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Para nuestras familias


«Se necesitan varias generaciones para convertir las grandes revoluciones filosóficas en vida palpitante. E incluso nuestras tierras actualmente desoladas volverán un día a florecer». ALFRED ROSENBERG «Uno solo tiene que dar unos cuantos pasos para caer en el asesinato masivo; eso es lo malo. Bastan unos pasitos muy pequeños». ROBERT KEMPNER


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PRÓLOGO La cámara de seguridad

«¡Viva la Alemania eterna!». Los nazis de la localidad reciben a Alfred Rosenberg (en el centro, con la mano levantada) en Heiligenstadt, Turingia, en 1935 (ullstein bild/ullstein bild vía Getty Images).

El palacio en lo alto de la montaña se erguía sobre una amplia extensión de ondulados campos bávaros, tan encantadores que todos los llamaban el Gottesgarten, «el jardín de Dios». Desde las aldeas y las casas de labranza que bordeaban el sinuoso río situado a sus pies, Schloss Banz llamaba la atención. Sus múltiples alas de piedra resplandecían con una luminosidad dorada por los rayos del sol, y un par de delicadas torres con remates de cobre se elevaban hacia el cielo en la


fachada de su iglesia barroca. El lugar tenía una historia milenaria: como centro comercial, como castillo fortificado desde el que oponer resistencia a diversos ejércitos y como monasterio benedictino. Había sido saqueado y destruido en tiempos de guerra y reconstruido de forma un tanto extravagante para los Wittelsbach, la familia real de Baviera. Reyes y duques, y en cierta ocasión incluso el káiser Guillermo II, el último emperador de Alemania, habían honrado con su presencia sus opulentos salones. Ahora, en la primavera de 1945, aquel coloso servía de puesto avanzado de una famosa fuerza operacional que se había pasado la guerra desvalijando la Europa ocupada para mayor gloria del Tercer Reich. Cuando la derrota empezó a verse cada vez más cercana, después de seis años durísimos de guerra, en todos los rincones de Alemania los nazis intentaron quemar los documentos gubernamentales sensibles antes de que su contenido cayera en manos del enemigo y pudiera ser utilizado contra ellos. Pero algunos burócratas que no se sintieron capaces de destruir sus papeles los escondieron en bosques, en minas, en castillos y en palacios como aquel. En todo el país quedarían enormes archivos de documentos secretos que los Aliados encontrarían intactos: detallados informes internos que arrojaban luz sobre la retorcida burocracia alemana, sobre la despiadada estrategia bélica del ejército y sobre el obsesivo plan trazado por los nazis para limpiar Europa de sus «elementos indeseables», de manera definitiva y para siempre. Durante la segunda semana del mes de abril, las tropas norteamericanas del III ejército del general George S. Patton y del VII ejército del general Alexander Patch invadieron la región. Los soldados, que habían cruzado el Rin unas semanas antes, avanzaban ahora contundentemente por las regiones occidentales del maltrecho país, viéndose frenada su marcha solo por puentes demolidos, barricadas improvisadas en medio de la carretera y bolsas aisladas de obstinada resistencia.[1] Las fuerzas invasoras pasaban por ciudades arrasadas por las bombas aliadas. Desfilaban ante aldeanos de ojos hundidos y ante casas en las que, en vez de la esvástica nazi, ondeaban ahora sábanas y fundas de almohada de color blanco. El ejército alemán prácticamente se había desintegrado. Hitler estaría muerto en tres semanas y media. Poco después de llegar a aquella comarca, los americanos se encontraron con un extravagante aristócrata que lucía monóculo y botas altas perfectamente brillantes. Kurt von Behr había pasado la guerra en París expoliando colecciones privadas de arte y saqueando el mobiliario y los enseres más sencillos de decenas de millares de casas de judíos de Francia,


Bélgica y los Países Bajos.[2] Poco antes de la liberación de París había huido con su mujer a Banz, acompañado de un enorme cargamento de tesoros robados en un convoy compuesto por once automóviles y cuatro camiones de mudanzas. Ahora Von Behr pretendía hacer un trato. Se trasladó a la vecina ciudad de Lichtenfels y abordó a un funcionario del Gobierno militar llamado Samuel Haber. Daba la impresión de que Von Behr se había acostumbrado a vivir como un rey bajo los techos decorados con ricos frescos del palacio.[3] Si Haber le daba permiso para quedarse allí, Von Behr estaba dispuesto a enseñarle un alijo secreto de importantes documentos nazis. El oficial americano se sintió intrigado. Las labores de inteligencia operacional estaban muy solicitadas y los juicios por crímenes de guerra estaban a la vuelta de la esquina, de modo que las fuerzas aliadas habían recibido la orden de rastrear y recuperar toda la documentación alemana que pudieran encontrar. El ejército de Patton tenía una unidad de inteligencia militar G-2 dedicada a esa tarea.[4] Solo en el mes de abril, sus equipos de búsqueda llegarían a capturar treinta toneladas de documentos nazis. Siguiendo la pista suministrada por Von Behr, los americanos subieron a la montaña y franquearon las puertas del palacio para visitar al barón. El aristócrata nazi los escoltó hasta un subterráneo situado a cinco pisos de profundidad, donde, oculta tras un falso muro de hormigón, se hallaba una verdadera mina de documentos nazis de carácter confidencial. Los papeles llenaban una cámara de seguridad enorme. Lo que no cabía en su interior yacía desperdigado en montones por la habitación. Tras revelar su secreto, Von Behr —dándose cuenta, al parecer, de que su jugada no iba a salvarlo de los estragos de la humillante derrota de Alemania — se dispuso a salir de escena a lo grande. Se puso uno de sus extravagantes uniformes y acompañó a su esposa al dormitorio de su mansión. Levantando dos copas de champaña francés previamente envenenadas con cianuro, la pareja brindó por el final de todo. «El episodio», escribiría una corresponsal americana, «tenía todos los elementos del melodrama que, al parecer, tanto entusiasmaba a los líderes nazis». Los soldados encontraron los cuerpos de Von Behr y su esposa desplomados en su lujoso entorno. Cuando fueron a examinar sus cadáveres, se fijaron en la botella medio vacía que aún estaba encima de la mesa. La pareja había escogido un vino de una añada llena de simbolismo: 1918,


la fecha en que su amada patria había sido derrotada al término de otra guerra mundial.[5] Los papeles que había en la caja fuerte pertenecían a Alfred Rosenberg, el principal ideólogo de Hitler y uno de los primeros miembros del partido nazi. Rosenberg vivió los momentos embrionarios del partido en 1919, cuando algunos nacionalistas alemanes, llenos de amargura e ira, descubrieron un nuevo líder en Adolf Hitler, el rimbombante veterano de la Primera Guerra Mundial que llevaba una vida errante. En noviembre de 1923, durante la noche escogida por Hitler para derrocar al gobierno bávaro, Rosenberg entró en la cervecería de Múnich un paso por detrás de su héroe. Estaría también en Berlín diez años más tarde, cuando el partido accediera al poder y procediera a aplastar a sus enemigos. Estuvo también ahí, peleando en la arena, cuando los nazis remodelaran toda Alemania a su imagen y semejanza. Y estaría también ahí, cuando la guerra cambiara de rumbo y toda su retorcida visión de las cosas se viniera abajo. En la primavera de 1945, cuando los investigadores empezaron a hojear el enorme alijo de documentos incautados —que incluía doscientos cincuenta volúmenes de correspondencia oficial y personal—, encontraron algo especialmente valioso: el diario personal de Rosenberg. El relato, escrito a mano, tenía una extensión de casi quinientas páginas; algunas de las entradas habían sido anotadas en un cuaderno, pero la mayoría estaba en hojas sueltas. Las primeras anotaciones eran de 1934, un año después de que diera comienzo el régimen de Hitler, y las últimas estaban datadas diez años más tarde, pocos meses antes de que acabara la guerra. De los personajes más importantes de la jerarquía del Tercer Reich, solo Rosenberg; el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels; y Hans Frank, el brutal gobernador-general de la Polonia ocupada, dejaron diarios de ese estilo.[6] Los demás, Hitler incluido, se llevaron consigo sus secretos a la tumba. El diario de Rosenberg prometía arrojar luz sobre las actividades del Tercer Reich desde la perspectiva de un hombre que había actuado en los niveles más altos del partido nazi durante un cuarto de siglo. Fuera de Alemania, Rosenberg nunca fue tan famoso como Goebbels, como Heinrich Himmler, el cerebro de las fuerzas de seguridad de la SS, o como Hermann Göring, el coordinador económico de Hitler y comandante en jefe de la fuerza aérea. Rosenberg tendría que luchar y pelear con uñas y


dientes contra esos gigantes de la burocracia nazi para conseguir el tipo de poder que, a su juicio, se merecía. Pero contó con el apoyo del Führer desde el primer momento hasta el último. Hitler y él tenían el mismo punto de vista sobre las cuestiones más básicas, y Rosenberg se mostró siempre inequívocamente leal. Hitler le confió una serie de cargos relevantes dentro del partido y en el Gobierno, elevando el perfil público de Rosenberg y asegurándole una influencia enorme. Sus rivales en Berlín lo odiaban, pero los militantes de a pie del partido veían en él a uno de los personajes más importantes de Alemania: para ellos era un gran pensador al que prestaba oídos el propio Führer. Podrían encontrarse las huellas de Rosenberg en varios de los crímenes más famosos de la Alemania nazi. Él fue quien orquestó el expolio de obras de arte, archivos y bibliotecas de todo el continente, desde París hasta Cracovia y aún hasta Kiev, botín cuya pista seguirían los famosos Hombres de los Monumentos, los Monuments Men, por los castillos y minas de sal de Alemania. En 1920 sembró en la mente de Hitler la insidiosa idea de que tras la revolución comunista de la Unión Soviética se ocultaba una conspiración judía de proporciones globales, y la iría repitiendo una y otra vez. Rosenberg fue también el adalid más destacado de una teoría que Hitler utilizaría veinte años después para justificar la devastadora guerra lanzada por Alemania contra los soviéticos. Pocos meses antes de que los nazis emprendieran la invasión de la Unión Soviética, Rosenberg afirmaba que la guerra representaba «una revolución mundial de limpieza biológica», que acabaría por exterminar «todos los gérmenes del judaísmo y sus bastardos, causantes de la infección racial».[7] Durante los primeros años de la guerra en el Frente Oriental, cuando los alemanes obligaron al Ejército Rojo a retroceder casi hasta Moscú, Rosenberg presidió un organismo de ocupación que sembró el terror en los Países Bálticos, Bielorrusia y Ucrania, y desde su ministerio colaboró con los cruzados genocidas de Himmler, encargados de masacrar a todos los judíos del este de Europa.[8] Y no olvidemos que Rosenberg puso los cimientos del Holocausto. Empezó a publicar sus ideas ponzoñosas acerca de los judíos en 1919 y, como editor del periódico de su partido y autor de numerosos artículos, panfletos y libros, continuó propagando el mensaje de odio del partido. Después, Rosenberg se convirtió en el delegado del Führer en materia ideológica, siendo recibido en todas las ciudades y pueblos del Reich por


multitudes de personas que lo aclamaban y lo vitoreaban. De su principal obra teórica, El Mito del siglo XX, llegaron a venderse más de un millón de ejemplares, siendo considerada, junto con Mi lucha, de Hitler, el texto fundamental de la ideología nazi. En sus voluminosos escritos, Rosenberg tomó prestadas de otros pseudo-intelectuales diversas ideas, ya anticuadas, acerca de la raza y la historia universal, y las refundió en un peculiar sistema de creencias políticas. Los líderes locales y regionales del partido le escribían diciéndole que pronunciaban miles de discursos repitiendo de memoria sus palabras. «En ellas», decía Rosenberg jactanciosamente en su diario, «encontraron orientación y material a un tiempo para la lucha».[9] Rudolf Höss, el comandante del campo de la muerte de Auschwitz, donde fueron exterminadas más de un millón de personas, decía que para llevar a cabo su misión lo habían preparado psicológicamente las palabras de tres hombres en particular: Hitler, Goebbels y Rosenberg.[10] En el Tercer Reich un ideólogo podía comprobar cómo sus ideas eran trasladadas a la práctica, y las de Rosenberg tuvieron unas consecuencias fatales. «Una y otra vez me invade la cólera cuando pienso en lo que ese parásito pueblo judío ha hecho a Alemania», escribía en su diario en 1936. «Pero al menos tengo una satisfacción: haber aportado mi granito de arena para poner al descubierto su traición».[11] Las ideas de Rosenberg legitimaron y racionalizaron el asesinato de millones de individuos. En noviembre de 1945, se reunió en Núremberg con carácter extraordinario un Tribunal Militar Internacional para juzgar a los nazis más famosos que habían sobrevivido y a los que se imputaba la comisión de crímenes de guerra. Uno de ellos era Rosenberg. La acusación se basaba en la multitud de documentos alemanes capturados por los Aliados al término de la guerra. Durante el proceso, Hans Fritzsche, imputado como criminal de guerra por su función como director del Departamento Radiofónico del Ministerio de Propaganda, dijo a un psiquiatra de la cárcel que Rosenberg había desempeñado un papel trascendental en la formación de las ideas filosóficas de Hitler a lo largo de los años veinte, antes de que los nazis alcanzaran el poder. «En mi opinión, ejerció una influencia tremenda sobre Hitler durante el periodo en el que este todavía pensaba algo», dijo Fritzsche, que resultó absuelto en Núremberg, aunque luego fue condenado a nueve años de cárcel por un tribunal alemán de desnazificación. «La importancia de Rosenberg radica en que sus ideas, que eran de naturaleza puramente teórica,


se hicieron realidad en manos de Hitler... Lo trágico es que las teorías fantásticas de Rosenberg fueron llevadas realmente a la práctica». En cierto modo, sostenía Fritzsche, en Rosenberg recaía «la principal culpa de todos los que estamos aquí sentados en el banquillo de los acusados».[12] En Núremberg, Robert H. Jackson, el principal representante de la acusación por parte de los americanos, denunció a Rosenberg como el «sumo sacerdote intelectual de la ‘raza superior’».[13] Los jueces hallaron culpable de crímenes de guerra al dirigente nazi y el 16 de octubre de 1946, en plena noche, se acabó con su vida colgándole de una soga. Durante las décadas sucesivas los historiadores que han intentado entender el cómo y el porqué del cataclismo más grande del siglo XX han estudiado minuciosamente los millones de documentos rescatados por los Aliados al término de la guerra. La documentación que había logrado sobrevivir era amplísima: informes militares secretos, inventarios detallados de objetos robados, diarios privados, documentos diplomáticos, transcripciones de conversaciones telefónicas, escalofriantes partes burocráticos en los que se hablaba de asesinatos en masa. Cuando los juicios llegaron a su fin en 1949, los fiscales americanos cerraron sus despachos y los documentos alemanes incautados fueron enviados en barco a una vieja fábrica de torpedos a orillas del río Potomac en Alexandria, Virginia. Allí fueron preparados para su registro en los Archivos Nacionales estadounidenses. Se hicieron microfilms y finalmente casi todos los originales fueron devueltos a Alemania. Pero algo ocurrió con el diario secreto de Rosenberg. En realidad nunca llegó a Washington. Nunca fue transcrito, traducido ni estudiado en su totalidad por los especialistas en la historia del Tercer Reich. Cuatro años después de ser desenterrado de la bóveda del palacio de Baviera, el diario desapareció.


PERDIDO Y HALLADO 1949-2013


1 El cruzado

El fiscal Robert Kempner en el Palacio de Justicia de Núremberg (U.S. Holocaust Memorial Museum, cortesía de John W. Mosenthal).

Cuatro años después de que acabara la guerra, en la Sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg, un fiscal aguardaba la entrega de los veredictos. Iban a ser las sentencias definitivas contra los criminales de guerra nazis imputados por los americanos, y Robert Kempner lo había invertido todo en


el resultado que esperaba. Agresivo, tenaz, incansable creador de contactos sociales y profesionales con cierta afición por la intriga, aquel abogado de 49 años se había acostumbrado a ir por la vida levantando la cara, como si quisiera invitar a sus adversarios —y tenía muchos— a propinarle su mejor golpe. Y no era desde luego que sobresaliera desde el punto de vista físico: Kempner, que tenía unas entradas muy profundas y medía apenas un metro setenta y cinco, poseía una personalidad que de alguna manera obligaba a la gente a tomar postura. Según el punto de vista de cada uno, era un hombre carismático o pretencioso, reservado o dogmático, un defensor de las causas justas o un patán de poca monta. Kempner había pasado casi veinte años luchando contra Hitler y los nazis, y los últimos cuatro lo había hecho en aquella ciudad convertida en ruinas como consecuencia de la megalomanía del Führer y de las bombas de los Aliados. La pugna que había llevado a cabo era una singular historia personal y al mismo tiempo representaba un capítulo de la historia universal: la lucha por su propia vida, pero también el pequeño granito de arena aportado en la lucha global de su generación. A comienzos de los años treinta, siendo un joven funcionario de la policía de Berlín, Kempner había defendido que Alemania debía parar los pies a Hitler y sus seguidores y acusarlos de alta traición antes de que lograran derribar la república y poner en práctica su programa de terror. A los pocos días de la ascensión del partido nazi al poder en 1933, Kempner —judío, liberal y opositor declarado del nuevo Gobierno — perdió su puesto en la Administración. Tras un breve periodo de detención y un interrogatorio de la Gestapo en 1935, escapó a Italia, luego a Francia y finalmente a Estados Unidos, donde siguió adelante con su campaña. Haciendo uso de una verdadera biblioteca de documentación interna de los propios alemanes y de toda una red de informadores, Kempner ayudó al Departamento de Justicia norteamericano a condenar a los propagandistas nazis que operaban en Estados Unidos y suministró información sobre el Tercer Reich al Departamento de Guerra, la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS por sus siglas en inglés) y la Oficina Federal de Investigación (FBI) de J. Edgar Hoover. Luego, en un giro argumental que parece arrancado de las páginas de un guion de Hollywood, regresó a su país natal y ayudó a incriminar a los mismos hombres que lo habían echado de su trabajo, lo habían demonizado por la sangre judía que corría por sus venas, lo habían despojado de la


ciudadanía alemana y lo habían obligado a huir para salvar la vida. Tras intervenir en el famoso proceso internacional por crímenes de guerra en el que fueron juzgados Göring, Rosenberg y los demás grandes nombres del Tercer Reich caído, Kempner permaneció en Núremberg para encargarse de doce casos más presentados por los norteamericanos contra otros ciento setenta y siete colaboradores nazis: médicos que habían realizado experimentos atroces con los internos de los campos de concentración, funcionarios de la SS que obligaban a los prisioneros a trabajar hasta morir, directores de empresa que se habían aprovechado del trabajo forzoso de la mano de obra esclava o jefes de escuadrones de la muerte que habían masacrado a la población civil de los distintos países de la Europa del Este durante la guerra. Kempner supervisó personalmente el último y también el más largo de los procesos, el Caso 11, llamado el Juicio de los Ministerios porque la mayoría de los acusados habían ostentado puestos destacados en las oficinas gubernamentales de la Wilhelmstrasse de Berlín. El personaje más destacado del proceso, el Secretario de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores, Ernst von Weizsäcker, había allanado el camino para la invasión de Checoslovaquia y, según se demostró, había aprobado personalmente el traslado de más de seis mil judíos de Francia al campo de exterminio de Auschwitz. Pero el acusado más famoso era Gottlob Berger, un oficial de alto rango de la SS que había organizado un escuadrón de la muerte famoso por su brutalidad. «Mejor fusilar a dos polacos de más», escribió en cierta ocasión a propósito de su unidad, «que a dos de menos».[14] Los acusados más inquietantes eran los banqueros que no solo habían financiado la construcción de los campos de concentración, sino que además habían almacenado las toneladas y toneladas de gafas y de dientes de oro arrancados a las víctimas de los campos de exterminio. El juicio venía celebrándose desde finales de 1947 y por fin ahora, el 12 de abril de 1949, iba a concluir de una vez.[15] Los tres jueces americanos entraron en la sala, subieron al estrado y empezaron a leer en voz alta su sentencia. Ocupaba ochocientas páginas, de modo que tardaron tres días en concluir la lectura. Al otro lado de la sala, en la que montaban guardia varios agentes de la policía militar, tiesos como palos, luciendo unos resplandecientes cascos plateados, los nazis escuchaban a través de los auriculares el contenido de la sentencia que los traductores se encargaban de verter al alemán. Al final resultaron condenados diecinueve de los veintiún


acusados, cinco de ellos del delito de crímenes contra la paz, cargo para cuya definición los Juicios de Núremberg marcaron un auténtico hito. A Von Weizsäcker se le impuso una pena de siete años de prisión, a Berger otra de veinticinco y los tres banqueros fueron condenados a entre cinco y diez años de reclusión. Para la acusación fue una gran victoria. Tras indagar en los documentos nazis y a través del interrogatorio de centenares de testigos durante cuatro años, la fiscalía había logrado que los peores criminales fueran condenados y enviados a la cárcel. Había demostrado al mundo que la complicidad en el Holocausto se extendía de arriba abajo a todo el Gobierno alemán. Como diría Kempner, había pintado «en su totalidad el fresco criminal»[16] del Tercer Reich y había reforzado el lugar que representaba Núremberg en la historia como «fortaleza de la fe en el derecho internacional».[17] En definitiva, había consolidado la tesis que defendía la persecución obligatoria de los crímenes de guerra. Aquellas sentencias supusieron la culminación de la larga campaña emprendida por Kempner contra el partido nazi. O al menos así habría debido ser. Al cabo de unos años las promesas de Núremberg acabarían por verse defraudadas. Desde el primer momento los juicios habían tenido sus detractores en Alemania y en Norteamérica. Los críticos veían no ya justicia, sino afán de venganza en el fondo de la actuación de la Fiscalía, y Kempner, con su personalidad desabrida y su notoria agresividad durante los interrogatorios, se convirtió en el símbolo de esa falta de imparcialidad percibida. Un ejemplo en ese sentido sería el virulento interrogatorio al que el fiscal sometió al antiguo diplomático nazi Friedrich Gauss, durante el cual Kempner amenazó al testigo con entregarlo a los rusos para su posible procesamiento por crímenes de guerra. Uno de sus colegas americanos de la Fiscalía declaró que la táctica de Kempner era «una insensatez» y, según dijo, temía que lo único que consiguiera de esa forma fuera «convertir en mártires a los criminales juzgados en Núremberg».[18] Otro testigo interrogado por Kempner afirmó que el fiscal era «lo más parecido a la Gestapo que pueda uno imaginar».[19] En 1948 Kempner se vio arrastrado a un enconado debate público con un obispo protestante, Theophil Wurm, en torno a la legitimidad de los


