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Literatura

09-11 Acerca de Gilio (1922/2011)

Páginas sueltas

Medio pan y un libro

María Esther, mi cuentera preferida

Hace ochenta primaveras, en septiembre de 1931, Federico García Lorca, quien, al instaurarse la Segunda República española tuvo a cargo la codirección de la compañía estatal de teatro “La Barraca”, donde pudo dirigir, escribir y adaptar obras teatrales, se dirigió al pueblo de Fuente Vaqueros, al inaugurar su Biblioteca con el discurso que sigue. García Lorca fue fusilado el 18 de agosto de 1936, en su Granada. uando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. “Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre”, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión. Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada. No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicacio-

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nes económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? ¡Libros! ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir: “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoievski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Sibe-

ria, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, solo decía: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!” Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida. Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: “Cultura”. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

”Hágame el favor / de oírme dos palabras...”

La revista porteña (1890-1930) Hay un libro que no se vende, lo distribuye gratuita y gratamente el Instituto Nacional del Teatro (Av. Santa Fe 1243, piso 7). Vaya a buscarlo si siente devoción por la revista porteña. Vaya preferiblemente de galera. Lleve plumas o lentejuelas –si las tiene o las heredó– que atestigüen una genealogía familiar aficionada al género chico, porque este libro, como un beso de amor, no debe darse a cualquiera.

Ella - ¿Usté es soltero? Él – Por mi fortuna. Ella - ¿Su nombre? Él – Julio Ruiz. Ella - ¿El actriz? Él - El actor. Ella - ¡Huy, qué horror! ¡Qué fama tiene usted de acá y de aquí! (El año pasado por agua. Versión de Julio Ruiz) asar revista a los hechos destacados del año con ligereza y buen humor... ¡qué alivio!, ¡qué diversión! ¿Dónde y cuándo empezó esta costumbre? en París. Esas irónicas revisiones o revistas se presen-

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taban, ya por 1830, como espectáculos populares, ligeros. Reírnos de lo que nos pasa es algo que todos deseamos. Y el vínculo de agradecimiento entre el público y quienes lo ayudan a reír es de amor mutuo (“Ustedes al venir me dan más fuerza / no habrá fantasma que se nos resista / ni crisis que nuestra senda tuerza / mientras ustedes cuiden a sus artistas.) Para escribir La revista porteña / teatro efímero entre dos revoluciones (1890-1930) Gonzalo Demaría -que es dramaturgo, novelista, ensayista, compositor- se volvió arqueólogo y rastreador: bajó a sótanos de teatros, subió escalerillas de bibliotecas, visitó los recuerdos de personas mayores y descifró programas de mano amarillos por el tiempo. Revisó el teatro frívolo sin frivolidad y lo ha catalogado seriamente. “Una palabra, un dato”, como quería el periodista Homero Alsina Thevenet, que lo hubiera felicitado. Demaría cuenta con la fluidez que da haber aprendido algo par coeur (que más que “de memoria” podríamos traducir “de corazón”) la historia de esta forma teatral que nació como café chantant (el Folies-Bergére, el Moulin Rouge... espectáculos que Toulouse Lautrec ilustró en modernos planos de color, inventando el afiche). En esa segunda mitad del S. XIX, la iniciativa del director del Teatro de Variedades de Madrid dividió la larga programación de cuatro horas en cuatro obras, de en-

