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autoayuda

El nido no se vacía Hasta hace poco, la sociedad debatía sobre el síndrome del nido vacío. Ahora, más bien es al contrario. El 46% de los jóvenes españoles de entre 18 y 34 años vive en casa de sus padres. Esta tendencia, en constante aumento desde los 80, provoca que padres e hijos tengan que replantearse las reglas de convivencia Texto de Ana Valls Ilustración de Flavio Morais

más información películas El nido vacío, de Daniel Burman libros Overbooking en el nido, de Jorge Barraca (Zenith). Solos tú y yo otra vez, de Carmen Serrat Valera (La Esfera)

54 magazine

María Díaz Granados tiene 27 años y está preparando una oposición que la mantiene entregada al estudio unas diez horas al día. Con ese ritmo, cuenta, le resulta imposible ser económicamente independiente, por lo que sigue viviendo con sus padres en su casa de Toledo. “Puede que en dos o tres años me pueda marchar; ahora, me resulta inviable”, comenta por correo electrónico, en uno de los momentos libres que tiene al día. Como ella, son muchos los españoles que siguen conviviendo con sus progenitores una vez alcanzada la mayoría de edad. Según datos del 2010 del Instituto de la Juventud, un 46% de los jóvenes de entre 18 y 34 años reside con sus padres o, en su defecto, con sus suegros. La crisis económica, la precariedad laboral, el elevado precio de la vivienda o la extensión del periodo de formación académica son algunos de los motivos que los jóvenes esgrimen para justificar por qué siguen en casa de sus padres. Para Eduardo Díaz Ruiz, madrileño de 30 años a punto de emanciparse por primera vez, las razones son prácticamente económicas: “En España hay un desajuste tremendo entre los precios y los sueldos, sobre todo, si te emancipas solo, como es mi caso”. Esta teoría también es compartida por Jorge Barraca, especialista en psicología y profesor de la universidad Camilo José Cela de Madrid, autor de Overbooking en el nido, un práctico libro repleto de claves para “conseguir una convivencia feliz cuando los hijos no se van de casa”. Este especialista, que trabaja como psicoterapeuta de parejas y familias, considera que a las


causas económicas (paro, crisis, viviendas caras...) se unen también las sociales. “Ahora se necesita más tiempo educativo y se sale más tarde de casa”, afirma. “Además, al haber mucha más libertad y una mejor relación familiar, se favorece que la gente se quiera quedar más tiempo en el hogar paterno”. Esa libertad es la que afirma sentir María Díaz y la que favorece la convivencia en casa: “Yo vivo mi vida tal y como quiero vivirla”, asegura. “Mis padres no invaden en ningún momento mi intimidad, aunque claro está, se interesan y preocupan por mis cosas, pero sin agobiar”. Sus padres, Caridad Granados y José Díaz, de 54 y 55 años respectivamente, están encantados de tener a su hija en casa, “así podemos disfrutar de ella más años”, aseguran. En su convivencia diaria, afirman que ya no es necesario, como en su etapa de adolescente, “estar encima de María. Ha alcanzado una madurez que le permite tomar sus propias decisiones, aunque nosotros sigamos aconsejándole desde el respeto”. Este ejemplo podría considerarse idílico, aunque no se da, ni mucho menos, en todos los casos. Cada vez son más los padres que reclaman –en silencio– la emancipación de unos hijos que ya rozan la treintena o que incluso la superan. Según datos de Eurostat, la Oficina Europea de Estadística, el porcentaje de jóvenes españoles de entre 25 y 34 años que residen con sus progenitores llega al 35,7%, frente al 1,6% de Dinamarca o el 10,5% en Francia. Los portugueses superan la cifra española con más de un 40%. Jorge Barraca explica que este fenómeno ha ido en aumento desde los años 80 del

