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Los

de especies perdidas


1.ª edición: noviembre de 2015

© Del texto: Diego Arboleda, 2015 © De las ilustraciones: Raúl Sagospe, 2015 © De esta edición: Grupo Anaya, S.A., 2015 Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid www.anayainfantilyjuvenil.es e-mail: anayainfantilyjuvenil@anaya.es El capítulo «La válvula del señor Bisiesto» está basado en el cuento escrito por el autor para el programa Breves Historias Tecnológicas, organizado por la Fundación Telefónica.

ISBN: 978-84-678-7178-4 Depósito legal: M-29308-2015 Impreso en España - Printed in Spain

Las normas ortográficas seguidas son las establecidas por la Real Academia Española en la Ortografía de la lengua española, publicada en el año 2010.

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.


Índice

  La peluca de monsieur Cugnot .......................... 7  Minerva Vapour, última descendiente de una familia de genios ............................................... 13   La válvula del señor Bisiesto .............................. 53   El sueño de Victoria .......................................... 87   La lechuza dorada de Iris Vapour ...................... 125   El álbum fotográfico de William Aimer ............. 139   Zazia, nieta de Zazel ......................................... 185   Los descazadores de especies perdidas ............... 215


Este libro comienza en el siglo xviii. Ese fue un buen siglo para las máquinas de vapor, pero no para la vaca marina de Steller, un fabuloso animal acuático que llegó a medir ocho metros y a pesar diez toneladas. Durante centenares de años había vivido tranquila en la isla de Bering. En el siglo xviii, esta vaca marina fue descubierta y cazada en su isla hasta que se extinguió. Así que no veréis asomar su húmedo hocico por aquí.


GalerĂ­a ilustrada Genios e ingenios de los aĂąos del vapor presenta:

1769-1771

La peluca de monsieur Cugnot


l primer vuelo a vapor no lo llevó a cabo un hombre, ni una mujer, sino una peluca. Dos años antes de ese vuelo, en 1769, Nicolas-Joseph Cugnot inventó el primer automóvil, lo hizo en Francia, y era un automóvil de vapor. La máquina, con su enorme caldera, parecía el cuerpo de un gran insecto, una gigantesca libélula metálica que hubiera perdido las alas. En 1769 un vehículo así resultaba estrambótico y sin duda excepcional. No lo eran, sin embargo, las pelucas blancas. En el siglo xviii se usaban esas pelucas blancas, toda persona distinguida tenía una, y quien no la tenía, deseaba tenerla. Eran tan habituales que había incluso ladrones de pelucas blancas. Como no había automóviles, no abundaban los ladrones de coches, pero de pelucas, sí. Tiene sentido, si lo pensáis. Desde muy joven, Nicolas-Joseph Cugnot lució una de esas pelucas. Dentro de la peluca estaba su cabeza, y dentro de su cabeza, bullía una idea: construir el primer automóvil. Monsieur Cugnot consiguió llevar a cabo su invento y construyó su «ingenio mecánico». Cugnot no fue 9


solo el inventor del primer automóvil, sino que mientras lo conducía, una tarde de 1771, lo estampó contra la pared de un edificio. Fue también, por tanto, el inventor de los accidentes automovilísticos. No le aplaudiremos por ello. Por suerte, Cugnot no sufrió grandes daños en el accidente. En cambio su peluca, sí. Abandonó su cabeza (en lo que fue el primer vuelo realizado gracias a una máquina de vapor ) y voló hasta aterrizar sobre la caldera del automóvil, donde el humo y el calor acabaron con ella.

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La destrucción de la peluca de Cugnot marcó un antes y un después en la historia. Por alguna desconocida razón, las pelucas blancas y los motores de vapor nunca se han llevado bien. Lo cierto es que, a partir de ese día, los motores de vapor fueron a más, mientras que las pelucas blancas fueron a menos. En la actualidad, ese tipo de pelucas blancas no las lleva casi nadie, solo algunos jueces y abogados, en especial en el Reino Unido. Cugnot no llegó muy lejos con su automóvil y, cuando lo intentó, se estrelló contra una pared. Pero no lo juzguéis muy duramente por eso. Sobre todo si no lleváis una peluca blanca sobre vuestras cabezas.

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Esta historia sucede en Francia, a comienzos del siglo xx. También a comienzos del siglo xx, pero muy lejos de Francia, en una isla mexicana, fue abatido el último ejemplar de una curiosa ave rapaz, el pájaro caracara de la isla de Guadalupe. Su caza empezó a finales del siglo xix y a comienzos del siguiente siglo ya había desparecido. Así que, de momento, no veréis a este pájaro asomar su pico curvo por aquí.


GalerĂ­a ilustrada Genios e ingenios de los aĂąos del vapor presenta:

1920

Minerva Vapour, Ăşltima descendiente de una familia de genios


1. Una hoja de otoño

asi ciento cincuenta años después del accidente de monsieur Cugnot, uno de los primeros días del otoño de 1920, en un pueblo de la costa atlántica francesa, una mañana de lluvia un niño encontró en el suelo del patio del colegio una hoja de color marrón. Una de esas hojas que caen de los árboles.

El niño era este niño.

La hoja era esta hoja.

El patio era acristalado, parecido a un invernadero. El techo transparente tenía un agujero en el centro. A través de ese agujero salía el tronco de una espléndida olma. Una olma es un olmo muy corpulento y frondoso. Junto a la olma se encontraba una maestra. Una maestra no es un maestro corpulento y frondoso. Es sencillamente, una mujer que enseña. 15


La cuestión es que la maestra no vio caer la hoja, sino que fue uno de sus alumnos. Esa hoja no era una hoja cualquiera, y no había caído de la olma, sino que provenía de mucho más arriba. De una torre que se alzaba junto al patio acristalado. En los cuentos, las torres son habitadas por princesas o por brujas. En este caso, en la torre no vivía ninguna princesa, ni ninguna bruja. Sino una niña de once años. Pero, de la misma manera que la hoja no era una hoja cualquiera, la niña de la torre no era cualquier niña. Se trataba de la científica e inventora Minerva Vapour, última descendiente de una gran familia de genios. Minerva espió desde la ventana de su laboratorio cómo aquel alumno recogió la hoja y la miró con curiosidad.


En el noroeste de Francia llueve a menudo en otoño, y caen hojas a menudo también. Así que, en principio, no tiene nada de especial encontrar, en una mañana de lluvia, una hoja caída de un árbol. Y menos si es de color marrón. Eso es lo normal. Las hojas verdes se van llenando de los colores del otoño: el amarillo, el granate y el marrón. Como explicó en su ensayo Teoría de los muchos colores la tataratía abuela de Minerva, la profesora Abundantia Vapour, los colores del otoño pesan mucho, por eso se caen las hojas. Quizá vosotros no lo sepáis, pero todas las Vapour saben que el marrón pesa más que el verde. Lo importante es que, al margen de su color, esa hoja sí era especial. Y aquel niño lo supo cuando le dio la vuelta y descubrió que tenía un mensaje, un mensaje escrito a máquina. Hola: Si has encontrado esta hoja supongo que eres uno de los niños borrosos. Espero que no seas la maestra. Mira hacia arriba, a la ventana más alta. Soy la niña que vive en la torre. Soy una niña, pero también soy un portento. Un portento científico. Y un casi genio. La próxima vez que llueva, busca otra hoja como esta. Minerva El niño le mostró la hoja a sus compañeros. 18


Todos alzaron la cabeza mirando hacia la torre. «¿Quién ha escrito este mensaje?», dijeron unos. «¿Cómo es que ha usado la hoja de un árbol?», se sorprendieron otros. «¿Y por qué nos llama borrosos?», se preguntaron todos.

Para responder bien a esas preguntas, lo mejor será retroceder en el tiempo, pero no al siglo xviii, solo unos pocos días, para poder contar lo que sucedió exactamente una semana antes. 19


2. Una semana antes

inerva Vapour quería dejar de ser casi genio y convertirse en genio. En genio del todo, sin el casi. Una semana antes, la portento científico y casi genio estaba en su torre, trabajando duro para terminar un nuevo artilugio, un ayudante mecánico. Lo tenía casi construido. Quería terminarlo antes de que comenzara a llover y, como hemos dicho, en otoño puede llover en cualquier momento. Por eso sus pequeños ojos se encendieron con un brillo nervioso cuando le pareció oír el ruido de las gotas de lluvia golpeando contra las claraboyas de su laboratorio. Interrumpió los cálculos matemáticos que estaba realizando en la pizarra y escuchó con atención: clic, clic, clic, clic. Para comprobar si llovía solo tenía que asomarse a la ventana. Pero la ventana se encontraba a veinte pasos de distancia. En cambio el Diccionario de ruidos de cosas se encontraba allí a su lado, a tan solo dos pasos. Así que abrió el diccionario y buscó: Clic, clic, clic, clic. Dícese del sonido de la lluvia abundante contra los cristales. 20


—¡Afirmativo! Después se giró para comprobar si su ayudante mecánico estaba totalmente terminado. —¡Negativo! Qué disgusto. Cruzó la sala dando pequeños saltos y se lanzó sobre un montón de piezas que había en una esquina del laboratorio. Escarbó como si fuera un perro que quisiera desenterrar un hueso. Escarbó tanto que se sumergió en el montón de piezas, desapareciendo entre tuercas, cuerdas, botes y herramientas. Al cabo de unos segundos una mano surgió del montón de piezas. Después, surgió otra mano. Y después, otra más. Así que en total aparecieron tres. —¡La encontré! —gritó satisfecha. No es que Minerva Vapour tuviera tres manos (tenía dos, igual que vosotros), sino que la pieza que había buscado con tanto afán era una gran mano metálica. Era la pieza que le faltaba para completar su última máquina, un enorme brazo mecánico situado en el centro del laboratorio. 21


Minerva Vapour enroscó la mano de metal en el extremo del brazo mecánico. ¿Encajaría bien? —¡Afirmativo! Después correteó hasta una estantería y cogió un cofre plateado, en el que estaban grabadas las iniciales M. M. Esas iniciales se correspondían con el mejor invento de su bisabuela Iris Vapour: el Mismo Mecanismo. Se trataba de un ingenio de inteligencia artificial, un cerebro con mil minúsculas ruedas dentadas.

Según cuenta el Boletín de Ciencia e Invención, Iris creó el Mismo Mecanismo cuando estaba intentando inventar el primer reloj capaz de preguntar la hora a otra persona. Como reloj fue un fracaso, pero como máquina de inteligencia resultó más que eficiente. De hecho, las inventoras Vapour lo fueron heredando generación tras generación, utilizándolo en los más diversos aparatos. Nadie nunca se atrevió a modificar una sola de esas ruedas (por un lado, por miedo a estropearlas, y por otro, por el lógico temor a ser mordido por tanta cosa dentada). 22


Minerva introdujo el Mismo Mecanismo en el cuerpo central de su artilugio. Encendió la máquina y el brazo se puso en funcionamiento. El brazo se estiró, se encogió y se dobló gracias a su codo articulado. Minerva se presentó. —Hola, soy la portento científico y casi genio Minerva Vapour. El brazo gigante le tendió la mano educadamente. Eso sí, como el brazo no podía hablar, Minerva fue la única que dijo: —Encantada.

Minerva Vapour y su nuevo ayudante, el brazo mecánico, esperaron impacientes, asomados a la ventana. 23


Llovía y llovía. Llovía sobre la escuela. Millones de gotas de lluvia caían desde las nubes. Perfecto. Minerva sabía lo que ocurría cuando llovía sobre la escuela. Los niños borrosos no tardarían en aparecer. Sonó la campana que daba comienzo al recreo. Minerva no tuvo que consultar el Diccionario de ruidos de cosas. Conocía perfectamente ese sonido. La puerta que daba al pequeño patio, junto al que se encontraba la torre, se abrió. ¿Saldrían ya los niños? —¡Afirmativo! El techo acristalado del patio protegía a los niños y niñas de la lluvia, salvo en el centro, donde la olma soportaba impasible las gotas que caían sin parar. Mientras los niños salían en orden situándose junto a las paredes, Minerva Vapour corrió hacia su escritorio y escribió un mensaje a mano, pero no lo hizo en una hoja de otoño sino en una hoja blanca normal. Esta fue la hoja n.º 0, la que escribió una semana antes de la hoja de otoño n.º 1. Entregó ese folio al brazo mecánico. El brazo se extendió fuera de la ventana sacando su cuerpo metálico al aire libre. Se alargó hacia el patio, hacia el agujero del techo, y dejó caer la hoja de tal forma que se depositó junto a la olma, pero a salvo de la lluvia. ¿La vería alguno de los niños borrosos? —¡Negativo! La maestra descubrió el papel blanco y lo miró extrañada. —¡De prisa, recupera el papel! —le ordenó Minerva al brazo. 24


El brazo se extendió y, veloz como un látigo, arrancó el folio de las manos de la maestra, quien no entendió qué había pasado al suceder todo tan rápido. La maestra miró a su alrededor confundida, dudando de si habría sido un golpe de viento. Se encogió de hombros y siguió vigilando a los alumnos.

Minerva Vapour había fallado. El mensaje era para los niños, no para la profesora. Pero Minerva era una casi genio, y los casi genios no se equivocan. Casi nada. Frunció el ceño unos segundos, después su rostro se iluminó. —Entiendo, no me he equivocado... —musitó, y a continuación exclamó—: ¡¡Lo que pasa es que estoy aplicando el método científico de prueba y error!! Como todas las Vapour saben, con el método científico de prueba y error nunca te equivocas, porque los errores forman parte del plan. 25


Minerva necesitaba enviar su mensaje a esos niños y que no lo interceptara la maestra. Así que debía pensar otra idea para probar en el próximo día de lluvia. Lo que en ese momento Minerva Vapour no sabía era que, a pesar de ser otoño, tardaría una semana en volver a llover. Durante esa tarde, Minerva pasó el tiempo construyendo esto:

Que es justo lo que parece, una máquina para escribir en hojas de otoño. Y la usó para escribir la hoja de otoño n.º 1, ese mensaje que ya conocéis, el que encontró aquel niño al comienzo de esta historia, unos siete días después. 26


3. Los niños borrosos

olvamos al comienzo de esta historia, justo al momento en el que Minerva vio cómo el niño que había recogido la hoja de otoño n.º 1 la leía y se la mostraba a sus compañeros. Minerva forzó la vista, intentando ver a través de la lluvia. No pudo evitar asomarse un poco más de lo normal a la ventana, y sintió cómo unas gotas le mojaban el flequillo. Después de leer el mensaje escrito en la hoja, los alumnos hablaron entre ellos. El niño sacó un lápiz de color rojo que destacó entre la lluvia como una cereza fresca. Minerva se emocionó. ¿Significaba eso que habría una respuesta a su mensaje? —¡Afirmativo! El niño escribió algo en la hoja de otoño y la dejó caer al suelo. Minerva, ansiosa, ordenó al brazo que recogiera la hoja. Parece que la misión de establecer contacto con los niños borrosos había tenido éxito. Una respuesta de brillante color rojo. Eso pensó, al menos hasta que leyó lo que había escrito aquel niño. Porque, aunque el lápiz era de color 27


rojo, escribía en color negro. Y la respuesta era algo negra también. No nos llames borrosos, idiota. Minerva se giró hacia el brazo y le informó del resultado: —¡Negativo! Sonó de nuevo la campana que indicaba el fin del recreo. Minerva volvió a asomarse a la ventana para ver cómo los alumnos se marchaban.

Justo antes de entrar, el niño que había recogido la hoja y escrito el mensaje se dio media vuelta, se abrió la boca con dos dedos estirándola hacia los lados, sacó la lengua en dirección a la torre e hizo el siguiente ruido: —¡Bdddaaah! Minerva Vapour se abalanzó sobre el Diccionario de ruidos de cosas. 28


Al parecer tenía dos significados: Bdddaaah 1. Sonido que produce la acción de bostezar y morder un limón al mismo tiempo. 2. Ruido de burla o desprecio. Minerva se volvió hacia su máquina ayudante. —Brazo, ¿estaba ese niño mordiendo un limón? El brazo negó moviendo el dedo índice. —¿Y te pareció que tuviera sueño? El brazo volvió a negar. —Negativo... —murmuró Minerva. El brazo le acarició la cabeza intentando consolarla. Minerva frunció el ceño. Pero ya no estaba triste ni enfadada. Existen varias razones por las que una niña puede fruncir el ceño. A veces por rabia, a veces por pena. A menudo, ante algo difícil de comprender. Pero en ocasiones lo hace para fijar una idea, sosteniéndola apretada entre las cejas, presidiendo su frente. De todas las razones que puede tener una niña para fruncir el ceño, esa es sin duda la más poderosa. Minerva quería dejar de ser casi genio y convertirse en genio. Y para eso necesitaba la ayuda de aquellos alumnos. No iba a rendirse tan pronto. 29


4. El problema de Minerva

inerva necesitaba comunicarse con los niños, porque quería explicarles un problema en el que solo ellos la podrían ayudar. Por suerte, esa nueva semana llovió todos los días, así que los niños pasaron los recreos en el patio cubierto bajo la torre de la pequeña científica. Para solucionar el malentendido de comunicación de la hoja de otoño n.º 1, Minerva Vapour escribió muchas hojas más. Cada mañana de lluvia, cuando los alumnos salían al pequeño patio, el brazo dejaba algunas de esas hojas para que los niños las encontraran. Haced como hicieron los niños, leed los mensajes de Minerva y entenderéis por qué estaba tan interesada en comunicarse con ellos. Primero, Minerva intentó explicar que no les había insultado. «Niños borrosos» no es un insulto, os he puesto ese nombre porque nunca puedo veros bien del todo. Casi siempre salís al recreo en vuestro patio principal, al otro lado del colegio. Allí no os veo. Menos los días de lluvia. 30


Los días de lluvia, como hoy, la maestra os hace salir al patio pequeño, porque tiene el tejado de cristal. Yo os miro desde la ventana de la torre, pero con la lluvia os veo borrosos. Por eso os llamo así. Seguro que habíais pensado que era un insulto, pero no. Aunque no puedo culparos porque vuestro cerebro no es un cerebro superior como el mío. Comparar vuestra mente con la mía es como comparar una catedral con una patata (bueno, esto creo que sí es un insulto). Como podéis ver, la comunicación no era el punto fuerte de Minerva. Pero, al menos consiguió que no volvieran a hacerle burla. Y pudo seguir escribiendo mensajes en hojas de otoño, con sus explicaciones. El lunes de la semana pasada lancé mi primer mensaje, escrito en una hoja normal. Pero una de vuestras maestras la localizó al instante. No me importó, lo tenía previsto. Es el método científico de prueba y error. Así que lo volví a escribir en una de las hojas del árbol que hay en vuestro patio. Sabía que funcionaría. Los mayores casi nunca miran las hojas de los árboles que hay por el suelo, pero los niños sí. Y funcionó. Ya os dije que soy un portento. Sí, la humildad tampoco era uno de los puntos fuertes de Minerva. Pero eso también tenía su explicación. 31


Yo no voy a la escuela. Pertenezco a una estirpe de genios. Todas las Vapour han sido genios. En esto Minerva no exageraba. Las inventoras Vapour nunca han ido a la escuela, practican la autoenseñanza. Son tan listas que se enseñan a sí mismas. Como bien afirma el Boletín de Ciencia e Invención, la autoenseñanza la inventó, a finales del siglo xviii, la primera Vapour, la profesora Juturna Vapour. Ella se enseñó a sí misma que era la persona más inteligente de la ciudad. Ese fue su primer invento: la autoenseñanza. Después construyó un ruidoso automóvil de vapor con el que recorrió las calles informando a todos de lo inteligente que era. Ese fue su segundo invento: el autobombo. Juturna Vapour fue solo la primera de una larga lista de genios familiares.

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Según cuenta el Boletín de Ciencia e Invención, la tatara tatarabuela de Minerva, la herrera y metalúrgica Victoria Vapour, inventó los viajes espaciales. Dedicó toda su vida a crear un motor de vapor que propulsara una silla de cocina al espacio, hasta la Luna. Ella misma se sentó en la silla y probó su invento. Y funcionó, pues Victoria, al igual que Minerva, era un portento científico. Después de tantos años trabajando, ese instante (sentada en esa silla, volando entre las nubes) fue su primer descanso. También fue el primer momento en el que reparó en que, como había dedicado toda su vida a construir el sistema de lanzamiento al espacio, no había tenido tiempo de inventar un sistema de regreso. Así que Victoria voló hasta perderse entre las nubes, en las alturas, en algún lugar entre la tierra y el cielo. Nadie volvió nunca a ver a Victoria. Pero eso no tiene nada de extraño. Las inventoras Vapour trabajan siempre en soledad, pues deben inventar sin ayuda de otros científicos, esa es su costumbre. Eso explica que Minerva se encontrara aislada en su torre (sin ser una princesa ni tampoco una bruja). 33


Hoja tras hoja, Minerva explicó a los alumnos sus historias familiares. Y estos estaban encantados. En cuanto salían al recreo, esperaban que apareciese el brazo y dejara dos o tres hojas escritas por su amiga de la torre. A los niños borrosos les pareció que las Vapour formaban una saga de inventoras muy divertida. Sobre todo porque algunas de las antepasadas de Minerva tenían ocupaciones realmente extrañas. Supongo que no sabréis lo que es un micólogo. Es una palabra que solo conocen algunos adultos y casi ningún niño. Solo los niños con mentes privilegiadas, como yo. Os lo diré: un micólogo es un experto en setas. La micóloga más importante fue, por supuesto, una Vapour. Minerva se refería a su tía abuela, la profesora Deméter Vapour. Deméter era micóloga. Creaba vapores fertilizantes. Y se puso como objetivo cultivar la seta más fabulosa del mundo. Quería conseguir una seta que fuera más grande que una persona. Y no solo lo logró, sino que, mientras intentaba crear esa seta fantástica, inventó también el método científico de prueba y error. Probó y falló, probó y falló, probó y falló. «No hay prueba sin error», decía Deméter. Y lo demostró fallando cientos de veces. Falló tanto que sus vapores fertilizantes, en lugar de setas más grandes, conseguían cada vez setas más pe34


queñas. Sus vapores no agrandaban, sino que empequeñecían. Podía haber quedado inmortalizada en el Boletín de Ciencia e Invención como la inventora de las setas diminutas, pero el problema era que las setas diminutas siempre habían existido. Lo que no había existido nunca era una seta más grande que una persona. No se desanimó. La tía abuela, como buena Vapour, era un genio. Y tomó por tanto una genial decisión. Se aplicó a sí misma sus vapores fertilizantes y disminuyó de tamaño. Tras un mes aspirando esos vapores consiguió medir tres centímetros. Salió al jardín y, satisfecha, se tumbó a la sombra de una seta.

