#diariodeunacuarentena - fanzine 2020.

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diario de una cuarentena relatos independientes de ciencia ficción creados por diferentes autores anónimos.

23 de abril de 2020 ana millán rodríguez



Nunca nadie nos dijo que seríamos los protagonistas de un largometraje de ciencia ficción, pero aquí estamos, entre cuatro paredes, mucha música, pelis, series, libros, comida, ataques de ansiedad, bailes, yoga, meditación, quedadas virtuales con amigos, algún que otro paracetamol y poco dormir. Diario de una cuarentena nace a raíz de que un amigo me contara que hacía durante su día a día; me inquietaba pensar en qué pasaba los días mi amigo, él que es un madrugador nato. Me contestó con una mezcla de ingenio y sentimentalismo y de repente me inundó la melancolía en el cuerpo. Entonces sucedió, la mezcla perfecta: una idea y mucho aburrimiento. ¿Qué pasaría si enviara un mismo enunciado a un grupo de personas? ¿Qué contestarían? Solo os diré que las respuestas me han hecho sentirme un rato a vuestro lado. Han sido crema interna en estos días; así que gracias y a disfrutar.


Pues mira. Como acostumbro he dormido fatal. Tengo unas ojeras que cualquiera diría que me levanto para ir a la mina todas las mañanas. Me he tomado dos cafés. Me he peinado para sentirme guapo. Estoy leyendo un libro de Truman Capote. Luego subiré a mi azotea a pasear como Mariano Rajoy. Comeré, me intentaré echar la siesta de la cual me levantaré ansioso, miraré por la ventana melancólico y contemplativo por nuestro futuro incierto, comeré un poco más. Y nada, pues luego el aplauso. Y el deporte. Quizás llore un poco antes de cenar. O después. Y luego me pondré una película y a dormir otra vez. ¿Y vosotras?



Pues yo me despierto, hago algo de ejercicio, desayuno, me ducho y escribo 2 páginas en una libreta (porque estoy haciendo el camino del artista), luego me pongo a escribir, cuando da el sol en el balcón salgo y sigo escribiendo o leo. Luego como ahí. Luego leo un poco o me echo a la cama a ver un capítulo, luego sigo escribiendo o ordenando o limpiando. A veces sobre las 8 y algo me pongo a hacer yoga o bailo o vagueo hasta que ceno, peli o serie y zzzzzz.



Me levanto sobre las 10h, me preparo un café en una cafetera de las de siempre, a fuego lento, y me lo tomo con leche; después me pongo a estudiar un poco y sobre las 13h voy a tomar el sol con Perla, que le encanta y siempre me acompaña. A las 15h como y después miro una serie en el ordenador hasta las 17h que corro en la cinta y hago una clase de pilates. Luego me ducho, me pongo una crema que huele muy bien y salgo a aplaudir.



Hoy suena el despertador a las 9h y lo retraso media hora, tengo que ducharme y no me va a dar tiempo a desayunar porque tengo una reunión a las 10:30h. Me la han cambiado para mañana, mejor, así puedo estar una hora más en la cama, además llueve y hoy no podré desayunar en el balcón al sol. Desayuno con mi hermano y me cuenta cómo le fue anoche en un cumpleaños de un amigo, lo celebraron con una videollamada bebiendo cervezas. Anoche oía los gritos de euforia desde mi habitación. Me enseña un video en el que se intentan pasar latas entre ellos y les sale fatal, consigue que me ría. Lavo las bragas porque me ha bajado la regla y me he manchado durante la noche. El día sigue gris y lluvioso y me da frío desnudarme para ducharme, así que me pongo a leer. Pasaré la mañana leyendo un libro sobre una tía a la que le han operado el ano y encuentra mil excusas para dotar de erotismo su relato. Pero no lo suficiente como para que me entren ganas de masturbarme. Luego vagaré por internet buscando cosas que me interesen y haré capturas de las que me inspiren. Más tarde comeré con mi familia y las noticias de fondo, con el monotema del covid resonando en el comedor. A mi padre se le humedecerán lo ojos con alguna noticia o testimonio y a mí se me encogerá un poco el corazón mientras sigo comiendo. En el postre nos reiremos burlándonos de algún político. Intento jugar con mi gata, pero creo que ya se ha cansado de verme tanto por casa. Pierdo el tiempo con alguna red social. Por la tarde he quedado a las 18h para charlar con una amiga que tiene vacaciones de pascua, las pasará en el mismo sofá que la semana pasada. Quedamos a esa hora para que ella pueda hacer a las 19h su clase de zumba y yo aprovecharé y haré yoga. Resuenan aplausos por la calle que me recuerdan la razón por la que estoy en casa. Creo que ya es hora de ducharme. En la ducha me pondré melancólica. Luego cenaré y me iré a mi habitación a jugar algún parchís con mi ex y saborear la victoria o llorar juntos la derrota. No querré dormirme y me pondré alguna serie que me distraiga. Me cruzaré de madrugada con mi hermano en la cocina o en el baño. Hablaré con algún amigo que tampoco pueda dormir. Otra noche acostándome a las 3h y mañana sí que tengo la reunión.



