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AMSAFE ROSARIO | CAMINO A LA ESCUELA | JULIO 2017 GZVTCKFC GP JVVRU<11IQQ0IN1KOCIGU1T97I5S

celebra el infernal ruido de máquinas y camiones construyendo edificios frenéticamente, cortando calles sin reclamos, dejando sin agua ni luz a manzanas enteras. A esto le llamamos progreso, y ¿qué hay más civilizado que el progreso? Este accionar también es herencia de la civilizada Europa. Siempre les asustó el tambor. Y entendamos por tambor lo que realmente significa. Tambor es todo lo que resiste. Es una familia de instrumentos, la música que se toca con ellos, los bailes, los cantos, el lugar donde se da el encuentro y las personas que lo llevan a cabo. Bien sabido tenemos que no hay cosa que genere más miedo en el opresor que la gente empoderada y reunida. Creo que hoy es necesario poner en valor a nuestro tambor. Éste que fue el vehículo mediante el cual toda esta población de origen africano podía y puede sencillamente ser. Contra todos los despojos, estas personas se convertían precisamente en “cosa” totalmente impersonal. Mediante el tambor pudieron trasladarse mental y espiritualmente a esas tierras dejadas atrás y preservar su identidad. Fue el bastión que les permitió afrontar esta realidad repentina. ¿Puede usted lector/a dimensionar esa realidad? Hay condiciones más adversas que las que pasaron nuestrxs ancestrxs? Ahora bien, entendiendo esto, ¿tienen nuestras riquísimas prácticas culturales el lugar que merecen en la “historia universal de la música” que se enseña en escuelas y universidades?

A fines del siglo XIX y principios del XX con la reciente abolición de la esclavitud los países latinoamericanos se abocaron a la idea de conectarse con el mundo (que actual que suena este discurso) y para eso era necesario elegir entre la civilización europea y la barbarie americana. Esta barbarie alcanzaba su punto climático cuando de negrxs se trataba, con sus ritmos, danzas y tambores indecentes y ruidosos. Por esto fue que se

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inyecto en la sociedad un buen número de inmigrantes europeos para que la genética haga lo suyo, y la política el resto. Se pagaron transatlánticos con millones de personas civilizadas y se elaboró un discurso carente de menciones a lxs negrxs y originarixs. Y, para ser honesto, les funcionó bastante bien. Los intentos para ir en contra de este imaginario colectivo son focos de resistencia ante un discurso hegemónico de mucho poder y muy arraigado.

Este discurso se repite fractalmente y ahí es donde se hace difícil de romper porque en algún momento nos encontramos siendo un eslabón del mismo. Así como la cultura dominante y todos los medios masivos de comunicación siguen nombrando a toda la superficie de la Argentina (con excepción de una ciudad, la capital) como “el interior, dando cuenta de que subyace la misma lógica binaria de civilización y barbarie, lo mismo sucede con la música: se acepta como universal la impuesta por Europa (mal llamada clásica, culta o erudita), con todo el combo de lógicas de análisis y escrituras, y se la aplica indefinidamente a todas las otras expresiones musicales, aun cuando no tiene la más mínima cabida. Y entonces aprendemos que el compás de cuatro cuartos es Fuerte, débil, semifuerte, débil. Y queremos analizar nuestros candombes, sambas y rumbas (porque así creo que debemos pensarnos, como latinoamericanxs). Las naciones recién comienzan a formarse entrado el siglo XIX y nuestras músicas y bailes muchísimo tiempo antes) y nos encontramos con que nunca estas matrices rítmicas coinciden con los moldes europeos y que el sistema de escritura resulta demasiado imperfecto o cuanto menos engorroso. Sin ánimo de ir “contra” ninguna música, propongo que nos revisemos y cuestionemos por qué repetimos algunas verdades como absolutas y algunas prácticas como verdades. Por ejemplo, nadie cuestiona que se toque jazz, música clásica, cantos gregorianos o rock. Pero si alguien toca músicas populares de cuba, Brasil o algún país africano, o mismo el flamenco (por nombrar algún otro de Europa) no faltan comentarios del tipo “no les va a sonar bien, eso se lleva en la sangre”. Y pregunto, ¿no ha de ser necesario llevarse en la sangre un vals vienés? ¿O el jazz? ¿Acaso nuestra sangre no tiene ningún átomo identitario que nos relacione con Latinoamérica? ¿No es llamativo que repitamos estas frases?

Varias veces viendo orquestas sinfónicas juveniles (y profesionales también) me llamó la atención el hecho de que cuando se abordan arreglos de obras populares latinoamericanas suena muy parecido a como lo tocaría el estereotipado inglés sin ritmo. Y me surgen interrogantes del por qué. Y la respuesta está ahí

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Camino a la Escuela Nº 8  

Camino a la Escuela es una publicación de la Secretaría de Cultura de Amsafe Rosario. Docentes y estudiantes de profesorados realizamos prop...

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