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Alan Barth. Julián Arbeláez Martínez Director.

“paso a través de la gente como el fantasma de Canterville.” Charly García. Alan estaba sentado en la acera just justo al frente del antiguo Hacedor. En n la portada se veían veía colgando de unos alambres como de maceta, dos tablones de madera: el de arriba más grande que el de abajo y con un azul claro escrito: EL HACEDOR, en seguida en el segundo tablón: LIBRO BAR. Todo se pegaba de un techo azul que era como un escampade escampadero. Alan fácilmente podía tocarlo sin esforzarse mucho, era bastante alto, y en la torre tenía un sombrero del CEAM, como de pescador, que le había regalado un amigo para que se tapara la calva del sol. Los cachetes lee colgaban arrugados; sus ojos eran azules y el poco pelo que tenia era apayasado, solo a los dos lados de la cabeza y blanco como la nieve. -¡Ey!- grito a una jovencita que ppasaba al frente del bar Niña, acuérdese que en Marinilla se saluda y se sonríe… ¡si la viste parce! uff, esos ojitos de caramelo caramelo- esta hermosa, le contesté, y seguíamos mirando a cuanta muchacha pasara por el callejón. La calle viene por una peatonal, por arriba, al lado izquierdo de donde estábamos sentados, y baja pasando por una ebanistería, luego una Alan y yo ayudábamos a “Stefy”, una amiga de Medellín a la que Alan llamaba Arequipe, a hacer un casa donde venden cremas de maracuyá y mora, y justo trabajo de fotografía. después el bar; más abajo, por el lado donde nosotros mirábamos a la gente, un acuario y Jose el dueño en la puerta, con nosotros, mirando muchachas, claro que él tenía a la mas buena, terminando la cuadra, la vieja librería del viejo Ramón, y ahí ya habíamos girado 180 grados la cabeza para volver a empezar por la izquierda como una máquina de escribir.


El Hacedor era un lugar que apenas alcanzaba a tener 7 mesas, era un corredor. Entrando, había un poema de Raúl Gómez Jattin que usábamos como cortina para tapar un hueco donde metíamos todos los rebujos del bar; las cajas de cerveza, palos, tablas, herramienta, una colchoneta, las cobijas y la ropa de Alan. Adelante, después de pasar 3 mesas, empezaba la barra y justo a la izquierda el baño mixto. La barra se levantaba hasta el fondo y ahí terminaba, después de pasar 4 mesas, con la nevera blanca, esta se utilizaba únicamente para guardar las cervezas y la comida que dejaba Alan cuando no terminaba de comer. Gustavo García, que es el dueño del establecimiento se alzaba siempre sobre la barra para saludar a todo el que llegara. Con algún piropo para las muchachas o algún hijueputazo para los amigos, justo al frente de la barra, había unas mesas decoradas que había pegado Alan a punta de taladro, y luego con marcadores de los de dos mil, había pintado como una locura en cualquiera de sus viajes a la luna. -A mí me gusta la regularsita- decía y se dirigía hacia un teléfono que había terminando la cuadra, este brillaba de rojo y justo a sus espaldas se levantaba la Institución Educativa Técnico Industrial Simona Duque. Cogía la bocina solo cuando ya estaba entrada la noche, se agachaba un poco para entrar en la cabina, abría la riñonera que siempre tenía en la cintura, sacaba un barillito, cualquier pata que tuviera y con la bocina hombro y la oreja, marcaba cualquier número y después de prender el pequeño cigarrillo decía ahogado:- si buenas, me comunica con la Luna por favor, gracias- y hablaba un rato con ella mientras se le perdían los ojos en las cuencas cadavéricas que tenía, antes de volver a el bar y tomarse unos tragos. Alan había cumplido el 15 de Agosto 58 años y se le notaba cada uno hasta que uno lo escuchaba hablar, una vez me contó que siendo muy pequeño en Necoclí, donde había nacido, un día le tiró una piedra a un marranito chiquito, un bebe marrano, y lo mató, ese día salió a esconderse y a llorar hasta que su mamá lo encontró y lo llevo a donde el señor que era dueño de los marranos para que se disculpara; él pidió disculpas y el señor amablemente los invito a comer. Cuando llegaron al comedor, lo primero que vio fue al marranito en la mesa, horneado, su hermano le decía al oído: “asesino”, “asesino” y ese día no pudo comer del remordimiento que tenía. “Casi casi nada me resulta pasajero todo prende de mis sueños y se acopla en mi espalda y así subo muy tranquilo la colina de la vida.” León Gieco. Sonaba León Gieco y en el fondo vi como Alan lloraba y me decía, -parce, ese man canta mucho, que hijueputas letras guevón- buscábamos unos discos y poníamos a León Gieco todo el día. Alan para esa época vivía en el bar, y cuando salía se iba a dormir, o a la calle, o si tenía, plata para un hotel, o en la casa de algún amigo si lo llevaban, o en el carro del Chino, si se lo prestaba. Todo eso pasó luego de que se le muriera una de las dos hijas que tenía y él callera en una gran depresión. Alan había llegado a Marinilla más o menos en el 2003 con un amigo de él que se llama Ferney, que era escultor, nadie tiene muchos datos acerca de la vida de Alán. En esos tiempos existían tres lugares que le gustaba mucho visitar que eran, Quivazú, Macondo y Deli frutas, pero le gustaba más Deli Frutas porque