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De todos los inventos que Minerva contó en sus hojas, el creado por la tía Casandra fue el que a los niños borrosos les pareció el más útil. Mi tía, Casandra Vapour, se propuso superar en éxito a sus parientes. Para conseguir superarlas decidió estudiar la profesión científica más grande del mundo. Para elegirla, escribió primero todas las disciplinas científicas en una pizarra. Y existen muchísimas profesiones científicas, así que la pizarra se llenó de nombres. Casandra se concentró en esas palabras, revisándolas a conciencia. Quería estar segura de elegir la profesión científica más grande de todas. Y la eligió. Estudió otorrinolaringología. Fue un buen punto de partida, pues un otorrinolaringólogo ya de entrada supera a un metalúrgico o a un micólogo en un buen puñado de sílabas. La otorrinolaringología es la especialidad que trata la laringe, el oído y la nariz. Como poseéis un cerebro inferior os explicaré que el oído es una cosa que se tiene dentro de las orejas y la laringe algo que se tiene dentro del cuello. La nariz no se suele tener dentro de nada, salvo que sea un pañuelo. La otorrinolaringóloga Casandra Vapour se hizo una experta sobre todo en oídos. Los estudió y estudió, buscando ese gran descubrimiento que superara a las abuelas, primas abuelas, tatarabuelas y a cualquier otra 36


Vapour. Le llevó mucho tiempo y llegó a pensar que nunca se le ocurriría nada. Esa chispa genial, ese ¡clic! que debía sonar en su cerebro no llegaba. Pero una tarde... ¡clic! Una idea se encendió en su mente. Y creó algo que nunca jamás había existido: el Diccionario de ruidos de cosas. Tardó todo un año en redactarlo. Cuando lo terminó, tan solo le quedaba comprobar si el diccionario funcionaba. Lo abrió por la letra C y buscó una palabra: ¡Clic! Sonido que indica que se te acaba de ocurrir una idea genial. Comprobado. Qué gran invento.

Esas fueron las antepasadas de Minerva. Pero la pequeña científica tenía un problema. 37


Os explico mi problema: tengo que inventar algo. Algo original, que pueda aparecer en el Boletín de Ciencia e Invención. Y no se me ocurre nada. Ya tengo los conocimientos para ser un genio, pero me falta una buena idea para llevarla a cabo. Cuando los niños tienen problemas, acuden a los adultos. Pero yo no puedo pedir ayuda a ningún adulto, porque entonces no sería un genio. Solo puedo hablarlo con seres inferiores como vosotros. Soy un portento científico, la más joven de las Vapour. Pero hasta que no encuentre mi invento especial, no se me podrá considerar un genio Vapour. Soy un casi genio. Y no me gusta. Ayudadme, por favor. Los niños borrosos leyeron esta última hoja. Minerva observó cómo se miraban entre ellos. Pero ninguno dijo nada. Terminó el recreo y se marcharon en silencio. Solo se escuchaba el sonido de las gotas al caer. «Claro, ¿por qué iban a ayudarme?», se dijo Minerva. Pero Minerva no había visto que algunos niños, antes de marcharse, habían cogido varias hojas del suelo y las habían escondido entre sus ropas.

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5. Sonrisas borrosas

l siguiente día de lluvia, lo primero que le extrañó a la pequeña Vapour fue que los niños salieron al patio mirando al cielo y sonriendo. Minerva podía distinguir sus sonrisas borrosas a través del techo de cristal. Por lo que la científica sabía, los niños no suelen mirar al cielo sonriendo cuando llueve. Cuando hace sol, sí, y cuando nieva, también. Pero con lluvia, no. Pronto descubrió que no miraban hacia el cielo, sino hacia su torre. ¿Qué estaba ocurriendo? Uno de los niños gritó y se quejó. Parecía que se había hecho daño en una mano. La maestra acudió a interesarse por la herida. Cuando la maestra se giró, varios niños se volvieron hacia la torre y agitaron algo. Con tanta lluvia resultaba difícil decir qué era. —¡Son hojas! —gritó Minerva—. ¡Brazo, atrápalas! El brazo mecánico se extendió, esquivó el tronco de la olma y, como un relámpago, cogió las hojas que agitaban los niños. En cuanto el brazo volvió a la torre, el niño herido dejó de quejarse. Había sido una treta para tener a la maestra entretenida. 39


—Buena técnica de distracción —alabó Minerva—. No está mal para un grupo de cerebros inferiores. El brazo, disgustado, le golpeó con las hojas en la cabeza. No le gustaba la forma en la que Minerva hablaba de los niños. Aquellas hojas contenían las ideas de los niños borrosos para hacer inventos. Y había propuestas de todo tipo. Por ejemplo, en la primera hoja un niño había escrito: Las hojas de árbol las escribes con una máquina, ¿no? Pues ya está, ya lo has conseguido. Una máquina de escribir hojas de árbol es un gran invento. —No, no tanto —respondió Minerva en voz alta, pasando a leer otra hoja. Otro niño sugería... ¿Y si inventas una máquina de hacer ideas geniales que te fabrique una buena idea? —Negativo, ese es el problema —se lamentó la casi genio—. Las buenas ideas no se fabrican, se te ocurren. Minerva leyó otra hoja más: ¿Y ese brazo mecánico que nos trae las hojas? A nosotros nos parece genial.

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—¿El brazo es genial? —Minerva se giró para contemplarlo. ¿Dónde estaba el brazo? No estaba a su lado. Ah, ahí está. —Sí, eres genial, pero lo eres gracias al Mismo Mecanismo, el cerebro mecánico de la bisabuela Iris —le dijo al brazo—. No eres un invento solo mío. Minerva leyó otra hoja. Reconoció la letra del niño que encontró su primer mensaje. Cuando llueve no podemos salir al patio grande. Tenemos que salir a este patio pequeño. ¿No podrías inventar algo para que no lloviera sobre la escuela? Minerva se quedó mirando fijamente la letra redonda de aquel niño. Y entonces escuchó el sonido en su interior. ¡Clic! Un espantalluvias. Qué gran idea. Minerva trabajó muchas horas seguidas, sin descanso, pero con gran ilusión. Hizo mediciones, y llenó la pizarra de cálculos, midió, escribió y borró, borró, escribió y midió. El brazo se unió a su entusiasmo y correteaba veloz de un lado a otro del laboratorio buscando los libros y herramientas que Minerva necesitaba. Por supuesto, como buena Vapour que era, utilizó el método de prueba y error. 41


Su primer prototipo, el Asustador, era un proyecto muy ambicioso: buscaba no solo espantar a las nubes, sino congelarlas de miedo. Pero el remedio fue peor que el problema. Las nubes se congelaban de verdad y, en lugar de llover, granizaba.

En su segundo prototipo, el Convencedor, intentó justo lo contrario: si no podía asustarlas, intentaría convencerlas. El invento incluía una gramola que hablaba sin parar, exponiendo todo tipo de razones por las que era mejor no ocupar el trozo de cielo que había justo encima de la escuela. Tampoco funcionó. Minerva comprobó que las nubes no eran razonables, sencillamente llegaban y soltaban su lluvia. Así, sin ningún motivo. Eso sí, el Convencedor persuadió a un globo aerostático, dos avionetas, tres cigüeñas y una bandada de golondrinas para que se fueran a volar a otro lado.

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Este es el tercer prototipo, el Soplador de Vientos. Observadlo bien, porque fue el invento que convirtió a Minerva Vapour de casi genio en genio del todo. Un gran éxito.

Minerva probó el Soplador un día de intensa lluvia. Las nubes fueron lanzadas a kilómetros de allí, descubriendo el sol que ocultaban y que volvió a brillar, iluminando el patio. Los niños saltaron y aplaudieron. Minerva abrió la ventana y la luz del sol acarició sus mejillas. La científica se dejó acunar orgullosa por aquel sonido de palmas que con su clap, clap, clap en realidad le estaba diciendo: «Muy bien, Minerva, has hecho un buen trabajo». El brazo mecánico abrió el Diccionario de ruidos por la letra C, pero Minerva no se volvió para mirarlo. Se asomó a la ventana y saludó a los niños. Ya no estaban borrosos, no llovía y podía verlos a través del techo de cristal perfectamente. —¡Hola, Minerva! —gritaban los niños. —¡Hola, cerebros infe...! —El brazo le tapó a tiempo la boca. 43


6. Afirmativo

asaron los días, y no volvió a llover sobre la escuela. Cada vez que una nube amenazaba con situarse sobre el colegio, el Soplador de Vientos la lanzaba lejos de allí. Seguramente pensaréis que Minerva debía de estar alegre. Había conseguido su objetivo, construir un gran invento, ser un genio como Juturna, Abundantia, Victoria, Iris, Deméter, Casandra y tantas otras Vapour. Pero no. Minerva llevaba varios días cabizbaja, sin ganas de inventar nada, ni de probar ni de fallar; sin utilizar sus herramientas ni escribir fórmulas matemáticas en la pizarra. El brazo mecánico estaba preocupado. Cuando, mediante gestos, le señalaba a la niña la pizarra o su mesa de trabajo, animándola a encarar un nuevo invento, Minerva no contestaba «afirmativo» o «negativo». Solo una vez respondió: pffffff... Y sin dejar de mirar por la ventana. Pffffff... Sonido que manifiesta pérdida de interés. Al parecer, Minerva había perdido el interés. Cuando perdéis algo, y necesitáis encontrarlo, lo mejor es intentar recordar dónde lo visteis por última vez y buscar a 44


partir de allí. Por eso Minerva pasaba las horas mirando por la ventana. Porque la última vez que se sintió interesada en algo, fue el día que el Soplador de Vientos despejó el cielo de nubes, y los niños la saludaron a través del techo acristalado. Sin embargo, el brazo mecánico estaba seguro de que en el interior de Minerva sucedía algo más. El problema es que la niña genio permanecía en silencio, no hablaba, ni siquiera hacía otro ruido que buscar en el diccionario inventado por Casandra Vapour.

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Es normal que el brazo no consiguiera saber qué le ocurría a Minerva, el Diccionario de ruidos no servía para este caso. Casi todas las emociones intensas tienen su sonido: la risa, el llanto, un suspiro de tristeza, un grito de miedo... Pero no hay un sonido en concreto que indique que se echa de menos. Extrañar algo o a alguien no produce ningún ruido. Al menos no uno que se pueda escuchar en el exterior. Dentro ya es otra cosa. Dentro pueden estar sonando las risas, los llantos, los gritos y los suspiros, todos juntos.

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El Soplador de Vientos funcionó y ya nunca llovía. Y sin lluvia, los niños no necesitaban salir al patio acristalado. Disfrutaban de su recreo en el patio principal, al otro lado del colegio, donde, como bien explicó la niña genio en una de sus hojas, no podía verlos. Y los echaba de menos. A pesar de ser un aparato de inteligencia artificial, pasó un tiempo hasta que las ruedas dentadas del Mismo Mecanismo pudieron entender lo que ocurría. Pero al fin, el brazo mecánico comprendió qué era lo que necesitaba Minerva.

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Necesitaba esto:

Y esto:

Y, por supuesto, esto:

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Una vez que el brazo consideró que Minerva estaba lista, la cazó con su mano mecánica, la levantó por los aires y, sacándola por la ventana, la llevó hasta la olma del patio del colegio, depositándola en la copa del árbol. Después, la empujó con suavidad para que descendiera por el tronco. —Pero ¿por qué me has traído aquí? —le preguntó Minerva al brazo. El brazo señaló la puerta que daba a la escuela. Minerva miró esa puerta por la que tantas veces había visto entrar y salir a los niños borrosos.

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Aquel fue un día especial en la vida de un personaje excepcional. Ninguna Vapour había ido nunca a la escuela, así que ella sería la primera de las genios familiares en cruzar el umbral de un colegio, la primera en tener compañeros de clase. El brazo se extendió todo lo que pudo y llamó a la puerta de entrada de la escuela. Aunque tenía muchas ganas de entrar, debido a los nervios Minerva estuvo a punto de girarse y marcharse. Así que el brazo la cogió y la sostuvo en el aire, frente a la puerta.

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La maestra abrió y miró sorprendida a la alumna más extraña que jamás había visto. Tenía el pelo encrespado y unos ojos pequeños que contrastaban con una sonrisa muy grande. Su chaqueta tenía dos profundos bolsillos, desbordados por todo tipo de herramientas y lápices. Llevaba una mochila a la espalda, y ambas, niña y mochila, estaban sostenidas en el aire por un brazo mecánico gigante. Le extrañó, claro, porque ella no sabía de quién se trataba. Pero vosotros sí lo sabéis, porque estáis leyendo este libro. Sabéis que esa niña era Minerva Vapour, científica y genio. Y en ese momento, casi alumna. La maestra tartamudeó: —¿Vi... vienes a clase? —¡¡Afirmativo!!

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El peculiar personaje que vais a conocer en esta nueva historia, el señor Bisiesto, nació en un pueblo de los Pirineos en el siglo xix, concretamente en 1836. En ese mismo año todavía nacían ejemplares de un bello animal, parecido a una cebra, el quagga. Bisiesto nació en un pueblo nevado, y los quaggas en un lugar muy diferente, las calurosas tierras de Sudáfrica. Pero esta historia sucede ochenta años más tarde, y todos los quaggas fueron cazados en el siglo xix. Así que no veréis asomar su cuello rayado por aquí.


Galería ilustrada Genios e ingenios de los años del vapor presenta:

1916-1918

La válvula del señor Bisiesto


1. Val de V

l 29 de febrero de 1916 fue un día especial en el que, en un lugar especial, a alguien especial le ocurrió algo especial. Es una frase un poco redundante para comenzar una historia, sí. Así que intentaremos explicarla. ¿Por qué fue un día especial? Porque 1916 fue un año bisiesto. Es decir, uno de esos años que tienen un día más. A menudo pensamos que el día más especial del año es nuestro cumpleaños, o Nochevieja o Navidad. Pero no, el día más especial es el 29 de febrero, porque solo hay un 29 de febrero cada cuatro años. Pues bien, esta historia comienza justamente en uno de esos días tan poco corrientes. El 29 de febrero de 1916 Europa estaba en guerra. La Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial. Pero nuestro relato no sucede en el campo de batalla, sino en un pequeño pueblo escondido en los Pirineos, Val de V. No era fácil llegar a Val de V. Durante cientos de años fue un lugar aislado, hasta que a mediados del siglo xix se inauguró el tren cremallera, un pequeño tren de vapor que sorteaba las escarpadas montañas y, elevándose sobre los pinares, conseguía llegar hasta el pueblo. 55


El tren cremallera fue solo uno de los avances que la Empresa Municipal del Vapor trajo a Val de V. La serrería, el telar, el molino y muchas otras cosas que no mencionaremos aquí, también poseían motores de vapor. Numerosas nubes de vapor se deslizaban por el valle. Unas veces ascendían, otras veces preferían mezclarse con los vecinos compartiendo las callejuelas del pueblo.

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¿Por qué decimos que Val de V era un lugar especial? Porque era un pueblo donde, de una forma u otra, todo estaba relacionado con la letra v. El pueblo estaba en un valle, en un valle con forma de v. En las laderas del valle se encontraban las casas y las vides, con las que hacían vino. En el fondo del valle, en la mitad de la v de Val de V, discurría un río, y junto a él había una zona húmeda llena de huertas, zona que todos los habitantes llamaban «la vega».

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Era tal la obsesión por la letra v de los habitantes de Val de V, que allí todos los nombres y apellidos empezaban por v: desde Valerio Vela, el alcalde, a la señora Valentina, la maestra, pasando por los niños como Víctor o Virginia, los adultos como los señores Vicente y Violeta Vallés e incluyendo a Vitorio Veleta, el jefe de estación. Cuando el cartero de aquella comarca veía un sobre dirigido a una persona con nombre y apellidos con v, sabía que, casi con toda seguridad, esa carta acabaría en Val de V. Todos y cada uno de los que vivían allí portaban la letra más amada en ese pueblo. A los que nacían los bautizaban con un nombre con v y a los pocos que se mudaban a ese alejado lugar les obligaban a cambiar su nombre por otro más adecuado. Los cambios de nombres antiguos daban lugar a palabras sin duda extrañas, como Voberto, Varía o Vavier. ¿Vuestro nombre empieza por v? Si es así, habéis tenido suerte. Si no, cambiadle la primera letra. Sonará raro de verdad.

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Como vĂŠis, Val de V era un lugar realmente especial, pero, para continuar con nuestra historia, ahora hemos de encontrar al habitante mĂĄs especial de este pueblo. Y en un sitio en el que todos tienen nombres con v, podemos asegurar que la persona menos corriente era justo el Ăşnico vecino cuyo nombre no empezaba por v: el seĂąor Bisiesto.

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2. El señor Bisiesto

l señor Bisiesto era un anciano elegante, de mirada amable y pelo escaso y ondulado. En 1916 tenía veinte u ochenta años, según se contaran los años. El viejo Bisiesto había nacido, como os podéis imaginar, un 29 de febrero. Por eso solo celebraba su cumpleaños una vez cada cuatro años y, en teoría, podía ser al mismo tiempo un viejo de veinte años o un jovencito de ochenta. Eso en teoría, claro. En la práctica era un anciano apoyado en un bastón, al que le gustaba pasear por ese valle de vapor, de uvas y de nubes. Cumplir años solo una vez cada cuatro podría parecer una faena, pero el viejo Bisiesto era la excepción, la única B donde reinaba la V. En su cumpleaños siempre recibía un regalo excepcional, un regalo que nadie compraba, sino que la casualidad llevaba hasta el pueblo. En su primer cumpleaños, es decir, cuando todos los demás cumplirían cuatro, su padre encontró un cuaderno plateado en un nido de urraca. En las tapas del cuaderno, hechas de un fino metal, se leía: FELIZ CUMPLEAÑOS. Como nadie reclamó el cuaderno, decidieron regalárselo a la única persona que cumplía años 60


aquel día: Bisiesto. Todos estuvieron de acuerdo, salvo quizá la urraca. Así fue como Bisiesto recibió el primero de los regalos. El 29 de febrero de su segundo cumpleaños, descubrió, asomando en la nieve, un trébol de cuatro hojas. Bisiesto guardó el trébol entre las páginas de su cuaderno y anotó: 1844. Trébol de la suerte. Los regalos que encontraba por casualidad siempre eran cosas poco corrientes. Encontró una máscara de carnaval, una trompeta verde, una caja de música, un lápiz de dos colores, un cazamariposas, y así un montón de cosas que Bisiesto fue anotando en cada ocasión en su cuaderno plateado. Todos en el pueblo conocían y apreciaban a Bisiesto. Estaban acostumbrados a que su nombre empezara por B y también a que cada cuatro años apareciera por casualidad algún objeto poco común que le sirviera de regalo. Por eso, cuando el 29 de febrero de 1916 el tren abandonó en la estación de Val de V un extraño paquete, una caja de madera que no iba dirigida a nadie, los habitantes del pueblo no dudaron. —Debe de ser el regalo de cumpleaños de Bisiesto —dijo Vitorio Veleta, el jefe de estación. 61


—Sin duda —coincidió el alcalde. —Seguro —confirmaron todos. —O a lo mejor no —añadió Veleta de repente. Pero nadie le hizo caso porque todos en el pueblo sabían que Veleta siempre cambiaba de opinión. El jefe de estación fue el encargado de entregarle el paquete a Bisiesto. Este lo observó durante un rato, moviéndose en torno a él con una mano en la barbilla y otra en el bastón. El paquete era una especie de caja de madera, con unos agujeros protegidos con alambre, a través de los que se veía algo de cristal. Ninguno sabía lo que era, pero sí suponían que debía de ser algo frágil y procedente de Francia. Porque en la caja de madera ponía en francés: très fragile, a manutentionner avec précaution. O lo que es lo mismo: muy frágil, manejar con precaución.


