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HISTORIA DE UNA HERENCIA

SILVIA ICAZA


HISTORIA DE UNA HERENCIA

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HISTORIA DE UNA HERENCIA

Silvia Icaza 3


Título de la obra: Historia de una Herencia. Primera edición, México, 2007 Derechos reservados: © 2007. Silvia Icaza. Prohibida la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio. Se autorizan citas en artículos bibliográficos y periodísticos, dando al autor y al editor los créditos correspondientes. Impreso en México con papel reciclado

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= Para Miguel

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PRÓLOGO Este relato intenta ser una crónica de familia. No tiene pretensiones literarias. Su objetivo es tan sólo atrapar la atención de los lectores para mostrar que en la vida no es suficiente una buena posición económica, el cariño de los padres, el buen ejemplo, escuelas ideales. La existencia está llena de nudos frágiles, que, al desatarse, llevan a desviaciones inimaginables por los padres y, menos aún, por los abuelos. Esta pequeña crónica narra la historia del origen de la conformación de una herencia. Se intenta describir los caracteres y violentas pasiones que se desarrollan en torno a lo que se considera derecho al patrimonio familiar. Pude haberla escrito en primera persona. Tal vez si hubiera llevado un diario podría hablar de emociones, pero decidí hacer tan sólo una narración de hechos que, concatenados, conducen a un violento desenlace. De esta manera trato de comprender lo que le pasó a mi familia. Procuro no dar juicios, ser objetiva y buscar que los lectores saquen sus propias conclusiones. El relato está basado, fundamentalmente, en mis recuerdos, entrevistas y en documentos, sólo cuando los he tenido a la mano, por lo que pueden existir algunas imprecisiones; sin embargo, he intentado seleccionar lo esencial y creo no haber traicionado la verdad. La autora

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“¡Y tú, trueno, que todo lo consumes, aplasta la espesa redondez del mundo! ¡Rompe los moldes de la Naturaleza y destruye en un instante todos los gérmenes que producen al hombre ingrato!” Rey Lear, al darse cuenta de la ingratitud de sus hijas

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La boda Mi vestido de novia tenía la cola más larga que se haya visto, comentaba la Nena Artigas a quien quisiera escucharla. Ella era guapísima y el novio, Miguel Icaza, un conocido rico heredero. Tuve un montón de pretendientes, en la calle se paraban a mirarme, incluso el Indio Fernández me propuso matrimonio un par de veces, contaba la Nena cuarenta años después entornando los ojos. A mi me hubiera gustado ser actriz, desde chiquita bailaba y cantaba, pero mi mamá dijo que una cómica en la familia ¡ni hablar! Así que toda mi vocación acabó en aburridísimas lecciones de piano para mostrarme femenina en las reuniones. Mi mamá me platicó que cuando era jovencita formaba parte de un trío de mandolinas para entretener en las tardeadas y que les aplaudían mucho. Yo bostezaba cuando ella me contaba esas historias, pero tenía que aceptar que así era la educación de una chica decente y que no había opciones. Mi mundo era el colegio de las Damas del Sagrado Corazón, las clases de piano, repostería y bordado en las que me aplicaba por pura disciplina y…hablar de novios con mis amigas! Tenía catorce años cuando mi prima Tití me invitó a salir con ella, su novio Paco y el hermano que se llamaba Miguel. Tití estaba vuelta loca por Paco y yo también de que me dejaran salir 11


sola con ellos. Antes sólo me era permitido salir con mi hermano mayor Pancho y con sus amigos que no me veían mas que como la hermanita de su amigo y yo me sentía agobiada bajo la pesada mirada del primogénito que hacia valer su poder. Cuando salía con Tití me sentía libre, lejos del alcance de la mirada vigilante de mi mamá y de mi hermano. Paco y Miguel tenían coche y chofer, se notaba que eran muy ricos. Tití era muy simpática, Paco muy hablador y Miguel un poco corto, pero no tanto como para no declarárseme pronto y así, a los dos meses, ya éramos novios. Salíamos siempre los cuatro juntos pero nada más un ratito. Íbamos a tomar una limonada o a dar una vueltecita en el coche y a veces al cine a la primera función; lo malo fue que Tití y Paco terminaron y entonces mi mamá empezó otra vez con que tenía que ir acompañada de Pancho mi hermano. Así ya no era divertido. No era que Miguel y yo quisiéramos estar solos para hacer cosas impropias, no, sólo nos tomábamos de la mano y nos dábamos uno que otro beso muy decente, mi problema era que mi hermano era muy pesado y no nos dejaba ni platicar a gusto. Un día que ya estaba harta, le pedí a mi vecina Luisita que dijera que me había invitado a merendar a su casa. Me fui al jardín y aventé mi abrigo y mi sombrero al patio de su casa. Salí de la mía, toqué en la de ella, entré, recogí mis cosas y me fui al cine con Miguel ¡Que deliciosa es la emoción de hacer algo prohibido! Por cierto, una vez que tuvimos que ir al cine con mi hermano Pancho, Miguel me pasó una serpentina en la que venía una declaración de amor, con letras chiquitas como moscas aplastadas. Todavía la guardo. No se cómo pasó el tiempo. Todo fue muy rápido. De repente ya tenía yo 18 años y mi mamá seguía vigilante, mandándome a mi hermano Pancho de chaperón y urgiéndome a conseguir una fecha de matrimonio. Ya son muchos años de noviazgo, decía. Yo 12


no sabía qué hacer, la mamá de Miguel no me quería, no me lo decía pero siempre me insinuaba que yo le quitaba el tiempo para sus estudios. El ya tenía veintiún años y estaba en la Universidad en la carrera de arquitectura. Se la pasaba hablando de coches, de la autonomía de la Universidad y de que a su mamá le estaban expropiando tierras para dárselas a los peones; en fin, que todo era más importante que hablar de matrimonio. No supe cómo, pero todo se fue acomodando y Miguel por fin se enfrentó a su madre, le espetó que ya tenía veintiún años y le exigió que le entregara su herencia. Ella le dijo que antes debía terminar su carrera, pero él le refutó que primero era el amor y que por ley le tenía que poner a su disposición la herencia. Se fijó como fecha para el matrimonio el día 17 de enero de 1938. ****** Miguel tenía pocos amigos. Siempre fue muy corto. Como desde muy pequeño mostró gran afición por los coches su mejor amigo fue el chofer. Pasaban largos ratos desarmando y armando lo que podían del motor del coche de la casa. Como a los diez años Miguel se desahogó con su amigo y le dijo que no soportaba las largas comidas con sus parientes, que lo disfrazaran con terciopelos y encajes y lo sentaran en la cabecera de la mesa a comer sin parar. A don Pedro, así se llamaba el chofer, le agradaba mucho el niño Miguel y le daba mucha tristeza la forma en que lo trataban. Tempranito a la escuela, después a comer, luego a hacer los deberes, a merendar y a la cama. Nada de juegos con amiguitos, nada de ensuciarse, nada de perder el tiempo. Sólo un rato después de comer tenía permiso de ir al jardín para hacer la digestión. Era entonces cuando Miguel buscaba a don Pedro para jugar al mecánico y…hablar! Don Pedro por fin se decidió a explicar a Miguel que su vida era tan aburrida por ser el primogénito y único heredero del señor 13


don Francisco, su padre. Que toda la parentela que lo agobiaba era una bola de venidos a menos que lo único que querían era gorrear la comida y ver que podían sacarle a su mamá, viuda tan jovencita, que a él, le decían el Niño de Oro y que había que halagarlo y cuidarlo porque el señor don Francisco había puesto en su testamento que si su hijo moría, aunque fuera de un catarro, todos sus bienes irían a parar a la beneficencia. Miguel se quedó azorado, boquiabierto ante la perorata de don Pedro que se había descosido hablando mal de todo mundo y empezó a reflexionar sobre la verdad de sus palabras. En realidad a él también le caían muy mal sus parientes y le molestaba la solicitud con que lo trataban a su llegada, ya después lo sentaban a la cabecera de la mesa como un adorno y tenía que soportar el sueño que le provocaban sus aburridas pláticas. Sólo que no le podía decir todo esto a su mamá. Él estaba educado para escuchar y obedecer, no para preguntar y menos para dar opiniones. El haberse enterado de que era el dueño de una gran fortuna no le servía más que para poder comprender el trato que le daban, pero como era un menor no podía disponer de nada y tenía que aceptar todo como venía, continuar obedeciendo y ser niño bueno. Por fin entendió por qué Paco, su hermano menor, no era niño bueno. A él no lo llenaban de halagos pero tampoco le exigían tanto. Su madre llenaba a Miguel de responsabilidades presentes y futuras, mientras que sobre Paco volcaba su afecto maternal. Miguel debía ser recto, intachable y cuidar de Paco, mientras Paco tenía derecho a equivocarse y a hacer travesuras. Miguel no entendía como era posible que Paco le tuviera celos si su vida era mucho más divertida y libre. Si Paco hacía un berrinche porque quería seguir jugando antes de merendar, su mamá acababa dejándole hacer. En cambio si Miguel solicitaba el mismo permiso, su madre le recomendaba prudencia en sus peticiones y evitar el deseo de perder el tiempo. 14


Así Miguel, habiendo aprendido la virtud de la prudencia, decidió dejar pasar el tiempo antes de exigirle a su madre sus derechos y continuó siendo niño obediente y bueno. No se distinguió por buen estudiante. Miguel transitó por secundaria y preparatoria sin ninguna nota sobresaliente, pero sin reprobar. Decidió estudiar arquitectura porque algo le gustaba, pero sobre todo porque su mamá le exigió tener una carrera aunque en realidad él quería ser piloto; seguía con su afición a los coches y le encantaba la velocidad. Su tiempo se distribuía entre sus estudios, los deberes y los coches. El tiempo libre siempre lo dedicó a Ana. A él nunca le gustó decirle Nena como la llamaban su familia y sus amigas. Ella siempre quería ir al cine, le encantaba, pero Miguel prefería pasear en coche. La otra opción era platicar en la salita de visitas de la casa de Ana, lo cual era bastante aburrido porque su mamá se la pasaba dándoles vueltas como gendarme y sólo tenían derecho a tomarse de la mano y a uno que otro beso siempre con sobresaltos. Sus amigos siempre lo estaban picando. Que se portaba como niñito bueno, que le tenía miedo a su mamá, que ya estaba en edad de emborracharse y enseñarle a la novia quien era y que ellos se iban a encargar de “bautizarlo”. Miguel nunca se acordó qué le dieron de beber, sólo que llegó al balcón que daba a la salita de la casa de Ana, que sus amigos le ayudaron a treparse, que dió dos golpes fuertes en la ventana y salió su novia. Apenas comenzaba a explicarle que estaba totalmente borracho, cuando salió su mamá detrás de ella. Miguel la vio como una aparición, abrió muy grandes los ojos, intentó hablar pero perdió el equilibrio y cayó al suelo como un fardo. La mirada de su futura suegra era fulminante. Malamaneció al día siguiente con una cruda espantosa y el cuerpo adolorido. Le dijo a su mamá que se sentía enfermo pero ella le tomó la temperatura, dictaminó que estaba 15


sano y lo mandó a la Universidad. Miguel decidió que mientras viviera con su mamá, más le valía seguir siendo niño bueno. El noviazgo entre Miguel y Ana continuó sin mayores sucesos. hasta que Miguel, ya cumplidos los veintiún años y Ana los dieciocho, se sentaron como cualquier otra tarde en el saloncito de visitas de su casa. Se tomaron de la mano y pasaron quince minutos sin que se presentara por ahí la señora de la casa, se estuvieron dando leves besos durante diez minutos más y doña Ana Carranza de Artigas no dio señales, ni con pasos ni con ruidos, de que estaba cerca. Ana y Miguel continuaron extrañados, aunque con más confianza, sus juegos sensuales, hasta que sus roces se convirtieron en caricias plenas. Pasó más de una hora y la futura suegra de Miguel nunca apareció. El contaba después que lo hizo a propósito, que los dejó retozar a sus anchas porque tenía sus planes en marcha. Y parece que sí. Miguel tuvo que hablar nuevamente con su mamá sobre su boda, pero esta vez ya no era para tratar de convencerla. ¡Tenían que casarse!. Doña Carmen, su mamá, puso el grito en el cielo, insistió en que Miguel primero tenía que terminar la carrera, que aún eran muy jóvenes, hasta se enfermó; pero cuando se enteró que la muchacha probablemente estuviera embarazada, tuvo que aliviarse y fijar la fecha de la boda para el 17 de enero de 1938. ****** La Nena tenía apenas un mes de embarazo cuando se efectuó la boda, así que pudo lucir con desparpajo su hermoso cuerpo en el elegante vestido de novia. Fue una ceremonia sencilla por la premura del tiempo y el enojo de su suegra, pero de todos modos ella se presentó bellísima con su corte de damas y la gran cola de su vestido en la Iglesia de la Sagrada Familia. Todos la halagaron y ella se sintió como en un sueño.

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Miguel, la Nena y sus damas, el dĂ­a de la boda.


Miguel y Ana se instalaron en una casa moderna de la colonia Roma. La Nena siempre había vivido en la San Rafael, en una casa de clase media acomodada de principios de siglo. Sus padres no tenían fortuna pero vivían decorosamente gracias al sueldo de militar de su padre, el general de división Francisco Artigas Barbedillo. El general Artigas venía de una familia de terratenientes de la región de los Tuxtlas, en Veracruz. Cuentan que siendo aún un pequeño se le cayó de los brazos a su nana y rodó por una escalera, recibiendo un fuerte golpe en la columna vertebral que impidió que se le desarrollaran normalmente sus extremidades inferiores, por lo que al crecer su tórax se amplió, pero sus piernas quedaron cortas. Su carácter fuerte lo hizo empeñarse en desarrollar sus músculos y logró distinguirse como un gran jinete a pesar del defecto de sus piernas. Tal vez porque se sentía discriminado por su defecto físico, le embargó una gran compasión hacia los pobres y desvalidos y se llenó de ideales libertarios y así, siendo aun un adolescente, decidió dejar su casa y unirse a “la bola”. Su mamá siempre le dijo a la Nena que su papá nunca fue agrarista, que fue maderista, después carrancista y por ultimo obregonista. Que rompió lanzas con Calles cuando se enteró del asesinato de Obregón, pero que siempre se mantuvo fiel al ejército. Sin embargo, hay una foto de 1914 en la que Francisco Artigas aparece en el primer reparto de tierras realizado por Lucio Blanco en la hacienda de Las Borregas. A doña Ana Carranza definitivamente no le agradaban las aventuras agraristas de su esposo y se las desapareció a sus hijos y parientes. Lo podía hacer. El general Artigas no era muy platicador y la voz que se oía en su casa era la de ella. Venía de una familia de Cotija que a principios de siglo se avecindó en Zamora, Michoacán para después dar el salto a la ciudad de Guadalajara, donde ya se podían considerar como gente bien avenida. Fue has18


General de divisi贸n Francisco Artigas Barbedillo, el abuelo revolucionario.

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ta que cumplió veintisiete años que logró venir a vivir a la ciudad de México, conocer al General Artigas y casarse con él, ya muy mayor para los estándares de la época. Ella era guapa y relativamente alta. El era bajo de estatura y con un defecto en las piernas, pero de buen origen familiar, y como a su edad no tenía mucho de donde escoger, decidió casarse con el agrarista. Ya vendrían tiempos mejores. Pero no. El recibió el grado de general de división por sus servicios en la Revolución y el ejército, pero no peleó por un puesto de funcionario. Sucedió que el general Artigas era demasiado honesto para montarse en la nómina y se quedó con su modesto sueldo de militar. Doña Ana parió a su primer hijo, Pancho, a los 29 años, a Anita a los 30 y a Carlos y a Toño unos años después. Nunca tuvo preocupaciones económicas, pero tampoco grandes lujos. Decidió que tenía que casar bien a su única hija. Y lo hizo.

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Los abuelos Artigas y sus hijos mayores, Pancho y la Nena.

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La vida conyugal Los primeros meses del matrimonio de la Nena fueron de película. Su ajuar había sido traído de París. Estuvieron dos semanas de luna de miel en la famosa playa de Puerto Vallarta y cuando regresaron su casa estaba recién decorada en estilo moderno. La Nena lució vestidos, pieles y joyas en los cabarets más elegantes de la ciudad con un selecto grupo de amigos. La vida fue hermosa hasta el sexto mes de embarazo cuando ya cualquier cosa que se pusiera le quedaba mal y su vida social acabó limitándose a reuniones con sus amigas por las tardes. A los ocho meses de matrimonio la Nena dió a luz un robusto varoncito a quien llamaron Miguel, por su padre. Once meses después la Nena dió a luz a otro hermoso bebé a quien pusieron por nombre Carlos. Otros once meses después, la Nena parió un par de cuatitas a quienes bautizaron como Carmen y Ana en honor a las abuelas paterna y materna. Todos los partos por supuesto tuvieron lugar en su casa con la asistencia del doctor del Bosque, una partera, las dos abuelas, dos criadas y quien se considerara con derecho a ver la función. Los dos primeros partos fueron relativamente rápidos y sin problemas, pero el de las cuatas fue difícil y le provocó tal desgarre a Ana, que se estaba desangrando. El pobre Miguel, a requerimiento del médico tuvo que intervenir ante el peligro de muerte en que se encontraba su joven esposa. Nunca lo olvidó. La Nena no se sentía nada contenta ¡cuatro bebés en menos de tres años! Claro que tenía cuatro nanas, una para cada hijo, pero igual les tenía que dar de comer. Se la pasaba embarazada, pariendo y amamantando…tenía que poner punto final a esa historia ¿Pero cómo? Por supuesto que existían formas de evitar el embarazo, si no cómo le hacían las mujeres de la vida alegre. Sin embargo, ella no tenía ninguna posibilidad de acceso a esa 22


La abuela Carranza, la Nena y los peque単os Miqui, Carlos, Anis y Carmela. 23


información. Estaba rodeada de mujeres decentes, de buena familia. No había a quien acudir. Investigando por donde pudo se enteró que las casadas mayores utilizaban algo que se llamaba ritmo y para mayor seguridad la abstinencia. Pero en su caso, ella de veintiún años y Miguel de veintitrés, era difícil de aplicar… Entonces empezó a pensar que no era justo. Ella se la pasaba cambiando de cuerpo y encerrada mientras Miguel se iba a su despacho, veía a mucha gente, jugaba frontón con sus amigos, se iba al taller a armar y desarmar su coche y sólo llegaba a comer y a cenar. De muy buen humor, por cierto. Ella mientras tanto sólo recibía algunas visitas de sus amigas, iba a casa de su mamá y nada de salir a comer y menos por las noches….. Decidió hacer pagar a Miguel por su vida relajada, se quejó del peligroso parto de las cuatas y le explicó las bondades del ritmo y de la abstinencia. Miguel comprendió, siempre había sido niño bueno, así que estuvo de acuerdo en el ritmo, ya que la propia Nena le dijo que a ella tampoco la convencía mucho lo de la abstinencia. Cuando las cuatas tuvieron ocho meses, Miguel y la Nena comenzaron a salir como antes dejando a sus cuatro pequeños en las cuidadosas manos de sus cuatro nanas que resultaron una maravilla de responsabilidad. Además, todos los domingos los llevaban a la casa de doña Carmen a comer y a la casa de doña Ana y don Pancho por la tarde. Las vacaciones las pasaban en un hermoso casco de hacienda que le había heredado a Miguel su papá y a donde reunían a sus amigos con sus hijos para hacer grandes comilonas, días de campo, paseos a caballo, charreadas y peleas de gallos. La Nena estaba encantada, le salía muy bien el papel de anfitriona y en su círculo social se hablaba mucho de la cálida acogida y los grandes festejos con los que los Icaza amenizaban las estancias en Buenavista. Lo único que le molestaba era que la gente de la región, los trabajadores y peones de la hacienda, el 24


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Do単a Carmen y la Nena, la suegra y la nuera.


trato de señora y patrona se lo daban a doña Carmen, la madre de Miguel ¿Por qué, si la Nena era la esposa del dueño? Ella siempre pensó que doña Carmen lo hacía a propósito para indicarle que su lugar era por debajo del de ella. Su suegra siempre se había opuesto a su boda con Miguel y ahora tenía las armas para hacerla sentir inferior. Las quejas de la Nena a Miguel no servían de nada. Él, siempre conciliador, le decía: Ana, mi madre administró esta hacienda por casi veinte años, por tradición la siguen tratando a ella como la patrona, no lo puedo impedir, pero tu eres la señora de la casa, la anfitriona y todo mundo lo sabe ¿ De qué te apuras? Definitivamente Miguel no entendía de agudas miradas, medias sonrisas y ligeros ademanes con los que la suegra ponía en su lugar a la nuera. La guerra entre las dos mujeres estaba desatada y no había razonamiento que la pudiera parar. Era la lucha entre dos poderes. Yo soy la madre. Pues yo soy la esposa y ya veremos quién doblega a quién. ****** Miguel se casó enamoradísimo de su mujer. Dejó, a pesar de la oposición de su madre la carrera de arquitectura, para encargarse de su herencia. Sabía que se trataba de administrar casas pero no tenía mucha idea de cómo, cuántas ni dónde. Se enteró que don Francisco, su padre, a quien apenas conoció pues había muerto cuando él apenas contaba con tres años, había heredado de su padre, Miguel Icaza y del Río, la hacienda de Buenavista y algunas casas en la ciudad de México, pero que la mayor parte del legado que le dejó provenía del acervo del Señor de Teresa, padre de la primera esposa de su padre, doña Elvira, quien había muerto poco antes de que se casara con doña Carmen, su madre. La lista de propiedades con las que se encontró Miguel al llegar a su despacho era inmensa y no tenía idea de cómo empezar. 26


Afortunadamente, doña Carmen tenía el despacho con trabajadores de confianza listos para apoyar a su hijo, además de las lecciones y consejos que ella misma le comenzó a dar. El trabajo era arduo y aburrido. Muchas casas y muchos inquilinos a quien mandarles cobrar la renta y renovarles sus contratos o lanzarlos por la falta de pago, escuchar desde las quejas de pleitos de vecinos hasta las de “hay humedad en el baño” o se esta cayendo una viga, supervisar los inmuebles y mandar a hacer los trabajos de reparación y mantenimiento. De cualquier manera, Miguel salía contento y tempranito a trabajar al despacho, no le gustaba la chamba pero la hacía disciplinadamente, como su mamá le había enseñado. Además se buscaba tiempo para ir a un taller mecánico que le quedaba cerca para ver qué le quitaba o le agregaba a su coche. Llegaba a su casa a comer a las dos de la tarde, regresaba al despacho a las cuatro y nuevamente a su casa a las siete de la noche, respetando sus horarios y sus deberes como había sido educado. Pero eso si, los sábados se iba con sus amigos a hacer pesas y a jugar frontón. Los domingos eran familiares, llevar a su mujer y a sus hijos a comer con su mamá y por la tarde ir a visitar a sus suegros. Doña Ana Carranza le seguía cayendo bastante mal, era seca y hosca incluso con su marido y sus nietos, pero don Pancho Artigas era todo un caballero; se tuvieron simpatía desde el primer momento. Así, mientras la Nena y sus hijos convivian con doña Ana y Luisita, la vecina que hablaba sin parar, Miguel y don Pancho pasaban la velada aparte platicando poco pero bien, ya que eran de carácter parecido, muy cortos los dos. A Miguel nunca le gustó su trabajo en el despacho. Lo que verdaderamente disfrutaba era la vida al aire libre en Buenavista. Le gustaba la cría de ganado, la agricultura y la charrería. La Nena le decía que no parecía el patrón sino un simple trabajador, siempre fachoso y revuelto entre los peones. Se hizo buen amigo 27


de los agricultores y charros de la región y en poco tiempo aprendió a colear, distinguiéndose en esa suerte. Se llevaba muy bien con la gente del campo. Eran cortos como él. Al pan, pan y al vino, vino y vamos al grano. Aprendió a jugar conquián, rentoy y a beber pulque y chumiate. Nunca cantó ni tuvo oído para la música, pero le encantaba el mariachi, le gustaba que le cantaran a sus hijas cuatas “han nacido en mi rancho dos arbolitos…..” su vida era buena y pródiga. Tenía una esposa guapísima y encantadora de la cual estaba enamorado, cuatro hijos fuertes y sanos, un trabajo que no le gustaba pero que realizaba con disciplina y buen talante y una hacienda con tierras y animales en la que era feliz. ¿Qué más podía pedir…? ****** Tres años después de las cuatas nació el primer bebé hijo del ritmo. Lo bautizaron con el nombre de Francisco en honor a sus dos abuelos. La Nena lo asumió más o menos tranquilamente, después de todo ya la había librado por un buen tiempo… Quitando la monserga de los últimos meses de embarazo y la lactancia, es decir aproximadamente un año, la vida de la Nena transcurrió feliz y sin sobresaltos hasta que apenas tres años después se embarazó del segundo producto del ritmo. A la Nena no le agradó nada, pero al hecho pecho, y al nuevo pequeño le puso Jaime, nada más porque le gustaba el nombre. La Nena decidió que ahora sí se pondría firme y que el ritmo se cambiaba drásticamente por la abstinencia. Apenas tenía veintinueve años y ya había parido seis hijos. Si seguía así iba a tener por lo menos quince como cualquier mujer del pueblo. Miguel, como niño bueno y comprensivo que era, estuvo de acuerdo. Aunque le dolía, él tampoco encontraba otra solución para los pesares de su mujer. Así pues, decidieron portarse como niños buenos los dos y continuar de la mejor manera la vida buena que la fortuna les ofrecía. 28


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Miguel, en su faceta de agricultor.


****** Paco, el niño malo, el hermano menor de Miguel, había entrado a la Academia de San Carlos a estudiar pintura, pero un año después le explicó a su mamá que los maestros no tenían nada que enseñarle y dejó la escuela. Se dedicó a hacer pesas, a irse de parranda con los amigos y a dibujar solo en su casa. Pero también comenzó a ir a Buenavista cuando no iban Miguel y su familia, organizaba fiestas con sus amigos y llevaba mujeres solteras. De estos eventos se comentaba en todos los círculos sociales de la ciudad de México, pero aparentemente nunca llegaron a los oídos de su madre. Miguel nunca dijo nada, había sido educado como protector de su hermano y le dejaba hacer, como siempre le habían dejado hacer desde pequeño. Por otro lado, a Miguel no le molestaban las fiestas de su hermano. Cuando llegaba de fin de semana para llevar los asuntos de la hacienda, de repente se encontraba en medio de un gran convivio en el que marginalmente participaba y se divertía. Fue en una de esas fiestas en la que conoció a Carmen Ramírez. A ella la llevó una amiga que conocía a un conocido de Paco. Tenía dieciocho años y Miguel treinta y dos. En cuanto se enteró que era el dueño de la hacienda comenzó a coquetearle y al darse cuenta los amigos de Miguel, lo animaron a lanzarse ya que, le decían, aunque fueran casados era saludable tener una o dos amigas para divertirse en las fiestas de “solteros”, hasta que por fin el niño bueno decidió probar a ser niño malo y empezó a cortejar a la mentada Carmen. Ella siempre le decía que no pero que sí y Miguel se puso a insistir. Carmen aceptó comenzar a salir con él, aunque también lo hacía con otros amigos y se encargaba de que Miguel lo supiera. Asi se la pasaron durante cuatro años hasta que Carmen logro que Miguel le pusiera un departamento en la colonia Roma. Algunos meses después, ella le informó que estaba embarazada de otro, pero que al que verdadera30


Los hermanos Paco y Miguel, el ni単o "malo" y el ni単o "bueno". 31


mente quería era a él, a Miguel. Miguel se sintió traicionado pero al mismo tiempo se percataba de que su novia jamás le había jurado fidelidad; además él era casado y resultaba que antes que ella, el infiel era él…En su alma comenzaron a mezclarse una gran cantidad de sentimientos, no sabía que hacer, amaba a su esposa y respetaba su abstinencia, pero también le había hecho a Carmen promesas de amor eterno. No podía dejarla desprotegida en esas circunstancias. Miguel bien sabía lo que eso les costaba a las mujeres; así que niño bueno al fin y al cabo, apechugó y la apoyó durante su embarazo y parto. Carmen tuvo un niño a quien registró como Gerardo Valdez, en ausencia del padre que así se apellidaba. ****** La vida de la Nena transcurría tranquilamente. Llevaba una buena relación con su marido, tenía muchos amigos que la buscaban por su simpatía, sus seis hijos crecían contentos y bien cuidados y cuando el más pequeño iba a cumplir cuatro años consideró que se estaban amontonando y le explicó a Miguel que necesitaban una casa más grande. Él tenía un terreno enorme que había sido parte de la huerta de la Hacienda de San Rafael, cuyos terrenos habían sido fraccionados y se había convertido en la colonia en la que vivían los padres de la Nena y algunos amigos. Así que Miguel se puso a hacer el proyecto de su nueva casa con Carlos, su mejor amigo y ex compañero de la escuela de arquitectura. La nueva casa se construyó en estilo moderno, con amplios espacios para fiestas e íntimos para recibir, seis recámaras grandes para los hijos y una enorme para la Nena y Miguel. La decoraron con muebles de Jorge Trad, un gran aparador en el comedor para la vajilla de porcelana francesa del padre de Miguel y dos grandes retratos al óleo de la Nena. Tenía un jardín enorme, frontón y gimnasio. La casa era alegre y pronto se llenó de invitados, la Nena estaba radiante y se le olvido la abstinencia. Cuando le platicó a su mejor amiga Ascen, la 32


esposa de Carlos, que había dejado de menstruar porque ya tenía 36 años, ella se rió y le sugirió ponerle por nombre al bebé “meno”, dos meses después la Nena tuvo que aceptar el hecho de que otra vez estaba embarazada. Cuando el pequeño Jaime apenas había cumplido 6 años, nació la tercera niña de la familia, la Nena le puso por nombre Silvia y consiguió otra nana. Afortunadamente la casa era muy grande porque además del matrimonio y siete hijos, ahí vivían también tres nanas, tres recamareras, la lavandera, la cocinera, el jardinero y la portera. Y encima al año y medio del nacimiento de Silvia llegó a este mundo Alejandro, el octavo hijo, a quien le tocó una de las nanas de las cuatas, quienes para entonces ya tenían quince años. La Nena y Miguel no eran religiosos, pero guardaban bien las reglas del catolicismo. Todos los domingos por la mañana llevaban a misa a sus hijos. A Miqui y Carlos, los mayores, los inscribieron en el colegio Cumbres de los Legionarios de Cristo y las cuatas iban al Sagrado Corazón donde había estudiado la Nena. Así que no había de qué preocuparse, los niños estaban recibiendo una buena instrucción escolar y moral. Los pequeños Paco y Jaime iban al kinder de unas de las mejores amigas de la Nena, las “señoritas-misses” García-Arroyo, en donde además de calor de hogar tenían una buena educación. Así, la Nena y Miguel se sentían bien cumpliendo con sus deberes con respecto a los hijos y su vida continuaba plácida y alegre; aunque Miguel un poco complicado porque la Nena acabó por romper lanzas con su mamá y porque cada vez tenía que inventar más cosas para ir a ver a Carmen Ramírez que era muy demandante y celosa. Pero también le preocupaba a Miguel el destino de Buenavista. Se había dado cuenta de que independientemente de las tierras y la belleza del casco de la hacienda, sus hijos mayores la querían nada más que por sentirse amos y señores. En la hacienda había 33


escudos de la familia Icaza, tumbas de los condes de Agreda, sus dueños anteriores y los peones estaban acostumbrados a saludar besándole la mano a los patrones, incluyendo a los niños. Miguel empezó a notar que eso agradaba a sus hijos y disputaban por quién tenía mayor jerarquía, al igual que su mujer lo hacía con respecto a su mamá y su hermano Paco con respecto a él. Comenzó a temer que Buenavista, con toda su pesada historia, se convirtiera en manzana de la discordia entre sus vástagos y su familia. A Miguel lo que le encantaba era el trabajo de campo y le desagradaba la ostentación del apellido y los escudos. Decidió que lo mejor era buscar otras tierras y deshacerse de la hacienda, para lo que creyó prudente pedirle consejo a su madre. ****** Doña Carmen Contreras era una mujer imponente y seca. Su vida no había sido fácil y la había endurecido. Mientras vivió con don Francisco ella había estado segura en la intimidad de su hogar. A pesar de los vaivenes de la revolución se había sentido protegida y se dedicaba a llevar su casa y a cuidar de su hijo Miguel. Pero sorpresivamente en 1918 murió don Francisco y ella se quedó asustada con un hijo de tres años y un embarazo de dos meses a los dieciocho años de aquella época: sin estudios y sin haber salido de su casa. Aterrorizada escuchó la lectura del testamento de don Francisco, del cual lo único que entendió fue que le dejaba toda su fortuna al pequeño Miguel, que había una albacea, su hermana Lola, para cumplir su voluntad y un tutor, un señor Cortina que ella apenas conocía, para encargarse del bienestar de su hijo. Y ella Carmelita ¿qué tenía que hacer? y del hijo que esperaba ¿qué iba a ser? Muerta de miedo esperó a ver qué pasaba…le dieron una pensión mínima que apenas le alcanzaba para atender los gastos de sus hijos y encima tuvo que ir a juicio pues presentaron 34


una denuncia en contra de ella aduciendo que era dudoso que el niño Miguel fuera hijo de don Francisco ya que era probable que ella tuviera amantes, pues había quedado embarazada después de la muerte de éste. Carmelita, quien siempre había vivido entre las cuatro paredes de su casa, tuvo que enfrentar un juicio en el que se pisoteaba su honra. Afortunadamente el testamento de don Francisco era muy claro en el reconocimiento de Miguel como su hijo a quien dejaba todos sus bienes, y así Carmelita pudo salir a salvo de la denuncia. El proceso fue largo y humillante y Carmelita se dió cuenta de que estaba totalmente sola. Doña Lola, la albacea de la sucesión de don Francisco, dejó a su esposo, don Ignacito Fernández, como administrador y pronto la herencia se empezó a reducir. Carmelita, por su lado, empezó a pedir consejo y por fin logró deshacerse del tutor que le regateaba el dinero para sus hijos. Pocos años después, también logró que la administración de la sucesión de don Francisco pasara a sus manos. Carmelita se había convertido en Doña Carmen. Cuando se sintió segura como administradora comenzó a hacer movimientos. Adquirió un par de haciendas en el estado de Michoacán, La Purísima y las Trojes y compró una casa en la esquina de la calle de Niza y Paseo de la Reforma para instalarse ahí con sus hijos. Seguía llevándose bien con la familia Icaza pero ya no confiaba en ellos. Ayudaba a los que la necesitaban pero los mantenía a distancia. A sus hijos los educó parca y duramente, sobre todo a Miguel. Tenía miedo de que se diera cuenta de la gran herencia que lo esperaba y se dejara llevar por los placeres materiales de la vida. Se dedicó a imbuirle los placeres del espíritu: la rectitud, la moral, la frugalidad…..Mientras tanto consentía a Paco tratando de suplir la herencia que su padre no le dejó. Doña Carmen pudo convertirse en una buena administradora. Aunque le tocó la expropiación de las haciendas, ella supo negociar 35


con el gobierno cardenista y con sus peones de confianza el reparto de tierras, quedando bien con las autoridades y con sus leales trabajadores. Pero para ella lo más importante siguió siendo la educación de sus hijos, sobre todo la del mayor: hacerlo hombre de bien y responsable, especialmente respecto a su hermano. Por la preocupación de la carencia de recursos económicos de su hijo menor, doña Carmen convenció a Miguel de que escriturara a favor de su hermano Paco las propiedades que constituyeran la tercera parte de su herencia y que, ya que a diario iba al despacho, aprovechara para administrárselas. Miguel, a quien nunca le importó el monto de su herencia, y siendo un niño obediente, por supuesto aceptó, y su mamá y su hermano se sintieron más a gusto. ****** Pero todo esto vino a cuento porque Miguel decidió pedir consejo a su madre sobre el destino de Buenavista. Ella le sugirió dejársela a su hermano Paco, quien tanto disfrutaba sentirse señor de la hacienda, y que Miguel se quedara a cambio con La Purísima y Las Trojes en Michoacán, que para entonces ya eran unos cascos medio derruidos, pero lo que él quería eran las tierras que habían quedado, para realizar su vocación de hombre de campo. En 1953, recién nacida Silvia, la séptima de sus hijas, Miguel compró una hacienda en el valle de Queréndaro, en Michoacán, ubicada entre una brecha que conducía a Morelia y la vía del tren. Se llamaba Tzintzimeo. Junto con su amigo Carlos, Miguel hizo un proyecto de remodelación y poco a poco, en cinco años, lograron convertir el ruinoso casco de la hacienda en una hermosa casa de vacaciones. Mientras reconstruían, Miguel se había avocado a sembrar y cosechar en la Purísima y Las Trojes, sus nuevas tierras de Tzintzimeo, y en San Isidro, un pequeño rancho que arregló para casa de un administrador y que, tiempo después, ocuparía el segundo de sus hijos, Carlos. 36


Hacienda de San José de Buenavista el Grande, municipio de Temoaya, estado de México. La hacienda de los escudos.

