeras filas que había ocupado. Fue a salir del aula, cuando se topó con un viejo conocido. Su antaño pelo negro se estaba volviendo ceniciento en su mayoría, lo llevaba peinado hacia atrás y había abandonado sus jerseys de rombos para ponerse una camisa azul con corbata. Seguramente, no querría llamar la atención en medio de la universidad de Oxford. - Bonitas pintas - dijo en español. - Lo mismo digo. ¿Te has metido en un grupo de rock? Felipe deslizó los dedos por sus cabellos castaños, que llevaba más bien largos, antes de agitar la cabeza para apartar el flequillo de sus ojos. Era algo que había decidido al marcharse a Londres, alejándose de todo, adiós a las estúpidas normas de su familia.


- De momento no - sonrió, divertido.- Te he echado de menos. - Yo también - asintió el hombre, alzando después un dedo.- Anda, no nos pongamos sentimentales, chaval. - Sobre todo porque no estás aquí porque me echas de menos, ¿no? - ¿Podemos hablar en un sitio menos... público? - Vivo cerca de aquí - hizo un ademán con la cabeza, saliendo del aula.- Lo hago sólo porque eres tú, ¿de acuerdo? No he cambiado de opinión en lo que respecta al clan y al estúpido de mi hermano - su viejo amigo abrió la boca, aunque no le dio la oportunidad de decir nada.Por si pregunta. - No podéis estar toda la vida peleados, Felipe. - Por cierto, ¿qué identidad estás usando ahora? - Tú puedes llamarme por mi nombre - Felipe soltó una risita, por lo que su amigo se apresuró en añadir.- Sabes que no soporto que me llames Gerardo, es Gerold. - Y tú sabes que nunca me ha gustado el alemán. El hombre resopló, hastiado, mientras Felipe recordaba que, desde que era niño, le había llamado Gerardo: al principio porque le resultaba más sencillo de pronunciar, después porque irritaba al hombre y eso le divertía. Le llevó hasta su piso con rapidez y apenas intercambiaron palabras, más por precaución que por cualquier otra cosa. Por eso, cuando estuvieron en la pequeña guardilla que habitaba, Felipe se puso a preparar té (a su amigo siempre le había gustado) y, mientras lo hacía, se humedeció los labios, nervioso. - ¿Qué tal están los enanos? - Te echan de menos - reconoció Gerardo, rebuscando en los bolsillos de su abrigo hasta sacar un sobre que le lanzó.- Ariadne pronto cumplirá cuatro años, está preciosa. Preguntó si irías a verla. Es pequeña y te adora, no entiende por qué no estás. - ¿Y Eneas? - Él es mayor. Tampoco es que lo entienda demasiado, sólo tiene cinco años, pero sabe que su padre se pone triste y se enfada cuando se te menciona. Por eso, no pregunta por ti. Felipe disfrutó al ver las fotos de sus sobrinos, él también los extrañaba. Desde que seis años atrás había nacido Eneas, se lo montaba de tal manera que pasaba todo el tiempo posible con él, a pesar de sus entrenamientos y sus misiones como ladrón. Los adoraba. Era lo único que le habría hecho tomar otra decisión, pero la situación en la que le había puesto su hermano, el rey de los ladrones, tampoco se lo había permitido. - No voy a volver. Lo he dejado. - Un ladrón siempre es un ladrón. - Al parecer no, ¿o nos olvidamos de Álvaro? - Sabes que se saltó las reglas, tu hermano no podía hacer otra cosa - Gerardo suspiró, parecía tan cansado.- Y también sabes que comparto tu punto de vista. Pero eso no importa, necesito al Zorro plateado. ¿Me ayudarás? Le resultó extraño el volver a las andadas, aunque debía de admitir que, además de ser algo divertido, lo añoraba. Le encantaba la emoción, la adrenalina que le provocaba el temor a ser pillado... ¡Dios, cómo echaba de menos robar! - Ya tengo las cámaras controladas. Adelante. Según el plan acordado, Gerardo se encargaba de la seguridad del edificio, mientras él se colaría en el mismo y se haría con la pieza en cuestión. - ¿Guardias? - Planta doce. Asintió, comprobando que llevaba el arnés bien colocado; en cuanto lo hizo, saltó al vacío hasta alcanzar la planta catorce, donde, horas antes, el mismo Felipe se había colado como limpiador y dejado una ventana abierta. No encontró ninguna dificultad en colarse por ahí,


