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Miguel de Unamuno es considerado por algunos críticos el guía de los jóvenes del Grupo de 98, expresa en sus obras inquietudes filosóficas que lo convierten en precursor del vitalismo (defiende la intuición como método de conocimiento de la realidad) y del existencialisnio (se plantea el sentido de la existencia humana, de la vida y de la muerte, el ansia de eternidad, la existencia de Dios...). Datos biográficos Unamuno nació en Bilbao, en 1864. En 1880 se instaló en Madrid donde estudió Filosofía y Letras. En 1891 se casó con Concha Lizárraga, y ese mismo año opositó y consiguió la cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca. En esas oposiciones conoció a Ángel Ganivet. En 1897 sufrió una profunda crisis religiosa que influyó poderosamente en su vida y en su producción literaria. En 1901 le nombraron rector de la Universidad de Salamanca, pero en 1914, el ministro de Instrucción Pública, Bergamín, le destituyó por razones políticas convirtiéndose en el intelectual «mártir» para la oposición liberal. En 1920 fue condenado a dieciséis años de presidio por injurias al rey. Aunque la sentencia no se llevó a cabo, su prestigio como líder intelectual perseguido aumentó. Sus ataques al rey y al general Primo de Rivera le llevaron al destierro en Fuerteventura. Desde allí se fugó a Francia y fijó su residencia en Hendaya. En 1931 la República le reintegró en su puesto de rector y fue elegido diputado a Cortes. En 1934 murió su mujer. En 1936 fue nuevamente destituido y confinado en su hogar, donde murió el 31 de diciembre de ese mismo año. Unamuno fue una de las figuras más representativas del GRUPO del 98. Su espíritu inconformista, contradictorio y heterodoxo se refleja en sus obras con las que se proponía despertar las conciencias de sus compatriotas. El pensamiento de Unamuno Durante su juventud, Unamuno defendió las ideas socialistas y colaboró en la revista La luchas de clases. Sus planteamientos cambiaron tras la profunda crisis religiosa que sufrió en 1897: abandonó el racionalismo y se acercó a posturas más irracionalistas y espirituales. Expuso su pensamiento en los siguientes ensayos: En torno al casticismo (1895 y 1902), cuyo tema central es la esencia de lo español, la tradición, etc.; Vida de don Quijote y Sancho (1905), interpretación capítulo a capítulo, de la genial obra de Cervantes en la que Unamuno defiende la actitud quijotesca ante la vida; Del sentimiento trágico de la vida (1912) y La agonía del cristianismo (1931), en los que aborda los problemas de la vida, la muerte, la condición humana, Dios, el ansia de inmortalidad, etc. Escribió también ensayos sobre los viajes que realizó, entre los que


destacan: Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1922). Los temas que más preocupan a Unamuno son los siguientes: 





El problema de España. Al preguntarse por la esencia de lo español, diferenció entre historia e intrahistoria. Para Unamuno, el verdadero carácter del pueblo se manifiesta en la intrahistoria, es decir, la «vida silenciosa de millones de hombres sin historia». En su obra. Entorno al casticismo ataca el falso casticismo paralizante («No hay corrientes vivos internas en nuestra vida intelectual y moral, esto es un pantano de agua estancada, no corriente de un manantial») y defiende la necesidad de europeización. Pero estas ideas entraron pronto en crisis y en Vida de don Quijote y Sancho, defiende la necesidad de españolizar Europa. El problema religioso. El ser humano, según Unamuno, siente terror a la nada y desea existir eternamente; por ello, necesita un Dios que garantice su perdurabilidad después de la muerte. Unamuno identifica la necesidad religiosa con el ansia de inmortalidad. Toda su vida fue una lucha entre el deseo de creer y la falta de fe. Unamuno, reflexionando constantemente sobre la fe y la certeza de la muerte, expresa en sus obras su «hambre de Dios», su deseo de no morir nunca del todo. El problema de la identidad. Unamuno distingue entre lo que uno es, el ser real, caduco y perecedero, y lo que uno desea ser. De esta manera, identifica el yo profundo con ese yo ideal: «Te debe importar poco lo que eres, lo cardinal para ti es lo que quieres ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea de Dios.» Para Unamuno la personalidad humana es obra de la imaginación. Por eso se pregunta, «¿qué son más verdad, los seres reales o los personajes de ficción?». Unamuno los equipara y piensa que los de ficción son superiores a los reales porque pueden soslayar la muerte, inevitable para el ser humano. Además, el personaje de ficción, al ser una reencarnación de su creador, hace que éste tampoco muera del todo: «Es grande Segismundo, precursor del Quijote, y hay eterna grandeza en Pedro Crespo y aun en don Lope de Almeida, porque todos ellos, y con ellos su creador, eran algo más que mentes nacidas para comprender el mundo. »

