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HOJA PARROQUIAL “FERRER” 49. Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37). Papa Francisco—EVANGELII GAUDIUM

Parroquia San Vicente Ferrer nº 99 – diciembre 2013

c/ Ibiza, 43 bis / tfno 91.504.15.21 www.parroquia.com.es sanvicenteferrer@archimadrid.es

Navidad no es un punto de llegada, sino de partida. Lo mismo podemos decir de otras celebraciones. Como pasa con la boda, no es el final, sino el principio de un gran amor. Y Dios viene a ofrecernos su amor, a casarse con nosotros. El que viene es el Novio (cf Jn 3, 29). “Viene saltando por los montes” (Ct 2, 8). No ha sido fácil el camino para él. Le hemos puesto demasiados obstáculos. Le hemos olvidado y hemos buscado otros dioses. Pero él viene para conquistar nuestro corazón. “Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón (…) me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión; me casaré contigo en fidelidad y te penetrarás de Señor” (Os 2, 16. 21-22). Es verdad que viene niño, pero el que nace es Amor. Y el Amor no sabe hacer otra cosa que enamorar. Viene, pues, para enamorarnos. El Amor es de por sí contagioso y difusivo. Viene, pues, para contagiar al hombre de esa tierna y dramática enfermedad. Ya desde el primer momento podemos hablar de un gran Amor y de una misteriosa y maravillosa unión. Dios, por amor al hombre, se hizo hombre. O sea, Dios amaba tanto a la humanidad, que se casó con ella. “El más hermoso de los hijos de los hombres se casó con la más fea”, diría San Agustín. Cuando hablamos de que Dios se revistió de carne, que el Hijo de Dios se encarnó, que asumió sustancialmente la realidad humana, estamos hablando de una admirable unión de Dios con el hombre; estamos hablando de una compenetración, de una plena comunión de lo humano con lo divino. Te penetrarás de Dios, anunciaba el profeta; pero Dios se compenetra asimismo de hombre. Así Dios y el hombre se han casado en amor, en unión plena y eterna. Dios y hombre ya no son tan distintos, ni mucho menos rivales, sino que son consustanciales. Pero el amor esponsal de Dios no se dirige a la humanidad genérica, ni siquiera a un pueblo más concreto, como Israel, sino a cada uno de los hombres, a cada uno de nosotros. Y la respuesta, sabemos, no ha sido gratificante para Dios: “Vino a su casa y los suyos no le recibieron” (Jn 1, 11).


En cada Navidad llama a nuestra puerta mendigando acogida y amor. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Son cenas de boda, cenas de comunión. Navidad, abre tu puerta al niño. Hazte cuna para él, No viene a quitarte nada, viene a enriquecerte y ensancharte. Besa y abraza tu Dios. Navidad, el niño quiere nacer en tu corazón. Comulga con él. Navidad, el niño, que nación en Casa del pan, se deja comer. Come el pan de Navidad.

Navidad, el niño también se deja alimentar y se deja vestir, mendigo y por-dios-ero, sé generoso con él. ¡Feliz Pascua de la Natividad del Señor! Felices fiestas de Natividad, Año Nuevo y Epifanía a todos, de vuestros sacerdotes.

25 de diciembre: NAVIDAD “No temáis: os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo; hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador; el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. ¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!”.

29 de diciembre: LA SAGRADA FAMILIA “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”. ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar ven la casa de mi Padre?”

1 de enero: SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS Los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño y todos se admiraban. María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

5 de enero: DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad.

6 de enero: EPIFANÍA DEL SEÑOR Los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron.

¡Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor para con nosotros!

12 de enero: BAUTISMO DEL SEÑOR En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.


Hoja 99 diciembre 2013