Hacienda de Tzintzimeo, municipio de Ávaro Obregón, Michoacán. La hacienda que reconstruyó Miguel. 37


Los hijos Miqui, el primero de los hijos de Miguel y la Nena, fue estudiante regular en primaria y definitivamente malo en secundaria. Le gustaba ir a la escuela a jugar con sus compañeritos, pero los libros y la disciplina de plano no le entraban. Como se la pasaba regañado o castigado prefería irse de pinta. Desde entonces comenzó a tener celos de su hermano Carlos, pues a pesar de que su conducta tampoco era buena, a la hora de llevar las calificaciones a la casa, Carlos presentaba ochos y nueves y Miqui cincos y seises. Ya en familia se burlaban de Miqui por burro y a Carlos, Miguel le hacía concesiones especiales como dejarlo manejar su coche y la Nena se la pasaba presumiéndolo por güerito y bonito. Con estos tratos a Miqui menos se le antojaba estudiar y a los amigos con los que se iba de pinta pronto los organizó en grupo de cuates de parranda. Desde pequeño Miqui se sintió más atraído por su tito Paco que por su padre. Paco recorría Buenavista con el porte de un gran señor, mientras Miguel se revolvía con los peones, platicaba con ellos y hasta tomaba en cuenta sus opiniones. El tito Paco sí apreciaba sus orígenes y se sentía orgulloso del escudo de la familia. Con este ejemplo, lo único que Miqui hacía con los libros de la escuela era dibujarles el fierro de la hacienda con la Y de Ycaza como se escribía el apellido antiguamente, e iba dejando cada vez más los estudios que, al fin y al cabo, no se necesitaban para mandar peones. Así, mientras su hermano Carlos estudiaba, Miqui se iba con sus amigos a esperar a las niñas que salían de la escuela para convencerlas de que se fueran con ellos a fumar, a beber y luego a darse unos cuantos besos y si no lo lograban, se iban ellos solos a hacer lo mismo, pero sin besos. Carlos, el hermano menor de Miqui, también se iba de pinta y de pachanga pero con cierta moderación por lo que, sin ser un 38


gran estudiante, logró terminar la prepa con un satisfactorio siete. Él, como su padre, lo que más disfrutaba era la vida en el campo, así que al terminar sus estudios le pidió que lo dejara ir a trabajar las tierras de Michoacán. A la Nena no le pareció nada que su hijo el güerito guapo se le fuera, pero Miguel estaba orgulloso de su decisión y dijo que por haber terminado la escuela, tenía derecho a hacer lo que le gustara. Así que Carlos se fue y demostró ser un buen trabajador, sabía escuchar y ordenar, ya que en Buenavista desde niño había aprendido a realizar los trabajos de campo. Miguel estaba encantado y la Nena lo miraba extasiada cuando regresaba a la casa, una vez al mes, con el pelo y la piel dorados por el sol. ****** Mientras tanto, Anis y Carmela habían terminado la primaria entre enojadas y orgullosas de ser cuatas. A veces les servía porque una se duplicaba y a veces les molestaba, pues cuando una u otra habían hecho una cosa bien o mal, siempre decían “lo hicieron las cuatas”, los premios y los castigos eran para las dos y comenzaron a percibir un acto global de injusticia que las separaba pero acababa por unirlas. Al terminar la primaria, Carmela comenzó a sentir que esa unión la sofocaba y pidió a su mamá que la mandara al internado del Sagrado Corazón de San Luis Potosí. A la Nena le pareció muy bien y ella y Miguel la fueron a dejar, pero al mes Carmela ya no soportaba la separación de Anis y llamaba por teléfono constantemente pidiendo que fueran por ella. La Nena fue inflexible, no se plegó a los ruegos de su hija, dijo que no estaban jugando y Carmela tuvo que pasar el año completo en San Luis. Finalmente las cuatas terminaron la secundaria juntas de nuevo y la Nena las inscribió en el Instituto Familiar y Social, una institución reconocida en su medio, en la que las señoritas aprendían desde 39


cómo servir una mesa, hasta nociones de historia del arte y de idiomas. Aprendieron repostería, tejido, bordado, dibujo y habían tomado lecciones de piano desde los cinco años. Salían listas para casarse, pero el carácter de las cuatas no iba con eso……Nunca practicaron las materias que les enseñaron en la escuela y a los dieciocho años decidieron no volver a tocar el piano ya que consideraron que por sus manos pequeñas jamás serían grandes concertistas. Desde pequeñas fueron las consentidas de su papá y se volvieron malcriadas. La Nena trataba de controlarlas, pero no había nada que hacer. Lo que más agradaba a las cuatas era hacer bromas pesadas a sus hermanos, amigas y amigos. Siempre actuaban mediante un programa conjunto: una ponía la trampa, la otra llevaba a la víctima y después se echaban la culpa entre las dos. ¡Cómo lo disfrutaban! Cuando la Nena intentó ponerles un alto fue demasiado tarde; se burlaban de ella y le contaban su versión de la historia a su papá quien movía la cabeza desaprobatoriamente y acababa riéndose. Sus amigas, que eran ingenuas y se dejaban llevar por la personalidad de las cuatas, a pesar de sus hirientes bromas, las seguían buscando, al igual que sus amigos, que esperaban lograr la revancha. Con Miqui y Carlos no les iba tan bien pues éstos se defendían y atacaban con bastante virulencia, pero siempre quedaba el recurso de acusarlos con su papá. Así Anis y Carmela, sintiéndose a sus anchas se la pasaban bastante bien. Paco y Jaime, el quinto y el sexto hijos de la Nena y Miguel terminaron mal que bien su primaria. Paco hizo una secundaria regular, mientras que Jaime reprobaba y reprobaba, lo mandaron de interno y volvió a reprobar. Mientras Paco estudiaba la prepa, Jaime alteraba sus calificaciones y no pagaba las colegiaturas con el dinero que le daba su padre. Cuando Miguel se enteró, montó en cólera y quiso poner a su hijo a trabajar, pero la Nena lo defendió. Para ella, sus hijos varones siempre fueron un de40


chado de virtudes incapaces de mentir. Las pocas veces que Miguel intentó meterlos en cintura, siempre fue detenido por los alegatos de su esposa. Con Paco nunca hubo problema. A pesar de ser pachanguero y amiguero igual que sus hermanos, continuaba estudiando. Además era simpatiquísimo. Entraba a la casa cantando “pos cuícuiri” y con la vieja recamarera de la Nena bailaba en la cocina “a nana Pancha le gusta el vacilón”. A todo el mundo le caía bien, hasta las cuatas lo respetaban. Entre tanto, Miguel y la Nena, al año y medio del nacimiento de Silvia, “la meno”, habían tenido un hijo mas, Alejandro y con un poco de ritmo, tres años y medio después nació el noveno y último hijo de la familia, Gustavo. Fue un bebé bellísimo y rubio. La Nena estaba encantada. Como nació a mediados de noviembre se lo pedían para niño dios a fin de año. Silvia, la pequeña de las hijas, rápidamente se convirtió en la consentida de Miguel, y Gustavo el güerito, en el orgullo de la Nena; Alejandro, que encima era medio moreno, acabó como la lechuga del sandwich. A Silvia y a Alejandro los mandaron al kinder de las ¨señoritas-misses¨ García Arroyo y pasaban el resto del día huyendo de sus agresivos hermanos mayores y escuchando los escatológicos cuentos de su nana ¨Grabielita¨. Gustavo, aparte, tenía su propia nana con quién jugar. Fue un poco antes que se vino la mala racha para la Nena. Su mamá, doña Ana Carranza, fue intervenida quirúrgicamente porque tenía piedras en la vesícula. Ya en su casa se puso muy mal y le telefonearon a la Nena para que fuera a verla. Ella embarazada corrió las siete cuadras que conducían de su casa a la de su mamá pero no la encontró con vida. Por el esfuerzo que hizo acabaron llevándola al hospital donde Gustavo nació 7 meses después de concebido y tuvo que ir a dar a la incubadora. Ahí le contagiaron un virus del cual murieron todos los bebés menos Gustavo y otro sietemesino. Una vez 41


a salvo del virus, Gustavo presentó síntomas de hepatitis y ya curado le dió meningitis. Lo salvaron de milagro. La Nena pasó dos meses casi sin dormir. Nunca se ocupó mayor cosa del cuidado de sus hijos, pues para eso tenía muchas nanas, pero cuando estaban enfermos era la mejor madre. A la Nena siempre le gustó la medicina y alguna vez pensó en estudiarla, pero como su mamá ya le había prohibido ser “cómica” y la tenía destinada para casarse lo antes posible, a la Nena ni se le ocurrió manifestarle sus inquietudes, aunque tiempo después las desarrolló diagnosticando y recetando a las familias de los peones de Buenavista que acudían a ella después que les había fallado el brujo o el medico del pueblo. Incluso una vez se aventó una cirugía de una protuberancia purulenta que tenía una niña en la entrepierna. Abrió con una navaja gillette desinfectada al fuego con alcohol, desprendió el tumor que afortunadamente estaba encapsulado, lo extrajo, utilizó pastillas de sulfatiacina que molió como antibiótico y cerró con tiras de cinta adhesiva. Ante la evidente mejoría de la niña, a las dos semanas le llevaron un par de gallinas como agradecimiento. Pero Miguel, aunque siempre era muy ecuánime, en esa ocasión hasta le gritó que tenía prohibido ejercer como cirujana, que no tenía derecho a practicar con vidas humanas aunque su fama como curandera se hubiera extendido por toda la región. ****** Fue por aquel entonces cuando se hizo presente por primera vez Carmen Ramírez. Miguel la seguía visitando con frecuencia, pero con los pretextos del nacimiento de Silvia y Alejandro y su nueva hacienda en Michoacán, Carmen notaba un alejamiento. Tenía que hacer algo para retener a Miguel. Le explico que le había dado su juventud, los mejores años de su vida y que, sin embargo, no existía un fruto de ese amor. El tenía hijas e hijos con su mujer, una nueva hacienda maravillosa y ella no tenía 42


nada. Logró hacer emerger los sentimientos de culpa de Miguel, quien siempre fue débil ante los chantajes -empezando por los de su propia madre-, así que le compró a Carmen una casita en la calle de Oklahoma, en la colonia Nápoles, y aceptó tener un hijo con ella. Un mes antes del nacimiento de Gustavo, en l958, nació Paulina, la primera hija de Carmen y Miguel, a quien su madre registró como Paulina Valdez Ramírez, es decir con el apellido del padre de su primer hijo y el de ella. Fue así que Miguel Icaza adoptó la personalidad del señor Valdez cuando convivía con la madre de su nueva hija y con sus amigos. Carmen sintió que consiguió un gran triunfo y decidió hacérselo saber a su rival. Una llamada telefónica. Tu marido me puso casa y acaba de tener una hija conmigo. La Nena estaba muy ocupada con el duelo por la muerte de su madre y con su hijo recién nacido. Mandó al diablo a Carmen pero la herida que le inflingió duraría muchos años… Aproximadamente un año después, en septiembre de l960, murió Carlos, el hijo orgullo de la familia, en un accidente automovilístico en la carretera que va de Morelia a San Isidro. Iba solo, de madrugada, de regreso al rancho, y se había salido de la carretera. Para Miguel fue un golpe enorme, para la Nena un enojo muy profundo, para los hijos mayores algo increíble y para los pequeños nada, pues se los ocultaron. Como la pequeña Silvia ya había cumplido seis años y ya se había fijado la fecha para su primera comunión, se hizo una gran fiesta en el jardín de la casa con todos los invitados de luto. Al año siguiente, en junio de l96l, recién terminada su preparatoria, Paco fue asesinado de un balazo en un pleito de arrancones con unos juniorcitos en una calle de la ciudad. Mientras Miguel, como un autómata, cubría los trámites en la agencia del ministerio público y la funeraria, la Nena sentía que se abría la tierra a sus pies. No podía ser ¡otro hijo muerto! Para entonces su enojo era inmenso. Le reclamó a Dios y Dios no le contestó. A los pocos 43


meses murió su padre, el general, y la Nena sintió que iban a continuar muriendo todos los que la rodeaban. Entonces cayó en una profunda depresión. Medio año después comenzaron a aparecerle manchas oscuras en la piel y consultó a un dermatólogo, quien al notar el estado de ánimo de su paciente, diagnosticó que sus síntomas eran provocados por el uso constante del color negro y le ordenó quitarse el luto. Las manchas desaparecieron y su ánimo mejoró un poco, pero casi no salía y convivía lo estrictamente necesario con su marido y sus hijos. ****** A los siete años Silvia entró, al igual que la Nena y sus hermanas mayores, al Colegio del Sagrado Corazón. Fue muy duro para ella después de disfrutar del ambiente familiar que se vivía en la escuela de las “señoritas-misses”, por lo que se convirtió en una niña muy bien portada, de regulares calificaciones y que procuraba mantenerse invisible para no ser objeto de los regaños de las monjas y, en su casa, de las agresivas bromas de sus hermanos mayores. Sólo peleaba por su lugar cuando su papá, con quien desde niña estuvo muy unida, estaba en su casa. Esto era poco frecuente pues Silvia era medio-interna y salía de su casa a las siete de la mañana para regresar a las seis de la tarde, hacer la tarea, merendar, darle un beso a sus papás e irse a la cama. Mientras tanto Alejandro, el que no era consentido por nadie, luchaba por hacerse notar. Se la pasaba haciendo travesuras en la escuela, incluso una vez se hizo pipí desde una terraza sobre las niñas que jugaban en el patio. Las “señoritas misses” que ya no sabían como controlarlo, lo amarraban de una pata de la mesa de su comedor con muchos nudos para que se entretuviera deshaciéndolos. Pero lo que más le atraía a Alejandro eran las llaves. Se robaba las de la camioneta del kinder y tenían que estarle telefoneando a la Nena para que las buscara en su casa. 44


También las llaves de la despensa, del coche de Miguel y del closet de la Nena aparecían siempre en los bolsillos de Alejandro. Cuando el general Artigas se enteró de estas aficiones de su nieto y de que se la pasaba reprobando en la escuela, habló con él y le prometió darle un juego de llaves de su despacho al que nadie podía entrar si no era invitado, a condición de sacar buenas calificaciones. Ese mes, Alejandro sacó el primer lugar, no tuvo quejas en conducta y su abuelo le entregó el duplicado de las llaves de su despacho. Desafortunadamente, el general Artigas murió al poco tiempo y nadie volvió a intentar comprender al pequeño Alejandro, quien volvió a las travesuras y a ser un burro en primaria y después en secundaria. Gustavo, el más pequeño de la familia, el güerito y el más bonito, tampoco fue buen estudiante, pero lograba pasar sus materias y se portaba bien. Era de carácter alegre pero muy formal en sus modales; parecía un señor chiquito. Silvia por retraída, Alejandro por latoso y Gus por educado eran blanco de las bromas pesadas de sus hermanos mayores que no dejaban pasar oportunidad para humillarlos. La pequeña Silvia asumió el papel de protectora de sus hermanitos, lo que a su vez le acarreaba burlas. La dinámica en la que se relacionaban los hijos de Miguel y la Nena era de agresiones mutuas. Miqui, Jaime y las cuatas se atacaban y defendían. Silvia, Alejandro y Gus a veces respingaban pero mas bien se escondían procurando protegerse. A la Nena y a Miquel todo les acababa haciendo gracia. ****** El casco de la hacienda de Tzintzimeo, en Michoacán, había quedado precioso. En diciembre y semana santa había que poner catres en las grandes recámaras para que cupieran más invitados. Iban amigos de Miqui, las cuatas y Jaime, además de los de la Nena y Miguel, que llevaban a sus hijos. Había un gran jardín, alberca y cerros de paja para los niños, paseos arbolados y juegos 45


de canasta, conquián y poker para los mayores. Los jóvenes iban a cazar tordos o se iban de turistas a Pátzcuaro y Morelia, en las noches se hacían lunadas bajo un gran laurel de la India y las cuatas y Jaime planeaban bromas pesadas contra todos: les quitaban las tablas a las camas para que se cayeran los colchones al acostarse, les hacían nudos a los pantalones y a las mangas de las pijamas de los hombres, les embarraban chile a los cepillos de dientes, incluso una vez hasta prepararon unas croquetas de algodón que un educado amigo de Miqui se tragó ayudándose de grandes bocanadas de agua. Era un ambiente festivo que muchas veces se tornaba violento, pero para Silvia, Alejandro y Gustavo las vacaciones eran como un viento fresco después de los períodos disciplinarios de la escuela. En Tzintzimeo se iniciaron en los secretos de la vida con sus amiguitos, los hijos de los trabajadores del establo y de campo. Ahí aprendieron desde a fumar hasta como se hacían y nacían los becerros y a manejar tractor. El aprendizaje era duro pero más rápido y divertido. ****** A los veintiún años Miqui decidió casarse con Bertita, una señorita de Aguascalientes avecindada en la ciudad de México hacía unos años. Se comentaba que Miqui había comprado su certificado de secundaria y hacía como que trabajaba con su papá por lo que no tenía para mantener a una esposa, pero ante las insistentes presiones de la Nena, Miguel le dió una gasolinera en la esquina de Álvaro Obregón y Mérida, en la colonia Roma y una casa que le amuebló en la colonia Juárez. Así Miqui y Bertita se casaron, la Nena se esmeró en ser una suegra modelo y las cuatas se esmeraron en hacerle la vida de cuadritos a su cuñada. Bertita no entendió que pasó. De ser amigas, incluso sus damas en la boda, las cuatas pasaron a ser sus más crueles enemigas. ¿Sería por celos de hermanas, porque la consideraban muy poca cosa o 46


porque Miqui se la pasaba espantándoles a sus galanes y era una venganza? Tal vez por las tres cosas… Cada vez que una de las cuatas tenía novio, éste tenía que traer a un amigo que se hiciera novio de la otra. Y si una de ellas rompía el noviazgo la otra lo hacía también. Cabe aclarar que la mayor parte de las veces los pretendientes huían atosigados por las burlas de Miqui y los desplantes de sus pretendidas. En un intermedio entre novios, Carmela volvió a decidir separarse de Anis y le pidió a su papá que le pagara el avión para irse a Canadá, donde ella aprendería inglés y trabajaría. Esto se dio porque Miguel en la feria ganadera de Querétaro había trabado amistad con un empresario canadiense, quien le ofreció ayudarlo con la educación de sus hijos si se los mandaba a trabajar con él. Como Jaime seguía sin querer estudiar y decía que quería irse a trabajar a Tzintzimeo como su difunto hermano Carlos, Miguel le propuso irse a trabajar a la granja de Tom Hays, en Canadá, para que aprendiera algo de campo. Jaime se puso feliz, se vislumbró como la mano derecha de Mr. Hays, dándoles órdenes a los trabajadores y rodeado de canadienses guapas rendidas ante sus encantos de macho mexicano. Así pues, con gran regocijo de toda la familia Carmela y Jaime partieron. Ella empezó a trabajar como mesera en el comedor para empleados de la granja por las mañanas y por las tardes asistía a un curso de inglés. Jaime fue contratado como trabajador de establo con la promesa de irlo ascendiendo conforme fuera mostrando sus capacidades. A la semana comenzaron los telefonazos a la Nena: que no soportaba el trabajo, que Mr. Hays era un negrero, que lo trataban como a un peón cualquiera. La Nena se quejó con Miguel pero él le explicó que ese había sido el trato con el señor Hays, que Jaime empezara desde abajo para que por fin se convirtiera en hombrecito, que si de veras se quería ir a trabajar a Tzintzimeo primero tenía que aprender, que no se 47


trataba de llegar a la hacienda como hijo del patrón, que para poder mandar había que saber hacer las labores que se ordenan. La Nena, aunque muy mortificada, tuvo que aceptar los razonamientos de su marido y le explicó a Jaime que tenía que demostrar que si ya que no era bueno para la escuela, sí lo era para trabajar. Entonces comenzaron a llegar las cartas desesperadas: que su papá no le enviaba dinero y no tenía ni para cigarros, que los otros trabajadores iban a enfiestarse a Toronto los fines de semana y él tenía que quedarse aburriéndose en la granja, que a Carmela ya la habían ascendido a recepcionista y él seguía barriendo estiércol y tenía las manos llagadas y llenas de callos… Carmela se había dado cuenta de que Jaime planeaba regresar a México y, como siempre había disfrutado interviniendo en la vida de los demás, le escondió su pasaporte. Jaime montó en cólera, pues ya había logrado, a espaldas de Miguel, que la Nena le enviara dinero para su boleto de regreso. La insultó y la amenazó pero lo único que obtuvo de Carmela fueron risitas y un hazle como puedas. Dos meses más tarde, Jaime logró colarse al cuarto de su hermana, recuperar su pasaporte y regresar a los brazos de su madre sin saber pronunciar mas de tres frases en inglés y sin haber aprendido a trabajar. Cuando apareció Jaime, Miguel se puso furioso con la Nena, pero ella ya estaba feliz apapachando a su hijo y ayudándole a “recuperarse” de la dura experiencia que había sufrido. Cuando Carmela volvió al seno familiar, después de una estancia de siete meses en Canadá, hablaba un inglés pasable, traía nuevo corte de pelo y ropa de última moda. A pesar de no ser muy bonita, tenía buen porte y gusto para arreglarse. A ella sí le había mandado dinero su papá y aunque se la pasaba bien, decidió regresar porque extrañaba a su hermana. Inmediatamente las cuatas se reconectaron y comenzaron de nuevo con sus argucias y planes para sacar de balance a quienes las rodeaban. 48


****** Después de la muerte de su hijo Carlos, Miguel había encargado la administración de Tzintzimeo a Luis Icaza, un sobrino a quien tenía mucho cariño. Miguel Iba casi todos los fines de semana a disfrutar del campo y los que no iba, pero decía que iba, los pasaba en la casa de la calle de Gabriel Mancera que le había comprado a Carmen Ramírez. Ahí convivía con el hijo de ella, Gerardo y con sus dos hijas, Paulina y Claudia, que había nacido 3 años después de la primera. Su mamá inscribió a las niñas en el colegio Motolinía como hijas suyas y del señor Miguel Valdez, conformando así la familia Valdez Ramírez. Los viernes y sábados solían llegar a comer o a cenar el “señor Valdez” y un par de amigos con sus “esposas” y las pequeñas podían estar un rato con su papá, quien les había explicado que entre semana tenía que irse a trabajar a su hacienda. Así, la vida de Miguel transcurría entre la convivencia con la Nena y sus hijos, con Carmen Ramírez y sus hijos, su vida disciplinada en su despacho, su vida libre en Tzintzimeo y las comidas domingueras con su mamá. ****** Desde pequeños los hijos de Miguel y la Nena se acostumbraron a ir todos los domingos a casa de su abuela paterna. Doña Carmen primero los llevaba a misa a la iglesia de la Votiva, después a la pastelería El Globo a comprar canapés, chocolates y pastelitos, y después en su casa los ponía a dibujar, a pintar, a hacer trabajos con plastilina o madera o a tejer con agujas e hilos de coser. Un buen trabajo siempre llevaba un premio en dinero, pero sólo las cuatas y Silvia se esmeraban en ganarlo. Después venía la hora del aperitivo y la botana. Mientras los adultos tomaban su tequila a los pequeños se les servía un dedalito de Cinzano rojo. Ya sentados en la gran mesa del comedor, la 49


abuela checaba que los nietos se hubieran puesto la servilleta sobre las piernas y utilizaran el tenedor y el cuchillo pequeños para el entremés. Después venía la sopa con la cuchara grande, el arroz o pasta con el segundo tenedor, el guisado con tenedor y cuchillo grandes, la verdura con el cuarto tenedor, el postre con la cucharita y por fin los pastelitos de El Globo que después de tanta comida eran casi imposibles de comer. Mientras los adultos acompañaban su comida con vino, los pequeños lo hacían con sangría. Por ultimo venía el café que degustaban con una copa de Benedictino o Chartrés amarillo. Durante todo el proceso doña Carmen vigilaba que los platos quedaran limpios antes de servir el siguiente, y no era necesario que regañara, bastaba una indicación de su dura mirada para que los pequeños se dieran cuenta de que habían interrumpido la conversación de los adultos, de que algo faltaba o había sido mal hecho. Sus nietos querían a doña Carmen por que les daba su domingo, premios, dulces y chocolates, pero con un respeto que rayaba en el miedo. La abuela jamás los acariciaba, era de pocas palabras y casi nunca los regañaba, más bien los controlaba con su mirada. El saludo y la despedida eran besarle la mano y no les permitía sensibilerías como decirle abuelita, le tenían que decir madre. Doña Carmen no siempre fue así. La vida la fue volviendo dura. Se sabe de su infancia y adolescencia por lo que platicó a su nieta Silvia cuando ya iba a cumplir los 90 años.

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La abuela Ven hija, que quiero contarte una historia. Hasta ahora nadie la ha escuchado de mis labios pero ahora que ya me falta poco para morir quiero que tú la conozcas. Te preguntarás por qué nadie sabe de mis padres. Es que yo misma apenas los conocí. Mi papá abandonó a mi mamá cuando éramos muy chiquitos y ella, que no tenía para mantenernos, nos fue repartiendo con familias que quisieran hacerse cargo de nosotros. Fue así que desde muy pequeña perdí el contacto con mi mamá y con mis hermanos. Yo caí en una familia con cinco hijos más pequeños que yo. Vivíamos en dos cuartos grandes en una vieja vecindad con un patio muy amplío y bullicioso. Mi padrastro era muy duro conmigo pero también era bueno ¡Me mandó a la escuela y terminé hasta la primaria! Mi padrastro trabajaba eventualmente haciendo talachas y mi madrastra era la que tenía que ver del diario de dónde sacábamos para comer. Lavaba ajeno y hacía trabajitos aquí y allá. Yo, aunque ayudaba en los trabajos de la casa y a lavar ropa, me sentía como una carga, pues además de pasarme las mañanas en el colegio, no aportaba nada a la casa. Un día que no había nada de comer, me desesperé y me fuí a la esquina a pedirle al panadero una bolsa de pan fiada. La rellené con chilindrinas, conchas, calamares y corbatas y la llevé a la casa para la merienda. En cuanto la vieron mis hermanitos se pusieron felices y mi madrastra preparó chocolate con agua. Todos devoramos hasta saciarnos y yo me sentía orgullosa de mi hazaña hasta que de pronto mi padrastro me preguntó con voz pausada ¿Y con qué piensas pagar esto, Carmelita? En los ojos se me agolparon las lágrimas y no pude responder. Esta deuda es tuya, me dijo, y tú tienes que ver cómo saldarla. Al día siguiente muy temprano salí a empeñar mi faldita, la de los domingos, fuí a pagarle al panadero y comprendí la lección que me dio mi pa51


drastro: todo cuesta. Unos meses antes de terminar mi primaria mi padrastro dijo: ya tienes más de 13 años y ya no podemos mantenerte, en cuanto acabes tu escuela te voy a conseguir un trabajo de mucamita para que pagues todo lo que te he dado. Fue ese día también cuando comenzó a platicarme de un señor que se llamaba don Francisco. Es un señor muy rico, decía, pero muy desgraciado. Se casó con una señora que no le daba hijos y luego, cuando por fin se preñó la señora, resultó que fue una niña y se murió a los tres años. Luego sucedió que la señora estaba loquita y la tuvieron que meter a un hospital donde se encargan de esas personas, pero luego don Francisco la sacó y la puso en una de sus casas con gente que la cuide porque él no puede vivir con ella. Por eso el pobre vive solito. Se quedó sin esposa y sin hijos y siempre anda triste como ánima en pena. Mi padrastro repetía muchas veces esta historia y a mi me acongojaba muchísimo el pobrecito don Francisco. Por fin terminé la primaria y mi padrastro me dijo que ya tenía una casa a donde llevarme a trabajar. Me puse mi mejor ropita y me llevó a entregar. Y cómo vas a creer, Silvia, que dio la casualidad de que fuera la casa del mismísimo don Francisco…?

