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Alquimia Por otra concepci贸n del mundo


Philippe Deschamps con la colaboraci贸n de Philippe Heckmann

Alquimia Por otra concepci贸n del mundo

Ediciones Rosacruces, S.L.


Ediciones Rosacruces, SL Apdo. de Correos 199 08140 Caldes de Montbui Barcelona (España) © de la Orden Rosacruz AMORC Título original francés: Alchimie, pour une autre conception du monde Traducción: Gran Logia Española, 2015 Todos los derechos reservados ISBN: 978-84-944363-2-1 Depósito Legal: B 29507-2015 Impreso por: Publidisa Primera Edición: Diciembre 2015 Barcelona (España) Colección Espiritualidad www.edicionesrosacruces.es info@edicionesrosacruces.es Las ideas y opiniones expresadas en la presente obra corresponden exclusivamente al pensamiento de sus autores y pueden no representar la postura oficial de la AMORC. Imagen de portada: La Alquimia, a la búsqueda de la Piedra Filosofal, 1771 – Joseph Wright of Derby (1734-1797) – Derby, Museum and Art Gallery.


ÍNDICE

Introducción ……………………………………..

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La Obra al Negro ………………………………..

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La Historia de la Alquimia ……………………….

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Siete Principios para una Escala de Sabiduría …….

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El Simbolismo del Fuego ………………………...

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Significado de la Sal, el Azufre y el Mercurio …….

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La Alquimia Operativa ………………………...…

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La Alquimia Espiritual …………………………...

127

El Caminio Iniciático de los Reinos ……………….

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Disciplinar la Mente ……………………………..

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Un Ejemplo de Alquimia Mental ………………...

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Conclusión …………………….………………...

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Bibliografía …………………….………………..

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Introducción Alquimia, he aquí un término que huele a sal, azufre y mercurio, y cuya simple evocación a menudo traslada a aquel que lo escucha a algún taller oscuro donde reina un fuego infernal. Empieza entonces a imaginar la presunta riqueza fabulosa de algunos adeptos de este arte del que dicen, es real. Piensa igualmente en la transformación del plomo en oro, hazaña que se atribuía antiguamente a Nicolás Flamel. Sin embargo, a finales del siglo XIX y principios del XX, esta práctica cayó casi en el olvido, principalmente por el secreto del que se había rodeado. Con el advenimiento de la química, el público no le concedió más que esa pequeña muestra de interés que despiertan los encantos pasados de moda y anticuados. Estaba a punto de ser clasificada en el almacén de los arcaísmos científicos. Afortunadamente para nosotros, los descubrimientos de la ciencia experimental que asocian física cuántica y teoría de la relatividad, sacudieron las certezas mecanicistas, así como las concepciones de la materia tan antiguas como simplistas. Paralelamente, el mundo de la psicología, con Carl Gustav Jung, redescubrió las fuerzas del inconsciente. Este famoso autor se dejó fascinar por la alquimia y creyó percibir en sus símbolos una descripción


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de lo que él llamó el «proceso de individuación», un desarrollo que conduce lógicamente la consciencia humana a la realización del Ser, es decir, a su propia perfección. Otros personajes intrigantes, o a veces irritantes, añadieron igualmente sus conocimientos, realmente prácticos esta vez, al tema. Volveré sobre ello más adelante. La convergencia de esos tres fenómenos reavivó el interés del público moderno por la alquimia. Para convencerse de ello, basta con comprobar el aumento del número de oyentes que en la actualidad acuden a las conferencias que tratan del asunto. A día de hoy, y desde hace dos milenios, miles de obras trataron el tema bajo formas diferentes; entonces, ¿por qué escribir una más? La alquimia, simbolizada a menudo por una mujer con un vestido de color celeste y cubierta de estrellas, pese a sus rasgos siempre jóvenes, procede de los tiempos más remotos. Esta aparente contradicción revela en realidad su atemporalidad e indica que su lenguaje, si bien puede seguir teniendo un significado para la humanidad sea cual sea la época, merece ser reactualizado regularmente. La vieja dama puede continuar mostrándose parlanchina, presentando un desafío, otro concepto de la materia y de la realidad. Pero para seguir seduciéndo, su discurso debe volverse accesible a la mayoría sin caer en la trampa de una alteración de sus símbolos; es decir, sin reducir el alcance de lo que enseña pero al mismo tiempo sin desvelarlo jamás completamente. Como abre una puerta a lo desconocido y a lo imponderable, debe permanecer misteriosa. Por ello, si quiere conservar su atractivo, este misterio no debe ser algo totalmente

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Introducción

inaccesible. Al menos algunos rayos de la luz que se ocultan tras sus arcanos deben poder penetrarlo. La otra razón de la presente obra consiste en reunir de manera explícita los elementos de sus dos aspectos, el operativo y el espiritual, a fin de salir de una oposición generada a menudo por la incomprensión mutua de los adeptos de ambas vías. Su particularidad será pues presentar en un lenguaje simple conceptos sobre la alquimia que, si bien no son nuevos, pudieron sufrir una presentación demasiado lapidaria por parte de los antiguos maestros. Esto se refiere especialmente a su aspecto metafísico. El proceso alquímico oculta una manera especial de pensar acerca del hombre y del universo. Sin embargo, su templo no se deja penetrar fácilmente. Deseamos, por tanto, que a la simple lectura intelectual de la presente obra le siga una meditación que abra la percepción intuitiva de un universo unificado, vivo e inteligente, del que el hombre sería la síntesis. En cuanto a la dimensión especialmente espiritual del tema, en el marco de la situación del mundo moderno, merece ser ampliamente desarrollada. En efecto, vivimos en un planeta que tiene ocho mil millones de habitantes, lo cual multiplica y hace todavía más complejas las relaciones humanas. Enfrentados con este fenómeno de fricciones multiplicadas, los individuos tendrán cada vez más interés en aprender a trabajar sobre ellos mismos, a dominarse, no bajo una obligación sofocante, sino desarrollando en ellos una espontaneidad y una riqueza interior atenta a las necesidades de los demás. También tendrán que aprender a encontrar su lugar dentro de colectividades cada vez más presentes en su vida. Permitir que emerja este ser humano a la vez libre, desarrollado, 11