Mi rutina es muy sosa... Yo me levanto sobre 10.30h-11h. Estudio de 11h a 14h más o menos. Al mediodía veo los Simpson y, después de comer, un capítulo de alguna serie de Netflix/Amazon. De 5h de la tarde a 7h aprox. estudio un poco más y a las 7h hago un poco de ejercicio. Me ducho y normalmente cenamos a las 9h y después, pues veo un poco la tv con mis padre y a dormir.



Un día normal de cuarentena... me levanto más tarde que pronto ya que por la noche seguramente me ha costado dormir. Desayuno con mi café con leche, que no falte; si puede ser, que me de un poco el sol en mi balcón. Empiezo a correr por mi minúsculo piso y hago alguna clase online, me ducho y ya me toca teletrabajar. Los martes a las 14.10h nos dejan hacer una videollamada a la residencia de mi abuela de 10 min llenos de cariño y nostalgia, porque no sabes lo que puede pasar cuando ya tienen 20 contagiados. A las 15h toca ver las noticias a ver como vamos mientras comemos. Sigo trabajando... hasta que toca aplaudir a las 20h, es el toque de queda para dejar de trabajar y empezar a hacer la cena. Noticias otra vez... no cambia mucho la cosa de un día a otro. Alguna serie de Netflix y volver a empezar.



Mi rutina cambia dependiendo del tiempo. En dĂ­as soledados como hoy, me levanto, leo los periĂłdicos digitales, hago la cama, limpio el salĂłn y la cocina, me hago un zumo de frutas y unas tostadas, salgo a la terraza con un libro, leo, me abstraigo, miro recetas, hago la comida, como viendo los informativos, vagueo postcomida, limpio los platos y la cocina, miro si hay algo por limpiar, lavadoras que poner, reorganizo las cosas de trabajo en mi ordenador, intento garabatear algo, hago deporte, hago la cena, ceno, peli/serie, miro los periĂłdicos digitales o leo, duermo y me levanto setecientas veces a mear.



Me levanto sobre las siete. Inspecciono si tengo algún síntoma de coronavirus. Exprimo un limón en un vaso de agua y me lo bebo. Me frío un par de huevos, pongo la cafetera y algo de cereales en leche. Desayuno mientras escucho el programa de Alsina en Onda Cero. Luego me siento en el escritorio y leo durante toda la mañana. Algunas veces leo cosas que me inspiran lo suficiente para abrir una página de word y observarla durante rato en blanco. La vista se me desplaza con frecuencia al parque que se ve desde mi ventana, lleno de gente haciendo deporte a cualquier hora del día. Los días del confinamiento en Londres están siendo casi todos soleados. Una invitación cruel a la rebeldía. Me hago la comida, tomo el café, vuelvo a leer o releo en voz alta cosas que me han llamado la atención. Salgo a correr, regreso a casa y hago flexiones, abdominales, sentadillas, levantamientos de sofá. Luego la cena, mientras veo un capítulo de Los Soprano o Better Call Saul. Y a dormir temprano otra vez.