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Don Francisco Don Francisco venía de una familia de vascos que se asentaron originalmente en Panamá. Don Juan Martín de Ycaza y Urigoitia casó con Juana Martina de Caparroso y Vázquez de Gortayre y tuvieron siete hijos. Don Juan Martín, de acuerdo con su ideología mercantil, envió a sus hijos a diferentes partes del continente americano para continuar su negocio de comercio con Europa y Asia. Dos se quedaron en Panamá, otro se fue a Nicaragua, otro a Perú y de ahí a Chile, otro a Ecuador, otro estuvo viajando entre Perú y Ecuador y el séptimo, Don Isidro Antonio de Ycaza y Caparroso se estableció en la ciudad de México en 1779. Se dedicó al comercio como su padre y hermanos, tuvo varios cargos en el gobierno municipal y fue condecorado con la orden de Carlos III. La familia Ycaza siempre fue muy industriosa e hizo grandes fortunas en base a su capacidad para los negocios y para acomodarse en la vida pública, religiosa y política del país. Don Miguel de Ycaza y del Río, nieto de Don Isidro Antonio, conservó la fortuna heredada y la amplió mediante su matrimonio con la condesa de Agreda, mujer 15 años mayor que él y que a su muerte le dejó, entre otras cosas, la hacienda de San José de Buenavista el Grande. Don Miguel, bastante libre en su vida y sus modales, más bien excéntrico según cuentan, casó al poco tiempo con Doña Luisa Echave a la que eligió para ser madre de sus hijos. Su primogénito, Don Francisco de Ycaza y Echave, aprendió rápidamente el arte de los negocios. Siendo un joven maduro negoció su matrimonio con Doña Elvira de Teresa, y mediante la disolución de la sociedad “viuda de Teresa e hijas”, Doña Elvira heredó en vida, la tercera parte de los bienes de esa sociedad, que eran muchos. Doña Elvira, cuya salud era frágil, tuvo una hija, María de los Angeles, quien murió 3 años después y fue enterrada en la capilla de Buenavista. Al poco tiempo, Doña Elvira comenzó a 53


Don Miguel de Ycaza y del Río; su esposa, doña María Luisa Echave, y Francisco, su hijo mayor. Los bisabuelos y el abuelo. 54


presentar síntomas de locura, hasta que a Don Francisco no le quedó más remedio que internarla en una “casa de retiro”. El régimen de la institución era muy duro, así que Don Francisco decidió llevársela a una de sus casas para que fuera atendida y cuidada por varios criados de confianza. Mientras tanto él se dedicó a sus negocios y, para poder administrar los de ella sin contratiempos, realizó un juicio de interdicción. Declarada Doña Elvira enferma mental, Don Francisco tenía manos libres para disponer de las propiedades de su mujer. Así, por medio de compra-ventas, hipotecas y préstamos, aumentó sus bienes en un cien por ciento. La vida de Don Francisco transcurría emocionante y agradablemente; mientras aumentaba su capital, tenía breves amoríos que le satisfacían. Sólo algo lo acongojaba: no tener un primogénito. Finalmente se enamoró de una española llamada Consuelo. Su nombre lo decía, era lo que necesitaba. Ella era una mujer llena de vida que lo sacaba de su inmersión en los negocios. Con ella Don Francisco reía y olvidaba sus rutinas. Un día alguien le comentó que ella estaba embarazada, olvidó el agravio de no ser el primero en saberlo y fue a buscarla, pero no la encontró. Consuelo había vuelto a su país. Don Francisco, desesperado tomó el primer barco para España y después de indagar por varios lugares dio con su pueblo. Se metió al primer bar que encontró, pidió un vino y preguntó por ella. Le contaron que estaba preñada y estaba por tener una criatura del novio de toda su vida. No preguntó más ni la buscó. Regresó lo mas rápido que pudo a la ciudad de México, con la convicción de que tenía que tener un hijo del cual tuviera la certeza que era suyo.

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Don Francisco Ycaza y Echave, el abuelo terrateniente y fundador de la herencia. 56


Los abuelos Cuando Carmelita llegó a casa de Don Francisco la llevaron directamente con el ama de llaves y ésta se la encargó a la cocinera. Fue la cocinera, hija, -le dijo a Silvia-, quien me protegió y me instruyó en los secretos de la casa. Había que ser dócil y obediente, no hablar en voz alta y caminar suavemente sobre los pasillos de madera de la casa para no hacer ruido. Como nadie sabía cual iba a ser mi trabajo, yo ayudaba un poquito en todo, pero donde me sentía más a gusto era en la cocina. Don Francisco asistía poco a la casa, pero a los dos meses de estar ahí, ya me estaba felicitando por mi trabajo y hasta platicaba un poquito conmigo. A los tres meses él ordenó que fuera su recamarera y entonces, a pesar del miedo que me daba, él tan alto y yo tan pequeñita, platicábamos un poquito más. Yo estaba encantada en la casa, comía bien, tenía un cuarto en el sótano para mí sola, y además de mi sueldo mensual que yo le mandaba íntegro a mi padrastro, me enteré que Don Francisco le había dado una buena cantidad de dinero a mi familia de la vecindad para que salieran de deudas y vivieran bien. Yo le quería gritar a mi abuela ¡Te vendieron! Pero ella me narraba los hechos con tanto candor que no me atreví y ella continuó su relato: La vida en la casa era tranquila, no faltaba nada y yo hacía mi trabajo con mucho gusto. Cuando llegaba Don Francisco, cada vez era más atento conmigo y hasta me platicaba de sus cosas en las haciendas. Yo lo escuchaba con mucha atención y me esmeraba en mis cuidados. Que su recámara estuviera siempre muy limpia, soleada y con flores. Don Francisco era tan amable y cariñoso conmigo que lo extrañaba cuando tardaba en venir. Poco a poco me fui acostumbrando a él, a su cálida presencia y después, no supe cómo,¡ PEQUÉ!

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Así me lo dijo mi abuela, así de rotundo y se interrumpió en su relato. Pequé, repitió más suavemente. Y yo no sabía que decir. Quería replicar que ella tan sólo tenía catorce años y él cuarenta y seis y no se trataba de discernir quien pecó, si no de que había sido seducida por un hombre treinta años mayor y con poder! Pero para mi abuela fue un pecado que tendría que pagar durante el resto de su vida… ****** Mi embarazo fue tranquilo, la cocinera me atendió como a una reina. Gracias a ella nunca me sentí sola. Como mi padrastro ya había dejado de visitarme, de mi estado sólo se enteraron los sirvientes de la casa y siempre se portaron muy acomedidos conmigo. El tiempo pasó sin sobresaltos hasta que me empezaron las contracciones. Tu abuelo llegó justo ese día como si supiera cuándo me iba yo a poner mala. Para entonces, él ya me había instalado en la recámara contigua a la suya y ahí estaba yo con mis dolores. Entró, me besó en la frente y me dijo que debía de estar feliz pues iba a darle el hijo que tanto deseaba. Entonces a mi me empezó a entrar un terror que me subía del vientre a la garganta ¿y si era niña? El no lo aceptaría, hablaba y hablaba de su hijo como si lo estuviera viendo. Yo sentía los dolores cada vez más fuertes y le pedía con toda mi alma a la virgen que fuera niño. Como Don Francisco se dio cuenta que yo nada le contestaba, por fin se salió y me dejó sola con mi angustia ¿Y si era niña? ¿Su padre no la iba a querer? ¿Qué sería de nosotras? Horas y horas pasaban y yo seguía sin dar a luz. La partera sudaba y se desesperaba y yo escuchaba los pasos de Don Francisco en la recámara de al lado. No paraban. Iba y venía esperando, al acecho. Pasaron 24 horas y luego 48 y yo seguía teniendo terror a que naciera mi bebé. La partera dijo que parecía que yo pujaba para arriba en 58


lugar de para abajo y que así ella no podía hacer nada y que la criatura y yo nos íbamos a morir. Cuando escuché eso, no se como se me vino un gran esfuerzo y ¡por fin nació mi bebé! Llamaron a Don Francisco para que viniera a ver a su hijo, lo destapó y una vez que corroboró que era niño, salió con él en brazos. Yo por fin pude relajarme agradecida con Dios que me dio un varoncito. La vida volvió a su cauce. Yo me encargaba de mi niño y de atender a Don Francisco que, con el gusto del hijo, procuraba pasar más tiempo en la casa. Doña Elvira murió a principios de junio de 1917 (el informe médico dice que de apoplejía cerebral y epilepsia esencial) y a los pocos días antes de que tu papá cumpliera 2 años, tu abuelo decidió que era el momento de presentarlo en público. Organizó una gran fiesta en Buenavista y lo paseo por enfrente de sus parientes y demás invitados. Fue entonces cuando lo empezaron a llamar el Niño de Oro, fue entonces también cuando empezaron a hablar mal de mí, aunque nunca en voz alta. Poco después de un mes de la muerte de doña Elvira, el 23 de Julio de 1917, la desgracia cayó sobre nosotros. Tu abuelo murió al salir de la Hacienda de Villejé cuando apenas tenía cuarenta y nueve años. Dicen que le dió un dolor muy fuerte en el estómago, el médico dijo que fue un cólico intestinal, y ya no llegó a la ciudad de México. Allá, en Buenavista, cuentan que lo enyerbó una amante de él a la que llamaban “la gachupina”, abuela, -le comentó Silvia-. Dicen que se enfureció cuando mi abuelo anunció que tenía un primogénito. Esas son habladas, hija. –dijo la abuela con enfado-. Consuelo se llamaba esa señora y tu abuelo ya me había platicado de ella. Era incapaz de hacer algo en contra de él. Pocos meses después de la muerte de don Francisco recibí una tarjeta de visita de ella y me dio mucho susto. Yo sabía que era alta, guapa y de gran 59


personalidad, así que le pedí consejo a Lolita Icaza, la chaparrita le decían. Ella me dijo que la recibiera y la escuchara y que ella iba a estar tras la puerta de la sala contigua por si yo la necesitaba. La chaparrita fue la madrina de bautizo de tu papá, era pequeñita pero por su temperamento crecía ante cualquier circunstancia adversa. Era muy justiciera y la única que me apoyó después de la muerte de tu abuelo. Después de que Consuelo intentó intimidarme espetándome que tenía un hijo anterior al mío, la chaparrita apareció y le dijo: tú me conoces Consuelo, y yo se todo de ti y de Francisco y al único hijo que él reconoció es al de Carmelita. Así que mejor no vuelvas. ****** Carmelita se sintió más sola que nunca después de la muerte de don Francisco. Los parientes que él le había presentado dejaron de frecuentarla. Sólo la visitaban Lolita la chaparrita y Lola la grande, le decían así por alta; era hermana de don Francisco y había sido nombrada albacea de la sucesión testamentaria. Carmelita estaba desesperada, pues encima de la muerte de don Francisco, ella tenía un embarazo de cuatro meses. Felizmente, el primero de enero de 1918 tuvo a su segundo hijo sin las complicaciones del primero. Miguel, le habían puesto al Niño de Oro en memoria de su abuelo y Francisco, decidió ponerle Carmelita al segundo hijo, por su padre. Las habladurías aumentaron. Don Francisco nunca se había casado con la que se decía madre del Niño de Oro ni lo había registrado a su nombre y, encima, la muchachita había tenido un hijo más después de la muerte de su protector, sólo Dios sabía de quién. Lola la grande, la albacea, no se ocupaba mucho de la sucesión de su hermano y el tutor, un tal Manuel Cortina, menos. Carmelita sufría para que su pensión alcanzara para mantener a sus hijos y además tenía que enfrentar una 60


denuncia por querer presentar a sus hijos como hijos del finado don Francisco. Afortunadamente él había dictado, cuatro meses después del nacimiento de su primogénito, un nuevo testamento muy claro y conciso. Reconocía al niño Miguel, hijo de Carmen Contreras Galván, como su hijo legítimo y heredero universal de todos sus bienes, protegiéndolo de cualquier intento de desaparecerlo mediante una cláusula que establecía que si su hijo moría, todos sus bienes irían a la beneficencia pública y en Buenavista se establecería una escuela de agricultura. Así pues, finalmente, todos los intentos de repartir la herencia de don Francisco resultaron nulos y lo que se perdió fue a causa de los pésimos manejos de Ignacito Fernández, un pariente político de la albacea, que había sido designado apoderado de la sucesión del finado. Por medio de un buen abogado que le recomendó Lolita la chaparrita, Carmelita logró obtener, casi tres años después de la muerte de don Francisco, la tutoría de su hijo y la administración de sus bienes. Aprendió a administrar y a hacerse respetar y logró mantener la herencia que había quedado. Teniendo en cuenta las experiencias que había vivido decidió educar a sus hijos en el estudio y la disciplina, protegiendo por supuesto, de manera especial, a su hijo Paco, que no había recibido herencia alguna.

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Los nietos de don Francisco Miqui, el primogénito de Miguel que era el primogénito de don Francisco, se sintió siempre el primogénito de su abuelo y de su tito Paco, ya que a su padre nunca lo pudo ver como gran señor. A Miguel le incomodaba que lo trataran como patriarca de la familia Icaza y trataba a sus trabajadores como iguales. Miqui no era así, a pesar de que no había logrado terminar ni la secundaria, sabía darse su lugar. Habitaba una casa de la colonia Juárez que su papá le había dado cuando se casó, vivía de los ingresos que obtenía de la gasolinera que su papá le había puesto en la colonia Roma para que mantuviera su casa y a su esposa, Bertita, que acababa de parir a su primogénito, a quien puso por nombre Miguel en honor a sí mismo. Sus únicas preocupaciones eran sus hermanas. Había que supervisar a los proyectos de novio pues ya estaban en edad casadera, aunque, pensándolo bien era mejor que no se casaran para que no se perdiera el ilustre apellido. Las cuatas por su lado tenían novios pero les hacían tal cantidad de bromas pesadas que acababan por alejarlos. Sin embargo de repente Carmela se puso muy formal a salir con un tal Francisco Linares. Miqui vio el asunto tan en serio que decidió desaparecer un hermoso centro de porcelana de la sala de la Nena y echarle la culpa al novio de Carmela. Se creó un escandalazo al interior de la familia, nadie podía creer que un muchacho tan mono como Pancho Linares pudiera haber cometido semejante atraco, pero como el infeliz no pudo probar que no había sido él, Carmela lo echó de su vida y el apellido de la familia quedó como estaba. De eso se trataba. Después de la fallida aventura en Canadá, Jaime logró que su papá le diera permiso de irse a vivir a Tzintzimeo. Ahí, por supuesto, nada más hacía como que trabajaba, daba órdenes incoherentes y les gritaba a los peones sintiéndose gran señor. Rápi62


damente se hizo de un grupo de amigos vagos en Morelia y se la pasaba en bares y cantinas. Al poco tiempo se hizo novio de una moreliana que se había embarazado a los dieciséis años, sus padres la habían casado, a los siete meses había parido una hija y un año después el marido había muerto en un accidente automovilístico dejándola viuda. Cuando Jaime estaba por cumplir los veintiún años les anunció a Miguel y a la Nena que se casaba. Miguel se puso furioso y le reclamó a Jaime que con qué esperaba mantener a su mujer, pero la Nena, todavía bajo el síndrome de la malvada suegra que se opone al matrimonio del hijo, se avocó a insistirle a su esposo que los mantuviera mientras se “establecían”. Miguel, a regañadientes, optó por ponerle a Jaime una cría de cerdos en el rancho San Isidro. Norma Rodríguez se llamaba la novia y se casó con un minivestido de tul verde bandera como dictaba la moda de los sesentas. A la Nena no le gustó nada el atuendo, pero esforzándose por ser suegra modelo, se reservó su opinión. Se casaron en la iglesia de la cabecera municipal y después se hizo una discreta recepción en Tzintzimeo. Como a los novios no les agradó la vida en el rancho, vendieron el negocio alegando que estaba quebrando y se fueron a vivir a un departamento de la zona sur en la ciudad de México. Al poco tiempo, empezaron a sentir que su matrimonio se tambaleaba volviéndose rutinario y aburrido y Jaime convenció a Norma de tener un hijo para afianzar la relación. A los nueve meses nació una niña a quien pusieron por nombre Mariana, por la Nena que se llamaba Ana María. En lugar de lograr una mejor convivencia dentro de su matrimonio, la llegada de la pequeña los hizo tronar rápido. Decidieron separarse. Norma entró a estudiar para guía en el Museo de Antropología en la ciudad de México y llevó a Mariana a Morelia a casa de sus padres, quienes ya fungían como 63


padres sustitutos de Pilar, su primera hija. Jaime volvió al seno materno a llevar su vida de desocupado y soltero como si nada hubiera pasado. Miqui y las cuatas habían tenido mucho quehacer despotricando contra el matrimonio de Jaime, pero cuando éste se disolvió quedaron ociosos. Era el momento de entrometerse en la vida de los pequeños… ****** Mientras Alejandro y Gustavo malestudiaban en el Cumbres, Silvia había logrado escapar del Sagrado Corazón gracias a que reprobó tres materias en tercero de secundaria y le mintió a la Nena diciéndole que ya no la aceptaban. Ante la estupefacción y parálisis de la Nena, Silvia simplemente le comunicó que todo estaba arreglado, que ya se había inscrito en una escuela en Polanco que les quedaba más cerca. A la Academia Hispano Mexicana llegaban los expulsados del Patria y de otros colegios, pero era laica y mixta, que era lo que Silvia ansiaba. Ella había huido del Sagrado Corazón por que ya no soportaba más la disciplina religiosa y los sentimientos de culpa emanados del simple sentido de la curiosidad. Quería experiencias nuevas, conocer el mundo; pero el cambio fue como caer al infierno. No estaba preparada. Al principio le dió terror pues no estaba acostumbrada a convivir con hombres, Jaime y sus amigos le llevaban más de seis años y a Alejandro lo veía como a un niño, sus compañeras parecían mucho mayores que ella, muy pintadas y con minifaldas tales que se les veían los calzones, y todo mundo sabía que los de prepa fumaban mariguana incluso en el patio de la escuela. Sin embargo, Silvia se sentía contenta pues tenía muy buenos maestros y disfrutaba el estudio, y ya para primero de prepa, había logrado adaptarse e incluso hacer buenos amigos. Su mejor amiga era Norma Herrera, una jovencita de Tampico 64


muy agresiva y habladora que cuadraba muy bien con los esquemas que Silvia había aprendido de sus hermanas las cuatas. Entre las dos se encargaban de hacerles la vida de cuadritos a los amigos más ingenuos, a los otros, a los más vivillos, les sacaban la vuelta. Se hicieron muy amigas de Memo y Luis Arroyo que resultaron ser sobrinos de las “señoritas-misses” y la Nena estaba encantada. Con ellos se la pasaban en el gimnasio abandonado de la casa de Silvia en donde les enseñaron a fumar mariguana y después se iban al “hoyo”, una estancia que las cuatas habían remodelado como cuarto de música, en la que se encerraban a beber y a escuchar rock. Con esta amistad tan musical y relajada, Silvia empezó a darse cuenta de que su agresividad venía de un modelo aprendido, de que en realidad ella era tranquila y suave y comenzó a tener choques con las cuatas. Discutían por todo aunque Silvia procuraba no enfrentarlas. ****** Mientras tanto Alejandro y Gustavo, así como Silvia había buscado identificarse con las cuatas, ellos trataban de ser como Miqui y especialmente como Jaime. Les atraía su personalidad fanfarrona y altisonante. Mientras Miguel, su padre, era ecuánime y negociador, Jaime traía pistola, hablaba fuerte y estremecía con sus carcajadotas. A Jaime le gustaba que lo admiraran y se convirtió en mentor de sus hermanos menores, los ponía a beber y a escuchar sus historias de mujeres y peleas en las que él siempre ganaba. A Alejandro y a Gustavo les fueron importando cada vez menos sus estudios y empezaron a tronar materias. Cuando los expulsaron del Cumbres, Silvia, primero a uno y después al otro, los inscribió en la Hispano, pero ni así logró que se interesaran en estudiar. Siguieron el esquema de juniorcitos de Miqui y Jaime y tampoco pudieron terminar la secundaria.

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****** En tercero de prepa, Silvia y su amiga Norma Herrera entraron en contacto con un grupito de marxistas de la escuela que sólo estudiaban y bebían leche en las comidas. Para Silvia, que buscaba una explicación del mundo y darle jaque mate a la religión represiva, esto significó todo un hallazgo. Poco a poco se fue alejando de sus cuates mariguanos y concentrándose en el círculo de estudios que promovían sus nuevos amigos. Para las cuatas, que no entendían cómo Silvia había logrado escapar de su férula, esto fue el acabose. Trataron de convencer a sus padres de que sus amigos eran en realidad un grupo de drogadictos al que había que cortar por lo sano. Miguel y la Nena no les hicieron mayor caso y como siempre, buscando evitar los enfrentamientos, dejaron que la vida siguiera su curso. Al poco tiempo Silvia les anunció que había decidido estudiar economía en la UNAM. Ella había sido muy buena dibujante desde niña; le daba por encerrarse en su cuarto con papel y colores para no oír la alharaca de sus hermanos mayores, por lo que Miguel tenía la esperanza de que entrara a la carrera de arquitectura que él no había terminado. Pero la Nena tenía la idea de que su hija estudiara pintura para llenar su casa de floreros y bodegones que orgullosa mostraría a sus amigas. Aunque Miguel se sintió un poco desilusionado por la decisión de su hija, le pareció bien que entrara a la UNAM en la que él había estudiado. Pero a la Nena le pareció garrafal que su hija fuera a una universidad de pobres y vándalos. Esto a Silvia le parecía muy incongruente, pues ya que ninguno de sus hijos vivos había entrado siquiera a preparatoria, la Nena debía de estar feliz de que por lo menos una ingresara a la universidad, independientemente de cual fuera. Desde hacía tiempo Jaime, quien a sus veinticuatro años se la pasaba de soltero codiciado en la casa familiar, buscaba mu66


cho a Silvia, a quien llamaba “hermanita querida”, la invitaba a charreadas y cantinas de pueblo y le enseñó a jugar conquián y cubilete. Norma Herrera, la amiga de Silvia, no se separaba de ellos y la Nena decía que se le insinuaba descaradamente a su hijo a pesar de ser casado. Silvia le replicaba que le parecían celosos y de mal gusto sus comentarios, pero finalmente se tuvo que morder la lengua cuando Norma le preguntó que cómo vería una relación entre ella y su hermano. Silvia le contestó que la que debía de sopesarlo era ella ya que como convivía mucho en su casa, conocía bien la vida de Jaime como vago, borracho, mujeriego, pendenciero y encima casado. A los pocos días Jaime le reclamó a Silvia por haberlo injuriado ante Norma y las cuatas la atacaron por mariguana, dijeron que Norma ya les había contado TODO….. Silvia decidió no volver a hablar con su “amiga” Norma y se sumergió en sus estudios en la escuela de Economía y su círculo marxista. ****** La hermana menor de uno de los compañeros de estudio de Silvia, Tita, se había hecho muy amiga de ella. Le encantaba la biología y cantaba como Janis Joplin sin saber inglés. Traía su pelo rubio abajo de los hombros y usaba playera raída y pantalones de mezclilla deslavados. Las cuatas y Jaime ni siquiera la saludaban. En cuanto llegaba Tita se encerraba con Silvia en su cuarto y se ponían a estudiar. Una tarde, después de un fuerte enfrentamiento con las cuatas, mientras Silvia estaba con Tita, Carmela la llamó diciéndole que le hablaban por el teléfono de su recámara. Nadie contestó y Silvia colgó, pero cuando intentó salir Carmela la detuvo mostrándole una revista con un reportaje sobre unos lentes de contacto blandos que no irritaban los ojos y aprovechó para pedirle disculpas por el último altercado que habían tenido. A Silvia le pareció bien la tregua y se quedó platicando 67


un buen rato con Carmela. Incluso planearon una cita juntas con el oftalmólogo. Cuando Silvia volvió a su cuarto no encontró a Tita y supuso que, como era muy susceptible y ella tardó en volver, su amiguita se habría molestado e ido a su casa, ya se le bajaría el coraje… Como a las ocho de la noche Silvia contestó el teléfono. Era la mamá de Tita que hablaba con la voz quebrada por las lágrimas. “Mi hija está golpeada, pelona y humillada, quiero hablar con tus papás para que me den una explicación y pongan a sus hijos en la cárcel. Son unos monstruos y tú también por haberlo permitido.” ¿Permitido qué? ¿Qué había pasado? Finalmente y hablando con Tita, Silvia logró sacar en claro que mientras ella se soplaba el discurso sobre los nuevos lentes de contacto con Carmela, Jaime y Anis se habían metido a su cuarto y mientras Jaime inmovilizaba a Tita, Anis le había cortado el pelo y le había embarrado resistol 5000 en la cabeza. Acto seguido, la habían sacado a jalones y golpes hasta la calle. Silvia se quedó azorada, sólo atinó a decir que hablaría con sus padres y colgando el teléfono se presentó furiosa ante ellos. Al irse enterando de los pormenores del suceso, la indignación de Miguel y la Nena iba en aumento. Conocían la violencia de sus hijos pero no los consideraban capaces de hacer algo así. En cuanto terminaron de escuchar llamaron a las cuatas y a Jaime y comenzaron a increparlos, pero éstos con su mejor cara de “yo no fui” negaron los hechos y pidieron un careo con Tita. Miguel citó a todos los involucrados al día siguiente en su despacho. Tita llegó rapada a cero con su mamá, su vestimenta habitual y un paliacate rojo en la cabeza. Las cuatas y Jaime se ostentaron inmediatamente como víctimas y dijeron que esa muchachita siempre había estado mal, que era mariguana, nada más había que ver como se vestía y que siempre andaba en líos, sólo dios sabría quién la golpeó por la calle y que se había rapado 68


para echarle la culpa a ellos porque les tenía envidia por ser de familia decente y conocida y que lo único que querían ella y su madre era sacarles dinero. Como Silvia, Tita y su mamá no podían probar fehacientemente que el ataque había sido perpetrado por los hermanitos Icaza, Miguel, tratando de ser conciliador, concluyó que había que olvidar el incidente y Tita y su madre salieron aún más humilladas de como habían entrado. Un par de horas después Silvia fue a buscar a sus hermanos para desahogar su indignación. Carmela se burló de ella espetándole que no se había dado cuenta de nada. Cuando entraste a contestar el teléfono a mi recámara, cerré la puerta con llave y la aventé por la ventana para que Anis la recogiera, suponiendo que en cuanto oyeras los gritos de tu “amiguita” tratarías de salir a defenderla. Pero ya ves, la mariguana te afectó ya tus sentidos pues, Anis, después de echar a la niña esa de nuestra casa, volvió, abrió la puerta con la llave que le lancé y tú no te enteraste de nada. ¡Pobrecita! Ahora ve y cuéntales todo esto a mis papás. Al fin y al cabo no puedes probar nada. Era cierto, Silvia no podía probar nada, pero tampoco podía seguir viviendo en esa casa en la que resultaba imposible un mínimo de justicia. Telefoneó a la mamá de Tita, le explicó su situación y le pidió asilo. Al día siguiente Silvia se mudó a la casa de los Lavaniegos. La familia la recibió con solidaridad porque había intentado defender a uno de sus miembros, pero como Silvia solo consumía y no aportaba nada a la casa, a la semana comenzaron las insinuaciones de que cuándo conseguiría dónde instalarse definitivamente…..En eso, José Luis, el novio que Silvia tenia por aquel entonces, le habló de un lugar en donde tendría un pedazo de piso para dormir junto con otros seis conocidos, en un cuarto de azotea de un edificio viejo en la esquina de Avenida Revolución y Mixcoac. Ahí Silvia, que jamás había hecho ni su cama, sobrevivió dibujando viñetas para un manual de futbol y después dando clases de inglés en primarias de escuelas “patito” 69


que no le pedían título de maestra. El tiempo libre lo dedicaba a continuar sus estudios en la escuela de Economía. ****** Un año después Silvia comió con su papá en El Parador, un restorán que él frecuentaba pues le quedaba muy cerca de su despacho. Aunque Silvia le mintió diciéndole que le iba muy bien, Miguel le ofreció un departamentito de un edificio de su propiedad en la calle de Uruapan en la colonia Roma. Silvia se hizo del rogar pero por supuesto aceptó. Estaba cansada de dormir en el suelo y no tener privacidad. Al poco tiempo José Luis, su novio, se le trató de instalar en su nuevo hogar. Las cuatas, Miqui y Jaime le dijeron a Miguel que los vecinos se quejaban de que se realizaban orgías en ese departamento y para acabarla de amolar a Silvia se le ocurrió ir a comer a la casa familiar con todo y José Luis para aclarar el asunto. Resultó que sus papás se habían ido por unos días a Tzintzimeo y en la casa sólo se encontraba la servidumbre, así que se metieron a la recámara de Silvia, donde todavía estaban su librero y su escritorio, a estudiar mientras estaba la comida. Media hora después se empezó a cimbrar toda la casa con una música a todo volumen. Era “La Martina” cantada por la tigresa Irma Serrano, la cual se repetía y repetía sin cesar. Al poco rato doña Nacha, la cocinera oaxaqueña de largas trenzas, gorda y rozagante, subió a decirle a Silvia que en el comedor estaba su hermano Jaime y que le había ordenado que le dijera que bajaran, pero que mejor no bajaran, porque está ahogado de borracho, trae cara de demonio y tiene una pistola sobre la mesa y un machete al lado de la silla. Silvia decidió esperar a que Jaime se aburriera de beber solo y se fuera. Conocía la violencia y la paranoia de su hermano. Ya lo había visto sacar la pistola en una cantina porque le avisaron 70


que ya iban a cerrar y había quedado estupefacta cuando, saliendo en el coche de un estacionamiento, Jaime le había disparado hacia los pies a un peatón porque, según explicó, se le había atravesado a propósito. Definitivamente, lo mejor era esperar encerrados en la recámara de Silvia. Entonces comenzaron los rondines. Cada diez o quince minutos Jaime subía, les gritaba que salieran y aporreaba la puerta que por cierto no era muy segura. Alejandro, el hermano menor de Silvia, ya la había roto a patadas cuando apenas tenía trece años. De repente como a las cinco de la tarde, dejó de escucharse ¨La Martina¨ y Silvia le dijo a José Luis que era tiempo de salir, ya que además tenían clase a las seis. Bajaron procurando no hacer ruido y Silvia atisbó hacia el comedor donde se encontraba Jaime con la cabeza gacha. Era el momento. Llegaron casi de puntitas hasta la puerta del hall, pero Jaime oyó el picaporte y se levanto medio mareado. Entonces Silvia le grito a José Luis que corriera y cubrieron el largo tramo que los separaba de la puerta de la calle en segundos, escuchando detrás de ellos el estruendo de los balazos que escupía la pistola de Jaime. No pudieron abrir el zaguán, estaba cerrado con llave. Silvia le volvió a gritar a José Luis que corriera por el lado del jardín y se encerrara en su recámara que era la única que tenía botón de seguridad, que ella enfrentaría a Jaime. Su hermano la alcanzó unos segundos después acorralándola contra la puerta. Venía trastabillando y con los ojos inyectados en sangre, le dio un machetazo en plano sobre una pierna y la urgió a que desapareciera de su vista, si no a ella también ahí mismo la mataba. Silvia dio media vuelta y con paso lento se encaminó hacía la casa, aunque sentía que el corazón se le salía del pecho y lo único que quería era correr. Ya en su recámara, Silvia se puso a desarmar su caballete para tener palos con que defenderse en caso de que su hermano lograra botar la puerta. Al poco tiempo, Jaime volvió a subir hasta su recámara a 71


conminarlos a salir por medio de todos los tonos de voz posibles. En una de esas Silvia escuchó una orden firme que venía de lejos ¡BAJA! Jaime demandó ¿quién es? Y la voz contestó seca: TU ABUELA. Se escucharon los pasos de Jaime bajando la escalera y después se hizo el silencio. Unos veinte minutos después tocaron nuevamente a la puerta de Silvia, ésta preguntó cautelosa que quién era y se escuchó nuevamente: TU ABUELA. Silvia abrió, la abuela la hizo a un lado y se introdujo a la recámara. ¿Qué estás haciendo aquí? Tu hermano dice que llevas dos días con sus noches encerrada con este muchachito. “No es cierto abuela, vine a comer con mis papás pero no estaban, así que nos pusimos a estudiar mientras estaba la comida, luego llego Jaime… “ Sí, ya hablé con la cocinera que está aterrada en la azotea y no quiere bajar. Y tú lo único que pudiste hacer fue encerrarte como tuza en tu agujero. Parece que aquí la única que trae las enaguas bien fajadas soy yo. A ver jovencito vámonos para afuera, le dijo la abuela a José Luis, usted tampoco puede permanecer aquí. Y Silvia se quedó sola. Subió a la azotea y doña Nacha le contó que en cuanto había llegado Jaime y se había enterado de que ahí estaban ella y su novio, les dió dinero a las recamareras y al portero para que se fueran al cine o a donde quisieran, pero que no volvieran pronto. A su hermano Gustavo, lo mandó a que diera vueltas alrededor de la casa para que usted y su novio no se le fueran a escapar. Y luego lo que pasó fue que al niño Gustavo le dió susto cuando oyó los balazos y se puso a hablarle a su abuela y luego la señora llegó bien enojada y parece que sacó al joven Jaime para afuera de la casa y luego me vino a regañar a mí, que qué había visto y que qué no había visto, y yo le dije todo cómo pasó, que yo me la pasé caliente y caliente la comida y que luego ni unos ni otros habían comido, hasta que oí la balacera y entonces me subí las escaleras para venirme a proteger acá arriba. 72