ahí salía con muchas peladas, todas maestras y les gustaba beber mucho, en esa época él era un señor alto, bien presentado que siempre sabía de qué hablar, era un intelectual, le gustaba leer, pintar y era un gran publicista, hacía por ahí pendones para los políticos, o publicidades para el que lo contratara. Su padre era alemán y su madre, de Jardín Antioquia, por eso su contextura alta, canosa y de ojos claros. Trabajaba mucho y con lo que conseguía pagaba su arriendo, comida y bebía. Llegó a hacerse muy amigo de los bohemios de Marinilla en Macondo. Macondo era un bar que quedaba en una casa muy grande en la zona rosa, lo administraba Edilma Quintero. Uno entraba por un portón grandísimo, en el centro había como una especie de patio, rodeado por unos corredores; justo a la izquierda de la puerta y de frente a todo el bar, una tarima en donde se hacían shows Foto del interior del Libro-Bar El Hacedor. En las noches hacíamos música, compartíamos de música, poesía, entre todos, el de la esquina de la izquierda es Oscar García, hermano de Gustavo, seguido, cuentería y teatro, Alan con su armónica Honner yo en la guitarra, Patricia y Claudia, dos grandes amigas de Alan. las mesas eran de guadua y estaban forradas en costales cosa que siempre criticaron los que salían con piquiña de el lugar. Siguiendo al fondo, la barra y atrás un solar en donde se hacían fogatas. Cualquier artista de Marinilla recuerda hasta con escalofríos lo que era Macondo, y por ahí en las calles caminan buscando donde refugiarse los “Macondianos” como ser hacen llamar, un grupo grande de poetas, músicos, cuenteros, fumadores, bebedores, mujeriegos… y con ellos todas las personas que frecuentaban el sitio, - uno tenía que pedir una pizza con 8 días de anticipación- comentó Gustavo García y soltó la carcajada, -en Macondo pasó todo lo que podía pasar en cualquier antro, uno entraba, pero no sabía a qué hora salía- Alan había hecho muchos arreglos en Macondo, arreglos de todo tipo, pues sabía un poco de todo, y allá se sentaban a tomar, a jugar ajedrez o póquer, y amanecían sin importarles la hora, o el día, o el año. Todo era color de rosas hasta el momento en que murió su hija y Alan calló en una gran depresión, acabó con todo lo que tenía, se encerró dos meses en un hotel y se gastó la herencia que le quedaba, salía solamente a tomar y así se la pasaba todos los días muy deprimido, fue esto lo que acabó con la relación


que tenía con su otra hija cuando vino a buscarlo y le dijo que le regalaba un mercado mensual, a lo que Alan le contesto que le incluyera licor y ella se negó y desde ahí se distanciaron y ella se fue para Estados Unidos con, según dice, la mano derecha de Bill Gates. Desde ese momento siempre dijo Alan que no quería saber nada de esa: “hijueputa” hija que tenía. Es una de las razones por las que es difícil conocer sobre la vida del viejo, luego de un tiempo ya estaba un poco recuperado y volvemos a donde empezamos cuando cumplió los 58 años en el 2012, era una persona que se hacía querer de cualquiera que se le acercara, era como un abuelo para muchos y siempre contaba sus historias, era desapegado de las cosas, una vez me regaló una armónica que tenía con la que tocábamos blues en el Hacedor. Alan era un hombre de todos los lugares, estaba donde él quería estar y vivía como él quería, fumaba cigarrillos baratos y hacía los mandados de todo el mundo, todos le daban por que él daba lo que tenía. Siempre fue cojo de un pie, Gustavo García dice que una vez lo cogió una primaria y lo tiró al suelo y desde eso quedó así. Cualquiera que lo haya conocido tiene algo salido de lo común que contar sobre él. En la Sacristía, un bar de metal, lo disfrazaban de año viejo los finales de año para que pidiera plata a las personas que gozaban con su presencia y con eso compraban licor. Alan Barth, que era hasta donde conocíamos su nombre, era eso… como él decía: “yo soy Alan Barth, el hombre que vive en un bar” y no mentía, se la pasaba en cuanta fiesta lo invitaran y todo el mundo lo llevaba para su casa hasta que se cansaban de él y lo sacaban y así siempre con todas las personas que conocía. Todo iba bien hasta el momento en que lo cogió una pulmonía y empezó a empeorar, cada día caminaba más lento y se ahogaba. Una vez fuimos por unas sillas a Acordes, una corporación no muy lejos de el bar, y me toco llevarlo casi que arrastrado de vuelta por que no podía caminar, la cara y los pies se le hinchaban. Estuvo un tiempo recuperándose en una finca en la Ceja con una gran amiga suya que se llama Olga, Olga trapitos le decían. Ya viéndose en las últimas como él decía, decidió volver a Marinilla. -Él vino a morir con nosotros, sus amigos- comentó Gustavo, quien lo tuvo en su casa hasta los últimos días de su muerte, el 2 de noviembre cuando por fin el estado colombiano después de mucho tiempo de pedirlo le dio el SISBEN para que lo pudieran atender y pudiera morir tranquilo. –Vivió conmigo hasta el momento de su muerte- Gustavo García. El 2 de Noviembre, yo estaba cantando en el Hacedor, en esa época cantabamos por 20 mil y barra libre de ron, yo llevaba un amplificador pequeño al que le conectábamos guitarra y micrófono, ese día todo iba muy bien, el negocio estaba lleno, cuando Gustavo me paró y dijo con voz fúnebre: “vamos a hacer un minuto de silencio, me acaban de llamar del hospital, Alan acabó de fallecer.” Todo el espacio se llenó de estupor, solo vi un montón de abrazos entre todos y lágrimas que rodaban por todas las mejillas, Gustavo me sirvió un Tequila doble, me lo tomé y canté “canción para mi muerte” y luego “confesiones de invierno” de Charly García cambiando la letra para decir: “Hace cuatro años que estoy aquí Y no quiero salir. Ya no paso frío y soy feliz CON ALAN EN EL jardín.”