Voy a explicar mi día a día. Yo vengo de unos meses de paro (cosas de la industria audiovisual) y lo cierto es que tenía mucha vida social y euforia. Así que esto me viene bien para cuidarme y controlarme. Me despierto a las nueve (pronto eh) y desayuno té y tostadas en el balcón mientras escucho un podcast. Tengo tres favoritos: “Deforme semanal”, “Las chichas del volcán” y “La amiga de mi amiga”. Me he quitado el café en esta cuarentena. Después leo en la terraza, si sale el sol. Le voy dando a Edgar Allan Poe. También a la poesía. No he leído tanta en mi vida como en este mes. Y al mediodía me hago una cerveza (ojalá vermú pero no tengo). La verdad que estoy cocinado bastante. He hecho pan, ensaimada, fideuá, puchero, croquetas... y hoy he experimentado con el tofu. Bien acertado porque con la soja ya se sabe que es insípida hasta decir basta. Luego veo el telediario y siesta (cortita eh) y un rato de Ig y YouTube. Después hago una hora de deporte en el comedor y ducha. Salgo a aplaudir con mi madre. Estoy en la cuarentena en casa con ella y en mi casa de la infancia. La verdad que no le hablo mucho y pensará que soy una sosa pero llevo dos años viviendo sola y necesito bastante espacio. Después de saludar a los vecinos que no conocía hasta la epidemia, hacemos videollamada con mi hermana “catalana”. Preparamos la cena y veo algo de Filmin. Mis ojitos se cierran a las once y media. Cenicienta me he adelantado, ¿no?



Amaneceré como cada mañana últimamente, envuelto en mis sábanas y en mi propio sudor, con el tubo que me conecta a la bombona de oxígeno rodeándome el cuello. El desayuno, rápido, mientras ojeo con desgana varios periódicos que no dicen nada nuevo. Bajaré a la perra, y durante veinte minutos, respiraré, hasta que llegue el momento de un nuevo pinchazo: muslo o brazo; y otra vez conectado a la bombona, diciéndome que todo pasará. Quizás coma, si el dolor me deja, si el oxígeno no me narcotiza; si no, despertaré de pronto, envuelto de nuevo en mi sudor, la almohada manchada de baba, demasiado tarde para sentarme a la mesa con mi familia. Y echaré horas en la cama, fumando, cigarro tras cigarro, intentando ver detrás del humo que dejan. Y me haré un porro para olvidar esta existencia que apenas cambia con el virus. Y nos llamaremos, y encontraré consuelo en su sonrisa; perderemos al parchís, y yo seguramente me enfade, porque menuda mierda de juego. Y sacaré otra vez a la perra, preguntándome si luego podré cenar. Y cenaré tanto como pueda, como mi maltrecha cabeza me deje, antes de recluirme en mi habitación, a quemar las últimas horas de un día que nada tiene de nuevo, pues siento que lo he vivido miles de veces. Y la llamaré o me llamará, compartiremos un último rato juntos antes de dormir, viendo alguna serie, perdiendo una nueva partida, y dormiré mejor, porque es más fácil amanecer con el tubo apretándome el cuello si ella me da las buenas noches.



