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SÓLO FUMADORES FOTOGRAFÍAS DE BAYLÓN


Diseño: Herederos de Juan Palomo Edita: Blur Ediciones, S.L. © de las fotografías Luis Baylón (www.luisbaylon.com) © de los textos Eduardo Bravo © de la presente edición Blur Ediciones, S.L. Imprime: Imprimex Fotomecánica: Lucam ISBN: 84-609-2675-3 Depósito Legal:

Este libro ha sido impreso en Estucado Arte JOB Semi-Mate de 135 gr. y de 300 gr. fabricado por SCHEUFELEN y Distribuido en Exclusiva por


LUIS BAYLÓN SÓLO FUMADORES Al principio fueron los hospitales, luego los edificios públicos, más tarde los restaurantes, las oficinas, los bares... en todos los locales comenzaron a acotarse zonas y colocarse carteles “sólo para fumadores”. So pretexto de velar por la salud de los ciudadanos se fue excluyendo calladamente a una parte de éstos y no contentos con ello hubo próceres que incluso propusieron negarles el pan, la sal y la sanidad. Por eso, en medio de este delirio en el que se ha sumido nuestra sociedad, es reconfortante y esperanzador poder disfrutar de trabajos como este “Sólo fumadores” de Baylon en el que los protagonistas, lejos de ser juzgados y condenados, son tratados con respeto, y nos recuerdan que, en contra de lo que nos quieren hacer creer, no son monstruos, son personas. Limpiabotas, camareros, prostitutas, banqueros, amas de casa, empresarios, estudiantes, adinerados, lumpen... personas de todas clases sociales que comparten un mismo placer y a las que el tabaco ha conseguido igualar como ningún sistema político o social ha hecho a lo largo de la historia. Personas que sólo piden ese respeto que se les exige únicamente con la palabra, sin leyes ni poderes coercitivos que les amparen. Por todo ello, las fotos de Baylón son un canto a la libertad, al derecho a elegir y, en consecuencia, a equivocarnos. Fumar, como la vida, mata, y los fumadores son los únicos que han entendido que a pesar de ese inconveniente, tanto uno como la otra, merecen ser disfrutados intensamente y sin miedo. Como dice Baylón, “¡de algo hay que morir!”.


FOTOGRAFíAS


FOTOGRAFEI VOCÊ NA MINHA ROLLEIFLEX Han pasado muchos años, cuarenta y cinco para ser exactos, desde aquel día del mes de febrero en el que la compañía Odeón lanzaba con el número de matriz 14426-b un disco de 78 rpm que revolucionaría la música de los, por ahora, casi cincuenta años siguientes. Brasil, que aún no había asimilado las audacias rítmicas y melódicas descubiertas por Antonio Carlos Jobim y João Gilberto en “Chega de Saudade”, se daba de bruces con “Desafinado”, que además de parecer estar compuesta fuera de tono, contenía versos tan extraños para la época como “fotografei você na minha Rolleiflex / Revelouse a sua enorme ingratidão”. Otras canciones ya habían hecho referencia a una cámara de fotos, es cierto. En los años treinta, por ejemplo, J. Cascata intentaba convencer a una mulata de que abandonase la ciudad y se fuera a vivir con él al campo, apelando para ello a los idílicos paisajes que encontraría allí y a las comodidades con las que había acondicionado su nidito de amor, entre las que se contaban una radio, un caballo comprado a plazos, periódicos, revistas y “uma Kodak para tirar nossa fotografía”, y concluía, “vai ter retrato todo o dia”(1). Sin embargo y, a pesar de estas similitudes, mientras que el samba de Cascata pasaba a la historia, “Desafinado” la escribía, demostrando así que, donde esté una Rolleiflex, que se quiten las Kodak. Algo similar le sucedió a Luis Baylón cuando, a través de un amigo, consiguió su primera cámara, una Canon FTb, con la que comenzaría a interesarse por la fotografía y a plantearse que esa podía ser una ocupación a la que dedicarse de manera profesional. Sin embargo, no sería la Canon sino una Rolleiflex de dos objetivos y formato 6x6 que le regaló su padre la que realmente encauzaría y transformaría la relación de Baylón con la fotografía. Sin duda alguna, donde esté una Rolleiflex que se quiten las Kodak, las Canon y, si me apuran, hasta el fútbol y los toros. Y es que la Rolleiflex tiene personalidad e imprime carácter. A través de su visor cuadrado el mundo se ve de forma diferente a como se ve con los rectangulares de las cámaras de 35 mm y, al contar con dos objetivos, uno para disparar y otro para enfocar, el usuario no queda cegado por el cierre del obturador en el momento de la (1) “Minha Palhoça”. J. Cascata (1935).