UNAMUNO, NOVELISTA Las narraciones de Unamuno se centran también en los problemas de la existencia humana. El autor renovó el género novelístico y, con el fin de justificar las importantes innovaciones que introdujo, inventó la palabra nivola para denominar su modelo narrativo. Todas sus obras, menos la primera (Paz en la guerra), se ajustan a este molde, caracterizado por:      

la desnudez narrativa (no aparecen descripciones ni pintura de costumbres; son, como dice Unamuno, «a modo de dramas íntimos»). la importancia que se concede al diálogo; la presencia de un protagonista individual, personaje agonista, en lucha contra la idea de la muerte; la concepción de la novela como un método de conocimiento aplicado, sobre todo, a la búsqueda de soluciones frente al ansia de no morir; la reinterpretación del concepto de Realismo (mezcla personajes reales con los de ficción, interpola relatos, etc.); la estructura abierta, con posibilidad de varias interpretaciones, que exigen la participación de un lector activo e inteligente;




y el anticipo de algunos rasgos de la narrativa contemporánea como el monólogo interior.

Su primera novela fue Paz en la guerra (1897), que trata el tema de las guerras carlistas y tiene un trasfondo autobiográfico; Amor y pedagogía (1902) cuenta la historia de don Avito Carrascal, que fracasará en el intento de educar a su hijo según las más modernas teorías pedagógicas; Niebla (1917) se refiere a los problemas existenciales de Augusto Pérez, quien, abrumado por sus fracasos amorosos quiere suicidarse y al comunicárselo a Unamuno (que aparece como un personaje más de la novela) descubre su realidad de ente ficticio y suplica a su creador que no lo mate; Abel Sánchez (1917) relata la historia de un hombre que lucha contra su constante tendencia al odio y la envidia; La tía Tula (1921) tiene como tema central las ansias de maternidad de una mujer virgen, y San Manuel Bueno, mártir (1930), obra maestra de la literatura española y perfecto prototipo de nivola, se centra en la vida del cura rural don Manuel Bueno. San Manuel Bueno, mártir cuenta la historia de don Manuel, párroco de Valverde de Lucerna, que no cree en Dios ni en la Resurrección y, a pesar de ello, decide seguir ejerciendo el sacerdocio por el bien de su pueblo. Don Manuel muere sin haber recuperado la fe, pero su pueblo lo considera un santo. Sólo Ángela, su hija espiritual, personaje que escribe la historia en forma de memorias, y su hermano Lázaro conocen el íntimo conflicto del párroco. La acción se desarrolla en un espacio simbólico: un pueblo localizado entre un lago, en cuyas aguas está sumergida la antigua aldea, y una montaña. La montaña representa la fe, la permanencia, la inmortalidad; el lago se identifica con la duda y la aniquilación definitiva. Por eso la nieve se solidifica en la montaña y se funde en el lago. El pueblo, Valverde de Lucerna, es una comunidad que se debate entre la fe y la duda, y está sustentada por don Manuel. La aldea sumergida es símbolo de la humanidad intrahistórica. Unamuno plantea en esta novela el problema de la existencia humana y de la inmortalidad del alma y, relacionado con ello, el conflicto entre la verdad dolorosa y trágica de la razón, y la paz ilusoria basada en la fe ingenua. Esta última opción es la que defiende el autor en la obra.


Miguel de Unamuno