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LA VIDA COTIDIANA DE LAS MUJERES COLONIALES A TRAVÉS DE LA CRÓNICA DE JAIME BALTASAR MARTÍNEZ COMPAÑÓN*.

Rocí o de l a Nogal Fernández Itzi ar Lado Universidad Autónoma de Madrid

Este trabajo tiene como finalidad acercarnos, desde la perspectiva de género, a la vida cotidiana de las mujeres coloniales del siglo XVIII.

Hombres y Mujeres han sido y son agentes y sujetos del proceso histórico; no obstante, las mujeres han sido ignoradas por una historia pensada en universal cuando en realidad era una historia escrita por y para los hombres que omitía a la otra mitad de la humanidad. Esta historia responde a un modelo patriarcal de la sociedad, en el que los factores sociales y culturales, y no naturales o biológicos, son los que identifican a la Mujer con la Naturaleza/Pasión y al Hombre con la Razón1. Así, la mujer es definida exclusivamente como madre y esposa y caracterizada como un ser débil dominado por los sentimientos y las emociones, justificándose de esta manera su relegación al ámbito de lo privado bajo la tutela y la protección del varón. La legislación confirmará esta debilidad asignando a la mujer un papel de menor de edad, siendo la Ley de las Siete Partidas y las Leyes de Toro el marco legal, también en las Indias, que regule esta subordinación.

Pero si bien ese era el modelo que la sociedad, la cultura y las leyes refrendaban, la realidad se encargaba de mostrar la ruptura del mismo. En este trabajo nos referiremos a la presencia de las mujeres, no en el ámbito privado, sino en los espacios públicos donde su presencia ha sido ignorada por la historiografía tradicional. Nos centraremos en varios ámbitos: matrimonio, actividades económicas, juegos, fiestas..., continuando el orden seguido por Martínez Compañón .

La adjudicación de diferentes espacios, y de roles identificados con éstos, a mujeres y hombres articula las relaciones que se establecen entre unas y otros; es el Género, como categoría de análisis histórico, el que permite analizar estos roles que, por ser culturales, son susceptibles de ser modificados. Escribir la historia desde una perspectiva de género, que incluya a hombres y a mujeres y las relaciones entre ambos, implica releer los textos ya estudiados y buscar fuentes alternativas que nos permitan sacar a la luz la historia ignorada de las mujeres. Por eso conviene hacer una relectura de fuentes tradicionales como la legislación, documentación eclesiástica, notarial..., y acudir a nuevas fuentes como la prensa, la literatura costumbrista, los grabados de la época, diarios y cartas, descripciones de cronistas... . El objetivo final es comenzar a considerar que las mujeres pudieron estar presentes en todos aquellos lugares y acontecimientos donde las fuentes no nos dicen expresamente que no estuvieran2.


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La obra gráfica de Martínez Compañón, Historia natural, civil y moral de Trujillo, ofrece una excelente oportunidad de conocer a través de las imágenes una realidad no expresada por el discurso patriarcal. La obra es una recopilación de láminas, en total 1.411 dibujos, reunida en nueve volúmenes, en un principio pensada para acompañar a una historia escrita del obispado de Trujillo3; a pesar de esta afirmación la controversia historiográfica sobre la existencia o no del texto persiste4 . Los dibujos fueron realizados durante la visita pastoral que el obispo Martínez Compañón realizó en su diócesis entre Junio de 1782 y Marzo de 1785. Su visita respondía a un plan concreto de reformas5 que se incluye en el contexto reformista del siglo XVIII. Daniel Restrepo supone que Compañón bebió de este ambiente ilustrado durante su presencia en la corte como canónigo doctoral del Colegio de San Bartolomé en Salamanca.

Sea como fuere la Historia natural, civil y moral... responde, entre otros aspectos, a dos reales cédulas que en 1776, cuatro años antes de que Compañón asumiese su cargo como Obispo de Trujillo, fueron expedidas por la Corona para los obispos de Indias. En ellas se ordenaba enviar a la Península de forma íntegra todo lo acontecido en las visitas pastorales, así como distintas medidas para la formación de un Gabinete de Historia Natural. Estas instrucciones reflejan la nueva mentalidad ilustrada: las visitas pastorales no se limitarán al control de la vida de sus diocesanos sino que, empujadas por el espíritu de las luces, profundizarán en el conocimiento de la geografía, fauna, flora, industrias, costumbres, tipos humanos, indumentaria ... . A este nuevo propósito responde Martínez Compañón tal y como se lee en una carta que en 1785 envió al Virrey del Perú: “Al mismo tiempo he procurado observar cuanto me ha parecido importante para la Geografía, Metalurgía, Mineralogía, Botánica, no por servir de una vana curiosidad, sino en quanto puedan ser materia de industria y comercio... También he procurado acoger quantas produciones de naturaleza, o curiosidad del Arte de la gentilidad he podido...”6.