procedimientos empleados. Wurm escribió a Kempner una carta abierta de protesta; Kempner contestó insinuando que los que ponían en entredicho los Juicios de Núremberg eran en realidad «enemigos del pueblo estadounidense». Como la disparidad de criterio entre ambos se desarrolló a través de la prensa, Kempner pudo comprobar cómo el público lo ponía en la picota en los periódicos alemanes. Fue caricaturizado como un exiliado judío hipócrita y propenso a la venganza.[20] Las censuras llegaron incluso del senador estadounidense Joseph McCarthy, cuyo electorado de Wisconsin estaba formado por un nutrido grupo de americanos de origen alemán. El senador se opuso al procesamiento de Von Weizsäcker porque, según las fuentes no nombradas de las que disponía, el diplomático nazi había sido un valioso agente clandestino de los americanos durante la guerra. McCarthy dijo que Núremberg estaba entorpeciendo la recogida de información en Alemania emprendida por los estadounidenses y en la primavera de 1949 declaró ante el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado que quería llevar a cabo una investigación de la «absoluta imbecilidad» que había rodeado al juicio de Von Weizsäcker. «Creo que este Comité», dijo McCarthy, «debería ver qué tipo de retrasados mentales —y usó este término deliberadamente— está presidiendo allí ese tribunal militar».[21] En el momento en el que los últimos juicios terminaron, los tribunales norteamericanos por crímenes de guerra habían condenado a más de mil nazis a distintas penas de cárcel. La mayor parte de ellos languidecía en la prisión de Landsberg, cerca de Múnich. Una gran cantidad de alemanes occidentales seguían negándose a aceptar la validez de los tribunales de los Aliados y consideraban que aquellos nazis encarcelados no eran criminales de guerra, sino más bien víctimas de un sistema de justicia ilegítimo. La cuestión se convirtió en un punto de conflicto de primer orden después de que Alemania Occidental eligiera a su primer canciller en 1949, en un momento en el que Norteamérica, incómoda por los planes de los soviéticos respecto a Europa, empezaba a trabajar para reconstruir a su enemigo vencido y convertirlo en un aliado leal y remilitarizado. Las realidades de la Guerra Fría contribuyeron rápidamente a desbaratar los logros conseguidos por los fiscales de los procesos por crímenes de guerra. En 1951, tras una revisión de las condenas, el Alto Comisionado de Estados Unidos para Alemania liberó a una tercera parte de los condenados


de Núremberg y conmutó todas las penas de muerte, menos cinco. Pero a finales de año, todos los nazis que Kempner había logrado meter entre rejas en el Caso 11 habían sido puestos en libertad. Aunque las reducciones de las penas fueron presentadas como una muestra de clemencia, el mensaje que entendieron los alemanes fue muy distinto: los americanos habían reconocido finalmente que los juicios habían sido injustos. Kempner arremetió contra la decisión tomada por el Alto Comisionado. «Hoy quiero dejar constancia de mi disconformidad y advertir que la apertura anticipada de las puertas de Landsberg supone soltar contra la sociedad unas fuerzas subversivas totalitarias que ponen en peligro al mundo libre».[22] Su advertencia no fue atendida. Los líderes norteamericanos cedieron ante el pragmatismo político y en 1958 casi la totalidad de los criminales de guerra estaban ya en libertad.[23] La lucha de Kempner distaba mucho de haber terminado. Había pasado cuatro años inmerso en los testimonios documentales de los crímenes nazis y sabía que, incluso después de unos juicios llevados a cabo bajo los focos de la prensa internacional, el mundo seguía sin conocer la totalidad de la historia. Irritado al leer las versiones revisionistas de lo ocurrido en las que los supervivientes del Tercer Reich intentaban reivindicar la historia de Alemania bajo el nazismo, recurrió a la prensa para contraatacar. «Con una nostalgia más o menos declarada», escribía Kempner en el New York Herald Tribune, «muchos autores alemanes de obras de carácter político están diciendo a sus compatriotas que a Alemania no le habrían ido del todo mal las cosas de no ser porque al Führer se le había ido un poco la cabeza».[24] Él no podía tolerar aquello. Lamentaba las fotos angelicales de Hitler aparecidas en la prensa de derechas, las insinuaciones militaristas según las cuales los generales habrían podido salvar a Alemania de la ignominia si Hitler no se hubiera inmiscuido en los asuntos directamente relacionados con la actividad militar y los esfuerzos de los diplomáticos nazis por blanquear el pasado. Exigía la publicación en Alemania de los hechos reales que habían salido a la luz en Núremberg. «Es la única forma de combatir la intoxicación sistemática de la mente de los alemanes que está produciéndose ante nuestros propios ojos en la recién nacida República de Alemania». Poco antes de escribir estas palabras, sin embargo, el fiscal había hecho


algo que iba en contra de ese espíritu de apertura. Después de los Juicios de Núremberg, Kempner se había llevado parte de los importantes documentos alemanes originales que habían sido capturados. Y si existían copias de ellos, nadie sabía ya dónde estaban. Como fiscal que era, Kempner tenía la facultad de pedir todos los documentos que quisiera para la preparación de las causas. En más de una ocasión se había puesto ya en entredicho el manejo que había hecho de los archivos. El 11 de septiembre de 1946, el jefe del Departamento de Documentación escribió un memorándum diciendo que la oficina de Kempner había tomado prestados cinco documentos y que no los había devuelto. «Me gustaría añadir que esta no es ni mucho menos la primera vez en la que este departamento ha tenido no pocos problemas para conseguir que el doctor Kempner restituyera libros de la biblioteca y otros documentos». [25] En 1947, Kempner ganó cierta notoriedad entre los miembros del equipo de fiscales norteamericanos por la forma en que había manejado el único y famosísimo documento conservado acerca del Holocausto. Poco después de regresar a Núremberg para participar en la segunda ronda de juicios, Kempner puso a su personal a investigar en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, que habían sido rescatados de su escondite en las montañas del Harz y trasladados a Berlín. Un día, uno de sus ayudantes se topó con un documento de quince páginas de extensión. Empezaba diciendo: «En la discusión de la solución final de la cuestión judía, que tuvo lugar en Berlín, Am Grossen Wannsee Nº 56/58 el 20 de enero de 1942, participaron las siguientes personas». Se trataba de las Actas de la Conferencia del Wannsee, que describían una reunión presidida por Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de la Seguridad del Reich, para discutir la «evacuación» de los judíos de Europa.[26] Pocos meses después del hallazgo del documento, uno de los fiscales americanos, Benjamin Ferencz, levantó la vista de su escritorio al ver a Charles LaFollette entrar precipitadamente en su despacho. —¡Voy a matar a ese hijo de perra! —aulló. LaFollette era el encargado de la acusación de otro de los Juicios de Núremberg, en este caso el que se había abierto contra una serie de jueces y abogados nazis. Había oído hablar de las Actas de la Conferencia del Wannsee, pero Kempner no se las entregaba. Había mucha rivalidad entre los múltiples fiscales de Núremberg, y presumiblemente Kempner quería ser el


primero en hacer público aquel documento explosivo en el proceso que se disponía a dirigir. Ferencz se desplazó al despacho de Kempner dispuesto a intervenir si era necesario. El interpelado negó estar ocultando nada. Ferencz siguió acosándolo. Finalmente, tras un poco más de insistencia, Kempner abrió el cajón inferior de su escritorio y preguntó poniendo cara de inocente: —¿No será esto por casualidad? LaFollette se dio cuenta enseguida de lo importante que era para su caso aquel documento: el Ministerio de Justicia del Reich había enviado un representante a aquella reunión trascendental. Inmediatamente, LaFollette salió del despacho como una exhalación para denunciar el incidente ante Telford Taylor, el fiscal jefe de los procesos de Núremberg, y exigirle que «echara a ese hijo de puta». Ferencz llegó detrás de él y asumió la defensa de Kempner. Dijo a Taylor que el Caso de los Ministerios seguramente se vendría abajo si Kempner era apartado de los Juicios de Núremberg, y además Kempner solo se había guardado el documento sin darse cuenta. «Cosa que nadie se creyó», decía Ferencz unos años más tarde en una carta al propio Kempner. En cualquier caso, Taylor se puso de parte del que era su fiscal en el Caso de los Ministerios.[27] Kempner no era la única persona que había en Núremberg con ganas de escamotear documentos nazis originales para su uso particular. Desde que acabó la guerra, los expedientes capturados habían sido enviados a los diversos centros de documentación militar, llevados en avión a París, a Londres y a Washington para ser estudiados por las diversas unidades de los servicios de inteligencia, y remitidos a Núremberg para su uso en los juicios por crímenes de guerra. Mientras los archivos iban y venían de un lado a otro de Europa, los cazadores de recuerdos habrían tenido multitud de ocasiones de sustraer cualquier papel que luciera el membrete nazi y que bajo la sempiterna despedida usada por los miembros del partido —«Heil Hitler!»— llevara la firma de algún personaje importante. A los responsables de la salvaguardia de la documentación les preocupaba en particular el personal de la Fiscalía de Núremberg. Temían que los que les pedían que les facilitaran expedientes estuvieran «más influenciados por instintos periodísticos privados que por el deseo de promover la causa de la justicia», como decía un oficial del ejército en cierto informe.[28] Otro observador llegaba a la conclusión de que el Departamento de Documentación de la Fiscalía de Núremberg se esforzaba muy poco por seguir la pista de sus expedientes y de


las idas y venidas a las que eran sometidos. Uno de los documentos clave que desaparecieron fue un informe oficial del ayudante militar de Hitler, Friedrich Hossbach, que demostraba que el Führer estaba tramando la conquista de Europa ya en 1937; los fiscales tuvieron que apoyarse durante el juicio en una copia notarial. Preguntado por el expediente en cuestión por un historiador encargado de supervisar la publicación de los documentos alemanes capturados después de la guerra, Kempner recordó haberlo visto e insinuó que «algún cazador de recuerdos quizá se llevara el original». En septiembre de 1946, los administradores de uno de los centros de documentación habían dejado de prestar los originales a los equipos de la Fiscalía de Núremberg, por miedo a no volver a recuperar el millar de testimonios y pruebas documentales que ya habían prestado. A lo largo de los juicios, el Palacio de Justicia de Núremberg se vio inundado de papeles.[29] Un estudio efectuado en abril de 1948 encontró casi veinte mil metros cúbicos de «expedientes administrativos, negativos y recortes de prensa, una filmoteca, grabaciones magnetofónicas de la sala, grabaciones de los interrogatorios, libros y otras publicaciones, documentos originales, fotocopias, copias de documentos, archivadores llenos de expedientes, documentos jurídicos, fichas de prisioneros, fichas de los interrogatorios, resúmenes de las fichas de los interrogatorios, sumarios de todos los juicios y análisis de pruebas de los distintos colaboradores». La cantidad de papeles era tal que los responsables habían empezado a preocuparse por la posibilidad de que muchos documentos originales acabaran por ser tirados a la basura sin querer. Como luego escribiría Kempner en sus memorias, aquello era «un caos terrible». Y él se aprovechó de aquel caos. Según sus propias declaraciones, como temía que ciertos documentos potencialmente explosivos no fueran archivados de manera adecuada, él mismo se encargó de asegurarse de que se hiciera buen uso de ellos. En sus memorias reconocía que si algún investigador «interesado e inteligente» le hubiera pedido cualquier documento importante durante los juicios, sencillamente habría dejado la carpeta correspondiente encima del sofá de su despacho y habría salido de él diciendo: «No quiero saber nada del asunto». [30] A su juicio, más valía tener un «bien histórico de valor» en manos de un colaborador de confianza que informara de su contenido, que dejarlo en manos de los burócratas del Gobierno, que lo mismo permitían que fuera


destruido. Se suponía que todos los documentos originales alemanes capturados por los Aliados serían devueltos a los centros militares de documentación una vez acabados los juicios, pero Kempner quería utilizar el material que había ido acumulando para escribir artículos y libros sobre la época nazi. El 8 de abril de 1949, pocos días antes de que se dictara sentencia en el Juicio de los Ministerios, el fiscal se las arregló para obtener una carta de un solo párrafo firmada por Fred Niebergall, el director del Departamento de Documentación, y dirigida a la Fiscalía: «El abajo firmante autoriza al doctor Robert M. W. Kempner, ayudante del asesor jurídico jefe y delegado del fiscal jefe, División de Ministerios Políticos, a llevarse y retener materiales de naturaleza no clasificada pertenecientes a los juicios por crímenes de guerra de Núremberg, y destinados a la investigación, la redacción de libros, la preparación de conferencias y el estudio».[31] Era una autorización sumamente insólita. Más tarde, un abogado que trabajaba para los servicios de inteligencia militar afirmaría tener serias dudas de que un hombre en la posición de Niebergall hubiera firmado nunca algo así. Justo ese mismo día, Kempner envió una carta a la editorial E. P. Dutton, de Nueva York, con la sinopsis de un libro basado en los interrogatorios que él mismo había efectuado en Núremberg y en documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, titulado provisionalmente Hitler y sus diplomáticos.[32] Había presentado el contenido del libro en enero y un editor de Dutton había expresado su interés y le había pedido más detalles. Luego resultaría que el libro en cuestión era solo uno de los múltiples proyectos de posibles publicaciones que había presentado Kempner en 1949. Varias décadas después, en sus memorias, Kempner explicaría las razones que lo indujeron a llevarse algunos documentos de Núremberg. «Una cosa sabía con claridad. Si alguna vez hubiera querido escribir algo sobre el asunto y hubiera tenido que ponerme en contacto con los archivos, habría obtenido respuestas muy amables, desde luego, pero sus responsables no habrían sido capaces de encontrar parte del material solicitado. Precisamente por eso ya tenía yo mi propia documentación».[33] Como justificación no era muy sólida, desde luego. Lo que realmente pretendía Kempner era tener una ventaja importantísima sobre otros autores que quisieran documentar la época nazi: la ventaja de la exclusividad. Con su autorización en la mano, Kempner se guardó sus papeles de Núremberg y —junto con los demás materiales que hubiera podido acumular


durante el tiempo que había ejercido como fiscal contra los nazis— cruzó el Atlántico y se volvió a su casa, en las afueras de Filadelfia. El cargamento llegó a la estación de Lansdowne, del Pennsylvania Railroad, el 4 de noviembre de 1949: veintinueve cajas que pesaban más de tres mil seiscientos kilos.[34] Hitler y sus diplomáticos no llegó a publicarse nunca. Parece que Kempner se distrajo con otras cosas. No obstante, encontró otras maneras de intentar hacer justicia a los excesos cometidos por el Tercer Reich. Abrió un bufete de abogados en Fráncfort y, entre otros trabajos legales, empezó a encargarse de los casos de las víctimas del nazismo que reclamaban indemnizaciones.[35] Actuó como representante legal de Erich Maria Remarque, cuya novela sobre la Primera Guerra Mundial, Sin novedad en el frente, un auténtico superventas en su tiempo, había sido quemada públicamente y prohibida por los nazis. Representó también a Emil Gumbel, un destacado catedrático de matemáticas de la Universidad de Heidelberg que había sido obligado a dejar su trabajo debido a sus ideas pacifistas. Y representó a muchos judíos, católicos y miembros de la resistencia. Aquella actividad se convirtió en un medio de vida muy lucrativo. Diez años después de que acabaran los Juicios de Núremberg, se reanudó el procesamiento de los criminales de guerra nazis. En 1958 un juicio celebrado en Alemania Occidental atrajo de nuevo la atención hacia unas atrocidades que los alemanes creían haber dejado atrás. Diez nazis fueron condenados por el asesinato de más de cinco mil judíos lituanos. El caso indujo a los ministros de Justicia alemanes —alarmados por la posibilidad de que muchos criminales se hubieran librado de su castigo al término de la guerra— a crear una Oficina Central de Investigación de los Crímenes Nazis, con sede en Ludwigsburg. Al mismo tiempo, fuera de Alemania algunos fiscales llevaron a juicio varios casos de gran interés público. En 1961 Kempner volvió a acaparar la atención internacional cuando voló a Jerusalén para testificar en el juicio contra Adolf Eichmann, el hombre que había organizado la deportación de los judíos de toda Europa. A finales de esa misma década, en varios juicios célebres, Kempner apareció como responsable de la acusación particular en nombre de los parientes de las víctimas. Representó al padre de Ana Frank y a la hermana de la monja carmelita Edith Stein en un caso contra tres agentes


de la SS acusados del exterminio de miles de judíos holandeses. Representó a la viuda de un periodista pacifista asesinado por un miembro de la Sturmabteilung nazi (la SA) en 1933. Actuó como portavoz de treinta mil judíos de Berlín en el juicio abierto contra un destacado dirigente de la Gestapo, Otto Bovensiepen, que orquestó su deportación al este. Kempner rentabilizó el renovado interés por los crímenes nazis escribiendo para el público alemán toda una ristra de libros acerca de esos y de otros casos destacados.[36] Publicó también extractos de los interrogatorios que había llevado a cabo en Núremberg y en 1983 aparecieron sus memorias, Ankläger einer Epoche (Fiscal de una época). Aunque Kempner se había naturalizado estadounidense en 1945, sus libros no fueron publicados en inglés, y donde sería más conocido sería siempre en su país natal. Cuarenta años después de los Juicios de Núremberg, seguía al pie del cañón. Cuando la Deutsche Bank compró el conglomerado industrial Flick, Kempner logró presionar a la empresa y consiguió que pagara más de dos millones de dólares en concepto de indemnización a mil trescientos judíos que trabajaron durante la guerra como mano de obra esclava en diversas fábricas de pólvora de una filial de Flick. La lucha contra los nazis acabó definiendo la vida de Kempner. Se negó obstinadamente a permitir que el mundo olvidara lo que habían hecho aquellos criminales. Si alguien le decía que un antiguo nazi no parecía en realidad una mala persona, no tenía más que abrir sus archivos para demostrar lo contrario. «Literalmente miles de asesinos siguen paseando por las calles de Alemania y del mundo», dijo en cierta ocasión a un periodista. «¿Cuántos criminales nazis siguen en libertad? Juzgue usted mismo». A pesar de los procesos llevados a cabo después de la guerra, solo unos pocos millares de alemanes fueron juzgados por asesinato. «¿Puede usted decirme cómo dos mil individuos lograron asesinar a seis u ocho millones de personas? Es matemáticamente imposible».[37] Treinta, cuarenta, cincuenta años después de la época nazi, continuaría negándose a pasar página. La suya era una lucha que seguiría en pie hasta el final de su vida. Aparte de los constantes viajes entre Estados Unidos y Europa para atender a sus asuntos jurídicos internacionales, lo cierto es que Kempner llevó una vida


familiar harto complicada. Aunque su bufete de abogados estaba radicado en Fráncfort, se había naturalizado ciudadano estadounidense y su primera residencia seguía estando en Lansdowne, Pensilvania, donde se había establecido durante la guerra. Allí vivía con su segunda esposa, Ruth, trabajadora social y escritora; su anciana suegra, Marie-Luise Hahn; su secretaria, Margot Lipton; y durante los años cincuenta con su hijo André. [38] Los Kempner tenían un secreto: la madre del chico no era Ruth Kempner —como decían a todo el mundo—, sino Margot Lipton. Robert Kempner y su secretaria habían tenido una aventura en 1938. André se crio en la creencia de que era hijo adoptivo de los Kempner. En la secretaría de la escuela, Ruth Kempner aparecía registrada como la madre del muchacho. Simplemente eso era lo más fácil. «Más sencillo», diría la señorita Lipton, «para el doctor Kempner».[39] Ni André ni su hermano mayor —Lucian, hijo de Kempner y su primera mujer— se enterarían de la verdad hasta muchos años después. Y no por falta de sospechas. Cuando André se casó en Suecia, todo el mundo se maravilló al ver el enorme parecido existente entre la señorita Lipton y el novio. Los hijos de los Kempner eran demasiado respetuosos para hacer preguntas. «Sencillamente aceptaba lo que decía mi padre», comentó Lucian, «y fuera de eso no era asunto mío».[40] Al margen de lo que supiera o no supiera, André creció adorando a su padre. Después de trasladarse a Suecia con su esposa para explotar una granja a los 29 años, seguiría enviando regularmente a su familia cartas escritas con una letra meticulosa. «Solo quiero darte las gracias, papá, por ser para todos nosotros el padre más maravilloso», decía en una carta escrita tras la visita que le hizo en cierta ocasión Kempner, acompañado de la señorita Lipton. «Nunca resulta fácil decírtelo cuando estoy contigo, pero espero que en ningún momento subestimes el amor y la comprensión que siento por ti y por tu trabajo».[41] Desde comienzos de los años setenta Kempner viviría todo el tiempo en Europa, repartiendo su tiempo entre Fráncfort, en Alemania, y Locarno, en Suiza. Sufrió un ataque al corazón en 1975 que se produjo poco después de que una banda de neonazis protagonizara un acto de protesta ante su despacho y su salud se volvió demasiado frágil para que pudiera viajar de nuevo al otro lado del Atlántico. Ruth Kempner y Margot Lipton, que seguían viviendo en Pensilvania, iban a visitarlo de vez en cuando y pasaban


con él unas semanas, pero fuera de eso el fiscal se apoyaría en otra mujer lealmente entregada a su persona. Jane Lester era una americana criada en Brocksport, Nueva York, a unos cien kilómetros de las cataratas del Niágara. En 1937, siguiendo a una compañera de clase, viajó a Alemania, donde se dedicó a enseñar inglés a las personas que esperaban poder emigrar. Muchos años después reconocería su ingenuidad. No tenía ni idea de lo que Hitler estaba haciendo a sus enemigos. Ya en 1938 pasó durmiendo tranquilamente la Noche de los Cristales Rotos, en la que los nazis se desbocaron por toda Alemania destruyendo sinagogas y saqueando las tiendas y las casas de los judíos. Al día siguiente no podía entender por qué los alumnos de la academia de idiomas no habían aparecido por clase. Abandonó Alemania, se puso a trabajar en la oficina de un agente de cambio en Buffalo, y luego se fue a Washington, donde se colocó como mecanógrafa —toda «una chica de la administración», como ella misma decía— en la Oficina de Servicios Estratégicos. Un día de 1945 Lester leyó en el Washington Post que iban a necesitarse traductores para los juicios por crímenes de guerra de Núremberg y se presentó en el Pentágono a solicitar empleo. Poco después estaba otra vez camino de Alemania. Jane conocía a Kempner por su reputación; lo veía cenando en el Grand Hotel de Núremberg, donde se reunían cada noche prácticamente todos los que estaban relacionados con los juicios. Por fin se conocieron personalmente en 1947, cuando el fiscal estaba reclutando personal para la segunda tanda de procesos. La joven se convirtió en su ayudante y a menudo lo acompañaba durante los interrogatorios, cosa que, al parecer, causaba no poca alarma entre los acusados. «No podían entender muy bien quién era yo», contaba Jane. «Empezó a correr el rumor de que era una psicóloga». Lester tuvo además el honor de ser la persona que tradujo al inglés para los fiscales norteamericanos las Actas de la Conferencia del Wannsee. Una vez acabada la guerra, trabajó para los servicios de inteligencia del ejército estadounidense en Camp King, en Oberursel, cerca de Fráncfort. Pero estaba pluriempleada con Kempner, que necesitaba a alguien que le ayudara a traducir la correspondencia y a llevar su bufete. Se estableció así una asociación que perduraría cuatro décadas. «Los últimos veinte años de su vida, no me separé nunca de Robert Kempner, ni de día ni de noche», diría Jane. «Era su enfermera, su chófer y su secretaria». Aunque no lo dijera, además había sido su amante.


