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DISCURSO NÚMERO 5 Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro, alzo hoy la voz a la mitad del foro, a la manera del tenor que imita la gutural modulación del bajo para cortar a la epopeya un gajo. R. L. Velarde.

H. AYUNTAMIENTO; Respetable auditorio: Año tras año, con reverencia mística, acudimos al altar de la patria para volcar las ánforas fragantes de nuestros sentimientos patrióticos; año tras año llegamos a agitar el incensario de nuestras gratitudes, ante al remembranza grandiosa de la legión triunfal de paladines, que fertilizó con la savia de sus venas las praderas de nuestras liberaciones, proyectando la gama luminosa de sus virtudes en las palpitaciones del alma inmensa de la raza. Año tras año debemos llegar ante nuestros héroes a depositar la confesión sincera de lo que hayamos hecho para enaltecer el nombre de México y fortalecer nuestros propósitos para escribirlo con gotas de sol en las excelsitudes de la fama, pues que solo así podremos justificar el sonoroso epíteto de mexicanos. Dentro de los ciento treinta y tres años de vida independiente, nuestro país ha pasado por períodos de agitación, provocados por el ideal de alcanzar una justicia distributiva y el mejoramiento colectivo de las masas rurales; pero el período de convulsión más notable es el iniciado en 1910, porque marca una nueva etapa en nuestra vida, salpicada de mirajes bellísimos que han impresionado hondamente a todas las naciones del orbe. La última revolución trajo entre sus banderas el ideal educativo; el ideal de la tierra para los proletarios campesinos; el ideal de una


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justicia más equitativa y humana para el pueblo y el ideal, en suma, de la reivindicación de los derechos del aborigen como ser racional, equiparado a todos los demás hijos de México. La revolución es buena, es noble y es santa. ¡Bendita revolución de 1910 porque en la frente del humilde del campo y del taller imprimió el beso fragante de la justicia y del derecho! Es inconcuso, señores, que el más alto de los ideales que la Revolución tremoló entre sus banderas, fue el educativo, el espiritual, porque no hay duda que cualquier otro postulado tendrá que subordinarse a éste que es fundamental para la transformación de los pueblos, pues ninguna otra conquista podrá fincarse en la conciencia del hombre, si antes no se le prepara espiritualmente. Muy bien que se dé tierras a los campesinos, que los salvará de la miseria en que han vivido por luengos años; bien que se reivindique la justicia para el proletariado, pero más bien aún, que se ilustre al campesino, para que no siga siendo víctima de sus explotadores que le han arrebatado de las manos todo lo que poseía de más preciado para él: su trabajo, sus tierras, sus afectos y hasta su misma vida. Por eso en la mente de cada uno de los remadores de la nave nacional debe reverberar el pensamiento de que solo la escuela y únicamente la escuela da la fuerza espiritual que lleva a los pueblos a encontrar la fórmula para procurarse el bienestar social, aspiración suprema de la humanidad. La labor de integración nacional que se está llevando a cabo por los gobiernos surgidos de la revolución es urgentísima, y a ella debemos cooperar todos los hombres que llevamos el peso de una responsabilidad y que podemos sentir que a nuestros pechos los caldea el patriotismo, ante el esplendor de las alboradas conmemorativas que perfilan un nuevo panorama de nacionalismo libertario.


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De ninguna manera debemos seguir permitiendo que a nuestro México lo formen grupos desconectados, que circunscriben su mundo al poblado pequeño enclavado en el picacho de la serranía o en el pliegue de la montaña. Queremos que México sea un país fuertemente integrado y solo lo conseguiremos creando y fortificando los vínculos espirituales que hacen poderosos a los pueblos: la homogeneidad en las costumbres, la uniformidad en la lengua y finalmente la comunión de los ideales; solo así habremos creado la verdadera alma nacional. Los pueblos que no han sufrido, son pueblos sin historia. México ha pasado por un doloroso historial para llenar páginas en donde palpitan ansias de renovación y que constituyen a la vez una brecha luminosa de experiencias para otros pueblos que sienten la inquietud propia de afianzar ideales nuevos para dar el acorde universal. Ha pasado la lucha armada; el fragor de la metralla se ha trasmutado por el himno al trabajo, a la paz y a la reconstrucción. ¡Reconstruyamos! Este es el vocablo armonioso que vibra en el ambiente nacional. Traduzcamos nuestros sentimientos patrióticos en la realidad hermosa que entraña esta palabra y que por su significación actual debe inscribirse no solo en la conciencia de los servidores públicos,

son también en el pensamiento de los

representativos de las fuerzas vivas de la nación, para poder decirles a los demás pueblos de la tierra: así hacemos patria los mexicanos. Azúcar de Matamoros: en nombre de tus viejas historias que forman el pedestal de tus prestigios, permíteme que en esta fecha tan significativa te consagre mi pensamiento para dejar caer sobre tus hijos las pálidas corolas de mi prosa como la ofrenda más íntima de la confraternidad.


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Es ahora depositario de tus destinos un hijo legítimo; ha dejado pendiente la plomada, porque quiere demostrarte que su honradez es tan recta como la línea que describe; lleva inscrita en su conciencia la palabra “reconstrucción” y ya se advierten pulsaciones de este ideal nacional para que tu seas un pueblo que merecidamente escales el peldaño vanguardista dentro del orden económico-social. Mediante los esfuerzos concatenados de las administraciones, ya puedes prender en el chal de tus tardes domingueras arpegios musicales; ya cuentas con un grupo filarmónico, que te expresa en el incomparable lenguaje de las hadas su propósito de trasladar tu nombre al pentagrama de su eterna admiración. C. Presidente Municipal: en vuestro criterio de hombre público está fincado el porvenir del pueblo, llevando enarbolada la adarga del deber, cual caballero del ideal reconstructivo, quiero veros ascender al pedestal reservado para los buenos gobernantes, con la frente diademaza de relámpagos cuyo numen de amor y ley sea en obras de fe viva. ______________________________________________ ------------------------------------------------------------

discurso 5  
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