De estas palabras, y de la propia obra, se desprende la importancia que en el proyecto de Martínez Compañón recibe la historia natural; seis de los nueve volúmenes se ocupan de la fauna y flora.

Sin embargo, no debemos menospreciar el especial interés que el obispo manifiesta por la vida cotidiana de sus diocesanos y diocesanas, destinatarios/as del plan de reformas sociales y económicas que realizó durante todo su obispado. En la Historia natural, civil y moral de Trujillo este interés se refleja en el volumen II, recopilado a partir de un cuestionario que, precediendo a su visita pastoral, fue enviado a los curas doctrineros preguntando por el carácter de los/as indígenas, la práctica de la lengua castellana, la existencia de diferencias entre indios/as, españoles/as y otras castas; edad de casamiento de los feligreses, forma de hacer la siembra y las cosechas, cantidad y calidad del comercio, por los obrajes y haciendas, existencia de minerales, pervivencia de supersticiones entre los indios... 7. Aunque no se han podido encontrar las respuestas a estos cuestionarios parece claro que la información obtenida se volcó en las ilustraciones de la obra y en los cajones con diversos objetos, plantas, animales y minerales que el obispo envió a Carlos IV entre 1788 y 1790.


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A la hora de analizar las ilustraciones que recogen distintos fragmentos de la vida cotidiana de las mujeres debemos tener en cuenta las diferencias en los modos de vida, comportamientos, relaciones sociales, vestimenta... que encontramos entre las diferentes étnias. Martínez Compañón nos ayuda a visualizar estas diferencias a través del tomo II de su obra, que está estructurado de tal forma que refleja la jerarquía social en Trujillo; siendo las primeras ilustraciones (1-48) de españoles/as, de indios/as, mestizos/as, negros/as, mulatos/as y finalmente de zambos/as. Esta estructuración refleja la sociedad de castas8 fruto del proceso de miscigenación que caracterizó a la sociedad colonial, mucho más heterogénea que la peninsular. A partir de la lámina 51 las actividades económicas y las fiestas y rituales de los indios/as abarcan la mayor parte del volumen, revelándose de este modo el principal interés que guió al obispo: el conocimiento y la mejora de la situación de los indios e indias de su obispado.

Pese a que el dircurso moral y las normas de comportamiento eran las mismas en la Península y en el Virreinato, la realidad americana impondría su propia dinámica desviándose en muchas ocasiones de la norma y concretándose en una sociedad menos rígida y más abierta. En este contexto serán las mujeres españolas, miembros de la élite, quienes intenten transmitir un modelo más rígido de conducta, portavoz de los discursos contrarreformistas divulgados por Fray Luis de León, Fernando de Talavera, Luis Vives o Antonio Arbiol en el siglo XVIII. Este modelo retrata a una mujer madre y esposa recluida en el ámbito doméstico, cuyas obligaciones son la maternidad y el cuidado de su hogar. Los estamentos privilegiados serán quienes más se acerquen a este modelo; sin embargo, en la realidad americana algunos de los comportamientos de la élite no se amoldaron exclusivamente a las normas. De esta forma se producirán imágenes contradictorias. Mientras en la ilustración 5 observamos a una española tapada, muestra de recato, castidad, modestia, sumisión... acorde con los presupuestos de la sociedad patriarcal, en otras ilustraciones, números 1, 2, 3, 11 y 13, vemos mayor libertad en las costumbres y usos de las españolas: lujo en los vestidos, joyas, seguimiento de la moda francesa (volador, lunares, paseos en calesa...), etc.

Los comportamientos del resto de las mujeres, en especial las indias, mestizas..., serán más libres y las normas morales se relajarán; son muchos los testimonios de viajeros que reflejan esta libertad de costumbres y de movimientos por parte de las mujeres, así como su mayor presencia en los espacios públicos. La conjunción de los valores y costumbres indígenas con los españoles desembocaron en unos modos de comportamiento más livianos y más alejados de la norma por parte de estas mujeres indígenas; tal vez por ello, un ilustrado como Martínez Compañón mostró en su obra una mayor preocupación y deseo por integrar a las mujeres indígenas en las normas y actitudes cristianas. Esta desviación de la norma puede observarse en las ilustraciones que Martínez Compañón recoge en su obra sobre los ritos matrimoniales. Frente a la rigurosa legislación matrimonial que el Concilio de Trento estableció en el siglo XVI y que se mantenía vigente, los ritos que aparecen en las ilustraciones 55, 56 y 57 manifiestan un relajamiento de lo establecido. Así, sólo en la última ilustración, Bodas de Y ndios, en la que se celebra un banquete, puede suponerse la presencia de un cura; en las ilus-