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consciente y respetuoso con su medio ambiente parece ser el papel de la alquimia espiritual. Presenta en efecto un programa de desarrollo ideal, en el que deberían inspirarse los futuros métodos de educación, puesto que busca integrar mejor al hombre con las leyes de su entorno natural y social. Por fin, para aportar una nota adicional a este libro, en un capítulo he recurrido a las luces de Philippe Heckmann, Conferenciante de la Universidad Rosa-Cruz Internacional (URCI), que presentará los elementos más importantes de la llamada «vía húmeda», así como el concepto fundamental de los fractales, presentes en toda la naturaleza. Curiosamente, este moderno descubrimiento esclarece singularmente la manera de pensar hermética, siendo el hermetismo la filosofía que sustenta el conjunto del método alquímico.

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La Obra al Negro Antes de presentar un conocimiento o una manera diferente de abordar el mundo, a veces puede ser útil relativizar, o incluso poner en tela de juicio el saber admitido en su época. Demasiadas certezas científicas, en efecto, representan a menudo un freno a la emergencia de nuevos conceptos. La verdad siempre se abre camino, pero encuentra por todas partes obstáculos ligados a los prejuicios de las épocas en las que busca expresarse. El proceso de Galileo en el siglo XVII representó en este aspecto, por un lado, una ilustración impactante del peso de los dogmas, y paradójicamente, también la imposibilidad de oponerse de manera duradera al progreso del conocimiento. Nuestra época calificada de moderna, ¿estaría exenta de este oscurantismo? En absoluto. Si bien existieron y siguen existiendo dogmas y prejuicios religiosos, el ámbito científico y técnico actual no está desprovisto de estos «hornos asfixiantes». Sería un burdo error pensar que los viejos demonios han abandonado nuestro mundo. Solo muestran otra cara, mientras que sus aspiraciones permanecen idénticas y buscan hacerse con el poder para mantener las instituciones anquilosadas. Afortunadamente, de siglo en siglo, nuevos Molière


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aparecen para sacudir las consciencias y hacer progresar al mundo. Tomemos un ejemplo más que conocido: la homeopatía. Esta medicina puede estar orgullosa por sus numerosos resultados sobre todo tipo de enfermedades. Basta con realizar un simple trabajo estadístico con los enfermos para acreditar su validez médica. Por desgracia, un obstáculo se opone a que la Academia de Medicina la tome en consideración, pues entra inmediatamente en conflicto con un dogma científico, el principio del número de Avogadro: 6,02214129 × 1023. Expuesto de forma sencilla, este número define la cantidad de átomos presentes en una sustancia determinada. Ahora bien, los remedios homeopáticos se basan en diluciones extremedamente altas de sus principios activos, plantas, insectos, minerales, metales… Según este método, cuanto más diluimos un principio activo, lógicamente más escasa se hace su presencia en la solución, hasta la ausencia completa del mismo, definida por el famoso número de Avogadro, nombre de su descubridor. Sin embargo, paradójicamente, cuanto más recurre el médico a estas altas diluciones, mejores y más espectaculares resultados consigue. En realidad, no es el número de Avogadro en sí lo que constituye el dogma, ya que se trata de un simple hecho admitido, sino que, más bien, es la idea de recurrir a él para juzgar la homeopatía y negar así los resultados de los que puede alardear. Según esta teoría, en efecto, una vez superado un nivel de dilución de 15 CH (centesimal de Hahnemann), ya no habría huellas del principio activo y por lo tanto sería imposible curar a nadie con esta mezcla. Y sin embargo, la homeopatía funciona, a pesar de que una teoría apoyada por la 14


La Obra al Negro

autoridad académica pertinente quiera negar los hechos. En realidad, nadie quiere confesar que no tenemos ninguna explicación definitiva sobre la eficacia de esta terapia. Los cenáculos científicos prefieren pues negarlo, dando un seudo contra argumento. El médico homeópata se encuentra pues en la misma situación que Galileo Galilei cuando defendía en 1633 su teoría heliocéntrica ante la todopoderosa Iglesia de aquel entonces y murmurando, a raíz de su condena y a propósito de la Tierra: «Y sin embargo, se mueve». ¿Qué decir del escepticismo que muchos demuestran frente a este tipo de adagio: Dios puso en la naturaleza todas las enfermedades y a su lado todos los remedios? He aquí unos ejemplos. La Árnica Montana es una flor que cura las contusiones. Su originalidad consiste en crecer, como su nombre indica, en las montañas, lugares propicios a las caídas y a los accidentes de toda clase. Los pantanos, antes de ser desecados en Europa durante la Edad Media por los monjes cristianos, eran lugares ideales para el desarrollo de fiebres y otros síntomas similares. El sauce, por su parte, crece cerca de los estanques de agua. Resulta que la corteza de este árbol contiene ácido acetilsalicílico, es decir el principio activo de la aspirina, de la que dicen reduce justamente la fiebre. Otro ejemplo un poco menos conocido: la zarza mora. Rasguña al imprudente que se adentra entre ella, pero su hoja, cuando se frota en la herida, felizmente le alivia gracias a sus virtudes hemostáticas, que reducen las hemorragias. También presenta una fuerte acción antibacteriana. Entonces, ¿qué se podría decir de esas asociaciones entre la planta y su medio ambiente? ¿Casualidad o relación providencial?