deshacerse del arnés, guardándolo en la mochila que llevaba a la espalda, y cerrar la ventana de nuevo para que nadie sospechara de su presencia. - Trece. Han pasado el ascensor. Caminó hasta el que había en el piso en el que estaba y lo llamó, metiéndose en él con urgencia para descender hasta la planta baja. Todo estaba tan perfectamente coordinado que los guardias de seguridad, ni siquiera pudieron percatarse de que alguien estaba usando el ascensor en plena noche. Las puertas se abrieron y Felipe se asomó un poco, lo suficiente para que Gerardo le lanzara una tarjeta de identificación. Le echó un vistazo, pertenecía a una mujer de cincuenta años que, según ponía ahí, era restauradora. - ¿Qué tal está yendo el turno? - preguntó con sorna. - Como odio el trabajo de oficina. Horarios, obligaciones... Bah... - Sólo te quedan unas cuantas horas más. Le guiñó un ojo, antes de regresar al ascensor para pasar la tarjeta por una ranura antes de presionar el botón que llevaba al sótano dos. Una vez ahí, volvió a utilizarla para acceder a una de las cámaras de seguridad donde guardaban las obras de arte más preciadas que tenían en la casa de subastas. Cerró la puerta tras él, colocándose la identificación entorno al cuello, ya que no la iba a necesitar por el momento. La cámara de seguridad era una amplia habitación de paredes metálicas, donde no había ningún mueble a excepción de una fría mesa en el centro. Se asemejaba a las que utilizaban en los quirófanos. Además, recubriendo tres de las paredes por completo, había multitud de puertezuelas con sus correspondientes cerraduras. No le costó demasiado encontrar la que caja que Gerardo le había indicado. Tomó aire. Llevaba meses sin ejecutar sus habilidades, ¿se le habían atrofiado los dedos? En aquellos momentos sintió tal pánico que creyó que sí, pero mantuvo la calma y se enfrentó a la cerradura con la frialdad del profesional que era. Finalmente, logró abrirla, aunque calculó que le había costado un minuto o dos más de lo que había sido habitual en él. Al abrir la caja, se quedó patidifuso. Gerardo no le había dicho qué encontraría en su interior, pero había supuesto que sería algún tipo de pintura o una escultura... Pero no, ante él había un anillo de oro con un enorme rubí, tan rojo como la sangre, engarzado de manera muy enrevesada, como si un amasijo de hilos dorados lo sujetaran a la esfera. Menuda horterada. La primera vez que lo vio, había pensado exactamente lo mismo. Abandonó la casa de subastas con tanta facilidad como había entrado, aunque sentía el anillo que llevaba oculto en la mochila como un peso muerto. No entendía nada. Nada más llegar a su guardilla, se sentó en el minúsculo sofá donde solía dormitar y aguardó a su amigo sin poder dejar de mirar la joya, jugueteando con ella distraídamente. Cuando Gerardo llegó, ni siquiera se molestó en alzar la mirada hacia él, siguió concentrado en el anillo, como si aquel impactante rubí poseyera las respuestas que buscaba. - Veo que lo has reconocido - dijo el hombre con suavidad. - El anillo de la Parca - musitó, todavía impresionado. Se puso en pie, sin soltarlo, mirando embelesado la piedra preciosa donde podía apreciarse una cruz.- Su dueño me contó la historia cuando era un crío - lanzó la joya al aire, cogiéndola con rapidez, mientras se concentraba en Gerardo, muy serio.- Lo recuerdo como si fuera ayer. Se quedaron en silencio, como evaluándose, hasta que, al final, Felipe depositó el anillo en la única mesa que había en la casa. No alejó su mano demasiado de él, todavía observando a su amigo, un poco receloso. - Este anillo está maldito. - ¿Tú crees? - Gerardo soltó una especie de risa incrédula.


Felipe volvió a coger el anillo para lanzárselo al hombre, que lo cogió a la primera, haciendo alarde de sus buenos reflejos. - Mira el rubí. Hay una cruz en él. Una cruz roja. - Conozco la leyenda... - ¿Leyenda? - preguntó Felipe entre escéptico y ofendido.- ¡No me jodas, Gerardo! - alzó la voz, calmándose al instante para volver a fijarse en su amigo.- Mi familia, la tuya, todas las personas que conocemos incluso tú y yo... ¡Todos somos una puñetera leyenda! En nuestros archivos queda constatado que Robin Hood fue más que un personaje literario, ¡fue uno de nosotros! - se acercó a Gerardo, siseando en voz baja.- Aquello que ahora llamas “leyenda”, en realidad es historia. - Ahora me vas a decir que crees en la palabra de un asesino... - El anillo era propiedad de Jacques de Molay, noble francés bastante más conocido por ser Gran Maestre de la Orden del Temple - relató de forma bastante apasionada, pues, tal y como había dicho, recordaba la historia como si se la hubieran contado el día anterior.- Y, también, tristemente famoso por ser el último Gran Maestre. - Siempre te han encantado los templarios - suspiró, resignado, su amigo. - ¿Recuerdas lo que le sigue? - Claro - el hombre se acomodó en el sillón, asintiendo con un ademán desdeñoso.- Por aquella época, lo tenían todo en contra. Las últimas cuatro cruzadas fueron un desastre, se perdieron territorios, ejércitos... Incluso en la séptima cruzada, Felipe IV de Francia fue secuestrado y su abuelo, para salvarle, pidió un préstamo que remató la situación económica del país. Felipe IV debía dinero a los templarios, un dinero que no tenía y que necesitaba para su país, mientras que la Orden del Temple tenía muchos bienes en Francia. >>Y para rematar la situación, el Reino de Jerusalén que, recordemos, había perdido territorios, cada día dependía más de la órdenes religiosas como la Orden del Temple o la Orden Hospitalaria o la del Santo Sepulcro...- Gerardo agitó la mano, antes de inclinarse hacia delante.Así surgió el Proyecto Rex Bellator, que pretendía la unificación de todas aquellas órdenes bajo el mando de un príncipe célibe o un viudo de sangre real. >>Y, a todo esto, no olvidemos al personaje más importante de toda esta historia, el papa Clemente V... - Más conocido como el perrito faldero de Felipe IV. - Fue un clérigo, ¿qué quieres? - La iglesia entera fue el peor rival de la Orden del Temple, lo sé. Además, Clemente V le debía bastante a Felipe IV - asintió él, ladeando la cabeza.- Pero es un hecho que los dos querían las riquezas de los templarios... Y los Objetos que reunían para impedir que hirieran a nadie. - El deseo de poder es lo que más mueve a los hombres, tristemente. - Por eso, primero intentaron hacerse con los templarios mediante el Proyecto Rex Bellator y, así, poseer los Objetos y tener a los templarios controlados. Pero - su tono denotaba lo que le emocionaba aquella parte.- Jacques de Molay les envió al infierno. - Como tu antiguo profesor de historia, me siento insultado, que lo sepas. - Es una expresión tan adecuada como cualquier otra... - Sí, si eres un cabeza-hueca con una educación de pena como la americana o la española refunfuñó, arrugando la nariz, mientras le daba golpecitos en el pecho con un dedo.- Pero a ti te he enseñado yo. - Tan estirado como siempre. ¿Seguro que no eres inglés? - Molay no consintió en ceder ante la presión papal - prosiguió Gerardo, empleando el mismo tono que utilizaba cuando Felipe era un niño en plena formación.- Lo que provocó que se iniciara una campaña de desprestigio contra los caballeros del Temple: les acusaron de sacrilegio a la cruz, herejía, adoración a ídolos paganos... Y, finalmente...