Kempner y las tres mujeres de su vida estuvieron estrechamente unidos hasta el último momento. Como diría Lucian algunos años después, «formaban todos una gran familia feliz». Ruth, la mujer de Kempner, falleció en 1982. Al final de su vida, Robert vivía en un hotel a las afueras de Fráncfort, donde Lester y él dormían en habitaciones contiguas con la puerta abierta. De ese modo Jane estaba cerca si a Kempner le ocurría algo en plena noche. Robert y Lucian Kempner hablaban casi a diario, y como el padre no oía bien por teléfono, la señorita Lester escuchaba también la conversación y repetía a su jefe cualquier cosa que se le escapara. Kempner murió el 15 de agosto de 1993, a los 93 años. Esa semana Lipton se había trasladado de Pensilvania a Alemania para estar con él. «Murió en mis brazos», contaría Jane Lester. «Estuvimos allí las dos, cada una a un lado, en su lecho de muerte». Cuando llegó el médico y certificó su fallecimiento, «quedamos en un terrible estado de horror, tristeza e incredulidad».[42] Las dos mujeres llamaron a Lucian, que vino en coche desde Múnich con su esposa y se hizo cargo de todo. La situación no iba a ser fácil. Durante toda una vida de investigaciones, publicaciones y viajes, Kempner se había dedicado a guardarlo todo. Cuadros, muebles, miles de libros y montones de documentos llenaban las propiedades que tenía en Fráncfort y en Lansdowne, Pensilvania, una localidad a las afueras de Filadelfia. Tenía infinitas carpetas de documentos personales, profesionales y legales: pasaportes viejos, agendas, cuadernos de la infancia, billetes de tren usados, facturas del agua y de la luz, cartas antiquísimas y fotografías. La señorita Lester encontró el testamento de Kempner metido en una bolsa en la habitación de su hotel. Ocupaba una sola página, escrita a mano con un rotulador negro de punta gruesa, y resultaba casi ilegible. Según ese documento, Kempner se lo legaba todo a sus dos hijos, Lucian y André. Pero había un inconveniente.


2 Desaparecido todo

Robert Kempner junto a Jane Lester, su ayudante y traductora, durante el Juicio de los Ministerios celebrado en Núremberg en 1948-1949 (ullstein bild/ullstein bild vía Getty Images).

Dos años después de la muerte de Kempner, su fiel colaboradora, Jane Lester, seguía intentando encontrar el modo de mantener vivo su legado.[43] Su condición de destacado fiscal en los Juicios de Núremberg había dado a Kempner mucho caché en la Alemania de posguerra. Constituía una presencia habitual en la prensa y era tema de muchos programas de televisión sobre los juicios. Pero en Estados Unidos era prácticamente desconocido. Lester quería que todo eso cambiara.


Decidió recurrir a un individuo de Lewiston, Nueva York, llamado Herbert Richardson, ministro presbiteriano y antiguo profesor de teología, que dirigía una pequeña editorial académica, la Edwin Mellen Press. Sus críticos repudiaban la casa Mellen calificándola de «imprenta casi subvencionada por cuenta del autor astutamente disfrazada de editorial universitaria», y Richardson puso el caso en manos de la Justicia en una demanda por difamación por valor de 15 millones de dólares interpuesta contra la revista Lingua Franca, que, sin embargo, fue desestimada. Es posible que Lester encontrara el nombre de Richardson en algún documento de Kempner. En 1981 este había intentado atraer el interés de los editores americanos por sus obras, y la Mellen Press fue una de las editoriales con las que contactó. Richardson le explicó que él dirigía una empresa demasiado pequeña y que no podía publicar una edición comercial. «El problema, sin embargo, es que yo creo que sus libros DEBERÍAN ser publicados en inglés y distribuidos en Norteamérica», decía Richardson en una carta de abril de 1982. «Contienen una información importantísima y es una tragedia que no salgan a la luz. Pero ¿qué puedo hacer yo? Soy el dueño de una pequeña editorial y lo que no puedo hacer no lo puedo hacer».[44] Trece años después, cuando la señorita Lester lo llamó por teléfono, Richardson seguía interesado en el asunto. Lester tradujo un extracto de las memorias de Kempner y la Mellen Press lo publicó en 1996 coincidiendo con el quincuagésimo aniversario de los primeros Juicios de Núremberg. En marzo de 1996, Richardson asistió a una reunión de los fiscales de Núremberg celebrada en Washington, D. C., donde contactó con un destacado historiador del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos (United States Holocaust Memorial Museum) y se informó sobre la posibilidad de donarle «una pequeña cantidad» de los documentos de Kempner.[45] Los archivos seguían en posesión de las dos antiguas colaboradoras de este, Jane Lester en Alemania y Margot Lipton en Pensilvania. Por aquel entonces ambas señoras tenían más de 80 años y seguían manteniendo una estrecha relación. Dos días después el historiador concertó una cita para Richardson, Lester y Lipton con el archivero jefe del museo, Henry Mayer. La que llevó la voz cantante en la conversación fue la señorita Lester, que describió la importancia de la figura de Kempner y ponderó el valor incalculable de los documentos que había dejado. Pero la cosa no fue más allá. Mayer había llegado al museo hacía solo dos años y tenía que enfrentarse a una verdadera


riada de materiales nuevos. Tenía trabajo más que suficiente por hacer, y aquel día no oyó decir nada acerca de aquella colección de documentos que le pareciera lo bastante urgente. Richardson tuvo enseguida otra idea: él mismo se encargaría de abrir un local de su propiedad para albergar toda la documentación. El 21 de septiembre de 1996 presidió una elaborada ceremonia para celebrar la inauguración de un nuevo Robert Kempner Collegium en Lewiston, una ciudad fronteriza, situada río arriba cerca de las cataratas del Niágara.[46] Vestido con una toga negra y luciendo sus insignias académicas, dirigió un oficio religioso de inauguración en el que cantó las alabanzas de Kempner ante un pequeño grupo de amigos y seguidores del jurista difunto, entre los que se encontraba Jane Lester y su familia en sentido lato. Kempner había sido «uno de los luchadores más valientes que se habían enfrentado a un Estado que se declaraba legítimo, pero que en realidad era ilegítimo», dijo Richardson desde el púlpito, elevando la voz y llenando con su eco la capilla llena tan solo a medias. Las ventanas estaban abiertas para dejar entrar el fresco del otoño incipiente. «Robert Kempner puso su vida al servicio de la justicia e intentó desenmascarar y oponerse a unas leyes y a un Estado que no eran legítimos, sino que iban en contra de la ley, a un Estado que promulgaba leyes que eran auténticamente criminales, a un Estado que en nombre de la justicia cometió las injusticias más odiosas de la historia». El Kempner Collegium estaría dedicado a la idea de que la moralidad está por encima de la ley. Con los ojos arrasados en lágrimas, Richardson recordó cómo había llegado a formar parte del círculo de amigos póstumos de Kempner. Él no era más que otro hombre viejo y cansado, dijo, a punto de cumplir los 70. Entonces le había llamado por teléfono la señorita Lester, buscando ayuda para publicar los libros de Kempner en inglés y de repente aquella propuesta lo había sacado de la desazón que lo embargaba. «Un año después», dijo Richardson a su público, «tras dejarme arrastrar por ella a emprender nuevos proyectos y nuevas visiones, debo decir que Jane se ha convertido para mí en la fuente de la juventud». A continuación bajó del estrado para entregarle un diploma debidamente enmarcado. «La alada imaginación y la exuberante energía de Jane Lester son las armas espirituales de este noble caballero que emprende la búsqueda del Grial, arrostrando peligros, salvando confines y cogiendo en sus manos no solo los frutos, sino también los abrojos de la vida», decía el documento. Richardson la proclamaba «luchadora perpetua en


defensa de la justicia». Luego los asistentes visitaron la editorial Mellen Press y, mientras degustaban un almuerzo, Jane fue firmando copias de la traducción de las memorias de Kempner para los invitados. A continuación todo el grupo regresó a la iglesia para asistir a una lectura dramática de algunos pasajes del libro a cargo de un actor con acento marcadamente inglés. La señorita Lipton cortó la cinta que daba acceso a una pequeña casa blanca en cuya puerta se había colocado un gran cartel para anunciar la presencia de la nueva institución. Pero dentro, las estanterías estaban vacías. El problema radicaba en que, mientras que las mujeres tenían la custodia física de los documentos, los dos hijos de Robert Kempner tenían su custodia legal. Los hijos de Kempner todavía no habían decidido qué iban a hacer con los papeles de Lansdowne, pero en 1995 negociaron con los archivos nacionales de Alemania, el Bundesarchiv, la donación de los protocolos del bufete de abogados de su padre en Fráncfort. Según Lucian Kempner, cuando Richardson intentó entrometerse en el trato, su abogado le envió un requerimiento de cese y desistimiento. Richardson no se dejó amedrentar y envió a Lucian Kempner una oferta dos meses y medio después de la inauguración del Kempner Collegium. Su nueva institución se dedicaría a «coleccionar, catalogar, publicar y estudiar la biblioteca y los documentos de Robert Kempner». A cambio, Lucian recibiría 20 000 dólares de adelanto, derechos de autor por la reedición de los libros de su padre y un título honorario de la institución inaugurada por Richardson. «¿Puedo ir a Múnich en enero a discutir con usted estas propuestas?», decía la carta. Lucian declinó la oferta. En mayo de 1997, Lester volvió a consultar al Holocaust Museum a propósito de los Papeles de Kempner. Esta vez el archivero jefe del museo, Henry Mayer, estaba dispuesto a hablar. El abuelo de Mayer, Heinrich Meier, propietario de una granja de ganado vacuno en Oberlustadt, en Alemania, había sido obligado a abandonar su actividad por los nazis. Los ganaderos fueron presionados para que boicotearan a los judíos a los que habían venido comprando sus reses durante generaciones.[47] El que fuera pillado comprando ganado a un tratante judío


recibiría solo una fracción del montante habitual de la subvención concedida por el Gobierno a la producción de leche. Las manifestaciones bloquearían los intentos llevados a cabo por los judíos de vender sus reses en el mercado. Finalmente, las aseguradoras dejarían de ofrecer a los judíos los seguros que necesitaban por ley para sus reses. Harto de semejante situación, en 1937 Heinrich Meier embarcó en el lujoso trasatlántico Washington, junto con su hija y su hijo, y zarpó rumbo a Nueva York. Ya habían llegado antes otros parientes suyos, de modo que Heinrich se instaló en el mismo edificio que ellos en el barrio de Flatbush. La decisión era irrevocable: en cuanto llegó a Estados Unidos, cambió la ortografía de su apellido, que en adelante no se escribiría como en alemán, Meier, sino a la inglesa, Mayer. Los Mayer no hablaban nunca del Holocausto. Henry Mayer nació cinco años después de que acabara la Segunda Guerra Mundial y enseguida aprendió que estaba estrictamente prohibido preguntar por lo que les había pasado a los judíos durante el Tercer Reich. «Era algo que no se sacaba nunca a relucir», decía. «No se hablaba nunca de ello». Henry Mayer estudió historia americana en la Universidad de Chicago y se sacó el título de licenciado en Wisconsin. En el camino para la obtención de una cátedra universitaria, suspendió el examen preliminar para acceder al programa de doctorado y, cuando estaba estudiando para presentarse a una segunda convocatoria, decidió que en último término no quería dedicarse a la docencia. Se dio de baja del programa de doctorado, se trasladó a Washington, D. C., y al cabo de algún tiempo encontró un empleo en los Archivos Nacionales. El trabajo allí era muy atractivo, pero finalmente llegó a un punto en el que toda la vida parecía consistir en inventariar material y trasladar documentos de un lugar a otro, de modo que cuando en 1994 le ofrecieron un empleo en el Museo del Holocausto, que acababa de ser inaugurado, no desaprovechó la oportunidad. Durante los años venideros millones de visitantes pasarían por el Museo del Holocausto, y la idea era que cuando lo abandonara, la gente saliera dispuesta a «enfrentarse al odio, evitar el genocidio y promover la dignidad humana». Antes de tomar el ascensor para visitar la exposición permanente, se facilitaban a los visitantes carteles que identificaban a una víctima concreta de la persecución nazi. El largo paseo por las distintas galerías obligaba al público a pasar ante imágenes de las matanzas, a entrar en un vagón del mismo tipo que los utilizados para llevar a los judíos a la muerte, a cruzar un letrero que decía «ARBEIT MACHT FREI» —«El trabajo hace libre»—,


como el que había a la entrada del campo de Auschwitz y, por último, a entrar en una sala llena con los cuatro mil zapatos dejados por las víctimas de las cámaras de gas de Majdanek, en Polonia. El museo pretendía impartir una clase de historia, pero también suscitar cuestiones de responsabilidad personal: ¿qué habrías hecho tú? ¿Qué vas a hacer tú para detener la expansión del odio hoy día? Pero la colección iba mucho más allá de los objetos expuestos en la galería. El museo contenía un amplio archivo de materiales que permitieran a los investigadores conocer la historia del Holocausto y también contarla: documentos, fotografías, grabaciones de archivo, historias orales y objetos únicos. Como hijo y nieto de judíos alemanes obligados a abandonar la Alemania nazi, Henry Mayer estaba intrínsecamente interesado en la misión del museo. Pero no fue hasta que empezó a trabajar en él cuando descubrió el verdadero alcance de la historia de su familia. Los antepasados de Mayer, apellidados Meier y Frank, habían vivido durante generaciones en Karlsruhe y sus alrededores, a orillas del Rin, al sudoeste de Alemania. Durante los años treinta, algunos miembros de la familia en sentido lato huyeron a Estados Unidos. Pero muchos no consiguieron escapar. Fueron capturados en la redada llevada a cabo por los nazis en octubre de 1940, cuando la Gestapo detuvo a más de setenta mil judíos de toda la región, hombres, mujeres y niños y los deportó al otro lado de la frontera. Los transportes no se dirigieron al este —la ruta habitual de las deportaciones de los judíos alemanes durante los años siguientes—, sino hacia el oeste, donde pasaron a ser responsabilidad del régimen títere de Vichy, establecido en la zona «libre» del sur de Francia a raíz de la ocupación del norte del país por los nazis a comienzos de ese mismo año. Los alemanes habían deportado a los judíos sin avisar previamente a las autoridades de Vichy; los franceses reaccionaron enviando los trenes a campos de internamiento, entre ellos uno levantado en una zona pantanosa en las inmediaciones de una pequeña localidad llamada Gurs, al pie de los Pirineos. [48] Los trenes que transportaban a los judíos se detenían en la estación de ferrocarril más próxima, Oloron-Sainte-Marie, donde todos los deportados eran hacinados en camiones descubiertos. El último trecho de su largo y triste viaje fue acompañado de una lluvia helada y torrencial. A casi mil doscientos


kilómetros de su hogar, los detenidos —empapados de agua, ateridos de frío y completamente desorientados— fueron conducidos a una desolada hilera de barracones destartalados. Su equipaje quedó amontonado en medio del barro. Los trabajadores sociales que visitaron el campo administrado por las autoridades francesas cuando llegó el invierno encontraron en él una «atmósfera irrespirable de desesperación humana» y «un intenso deseo de morir» entre los prisioneros más viejos (el 40 por ciento de los deportados tenía 60 años o más).[49] Dentro de las vallas de alambre espinoso, vigilados por guardias armados, había unos barracones de madera sin ventanas atestados de gente. Por supuesto carecían de calefacción, de agua corriente y de mobiliario. Proliferaban en ellos los piojos, las ratas, las cucarachas y las enfermedades. «Llovía y llovía», escribiría un prisionero. «El suelo era una auténtica ciénaga; podía uno escurrirse y hundirse en el barro».[50] Los internos compartían unas cuantas botas altas para navegar por el lodo y alcanzar unos primitivos retretes: simples cubos colocados debajo de unos cajones al aire libre, sin tejado ni puertas. Todo lo inundaba, como diría luego una historiadora, «el olor del barro mezclado con la peste a orina».[51] La dieta de los prisioneros consistía en un sucedáneo de café, una sopa, que era un mero aguachirle, y pan. No había agua potable suficiente y el hambre era atroz. «Habría sido preciso un poeta magistral como Arthur Rimbaud», escribiría un académico judío, el profesor A. Reich, internado en Gurs, «para expresar todos los matices de la miseria que afligía a los miles y miles de personas allí encerradas, hombres y mujeres de todas las edades».[52] Los primos de Heinrich Meier, Elise y Salomon Frank, no sobrevivieron a 1940 en aquel campo de concentración; murieron durante el invierno más frío que había habido en años. El hermano y la cuñada de Heinrich, Emmanuel y Wilhelmina Meier, y su prima Martha Meier, pasaron casi dos años en los campos de internamiento franceses antes de que les llegara la hora. En agosto de 1942, fueron metidos en un tren y trasladados al norte, a Drancy, en las inmediaciones de París, donde les quitaron las pocas posesiones que aún pudieran tener. Al amanecer del 14 de agosto, unos autobuses llevaron a Emmanuel y Wilhelmina a la estación de ferrocarril, donde unos guardias armados con metralletas los obligaron a subir a unos vagones de ganado para viajar al este, a «un destino desconocido». El convoy de Martha partió tres días después. Los Meier se encontraron de pronto rodeados de enfermos y ancianos y de multitud de pequeños huérfanos, algunos de apenas 2, 3 y 4 años de edad.


Después de varios días de viaje, los parientes de Heinrich llegaron a su destino final, a unos mil cuatrocientos kilómetros de distancia, en la Polonia ocupada: Auschwitz.[53] A millones de años luz, en el Museo del Holocausto, Mayer ayudó a construir, organizar y catalogar una colección de documentos de más de setenta millones de páginas. Ninguna adquisición sería tan voluminosa ni tan complicada —ni en último término tendría un significado histórico tan grande— como los Papeles de Kempner. Tras recibir la llamada de Jane Lester en 1997, Mayer escribió a Lucian y a André Kempner. Los dos le contestaron entusiasmados, y Lucian se haría cargo enseguida de todo el asunto. Creía que el Museo del Holocausto sería el lugar ideal para los papeles de su padre. «Su vida fue la lucha contra el nazismo». Lucian explicó que los documentos en cuestión estaban en Lansdowne, y que Margot podría encargarse de permitirles inventariarlos. Cuando Mayer y un equipo de expertos se trasladaron de Washington a Lansdowne en agosto de 1997, dio la impresión de que todo iba a ir como la seda. Llegaron a la casa de seis dormitorios que Kempner había comprado durante la guerra. Estaba al pie de una colina, en el recodo que hace un pequeño río, el Derby Creek. Nadie salió a abrirles la puerta cuando llegaron a la hora concertada. Pocos minutos después, llegó la señorita Lipton, que volvía de dar un paseo. Cuando Mayer se presentó a sí mismo, la anciana pareció sorprendida. —¿Quién? —dijo. Tras refrescarle la memoria, la mujer los hizo pasar y les mostró dónde podían encontrar el material que buscaban. Estaba por todas partes: en el despacho de Kempner, a la izquierda, en la habitación de la derecha, en el porche acristalado, en otras dos habitaciones del piso de arriba, en el sótano. Una de las habitaciones carecía por completo de luz, y la señorita Lipton tuvo que ir a buscar bombillas. Uno de los hombres había estado antes en la casa. Jonathan Bush era un abogado, experto en los juicios por crímenes de guerra, cuyo currículo incluía varios periodos como ayudante de la Fiscalía en la Oficina de Investigaciones Especiales (OSI por sus siglas en inglés) del Departamento de Justicia, dedicada a la búsqueda y captura de nazis, y en el Consejo General del Museo del Holocausto. Varios años antes, cuando solo era un diplomado de


veintitantos años que estudiaba las indemnizaciones a pagar a las víctimas del Holocausto, Bush había ido hasta allí a entrevistar a Kempner. El lugar no había cambiado mucho con el paso de los años. «Era un caos total», explicaría. «No he visto nunca tantas cajas metidas de cualquier manera en una casa». En cada una de las habitaciones que les enseñó la señorita Lipton, había cajas almacenadas que iban desde el suelo hasta el techo. Toda la superficie disponible estaba cubierta de carpetas. Los cuatro hombres estaban abrumados. «¿Qué vamos a hacer ahora?», pensó Mayer en ese momento. Si alguien hubiera dicho a Bush que en la casa había dos mil cajas, no lo habría puesto en duda. «¡Menuda mierda!», pensó. «¿Cómo vamos a poder con todo esto?». Se dividieron en dos grupos y empezaron a catalogarlo todo. Tuvieron tiempo solo de echar una ojeada a una pequeña muestra del material para comprobar si Kempner había guardado algo que valiera la pena salvar o no. En el sótano encontraron cinco librerías atestadas de volúmenes viejos, entre ellos diccionarios de lenguas extranjeras, materiales de los Juicios de Núremberg y libros de derecho anteriores a la época nazi. Cuatro mesas contenían casi treinta cajas de carpetas de papeles relacionados con las finanzas personales de Kempner y el trabajo de restitución. En los archivadores del despacho encontraron una enorme cantidad de cartas e informes de todo tipo, guardados en un sinfín de carpetas, a cual más desorganizada. La habitación estaba tan atestada de muebles y cajas, que no pudieron llegar a los documentos contenidos en la librería cerrada con puertas de cristal. Las distintas carpetas carecían por completo de sentido; no estaban ordenadas ni cronológicamente ni por temas. Los hombres tuvieron que quitar de en medio herramientas de carpintería, frascos de vitaminas y lociones para llegar hasta los recortes de periódico, las facturas, las fotografías y las guías de viaje. Tuvieron que subirse a las cajas situadas debajo para alcanzar las de más arriba. Seguramente no pudieron ver todo lo que había, según dijo Bush. «La mayoría de las cajas estaban detrás de otras dos filas de cajas y debajo de otras seis cajas más». Lo que vieron, eso sí, tenía un interés innegable, además de ser sumamente importante desde el punto de vista histórico. Bush abrió una caja al azar y se sorprendió al encontrar unos documentos que probaban que Kempner, el azote de los criminales de guerra nazis, había intervenido en un caso en defensa de la viuda de Göring, Emmy; la señora creía que tenía derecho a