CONFINAMIENTO, DIA 34. La nueva rutina es la no rutina, desde hace muchos días. Suena el despertador y lo apago. Pongo la alarma del móvil que sonará una hora más tarde. Cada mañana pienso que este paso me lo podría saltar y, simplemente, dormir sin interrupciones, pero me acuesto con la esperanza de levantarme. Sin embargo, siempre acabo durmiendo mal y necesitando la hora extra. Quizás si prescindiera de ella, y me levantara antes, conseguiría dormirme antes de las tres. Abro las ventanas de todo el piso para que entre el aire, el sol, la vida. Me tomo el café junto a la ventana sin pensar en nada, sólo vigilando que el gato no se asome demasiado. Incluso el ser más casero del mundo quiere escapar. También aprovecho para mirar la agenda (vacía) que uso para organizar la tarea del hogar del día. Hoy cocinar, mañana una lavadora, al siguiente ir a comprar. Esta es la peor. Al principio era mi favorita: vestirse, salir, socializar... Al final me di cuenta que únicamente ves a personas que no deseas ver. La interacción me acaba molestando (y ya ni siquiera me saco el chándal). Hoy cocinar. Preparo ‘tuppers’ para el futuro. Para comer bien cuando vuelva a trabajar. Para cuando pase el día entero fuera de casa. Para cuando no tenga tiempo (que ahora me sobra). Para cuando el gato me esté esperando al llegar a casa, junto a la puerta. Para cuando eche de menos poder cocinar. Para cuando eche de menos no hacer nada. Para cuando la vida vuelva, y el trabajo, si es que vuelven. Hago algo de ejercicio. No siempre y es más bien poca cosa. Lo justo para no perder la poca forma física que me queda. Cuatro abdominales y los dos ejercicios de danza contemporánea que me permite hacer el espacio reducido de mi salón. Luego ducha y comer. Y poner el ordenador y tragarme una serie entera durante toda la tarde. Suerte que mi ex sigue pagándome Netflix, acuerdos de separaciones modernas. La nueva pensión. Mirar la pantalla y seguir sin pensar en nada. Cada vez me parezco más al gato, o él a mí, y vivo en horizontal. Me quedo así durante toda la tarde, tumbada en la cama, buscando el sol que entra por la ventana de la habitación. Antes hacía cosas, superada la depresión de la primera semana, recuperé (brevemente) la energía, las ganas, la motivación. Empecé dos tops y una falda, para estrenar algo nuevo cuando saliera a la calle, no terminé nada. Empezar proyectos se me da muy bien. Dejarlos a medias aún se me da mejor. La inconstancia, la nueva amiga de estos días. A las siete entra el sol por la ventana del salón, ese sol de atardecer, que te da en la cara, que cierras los ojos... y es EL momento. Leer, escuchar a Tom Waits (o la banda sonora de HER) y creerte Audrey en ‘Desayuno con diamantes’, pero sin el ukelele, ni el glamour. En este momento me permito pensar en cómo he ido pasando los días. Al inicio fue todo llorar, luego un leve subidón y, por fin, he llegado a un estado neutro, ese en el que no estás bien ni tampoco estás tan mal. Con un aire triste o melancólico, o simplemente sin emoción. Solamente existes, respiras, comes, duermes y ya. Dan las ocho, el sol se va y cierro la ventana corriendo. Los aplausos se escuchan a través de ella y la cabrona de la vecina ya ha vuelto a sacar los altavoces al balcón. ‘Resistiré’ vuelve a sonar para todos. Aunque no te apetezca. A pesar de que la odies. Desde hace demasiados días el mismo ritual. Ojalá se le caigan los altavoces a la calle. Es increíble como el momento más feliz cambia a uno de los peores, en segundos. Cuando termina, abro una cerveza e intento hacer una ‘birracall’ con algún amigo. Para beber menos sola (que no beber menos). Cenar y Netflix hasta que me duermo. Ya ha pasado otro día. Mañana 35.