El paquete no tenía ninguna indicación más, salvo en la parte de arriba donde había un cartel en el que se leía: Valvule. —¿Qué es? —preguntó Vitorio Veleta. —Aquí pone que es una válvula —respondió Bisiesto señalando el cartel con su bastón. —¿Y para qué sirve esa válvula? —Ni idea. No parece una pieza de una máquina de vapor. —A lo mejor da suerte, como el trébol —dijo Veleta. —O hace algún ruido, como la caja de música —propuso Bisiesto. —O a lo mejor no sirve para nada, como el trébol —dijo Veleta cambiando de opinión. —El trébol sí sirve, da suerte. —A lo mejor es una válvula de la suerte. —Puede ser. —O a lo mejor no da suerte. —No empieces, Veleta. Y Bisiesto abrió su cuaderno plateado y apuntó:


3. El espía y el contraespía

urante un tiempo, nadie volvió a preocuparse por la válvula. Por un lado, porque nadie sabía para qué servía. Y por otro, porque ya había pasado el 29 de febrero: una vez que ha pasado ese día, un año bisiesto es como todos los demás años. Y así fue hasta que, en la primavera, apareció el espía francés. El espía no apareció solo, sino que acudió acompañado por otro hombre. Llegaron los dos subidos en una bicicleta tándem, una de esas bicicletas con dos juegos de pedales en las que montan dos personas al mismo tiempo.


El espía francés llegó agotado, con la cara roja y el cuello de la camisa empapado en sudor. Subir hasta Val de V en bicicleta costaba mucho esfuerzo, pues las cuestas de esas montañas eran muy empinadas. Cuando le preguntaron por qué había ido hasta allí en bicicleta en lugar de usar el tren, exclamó: —¡Sabotaje! ¡Alguien me ha robado los billetes de tren!


A continuación, el espía explicó a todos dos cosas: 1. Que el sabotaje es el arte de los espías de estropear los planes de otros espías. 2. Que la válvula que Bisiesto había recibido como regalo de cumpleaños era una pieza importantísima del Centro Sur de Radiocomunicación del ejército francés. E insistió en que le llevaran hasta la válvula. Instantes después, cuando la vio, dio un grito de alegría. Recuperar la válvula era para él de vital importancia. Su capitán en el Centro Sur de Radiocomunicación le había encargado personalmente que la devolviera (al parecer, al transmisor del centro le faltaba una válvula como esa). Si el espía la recuperaba, recibiría una medalla por ello, una brillante medalla de servicios al espionaje (al parecer, al espía le faltaba una medalla como esa). —Esta válvula servirá para nuestra comunicación —dijo el espía entusiasmado—. Batailles, médailles, la gloire! Bisiesto nunca se había planteado que su regalo fuese tan importante. Dentro de esa caja de madera y alambre se encontraba un objeto de vidrio que servía para aumentar la potencia de las señales eléctricas. Era una figura de cristal, bella y delicada, con unas piezas de metal en su interior.


A Bisiesto le recordaba a esas botellas que vendían en los puertos, esas botellas que tenían un barco en miniatura dentro. Pero la válvula no contenía ningún barco en miniatura, sino unos pelos metálicos por los que la electricidad salía reforzada y permitía al ejército comunicarse mejor y más lejos con sus hombres. —Muy bien, ya sabemos lo que es esa válvula —dijo Bisiesto—. Lo que no sabemos es por qué la enviaron aquí. —¡Sabotaje! —respondió el espía francés—. El servicio de contraespionaje alemán borró la dirección del Centro Sur de Radiocomunicación. En el paquete solo ponía: valvule, y como era un nombre con v, correos lo mandó a este lugar. —Parece lógico —dijo Veleta. —Sí —dijo Bisiesto. —Aunque ya no me parece lógico —se corrigió Veleta. —Lo sé, Veleta, lo sé. El alcalde arrugó las cejas y preguntó con voz grave al francés: —Dígame, señor, ¿sospecha usted de quién puede estar saboteando sus planes? —Por supuesto, sospecho de este señor que me acompaña. Todos se fijaron en el otro hombre que había venido subido en la bicicleta tándem. El aludido sonrió, y saludó con el sombrero descubriendo un cráneo pelado y redondo. —¿Por qué sospecha de él? —Porque me ha estado acompañando todo el camino y no ha dado ni una pedalada mientras subíamos. Lo que resulta muy sospechoso. Ah, y porque es alemán. 67


El alcalde se dirigió al desconocido: —¿Es eso cierto, señor? —Todo cierto. Palabra por palabra. —¿Es usted un espía? —Contraespía, para ser exactos. —¿Contraespía? —Sí, de hecho soy su contraespía —puntualizó señalando a su compañero de bicicleta—. Saboteo todo lo que este espía francés hace. —¡Dios mío! Eso debe de ser agotador. —Sobre todo para mí —bufó el espía francés. —Para mí no, me gusta mi trabajo —explicó el alemán—. Soy muy eficiente. —Y que lo diga —se lamentó el francés—. Me tiene harto. Así no hay quien consiga la medalla. El alcalde no supo qué decir en ese momento, pues nunca habían tenido espías en el pueblo. Y por unos segundos se instaló un silencio que al final rompió Bisiesto. —Entonces han venido ustedes a llevarse esta válvula. —Sí —dijo el francés. —No —dijo el alemán—. Él ha venido a llevársela y yo a impedir que se la lleve. —Pero la válvula ahora es de Bisiesto —objetó Veleta—. Es su regalo de cumpleaños. No pueden llevársela. —¿No puedo? —se asombró el francés. 68


—No, no puede —corroboraron todos los vecinos allí presentes. —Aunque a lo mejor sí que puede llevársela —se corrigió Veleta—. Por culpa de la guerra. —¡La guerra es una prioridad! —insistió el espía—. ¿Qué es esto? ¿Un pueblo de pacifistas? —La cuestión —dijo el alcalde—, es que la guerra está desde hace un par de años, mientras que Bisiesto lleva recibiendo regalos cada 29 de febrero mucho más tiempo, durante ochenta años. —O veinte —dijo Veleta—, según los cuentes. —Eso, veinte —confirmó Bisiesto. —U ochenta —añadió Veleta. —Este hombre es insoportable —dijo el francés señalando al jefe de estación. El alemán, en cambio, contempló con curiosidad a Veleta.


—¿Puede o no puede llevársela? ¿Ochenta o veinte? ¿Qué es usted? ¿Otro contraespía? —preguntó el alemán. —Algo parecido —suspiró Bisiesto mirando a su amigo con resignación—. Algo parecido.


4. Dos nuevos vecinos

urante los meses siguientes el espía francés intentó robar en diversas ocasiones la válvula. Al principio, a Bisiesto le preocupó que alguien quisiera llevarse su regalo. Pero pronto se dio cuenta de que, cada vez que el espía francés intentaba robar la válvula, el contraespía alemán lo impedía. El contraespía no se limitaba solo a proteger la válvula, cualquier intento de comunicación con el ejército francés, por carta o telegrama, era interceptado por el alemán. Quizá no lo sepáis, pero para un espía es un gran deshonor que un mensaje sea interceptado y leído por el bando enemigo. Si no logra evitarlo, adiós a las batallas, a las medallas y, por supuesto, a la gloria. (Se cuenta que Petrov, el Camaleón, el mejor de los espías rusos, quien hablaba veinte idiomas y era capaz de hacerse pasar por un joven pescador o un anciano archiduque, no envió ni un solo mensaje en sus cuarenta años como espía al servicio del zar. Comunicaba sus secretos con silencios. Y ni uno de sus secretos fue descubierto. Ni siquiera por el zar). El espía francés no podía tampoco dejar la válvula sin vigilancia, al menos no durante mucho tiempo. No 71


conseguía robarla, pero mucho menos podía permitir que fuera el alemán quien la robara. A pesar de eso, harto de la situación, el espía francés decidió abandonar aquel lugar, que él consideraba un despreciable pueblo de pacifistas, y partir en busca de ayuda. El Centro Sur de Radiocomunicación no se encontraba tan lejos de allí. Solo necesitaba un método de transporte lo suficientemente rápido. Pero el contraespía alemán saboteaba todas las posibilidades del francés de abandonar Val de V con la rapidez que la misión requería. Desinflaba las ruedas de la bicicleta tándem, robaba los billetes de tren, estropeaba el despertador del francés, cambiaba los carteles de los caminos o modificaba la brújula del espía para que este se perdiera en el bosque.


Para colmo, el alcalde los alojó en el único edificio que quedaba libre en el pueblo, el viejo molino de vapor. Ambos espías se veían obligados a convivir, como si fueran un par de amigos que disfrutaban de sus vacaciones en la montaña. Bisiesto los veía al pasar frente al molino, en sus caminatas diarias. —Buenos días —les saludaba. —Guten Morgen —respondía el alemán. —Sabotaje —gruñía siempre el francés. Tan enfadado veía Bisiesto al espía francés, que el anciano se sintió en la obligación de consolarle. —¿Sabe? —le dijo un día—. Es mejor no luchar contra la casualidad. Yo nací un 29 de febrero por casualidad, y cada cuatro años, me llega un regalo el 29 de febrero, por casualidad. Es así. No tiene nada de malo. No hay que tomarlo tan a pecho. —No, no, no... —refunfuñaba el francés—. Usted no tiene esa válvula por casualidad, la tiene por el sabotaje. Y yo no estoy aquí atrapado por casualidad sino por el sabotaje. Yo no creo en la casualidad. ¡Sabo-ta-je! Sin embargo, esa casualidad en la que no creía, volvería a golpear al francés un tiempo después, el siguiente invierno, cuando los vecinos del pueblo, encabezados por el alcalde, fueron a hablar con los dos espías. —Lo siento, deben cambiarse ustedes el nombre. Ya llevan demasiado tiempo aquí, y este pueblo tiene normas muy estrictas respecto a los nombres. —¿Y si no cambio mi nombre me echarán del pueblo? —se ilusionó el francés. 73


—Tendrá que marcharse usted en el primer tren —confirmó el alcalde. —¡No! —se alarmó el alemán. —¡Ja! —La sonrisa del francés llenó tanto su rostro que achinó sus ojos, apretándolos contra sus cejas negras—. ¡Se acabó el sabotaje! El alcalde puso su tono de voz más oficial y preguntó: —Le ruego que me enseñe una identificación. ¿Cómo se llama usted, caballero? El francés se desabotonó la chaqueta, mostrando un forro de rombos azules, blancos y rojos. La chaqueta tenía un bolsillo interior, del que asomaba un pasaporte. —No debería tenerlo usted tan a la vista —opinó Bisiesto. —Ese no es —dijo el espía—. Ese es el falso. Con un chasquido de dedos, abrió uno de los rombos del forro: contenía un bolsillo secreto. De allí sacó otro pasaporte. El alcalde alargó la mano. —Déjeme ver. — Ta m p o c o —dijo el francés—. Este es el falso falso. 74


—¿El falso falso? —Sí, el falso pasaporte del falso bolsillo secreto. El francés introdujo su mano en el interior del bolsillo secreto y abrió un segundo bolsillo secreto que estaba dentro del primer bolsillo secreto. De allí extrajo un pequeño carnet de espía y se lo entregó satisfecho al alcalde al mismo tiempo que decía: —Vincent Vidament. Ese es mi nombre y no pienso cambiarlo. Al alcalde le bastó un segundo para mirar el carnet y asentir. —No hará falta, es un nombre perfecto, puede usted quedarse. —¿Co... cómo que puedo quedarme? —se horrorizó el francés mientras señalaba el forro de rombos—. ¡No, nada de eso, oblígueme a subir en el primer tren! El alcalde se encogió de hombros. La boca del francés quedó abierta, convertida en un rombo más. —Su nombre y su apellido empiezan por v, es usted perfecto para este pueblo. —A continuación el alcalde se dirigió al alemán—: Y usted, señor, ¿podría decirme cuál es su nombre? —Por supuesto. 75


El alemán se quitó el sombrero, tanteó su interior y descubrió un doble fondo del que sacó una pequeña llave. Se quitó uno de sus botines e introdujo la llave en uno de los tacones, abriendo un cajoncito. De allí sacó un diminuto carnet. —Aquí lo tiene. Volker von Vorgrimler. —¡Tres palabras con v! ¡Magnífico! —Aplaudió el alcalde—. Por favor, le ruego que se quede en Val de V. —La verdad es que aquí me siento como en casa —respondió el contraespía—. La v siempre fue mi letra preferida. —¡¡¡Pero no la mía!!! —protestó el francés— ¡La v no es mi letra preferida! ¡Es una letra sosa, sin chiste! —Oiga, sin ofender —le advirtió el alcalde—. No se meta con la v. —Pues, por curiosidad —interrumpió Bisiesto—, ¿cuál es su letra preferida? —¡La X! ¡Esa sí que es la mejor letra! Como las aspas de este molino. La X es especial, está en muy pocas palabras. La X es misteriosa. La X marca dónde está el tesoro en los mapas de piratas. Vincent Vidament arrebató el bastón a Bisiesto y, esgrimiéndolo como si fuera una espada, dio dos estocadas sobre la nieve, dos grandes rayas, dibujando una X.


—¿La veis? Es una letra estupenda. Los científicos con sus fórmulas intentan averiguar lo que es una X. La gente que no sabe escribir, firma usando una X. ¿Qué es una X? La X puede ser cualquier cosa. ¡Nadie sabe lo que esconde una X! Bisiesto recuperó su bastón. —No es para tanto. Yo sí sé lo que esconde una X. —Él lo sabe —afirmó Veleta. —¡Imposible! —gritó el francés. —Entonces no lo sabe —dijo el jefe de estación. —Sí, sí lo sé. Mire, es fácil. Bisiesto dibujó con el bastón una X en la nieve. Pero no lo hizo como el francés, no dio dos sablazos sobre la nieve. Dibujó primero la parte de arriba de la X: V Y después, la parte de abajo: —¿Lo ve? Es fácil. Una X es una v más otra v. El francés se quedó observando la que era su letra favorita. Después, miró a Volker, el alemán. A continuación, sus ojos se giraron hacia Bisiesto. Por último, devolvió la mirada a las dos letras dibujadas en la nieve. Y luego gritó: —¡Sabotaje!


5. La válvula de la suerte

incent Vidament se resignó a vivir en Val de V. Lo cierto es que su vida junto a Volker era agradable en aquel valle, lejos de la guerra. Es algo que no extrañó a Bisiesto ni a ninguno de los vecinos del pueblo. En aquel lugar uno se acostumbra a las nubes del cielo, a las nubes del suelo y se deja llevar por los felices días del vapor. En alguna ocasión el francés sintió la tentación de intentar robar la válvula o escapar, pero, como siempre era saboteado por Volker, cada vez lo intentaba menos. Hasta que dejó de intentarlo por completo. Ambos agentes militares abandonaron sus tareas de espías y se concentraron en atender el molino. Al revés que otros molinos, sus aspas no servían para poner nada en funcionamiento. Se trataba de un molino de vapor, las aspas eran poco más que un adorno, y su única utilidad era mover las volutas de vapor, empujándolas para que se sumaran a otras que recorrían el valle. El contraespía alemán, que pertenecía a una familia de panaderos y harineros, parecía especialmente entusiasmado con su trabajo en el molino. Cada vez molía más y contraespiaba menos. 78


Pasaron los meses, y los espías llegaron a ser muy apreciados en el pueblo. Volker instaló un horno en el molino y comenzó a fabricar pan. Incluso inventó un delicioso bollo con vapor de vino (y lo hacía en forma de v, lo que encantó a los lugareños). Bisiesto los veía al pasar frente al molino, en sus paseos diarios. —Buenos días —les saludaba. —Guten Morgen —respondía el alemán. —Bonjour —decía siempre el francés.


El 10 de noviembre de 1918, Vincent Vidament celebró su cumpleaños. Hicieron una cena en el molino y recibió felicitaciones por parte de todo el pueblo. Fue un cumpleaños especial y no porque se celebrara cada cuatro años, sino por el regalo que le hizo Bisiesto. Allí, adornada con un lazo rojo, estaba la válvula. —¿Me la regalas? —se sorprendió el francés. —Sí, es tuya. En realidad tú eres el único que sabe apreciar lo que vale. Yo ni siquiera sabía lo que era una válvula electrónica. —Yo pensaba que era una válvula de la suerte —dijo Veleta—. Aunque ahora ya no lo pienso. O sí... O quizá no... O a lo mejor sí... —Gracias —dijo Vincent mirando con emoción la caja de madera. —No te confíes —avisó riendo Volker—. Te estaré vigilando. Aquella noche, con la celebración del cumpleaños, se acostaron muy tarde. Había sido una buena celebración y, cuando terminó, todos cayeron rendidos en sus camas. Todos menos uno. Vincent se sentía nervioso. No podía dormir. Se levantó y salió a la puerta del molino. Contempló desde allí el valle, esa v montañosa que se había convertido en su hogar. La luna llena iluminaba el cielo, redonda y brillante como una medalla inmensa en el pecho de un gigante. El brillo de la luna se colaba en el molino, un haz de luz que ignoraba el vapor, atravesaba la malla de alambre de la caja de madera y creaba reflejos en el vidrio de la válvula. 80


Esos reflejos despertaron al concienzudo espía que Vincent llevaba dentro. Se asomó al dormitorio de Volker. El molinero alemán dormía moliendo sus sueños alemanes a ronquidos. Sin pensarlo dos veces, hinchó las ruedas de la bicicleta tándem, ató la caja de la válvula al sillín trasero y huyó valle abajo. —Tendré mi medalla —murmuró. Dejó atrás las viñas, dejó atrás la vega, dejó atrás el vapor. Y salió de la v de Val de V.


—¡Se ha marchado! —gritó Volker al día siguiente. Y el lamento del alemán congregó a los vecinos, entre ellos al señor Bisiesto y a su amigo Veleta. —Lo siento —se disculpó Bisiesto—. Es culpa mía por haberle regalado la válvula. —No, no —dijo Volker, meneando su cabeza redonda—, es culpa mía. Me he dormido y se ha marchado. Soy un contraespía pésimo. Bisiesto puso una mano en el hombro del alemán. —Qué importa. Eres un molinero estupendo. Volker miró al molino. Lo cierto es que le gustaba más su vida de molinero que su vida de contraespía. Suspiró y las aspas del molino alejaron lo que de melancólico pudiera tener aquel suspiro. —Una cosa está clara —dijo Veleta, asintiendo con una seguridad poco común en él—. Al final no era una válvula de la suerte.


Vincent Vidament había pedaleado con furia toda la noche y pedaleó también casi todo el día siguiente. Llegó hasta el Centro Sur de Radiocomunicaciones colorado y con el cuello de la camisa empapado, igual que llegó en su día a Val de V. Antes de entrar en la oficina de mando, le dio la vuelta a su chaqueta, para que los rombos azules, blancos y rojos subrayaran el heroísmo de su azaña. —¡Capitán, tengo la válvula! —exclamó victorioso.

Los técnicos del Centro Sur de Radiocomunicación instalaron la válvula en el transmisor. Vincent Vidament la miraba como quien observa un aparato milagroso. Esa válvula aumentaría la potencia del transmisor. Fluiría la voz, las órdenes a los ejércitos. ¡La gloria en forma eléctrica gracias a esa válvula! Y recibiría una medalla, una medalla de espía que brillaría como una luna llena en su pecho. El capitán se dirigió a Vincent. —Ha traído usted la válvula en el mejor momento. Va a tener la oportunidad de enviar el mensaje más crucial de toda la guerra. 83


¡El mensaje más importante de toda la guerra! Vincent se hinchó lleno de orgullo. Batailles, médailles, la gloire! Pero el mensaje no contenía ni batallas, ni medallas, ni gloria. —Comuniquen —ordenó el capitán—. Hoy día 11 del mes once a las 11 de la mañana se ha firmado la paz entre los Aliados y el imperio alemán. La guerra ha terminado. —La... la... —tartamudeó incrédulo Vincent—. ¿La guerra ha terminado? —Sí. El francés contempló la válvula. No sabía qué decir. Sin guerra no tendría medalla. Una palabra, una palabra en concreto nació en su cerebro, estremeció su corazón y llenó sus pulmones. Pero no estalló en un grito. Sus labios se movieron en un hilillo de voz: —Sabotaje...


La noticia del fin de la guerra recorrió en seguida toda Europa. Llegó hasta los rincones más escondidos, como el pequeño pueblo de Val de V. Bisiesto se enteró mientras desayunaba con Veleta una deliciosa v de pan con sabor a vino horneada por Volker. —Qué buena noticia —dijo Bisiesto. —Puede que esa válvula sí fuera una válvula de la suerte —opinó el jefe de estación. —Sí —coincidió Bisiesto—, al final trajo buena suerte. Veleta se quedó pensativo. Comenzó a separar los labios pero, antes de que pudiera decir nada, Bisiesto le metió una v de pan en la boca. —¡Auf! —protestó Veleta, masticando el pan con dificultad—. ¿Pero por qué has hecho eso? —Porque esta vez, querido Veleta, no pienso dejarte que cambies de opinión.


Esta historia sucede a mediados del siglo xix. En esa época, en un lejano islote de Islandia se cazaron los últimos ejemplares del alca gigante, uno de los pingüinos más grandes que ha conocido el hombre. Durante siglos, el alca vivió en el atlántico norte: la zona que ocupa desde el norte de España hasta Noruega, y desde Europa a Norteamérica. Pero fue cazado y acorralado hasta que solo quedaron unos pocos ejemplares, refugiados en ese islote islandés. Así que comprenderéis que, a pesar de ser gigante, ningún alca asomará su blanquinegra cabeza por aquí.