- Te estás dejando la sodomía y de ser homosexuales - le interrumpió, frunciendo un poco el ceño.- La Iglesia tan simpática como siempre. Y pensar que tampoco ha cambiado tanto, por no decir nada. - ¿He de recordarte que no soy tu padre y no me interesa discutir? - Perdón. La costumbre, ya sabes. - Creo que nos estamos desviando del tema recordando la historia - Gerardo hizo un ademán desdeñoso con la mano.- Sabes que adoro las leyendas como cualquiera, pero... - Finalmente, tanto Jacques de Molay como un montón de templarios fueron apresados, encarcelados y torturados. Todo ello fruto de la unión del rey Felipe IV de Francia, el papa Clemente V y del canciller del reino, Guillermo de Nogaret - hizo una pausa con teatralidad, lo suficiente para que el relato quedara dramático.- De hecho los tres estuvieron presentes en el momento de la muerte de Molay en la hoguera, justo frente a Nôtre Dame. Antes de morir, el Gran Maestre maldijo a los tres, dijo que morirían en menos de un año. - Y así fue, lo sé - el hombre asintió, armándose de paciencia.- Pero no fue culpa de este anillo, Felipe, fueron ellos... - Damien James me contó todo eso siendo un crío. - Eso has dicho antes. - Y me explicó que Clemente V le arrebató el anillo a Jacques de Molay cuando lo ataron a la pira. Lo había deseado desde el principio, creía que tenía poderes y aprovechó semejante momento para arrebatárselo y humillarlo - Felipe ladeó la cabeza, sonriendo un poco.- Según James la maldición de Molay se aferró al anillo, convirtiéndolo en un Objeto que atrae a la muerte, de ahí tal sonoro sobrenombre. - Sólo son teorías. - Pero los tres murieron y la cruz apareció en él después de que Guillermo de Nogaret palmara - rebatió con seriedad.- Y sabes perfectamente que provocó El Cisma. Gracias a este anillo, los templaros que sobrevivieron, los que pertenecían al clan de los ladrones, se dividieron y dieron lugar a los asesinos. - Y los asesinos se quedaron el anillo porque ellos veneran a la Parca, trabajan codo con codo y nosotros no consentimos el asesinato - asintió Gerardo. - Lo que me lleva a... ¿Por qué he robado el anillo que luce el líder de los asesinos? - Han derrocado a Damien James. Aquello le cortó el aliento. No es que apreciara a James, no dejaba de ser el líder del clan contrario, pero sabía qué significaba en ese caso la palabra “derrocar”: muerte. - ¿Qué ha pasado? - Mikage Nagato consiguió seguidores y atacó a los James - relató Gerardo con voz un tanto monótona como si, a pesar de todo, no consiguiera creérselo.- Mató a su círculo interno, al propio James e incluso a su esposa. - ¿Y sus hijos? - De los cuatro que seguían vivos...- la mirada de su amigo adoptó un aire fúnebre.- Uno está oficialmente muerto, dos han desaparecido, pero...- hizo un gesto con la cabeza, pesaroso.Bueno, digamos que no se sabe... Al parecer la escena es más parecida a un puzzle macabro que a una matanza, no sé si me entiendes. Felipe asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Desgraciadamente, sí que le entendía y la imagen tan grotesca y espantosa sólo logró turbarle todavía más. - ¿Y el cuarto? ¿Lo hemos robado para él? - El más pequeño logró huir. Por lo que sabemos, estaba durmiendo con sus padres y éstos le ayudaron antes de caer ante Mikage - hizo una pausa, de pronto Gerardo parecía viejo y cansado.- Es un crío, Felipe. Tiene once años - se pasó las manos por el pelo, reclinándose en el sillón.- Sabía que irían a por él, al fin y al cabo aún sigue siendo el heredero. Por eso, acudió a nosotros: se ofreció a cambiar de bando, a ofrecernos información si, a cambio, le manteníamos a salvo.