Me duele la cabeza. Como todos los días. Me he despertado tres o cuatro veces, no sé, hoy no las he contado. Todos los días me despierto un poco enfadada conmigo misma por no haber dormido bien. Otra vez. Remoloneo un poco en la cama y se me empieza a quitar esta sensación. Aunque duerma cuatro o cinco horas al día sigo intentando despertarme pronto con la esperanza de esa noche dormir mejor. Me pongo un poco de mejor humor porque las mañanas suelen ser buenas. Me despierto y llamo a una o dos amigas, depende del día: hora de entrenar. Nos ponemos al día (todo lo que nos podemos explicar tras otro día más de confinamiento) y escogemos un entreno. Sufrimos un poco juntas, pero es más fácil en compañía; nos animamos, seguimos ahí la una para la otra cuando ya no puedes más. Eso es lo que más echo de menos de entrenar con ellas, pero así está mejor. Después de esto se nos une una más: hora de yoga. Nos hemos aficionado en cuarentena, nos ayuda a equilibrar el cuerpo. Nos reímos de las posturas imposibles pero lo disfrutamos dentro de cada una. Acabamos con otra buena charla, da igual de qué hablamos, pero allí estamos. Quizás solo echo de menos tocarlas, abrazarlas, porque por el resto, lo hemos logrado, diría yo. Mi momento de la mañana, hacerme un buen desayuno, disfrutarlo como no tengo tiempo de hacer nunca y compartir un buen rato con Amy Winehouse en la ducha. Mi momento. Es prácticamente hora de comer, que buenas son las mañanas. Espero que llegue el sol al balcón y leo un poco un libro que no me gusta mucho. Pero es que odio dejar los libros a medias, es superior a mí, así que lo acabaré. Cuando hay demasiado sol, hago la comida y el día empieza a ir de bajada. Suerte que tengo gente que me acompaña siempre y me hace compañía en los momentos difíciles. Me gusta estar sola, lo disfruto. Creo que funciono un poco por contraposición: me gusta estar sola, me gusta darme ratos para mí, pero también me gusta porque me recuerda lo que me gusta estar acompañada, sentir a las personas que quiero cerca y saber cómo están. Que me cuenten cualquier tontería. Como echo de menos un abrazo. La verdad es que no me desagrada esta vida. Por la tarde suelo ver una serie que tengo pendiente o que me han recomendado o leer algún libro que ahora sí, disfruto. Alguno que me guste. Aún y así las tardes me cuestan más, se me hacen más largas. Intento meditar, he empezado a hacerlo, creo que me vendrá bien para entenderme porque a veces no lo hago. Muchas veces no lo hago. Si me dejaran salir estas dos o tres horitas por la tarde y ver a ciertas personas podría estar así mucho tiempo. El principio de la noche suele ser bueno, me gusta la compañía, me gusta que me digan buenas noches y, aunque sea sin hablar, compartir un rato con alguien que se preocupe por mí. Pasar un buen rato para acabar el día. Con esperanza de tener un buen sueño. Lástima que luego llega el declive de cada noche, de no poder dormir. Otra noche más. Suerte de la gente que tengo que hace que, cada mañana, olvide que he vuelto a tener otra noche de mierda y hace que tenga un día mejor. Qué ganas tengo de abrazarlas y de verlas sonreír en directo. Joder, echo de menos el contacto y el cariño.



Lo primero que hago cada día es conseguir levantarme de la cama, que me lleva mi buena media hora hasta que por fin lo consigo. Luego me preparo una cafetera que me voy bebiendo durante toda la mañana. Siempre con leche de almendras y sin azúcar. Me salgo al balcón, con el café, el libro o una libreta o el movil mayoritariamente, para qué mentir. Aunque ahora Barcelona está muy silenciosa, normalmente se escucha a los vecinos hablar entre ellos, los ves en sus balcones desayunando como tú... Las mañanas me gustan (bueno me levanto sobre las 11h o 12h, así que mucha mañana no me queda). Me vuelvo a mi habitación y me estoy con el ordenador hasta la hora de comer. Luego como y veo un capítulo de alguna serie con mi madre. Me vuelvo a mi habitación para hacer algo más con el ordenador y alguna videollamada, cada vez menos. Luego con mi madre salimos a aplaudir a las 20h y, al acabar, llamamos a mi yayo. Luego sigo en el ordenador o juego a algún juego de mesa con mi madre. Cenamos y miramos otro capítulo y me vuelvo a la habitación porque por las noches soy más productiva o para hacer unas birras por videollamada. Normalmente me voy a dormir a las 2h de la mañana, aunque siempre me ha costado un buen rato dormir. Y volvemos a empezar.



DĂ­a 5 de la quinta semana de confinamiento. Ha habido tiempo para todo: informaciones, bricolaje, dibujar, series, pelĂ­culas, videollamadas, tiempo de calidad con mi pareja (por fin), planear futuros viajes, aplaudir, agradecer y hacer deporte. Lo que mĂĄs me ha gustado es volver a conectar conmigo misma, tener tiempo para mĂ­ y ser consciente y valorar todo lo que tengo.