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Nuestra civilización, que cada vez más se conjuga en singular, parece enorgullecerse de conocerlo todo. Para darse cuenta de ello, basta con observar como se promociona a bombo y platillo en los medios de comunicación en cuanto se realiza un pequeño descubrimiento o incluso cuando está en proceso de realizarse. Como resultado, el síndrome narcisista infantil afecta cada vez a más y más personas a edades cada vez más avanzadas. Sin embargo, ¿qué sabemos en realidad? Seguimos sin conocer el 80% de la biodiversidad terrestre, mientras que destruimos constantemente especies animales y vegetales. ¿Cuántas plantas medicinales quedan todavía por descubrir? Algunos investigadores han demostrado la acción de las bacterias, microbios, microorganismos e insectos en el desarrollo y el equilibrio de los suelos. Pero esta visión holística tan solo está en sus inicios. Mientras tanto, la mayor parte de la industria agroalimenticia empobrece las tierras matando el medio biológico a grandes golpes de pesticidas o abonos químicos. ¿Qué sabemos de las inmensas asociaciones biológicas que producen un ser vivo complejo, ya se trate de un organismo o de nuestro planeta? Tomemos el caso del ser humano. Desde hace siglos, las distintas tradiciones lo consideran un microcosmos, un pequeño mundo, reflejo del vasto universo. Sin embargo, la medicina actual lo separa en compartimentos analizados por especialistas del corazón, de los pulmones, del cerebro… El ser humano, en muchos aspectos, sigue siendo un laboratorio alquímico en el cual obran un gran número de actores. ¿Qué papel desempeñan en él los miles de millones de bacterias y células de los que está constituido? ¿Qué intercambios energéticos se producen entre los metales, las sales minerales, los gases, 16


La Obra al Negro

etc.? El hombre no puede ser separado y analizado por trozos. Funciona como un conjunto, cada parte actuando sobre las demás mediante interacciones y sinergias constantes. Todo permanece unido: el espíritu y el cuerpo, las emociones y los centros endocrinos, los órganos entre sí, lo que pensamos y lo que comemos. Coma un tomate y un filete, y váyase a correr los cien metros. ¿Cómo se transforma en energía muscular la energía contenida en la carne y la verdura? Más allá de la acción de los órganos y de los jugos gástricos, ¿cómo funciona este laboratorio alquímico que produce varios tipos de energías, así como también ideas, emociones, movimientos corporales y demás? Es cierto que ya no somos totalmente ignorantes sobre el tema. Afirmar lo contrario equivaldría a menospreciar el trabajo de una multitud de investigadores, entre los cuales ha habido quienes han hecho progresar la ciencia arriesgando su vida. Sin embargo, nada impide afirmar que no conocemos nada más que la envoltura de los fenómenos, y además solo una pequeñísima parte de ella. Por el contrario, aquel que cree saberlo todo ya no se pregunta nada, por lo que la ausencia de curiosidad conduce a la inteligencia hacia la muerte. Tal y como dijo el mismo Albert Einstein: «Lo más importante es no dejar jamás de hacerse preguntas». Al final del siglo XIX, el mundo científico y cientifista proclamaba estar cerca de conocerlo todo en materia de las llamadas ciencias puras. Afortunadamente para nosotros, la revolución cuántica y la teoría de la relatividad tiraron por tierra este tipo de certezas perentorias. Además, incluso en opinión de algunos científicos, las consciencias todavía no han asimilado las conclusiones filosóficas y metafísicas que deberían resultar lógicamente de los conceptos destacados 17


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por la física cuántica. Pensamos y nos educamos como en el siglo XIX, pero con herramientas del siglo XXI, descuidando, de paso, los conceptos científicos que nutren nuestras sociedades. En primer lugar, analicemos la idea según la cual existen algunas ciencias puras, como la física, la química, las matemáticas, etc., y otras menos exactas, como la psicología, la sociología o incluso la medicina. La idea que se desprende de esta oposición resulta de la constatación de que es más fácil reproducir un fenómeno según el sacrosanto método científico en el campo de la materia. En cuanto abordamos a los seres vivos, las cosas se vuelven menos sistemáticas. Este fenómeno de imperceptibilidad se amplifica en el mundo de la psicología. Y ¿qué se puede decir del mundo de la espiritualidad? En realidad, esta situación se explica de forma sencilla. Volveremos a tratarla más adelante. Existe una jerarquía en los fenómenos, que comienza por la materia y nos conduce al espíritu, pasando por el campo de los seres vivos. Grados de libertad cada vez más importantes acompañan a esta jerarquía. No hay nada sorprendente entonces en que los fenómenos se muestren menos reproductibles, controlables o fáciles de dominar a medida que vamos subiendo los peldaños de la escalera. No habría pues «ciencia exacta» sino para sistemas mecánicos, es decir, relativamente muertos. Así, podemos fácilmente prever, sin grandes riesgos de equivocarnos, la trayectoria que deberá realizar una nave espacial para alcanzar cualquier planeta del sistema solar. Inversamente, en el campo de los seres vivos y del fenómeno de la consciencia, surgen muchos parámetros nuevos, entre ellos la imaginación creativa, y hacen los datos menos fácilmente observables, 18


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mientras que, ya en el campo de los átomos, la física cuántica choca con el principio de la incertidumbre. En conclusión, oponer las ciencias puras a las demás disciplinas equivale a renunciar a nuestras posibilidades de adquirir conocimiento en los campos de la vida y de la consciencia. Por otro lado, ¿no es nuestra manera de conocer y abordar estas dimensiones la que debería evolucionar hacia una mayor flexibilidad de mente e investigaciones estadísticas imparciales? El siglo XX heredó una idea del siglo XIX a raíz de los trabajos de Auguste Comte, el padre del positivismo. Este filósofo, que se erigía como sucesor de Descartes mientras rechazaba sus principios metafísicos, reducía la evolución de la humanidad a tres edades: la de la teología, la de la metafísica, y por fin la del positivismo. La primera abarca un concepto del mundo fundado sobre la religión, la magia y la mitología. La segunda emergió con el uso de la razón como medio de investigación. La filosofía y la lógica aristotélica fueron los exponentes de este periodo que perdura todavía hasta la actualidad, puesto que, por supuesto, si desarrollamos el pensamiento de Auguste Comte, estas edades no se reducen tanto a una evidente sucesión temporal, sino a una evolución cualitativa. El tercer periodo, que surgió con la modernidad y el denominado método científico, corresponde al del positivismo, que solo tiene en cuenta los fenómenos en sus relaciones recíprocas. A raíz de los trabajos de Auguste Comte, el mundo actual vive como si el Alfa y el Omega de todo el conocimiento posible debieran encontrarse en una ciencia que renunció a cualquier posibilidad de reflexión a propósito de las cosas en sí mismas. Asociados a estos 19