trada menos cara. Piezas breves y populares. Así nació el teatro por secciones. En 1886, La Gran Vía, una de esas primeras revistas (que en Madrid preferían llamar “sueño cómico-literario”) superó las 400 representaciones, con dos funciones por noche. La Gran Vía no era una zarzuela. Era otra cosa: un pretexto temático, números sueltos, el tono, la actualidad, el gusto alegórico son las líneas del carácter revisteril. Otra, El año pasado por agua (1889) aludía al lluvioso Madrid en que se estrenó. En Buenos Aires, la sátira política no perdonó ni a los virreyes: pasquines en verso se leían en las tertulias, caricaturizando al propio Vértiz. En tiempos de la Independencia, la Campomanes, “actriz federal”, se burlaba de los unitarios. En 1885 el madrileño Eduardo Sojo –que ya editaba el semanario gráfico Don Quijote– fue autor de Don Quijote en Buenos Aires, “revista bufo política de circunstancias”. A partir de entonces, señores y señoras, tenemos la revista porteña minuciosamente evocada en 222 páginas que vuelan, que consignan nombres queridos con ese afecto inextinguible cuando se gana, que es el cariño popular. Marcos Caplán, Florencio Parravicini, Muiño, Alipppi, Gloria Guzmán (la primera vedette nacional)... ¡Canaro! (“¿te acordás hermano, lo linda que era?”), El Maipo... Pepe Arias, Sofía Bozán, Juan Carlos Thorry... ¿Sienten los aplausos para todos ellos? Para Demaría, también. // Ana Larravide

“Las cosas todavía bailan en el aire -el teléfono, las tazas, el diario, las cucharas- van cayendo en vaivén, como hojas de otoño. María Esther se fue. Es como un remolino... como una obra de teatro, un cuartel de bomberos, un restorán en marcha, una niña perdida, una sabia, una cabeza de novia. -¡Mi aparato del asma! ¿No lo viste? - Fijáte al lado del teléfono. - ¡Ah, sí! ¡Aquí está! Voy a llamar a Página 12... ¡Hola! ¡Soy María Esther Gilio. ¿Me puede pasar con los maravillosos señores que le pagan a los colaboradores?... ¿Roberto? Habla María Esther... tengo dos notas para cobrar, a dos psicólogos ¿te acordás? Ah ¿no sos Roberto? ¡Alberto, digo! ¿Se fue a almorzar, Alberto? Bueno ¿y quién habla? Mirá, Oscar, yo soy María Esther Gilio y tengo... ¿Cómo que sólo una? Tendría que cobrar dos, fijáte bien Roberto: tengo que pagar un pasaje, porque me voy al Africa, y no puede ser que no estén para cobrar, esas dos notas. ¿Las facturas? Ay, no: en Montevideo. ¿Te las puedo mandar después por fax? ¡Gracias Oscar!” Escribí esto hace como quince años. Esta vez María Esther no se fue al Africa, como siempre quería. Ni a Montvideo. Se fue a charlar con Onetti, con Troilo, Bonavena... ¡Gilio, Gilio..! Cada uno tendrá sus recuerdos: ¡gran entrevistadora! ¡qué mujer genial! ¡qué rico que cocinaba! ¡qué atolondrada que era! ¡qué simpática! ¡cómo le gustaba hacer reír! ¡qué valiente con sus miedos! ¡qué alegre! Todo es cierto. Para mí hay dos cosas muy ciertas: que la quise mucho y que a mis veinte años sus entrevistas en Marcha fueron una ventana abierta a algo que me gustó para siempre: escuchar y escribir. Se murió el sábado pasado, el 27 de agosto. Dos días antes Darío “mi ex marido”, como lo llamaba cada día, le llevó flores por sus 67 años de casados (auque estaban divorciados hace 50) le dijo que era “la mujer de su vida y la más maravillosa” María Esther se rió. Y no dudó. Hizo bien. Ha llegado al cielo casada y rejuvenecida: en sus necrológicas y hasta en Wilkipedia consiguió convencernos de que era una jovenzuela de 83 años, del 28, por un rulito que hizo una vez, con tinta, sobre el 1922 de su DNI. Esta casa era su casa cuando venía a Buenos Aires, algunos días por mes durante muchos años, llegaba como la muchacha de la valija, con su valijín rodante atropellando las sillas, enredándose con la bufanda y enarbolando el ventolín. “Ana, Ana ¿tomamos té? ¿Dónde está Naná? Voy a hacerles una cosa riquísima, que comí en lo de Sofía...!” // Ana Larravide

escribo para ser amada escribo para no olvidar lo más importante que hay en el mundo la amistad y el amor la sabiduría y el arte es una manera de vivir sin morir de morir sin morir Silvina Ocampo

27 de agosto  

para maria esther

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