Galería ilustrada Genios e ingenios de los años del vapor presenta:

1840

El sueño de Victoria


1. Hace falta vapor

i recordáis, en 1771 monsieur Cugnot y su peluca iniciaron los vuelos propulsados por vapor. Aunque el vuelo de la peluca pasó desapercibido (salvo para el propio Cugnot, que tuvo que comprarse otra), el automóvil de vapor sí tuvo influencia en algunas personas, en especial en una familia de inventoras francesas, de quien ya conocéis a una, Minerva Vapour. Quizás os habéis preguntado el origen de ese curioso apellido: Vapour. La primera de las inventoras de la familia, Juturna, se enamoró de las máquinas de vapor. Supo ver en ellas no solo un motor que producía movimiento, sino también un motor que traería el progreso. Se autoenseñó y creó la autoenseñanza, se automovió y creó un automóvil, se autopromocionó y creó el autobombo. El origen del apellido es un apodo. Una científica como Juturna llamaba la atención, sobre todo por su obsesión por el vapor. Los vecinos de la inventora comenzaron a llamarla Juturna Vapour, y a ella le encantó y se autoapellidó con él. Las inventoras Vapour no se apellidan, sino que se autoapellidan. Han sido todas 89


parientes entre sí, pero no podían, aunque quisieran, legarse el apellido. Durante siglos, los apellidos se han heredado a través de los hijos, no de las hijas. En esta familia, en todas las generaciones, una niña nace con el deseo de inventar, se rebela contra su apellido de nacimiento y se autoapellida Vapour. Hubo una de ellas, Victoria, que no solo se rebeló contra su apellido, sino que se rebeló contra algo más grande: la ley de la gravedad. Victoria deseaba volar. Ese era su sueño. Victoria era una mujer robusta, de abundante melena pelirroja. Como una olma, tenía un tronco corpulento y una copa frondosa. Vivía en una forja donde trabajaba el metal. Pero, como todas las inventoras de la familia, su pasión eran los motores de vapor. Victoria tardó muchos años en terminar su genial invento. Comenzó su proyecto siendo una niña, como Minerva, y lo terminó siendo ya abuela. Victoria deseaba fabricar un ingenio volador, y deseaba hacerlo en metal. Sin embargo, todos sus prototipos resultaban demasiado pesados, ninguno remontaba el vuelo. La inventora dedicó años y años de esfuerzo a rebajar el peso, fabricando unas láminas de metal cada vez más finas y resistentes, y reduciendo al mínimo el tamaño de la maquinaria de vapor.


A pesar de que su tarea no parecía dar fruto, Victoria no se rindió. Confiaba en el esfuerzo, no en el azar ni en los golpes de suerte. En cambio sí que creía en otro tipo de golpes, no de suerte, sino de fuerza. Victoria acostumbraba a usar sus herramientas a golpe limpio, a menudo con más energía de la que era necesaria. Sus herramientas no duraban mucho, acababan dobladas o melladas. Sus vecinos tampoco duraban mucho en las cercanías. Siempre acababan mudándose. Ninguno se atrevió a obligar a Victoria a dejar de hacer ruido. Al parecer temían acabar también doblados o mellados. Tanto tardó Victoria en terminar su invento, que su taller fue el primero que pudo ser visitado por otra Vapour.


La pequeña Iris tuvo tiempo de ver a su abuela trabajar en esas láminas. Como las Vapour practican la autoenseñanza, la abuela no podía enseñar nada a la nieta. Pero Iris sí tuvo el privilegio de ver trabajar a Victoria, durante años y sin descanso. La nieta trepaba por el exterior del taller, se colaba por una claraboya y, abrazada a una de las vigas del techo, espiaba a su abuela mientras Victoria trabajaba el metal. Años después, los conocimientos que Iris adquirió en la forja de su abuela, le sirvieron para crear las miles de ruedas dentadas del Mismo Mecanismo, el artilugio de inteligencia artificial que construyó. Si Victoria no hubiese creado esas piezas de metal tan finas y ligeras, Iris nunca habría fabricado su inteligente mecanismo.

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Iris vio perder la paciencia muchas veces a su abuela. En esas ocasiones, Victoria se quitaba las gafas protectoras, miraba fastidiada los cálculos mal hechos o la plancha de metal que pesaba demasiado y exclamaba: —¡Hace falta vapor! Y lo acompañaba de un fuerte golpe en la pared, en la mesa, en la plancha de metal o en la superficie lisa que tuviese más cerca. Teniendo en cuenta la corpulencia de Victoria, en esas ocasiones la superficie lisa que tuviese más cerca, raramente continuaba siendo lisa.

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De todas las excéntricas inventoras Vapour, Victoria pasó a la historia como la más loca de ellas. Se ha dicho que su obsesión fueron los viajes espaciales y que dedicó toda su vida a crear un sistema de lanzamiento que propulsara una silla de cocina al espacio, hasta la Luna. También que ella misma probó la silla y que, al no haberla dotado de un sistema de regreso, voló hasta perderse entre las nubes, en las alturas, en algún lugar entre la tierra y el cielo. Esa es una versión de la historia, la del Boletín de Ciencia e Invención.

Pero existe una segunda versión, la versión de Iris.

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2. La versión de Iris

omo hemos dicho, Iris espió a escondidas desde una viga los métodos de trabajo de su abuela. Pero eso no significa que Victoria no se diese cuenta de que era espiada. En uno de sus enfados, Victoria golpeó una pared y su nieta cayó en sus brazos. —Lo siento —dijo Iris—. No me lo esperaba. —La próxima vez —la avisó la abuela— espéralo. Iris asintió y trepó por unas estanterías hasta colocarse de nuevo en la viga. —Abuela —preguntó desde allí—. ¿Por qué golpeas las cosas? La abuela calló durante unos segundos antes de responder. —Porque... ¡Hace falta vapor! —gritó golpeando de nuevo la pared. Iris volvió a caer de la viga. Esta vez sobre la poblada melena pelirroja de su abuela. —¿Estás bien? —Sí, abuela. —Tendrás que agarrarte mejor. 95


—Lo haré —afirmó Iris desde la cabeza. Luego añadió—: Abuela, una pregunta. —Dime. —¿Hay un mochuelo viviendo entre tus rizos? —Sí. No lo molestes, es muy tímido. —De acuerdo, abuela.

Después de mucho tiempo, tantos años de esfuerzo por fin finalizaron. Victoria anunció que le quedaba apenas un mes de trabajo para terminar la silla voladora. Estaba tan convencida de su buen funcionamiento que haría una prueba pública, a la que invitó a los vecinos y autoridades de la zona. Para darle más fuerza a la fecha, hizo coincidir el día de la prueba con su cincuenta cumpleaños. Toda una vida dedicada a un invento. Iris se encontraba en su viga la tarde en la que llegó un coche de caballos del que descendieron dos hombres. Ambos tenían aspecto de militares, aunque no franceses. Uno lucía un uniforme de oficial de las 96


Fuerzas Armadas Británicas, el otro tenía un aspecto diferente a los militares que había visto Iris: vestía de colores marrones y no parecía pertenecer a ningún ejército. Los dos hombres también contrastaban en su aspecto físico. El oficial británico era uno de esos militares formados por dos líneas, una recta y una curva. La línea recta de la espalda, acostumbrada a permanecer siempre en posición de firmes y la línea curva de su panza, que avanzaba en vanguardia, medio metro por delante de él. Su compañero lucía dos densas patillas rubias que llegaban hasta su boca. Tenía un gesto raro en los ojos, una ceja más alta que otra, como si sujetara un monóculo, pero no llevaba monóculo. Era más alto que el oficial británico, más delgado y, como se demostró después, también más callado. —Señora —dijo el oficial—, ¿le dice algo el nombre de William Lamb, segundo vizconde de Melbourne? —Sí, no está. —¡Claro que no está! Es el primer ministro del imperio británico, ¡cómo va a estar aquí! 97


—Es usted quien ha preguntado por él. —No importa. Venimos en su nombre. —Ya. Deme un momento, tengo que alisar esto. Victoria dio un golpazo tremendo en una plancha, que hizo temblar el taller entero. Al oficial casi se le cae el sombrero del susto. Contuvo la respiración durante un segundo y, al hacerlo, la tremenda panza ascendió por un momento al pecho, hinchándolo como el de una paloma. El oficial se recompuso, disimuló el susto que se había llevado, y la panza volvió a su sitio habitual. Iris, escondida en su viga, lo observó todo. Se fijó en que el otro hombre, el delgado, no se había asustado. Eso le dio mala espina. —Necesitamos sus servicios. Sabrá usted que Inglaterra está en guerra con China. —Yo no soy ni inglesa ni china. —Pero Francia ha firmado un acuerdo con Inglaterra. Todos los franceses son aliados nuestros. Y por

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tanto debe usted colaborar. Sabemos que está trabajando en una máquina voladora. Y estamos muy interesados en ella. ¿En qué punto de su trabajo se encuentra? —Justo en este —respondió Victoria. Y golpeó con todas sus fuerzas la plancha de metal. El oficial se llevó la mano al pecho. —¡Por las joyas de la corona! ¿Quiere dejar usted de hacer eso? Victoria se limitó a mirarle con cara de pocos amigos. El oficial carraspeó y señaló al otro hombre. —Este es John Aimer de Murk, lord Aimer. Es el mejor tirador del imperio británico. Puede acertarle a un tigre siberiano oculto en la nieve. Puede acertarle a un mochuelo con los ojos cerrados en una noche sin luna. ¿Qué le parece? —Depende, ¿quién tendría los ojos cerrados, el mochuelo o lord Aimer? —El mochuelo. Él tiene que tener un ojo abierto, para aplicarlo a la mira telescópica. ¿Qué le parece? 99


—Horrible. —Esa es su opinión. Iris entendió qué tipo de militar era John Aimer de Murk. Era un explorador, un cazador. De ahí el gesto de su ceja, esa mirada de monóculo sin monóculo. Ese rostro estaba acostumbrado a encajar en una mira telescópica. El oficial continuó hablando: —La guerra la ganaremos nosotros. Pero ya dura un año y todavía durará alguno más. Mientras tanto, el comercio con China está parado, y eso hace mucho daño al imperio británico. —El oficial se giró hacia el explorador—. Este hombre puede acabar con la guerra con un solo disparo. Acertando al emperador. Pero el emperador vive en la Ciudad Prohibida. Y está prohibido acercarse. —Si es la Ciudad Prohibida, parece lógico que lo esté. —Pero con un aparato volador como el suyo, lord Aimer podría sobrevolar los muros de la Ciudad Prohibida y disparar al emperador desde el aire. ¿Qué le parece? —Más horrible aún. —Sigue siendo su opinión —dijo el oficial—. Avísenos cuando tenga el aparato terminado. Se le pagará muy bien. Un imperio entero la necesita. Y británico, nada menos. Sin decir más, los dos hombres salieron del taller, subieron a su coche de caballos y se marcharon, dejando tras de sí dos nubes, ninguna de ellas de vapor: una nube de polvo en el camino y una nube negra en el interior de Victoria. 100


Iris vio cómo su abuela agarraba un martillo de grandes dimensiones y se dirigía a la mayor de las planchas de metal que había en el taller. La nieta se agarró con todas sus fuerzas a la viga en la que estaba subida. No le sirvió de mucho. Victoria descargó sobre esa plancha el golpe que en realidad le hubiera gustado dar al oficial, a lord Aimer, al segundo vizconde de Melbourne y, por extensión, a todo el imperio británico. —¡HACE FALTA VAPOR! El taller tembló como si hubiera sido agitado por un gigante. Iris no pudo evitar caer de su viga. Y Mao Tou Ying tampoco.

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Mao Tou Ying era un chino pequeño, vestido de negro. Llevaba la cabeza rapada en su parte delantera y las sienes. El resto de pelo, de un intenso color azabache, colgaba recogido en una larga trenza. Iris cayó de la viga, aterrizando sobre una mesa y dándose un buen coscorrón. Mao Tou Ying, no. Nada más tocar el suelo, se impulsó de nuevo y, en un instante, volvió a encaramarse en una de las vigas y a ocultarse entre las sombras. Iris no había conocido a nadie tan ágil en su vida. —Eso ha sido bastante impresionante —dijo Victoria—. Pero te hemos visto. —No me habéis visto —dijo una voz desde alguna parte del techo. —Sí que te hemos visto. —No, es imposible. Pertenezco a la Sociedad Secreta del Salto Invisible. —Yo también te he visto —dijo Iris—. Eres un chico chino, vestido de negro, con la frente rapada y una trenza. —Eso es fácil decirlo, muchos chinos son así —dijo la voz—. Visten de negro. Y llevan ese corte de pelo. Es el corte de pelo manchú. Victoria miró a su nieta y se encogió de hombros. —Por mí puedes seguir ahí subido todo el tiempo que quieras, siempre que no molestes —dijo la inventora mientras retomaba una de sus herramientas—. Tengo que seguir trabajando. Victoria reinició el trabajo, mientras que Iris forzaba la vista intentando descubrir en qué parte de las vigas del techo estaba escondido aquel muchacho. 102


—Señora —se escuchó decir al chino—. ¿Me permite hacerle tres preguntas? —¿Tres? Eso es mucho preguntar para alguien invisible —respondió Victoria—. De acuerdo, adelante. Tres preguntas. —¿Va usted a terminar la máquina voladora? —Sí. Lo haré. Segunda pregunta. —¿Va usted a entregarle la máquina voladora al oficial británico? —No. Nunca. Tercera pregunta. —¿Hay un búho pequeño viviendo en su pelo? —Sí. Es un mochuelo. El joven chino apareció de repente junto a Victoria. —Me llamo Mao Tou Ying. Que significa «búho pequeño» en chino. —¿Cómo has hecho eso? —preguntó Iris asombrada—. ¿Cómo has aparecido ahí de repente? —Ya os lo dije —respondió Mao Tou Ying sonriendo—. Pertenezco a la Sociedad Secreta del Salto Invisible.


3. La respuesta es no

ao Tou Ying no lo sabía pero la segunda de las preguntas que hizo, refiriéndose a si Victoria entregaría o no su máquina voladora al oficial británico, solo podía tener una respuesta: no. Antes de Victoria, ninguna Vapour había querido que se utilizaran sus inventos con fines militares. Y ninguna Vapour lo querría después. Todo comenzó con la primera Vapour, Juturna, inventora de la autoenseñanza y el automóvil autobombo. En 1804 Napoleón Bonaparte señaló con el dedo índice de su mano derecha el autobombo y ordenó que fuera usado para anunciar a los franceses su proclamación como emperador. Juturna se negó y Napoleón le advirtió: —No olvide mis palabras. ¡Cuidado! Lo que señala el dedo índice de Napoleón, queda señalado para siempre. Juturna no olvidó las imperiales palabras. Recorrió los caminos de Francia repitiendo esa misma frase: —¡Cuidado! Lo que señala el dedo índice de Napoleón, queda señalado para siempre. ¡Cuidado! Lo que señala el dedo índice de Napoleón queda señalado para siempre. 104


El dedo índice de Napoleón se hizo famoso y fue más temido aún que sus ejércitos. Se decía que transmitía la mala suerte, como cruzarse con un gato negro o que te mirara un tuerto. Esta pésima fama afectó al propio emperador: todo el mundo le miraba el dedo índice cuando gesticulaba y sus generales se movían esquivándolo como si fuera un arma cargada. Al final, Napoleón tuvo que optar por dos posturas, o tener la mano alzada hacia el cielo o esconderla dentro de la chaqueta, donde su dedo índice solo señalaba su propio ombligo. Eligió esta segunda postura, que era de las dos la más cómoda, y con ella fue retratado en numerosas ocasiones. (Aunque quizá debía haber optado por señalar al cielo, pues hay muchos que afirman que Napoleón perdió su imperio por culpa de señalarse con aquel nefasto índice a sí mismo). 105


En lo referente a Juturna, como podéis imaginar, después de su misión de autobombo napoleónico, no le quedó otro remedio que autohuir y autoesconderse en el lugar más autolejano posible. Unos dicen que huyó a Sudamérica, otros hablan de Corfú. Como buena Vapour, Victoria no tenía por tanto ninguna intención de que su invento acabara en manos de un ejército. Eso sí, continuó trabajando con normalidad, terminando el ingenio volador. La abuela de Iris se afanaba en dar los últimos retoques al invento, que podían ser toques o retoques, y a menudo golpes o regolpes. Trabajaba ignorando los cuatro ojos que la observaban, los ojos chispeantes de su nieta y los ojos rasgados de Mao Tou Ying. Iris abandonó durante todo un día su viga. Deseaba fabricar un regalo para el cumpleaños de su abuela. Cuando, ya de noche, volvió al taller, encontró a Victoria bajo el ingenio, instalando unas piezas en la parte de abajo. La inventora hizo rodar la plataforma con ruedas en la que estaba tumbada y su cuerpo pudo verse entero. Se incorporó, se colocó las ropas, se colocó los rizos y se colocó el mochuelo. Después dijo: —Mañana la probaré. Ya está terminada. ¿Qué os parece? Seis ojos ven más que dos. —Yo la veo muy bien, abuela. —Siete —dijo Mao Tou Ying. —¿Siete qué? —Siete ojos —explicó el chino—. Los suyos, los de su nieta, los míos y el ojo brillante que nos observa allá fuera en la oscuridad. 106


—¿Un ojo brillante? —preguntó Iris asomándose a la ventana—. Es de noche y hay luz de luna, puede ser un búho. Quizá otro mochuelo. —Dos ojos brillantes en una noche de luna pueden ser un búho —dijo Mao Tou Ying—. Un ojo brillante será una mira telescópica.

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4. Vapor en el prado

uando en 1771 la peluca de Nicolas-Joseph Cugnot realizó su vuelo, no hubo apenas testigos del momento. Es normal, puesto que no fue un vuelo planeado. Y la gente que estaba presente en el instante del accidente estaba más pendiente del automóvil inventado por Cugnot que de su peluca. En 1840, en cambio, una multitud se congregó para ver la primera prueba del artefacto volador de Victoria Vapour. No todos eran espectadores interesados en los avances científicos. La mayoría eran vecinos de la ciudad que sentían curiosidad por saber cuál era el fruto de tantos años de estruendosos golpes. Había también dos personas que tenían otro interés, diferente de la curiosidad y la ciencia, un interés bélico. Se trataba del oficial de las Fuerzas Armadas Británicas y su silencioso acompañante, lord Aimer. Como si quisieran subrayar que su presencia era militar, el oficial de la armada llevaba consigo un gran sable, y lord Aimer una carabina, un largo fusil de esos con los que suponía que era capaz de acertar a un tigre siberiano en la nieve o a un mochuelo en plena noche. Para fastidio de los espectadores, aquel día en el prado no hubo ningún espectáculo entretenido. El artefacto 108


volador no se ponía en funcionamiento así como así. A lo largo de más de media hora la máquina tembló, emitiendo vapor y produciendo unos ensordecedores sonidos metálicos, como si sus planchas estuvieran devolviendo al mundo los golpes recibidos en el taller. Durante todo el proceso, Victoria daba vueltas en torno a la máquina, moviendo palancas y ajustando piezas. Poco a poco el vapor fue envolviendo el artefacto, al mismo tiempo que el aburrimiento envolvía a los espectadores, que estaban cansándose de esperar. Al cabo de veinte minutos, cuando de la máquina ya no se veía nada y de Victoria solo sus rizos rojos asomando por encima de la nube de vapor, los espectadores optaron por sentarse en el suelo. Iris se acercó a la máquina, adentrándose en la nube, hasta dar con su abuela. —Toma, abuela, un regalo. Lo he hecho yo. Victoria se detuvo un momento para coger el paquete que le entregaba la niña. Estaba envuelto en papel marrón y atado con unas cuerdas amarillas. —Gracias —dijo la abuela—. Lo llevaré conmigo. Ahora aléjate de la máquina. 109


El sueño de Victoria siempre fue volar. Y la inventora estaba dispuesta a cumplir su sueño. A lo que no estaba dispuesta era a cumplir el sueño de ningún explorador, ni oficial, ni vizconde. Ni ningún imperio, británico o no.

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Victoria se sentó en su silla voladora y accionó la palanca que desató toda la potencia del vapor. El artefacto volador se elevó dando bandazos, crujiendo como si fuera a desmontarse en cualquier momento. La máquina no tenía un volar muy elegante. Pero la elegancia no fue nunca uno de los puntos fuertes de Victoria. La silla se elevó cada vez a más altura, dejando atrás a unos espectadores mitad sorpendidos, mitad asustados. Victoria se giró hacia el público, buscando con la mirada a su nieta. Iris agitó el brazo saludando. Su abuela agitó la mano. Pero lo suyo no fue un saludo, sino un claro gesto de despedida. —Me marcho —dijo Victoria, aunque sabía que nadie podía escucharla—. No voy a volver. —Se marcha... —murmuró Iris para sí—. No va a volver...

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—¡Que se marcha! —gritó el oficial agitando su sable—. ¡Que se marcha y no vuelve, Aimer! ¡Haga algo! Lord Aimer descolgó la carabina de su hombro y apuntó con ella hacia la máquina voladora, siguiendo con su mira telescópica los bandazos que daba Victoria. El hombre que nunca fallaba un disparo, que podía acertar a un tigre siberiano oculto en la nieve, no solo falló, sino que cayó al suelo y rodó por la hierba. Un joven chino había aparecido de la nada y se había aferrado al cañón de su arma, haciéndole perder el equilibrio y, lo que es más importante, haciéndole perder la puntería. Nadie vio saltar a ese chino sobre lord Aimer. Y nadie tampoco le vio dar el segundo salto, con el que Mao Tou Ying desapareció del prado, desapareció de Francia, desapareció de Europa y volvió a China junto a sus hermanos de la Sociedad Secreta del Salto Invisible. 113


Lo que sí vieron todos fue cómo la silla voladora de Victoria se perdió en el horizonte, dando bandazos, y dejando tras de sí una estela de vapor en el cielo.