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conceptos, el pensamiento utilitarista y un pragmatismo «campechano» se abrieron amplios espacios en las consciencias modernas. Se vuelve digno de estudio solo lo que es útil al ser humano, sin que se lleve a cabo una reflexión precisamente sobre la misma noción de utilidad. Ya el positivismo había constatado la imposibilidad de conocer las cosas en sí mismas, sino solo a través de sus relaciones recíprocas. El pragmatismo quiso entonces, tiempo después, que nos deshiciéramos de toda metafísica, que precisamente estaba dedicada a la búsqueda de las causas y las razones ocultas de las cosas. Los filósofos fueron descartados. Gran parte de las consciencias modernas, por desgracia, han heredado este utilitarismo estrecho que se podría calificar de burgués, si el término no hubiese sido desviado hacia fines politiqueros. Por tanto, esto ha ocurrido así muchas veces. Si bien la ciencia se esfuerza en explicar el cómo de las cosas, no explica el por qué. Más concretamente aún, si bien puede hacer el inventario de los recursos nutritivos del conjunto del planeta, no puede pronunciarse sobre el número de individuos que deben vivir sobre él, ¡afortunadamente! Igualmente, la ciencia solo conoce la superficie de los fenómenos, lo cual equivaldría a pretender conocer a un ser humano tomando únicamente sus medidas corporales. ¿Qué hay, sin embargo, de sus estados de ánimo? Tampoco sabe observar la vida, sino destruyéndola —aunque esta afirmación deba ser matizada por el uso de los escáneres y otros aparatos de IRM (Imagen por Resonancia Magnética)—. Para ella, el hombre no representa sino una ínfima partícula en el corazón de un inmenso universo necesariamente carente de sentido. 20


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Ya no estamos en el siglo XIX, en el transcurso del cual y en nombre, entre otros, del positivismo, terribles conflictos enfrentaron a los representantes de las tres etapas de la evolución humana citadas anteriormente. Por esta falta de diálogo, el siglo XX se convirtió en el teatro de una pérdida progresiva de sentido y de una deshumanización de las sociedades cada vez más amplia. También fue el campo de inmensos genocidios, algunos de los cuales todavía hoy no han sido reconocidos. En realidad, cada método de acceso al conocimiento, abandonado a sí mismo, ha demostrado unas veces sus ventajas, otras veces sus límites, así como sus propias aberraciones. La aberración de la mitología, por ejemplo, muestra su rostro en la superstición, la de la filosofía se manifiesta en un intelectualismo o razón pura, girando sobre sí misma. Llegará un día, cuando la idea científico-tecnológica haya alcanzado sus propios límites —especialmente por los problemas ecológicos que su uso ciego engendra—, en que deseemos la llegada de una cuarta edad de la evolución humana. Este periodo representará una síntesis de los tres anteriores. No será un simple sincretismo, sino más bien una complementariedad, la ciencia confrontando el mito con la realidad, mientras que el mito ponderaría la ciencia en sus excesos reduccionistas. La humanidad necesita tanto saber como creer. Incluso la conclusión materialista representa un acto de fe, mal que les pese a los más puros racionalistas. La fe constituye una herramienta que permite al hombre realizarse en todos los niveles de su ser, no solo en tanto como objeto, sino también como sujeto, incluso crearse un mundo vivo a su medida.

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Pero sigamos desempolvando la estantería de las certezas u otros prejuicios. Incluso sin haber cursado el bachillerato, la mayoría de los alumnos conocen la ley de la gravedad universal formulada por el alquimista Isaac Newton: «Dos cuerpos se atraen en función de sus masas respectivas y de una fuerza inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa». Gracias a esta ley, los planetas giran alrededor de sus estrellas, y sus satélites hacen lo mismo alrededor de cada uno de ellos. Sin embargo, ¿nos enseña realmente esta afirmación algo sobre la naturaleza de esta fuerza? A principios del siglo XX, Albert Einstein, con sus teorías de la relatividad restringida, que luego pasó a ser general, derrumbó parte del edificio de lo que llamamos la mecánica clásica. Uno de sus conceptos puede recibir la formulación siguiente: una masa curvaría el espacio-tiempo que lo rodea, lo cual explicaría su facultad para atraer a otra a la manera de un sifón. El concepto de la gravitación cambia aquí radicalmente. Pasa de ser un producto de una dinámica de fuerzas, para convertirse en un fenómeno geométrico. Sin duda alguna, todos los parámetros del acontecimiento son calculados. ¿Acaso por ello nos informan sobre la naturaleza profunda de lo que produce tal atracción? La teoría de la relatividad general también ha cambiado profundamente los conceptos científicos del tiempo y del espacio, que pierden su cualidad de referenciales invariables. Sin embargo, una pregunta sigue estando pendiente: ¿El espacio, es algo objetivo que se puede doblar como una hoja de papel? Otro ejemplo: dos imanes se atraen uno al otro por sus polos opuestos. Parte de la explicación que se da a los alumnos es que cada polo genera un campo magnético generalmente medido en tesla. Pero nunca les decimos 22


