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LA MÁQUINA DE LOS DESCUBRIMIENTOS

Rafael Ruiz Liñán

1er Premio del Concurso de Relatos Científicos 2009 Delegación Provincial de Educación de Córdoba


Rafael Ruiz Liñán

La máquina de los descubrimientos

¡Hola! Mi nombre es Rafa y os voy a contar el suceso más extraordinario de toda mi vida. Jamás pensé que algo inventado por mí diera tanto que hablar. Desde que era un renacuajo, mi gran afición era la Arqueología, y dentro de esto mi gran debilidad es la Egiptología. En mi cabeza nunca ha faltado la ilusión de conocer otras culturas y poder embriagarme del exotismo de antiguas y raras civilizaciones. Por eso, llevaba años estudiando la posibilidad de desarrollar una máquina capaz de trasladarme al pasado. Cuando me embarqué en esta aventura me acompañaba un compañero de la infancia, Iván, que aparte de amigo es mi ayudante, y junto a él he vivido esta fascinante e increíble aventura que me ha hecho sentir unas sensaciones inimaginables hasta entonces. Todo comenzó un buen día. Los pájaros cantaban alegremente y el sol iluminaba con todo su esplendor. Yo estaba llamando a Iván con mi teléfono móvil: −Iván, pásate ahora por mi casa, quiero que hoy terminemos la máquina ROSETTA. A lo que él me contestó: −¿Hoy? Todavía nos queda bastante, seguramente no nos dará tiempo. −Tranquilo −le dije−, yo he estado trabajando desde el amanecer, solo tenemos que perfeccionar unos simples detalles. −¿En serio? −se sorprendió−. Bueno, vale me pasaré dentro de una hora o así. −Espera, Iván. −¿Si? −Los dos estamos a pocos pasos de convertir nuestros sueños en realidad. −Sí, es verdad −me dio la razón, pero luego cambió de tema−. Bueno tengo que dejarte. Voy a vestirme, todavía estoy en pijama., nos vemos luego, adiós. −Hasta luego −no sabía qué pensar. Me dirigí al sótano, que es donde tenía situada la máquina ROSETTA. Bajé las escaleras con mucho cuidado de no tropezar, y, ahí estaba ella, con un brillo impoluto y una gran majestuosidad. Estaba formada por un aro de hierro rematado con una aleación de titanio y unos generadores encima del aro que producían una cantidad enorme de energía. Al lado de la máquina había colocado un ordenador con el que elegir la época y la fecha de viaje, conectados entre sí. Cuando terminé de revisar la máquina, no vi entrar a Iván y me llevé un susto enorme. −¿Cómo has entrado? −le pregunté. −Te has dejado las llaves en la puerta, tómalas. Me las guardé en el bolsillo de mi bata blanca. Después estuvimos trabajando un largo rato hasta que por fin estuvo lista. Era una verdadera obra maestra. En una sola palabra, era INCREÍBLE. Antes de hacer la primera prueba estuvimos brindando con vino, que llevaba guardando desde hace mucho tiempo, para celebrar este gran acontecimiento. Después de terminar de tomar ese añejo pero delicioso vino, teníamos que decidir a qué época trasladarnos. −Escoge la época a la que quieres viajar, Iván. −No, por favor, te concedo este gran honor −me ofreció mi amigo, con toda amabilidad.

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Rafael Ruiz Liñán

La máquina de los descubrimientos

No quise pensar y cogí una fecha al azar. Inmediatamente pusimos en marcha la máquina ROSETTA y nos acomodamos dentro de ella. Comenzó a vibrar y, de repente, se abrió un vórtice que nos absorbió con una fuerza que no sabría calcular. Fueron unos instantes angustiosos. De pronto, se hizo la oscuridad.

