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A Olivia...

Título original: Il formichiere pilota e la mongolfiera dei tassi 1.ª edición: abril 2012

© Arnoldo Mondadori Editore S.p.A., Milán, 2010 © De la traducción: Adolfo Muñoz García, 2012 © Grupo Anaya, S. A., Madrid, 2012 Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid www.anayainfantilyjuvenil.com e-mail: anayainfantilyjuvenil@anaya.es Ilustración de cubierta e interiores de Ilaria Falorsi ISBN: 978-84-678-2924-2 Depósito legal: M. 6692/2011 Impreso en España — Printed in Spain Las normas ortográficas seguidas son las establecidas por la Real Academia Española en la nueva Ortografía de la lengua española, publicada en 2010.

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.


O

rganizar la fiesta de cumpleaños de una mofeta de Sudáfrica parece cosa fácil... ¡pero no lo es! La dificultad no reside en cocinar exquisiteces que sean del gusto de esos graciosos animales (pues en lo que se refiere a preparar exquisiteces, la hipopótama Olga, cocinera del Piloto Hormiguero, no tiene rival), sino en servirlas sin caer desmayado por el olor tremebundo de los animalillos.

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P

ero el Piloto Hormiguero no podía decirle que no a Doña Alicia, su vieja maestra, que tenía muchísimas ganas de celebrar sus setenta años en compañía de sus sobrinos. Por eso al comandante se le había ocurrido una idea magnífica: había comprado máscaras de gas para los miembros de su tripulación que tenían el morro plano: la gata Neli, la hipopótama Olga y el orangután Olegario; en cuanto a él, el canguro Bautista y el halcón Valentinov, se taparían la nariz con pinzas de tender la ropa. Para la narizota del Piloto Hormiguero se necesitaban más de treinta pinzas, que puestas todas en fila con sus distintos colores, recordaban las plumas de la cabeza de un gran jefe piel roja.


Olga había ideado un menú requetearomático: Para ir abriendo boca: ensalada de trufas negras, pétalos de rosa, romero y daditos de jengibre. Primer plato: arroz meloso con dientes de ajo y canela. Segundo: filetes de pez martillo aromatizados con clavo. Como postre: helado de pimentón servido dentro de unas enormes cebollas vaciadas. Había llegado el gran momento: Doña Alicia y sus familiares ya estaban sentados a la mesa.

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-¡V

alentinov, quita el freno de mano, enciende los motores uno y dos, y da potencia máxima! —gritó el Piloto Hormiguero con voz nasal. —¡Recibido, mi comandante! —respondió el halcón peregrino siberiano asomándose por la ventanilla de la cabina del piloto y saludando con la punta del ala puesta sobre el gorro de piel. Las hélices giraban como locas, y el viejo Dakota del Piloto Hormiguero comenzó a temblar por todo el fuselaje como si le entraran escalofríos. De este modo, lo utilizaban como un gigantesco ventilador que se llevaba lejos el insoportable olor de los animalillos.


El banquete fue un gran éxito. Las mofetas engulleron con enorme placer todos los platos, acompañándolos con jarras de jarabe de menta. Doña Alicia estaba emocionada, y quiso abrazar al Piloto Hormiguero para darle las gracias. Pero la vieja mofeta no veía muy bien y abrió mal los brazos: de un manotazo, le arrancó sin querer al comandante todas las pinzas que llevaba en la trompa, como si fueran bolos en una bolera.

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E

l morro del Piloto Hormiguero empezó a adquirir un extraño color azul. En pocos segundos perdió el conocimiento. Olegario y Bautista lo cargaron entre los dos y lo metieron en el avión. Neli saludó educadamente a los celebrantes, y se subió a bordo a toda prisa. —Ha llegado el momento de cambiar de aires —dijo la gata a la tripulación—. ¡Valentinov, despegue inmediato! Horas después, cuando se despertó el Piloto Hormiguero, sufría un tremendo dolor de cabeza. —¡Madre mía, qué experiencia tan apestosa! —dijo bostezando y tapándose con su adorada manta del Perú—. Pero... ¿dónde nos encontramos, Neli?


La gata descansaba sobre la mesita reclinable que había ante la butaca del Piloto Hormiguero. Alargó el cuello para echar un vistazo por la ventanilla, se ajustó con la patita las gafas sobre el morro, y dijo: —Umm... A ojo de buen cubero... debemos de estar a diez mil pies de altura, no muy lejos de la frontera entre Zambia y el Congo. Si mis cálculos son correctos, en un par de horas veremos a Alberto y Lorena, en Kenia. —¿Alberto y Lorena? —respondió el Piloto Hormiguero, con el aspecto de quien intenta recordar algo y no lo consigue. —Sí, las dos jirafas que se casan mañana. Te acuerdas, ¿verdad? Tenemos que preparar su banquete de bodas. ¡Menos mal que habías anotado la dirección en el libro de a bordo!

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El Piloto Hormiguero. El globo de los hermanos tejones  

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