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que nadie sabe lo que es un campo magnético, o cualquier otro campo del tipo que sea, ni siquiera en qué consiste la polaridad, aparte de vagas teorías que apelan unas a otras, especialmente a la noción del spin de las partículas. Observamos, medimos, definimos a través de ecuaciones una la ley que parece expresarse; resumiendo, nos quedamos en la superficie de los acontecimientos. Habría que admitir pues que sabemos bastante pocas cosas en profundidad sobre la naturaleza del universo físico o de otro tipo. Sigue ocultando una parte de su misterio. Lo que engaña es el extraordinario desarrollo de la tecnología conseguido gracias a nuestros pobres conocimientos científicos —siendo todo relativo—. Pero tecnología no es ciencia. Examinemos otro ejemplo. Hasta principios del año 2013, por muy sorprendente que pueda parecer, no sabíamos lo que era una masa, o mejor dicho, lo que la confería a una partícula. Y de repente, los científicos creen descubrir el bosón de Higgs, que podría confirmar parte de sus teorías y llenar una parte del pozo de la ignorancia humana. Una partícula nueva explicaría pues cómo algunas tendrían una masa y otras no. Los medios de comunicación lo llamaron «la partícula de Dios». No es imposible, si nos metemos en este tipo de consideraciones, que haga falta calificarla de manera inversa, como veremos a continuación. En realidad, este bosón no es sino uno de los eslabones de un mecanismo llamado «mecanismo de Higgs», que pone en juego el campo de interacciones del mismo nombre. Este descubrimiento representa un progreso real para la ciencia, ampliamente difundido por los ecos de los medios de comunicación, siempre al acecho de noticias extraordinarias, para amplificarlas. No obstante, ¿es algo 23


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definitivo, cuando no basta para explicar por qué tal o cual partícula posee una masa diferente de las demás? Desde mediados del siglo XX, diseccionamos la materia en partículas cada vez más pequeñas e inciertas. Pasamos del electrón al quark. El concepto de moléculas apareció en 1811. Las investigaciones sobre el átomo y su modelo estándar ocuparon todo el siglo XX. Pusieron en evidencia el hecho de que la materia, antes que nada, está constituida por el vacío, por campos de fuerzas interactivas y de partículas tan ínfimas como escasas, comparadas con el tamaño del átomo en su conjunto. El laboratorio del CERN en Ginebra busca descomponer cada vez más la susodicha materia gracias a energías cada vez más grandes. En este juego, podría ocurrir que acabáramos por no descubrir nada más que el vacío en lugar de las masas de las partículas, sin por ello entender lo que representa verdaderamente la masa. En realidad, en todos los campos del desarrollo científico, cuanto más progresamos, más deberíamos reconocer que el espectro de nuestra ignorancia aumenta. Tomemos una analogía. Una persona penetra en un local desconocido en el que reina la más completa oscuridad; no hay ninguna luz. Esta persona enciende una cerilla. La luz que irradia de la llama le revela dos cosas: la primera, cierto conocimiento del lugar en el cual se encuentra, proporcional al diámetro del círculo que ilumina la llama, y al mismo tiempo la extensión de su ignorancia, las tinieblas que reinan más allá del radio iluminado. Si enciende una vela con la cerrilla, el diámetro del círculo iluminado aumenta. El perímetro del conocimiento se extiende en proporción, así como el tamaño de la esfera de la ignorancia. La habitación toma una dimensión, a la vez conocida y desconocida, más grande. Con una tercera 24


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fuente de iluminación todavía más potente, los saberes y la ignorancia se desarrollan todavía más y así sucesivamente. En conclusión, si lo que queda por conocer no tiene carácter finito, y si la humanidad no quiere ahogarse en su propio orgullo, entonces a medida que vayan desarrollándose las ciencias, la comprobación de la ignorancia debería ir progresando en proporción. Dirigir el proyector solo en el aspecto positivo de los conocimientos nos hace orgullosos y cierra el acceso a otros posibles campos del saber. Más perjudicial aún, destruye cualquier sentido de lo misterioso en las consciencias. El campo de la biología merecería también ser estudiado de nuevo. Cierto número de investigadores cuestionan, por ejemplo, la visión clásica de la evolución por mutaciones genéticas azarosas, controladas por la selección natural. Introducen una nueva noción de evolución, cultural esta vez. Supone que las relaciones entre los individuos de un grupo animal o humano puedan aportar tantas informaciones y parámetros que podrían llevar a la especie a transformarse progresivamente. La experiencia que sufre un ser vivo puede, en efecto, acarrear un cambio de expresión de algunos de sus genes, que se transmitirá entonces de generación en generación. Resultados prometedores que confirman este concepto ya han sido comprobados en laboratorio. Sin embargo, vamos a dejar aquí este simulacro de juicio a la ciencia. Este juego tenía en realidad un único objetivo: incitar al lector a reestudiar el conocimiento reconocido oficialmente y a tomar consciencia de su propia libertad de pensamiento. La verdadera alquimia, en efecto, busca transformar los estados de consciencia. Transmite igualmente un concepto diferente de la materia 25


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y una manera igualmente diferente de observarla y trabajarla. Para penetrar en este mundo, se hace útil, incluso necesario, tomar distancia de las ideas clásicas que, aunque reconozcan la paternidad de la alquimia en el nacimiento de las ciencias, le niegan ahora el derecho de tener un modelo válido para abordar la realidad. Este capítulo representa, por consiguiente, a la vez una reflexión y lo que los alquimistas llaman una «obra al negro». Este trabajo muestra finalmente ser el equivalente de lo que Nietzsche habría calificado de «deconstrucción» en materia de filosofía. En efecto, no se puede abordar libremente un nuevo conocimiento si no se relativiza mínimamente el conocimiento antiguo.

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La Historia de la Alquimia Los orígenes de la alquimia se pierden en la noche de los tiempos y sigue siendo muy difícil conocer todos los hechos precisos relacionados con ella. Por lo tanto, quedémonos aquí con el doble aspecto de su historia, que se parece en gran medida a lo que se podría escribir a propósito de los grandes movimientos esotéricos, a saber, que esta relación puede tomar, por una parte una forma simbólica y tradicional, y por otra, una dimensión más clásicamente histórica. Egipto, Tierra de tradición La tradición hace remontar, en efecto, los orígenes de la alquimia al Antiguo Egipto y a uno de sus grandes inspiradores o sabios: Hermes Trismegisto. La palabra alquimia procede del árabe al-kimya, y se supone que designa la piedra filosofal. La mayoría de los autores ven en este término una doble alusión en relación con el lugar hipotético de su nacimiento. En primer lugar, procedería del egipcio Kemit o Kemet, otro nombre de Egipto, del que Plutarco afirmaba que significa «tierra negra». Otra etimología la vincula al griego chemeïa, que designaba un proceso de fundición o de cocción. El primer alquimista greco-egipcio conocido habría vivido hacia el año 100 de nuestra era bajo el pseudónimo de Demócrito. Consignó