Dos días después Silvia fue a hablar con Miguel a su despacho. Le dijo que ya no podía seguir soportando esa situación, que estaba agotada y que sentía que alguien la seguía, pero que no estaba segura si ella también ya estaba paranoica o era algo real. Miqui, el primogénito, le confirmó años más tarde que era cierto, que le habían puesto un detective conocido de él apodado ¨la Marrana¨ para que siguiera sus pasos. “Papá, por favor, pon un alto ya a esta violencia, también le impacta a Gustavo que a sus catorce años y manipulado por Jaime está perdiendo la brújula.” Pero Miguel le explicó que le era imposible controlar a sus hermanos y, conciliador como siempre, le propuso a Silvia irse un tiempo a estudiar inglés a una escuela de monjas en Estados Unidos. Tal vez cuando regreses tus hermanos estén más tranquilos, hayan sentado cabeza y olvidado sus rencillas….. A Silvia no le pareció muy factible esta hipótesis pero como estaba harta de sentirse insegura, de la persecución de sus hermanos y de la carga que le implicaba la relación con José Luis, decidió aceptar pero yéndose a un hostal para estudiantes en Londres. Los últimos cuatro meses de l974, Silvia estuvo inscrita en el Internacional Language Centre, aprendió inglés, hizo nuevos amigos, disminuyó su depresión e hizo contacto por correo con Angeles, una ex-compañera del Sagrado Corazón, para rentar un departamento con otros jóvenes cuando volviera a México. Juntó algunas libras trabajando como intérprete y a su llegada al D.F. se instaló en un viejo y amplio departamento de la colonia Juárez. ****** Mientras Silvia se recuperaba en Londres, Jaime había aprovechado para mudarse al departamento que ella había ocupado en el edificio de la calle de Uruapan. Se sentía dueño y señor y como tal se comportaba ante los inquilinos. Ahí conoció a ¨Pixie¨, una vecina ya mayor a quien le gustaba la pachanga y usaba pelucas y pestañas 73


postizas tratando de revivir una época en la que fue halagada por su belleza. Ella vivía con su hija Silvia de l6 años que había empezado a trabajar como dependiente en la dulcería de Sanborn´s. Jaime, como buen tutor de sus hermanitos Gustavo y Alejandro los llevaba a emborracharse a su departamento de soltero y así, Alejandro, en una fiesta de su hermano mayor, conoció a la pequeña Silvia y se prendó de ella. Alejandro no había estudiado mucho en la Hispano pero había hecho amigos; ahora, a sus diecinueve años, hacía como que iba a terminar la secundaria en una ¨escuela patito¨. La pequeña Silvia sólo registró que era guapo, de una buena familia, que se veía buena persona y tenía muchos amigos que lo consecuentaban . Se enamoró de él y se hicieron novios ****** Mientras tanto las cuatas, que no tenían más labor que el ocio, se la pasaban molestando a sus hermanos menores y a Bertita, la esposa de Miqui, quien ya para entonces había parido dos hijos más, Alejandra del Carmen, en honor a la abuela paterna y Francisco, en conmemoración al autor de la herencia de la cual vivían. Por supuesto los pequeños tenían su nana, así que toda la cantidad de tiempo que le quedaba libre a Bertita la ocupaba quejándose de sus múltiples enfermedades ficticias, yendo a consultar todo tipo de especialistas y repitiendo el primer curso de inglés en el Anglo Mexicano de Cultura. Silvia, que en esa época se mantenía dando clases particulares de inglés, acabó por darle clases particulares hasta a Bertita. El problema era que ella nunca hacia sus tareas e incluso no se presentaba a la clase. En una de esas ocasiones en que Bertita la dejó plantada, Silvia encontró a Miqui emborrachándose y mal jugando ajedrez con su cuñado Armando Landeros, el futuro gobernador de Aguascalientes. Miqui despidió a Armando, le sirvió un whisky a Silvia y le ofre74


ció cocaína. Con su voz pastosa le dijo mira hermanita, la cocaína la consume cualquiera, pero nosotros los de alcurnia la tomamos en cucharita de plata. A Silvia se le antojó probarla pero pensó que no era prudente hacerlo con su hermano mayor y la rechazó. Una vez que Miqui le mostró torpemente el método elegante para aspirar cocaína, le dio por hablar de sus recuerdos y se instaló en el relato de la muerte de su hermano Carlos. Mí papá siempre lo protegió, lo tuvo de hijito mimado. Le dio todo el poder y un coche de carreras para que se matara. Mi papá asesino a Carlos. “Escucha Miguel, yo creo que el coche sólo fue un premio por haber terminado la prepa y la buena labor que estaba realizando Carlos en Tzintzimeo.” “No, por supuesto que no, ese coche me correspondía a mí. Yo soy el primogénito. Mi papá mató a Carlos.” Y así se quedo Miqui dándole vueltas al asunto de a quién habrían debido de darle el auto último modelo.

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El despacho Las cuatas estaban furiosas. Les faltaba quehacer. Miqui tenía casa, familia y recogía diariamente el dinero que salía de la gasolinera sin hacer esfuerzo alguno. Hasta se daba el lujo de ir a jugar frontón a Pimentel tres días por semana con los golfos de sus amigos. A Jaime lo mantenía Miguel y disfrutaba de su departamento de soltero alcahueteando a Alejandro y a Gustavo, Silvia se había largado de la casa y vivía su vida como una paria y ellas, las cuatas, se la pasaban encerradas en Pimentel aburriéndose, cuando tenían tanta energía acumulada. Platicando entre ellas, llegaron a la conclusión de que su herencia estaba desbalagándose. Había que tomar cartas en el asunto. Decidieron que Carmela entrara a trabajar al despacho de Miguel para controlar las salidas de dinero ya que su exceso de generosidad limitaba sus capacidades como administrador. Por aquel entonces, Miguel tenía como secretaria a Teresa, hija de María Luisa, una mujer inmensamente gorda que le había legado como brazo derecho su madre, doña Carmen. Teresa y Carmela congeniaron inmediatamente. Teresa le mostró la lista de propiedades de Miguel, le comentó algunas de las características de los inquilinos y Carmela se lanzó a hacer la cobranza de algunas de las vecindades. Rápidamente se enteró de los chismes y tejemanejes que se cocinaban en los viejos inmuebles del centro y los platicaba con lujo de horrores a la hora de la comida en Pimentel. Una de las historias que más le gustaba contar era la de la “seño¨ Paz, una anciana sin familia que había trabajado en el despacho y a la que Miguel había pensionado en Academia 14. Tenía, contaba Carmela, su par de cuartos llenos de papeles desperdigados por el piso, se paseaban entre ellos enormes ratas y el conjunto despedía un olor nauseabundo. Además la “seño” Paz estaba orgullosa de una gran imagen del Sagrado Corazón bisco y una caja de zapatos en la cual guardaba un pie 76


negro que le habían amputado a su madre. A la Nena se le revolvía el estómago con esas historias, pero no había forma de callar a Carmela, que gozaba con cada detalle… Los “tours” de Carmela por las vecindades no duraron mucho. Eran mucho más informativos los libros de contabilidad donde aparecían los ingresos y sobre todo checar a nombre de quién y por cuanto salían los cheques. Ahí Carmela descubrió depósitos mensuales y pagos de tarjetas de crédito a nombre de una tal Carmen Ramírez, lo comentó con Anis, Jaime y Miqui y decidieron contratar a un investigador. Al poco tiempo recibieron el reporte: la señora Ramírez vivía en una casa de su propiedad que le había comprado el señor Icaza en la calle Gabriel Mancera, tenía 3 hijos Gerardo, Paulina y Claudia y el mencionado señor Icaza la visitaba 2 o 3 veces por semana Ante semejantes evidencias decidieron actuar. Habría que hacer una reunión de los hijos mayores con Miguel para increparlo. Miqui les dijo que él estaba muy a gusto con su casa y su gasolinera y que no le parecía prudente enfrentarse con su benefactor por que saldría perdiendo. Entonces las cuatas y Jaime resolvieron grillarse a Silvia rascándole el lado emocional. ¿No te has dado cuenta de que mi papá se ha alejado de nosotros? Cada vez está menos en la casa. Silvia no se había dado cuenta de nada de eso, pero ante la insistencia de sus hermanos les dijo que tal vez tenían razón. Entonces ellos le mostraron el informe del detective haciendo énfasis en que Miguel ya tenía otra familia a la cual prefería. Finalmente lograron que Silvia se sintiera rechazada y aceptara estar presente en la plática con su padre. Ese mismo día por la tarde-noche en cuanto Miguel llegó a Pimentel las cuatas lo interceptaron y lo llevaron al “Hoyo” cerrando la puerta tras él. Ahí ya estaban Jaime, Silvia, una botella de whisky y vasos. Las cuatas comenzaron, Jaime apoyó y Silvia se quedó expectante. Las facciones de Miguel no denotaron ninguna emoción y no respondió a los cuestionamientos. Cuando las cuatas y Jaime agota77


ron su perorata sobre la falta de atención y de cariño, se lanzaron desbocados a reclamar sobre el dinero que salía del despacho hacía la casa chica. Entonces Miguel por fin habló: a ustedes lo único que les importa es mi dinero y con MI dinero yo hago lo que quiero. Se levantó, dio media vuelta y dejó a sus hijos con la boca abierta sin poder articular palabra. Silvia fue la primera en reaccionar. "Los odio, me engañaron. Nunca les ha importado el cariño de mi papá. Todo este teatrito lo armaron por dinero. Lo único que les interesa a ustedes es controlar un dinero que ni siquiera es suyo". Y al igual que su padre Silvia se levantó, dio media vuelta y los dejó para que entre ellos siguieran armando conspiraciones. ****** A Miguel le molestaba que a sus casi veintiocho años Jaime estuviera en el departamento de Uruapan sin hacer nada y yendo a comer y a lavar su ropa a Pimentel. Decidió meterlo al despacho de “office-boy” para no seguir manteniendo un zángano. Teresa, la secretaria, le hacía sentir el rigor de la chamba, pero Luchita, una secretaria recién ingresada, se compadeció de él, el muchacho de mezclilla, guapo, desvalido y sin ningún apoyo de su padre. Ella lo ayudó a hacerse de información, checar contratos vigentes, rentas congeladas y a involucrarse con los inquilinos. Ya para 1976, Jaime había logrado posicionarse en el despacho. Había logrado aumentos de renta y sobre-rentas que por supuesto le pagaban a él por fuera y se apoyaba en un joven abogado, Becerril, que había conocido hacía poco para grillarse a su papá y presionar a los inquilinos. Miguel, a quien nunca le había gustado ser casero, empezó a ver un movimiento renovador, le comenzó a tener confianza a Jaime y a darle cada vez más poder, así él tenía más tiempo de disfrutar Tzintzimeo, sus cultivos y sus animales. Al poco tiempo Jaime estaba convertido en un dandy, traía coche último modelo, andaba siempre de trajecito, chaleco y corbata, fumaba puro y dejó el tequila por el whisky. 78


****** A las cuatas les gustaban los animales. Tenían tres perros falderos siempre metidos en su cuarto donde pasaban la mayor parte del día haciendo conjuras para futuras bromas. Además a Anis le había surgido un gran amor por las vacas, por lo que procuraba ir los fines de semana a Tzintzimeo, donde se la pasaba en el establo con Miguel; Carmela también iba por supuesto, pero a la redecoración de la hacienda y a rediseñar el amplio jardín. También entre las dos se ocupaban de los caballos pura sangre que le habían hecho comprar a su padre. Miguel estaba feliz. Por fin, después de la muerte de Carlos, compartía el amor por su hacienda con sus hijas. Iban a las ferias ganaderas más importantes del país y ganaban premios. También iba la Nena, no por que le gustaran mucho las vacas, pero en los stands de las ferias por lo menos las tenían muy limpias, les recortaban el pelo, les hacían “pedicure” y un rizo al final de la cola cuando se presentaban en exposición. Además las cenas de entrega de premios eran muy elegantes y los ganaderos muy simpáticos y caballerosos. A las cuatas les encantaba ir a las ferias ya que podían hasta jalarles la corbata a los directivos de la Holstein y de la Asociación Ganadera, sin que ellos se atrevieran a replicar por respeto a Miguel. Las cuatas se sentían princesas y cuando la Nena las reconvenía en privado, Miguel suavizaba la situación diciendo “no le hace, encantito” palabras con las cuales intentaba apaciguar a su mujer. ****** Hacía finales de 1976, Anis se hizo novia de un tal Donald Kuhne. Le gustó el apellido y la labia del sujeto. El era chaparrito , menudo y con ojos muy expresivos. Anis era de estatura un poco mas baja que él, fortachona y abundante de todo menos de pe79


cho. Cuando Donald miraba los dos gruesos troncos que se mostraban bajo la minifalda de Anis, se relamía los labios y decía que jamás había visto piernas más bellas. Donald se dio cuenta rápidamente que no podría tener a Anis si no la separaba de Carmela, así que decidió encontrarle una pareja. Al poco tiempo le presentó a su amigo César Morrissey, a Carmela le agradó y empezaron a salir los cuatro. Las cuatas se la pasaban haciéndoles bromas pesadas y comentarios impertinentes que Donald aplaudía pero que a César no le hacían mucha gracia, sin embargo, aguantaba vara por hacerle el favor a su amigo. Donald, al igual que Miguel, festejaba todas las impertinencias de Anis y se sentía tan enamorado de ella que no dejaba de presionarla para que se casaran. Por fin lo logró. Anis tenía 36 años cuando la Nena organizó una elegante recepción en su casa de Pimentel para celebrar la boda civil. Comentó la servidumbre que se perdió mucha plata, pero los invitados estuvieron muy contentos. La vida de casados de Anis y Donald fue muy peculiar. A las 9 de la mañana Donald tomaba cereal o un licuado en su casa y a las 9:30 dejaba a Anis en casa de sus padres para que desayunara con su hermana y pasaran la mañana juntas. A las 2:30 p.m. llegaba Donald a comer a Pimentel con Anis, su cuñada, su suegra y quien estuviera. Después regresaba a su trabajo y volvía a las 8 de la noche a cenar a casa de sus suegros y como a las l0:00 se llevaba a su mujer a pernoctar en su hogar. Los fines de semana Anis se iba a Tzintzimeo con su hermana y su papá o lo pasaba en Pimentel con Carmela y como invitado Donald. Por supuesto Jaime y Miqui se la pasaban haciendo mofa del mandilón de su cuñado y éste comenzó a beber más que de costumbre y empezó a hacer ridículos de borracho frente a la familia. Entonces las burlas fueron en aumento y Anis se empezó a molestar. 80


Pero el que tenía más motivos para sentirse mal era Donald, pues encima de las pesadeces que tenía que aguantar, su amigo César Morrissey cada vez se alejaba más de Carmela y tenía que lidiar con ella y, para acabarla de arruinar, Anis no se embarazaba… Anis siempre fue muy torpe y se la pasaba cayéndose. Por eso Donald, ya totalmente alcoholizado y suspicaz, decidió creer que él embarazaba a Anis, pero ella se caía a propósito para abortar y echarle todo su trabajo a perder. A pesar de que Anis se pasaba el día como siempre al lado de su hermana, las noches con Donald se convertían cada vez más en un infierno. En esas estaban cuando la que acabó embarazándose fue Carmela. No aceptaba el hecho a pesar de que había dejado de mestruar por más de 3 meses. Había terminado por enésima vez su relación con César Morrissey y su orgullo le impedía comentarle el asunto. A sus padres, menos. Así que, como quinceañera desinformada, simplemente dejó pasar el tiempo. Usaba trajes sastres con el saco suelto para ocultar el abultamiento de su vientre hasta que, aterrorizada porque ya no iba a poder esconder su preñez, decidió irse a vivir a la casa de María Luisa, la vieja exsecretaria de Miguel que tenía el alma tan grande como su enorme cuerpo. Con sus modestos ingresos acogió a Carmela en su casa y la atendió lo mejor que pudo. Miguel y la Nena tomaron la mudanza de Carmela a la casa de María Luisa como una más de sus excentricidades y no le dieron mayor importancia al asunto. Pero Anis, que se sentía muy sola sin la presencia constante de su hermana, acabó por contarle a Silvia la verdadera razón de la huída de Carmela y juntas la fueron a visitar un par de veces. Entonces Silvia alegó que no era justo echarle la carga de la manutención de Carmela a una persona que vivía al día y que lo mejor era decirle la verdad a sus padres. Las cuatas no estuvieron de acuerdo pero de todos modos Silvia se lo contó todo a su papá. 81


Miguel de entrada se quedó azorado pero dijo que Carmela debía volver a Pimentel donde se encargarían de todos sus cuidados. Cuando la Nena se enteró que su hija regresaba embarazada lloró y dijo que de ninguna manera la recibiría. Miguel la consoló diciendo:”así es la vida, encantito, no le hace, es tu hija.” Y Carmela se instaló de nuevo con Anis en Pimentel con todo y el enojo de la Nena. ****** Al poco tiempo del matrimonio de Anis con Donald, en abril de l977, Alejandro se casó con la pequeña Silvia, quien un par de meses antes le había informado que se encontraba embarazada y que él debía comunicárselo a sus padres. Alejandro, quien ya estaba por cumplir los veintiún años, se quedó pasmado y lo único que se le ocurrió fue huir a Tzintzimeo. Ahí se encontró con Donald y, como siempre andaba en busca de una personalidad de macho mayor, le platicó el problema que lo agobiaba. Donald, como buen misógino, lo primero que le preguntó fue si le constaba que Silvia era virgen cuando se había acostado con ella y al contestarle Alejandro afirmativamente, le dijo que entonces podía casarse. Es muy probable que Alejandro hubiera querido escuchar esta respuesta ya que, de lo contrario, se habría confiado a Jaime, su ideal masculino, quien lo hubiera desalentado de cualquier idea de matrimonio, ya que Jaime había embarazado a una muchachita cuando todavía fingía asistir a la escuela. Él y un par de amigos las invitaron a ella y a otras dos compañeritas a Buenavista para impresionarlas con el gran casco de la hacienda y sus escudos. La hacienda estaba desierta y habían llevado una buena dotación de alcohol. Cuando al poco tiempo la novia de Jaime le dijo que estaba embarazada, él le espetó que no podía probar que él era el padre y que ni se le ocurriera inmiscuirlo en 82


sus problemas. Los padres de la muchacha la mandaron a terminar su embarazo a San Luis Potosí y después adoptaron al bebé. De todos modos Jaime no la libró tan fácil…El hermano de la “ex.-novia” le mandó dar una golpiza en la que le fracturaron la nariz y hubo que hacerle cirugía. Jaime contó a su familia que caminando, distraído por la calle, se había dado en la nariz contra un poste. La única que le creyó fue la Nena. A pesar de la plática con Donald, Alejandro seguía inmóvil y la pequeña Silvia desesperada porque el tiempo pasaba. Cuando su hermano Jorge se enteró de su situación, la urgió a enterar a la madre de Alejandro. La Nena los recibió en la biblioteca de su casa y cerró la puerta. Sospechaba que al presentarse la novia de su hijo con su hermano para hablar a solas con ella, no sería para darle una buena noticia. Después de que el hermano le expuso los hechos, la Nena le dijo a Silvia que no consideraba prudente que se casaran ya que aún eran muy jóvenes, que ella tuviera a su hijo y después verían. La pequeña Silvia sintió que la sangre le subía a la cabeza y le espetó a la Nena ¿Es ese el consejo que usted le daría a una de sus hijas? La Nena no le contestó pero le dejó claro que su posición no iba a variar… En cuanto llegó Miguel a la casa, la Nena le platicó la entrevista que había tenido con la novia de su hijo. Miguel la consoló con un “cálmate, encantito, ésta es la historia más vieja del mundo, no pasa nada. En todo caso, simplemente vamos a tener otro nieto.” Acto seguido Miguel habló con Alejandro. Tu novia está embarazada ¿Qué piensas hacer? No sé. ¿Te quieres casar? No sé. ¿La quieres? Creo que sí. ¿Te casarías con ella? Creo que sí. ¿Con que la vas a mantener? No sé ¿Ya hablaste con los papas de tu novia? No. Pues habla con ellos y después me dices a que conclusión llegaron. Alejandro no habló con los papás de Silvia pero ella sí. Su papá le dijo que él le pagaba una boda sencilla y quedaron en que 83


Silvia y Alejandro se irían a un departamento en la calle de Arcos de Belén donde vivía su hijo Jorge. Éste tenía un estudio fotográfico en el piso superior de unos laboratorios clínicos, por lo que disfrutaba de una amplia clientela de novios listos para casarse. Ahí podrían trabajar sus nuevos inquilinos… El día anterior a la ceremonia, Miguel no se sentía muy a gusto pues sólo contaba con su hija Silvia para presentarse a la boda. Afortunadamente, sus otros hijos decidieron, a última hora, que sí irían al chisme. Con la Nena, por supuesto, no valieron los ruegos de Miguel para que fuera a entregar a su vástago. Una vez instalados en Arcos de Belén, la pequeña Silvia empezó a trabajar como hormiguita diligente en el estudio de fotografía. Con Alejandro fue más difícil. No le gustaban los horarios. El embarazo avanzaba y hacia falta dinero, así que Alejandro buscó hacer las paces con su mamá e ir a comer a Pimentel lo más seguido posible para ahorrarse los alimentos. Como la Nena empezó a encariñarse con la pequeña Silvia y a sentirse responsable del nieto que venía, le sugirió a Alejandro que se fueran a vivir a la casa paterna en cuanto naciera el bebé. Así la Nena se pudo ir tranquila a China con su amiga Ascen y cuando volvió se encontró en su casa a un rubio y robusto nieto. La pequeña Silvia había decidido ponerle por nombre Carlos, pero las cuatas pusieron el grito en el cielo porque dijeron que no tenía derecho a ponerle el nombre de su difunto hermano. Silvia dijo que no lo había pensado, que Carlos se llamaba su padre y así pensaba ponerle a su hijo. Las cuatas entonces trataron de imponer que se llamara Juan Marcos en honor a un rico ganadero norteño al cual ellas admiraban. Alejandro no opinó. El bebé fue bautizado como Carlos con anuencia de la Nena. La pequeña familia tenía espacio de sobra en la gran casa de Pimentel ya que los únicos que quedaban viviendo ahí, además de Miguel y la Nena, eran las cuatas y Gustavo quien todavía 84


hacía como que iba a la escuela. Sin embargo, las cuatas se complacían en hacerles pesadeces y hacerles sentir la casa chica, por lo cual tenían constantes enfrentamientos con la Nena que se había vuelto a convertir en suegra modelo. Ante las quejas de las cuatas de que Alejandro lo único que hacía era ver televisión, Miguel optó por darle trabajo de office-boy en el despacho, pero Alejandro no tenía las ambiciones de Jaime y nada más hacía como que trabajaba y dejaba pasar la vida… ****** La pequeña comuna en la que Silvia vivía en el departamento de la colonia Juárez creció y al año decidieron rentar una casa en la colonia Viaducto-Piedad. Ésta tenía tres terrazas, seis recámaras, un pequeño jardín al frente y otro con fuente atrás. El grupo se componía de un gringo, una gringa, un alemán, tres mexicanos y tres mexicanas incluida Silvia. Se distribuyeron las tareas domésticas como hacer el aseo de las áreas comunes, ir a la compra semanal y preparar la comida. No duró mucho la utopía. Definitivamente los extranjeros estaban mas acostumbrados a compartir el espacio, eran mas disciplinados, ordenados y limpios; las mujeres mexicanas realizaban sus labores con menos gusto pero cumplían y los machitos mexicanos siempre tenían pretexto para hacerse patos. Se hicieron reuniones de evaluación, crítica y autocrítica pero de poco sirvieron. Se dio por terminada la compra semanal y la preparación de comidas; cada uno compraba sus cosas y les ponía su nombre e incluso una marca en los cartones de leche para checar si alguien sustraía algo de líquido. Silvia había conseguido un trabajo en el Colegio de México como pasante de economía en un proyecto de evaluación de las ciudades industriales creadas por el presidente Echeverría, por lo que, por primera vez en su vida, tenía un salario decente. Des85


pués de varios meses, había logrado ahorrar una buena cantidad de dinero para irse a vivir sola. Después de todo, a ella desde niña le gustaba encerrarse en su cuarto para escapar de la bulla de sus hermanos. Desde pequeña a Silvia le gustaba “Caminito de Contreras” cantado por Lucha Reyes. Ya no quedaba mucho de la “subidita del Ajusco de las verdes magueyeras”, pero los vecinos de su casita de Contreras eran ex-ejidatarios y tenían un hermoso jardín con huerta y hortaliza. Eran una pareja de ancianos con muchos hijos y múltiples nietos que iban a dibujar a casa de Silvia ya entrada la tarde y ella no faltaba a los bautizos, quince años y bodas que se celebraban constantemente, cerrando la calle y bailando polkas de esquina a esquina. Al poco tiempo Silvia conoció a Jacinto Barrera, un muchacho que estaba por terminar su carrera de Historia, y le encantó. Él la visitaba los fines de semana y Silvia se sentía feliz. Después de un año de conocerse, Jacinto le propuso que se casaran y se fueran a vivir a Morelia donde él tenía un buen amigo y Silvia muchos conocidos ya que quedaba a tan solo veintiocho kilómetros de Tzintzimeo. A ella no le pareció mal pero le explicó a Jacinto que para irse a vivir a Morelia no había ninguna necesidad de casarse, a lo que Jacinto arguyó que con el pretexto del matrimonio podrían hacer una gran fiesta en Contreras con todos los cuates. Silvia le platicó a Miguel que había decidido casarse pero que en las delegaciones a las que había ido a tramitar su matrimonio, los burócratas les daban cita hasta tres meses después. Miguel le dijo que él se la podía organizar en una semana en Temoaya, la cabecera municipal a la que pertenecía Buenavista, pero que por lo menos le presentara antes al novio. Hicieron una cita en la cantina La Opera donde se conocieron Miguel, la Nena, Jacinto e Isabel, su encantadora madre. Resultó todo más que formal pero los novios consiguieron su fecha de boda. 86


Al mediodía del 2 de junio de l978, Silvia, que ya tenía veinticuatro años y Jacinto llegaron a Temoaya donde los amigos de Miguel ya les tenían preparada una recepción. Como había partido de foot-ball el juez no llegaba, así que los anfitriones se encargaron de darles de beber para que no se sintiera la espera en “la capital del mundo” y “antesala del cielo” como los temoayas se referían a su pueblo. Cuando el juez por fin apareció, se encontró a los novios y sus amigos vestidos de mezclilla, a los anfitriones muy elegantes y a todos enchumiatados, empulcados y muertos de risa. Los testigos de Jacinto fueron el “Bananas” y Tita y los de Silvia dos charros de Temoaya, Juan y Froilán. Al día siguiente su madre le dijo a Jacinto que se sentía muy triste porque no la había invitado a la boda y que había decido hacer por lo menos un pequeño coctel para que se conocieran las familias. La Nena, que también estaba muy mortificada, obligó a Silvia a comprarse un traje sastre para presentarse en casa de su suegra. A la recepción, que fue formalísima, fueron también las cuatas y Miqui para ver que chisme sacaban, pero no tuvieron mayor cosa que decir. A las ocho de la noche en punto, Silvia y Jacinto se pusieron sus mezclillas y se fueron a Contreras a disfrutar de la fiesta que con tanto gusto habían preparado. Jacinto le había dicho a Silvia que podían vivir de su salario en el Instituto Nacional de Antropología e Historia en Morelia, mientras ella se dedicaba por fin a estudiar pintura. Silvia entró a la Escuela de Bellas Artes y la disfrutó pero no le gustaba pedirle dinero a Jacinto. No le gustaba pedirle dinero a nadie. Así que al poco tiempo entró a trabajar a la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos. Ahí Silvia fue muy feliz en el campo, aprendió mucho y entró en contacto con la Unión de Comuneros Emiliano Zapata cuyo objetivo era ayudar jurídicamente a las comunidades indígenas a recuperar sus tierras. Dada la intensidad del trabajo y la extensión de su horario, los fines de semana 87


Silvia estaba ávida de pasarlos con su marido y los amigos, así que su matrimonio se desarrolló felizmente. ****** Mientras tanto en Pimentel la población aumentaba. El 2l de marzo de l979 a las cero cero horas nació el hijo de Carmela. La familia tomó como buen augurio que hubiera llegado al mundo justo en el inicio de la primavera. Aunque el padre no había hecho acto de presencia, Donald sugirió que se le bautizara con el nombre de su amigo y Carmela estuvo de acuerdo, ya que se proponía por lo menos crearle un sentimiento de culpa. El pequeño se llamó César Morrissey Icaza y resultó ser encantador. A los pocos meses llamaba la atención por sus finas facciones y sus rizos castaño oscuro. Sin embargo, Carmela procuraba endilgárselo a Trini, una muchacha de unos 28 años muy maternal y juguetona, que había comenzado a trabajar con la Nena en Tzintzimeo desde que tenía l6 años. La Nena se enojaba mucho y regañaba a Trini y a la pequeña Silvia por hacerse cargo de César. Opinaba que la responsabilidad debía ser de Carmela, quien no había pensado en la familia cuando se embarazó sin estar casada como Dios manda. Al poco tiempo llegó Anis a Pimentel con un ojo morado. Donald la había golpeado en una de sus borracheras. La Nena estaba indignadísima. Le dijo: con ese tipo no regresas. Esta es tu casa, aquí te quedas y no hay nada más que hablar. Anis quedó encantada pues eso era precisamente lo que esperaba. Volvió a pasar los días completos con sus respectivas noches al lado de su hermana cuata y no volvió a ver a Donald. La pequeña Silvia empezó a sentir más la presión de las cuatas y veía que Alejandro seguía sin reaccionar. Así que al enterarse de una oportunidad de trabajo en un laboratorio de fotografía en Cuernavaca, se grillo a Alejandro y a su suegra, empacó y se fue88


ron con su hijo de poco más de un año a vivir a “la ciudad de la eterna primavera”. Miguel pensó que estaba muy bien que su hijo por fin arrancara por sí mismo y se quedó muy a gusto sin enterarse de que la Nena sacaba de su guardadito para pagarle a su vástago la renta de la casa. El experimento fue un fiasco, Alejandro siguió en su inmovilidad y a pesar de que la pequeña Silvia trabajaba como hormiguita, le dio miedo no poder subsanar los gastos que se venían, ya que de nuevo había quedado embarazada. Fue así que en menos de un año estaban de regreso en Pimentel. En marzo de l980, la pequeña Silvia dio a luz a una linda niña a la que pusieron por nombre Adriana. Para entonces Anis se había hecho novia de un Alemán de nombre Peter, el cual, por supuesto, le había presentado a Carmela a su amigo Manfred para salir los cuatro juntos. A los pocos meses, las cuatas aceptaron la invitación de sus amigos alemanes para ir a viajar por su país. La Nena pegó el grito en el cielo pero no hubo forma de retener a Carmela, quien ya se había arreglado con Trini y la pequeña Silvia para que se encargaran de César. Cuando, tres meses después, volvieron las cuatas, César le volteaba la cara y le daba pequeños puñetazos a su madre. Carmela dijo que ya se le pasaría y siguió haciendo su vida.