- ¿Mi hermano aceptó? - No hables de tu hermano como si fuera un desalmado. - No creo que mi hermano sea un desalmado - puntualizó con calma, lo sucedido hacía más de medio año seguía doliendo como si hubiera tenido lugar el día anterior.- Pero los dos sabemos que es más inclinado a las normas que... A los casos especiales. - Es un crío, Felipe - repitió Gerardo, acompañándose de un profundo suspiro.- Héctor le ofreció asilo, ha estado cuidando de él. - ¿Pero? - Ya sabes cómo es El consejo con los asesinos. No les importa que sea un niño y que no haya derramado sangre nunca, dicen que ha sido educado como tal y que, por tanto, es un peligro en ciernes. - ¡Tonterías! - Lo sé. - ¿Qué ha pasado con él? - Tu hermano fue muy categórico al respecto: se trata de un niño inocente y estará con nosotros todo lo que él quiera - Gerardo sonrió y Felipe le imitó, volvió a sentir aquella vieja sensación de estar orgulloso de su hermano.- El consejo tiene que aceptar su decisión, él es el rey, pero, a cambio, han impuesto que nunca se convierta en un ladrón y que, por tanto, tenga que estar lejos de la base. - ¿Y entonces? - Está en mi hotel - contempló el reloj de su muñeca.- Espero que durmiendo dadas las horas que son...- debió de sentir la estupefacción que Felipe sentía, pues añadió.- El chico está a mi cargo. Cuidaré de él, le educaré. - Al menos, ha tenido suerte en algo. - También hemos acordado que vivirá en casa de tu hermano. Chryssa y él han decidido que lo criarán como si fuera uno más - volvió a sonreír de nuevo.- Lo he traído conmigo porque el chaval quería recuperar el anillo, no quería que Mikage se hiciera con él - Gerardo le tendió la joya, mirándole a los ojos.- Me gustaría que se lo devuelvas tú. - ¿Por qué? - Hazme ese pequeño favor, anda. Gerardo el guiñó un ojo, olvidándose de tanto debate histórico y de tanto dolor para volver a ser el mejor maestro que jamás había tenido. Si estaba en Oxford estudiando historia era por él, tras decidir no volver a ejercer como ladrón nunca más, había decidido que su futuro estaba en las aulas: quería ser un profesor tan bueno como él, un profesor que lograra que sus alumnos comprendieran lo apasionantes y maravillosas que era la historia y el arte. Por eso, no pudo decirle que no. Al día siguiente acudió al hotel a desayunar con Gerardo, que estaba sentado a la mesa junto a un niño de pelo negro y aspecto serio y formal. Antes de entrar en el comedor, se quedó quieto en la puerta, observándole. Gerardo le hablaba animadamente, con familiaridad y el chaval escuchaba, intentaba permanecer neutro, seguramente por temor, pero Felipe podía ver en sus ojos que adoraba al hombre. Fue en aquel preciso momento en el que sintió una extraña debilidad por aquel niño, sobre todo porque le recordó a su hermano mayor. Héctor también era así, de controlarse mucho, aunque sus ojos le traicionaban después. Caminó hasta ellos, dedicándole una sonrisa al niño: - Me llamo Felipe, ¿y tú? - James... Me llamo Colbert James.

 - Sólo tenía veintitrés años - alcanzó a murmurar.


Valeria no dijo nada, se limitó a estar a su lado, cogiéndole de la mano, hasta que, al final, tuvieron que marcharse, pues ella tenía clases que impartir. Felipe, entonces, echó un último vistazo por la ventana y comprobó que su sobrina ya se había marchado. Estaba harto del despacho, por lo que se dirigió a la sala de profesores, donde se encontró a un hombre de pelo canoso, que estaba leyendo el periódico. Se sentó frente a él, enarcando una ceja al ver la pila de subcarpetas de distintos colores que tenía a su lado y que estaban siendo ignoradas. Tras depositar sus propias cosas en la mesa, puso los ojos en blanco: - ¿Me vas a hacer preguntarte por tus deberes? Siguió sin verle el rostro, pues estaba escondido tras el periódico, pero Felipe era capaz de adivinar que estaba sonriendo con sorna: - Teniendo en cuenta que yo lo he hecho miles de veces, me resulta divertido. - Siempre puedo dejárselo caer a Mabel - apuntó con malicia. - Eso no es justo, ¡esa mujer es insufrible! - exclamó Gerardo, doblando el periódico con rapidez para afrontar los trabajos que debía corregir.- Aunque no tanto como alguno de mis alumnos de Bachiller. - No todos iban a ser tan brillantes como yo. - Casi todos son tan mediocres como tú - apostilló el hombre, divertido.- Aunque... Para ser justos he de admitir que casi ninguno tiene tu encanto. - Sabes que no te puedo subir el sueldo, ¿verdad? - Como si lo necesitara. Felipe rió, agitando la cabeza de un lado a otro. Notó que su amigo miraba hacia un lado y otro, cerciorándose de que estaban a solas. - ¿Cómo está? - Mal - susurró, sintiéndose en parte aliviado, por fin podía hablar con alguien sin tener que omitir partes o, directamente, mentir.- Y no habla conmigo, Gerardo - soltó el bolígrafo que tenía entre las manos para masajearse las sienes.- Ella siempre habla conmigo. - Está vez es diferente. Le amaba. - Creo que calla porque sigue creyendo que no lo sabemos - admitió, sonriendo un poco.Espero que pelearse con Álvaro y su encanto natural ayuden - suspiró, quedándose un momento callado antes de añadir.- ¿Puedo preguntarte algo? - Siempre te he animado a preguntar, ¿no es así? - ¿Por qué quisiste que le diera el anillo en persona a Colbert? Gerardo dejó el trabajo que estaba leyendo para dejarlo en el montón, asintiendo un poco para sí, como si hubiera previsto aquella pregunta. - Porque soy un viejo malvado y manipulador, además de bastante inteligente - sonrió un poco.- Cuando decidiste marcharte, lo comprendí, por eso no hice nada para detenerte. Pero después pasó el tiempo. Tú seguías en tus trece, al fin y al cabo no dejabas de ser un adolescente con una causa en la que creías fervientemente. Y cada día que pasaba desgarraba a todos un poco más, por eso, cuando Colbert apareció, decidí usarlo para que regresaras. - Malvado, manipulador... Y un sentimental. - Le dijo la sartén al cazo. - Touché.

 Ariadne agradeció enormemente que sus dos amigos tuvieran la delicadeza suficiente para no preguntarle por la hora que había perdido junto a Deker en los terrenos. A pesar de estar mejor tras haberse desahogado, la pérdida de Colbert seguía doliendo en lo más profundo de su ser y, por tanto, se sentía como un animal herido: inestable y quizás peligroso. No quería pagar su frustración y su pena con Jero y Tania, pues ellos no eran culpables de nada.


