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El Colegio de Juan Revista TRAMA Nº13 - Autor: Rodolfo Livingston Mi hijo curso la escuela primaria en el colegio más antiguo de buenos aires, en José Manuel Estrada de Catedral al Norte, en la calle Reconquista, entre Lavalle y Corrientes, en pleno centro de Buenos Aires. Me acuerdo del primer día de clase, en marzo de `77, cuando Juan era una cabecita más, asombrada y rígida, peinada cuidadosamente por su madre, inmutable ante el discurso del Director, en el patio central. El mismo patio en el que él presenció, a lo largo de los años, un incesante desfile de banderas que subían y bajaban constantemente de los mástiles (eran dos, uno en la entrada y otro en el patio). Los “actos” se parecían mucho entre sí. Las “fiestas” patrias parecían más bien entierros de banderas. “Llega la bandera de ceremonia…Se retira la bandera de ceremonias”, recitaban monocordes los parlantes, mientras un par de chicos cruzaban en una y otra dirección con los brazos extendidos hacia adelante, sosteniendo la eterna bandera, prolijamente plegada, ante la mirada grave y vacía de la fuerte mayoría de madres que solía rodearme en aquellos momentos, un tanto aburridos para mí.

En esta época, yo había empezado a dar mis discursos para arquitectos sobre interpretación del usuario en arquitectura, y me costaba aceptar la distancia que advertía entre mis experiencias y la ignorancia olímpica que mostraban mis colegas sobre las expectativas de los destinatarios de las reformas, que planeaban en su reducto del Ministerio de Educación. Quizás fue la facultad de arquitectura el lugar donde se preparó el terreno mental para que se formaran semejantes arquitectos. Distraídos, por lo general, en la discusión plástica del momento, suelen ser nulos los programas de necesidades reales, planteados por personas reales, que los estudiantes encaran en la facultad. Las necesidades de los fantasmales clientes, les suelen ser entregadas por los ayudantes, también criticarán las soluciones, desde su órbita especial de arquitectos, tan alejada siempre de los espacios que gozan, o padecen, los habitantes de los edificios. Reemplazar a un ayudante por un funcionario de un ministerio no parece un salto demasiado grande, en cuanto a la forma de encarar los programas arquitectónicos. Y allí estaba el resultado.

- ¿Qué están haciendo? – le pregunte al director.

Pero… ¿Fué en realidad tan terrible ese edificio?, me pregunto ahora, o fue tan solo el marco justo para los “actos” y las fiestas rutinarias? Arquitectura –dice Alfredo Moffatt- es la organización de espacios para realizar ceremonias. ¿No estaría bien la arquitectura y mal las ceremonias, incluyendo en gran medida a la enseñanza misma, por lo general autoritaria y rígida?

- Parece que van a poner duchas, quitando parte de lo que ahora es el comedor, - me contestó.

¿Y qué opinaban los usuarios, mejor dicho, los “usuaritos”?

- ¿Así que precisan duchas…?

Le pregunto a Juan por recuerdos que le trae el edificio de la escuela (ahora está en otro colegio, en primer año) y me habla de sus compañeros, de su amada maestra, “la Koller”, de Carlos Chardon, otro excelente maestro, de la señorita Maria Elena y de la señorita Coca, su inolvidable maestra de primer grado.

Un día, allá por los principios de la década `80, iba al colegio para retirar un boletín y advertí un tráfico inusual de obreros y materiales de construcción.

- No… para nada, - me contestó el Director.- Sería imposible que los chicos se bañaran aquí después de gimnasia. El último turno saldría a las 9 de la noche, o de lo contrario habría que instalar 200 duchas… Lo malo es que nos están quitando espacio en el comedor, que apenas nos alcanza! - Pero ¿cómo, y ustedes no les explicaron a los arquitectos sus necesidades verdaderas?, - pregunté ingenuamente. - Ah no! Ellos ni hablaron con nosotros! Los proyectos vienen hechos desde el Ministerio de Educación, - me respondió – “y ni siquiera nos los mostraron!”

Me cuenta anécdotas de próceres convertidos en escondrijos… de picardías innumerables, propias, o de sus compañeros… Yo insisto en preguntarle sobre el edificio, pero no hay nada que hacer, este es un simple telón de fondo en su memoria. Y en su memoria los recuerdos son alegres y buenos. Pienso entonces que quizás la arquitectura sea solamente eso, un telón de fondo de la vida. Un telón que adquiere el color de lo que pasa allí. “El espacio soy yo” dijo Gastón Bachelard. Creo que eso fue lo que me quiso decir Juan.


"El Colegio de Juan" // Rodolfo Livingston