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El inicio de las hazañas de Jaime Mientras tanto Jaime seguía aumentando su poder dentro del despacho. Se había convertido en el brazo derecho de Miguel. Se agenció un grupo de amigos de clase media arrivista dentro del cual era el centro por su simpatía y su capacidad de beber. A pesar de tener muchas “novias”, había continuado sus relaciones con Norma Herrera, la ex-amiga de su hermana Silvia, la cual era muy habladora, tenía mucha chispa y le ayudaba a organizar sus reuniones en el departamento de soltero que seguía teniendo en el edificio de Uruapan. Sólo una espinita tenía Jaime para sentirse totalmente libre: su matrimonio. La primera Norma, su legítima esposa, se negaba a darle el divorcio sin un buen pleito, así que Jaime, de acuerdo a sus impulsos violentos, decidió presionar a sus suegros arrebatándoles a la pequeña Mariana que tan placidamente había vivido su infancia en Morelia con ellos y junto a su media hermana. Jaime se la llevó con engaños, dejándoles recado a los abuelos maternos de la niña de que si querían volver a verla, convencieran a la madre de que le diera el divorcio voluntario. Mariana fue a dar a Pimentel con sus abuelos paternos y Trini se encargó de su cuidado. La Nena en principio aceptó la situación, pero al ver que pasaba el tiempo mientras Jaime seguía con su vida disoluta, le espetó que tenía que ocuparse directamente de su hija, que era su responsabilidad. Como a Jaime no le quedó otro remedio se llevó a Mariana a vivir con él, pero también a Gustavo, su hermano menor. Gustavo al igual que sus hermanos mayores, finalmente había abandonado la escuela y entró a trabajar al despacho de Miguel como “secretario” de Jaime, al cual le tenía miedo y al mismo tiempo admiraba. Jaime arregló con Miguel que Gustavo se fuera a vivir a uno de los departamentos del primer piso de Uruapan que se había desocupado. Gustavo por 90


fin se sintió mayor e independiente. Sin embargo, seguía siendo el mil-usos de Jaime. Se encargaba de que Mariana desayunara, la llevaba a la escuela, la recogía y estaba al pendiente de que comiera. Algunas tardes Norma Herrera supervisaba que la niña hiciera su tarea. Ya para l979, Jaime había logrado que Miguel le diera el penthouse de Uruapan y a fines de ese mismo año se caso con Norma Herrera. Tiempo antes Norma Segunda tenía constantes ataques de celos porque sospechaba, con toda razón, que Jaime le ponía los cuernos con quien podía, pero aún así se casó con él. La Nena tuvo otro de sus grandes enojos ya que Jaime seguía casado por la iglesia y no podía celebrar otro matrimonio, sin embargo, al poco tiempo, volvió a adoptar su papel de suegra modelo para que no la compararan con la suya propia. Año y medio después, en los primeros meses de l98l, Norma Herrera parió a Andrea, la segunda media hermana de Mariana, una hermosa bebé parecidísima a su padre. Al poco tiempo Jaime llegó a la conclusión de que Miguel no le reconocía en salario suficiente lo que valía su trabajo en el despacho, así que decidió abrir la caja fuerte y desapareció la colección de monedas antiguas que había iniciado Don Francisco desde el siglo XIX. A Miguel le quedó claro desde el principio que el autor del atraco había sido el hijo en el que había depositado toda su confianza. Las pesquisas de los judiciales no hicieron más que confirmarlo. Miguel decidió no ejercer acción legal en contra de su hijo. Le escrituró una casa en la calle de Colima, se la mandó remodelar y le dijo que con eso quedaban tablas y que no quería volverlo a ver. Como Jaime también hacía las veces de administrador en Tzintzimeo algunos fines de semana, Miguel decidió mandar a Alejandro a supervisar los trabajos de la hacienda. Ya que era un trabajo sencillo y agradable, Miguel pensó que Alejandro lo haría fácilmente y que su nuera y sus nietos serían felices ahí. Como 91


afortunadamente Tzintzimeo tenía su propia dinámica, se movía solo, no se notaba que Alejandro no hacía nada, más que cuando llegaba Miguel y quería ir a ver los cultivos por la mañana. La pequeña Silvia nunca lograba levantar a Alejandro de la cama, pero de todos modos Miguel se iba solo a recorrer las tablas muy contento. En menos de un año volvió a aparecer Jaime. Mientras Alejandro había decidido venir a la ciudad de México con un pretexto banal, toda la maquinaria de Tzintzimeo había sido embargada por Luis Pérez, a quien señalaban como traficante de drogas y asaltador de iglesias que se había hecho amigo de Jaime en su época de reventones morelianos. Luis Pérez llegó a Tzintzimeo con un actuario, choferes y un pagaré firmado por Jaime. No hubo nadie que se opusiera e hiciera valer las facturas de la maquinaria que no estaban a nombre de Jaime sino de la Nena. Cuando Miguel se enteró quería matar a Alejandro pero la Nena le explicó que Alejandro no tenía la culpa de no haber estado en el momento preciso en el lugar de los hechos… Ante semejante debacle, Miguel decidió pedirles a sus hijas que se fueran a administrar Tzintzimeo. Tal vez su error había sido dejárselo a los hombres, tal vez las mujeres tenían más enjundia para trabajar y amar el campo. ****** Al llegar de su viaje por Alemania, Anis le anunció a la familia que estaba embarazada, que Peter se establecería en México y se casarían. A la luz de los últimos acontecimientos a la Nena ya no le afectó tanto la noticia. Miguel la reconfortó como siempre: Todas las familias son un desgarriate, encantito. No vale la pena que te preocupes. Vas a tener un nieto más y eso es todo. En octubre de l98l, Anis dio a luz a un bebé rubio y narizón al que pusieron por nombre Robert Miguel por sus abuelos paterno y materno, pero afortunadamente lo llamaron simplemente Roby. 92


Peter estaba encantado con ”el hijo”. Le daba su mamila, lo cambiaba de pañales y lo exhibía orgullosamente cargándolo a todas horas con uno de sus brazotes. Miqui y Jaime se burlaban de él por mandilón pero a Peter, que no entendía la palabra, le tenía totalmente sin cuidado. Como a Anis le seguían encantando las vacas, se había propuesto encontrarle un trabajo a Peter en Morelia. Justo estaba por concluirse la construcción de una fábrica alemana de turbinas en la zona industrial de la ciudad que quedaba a tan solo media hora de Tzintzimeo. Como junto con Jaime, Miguel había corrido al administrador corrupto que tenía en la hacienda, Anis decidió que podrían vivir en la casita de éste, mediante una ligera remodelación y una buena labor de decoración. Ya que después de la llegada de “el hijo” Peter aceptaba todas las “sugerencias” de Anis, solicitó el trabajo en Turalmex, negoció un excelente salario y le dijo a Anis que tenían que acompañarlo ella y “el hijo” en un viaje por Alemania para finiquitar sus contratos y diversos asuntos para poder instalarse definitivamente en México. En menos de un mes Anis estaba de regreso en Pimentel. Dijo que el viaje era una monserga, que tenía que estar trasladándose constantemente de una ciudad a otra, que allí no había criadas y que tenía que andar cargando con bebé, carreola, pañales y botellas… Le explicó a Peter que era mejor que ella lo esperara en México y que lo que él se ahorrara en hoteles y pasajes se lo mandara para ir mandando a hacer los muebles de su casita. Unas semanas después, Peter la llamó por teléfono para decirle que su padre había muerto y que tomara el primer avión para Alemania ya que estaba muy deprimido y le hacía mucha falta la presencia de “la mujer” y de “el hijo”. Anis le contestó que ya se le pasaría, que viajar con Roby era muy complicado, que ya estaba diseñando los muebles para su casa y que no se le olvidara mandarle dinero. 93


Así, cuando Miguel le propuso a Anis que se fuera con sus otras dos hermanas a administrar Tzintzimeo, a ésta le cayó como anillo al dedo. ****** Carmela había continuado su relación con Manfred fundamentalmente por teléfono y no le hacía mucho caso. Estaba más interesada en César Morrissey. Así, cuando el pequeño César apenas caminaba, planeó con Anis ir a dejarlo con todo y su ropita en un trailer de la empresa con la que el padre trabajaba. Cuando la Nena se enteró increpó a Carmela, pero ésta le advirtió que no se metiera en asuntos ajenos. De cualquier manera, logró su objetivo. César Morrissey la invitó a salir para tratar de remendar la relación y Carmela aceptó, pero tan sólo quería venganza, así que todas las citas acababan en fracaso total. Poco después de cumplir César los tres años, Carmela lo inscribió en la escuela y le exigió al padre que pagara las colegiaturas. Él aceptó de buena gana con la condición de pasar a recogerlo para llevárselo a tomar un helado o a comer. Así el pequeño César por fin entabló una relación con su padre. Así estaban las cosas cuando Miguel le preguntó a Carmela si aceptaría irse a vivir a Tzintzimeo con Anis y Silvia. Carmela no lo pensó dos veces, inmediatamente habló con César Morrissey y le dijo que se iba a llevar a su hijo a vivir a Michoacán y que él no volvería a verlo. ****** Después de tres años de matrimonio, la relación entre Jacinto y Silvia se había desgastado. A los dos años ella había renunciado a su trabajo en la SARH. Comenzó a dar cursos de economía y hasta de historia del arte en la Universidad Nicolaíta y preparaba sus clases en casa y, ya que como el INAH no contaba con ofici94


nas en Morelia, Jacinto también hacía su trabajo en el hogar, pasaban gran cantidad de tiempo juntos. Finalmente decidieron que preferían vivir solos y, hacia diciembre de l98l, optaron por separarse. Jacinto regresaría a vivir a la ciudad de México y Silvia se quedaría con el departamento de Morelia. Miguel le dijo: por ningún motivo te quedas aquí, hija, este pueblo se te va a convertir en infierno grande, te regresas al D.F. Pero no tengo a donde llegar papá, allá no tengo ni trabajo y aquí estoy muy a gusto. Vas a estar más a gusto allá. Te doy un departamento en el edificio de Uruapan y ya conseguirás chamba… A principios de l982, Silvia se mudó con ayuda de Jacinto al edificio de Uruapan. En la puerta del departamento encontraron pegada una hoja de papel con amenazas a Jacinto y dibujos de pistolitas echando tiros. Era obra de Jaime que pasaba su último período en el pent-house del edificio mientras le remodelaban “su” casa en la calle de Colima. Silvia no le hizo el menor caso, se instaló en su departamento y al mes ya tenía chamba en el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo Rural, conocido como CIRCO. Iba a comenzar una investigación sobre la historia de los movimientos agrarios desde la revolución hasta la actualidad. El salario era bajo pero el trabajo era muy interesante y Silvia había estado en contacto con las organizaciones indígenas y campesinas de Michoacán. Desafortunadamente, al año cortaron el presupuesto para el proyecto y Silvia se quedó sin sueldo. Fué entonces cuando Miguel le propuso que se fuera con sus hermanas mayores a administrar Tzintzimeo. Silvia le contestó a Miguel: me gustaría intentarlo pero toma en cuenta que yo sólo he estado en la hacienda de vacaciones y no se si podré realizar el trabajo. Además siempre me he llevado a las patadas con las cuatas. Inténtalo, le dijo Miguel, el campo es maravilloso y lo vas a disfrutar tanto como yo, lo traes en la sangre. 95


La nueva administración en Tzintzimeo A principios de l983, Anis, Carmela y Silvia se instalaron en Tzintzimeo. Inmediatamente después del embargo de la maquinaria, Miguel había comprado un tractorcito Sedena para trasportar la pastura y sacar el estiércol del establo y un tractorcito Massey Ferguson para hacer trabajos de urgencia en las tablas de cultivo. El ganado tenía brucelosis y el pasto estaba amarillo y no crecía. Las cuatas empezaron a quejarse de que Miguel las había dejado como ejidatarias con tierra pero sin maquinaria y sin capital para invertir. El único que seguía muy a gusto era Alejandro que ya ni siquiera tenía que fingir que trabajaba. Miguel consiguió un buen abogado en Morelia e inició un juicio en contra de Jaime y de Luis Pérez por la sustracción de la maquinaria de Tzintzimeo. Al poco tiempo se enteró de que Luis Pérez ya la había vendido por lo que sería imposible de recuperar y que la sentencia tan solo llevaría a Jaime a prisión por haber orquestado el fraude, por lo que Miguel decidió otorgarle el perdón con la condición –nuevamente-, de no volver a saber de él. Anis consiguió un nuevo veterinario que aconsejó el sacrificio paulatino de las vacas brucelosas y la separación de las terneras jóvenes para mantener el pie de cría. Silvia, por su parte, sacó muestras de suelo de las diferentes tablas y las llevó al laboratorio de la SARH en Morelia para poder seleccionar el fertilizante adecuado y tramitó ante FIRA un financiamiento barato para la compra de un tractor grande; también aumentó la siembra de zorgo que era más resistente que el pasto y la alfalfa y tenía mejor precio. Como la leche la vendían a muy bajo precio al intermediario de la zona, que además la “bautizaba” con agua de zanja para que “rindiera”, decidieron abrir un expendio de leche en Morelia para vender leche entera y en perfectas condiciones de higiene directamente al consumidor. De la venta de leche se encargó Carmela. 96


Ni los trabajadores del establo, ni los peones del campo estaban de acuerdo con las medidas higiénicas, ni con los nuevos fertilizantes, ni con la aventura del expendio de leche. Opinaban que “las cosas hay que hacerlas como siempre se han hecho”. Los ganaderos de la región también pronosticaban un rotundo fracaso a “los experimentos de tres mujeres solas con ideas fuera de la realidad y en contra de las tradiciones”. El desafío era duro. Anis, Carmela y Silvia desplegaban toda su energía y no paraban. El trabajo era arduo y lleno de obstáculos pero las hermanas no se desanimaban. Las diferencias entre las cuatas y Silvia eran mayúsculas, pero coincidían en lo orgullosas y tesoneras. Así, en menos de un año, las tablas de cultivo estaban de nuevo verdes y ya no sólo no tenían que comprar forraje sino que tenían para vender, la producción de leche había aumentado, a pesar del sacrificio de las vacas brucelosis, y el expendio de leche arrancaba, a pesar de la propaganda en contra de los intermediarios que tenía el mercado cautivo de Morelia. Miguel estaba feliz. Iba a Tzintzimeo cada dos o tres semanas, se la pasaba con sus hijas en el campo y en el establo, les llevaba la despensa y las invitaba a comer a Morelia o a Pátzcuaro. Sin embargo no todo era felicidad y concordia. Un par de meses después de que las hermanas se habían ido a vivir a la hacienda, Anis recibió una carta de Peter diciéndole que se podía quedar con su rancho, sus vacas y sus sirvientas, que él no volvería a México y no mencionó “al hijo”. A Anis se le enrojecieron los ojos, le rodaron cinco gruesas lágrimas por las mejillas, se salió al campo a caminar y quince minutos después regresó, dijo que se iba al establo a pesar la leche y no volvió a hablar del asunto. Un día, desesperada por los problemas que enfrentaban para la comercialización de la leche, Silvia le envió una carta a Cuauhtémoc Cárdenas, entonces gobernador de Michoacán. No esperaba respuesta, lo hizo tan sólo para desahogarse. Sin em97


bargo, a los pocos días llegó un telegrama firmado por Cárdenas: que se presentara con el secretario de Fomento Rural. Éste ya tenía instrucciones de organizar una reunión con los secretarios y directores involucrados en la producción y distribución de la leche. Todos estuvieron de acuerdo con el proyecto de Silvia de creación de expendios y financiamiento para transporte de la leche con el fin de que los pequeños productores la vendieran directamente al consumidor, y que a todas las camionetas que entraran a Morelia se les supervisara la higiene y la calidad de la leche para acabar con la mafia de los intermediarios. Finalmente el programa terminó en manos de caciques de la CNC, pero el ingeniero Cárdenas continuó apoyando las ideas de la ganadería de Tzintzimeo a donde le gustaba ir a comer y a visitar el establo cuando sus ocupaciones se lo permitían. Las cuatas y Silvia trabajaban de sol a sol durante la semana, pero los sábados organizaban tardeadas con varios burócratas de Morelia de los que se habían hecho buenas amigas. Bebían tequila, cantaban con la guitarra de Silvia y luego cenaban las suculencias que les preparaba doña Boña, la cocinera de la hacienda. A los dos años de administrar Tzintzimeo, la ganadería se movía sola, las labores de campo estaban bien organizadas, se acabó el trabajo intensivo y sólo había que hacer tareas de supervisión. Silvia estaba encantada. Tenía tiempo para hacer dibujos de los trabajadores que luego les regalaba y de hacerse amiga de los hijos de los ganaderos de la región. Con ellos se inventó un proyecto de mejoramiento lechero y vacunación contra tuberculosis y brucelosis para el ganado de los ejidatarios del municipio. Consiguieron el apoyo del cacique de la Asociación Ganadera Regional y del gobernador Cárdenas y pusieron manos a la obra. Las cuatas se quedaron ociosas y comenzaron nuevamente a hacer planes contra todos los que sospechaban que querían ha98


cer algo en contra de ellas. A Silvia no paraban de reclamarle el ir a perder el tiempo con los ejidatarios. ¡Es gente que nunca va a entender!. Tú debería estar aquí por si se presentan problemas… Y sí. Una mañana entró Anis con los ojos desorbitados a decirle a Silvia que fuera a hablar con los trabajadores del establo que se habían puesto en huelga y habían decidido no ordeñar. “¿Por qué?” “Porque quieren aumento de jornal” “¿Y por qué no se los diste? Desde hace dos meses te dije que teníamos que aumentarles el salario, antes de que lo pidieran” “No voy a hacer lo que a ellos se les de la gana. ¡No son más que unos macuarros! Favor les hacemos con darles trabajo. Ve y convéncelos de que se pongan a ordeñar.” Silvia se fue al establo, dejó que hablaran los trabajadores y finalmente les dijo que todo era un malentendido que tenían derecho a su aumento y que incluso era mayor al que ellos exigían. El trabajo y la calma se restablecieron en el establo, pero en la casa Anis seguía furiosa. Silvia le hizo números y la aplacó explicándole que de cualquier manera el aumento que les había otorgado en realidad era una bicoca y que no afectaba mayor cosa las utilidades que obtenían. Al poco tiempo, León, un trabajador de campo bastante perezoso, le entregó a Silvia un citatorio para que se presentara ante la junta local de Conciliación y Arbitraje. Ahí Silvia se enteró de que Carmela había corrido a León tronándole los dedos y con “palabras altisonantes” sin ninguna justificación, pero que había decidido demandar a Silvia porque ella tenía “buen corazón”. Silvia respiró profundo, se avocó a ganarle el juicio al trabajador y montó en colera contra sus hermanas: otra pendejada de éstas y no vamos a ver el fin de la cadena de demandas. No sean irracionales ¡Ya contrólense! La gota que derramó el vaso fue que las cuatas comenzaron a correr a los amigos de Morelia que iban a visitarlas los fines de semana e incluso a los que llegaban desde la ciudad de México. Les decían que Tzintzimeo no era beneficencia y les daban con la 99


puerta en las narices. Silvia entonces decidió hablar con Miguel, le dijo que ya era imposible la convivencia, que buscaría un trabajo en Morelia y se iría a la brevedad posible. Sin embargo, Silvia pensaba que las cuatas no aguantarían mucho sin ella y que en cuanto se salieran ella volvería a Tzintzimeo donde había sido tan feliz… Un mes después, para enero de l986, gracias a los contactos con burócratas que había hecho en Morelia, Silvia ya tenía trabajo en FOMICH dando asesoría a artesanos en la región purépecha de Michoacán. También había arreglado con su amigo Oscar que le prestara el cuarto de servicio de su casa para pasar los fines de semana en Morelia. ****** Hacía tiempo que la pequeña Silvia hacía yogurt con la leche del establo de Tzintzimeo y lo llevaba a vender a hoteles en Morelia, pero Alejandro seguía sin hacer nada. Como día a día las fricciones con las cuatas se acentuaban, Miguel decidió regalarle a Alejandro la tabla de Santa Inés para que allí construyera su casa y sembrara zorgo. Al poco tiempo Miguel se enteró de que su hijo había ofrecido las tierras en venta a un vecino de la región, se puso furioso y decidió comprarle, él mismo, Santa Inés a Alejandro. Con el dinero que obtuvo, Alejandro rentó una casa en Morelia, se llevó a su familia a vivir ahí y siguió sin trabajar…. Al enterarse, su hermana Silvia le consiguió una chamba de burócrata en Morelia y Alejandro inmediatamente se los dijo a las cuatas. Estas pusieron el grito en el cielo y opinaron que con Silvia de burócrata en la familia era más que suficiente, que Alejandro debería de tener otras aspiraciones y decidieron “contratarlo” como “encargado” en la hacienda. Alejandro por supuesto estuvo de acuerdo con las cuatas. Ellas lo utilizaron un par de meses como chofer y mensajero y no le pagaron. Alejandro se molestó, las dejó y siguió su vida de levantarse tarde, escuchar música y ver la tele todo el día 100


como si nada. No le importó que el dinero que le había “pagado” Miguel por Santa Inés hubiera desaparecido. Jaime lo había convencido de que lo invirtiera con él…. ****** Jaime se había ido a vivir con Norma Herrera y sus hijas Mariana y Andrea a la casa de la calle de Colima que le había regalado y remodelado Miguel, pero al poco tiempo las cosas empezaron a ir mal. La pequeña Mariana apareció una tarde en Pimentel y les contó a sus abuelos paternos que se había fugado de su casa porque su papá cada vez se ponía más violento y les pidió que le permitieran irse de nuevo a vivir con sus abuelos maternos y su hermana Pilar. Miguel le telefoneó a Jaime y le pidió su autorización para llevar a la niña a Morelia con sus exsuegros. Tiempo después, Jaime tronó con Norma Herrera, abandonó el hogar conyugal y a los pocos meses, en contubernio con su amigo Luis Pérez, les quitó la casa a ella y a su pequeña hija Andrea, a la cual no volvería a ver. Él, por su parte, como sus acreedores lo asediaban en la ciudad de México, se fue a vivir a Manzanillo donde abrió un restorán-bar con el dinero que le había tocado de la venta de la casa de la calle de Colima, con los ahorros de Gustavo, su hermano menor y el dinero que le sobraba a Alejandro de lo que Miguel le había dado por las tierras de Santa Inés. El negocio duró poco y Jaime no les devolvió ni quinto a sus hermanos, les explicó que invertir era un riesgo y que, ni modo, habían perdido su dinero. Gustavo se puso furioso contra sí mismo por haber confiado en Jaime con los antecedentes que le conocía y decidió no volver a darle ni el saludo. Alejandro le dijo a su hermano mayor que lo comprendía y que quedaba a su disposición para lo que se ofreciera…

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Miqui saca el cobre Mientras tanto en la ciudad de México había pasado el terremoto del ’85. La familia de Miqui, que seguía viviendo en la calle de Dinamarca en la colonia Juárez, había visto como se derrumbaba frente a sus ventanas el hotel Hilton. A su casa no le pasó nada pero Bertita le dijo a Miqui que la sacara inmediatamente de ahí y que jamás volvería. Así que la familia empacó y a los pocos días estaban instalándose en Pimentel Miqui, Bertita, sus hijos Miguelito, Alejandra y Francisco, dos sirvientas y el perro faldero de Alejandra. Como en la casa paterna ya solamente vivían Miguel y la Nena no tuvieron problemas para acomodarse. Un par de meses después, Miqui salió como de costumbre hacia la una de la tarde en dirección a la oficina de la gasolinera que le había regalado Miguel a tomar la copa con los amigos que ahí solían reunirse. No llegó. Bertita, Miguel y la Nena trataron de localizarlo pero nadie sabía nada de él. Fue hasta el tercer día que Miqui llamó por teléfono a Pimentel para informarles que estaba detenido por fraude a PEMEX. Miguel dijo que se tenía que llevar a cabo el proceso, que era tardado y que había que esperar el resultado. La Nena rompió en lágrimas y le rogó a Miguel que lo sacara de la cárcel como fuera, que su hijo era inocente y que seguramente había una confabulación en su contra. Una semana después, Miqui estaba de regreso en Pimentel mediante un amparo que pasado el tiempo ganó. Se dedicó a contar su aventura a quien quisiera escucharlo: me agarraron unos judas saliendo de Pimentel, pasé dos días en los separos con golpes estudiados, tehuacanazos y toda la cosa. Luego, luego les dije que firmaba lo que quisieran y no me fue tan mal. Un compañero que estaba al lado y que había sido cardiólogo antes de meterse a gasolinero, les dijo que estaba por darle un infarto y que lo dejaran en paz, los hijos de la chingada, porque si no ahí mismo se 102


les iba a morir y se iban a meter en una broncota. Así se salvó y no firmó nada. De ahí nos mandaron a un reclusorio chafa y ya le hablé a mi papá y su abogado tramitó que me trasladaran al del Sur. Ahí estuvo suave. Hagan de cuenta que llegué a Cuernavaca. Había un quiosco donde te vendían de todo. Si tenías dinero la hacías a toda madre. Hice muchos amigos… Miguel tenía varias vecindades muy problemáticas en el centro de la ciudad que fueron afectadas por el terremoto del ’85. Miqui convenció a su papá de darle manos libres con respecto a las expropiaciones ya que contaba con cuates dentro del Departamento del Distrito Federal y podía obtener buenas indemnizaciones. Así Miqui aumentó su poder dentro del despacho haciendo a un lado a Gustavo. Una vez llevadas a cabo las expropiaciones, Miqui le pidió a Miguel un porcentaje del monto de lo obtenido ya que él había fungido como “intermediario”, pero le pareció poco lo que su padre le pagó. Miqui decidió entonces pedirle un préstamo para un negocio con su amigo Miguel Lebrija del cual el propio Miqui sería aval, el tiempo pasó, Miqui y su “socio” se aventaban la bolita para no pagar y Miguel se enojó al darse cuenta de que a su hijo lo único que le interesaba era sacarle dinero y lo corrió del despacho. Miqui les avisó a sus amigos que las reuniones para tomar la copa se trasladaban de nuevo a la oficina de la gasolinera y Gustavo siguió honesta y fielmente llevando los asuntos que Miguel le cedía en el despacho. ****** Hacia fines de l986, Miguel recibió una buena oferta de compra de Pimentel por parte de Telmex. Querían la casa para instalar una guardería. A Miguel le pareció que los infantes estarían encantados con un jardín tan hermoso y como ya todos sus hijos eran mayores decidió vender su gran residencia para comprar otra menos grande de acuerdo a las necesidades de la Nena y él. 103


Decidió que podrían vivir en Tzintzimeo mientras conseguía una nueva casa y que para Miqui, Bertita y familia, después de un año de vivir en Pimentel, ya era hora de volver a la casa de la calle de Dinamarca. Pero después del terremoto del ’85, Bertita no quería saber nada de su antigua casa y además se había enterado de que Miqui tenía una amante, así que le contó sus cuitas a su hermano Rodolfo y éste le regaló un departamento en Polanco con la condición de que Miqui jamás pusiera los pies ahí. Así, Bertita y sus hijos se fueron a un moderno departamento en la calle de Lope de Vega, Miqui a la casa de Dinamarca en donde hacía chorcha con sus cuates y con su amante y Miguel y la Nena con todo y Trini y el güero, la recamarera y el portero de Pimentel, se fueron a Tzintzimeo. ****** Para entonces las cuatas ya estaban muy neuróticas. Después de la salida de Silvia y de Alejandro y su familia y sin los amigos que visitaban los fines de semana Tzinzimeo, se aburrían horriblemente. La llegada de la Nena les dio por fin un nuevo motivo de acción. Se dedicaron a agredirla y a humillarla. Les dijeron a Boña, Lidia y Anita, las sirvientas de la hacienda, que no aceptaran órdenes de la Nena ya que las que les pagaban eran ellas. A pesar de que Miguel compraba toda la despensa de la casa, a su madre, la legítima dueña del casco y sus tierras, la hacían sentirse como arrimada ya que ellas, las cuatas, trabajaban de sol a sol en el campo y en el establo y la Nena no laboraba y encima se daba el lujo de traer a sus sirvientes e invitar a sus amistades. Para acabar de descomponer el cuadro, las cuatas se fueron a meter a la casa de Oscar, el dueño de la casa donde vivía Silvia en Morelia, diciéndoles a sus hijas adolescentes que Silvia en realidad era amante de su padre y trataba de alejarlo de su madre. Silvia al enterarse habló con Oscar, se disculpó por las 104


intrigas que habían orquestado sus hermanas, le agradeció el hospedaje y decidió pasar los fines de semana en Tzintzimeo ahora que ya vivían ahí sus padres. El enfrentamiento entonces se dio con mayor zaña. Ya no era tan sólo contra la Nena, sino también contra Silvia como invasora. Además se habían peleado con medio pueblo ya que les negaron la entrada para ir por agua al pozo de la hacienda cuando a ellos se la cortaban. El pobre Miguel estaba desolado, le llegaban quejas por todos lados…

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Alejandro sigue los pasos de Jaime La pequeña Silvia dejó a Alejandro. Su arrendador le había notificado su próximo lanzamiento: Alejandro llevaba meses sin pagar la renta de la casa de Morelia. Ella buscó la ayuda de sus amigos y consiguió un trabajo de dependiente en una tienda de decoración y una casita del INFONAVIT para irse a vivir ahí con sus hijos. Meses después Miguel la fue a buscar para ver a sus nietos y la encontró embarazada. Le dijo que le apenaba mucho el comportamiento de su hijo y que le gustaría que alguna vez llevara a Carlos y a Adriana a la hacienda para que no perdieran el contacto con sus abuelos. Tiempo después, por fin la Nena recibió a sus nietos en Tzintzimeo. Habiendo pasado la fecha en que debían devolverlos a Morelia, la pequeña Silvia se presentó en la hacienda a reclamarlos. La Nena se quedó paralizada y lo único que atinó a decir fue que Alejandro se los había llevado y no sabía a dónde. La pequeña Silvia montó en cólera pero a la Nena no le sacó una palabra más. Regresó a Morelia angustiadísima y fue a pedir consejo con sus mejores amigos, el doctor Ortiz y su familia. El doctor le recomendó un detective privado que tardó más de un mes en darle resultados. Finalmente, la pequeña Silvia obtuvo la dirección en la que Alejandro, su padre y su tío Jaime tenían escondidos a sus hijos en Manzanillo. Inmediatamente tomó un autobús al puerto, tomó un cuarto en un hotel frente al edificio de departamentos que le había indicado el investigador y desde ahí vigiló hasta que vio a Alejandro y a los niños en la calle. Salió rápidamente del hotel, los alcanzó, tomó a sus hijos y se los llevó. Alejandro se quedó estupefacto y no pudo articular palabra…. Después se supo que fue Jaime quien le aconsejó llevarse a sus hijos para quitarles la mala influencia de su madre quien “seguramente” andaba en malos pasos… 106