Una vez las clases terminaron, Tania se empeñó en que fueran a la biblioteca para poder hacer los deberes todos juntos y sin distracciones. Resopló y protestó como una niña pequeña, pero no logró escaquearse. Por eso, los cuatro terminaron entorno a una mesa, prácticamente solos en la inmensa sala. - Todavía no puedo creérmelo - repitió Jero, que tenía la barbilla sobre la palma de la mano y la miraba.- ¿Nunca haces los deberes? - Sólo si es algo de entregar - se encogió de hombros. - Y yo ni eso - apuntó Deker. - Dais asco - declaró, antes de regresar a su cuaderno frunciendo los labios. Miró a Deker para compartir una sonrisa divertida con él y casi se echaron a reír cuando Jero siguió protestando, aunque no le sirvió de nada, pues Tania se mostró igual de inflexible. Estaban así cuando alguien más llegó y, desde que lo vio, Ariadne no pudo evitar torcer el gesto, de hecho estuvo a punto de ponerse a gruñir. A decir verdad, Rubén no parecía estar muy cómodo y la miraba un poco intimidado, lo que le resultó de lo más divertido. - Venía a ver qué tal os va todo - dijo el chico. - Seguro que sí - gruñó ella. A su lado, Tania le lanzó una mirada muy significativa, instándole a que se comportara, aunque, después, se esforzó en no reparar en Rubén. Ariadne estuvo tentada de decirle que si no solía hacer caso a su tío cuando le incordiaba con aquellas tonterías de las relaciones sociales, no lo iba a hacer con ella, pero se calló. - Aquí, La gata negra no nos cuenta nada - le informó Jero, bajando después la voz.- Sólo que tiene los planos del museo y que no nos necesita. Deker rió por lo bajo. - ¿No podéis llamarme por mi nombre? - resopló ella. - Tienes un nombre muy raro - comentó Jero. - Es griego - suspiró Ariadne, quedándose un instante callada. Le costaba mucho hablar de ese tipo de cosas, pero algún día tendría que hacerlo; se humedeció los labios antes de seguir.Mi madre era griega. Y adoraba la cultura clásica. - Si voy a un laberinto, te tendré cerca - comentó Deker. - Ya lo estáis haciendo otra vez - protestó Jero.- ¡Habláis en otro idioma! Quizás no os habéis dado cuenta, pero Tania y yo somos personas normales, con una vida y un cerebro normal, no la maldita Wikipedia. - Ariadna era la hija de los reyes de Creta - le explicó Rubén con una sonrisa.- En Creta había un laberinto con un minotauro en su interior. Era un rito que, cada año, se enviaran desde Atenas siete hombre y siete mujeres para servir de sacrificio para los dioses que, supuestamente, les daban paz - se sentó en la mesa, sin dejar de mirar a su antiguo amigo. - Qué simpáticos - comentó éste. - Entonces, un año, Teseo se presentó voluntario y cuando llegó a Creta y la princesa Ariadna le conoció, se enamoró locamente de él. Ariadna no quería que el minotauro acabara con Teseo, así que le propuso ayudarle si, a cambio, después él se la llevaba a Atenas y se casara con ella. Como ayuda, le dio un ovillo de hilo que ató a la entrada del laberinto y que utilizó para poder salir del laberinto después de que matara al minotauro. - ¿Y desde cuándo eres otro friki de la historia como estos dos? - quiso saber Tania. - No lo soy - Rubén negó con la cabeza.- Lo escuché una vez, creo que fue en clase de historia y, no sé, se me quedó. Me gustó la historia. - Pues por ahí está la sección de mitología. Largo - Ariadne hizo un gesto con la mano. - ¿Se puede saber qué te he hecho? - ¿Quieres saberlo? Rubén asintió, por lo que ella se puso en pie y le agarró de un brazo, guiándolo hasta la sección de matemáticas, bastante alejada de la de historia del arte donde estaban sus amigos. Nada


más soltarlo, cruzó los brazos sobre el pecho, clavando su mirada nada amistosa en Rubén que se mostraba a la defensiva. - No me gustan los perros del hortelano - hizo un ademán.- Ya sabes, que ni comen ni dejan comer o, en tu caso, que ni dejan ni están. Aquello debió de cogerle de improviso, a juzgar por su cara. - No estoy jugando a dos bandas - logró articular. - ¿Ah no? - Ariadne enarcó una ceja.- Se supone que estás con Erika. Perfecto. Puedes estar con quien quieras, puedes elegir a quien quieras. Pero no puedes hacerle esto a Tania - hizo una pausa, antes de reemprender las palabras y los gestos con las manos.- Bastante tiene con lo que tiene, ¿no crees? Su padre ha sido secuestrado, su mundo no es el que creía. - Lo sé. Hablo con ella. - Pues entonces eres más capullo de lo que creía. - ¡Sólo intento ayudarla! - ¿Quieres ayudarla? Pues elije. Pero elije de verdad, no como ahora - vio que él abría la boca para replicar, por lo que se apresuró para impedírselo.- ¿De verdad te crees que lo has hecho? Porque no es así. Se te llena la boca al decir que estás con Erika, pero no es verdad. Y, ¿sabes qué? No es justo ni para Erika ni para Tania. - No he hecho nada con Tania. No lo haría. - La buscas. La buscas constantemente, ¿te crees que es poco? No lo es - aclaró con frialdad, recordando las conversaciones que habían tenido su nueva amiga y ella, el dolor que podía apreciar en Tania.- Cada mirada, cada encuentro, cada detalle cuenta. Mantienes sus esperanzas cada vez que apareces como si nada, como antes - le fulminó con la mirada.- Si no la vas a elegir, déjala del todo, pero no vuelvas a hacerle daño. - Nunca lo he pretendido. - Bueno, pues ya lo sabes, haber si no vuelves a hacerlo sin querer. Y se dio media vuelta para no dejarle replicar de nuevo.