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5. El vuelo de Victoria

n el cielo, un artefacto volador. En el artefacto, una inventora, Victoria, cumpliendo su sueĂąo. En la inventora, una melena de rizos pelirrojos, agitada por el viento. En la melena de rizos pelirrojos, un mochuelo, con los ojos bien abiertos. Porque merecĂ­a la pena tener los ojos abiertos.

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QuizĂĄs el mayor reto de Victoria Vapour no fue hacer volar su silla, sino mantenerla en el aire. La caldera necesitaba combustible, pero la silla no podĂ­a llevar peso a bordo.

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Los últimos meses en su taller trabajó en un aparato, una podadora, que instaló en la parte inferior de la silla. Esta podadora permitía a la silla voladora descender sobre los bosques y arrancar ramas con las que alimentar la caldera de vapor. Victoria atravesó el sur de Francia picoteando de las copas de los árboles más altos, como un metálico y torpe colibrí.

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Cuando se encontrĂł con las montaĂąas, Victoria se alzĂł sobre ellas, por encima de los valles de pinos y los altos picos nevados.

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Quizá no debió volar tan alto. Porque apareció un nuevo enemigo: el frío. Victoria se estremeció y el mochuelo se escondió entre la espesura de los rizos rojos. La inventora recordó el regalo que le entregó su nieta. Con un poco de suerte sería una chaqueta o una buena bufanda. Victoria abrió el paquete con dificultad. No porque sus nudos fueran difíciles de desatar, sino porque no podía desatender las palancas de la silla voladora. No era un chaqueta, ni una buena bufanda. Era un cuaderno. Un cuaderno de tapas metálicas, en cuya cubierta se podía leer: FELIZ CUMPLEAÑOS. A pesar del frío, Victoria sonrió. Las tapas metálicas eran dos hojas finas y plateadas, muy bien hechas. Sin duda su nieta sería una inventora Vapour.

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Uno de los bruscos bandazos de la máquina voladora obligó a Victoria a agarrar los mandos. El cuaderno se le escapó sin que la inventora pudiera hacer nada por evitarlo. Victoria lo vio caer, agitar sus páginas e incluso extender las tapas metálicas. Pero, al contrario que el metal de su máquina, aquellas láminas no podían volar. Accionó las palancas para aterrizar. ¿Dónde habría acabado el cuaderno? Sería casi imposible saber dónde habría caído. Imposible para ella, no para vosotros. Vosotros sí sabéis dónde cayó el cuaderno. En un nido de urraca, donde un 29 de febrero de 1840 lo encontró el padre de Bisiesto. Feliz cumpleaños, Bisiesto.

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Victoria aterrizó en el recóndito valle donde había perdido el regalo de su nieta. No encontró el cuaderno, pero sí otra cosa. Un lugar bellísimo y apartado del mundo, donde no había llegado casi el progreso, ni siquiera el vapor. Un pueblo acogedor donde solo ponían una condición para quedarse a vivir. —¿Cómo se llama usted señora? —Victoria. Victoria Vapour.

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Victoria se quedó a vivir en Val de V. Instaló allí su fragua, llegó a ser alcaldesa y fundó la Empresa Municipal del Vapor, empresa en la que trabajó Bisiesto durante la mayor parte de su vida, hasta que se retiró. Todos los habitantes de Val de V conocen el nombre de la francesa que fundó la Empresa Municipal del Vapor, puesto que lo aprenden en la escuela. Pero solo los que nacieron en el siglo xix y tuvieron oportunidad de convivir con Victoria, saben la razón de que el logotipo de la empresa, ese dibujo que se ve en el tren cremallera, en el molino y en las chimeneas de la serrería, sea un pequeño búho, un mochuelo.

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Como habéis podido comprobar, la versión que cuenta el Boletín de Ciencia e Invención sobre Victoria Vapour, esa versión que la pinta como una alocada mujer que hizo volar una silla de cocina, no coincide con lo que realmente pasó. El boletín a veces tiene un poco de «ciencia» y un mucho de «invención». Pero hay una cosa en la que, sin pretenderlo, todas las versiones acertaron. Victoria voló hasta perderse entre las nubes, y decidió quedarse a vivir en las alturas, en un bello lugar entre la tierra y el cielo.

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Durante los años en los que sucede esta historia, la segunda mitad del siglo xix, desapareció el lobo guará, un peludo animal que vivía en las islas Malvinas. Años antes, el naturalista Charles Darwin lo había conocido, y en seguida pensó que el guará tendría un futuro difícil. Era un lobo tan confiado que se le podía ofrecer un trozo de carne con una mano y cazarlo con la otra. En 1876 fueron apresados los últimos ejemplares de guará, así que no lo veréis corretear por estas páginas.


GalerĂ­a ilustrada Genios e ingenios de los aĂąos del vapor presenta:

1867-1877

La lechuza dorada de Iris Vapour


l 1 de abril de 1867 se inauguró la Exposición Universal de París. Sus temas principales fueron el progreso y la paz. La exposición se hizo bajo el mandato de Napoleón III, que deseaba destacar la gloria de su imperio, el Segundo imperio francés. Sí, no os extrañéis, lo lógico sería que el tercer Napoleón destacara la gloria del tercer imperio francés, pero en asuntos de imperios y napoleones los números no siempre cuadran. En esa exposición se pudieron ver varios avances científicos asombrosos, como las torres eléctricas, el ascensor hidráulico y el globo del fotógrafo Nadar (quien realizó fotografías subido a un globo aerostático). Pero a nosotros nos interesa otro invento, Atenea, la lechuza autómata. Es el artefacto que Iris Vapour presentó en la exposición y que causó sensación, llamando la atención de todos, incluida la de Napoleón III (sesenta y tres años después de que el autobombo de Juturna llamara la atención del primer Napoleón). Atenea era una gran lechuza metálica, dorada, de dos metros de alto. Pero no sorprendió solo por su 127


tamaño. Un año antes, en 1866, Iris había terminado su genial invento, el aparato de inteligencia artificial llamado Mismo Mecanismo. Aquel ingenio era como un cerebro mecánico, no tenía cuerpo, e Iris optó por instalarlo en una gigantesca lechuza metálica que fabricó para la ocasión.

Los ejércitos de todo el mundo se apresuraron a realizar ofertas a Iris por su invento, no porque estuvieran interesados en las lechuzas metálicas de dos metros de tamaño, sino porque veían la posibilidad de crear autómatas soldados. Iris rechazó todas esas ofertas. —Señores, los temas centrales de esta exposición son el progreso y la paz —repetía Iris. Pero justo ese era el problema: para aquellos militares su progreso pasaba por no dejarla en paz hasta que cediera. 128


Como castigo, Napoleón III le retiró el pasaporte, para que Iris no pudiera salir del país. Por otro lado, el resto de países le habían prohibido la entrada (así que quitarle el pasaporte tampoco tenía mucho sentido). No era, claro, el pasaporte lo que en realidad querían quitarle a Iris, sino la lechuza Atenea. Y tanto el gobierno francés, como otros países, intentaron robársela varias veces. Sin éxito. 129


Como precaución, Iris trasladó su taller a lo alto de una torre, desde donde podía ver con antelación quién se acercaba, y con qué intenciones. Además, desmontó la lechuza y diseminó sus partes por diversos sitios, de tal forma que nadie podía reconocer los trozos de metal. Cambiaba continuamente de lugar la parte más valiosa, el artefacto de inteligencia artificial, que, a pesar de llamarse Mismo Mecanismo, nunca estaba más de un día en el mismo sitio.

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(Hubo una persona que estuvo a punto de hacerse con Atenea: el espía ruso Petrov, quien quiso conseguir la lechuza metálica como regalo para el zar Alejandro II. Petrov descubrió que la lechuza había sido desmontada y que sus partes estaban escondidas en el taller de Iris. Pero recordad que Petrov nunca comunicaba sus descubrimientos. Fiel a su estilo silencioso, cuando el zar le preguntó si había encontrado la lechuza, Petrov asintió con la cabeza. Cuando el zar quiso saber dónde estaba escondida, Petrov volvió a asentir. Y así una y otra vez. El zar no cosiguió arrancarle ni una palabra, solo asentimientos.

Fastidiado, el zar mandó un tropel de ruidosos rusos que revolvieron el taller de Iris durante una semana. No encontraron nada, porque no sabían qué buscar, a pesar de que el Mismo Mecanismo siempre estuvo junto a ellos, camuflado en un reloj de cuco, un reloj de poco valor, que ni siquiera funcionaba. Los rusos se fueron con las manos vacías, pero, desde ese día, cada vez que el mecanismo oye hablar en ruso, deja de funcionar asustado). 132


A pesar de retirarle el pasaporte y a pesar de la prohibición de viajar, Iris abandonó Francia en 1877 y viajó a Londres, Inglaterra. Iris dudó qué hacer con Atenea. Si la dejaba desmontada corría el riesgo de que, en su ausencia, alguien encontrara algunas de sus partes y las robara. Pero si se la llevaba con ella a una ciudad como Londres, el tamaño de la lechuza llamaría sin remedio la atención de las autoridades inglesas. Al final Iris eligió una opción intermedia. Montó la gran lechuza, pero le dio orden de que no atravesara el Canal de la Mancha, el mar que lleva a Inglaterra. Así que Atenea se quedó volando sobre las aguas que separan las tierras británicas de las francesas.

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En el Royal Aquarium de Londres actuaba la que se anunciaba como la primera mujer voladora de la historia. Y no era ninguna inventora Vapour, sino una acróbata llamada Zazel. Iris deseaba ver con sus propios ojos a aquella que también había logrado el sueño de su abuela Victoria: volar.

Pero solo vio a una muchacha lanzada por un cañón. Y ni siquiera era un cañón de vapor. Para colmo, al terminar el espectáculo, Iris fue detenida por la policía británica. La acusaron de haber entrado en Inglaterra sin permiso. Y la llevaron ante una peluca blanca. No una peluca de inventor del siglo xviii, sino una peluca de juez del siglo xix, que es muy diferente. —Señora Vapour, tiene usted prohibida la entrada a este país. —Espero no tener prohibida la salida.

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Al juez no le gustó la respuesta de Iris. Pero, por suerte, la inventora no había cometido ningún delito. Así que el juez se limitó a expulsarla del Reino Unido.


La policía británica la embarcó en dirección a Francia, con un par de agentes dispuestos a acompañarla hasta su taller y convencerla de que les diera el Mismo Mecanismo. Pero a mitad de camino cinco embarcaciones aparecieron de repente. No de repente de verdad, como Mao Tou Ying cuando daba uno de sus saltos. Pero sí muy de repente para ser unos navíos, algo que normalmente se ve venir en el horizonte. De improviso, se formó un atasco de barcos en pleno Canal de la Mancha. Todos eran barcos militares y cada uno de ellos llevaba bandera de un país diferente, así que Iris supuso que estaban interesados en atraparla para conseguir el Mismo Mecanismo.


Los cañones de los barcos se apuntaron entre ellos, sin tener muy claro cuál era el enemigo más peligroso. A pesar de estar seis países involucrados, de todas las guerras navales de la historia, esa fue la más corta y la más estúpida. Corta, porque no duró más que unos minutos. Y estúpida, porque hubo una evidente falta de inteligencia. Mientras todos los barcos se controlaban unos a otros, ningún militar reparó en un punto dorado que apareció en el cielo. Aunque todos deseaban conseguir el mecanismo de inteligencia del pájaro autómata, ninguno había previsto que apareciera la lechuza Atenea moviendo sus alas de metal. Iris subió a su lomo y ambas inteligencias, la artificial de la lechuza y la natural de la inventora, se marcharon volando de allí, dejando a cañones y militares con la boca abierta (bueno, para ser justos los cañones ya la tenían así). Ningún militar volvió a ver a Iris Vapour. Unos dicen que voló a Sudamérica, otros hablan de Corfú.


William, el protagonista de esta historia, fue a la universidad en Oxford. En esa ciudad, en el Museo de Historia Natural, pudo ver el cuerpo de un pájaro dodo y también el huevo de un Aepyornis, el ave elefante de Madagascar. El dodo estaba disecado y el huevo de Aepyornis, fosilizado. Eran piezas de museo, porque ambos pájaros ya se habían extinguido mucho antes de que William naciera. Así que no veremos ninguna de sus plumas, ni grandes ni pequeñas, aleteando por aquí.


Galería ilustrada Genios e ingenios de los años del vapor presenta:

1870-1920

El álbum fotográfico de William Aimer


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1. La infancia de William

ady Aimer de Murk, madre de William, era una gran aficionada a la música y a la pintura. Pintaba unos paisajes llenos de color y tenía talento para tocar el piano. Sin embargo, en el salón principal de lord Aimer de Murk no había un solo cuadro, ni tampoco un piano. Solo cabezas. Cabezas con cuernos. Cabezas con colmillos. Fauces abiertas. Y una gran cantidad de ojos de cristal que no miraban a nadie ni a nada (pero eso no importaba, porque esos ojos no estaban allí para observar, sino para ser observados). 141


Lord Aimer de Murk, el gran cazador, padre de William, hijo del explorador John Aimer de Murk, aquel que fuera mejor tirador de las Fuerzas Armadas Británicas, capaz de acertar a un tigre siberiano escondido en la nieve y a un mochuelo en una noche sin luna. Entre las múltiples cabezas que colgaban de las paredes de ese salón, no había ninguna de mochuelo, pero sí que podía encontrarse la cabeza de un tigre siberiano, mostrando sus dientes, congelado en un gesto feroz. Esos dientes siberianos eran uno de los lugares favoritos de Benedict, primo de William, para colgar su chaqueta de cuadros, cosa que enfurecía a lord Aimer, que solía poner un gesto aún más feroz que el del tigre. 142


Cuando William cumplió un mes, lord Aimer quiso inmortalizar el nacimiento de un nuevo cazador Aimer, alguien quien estaría sin duda llamado a ser, como él, presidente de la Real Sociedad Cinegética Británica. Así que hizo ir a su sobrino Benedict, fotógrafo aficionado.

Benedict no era un fotógrafo profesional (y tenía la manía de colgar su chaqueta en cualquier parte menos en una percha) pero hacía unas fotografías de gran calidad. Benedict tenía dos grandes aficiones, la fotografía y brindar con sus amigos en la taberna, y se tomaba ambas muy en serio. Lord Aimer llamó a todo el servicio, es decir, a todos los criados de la casa, y los hizo posar en el salón principal. En el centro se situaron él y su esposa con el pequeño William en brazos. La mansión (en realidad, un castillo) era muy grande y tenía un gran número de criados. Aun así, como veréis, en la fotografía aparecen casi tantas cabezas de animales como de personas. 143


—¡Salud! —gritó el primo Benedict. Y todas las cabezas (no solo las de animales) se quedaron quietas, pues sabían que ese era el grito que decía Benedict antes de hacer una fotografía.

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Todas las cabezas quietas, menos una: la del pequeĂąo William, que estornudĂł. Ese fue su primer estornudo.

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De todas las cabezas que había en el salón de la mansión, la más valiosa era la de un animal disecado de cuerpo entero, un zorro de Murk. Lord Aimer apreciaba esa pieza por varias razones: • Porque el zorro de Murk era el emblema familiar. Aparecía en el escudo de armas de los Aimer desde hacía cientos de años. • Porque ese ejemplar había sido cazado por un antepasado suyo, un gran cazador como él. • Porque los zorros de Murk, que solo habitaban en esas tierras, se habían extinguido de tanto cazarlos. De tal forma que si alguien quería saber cómo era un zorro de esa especie, tenía obligatoriamente que visitar su salón y contemplar ese animal disecado. Cuando William tenía dos años, lord Aimer le enseñó orgulloso el zorro disecado y el niño estornudó. Eso enojó al patriarca familiar y preocupó a su madre. Quizás el niño sufría algún tipo de alergia al pelo de zorro. 146


Con el paso del tiempo se demostró que los estornudos de William no eran alérgicos, sino nerviosos. Cada vez que se sentía presionado o incómodo, estornudaba. Y al estornudar, se sentía avergonzado y aún más incómodo, así que volvía a estornudar de nuevo.

Después de sus trofeos de caza, lo más valioso para lord Aimer era su colección de armas. Los pasillos del castillo estaban llenos de armas, de todo tipo y de todas las épocas: espadas, lanzas, ballestas, armaduras, dagas... Si el zorro de Murk era la pieza de caza más preciada, en el caso de la colección de armas, el objeto más querido por el lord era la catapulta. Se trataba de una catapulta medieval, usada por un antiguo lord Aimer en el siglo xv, durante la guerra de las Dos Rosas. A pesar del bello nombre de esa guerra, no os dejéis engañar. Con esa catapulta se arrojaron 147


todo tipo de cosas, menos rosas. De hecho, durante la guerra de las Dos Rosas el antepasado de William utilizó esa misma catapulta para conquistar ese mismo castillo. Y decidió quedarse tanto con una cosa como con la otra. Como una catapulta no cabe en cualquier sitio, lord Aimer la había colocado en el único lugar del castillo donde no estorbaba: en la azotea, junto a las almenas. No resulta muy útil tener una catapulta en lo alto de un castillo pero, como comprenderéis, en general una catapulta no es un objeto que destaque por su utilidad.

Contra lo que pudiera esperarse, uno de los primeros regalos que recibió el pequeño William no fue un arma, sino una mira telescópica. Su padre quería que se familiarizara con ella, que la sintiera como parte de su cuerpo: sería algo que le acompañaría toda la vida. A William le gustaba aquel tubo. Podía subir a las almenas, junto a la catapulta, y escrutar los terrenos que 148


rodeaban su mansión, los bosques y las ciénagas de Murk. Todo estaba más cerca si se miraba a través de aquel tubo. Desde allí podía ver el salto rápido de una liebre, seguir el vuelo de un halcón e incluso, alguna vez, descubrir el lomo curvo de un jabalí. Si le daba la vuelta al tubo telescópico y miraba por el otro lado, todo se veía más lejos, más pequeño. Esa opción también estaba bien. A William le gustaba la sensación de poder acercar o alejar las cosas a su antojo. El primo Benedict le regaló también otro tubo que tenía un aspecto similar a la mira, pero un uso muy diferente: un caleidoscopio. Era también un tubo interesante. En él la luz formaba sorprendentes figuras geométricas llenas de color. Pero a William le gustaba mucho más su mira telescópica. Y si al caleidoscopio se le daba la vuelta, no se veía nada de nada.

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Lord y lady Aimer no compartían mucho tiempo con su hijo. La madre pasaba largas temporadas en Londres, con sus primos. Y el padre también se ausentaba, pues iba allá donde le llevaran sus cacerías. En las pocas ocasiones que el lord se reunía con William, siempre insistía en el tema de los ojos: los ojos Aimer. Eran conversaciones cortas, en las que el lord decía frases cargadas de importancia y William solía responder con estornudos. —Tus ojos no son ojos normales —le decía—. Tienes ojos Aimer, que te proporcionarán una puntería excepcional. Verás detalles que otros no verán. —¡Achís!

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Lord Aimer se tomaba muy en serio esas explicaciones. —Tus ojos están conectados con tu corazón. ¡Corazón! ¡Aquí! —decía golpeándose el pecho. Después levantaba el dedo índice y afirmaba—: Y tu corazón está conectado con este dedo, el dedo que aprieta el gatillo. —¡Achís! —Ojos, corazón, gatillo. Eso te convertirá en un tirador excepcional. Algo de razón debía tener su padre, porque es cierto que William veía detalles que otros no veían. Por ejemplo, siempre se daba cuenta de que su padre tenía una patilla más larga que otra. Y también se percataba de que, cada vez que lord Aimer se daba en el pecho y decía «¡corazón!», se golpeaba el lado derecho en lugar del izquierdo. Pero William nunca dijo nada: quizá a su padre le gustaba llevar así las patillas, desiguales. Y tampoco tenía muy claro dónde tenía exactamente lord Aimer el corazón.

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2. El Royal Aquarium sta fotografía está hecha frente al Royal Aquarium de Londres. A los siete años de edad, el lord,

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lady Aimer y el primo Benedict acompañaron al pequeño William a conocer la capital del imperio británico. Se alojaron con unos familiares, los Westmister de Murk. Pasaron gran parte del año 1877 en Londres, para que el futuro lord Aimer pudiera conocer la joya del imperio y pasear sus estornudos por toda la cuidad.

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El Royal Aquarium impresionó notablemente a William. Era un edificio de grandes dimensiones, que tenía un gigantesco hall de techos acristalados. En el interior de ese hall había, entre otras muchas cosas, una serie de estanques con todo tipo de animales marinos. Paseando entre los estanques podía verse también fauna de tierra, especies exóticas y llenas de vida, no como las que se encontraban en las paredes de su mansión. Allí vio osos, jirafas, elefantes, tigres y cocodrilos. Había unas tortugas gigantes, traídas de las islas Galápagos, en cuyo enorme caparazón hubiese cabido el pequeño William sin problema.