Tiempo después y gracias a los consejos y al apoyo de su amigo Nacho Villaseñor, Alejandro fue a pedirle perdón a la pequeña Silvia, le dijo que no podía vivir sin ella ni sin sus hijos y que no volvería a ver a su hermano Jaime. Para entonces ya había nacido la tercera hija de la familia a quien pusieron por nombre Andrea; todos se fueron a vivir a la Piedad, Michoacán, donde Nacho Villaseñor le había conseguido a Alejandro una chamba como inspector de salubridad. Ahí rentaron una casa y a pesar de que no les sobraba el dinero, vivieron tranquilos y felices por varios años… ****** Mientras tanto, en abril de l987, Miguel por fin había firmado la escritura de su nueva casa. Era una pequeña mansión de principios del siglo XX con fachada de cantera labrada y un pequeño jardín en la parte posterior. A la Nena le pareció reducidísima estando acostumbrada a vivir en la casona de Pimentel, pero Miguel le explicó que tiraría muros, que su recámara sería equivalente a tres y que era una de las casas más bonitas de la señorial colonia Roma. Claro que la remodelación duraría varios meses y como la Nena no estaba dispuesta a pasar un día mas en Tzintzimeo aguantando a las cuatas, Miguel le propuso hacer un viaje a España para festejar sus bodas de oro. Miguel y la Nena jamás habían viajado juntos a Europa. La Nena había recorrido gran parte del mundo en compañía de su amiga Ascen y Miguel había hecho varios viajes a Europa con Carmen Ramírez, su amante y madre de sus hijas Paulina y Claudia. Pero hacia fines de los 70’s la señora Ramírez había caído en el alcoholismo, le daba por telefonear a Pimentel para hablar con la Nena o con quien contestara y se la pasaba agrediendo a Miguel cuando lo veía. Su mejor amigo, el arquitecto Reygadas, esposo de Ascen, decidió presentarle a una amiga para 107


que dejara a Carmen Ramírez. La fulana se llamaba Ivonne Albino Guerreiro y era portuguesa, pero ella prefería decir que era francesa porque había estado casada con un francés de apellido Enocque y que se había suicidado años antes en su departamento de Paris. La “señora Enocque,” como acostumbraba presentarse, tenía un hijo y una hija de ese matrimonio y dos hijos vietnamitas adoptados, se ostentaba como doctora pero en realidad sólo tenía algunos estudios de enfermería, era bastante fea pero muy labiosa e impositiva, lo que a Miguel le hacía recordar a su madre, su esposa, sus hijas y su ex-amante. Impresionado por sus tablas, su facilidad para los idiomas y su carisma de mujer humanitaria se involucró con ella, empezaron a viajar juntos frecuentemente a Portugal y a Francia y Miguel le regaló una casa para ella y para sus hijos en la Herradura, estado de México. Durante los meses que pasó la Nena en Tzintzimeo sufrió las constantes humillaciones de las cuatas, pero descansó de los frecuentes telefonazos que “la Enocque” le hacía para avisarle en que restorán comerían Miguel y ella ese día. La Nena no estaba muy convencida de viajar a Europa con Miguel pero ante la perspectiva de quitarse de encima a las cuatas y de finalmente regresar a una casa con un número telefónico nuevo, decidió aceptar el recorrido español que Miguel le proponía. El viaje no fue precisamente una segunda luna de miel; a pesar de que Miguel no soportaba los ronquidos de la Nena y ella su falta de urbanidad en ciertas ocasiones, regresaron contentos a su casa de la calle de Jalapa cuando ésta ya estaba casi lista. ****** Hacia fines de l986, Gustavo, el benjamín de la familia, había conocido a Lurdes. Se la había presentado su primo Beto quien salía con su hermana Loren. Beto y Loren no duraron mucho tiempo juntos, pero Gustavo sí se embarcó con Lurdes, quien 108


trabajaba como secretaria en una aseguradora y, más o menos un año después, se la llevó a vivir con él a su departamento del edificio de la calle de Uruapan. Gustavo seguía trabajando en el despacho de Miguel y ya entradas las tardes recibía en su hogar a su primo Beto, a sus primos Manterola y ahora también a Linda, la hermana mayor de Lurdes y a su marido Andrés, de quien se hizo gran amigo. Como a Lurdes no le gustaba cocinar, al medio día se iban al Casino, la cantina que quedaba a la vuelta y cuando Miguel y la Nena volvieron a instalarse en la ciudad de México, Gustavo “invitaba” a Lurdes a comer a la nueva casa de la calle de Jalapa y de paso le llevaba a lavar la ropa a Trini quien para entonces ya no sólo era recamarera, sino también cocinera y lavandera. ****** A principios de l987, Silvia había renunciado a su trabajo en FOMICH que se había vuelto muy burocrático y se fue a vivir un tiempo a Tzintzimeo mientras conseguía otra chamba que le agradara. Como estaba libre, Miguel y la Nena le pidieron que llevara a la tía Bety, una prima de la Nena que desde los veinte años vivía en Estados Unidos, de paseo a San Miguel Allende. La tía Bety decía que sus amigos gringos afirmaban que quien iba a México y no visitaba San Miguel era como si no hubiera estado en México. Silvia le explicó que más bien los gringos que al venir a México sólo llegaban a San Miguel Allende, era como si nunca hubieran salido de los Estados Unidos, pero la tía Bety no le hizo el menor caso y se preparó para el viaje. Finalmente, la tía Bety constató que Silvia tenía razón y abandonó el “mexican village” a las dos semanas. Silvia, en cambio, hizo varios amigos y se quedó más de tres meses tomando un curso de dibujo. Cuando se cansó de la vida de “pueblo chico, infierno grande” regresó a la ciudad de México a su departamento del edificio de la calle de 109


Uruapan y se inscribió en el taller de dibujo de la Academia de San Carlos. Gustavo no había vuelto a hablar con Silvia desde aquel lejano día en que Jaime la había balaceado en Pimentel y él, asustado, había decidido llamar a la abuela. Como Gustavo y Silvia ahora eran vecinos se cruzaban al entrar o salir del edificio dándose apenas el saludo, hasta que Silvia logró que Gustavo fuera a platicar con ella a su departamento. Se tomaron unos whiskys y por fin Gustavo habló: Yo siempre te he extrañado mucho pero es que no puedo olvidar todo lo que Jaime me contó de ti. Me dolió muchísimo enterarme que te habías convertido en una drogadicta y una puta! Pero Gustavo, no puedo aceptar que hasta la fecha sigas creyendo eso. Tú conoces a Jaime, has visto como se comportó con mi papá, sabes que siempre miente y embauca a la gente para lograr sus fines. ¿Acaso tengo facha de puta y mariguana? ¿Alguna vez me viste? No, pero…. Pero nada, no son más que intrigas de Jaime para justificar sus acciones. Yo te quiero mucho y sé que tu también a mí. Mejor preséntame a tu mujer y empecemos una relación nuevecita. Lurdes era una muchacha guapa, agradable y simpática. Gustavo vivía a gusto y tranquilo con ella hasta que le dio el notición de que le había fallado el dispositivo. Al buen Gustavo que de todo se preocupaba, a diferencia de sus hermanos, se le movió el tapete y empezó a hacer cuentas de en cuánto le saldrían las consultas mensuales al ginecólogo, ultrasonidos, el hospital, parto natural o cesárea, los pañales, el pediatra y encima iba a tener la responsabilidad de un bebé al cual había que educar bien para que fuera feliz… Una vez que vio que le alcanzaba para pagar las cuentas y asumió su paternidad, Gustavo se tranquilizó y anunció la próxima llegada de su hijo. A la Nena no le hizo ninguna gracia ya que Gustavo no tenía intenciones de casarse, pero Silvia le explicó 110


que la institución matrimonial estaba pasando de moda. Además Miguel estaba contento porque iba a tener otro nieto y le recetó su clásica frase “encantito, así es la vida”. Pero la Nena pensaba en que las cuatas tenían cada una un hijo sin padre, Jaime llevaba dos divorcios y dos hijas a las que no veía, Silvia y Miqui estaban separados de su pareja; sólo Alejandro vivía con su esposa e hijos pero muy lejos, hasta La Piedad. Sólo cuando la Nena se dio cuenta que hasta sus amigas tomaban la llegada del hijo de Gustavo con toda naturalidad, logró relajarse. El l9 de marzo de l988, nació una bebé linda a quien, después de mucho discutir, sus padres le pusieron por nombre María Fernanda Daniela. Gustavo estaba emocionadísimo y la Nena y Miguel encantados. Incluso Miguel le legó más poder en el despacho a Gustavo, convirtiéndolo en su brazo derecho. La vida en la casa de Jalapa por fin trascurría plácidamente. Gustavo, Lurdes y la pequeña Fer iban casi diario a comer, Silvia había instalado su taller de dibujo en el cuarto de atrás del jardín y la Nena invitaba seguido a sus amigas a platicar y a jugar cartas, actividad a la cual se unía Miguel al llegar del despacho como a las siete de la noche. Lo único que perturbaba a Miguel era que las cuatas lo presionaban exigiéndole que les comprara una casa en Morelia porque en Tzintzimeo “las mantenía en la incivilización” y ellas tenían que hacer vida social. Para Miguel esto equivalía a despreciar su querida hacienda por una casa cualquiera en los suburbios de Morelia.

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El retorno del hijo pródigo Un sábado de abril de l989 la Nena llamó a Silvia para rogarle que fuera de inmediato a su casa, que le urgía hablar con ella. Le explicó que Jaime y su nueva mujer estaban por llegar y que Silvia tenía que convencer a Miguel de que les diera un trato amistoso. Silvia estaba helada, no lo podía creer. Pero Mami ¿Cómo se te ocurre? ¿Desde cuándo tienes contacto tú con Jaime? Pues él me habla, vive en la ciudad de Colima, nos hemos visto algunas veces….Él está arrepentido de lo que le hizo a tu papá y quiere arreglar las cosas con él. ¡Ayúdame! Ya sabes como se pone tu papá…. Pero mami, mí papá tiene razón, ya Jaime le ha hecho varias trastadas muy graves! Pues sí, pero tu hermano está por llegar, no permitas que pase una tragedia…! Silvia, toda sacada de onda, le pidió a su padre que la acompañara a la biblioteca y le platicó lo que su madre acababa de decirle. Miguel se puso furioso pero Silvia lo calmó diciéndole: No hay remedio, ya viene para acá, escúchalo y si lo crees conveniente dile que lo perdonas. Pero si te pide algo o te propone algún negocio, entonces si córrelo y mándalo al diablo porque ya sabemos que tu hijito no da paso sin guarache. En eso sonó el timbre del zaguán, Miguel se puso lívido pero accedió a recibir al “hijo pródigo”. La Nena, Miguel y Silvia llegaron al recibidor cuando Jaime y una mujer entraban. La mujer llevaba una blusa negra transparente, una minifalda del mismo color que apenas le tapaba la nalga, medias y zapatos de gran tacón también negros, el pelo largo y oscuro a la afro y la cara pintada como una máscara rosada en la que destacaban unos ojos tiznados. Miguel y Silvia se quedaron azorados sin poder articular palabra. Jaime presentó a la mujer como Pili. La Nena rápidamente invitó a “Pili” y a Silvia al saloncito de su recámara y Miguel y Jaime se encerraron en la biblioteca. Media hora después, Miguel se presentó en la 112


recámara de la Nena explicando que tenía que ausentarse y la Nena, Silvia, Jaime y “Pili” comieron juntos. Entonces Jaime les informó que Miguel había dado permiso para que él y su mujer se quedaran en la casa algunos días como huéspedes… Silvia tenía planeado un viaje por Europa aprovechando que varios amigos suyos se encontraban viviendo ahí. Partió a mediados de mayo y Jaime y Pili seguían instalados en la casa de Jalapa sin ninguna intención de retirarse pronto. Cuando Silvia volvió hacia fines de agosto, la Nena le comunicó que Jaime estaba viviendo en Tzintzimeo con las cuatas porque Miguel le había permitido hacerlo mientras construía, en un terreno adyacente, una fábrica de bases para cama que pretendía vender en Chihuahua. Silvia se quedó atónita pero decidió no decirle nada a Miguel. Total, si no había tomado en cuenta su consejo, lo que pasara que con su pan se lo comiera. Por supuesto la vida en Tzintzimeo entre Jaime y las cuatas se convirtió en un infierno para ellas y para Miguel y la Nena que se la pasaban recibiendo quejas de las dos partes. Como de cualquier manera las cuatas ya querían dejar Tzintzimeo y Jaime se había olvidado del negocio de las bases para cama, Miguel, conciliador como siempre, los conminó a hacer un contrato por medio del cual las cuatas tendrían derecho a disponer de los frutos que ellas habían producido hasta el 3l de diciembre de l989, dejándole a partir de esa fecha la hacienda a Jaime para que la trabajara. En un par de meses las cuatas vendieron las vacas y cuanto pudieron, lo que les faltó lo regalaron, incluidas ollas y sartenes de la cocina, para dejarle a Jaime lo menos posible. Éste, por su lado, sintiéndose ya dueño y señor de la hacienda, vendió unas pacas de alfalfa que las cuatas tenían embodegadas antes del finiquito del contrato, cuando ya las había corrido de Tzintzimeo, según ellas, a punta de pistola. En cuanto las cuatas se enteraron de la venta de las pacas se pusieron felices y contrataron a un abogado para demandar a Jaime por incumplimiento de contrato. 113


A principios de l990, Jaime fue a dar al CERESO de Zinapécuaro y las cuatas, con el producto de sus ventas, rentaron una casa en el sur de la ciudad de México. Jaime pasó casi un año en la cárcel recibiendo las visitas de ”Pili” que le llevaba revistas de chismes de los “artistas” de televisión y diciéndole a quien lo quisiera escuchar que en cuanto saliera iba a retorcerle el pescuezo a sus hermanas con sus propias manos. Sin embargo, para cuando salió del CERESO de Zinapécuaro, Jaime ya tenía otros planes. Habló con la Nena y le explicó todo lo que había sufrido en la cárcel por una “injusticia” y que para apoyarlo después de ese trago amargo, lo único que podía hacer era escriturarle a él Tzintzimeo. Pero la hacienda es de tu papá, arguyó la Nena. Si pero está a tu nombre mamá, además nos la puedes escriturar a mi y a Alejandro, ya ves que él apenas da pie con bola y así solucionas dos asuntos de un jalón. Nada más te pido que no le vayas a decir nada a mi papá, ya ves que él no entiende y de todo se enoja… La Nena cayó redondita y escrituró Tzintzimeo a nombre de Jaime y Alejandro. Algunos meses después, Miguel se enteró de que Jaime había vendido Tzintzimeo por una bicoca a su viejo cómplice Luis Pérez. No lo podía creer. Consiguió una copia de la escritura de donación de la Nena a Jaime y Alejandro. Se había hecho ante un notario de Zacapu y firmado como testigo una tal Elpidia. Hasta entonces se enteró por qué “Pili” se negaba a que la llamaran Pilar… Miguel buscó a Alejandro para ver si por medio de él podía anular la escritura que Jaime había hecho a nombre de Luis Pérez ya que él no había firmado, pero Alejandro le dio largas a su papá y le habló a Jaime para decirle que lo estaban presionando. Jaime le dijo que no volviera a hablar con Miguel y le dio una bicoca de la bicoca que había obtenido por la venta de Tzintzimeo. Ahí acabó todo. Miguel se quedó con una gran frustración y la Nena se dedicó a hacer de cuenta que no había pasado nada. 114


Las cuatas comienzan a entrar en acción Para entonces, las cuatas habían agotado los fondos que habían obtenido por la venta del ganado y demás frutos de Tzintzimeo y no tenían para pagar la renta de su casa, así que empezaron a “apoyar” a su padre en la tramitación de nulidad de la venta de Tzintzimeo que no tenía futuro, pero aprovecharon para pedirle que las alojara en su casa de la calle de Jalapa. Miguel por supuesto, no tuvo corazón para decirles que no y, al poco tiempo, las cuatas se instalaron ahí con sus dos hijos invadiendo hasta la recámara de la Nena. Silvia quitó su taller de dibujo y Gustavo dejó de llevar a su familia a comer a la casa de sus padres. A los pocos meses, una mañana cuando Miguel entraba al elevador de su edificio de Reforma para dirigirse a su despacho, uno de sus inquilinos, el doctor Chardí, lo abordó para informarle que sus hijas habían ido a verlo para que les firmara un escrito en el que se afirmaba que Miguel era un enfermo mental y que era necesario recluirlo en un hospital psiquiátrico. Una vez en su despacho, Miguel recibió la visita de cuatro inquilinos más contándole la misma historia. A la hora de la comida, su amante, la “señora Enocque”, le dijo que sus hijas la habían cooptado en el estacionamiento del edificio para que firmara un escrito por medio del cual pretendían internarlo en un psiquiátrico para quedarse con sus bienes, ofreciéndole un dinero a ella. Miguel llegó por la tarde a la casa de Jalapa furioso. Con la primera que se topó fué con Anis y le reclamó por las actividades que realizaba en su edifico a sus espaldas. Anis se rió, lo insultó y le dio de empujones. Miguel sintió ganas de golpearla pero se contuvo, la hizo a un lado y se metió a su recámara, metió un par de mudas de ropa en la maletíta que se llevaba de fin de semana a Tzintzimeo, sacó su coche y se dirigió al edificio de la calle de Uruapan. 115


Serían casi las nueve de la noche cuando Silvia abrió la puerta de su departamento y se encontró a su padre, maleta en mano, pidiéndole asilo. Silvia le dijo que por supuesto, que era su edificio! Pasaron a la sala, Miguel pidió un whisky y le platicó a su hija lo que había pasado. Silvia le dijo que en lugar de salirse él de su casa debía echar fuera a las cuatas, pero lo vio tan deprimido que acabó por cerrar la boca e instalarlo en su recámara, para después ir a prepararse una cama en el sofá de la sala. A los pocos días, Silvia se dio cuenta de que la estancia de su padre en su casa iba para largo y no sabiendo que hacer decidió irse a Paris un mes y medio para practicar el francés que había estudiado durante un año en el IFAL. Como Miguel se la pasaba en el despacho, desayunaba y comía en algún restorán con “la Enocque” y podía llegar por la noche al departamento de Gustavo a convivir con él, su nuera y su nieta antes de subir a dormir a su casa, Silvia no se preocupó y se fue contenta a Paris. Cuando Silvia regresó, el departamento frente al suyo se había desocupado, así que contrató a una decoradora para instalar una cómoda estancia con sala, librero, televisión y comedor donde Miguel pudiera recibir a sus hijos y a sus nietos. Recontrató a Trini y al Güero que se habían marchado a sus respectivas casas porque no soportaban los desplantes de damas feudales de las cuatas y les acondicionó la recámara del departamento. Al poco tiempo se desocupó el departamento de arriba y Silvia compró muebles de recámara para que su padre se instalara, mandó a hacer un librero y se trajeron la biblioteca de Miguel de la casa de Jalapa. Así Gustavo, Silvia y Miguel tenían su propio espacio y uno neutral para convivir todos.

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****** Para entonces, Lurdes ya le había dado otro susto a Gustavo. Le había anunciado un nuevo embarazo. Gustavo volvió a hacer cuentas. Un ultrasonido les informó que venían dos bebés y Gustavo se angustió mucho. Pensó que iban a ser un par de niñas igual de prepotentes que sus hermanas las cuatas…Por fin otro ultrasonido detectó que uno de los bebés era varón, Gustavo se puso feliz y multiplicó sus números por dos. Las cuentas le salieron bien: si le alcanzaba, pero le faltaba espacio. Los departamentos del edificio de Uruapan eran amplios pero sólo tenían una recámara y ahora iban a ser cinco de familia. Miguel decidió obsequiarle a Gustavo el departamento de enfrente que se acababa de desocupar y así tuvieron una recámara más y un gran cuarto de juegos para los niños. El 7 de mayo de l99l, nacieron una bebé de mal genio y un bebé muy serio. Después de revisar listas y listas de nombres acabaron poniéndoles el de los padres: Gus y Lulú. La Nena ya no se alteró con este nuevo nacimiento fuera del matrimonio, ya estaba acostumbrada, así que recibió a sus nuevos nietos con gran alegría. Miqui, el primogénito, se había cansado de vivir solo en su casa de la calle de Dinamarca; además su amante había terminado con él. Ella le platicó que un hombre ya mayor y con fortuna le había pedido matrimonio, pero que si él por fin le cumplía casándose con ella, rechazaría la propuesta. Miqui le dijo que no podía dar ese paso, que tenía planeado que Bertita lo cuidara cuando fuera anciano y que no quería líos con sus hijos. Entonces la amante le dijo que ella deseaba una vida estable, que se casaría con su hombre otoñal y que no volvería a verlo. Miqui no lo podía creer… Acostumbrado a obtener lo que quería, jamás pensó que su amante lo pudiera dejar; pero después de unas cuan117


tas borracheras de desahogo se repuso, decidió dejar la casa de Dinamarca e irse a vivir al departamento de Polanco, propiedad de Bertita. Ella lo recibió con los brazos abiertos. Dijo que Miqui tenía unos detalles maravillosos: le había llevado un gran ramo de rosas rojas… La vida en el departamento de Polanco era ver las caricaturas en calzones por la mañana e invitar a los cuates a beber en las tardes-noches. Bertita lo atendía solícitamente y podía disfrutar a sus hijos Michi, Alejandra y Francisco. “Don Rober”, el encargado de la gasolinera, le llevaba a diario el dinero que se había juntado, más las botellas y cajetillas de cigarros que necesitara.

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El Punk Mas no todo en el hogar era tan plácido. Michi, su hijo mayor, no había terminado la secundaria y se había convertido en un muchacho bonito, con mucha labia e irresponsable que se la pasaba de reventón con sus cuates. A los veintitantos años, le dio un poco de vergüenza vivir sin oficio ni beneficio y decidió que se iba a dedicar, junto con su amigo Ricardo, a curtir y teñir pieles de pescado para elaborar ropa, bolsas y cinturones. Como no tenía ni quinto, se le ocurrió grillarse a su abuelo para obtener financiamiento. Ante la insistencia del nieto explicando el éxito que tendría su empresa, Miguel finalmente aceptó apoyarlo. Como Michi, a quien le decían Punk porque años atrás había adoptado esa moda de vestir, nunca había tenido una responsabilidad, acabó gastando gran parte del capital para el negocio en pachangas con su “socio” Ricardo y su producción fue muy poca, así que decidió pedirle otro “préstamo” al abuelo para “ahora si arrancar”. Miguel volvió a aceptar pero a pesar de que aumentó la producción, prácticamente nada se vendió, según el Punk porque no tenía un lugar adecuado para exhibir la mercancía; así que volvió a acudir a su abuelo para que le prestara un localito en el edificio de Reforma para “ahora si arrancar”. Miguel le adaptó el local y el Punk y Ricardo pusieron su boutique. A los pocos meses el Punk dijo que habían entrado a robar el local y le pidió al abuelo otro “préstamo” para “ahora si arrancar”. Miguel lo volvió a apoyar pero le dijo que era la última vez. Al poco tiempo volvieron a robar la boutique. En los pasillos del edificio se comentaba que habían sido autorobos y finalmente, ante la negativa de Miguel a seguir financiando el “negocio”, el Punk quitó la boutique y continuó su vida de junior como si nada. En el departamento de Bertita, sin embargo, la paz se había roto. El Punk empezó a tener roces cada vez más fuertes con 119


Francisco, su hermano menor. Francisco había terminado la prepa y estaba estudiando en la Ibero la carrera de historia. Era un muchacho retraído y muy formal, pero en cuanto veía al Punk olvidaba sus buenos modales. Miqui no se acongojaba por la violencia entre sus hijos y decía que ya les pasaría, que era normal, pero Bertita estaba angustiadísima viendo como se deterioraba la relación cada vez más hasta que llegaron a los golpes. Francisco le dijo a su madre que no soportaba que el Punk viviera bajo el mismo techo ya que había abusado de él cuando era niño. Bertita se quedó azorada e increpó al Punk, pero éste, por supuesto, negó todo. Le explicó a su mamá que Francisco estaba mal, que estaba alucinando y que lo mejor era irse de la casa, que su abuelo tenía un departamento vacío en el edificio de Uruapan y que, si ella lo ayudaba, su abuelo se lo podía prestar. Miguel no soportaba a Bertita desde una vez que ella se había plantado en su despacho exigiéndole que les entregara su herencia a sus hijos, así que decidió que era mejor hablar con Silvia, ya que sabía que ella quería mucho al Punk y era la consentida de su papá. Silvia no supo que pensar sobre la historia del abuso, no lo podía creer, pero era claro que el odio de Francisco hacia el Punk no era gratuito…De cualquier manera habló con Miguel y le pidió que acogiera a su nieto en el edificio de Uruapan pues ya estaba en edad de vivir solo, pero sin informarle de la verdadera causa. Miguel aceptó y el Punk se puso feliz; por fin tenía un espacio para él solo a donde podía invitar a sus amigos y…amigas. Además tenía a Trini para que le diera de comer y le lavara la ropa y todo gratis…! ****** Meses después, Mariana, la hija de Jaime y la primera Norma, que había terminado la prepa y estaba estudiando comunicación gracias a las colegiaturas que mes a mes le enviaba su 120


abuelo Miguel, habló con su tía Silvia y le dijo que ya no se sentía a gusto en Morelia y deseaba seguir estudiando en la ciudad de México. Silvia se lo platicó a su papá y éste aceptó que su nieta se viniera a vivir a otro departamento que se había desocupado en el edificio de Uruapan… ****** Para entonces, al edificio de Uruapan ya le llamaban “El Condominio Familiar”. El inmueble tenía seis pisos y dos departamentos por nivel. Los dos departamentos del primer piso los habitaban Gustavo y su familia. El segundo piso lo ocupaban Mariana y un inquilino que vivía solo. En el tercer piso estaba el departamento de Silvia y la sala de estar y cuarto de servicio de la familia. En el cuarto piso vivían el Punk y Miguel y en el quinto rentaba María Eugenia, una amiga de Silvia y el otro departamento lo ocupaba Paulina, la hija mayor de Miguel con Carmen Ramírez. Desde mediados de los ochenta Silvia le había pedido a Miguel que le presentara a sus medias hermanas, le había dicho que no quería conocerlas el día de su funeral. Miguel finalmente aceptó y la contactó con Claudia, la menor, con la que se llevó muy bien desde el principio. No se dio la misma química cuando Claudia le presentó a Paulina. Ésta tuvo el mal gusto de enseñarle a Silvia varias fotos de Miguel con Carmen Ramírez. A Silvia no le quedó más remedio que disculparse por no haber llevado las fotos del matrimonio de sus padres…Paulina había tenido un matrimonio fugaz del cual le quedó un hijo, David, al cual se llevó a medio vivir al departamento de Uruapan, ya que la mayor parte del tiempo la pasaban en la casa de Carmen Ramírez, por lo que en el “Condominio Familiar” casi no se notaba su presencia. En el sexto piso, había un pent-house en el cual tenía su leonera Becerril, el abogado de Miguel, quien lo ocupaba a cuenta de una iguala por sus servicios profesionales. 121


El amor filial de Las Cuatas a su madre Mientras tanto, la vida en la casa de la calle de Jalapa se tornaba cada vez más desagradable. Desde la llegada de las cuatas la familia había dejado de frecuentarla. Cuando Gustavo y Silvia querían ver a su mamá la invitaban a comer a algún restorán, Jaime y Alejandro vivían en provincia, Miqui le hablaba cada y cuando por teléfono y sólo un par de amigas de la Nena iban alguna vez de visita rápida. Las cuatas se dedicaban a hacerle la vida imposible a su madre con sus majaderías e inclusive al grado de interceptar el gasto semanal que le enviaba Miguel, diciéndole que ya se había desentendido de ella y pidiéndole sus joyas para empeñarlas porque no había nada para comer al día siguiente. Cuando la Nena se lo comentó a Silvia, ésta montó en cólera, le dijo que eran mentiras y habló con Miguel para que el mensajero que llevaba el dinero se lo diera a la Nena en propia mano. De cualquier manera la situación no cambió mucho pues las cuatas le quitaban el dinero a su madre en cuanto llegaba, aduciendo que ellas iban a hacer la compra y quejándose de que lo que les mandaba Miguel no alcanzaba para nada. Una noche en que la Nena se levantó al baño, se cayó y no pudo levantarse más. Tenía un dolor fuertísimo y gritó y gritó hasta que Roby, el hijo de Anis, la escuchó y fue a dar la voz de alarma. Las cuatas la jalaron, la sentaron en una silla y regresaron a su cama. Al día siguiente a las ocho de la mañana, Roby, muy asustado, le telefoneó a Silvia y le contó que su abuela se había caído y que no podía ni hablar del dolor. Silvia de inmediato pidió una ambulancia, le avisó a Miguel y se fue con su mamá al hospital. Descubrieron que la Nena tenía la cadera rota y hubo que operarla. Cuando Silvia les reprochó su comportamiento a las cuatas, éstas tan sólo dijeron que como no tenían dinero no 122


La Nena.

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podían hacer nada. Resultó que el pequeño Roby fue más sensato que su mamá y su tía… La convalecencia de la Nena fue larga. Estaba muy deprimida y no quería intentar caminar. Rechazaba la andadera pero ante la insistencia de Gustavo y Silvia, poco a poco comenzó a moverse. De cualquier manera su ánimo fue cayendo cada vez más, ya no le importaba si veía o no a sus otros hijos o nietos, ya no le interesaba que la visitaran sus amigas. Silvia le consiguió a un psicogeriatra, el doctor Resnikoff, al que a regañadientes recibió, pero con quien después quedó encantada. Las cuatas regañaban mucho a la Nena porque decían que estaba engordando como un cerdo, pero la realidad era que su estómago se inflamaba cada vez más. El doctor Resnikoff le recomendó a un médico, el doctor Ilgovsky, para que la fuera a ver a su casa y cuando Silvia se enteró de la próxima visita se quedó tranquila. A los dos días Silvia telefoneó a su mamá para darle las buenas noches y la escuchó muy mal, le dijo que llamara al médico pero la Nena le contestó que no era necesario y además era muy tarde. Pero mami, para eso están los doctores, están acostumbrados a atender a cualquier hora. No hija no vale la pena, además no tengo ganas…A Silvia le dio mucho miedo y pidió hablar con una de las cuatas, ésta le dijo que no se preocupara, que ya habían hablado con el doctor Echeverría, un contemporáneo y gran amigo de la Nena, y que la iría a ver al día siguiente a primera hora. De todos modos Silvia se quedó inquieta y al día siguiente a las nueve de la mañana estaba tocando el timbre de la casa de Jalapa. Le abrió Miqui y Silvia se quedó azorada. ¿Qué estás haciendo aquí? le espetó. Mi mami ya murió, musitó Miqui. ¡Como! ¿De que estás hablando? No seas tonto. No estoy para bromas. Mi mami ya murió, repitió Miqui. Era el 22 de febrero de l993… Silvia subió las escaleras como loca, corrió por el pasillo hasta la recámara de la Nena y la encontró 124


sobre su cama dormida, dormida para siempre…. En eso entraron las cuatas exigiéndole a Silvia que llamara al médico que le había recomendado a la Nena para que firmara el acta de defunción. ¡Pero si ustedes me dijeron que hoy temprano venía el doctor Echeverría a verla! Si, pero está de vacaciones y esto urge! ¿Y por qué no le hablan ustedes? Fue con ustedes con las que trató el día que vino. A mi déjenme en paz con mi mamá. Finalmente, el doctor Ilgovsky firmó el acta de defunción y asentó que la Nena había muerto de un paro cardiaco como todo el mundo. Inmediatamente Silvia se tuvo que mover para hacer los trámites del funeral y la incineración como un año antes lo había hecho cuando murió su abuela Carmen. Igual que entonces, Miguel le dijo que se hiciera cargo de todo; igual que entonces, sus hermanos se hicieron ojo de hormiga. Tres meses después, cuando Silvia sintió que había logrado digerir la muerte de su madre, le telefoneó al doctor Ilgovsky, para enterarse de la causa de la muerte de la Nena. Vaya, dijo el doctor, por fin me llama alguien de la familia. Sepa que los apoyo en la demanda contra el hospital Mosel. La negligencia médica debe ser sancionada. Pero, por qué doctor, explíqueme, le rogó Silvia. ¿De que murió mi mamá? Pues de un tumor en el estómago que estaba creciendo a gran velocidad. Yo les expliqué a sus hermanas, que por cierto son muy extrañas, que debían internar a su mamá de inmediato. La señora Ana me dijo que quería ir al hospital Mosel porque ahí estaba su gastroenterólogo, el doctor Echeverría, y yo estuve de acuerdo. Llamé a la casa al día siguiente para que me informaran de mi paciente y cuál va siendo mi sorpresa de que me contestara ella misma. Me fui inmediatamente a revisarla, hablé con las hijas y personalmente pedí la ambulancia para que la trasladaran al hospital Mosel. Ya me fui tranquilo hasta que, dos días después, me llamó una de sus hermanas para pedirme que firmara el acta de defunción. Le pre125


gunté que qué había pasado y me dijo que en el servicio de urgencias del Mosel no habían querido aceptar a la señora. Por eso insisto en que hay que presentar una demanda contra el hospital ¡Esto es inaudito! Silvia se quedó verdaderamente conmocionada. Sólo atinó a decirle al doctor que ya le llamaría para ponerse de acuerdo y colgó ¡Las cuatas habían mentido! No habían llevado a la Nena al hospital y el doctor Echeverría nunca les dijo que iría a verla, estaba de vacaciones… El testamento de la Nena ya era viejo. En él les dejaba la hacienda de Tzintzimeo a sus hijos Gustavo y Silvia, pero ya se la había donado en vida a sus hijos Alejandro y Jaime y la habían vendido. Sus bienes muebles y cosas personales se las dejaba a Miqui, a Silvia, a Alejandro y a Gustavo. Como Gustavo y Silvia quedaban como albaceas, mandaron a hacer el avaluó de los cuadros, muebles, vajillas, objetos decorativos y joyas. Las cuatas se pusieron como locas y perseguían al valuador por toda la casa gritándole que “nada valía nada”. Silvia repartió lo que les tocaba a cada uno de sus hermanos y la casa de Jalapa quedó saqueada. Las cuatas se quedaron viviendo ahí con sus hijos, con cuartos medio vacíos y las paredes pelonas. Miguel no dijo nada.