 Tania no se lo pensó dos veces. Siguió a Ariadne y a Rubén a través de las estanterías para espiar la conversación. Tuvo que ocultarse cuando la chica se marchó con paso firme. Se quedó mirando la espalda de Ariadne, embargada por un intenso sentimiento de gratitud, también de sorpresa, pues nunca habría imaginado verla así. No obstante, un segundo después se dio cuenta de que sus apreciaciones sobre su relación con Rubén eran ciertas, lo que la frustró... Una vez más. Por eso, se marchó de ahí con rapidez y discreción, pues seguía decidida a ignorar a Rubén, a olvidarse de él. Como bien había dicho su amiga, bastante tenía con lo que tenía. No se iba a amargar por un chico, no ahora que, al menos, tenía dos buenos amigos... Y a Deker Sterling, aunque no supiera bien en qué categoría entraba éste. El resto de la semana transcurrió con normalidad. Pero, entonces, llegó el jueves y no hubo clases, sino el festival de alumnos que ellos mismos habían organizado y que fue presentado por Ariadne y Deker, para desesperación de la primera y regocijo del segundo y también de Jero. Tania se dedicó a ayudar entre bambalinas, viéndose contagiada del buen humor de su mejor amigo, que parecía un niño pequeño en plena mañana de Navidad disfrutando de sus juguetes nuevos. Cuando terminó, los nervios comenzaron. No sabía por qué, pero el pensar que dentro de unas pocas horas estaría en plena fiesta de disfraces la ponía histérica. Tenía una mala sensación, como de cambio... Aunque no terminaba de saber qué la inquietaba tanto. Al regresar a su habitación se la encontró ocupada: Erika y sus amigas estaban ahí preparándose entre risas y gritos. De pronto, Tania se sintió como Sandy al principio de Grease,


cuando va a pasar la noche con Rizzo y las otras chicas y no termina de encajar. La imagen mental de Erika cantando I’m not Sandra Dee la aterrorizó tanto, que en un verbo agarró sus cosas y huyó al dormitorio de Ariadne. Se encontró a la chica sentada en su escritorio, todavía con aquel bonito vestido rojo que se había puesto para ejercer de presentadora. Había colocado los pies descalzos sobre el escritorio, mientras hablaba por teléfono con un gesto malhumorado. Diez euros a que habla con Álvaro. - ¿Estás loco? Es un riesgo innecesario, puedo pasar sin necesidad de meternos en camisas de once varas - aclaró categóricamente. Permaneció callada unos instantes, frunciendo el ceño.- El desconectar todo el sistema de seguridad es absurdo y demasiado complicado. Confía en mí, mi plan es mejor y, de todos modos, seré yo la que me juegue el pescuezo...- la saludó con un gesto.Tania está aquí, tengo que colgar. Nos veremos en Madrid. Hizo una mueca, hastiada, antes de colgar. - ¿Mi tío? - le preguntó Tania. - Vamos a decir que te ha enviado besitos - resopló, cruzando los brazos por detrás de la cabeza.- ¿Qué haces aquí? - He venido a cambiarme, si no te importa - su amiga hizo un gesto con la mano, dándole a entender que no pasaba nada.- Cuando he llegado a mi habitación, Erika y sus amigas estaban ocupándola... He tenido miedo de que los cuchillos volaran y me dieran. - Cual Moria infestada de orcos, ¿eh? - Más o menos. - Yo preferiría a los orcos - observó Ariadne con aire malicioso.- Unas cuantas flechas y asunto solucionado. Con ellas no estaría moralmente bien visto, oh la hipocresía de las normas sociales - clamó con dramatismo, antes de echarse a reír.- ¿Y de qué vas a ir? - preguntó, bajando los pies al suelo. - A decir verdad no lo sé - admitió encogiéndose de hombros, mientras depositaba una caja de cartón sobre la cama de su amiga.- Lucía lo eligió para mí y me dijo que era una sorpresa. Al abrir el paquete se encontró con un vestido rosa que Ariadne le ayudó a ponerse. Le llegaba hasta los pies, dejándole tanto los hombros como los brazos al aire, aunque recubrió estos últimos con unos larguísimos guantes del mismo tono rosado; además, llevaba un vistoso lazo a la espalda. Para rematar el conjunto, había una serie de joyas falsas, pero que daban el pego y que parecían diamantes. - Lucía ha hecho que me disfrace de Madonna - observó Tania, divertida. - Debería pegarte - suspiró Ariadne; su amiga le estaba cepillando el pelo, dándole un poco de forma hacia atrás.- Madonna iba de Marilyn Monroe en el vídeo. Yo hubiera elegido el vestido blanco, el de La tentación vive arriba. Ariadne había terminado, pero estaba frente a su armario, de donde sacó varias cajas llenas de maquillaje. Eligió un pintalabios de un rojo intenso, que en una ocasión normal le asustaría, y se puso a pintarse, sin quitar ojo a su amiga. - ¿Y el tuyo? - Bastante más discreto. Mientras terminaba de maquillarse, observó como Ariadne sustituía el vestido por unos pantalones pitillo de color negro, que hacían juego con el ajustado top que le dejaba los hombros y los brazos desnudos, a excepción de una pequeña franja que correspondía a la manga. Se colocó unos zapatos de tacón rojos. Para terminar, se onduló un poco el pelo, recogiéndose parte de él en lo alto de la cabeza y se pintó los labios del mismo tono rojo. - De discreto nada, guapa - opinó Tania, divertida, mientras bajaban hacia el comedor.¿O debería decirte Sandy o nena? - Tú puedes decirme lo que quieras. - Cruza los dedos para que nadie vaya de Travolta.