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La máquina de los descubrimientos Rafael Ruiz Liñán Estuvimos unos minutos inconscientes. Me despertaron los aleteos de un buitre volando en círculos. Me incorporé lo más rápidamente que pude. Estábamos en medio de un desierto. Iván estaba todavía tirado en el suelo, le llamé inmediatamente: −Iván..., Iván, despierta, amigo. Con cara soñolienta bostezó, y se levantó del suelo: −¿Dónde estamos? ¿Ha funcionado la máquina? −No lo sé −le dije aún perplejo. De repente, detrás de nosotros se alzó una sombra gigantesca: era nuestra máquina. Había venido con nosotros al viaje. Iván dijo sorprendido: −Entonces, ha funcionado. −Eso parece, compañero. Camuflamos como pudimos la máquina del tiempo y caminamos unos diez kilómetros. Estábamos muy cansados, agotados de la caminata. Pero todavía no era de noche y había que aprovechar la poca luz del sol que quedaba. Por eso decidimos seguir andando. Sin embargo, empezamos a oír voces, que venían de lejos. Unas extrañas voces. También, al mismo tiempo, comenzó a levantarse un viento que penetraba en el cuerpo, y acababa calándote los huesos. Seguimos caminando hasta que la noche lo oscureció todo. Pero tuvimos tiempo de encontrar el origen de las voces. Tras una duna había un campamento. Nos acercamos con mucho sigilo, hasta colocarnos detrás de una tienda de campaña. Había un fuego muy acogedor, y muchas personas sentadas alrededor de él. Parecían miembros de alguna tribu nómada. Sacaron de la lumbre un buen pedazo de carne. Mi amigo y yo sentimos el hambre que habíamos casi olvidado por tanta emoción. Esperamos a que aquellas personas se durmieran para acercarnos a la hoguera. Todavía se podían apreciar las ascuas del fuego. Pero mi atención estaba fija en la carne restante. Con más rapidez que una liebre, me abalancé sobre ella, y me la llevé. Aún quedaba bastante. Así que esa noche comimos muy bien y, después de retirarnos a buena distancia de aquel campamento, dormimos toda la noche de un tirón. Soñé, por supuesto, que viajaba por todo el mundo con Iván en busca de aventuras. Al día siguiente, nos levantamos muy temprano. La noche anterior, no pudimos apreciar que al lado del campamento había unos caballos. Con mucho cuidado, nos acercamos hasta ellos, y cogimos los dos que parecían más fuertes. Cabalgamos y cabalgamos deprisa hasta que, a lo lejos, divisamos una caravana y la seguimos. Íbamos aún bastante retirados de la caravana cuando ésta se paró en seco delante lo que después supe que era el mismísimo Valle de los Reyes. Nunca antes había estado allí, pero había leído mucho y había visto muchas imágenes. Había soñado con ir algún día. Era… era una verdadera obra de arte. Las estatuas, aunque en parte destruidas, estaban perfectamente cinceladas. Aquello era verdaderamente hermoso. Había jeroglíficos tan bien labrados como las estatuas. Me acerqué a ellos, y, estaba a punto de apreciarlos con más detenimiento, cuando se acercó hasta mí un grupo de unos veinte hombres de los que viajaban en la caravana. Al mando del grupo estaba una persona bastante peculiar. Tenía el cabello negro mezclado con pelo canoso, y bigote. Iba perfectamente trajeado, muy elegante. Cuando me fijé con más detenimiento en su rostro, me recordó sin duda a alguien que había visto cientos de veces en libros y en Internet, era… ¡el mismísimo Howard Carter! ¡Dios mío, no me lo podía creer! 4