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recetas de talleres que permiten producir oro y plata. Después de él, hasta aproximadamente el 300 d.C. muchísimos fueron los textos diseminados y atribuidos a autores más o menos míticos como Hermes, Isis, Apolonio de Tiana, Moisés, María la Judía… Antes del Diluvio Toda verdadera tradición se remonta a una época muy anterior al Diluvio, y la alquimia no escapa a esta regla. Su mítica invención fue atribuida a Tubalcaín, uno de los descendientes de Caín, el hermano de Abel, ambos hijos de Adam y Eva. Este descubridor de los metales era necesariamente un forjador, como afirma el Génesis (4:22). El Libro de Enoc (8:1) refiere a su manera que los ángeles caídos se casaron con las hijas de los hombres y les transmitieron conocimientos que permitían fabricar espadas, cuchillos, usar piedras preciosas y todas las formas de tinturas, de modo que la tierra fue corrompida. Atribuir la transmisión de estos conocimientos a unos ángeles caídos equivale a subrayar su lado Prometeico. De esta manera, se encuentra recalcada, como hizo mucho más tarde Jean-Jacques Rousseau, la idea de que la civilización sería la causa de la perversión de la humanidad y la madre de sus perdiciones. El Génesis acepta de hecho este concepto, poniendo de relieve la prohibición de comer la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal. Con el personaje de Tubalcaín, es fácil deducir que los detentores de los primeros rudimentos de lo que se convertirá mucho más tarde en la alquimia fueron probablemente los herreros de la antigüedad y de los primerísimos inicios de la civilización. Fueran de África o de otra parte, la corporación o la casta de los 28


La Historia de la Alquimia

forjadores adquirió un lugar importante en el seno de las sociedades. Se dice de algunos artesanos del fuego que poseían secretos y trucos de magia, y tenían las claves de una ciencia fuera de lo común para su época. Este conocimiento necesitaba el compromiso del silencio. No debía ser divulgado a cualquiera. En efecto, el arte de la forja y del trabajo de los metales, de casi 7.000 años de antigüedad, tenía en esas primeras edades una importancia estratégica. Podía unas veces armar a los hombres de poder, y otras veces volverles impotentes. Por su papel indispensable y misterioso, los herreros de las sociedades tradicionales fueron a la vez temidos y respetados. El secreto del que se rodeaban alimentaba su reputación de detentores de poderes mágicos. No cabe ninguna duda de que estos señores del fuego observaron en sus hornos ciertas transformaciones, una licuefacción, una vitrificación de la materia, que podemos considerar como los ancestros de lo que observaron más tarde los alquimistas. Los tres colores, negro, rojo y blanco, que simbolizan los metales calentados, no fueron la menor de sus observaciones. Estas «tinturas» delimitan y estructuran además, incluso hoy, el espacio sagrado de algunos pueblos africanos. Una noción importante formaba parte de la comprensión de estos antiguos herreros: la idea de una tierra viva, capaz de engendrar metales también vivos. Esta creencia también forma parte del bagaje teórico de los alquimistas. Muchas sociedades imaginaron a un dios herrero, como Hefaistos para los griegos, Vulcano en Roma, o incluso Ogún, el dios del hierro y de los herreros de los Yorubas de África Occidental.

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Alquimia, por otra concepción del mundo

Desde la Grecia Antigua Mar adentro, en Grecia, las islas de Samotracia y de Lemnos mantuvieron un culto mistérico especialmente popular y oculto, el de los dioses Caberos. Esas divinidades fueron confundidas por los Griegos con cuatro de sus dioses: Deméter, Hades, Perséfone, y por fin Hermes. Por su parte, los habitantes de estas islas se reivindicaban como los hijos de Hefaistos. La palabra cabiros podría significar «volcánico», y se puede considerar a estos genios como símbolos de las fuerzas de la materia bruta y del fuego. En la medida en que la isla de Lemnos poseía un campo favorable a la cultura del vino, los Cabiros fueron asociados igualmente al culto de Dionisio, dentro de la tradición órfica. Su fuego nutría en efecto el fruto de la viña dionisiaca. La búsqueda del vellocino de oro se encuentra a menudo asociada a la búsqueda filosofal en los antiguos manuscritos alquímicos. El poeta Esquilo precisamente hizo transitar a Jasón y sus Argonautas por el país de los Cabiros, que les embriagaron alegremente. ¿Cómo no ver el símbolo de una iniciación en los misterios que encierran conocimientos secretos sobre la materia? Sin embargo, cuando se trata de alquimia griega, esto se refiere sobre todo al auge que alcanzó en Egipto, en la época de los Ptolomeo y sus descendientes. El periodo comprendido entre el siglo III y el siglo VII asistirá a una síntesis de las dos civilizaciones y la emergencia de alquimistas famosos como Zósimo de Panapolis o Bolos de Méndez, que escribía bajo el pseudónimo de Demócrito. El primero es el autor de un escrito auténtico sobre el arte sagrado y divino de la