Ayer me levanté temprano, desayuné, me aseé, hice la cama, fui al mercado y a la frutería. El martes suele ser un día muy intenso, es el día de la semana que más cocino, de hecho, me paso casi todo el día cocinando. Primero hice un pescadito al horno para comer (comemos mi suegro y yo) y preparé un “tupper” para la comida del día siguiente de mi mujer, que se lo lleva al trabajo. Luego hice la cena para que se la llevase mi suegro y también le hice la comida y la cena del próximo día. Cuando llegó mi mujer de trabajar cenamos y preparé el bocadillo para el día siguiente. Sí, porque el miércoles es el día “cumbre” de la semana, es el día que nos vamos de excursión unos 18 o 20 excompañeros de trabajo, caminamos por la naturaleza, recordamos “batallitas”, comemos y pasamos un día agradable. Y hoy cuando me he despertado pienso: ¡Por fin es miércoles! ¿Pero qué pasa? Me dice mi mujer que a dónde voy, que estamos confinados. ¿Confinados? No, no… No es un sueño, más bien es una pesadilla. Ayer todo iba bien, era un día normal, con la rutina de siempre. Salgo al balcón y no hay nadie por la calle. Pongo las noticias y no me puedo creer lo que estoy viendo. Y pienso si el ser humano es el único animal capaz de destruir a su misma especie. ¿Qué hemos hecho mal?



Un mes y tres días confinada. Una ruptura abrupta me trajo hasta este momento. En una casa que no era mía, pero que nunca he sentido ajena, he aprendido a pasar los días y las horas, que cada vez pasan más rápido. Acompañada, a ratos sola, el silencio, la música de los vecinos, empiezo a pensar que podría vivir así eternamente. El abismo de la vuelta empieza a ser más grande que el del prolongamiento de este estado, en mi caso, privilegiado. Escribir, pensar, mirar por la ventana, cocinar, comer, hablar, ducharme, las series, las películas, la cola en el supermercado, la asfixia bajo la mascarilla… Acompañada, a ratos sola. Mejor no pensar demasiado.



Me despierto y me cuesta levantarme... Me obligo por la tostada de aguacate que viene a continuación. Me tomo un matcha y me pongo a guionizar o a pelearme con el papel dependiendo del día. Cocino y como. Siempre con alguna película de fondo que no acabo de ver. Retomo el trabajo o un libro. A veces hasta acabo la película y, en algún momento, encajo una ducha o baño largo y reparador. Media hora de deporte antes de cenar, a veces estiro un poco más y le añado yoga. Cocino y ceno. Y acabo la película, ahora seguro. El resto del tiempo me lo consumen las redes sociales supongo…



De los días de confinamiento he descubierto algunas cosas sobre mí. Me gusta abrir. Libros, botellas, botes, grifos, cajones, la ducha, me gusta abrir casi cualquier cosa que se pueda abrir pero, sobre todo, ventanas. Me gusta mucho abrir ventanas. Mi prioridad al despertar es abrir mi ventana. Dejo entrar el aire frío, el olor a mar, a los olivos y las gaviotas. Inspiro. Me desprendo de los sueños borrosos que se han quedado atrapados entre mis sabanas. El ritual del desayuno. Bol de fruta con kéfir y miel, tostada de espelta y café con leche de arroz. Me ayuda a afrontar los días con mejor humor. Diría que es la comida del día favorita. El paseo a mi perro y los ejercicios militares de obligado cumplimiento hacen que la mañana pase rápido. No voy a salir de esta cuarentena peor de lo que la empecé, pienso. La comida gira alrededor de un alimento. Jugamos a ver que comida exótica podemos hacer con cualquier cosa que tengamos en la nevera. El otro día hicimos una coliflor griega buenísima. Estamos muy orgullosas de nuestras cocinitas, ¿quién no estos días? Después de comer, abro las puertas, y me siento medio dentro medio fuera. Mi casita da a un camino público. La línea entre estar dentro o fuera es tan fina que suelo cruzarla con mis pies. Se podría decir que me siento en mi pequeña parcela de poder. Al sol. A veces leo, otras solo miro el final del caminito, pero no apareces. Por la tarde miro la luz mágica que se refleja en cada pared. Me acuerdo de ti. Te saludo con mi mano, siempre la izquierda. Me acuerdo de tu mano, tu forma peculiar de saludar al mundo, viajo un poquito. Anochece y mis ventanas siguen abiertas. Anoche una tormenta se coló por mi ventana, las descargas eléctricas iluminaban el cielo de un color lila. Vi un rayo cruzar el cielo. Me pregunté a dónde viajaba. Le pregunté si le podía acompañar.