La máquina de los descubrimientos Rafael Ruiz Liñán Se acercó a mí y se cruzaron nuestras miradas. Dirigiéndome a mí, su voz rompió el silencio: −Hello! What’s your name? −Hello, Mr Carter! −ya estaba seguro de su identidad−. My name’s Rafael. I’m from Spain. No lo podía creer, pero se paró a mi lado y dialogamos durante un buen rato. Hasta nos invitó a almorzar. Cuando terminamos de comer, el señor Carter nos explicó que venía a inspeccionar por última vez el Valle de los Reyes, por si había algún hallazgo o reliquia escondida que no hubieran descubierto antes. Y nos invitó a acompañarle durante el recorrido por el templo. Bajamos unas escaleras con mucho cuidado. Todo estaba sumergido en la más absoluta oscuridad, pero Howard encendió una lámpara de aceite, y todo fue bañado por la luz. Pudimos ver que de allí partían tres pasillos. Iván y yo nos dirigimos al del centro. Allí olía a moho. Nos separamos del grupo para investigar aquel lúgubre lugar. Todo estaba oscuro, pero, de repente, se encendió una luz. El pasillo terminaba en una puerta. Pero pasaba algo raro, las paredes se iban estrechando y se movían rápidamente. Corrimos hasta una salida, y, cuando faltaban unos cuarenta centímetros para que se cerrara, la puerta se abrió y pudimos entrar justo a tiempo en otro habitáculo. Un brillo intensísimo cegó nuestros ojos- Era una estatua de la diosa Serket, recubierta de oro macizo. Éramos dos simples personas admirando la grandeza y majestuosidad de aquella obra. Pasado un rato y tras comprobar que aquel pasillo no se iba a cerrar más, lo recorrimos y nos reencontramos con la expedición de Howard Carter. Aquel era uno de los momentos más maravillosos y fascinantes de la historia. Había leído tanto sobre ello. Nos dirigimos entonces hacia la tumba del faraón Tut Anj Amón y estuvimos un buen rato observando. Sabía que, en el siglo XX, fue uno de los hallazgos más importantes de la Arqueología. Por lo que esto fue para mí una de las experiencias más emocionantes, magníficas e inolvidables de toda mi vida. Cuando hubieron pasado esos instantes, nos dirigimos hacia el sarcófago. Howard Carter nos llamó para que le ayudáramos a retirar la tapa, que pesaba muchísimo. Con mucho esfuerzo conseguimos quitarla, y dejó al descubierto una máscara maciza de oro, con incrustaciones de lapislázuli y cornalina, que medía alrededor de unos cincuenta centímetros. Lo estuvimos pensando durante unos instantes y no quisimos retirar la máscara aún, así que, cogimos nuestras cosas y nos fuimos, pero con la satisfacción de haber descubierto uno de los secretos mejor guardados de la historia. Esta máscara está actualmente expuesta en el museo de El Cairo. Cuántas veces había yo querido ir y ver su majestuosidad con mis propios ojos. Y allí estaba yo, ayudando a descubrirla. Antes de que oscureciera nos retiramos a descansar, porque después de una larga jornada, nos merecíamos un buen descanso. Iván, a mi lado, dormía como un bendito. Yo, sin embargo, no pude pegar ojo, ya que tenía un cúmulo de sentimientos que no podía ordenar, era nerviosismo, alegría, miedo, entusiasmo… Cuando los rayos del sol se filtraron por la tienda de campaña, nos levantamos, nos lavamos la cara con agua de una cantimplora, y tomamos un poco de café amargo. El resto de la expedición se levantó, incluyendo al gran Howard Carter. Nos despedimos de ellos con tristeza, pero a su vez con una gran alegría por haber compartido estas horas de aventura con ellos. Así que con un apretón de manos, nos dijimos adiós.

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La máquina de los descubrimientos Rafael Ruiz Liñán Iván y yo nos montamos en los caballos y nos fuimos galopando hasta la máquina Rosetta. Si hubiera sido una persona, la habría abrazado con todas mis fuerzas, porque, gracias a ella habíamos vivido esta trepidante e inolvidable experiencia.