- Oh, está perfectamente calculado - asintió Ariadne con petulancia.- No creo que ningún chico tenga ni el talento ni los cojones de hacerse un tupé. Tania se echó a reír, debía admitir que estaba bien pensado. Había quedado con encontrarse con Jero en las escaleras, así que se detuvieron a esperar ahí. Ariadne cruzó los brazos sobre la balaustrada, inclinándose un poco hacia delante para curiosear los disfraces de los demás, mientras Tania empezó a sentirse cohibida ante las miradas que les lanzaban los chicos que pasaban por ahí. Por suerte, no tuvieron que esperar mucho. Los chicos se reunieron con ellas ataviados con sendos disfraces, bastante más discretos que los de ellas: Jero se había puesto unas gafas redondas, una especie de capa negra y una bufanda de rayas amarillas y rojas, además de haberse pintado un rayo en la frente; por su parte, Deker llevaba un traje negro conjuntado con camisa blanca y corbata y sombrero negros. - Harry Potter y un Hombre de negro - observó. Jero comenzó a hacer aspavientos exagerados, mientras Tania sentía que Deker la miraba de forma tan intensa que era como si no llevaba aquellas enormes gafas de sol. - Ha jurado matar al próximo que le dijera eso - informó su amigo. - Haremos una excepción por Marilyn - se encogió de hombros Deker.- He soñado demasiadas veces con ella como para hacerle daño - torció sus labios, divertido, mientras ella se sonrojaba, sintiéndose muy violenta. El chico, no obstante, permaneció ajeno a todo ello y se concentró en Ariadne.- ¡Sandy! - Elwood - dijo ella. - No, no, no - Deker deslizó las gafas por su nariz, para poder mirar por encima de ellas a la muchacha.- Deberías haber dicho: ¿estás disponible, nene? - Esa me la reservo para Travolta. - Una de las últimas veces que le vi era una señora gorda, no te lo recomiendo. Ariadne enarcó ambas cejas, antes de acercarse a él, deslizando los dedos con parsimonia por su rostro y cantar con decisión, clavando la canción: You better shape up ‘Cause I need a man 1 Su mano había llegado al hombro de Deker y le empujó, sonriendo, antes de bajar las escaleras, ignorándole de nuevo. Jero hizo una mueca de no entender nada, suspiró resignado y le ofreció un brazo para seguirla; Deker cerró la comitiva, riendo para sí. Al llegar al comedor, lo encontraron atestado de gente disfrazada: alumnos, profesores y demás empleados del centro compartían sala, música y buen humor. Y no sólo el ambiente había cambiado, sino la propia habitación, cambiando las hileras de mesas rectangulares por varias mesas más pequeñas y redondas que estaban cerca de las paredes, dejando el centro despejado para poder bailar. Además, habían colocado una serie de farolillos de tela sobre las lámparas, haciendo que en vez de la clarísima luz de siempre, hubiera otra azulada, más suave y menos luminosa, lo que acentuaba aquel extraño ambiente de fiesta. - ¿A qué parece que hemos entrado en una realidad alternativa? - le preguntó Jero. - Estoy hasta asustada - reconoció ella en broma. - Y lo dices tú, cuyo supuesto padre no es Jack Sparrow - suspiró Ariadne, mientras saludaba a su tío con un gesto.- Lo peor del caso es que no sabe andar como él. Decidieron sentarse en una de las mesas, donde estuvieron pasando el rato entre charlas, discusiones amistosas y copas que Deker cargaba a escondidas, usando una petaca que escondía debajo de su chaqueta negra. Sin embargo, Tania no estaba al cien por cien con ellos, ni siquiera 1

Mejor que te pongas en forma / porque necesito un hombre.


al cincuenta, pues fue entrar Rubén en la sala, compartir una mirada y su mundo se desestabilizó de nuevo. No podía controlarlo. Su cuerpo, su corazón, su mente... Todo la traicionaba cuando veía a Rubén, por muy patético que sonara. El chico iba disfrazado de Marco Antonio, haciendo juego con Erika a la que por fin vio con el famoso disfraz de Cleopatra. Desde su asiento en la mesa, de vez en cuando, miraba a su alrededor sólo para buscar al chico entre el gentío, presa de algún tipo de obsesión enfermiza y masoquista. Erika y Rubén únicamente hablaban, de hecho no estaban ni solos, sino rodeados por su grupo de amigos, pero, aún así, se sentía herida. Era ridículo. No dejaba de repetirse lo estúpido que era todo aquello, mas, cuando de pronto vio que unían sus labios en un beso, no pudo soportarlo más. Se volvió hacia sus amigos, a los que se le notaba el transcurso de la fiesta: Deker se había quitado el sombrero y puesto a Ariadne de forma ladeada; por otro lado, ésta había estampado sus labios en un sonoro beso a Jero, por lo que el chico tenía su silueta escarlata en las mejillas. - ¡Deja de comerte mis varitas, maldita sea! - protestó Jero. - Detenme con un hechizo, Potter - replicó Deker. El primero, entonces, se situó de forma protectora sobre una bolsa de regalices, lo que le sirvió a Ariadne para hacer gala de sus habilidades de ladrona: de alguna manera, a la velocidad de la luz, logró arrebatarle dos de color negro. Le tendió uno a Deker, pasando después a examinar el suyo con fingido ojo crítico: - Veinte centímetros, madera de regaliz con mucho azúcar. Exquisita. Y sonriendo de oreja a oreja, se llevó la gominola a la boca, arrancando un buen pedazo con los dientes mientras Jero protestaba. Tania se rió un poco, lo suficiente para no llamar la atención, al mismo tiempo que se levantaba. - Tengo que ir al baño y... Con lo aparatoso que es esto, me costará un buen rato. Sus amigos bromearon un poco, aunque no tardó en dejar de oírlos. Estaba sonando Umbrella de Rihanna a todo volumen, por lo que los compases resonaron en su cabeza, cual extraña banda sonora de su huída. De pronto, él. Estaba en medio de la pista de baile, justo frente a ella, a uno o dos metros, lo suficiente para que el motón de alumnos que bailaba y cantaba los separara, pero para que pudieran mirarse a los ojos. La música desapareció, el silencio lo infestó todo. Tania se detuvo en su huída, se quedó ahí clavada sin poder pensar en nada, ni escuchar nada salvo un lejano murmullo que apenas era audible. Era como si, de algún modo, hubiera dejado la realidad a un lado. Nunca le había sucedido, jamás. Y eso la aterró como nada en el mundo. Salió corriendo. Había dicho que iría al baño, pero sabía que habría alguien ahí, así que se refugió en una de las aulas, donde no entraría nadie. Se quedó ahí sola, sintiendo como el corazón le iba tan rápido que estaría al borde de la taquicardia. Escuchó que la puerta volvía a abrirse y enseguida supo quién la había seguido, a pesar de que Rubén había tenido la suficiente delicadeza para quedarse callado. No obstante, no tardó ni dos segundos en sentirle sobre ella; el chico la estrechaba entre sus brazos, apretando su pecho contra la espalda de ella y apoyando la barbilla sobre la coronilla de Tania. - ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué no me dejas en paz de una vez? - preguntó ella. Se agarró a los brazos de Rubén con fuerza, antes de soltarse. El muchacho agitó la cabeza de un lado a otro, mientras ella se apartaba, girando sobre sí misma para que pudieran mirarse a la cara. - Debería hacerlo, lo sé - acabó asintiendo. - Pero no lo haces. - No puedo hacerlo - matizó él.