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Miguel.


La irrupción de La Portuguesa Poco después de la muerte de la Nena, Gustavo le pidió a Silvia que lo invitara a su departamento para platicar. Una vez instalados en la sala con un whisky cada uno, Gustavo le contó a su hermana que Miguel lo había obligado a firmar una acta de VISA en la que le dejaba el 49% de la empresa a “la Énocque” y a sus gentes, que no se había realizado asamblea de accionistas y que él se sentía comprometido y no sabía que hacer. Miguel tenía dos empresas, VISA y MICACO, constituidas en l973 y l975, a las cuales había aportado ocho y seis inmuebles respectivamente, para bajar la carga impositiva como persona física. En cada una de ellas, Miguel contaba con el 5l% de las acciones, las restantes las tenía repartidas entre todos sus hijos y secretarias y él mismo era el administrador general. En los diferentes momentos en que sus hijos pasaron por el despacho, Miguel puso a Jaime, después a Miqui y por último a Gustavo como administradores y asimismo iba sacando de accionistas a sus vástagos ingratos. Ya para l99l, tan sólo quedaban Gustavo, Silvia y las secretarias. En diciembre de l992, “la Énocque” se dedicó a presionar a Miguel con la letanía de TODO lo que hacía por él, que ella tan sólo contaba con las casas que Miguel le había comprado en La Herradura y en Puerto Vallarta, pero que dependía totalmente de él paras su manutención, la de sus cuatro hijos y sus viajes a Francia y Portugal, que necesitaba una seguridad en su vida…. Miguel finalmente aceptó poner el 49% de las acciones de VISA a nombre de “la Énocque”, su hijo mayor Frederic, un allegado de ella apellidado Mancera y un incondicional que ella tenía en la oficina de Miguel de nombre Juan Vargas. Lo único que desagradó a “la Énocque” fue que en el acta se ratificaba a Gustavo como administrador general. 128


Silvia se dio cuenta de las presiones que Gustavo tenía en el despacho y decidió ir a hablar con el notario, su primo Pancho Icaza. A regañadientes él le confirmó que lo que le había contado Gustavo era cierto y que él había retrazado lo más posible la protocolización del acta de VISA para darle a Miguel tiempo para reflexionar, pero que ya no podía más porque “la señora” le telefoneaba constantemente para que se apresurara. Entonces Silvia por fin se animó a hablar con su padre, pero éste le dijo que no se preocupara, que tan sólo le estaba dando en papel el 49% de ocho inmuebles y que con eso ella lo dejaría de molestar y que además en su testamento dejaba a Silvia como albacea y que sería prudente que comenzara a ir algunos días al despacho para que se fuera dando idea de cómo se llevaba la administración de inmuebles. Desde entonces Miguel se la pasó repitiéndole a Silvia: Vas a ver, hija, que relajo se va a armar cuando me muera y se soltaba una sonora carcajada; porque así como iba quitando a sus hijos de sus empresas, así también los iba sacando de su testamento. A Silvia no le quedó más remedio que cerrar la boca y empezar a acudir al despacho como ya antes todos sus hermanos habían hecho. A Gustavo le dio mucho gusto porque se sintió apoyado y comenzaron a trabajar en equipo. Asimismo, Silvia decidió ir a comer un día con Miguel y “la Énocque” para evitar que su padre siguiera sintiéndose como sandwich y porque más valía conocer al enemigo. Ivonne Albino Guerreiro resultó ser una mujer bastante fea, sobre todo en comparación con la Nena y con Carmen Ramírez y hablaba hasta por los codos. Miguel la dejaba armar su perorata. En esa sesión Silvia se enteró con pelos y señales de su vida en Portugal, de su matrimonio con el señor Énocque, el parto de sus dos hijos, su estancia en Indochina dando clases de francés y fungiendo como enfermera, la adopción de dos nativos, su viudez con cuatro hijos y su pasión por 129


hacer el bien a los demás desinteresadamente…Quedaban muchos cabos sueltos en su historia, pero era imposible intervenir en su monólogo. Silvia quedó agotada, pero Miguel se veía más relajado… La vida continuó tranquila en el “Condominio Familiar” y en el despacho, hasta que Silvia se enteró de que “la Énocque” pretendía llevarse a Miguel a Los Cabos a pasar las fiestas de fin de año. Era la primera navidad después de la muerte de la Nena y Silvia decidió no dejar sin familia a Miguel. Así que con todo y la muina de “la Énocque”, Silvia y su sobrina Mariana se integraron al viaje. El grupo estaba compuesto por Miguel, “la Énocque”, su hijo Fréderic, el tal Mancera que era su protegido y le prestaba servicios y una niña majadera que supuestamente le habían dejado en un moisés a la puerta de su casa y que las malas lenguas decían que era hija de Mancera. “La Énocque” reservó en un hotel para viejitos de San José, por lo que la noche siguiente Mariana y Silvia se fueron con Fréderic a oír música a un antro de San Lucas. Ahí Fréderic, que hasta entonces parecía mudo, se descosió y les contó a Mariana y a Silvia que no soportaba a su mamá, que lo había llevado a fuerza a ese viaje, que le molestaba deberle a Miguel “su generosidad”, que no había podido volver a dormir tranquilo desde que había descubierto el cuerpo de su papá ahorcado en una buardilla de París y que lo único que le interesaba era que lo dejaran en paz con su música. Después de eso no volvió a hablar durante todo el viaje. La noche de año nuevo, “la Énocque” sacó regalos para todos, a Mariana y a Silvia les regaló los perfumes más corrientes que pudo conseguir. Silvia para corresponder le compró una tarjeta de felicitación que tuvo el mal tino de firmar…A la mañana siguiente Silvia y Mariana fueron a buscar a Miguel para invitarlo a la playa. No estaba en el cuarto, ni en el restorán, ni en ningún lugar del hotel. Se preocuparon pues, aunque tenía buena salud, 130


Miguel ya contaba con 78 años. Hacia las seis de la tarde, Mariana y Silvia divisaron en la terraza de su cuarto a sus compañeros de viaje, todos tan quitados de la pena. Corrieron hacia allá y ante los cuestionamientos de Silvia, “la Énocque” sólo dijo que habían ido a San Lucas a dar la vuelta. Silvia la increpó por no haber avisado, Miguel estaba furioso porque le habían dicho que su hija y su nieta preferían quedarse en el hotel, Mancera arguyó que el sólo hacía lo que le mandaban y “la Énocque” se metió al cuarto. Miguel le gritó que saliera a dar la cara, pero ella se hizo rosca. Esa noche cada grupo cenó por su lado y al día siguiente salieron rumbo a la ciudad de México sin dirigirse la palabra… Un mes después, Silvia sintió un congelamiento en las relaciones con su padre. Sabía que algo pasaba pero no podía comprender qué. Un medio día en el despacho insistió en que hablaran. Miguel le dijo que si no podía entender lo que le pasaba, no había nada que decir. ¡Pero, papi, no puedo saber que pasa si tú no me enteras! Por toda respuesta, Miguel abrió un cajón de su escritorio y le aventó un montoncito de sobres. ¿Qué es ésto? Son tus cartas, léelas en mi presencia si tienes el estómago…Silvia abrió uno de los sobres y comenzó a leer horrorizada una carta mecanografiada que llevaba su firma al calce. Estos son párrafos extraídos de esas inmundas misivas supuestamente dirigidas a “la Énocque” por Silvia: Hola, puta francesa No quieres entender, verdad? Porqué vieja bruta y estupida, tu dime cuanto quieres para largarte y yo lo sacare al estupido y puto viejo. …y tu puto podrido que huele a mierda como tu, bañalo Es un viejo que huele a caca. 131


Hola!!! Puta asquerosa…. Como te va con ese mierda de viejo? ... de la calle te saco este viejo puto que no sierve para nada. Otro imbecil ridiculo que yo se manejar de pelos!!! …El te esta mentiendo. El sabe muy bien que te escribo pero se hace el loco ¿Cómo me va a decir algo? Yo me pongo al brinco. El dinero del puto viejo me hace estar a gusto con el… Como te trata el viejito. Que polillita te ha salido, verdad? …Yo ya tengo poco a poco la fortuna de mi padre, pobre viejo, que se muera el muy desgraciado. Yo voy a ser milionaria. …El viejo me ha dado poder para administrar y mandarte al carajo antes que ese cochino bruto, mierda se muera en pax… Fueron seis cartas de una cuartilla a renglón seguido y todas en ese tenor. Al final venía la firma de Silvia hecha con cuidado. ¡La misma de la tarjeta de felicitación de año nuevo! Silvia estaba asqueada. Tan sólo leyó los primeros párrafos de cada carta y las aventó sobre el escritorio. Le reclamó a su padre el creer que ella había escrito semejantes indecencias. Miguel le hizo notar que iban signadas por ella. Si papá, es mi firma, no lo entiendo, pero yo no escribí esta sarta de porquerías. Déjame llevárselas a un perito para que nos explique cómo se hizo ésto. Miguel se relajó, se sintió feliz. De alguna manera estaba esperando que su querida hija le dijera que todo eso era mentira. Abrió de nuevo su cajón del escritorio y sacó una carta que le había dirigido “la Enocque” de su puño y letra. Toma, le dijo, 132


creo que ésto puede servirte. El perito extendió un documento, estableciendo que en el caso de la firma se trataba de un fotomontaje de una original y que las faltas de sintaxis y ortografía eran las mismas en las misivas firmadas por Silvia y por Ivonne. Miguel le reclamó a su amante, pero desde luego ella negó todo. No importó, a Miguel no le cabía duda de quién había escrito esas epístolas. Sin embargo las misivas dejaron de llegar y “la Énocque” se volvió más solícita con Miguel. Al poco tiempo Silvia recibió una llamada telefónica de “la Énocque”: Te recuerdas el fin de semana que pasamos fuera tu papá y yo? ¡Pues nos casamos! ¡Ahora soy Ivonne de Icaza y que no se te olvide! Silvia se quedó helada y colgó. En cuanto Miguel llegó al “Condominio Familiar”, Silvia le pidió hablar a solas. Él le confirmó que había ido con “la Énocque” un par de días a San Diego y se habían casado. Pero, papi ¿Por qué lo hiciste? ¿Acaso piensas irte a vivir con ella? ¡Por supuesto que no! Contestó Miguel secamente. Entonces pregúntate qué pretende esa mujer. Está claro que mi dinero, hija pero lo que ella no sabe es que para que pudiera tener acceso a mis bienes, yo tendría que aportarlos al matrimonio y eso, desde luego, no lo hice. Así que en su momento, se va a llevar un palmo en la nariz! Por lo pronto está muy contenta y va a dejar de molestarme. Así que déjalo así. Definitivamente, Miguel nunca aprendió a decir no… ****** A principios de l994, Alejandra, la segunda hija de Miqui, comenzó a hacer los preparativos para su boda. Ella, a diferencia del Punk, su hermano mayor, había estudiado la prepa, había terminado la carrera de Ciencias de la Comunicación, estaba trabajando en una empresa y no andaba molestando al abuelo con “préstamos”. Su novio era un muchacho honesto, simpático y trabajador y hacían una linda pareja. 133


Miqui, a quien le encantaban los escudos y los títulos de nobleza, se empeñó en que la boda fuera en Buenavista, la hacienda que su tito Paco le había encargado administrar y a la que Miqui iba los fines de semana a montar a caballo y a pagar la raya. El tito Paco nunca se había casado, decidió no separarse de su madre, doña Carmen. En una de sus casas tenía a su amante, Noemí, de la cual adoptó a sus dos hijos, Norma y Pancho, poniéndoles nada más sus apellidos, Icaza Contreras, como buen padre soltero. Le gustaba invitar a familiares y amigos a Buenavista, donde también se dedicaba a pintar grandes lienzos e incluso murales en la capilla de la hacienda. Su pintura era oscura, expresiva y con muy buena técnica, pero para los negocios era pésimo. Desde siempre había dejado la administración de los inmuebles que Miguel le donó en manos de éste y después al arbitrio de su querido sobrino Miqui, al igual que Buenavista. Como Miqui se sentía señor feudal al igual que su tito, no se ocupaba del cultivo de las tierras que daba en aparcería o de plano las dejaba baldías. Fue por ahí de l993, cuando Miqui en un arranque de “justicia”, para quedar bien con su tito al que procuraba copiar en todo, entró a sacar a punta de pistola, a unos campesinos que se habían metido a cultivar tierras baldías pertenecientes a la hacienda; llegó la policía y se llevó a Miqui a la prisión de Almoloyita. El Punk fue a pedirle ayuda al abuelo, aduciendo que el tito Paco no quería saber nada del asunto. Miguel ya se había distanciado de Miqui, pero consideró que de cualquier manera era su hijo y no podía dejarlo en la cárcel, así que pagó abogados y en un par de semanas Miqui obtuvo su orden de libertad. Bertita, que se la había pasado compungidísima, mandó temprano al Punk a recoger a su papá, pues le había preparado una espléndida comida, con invitados y todo, para recibirlo; pero resultó que Miqui, con lo amiguero que era, ya tenía una invitación para festejar con excompañeros de Almoloyita y 134


llegó, con todo y su hijo, de madrugada a la casa de Bertita de donde los comensales ya se habían retirado... En abril de l994, se efectuó en Buenavista la boda de Alejandra y su novio Arturo. Se casaron en la capillita de la hacienda y el banquete fue en el jardín. Fue una gran fiesta como en los viejos tiempos de Buenavista, aunque Bertita siempre dijo que prefería que la boda se hubiera hecho en un jardín de Cuernavaca que les daba más caché… Al poco tiempo Norma, la hija mayor del tito Paco, comenzó a auditar la administración de la hacienda y se dió cuenta que no contaba con el mínimo mantenimiento, que había estructuras que de plano se estaban desfondando y que las tierras estaban apenas aprovechadas. Norma le sugirió a su padre que despidiera a Miqui y la dejara a ella llevar la administración y reiniciar el florecimiento de Buenavista con el apoyo de su marido, Armando Bejarano, que tenía suficiente capital para remodelar el casco de la hacienda y meter animales a las caballerizas y corrales abandonados.

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Para Miqui fue un golpe durísimo. Su vida y su ideología estaban atadas a Buenavista y a su tío. Siempre te lo dije, Miqui, le espetó Bertita, el tito Paco le va a dejar la hacienda a la tal Norma. ¿De qué te sirvió andar de lambiscón tanto tiempo….? ****** Mientras tanto la vida seguía aparentemente tranquila en el “Condominio Familiar”. Los días hábiles de la semana, después de hacer yoga durante una hora, Miguel se iba a desayunar a VIPS con “la Énocque”, después se iba a atender su despacho, comía en El Parador con “la Énocque”, volvía un par de horas a su despacho y a más tardar, a las siete y media de la noche regresaba al “Condominio Familiar” a convivir con Gustavo, sus hijos, Mariana, el Punk, Silvia y las visitas que llegaran. Platicaban, revisaban libros de arte o de historia, escuchaban música o veían “Los Intocables” en la televisión. Los sábados, Miguel los invitaba a desayunar a Sanborns, les compraba juguetes a sus nietos pequeños, al medio día iban a Elizondo o al Globo a comprar bocadillos y después comían las suculentas comidas que preparaba Trini. Los domingos, después de ver el futbol, Miguel invitaba a su familia a comer al centro, para después recorrer algunas calles y contarles historias acerca de los edificios por los que pasaban o ir a algún museo. Además, Miguel, preocupado desde que la Nena se había caído en la casa de Jalapa y no la habían auxiliado inmediatamente, había contratado a una cuidadora por las noches que dormía en la sala de su departamento y lo atendía en cualquier cosa que se le ofreciera. La cuidadora se llamaba Elizabeth, tenía unos treinta años y era de carácter alegre y afable. Se llevaba de maravilla con Trini y con los hijos y nietos de Miguel.

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El Loco. Los hermanos se unen El lunes l4 de noviembre de l994, alrededor de las once de la noche, Trini entró con su llave al departamento de Silvia, quien se encontraba en su cama viendo la televisión. ¿Qué haces aquí a estas horas, Trini? Le preguntó Silvia asombrada. Trini pelaba sus ojitos y apenas podía hablar: ¡Se me metieron al departamento Alejandro y Anis! No se quién los dejo entrar al edificio, pero a mí se me metieron al departamento que estaba sin llave. Anis me ordenó que le abriera la puerta de la casa de usted, pero yo le dije que yo no tenía llave y que si quería que ella le tocara a usted, pero no me hizo caso y se soltó hable y hable y a decirme cosas horribles de su papá, que estaba loco y que ya ni sabía lo que hacía. En eso Alejandro que se mete hasta adentro y arrancó el cable del teléfono y Anis daba vueltas por afuera y se acercaba a la puerta de su casa de usted, pero nada que tocaba. Y yo no sabía que hacer, si seguir a Alejandro o a Anis, pero de repente me dijeron adiós Trini y se salieron como si nada. A mí me dio mucho miedo, pero al poco tiempo me armé de valor y subí al departamento de don Miguel, a ver si no se le habían querido meter también a él y que me lo encuentro todo a oscuras y no había nada de don Miguel ni de Elizabeth. Al salir me encontré con Jaime que venía pa'fuera del departamento del Punk y me dijo buenas noches y a mi me dió más miedo y que me bajo volada y que me le meto a usted pa'decirle que no se qué, pero algo muy feo esta pasando… Silvia no daba crédito a sus oídos, sentía que la sangre se le agolpaba en el cerebro pensando lo peor. Salió corriendo en pillama a tocar al departamento del Punk. Ahí estaban su sobrino, Jaime, Anis y Miqui tomando la copa y departiendo alegremente a pesar de que se odiaban. La saludaron muy cordiales pero Silvia les gritó ¡¿Dónde está mi papá?! Tranquilízate hermanita, contestó 137


Anis. Tu querido papi está en un lugar apartado de aquí en donde lo van a tener muy bien cuidado. Jaime, el Punk y Miqui se rieron… ¡¿Dónde está?! volvió a gritar Silvia. Eso no te lo podemos decir pero, ven, cálmate, siéntate a charlar con nosotros, tus hermanos… Percatándose de que no había posibilidad de sacarles ninguna información, Silvia salió, dio un portazo y se refugió en su departamento tratando de aclarar su mente. A los pocos minutos tocaron a su puerta y miró por el ojillo. Era Anis. Silvia le abrió esperanzada de obtener alguna señal sobre el paradero de su padre. Detrás de su hermana entró Jaime. Anis le dijo a Silvia que su papá estaba mal, que se había vuelto contra sus propios hijos porque “la Énocque” lo manejaba como se le daba la gana. Silvia comenzó a argüir que ellos mismos se lo habían buscado atacando a su padre de diferentes maneras, pero en eso Jaime le dijo a Anis: ¡ya está! y se salieron sin decir una palabra más. A pesar de su estado de angustia, Silvia reparó en que su bolsa de mano ya no estaba en el sillón de la sala en el que la había dejado…, respiró profundo, trató de pensar con claridad y decidió telefonear a un siquiatra, conocido suyo, que sabía de las relaciones violentas al interior de su familia. Daniel, mis hermanos se llevaron a mi papá y no me quieren decir en dónde lo tienen. Deben haberlo internado en un siquiátrico, contestó Daniel. El clásico en que aceptan internamientos involuntarios es el San Rafael. Apunta el teléfono que te voy a dictar y llama inmediatamente, preguntas sí a tu papá lo ingresaron ahí y pides hablar con su médico tratante. A éste le dices que hay familiares que no están de acuerdo con su internamiento y que vas a presentar una demanda contra la clínica. Como ya han tenido varios problemas graves de este tipo, es probable que dejen a tu papá en libertad. ¡Inténtalo! Silvia llamó de inmediato al San Rafael. Le comunicaron que acababan de internar a Miguel Icaza y ella, siguiendo las instruc138


ciones de Daniel, pidió hablar con el médico tratante. Varios minutos después escuchó por el auricular una voz que le dijo: soy el licenciado Julio Chávez Montes, abogado de tus hermanos. Tu papá está bien, se encuentra en buenas manos. ¡Quiero hablar con su médico! gritó Silvia. No te preocupes, contestó Chávez Montes con voz aterciopelada, en este momento salgo para tu casa y te explico todo ¡Y colgó…! Silvia volvió a llamar al siquiátrico pero le dijeron que el médico responsable de Miguel Icaza no se encontraba en la clínica. Silvia, entonces, se puso a llamar por teléfono para cancelar sus tarjetas de crédito. Ya antes Miqui había falsificado su firma en notas de gasolina… Acto seguido, se lavó la cara llorosa, se vistió y al poco tiempo tocó a su puerta el tal Chávez Montes. El abogado de sus hermanos era un tipo alto, algo pasado de peso, con los ojos desorbitados y hablaba tratando de atarantar al interlocutor: “Don Miguel”, tu señor padre, ha incurrido en delitos corporativos graves y si no se le internaba en un hospital siquiatrico corría el peligro de ir a dar a la cárcel, lo cual sería una desgracia dada la importancia social y la avanzada edad de “Don Miguel”. Hasta llevamos a su cuidadora con nosotros a la clínica para que diera fe de que tu padre se encuentra en buenas manos. Yo se que tú eres una mujercita muy inteligente, Silvia, y me entiendes perfectamente. No tengo duda de tí, pero debes ayudarme a convencer al necio de tu hermano Gustavo de que firme las diligencias de jurisdicción voluntaria para obtener la interdicción de “Don Miguel” a fin de salvaguardar su derecho a la libertad. Después de escuchar semejante perorata, a Silvia le quedó claro que el tal Chávez Montes era un oportunista arrastrado y que no valía la pena ni hablar con él. Le dijo que hablaría con su hermano menor y que se verían al día siguiente en el despacho de su padre para firmar lo que fuera. Chávez Montes se fue muy orondo de su labia al departamento del Punk a rendir su parte de 139


actividades a sus clientes y Silvia llamó a Elizabeth, quien se encontraba en el cuarto de Trini, después de que el “abogado” la había traído de regreso, para que le platicara lo que había presenciado. ¡Ay, señora Silvia, lo que ha pasado es espantoso! comenzó a contar Elizabeth con los ojos enrojecidos y la voz entrecortada. Después de que Don Miguel ya se había metido a la cama, tocó la puerta el Punk, le abrí y detrás de él se metieron unos señores. Mira, te presento a mi papá y a mi tío Jaime, me dijo su sobrino. Este señor es un doctor y estos dos son enfermeros. Y se metió derechito al cuarto de su papá y yo muy asustada de ver a tanto desconocido, ahí voy detrás de él. Que se empina sobre don Miguel, lo agarra de las manos y le dice: lo siento, abuelo, es por tu bien. Don Miguel le gritó: suéltame, ¿Qué te pasa? Y en eso entra el que el Punk dijo que se llamaba Jaime y sujeta a don Miguel de los pies, los enfermeros lo jalaron de sus brazos y el médico lo trató de inyectar, pero como don Miguel se movía mucho no pudo, así que los enfermeros lo doblaron por la espalda y ahí lo inyectaron. Entonces yo me salí y dije que le iba a avisar a usted, pero el Chávez Montes me atajó a la salida de la recámara y el papá del Punk me enseñó la pistola que traía fajada en la cintura, así que mejor me regresé y ví como amarraban a Don Miguel en una camilla. Como empezó a gritar le pusieron una cinta adhesiva en la boca y lo levantaron para sacarlo. A mi me dijeron: te vas a tu casa o te vienes con nosotros para que veas que tan sólo lo estamos llevando a un hospital para que lo atiendan bien. Pero si no tiene nada, dije yo, y me contestaron: tú que vas a saber si no eres más que una simple cuidadora ¿Vienes o te quedas? Y decidí ír para después venirle a avisar a usted a donde se lo habían llevado. Los enfermeros bajaron a don Miguel por las escaleras y lo metieron a una ambulancia que estaba escondida hasta la vuelta de la cuadra. Se subieron una señora a la que le decían 140


Carmela, un tal Alejandro y yo. A medio camino don Miguel empezó a despertar del efecto de la inyección que le pusieron, le arranqué la cinta adhesiva de la boca y empezó a preguntar que a dónde lo llevaban y que dónde estaban sus hijos Gustavo y Silvia. Por fin llegamos con don Miguel amarrado, en pillama y medio inconciente a un hospital allá por Tlalpan. Ya cuando lo pasaron por la puerta de ingresos, ya no me dejaron entrar y me quedé afuera viendo como la tal Carmela firmaba papeles y papeles. El Chávez Montes también llegó por aparte, y entraba y salía por todos lados, hasta que me dijo: voy al edificio de Uruapan, ¿Quieres un aventón? Y yo le dije que si porque ya me urgía venirle a contar a usted todo lo que había pasado. En eso entró Trini y dijo que el departamento de don Miguel estaba todo saqueado: ¡Ya se llevaron sus camisas, sus calcetines de “cachmir”, su cartera, sus llaves y hasta el cristo de marfil que le regaló su madrina! Silvia mandó a Elizabeth a dormir con Trini y les dijo que ya verían qué hacer por la mañana, se metió a la cama a tratar de dormir las pocas horas que le quedaban y a las ocho de la mañana ya estaba hablando con Gustavo. Los dos quedaron de acuerdo en que lo más conveniente era telefonear a su primo el notario Pancho Icaza para que les recomendara a un abogado. Pancho quedó conmocionado ¡Por lo visto, exclamó, a cualquier persona mayor la pueden encerrar en un siquiátrico! Contactó a sus primos con unos abogados penalistas quienes, después de enterarse del caso, los remitieron con un civilista de nombre Jaime Ortiz, quien en adelante sería su abogado patrono. Chávez Montes llegó esa mañana al despacho de Miguel luciendo su mejor sonrisa. Sacó un bonche de papeles de los cuales seleccionó dos hojas que les mostró a Gustavo y a Silvia, señalándoles donde debían firmar. Ellos se negaron y Chávez Montes se puso casi violeta. Les aventó una copia que ya iba firmada por las cuatas, Jaime, Alejandro y Miqui, salió dando zancadas y azotó la puerta. 141


El licenciado Jaime Ortiz, a quien Gustavo y Silvia decidieron llamar simplemente J.O., les explicó en qué consistía el famoso documento: se trata de unas diligencias de jurisdicción voluntaria por medio de las cuales, los hijos que firman intentan la interdicción de don Miguel, esto significa declararlo incapaz de manejar su vida, pero sobre todo sus bienes, asegurándolos por medio de un tutor y un curador que el juez nombra para que los administren. Ahora lo que hay que hacer es presentarnos de inmediato ante el juzgado de lo familiar que lleva el caso. “Su Señoría” era un inmenso gordo de cabeza pequeña y de nombre Fortunato, que los recibió tartamudeando. Le habían dicho que TODOS los hijos del presunto interdicto estaban de acuerdo y ahora resultaba que aparecían otros tres que estaban en contra… Les dijo que no se preocuparan, que apenas se habían acordado los nombramientos provisionales de tutriz a Carmela y de curador a Miqui y que por lo pronto, no tenían facultades para disponer de la persona de don Miguel. ¡Pues ya lo hicieron! le gritó Silvia, y ahora mi padre se encuentra encerrado en la Clínica Siquiatrica San Rafael. Bueno, arguyó el juez, pero a mi sus hermanos me presentaron un dictamen médico en el que se indica que Don Miguel no está en uso de sus facultades mentales e incluso físicas…¡Patrañas! respondió Silvia, la única afección que padece mi padre es una arritmia cardiaca para la cual toma tratamiento y de la cual nada saben mis hermanos mayores, ya que hace años que no lo ven, y temo que, por la violencia con que lo sacaron de su domicilio, se pudo haber agravado. Es claro que en el siquiátrico tampoco saben que mi papá tiene esa afección, por lo que el tratamiento debe estar suspendido. ¡Corre peligro la vida de mi padre y la responsabilidad es de usted! Entonces, “Su Señoría” ya no supo que decir, por lo que su secretario de acuerdos, quien era notoriamente más inteligente que su superior, le sugirió que dictara una orden de traslado de don Miguel a un 142


hospital que pudiera atenderlo de su problema cardiaco y que ahí mismo se le practicaran estudios sicológicos y neurológicos para presentarlos en el juicio de interdicción, para el caso de que los otros hermanos decidieran continuar con él. Gustavo y Silvia abandonaron el juzgado con la promesa de la inmediata tramitación de la orden de traslado de su padre al Hospital Ángeles. Esa misma tarde, junto con Mariana, se presentaron en el San Rafael exigiendo que les permitieran ver al señor Miguel Icaza, pero el personal de la Clínica les dijo que el señor tenía prohibidas las visitas y que el único que podía autorizarlas era su médico tratante quien, por el momento, no se encontraba… Al día siguiente, a las nueve de la mañana, por fin dejaron entrar a Gustavo y a Silvia a ver a su padre, acompañados de “su médico”, un tal Claudio de la Cueva, y dos enfermeros. Los condujeron a un gran cuarto en el sótano que parecía sala de recuperación, donde se encontraba Miguel, en una de las camas, mirando al techo. Silvia se abalanzó sobre él y lo empezó a llamar: papi, papi, aquí estamos Gustavo y yo. Miguel volteó la cabeza, totalmente desorientado, sin reconocer a sus hijos. No te preocupes, le dijo Silvia al oído, te vamos a llevar de aquí. Si, si, ya vámonos, balbuceó Miguel. ¡Sáquenme de aquí! Entonces, a una orden del doctor de la Cueva, los enfermeros tomaron a Silvia por los brazos y la arrastraron afuera. Usted también salga, le gritó el doctor a Gustavo, ¡Están alterando al paciente! Silvia y Gustavo se quedaron muy preocupados ¿Por qué estaba su padre semiinconsciente en una cama? ¿Qué le habían hecho? Tiempo después se enterarían, revisando el expediente de la clínica, que Carmela había firmado una autorización para que le dieran choques eléctricos… Ese mismo día, una de las secretarias de Miguel, les avisó a Gustavo y a Silvia que sus hermanos, su sobrino y un prepotente de apellido Chávez Montes, habían tomado posesión del despacho, enar143


bolando, Carmela y Miqui, sus nombramientos de tutriz y curador provisionales: ¿Son válidos? ¿Qué hacemos? No son machos pero son muchos. A nosotras la verdad nos da miedo enfrentarlos. Nadie supo en qué momento las cuatas y Jaime, quienes se habían jurado odio eterno, comenzaron a establecer relaciones cordiales, uniéndose en su mutuo rencor contra Miguel, el padre que los había dejado desamparados y pretendía despojarlos de la herencia que les había dejado su abuelo… Buscaron a Alejandro y a Miqui y se quejaron de que Miguel no les daba ni quinto a ninguno a pesar de que apenas estaban entre los cuarenta y los cincuenta y cinco años de edad. A las cuatas las había dejado a su suerte en una casa vieja en la calle de Jalapa, Miqui no contaba más que con una gasolinera en una esquina de la colonia Roma, Jaime y Alejandro habían tenido que vender Tzintzimeo para sobrevivir y ahora tenían que poner a trabajar a sus mujeres para poder pagar la renta de unas casuchas en el interior del país y al pobre Punk, Miguel lo había dejado en un departamentito y sin dinero cuando ¡apenas estaba por cumplir los treinta años!. Convencido de que ejercía su derecho, el selecto grupo se instaló en el despacho, dándose ínfulas de grandes empresarios. Siempre habían opinado que Miguel se pasaba de buena gente con sus inquilinos y sus trabajadores, así que decidieron poner orden. De aquí en adelante todo cambiaría, así que empezaron a pedir cuentas y contratos de arrendamiento a las secretarias y a dar órdenes a diestra y siniestra a los empleados de mantenimiento. Gustavo y Silvia les pidieron prudencia a los trabajadores de Miguel, que estaban furiosos porque hasta Chávez Montes les tronaba los dedos, y que aguantaran mientras lograban sacar a su padre del siquiátrico y se definía su situación jurídica. Gustavo y Silvia, habían intentado un par de veces más, entrar al San Rafael a ver a su padre; sin embargo todo había sido 144


inútil. Pero, por fin, el l8 de noviembre al medio día, cuatro días después del secuestro, el juez Fortunato, entregó la orden de traslado de Miguel al hospital Ángeles. Por la tarde se presentaron nuevamente Gustavo, Silvia, el abogado J.O., una ambulancia y un cardiólogo para llevarse a Miguel. El doctor Rosales, jefe de admisión, se negó arguyendo que por su enfermedad mental, el señor Icaza no podía abandonar la clínica y que además, el doctor de la Cueva, que era el único que podía autorizar la salida, no estaba. En eso llegó el “médico”, vestido de etiqueta, al lado de su esposa y otros invitados que acudían a una ceremonia en la capilla del San Rafael. Silvia lo interceptó mostrando la orden del juez y él, de pésimo humor, tuvo que atenderla. Se negó rotundamente a la liberación de Miguel y el abogado J.O. lo obligó a ir a la agencia del Ministerio Público de Tlalpan por desacato a una orden judicial. Ya en la agencia, el doctor de la Cueva dijo que no se podía trasladar a su paciente al Ángeles porque allí no tenían pabellón psiquiátrico. Silvia le espetó que su padre no era un enfermo mental y que en el San Rafael no tenían cardiólogo. De la Cueva dijo que de cualquier manera él no autorizaba la salida y que en todo caso pagaría la multa que le impusieran por el desacato a la orden del juez. Silvia, Gustavo y el abogado J.O. se quedaron con el agente del Ministerio Público para tramitar que él entrara a la Clínica San Rafael, acompañado de un perito siquiatra. Al día siguiente se presentaron en el San Rafael pero el personal les negó la entrada. Salieron muy molestos, pero regresaron ese mismo día por la noche y, a las cero cero horas, en el cambio de turno, lograron colarse. Despertaron al señor Icaza y el perito siquiatra, después de examinarlo, determinó que estaba en perfecto uso de sus facultades mentales. A continuación, el agente del Ministerio Público lo interrogó y Miguel declaró: me encuentro en este lugar en contra de mi voluntad. Mi nieto y mis hijos me trajeron aquí para quedarse con mis negocios. 145