percibir la pensión gubernamental de su marido. Bush localizó copias de cartas enviadas por J. Edgar Hoover y remitidas a él. Particular asombro le causó la amplitud de los Papeles de Kempner relacionados con los juicios por crímenes de guerra. Copias de ese material habían sido donadas a las grandes bibliotecas, pero ocupaban tanto espacio que incluso muchas instituciones se habían deshecho de ellas. El archivo de Kempner estaba prácticamente completo, dijo Bush. «Lo tenía todo». La colección, escribió Mayer en el informe que redactó después de la visita, era «de un valor histórico enorme para el estudio del Holocausto». Estaba además en un «peligro extremo». El moho había empezado a cebarse en parte de los documentos guardados en el porche y en el sótano. Recomendaba el traslado inmediato de los papeles a una zona de almacenamiento provisional, donde pudieran ser tratados para su desinsectación y guardados en cajas nuevas. Remitió su informe también a Lucian, que a su vez se lo hizo llegar a Jane Lester y a Margot Lipton. Y entonces empezó el lío. La señorita Lipton no quería separarse de nada. Ahí era donde entraba en juego la dificultad del testamento de Kempner. Para asegurarse de que la señorita Lipton tuviera quien cuidara de ella cuando él muriera, Robert había estipulado que se le permitiera permanecer en la casa de Lansdowne —y quedarse con su contenido— a expensas de su patrimonio. Lucian y André estaban dispuestos a respetar aquella demanda, pero también querían sacar de Lansdowne los documentos importantes desde el punto de vista histórico que su padre había dejado en la casa. No mucho después de que Mayer llevara a cabo el inventario de los papeles guardados en la casa, recibió una carta de la señorita Lipton: decía en ella que no estaba dispuesta a entregar todo aquel material sin lucha. «Al parecer no son ustedes conscientes de mis derechos legales en esta materia», afirmaba en su carta. Kempner había dado a Margot Lipton derecho «a quedarme con todo lo que hay en el número 112 de Lansdowne Court o a disponer de ello». No tenía ningún problema con el hecho de que el museo archivara los Papeles de Kempner... «en último término». Pero no quería quedarse en una casa medio vacía. «Quizá no tengan ustedes en cuenta el hecho de que, tras su jubilación, una persona anciana a menudo encuentra cierto consuelo en hallarse rodeada de los papeles, los libros, las fotografías y los objetos que encarnan el trabajo de toda su vida», decía la carta. Además, suponía una gran falta de sensibilidad por parte de Mayer el hecho de no


preguntarle ni siquiera si le «importaba que me mandaran ustedes un camión para llevarse la mayoría del contenido de mi casa, donde he estado viviendo más de cincuenta años y donde tengo la intención de seguir viviendo otros treinta». Al parecer sus planes eran seguir viva pasados con creces los cien. La señorita Lipton decía a Mayer que estaba dispuesta a llevar a juicio a Lucian y al museo si seguían adelante con sus planes. «Espero recibir a vuelta de correo sus disculpas por no haber discutido estos asuntos conmigo y su solemne promesa de no volver a proponerme nunca entrar en mi casa y llevarse de ella nada en absoluto sin una invitación escrita por mi parte y sin mi consentimiento expreso». Según Lucian, Margot se encontraba con Richardson y con la señorita Lester en Alemania cuando fue escrita su carta, y el personal del museo se preguntaría más tarde si no habría sido en realidad Richardson quien la redactara. Más o menos por la misma época en que este comunicado llegaba al Museo del Holocausto, Lucian recibió una carta del abogado de la señorita Lipton. En ella decía que su patrocinada estaría dispuesta a olvidar todas sus objeciones a la retirada de los Papeles de Kempner si se le entregaba la casa de Lansdowne y el resto de su contenido. La propiedad de la casa habría dado a Margot la oportunidad de venderla, quedarse con el dinero y trasladarse a cualquier otro sitio. Una vez más, Lucian declinó la oferta. A finales de 1997 Mayer respondió a Jane Lester: «Es nuestra intención asegurarnos de que el legado intelectual del doctor Kempner sea conservado para las generaciones futuras de estudiosos en una institución dedicada a los ideales por los cuales se esforzó durante tanto tiempo y con tanto ahínco». Le pedía disculpas por no haberla mantenido informada, pero señalaba que Lucian le había pedido que no implicara a otras personas en las negociaciones. Prometía además colaborar con ella para asegurarse de que sus pertenencias y documentos no eran sacados de la casa junto con los de Kempner. «No tenemos la menor intención de sustraer ni sin querer ni intencionadamente nada que le pertenezca a usted». Pero no queriendo verse envuelto en un pleito, el museo decidió mantenerse al margen hasta que Lucian Kempner y Margot Lipton arreglaran sus diferencias. Pero el factor verdaderamente imprevisible en todo aquel asunto era Herbert


Richardson. En sus años como profesor, según decían sus alumnos, era un hombre capaz de dejarse arrastrar por explosiones de cólera y hasta resultar intimidatorio. Podía ser también un orador carismático, profundamente cautivador y apasionado. Viendo perorar a Richardson, una de sus alumnas comentó que podía entender cómo Adolf Hitler se había ganado el fervor de las masas.[54] Cuando se lo contaron, Richardson dio un suspiro y dijo: —Unos me comparan con Hitler, otros me comparan con Dios. ¿Qué debo responder a esto? Richardson obtuvo el título de doctor en Teología en la Divinity School de Harvard en 1963 y enseñó en esa misma facultad durante cinco años. Aunque era ministro presbiteriano, pasó a trabajar en una institución católica, St. Michael’s College, integrada en la Universidad de Toronto, donde obtuvo una cátedra. Sus investigaciones cubrirían un amplio espectro de temas. Richardson escribió diversas obras sobre S. Anselmo de Canterbury, el aborto, el caso de gestación subrogada de Baby M, Juana de Arco o los homosexuales en el ejército. Su libro Nun, Witch, Playmate, publicado por Harper & Row en 1971, examinaba la «americanización del sexo». Había lanzado su editorial universitaria, que era independiente de cualquier institución académica, en 1972. La idea original era publicar tesis doctorales de los estudiantes de St. Michael’s, pero no tardó en convertirse en una editorial destinada a especialistas de cualquier otro centro que no consiguieran que les publicaran sus obras. Richardson llamaba a su empresa «una imprenta de último recurso». En 1979, la trasladó del sótano que ocupaba en Toronto a un edificio de Lewiston, unos ciento treinta kilómetros más al sur. La editorial fue creciendo lentamente, acabó por resultar rentable y llegó a publicar al año varios centenares de títulos de temas muy variados. Richardson se jactaba de que sus ediciones figuraban en las bibliotecas de los centros de investigación de todo el mundo, incluida su alma mater, la Universidad de Harvard. Empezó a verse envuelto en controversias en los años ochenta, cuando defendió a la Iglesia de la Unificación del reverendo Sun Myung Moon y a la Iglesia de la Cienciología frente a las acusaciones de que no eran nuevas religiones, sino meras sectas. Luego, en 1991, cierto incidente ocurrido en las aulas amenazó con poner fin a su carrera académica. Un día empezó a gritar a sus alumnos —no se habían comportado de forma suficientemente ordenada a la hora de colocarse


en sus pupitres—, y a continuación entabló una violenta discusión con su asistente, al que acabó echando con cajas destempladas de clase. Los estudiantes informaron del asunto, las autoridades universitarias empezaron a vigilar de cerca las clases de Richardson, y al año siguiente lo invitaron a solicitar la jubilación anticipada. «El comportamiento de Richardson», comunicaba el director del departamento de estudios religiosos de la época, «era una bomba de relojería susceptible de explotar en cualquier momento». El profesor Richardson se negó a retirarse, pero solicitó una baja médica. Durante años había tenido dolores en el pecho, y pensó que había llegado el momento de someterse a una cura cardiaca en Duke University. Si continuaba dando clases, dijo a sus amigos, «habré muerto para febrero». Se trasladó a Durham, pero se dio de baja del programa de rehabilitación al cabo de unas cuantas semanas —era demasiado caro, explicaría después—, y en su lugar se dedicó a viajar por Norteamérica y Europa. Fue a Gales, donde había una filial internacional de la Mellen Press; a Kansas, donde estaba enterrado su padre; y al sur de California, donde estuvo pensando en la eventualidad de retirarse a la localidad de Borrego Springs, en pleno desierto. Fue a las islas Turcas y Caicos, donde decidió fundar una universidad Mellen; no tardaron en aparecer anuncios publicitarios en los que se notificaba que el centro expedía títulos académicos basados en la lectura de disertaciones y en «experiencias vitales» al precio de 995 dólares. «La vida es una escuela», decía Richardson. «Se aprende viviendo». En St. Michael’s se enteraron de las actividades de Richardson durante sus viajes y cuando regresó a la facultad, la universidad lo acusó de falta grave. Como tenía una cátedra en propiedad y no podía ser echado sin más, el asunto pasó a un tribunal público, cosa por lo demás harto inusual. Las autoridades universitarias presentaron diversos cargos contra Richardson, unos puramente baladíes y otros graves. Al final, la principal alegación fue que había abusado de su baja médica y había engañado a las autoridades universitarias en lo concerniente al tiempo que dedicaba a trabajar en la Edwin Mellen Press. Richardson estuvo cinco días prestando declaración ante el tribunal. «Esta humillación pública ha sido el bochorno más extraordinario para mí y para mi familia», dijo. «Ha dado lugar a mi ruina económica y a mi desprestigio profesional».[55] Se presentó a sí mismo como una víctima del acoso de sus colegas académicos. Cuando tuvo noticia de que era objeto de una investigación, aseguró, cayó en una profunda depresión. «Todo aquello sobre


lo que había construido mi vida durante cincuenta años era objeto de ataque, y sentía que estaba a punto de venirme abajo hundido por el peso de semejante agresión». Perdió el caso y fue expulsado de la universidad en octubre de 1994. En sus conclusiones, el tribunal hacía saber que no creía en el testimonio de Richardson. «Su agilidad de ingenio, su elocuencia y su personalidad voluble le permiten dar una pátina de persuasión a cualquier media verdad que pueda decir, con tal de que le resulte útil».[56] Un año después de este episodio, el más tumultuoso de su vida, Herbert Richardson conoció a Jane Lester. En agosto de 1998 —un año después de que Mayer y el resto de empleados del museo hicieran el inventario de los Papeles de Kempner en la casa de Lansdowne— la señorita Lipton llevó a los hijos de Kempner a los tribunales por un solar de quince hectáreas que había comprado junto con Ruth y Robert Kempner en 1958. A la muerte de este último, Lipton se lo había dado a Lucian y André para que lo vendieran, y ellos habían accedido a entregarle una parte de las ganancias. Pero en 1997, cuando los hermanos firmaron el contrato de venta del solar por 450 000 dólares, ella los demandó, aduciendo que había sido engañada con mala fe por el abogado de los Kempner y que por consiguiente debía recibir todo el importe de la venta.[57] La documentación judicial demuestra que Lucian Kempner creía que Herbert Richardson ejercía una «influencia indebida» sobre la señorita Lipton y que se hallaba detrás de toda aquella maniobra legal.[58] El abogado de Lucian, Kevin Gibson, dijo al tribunal que Lipton había dado a Richardson poderes para que actuara como procurador en su nombre; mientras tanto, ella había sido sacada de su casa de Lansdowne e ingresada en una residencia de ancianos llamada el Hogar Presbiteriano, situada en Lockport, al norte del estado de Nueva York, a unos treinta kilómetros de distancia del despacho de Richardson en Estados Unidos. Gibson pidió al juez que desestimara la demanda de la señorita Lipton y diera permiso a los herederos de Kempner para entrar en la casa y retirar las pertenencias de su padre. En el Museo del Holocausto, mientras tanto, Mayer, cada vez más impaciente, había seguido los complicados procedimientos judiciales desde lejos, cuando el 23 de junio de 1999 se produjo por fin un avance importante. Gibson tuvo finalmente la oportunidad de hacer declarar a la señorita Lipton. Margot acababa de cumplir los 85, y la edad había hecho mella en ella.


—En realidad no sé dónde vivo ahora —reconoció la buena señora. Cuando le preguntaron cómo había conocido a Richardson, respondió: —No me acuerdo.[59] Gibson le mostró un cheque por valor de 13 000 dólares retirado de la cuenta bancaria correspondiente al patrimonio de Kempner. Daba la impresión de que la señorita Lipton lo había firmado en nombre de Lucian, aduciendo que tenía poderes de procuración. Margot declaró que no sabía nada del cobro del cheque. Gibson le preguntó una y otra vez si tenía alguna objeción a la retirada de los Papeles de Kempner de la casa de Lansdowne para su salvaguardia, y Lipton dijo que no. —Preferiría que se hiciera después de mi muerte —afirmó—, pero si hay que hacerlo ahora, supongo que podrá hacerse. Dijo también que no tenía planeado regresar a la casa, ni «reservas de ningún tipo» para su venta. Finalmente Margot Lipton arreglaría de forma amistosa con los herederos de Kempner el pleito que les había puesto por el solar. El abogado se puso inmediatamente en contacto con el museo, que decidió actuar sin dilación. «La señorita Lipton no solo podría cambiar de opinión», escribía Mayer a sus colegas, «sino que además la casa está en la actualidad deshabitada y por consiguiente su contenido se halla en una situación muy precaria». Una semana después de que Lipton prestara declaración, Mayer estaba de vuelta en Lansdowne. Gibson, el abogado, se reunió allí con él, acompañado de un cerrajero y un agente de policía, para asegurarse de que todo se desarrollaba como era debido. Lo primero que encontraron cuando entraron en la casa fue un revólver en un estante de la cocina. Lo segundo que descubrieron fue que la mayor parte de los documentos que habían visto dos años antes habían desaparecido. «La casa estaba completamente vacía», dijo Bush, el especialista en crímenes de guerra que había ayudado a Mayer a inventariar la casa dos años antes. En el sótano, habían arramblado con el contenido de las estanterías. En el despacho de Kempner, los archivadores estaban vacíos. La mayor parte de los documentos del piso superior también se habían esfumado. Recorriendo la casa con el inventario que habían hecho en 1997 en la mano, Mayer y los demás fueron marcando «desaparecido», «desaparecido todo» y «ni rastro» artículo tras artículo. «Hasta el escritorio ha desaparecido», anotó alguien. Gibson llamó a los detectives de la comisaría de Lansdowne para que


investigaran lo ocurrido mientras Bush y los demás iban llamando a las puertas de todas las casas de la calle. Los vecinos informaron de que una semana antes habían visto un camión de mudanzas delante de la casa. La policía interrogó al vigilante de los Kempner, Magnus O’Donnell, que llevaba mucho tiempo en ese puesto —la familia lo llamaba Nifty («Don Listillo») —, y este les contó que siete meses atrás Richardson había visitado la casa acompañado de la señorita Lester y la señorita Lipton y había estado hurgando en los archivos. Habían empaquetado lo que habían querido, dijo, y habían enviado las cajas a Nueva York. Dos contenedores enteros de ropa vieja, muebles y enseres domésticos habían sido tirados a la basura. Los investigadores localizaron a Richardson en Lewiston y descubrieron que los documentos que faltaban habían sido trasladados al Robert Kempner Collegium, provisto de aire acondicionado y cerrado a cal y canto. Dijeron a Richardson que estaban investigando cómo había administrado las finanzas de la señorita Lipton y le exigieron que entregara todo el material al Museo del Holocausto. El editor accedió de inmediato.[60] El 3 de agosto, acompañado de la policía, Mayer se presentó en el Collegium de Lewiston dispuesto a revisar los Papeles de Kempner y a empaquetarlos. Allí se encontraron a una airada Jane Lester debidamente asistida por su abogado; a Richardson no se le vio el pelo por ninguna parte. En 1997 la llamada telefónica de Lester había puesto de nuevo en marcha la adquisición de los Papeles de Kempner por el Museo del Holocausto. Dos años después, la antigua secretaria y compañera del fiscal se mostraba indignada por el giro que habían tomado los acontecimientos. Sí, se habían llevado los documentos, reconoció, pero solo para ponerlos a buen recaudo y asegurarse de que el museo no se llevaba cosas que no pertenecían al patrimonio de Kempner. Finalmente, la delegación subió al piso superior para examinar la colección. Accedieron a revisar minuciosamente cada carpeta para determinar lo que constituían los documentos de Kempner y lo que pertenecía a Lester y a Lipton. La operación fue lenta. Lester se quejaba de que el museo estaba invadiendo su privacidad. Dijo a Mayer que quería que recordara su cara, porque un día escribiría sobre lo que estaba haciéndole. Cada vez que daban con una carta escrita por ella a Kempner, se negaba a separarse de ella. Las había a centenares, y databan de los años sesenta a los ochenta: Lester, Lipton y los Kempner se habían escrito casi a diario cuando no estaban juntos.


Mayer sostenía que las cartas remitidas por Kempner debían ser consideradas parte de su colección, e intentaba quedarse con todo lo que pudiera. En definitiva, la colección Kempner constituía el patrimonio escrito más grande donado al museo hasta la fecha. El museo había logrado reunir ochenta y cinco cajas de dosieres de Núremberg, ciento diecisiete volúmenes de hojas encuadernadas relacionadas con los juicios, setenta y ocho cajas de documentos personales y profesionales de Kempner, treinta y nueve grabaciones sonoras a setenta y ocho revoluciones por minuto y casi mil libros y revistas. Cuando tuvieron reunido todo el material en el almacén del museo, al norte de Washington, y se pusieron a estudiar la documentación de forma detallada, los archiveros e historiadores empezaron a descubrir el secreto de Kempner: durante décadas, su casa medio abandonada de la periferia de Filadelfia había sido el escondite de una gran colección de documentos alemanes originales: documentos que los historiadores no habían visto nunca porque Kempner se los había llevado de Núremberg y no los había devuelto. Había sustraído un diario de guerra de una unidad de la Waffen-SS con base en Hungría correspondiente a 1944, periodo en el que habían sido enviados a la muerte seiscientos mil judíos. Se había llevado una carta firmada por Reinhard Heydrich, uno de los arquitectos del Holocausto, en la que preguntaba a Hitler dónde debía enviar los bienes culturales incautados a los judíos austríacos. Se había llevado un documento de septiembre de 1939 en el que se ordenaba la confiscación de todos los aparatos de radio pertenecientes a los judíos. Se había llevado una carta firmada por Wilhelm Keitel, jefe del OKW (Oberkommando der Wehrmacht), esto es, el Alto Mando de las Fuerzas Armadas de Alemania, desde la cárcel de Núremberg. Kempner tenía el borrador de un discurso que Alfred Rosenberg había pronunciado dos días antes de la invasión de la Unión Soviética en 1941. Tenía además varios dibujos suyos a lápiz, incluidos un estudio de desnudo de mujer en reposo. Tenía también la Ahnentafel personal de Rosenberg, un árbol genealógico confeccionado para demostrar que no tenía antepasados judíos. Cuando terminaron de catalogar la colección, Mayer pensó que el museo tenía ya todo lo que los herederos de Kempner le habían donado. Pensó que por fin habían llegado al final de aquella extraña saga. Pero se equivocaba.


3 Escudriñar la mente de un alma oscura

Henry Mayer, asesor superior de los archivos del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, examinando el diario de Rosenberg (U. S. Holocaust Memorial Museum, cortesía de Miriam Lomaskin).

Pocas semanas después de que Mayer regresara y de que se produjera su enfrentamiento con Jane Lester en Lewiston, un conocido historiador llamado Jürgen Matthäus, que, como él, trabajaba en el Museo del Holocausto, le envió un informe. Matthäus tenía buenas razones para creer que entre el montón de papeles donado por los herederos de Robert Kempner había algo muy significativo: el diario de Alfred Rosenberg. En realidad, decía el historiador, había encontrado pruebas documentales


sólidas en ese sentido entre los papeles de Rosenberg: el propio fiscal lo había reconocido. Tras su hallazgo en la cámara de seguridad del castillo, el diario había llegado a los despachos de los fiscales de Núremberg. No fue presentado como prueba durante los juicios, y, de hecho, cuando el abogado de Rosenberg solicitó verlo para preparar su defensa, le dijeron que había resultado imposible encontrarlo. Setenta y cinco páginas del original llegaron a los Archivos Nacionales de Estados Unidos al término de los Juicios de Núremberg, junto con la copia de otras ciento dieciséis páginas. A mediados de los años cincuenta, un historiador alemán llamado Hans-Günther Seraphim se disponía a publicarlas en una edición comentada cuando examinó un artículo publicado por Kempner en 1949 en una revista alemana llamada Der Monat bajo el título «La lucha contra la Iglesia». Kempner reproducía en él varias anotaciones del diario de Rosenberg. Seraphim se dio cuenta de que los extractos no procedían de las páginas conservadas en los archivos, así que escribió a Kempner preguntándole qué otras secciones del diario tenía en su poder.[61] Este le contestó que tenía unas cuatrocientas páginas manuscritas; había pensado publicar algunas, pero según dijo a Seraphim, «nunca había tenido tiempo». Seraphim pretendía que Kempner compartiera toda su documentación para que pudiera publicarse una edición completa. Pero el exfiscal declinó la oferta, si bien, cuando se enteró de que Seraphim se disponía a hacer una edición abreviada, le sugirió que añadiera una nota a pie de página avisando a los lectores de que Kempner estaba en posesión de «materiales adicionales muy amplios». O bien Seraphim no era consciente de que el documento era legalmente propiedad del Gobierno o bien no quiso insistir en el asunto. Durante los años siguientes, Kempner siguió incluyendo citas de pasajes del diario desconocidos hasta ese momento en dos de los libros que llegó a publicar por entonces. En uno decía incluso que «los diarios secretos... están guardados en mi propio archivo».[62] Pero cuando otros especialistas se pusieron en contacto con él para consultarlos, Kempner se limitó a responderles con evasivas. Para Henry Mayer aquello fue un descubrimiento desconcertante. El diario era un documento insustituible de importancia monumental. Aparte de su valor intrínseco como objeto histórico, los especialistas esperaban que las páginas que faltaban contuvieran importantes detalles acerca de la solución


final. Rosenberg y sus asistentes habían estado envueltos en las discusiones fundamentales de 1941 y 1942, cuando los nazis empezaron a exterminar a los judíos de Europa. Fred Niebergall no tenía derecho a autorizar que Kempner se llevara en préstamo los materiales necesarios para sus investigaciones y, aunque lo hubiera tenido, Kempner no tenía derecho a quedarse para siempre un documento como el diario de Rosenberg. Instigado por el informe de Matthäus, Mayer llevó a cabo un análisis sistemático de los Papeles de Kempner que obraban en poder del museo buscando el diario perdido. No estaba entre ellos. Luego, el 25 de junio de 2001 recibió una llamada telefónica de un individuo llamado Walt Martin, que le explicó que representaba a cierta persona que estaba en posesión de parte de los documentos procedentes de la casa de Kempner en Lansdowne. Mayer se quedó perplejo. El museo había registrado meticulosamente la casa en busca de documentos cuando sus representantes habían ido a recoger la colección Kempner allá por el verano de 1999; y se habían llevado lo poco que había quedado. No podía habérseles pasado por alto nada. Insistió a Martin para que le diera más información. Pero él le dio distintas versiones de los hechos. Primero dijo que el material había sido encontrado en un contenedor fuera de la casa. Pero luego aseguró que lo había encontrado en el pórtico acristalado. —¿No incluirán por casualidad esos documentos —preguntó Mayer— el diario de un hombre llamado Alfred Rosenberg? Martin creía que sí. «¿Cuánto podrían valer?», preguntó. «¿Un millón, dos millones?».[63] Mayer contestó que volvería a llamarlo. En vez de eso lo que hizo fue ponerse en contacto con el FBI. Robert Wittman, fundador del Equipo contra los Robos de Obras de Arte del FBI, se había ganado cierto renombre trabajando clandestinamente por todo el mundo para recuperar objetos artísticos que habían ido a parar a manos de ladrones, estafadores y contrabandistas de todo tipo. Logró recuperar una bola de cristal de veinticinco kilos de peso que en otro tiempo había decorado el Palacio Imperial de Beijing; se la encontró encima de una cómoda en casa de una mujer que se calificaba a sí misma de bruja en Trenton, New Jersey.