- Podrías dejar a Erika - llevaba tiempo queriendo decirle aquello, pero siempre se lo había callado, pues no le parecía justo pronunciarlo en voz alta. Se quedó un instante callada, al siguiente negó con la cabeza.- Aunque da igual, ya no me interesa nada de ti. - Lo supuse. Llevas ignorándome desde que hablaste con Jero. - Erika te engañó con tu mejor amigo. A él sigues sin hablarle, pero con ella sigues igual resumió, sentándose en un pupitre.- Sólo se me ocurren dos motivos para explicarlo: o bien la amas con locura o bien nunca la has querido. Y, la verdad, no sé qué me parece peor...- cerró los ojos, pasándose una mano por el rostro.- Sólo sé que no quiero estar con ninguno de los dos. - No lo entiendes - Rubén se acomodó en la silla que había frente a ella. - Haz que lo entienda. - Hay algo que no comprendes: no puedo evitarlo. Es más fuerte que yo - reconoció el chico con suavidad.- Todos los días me digo que no te buscaré, que no te miraré, que dejaré que te olvides de mí. Y es muy fácil pensarlo por las mañanas. Pero, luego, te veo y, simplemente, no puedo dejar de buscarte. Por mucho que quiera hacerlo, por mucho que desee ayudarte a que esto sea más fácil, te veo y pierdo mi razón, mi voluntad. - ¿Pero entonces por qué sigues con ella? ¿Por qué lo complicas todo? - Porque todo es complicado. Tania puso los ojos en blanco, levantándose mientras ahogaba un grito de frustración. Fue a abandonar el aula, pero Rubén volvió a hablar: - Tenía una hermana, ¿sabes? Se llamaba Inés. Se quedó quieta, sorprendida por la revelación. Por eso, se giró lentamente, observando a Rubén con la respiración contenida. El muchacho sonrió lacónicamente, echando la cabeza hacia atrás durante un instante. - Apenas la recuerdo, mi mente la borró para protegerme - la miró a los ojos.- Sólo tengo un recuerdo de ella: como la encontré en el jardín de casa...- se le quebró la voz, por lo que tuvo que tragar saliva.- Cuando tenía quince años, empecé a salir con Erika. Por aquel entonces, ella era distinta... O tal vez lo era yo, no lo sé, la cuestión es que me gustaba de verdad. Tania se acercó, agachándose frente a él. Rubén tomó aire. - Ese verano lo pasé con Jero, mi madre, cosa extraña, tenía que trabajar. La cuestión es que cuando vino a buscarme, me llevó a un cementerio, me llevó ante su tumba. Resulta que a Inés la secuestraron cuando tenía cuatro años. El verano siguiente, alguien dejó el cadáver en nuestro jardín y yo... Lo encontré. - Oh... - Mi madre se obsesionó con lo sucedido y, también, con no volver a sufrir lo mismo, con mantenernos a salvo - le explicó, cerrando los ojos.- Averiguó quién le hizo todo aquello a Inés y... Quiere vengarse, pero para eso necesita a la familia Cremonte. - ¿Pero por qué? - El padre de Erika es muy poderoso, tiene mucho dinero y contactos... Es una especie de Padrino, de mafioso - Rubén le cogió las manos.- Quizás sea porque no la recuerdo, pero yo no quiero vengar a Inés. Yo sólo quiero proteger a mi madre. Sé que hará cualquier cosa por vengar a mi hermana, que podría ir a la cárcel o ponerse en peligro o algo mucho peor. Sólo por eso estoy con Erika, necesito entrar en la familia para que, cuando mi madre pierda el control, pueda mantenerla a salvo. Tania sabía muy bien lo que era tener un progenitor tan obsesivo, su padre siempre lo había dado todo en su trabajo... Así habían acabado todos ellos. Si hubiera podido hacer algo para protegerlo, para asegurarse de que pasara lo que pasara, estaría a salvo, lo hubiera hecho. Alargó el cuello, encontrando los labios de Rubén con los suyos.

Cuatro damas: Capítulo 23  

La vida continúa en el internado Bécquer y, ante la llegada de Halloween, todos los alumnos están preocupados en encontrar un disfraz y una...

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