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fabricación del oro. A veces, asociará filosofía hermética y gnosticismo. La manera de presentar a los alquimistas, como hijos de Hermes o de los hermetistas, se remonta a aquel periodo. Sin embargo, el Corpus Hermeticum, que reúne los escritos más importantes de esta filosofía, no contiene ninguna receta de laboratorio. Se trata más bien de una amalgama de doctrinas neoplatónicas, gnósticas y cristianas. ¿Cómo explicar esta aparente contradicción? ¿Acaso hay que ver en ello otra ilustración de los juegos de palabras, tan queridos por los alquimistas? Estudiemos este hecho más de cerca. El nombre de Hermes encierra tres aspectos bien distintos. En primer lugar, un dios que los Griegos asociaron al dios egipcio Thot, hasta tal punto que ambos fueron confundidos bajo el nombre de Hermes-Thot. Dios lunar, fue considerado el inventor de la escritura. Personifica las facultades del lenguaje y de la inteligencia. Râ lo consideraba su primer ministro, su secretario o escribano. Representa así la memoria del mundo, la ciencia e incluso las facultades intelectuales. Acogerse a la filosofía de Hermes equivale finalmente a utilizar un método de búsqueda, o convertirse en estudiante voluntario de los secretos de la naturaleza. El nombre de Hermes se encuentra igualmente asociado con un hombre (o con un grupo de hombres) considerado el maestro espiritual de su época. El Corán reconoce este personaje bajo el nombre de Idris. Dos versos (19 y 21) lo evocan, y la tradición islámica le atribuye la invención de la escritura. También fue identificado con el patriarca Enoc de la Biblia, uno de los últimos descendientes de Adam que mantuvo intactas las claves de la tradición primordial. Hermes Trismegisto habría podido vivir pues en una fecha 31


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anterior a la fundación del antiguo Imperio egipcio. Reivindicarse como hijo de un personaje semejante sobreentiende que el campo en el que se trabaja recurre a conocimientos más antiguos que las civilizaciones conocidas, o más aún, que están divinamente inspirados. El tercer aspecto del nombre de Hermes, permite calificar realmente a la alquimia como una aplicación de la filosofía hermética en el laboratorio. Hermes era el equivalente en Roma del dios Mercurio, dios de los viajeros, de la comunicación, del comercio, intermediario entre el reino divino y humano. Sin embargo, el mercurio representa también un metal especialmente volátil, a imagen del dios alado. Aquí se encuentra quizás la clave. Los alquimistas se convierten en los hijos de mercurio, de este mercurio de los filósofos del que afirman que es la madre de los metales. La filosofía hermética se convierte en la filosofía del mercurio concebido como la esencia única, la forma última de la materia cuyos metales manifiestan modalidades diferentes. Filaletas, alquimista del siglo XVIII, argumenta totalmente en este sentido en La Metamorfosis de los metales: «Es un hecho que el mercurio, que es generado en las entrañas de la tierra, es la sustancia común a todos los metales. […] Estos argumentos ¿acaso no demuestran que no hay nada más que un único mercurio, y que en los diferentes metales, solo es diferenciado por sus diferentes grados de digestión y de pureza?» El mundo arabo-musulmán y sus fundadores Y el hilo de nuestra historia nos conduce ahora al mundo arabo-persa. Apoyándose en un precepto atribuido al profeta Mahoma, las ciencias y las técnicas tuvieron un 32


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auge sin precedentes en Oriente Medio. Este hadith (una palabra atribuida al Profeta) incitaba a los musulmanes a dedicarse a la investigación científica, y debían viajar hasta China. En realidad, no hacía sino amplificar las exhortaciones del Corán para cultivar la inteligencia y los conocimientos. Muchos cerebros animados por la curiosidad no se hicieron de rogar, y la investigación comenzó por todos lados. Hoy en día, los árabes son reconocidos como aquellos que transmitieron al final de la Edad Media a Europa muchos conocimientos en los campos de las matemáticas, la medicina, la astronomía… y la ciencia de las transmutaciones. Retomaron, ampliaron y adaptaron los conocimientos de la Grecia antigua y de la India. La transmisión del testigo científico al Occidente cristiano se produjo principalmente durante la ocupación de la península ibérica. Uno de los más conocidos alquimistas musulmanes fue Geber, aunque su verdadero nombre fue Abu abd Allah Jâbir ibn Hayyân al-Sufi. Nació hacia el 730 d.C. en Irán y se puso al servicio de los príncipes más grandes, como Haroun al-Rashid. Se le atribuyen aproximadamente tres mil tratados, de los que evidentemente no puede ser considerado el único autor. En realidad, Geber habría servido de testaferro a la cofradía de los «Ikwan al-safa» o hermanos de la pureza y de la fidelidad. Este movimiento chiita ismailí se inspiró en la filosofía neoplatónica recuperada por los círculos esotéricos musulmanes. Conceptos neoplatónicos y pitagóricos, como la ciencia de los números, se encuentran principalmente en las obras de Geber.

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Sin embargo, es necesaria una aclaración: la alquimia arabo-persa no remonta su vuelo sino a partir de un contacto con la filosofía griega. Autores como René Alleau subrayan la aportación de los zoroástricos y de los primeros magos de Caldea a esta ciencia milenaria. En cuanto a Geber, lo asocian a la acuñación de los términos azufre y mercurio, a no ser que el verdadero responsable fuera el autor anónimo que firmó bajo este nombre, en el siglo XIII, la Suma de la Perfección o el compendio del magisterio perfecto. De todos modos, se le otorga la paternidad del descubrimiento de los ácidos clorhídrico y nítrico. En efecto, se le ocurrió mezclarlos, produciendo de esta manera la famosa agua regia, única capaz de disolver el oro, considerado como inalterable de otro modo. En la esfera cultural arabo-iraní, la alquimia es concebida a la vez como un medio de producir la piedra filosofal y como un instrumento de interpretación del mundo, fundada en una noción dualista materia-espíritu. Sin embargo, estos dos aspectos de la realidad son considerados como indisociables. De alguna manera, el artesano que trabajaba en el laboratorio lo hacía pues al mismo tiempo para liberar su alma, a medida que iba sublimando su materia. Después de Geber, muchos maestros se sucedieron. El emir egipcio Syldaki, fallecido en 1360, dio por ejemplo una definición del arte solar cargada de sentido: «Es una ciencia cuya finalidad es eliminar lo accidental que penetró en la forma de ser específica». Así, estos primeros sabios consideraban la materia y quizás el universo, en el mejor de los casos como algo imperfecto, en el peor como entes enfermos. El papel del alquimista, en este contexto, consistía en acelerar la curación. 34