Vio incluso una beluga, la llamada ballena blanca. Un maravilloso animal, mayor que cualquier hombre, que parecía surgido de algún bestiario fantástico. Su padre no se mostró muy impresionado. —Es una ballena pequeña —dijo—. Existe otra ballena, la ballena azul, que puede ser cinco veces más grande que esta. Ninguna de mis escopetas podría matar a una ballena azul, en cambio a una como esta sí. 156


William ignoró a su padre y, entusiasmado, pidió a su tío que le hiciese una foto con la beluga. Lord Aimer alzó su bastón para oponerse a la foto pero, antes de que pudiera decir nada, Benedict colgó en el bastón su chaqueta de cuadros, convirtiendo al lord en percha. Cuando se situó junto al estanque, William se dio cuenta de que la ballena blanca estaba enferma, enferma y encerrada en un lugar del que no esperaba salir. William se puso nervioso y, una vez más, salió en la foto estornudando.

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En el Royal Aquarium tenían lugar también espectáculos. El que más gustó a William fue el de Zazel, la bala de cañón humana. Una joven fue disparada por un cañón enorme, haciéndola volar por los aires. A William le impresionó el valor de la muchacha y también los bigotes del hombre que disparó el cañón. El Gran Farini tenía un mostacho que se dividía en dos bigotes largos y afilados, como algunas de las dagas que adornaban los pasillos del castillo de Murk.

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Su padre no prestó mucha atención al espectáculo, pero alabó enseguida el cañón. —Con un cañón así —afirmó—, sí que se podría cazar una ballena azul. Hubo un estruendo de pólvora y humo, y Zazel voló varios metros hasta aterrizar en una red. Todos aplaudieron, algunos sin muchas ganas como lord Aimer, pero la mayoría con fuerza y pasión. Bravo, gritaron muchos.

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Una mujer que estaba junto a William no aplaudió. Hizo un gesto de decepción y gritó:

—¡Hace falta vapor! Era una mujer de aspecto estrafalario, llevaba pañuelo y sombrero y, como si quisiera que no la reconocieran, ocultaba sus ojos tras unas gafas oscuras. Todo el atuendo no le sirvió de mucho, puesto que al finalizar el espectáculo, un grupo de policías rodeó a la mujer y se la llevó arrestada. Lord Aimer le preguntó al oficial al cargo qué había ocurrido, interesado en saber si su familia había estado junto a alguna criminal peligrosa. William vio cómo su 160


padre, que nunca se asombraba frente a nada, arqueaba las cejas ante la respuesta del oficial. —Inaudito —dijo el lord al volver—. Hemos compartido palco con una de esas mujeres Vapour.

Esta otra fotografía se hizo en las tierras de Murk. Es la primera cacería del zorro a la que asistió William. Como podéis ver, junto a los caballos, los cazadores y los perros, en una jaula, está también el zorro.

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No os vayáis a pensar que es una foto del final de la cacería. Los Aimer llevaban tanto tiempo cazando en sus propiedades que ya apenas había animales que atrapar. No quedaban zorros, ni de la perdida especie de Murk ni de ningún otro tipo. Así que tenían que traer a un zorro, soltarlo y luego cazarlo. Si nos fijamos en la cara que William tiene en la foto, en la manera en la que mira al zorro, veremos que no sentía ninguna ilusión por cazar a ese animal, que encima estaba ya enjaulado. No hace falta tener ojos de Aimer para darse cuenta de que William no deseaba ser un cazador. En todos los años que pasó en Murk, William no cazó ni un zorro, ni ningún otro animal. Solía alejarse del grupo de cazadores y perderse en el bosque. Mientras el resto acorralaba a un zorro con los perros o buscaba un jabalí al que disparar, él usaba su mira telescópica como si fuera un catalejo y la utilizaba para observar la naturaleza o el cielo. Y si, subido en algún monte, divisaba a través de la mira al grupo de cazadores, le daba la vuelta al tubo, para alejarlos lo más posible de él. A veces se encontraba con el primo Benedict, a quien le gustaba dormir siestas bajo la sombra de algún árbol, junto a los senderos. Normalmente primero descubría su chaqueta de cuadros, colgada en alguna rama. Como una señal, o como una bandera, la chaqueta indicaba que cerca de allí estaría Benedict durmiendo, con el trípode de la cámara cerca de él.

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Un día, William confesó a su primo cómo le gustaba alejarse de la caza, dándole la vuelta a la mira telescópica. Benedict asintió y le dijo: —¿Te has fijado en que antes de hacer una foto a tu padre yo siempre sonrío? —Sí. —¿Sabes por qué es? —¿Porque te hace gracia su cara? —Qué va... ¿A quién le puede hacer gracia una cara así? Benedict le mostró el visor que tenía su cámara. William miró a través de él y el paisaje se dio la vuelta al momento. —Yo os veo siempre al revés. Tú usas tu tubo para ver todo más lejos. Yo uso esta mirilla para verlo todo al revés.

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En uno de aquellos encuentros con su primo, William tuvo una ocurrencia. —Benedict, podríamos ponerle la mira telescópica a tu cámara. Sería una cámara telescópica. El fotógrafo se rio. —De acuerdo, ¿por qué no? Pero pongámosle el caleidoscopio también. Así será una cámara telescópica y caleidoscópica. Eso hicieron, y lograron una foto como esta.

—Primo, ¿me dejas probar a mí? —solicitó William. —Claro —respondió Benedict. El fotógrafo preparó la cámara para una nueva fotografía y se apartó del trípode. William también hizo su foto, pero la imagen resultó muy diferente. El muchacho aplicó su ojo a la mirilla. De repente, se incorporó y miró el paisaje directamente. Volvió a inclinarse sobre la mirilla y volvió a levantarse. Y se quedó muy serio. —¿Qué ocurre, William? 164


—Pues que miro a través del visor y no lo veo al revés, ni nada raro. Lo veo normal. Además, veo a un zorro. Pero allí no hay ningún zorro. —¡Rápido, William! ¡Haz la foto! —¡Achís! Y William hizo su foto. Las dos fotos, hechas por la misma cámara y apuntando hacia el mismo lugar, resultaron totalmente distintas. Y, en efecto, en la de William salía un zorro. Un zorro que hacía tiempo que nadie veía. Un zorro de las ciénagas de Murk, con sus patas blancas y su cola blanca. Era imposible que ese zorro estuviera allí, pero William había conseguido hacerle una foto.

Benedict le enseñó las dos fotografías con una cara que mostraba al mismo tiempo asombro y preocupación. —William, esto es muy raro. —¿He fotografiado un fantasma? —Algo así. Será mejor que guardemos el secreto. 165


3. William, zoólogo illiam no solo guardó aquel secreto, sino que guardó su mira telescópica, guardó el caleidoscopio y se concentró en sus estudios. Pasaron los años, William dejó de ser un muchacho y, entre estornudo y estornudo, se hizo adulto. En Oxford estudió zoología, para disgusto de su padre, que hubiera preferido que hiciera otro tipo de carrera. En la universidad se apasionó por la variedad del mundo animal, pero también le impresionó conocer la capacidad destructora del hombre. La vaca marina de Steller fue descrita por primera vez en 1741 y veintisiete años después, en 1768, ya había sido exterminada. Y así otros muchos animales, como el alca gigante, uno de los pingüinos más grandes que han existido, el lobo guará, antaño el rey de las islas Malvinas, o el quagga, cuyos últimos ejemplares fueron cazados en Sudáfrica en 1870, justo el año en el que nació William. A pesar de ser un Aimer, las Fuerzas Armadas Británicas no consiguieron hacer un buen solda-

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do de él. Sus inoportunos estornudos le convertían en un auténtico peligro con un arma entre manos. Formó parte de diversas expediciones científicas, y no pudo evitar estar en algunos conflictos armados. Donde estornudó a todo tipo de oficiales.

William desarrolló una importante carrera como zoólogo, y aprovechó sus numerosos viajes por el mundo para estudiar y fotografiar a las más diversas especies. En 1915 y a pesar de tener ya 45 años, el ejército requirió de sus servicios para la Primera Guerra Mundial. William no podía imaginar para qué deseaban que fuera a la guerra. Él nunca pasó de ser un soldado raso. Como zoólogo era brillante, como soldado era una vergüenza familiar. Le obligaron a ir a Francia. Allí viajó por carreteras, hasta que las carreteras se convirtieron en caminos y los caminos en trincheras. En medio de una zona devastada por la guerra, se alzaba un pequeño bosque que había sobrevivido a la tala y a las bombas. 167


En realidad, aquel bosque escondía un hangar, un gran almacén donde estaba instalado un laboratorio. En ese laboratorio un grupo de científicos, militares británicos y franceses, trabajaban juntos en un proyecto secreto, el Proyecto V.

Como supo después William, aquel proyecto bien podía haberse llamado Proyecto C (de copia) o Proyecto P (de plagio), porque la V era de Vapour. Y el proyecto V no consistía en otra cosa que en intentar copiar las máquinas que durante años habían inventado la saga de las Vapour, y utilizarlas para la guerra. Durante una semana, William se familiarizó con los inventos y, en general, con la historia de las mujeres Vapour. En aquel hangar oculto tras los árboles, se encontraban copias de varios inventos excepcionales, algunos absurdos, algunos geniales y todos con un motor de vapor. 168


Había una versión del automóvil autobombo de Juturna, reforzado y preparado para lanzar octavillas y consignas para convencer al bando opuesto.

Había algo parecido al Diccionario de ruidos de Casandra. En este caso un Detector de Ruidos Sospechosos, que clasificaba los ruidos que podía hacer el enemigo.

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Había también una avioneta similar a la silla voladora de Victoria Vapour.

De hecho, en ese almacén, en la zona de los archivos, estaban muchos de los cuadernos y planos originales de Victoria. Probablemente robados de la forja de la inventora por el oficial británico y el abuelo de William muchos años atrás.

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Pero de un invento no tenían copia, ni nada que se le pareciese. No había allí ningún artefacto de inteligencia artificial, no había ningún Mismo Mecanismo. El científico jefe, a cargo del proyecto, le explicó a William que la guerra se encontraba en una situación de empate y que un gran avance científico podría inclinar la balanza para uno u otro bando. A continuación le mostró una serie de fotografías y papeles y le indicó cuál sería su trabajo. Muchas de las fotografías eran de Atenea, la lechuza autómata, con la que Iris había logrado impresionar a todos en la Exposición Universal de París de 1867. Al parecer deseaban contar con sus conocimientos como zoólogo para crear algún tipo de autómata. El científico jefe le acompañó hasta una zona del almacén, una pequeña cerca, donde tenían seis tortugas gigantes de las islas Galápagos. Eran seis ejemplares maravillosos, con unos caparazones enor­ mes como campanas de iglesia. Tenían unos cuellos largos, de piel arrugada, que acababan en una cabeza puntiaguda con dos ojos almendrados que miraban a los humanos con desconfianza. 171


—Trabajará usted con un mecánico y un relojero —explicó el científico jefe—. Deseamos que se inspiren en la lechuza Atenea y conviertan a estas tortugas en tortugas metálicas. Queremos tortugas acorazadas y explosivas. Que recorran las trincheras enemigas y exploten arrasándolo todo. —¡Achís! —Salud. ¿Lo ve posible? —Lo veo horrible. Estas tortugas pueden vivir 130 años o más. —Estamos en guerra, caballero. —Nosotros puede que sí, pero no creo que estas tortugas lo estén. —Eso me importa más bien poco. —¡Achís!

—¿Tiene usted alergia a las tortugas? —Creo que le tengo alergia a usted. 172


William se negó a colaborar en el proyecto V y, como castigo, le mandaron a las trincheras. Tenían la esperanza de que se asustara y quisiera volver al laboratorio. No cedió, pero sí que se asustó, mucho, y sus estornudos le llevaron a ser juzgado en un consejo de guerra. La Primera Guerra Mundial, en la que franceses y británicos se enfrentaron a alemanes, se libró en un laberinto de trincheras y era muy importante estar en silencio. Como sabéis, una trinchera es una zanja en el suelo. De esa forma el enemigo no puede verte. En una guerra de trincheras hay dos cosas que nunca debes hacer: no hay que levantarse (para que no te vean) y no hay que hacer ruido (para que no sepan en qué parte de la trinchera estás). William no se levantaba, pero, eso sí, no dejaba de estornudar. La guerra estaba estancada, no ganaba ni un bando ni otro, y el centro de Europa se estaba convirtiendo en un mar de trincheras. Los servicios de espionaje cobraron mucha importancia. Ambos bandos se investigaban y contrainvestigaban, se espiaban y contraespiaban. Y, en una de esas investigaciones, se descubrió que los alemanes habían copiado la avioneta de vapor del Proyecto V. A raíz de eso, se acusó a William de dar información al enemigo. Un espía, un francés apellidado Vidament, aseguró que los estornudos de William tenían un sentido. Afirmó que estornudaba en código morse, mandando mensajes a los alemanes. Cuando se demostró que los estornudos de William no tenían significado ninguno, el francés no se disculpó 173


sino que cambió el tipo de acusación. A Vidament le parecía muy sospechoso que un Aimer, descendiente de la familia de mejores tiradores del imperio británico, no hubiera disparado en toda la guerra un solo tiro. Le acusó de ser un peligroso pacifista. William no tenía ni idea de cómo se podía ser pacifista y peligroso al mismo tiempo. La cuestión es que un tribunal militar le condenó a no estornudar. Prohibición a la que William respondió con un sonoro estornudo.

A raíz de ese estornudo, William fue encerrado en un calabozo hasta el final de la guerra. 174


Tuvo que permanecer en una celda, hasta el 11 de noviembre de 1918. Ese día, el Centro Sur de Radiocomunicación emitió un mensaje que media Europa estaba esperando: la guerra había terminado. William leyó en la prensa que, curiosamente, el hombre que hizo posible que ese mensaje se trasmitiera fue el francés Vidament, quien había recuperado una importante pieza, una válvula del centro de trasmisión. Los periódicos de toda Europa alabaron el empeño del francés en recuperar algo que sirviera para comunicar y no para destruir. Vidament se convirtió en un símbolo de la paz y, poco tiempo después, la Asociación Europea de Pacifistas le concedió una medalla que el francés recibió emocionado, asegurando que siempre había deseado lucir una medalla como esa en su pecho.

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William volvió a Murk, donde se reencontró con el primo Benedict y con su madre, ya viuda, puesto que lord Aimer había fallecido. Eso implicaba que el nuevo lord Aimer era él.

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También se reencontró con su vieja mira telescópica, con la que de nuevo pudo subir a las almenas, junto a la catapulta. Allí volvió a pasar muchas horas mirando a través del tubo, buscando como antes el salto rápido de una liebre o siguiendo el vuelo de un halcón.

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Hasta que una tarde que se encontraba en las almenas con el primo Benedict, a través de su mira telescópica vio llegar otro vuelo, el vuelo de un muchacho, quien descendiendo desde lo alto, fue describiendo una curva que le llevaba sin remedio a estrellarse contra el castillo. William observó cómo, en un momento dado, el traje de aquel muchacho volador se hinchó como un paracaídas, ralentizando la caída hasta que rodó por las almenas. —¡Bravo! ¡Eso ha sido asombroso! —aplaudió Benedict. El muchacho se incorporó algo dolorido y miró a su alrededor. —Sí, puede ser —contestó—. Aunque no sé si lo suficiente. —¿Lo suficiente para qué? —preguntó William. —Lo suficientemente asombroso para asombrar a la chica más asombrosa del mundo. Aquel muchacho, que dijo llamarse Benvenuto, les explicó que necesitaba impresionar a Zazia, la joven más valiente del planeta, aquella que superaba a cualquier hombre bala. —¿Tú también eres un hombre bala? —se interesó William. —No, yo soy dibujante de decorados y carteles. Pero soy muy tímido y no sabía cómo impresionarla. Los Farini siempre hemos sabido hacer cosas impresionantes. Mi abuelo fue el primer hombre blanco que atravesó el desierto del Kalahari andando. Así que decidí hacer algo, algo importante, algo definitivo. 178


—¿Qué hiciste? —preguntó Benedict. —Puse diez veces más carga de pólvora en su cañón y me disparé. Y este traje llevaba seis propulsores de vapor. Los suficientes para volar cinco kilómetros. Pero algo falló en mis cálculos. Llevo volando una semana. —¿Una semana? —se asombró William. —Sí. Bueno, quería hacer algo que fuera definitivo: volar a más distancia que ella. Eso es algo definitivo, ¿no? —Sí —asintió Benedict—. Definitivamente tonto. —Definitivamente estúpido —añadió también William. —¿Por qué dicen ustedes eso? —Benvenuto les miró mitad ofendido, mitad sorprendido. Benedict abrió los brazos, como si la explicación se encontrara entre ellos. —Así que tú eres dibujante —dijo el fotógrafo—, pero decidiste que para atraer su atención tenías que superarla en lo que ella sabe hacer mejor. 179


El muchacho bajó la cabeza. —No lo pensé de esa forma. Bueno, ni de esa forma ni de ninguna. La verdad es que no lo pensé mucho. —Si ella quisiera impresionarte a ti... —intervino William—, ¿te parecería lógico que intentara dibujar mejor que tú? —Hombre, dicho así, no. Lord William Aimer le sirvió una taza de té al muchacho, con intención de que recuperara un poco el ánimo. —¿Y cómo has conseguido mantenerte tú solo en el cielo, volando una semana? —le preguntó. —Por los propulsores de vapor y las corrientes de aire. Y la verdad es que he tenido algo de ayuda. El cielo no es un lugar tan solitario como pensaba —contestó Benvenuto—. He recibido algún empujón. Sobre todo gracias a la señorita Vapour. A William casi se le cae la tetera al oír aquello. Después, las preguntas se acumularon en su boca. —¿Has conocido a una de las inventoras Vapour? —Sí, a una. Bueno, no sabía que hubiera más. Me ayudó a seguir volando. —¿Y dónde la conociste? —Vive en una torre, en esa dirección, a dos días de distancia. —¿A dos días de distancia solo? ¿Vive aquí, en Inglaterra? —Dos días de distancia de los míos. Volando, me refiero. Vive en Francia. William Aimer hizo una pausa, pensativo. Pausa que aprovechó Benedict para darle un consejo al joven Farini. 180


—Muchacho, yo creo que deberías volver. Esa Zazia estará preocupada. —En realidad no se llama Zazia —dijo Benvenuto—. Se llama Rosa, como su abuela. —Pues Rosa estará preocupada —insistió Benedict. William salió de su ensimismamiento y volvió a participar en la conversación. —Un momento. ¿Tu Zazia que se llama Rosa es la nieta de Rosa Richter, Zazel, la bala humana? —Sí, esa es Rosa. William se giró hacia su primo, con una sonrisa en la cara. —Nosotros la vimos, Benedict. ¿Te acuerdas? La dispararon en el Royal Aquarium. Un tipo con unos bigotes afilados como cuchillos.

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—Sí, ese fue mi abuelo —confirmó Benvenuto—. El Gran Farini. —¡Qué estupenda coincidencia! —se entusiasmó Benedict. —No —dijo Benvenuto moviendo la cabeza con energía—, ¡es una coincidencia terrible! Mi abuelo y su abuela no acabaron muy bien. De hecho, acabaron bastante mal. Rosa Richter odia a los Farini. Mi abuelo se preocupaba más por el espectáculo que por la seguridad de Zazel, que casi murió por su culpa. Ahora mismo su abuela estará diciéndole lo malos que somos los Farini. Pero yo no soy igual que mi abuelo. —Para empezar no tienes los mismos bigotes —señaló Benedict. —Eso a la abuela de Rosa le da igual. Y encima ahora soy un patán que intenta superar a su nieta. —Razón de más para que vuelvas —opinó William—. Debes volver a buscar a la Rosa nieta y a la Rosa abuela. —¡Podemos ayudarte! —exclamó de repente Benedict—. Podemos llenar de vapor tus propulsores. ¡Y lanzarte con la catapulta! El muchacho contempló el armatoste de madera que había en las almenas. —¿Esta catapulta aún funciona? Parece muy vieja. Lord William Aimer respiró profundamente y después dijo: —Funcionará. Funcionó muy bien en la guerra de las Dos Rosas. —Pues entonces, perfecto —se animó Benvenuto—. Porque esa es mi guerra ahora, la guerra de las dos Rosas. 182


Lord William Aimer, Benedict Westmister y Benvenuto Farini solo se reunieron una vez. Fue aquella tarde, en las almenas del castillo. Pero quedĂł constancia de esa reuniĂłn en esta fotografĂ­a que el primo Benedict hizo con su disparador, instantes antes de que el nieto del Gran Farini fuera catapultado por los aires. 183


Ya habéis leído cómo Zazel, la primera mujer bala, triunfó con su espectáculo en 1877. En las siguientes páginas conoceréis a su nieta, Zazia. Si Zazel hubiera viajado al imperio ruso y visitado las estepas, quizás se habría encontrado con los últimos ejemplares del tarpán, un caballo salvaje, pequeño y gris, cuyo lomo solo alcanzaba los 130 cm de alto. Su nieta Zazia, en cambio, no podría haber visto ninguno, puesto que el último de ellos fue cazado a finales del siglo xix. Así que ningún tarpán asomará su lomo gris por aquí.


GalerĂ­a ilustrada Genios e ingenios de los aĂąos del vapor presenta:

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Zazia, nieta de Zazel


1. Rosa, nieta de Rosa

oca gente sabe que el primer hombre bala de la historia no fue un hombre, sino una mujer. En 1877, una jovencita de apenas catorce años, Zazel, fue la primera persona disparada por un cañón. Fue conocida como el Increíble Proyectil Humano, la Fantástica Mujer Bala e incluso la Bella Bala de Cañón.