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traciones anteriores, Ajuste de casamiento de Y ndios y Donas de Y ndios, no se constata la presencia del sacerdote, de testigos o de una iglesia donde celebrar el sacramento. La negociación matrimonial se representa como venía realizándose anteriormente: con el acuerdo entre las familias.

Tal vez por desviaciones como ésta la Historia natural, moral... expresa el empeño del obispo por inculcar la fe cristiana a sus feligreses indios e indias; así se desprende de las once láminas9 en las que ejemplifica el deber de asistir a la iglesia a través de la representación de indios e indias de diversas poblaciones con traje de iglesia. También se observa este empeño en las ilustraciones 51 y 52 en las que se representa a indios cholos por una parte e indias cholas por otra rezando la doctrina cristiana.

Quizá en el ámbito económico es donde mejor podemos apreciar la participación de las mujeres en los espacios públicos. A pesar de la escasez de fuentes que hablen de la presencia de las mujeres en el proceso productivo, parece que ésta se produjo, sobre todo cuanto más descendemos en la escala social. Las mujeres urbanas participaron en los gremios de la mano de sus maridos ya que a ellas no se les permitían la gestión libre de su actividad; mientras que las mujeres del ámbito rural participaron desde siempre en actividades económicas tales como alfarería, tejeduría, elaboración de pan, quesos y mantequillas, en trabajos agrícolas, cuidado de las colmenas o la crianza de animales10 . La obra estudiada permite acercarnos a esta realidad de las mujeres, en especial de las indígenas, como sujetos activos de diferentes actividades económicas del ámbito rural, que es el que mayoritariamente se refleja en la obra, contabilizándose en veintiocho las láminas que reflejan este tema.

La visión secundaria que se ha tenido del trabajo de las mujeres es plasmado en las láminas y en los comentarios que las acompañan; así en la lámina 24, comentada como Y ndio de Sierra a cavallo, se observa a un indio a caballo con su hijo frente a una mujer, presumiblemente la esposa, que está hilando algodón. El trabajo de esta mujer es de esta forma ignorado por el dibujante que lo que pretende destacar es la imagen del indio.

El trabajo textil en sus diferentes fases, pastoreo, esquilado, cardado, hilado, tejido y tinte, es el que aparece mayoritariamente realizado por las mujeres. La producción textil y las técnicas y telares que en él se utilizaron durante el periodo colonial, y que son representadas por Martínez Compañón, son herencia en su mayoría del periodo incaico; así se observa en la ilustración 100, donde una mujer utiliza un telar rudimentario amarrado por un lado a su cintura y por el otro atado a un árbol. E igualmente en varias ilustraciones se aprecia la utilización de las ruecas incaicas tradicionales, utilizadas por mujeres y hombres (ilustraciones 101 y 90, respectivamente)11. Algunas de estas tareas textiles, como el hilado y tejido de la lana, fueron vinculadas a las mujeres por no requerir fuerza física y sí destreza manual; en la sociedad patriarcal estos valores fueron adjudicados culturalmente a hombres y a mujeres respectivamente.

A través de las ilustraciones percibimos la visión secundaria que se tenía del trabajo de las mujeres; éste sería considerado como una labor complementaria al trabajo del hombre, cabeza de familia, y a la propia condición de la mujer ante todo como madre y esposa. Así son numerosos los dibujos en los que las mujeres aparecen cuidando de sus hijos y realizando al mismo tiempo tareas como cardado de la lana (ilus-


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tración 89), hilado (ilustración 99), tejido (ilustración 100), etc; e incluso amamantando al tiempo que carga plátanos, como en la ilustración 36, o pariendo como en la ilustración 83, en la que una pastora da a luz mientras trabaja. En otras encontramos la visión más tradicional del reparto de trabajos dentro de la unidad familiar; así en la lámina 63 se ve a una mujer india cocinando para su marido y sus hijos que están en el campo sembrando.