En un área de descanso próxima al peaje de la salida 7A de la autopista de New Jersey, Wittman llevó a cabo una operación encubierta que consiguió impedir que unos contrabandistas vendieran una parte de una armadura peruana de oro de mil setecientos años de antigüedad. Descubrió una asombrosa colección de objetos de valor de la cultura americana, escondidos en una modesta casa al sur de Filadelfia. Aquel tesoro, tasado en unos dos o tres millones de dólares, incluía el rifle que el abolicionista radical John Brown había usado durante su malhadado ataque contra Harpers Ferry, un anillo que contenía un bucle de la cabellera de George Washington y un reloj de oro regalado al general de la Unión, George Meade, tras la batalla de Gettysburg (y decorado con la inscripción VICTORY). Wittman logró atraer a un traficante hasta un hotel del aeropuerto de Filadelfia para recuperar el penacho de guerra de Gerónimo. En Madrid, ayudó a unos investigadores españoles a localizar dieciocho cuadros, por valor de 50 millones de dólares, de autores como Goya y Brueghel. Recuperó el mapa de Gettysburg perteneciente al general Pickett, el manuscrito original de La buena tierra de Pearl S. Buck y una de las catorce copias originales de la Declaración de Derechos de los norteamericanos. Wittman es el investigador de delitos relacionados con la desaparición de obras de arte o de valor de más éxito de la historia del FBI, encabezando operaciones que dieron lugar a la recuperación de bienes culturales valorados en más de 300 millones de dólares y atrayendo de paso la atención internacional hacia un sector muy lucrativo del mundo delictivo. Aunque la Oficina de Investigación Criminal registraba puntualmente el valor crematístico de cada uno de los objetos descubiertos por Wittman, él sabía perfectamente que los objetos perdidos pertenecientes al pasado en realidad no tenían precio. ¿Cómo podía alguien asignar un valor en dólares a un legado cultural y nacional irremplazable? Rescatar las reliquias robadas de la historia era la parte de su oficio que realmente entusiasmaba a Wittman. Cuando empezó a trabajar en el caso del Museo del Holocausto en 2001, Wittman lo hizo a través de una conferencia telefónica con Mayer y Martin, presentándose como Bob Clay, experto en documentos históricos. Tenía buenos motivos para utilizar su verdadero nombre de pila: siempre resultaba más fácil interpretar un papel si se reducían las falsedades al mínimo. Wittman sabía por experiencia que sacaría más cosas en claro trabajando como agente secreto que mediante un interrogatorio directo del FBI.


Haciéndose pasar por un experto, podría decir a Martin que necesitaba ver personalmente la colección, y tendría ocasión de formular preguntas capciosas acerca de la procedencia de los documentos. Martin le dijo que los herederos de Kempner habían contratado a una empresa de limpieza para vaciar la casa con vistas a su venta. El dueño de la empresa a su vez había subcontratado el trabajo a su hermano, William Martin, propietario de una empresa de retirada de desechos que, según decía, había encontrado los documentos en unas bolsas de basura dentro del inmueble. Cómo habían llegado hasta allí era un misterio. Los empleados del museo «habían registrado hasta el último agujero en aquel sótano infestado de ratas, habían explorado incluso las paredes, buscando alguna caja fuerte», dijo Kevin Gibson, el abogado de los herederos de Kempner. «Y cuando se fueron, yo mismo volví a registrar la casa. No quedaba ningún otro documento».[64] Algunos papeles parecían documentos nazis originales, dijo Walt Martin. Obraban en su poder cientos de páginas de planes militares alemanes, un documento acerca de la explotación de la Unión Soviética para el aprovechamiento de sus materias primas después de la guerra, algunas cartas de J. Edgar Hoover a Kempner y —según creía y esperaba que pudiera confirmarse— copias del diario de Rosenberg. Tenía también el viejo uniforme del ejército de Lucian Kempner. Walt Martin dijo que había contactado con el historiador británico David Irving para que le asesorara sobre el botín de Kempner. Irving había perdido recientemente un pleito por difamación contra la escritora Deborah Lipstadt, que lo había incluido en un libro acerca de los autores que negaban el Holocausto. Cuando colgaron el teléfono, Wittman dijo a Mayer que fijara una fecha para ir a visitar la casa de Walt Martin a las afueras de Filadelfia y ver lo que tenía en realidad. Si Martin estaba en posesión del diario, Wittman podría hacerse inmediatamente con su custodia para ponerlo a buen recaudo mientras se investigaba si pertenecía o no al Gobierno. El 30 de octubre, Mayer y un historiador del Museo del Holocausto se presentaron en el domicilio de Martin. Era una casa adosada de ladrillo, no demasiado grande, en un barrio embutido en medio de una zona industrial al lado de la Interestatal 95. Los investigadores encontraron grandes montones de papeles desperdigados por toda la casa. Algunos seguían en sus cajas, y otros estaban apilados simplemente en montones sueltos. Martin estuvo fumando todo el tiempo mientras ellos trabajaban, dejando caer la ceniza de sus cigarrillos sobre los documentos.


Mayer determinó inmediatamente que aquellos materiales eran valiosos y formaban parte del patrimonio de Kempner, y así se lo comunicó a Wittman y su compañero, Jay Heine, que estaban esperando fuera. Los agentes entraron en la casa y dijeron a Martin que el FBI incautaba los documentos como prueba hasta que las partes implicadas desentrañaran las complejas cuestiones de propiedad que pudieran comportar. Martin amenazó con querellarse, y los empleados del Museo del Holocausto discutieron hasta dónde debían presionar y seguir reclamando. Aunque resultó que el diario de Rosenberg no estaba en las cajas de Martin, la joya de la colección Kempner seguía clavadita en la mente de Mayer. Él se mostraba partidario de pleitear con Martin. Quería estar seguro de que el museo pudiera reclamar la propiedad del diario si algún día volvía a salir a la luz. Teniendo en cuenta el interés de las hojas perdidas del mismo, Mayer no estaba dispuesto a permitir que cayeran en malas manos. Las autoridades del museo se mostraron de acuerdo con él y todo el asunto acabó en manos de un tribunal federal.[65] Al final, como nadie podía poner en tela de juicio la versión de Martin —y como nadie podía demostrar de manera irrefutable que los empleados del museo no hubieran perdido de vista las cajas cuando fueron a recoger la colección de Kempner en 1999—, los abogados recomendaron llegar a un acuerdo amistoso. Por segunda vez, Mayer se vio sentado ante una mesa repartiéndose los montones de materiales dejados por Kempner a su muerte. Las dos partes fueron escogiendo alternativamente por turnos los documentos que quería cada una. Un día de 2005 la mitad de los documentos correspondiente a Martin salió en bloque a subasta en la casa Wilson’s Auctioneers and Appraisers, de Chester Heights, en las inmediaciones de Filadelfia. En el curso de una subasta esquizofrénica como pocas, los Papeles de Kempner, el hombre que se había pasado toda una vida luchando contra el nazismo, salieron a la venta junto con una camiseta de deportes de las Juventudes Hitlerianas, un cinturón con hebilla de la SS, una cucharilla de la Luftwaffe y un brazalete nazi. Para Mayer y Wittman aquello fue la decepcionante conclusión de una búsqueda que había dado comienzo con la llamada telefónica recibida por el primero en junio de 2001. Resultaba evidente que los Papeles de Kempner acumulados en Lansdowne habían sido divididos, cambiados de lugar y escondidos en condiciones no precisamente óptimas desde el fallecimiento de su propietario. Cada vez que el archivero y el agente pensaban que por fin lo


tenían todo en sus manos, se enteraban de que la historia daba algún nuevo giro. Cada vez más la perspectiva de encontrar el diario perdido parecía una hazaña absolutamente irrealizable. Cuando todavía estaba absorto en las negociaciones con Martin, Mayer se enteró de que habían sido encontrados más documentos de Kempner, escondidos detrás de unas puertas cerradas con llave en el sótano del Collegium fundado por Herbert Richardson en Lewiston, Nueva York. La señorita Lester se había trasladado a vivir allí, pero había quedado imposibilitada debido a la rotura de cadera sufrida a raíz de una caída. A comienzos de 2001, sus hermanas la encontraron en un estado tan deplorable que se la llevaron rápidamente a un hospital, pleitearon para ser nombradas sus tutoras legales y consiguieron por fin hacerse con el control de sus finanzas. Sus activos ascendían a casi seis millones de dólares, algunos de los cuales la buena señora tenía en una cuenta conjunta con Richardson. Al mismo tiempo, los abogados de las hermanas se enteraron de que Richardson estaba también implicado en los asuntos de Margot Lipton y los tribunales nombraron un tutor independiente, Edward Jesella, un abogado de Lewiston, para que se encargara de supervisar su fortuna. El señor Jesella descubrió que Richardson había convencido a la señorita Lipton de que añadiera su nombre en todas sus cuentas bancarias en Estados Unidos y en Europa, en las que tenía depositados sus ahorros, por valor de más de un millón de dólares.[66] Jesella actuó con mucha agresividad para hacerse con el control de las finanzas de Margot Lipton. Los abogados de Richardson amenazaron con poner un pleito, contaría luego Jesella, pero al final el antiguo profesor cortó todo tipo de contactos con la anciana. En 2003, el abogado que representaba a las hermanas Lester invitó al Museo del Holocausto a examinar los documentos que habían sido retirados del edificio de la institución de Richardson en Lewiston y depositados en un guardamuebles en Amherst, Nueva York. Si las cajas contenían algún documento de los que habían sido legados por los herederos de Kempner al museo, este, según dijo a Mayer el abogado, podía llevárselos tranquilamente a Washington. Mayer consultó a Wittman cómo debían actuar a propósito del nuevo depósito de Papeles de Kempner que habían encontrado. Como las tutoras de


la señorita Lester habían invitado a Mayer a llevarse todo lo que perteneciera al museo, Wittman propuso que el archivero fuera solo a Amherst y lo llamara por teléfono si se encontraba con algún problema. Mayer se pasó un día entero en el guardamuebles abriendo cajas. Pero el diario tampoco estaba allí. El viaje, sin embargo, no fue del todo en balde. La hermana de la señorita Lester, Elizabeth, mencionó algo interesante. Había acompañado a Jane en la entrevista concedida a un reportero de la revista alemana Der Spiegel, y durante la conversación a la anciana se le había escapado que había entregado el diario de Rosenberg a alguien para que lo guardara y lo pusiera a buen recaudo. Herbert Richardson. Mayer redactó un informe para Wittman exponiendo la situación de la búsqueda: decía en él que el diario era una propiedad robada del Gobierno, que Kempner parecía habérselo quedado después de los Juicios de Núremberg, y que, según las informaciones más recientes, Richardson tenía en su poder las páginas que faltaban. Pero el comentario hecho por la señorita Lester a un reportero no era precisamente el tipo de prueba que Wittman pudiera utilizar para construir un caso sólido. Además, como Richardson dividía su tiempo entre Estados Unidos y Canadá, sería necesaria una compleja colaboración internacional para que el FBI insistiera en defender sus derechos. El diario todavía no se había recuperado cuando Wittman se retiró del FBI en 2008. Poco después Mayer se encontró con Eli Rosenbaum, que había hecho carrera persiguiendo y deportando nazis como director de la Oficina de Investigaciones Especiales del Departamento de Justicia. Rosenbaum le ofreció su ayuda, pero finalmente acabó por reconocer que no podía seguir adelante con el caso. Lleno de desesperación, Mayer llamó por teléfono a Wittman en 2012 para ver si podía intentar alguna otra cosa que les permitiera continuar con el caso. El antiguo agente del FBI se mostró interesado. Había montado su propia consultoría privada sobre seguridad y recuperación de obras de arte, pero su trabajo no había cambiado mucho. Continuaba yendo tras la pista de objetos únicos y de un valor inestimable para sus clientes. La diferencia era que, como empresario particular, tenía libertad para seguir adelante con sus casos


sin preocuparse por las limitaciones impuestas por las fronteras internacionales. Poco después de recibir la llamada de Mayer, Wittman tomó el tren y se trasladó a Washington con su hijo, Jeff, que había entrado a trabajar en la empresa una vez acabada la universidad. Como de costumbre, las medidas de seguridad eran férreas en el exterior del monumental edificio de granito dedicado a preservar la memoria de las víctimas de los nazis. Apenas tres años antes, un anciano de 88 años, partidario de la supremacía blanca, armado con un rifle del calibre 22, había matado a un guardia de seguridad en la entrada del edificio. Los Wittman pasaron por el detector de metales y subieron a la sala de conferencias del quinto piso donde debían reunirse con las autoridades del museo. A Wittman no le costaba ningún trabajo identificarse con la causa del museo. Su padre, americano de nacimiento, había conocido a su madre, japonesa, en la base aérea estadounidense de Tachikawa durante la guerra de Corea y, tras casarse en 1953, la pareja había regresado a Estados Unidos y se había establecido en Baltimore. Wittman recordaba que, cuando era pequeño, muchos extraños gritaban motes en público al paso de su madre: «¡Japonesa de mierda!», «¡Nipona!». Al principio se sintió desconcertado, pero al final se dio cuenta de que el odio era consecuencia de la guerra. Sus vecinos habían sufrido pérdidas personales en la campaña contra los japoneses. Podía ver las cosas desde los dos bandos: el padre de Wittman había pilotado una lancha de desembarco en el Pacífico, mientras que sus tíos maternos habían combatido para el ejército imperial japonés. Cuando Wittman pensaba en la deportación y el internamiento de las más de ciento diez mil personas de origen japonés, en su mayoría ciudadanos norteamericanos, por orden del Gobierno de Estados Unidos tras el ataque contra Pearl Harbor, se daba cuenta de que no hacía falta demasiada imaginación para entender cómo el nazismo había podido extenderse por Alemania como lo había hecho. Con qué facilidad el patriotismo se volvía racismo aprobado oficialmente. Ya lo había dicho el propio Kempner: incluso unos pocos pasos en la dirección equivocada podían poner a una nación en la senda de la catástrofe. En el museo, Mayer redactó un borrador de lo que sabía acerca de la situación del diario de Rosenberg y Wittman se puso manos a la obra. Diez años después de recibir la primera llamada de Mayer, estaba listo para emprender la búsqueda. Había llegado el momento de resolver aquel misterio


de medio siglo de antigüedad y poner el diario de Rosenberg de nuevo en manos del público. Wittman se puso a estudiar los informes de Mayer sobre la enrevesada donación de los papeles de Robert Kempner. Los dos hijos del antiguo fiscal habían fallecido, lo mismo que las señoritas Lester y Lipton. Pero Richardson seguía vivo —aquel año había cumplido los 80—, así que el investigador empezó por él. Wittman decidió que debía encontrar al antiguo profesor e intentar hacerle hablar. Localizar a Richardson resultó bastante sencillo: seguía trabajando en su editorial universitaria en Niagara Falls, Ontario. La cuestión era si estaría dispuesto a colaborar o no. Wittman solo podría descubrirlo si se enfrentaba a él cara a cara. Nadie había abordado a Richardson directamente ni le había dicho que, si estaba en posesión del diario, no tenía derecho a ello y estaba obligado a entregárselo al Gobierno. Wittman haría entender al antiguo profesor que no tenía más remedio que tomar su situación en serio. Pero aquel era un caso lleno de incertidumbres. ¿Qué pasaría si Robert Kempner le hubiera regalado el diario antes de su muerte? ¿O si se lo hubiera vendido? ¿Qué pasaría si el comentario que la señorita Lester había hecho sin querer hubiera sido malinterpretado, y realmente Richardson no hubiera tenido nunca en su poder el diario? ¿O qué pasaría si se hubiera deshecho de él al darse cuenta de que no podía publicarlo? ¿Qué pasaría si en efecto tuviera el diario y sencillamente prefiriera negarlo? En el mes de noviembre Wittman llamó por teléfono a Mayer para hablarle de sus planes de juego. Los largos años de búsqueda del diario no habían mermado lo más mínimo el entusiasmo del archivero, que estaba dispuesto a seguir adelante para ver si podían poner de nuevo al museo tras la pista de aquel documento tan importante. Pero sus problemas crónicos de espalda se habían recrudecido y no se hallaba en condiciones de aguantar el viaje, así que Wittman se puso en camino acompañado de su hijo y socio Jeff. Cuando llegaron a Lewiston, descubrieron un anuncio que seguía colocado delante del estrecho edificio recubierto de madera blanca que Richardson poseía en Ridge Street: «The Robert Kempner Collegium», decía en letras doradas sobre fondo verde. Pero tras subir los escalones que daban acceso al porche y echar una ojeada a través de las ventanas de la fachada pudieron comprobar que el edificio estaba completamente vacío, no era más que una


cáscara hueca. De modo que Wittman y su hijo se dirigieron a un edificio nada impresionante de ladrillo rojo situado al final de una carretera industrial, a las afueras del término municipal de Lewiston. Era la sede de la Edwin Mellen Press, propiedad de Richardson, y en su interior un par de empleados muy amables dijeron a los Wittman que el exprofesor acababa de irse. Había salido a almorzar. —Vuelvan a última hora de la tarde y podrán ustedes hablar con él. Wittman dejó una tarjeta de visita con sus datos profesionales y sonrió pensando en la reacción que tendría Richardson. Como agente secreto al servicio del FBI, el papel desempeñado por Wittman en los casos relacionados con los delitos de robo y fraude de obras de arte había sido confidencial; en las conferencias de prensa en las que se anunciaba la recuperación de algún objeto importante, había permanecido en segundo plano, fuera del alcance de las cámaras de los periodistas. Pero después de jubilarse en 2008, Wittman había salido a la luz pública con la aparición de un libro de memorias, Priceless, de modo que una sencilla búsqueda en internet permitiría a Richardson saber que iba a tener que vérselas con un antiguo agente especial con un largo historial de éxito en la búsqueda y descubrimiento de obras de valor histórico que habían permanecido ocultas. Previsiblemente, cuando volvieron a última hora de la tarde, los Wittman se encontraron con una actitud totalmente distinta en la Mellen Press. En efecto, nadie podía hablar con el señor Richardson sin cita previa, les comentó una secretaria de la editorial. Tendrían que llamar por teléfono con antelación para concertar una entrevista, les dijo. Pero se negó a darles el número de teléfono al que debían llamar. Ellos insistieron y la mujer finalmente los llevó ante el director de la editorial, John Rupnow. Este les prometió concertar una entrevista con Richardson al día siguiente y les dijo que volvieran a llamar más tarde para confirmar la cita. Cuando llamaron, no respondió nadie. Richardson quería darles esquinazo a toda costa. Para Wittman eso quería decir que tenía algo que ocultar. Sabía algo que le daba miedo admitir. Si el instinto de Wittman estaba en lo cierto, significaba que Richardson tenía en sus manos el diario de Rosenberg. Ese mismo día, a última hora, los Wittman entraron en Canadá para intentar abordar a Richardson en su domicilio. Si no estaba allí, Wittman se vería obligado a dejar otra tarjeta de visita. Era importante que Richardson comprendiera que no podía limitarse a no hacer caso de sus avisos.


Pero ni siquiera a un investigador experto le salen siempre las cosas como él piensa. En la frontera, Wittman y su hijo toparon con el primer obstáculo. Al ser preguntado allí, Wittman dijo al agente de la policía de aduanas que pretendía entrar en Canadá para hacer turismo, pues semejante respuesta era más fácil que explicarle el verdadero objetivo de su misión. El Museo del Holocausto es una organización subvencionada por el Gobierno federal y Wittman temía que cualquier trabajo que hiciera para él al otro lado de la frontera le obligara a pedir permiso a las autoridades canadienses. Quería evitar el tipo de papeleo burocrático que habría paralizado durante años la búsqueda del diario llevada a cabo por el museo. Pero al agente de la aduana no le sonó muy creíble la historia sobre el interés turístico que le contó Wittman. No daba la impresión de que los Wittman fueran simplemente a visitar las cataratas del Niágara: padre e hijo iban vestidos con traje y corbata, como si fueran hombres de negocios. El guardia ordenó a Wittman que apartara a un lado el vehículo y el investigador contempló con disgusto, pero también un poco divertido por lo absurdo de la situación, cómo registraban su coche. En su cartera los policías encontraron la carpeta de la investigación que estaba llevando a cabo y lo acribillaron a preguntas. Wittman intentó explicar la situación, pero el agente no se dejó impresionar por sus argumentos y enseguida una patrulla de la policía aduanera estaba escoltándolo de vuelta al lado americano de la frontera. Pero de los inconvenientes suele venir la inspiración. Wittman sabía que Richardson tenía por costumbre trasladarse a Lewiston varios días a la semana. Quizá si el coche de Richardson era detenido y registrado unas cuantas veces, como le había pasado a él, se convencería de que debía cooperar. La mejor manera de que Richardson entregara el diario, pensaba Wittman, sería someterlo a una presión psicológica constante. Wittman sabía por experiencia que la paciencia era un punto clave. El tiempo estaba de su parte. Al individuo culpable conviene dejarlo que vaya cociéndose en su propio jugo, sin saber qué es lo que sabe realmente el investigador, y no tardará en saltar un mecanismo psicológico de defensa: enseguida empezará a ponerse en lo peor. Entonces es cuando se producen los grandes avances. De nuevo en Filadelfia, Wittman llamó por teléfono a su íntimo amigo y colega David Hall, ayudante del fiscal federal de Wilmington, Delaware. Hall