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El inventor del cañón fue el Gran Farini. Famoso funambulista, trapecista y bigotista. Farini fue también el primer hombre blanco que atravesó el desierto del Kalahari andando. Afirmó haber visitado la mítica Ciudad Perdida del Kalahari. Nadie después de Farini logró encontrar esa ciudad y, conociendo la fama de exagerado del artista, muchos pensaron que aquella ciudad mítica no existía. En cualquier caso, Farini afirmó que la característica principal de una ciudad perdida es que no puede ser encontrada.

Zazel, cuyo auténtico nombre era Rosa Richter, hizo giras por todo el planeta, logrando dos cosas: fama mundial y un gran dolor de espalda. El Gran Farini estaba interesado en el espectáculo, no en la seguridad de Zazel. Nunca tomaba las medidas necesarias para cuidar de la salud de su estrella. Cuando Zazel se retiró, fue sustituida por un hombre. Al que siguieron otros muchos. Por eso cuando hablamos de una atracción circense en la que una persona es disparada por un cañón, se le llama hombre bala. Porque pronto se olvidó que la primera persona que protagonizó un espectáculo así fue una mujer. 188


Hubo, sin embargo, una persona que no lo olvidó: Rosa, la nieta de Zazel. Ya desde pequeña, Rosa se sintió atraída por el mundo del espectáculo. Las paredes de su casa se encontraban cubiertas por los carteles de las actuaciones de su abuela. Eran dibujos llenos de fantasía, en los que aparecía su abuela disparada desde palcos de teatros, en grandes carpas de circo, incluso sobrevolando ejércitos enteros, con su nombre escrito en el humo de la pólvora del cañón.

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Esos primeros carteles causaron una gran impresión en Rosa. No podía pasar frente al anuncio de un circo sin pararse a mirar el cartel. Y si la imagen no era lo suficientemente imaginativa o llamativa, a Rosa dejaba de interesarle el espectáculo. Para ella la magia de una función comenzaba en el cartel, en sus letras, sus colores y en la originalidad de sus dibujos. Rosa creció escuchando las historias que le contaba su abuela. Para cuando cumplió catorce años, ya había tomado la firme decisión de continuar la carrera que tuvo Zazel. Debía elegir un circo al que sumarse. Los carteles que más le gustaban eran los del Circo Extraordinario de Mister Wong, cuyos espectaculares dibujos iban firmados por dos iniciales: B. F. No lo dudó. Si tenía que ser plasmada en un cartel, sería en uno de esos estupendos carteles del circo de mister Wong. Mister Wong, a pesar de su nombre, no era chino sino londinense. Pero su función principal consistía en una sesión de hipnotismo, y en aquella época resultaba mucho más impactante hipnotizar en chino que en inglés. A Rosa eso no le sorprendió puesto que su abuela, Rosa Richter, no se llamaba Zazel y ni siguiera el Gran Farini se llamaba así, sino W. L. Hunt. Tener un nombre artístico era normal en el circo. Ella también eligió el suyo: Zazia, nieta de Zazel.

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2. El Circo Extraordinario de Mister Wong

a abuela de Rosa hizo todo lo posible para que no se uniera a un circo. No quería que su nieta viviera una vida llena de peligro. Pero la muchacha, convertida ya en Zazia, no estaba dispuesta a echarse atrás. Además, tras años escuchando las historias de su abuela, sabía cómo ofrecer un nuevo y atractivo espectáculo.


Su abuela le había contado que Farini, para realzar el vuelo, colocó en el traje de Zazel dos pequeñas bombonas llenas de vapor. Al mismo tiempo que Zazel volaba, las bombonas soltaban unas espectaculares estelas blancas. La abuela le explicó que esas bombonas no solo servían como adorno, sino que también le daban más fuerza al salto. Rosa tenía pensado incluir cuatro de esas bombonas en su traje. Volaría más lejos que ningún hombre bala y recuperaría el trono que una vez ocupó su abuela. Así lo hizo. Y su espectáculo fue un éxito. Y el cartel que el tal B. F. dibujó, resultó maravilloso.

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Cuando Rosa conoció al dibujante, Benvenuto, se sorprendió al ver que era un muchacho muy joven, un año menor que ella. Pese a tener solo trece años, se ocupaba tanto de los carteles como de los decorados y de cualquier pincelada que se requiriese en el circo. Intentó explicarle lo mucho que le gustaba su trabajo. Pero el muchacho no le respondió ni una sola palabra. Solo asintió y siguió dibujando. Rosa pensó que el tal Benvenuto sería extranjero y no hablaba bien su idioma.

Como hemos dicho, el espectáculo de Zazia, nieta de Zazel, la Fantástica Mujer Bala, fue un éxito rotundo. El circo hizo una gira por toda Gran Bretaña y después la troupe de mister Wong se trasladó a Francia. La fama de Zazia se extendió por el continente y con la fama se multiplicaron los carteles. Cada dibujo de Benvenuto era mejor que el anterior. Rosa se dio cuenta de que el muchacho no se perdía ni una sola de sus actuaciones. 193


Al parecer Benvenuto hablaba inglés a la perfección, pero era un chico tímido. No solo tímido, extremadamente tímido. Y no solo extremadamente tímido, silenciosamente tímido. No había manera de arrancarle una palabra. Después de su primer encuentro, la Fantástica Mujer Bala intentó hablar con él otras tres veces más (y en todas fracasó). La segunda vez, encontró al dibujante dando un paseo, y Benvenuto se convirtió en el Inútil Chico Mudo. Rosa, aburrida de caminar en círculos, se marchó.


La tercera vez, Rosa decidió ser más directa y hablar al muchacho mientras le sujetaba por un brazo para que no caminase. Benvenuto se transformó en el Imposible Tomate Humano, y Rosa, alarmada, llamó al médico del circo.

En la cuarta ocasión, la mujer bala fue a buscar a Benvenuto. Alguien debió avisar al dibujante, porque este se transformó en el Invisible Chico Tímido, y Rosa ni siquiera consiguió encontrarlo.


En esa cuarta ocasión, Rosa entró en la caravana de Benvenuto y pudo observar con detenimiento su lugar de trabajo. Sus pinceles, sus botes de pintura, las pastillas de acuarela y sus dibujos. Había muchos bocetos de ella, que retrataban diversos momentos de sus actuaciones.

En la mesa de Benvenuto encontró un gran estuche de madera en el que estaba grabado su nombre. Su nombre completo, no sus iniciales: Benvenuto Farini. Benvenuto era el nieto del Gran Farini. Esto no le hizo ninguna gracia a Rosa, pero quien se lo tomó peor 196


fue su abuela. Cuando la abuela lo supo, montó en cólera. No quería que su nieta estuviera cerca de ningún Farini (y no soportaba que compartiera circo con él).

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3. El magistral plan de Benvenuto Farini

osa no contaba con que Benvenuto fuera un Farini, pero aún menos contaba con que el dibujante intentaría impresionarla disparándose con el cañón. Benvenuto era un magnífico dibujante, pero planeando sorpresas resultó un auténtico desastre. Se equivocó en todo. Se equivocó al querer impresionarla convirtiéndose en hombre bala. Se equivocó al querer superarla, colocándose diez bombonas de vapor, para llegar más lejos que ella. Pero, de todas las equivocaciones que cometió, la peor fue querer aumentar la potencia del cañón.


Benvenuto había visto que, en la actuación de Zazia, mister Wong vertía un barril de pólvora en el cañón. El dibujante, que quería llegar diez veces más lejos que Zazia, cogió diez barriles de pólvora de las Gemelas Pirotécnicas (la mitad de lo que había), y los volcó en el cañón. Robó el traje paracaídas a Rufus, el Planeador, y embutido en ese traje, con un lápiz, un sobre y un sello en el bolsillo, se metió por la boca del cañón. El plan magistral de Benvenuto consistía en tres notas y nueve palabras. Había deslizado una primera nota bajo la puerta de Rosa con solo tres palabras: Junto al cañón. Allí, en el cañón, Rosa encontraría una segunda nota, en la que sencillamente pondría: Enciende la mecha. Ya van seis palabras. Benvenuto estaba convencido de que volaría hasta el pueblo de al lado. Allí se acercaría a la oficina de correos y enviaría a Rosa una carta con las tres últimas palabras: Ojalá voláramos juntos. 199


Al parecer, en la cabeza de Benvenuto, el plan resultaba perfecto. Pero en la realidad no fue así. Porque el dibujante no sabía que la pólvora que se usa en los espectáculos de personas bala es FALSA. Siempre lo ha sido, desde el primer cañón usado por Zazel y accionado por su abuelo el Gran Farini. Lo que impulsa a la mujer bala no es la pólvora sino un potente muelle. Así que el plan de las nueve palabras funcionó solo hasta la segunda nota, la sexta palabra. Después, un estruendo enorme, y la pólvora de los diez barriles y el empuje de las diez bombonas de vapor impulsaron al dibujante tan lejos que se perdió de vista en el horizonte.

Todos se enfadaron con Rosa. Su abuela le prohibió volver a tener relación con cualquier descendiente de Farini. Mister Wong se enfadó porque había perdido al mejor dibujante que había tenido en años. Las Gemelas Pirotécnicas deseaban saber quién iba a reponerles la pólvora robada. Y Rufus, el Planeador, estaba indignado, porque tuvo que fabricarse otro traje paracaídas para poder hacer su espectáculo. 200


Para colmo, tres días después, W. L. Hunt, el Gran Farini, se presentó en el circo con la gendarmería francesa y un abogado, un hombre vestido de azul, con una corbata a rayas amarillas y negras, que lucía barba pero no bigote: el señor Pinkerton. El señor Pinkerton no había cruzado ningún desierto, pero era famoso por haber arruinado a más de un circo. Era, al mismo tiempo, un concienzudo detective y un abogado especializado en patentes y leyes del espectáculo. Farini dejó claro que él tenía la patente de ese tipo de cañón y que no podía usarse sin su permiso. Pero no solo eso. Acusó a Rosa de hacer desaparecer a su nieto, a la abuela de Rosa de haber sido la instigadora, a mister Wong de encubrir la desaparición y a las Gemelas Pirotécnicas de cómplices. E incluso acusó al paracaidista Rufus de haberlo planeado todo (acusación ante la que es muy difícil defenderse cuando todos te llaman el Planeador).

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Los gendarmes tomaron declaración a todo el mundo y les ordenaron que no abandonaran la ciudad. Hubiera sido un mal día, el peor día en la vida de Rosa. De no haber sido por LA CARTA. A última hora de la tarde, el cartero le llevó un sobre. Tenía mucho interés en entregárselo en mano porque, según dijo, ese sobre no había sido echado en ningún buzón ni enviado a través de una oficina de correos.

Al parecer había sido arrojado desde el cielo sobre otro cartero, a cien kilómetros de allí. Era un sobre con un sello. Con una nota. Con tres palabras: Ojalá voláramos juntos. Y en la parte posterior de la hoja, un dibujo. Un paisaje visto desde lo alto. 202


Aquella noche un estruendo volvió a sacudir los carromatos del circo. Habían desaparecido diez bombonas de vapor, el nuevo traje paracaídas de Rufus y el resto de la pólvora de las Gemelas Pirotécnicas. Zazia, nieta de Zazel, volaba en busca de Benvenuto Farini. 203


4. El vuelo de Zazia

ué encontró Zazia en el cielo? Encontró algunas cosas que esperaba. Como nubes blancas. Y bandadas de pájaros que viajaban hacia el sur.


Pero tambiĂŠn encontrĂł otras cosas que no esperaba. SobrevolĂł un numeroso grupo de cometas con forma de peces. Un banco de peces voladores que nadaban en las olas de viento de otro tipo de mar azul.


Presenció un elegante concierto aéreo, sobre globos aerostáticos. El público escuchaba con atención desde las cestas de sus globos, mientras una orquesta interpretaba una alegre pieza musical. El globo que portaba a la orquesta se balanceaba al son de la música, no por una cuestión de ritmo sino porque el director había tenido la feliz idea de que todos los instrumentos fueran de viento.


Se encontró con dos avionetas de vapor, una francesa y otra alemana, que no habían dejado de luchar pese a haber terminado ya la guerra.

Los pilotos interrumpieron su persecución mutua y saludaron a Rosa amablemente. —Va usted en la dirección adecuada, Fräulein —dijo el piloto alemán. —El joven al que busca voló en esa dirección, mademoiselle —confirmó el francés. —Gracias —contestó la mujer bala—. ¿Saben ustedes que la guerra ya se acabó? —De eso nada —negó el alemán—. No hasta que este caballero se rinda. —Es decir, no hasta que se rinda él —añadió el francés. 207


El encuentro con los pilotos le sirvió al menos a Rosa para tener esperanzas. Esperanzas que se confirmaron cuando chocó contra una extraña torre. ¿La reconocéis?


Minerva Vapour informó a Rosa de que Benvenuto había chocado como ella con su torre. La niña genio había hecho algo más que ayudar al dibujante. Había mejorado las bombonas de vapor, dotándolas de más potencia, y después había utilizado el Soplador de Vientos para poner a Benvenuto otra vez en vuelo.

Minerva hizo lo mismo con Rosa. Mejoró sus bombonas y la propulsó en la misma dirección. 209


Lo mejor que os puede pasar si surcรกis los cielos buscando a alguien, es saber que vais en la buena direcciรณn. Eso es lo mejor.


Lo peor es cruzarse con la persona que buscรกis, y no poder hacer nada para cambiar el rumbo. Por desgracia eso a veces pasa, y no solo cuando se surcan los cielos.


Esta fotografĂ­a pertenece al archivo personal de William Aimer.

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Lord William Aimer, Benedict Westmister y Rosa, también conocida como Zazia, solo se reunieron una vez. Fue aquella tarde, en las almenas del castillo. Pero quedó constancia de esa reunión en esta fotografía que el primo Benedict hizo con su disparador, instantes antes de que la nieta de Zazel fuera catapultada por los aires.

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Quagga

Caracara de la isla de Guadalupe

Vaca marina de Steller

Dodo

Cebro

Lobo guarรก de las Malvinas

Aepyornis

Alca gigante

Tarpรกn de las estepas


GalerĂ­a ilustrada Genios e ingenios de los aĂąos del vapor presenta:

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Los descazadores de especies perdidas


1. Dos caballeros ingleses

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lguien sabe la solución? —preguntó la maestra señalando un ejercicio de matemáticas escrito en la pizarra. Una mano de niña se alzó al instante en uno de los pupitres. La maestra ignoró esa mano y volvió a preguntar: —¿Nadie sabe la solución? El brazo de la niña se agitó de lado a lado, como si en lugar de estar en un pupitre, hubiera naufragado en una isla y quisiera llamar la atención de un barco. —Minerva lo sabe —dijeron varios de los niños, señalando a la inventora Vapour. —Sí, Minerva lo sabe... —suspiró la maestra—. De acuerdo, Minerva sal a la... Da igual. Efectivamente, daba igual que la maestra terminara la frase. Minerva ya había corrido a la pizarra. Solucionó el ejercicio propuesto y, una vez terminado, escribió un nuevo y complicado reto matemático que resolver. Después, desarrolló el ejercicio, llenando de extraños símbolos la pizarra. Pese a no entender nada, sus compañeros miraban con atención. —¡Un gorila! —gritaron los niños. 217


—¡Afirmativo! Minerva sabía que los niños esperaban siempre el dibujo final. Era para ellos el mejor momento de la clase de matemáticas. A la maestra no parecía hacerle tanta ilusión. Quizá por eso la maestra sonrió cuando el director del colegio abrió la puerta del aula y dijo: —Señorita Vapour, unos caballeros han venido a verte. Al parecer vienen de Inglaterra. Minerva meneó la cabeza, dubitativa. —Pero, no sé si puedo ir. Estoy en medio de... —Puedes, puedes. —Esta vez fue la maestra la que no dejó a Minerva terminar la frase. 218


Como el director había dicho, dos hombres la esperaban en la entrada principal del colegio. Tenían con ellos un maletín y una gruesa maleta de cuero marrón. No eran ningunos jovencitos. Uno, delgado y de frente despejada, debía superar los cincuenta años. El otro, más alto y calvo, era ya un anciano. A Minerva le divirtió la chaqueta de cuadros que llevaba el mayor de los dos. —Lord Aimer de Murk y Benedict Westmister —dijo el director. —¿Quién es quién? —preguntó Minerva. —Yo soy lord Aimer —respondió en inglés el más joven de los dos. —Entonces Benedict Westmister debe de ser el anciano de la chaqueta ridícula —dijo Minerva señalando al hombre más viejo y más alto. El director de la escuela optó por alejarse lo más rápidamente de allí.

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—Minerva Vapour, es un placer conocerte —dijo lord Aimer—. ¿Hablas mi idioma? —Hablo quince idiomas —respondió Minerva en inglés—. Hablo y escribo en quince lenguas vivas. Porque también hablo algunas lenguas muertas, como el latín, el etrusco y el acadio. Y murmuro en ruso. —¿En ruso solo murmuras? —se sorprendió Benedict. —Afirmativo. Lord William Aimer contempló a la pequeña Minerva. Le parecía increíble encontrarse por fin ante una Vapour, cuarenta y cinco años después de haber compartido palco con su bisabuela Iris, ochenta y dos años después de que su abuelo John intentara disparar al artefacto volador de Victoria Vapour. —Vayamos a un lugar tranquilo —solicitó lord Aimer. Y dio dos suaves golpecitos en la maleta de cuero—. Tenemos algo que mostrarte.

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2. Una película telescópica y caleidoscópica

inerva acompañó a los dos caballeros ingleses a su laboratorio, en lo alto de la torre. Aunque la torre se elevaba a más altura que las almenas del castillo de Murk, fue para ellos más sencillo subir a su última planta, puesto que Minerva había instalado un ascensor, cosa que el castillo no tenía. —Un lugar muy interesante —elogió William, paseando sus ojos por el laboratorio de Minerva—. Y muy original el haberlo ubicado en una torre. —Fue idea de una antepasada mía —dijo Minerva mientras se deshacía de su pesada mochila. La niña señaló una fotografía que había en la pared—: Iris Vapour. Al mirar el retrato de Iris, un recuerdo de infancia volvió con claridad a la mente de lord William Aimer: el palco en el Royal Aquarium y la extraña mujer siendo arrestada por la policía. El primo Benedict se quitó la chaqueta y la colgó sobre un trasto metálico. Para su sorpresa, el trasto arrojó la chaqueta al suelo. Benedict vio asombrado cómo un

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brazo de grandes dimensiones se le acercaba, le golpeaba en el pecho con el índice y a continuación negaba con aire ofendido. William miró el brazo con curiosidad. —¿Es tu ayudante? —preguntó a Minerva. —Eso es. —¿El trasto piensa? —se sorprendió Benedict. —Afirmativo. Piensa. Y no le gusta que le llamen trasto. Lord William Aimer y el primo Benedict le mostraron a Minerva dos viejas fotos. La foto telescópica y caleidoscópica que hizo Benedict, y la foto en apariencia normal que hizo William. —Ese es un zorro de Murk. Es una especie extinta —explicó William—. El último ejemplar se cazó a finales del siglo xviii. —Negativo. Si se extinguió en el siglo xviii, no debería salir en esa foto. —Exacto. —Me gustan sus patas blancas —dijo Minerva. —Sí, a mí también. Mientras William y Minerva hablaban, Benedict había abierto la maleta de cuero y sacado de ella las diversas piezas de un proyector de cine. El fotógrafo recibió agradecido la ayuda del brazo mecánico, que montó el proyector y una pantalla en un santiamén. —Minerva —dijo William—, hace un mes conseguimos esta cámara de cine. Es una vieja cámara Lumière, que puede filmar y también proyectar. Tiene un visor en el que se ve todo al revés. Le añadimos al objetivo la mira telescópica y el caleidoscopio. Y rodamos esta película. 222


El brazo corrió todas las cortinas y la sala quedó a oscuras. Benedict proyectó la película. En la pantalla apareció al momento el paisaje de Murk. Y en el paisaje, un zorro de patas y cola blanca.

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—¡Consiguió usted ver al zorro en movimiento! —Sí, lo vi, eso es importante. Pero lo más importante —precisó lord Aimer—, lo más importante es que, de alguna forma, el zorro me vio a mí. En la pantalla el zorro se giró hacia la cámara, sus orejas se tensaron, avanzó una pata en dirección al espectador y, después, dio un respingo, gruñó y salió huyendo. —Eso es todo —dijo Benedict. La película terminó y la pantalla se llenó de un intenso color blanco. El brazo mecánico abrió de nuevo las cortinas y la luz del sol iluminó el interior de la torre. —La combinación de mis ojos, el visor, el objetivo, el caleidoscopio y la mira telescópica hacen algún tipo de magia, o algún tipo de ciencia —dijo William—. Pero necesito tu ayuda, Minerva. El talento de una Vapour. Lord Aimer se acercó a la pantalla y tocó la tela blanca con la palma de la mano. —Creo que puedo acercarme aún más a ese zorro, atravesar esta pantalla y llegar hasta él. —¿Para qué? —preguntó Minerva—. ¿Quiere usted cazarlo? Benedict sonrió. Aquella niña era un genio, pero no conocía bien a William. —Justo lo contrario —respondió lord Aimer—. Lo que quiero es descazarlo.