Al día siguiente por la tarde, el agente del Ministerio Público le entregó al licenciado J.O. un documento que asentaba que el señor Miguel Icaza se encontraba sano mentalmente y era libre de salir de la institución siquiátrica, con lo que el abogado, Gustavo y Silvia se presentaron de nueva cuenta en el San Rafael exigiendo la salida inmediata de Miguel. El jefe de admisión, el tal Rosales, dijo que él sólo trataba con la tutriz del señor Icaza y su abogado y volvió a negar la liberación del “paciente”, ante lo cual el licenciado J.O., Gustavo y Silvia regresaron a la agencia de Tlalpan a levantar una denuncia de hechos contra quien resultase responsable por la privación ilegal de la libertad del señor Miguel Icaza Contreras. Acto seguido, un reportero del periódico Reforma decidió publicar la historia. Al día siguiente Silvia fue a declarar ante el agente del Ministerio Público, pero era fundamental la presentación de Elizabeth, la cuidadora de Miguel, que había sido testigo presencial del secuestro e internamiento en el siquiátrico; así que Paulina se fue a tratar de localizar su domicilio y por fin llegaron a la agencia de Tlalpan a las once de la noche, hora en que Elizabeth rindió su declaración. Al día siguiente, 25 de noviembre, once días después del plagio de Miguel, el juez Fortunato obsequió una nueva orden de traslado del señor Icaza al hospital Ángeles, instruyendo a su secretario de acuerdos y al agente del Ministerio Público adscrito al juzgado, a estar presentes en la diligencia ante la Clínica San Rafael. Al “doctor” Rosales no le quedó más remedio que autorizar la salida del “paciente”. Se abrió la puerta que daba a los pabellones y Paulina y Silvia vieron salir a su padre casi corriendo por el pasillo. Silvia se abalanzó sobre él, lo abrazó y se le salieron las lágrimas. Llevaba casi dos semanas desvelada y mal comiendo, sin poder parar de imaginar lo que estaría sufriendo su padre incomunicado en un siquiátrico. Ya, ya, hija. ¡Vámonos rápido de aquí! Le dijo Miguel jalándola de la mano… El “doctor” Rosales interceptó a Gustavo a la salida para intentar co146


brarle el adeudo por la estancia de Miguel en la clínica. ¡Cóbrele a la tutriz! le espetó Gustavo, fue con ella con la que hizo sus sucios tratos. Como a las cinco de la tarde, llegaron al hospital Ángeles del Pedregal y pidieron una suite. Miguel no se merecía menos después de sus aciagos días de encierro. Ya instalados, su padre narró a sus hijos los detalles de su paso por el San Rafael: ¡Era aburridísimo! No había nada que hacer. Los pacientes deambulaban drogados por los pasillos del hospital y no había con quien hablar. Me decían que no tenía autorizadas visitas, pero que mi hija Carmen estaba al pendiente de mí. ¡Imagínense! Sí fue la que me metió en esa inmunda clínica…Encima me había autorizado un peso diario para gastar en la tiendita. Si quería humillarme, no me importó; lo único que vendían ahí era refrescos y chatarra que a mí no me gustan. Me hice amigo de uno de los cuidadores y le ofrecí dinero para ayudarme a escapar pero me dijo que era dificilísimo. Mi única distracción era el sicólogo. Al principio me ponía a hacer sumas y restas, pero cuando le enseñé a sacar raíces cuadradas me dejó en paz; ya después sólo platicábamos, pero eso era unicamente una hora al día. Como no me permitían ni hablar por teléfono, no estaba seguro si ustedes también estaban de acuerdo con sus hermanos. De hecho, hoy, cuando me dijeron que ahí estaban mis dos hijas que venían por mi, pensé que eran las cuatas!. Pero me dije, no importa, primero salgo de aquí y después ya veremos…. De cualquier manera, siempre busqué la forma de mantenerme en forma: hacia mi yoga, comía bien y nunca me tragué las píldoras que me daban, las escondía debajo de la lengua y luego las escupía. Nunca perdí la esperanza de salir, aunque no sabía cuánto tiempo me mantendrían encerrado… Lo que más me molestaba eran las visitas de un tal doctor de la Cueva, ese era siquiatra y quería convencerme de que yo estaba mal, que ni siquiera me daba cuenta 147


de que estaba loco, que mis hijos me habían internado ahí porque estaban preocupados por mi salud mental, pero que me querían mucho, que mis argumentos de que se querían quedar con mi dinero eran delirios paranóicos y que yo me comportaba muy agresivo. ¿Y que se esperaba usted?, le decía yo, a nadie le gusta que lo encierren. Entonces me decía que yo no tenía conciencia de mi enfermedad. En fin, que con ese tipo de plano no se podía dialogar… Y así siguió Miguel hablando y hablando, tenía mucha necesidad de desahogarse! Esa noche, Silvia se quedó en el hospital y mientras su padre dormía con una sonrisa serena, ella se puso a leer el expediente médico que había exigido al salir de la Clínica San Rafael. He aquí algunos extractos: La historia clínica comienza el l5 de noviembre a las 00:42 horas: FUENTE DE INFORMACION. Indirecta, proporcionada por dos de los hijos del paciente y por el abogado de la familia….PADECIMIENTO ACTUAL. Al parecer inicia su problemática hace dos años, a raíz de la muerte de su esposa, tornándose irritable, Esta irritabilidad ha ido en aumento hasta volverse, el paciente, con ideación paranoide, argumentando que sus hijos lo querían robar. Al parecer de algunos meses a la fecha, el paciente ha firmado cheques en blanco, ha falsificado documentos físcales y ha incurrido en fraudes notariales, al parecer sin beneficio propio y motivado por “algunas personas”…pero siempre hostil e irritable, litigante con sus familiares…EM: paciente en estado de alerta, desorientado en tiempo y lugar, bien orientado en persona. En malas condiciones de higiene y aliño. Atención y concentración alteradas. No cooperador al interrogatorio y EF, se le observa suspicaz. Lenguaje emitido en tono y volumen elevado, perseverante, 148


repetitivo, negativista…Presenta ideación de daño y perjuicio “el que me trajo es uno que me quiere hacer daño…me las va a pagar… me quiere ver muerto.” No hay conciencia de enfermedad. ¿Cómo esperaban que llegara y reaccionara Miguel a esas horas, después de haber sido sacado de su cama en pillama, drogado, amarrado, amordazado, encerrado e interrogado por siquiatras suspicaces?. Ese mismo día más tarde el doctor de la Cueva realiza el: EXAMEN MENTAL. Paciente masculino de ochenta años, bien en higiene y aliño…suspicaz, afecto irritable con baja tolerancia a la frustración, responde con agresividad cuando se le intenta explicar el motivo de su estancia en esta clínica, su lenguaje es coherente, emitido en tono y volumen alto, el contenido del pensamiento gira en torno a que se le dé de alta de la clínica que se le permita llamar por teléfono, así como a agredir a sus familiares y al personal de la clínica “si usted no me deja salir… lo voy a hacer a usted y a la clínica un basurero…además lo publicaré en el periódico, a esos desgraciados de mis hijo los voy a meter a la cárcel.” Nula conciencia de enfermedad. IDx.-PB CUADRO DEMENCIAL DESC.TRASTORNO DELIRANTE PARANOIDE Hasta el l7 de noviembre aparece una nota de evolución firmada por el doctor de la Cueva: El paciente se muestra agresivo verbalmente hacia su médico tratante, solicitando le sea permitido hacer una llamada a su oficina, no permite el diálogo puesto que refuta 149


toda explicación e indicación hecha, perseverante en cuanto a solicitar su salida de la clínica argumentando que él no tiene nada y que solo fue un contubernio de sus hijos. Nula conciencia de enfermedad. Las subsecuentes notas de evolución son en el mismo tenor, quejándose de que el “paciente” no coopera en los interrogatorios, que no se da cuenta de su enfermedad mental, se niega a que le hagan estudios argumentando que se encuentra bien y que “existe la muy alta posibilidad de un cuadro demencial…” Aunque ha sido larga esta transcripción de la historia clínica de Miguel en el San Rafael, era necesaria para ilustrar cómo algunos siquiatras diagnostican a sus “pacientes”… En lugar de por lo menos sopesar la posibilidad de que el sujeto esté diciendo la verdad, dan por cierto lo que alegan los familiares que lo internan contra su voluntad, lo incomunican, tratan de convencerlo de que sufre una grave enfermedad mental y sus argumentos los reducen a delirios paranoides!. También, dentro del expediente de la clínica San Rafael, venía una fotocopia de la “impresión médico clínica” que un médico general, llamado Genaro Rivera de los Reyes, les entregó a los hijos mayores de Miguel para que la exhibieran ante un juez y así justificar su internamiento en un siquiátrico. Se transcriben aquí algunos fragmentos: Octubre 26 de l994 Señores Icaza Artigas …Se aprecia el paciente senil de 80 años de edad, con palidez generalizada, mal estado general, confuso. Insuficiencia respiratoria al parecer pulmonar. …El paciente no es cooperativo al examen médico…con conductas que reflejan regresión en su personalidad con períodos de amnesia y delirios paranóicos… 150


…Es muy probable que la insuficiencia respiratoria crónica, con disnea, tan manifiesta, estén agravando rápidamente un cuadro de insuficiencia circulatoria cerebral, que refleja las anomalías conductuales que presenta crecientemente… …Clínicamente y en vista de los antecedentes médicos que ustedes me han referido…recomiendo y prescribo su internación hospitalaria a la brevedad posible… Silvia quedó atónita. Estaba indignada y asqueada por todo lo que acababa de leer. Los “médicos” del San Rafael distorsionaban lo que su padre decía, volviéndolo en su contra para que coincidiera con un diagnóstico preestablecido y el tal Genaro Rivera de los Reyes, era evidente que jamás había siquiera conocido a Miguel… Al día siguiente, Miguel recibió varias visitas en su suite del Hospital Ángeles, entre ellas la de sus queridas secretarias para informarle de los últimos sucesos en su oficina y del estado que guardaban sus negocios. Miguel se puso furioso. Dijo que a las cuatas las iba a sacar de inmediato de la casa de Jalapa, a Miqui le iba a quitar la gasolinera y a todos los iba a mandar a la cárcel! Ahorita no pienses en eso papi, le dijo Silvia, por el momento nos tenemos que quedar aquí unos días para que te hagan exámenes de todo. Tienes razón hija, contestó Miguel, pero por lo pronto vámos a dar la vuelta, quiero ver la ciudad y manejar mi coche, quiero sentirme libre! Después ya veremos a dónde se me antoja ir a comer…. Los días subsecuentes, a Miguel le realizaron exámenes sicológicos, siquiátricos y neurológicos, en todos los cuales se estableció que estaba en perfecto uso de sus facultades mentales. Sólo el cardiólogo estaba preocupado y decidió realizarle un cateterismo, para filmar lo que ocurría en su sistema circulatorio, el 28 de noviembre por la noche. 151


A pesar de la invasión a su cuerpo, al día siguiente a las nueve y media de la mañana, Miguel llegó en una patrulla, -no se fuera a escapar-, al juzgado Primero de lo Familiar, a rendir su declaración. “Su Señoria” Fortunato, que todavía no estaba muy convencido de que el señor Icaza no estuviera tocado, le preguntó si sabía en que año vivía y quién era el presidente de México. Miguel contestó con elocuentes carcajadas y Fortunato, más relajado, le tomó su declaración. Miguel narró su secuestro e incomunicación por once días dentro del siquiátrico y le pidió al juez que sacara a sus hijos mayores de su oficina, pero esto no se pudo realizar hasta después del 5 de diciembre cuando se acordó la suspensión provisional del juicio de interdicción de Miguel, gracias al amparo que días antes había promovido el licenciado J.O. En el resultado del cateterismo se estableció que Miguel tenía la coronaria obstruida en un 85% y que debía someterse, a la brevedad posible, a una cirugía de corazón llamada revascularización. Entonces Miguel decidió ya libre y con amparo en mano, tomarse unos días antes de la operación. Su problema fue que no tenía un domicilio para instalarse. No podía regresar al edificio de Uruapan ya que ahí se había metido, al departamento que ocupaba el Punk, también Jaime, y las cuatas, Miqui, Alejandro y su “abogado” tenían acceso libre. Podían volver a agredirlo si regresaba ahí. Ya Trini se había quejado de que una noche en que se emborracharon le gritaban por la ventana, de un piso a otro, que saliera para matarla. Así las cosas, Miguel decidió, pedir asilo a Carmen Ramírez por sugerencia de su hija Paulina. A Gustavo y a Silvia no les hizo mucha gracia la elección de su padre, pero tuvieron que estar de acuerdo en que era lo más práctico. Carmen Ramírez se portó muy solícita con Miguel y lo atendió como gran señor, a pesar de que estaba muy resentida con él por su relación con “la Énocque”. Por cierto, la portuguesa se había presentado una vez en el hospital Ángeles para ver a Miguel, pero Silvia se enfureció, le 152


espetó que no había hecho nada por su padre mientras se encontraba recluido en el siquiátrico a pesar de ostentarse como su esposa, que se fuera y que los dejara en paz. A Miguel no le quedó más remedio que despedirla, pero de vez en cuando le telefoneaba para informarle que estaba bien. Los días en casa de la Ramírez pasaron cordial y rápidamente y el l2 de diciembre, Miguel volvió a internarse en el hospital Ángeles para que al día siguiente le practicaran su cirugía de corazón. Sus hijos menores se turnaban para pasar con él el día y atender a los visitantes, y Elizabeth, la cuidadora, se quedaba con él por las noches. Tenían que estar al pendiente ya que las cuatas no cejaban en su intento de meterse al cuarto de Miguel e, incluso, tuvieron que poner un guardia en la puerta. Semana y media después, lo dieron de alta y decidió volver a instalarse en la casa de Carmen Ramírez, mientras sacaba al Punk y a sus hijos del edificio de Uruapan. Como era fin de año, los juzgados estaban de vacaciones y no se podía hacer mayor cosa… El 30 de diciembre en la madrugada, Paulina telefoneó a Silvia y le comunicó que Miguel estaba muy grave, que sus piernas se estaban poniendo azules, que estaba perdiendo la conciencia y que no sabía que hacer. Silvia le gritó que pidiera una ambulancia y que Gustavo y ella iban para allá. Llegaron a urgencias del hospital Ángeles a las cinco de la mañana; a las seis y media les avisaron que Miguel ya había muerto. El médico explicó que el deceso había sido ocasionado por fibrilación ventricular y cardiopatía isquémica. A Silvia esto no le dijo nada, se soltó llorando y Gustavo la abrazó muy fuerte: no te preocupes hermana, vete a la casa a descansar. Yo me encargo de todo. Cuando Silvia y Mariana llegaron a la funeraria, ya estaban Carmen Ramírez, su hija Claudia y las secretarias de Miguel, después llegaron los amigos y parientes a los que se alcanzó a avisar. Hacia las seis de la tarde, 153


le dijeron a Silvia que ya se iban a llevar el cuerpo de Miguel a incinerar y que se necesitaban testigos de la familia. No te preocupes hermana, yo me encargo de todo –volvió a decir Gustavo, tú vete con Mariana a la casa. Poco después de las nueve de la noche, llegó Gustavo lívido al departamento de Silvia con la urna que contenía las cenizas de su padre: ya pasó todo hermana, dame un whisky y después me voy a dormir. Gustavo se metió a la cocina a prepararse su bebida, pero como tardaba en salir, Silvia entró a llamarlo y lo encontró en el fregadero vomitando sangre: Hermano ¿Qué te pasa? le gritó Silvia aterrorizada ¡Te tengo que llevar a un hospital! ¿A cuál quieres ir? Al Mosel, musitó Gustavo, ahí está el doctor Echeverría, el médico de mi mamá. Hacia las diez de la noche llegaron al departamento de urgencias. Internaron a Gustavo inmediatamente y le dijeron a Silvia que se fuera, que lo iban a poner en terapia intensiva y ahí ella no podía entrar. Gustavo se dejó besar por su hermana y le dijo que se fuera a dormir, que al día siguiente tenía mucho que hacer y que él estaría bien. Silvia salió del hospital como autómata… Al día siguiente, a primera hora, Mariana y Silvia fueron a ver a Gustavo, les dijeron que seguía en terapia intensiva y que su médico aún no llegaba. Se fueron al templo de San Agustín a la misa en memoria de Miguel y a depositar sus cenizas en la cripta junto a las de la abuela Carmen y las de la Nena. De ahí Silvia salió de nuevo hacia el hospital Mosel y pasó de inmediato a entrevistarse con el doctor Echeverría, quien resultó que no era Eduardo sino su hijo Jorge Luis, unos veinte años más joven. A Silvia le inspiró confianza, pero no le dio esperanzas: la panemdoscopía que realicé a su hermano revela várices esofágicas sangrantes, ahora se encuentra en choque y ya procedimos a intubarlo y pasarle una sonda para intentar detener la hemorragia ¿Su hermano bebía? Si doctor, mucho, contestó Silvia. Mi 154


hermano Jaime se lo llevaba desde los trece años a las cantinas y lo obligaba a beber para demostrar su hombría…Ya más grande, había adquirido el hábito y no pudo quitárselo ¿Usted no puede hacer nada?. Él es un hombre de firmes valores y muy generoso. Apenas tiene treinta y seis años…Lo siento, dijo el médico, pero su estado es muy grave. Vaya a terapia intensiva y diga que yo la autoricé a entrar. Tal vez no vuelva a verlo con vida. Silvia corrió a ver a su hermano, lo abrazó, lo besó y le rogó que no la abandonara. A los pocos minutos llegó un médico y la retiró. Su hermano ya falleció, le dijo suavemente, no tiene caso que permanezca aquí. Silvia tuvo que reaccionar y dedicarse a hacer los trámites de la funeraria, la incineración y una nueva misa en San Agustín ahora en memoria de su hermano. Sus cenizas fueron depositadas al lado de las de su abuela y de sus padres. Los tres hijos de Gustavo junto con su madre se habían ido de vacaciones de fin de año y no se habían enterado de nada. Lurdes llegó a increpar a Mariana y a Silvia porque no le habían informado de la muerte de Gustavo, pero ellas no tenían a dónde localizarla. Lurdes decidió decirles a sus hijos que su abuelo y su padre se habían ido de viaje a Europa por tiempo indefinido...

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Epílogo Unos cinco días después del fúnebre Año Nuevo, Silvia por fin se sintió con ánimos de comunicarse con su primo el notario Pancho Icaza para informarle de la muerte de su padre. Él le aconsejó que abriera el testamento en el juzgado, ya que lo más seguro era que sus hermanos mayores intentaran impugnarlo. El último testamento de Miguel establecía que todos sus bienes se repartieran en partes iguales entre tres herederos: Gustavo, Silvia y Paulina y dejaba dos legados: un inmueble en el Eje Central para sus nietos que no tenían la culpa de lo que habían hecho sus padres y las acciones que poseía en VISA para “la Énocque”.Se fijó el 7 de febrero de l995 para la audiencia de apertura de testamento en el juzgado 2l de lo Familiar. Parecía romería, aparte de los involucrados que de por si eran muchos, se presentaron también los hijos mayores de Miguel y todo mundo llevaba a sus abogados. Se declararon herederos universales a Silvia, a Paulina y a la sucesión intestamentaria de Gustavo y se reconoció la calidad de legatarios del Punk, Alejandra, Francisco, Mariana, Carlos, Adriana, César y Roby y de Ivonne Albino Guerreiro. Silvia aceptó el cargo de albacea y aparentemente todos se fueron muy contentos… ****** Desde principios de enero, Silvia había comenzado a ir de nuevo al despacho de su padre y gracias a la ayuda de sus secretarias Eva, Elena y Cecilia, estaba comenzando a ordenar el caos en que habían dejado la oficina sus hermanos mayores, cuando a mediados de febrero, días después de la apertura del testamento, se enteró de que estaba denunciada por homicidio y fraude. En la denuncia de homicidio, sus hermanos mayores acusaban a Silvia de haberse coludido con Gustavo para asesinar a 156


Miguel y quedarse con sus bienes y que, inmediatamente después, Silvia había asesinado también a Gustavo para acrecentar su fortuna. En este plan macabro obviamente involucraron a los médicos que habían atendido a Miguel y a Gustavo. El licenciado J.O. pidió la historia clínica de Miguel en el hospital Ángeles, en la cual su cardiólogo, el doctor Guillermo Hamdan, demostró la necesidad de su cirugía de corazón y dijo que su deceso fue ocasionado por “una muerte súbita, inesperada, cuyo origen pudiera ser múltiple y cualquier intento de explicación sería necesariamente una elucubración”. Pero que sin embargo, “con el conocimiento global y preciso del caso clínico…es muy posible que se haya tratado de una tromboembolia pulmonar masiva generada en una trombosis de las venas de las piernas.” Asimismo, el doctor Jorge Luis Echeverría asentó que la muerte de Gustavo se había ocasionado por várices esofágicas sangrantes cuya hemorragia no pudo ser detenida. Con ésto quedó claro que Silvia no tuvo intervención en ninguna de las muertes y la averiguación, a pesar de los obstáculos puestos por peritos pagados por los hijos mayores de Miguel, acabó por irse a la reserva por falta de elementos, poco más de dos años después. Mientras tanto Silvia tenía que encargarse de sus funciones como albacea. Por un lado, para cumplir con el testamento de su padre, había realizado una asamblea con los accionistas de VISA, reconociendo las acciones que Miguel le había legado a “la Énocque” y entregándole la administración de la empresa con contratos y contabilidad. Por otro lado, como no querían tener nada que ver con ella, Mariana, Silvia y Lurdes desocuparon sus departamentos en el edificio de Uruapan que pertenecía a VISA, en los primeros meses de l995. “La Énocque” instaló sus oficinas ahí y decidió disputarse el mando y el espacio con el Punk y Jaime. A Silvia ya eso le tenía sin cuidado; ya había cumplido con la voluntad de su padre… Al mismo tiempo, Silvia había entablado relación con varios abogados penalistas para continuar con la averiguación por el 157


plagio de su padre, pero ninguno de ellos le daba garantías de llevar a cabo la consignación de los secuestradores; incluso, un tal Marco Tulio Ruiz, recomendado por Paulina, le pedía mordidas de cien mil pesos para el agente del ministerio público que llevaba la averiguación. Así las cosas, Silvia decidió llevar sus asuntos penales también con el licenciado J.O. aunque fuera civilista, pero su empeño, su calidad moral y su profesionalismo, lo hacían idóneo para el caso. La averiguación previa por fraude y asociación delictuosa tuvo mayores implicaciones que la de homicidio. En ella, Miqui acusaba a sus hermanos Gustavo y Silvia de haberse coludido con Miguel para despojarlo a él y a sus otros hermanos, de sus acciones en la empresa MICACO. En cuanto a VISA, también denunciaban a “la Énocque” de haberse apropiado de sus acciones. Una vez que se llevó por todas sus kafkianas etapas la indagatoria, el 28 de octubre de l997, el juez tercero de lo penal, obsequió la orden de aprehensión en contra de Silvia, girándole el oficio correspondiente a la policía judicial. Afortunadamente, el licenciado J.O. se enteró a tiempo y le ordenó a Silvia no salir de su domicilio y ese mismo día, promovió juicio de amparo en contra de la orden de aprehensión librada. Así el 5 de noviembre, Silvia se presentó a declarar, con su suspensión provisional en mano, en el juzgado penal ubicado en el reclusorio norte. A pesar de las pruebas ofrecidas por Silvia para demostrar su inocencia, el 11 de noviembre, la secretaria de acuerdos del juzgado le notificó el auto de formal prisión. ¿Va a apelar? Le preguntó la secretaria con sonrisa irónica. ¡Por supuesto! le contestó “la indiciada” alzando la voz. Días después, Silvia tuvo que visitar el reclusorio norte para que la ficharan y le hicieran exámenes criminológicos y sicológicos. Las audiencias que siguieron fueron multitudinarias y maratónicas. Se presentaban los hijos mayores de Miguel con ex-empleados de la oficina como testigos y Silvia con amigos y 158


Eva, Elena y Cecilia, las secretarias, que valientemente dieron sus testimonios. Mientras los interrogatorios y careos seguían su curso, a Silvia le otorgaron la suspensión definitiva en contra de su orden de aprehensión, pero tenía que estar yendo al Juzgado de Distrito, ubicado en el reclusorio Oriente, una vez por semana para firmar y garantizar que no había salido del país. Por fin, hasta el 9 de marzo de l998, la Octava Sala de lo penal, dictó resolución decretando la inmediata y absoluta libertad de Silvia por prescripción del delito de fraude específico por simulación. Mientras tanto, se llevaba también otro juicio. Medio año después de la muerte de Miguel, el 29 de junio de l995, le notificaron a Silvia el juicio de incapacidad para heredar en contra de ella, Paulina, el finado Gustavo para afectar a sus hijos y Mariana, entablado por Miqui, las cuatas, Alejandro y Jaime, el padre de Mariana. Se basaban en un artículo del Código Civil del Distrito Federal que establece que serán declarados incapaces para heredar quienes hubieren hecho una acusación penal en contra de ascendientes o descendientes del autor de la sucesión, a menos que ésta hubiera sido para salvaguardar su honra o su vida. En ella, los hijos mayores de Miguel demostraban la existencia de una denuncia contra quien resultara responsable por el secuestro de Miguel involucrándolos a ellos, al Punk, al “abogado” Julio Chávez Montes y a los “médicos” de la Clínica San Rafael; pero también quedaba claro que esta denuncia se había presentado para salvar la vida y la honra del autor del testamento que se había convertido en botín. También aludían a la publicación de la historia del secuestro de Miguel en el periódico Reforma donde aparecían los nombres de Paulina, Gustavo, Silvia y Mariana. Se recurrió a todas las instancias, hubo recursos de apelación y juicios de amparo hasta que, por fin, el 8 de diciembre de l999, se declaró infundada la acción de pérdida de la capacidad para heredar. Durante estos cinco años, a partir de la muerte de Miguel y de Gustavo, Silvia se dedicó, aparte de atender la averiguación por 159


homicidio, los juicios de fraude y de incapacidad para heredar y darle seguimiento a los vericuetos por los que se movía la indagatoria por el secuestro de su padre, a administrar las propiedades que había dejado en su testamento, lo cual, por si hiciera falta, también conllevaba juicios de arrendamiento. En esa época Silvia pensaba que de haber sabido lo que le depararía la vida, hubiera estudiado derecho en lugar de economía. Su idea era vender los inmuebles a la brevedad posible para repartir el importe obtenido entre los herederos y terminar con su cargo de albacea. Una vez terminado el juicio de incapacidad para heredar, Silvia comenzó a hacer los preparativos para sacar a los inquilinos de las propiedades de Miguel y poder ofrecerlos en venta. Solamente logró vender uno pues se volvió a paralizar la sucesión de su padre por un nuevo juicio: en 2002, Ivonne Albino Guerreiro viuda de Icaza, demandó al albacea de la sucesión de su “finado marido”, el 50% de todos los productos que hubieran sido generados por sus inmuebles, alegando que éste no le había participado de nada cuando aún vivía… “La Énocque” se inconformó con la sentencia de primera instancia y se fue a la apelación y luego al amparo. Los juicios duraron dos años y finalmente se absolvió a Silvia de las prestaciones reclamadas por la “viuda de Icaza”. Inmediatamente después, “la Énocque” promovió juicio de petición de herencia. Ahora pretendía el 50% de todos los bienes que había dejado Miguel en su testamento. Aparentemente, Miqui, Jaime, las cuatas y Alejandro, le habían quitado mediante triquiñuelas legaloides el legado de las acciones de VISA que le había dejado Miguel en su testamento y ahora trataba de sacarle lo que pudiera a Silvia. Finalmente, una vez agotada la secuela procedimental, en octubre de 2005, “la Énocque” perdió también ese juicio. Por otro lado, la averiguación previa por el delito de privación ilegal de la libertad de Miguel por fin desembocó en sendas orde160


nes de aprehensión en contra de Miqui, las cuatas, Jaime, Alejandro, el Punk y Julio Chávez Montes. A finales de 2002, los judiciales se llevaron a las cuatas al reclusorio Oriente, donde purgaron una sentencia de tres años. Miqui fue aprehendido tiempo después y obtuvo la misma condena. Faltan de cumplimentarse las órdenes de aprehensión en contra de Jaime, Alejandro, el Punk y su abogado. A ver cuándo se les da la gana a los judiciales ejecutarlas… Mientras tanto Silvia logró vender las propiedades que dejó Miguel en herencia, repartió los importes entre los herederos, terminó con su cargo de albacea y escribió esta reivindicación de su padre. La voluntad de Miguel fue cumplida y la manzana de la discordia ya no existe. A menos que a los hijos mayores de Miguel se les ocurra iniciar una nueva demanda por la publicación de este librito…

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Índice PRÓLOGO

0''7

La boda La vida conyugal Los hijos La abuela Don Francisco Los abuelos Los nietos de don Francisco El despacho El inicio de las hazañas de Jaime La nueva administración en Tzintzimeo Miqui saca el cobre Alejandro sigue los pasos de Jaime El retorno del hijo pródigo Las cuatas comienzan a entrar en acción El Punk El amor filial de Las Cuatas a su madre La irrupción de La Portuguesa El Loco. Los hermanos se unen Epílogo

011 022 038 051 053 057 062 076 090 096 102 106 112 115 119 122 128 137 156

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HISTORIA DE UNA HERENCIA Se imprimieron 500 ejemplares, más sobrantes para reposición. Junio de 2007 Impreso en México sobre papel reciclado.

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HISTORIA DE UNA HERENCIA Don Miguel Icaza, en compañía de la autora

He aquí la historia real de una familia que en principio es la de Silvia; pero que, sin embargo, pudiera parecerse a la de usted. El lector podrá hallar las eventuales similitudes. Pero sobre todo es la historia de una herencia que llega ser blanco de ambición desmedida por parte de algunos de sus integrantes; llegando incluso al secuestro, en el que se ven involucrados desde abogados hasta una clínica siquiátrica. Perversas e inexplicables expresiones de la naturaleza humana que hieren a otros, lastiman la memoria histórica y conducen a una catástrofe familiar que impacta a la sociedad.


HISTORIA DE UNA HERENCIA