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montevideo

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lo rasgan a tajos negros las agudas hojas de palmera afiladas por la chaira del viento

el cielo gris verdoso no aguanta mรกs llueve por mil heridas.

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esta ciudad de la nostalgia que llama mar al río y joven a cualquiera con menos de cien años

esta ciudad arbolada de plátanos que ilumina con móviles manchas las veredas y transforma en cuadro de Torres cada esquina

esta ciudad que vuelve en sueños como vuelven las puestas de sol

es en el aire de la tarde una vez más Montevideo.

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cuando estĂĄ por llover cuando me aburre todo pero apuesto a imaginar historias bastan esta ventana esta silla esta mesa para creer que vivo frente al mar

pido un cafĂŠ el alquiler mĂĄs barato del mundo.

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un café renegrido áspero dulce del que se acepta sólo el primer sorbo como un remedio imprescindible como una prenda a pagar en un juego como un peaje aceptado con gusto con tal de estar allí pasando el tiempo entre otra gente ajena próxima mirándolos mirándolos y viendo al fondo el mar.

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serios como ministros lentos como jueces vocacionales como actores de teatro sin asombro ante nada como pรกrrocos con largos delantales negros y chalecos rayados es imposible imaginarlos vestidos de otro modo ni en otro sitio. los mozos intemporales del Expreso Pocitos.

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dolicocĂŠfala y negra su cabeza su andar de reina su cuello minarete bruna bruna no va por el desierto flotando en el simĂşn como debiera Ăşnica y silenciosa su falda ondea con gracia entre canastos y gritos y colores de feria.

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flores... arandelas, clavos, caireles, porcelanas, nácar, carne, naranjas, abanicos, tableros de ajedrez, zapatos viejos, ciruelas y revistas y azulejos. viboreando su chás, chás pasan las lonjas con borocotó de tamboril todo el año es carnaval felicidade sin fin. borocotó, borocotó -van repicando mirando alrededor por el vintén- pasto seco, pasto viejo y van dejando un no sé qué. se van perdiendo las lonjas a lo lejos y se aleja el ritmo borocotó, borocotó, chás, chás la gente por las dos veredas viboreando va. la mirada lenta lentamente recorre lo que ve puede encontrar todo lo que quiere si mira bien. algunos relojean relojes viejos, viejos libros o discos de Gardel hasta se puede encontrar a algún amigo perdido -qué increíble, bo, volverte a ver. la mañana crece y el cansancio crece por el sol que raja. en la última cuadra el bandoneón del ciego la última cuadra de Tristán Narvaja.

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hay un Montevideo apartado de todo menos de s铆 mismo, con techos bajos y calles silenciosas, con almacenes viejos que venden poca cosa y sin bar en la esquina para perder el tiempo (ya se perdi贸 hace tanto que nadie va en su busca). hay un Montevideo de cielo largo y gris como el asfalto que traquetea cada tarde sin ser mirado. lejos del mar y cerca de los yuyos m谩s melanc贸lico que nadie.

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te quiero contar un cuento que sea como las piedras lilas que toman el color del tiempo ésas que se ponen más rosadas si hay sol más violetas si llueve. un cuento que te cuente lo que quieras.

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desmemoriadas olas ignorantes de lo que traen y llevan asĂ­ sean perlas algas estrellas navegantes o nĂĄufragos tal vez de viajes rotos o piratas de infancia desmedida empecinadas olas fuertes inmensas tristes pavorosas mĂ­nimas dulces cariĂąosas olas.

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cuna barco vivir en el vaivĂŠn y navegar preciso

no acepto en tierra la tercera madera

al mar aun en cenizas.

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06 montevideo