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lecturas

APRENDER A IRSE

José Fernández de la Sota Hiperión, Madrid, 2007.

Texto: Andrés González Castro

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ste poemario, ganador del XIV Premio Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”, es un díptico en cuya primera parte se trata de la familia. Destacan Deber de padredumbre (con un neologismo evocador) o Tarde en el parque, poemas estremecedores que tratan de una de las implicaciones de ser padre: mentir a sabiendas sobre certezas vitales o el pasmo como respuesta a las preguntas filiales. En cuanto a Desde tus manos, versa sobre la madre que se va apagando. La segunda parte del libro está estrechamente ligada a la anterior: el paso del tiempo, la soledad y la muerte. El último

poema del libro, Para irse, es una exhortación a desaparecer, coincidente con el final de la lectura: “Y vámonos, vámonos, vámonos / al olvido.” En lo formal, la de Fernández de la Sota es una propuesta singular por lo anacrónico: desconcierta su uso de la rima, a menudo consonante. Por ello incurre en algún ripio, algo difícil de evitar en poemas de verso octosílabo: “Prófugo me declaro en rebeldía / de su cloaca navegable ría” (Bilbao). Mucho más afortunado es el magnífico Fe que tiembla, en que el martilleo de la rima aproxima el poema a los contenidos en cancioneros medievales: “Fe que tiembla / no es bastante / para dar sobresaliente / y salir hacia delante. // Para amar a pobre gente / fe que tiembla es suficiente”. Lo habitual, en cualquier caso, es que la manera de partir los versos, que huye de la esticomitia, suavice la dicción. Amén de la rima, los juegos verbales son continuos: paronomasias (“hora de oro”),

poliptótones (“pasos que no han pasado”) o aliteraciones. Otra de las características de esta poesía es que prefiere la modestia de la comparación a la ostentación de la metáfora. Una que no me resisto a transcribir es “Tu hija es menuda como limosna / de pobre”. Las afinidades de esta poesía cabe buscarlas en algunos poetas que el autor enumera (Juan Ramón Jiménez, Villamediana), pero también en claves un tanto más ocultas. Por ejemplo, la sola mención de la palabra “caz” trae a colación al también bilbaíno Blas de Otero. O “un estanque con anillos” basta para recordarnos al García Lorca de El lagarto y la lagarta. También es evidente cómo trasparece Machado en Puente de metal. No solo por la cursiva de cita literal, sino por cómo la composición se impregna del inapelable “todo pasa y todo queda”: “Vemos un barco mercante / perderse en la lejanía / cuando llegamos al margen, / nuestra margen / de la ría, // (tú con tu uniforme limpio. / Yo con mi melancolía).”

Para quien domina los aspectos formales de la poesía, el peligro principal es incurrir en la insustancialidad o en el alarde retórico. A mi juicio, la objeción ha lugar en poemas como Anatomía del odio, Cuando ahincabas el paso o Poetas de provincias. Para un versificador hábil, lo convencional poético es un despeñadero de buenos propósitos (parafraseando a Juaristi) o incluso un recurso de tahúr resabiado. De todos modos, esta poesía grave y delicada busca la eufonía sin caer en lo relamido y, sobre todo, sin que se resienta el sentido. Lo mejor del libro es comprobar cómo el continuo juego de hacer versos no empece para que arda casi siempre al fuego, la emoción que es capaz de sugerir la verdad poética. Como en estos dedicados a la hija que valen por todo un libro: “Yo no sé / casi nada de ti. / Pero yo vivo / con tu manera de mirar.”

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Girándula nº1 (Abril 2008)  

Primer número de la revista cultural Girándula. Publicada en Córdoba. Abril 2008

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Primer número de la revista cultural Girándula. Publicada en Córdoba. Abril 2008

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