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La máquina de los descubrimientos Rafael Ruiz Liñán Nos sentamos en ella, la programamos para volver a casa, y, de repente, se volvió a abrir el vórtice que nos succionó con más fuerza que la vez anterior. En un abrir y cerrar de ojos volvimos a mi sótano. Todo estaba en orden y en silencio. Y los dos a la vez dijimos: −Quiero viajar otra vez en el tiempo. Afirmamos a la vez, y acordamos que al día siguiente lo hablaríamos. Cuando Iván se fue de mi casa, planifiqué a dónde podríamos viajar de nuevo. Así que, después de meditarlo bastante rato, decidí que íbamos a viajar al futuro. Quería ver qué grandes avances había experimentado la Humanidad. Así que me dije: “Al año 2060”. Esa noche volví a emocionarme porque al día siguiente iba a ver un nuevo mundo. De nuevo íbamos a vivir una gran aventura, pero esta vez en el futuro. Tenía miedo, pero a la vez estaba esperanzado de ver una generación diferente. A la mañana siguiente, estaba totalmente descansado, y por supuesto, preparado para el acontecimiento. Recibí a Iván a las diez de la mañana, y, cuando los dos ya estuvimos en el sótano, volví a programar la máquina. Al terminar, los dos nos sentamos en ROSETTA. Nos relajamos, y de nuevo, la fuerza descomunal nos absorbió. Cuando despertamos, estábamos al lado de un contenedor de basura bastante extraño, la verdad. Miré los edificios que nos rodeaban, eran grandísimos, enormes. En medio de los edificios había unas cúpulas que unía las dos mitades, la extraña circunferencia era de un color azul claro, el edificio estaba plagado de ventanas. Iván y yo nos levantamos cuidadosamente del suelo para no tropezar, fuimos andando por unas calles muy limpias. Había personas de todas las razas y culturas posibles. Y andando felizmente pensé para mis adentros: “Por fin se acabó la discriminación”. Nos llamó la atención la vestimenta que utilizaban las personas del futuro, ya que llevaban unos uniformes bastantes parecidos que tenían una insignia de un globo terráqueo. Seguimos caminando hasta llegar a una plaza, donde había muchísimos centros comerciales, y la gente casi se rozaba codo con codo. Anduvimos un buen rato contemplando los grandes cambios que había experimentado el mundo. De pronto vimos a lo lejos un edificio en el cual se podía leer en su fachada Biblioteca Municipal. Nos acercamos a ella y entramos. La gente nos miraba extrañados, como si fuéramos de otro planeta, aunque no nos dirigieron la palabra durante todo el tiempo que estuvimos allí. Estuvimos hojeando todos los libros y documentación que allí había. La biblioteca también poseía una sala de ordenadores de última generación, así que nos pusimos manos a la obra y empezamos a buscar datos del tiempo transcurrido. Buscando y buscando, encontré que habían descubierto la vacuna contra el sida, y cual fue mi sorpresa que el creador de dicha vacuna era… ¡YO! Iván y yo nos cruzamos las miradas, y nos quedamos mudos durante unos instantes, hasta que pudimos recuperarnos de aquella noticia. Seguimos buscando más datos sobre el acontecimiento que acababa de conocer, y que me había dejado perplejo. Más perplejo me quedé cuando descubrí que tres años antes había recibido el Premio Nobel de Medicina por mi aportación al descubrimiento de aquella vacuna. Todas las experiencias vividas durante el poco tiempo que estuve en dicho año fueron positivas y alentadoras. La violencia de género había desaparecido, y las personas eran todas iguales ante la ley, y vivían en paz y armonía. Los países tercermundistas habían experimentado un gran crecimiento.

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La máquina de los descubrimientos Rafael Ruiz Liñán La contaminación había disminuido hasta tal punto que el cambio climático ya no preocupaba a los científicos e investigadores, porque nos habíamos concienciado que este planeta es nuestro y a él le debemos la vida, y por el cual tenemos que luchar. De este último viaje me quedó un buen sabor de boca, y volví a casa entusiasmado y esperanzado sin temer al futuro que me esperaba. Voy a luchar con toda mi energía por lo que quiero y creo, porque creer es poder. Porque todos los seres humanos tenemos que combatir para crear un mundo mejor.

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LA MÁQUINA DE LOS DESCUBRIMIENTOS