En otras láminas las mujeres aparecen junto a sus maridos u otros hombres, repartiéndose de una forma igualitaria tareas como la elaboración de quesos (ilustración 80), esquilando ovejas (ilustración 84), cardando lana (ilustración 89), hilando en torno (ilustración 102) o el trabajo en la herrería (ilustración 105). Esta realidad contradice el discurso teórico patriarcal en el que la mujer es descrita como un ser inferior incapaz de realizar determinadas tareas que, aunque realizadas en el ámbito doméstico, tenían repercusión económica extradoméstica.

A estos grupos podemos añadir otros dos tipos de ilustraciones; uno en el que las mujeres aparecen trabajando junto a otras mujeres en tareas propias de su sexo: cosiendo rengos (ilustración 104), escarmenando lana (ilustración 98), ordeñando vacas (ilustración 79), cocinando (ilustración 59). Y otro que refleja ocupaciones tradicionalmente atribuidas a la mujer como criadas (ilustración 60) o curanderas (ilustración 199).

Así, las láminas de la obra de Martínez Compañón ofrecen una visión en parte contradictoria con el discurso teórico vigente. La actividad de las mujeres no se limita al ámbito privado-doméstico sino que nos las encontramos realizando diferentes actividades ya sea junto a otras mujeres, junto a otros hombres o junto a sus maridos.

Aunque la ética utilitarista de la Ilustración llega también a América, la presencia de mujeres en la actividad productiva es anterior y por lo tanto no es necesariamente consecuencia de aquella. En el Perú incaico, por ejemplo, las mujeres necesitaban aprender una serie de tareas como la alfarería, tejeduría o cría de animales, para tener un valor como esposas12, lo cual revela su destacado papel dentro del sistema económico. Sin embargo, el hecho de que Martínez Compañón dedique varias de sus láminas a reflejar exclusivamente el trabajo de las mujeres puede indicarnos la importancia que como ilustrado concedía al trabajo; algunas de sus ilustraciones podrían sugerir una censura indirecta de la ociosidad, ya que aunque aparecen mujeres que no realizan ninguna actividad productiva, sí lo hacen en otro tipo de actividades: así, en la lámina 87 una mujer que se limita a mirar a su marido que está tiñendo, lo hace mientras cuida de su hijo; y en la lámina 69 una mujer que observa como dos hombres, tal vez su marido y su hijo, siegan la paja, está ofreciéndoles bebida. Además de la presencia en la esfera económica, las mujeres indígenas, como las españolas, participaron activamente en otros espacios públicos como los juegos de mesa (naipes, conchitas, tres en raya...), las fiestas y danzas, etc.; la mayor dificultad es la de analizar qué grado de participación tenían realmente en estos juegos, y si su presencia en ellos estaba condicionada por su sexo.

De las láminas analizadas, 131 a 138, podemos concluir que las mujeres toman parte activa sólo en aquellos juegos que no exigían potencia física y que permitían mantener la compostura y el recato que se las exigía. Así, las mujeres juegan a los naipes (ilustración 135) y a las conchitas (ilustración 136), siempre acompañadas por hombres; juegos que además están vinculados a espacios privados como la casa ya que


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no precisan de espacios abiertos para su desarrollo. Y no juegan a los choloques (ilustración 131), a la pelota con ganchos (ilustración 132), al trompo (ilustración 133), a la pelota (ilustración 137), a los crallos (ilustración 138)13, etc.; juegos que sí precisaban de grandes espacios, como la plaza pública, y de fuerza física, y que obligaban a adoptar posturas y movimientos que no se consideraban acordes a la compostura femenina.

Continuando con la tradición incaica las danzas, acompañadas de música, eran una de las diversiones más practicadas tanto por mujeres como por hombres. Estas danzas, como la de parlampanes, la de huacos, la de purap, la de huacamaios, etc., se mezclarían con costumbres españolas como la del carnaval, danza de carnestolendas, y con diversos ritos cristianos. De las ilustraciones de Martínez Compañón podemos concluir que las mujeres participaban en menor medida que los hombres en este tipo de diversiones. Además estaban excluidas de todas aquellas en las que se teatralizaban alegorías guerreras; en diversas láminas14 aparecen hombres, en algunas de ellos vestidos con trajes tradicionales y en otras disfrazados, empuñando diferentes armas como espadas, hachas, etc. Esta misma exclusión se repite en aquellas danzas que simbolizaban la caza y el significado mágico de determinados animales15. La ausencia de las mujeres en este tipo de danzas es consecuencia de la diferenciación de espacios y actividades que la sociedad patriarcal dictaminó.