Me bajé de la silla, solté la guitarra, apuré otro trago fuerte de tequila abracé a Gustavo y cerramos el Libro Bar el Hacedor con un luto inolvidable para emborracharnos recordando a nuestro viejo que se nos fue para dejarnos mil historias y para mí, el mejor de los dichos del amor que hoy está escrito en el nuevo local que tenemos del Libro Bar El Hacedor: en Marinilla se saluda y se sonríe.


Ilustraciรณn Juliรกn Arbelรกez


Toma mi mano Toma mi mano, si así lo quieres, Camina por varios momentos Mi ruta, Siente el ruido de mis pies en el piso. Escucha cómo mi cuerpo Te habla y guardo silencio. Toma mi mano, si así lo quieres, baila conmigo este tango Llamado vida, A un mismo ritmo Yo al tuyo, Tú al mío; Tranquila todo baile acaba. Toma mi mano, si así lo quieres, Siente mis dedos Escucha mi piel Cierra tus ojos Para que puedas ver La desnudes de mi ser.


No tomes mi mano, así lo quiero, Camina sola Para contemplar tu ritmo Para comprender que eres ilusión desvaneciéndose En el atardecer. Ahora Entra la noche Vuelvo a la realidad Esa que me acompaña Desde siempre: El saber que tu mano Por otra mano es tomada. Mis ojos se abren Ya es de mañana Y recuerdo que en mis sueños Tú, tu mano me dabas. Adrián Camilo Herrera.


LA BUENA Y LA MALA…LITERATURA En calidad de lector asiduo, compulsivo, de soñador y de promotor de la literatura comprometido, he afianzado mi criterio entorno al concepto de la Jairo Carrasquilla Tobón lectura, y me inquieta una situación. Da tristeza que en algunos colegios de nuestra pequeña ciudad (Marinilla) haya profesores licenciados en idiomas, en español, lingüística y literatura, recomendando a sus alumnos de décimo y once grados, los panf panfletos letos de los escritores comerciantes e imbéciles, libros untados de una sosa y mal llamada “superación personal”, que se venden en las aceras como pan o fresas para un colectivo de mentecatos y pollipavos, de torpes que no han sido bien dirigidos, cuando enn Colombia se están celebrando siglos de permanencia con Cervantes, años de disfrute con Gabo, con Fuentes, con Sábato, con Rulfo, con Borges, cuando se está festejando la existencia de una buena literatura.


Nada tengo en contra de Walter Risas, del CAUHTÉMO desesperado, del promiscuo Cohello, del fangoso De Mello ni con el Chepe Chopre, adinerados de las letras por nuestros ingenuos lectores latinoamericanos, pero pienso que ¡basta de mala información para nuestra juventud! No obstante, sé de tres o cuatro encantadores de la literatura de ésta mi pequeña ciudad. “Tres” empapados, “dos” entusiasmados en la lúdica, la lengua y del compromiso que Antioquia y Colombia necesitan. Basta de libros mentirosos, que a paso de tortuga venden y malinyectan”superación personal”, de anticrecimiento moral e intelectual. Vamos a Cortazár, García Márquez, Macedonio Fernández, Balzac, Lugones, Quevedo, Dostoievski, el viejo Tomás, Colette, Victor Hugo, Zweig, Bioy Casares, José Hernández, Dickens, Deleuze, Borges, Cebrera Infante, Ospina, etcétera y etcéteras. Que esos monjes opas vayan a volar en los pantanos de la estupidez y a hipotecar sus ferraris para intercambiar por títulos como El croar de la ranay El tonto pío pío del pollo, y que se vayan todos con sus juventudes en éxtasis a amar y a depender en las lagunas donde se patrocinan la pereza y la modorra de sus zopencos creadores.


Revista El Hacedor 1ª edición