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En el 865, en Rayy, en el sur de Teherán, nació Muhammad ibn Zahariyyâ Râzi, más conocido bajo el nombre de Rhazès. Como médico, toma una orientación radicalmente diferente de la de Geber en materia de alquimia. Esta dicotomía en la concepción de la práctica, también la volveremos a encontrar expresada más tarde en Occidente, con el advenimiento de Paracelso. Preocupado por curar rápidamente, Rhazès adoptó un método pre-químico y más materialista, desvinculando al gran arte de sus raíces transcendentes. Le debemos el descubrimiento del ácido sulfúrico, del zinc, del alcohol, de los alumbres y las sales. Autor de doscientas veintiséis obras, habría calificado la alquimia de astronomía inferior, comparando los metales con los planetas de la astrología. En realidad, este autor no inventó nada, porque esta idea ya circulaba desde hacía varios siglos en los ambientes neoplatónicos. Para dar testimonio de ello, he aquí un extracto del comentario del Timeo de Platón, escrito atribuido al neoplatónico Proclo: «El oro, la plata y cada metal, como todos los cuerpos, crecen en la tierra bajo la influencia de los dioses celestes y sus emanaciones. El oro esta sometido al Sol, la plata a la Luna, el plomo a Saturno y el hierro a Marte. El origen de estos metales está en el cielo, pero es en la tierra donde moran, y no en aquellos de donde irradian estas emanaciones. Porque nada de lo que involuciona en la materia es admitido en el cielo. Y aunque todos los cuerpos proceden de todos los dioses, cada uno se distingue por la preponderancia de un carácter diferente; muchos están bajo la influencia de Saturno, otros bajo la del Sol». Más tarde, otros alquimistas cuestionarán la influencia vibratoria de los planetas sobre el nacimiento 35


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de los metales y se quedarán solo con la idea de un vínculo analógico entre los astros del cielo y los de la tierra, es decir, los metales. Con Artefio, «filósofo» árabe o judío que vivió en el siglo XI, entramos directamente en la leyenda. Este autor del Libro secreto del muy anciano filósofo Artefio, pretendía en efecto haber vivido mil años gracias a los efectos de su «quintaesencia». Con Nicolás Flamel, Basilio Valentín y Filaletas, pasa por ser uno de los alquimistas más célebres, detentor de la piedra filosofal. Sin embargo, avisa al curioso sobre una interpretación literal de su obra: «Este arte, ¿acaso no es también cabalístico y no está repleto de grandísimos secretos? ¿Y tú, fatuo, crees que enseñamos claramente los secretos de los secretos, y tomamos las palabras según el sonido de las palabras mismas?». China, país de los campos de cinabrio Paralelamente a su desarrollo árabe y grecoalejandrino, la alquimia apareció en China a partir del siglo I de nuestra era, bajo el reinado de los emperadores orientales Han. El objetivo declarado de aquellas prácticas consistía, para el artesano, en lograr la inmortalidad absorbiendo elixires variados, entre ellos el divino cinabrio, equivalente del oro potable en Occidente. El cinabrio es un sulfuro de mercurio (cuya fórmula química es HgS), mineral del que se extrae el principio mercurio. Pero se trata también de un juego de palabras, que designa la imagen de la piedra filosofal, la unión de los dos principios masculino y femenino de los metales.

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Sobre la Orden Rosacruz AMORC Esta obra ha sido publicada por la Gran Logia de la Jurisdicción de Lengua Española para Europa, África y Australasia de la Antigua y Mística Orden de la Rosa-Cruz, mundialmente conocida bajo las siglas de «AMORC». Está reconocida en todos los países donde tiene libertad para ejercer sus actividades como una Orden filosófica, iniciática y tradicional que desde hace siglos, perpetúa bajo forma escrita y oral, el Conocimiento que le han transmitido los sabios del antiguo Egipto, los filósofos de la Grecia antigua, los alquimistas, los templarios, los pensadores iluminados del Renacimiento y los espiritualistas más eminentes de la época moderna. También conocida bajo la denominación «Orden de la Rosa-Cruz AMORC», no es una religión ni constituye un movimiento socio-político. Siguiendo su lema «La mayor tolerancia dentro de la más estricta independencia», la AMORC no impone ningún dogma, sino que propone sus enseñanzas a todos los que se interesan por lo mejor que ofrece a la humanidad el misticismo, la filosofía, la religión, la ciencia y el arte, a fin de que pueda alcanzar su reintegración física, mental y espiritual. Entre todas las organizaciones filosóficas y místicas, es la única que tiene derecho a utilizar la Rosa-Cruz como símbolo. En este símbolo, que no tiene ninguna connotación religiosa, la cruz representa el cuerpo del hombre y la rosa, su alma que evoluciona al contacto con el mundo terrenal. Si desea obtener información más concreta sobre la tradición, la historia y las enseñanzas de la AMORC puede escribir a la siguiente dirección y solicitar el envío del folleto titulado «El Dominio de la Vida». Antigua y Mística Orden de la Rosa-Cruz C/ Flor de la Viola 16 - Urbanización «El Farell» 08140 Caldes de Montbui (Barcelona) ESPAÑA


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Conclusión

Antigua y Mística Orden de la Rosa-Cruz Gran Logia Española C/ Flor de la Viola 16 - Urbanización «El Farell» 08140 Caldes de Montbui Barcelona (España) Tel.: 93.865.55.22 Fax: 93.865.55.24 www.amorc.es info@amorc.es Para ampliar su información sobre la AMORC puede solicitar sin compromiso alguno el folleto gratuito titulado «El Dominio de la Vida»

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Conclusi贸n

Ediciones Rosacruces, S.L. Colecci贸n Espiritualidad Ediciones Rosacruces, S.L. Apdo. de Correos 199 08140 Caldes de Montbui Barcelona (Espa帽a) Tel.: 93.865.55.22 Fax: 93.865.55.24 www.edicionesrosacruces.es info@edicionesrosacruces.es

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«Alquimia» he ahí un término que huele a sal, azufre y mercurio, y cuya mera mención a menudo transporta al lector a algún taller oscuro en...

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«Alquimia» he ahí un término que huele a sal, azufre y mercurio, y cuya mera mención a menudo transporta al lector a algún taller oscuro en...

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