toma fotográfica. “La Rolleiflex es una cámara respetuosa porque tienes que agachar la cabeza para disparar”, comenta Luis, y no le falta razón. Gracias a eso, despierta menos recelo entre la gente que las cámaras convencionales porque no se sienten agredidos. En muchos casos ni siquiera son conscientes de que ese señor que manipula un trasto tan extraño está tomándoles una fotografía, y eso es algo muy importante para aquellos que, como Baylón, centran su trabajo en la gente que van encontrando por la calle. Con su primitivo aspecto, la Rolleiflex despierta curiosidad, simpatía e incluso ternura en esas personas a las que Baylón coloca ante su objetivo. “Cuando en alguna ocasión me he olvidado la cámara en un bar –cuenta– y he vuelto a los cinco o diez minutos a por ella, el camarero te recibe sonriente, y te dice con cierta complicidad 'le he guardado esto. Es una cámara de fotos ¿no?' y como la ve tan antigua te pregunta 'y esa cámara ¿hace fotos en color?'”. No, la Rolleiflex de Baylón no hace fotos en color.

EL MUNDO ES EN BLANCO Y NEGRO El color en fotografía es información añadida a lo que se pretende mostrar y eso, más que un beneficio, es un problema. El color complica el proceso fotográfico en la toma, el revelado, el positivado y, finalmente, en la lectura que el receptor hace de la imagen porque, en contra de lo que prentenden hacernos creer, no es cierto que el color refleje la realidad con mayor fidelidad que el blanco y negro. Afirmaciones semejantes sólo responden a estrategias publicitarias y la prueba de ello está en que muchos de los procesos de color más conocidos, como los autocromos, el Kodachrome o el Technicolor, nunca buscaron reproducir la realidad sino mejorarla, hacerla más atractiva y acorde con esa idealizada sociedad de esplendor industrial, primero, y capitalista, despues, en la que surgieron y a cuya propaganda servían. La tecnología, por tanto, no es tan neutra como puede parecer en un primer momento, es resultado de maneras concretas de comprender el mundo y, en este aspecto, la fotografía siempre ha visto la realidad como sujeto, no como meta(2). Estos planteamientos, que enlazan con los enunciados por McLuhan y se resumen en buena parte en su archiconocida frase “el medio es el men-


saje”, son deudores y generadores de infinita y vasta literatura que Baylón sintetiza en una sencilla explicación al margen de academicismos y complejas interpretaciones: “no hago color porque el resultado que consigo con las películas que existen en el mercado no se parece en nada a los colores que yo veo. Para mí, el blanco y negro se acerca a la realidad que percibo mucho más de lo que lo hacen las películas de color”. La realidad que ve Baylón es superior no sólo a la surgida del laboratorio de color, sino también a aquella que vemos el resto de los mortales. El acierto de sus fotografías está en darnos a observar a través de sus ojos aquello que aun estando entre nosotros, nos pasa desapercibido a consecuencia del exceso de información al que estamos sometidos o porque sencillamente hemos perdido la destreza y el gusto por mirar. En uno de sus relatos cortos, Kafka contaba que “cascar una nuez no es ciertamente un arte, por eso, nadie se atrevería a convocar un público y, para entretenerlo, ponerse a cascar nueces frente a él. Pero si lo hace y consigue su propósito, es evidente que no puede tratarse del simple hecho de cascar nueces. O más bien se trata, en efecto, de cascar nueces, pero resulta entonces que, puesto que lo dominábamos sin dificultad, habíamos desatendido por completo ese arte del que este nuevo cascanueces nos muestra de pronto su esencia propiamente dicha”(3). Al igual que el cascador de nueces kafkiano, el artista se distingue del resto de sus contemporáneos por poseer el don de elevar a la categoría de Arte cosas compartidas por el resto de la comunidad que ésta es incapaz de percibir o que ha olvidado cómo se hacían. Esta explicación, esencia misma de buena parte del arte contemporáneo y la fotografía actual –desde los ready-mades duchamptianos al pop-art, desde Bernard Plossu a Juergen Teller–, es perfectamente aplicable al trabajo de Luis Baylón quien, paseando por las calles, yendo “De Desengaño a la Cruz”, o apostándose en una esquina de la plaza del Callao, va seleccionando aquello que siendo interesante no vemos o no sabemos ver. (2) “El color de la Memoria”, Andrés Hispano. Culturas nº 103. La Vanguardia 9 de junio de 2004. (3) “Josefina la cantante o el pueblo de los ratones”. Relato perteneciente a “Un artista con hambre. Cuatro historias”, (1924). Franz Kafka. Galaxia Gutemberg, (Barcelona, 1999).