había hecho carrera persiguiendo a los traficantes de armas y de tecnología militar, pero también había trabajado con Wittman en algunas investigaciones relacionadas con la desaparición de obras de arte, entre ellas la recuperación de un par de cuadros de Picasso robados en una galería de Palm Beach. En un caso memorable, Wittman y él habían volado hasta Río de Janeiro para negociar la devolución de tres pinturas emblemáticas de Norman Rockwell. Además de dirigir su consultoría privada, Wittman colaboraba con la Oficina de Investigación del Departamento de Seguridad Nacional (HSI) como asesor secreto y a menudo trabajaba conjuntamente con Hall y Mark Olexa, un agente especial del HSI. Wittman sabía que los dos colaborarían con él en un caso tan importante como la búsqueda del diario de Rosenberg. Pero pocos días después, cuando Wittman se trasladó a Wilmington para entrevistarse con Hall y Olexa en el despacho del ayudante del fiscal federal, este no se mostró convencido de inmediato por el caso que le proponía. A medida que Wittman fue exponiendo los enrevesados hechos que comportaba el asunto, a Hall empezó a darle vueltas la cabeza. De no haber conocido al antiguo investigador desde hacía décadas, se habría desentendido del caso inmediatamente. Hall, que durante treinta años había sido agente de los servicios de inteligencia en la reserva de la armada de Estados Unidos, se enorgullecía de saber desentrañar los casos más difíciles. Este, pensó, sonaba «como un cuento contado por un loco». Había un diario que había desaparecido no se sabía cuándo entre 1946 y 1949. Había un relato de tercera mano que Jane Lester, ya fallecida, había contado a un periodista, según el cual ella misma se lo había entregado a un antiguo catedrático que vivía al norte del estado de Nueva York. Sobre todo, había un montón de preguntas que necesitaban respuesta. Si Hall hubiera dispuesto de información sólida acerca de quién tenía en su poder el diario y dónde estaba este, habría tenido motivos fundados para justificar una orden de registro, y entonces sencillamente habría podido confiscar el documento. Pero nadie podía decir con certeza ni siquiera si el diario estaba en Estados Unidos o en Canadá o en cualquier otro sitio. No obstante, Hall sabía que Wittman tenía un instinto magnífico y además, en su calidad de fiscal, estaba lo bastante intrigado como para abrir una investigación federal. Wittman comunicó su plan de acción a Hall y Olexa. Primero tenían que llevar a cabo pesquisas metódicas y en profundidad acerca del pasado de Richardson. Luego tenían que analizar el historial de sus desplazamientos entre Estados Unidos y Canadá en busca de un patrón y


ordenar a los agentes de la policía aduanera que obligaran a Richardson a aparcar su coche para registrarlo. Wittman esperaba que esa inspección — producida tan poco tiempo después de su visita a la editorial Mellen— llevara a Richardson a creer que estaba siendo vigilado. El paso final sería interrogar al antiguo catedrático acerca del diario y, si no cooperaba, emitir una orden judicial conminándolo a devolverlo. Olexa se puso manos a la obra. Un día del mes de diciembre, el coche de Richardson fue registrado por la policía en la frontera de Estados Unidos. Dos meses después, los investigadores estaban listos para enfrentarse a él. Hall quería hacerlo en su despacho de Lewiston, donde Richardson quizá propusiera a los agentes registrar el local. No creía que el antiguo profesor entregara el diario de inmediato. Pero sí esperaba que dijera algo que los investigadores todavía no supieran. Olexa se había enterado de que Richardson a menudo iba a Lewiston los jueves, así que el 7 de febrero se desplazó a esa localidad acompañado de otro agente y se puso a vigilar el diminuto aparcamiento de las oficinas de Mellen Press esperando la llegada de Richardson. Cuando este apareció, los agentes salieron a su encuentro y se identificaron. Richardson accedió a hablar con ellos. Les contó cómo había conocido a las señoritas Lester y Lipton y cómo las había ayudado. Dijo que se convirtieron en una carga tremenda para él, pero que, pese a todo, las había atendido muy bien. «Consideraba a aquella mujer, bueno, a aquellas mujeres, como si fueran mi madre».[67] Richardson añadió que había ayudado a ambas señoras a cobrar más dinero de los herederos de Kempner. Y aseguró que no había retirado nunca fondos de las cuentas bancarias de ninguna de ellas. Richardson reconoció que había ayudado a trasladar algunos cuadros de Kempner de Lansdowne a Lewistone, pero dijo que «nunca había oído decir que cualquiera de los cuadros tuviera un valor especial». Afirmó que nunca había manejado ninguno de los documentos desaparecidos de la casa de Lansdowne. —No creo haber estado nunca en posesión de ni uno solo de los Papeles de Kempner. Richardson no solo negó tener en su poder el diario de Rosenberg, sino que dijo que ni siquiera tenía idea de que hubiera existido semejante obra. Sin dejarse impresionar, Olexa entregó a Richardson una orden del gran jurado federal conminándolo a entregar los papeles de Rosenberg junto con


cualquier otro documento propiedad del Gobierno del cual estuviera en posesión.[68] El exprofesor debía, por tanto, darse por enterado de que el diario era propiedad del Gobierno y de que, si lo tenía, le convenía entregarlo. Antes de marcharse, Olexa dio un último consejo a Richardson: —Debería usted buscarse un abogado. Pocas semanas más tarde, el asunto empezó a desarrollarse exactamente tal como Hall y Wittman habían esperado. El abogado de Richardson, Vincent Doyle, llamó a la oficina del fiscal para preguntar por el mandamiento judicial. Hall le explicó que estaba buscando todos y cada uno de los documentos de los Juicios de Núremberg, pero especialmente el diario de Rosenberg. Comentó además a Doyle que Richardson había dicho en el aparcamiento algunas cosas que él creía que no eran verdad, e instaba al abogado a buscar personalmente el diario si tenía la posibilidad. Un mes más tarde, el 27 de marzo, Doyle llamó por teléfono a la oficina del fiscal federal en Wilmington y dejó un mensaje en el contestador. Daba la casualidad de que Hall y Olexa estaban juntos en la oficina del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas en el centro de Filadelfia y el fiscal utilizó el teléfono de un colega para devolver la llamada. Activó el altavoz para que Olexa pudiera oír la conversación. Doyle dijo que Richardson poseía ciertos documentos alemanes, unos encuadernados y otros sueltos, y que estaban escritos a mano. —¿Se parecen a lo que están ustedes buscando? Hall intercambió una mirada con Olexa. Se sentía como un jugador de póker que hubiera sacado una escalera real. Pero el veterano negociador intentó jugar su baza con la mayor frialdad posible. —Vincent —contestó—, la única manera de saber si es lo que queremos es echarle una ojeada. El 5 de abril de 2013 Henry Mayer y Jürgen Matthäus subieron al tren en dirección a Wilmington y una vez en la oficina del fiscal federal, situada en el centro de la ciudad, tomaron el ascensor que había de conducirlos a su despacho. Estaban nerviosísimos. Matthäus había llegado a pensar que no iban a encontrar nunca las páginas perdidas. Cuando Mayer se enteró de que


Richardson había devuelto las páginas manuscritas, enseguida corrió a comunicar la buena noticia a su colega. Pero no sabrían con seguridad lo que tenían entre manos hasta que no pudieran examinar los documentos. Un agente se había desplazado a Buffalo la semana siguiente a que se produjera la llamada del abogado de Richardson y el 1 de abril recogió varios archivadores de acordeón y cuatro cajas de carpetas, que se llevó inmediatamente a Wilmington, donde todos los documentos fueron puestos a buen recaudo en una cámara de seguridad. Pues bien, ahora Olexa sacó los documentos y los depositó encima de una mesa en una sala de conferencias para que los examinaran los representantes del museo. Cuando Matthäus sacó las páginas de los archivadores, al instante quedó meridianamente claro que se trataba del diario. Por lo pronto, conocía la caligrafía de Rosenberg. Pudo comprobar que algunos artículos coincidían con los fragmentos que habían sido publicados y las páginas se ajustaban al borrador de los papeles de Rosenberg confeccionado en 1945. Matthäus y Mayer podían afirmar además que en un momento dado todas aquellas páginas habían formado parte del archivo de Kempner. En los márgenes del diario había ciertas marcas que parecían haber sido escritas por Kempner de su puño y letra, y mezclados entre las páginas del diario había otros documentos misceláneos similares a los que los empleados del museo habían encontrado durante su enrevesada recopilación de los Papeles de Kempner. Al cabo de sesenta años no cabía duda alguna. La búsqueda del diario había terminado. Mayer estaba eufórico y no cabía en sí de gozo. La búsqueda había durado catorce años, pero por fin las páginas del diario habían sido halladas. Era el sueño de cualquier archivero descubrir un documento perdido de tanta importancia, y había pocos como aquel. Era alucinante estar allí, en aquella sala de conferencias de Delaware sesenta y ocho años después de que acabara la Segunda Guerra Mundial, pasando las páginas garabateadas por Rosenberg con una pluma estilográfica, unas páginas que se habían considerado perdidas para siempre para la historia. Alguien sacó una cámara. Mayer mostró una gran sonrisa y levantó los pulgares. Dos meses después, Mayer regresó a la oficina del fiscal federal de


Wilmington, donde una multitud de periodistas de todo el mundo acudió a la conferencia de prensa en la que iba a anunciarse oficialmente el redescubrimiento del diario. Allí estaban Hall y Olexa, junto con John Morton, director del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, y Charles Oberly, el fiscal federal de Delaware. Aunque fue precisa la intervención de la policía para convencerle de que devolviera el diario, Richardson no fue acusado de ningún delito. Su abogado había pactado entregar los documentos con la condición de que los fiscales no los utilizaran en contra de su representado. La oficina del fiscal federal no tenía ninguna otra prueba que le permitiera incriminar al antiguo profesor, y el objetivo primordial de la investigación había sido localizar el diario. Richardson guardó silencio sobre el asunto, aparte de una breve declaración enviada por fax al New York Times ese mismo día. «Cuando los agentes federales se pusieron en contacto conmigo, estuve encantado de reunirme con ellos y de colaborar con todos sus esfuerzos. Estoy sumamente satisfecho de haber podido ayudar al Departamento de Justicia y al Departamento de Seguridad Nacional a recuperar ciertos documentos que las autoridades han identificado ahora como el diario de Alfred Rosenberg».[69] Mientras los periodistas garabateaban notas en sus cuadernos y los fotógrafos disparaban sus cámaras, Morton subió a la tribuna para hacer la siguiente declaración: «Uno de los misterios más largos de la Segunda Guerra Mundial ha sido saber qué sucedió con el diario de Rosenberg. Ahora hemos resuelto ese misterio», dijo. «El diario de Rosenberg no es un diario más de aquella época. Es el relato sin florituras de un líder nazi, la exposición de sus ideas, de su filosofía, de su interacción con otros líderes nazis. Leer el diario de Rosenberg es escudriñar la mente de un alma oscura». A decir verdad, aquellas páginas eran como los partes de guerra correspondientes a las batallas políticas y culturales que habían sacudido Berlín antes de la guerra y durante la propia guerra, unos partes de guerra enviados desde la primera línea del frente y escritos por la mano de un ideólogo casi olvidado, responsable de montar el escenario para la perpetración de los peores crímenes del siglo. Escondido en archivadores y cajas en las afueras de Filadelfia y en una localidad perdida del estado de Nueva York durante más de seis décadas, el diario de Rosenberg era una cápsula del tiempo de una época ya desaparecida. Finalmente había llegado el momento de que se hiciera la luz sobre los secretos sepultados en esos papeles.


VIDAS EN VILO 1918-1939


4 Hijastros del destino

Alfred Rosenberg (tercera fila, de pie, tercero por la izquierda, con sombrero y gabardina), en una reunión de una pandilla de nazis celebrada en Coburgo, Baviera, con motivo de las Jornadas Alemanas. Blandiendo sus porras en violentas luchas callejeras, los nazis lograron quitar de en medio a sus adversarios (Bayerische Staatsbibliothek München/Bildarchiv).

La ciudad vibraba de júbilo. La ligera lluvia de la mañana había cesado y los berlineses acudieron en masa a Unter den Linden, el elegante paseo flanqueado de árboles que se extendía desde el Palacio Real hasta el Tiergarten. Las mujeres llevaban sus atuendos más brillantes, como si quisieran desafiar el abatimiento invernal que se cernía sobre la Alemania derrotada, y destacaban entre las multitudes de hombres vestidos con traje oscuro y con sombrero. Era el 10 de diciembre de 1918. Se oían en la capital


los crujidos de una violencia latente. La Gran Guerra había sido perdida y el imperio había caído. Pero aquel era un día de celebración: los soldados volvían por fin del frente. Los curiosos se habían congregado en el Pariser Platz, bajo la mirada de la Victoria, la diosa alada que conducía su carro tirado por cuatro corceles en lo alto de la Puerta de Brandemburgo. En 1806, Napoleón había hecho su entrada triunfal en la ciudad a través de aquella puerta tras derrotar al ejército prusiano. Aquel día estaba decorada con una gran pancarta que rezaba «Paz y libertad». A las 13:00 efectuaron su llegada las primeras unidades de soldados, vestidos con sus uniformes de color gris verdoso y sus cascos de acero. Se veían flores asomando por los cañones de los fusiles y adornando los poderosos cuellos de los caballos. La multitud agitaba sombreros, pañuelos blancos y ramas de laurel. Los más osados se habían subido a los árboles y al techo de los quioscos para verlo todo mejor, mientras que muchos curiosos bordeaban las azoteas, asomaban la cabeza por las ventanas y se hacinaban en los balcones. «Tan numeroso era el gentío que a aquellas primeras unidades les resultó imposible al principio abrirse paso», escribía un corresponsal de prensa. Hubo que llamar a médicos que ayudaran a sacar de entre la muchedumbre a los espectadores heridos. «Debieron de congregarse allí aquel día millones de patriotas deseosos de contemplar el espectáculo».[70] Por fin lograron abrirse paso los soldados, que avanzaban a pie o a caballo, detrás de los portaestandartes que ondeaban indistintamente la bandera negra, blanca y roja del Reich caído y la enseña negra, roja y amarilla del estado revolucionario recién nacido. Algunos oficiales montaron a sus esposas e hijos a la grupa de sus cabalgaduras para pasar con ellos entre la muchedumbre. Las tropas andrajosas iban acompañadas de sus correspondientes bandas, que tocaban sin cesar marchas militares, y por sus humeantes cocinas de campaña, tiradas por caballos, a las que habían dado en llamar «cañones lanza-gulasch». Llevaban también consigo sus baterías de artillería y su munición; los días previos al desfile, los adversarios del nuevo Gobierno habían temido que los soldados del frente hubieran sido llamados a la capital para acabar por la fuerza con la oposición. Pero la jornada pasó en paz y tranquilidad. Los berlineses, entusiasmados, regalaban a los soldados crisantemos y cigarrillos. En la tribuna, se erguía la corpulenta figura de Friedrich Ebert, con un sombrero de seda. El robusto político había accedido a la Cancillería el mes anterior, a raíz de la abdicación


del káiser y de la Revolución de Noviembre, y vitoreaba a los recién llegados como si fueran los vencedores. —¡Camaradas, compañeros, ciudadanos! —exclamó alimentando el mito de que los alemanes no habían perdido la guerra, sino que habían sido traicionados por unos enemigos internos—. ¡Vuestro sacrificio y vuestras hazañas no han tenido igual! ¡Ningún enemigo os ha conquistado![71] Durante las dos semanas siguientes, los soldados siguieron llegando a la ciudad y siendo recibidos de mil amores por la multitud que los aclamaba. «Una sensación de confianza, de nueva esperanza en el futuro, parecía haber vuelto con las tropas, que respondían a las ovaciones con la seriedad optimista de unos hombres que, después de ver la muerte muy de cerca, ya no temen a la vida», decía en una carta a una amiga una señora que fue testigo de aquellos desfiles. «Las calles están tan atestadas de gente y el número de hombres es tan grande que me pregunto cuánto tardará toda esa reserva de energía latente en estallar y encontrar una vía de canalización si no es utilizada enseguida para algún buen fin».[72] Confundido entre los berlineses, de pie, en la esquina de la Friedrichstrasse con Unter den Linden, un joven de 25 años de aspecto huraño, proveniente de tierras lejanas, apenas podía contener su cólera. No veía en todo aquello nada que celebrar. Alfred Rosenberg había llegado a la capital en un tren procedente de su tierra natal, Estonia, unos pocos días antes. Contemplando las brigadas de soldados alemanes que regresaban a casa, se sorprendió al ver los rostros de los hombres: parecían petrificados y como si miraran al vacío, casi traumatizados. «En aquel momento», escribiría Rosenberg muchos años más tarde, «se apoderó de mí el gran pesar del pueblo alemán».[73] Fue una imagen que se quedaría clavada en su mente. Inmediatamente después se trasladó al sur, a Múnich, donde lograría abrirse camino en la clandestinidad de los conspiradores nacionalistas del país y descubriría algunos grupúsculos de antisemitas radicales que hablaban su misma lengua. Al cabo de unos meses, Rosenberg se integraría en su lucha y nunca volvería a echar la vista atrás. Más tarde, en el momento del amanecer del Tercer Reich, cuando Alemania empezaba a organizarse en torno a la idea de que sus ciudadanos eran una raza superior, la gente tuvo por fuerza que darse cuenta de que varias de las


grandes lumbreras de la nación no respondían a ese ideal. Como decía un chiste bastante popular por aquella época, el nazi típico era tan esbelto como el rollizo Göring, tan atlético como Goebbels y su pie zopo, tan rubio como Hitler, y, por supuesto, tan ario como Rosenberg.[74] «Era moreno y por su apariencia no daba la impresión de ser muy alemán», escribiría un oficial del ejército británico a propósito de Rosenberg una vez acabada la guerra. «La mayoría de los nazis pensaban que tenía sangre judía y que debía de ser ‘el único Rosenberg ario del mundo’».[75] En realidad, Rosenberg era un apellido bastante corriente entre la población de etnia alemana de los Países Bálticos. Según decía él mismo, sus antepasados habían llegado de Alemania en el siglo XVIII, estableciéndose primero en Riga, Letonia, y luego en la capital de Estonia, Reval, actualmente llamada Tallin. Reval era una importante ciudad de la Liga Hanseática, dominada por los mercaderes alemanes, ya en el siglo XIV, pero en 1710, debilitada por la peste y la guerra, la plaza se había rendido a Pedro el Grande. Se había convertido en uno de los principales puertos del Imperio Ruso allá por 1893, cuando nació Rosenberg, que, de niño, todavía podría recorrer los retorcidos callejones y los viejos patios de la ciudad y admirar las murallas defensivas y la arquitectura medieval de los tiempos de su fundación. La madre de Rosenberg murió de tuberculosis dos meses después de que él naciera. Su padre, que dirigía la filial de una gran empresa alemana en Estonia, murió once años más tarde, a la temprana edad de 42 años, dejando al niño al cuidado de sus tías. Educado en la fe protestante, se rebeló contra la religión. No era un tipo aficionado a hincarse de rodillas. «Todo eso de arrodillarse», escribiría acerca de la orden de postrarse humildemente ante Dios que les dieron en el cursillo de preparación para la confirmación, «excitó en mí un sentimiento de rebeldía que no fui capaz de reprimir nunca».[76] Siempre recordaría con cariño a su profesor de dibujo de la escuela secundaria, un pintor que lo mandaba salir a la calle a dibujar los rincones de Reval.[77] El director del instituto, que enseñaba geografía e historia, lo invitó a realizar unas excavaciones arqueológicas en un cementerio de la ciudad, en el que encontró una urna de piedra y algunos jarros y anillos. No era un alumno destacado, pero sus profesores lo apreciaban. A los 17 años, Rosenberg ingresó en el instituto politécnico de Riga, donde aterrizó en un curso de arquitectura. Fuera de las clases, leía libros sobre las sagas germánicas y la mitología islandesa, los Vedas indios y las obras de filósofos


como Kant y Schopenhauer. Posteriormente un escritor dijo de él con desdén que era «un hombre de una profunda cultura de enseñanza media»,[78] pero entre los chicos del Corps Rubonia, un grupo estudiantil de Riga en el que se integró, lo llamaban de mote «el Filósofo».[79] Un día, durante un viaje en tren entre Reval y San Petersburgo, donde residían sus abuelos, conoció a una mujer impresionante. Hilda Leesmann, un año mayor que él, hija de un acaudalado hombre de negocios, era una joven inteligente y cultivada, que estaba profundamente imbuida de las tradiciones alemana y rusa. La joven animó a Rosenberg a leer Guerra y paz y Ana Karenina de Tolstói. Hilda tocaba el piano y fue ella la que le hizo conocer la música de los grandes exponentes del nacionalismo ruso. Le regaló además Así habló Zaratustra de Nietzsche. La joven estudiaba danza en París y cuando su amigo fue a visitarla a Francia, lo llevó a ver la catedral de Notre Dame y el Museo del Louvre. La pareja iba a desayunar cada día al inmortal Café de la Rotonde, en el barrio de Montparnasse, donde cenaban gentes como Picasso y Modigliani. Hilda empezaba a convertirse en una mujer de mundo y era cortejada por el ballet ruso, mientras que, de vuelta en Riga, Rosenberg se veía obligado a vestir unos burdos ropajes medievales trabajando como figurante en una obra de teatro para niños. Alfred y Hilda se casaron en 1915 y pasaron juntos el verano en una finca en el campo. Rosenberg pasaba el tiempo dedicado a su pintura y leía en voz alta para ella una biografía de Goethe. Cuando acabó el verano, la Primera Guerra Mundial terminó por desarraigarlos por completo a los dos. Hilda y su familia se refugiaron en San Petersburgo y toda la escuela de Alfred, biblioteca incluida, fue evacuada a Moscú. En aquel exilio las clases eran impartidas por todos los rincones de la capital rusa; algunas se daban incluso en simples pasillos. Rosenberg alquiló una habitación en casa de una pareja, fuera del centro de la ciudad; se veía obligado a sentarse a la mesa en compañía de aquella familia modesta en una habitación que hacía también las veces de dormitorio. A la hora de tomar el té, su casero tenía por costumbre leer un periódico izquierdista y despotricar contra «esos sinvergüenzas de la clase dirigente». Una vez a la semana Rosenberg se permitía salir a cenar fuera y tomar pasteles y una cerveza de dos grados de alcohol. Su vida social consistía en pasar el rato en los restaurantes baratos de la calle Tvérskaya, el principal paseo que sale de la Plaza Roja en dirección al noroeste. Mientras Rosenberg devoraba las obras de Tolstói y Dostoyevski, la revolución rusa estallaba a su alrededor. El joven Alfred estaba tan inmerso


en sus libros que casi ni se dio cuenta. Una mañana a primera hora, tomó el tren en dirección al centro de Moscú y descubrió que había cientos de miles de personas que llenaban las calles y las plazas. «Reinaba por doquier una alegría histérica, la gente lloraba apoyándose en el hombro de perfectos desconocidos», escribiría después. «La psicosis se había apoderado de millones de personas».[80] En 1917 Rosenberg se enteró de que la salud de Hilda se había deteriorado considerablemente como consecuencia del duro clima del norte. Había enfermado de tuberculosis y su familia la había enviado a Crimea para que se recuperara. Alfred interrumpió sus estudios y se reunió allí con ella. Al cabo de pocos meses, volverían a hacer las maletas para regresar a Estonia. Hilda se vio obligada a permanecer recluida en la cama. Rosenberg le leía en voz alta y, mientras tanto, acababa el proyecto de fin de carrera que le permitiría sacarse el título. El proyecto consistía en diseñar un crematorio, lo cual resulta verdaderamente escalofriante si pensamos en la senda que habría de seguir su vida. A pesar de las turbulencias que asolaban Moscú, Rosenberg volvió a Rusia para presentarse al examen final en el instituto politécnico, y regresó a tiempo para ver la entrada de las tropas alemanas en su ciudad natal. Sin embargo, no se quedaría mucho tiempo en Reval. Rosenberg estuvo algunos meses dando clases de dibujo en una escuela a «jovenzuelos bastante refractarios» y además ganó algo de dinero vendiendo ilustraciones de la ciudad vieja. Pero no había nada que lo retuviera en Estonia, así que se sumó a las decenas de miles de individuos de etnia alemana que huían ante la eventualidad de la invasión del ejército ruso en noviembre de 1918. Antes de partir, hizo su primera intervención pública en una reunión celebrada en la sede de la Cofradía de las Cabezas Negras, una asociación cívica de mercaderes y navieros de Reval. En una especie de avance de los infinitos discursos que llegaría a pronunciar, Rosenberg se explayó hablando de la funesta alianza del judaísmo y el marxismo que había hundido a Rusia. Según cierta versión de los hechos, un hombre de negocios judío abandonó ruidosamente la sala en señal de protesta, junto con otros correligionarios. [81] Esa misma noche, unas horas más tarde, Rosenberg partió en dirección a Alemania. No regresaría a su ciudad natal hasta casi veinte años después. «El tren salió de Reval. Detrás de mí iba desvaneciéndose Rusia con todos sus recuerdos, con todo su previsible futuro», escribiría Rosenberg. «Detrás