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3. Minerva en Murk

inerva y su brazo (y un montón de papeles, libros y herramientas) viajaron a tierras de Murk. Al principio Minerva se resistió a abandonar su torre. Pero, por un lado, la maestra insistió en que tenía permiso para no ir a clase, y por otro, parecía evidente que para descazar ese zorro había que desplazarse a su lugar de origen. —Minerva, aquí no tendrás un laboratorio como el de tu torre —dijo William antes de entrar al castillo—, pero te hemos preparado una sorpresa que creo que te gustará. La niña Vapour solo tuvo que poner un pie en el castillo para gritar: —¡Afirmativo! El salón principal estaba irreconocible. Lord Aimer y Benedict habían retirado todas las cabezas de animales y, en su lugar, habían colocado pizarras para que Minerva pudiera escribir. Pero la sorpresa de la que hablaba el lord no tenía que ver con las pizarras. Allí, atestando el salón y el hall de entrada al castillo, estaban todos los objetos del proyecto V: la versión del automóvil autobombo de Juturna, el Detector de Ruidos Sospechosos basado en el Diccionario de ruidos de 225


Casandra y la avioneta hecha a partir de la silla voladora de Victoria. Pero lo que más ilusión hizo a Minerva fue poder recuperar los cuadernos y planos originales de Victoria Vapour. Un lord Aimer de Murk pudo por fin devolver a una Vapour lo que otro lord Aimer había ayudado a robar años atrás. —¡Los cuadernos de mi tatarabuela! ¡Sus notas! —exclamaba ilusionada Minerva, pareciendo por un


momento más niña que genio—. ¡Y allí, un autobombo! ¡Y otro diccionario! ¡Y vaya pedazo de tortuga! Lord Aimer había comprado todo el contenido del hangar del Proyecto V. Incluidas las seis maltratadas tortugas gigantes, que de momento daban pasos lentos y cansados por pasillos y jardines de Murk, aunque la intención de William era devolverlas a las islas Galápagos cuando se encontraran mejor.


Minerva dedicó la semana siguiente a la construcción de un nuevo aparato. William y Benedict estaban sorprendidos por la capacidad de la niña, que hora tras hora trabajaba sin descanso. Pero más asombrados aún estaban por el sistema de trabajo de Minerva: la Vapour correteaba por el castillo como una ardilla, trepando a las máquinas, sumergiéndose entre papeles y montones de piezas, apareciendo un segundo junto a la pizarra, y al instante siguiente apretando una tuerca de una maquinaria de vapor. —¡Afirmativo! —gritaba si algo la satisfacía. —¡Negativo! —exclamaba cuando no. A veces, en muy pocas ocasiones, Minerva se detenía unos instantes a reflexionar. En esos momentos, William y Benedict tenían la impresión de que en el interior de esa cabeza las ideas iban y venían, chocando unas contra otras. Casi se la podía oír pensar, como se escucha el sonido del agua al hervir.


Pero esas ocasiones de reflexión eran muy pocas. La niña apenas paraba para comer y dormir, y ambas cosas las hacía en el salón del castillo, entre piezas metálicas y papeles. Y después de comer y dormir, volvía al momento a su frenética actividad. El brazo mecánico la seguía con atención todo el tiempo, atrapándola en el aire cuando la niña se caía de lo alto de una escalera o levantándola para que Minerva pudiera escribir en las pizarras más altas. —¡Prueba! —gritaba antes de poner algo en funcionamiento. —¡Error! —exclamaba si ese algo explotaba y salía volando por los aires.


4. Una carta preocupante

urante esos días en los que Minerva estuvo entregada a su investigación, William recibió una carta, una carta preocupante.

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Estimado lord Aimer: En primer lugar Rosa y yo queremos darle las gracias, puesto que gracias a usted y a su catapulta pudimos reunirnos de nuevo en el circo de mister Wong. Pero esta no es una carta alegre. Tengo el deber de advertirle: no sé cómo, mi abuelo W. L. Hunt, el Gran Farini, se ha enterado de que han logrado ustedes capturar en una película a algún tipo de animal fantasma. Está muy interesado en el asunto, lo que no es buena noticia. Mi abuelo es experto en hacerse con los espectáculos de otros y normalmente lo consigue. Los roba, los copia y los patenta, y al final se los queda. Me ha interrogado para saber dónde se encuentra el castillo de Murk. De momento le he dado largas, pues le he dicho que yo no sabría llegar por tierra, solo volando. No hay más forma de ayudarle a usted que ponerle sobreaviso. Si se nos ocurre algo, se lo haremos saber. Esta es una carta secreta. Mi abuelo me ha prohibido advertirle. Ahora es el dueño del circo de mister Wong. Él detuvo la denuncia contra Rosa y contra mí, por robar, y por usar objetos patentados por él sin su permiso. Si se entera de que le he ayudado, reabrirá la denuncia y Rosa y yo podemos acabar arruinados o en la cárcel. Nosotros tendremos cuidado, téngalo usted también. Saludos a Benedict, Benvenuto Farini 231


—¿Cómo ha podido enterarse el Gran Farini de lo del zorro? —se preguntó William en voz alta—. ¡Si nadie ha visto nuestra película! —¡Nadie! —asintió Benedict. —Y nadie estaba cuando la rodamos. —¡Nadie de nadie! —Y, salvo a Minerva, no se lo hemos dicho a nadie. —... —¿Benedict?, ¿tú se lo has dicho a alguien?

—Bueno, quizá... por la alegría... A Sandalmouth. —¿A Sandalmouth, el tabernero? —Sí, quizá sí... —¿¡En la taberna!? —Sí, pero solo se lo dije a él. —Ya. ¿Y solo lo escuchó él? —Bueno... Es probable... —¿Es probable qué? —Es probable que yo lo gritara, brindando. —¡ACHÍS! —Sí, lo sé, William, lo sé. 232


5. Cómo descazar un zorro

l cabo de una semana de frenética actividad, Minerva se sentó una vez más a reflexionar. Pero esta vez, se puso la mano en la barbilla y asintió mientras decía: —Me pregunto dos cosas. —¿El qué Minerva? —dijo William. —Me pregunto, lord Aimer, por qué sus ojos son los únicos que pueden manejar las cámaras para ver al zorro. —Son los ojos Aimer. Y ni siquiera los dos. Es el ojo derecho. El que usamos los Aimer para la mira telescópica. —Hum..., afirmativo. —¿Y tenías otra pregunta, Minerva? —Sí. ¿Por qué la silla en la que estoy sentada se mueve sola? —Porque no es una silla, sino una tortuga. —Hum..., pues afirmativo también. La niña genio reflexionó unos segundos más y después anunció: —Creo que sé cómo descazar a vuestro zorro. 233


¿Qué hace falta para descazar un zorro? Minerva lo tenía muy claro: —En primer lugar necesitamos un zorro que descazar. No solo debemos conocer una especie extinta, sino que tenemos que encontrar la zona donde se extinguió el último ejemplar. En segundo lugar necesitamos unos ojos Aimer. Es decir, los ojos que desciendan de una familia de cazadores, que lleven siglos cazando animales. En tercer lugar necesitamos un genio, un cerebro superior. En este caso el mío.

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Será de mucha ayuda un experto en cámaras antiguas, pues las cámaras modernas no sirven para este cometido.

Un ayudante mecánico, vendrá muy bien. Porque el aparato descazador no podrá manejarse fácilmente.

Y por último, pero no menos importante: ¡Hace falta vapor!

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La máquina descazadora construida por Minerva, era en realidad una mezcla de objetos nuevos con algunos inventos Vapour. La máquina estaba instalada encima del automóvil autobombo de Juturna. En el automóvil, elevadas sobre el resto de la estructura, iban dos cámaras de cine, modificadas por Minerva y conectadas entre sí. Una de las cámaras llevaba puesta la mira telescópica y el caleidoscopio en su objetivo, y además, una lente añadida por la niña genio para aumentar el espacio de paisaje capturado. En la parte delantera, en una pequeña plataforma, estaba instalado el brazo mecánico. El automóvil mantenía, por supuesto, su motor de vapor. Pero


Minerva lo había dotado de más potencia y le había incluido dos chimeneas que apuntaban hacia delante. Minerva, William y Benedict se subieron a la maquina descazadora. La joven Vapour tomó los mandos del automóvil y puso en marcha el motor de vapor. La máquina comenzó a avanzar en dirección al prado, hacia el lugar exacto donde fue abatido el último zorro de Murk. La descacería había comenzado. El vapor, en lugar de quedar como una estela, era expulsado hacia delante, lo que nublaba la vista de la conductora. William aplicó su ojo Aimer al visor y comenzó a rodar con la cámara. Al mismo tiempo, Benedict puso en funcionamiento la otra cámara como proyector.


Las imágenes capturadas por la cámara de William eran proyectadas por Benedict al momento, pero no en una pantalla de tela, sino sobre la nube de vapor que se formaba delante del automóvil. La máquina descazadora avanzó por las tierras de Murk, guiada por el brazo mecánico que, elevado sobre la densa nube de vapor, daba indicaciones a Minerva de hacia dónde conducir. De repente, el brazo se puso tenso, señalando hacia un punto concreto a la izquierda. Minerva giró al instante el automóvil. —¡Lo veo! —exclamó William con el ojo pegado al visor de su cámara—. ¡Veo al zorro! Un zorro de Murk apareció proyectado en la nube de vapor. —¡Nosotros también lo vemos! —gritó Benedict. —¡Afirmativo! —confirmó Minerva. Y a continuación ordenó—. ¡Seguid filmando! ¡Brazo, prepárate! El automóvil aceleró en dirección al zorro. Este, sorprendido, vio venir una nube blanca hacia él. La nube de vapor lo atravesó. O el zorro atravesó la nube, es difícil decirlo. La cuestión es que el animal apareció en medio del vapor, en el mismo lugar donde un segundo antes estaba su imagen proyectada. El brazo mecánico levantó por los aires al zorro para que no fuera atropellado por la máquina y lo depositó suavemente sobre la hierba. Los descazadores soltaron un grito de alegría. El zorro de patas blancas había vuelto a las tierras de Murk. 238


En esta foto podéis ver a los descazadores, tras la descacería, con su primera pieza descazada, el zorro de Murk. Como las fotografías no tienen sonido os explicaremos que Benedict está gritando: ¡Salud!, William está preguntando a Minerva si está satisfecha con el resultado y la inventora está respondiendo: afirmativo. Si os fijáis bien, veréis que William no está estornudando. Y que, por tanto, nunca tuvo alergia al pelo de zorro de Murk. 239


Esa misma mañana, lord William Aimer llevó un paquete ante la joven inventora Vapour. —Minerva, hay unos viejos documentos de archivo que quiero mostrarte. —¿Son más documentos de mi familia, de alguna Vapour? —preguntó interesada la niña. —No, son de la Real Sociedad Cinegética Británica. Mira. Era un cartapacio de cartón, cerrado con dos hebillas. En la portada podía leerse:

Real Sociedad Cinegética Británica

Catálogo de Especies Perdidas Animales extintos por la caza del hombre

Minerva le echó un vistazo al contenido de ese catálogo. Allí había animales sin duda insólitos, como el dodo, el quagga o la vaca marina de Steller. Cada especie iba acompañada con un dibujo y una descripción de su aspecto y sus costumbres. Además, el catálogo incluía otro tipo de valiosa información. Se especificaba dónde se cazaron los últimos ejemplares de cada animal. —Me preguntaba, Minerva... —Lord Aimer dotó a sus palabras de una intensa complicidad—. Si no te importaría que descazáramos unos cuantos animales más. 240


6. ¡Salud!

enedict entró en la taberna de Sandalmouth. Estaba realmente contento. Pero esta vez no iba a cometer el mismo error. Miró a un lado y a otro. Aquel día el local estaba tranquilo. Solo se encontraban el tabernero, en la barra, y un par de clientes más. Y ninguno de ellos era el Gran Farini. —Salud... —dijo en voz baja el fotógrafo. Benedict brindó un par de veces en solitario. Hasta que la alegría le llevó a brindar con Sandalmouth. —¿Por qué brindamos, Benedict? —preguntó el tabernero. —¡Por el éxito! —respondió el fotógrafo. —¡Por el éxito! —repitió el tabernero. —¡Y por el zorro de Murk! —exclamó Benedict. —Pero si ya no hay zorros de Murk... —objetó Sandalmouth. Benedict se mordió los labios y se quedó mirando a su vaso. —¡Salud! —dijo de repente. —¡Salud! —repitió Sandalmouth. —Salud —dijo también uno de los dos clientes que había en la taberna. 241


Era un hombre vestido de azul, con una corbata a rayas amarillas y negras. Tenía barba pero no bigote. Aquel hombre alzó su vaso y añadió: —Por el zorro de Murk.

Unos días después del brindis, Benedict volvió a ver al mismo hombre, esta vez en las puertas del castillo de Murk, acompañado de la policía y del abuelo de Benvenuto, el Gran Farini. Solo entonces supo que se trataba del señor Pinkerton, el abogado del empresario circense. El Gran Farini se limitó a sonreír. Fue su abogado quien habló: —He de advertirles que mi cliente, W. L. Hunt, conocido como el Gran Farini, ha patentado esta máquina —les enseñó unos planos y dibujos de la máquina descazadora—. Se trata de un ingenio terrestre filmador proyector de especies desaparecidas. No pueden usar por tanto ustedes el suyo, que es una copia del de mi cliente. 242


—¡La copia es la suya! —protestó William mirando a los ojos a W. L. Hunt—. Qué desvergüenza. —El Gran Farini se ofrece a comprarles por un precio justo su máquina —continuó Pinkerton—, y todo lo que hayan conseguido con la misma. ¿Qué me dice, Aimer? —Qué desvergüenza —repitió el lord. Y obligó a aquellos hombres a abandonar su castillo. Al parecer, el Gran Farini y sus abogados solo necesitaban esos planos y una breve descripción para registrar un invento en la oficina de patentes. A partir de ahí, el invento quedaba registrado como suyo. Lo cierto es que las Vapour nunca jamás habían registrado ninguna de sus invenciones. Ellas se limitaban a crearlas. Eso había valido durante años, pero desde finales del siglo xix en adelante, no bastaba con inventar, había también que registrar el invento: patentarlo. —«Ingenio terrestre filmador proyector de especies desaparecidas» —repitió Minerva—. Negativo. Es una máquina descazadora, no un «ingenio terrestre filmador proyector de especies desaparecidas».

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—Pero la descripción se parece, y en los dibujos han copiado nuestra máquina. Un juez diría que es un invento similar —comentó Benedict cabizbajo. —Pues nosotros no podemos detenernos —dijo William—. Tenemos unos cuantos animales que descazar. Y para eso necesitamos nuestra máquina, se parezca al ingenio terrestre del Gran Farini o no. Minerva frunció el ceño. Después dijo: —Brazo, álzame a la altura de lord Aimer. El brazo mecánico subió a la niña hasta que pudo mirar al lord de igual a igual. —Si el problema es que las máquinas se parecen, haré que no se parezcan. Los dos caballeros ingleses escucharon a la inventora sin comprender. —No será un ingenio terrestre, sino un ingenio aéreo.


7. La gran descacería

illiam contemplaba la nueva máquina construida por Minerva. Era de tal tamaño que tuvieron que instalarla en las almenas, y trasladar al prado la catapulta. —Minerva. —Sí, lord Aimer. —Eres un genio. —Afirmativo. —Es impensable que alguien pueda inventar una máquina así. —Negativo. No es impensable. Pero necesitas un cerebro superior como el mío para poderlo pensar. Con la nueva máquina voladora terminada, los descazadores fueron a la oficina de patentes y la registraron a nombre de Minerva. Registrado el invento, subieron provisiones, herramientas y utensilios a la máquina aérea. Y un viejo cartapacio, el Catálogo de Especies Perdidas de la Real Sociedad Cinegética Británica. Después, sonido, viento, vapor. Los descazadores abandonaron las almenas, abandonaron Murk. Y recorrieron el mundo. 245


Alca gigante

Caracara Extinto desde el siglo xix

Cebro Extinto desde el siglo xx

Extinto desde el siglo xvi

Guarรก Quagga

Extinto desde el siglo xix Extinto desde el siglo xix


Tarpรกn de las estepas

Extinto desde el siglo xix

Dodo

Extinto desde el siglo xvii

Vaca marina de Steller

Extinto desde el siglo xviii

Aepyornis

Extinto desde el siglo xviii


Tras dos meses, los descazadores de especies perdidas volvieron a Murk. Y no lo hicieron solos. El salón principal del castillo volvió a llenarse de cabezas, de colmillos, picos y cuernos. Pero en esta ocasión todos llenos de vida y sin ningún ojo de cristal. Lord Aimer asistía entusiasmado al cambio vivido en el castillo de Murk. Un zoólogo como él se sentía feliz, rodeado de todos aquellos animales que, durante tantos años, e incluso siglos, se habían dado por perdidos. Y ese había sido solo el primer viaje. Benedict también estaba encantado, pero cansado. Nada más volver a casa, lo primero que hizo fue colgar su chaqueta en el primer sitio que encontró y se sentó en un sillón a revisar el correo recibido en aquellos días que habían estado fuera. Minerva no se sentó en ningún sillón a descansar. Fiel a su estilo inquieto, nada más aterrizar se puso a cavilar cómo podría mejorar la máquina voladora, para hacerla más veloz y eficaz.


En cuanto el Gran Farini y su abogado Pinkerton se enteraron del regreso de lord Aimer, volvieron a llamar a las puertas del castillo, respaldados por cuatro fornidos policías. Esta vez traían una orden judicial. Algún juez de peluca blanca había creído a Pinkerton. Una vez más, las pelucas blancas se interponían en el camino del vapor. —Lord Aimer, esta orden dice que su máquina no es lo suficientemente diferente de mi máquina —afirmó el Gran Farini—. Todo lo que haya conseguido con ella me pertenece. —¡Achís! —Si se resiste, será arrestado —le advirtió el abogado Pinkerton—. La policía está aquí con nosotros para que nada lo impida. —¡ACHÍS! —Estornudar no le servirá de nada, caballero —dijo el abogado. —Pero estos documentos quizá sí —se escuchó decir al primo Benedict. El viejo fotógrafo tenía un sobre dorado en la mano. Parecía un sobre publicitario, pues en el exterior se veían varios dibujos de atracciones del Circo Extraordinario de Mister Wong. Dentro no había ninguna publicidad. Sino varias fotos y algunas cartas. Eran fotografías de la máquina descazadora de Minerva. La inventora salía en ellas, realizando algunos ajustes. 249


Las cartas eran notas escritas y firmadas por Pinkerton, y dirigidas al Gran Farini. Allí el abogado daba instrucciones al Gran Farini para, a partir de esas fotografías, hacer unos planos de la máquina y así poderla patentar. Esos documentos probaban que Farini no había inventado nada, solo copiado a la joven Vapour. El Gran Farini apretó los puños tan fuerte que, cuando volvió a abrir las manos, había dejado las cuatro uñas marcadas en cada palma. Pinkerton revisó el contenido del sobre y los policías también. —Señor, vámonos —dijo el abogado abatido—. Podrían incluso denunciarnos. Aquí no tenemos nada que hacer. —Ha sido mi nieto. Y esa Zazia, nieta de Zazel —murmuró el Gran Farini, masticando cada palabra—. Los perseguiré. Los arruinaré. —Su abogado tiene razón —dijo uno de los policías—. Es mejor que se marchen. O los arrestados podrían ser ustedes. Los policías y Pinkerton abandonaron el hall del castillo. Pero el Gran Farini permanecía allí clavado, atornillado al suelo por la rabia, sintiendo el furioso desconcierto del que no está acostumbrado a perder. 250


—Benedict, lord Aimer —dijo Minerva—. ¿No creéis que el brazo mecánico podría ayudar a este señor a salir? William y el primo Benedict sonrieron, cruzaron entre ellos la mirada un segundo y, con la sonrisa aún en sus bocas, respondieron a la vez: —¡Afirmativo!

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Nunca se habían visto las almenas como se vieron aquel atardecer en el castillo de Murk. La máquina voladora resplandecía, con los rayos del sol llenando de brillos dorados su superficie de metal. Un dodo se asomaba allí, un alca gigante paseaba allá. Un quagga comparaba sus rayas con las patas del cebro y el lomo del turpán. Un ave elefante molestaba con su pico a una vaca marina de Steller, ante la mirada curiosa de un lobo guará. Lord William Aimer, zoólogo, hijo de lord Aimer, cazador, nieto de John Aimer de Murk, el que fuera el mejor tirador del imperio británico, llamó a Minerva Vapour y a su primo Benedict a su lado, y quiso capturar ese momento en una última fotografía.

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—Haz esa foto, Benedict, te prometo que no estornudaré. No puede haber en el mundo una persona más feliz que yo. —Te equivocas —respondió Benedict—. Sí que la hay, y no solo una, sino dos. A pesar de ser ya un anciano, el fotógrafo se giró con agilidad enfocando con su cámara hacia el cielo. William y Minerva miraron hacia donde apuntaba el viejo fotógrafo, buscando qué podía ser más interesante que retratar a los descazadores y sus especies perdidas. Allí arriba, dejando una estela de vapor tras de sí, la nieta de Zazel y el nieto del Gran Farini volaban juntos, con sus trajes ondeantes y los brazos abiertos. Benvenuto y Zazia sobrevolaron el castillo sin detenerse y siguieron su vuelo. Unos dicen que hacia Sudamérica, otros hablan de Corfú.


FIN


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Los descazadores de especies perdidas  

A partir de 10 años Texto: Diego Arboleda. Ilustraciones: Raúl Sagospe. Grupo Anaya, 2015 #Abrelapuertaalalectura #Leeencasa En los años de...

Los descazadores de especies perdidas  

A partir de 10 años Texto: Diego Arboleda. Ilustraciones: Raúl Sagospe. Grupo Anaya, 2015 #Abrelapuertaalalectura #Leeencasa En los años de...

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