Su forma de mirar hace de la realidad cotidiana Arte porque al igual que éste, consigue que sus fotografías contengan una superioridad sobre el tiempo que las hace perdurables y una actualidad que llama nuestra atención, nos invita a demorarnos y a dialogar con ellas para hacer emerjer lo que hay en su interior(4). Para facilitarnos esa tarea de diálogo y comprensión, Baylón no sólo se toma la molestia de seleccionarnos la realidad sino que desnuda su obra de todo artificio que pueda distraer nuestra mirada, despojándola del color –que en el fondo no aporta nada–, que despista –porque tal vez aporte demasiado–, decantándose por el blanco y negro porque nadie mejor que él sabe que el color miente.

GATOS, GENTES Y GURÚS “El fotógrafo no vive del trabajo personal, el fotógrafo vive de los encargos”, dice Baylón. Por eso, mientras va de un encargo a otro, en metro, siempre con la Rolleiflex encima, se dedica a fotografiar aquello que ve: gatas bailarinas, gentes de Madrid –que en cierta manera no dejan de ser gatos–, bares, prostitutas, mendigos, carteristas, un ciego que lee a Nietzsche en la Gran Vía, más bares, mujeres que leen a Freud en la fila del autobús, nazarenos más chulos que un ocho, seres miméticos hasta la exageración en pares de dos, gurús y santones, un vicio, el del tabaco y, otro más, el del alcohol. Imágenes que se van acumulando en su estudio y que con el tiempo, como si de un proceso de sedimentación se tratase, se van agrupando por peso, densidad, se posan en el fondo, suben a la superficie y van dando forma, casi sin pretenderlo, a entidades con sentido agrupadas bajo títulos como “Sólo fumadores”, “Rato de metro” o “Tarde de toros” y que además de una historia de la ciudad y de sus gentes son, en último término, retazos de la vida de su autor. “If your pictures aren't good enough, you aren't close enough”(5), (4) “Palabra e imagen (Tan verdadero, tan siendo)”. Hans-Georg Gadamer. “Estética y Hermenéutica”, Editorial Tecnos, (Madrid, 1996). (5) “Si sus fotografías no son lo suficientemente buenas es que usted no está lo suficientemente cerca”, Robert Capa, fotógrafo, (Budapest (Hungría), 1913 - Tai-Binh (Vietnam), 1954).


decía Robert Capa y Baylón, como si se tratase de un reto lanzado expresamente contra su persona por el reportero húngaro, ha querido dejar claro que él sí que está lo suficientemente cerca. Como sucede con los buenos toreros, él se arrima, se la juega, consigue que cada una de sus tomas esté al límite y eso, la coherencia, la verdad, es lo que marca la diferencia entre una buena y una mala fotografía. Recientemente Luis Baylón ha comenzado a dar clases en la universidad de Cuenca. Además de enseñar lo que sabe del oficio, que es mucho –es tan buen fotógrafo como laboratorista–, deberá hacer que sus alumnos lleguen a ser algo más que buenos operarios de la fotografía, enseñarles a darse, exponerse y jugarse el tipo en cada foto. Sin embargo, eso, como sucede con el compás, el duende, el carisma o la elegancia, se tiene o no se tiene y es difícil de explicar. Para aprender de Baylón, lo mejor es ver sus fotos, hablar con él y, si se tiene la oportunidad, pasar una tarde en su casa, ver las estanterías cargadas de libros, las paredes cuajadas de fotos, los miles de negativos archivados en cajas, su colección de Rolleiflex, su Mamiya 6x6 con macro, una de sus últimas adquisiciones, y en definitiva, ser testigo de su total pasión por la fotografía, que llega hasta el punto de que el único lugar de su casa con aire acondicionado es el laboratorio. En pleno verano, mientras en las demás habitaciones el calor es asfixiante, Baylón puede continuar trabajando sin mayor complicación. “El problema es que al salir y al entrar del laboratorio se nota un cambio de temperatura muy grande. Por eso tengo la voz así de tomada”. Si él lo dice, será por eso. Eduardo Bravo


Este libro se termin贸 de imprimir el 9 de octubre de 2004


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