de mí se desvanecía la ciudad de mi juventud con sus torres y sus viejas calles y todos los hombres con los que había vivido en ella. Dejaba tras de mí mi tierra natal para ganar una patria... De ese modo entré en el Reich. Originalmente era yo un hombre entregado por completo al arte, la filosofía y la historia, que no había soñado nunca con meterse en política... La vida me arrastró y yo la seguí».[82] Rosenberg había concertado una entrevista con un destacado arquitecto de Berlín, Peter Behrens. Pero quedó horrorizado de la ciudad, que no tardaría en ganarse una reputación internacional por su decadente vida sexual y cultural. Resultó que Behrens era un diseñador de tendencias modernistas. No era el tipo de mentor que Rosenberg buscaba. El joven inmigrante no se presentó a la cita y enseguida se trasladó al sur, a Múnich. La capital bávara se levantaba a orillas del río Isar, al pie de los Alpes, coronados de nieve, que en los días claros se erguían al sur como el telón de fondo de un escenario teatral obra de un pintor. Conservadora y católica, Múnich era famosa por su talante alegre y por sus fábricas de cerveza: el Hofbräuhaus, de resonancias monárquicas, y el Augustinerbräu, cuyo nombre recordaba a una orden monástica. En la ciudad había reinado la familia Wittelsbach durante setecientos años y de 1825 a 1848, mientras ocupó el trono, el rey Luis I se había embarcado en un ambicioso proyecto de reconstrucción arquitectónica, que elevó a Múnich a la categoría de las grandes ciudades de Europa. Un amplio nuevo paseo —llamado, naturalmente, Ludwigstrasse— se extendía al norte del centro de la ciudad medieval y estaba flanqueado por los edificios académicos —la universidad y la Biblioteca Nacional, entre otros— de estilo italianizante. Una nueva plaza, el Königsplatz, acogía un conjunto de museos neoclásicos destinados a albergar las grandes esculturas griegas, romanas y egipcias, y la magnífica colección familiar de pinturas de los grandes maestros. A comienzos del siglo XX Múnich tenía fama de ser el centro de las artes y la cultura de Alemania, una especie de «Atenas a orillas del Isar».[83] Pintores, escultores, escritores, músicos e intelectuales de todo tipo acudían en manada a la ciudad y eran colmados de dinero y atenciones por la aristocracia muniquesa. La ciudad agasajaba a sus artistas con exposiciones, desfiles y bailes. Los artistas de vanguardia desafiaron el sofocante status quo reinante en un país famoso por su autoritarismo imperial, y surgió así un


barrio bohemio en un distrito de espíritu libre llamado Schwabing. «El verdadero Schwabinger», diría el historiador David Clay Large, «prefería los cafés a las cervecerías».[84] La poesía, la política y una nube de humo de cigarrillos se aglomeraban en torno a las mesas de mármol del Café Stefanie, frecuentado por anarquistas, comunistas, dadaístas, novelistas y gente por el estilo. El local era conocido por el apodo irónico de «Café Grössenwahn», el «Café de la Gran Ilusión». Lenin vivió en Schwabing antes de lanzar en Rusia su revolución; Hitler se instaló en una habitación situada en los aledaños del barrio durante la primera temporada que residió en Múnich, entre la primavera de 1913 y el verano de 1914. Una vez que supo orientarse un poco en la capital bávara, Rosenberg se trasladó a vivir a una zona al sur del barrio, en la Barer Strasse, a pocas manzanas de las Reales Pinacotecas, la universidad y la Academia de Bellas Artes. Por la época en la que Rosenberg llegó a la ciudad, Múnich era víctima del desempleo, el hambre y el caos más absoluto.[85] El último soberano de la dinastía Wittelsbach se había visto obligado a marchar al destierro al término de la Primera Guerra Mundial. Los revolucionarios asumieron el control de la ciudad y declararon Baviera, el estado situado al sudeste de Alemania, república independiente. Kurt Eisner, el líder del partido socialista alemán, los llamados socialdemócratas, se hizo con el poder. Como judío, antiguo periodista y opositor a la guerra, Eisner era, a juicio de los nacionalistas, el verdadero arquetipo de enemigo del Estado. Solo y sin un céntimo, obligado a vagar por la ciudad, Rosenberg estaba destinado a verse arrastrado por el ambiente revolucionario. Su esposa estaba gravemente enferma, por lo que sus padres decidieron llevársela a Arosa, en Suiza, para que se recuperara. Él, por su parte, escribiría más tarde, no era más que uno más de los «múltiples hijastros del destino»,[86] que intentaban abrirse paso en la Europa de posguerra. Le quedaba muy poco del dinero que había traído, así que decidió probar a vender sus artículos y sus pinturas. Pero con eso no sacaba nada, así que se vio obligado a solicitar alojamiento a un comité de ayuda a los refugiados y a recurrir al comedor social para alimentarse a diario, a base de sopa de col y albóndigas de masa. Se pasaba el día recorriendo los museos y leyendo en la Biblioteca Nacional de la Ludwigstrasse. Un día, paseando por la calle, se fijó en un cartel pegado en un poste publicitario que anunciaba la actuación de una bailarina a la que había conocido su esposa antes de caer enferma. Rosenberg logró localizar a


aquella mujer, fue a verla y el caso es que a lo largo de la conversación que mantuvieron comentó que había intentado colocar algunos artículos que había escrito acerca de la revolución rusa. Eso era todo lo que tenía para vender. La bailarina le facilitó un nombre que había de cambiar el rumbo de toda su existencia. Dietrich Eckart era un bohemio, un dramaturgo, un poeta y un periodista, cuyo semanario, Auf Gut Deutsch (En buen alemán), era de lectura obligatoria para la multitud de antisemitas de derechas que empezaban a congregarse en Múnich. Rosenberg fue a verlo al día siguiente. «Fui recibido por un hombre mordaz, pero, con todo, amable, con una cabeza notable y unos rasgos faciales muy expresivos», escribiría Rosenberg más tarde. «Se levantó las gafas apoyándolas en la frente y me miró de forma inquisitiva».[87] —¿No necesitará usted un soldado para luchar contra Jerusalén? — preguntó Rosenberg. —¡Claro! —respondió Eckart echándose a reír. Rosenberg le entregó sus artículos y Eckart lo llamó al día siguiente. Sentados a la mesa en un restaurante, los dos hombres no tardaron en hacerse amigos y colaboradores. Rosenberg empezó a escribir para la revista de Eckart. Por esa misma época descubrió una sombría organización antisemita llamada Sociedad Thule, que había organizado una conjura para derrocar al Gobierno de Eisner por la fuerza de las armas. «La lista de sus socios», escribiría después el historiador Ian Kershaw, «parece el Quién es quién de los primeros simpatizantes del nazismo y de las figuras más destacadas del movimiento en Múnich».[88] De hecho, tres meses después de que estallara la Revolución de Noviembre, Eisner fue asesinado en plena calle por un joven derechista; irónicamente, el asesino, que había visto rechazado su ingreso en la Sociedad Thule debido a su sangre judía, abatió a tiros a Eisner para demostrar sus méritos.[89] Los manifestantes se echaron a la calle y los socialdemócratas perdieron el poder. Durante un breve tiempo se hizo dueño de la situación un grupo de «anarquistas de café», que propuso que se emitiera dinero sin ninguna contrapartida. A continuación llegó al poder un régimen bolchevique que empezó a detener a los ricos e intentó incluso formar un ejército comunista para tomar por asalto Europa. Un día frío de abril de 1919, Rosenberg se unió a un grupúsculo de hombres airados que discutían los acontecimientos en pleno centro de la


ciudad, en el Marienplatz, a la sombra del enorme palacio neogótico del ayuntamiento, el Rathaus, con su fachada de noventa metros de altura, desteñida por las inclemencias del tiempo y decorada con una extravagante ornamentación de arcos, pináculos y columnas. Rosenberg se subió a una balaustrada de piedra y se puso a ondear una pancarta que decía: «¡Viva el obrero alemán! ¡Abajo el bolchevismo!»,[90] y denunció con vehemencia al nuevo Gobierno ante unos pocos millares de personas. Pero cuando descubrió que la gente había tomado nota de sus estridentes comentarios —muchos lo paraban por la calle para aplaudir su discurso—, decidió no dejarse ver demasiado, por temor a ser detenido. Rosenberg y Eckart se refugiaron en la pequeña localidad de Wolfrathausen, a unos cuarenta kilómetros al sur de Múnich. En su ausencia, algunos miembros de la Sociedad Thule fueron tomados como rehenes y en medio del caos reinante las fuerzas comunistas los alinearon en el sótano de un centro de enseñanza secundaria y, uno a uno, fueron liquidándolos a tiros. A primeros de mayo, unidades militares reclutadas por el Gobierno socialdemócrata en el exilio reconquistaron Múnich en el curso de una lucha sangrienta marcada por las ejecuciones y las matanzas. Al final del verano fue fundada oficialmente la República de Weimar, y Baviera quedó incorporada al nuevo estado. Al cabo de unas pocas semanas, Rosenberg y Eckart regresaron del exilio al que ellos mismos se habían condenado. En mayo, asistieron a la reunión de un nuevo grupo derechista que se denominaba Partido Obrero Alemán. En un pequeño restaurante, Rosenberg y Eckart se pusieron a soltar sus arengas contra los judíos y los bolcheviques de la Unión Soviética. Pocos meses más tarde, un viernes de septiembre por la noche, en una reunión del partido recién nacido celebrada en el Sterneckerbräu, una pequeña cervecería con las paredes revestidas de tablas de madera oscura y techo abovedado, en la que el partido se reunía cada semana, hizo su aparición un antiguo cabo del ejército alemán, de apenas 30 años. No mucho después, la organización adoptaría un nuevo nombre y pasaría a denominarse Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Sus enemigos lo abreviarían dejándolo reducido a dos sílabas que reflejaban el talante intransigente del partido: Nazi.


5 El periódico más odiado del país

Rosenberg (a la izquierda) y Hitler en Múnich durante el intento de golpe de Estado del Bürgerbräukeller en noviembre de 1923 (Keystone/Getty Images).

Adolf Hitler y Alfred Rosenberg tenían mucho en común. Aunque ninguno se había criado en Alemania, los dos estaban fascinados por el mítico pasado heroico del país. Los dos eran apenas unos adolescentes cuando perdieron a sus padres. Los dos estaban más interesados por el dibujo, la lectura y por soñar despiertos que por seguir una carrera como arquitectos. De jóvenes, los dos habían tenido la necesidad de recurrir a los comedores sociales para


llenar el estómago. Y cuando se conocieron, no tardaron en descubrir que estaban totalmente de acuerdo respecto a lo que, a su juicio, eran los grandes problemas del momento: la capacidad destructiva de las iglesias, el peligro del comunismo y la amenaza de los judíos. Nacido en Braunau, Austria, y criado en las inmediaciones de Linz, Hitler era cuatro años mayor que Rosenberg.[91] Su padre, funcionario de carrera, murió en 1903, y en 1907 el joven Adolf se trasladó a Viena, donde intentó ser admitido en la Academia de Bellas Artes, aunque sin éxito («Examen de dibujo: insuficiente», concluía el profesor que lo examinó. «Pocas cabezas»). Empezó entonces a llevar una vida bohemia. A finales de 1909, Hitler dormía en un hogar para gentes sin techo, estaba demacrado y sucio. Gracias a una inyección de dinero donada por una tía suya y a las modestas ganancias obtenidas con la venta de sus pinturas en las tabernas de los alrededores de Viena, logró ir tirando y sobrevivir hasta recibir la herencia de su padre en 1913, a los 24 años. Aquella misma primavera se fue a vivir a Múnich, se instaló en una habitación situada encima de una tienda en el barrio de los artistas, al oeste de la ciudad, y empezó a vender sus cuadros de los monumentos más célebres de la capital bávara: la cervecería Hofbräuhaus, el edificio gótico de la Frauenkirche, o el Alter Hof, donde siglos atrás había vivido el titular del Sacro Imperio Romano Germánico. A decir verdad se enamoró de su nuevo hogar alemán: «La ciudad me resultaba tan familiar», escribiría más tarde Hitler, «como si hubiera vivido dentro de sus murallas durante muchos años».[92] Sus prejuicios más típicos todavía no habían cuajado para dar lugar a la ideología que algún tiempo después cambiaría la faz de toda Europa.[93] Desde sus días de Linz, Hitler había suscrito el nacionalismo alemán antisemita y anticatólico de un político austríaco, el caballero Georg von Schönerer. Sus años de pobreza en la Viena cosmopolita no hicieron más que reforzar esas ideas. El alcalde de la ciudad, Karl Lueger, era un antisemita furibundo y los quioscos de prensa estaban atiborrados de periódicos derechistas que retrataban a los judíos como una pandilla de gente corrupta y perversa. Pero aunque Hitler uniera la suya al coro de voces antisemitas, eso no le supuso ningún obstáculo para vender sus pinturas a los marchantes judíos, ni le impidió regalar un cuadro al médico hebreo que trató a su madre durante sus últimos meses de vida. Reinhold Hanisch, que conoció a Hitler durante su estancia en el refugio para mendigos de Viena y que le ayudaba a vender sus cuadros en la calle, escribiría después en un brevísimo libro de


memorias que Hitler parecía llevarse extraordinariamente bien con los judíos de Viena.[94] Incluso, recordaba Hanisch, los elogiaba como pueblo y aplaudía las aportaciones que habían hecho a la cultura mundial. Hitler logró librarse del servicio militar obligatorio vigente en Austria. No obstante, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se presentó voluntario para enrolarse en las tropas bávaras; en la precipitación que desembocaría en la inmediata ruptura de las hostilidades, las autoridades no se entretuvieron en certificar su nacionalidad. Hitler pasó la guerra llevando órdenes desde el puesto de mando hasta la primera línea de combate, donde las carnicerías de las que fue testigo acabarían por acostumbrarlo a la muerte y a la miseria humana. Se hizo acreedor a la Cruz de Hierro en dos ocasiones y resultó herido dos veces. Adoraba a los camaradas de su regimiento, que lo llamaban «El Artista» y que se quedaban boquiabiertos ante sus excentricidades: no fumaba ni bebía, parecía que no le escribía nadie, y pasaba la mayor parte del tiempo leyendo. En octubre de 1918, se quedó parcialmente ciego a raíz del ataque con gas mostaza del que fue víctima cerca de Ypres, Bélgica, y a continuación fue enviado a un hospital de Pasewalk, a ciento treinta kilómetros al norte de Berlín, donde permaneció hasta el final de la guerra. Hitler regresó a Múnich el 21 de noviembre, unas dos semanas antes de que llegara Rosenberg. Una vez aplastado el régimen bolchevique en mayo de 1919 y tras la integración de Baviera en la República de Weimar, los militares alemanes decidieron no perder de vista la caótica vorágine de actividad partisana de Baviera. Ante las decenas de organizaciones políticas que intentaban ganar apoyos para sus ideas, los jefazos del ejército querían estar seguros de que las tropas alemanas, derrotadas y amargadas, eran debidamente adoctrinadas en ideas como era debido, esto es, nacionalistas y antibolcheviques. Hitler se unió al grupo de propaganda del ejército en calidad de informador e instructor. Recibió unas clases de historia de Alemania y de socialismo, en las que oyó por primera vez al economista Gottfried Feder hablar de los males provocados por los financieros judíos. Aquel mismo verano, cuando empezó a dirigir sus propios seminarios de adoctrinamiento, Hitler enardeció a su público con sus fogosos discursos. Un individuo que había asistido a una de sus sesiones escribió pidiendo una mayor clarificación de la «cuestión judía». ¿Cómo podía Alemania abordar aquel asunto cuando el país era gobernado por unos socialdemócratas liberales? La carta fue remitida a Hitler, que empezó a bosquejar su respuesta.


En su primera declaración conocida sobre el tema que acabaría consumiéndolo, Hitler afirmaba que los ataques emocionales contra los judíos no harían más que desencadenar unas cuantas matanzas en masa. Lo que la nación necesitaba era un antisemitismo basado en la «razón».[95] Cuando tuviera que enfrentarse a la dura realidad, el pueblo alemán apoyaría que los judíos fueran despojados de sus derechos de ciudadanía y, en último término, que fueran excluidos por completo de la vida alemana. La carta estaba fechada el 16 de septiembre de 1919, cuatro días después de que Hitler asistiera por primera vez a una reunión de la formación política que habría de convertirse en el partido nazi. Hitler había sido enviado al Sterneckerbräu por su superior, el capitán Karl Mayr, para que observara a aquella nueva organización. Hitler acabó por salir a la palestra y habló con tal vehemencia que Anton Drexler, el fundador de la asociación, puso en sus manos un panfleto y le animó a volver. Cumpliendo órdenes de Mayr, Hitler se inscribió en el partido. Pero en realidad no sería un simple espía. Inmediatamente se dio cuenta de que se trataba de una organización perfectamente acorde con sus ideas, todavía lo bastante pequeña como para poder dominarla. Al cabo de poco tiempo, el partido nazi era ya su razón de ser, y Hitler se había convertido en la nueva figura más carismática de los ambientes de derechas. Rosenberg conoció al futuro líder del partido un día de finales de 1919 en el que Hitler fue a visitar a Eckart. Rosenberg y Hitler hablaron de la antigua Roma, del comunismo y del desarraigo del pueblo alemán después de la derrota en la contienda. «Mentiría si dijera que quedé anonadado por él y que de inmediato me convertí en un partidario incondicional suyo», escribió Rosenberg después de la guerra en su celda de Núremberg.[96] Kurt Lüdecke, un rico simpatizante que contribuyó a allegar dinero para el partido, iría incluso más lejos: Rosenberg no era en realidad «un gran admirador de la inteligencia de Hitler».[97] Pero, como todos, Rosenberg no tardaría en dejarse seducir, una vez que lo escuchó hablar en público. «Allí vi a un soldado alemán de primera línea lanzándose a esta lucha de una manera tan clara como convincente, sin contar con nadie más que consigo mismo, armado con el valor de un hombre libre», decía Rosenberg en una carta a propósito de aquel primer discurso. «Eso fue lo que, al cabo solo de los primeros quince minutos, me atrajo hacia Adolf Hitler».[98] Al final acabaría viendo aquel primer encuentro con el «Führer» como lo


que fue: el punto de inflexión más importante de su vida, un breve encuentro que «cambió por completo mi destino personal y lo fundió con el de la nación alemana en su conjunto».[99] En diciembre de 1920, el naciente partido nazi compró un pequeño rotativo semanal y se comprometió a «expandirlo hasta convertirlo en el arma más despiadada en defensa del germanismo contra las fuerzas hostiles antialemanas».[100] Parte de los fondos necesarios para su compra provinieron de un oficial del ejército alemán, lo que dio lugar a muchas especulaciones sobre la posibilidad de que el dinero procediera de una cuenta secreta de los militares. Las donaciones de pequeños simpatizantes, de ricos benefactores privados y al menos de una organización nacionalista contribuyeron a mantener la publicación a flote. Pero el periódico estaba cargado de deudas antes incluso de que los nazis lo compraran, y al principio siempre hubo cierta inseguridad acerca de si en efecto podría llegar a la imprenta y finalmente a los quioscos de periódicos. En sus discursos Hitler se dedicó a exhortar a sus partidarios a comprar «¡el periódico más odiado del país!».[101] El Völkischer Beobachter tenía su sede en el número 39 de la Schellingstrasse, a la vuelta de la esquina del domicilio de Rosenberg.[102] Era la típica redacción de un periódico —«llena de confusión: teléfonos sonando, editores dictando artículos, visitantes, zumbido de voces», recordaba un empleado—, excepto porque resulta que el edificio era también el cuartel general del ejército privado de tropas de asalto de Hitler, la Sturmabteilung (SA), cuyos matones a veces se colaban por la oficina y se ponían a contar anécdotas mientras jugueteaban con sus pistolas.[103] Por las mañanas Hitler pasaba a menudo muchas horas en la redacción del periódico hablando con las visitas, y los cafés y restaurantes de la Schellingstrasse se convirtieron en centro de actividad del partido nazi. En la esquina de la siguiente manzana estaba uno de los restaurantes favoritos de Hitler, el Schelling-Salon, con su característica cúpula bulbosa; el local fue un lugar de encuentro habitual de los nazis hasta que su propietario se negó a seguir sirviendo al fiado al jefe del partido. Hitler fue también un cliente fijo durante muchos años de un restaurante italiano, lóbrego y mal iluminado, situado unos cuantos portales más abajo, la Osteria Bavaria, cuyas paredes revestidas de paneles de madera estaban decoradas con cuadros de paisajes.


Hitler y sus invitados solían cenar en un pequeño reservado, detrás de una cortina, justo detrás de la entrada. A veces bajaban hasta la Ludwigstrasse, al Café Heck, que daba al jardín del palacio real, el Hofgarten, de estilo renacentista. Cuando el tiempo lo permitía, se sentaban bajo la arboleda en sillas de hierro forjado colocadas alrededor de mesas cubiertas con manteles a cuadros. Durante sus primeros años en Múnich, Rosenberg pasó la mayor parte de sus horas de vela en la Schellingstrasse, 39, al principio trabajando a las órdenes de Eckart, el redactor jefe, en las oficinas del órgano oficial del partido, pero con el tiempo fue asumiendo cada vez más responsabilidades, hasta convertirse, en cierto sentido, en el principal escritor del partido. Su prosa a menudo era torpe y necesitaba correcciones, y al principio Hitler no quedó satisfecho del periódico que Eckart y él habían sacado. Quería una publicación destinada a las masas, algo que llamara la atención del pueblo y que indujera a la gente a ver el mundo como lo veían los nazis. «Al principio el Völkischer Beobachter volaba tan alto en el plano intelectual que a mí mismo me costaba trabajo comprenderlo», comentaría Hitler, «y desde luego no conozco a ninguna mujer que entendiera ni jota de él».[104] Pero el periódico publicaba muchas más cosas que las opacas divagaciones de Rosenberg.[105] Reproducía los despachos de las agencias de noticias e investigaciones robadas a otras publicaciones, artículos sobre deporte y sobre arte, contribuciones de simpatizantes, viñetas de carácter político, chistes, artículos y discursos de Hitler, proclamas del partido («Aquí es donde combatiremos mañana»), folletines, además de dar cobertura a todo tipo de sucesos y crímenes sangrientos, como si de un tabloide se tratara, centrándose especialmente en las agresiones sexuales más escabrosas perpetradas por los judíos y contándolas con todo lujo de detalles gráficos. Como prensa de partido que era, todo lo que publicaba debía pasar naturalmente un filtro ideológico, convirtiéndose de paso en un relato histérico y ridículo. Los redactores de la información política aprovechaban cualquier escándalo relacionado con la República de Weimar. Los artículos que publicaron acerca de una serie de políticos prominentes y cuatro hermanos judíos apellidados Barmat fueron tantos, que acabaron formando una auténtica serie: Die Barmatologie. A los periodistas que escribían en el semanario les encantaba introducir signos de exclamación sarcásticos junto a los comentarios de sus adversarios.