pasado siglo y las consecuencias negativas en los padres no se han hecho esperar. “Algunos se sienten desfasados al compararse con amigos o familiares con hijos ya independizados o que incluso ya tienen nietos”, comenta. “También puede aparecer la culpabilidad al creer que han sobreprotegido al hijo o que no lo han hecho una persona capaz”. En situaciones extremas, el estrés por dicha situación puede conllevar la aparición de dolores psicosomáticos, “de cabeza, espalda, estados depresivos, de tristeza... Y es que a los padres les cuesta reconocer que se encuentran mal porque su hijo o hija sigue en casa”, añade Barraca. El psicólogo, que precisa que estos casos más radicales son los menos habituales, también rompe una lanza en favor de los jóvenes, muchas veces tachados de oportunistas: “Al final esta situación, que parece beneficiar en un principio al hijo, le está perjudicando también, porque no ha desarrollado las destrezas que conlleva el vivir solo, y cuanto más se retrase la salida, más difícil será adquirirlas”. A esto se unen los roces que surgen en una convivencia algo peculiar en la que algunos padres siguen tratando a sus hijos como adolescentes y en la que algunos hijos siguen comportándose como tales. En este caso, Barraca recomienda, como primer paso hacia una mejor convivencia, la necesidad de pasar de una relación de adulto-niño, a una de adultoadulto. “Esto se consigue dando más responsabilidades al hijo, de forma progresiva. A este le toca entonces demostrar que puede ganarse la autonomía, respondiendo a las expectativas que sus padres

Cada vez son más los padres que reclaman –en silencio– la emancipación de unos hijos que ya rozan la treintena o que incluso la superan ponen en él”, comenta el psicoterapeuta. Hablar de forma directa y sin rodeos, aunque con cariño y comprensión, y aprender a negociar ayuda también a que padres e hijos ya mayores puedan vivir bajo un mismo techo, sin que su relación se deteriore. Cuando LA GUARIDA se queda vacíA. A pesar de que las encuestas suelen dar más protagonismo a aquellos jóvenes no emancipados, también es cierto que hay otro porcentaje importante que sí ha salido de la casa familiar a una edad considerada normal y que ha dejado en sus casas un vacío difícil de llenar en los primeros momentos. Para Felicidad Hernández García, salmantina de 57 años, lo peor llegó cuando se fue de casa su segunda hija. El primero, Eduardo, se había marchado tras terminar sus estudios, con 23 años, y volvía con frecuencia los fines de semana. Eva, que ahora tiene 29, estaba terminando la carrera por aquel entonces, por lo que todavía “la tenía a ella”. Tras su marcha, Felicidad sintió que ya no tenía esa compañía, “como uno iba a clase por la mañana y el otro

por la tarde, siempre estaba acompañada. Al irse los dos, lo noté muchísimo”, comenta. Este sentimiento de soledad es señalado como el síndrome del nido vacío. Guillem Feixas, profesor de psicología de la Universitat de Barcelona, considera imposible generalizar pero sí cree que la marcha de los hijos “supone un cambio sustantivo en el ciclo evolutivo”. Este cambio puede provocar “un cierto estrés emocional, representado a través de sensaciones de pérdida y vacío o incluso de deslealtad”. Aunque no todos los casos son iguales. Feixas también habla de las parejas que lo ven como una fuente de liberación: “Para algunos padres supone un reencuentro como pareja y una oportunidad para reenfocar creativamente la vida”. Aquí entra en juego otro factor clave y es qué tipo de relación existe entre los integrantes de la pareja. Como comenta este especialista, “si los hijos llenaban un espacio que permitía evitar afrontar dificultades de relación, el reencontrarse puede hacer que afloren y generar conflictos”. En definitiva, este psicólogo expone dos componentes que padres con hijos recién emancipados tienen que tener en cuenta: “El primero es que se respete el espacio de cada uno, creando aparte un espacio conjunto con actividades e intereses comunes”, comenta, “y el segundo, que la vida tenga un sentido para cada progenitor independientemente del hecho de serlo”. Y como dice Felicidad Hernández: “Al final te acabas acostumbrado, de tal forma que cuando vienen de visita estás muy contenta de verles y estar con ellos, pero por otro lado, sabes que tienes que volver a pensar qué hacer de comida”.

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11 de septiembre del 2011 55

El nido no se vacía  

Reportaje sección psicología. Magazine La Vanguardia.

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