Me levanto más bien tarde que pronto. Si entra luz bonita por la ventana me levanto rápido y me pongo creativa con la cámara y el auto disparador. Es la primera vez que me hago fotos a mi misma y me está gustando bastante. Si llueve, me quedo una hora más en la cama escuchando la lluvia. Si está nublado, avanzo trabajo atrasado. A la que se asoma el sol subo corriendo a la terraza de arriba y devoro libros (nunca los había acabado tan rápido). A veces intento hacer yoga, pero no se me acaba de dar bien. Como con mi madre. Mi madre come demasiados huevos poché. Se lo digo cada día, pero no me hace caso. Por la tarde intento seguir haciendo tareas, pero me cuesta mucho más. Llamo a gente sin avisar por FaceTime. Hago pilates cada tarde, nunca había sido tan constante. Ceno con mis padres con poco tema de qué hablar. Por la noche hago llamadas larguísimas con gente que está en otro huso horario completamente distinto. Esas llamadas son las culpables de que nunca esté soñando antes de las 2h.



Me despierto, miro la hora. ¿Es pronto? ¿Es tarde? No importa, sea la hora que sea, me quedo una hora más en la cama, mirando Instagram, en Whatsapp, planeando mentalmente qué voy a hacer hoy. Por fin me decido a levantarme, voy al baño y... ¿Vuelvo a la cama? ¿Voy a desayunar? Es una decisión importante, eso influirá en a qué hora empezaré a hacer algo productivo hoy. Me decido por volver a la cama 10 minutos y a desayunar. Hoy ha salido el sol, por fin, así que desayuno en mi terraza junto a mi perra, siento tranquilidad, me gusta, esto no lo hacía antes de la cuarentena, pero quiero seguir haciéndolo después. A continuación, vuelvo a mi cuarto, me siento en la cama, pongo música y me autoconvenzo de empezar a hacer algo ya mientras observo la pared con fotos y recuerdos de la gente que me importa; eso me da paz y tranquilidad. Abro la cortina, que entre mucha luz, porque sino, no hay quien empiece a hacer nada. Me hago la cama, algo de ejercicio, ballet y luego a la ducha, me visto y ya estoy lista para continuar mi día. ¿Qué pasará hoy? Me pongo un rato con el ordenador, buscando ideas para maquetar el proyecto, tengo que ponerme las pilas porque no he hecho nada durante este tiempo... Hago algo rico y sano de comer, la gente me dice que seguro estoy aprovechando para cocinar muchas cosas ricas pero la verdad es que no tanto, durante el año me encanta hacerlo, pero estos días prefiero hacer cosas que no suelo hacer y dedicarle tiempo a otro tipo de cosas que de normal nunca tengo tiempo. Como, veo un poco la tele mientras me hago un collar y luego me pongo a dibujar en mi diario de la cuarentena con una ilustradora de Instagram. Debería estar solo una hora dibujando, lo que dura el directo, pero al final, siempre acabo estando más, me pongo los cascos con buena música y me dejo llevar. Después de dibujar no me suele apetecer hacer nada, por eso hay días que intento dibujar más tarde y antes coso, bordo o hago el proyecto para aprovechar más el día. Hora de los aplausos, en Canarias es a las 19:00 para ir a la vez que en la península, pocos vecinos aplauden y no salgo todos los días, a veces aplaudo desde el sofá. Los domingos un vecino solía poner música después, pero ya no la pone, me gustaba que lo hiciera. Juego un poco con mi perra, Roma, le tiro la pelota, que corra por la terraza, le hago mimitos cuando se deja, la persigo, nos lo pasamos bien. Cuando ya ha anochecido, hago la cena, le doy la cena a mi Roma, ceno, un ratito en el sofá con mi madre viendo el Hormiguero y ya me voy a mi cuarto a ver alguna serie antes de dormir. Y hasta mañana.




Como, como, como. Bebo, bebo, bebo. Duermo, duermo, duermo.


diario de una cuarentena

de todos los autores anĂłnimos que participaron en este proyecto

23 de abril de 2020 ana millĂĄn rodrĂ­guez


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