Las mujeres sí están presentes en diversas danzas, bailando, solas o con hombres, y acompañadas de instrumentos musicales, que no tienen un significado aparente; así por ejemplo la Danza del Chimo, ilustración 152, pierde el significado guerrero que tenía en su versión masculina. En todas las láminas en las que aparecen mujeres bailando, u hombres disfrazados e imitando a mujeres, se reproduce siempre la misma escena: las mujeres, en actitud hierática, se limitan a danzar al ritmo suave de la música; la viveza y el movimiento que se refleja en las danzas masculinas se pierde en aquellas en las que participan las mujeres.

Desde el siglo XIX la historiografía ha transmitido una historia de la que las mujeres no formaban parte al estar, supuestamente, recluidas en el ámbito doméstico. La lectura desde la perspectiva de género de las ilustraciones de la obra gráfica Historia natural, civil y moral de Trujillo de Martínez Compañón nos permiten sin embargo visualizar esta presencia ignorada de las mujeres en distintos espacios públicos. Su participación en diferentes procesos productivos como la elaboración de la lana, crianza de animales, elaboración de productos alimenticios, etc., y en diferentes diversiones y rituales, constanta que es el discurso patriarcal el que ha contribuido a mantener el silencio de las mujeres en la Historia. El análisis desde una perspectiva de género es el camino que hemos de seguir para elaborar una Historia en la que se aprecie la verdadera aportación tanto de mujeres como de hombres.

* Este estudio se ha realizado a partir de la obra gráfica Historia natural, civil y moral de Trujillo, Ballesteros Gambrois, M. (coord.), ICI, Madrid, 1993. Todas las ilustraciones empleadas pertenecen al volumen II de la crónica.


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Deseamos agradecer a Pilar Pérez Cantó sus sugerencias a la hora de realizar este trabajo, así como la confianza que deposita en nosotras cada día.

1 Lerner, G.; La creación del Patriarcado, Barcelona 1990; Molina Petit, C.; Dialéctica feminista de la Ilustración, Madrid, 1994; Nash, M.; “Desde la invisibilidad a la presencia de la mujer en la historia: corrientes historiográficas y marcos conceptuales de la nueva historia de la mujer” en Nuevas perspectivas sobre la mujer, Actas de las Primeras Jornadas de Investigación Interdisciplinaria, UAM, 1982. 2 Pérez Cantó, P.; “La mujer colonial a través de los textos: una reflexión metodológica” en De otras miradas: reflexiones sobre la mujer en los siglos XVII y XX, p. 19-51, Málaga, 1997.

3 López Serrano, M.; “Trujillo del Perú en el siglo XVIII”. Reales Sitios, 1977, 14 (53):29-36, Biblioteca del Palacio Real de Madrid 4 5 6

Para mayor profundización ver Trujillo del Perú, Apéndice III. Trujillo del Perú, Apéndice II. Ibidem, Apéndice III.

Este cuestionario complementaba a otros anteriores; uno de ellos referido a aspectos eclesiásticos y organizativos, y otro en el que se solicitaba la comparecencia de los maestros de escuela, de los sacerdotes y eclesiásticos, de las comadres y parteras..., y distinta información sobre la población y sus castas; según explica Daniel Restrepo. 7

8 Autores como M. Mörner o G. Céspedes, citados por P. Pérez Cantó y Esperanza Mó Romero, especifican la utilización de este término, aplicándolo sin el sentido restringido que tiene en la sociedad hindú. 9

Ilustraciones 14, 15, 16, 17, 18, 22, 23, 27, 28, 32, 33.

10

1997.

Ortega, M.; “El periodo Barroco”, en Varias Autoras, Historia de las Mujeres en España. Madrid

11 Espinoza Soriano, W.; La civilización inca. Economía, sociedad y estado en el umbral de la conquista hispana, Madrid, 1995.

12 Lavrín, A.; “Las mujeres en la sociedad colonial hispanoamericana” en Bethell, L. (coord); Historia de América Latina, Barcelona, 1991.

13 La petanca es el nombre con el que actualmente se conoce a los choloques; la pelota con ganchos es el actual hockey, el trompo es la peonza, y finalmente los crallos que responde, jugado con las manos en lugar de con raquetas, al badmington.

14 Ilustraciones 143, Danza de los parlampanes, 144, Danza de los doce pares de Francia, 147 y 151, Danza del chimo, 155, Danza del cavallito, 156 y 157, Danza de las espadas, y 158, Danza del poncho.

15 Ilustraciones 162, Danza de los pájaros, 163, Danza de los huacamaios, 164, Danza de los monos, 165, Danza de los conejos, 166, Danza de los carneros, 167, Danza de los cóndores, 168, Danza de los osos, 169, Danza de los gallinazos, 170, Danza de los venados, y 171, Danza de los leones.


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