Reproducían un comentario de Bernhard Weiss, el odiado subjefe de policía de Berlín, de la siguiente guisa: «El charlatán de Hitler (!!!) y el demagogo (!!) de Goebbels no pueden ser tomados en serio (!!!)».[106] En la sección de deportes, los lectores podían encontrar información acerca de cualquier tipo de actividad a la que pudiera darse una aplicación militarista, como la marcha, la gimnasia o el ejercicio físico y la instrucción. Las páginas de cultura lamentaban la influencia judía en el mundo del arte. El periódico incluía también el tipo de relatos antisemitas casi pornográficos que harían famoso a Julius Streicher y a Der Stürmer. A Hitler le encantaba su lectura. «Estoy casi seguro de que por entonces estaba desesperado de la humanidad», diría Hitler más tarde acerca de la línea editorial de Rosenberg, «y su desprecio por el género humano no hizo más que incrementarse cuando descubrió que cuanto más rebajaba el nivel intelectual del periódico, más crecían las ventas».[107] En 1923, una aristócrata simpatizante del movimiento vendió parte de sus acciones en el extranjero para ayudar a financiar la transformación del semanario en diario, y Ernst Hanfstaengl, un licenciado por Harvard de clase media alta que había regresado a su país natal y acabaría convirtiéndose en un acólito de Hitler, prestó al partido 1 000 dólares para que comprara nuevas rotativas, de modo que el periódico pudiera imprimirse en un formato mayor, más susceptible de atraer la atención del público, como los grandes noticieros americanos. Esta expansión coincidió con el ascenso de Rosenberg al puesto de redactor jefe. Eckart, demasiado bohemio para atenerse a un programa de publicación diaria, se había visto obligado a dejar el periódico. Con los bolsillos llenos de dinero, Hitler acompañó en persona al nuevo redactor jefe a la tienda a comprar un escritorio. Rosenberg escogió un buró de tapa corredera, para disimular mejor el desorden que lo caracterizaba. «Hitler estaba contentísimo, como si fuera un niño», recordaría Rosenberg. «¡Otro paso adelante!». En noviembre, el periódico nazi contaba ya con treinta mil suscriptores. La admiración de Hitler por aquel escritor tan tedioso desconcertaba a otros dirigentes nazis. «¡Qué tipo tan poco atractivo era Rosenberg!», decía Hanfstaengl.[108] Putzi, como era llamado este último, era un hombre locuaz y bien relacionado, que acabaría convirtiéndose en jefe de la secretaría de prensa extranjera de Hitler. Hanfstaengl tenía una larga lista de quejas de Rosenberg: que si era «intrínsecamente analfabeto», que si tenía la desagradable costumbre de silbar entre dientes mientras hablaba con él, que si


tenía «el gusto del asno de un buhonero», que si llevaba la misma camisa un día tras otro. «Tenía la teoría de que lavar las camisas era un auténtico despilfarro y estaba acostumbrado a tirarlas a la basura cuando estaban ya inutilizables según su criterio».[109] Pero por encima de todo, Hanfstaengl creía que Rosenberg era un charlatán. Si el líder nazi seguía prestando oídos a aquel individuo, todo el movimiento se iría al garete. Por muchas horas que pasara metiendo la nariz en tochos polvorientos, Rosenberg no era un pensador visionario. Copiaba a escritores y pensadores anteriores y adaptaba sus ideas al público de su tiempo.[110] La verdadera importancia de Rosenberg es que fue el conducto a través del cual los radicales nazis accedieron a las concepciones filosóficas de los siglos XVIII y XIX que les darían la justificación que necesitaban para intentar alterar el rumbo de la historia europea. El concepto de una raza «aria» suprema e idealizada, compuesta de individuos altos, esbeltos, fuertes, de ojos azules y pelo rubio, se desarrolló a partir de los estudios de lingüística comparada.[111] En el siglo XVIII, un erudito inglés que viajó a la India, sir William Jones, se sorprendió al ver las similitudes existentes entre el sánscrito, el griego y el latín, y dio al primitivo pueblo hablante de estas lenguas un nombre: ario, término que en sánscrito significa «noble». Con el tiempo, otros investigadores llegarían a clasificar diversas familias lingüísticas, en las que se incluirían más de cuarenta lenguas que compartían esas similitudes, entre ellas el inglés y el alemán. Durante la siguiente centuria, esta simple constatación fue distorsionada por algunos pensadores que intentaron desesperadamente abordar la cuestión de cómo los indios y los europeos habían llegado a hablar esas lenguas tan parecidas. Uno de ellos se imaginó que una banda de guerreros del Himalaya había ido conquistando terreno en dirección al oeste hasta llegar a Alemania. Otro decidió que había sido al revés, esto es, que los arios se habían extendido hacia el este a partir de Alemania, su patria originaria. En el siglo XIX, algunos filósofos nacionalistas adoptaron este concepto pseudocientífico, por lo demás sumamente discutible, y lo convirtieron en el fundamento de su justificación del carácter excepcional de Alemania. Lo que habían perdido de vista aquellos hombres y las generaciones posteriores era que lo que esos arios tenían en común era una lengua, no una raza.


En 1853, el conde Joseph Arthur de Gobineau, un aristócrata y diplomático francés, publicó una obra muy influyente en cuatro volúmenes, titulada Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, en la que llegaba a la conclusión de que solo podía entenderse plenamente la historia del mundo a través de una lente racial. Los blancos y, sobre todo, esos míticos «arios» germánicos, como él los clasificaba, eran superiores a todas las demás razas y también los responsables de todos los grandes logros de la civilización. Solo manteniendo su raza pura de cualquier otra mezcla podían los arios estar seguros de continuar prosperando. Vino luego Houston Stewart Chamberlain, un inglés que se enamoró de Alemania a pesar de su linaje de almirantes y generales británicos. Educado durante su adolescencia por un preceptor prusiano, Chamberlain se hizo ciudadano alemán y entabló amistad con el compositor Richard Wagner y con la esposa de este, Cosima. Acabó casándose con la hija de ambos, Eva, y mantuvo una animada correspondencia con el mismísimo emperador de Alemania, el káiser Guillermo II. Chamberlain escribía que se sentía acosado por los demonios, uno de los cuales lo impulsó a escribir un libro, Los fundamentos del siglo XIX, publicado en 1899 y elogiado veinte años después por el periódico de Rosenberg como «el evangelio del movimiento nazi». [112] En su libro, Chamberlain sostenía que los judíos eran una raza bastarda y que el pueblo teutón, biológicamente superior, y en especial los alemanes, merecía gobernar el mundo. Se trataba de una realidad científica. Estaba escrita en la sangre. Rosenberg recordaba que cuando leyó Los fundamentos del siglo XIX por primera vez siendo un adolescente, «se abrió ante mí un mundo nuevo... Dije sí, sí y sí una vez más... Había prendido en mí el reconocimiento fundamental del problema judío y no volvería a escapárseme».[113] Antes de escribir su propia y retorcida historia chamberlainesca, Rosenberg pasaría el tiempo elaborando sus propios refritos racistas de carácter más cotidiano. Los cuatro primeros libros que publicó pregonaban un antisemitismo ilusorio, obsesivo y, por encima de cualquier otra consideración, paranoico. «No se tiene conocimiento en toda la historia de un polemista antijudío más exagerado ni más inflexible que Alfred Rosenberg». [114] Los judíos eran responsables de todos los males que afligían al mundo, afirmaba Rosenberg en su obra La senda de los judíos a través de los tiempos, publicada en 1920. Si eran objeto de persecución, era por su propia


culpa. Como pueblo, eran codiciosos y carecían por completo de escrúpulos. «Si se leen los informes acerca del comercio judío en la Edad Media... llama la atención el continuo asombro que muestran por las constantes triquiñuelas de los judíos», escribía Rosenberg.[115] Los escritos en cuestión recogían noticias de la incesante recurrencia de las «falsificaciones en los cambios, las bancarrotas fingidas, las letras de cambio escritas en hebreo y aceptadas de buena fe, que, al ser traducidas, resultaba que no contenían nada más que una frase grosera; y los escamoteos de paquetes una vez efectuada la compra, de modo que, en vez de la mercancía adquirida, el comprador encontraba luego en su interior piedras o paja». Como «pueblo de conspiradores», los judíos no tenían un compás moral interno, por eso sus líderes habían instituido un código técnico muy complejo, una auténtica «maraña de leyes». Los judíos no podían ser jueces imparciales ni funcionarios públicos, pues su religión les exigía tratar como iguales solo a los que, como ellos, pertenecían al «pueblo elegido». Eran intolerantes con los gentiles. «Objetivamente hablando, los judíos son traidores a su propia nación a cada paso que dan». El káiser Guillermo II no debería haberles concedido nunca la emancipación, nunca debería haberse admitido que pudieran circular libremente en el seno de la sociedad alemana, nunca debería habérseles consentido dirigir periódicos o empresas, insistía. «No se permite que el veneno se propague libremente, sin que nadie lo vigile, ni se le da la misma consideración que a la medicina».[116] «El pueblo judío», escribía al año siguiente en El crimen de la francmasonería, «ha sido elegido, solo por Satanás, como una plaga, como el Mefistófeles que va por todas partes al acecho de Fausto para sacar provecho inmediato de sus debilidades y arrastrarlo al arroyo».[117] Los judíos podían intentar convertirse, podían bautizarse diez veces, pero no podrían nunca cambiar la mala sangre que corría por sus venas. Rosenberg contribuyó a promover los Protocolos de los sabios de Sión, una impostura publicada por primera vez en Rusia en 1903, que pretendía recoger las actas de una reunión de líderes judíos que se habían unido en una conjura para dominar el mundo organizando guerras y disturbios, controlando la economía y propagando el ateísmo y el liberalismo a través de la prensa. Los orígenes de esa patraña absolutamente notoria siguen siendo oscuros. Durante mucho tiempo se afirmó que la policía secreta zarista la había compuesto a partir de diversas fuentes entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Los rusos antibolcheviques que huyeron de la revolución comunista


de la Unión Soviética trajeron consigo el libro, que no tardaría en ser publicado en todo el mundo. Los Protocolos aparecieron en Alemania en 1919. Eckart, el director de la revista que contrató por primera vez a Rosenberg, reaccionó con un «horror indecible» ante aquella siniestra conspiración judía, y él fue, al parecer, el que llamó la atención de Hitler sobre ella.[118] En 1921 el Times de Londres había demostrado que los Protocolos eran una superchería, pero en un comentario que Rosenberg publicaría dos años después, seguía afirmando que la autenticidad del libro era una cuestión todavía abierta. En cualquier caso, sostenía, el libro coincidía con otros relatos y constituía un reflejo fiel de la estrategia global de los judíos.[119] Rosenberg escribió además el comentario definitivo en el que exponía y explicaba los veinticinco puntos de la plataforma oficial del partido. Durante aquellos años los militantes de la organización no tendrían más remedio que ver en él a una voz autorizada en lo concerniente a la ideología nacionalsocialista y considerarlo una fuerza dominante en el desarrollo de las doctrinas del partido. Según varios nazis que escribieron sus memorias después de romper con la organización y de huir de Alemania en los años treinta, Rosenberg tuvo una influencia trascendental sobre Hitler durante aquellos primeros años. Uno de esos apóstatas, Otto Strasser, afirmaba que en 1923 Rosenberg era «el cerebro indiscutible que se ocultaba detrás de Adolf Hitler».[120] Kurt Lüdecke, simpatizante de primera hora del partido, recordaba que Hitler le había dicho que prestara especial atención a las ideas de Rosenberg en materia de política exterior. —¿Todavía no conoce usted a Rosenberg? —le preguntó Hitler un día—. Debe usted conocerlo mejor y mantener buenas relaciones con él. Es el único hombre al que siempre escucho. Es un pensador.[121] Por supuesto Hitler habría negado siempre ser la marioneta de nadie. En Mi lucha (Mein Kampf) describía una dramática epifanía durante la cual, cuando era un joven de veintitantos años que vivía vagando por las calles de Viena, había sabido reconocer el mal que representaban los judíos. Las anécdotas acerca de los años que pasó en Viena dan a entender que la radicalización antisemita de Hitler se produjo después, a raíz de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, pero, como creó un movimiento que giraba en torno


a su personalidad carismática, el Führer necesitaba que la gente creyera que había sido testigo de una revelación nacida del estudio exhaustivo y de la experiencia personal. Necesitaba presentarse a sí mismo como un personaje singular. Eso, según dice el historiador Ian Kershaw, era lo que le confería «la legitimidad necesaria para dirigir el movimiento nacional... el derecho a ser el futuro ‘gran caudillo’ de Alemania».[122] La manera de hablar de Hitler daba a sus apariciones en público el fervor característico de las asambleas del movimiento de reavivamiento evangélico, según dice el historiador Richard Evans.[123] Gracias a su sentido de la teatralidad, empezaba de un modo pausado, pero paulatina y metódicamente iba creciéndose hasta llegar a una conclusión excitante, su voz se convertía en un grito, el cabello le caía sobre la frente sudorosa y sus manos hendían el aire como cuchillos. Como el político consumado que era, Hitler asociaría la historia personal de los tiempos difíciles por los que había pasado con la de Alemania, pulsando una cuerda que tocaba la fibra de la gente en una época de apuros y de hiperinflación como aquella. Con un lenguaje lacerante, arremetía contra la revolución, contra la república y contra los judíos que, según decía, estaban detrás de todo aquello. «No piensen ustedes que van a poder combatir una enfermedad sin matar al agente patógeno, sin aniquilar el bacilo», atronaba en un discurso infame, «y no piensen que van a poder combatir la tuberculosis racial sin encargarse primero de que el pueblo esté libre del causante de la tuberculosis racial».[124] Más o menos durante la segunda mitad de 1920, Hitler añadió un nuevo elemento significativo a sus discursos. Empezó a hacer advertencias explícitas recordando que los mismos judíos que habían llevado el bolchevismo a la Unión Soviética querían ahora imponerlo en Alemania. La estrella roja, símbolo de la Unión Soviética, era equivalente a la «estrella de David, el emblema de la sinagoga, el símbolo de la raza judía sobre el mundo, de un dominio que se extiende desde Vladivostok hasta Occidente, del dominio del judaísmo. La estrella dorada significa para los judíos el oro resplandeciente».[125] El pueblo alemán tenía dos opciones: podía vivir bajo la estrella de los soviéticos o bajo la esvástica de los nacionalistas. Ahí se manifestaba la influencia de Rosenberg. Hitler había reconocido ya en el verano de 1920 que no sabía mucho acerca de la situación reinante en la Unión Soviética. El acólito hablante de ruso que tenía a su disposición no tardó en ponerlo al corriente.[126] Desde el momento en el que había llegado a Múnich, Rosenberg se había


esforzado por establecerse como experto en el funcionamiento de la Unión Soviética. Afirmaba conocer los peligros del comunismo como el que más, porque había estado allí en 1917, en la propia Moscú, durante la primera etapa de la insurrección. Rosenberg escribió acerca de aquella «revolución judeo-rusa» en el primer artículo que publicó, aparecido en la revista de Eckart en 1919.[127] Rosenberg se encargó de asociar en la mente de Hitler la supuesta conspiración mundial judía con la sublevación comunista en Rusia. Su fórmula, como diría más tarde un historiador, era la siguiente: «Rusia = bolchevismo = judaísmo».[128] Rosenberg iba más allá: sostenía que los judíos, ansiosos por controlar no solo la Unión Soviética y Alemania, sino el mundo entero, controlaban tanto el capitalismo como el comunismo. Ese era el gran timo de los judíos. Ellos eran los que tiraban de todas las cuerdas. Actuaban desde ambos extremos contra el centro. Poco después de la breve, pero sangrienta insurrección comunista de 1919 en Múnich, a los lectores de Rosenberg y al público que acudía a escuchar a Hitler no les costaba ningún trabajo imaginar las consecuencias apocalípticas de un hipotético Gobierno de los Rojos en Alemania. ¿No acababan de ver acaso lo que había ocurrido cuando los comunistas se habían hecho con el control de la ciudad? Se habían producido amenazas de confiscación de todas las armas en manos de particulares. Había habido una huelga general y una escasez horrorosa de alimentos. Se habían visto detenciones y ejecuciones sumarias. Lo mismo que habían hecho en Moscú, lo mismo que habían intentado hacer en Múnich, los judíos asesinarían a todos los que se opusieran a ellos, fueran quienes fueran, aseguraba Hitler. «Bastará tener todavía la cabeza sobre los hombros y no ser judío: con eso tienen ustedes asegurada la muerte en el cadalso».[129] Durante un discurso típico pronunciado en Múnich el 28 de julio de 1922, Hitler dijo a sus oyentes que los «accionistas judíos» de la Unión Soviética se hacían pasar por los grandes adalides marxistas de los trabajadores. «Se trata de un timo gigantesco: la historia universal no ha visto nunca nada semejante».[130] Los judíos habían llevado a la ruina a Rusia, y seguirían conspirando «hasta que el mundo entero estuviera en ruinas». «La Rusia actual en su totalidad no presenta nada más que una civilización arruinada», decía. El judío —«ese ser rapaz, nunca satisfecho»— lo robaba todo para quedárselo él solo. «Se queda con los tesoros de las iglesias, pero


no para dar de comer al pueblo, ¡ah, no! Todo desaparece sin dejar rastro... Y ahora Alemania está llegando a esa fase, la misma que Rusia ha apurado ya hasta las heces». Los judíos querían que Alemania, otrora un gran país, quedara «indefensa como nación en armas e indefensa como pueblo en espíritu». Quizá muchos pensaran que lo más prudente era permanecer en silencio y no meterse en líos, pero Hitler les aseguraba que de todas formas estaban condenados. «No, amigo mío. La única diferencia será que a mí quizá me colgarán mientras sigo hablando y a ti te colgarán callado... Rusia nos ofrece también en este sentido incontables ejemplos... y a nosotros nos pasará lo mismo». Según proclamaba Hitler, no había más que una sola reacción lógica ante la perspectiva de una dictadura soviética manejada por los judíos en Alemania: el pueblo debía defenderse. «Llegados a este punto no debería caber ninguna duda: no nos dejaremos cortar el pescuezo por los judíos sin oponer resistencia». Pocos meses después, en otro escenario, Hitler prometía que aquella iba a ser una lucha a muerte. Eran o ellos o nosotros, decía a sus seguidores. Judíos y nazis no podían coexistir en la Alemania futura. «Sabemos que si se hacen con el timón, nuestras cabezas rodarán por la arena», afirmaba. «Pero también sabemos que cuando tengamos el poder en nuestras manos... ¡Que Dios tenga piedad de vosotros!».[131] Durante los años inmediatamente posteriores al nacimiento de la República de Weimar, la escena política se vio perturbada por una sucesión interminable de elecciones.[132] Alemania tendría veinte gobiernos distintos y toda una hueste de partidos políticos se disputaría el control del Reichstag: los socialdemócratas; el Partido Democrático Alemán, de tendencia liberal; el Partido del Centro, de inspiración católica; los comunistas y los nacionalistas. La deuda militar, la transición a una economía de tiempos de paz, los trastornos sufridos por la industria, las indemnizaciones y reparaciones de guerra impuestas por los Aliados en el Tratado de Versalles: todos estos problemas harían estragos en la economía alemana, mientras la inflación alcanzaba unos niveles absurdos. En un momento determinado, en 1923, un dólar llegaría a costar más de cuatro billones de marcos. Aquel verano, Hitler empezó a exigir públicamente el derrocamiento de la odiada república. El caballero Gustav von Kahr, comisario estatal de Baviera,


reaccionó prohibiendo una serie de concentraciones programadas por los nazis y ordenando el cierre del periódico de Rosenberg. Lleno de frustración, Hitler decidió que finalmente había llegado el momento de escenificar un golpe de Estado y hacerse con el poder.[133] Tenía detrás un aliado trascendental: el general Erich Ludendorff, que, junto con el general Paul von Hindenburg, había estado al frente de las Fuerzas Armadas de Alemania durante la Primera Guerra Mundial y que en 1923 era la figura de derechas más destacada del país. Por lo demás, Hitler tampoco andaba falto de fuerzas: una coalición de grupos paramilitares de tendencia nacionalista, entre ellos quince mil tropas de asalto de la SA al mando de un individuo que se convertiría en una de las figuras de mayor talla del Tercer Reich, famoso en todo el mundo por su corpulencia y por su fanfarronería. Hermann Göring era un hombre locuaz, con un apetito insaciable por el lujo y una capacidad enorme para la crueldad. Había pasado parte de su infancia en un castillo medieval, propiedad del amante de su madre, un médico austríaco medio judío.[134] Allí, rodeado de almenas y torreones y de armaduras decorativas, el joven Hermann tendría ocasión de fantasear con la historia mítica de Alemania, con la época en la que los nobles caballeros teutónicos recorrían las tierras conquistando Europa. Estudiante rebelde en un primer momento, acabó convirtiéndose en un alumno destacado en una escuela militar. Asistió a la Academia Militar de Prusia, equivalente en Alemania a la Academia de West Point americana, y durante la Primera Guerra Mundial se hizo acreedor de la Cruz de Hierro como oficial de infantería en el curso de los primeros combates. Una lesión en la rodilla y una importante dosis de buena suerte lo desviaron hacia la escuela de aviación. Como observador avanzado en un avión de dos plazas, atrajo la atención de los mandos militares por su habilidad para sacar fotografías ejemplares de las fortificaciones del adversario en medio del fuego enemigo. No tardó en aprender a pilotar aviones de combate provistos de ametralladoras, una de las grandes innovaciones de la época, y al final de la guerra tenía en su haber el mérito de haber causado veintidós muertos. En una ocasión en 1918 Göring estuvo al mando de una escuadrilla de élite de pilotos de caza alemanes, el Jagdgeschwader Richthofen, la misma unidad capitaneada por el legendario Barón Rojo antes de su muerte. Göring se sentía indignado por la rendición de Alemania al final de la


guerra, y estaba decidido a ser parte integrante de la recuperación de la gloria nacional. «Pido a todos los aquí presentes esta noche que sientan odio, un odio profundo y perpetuo, por esos cerdos que han ofendido al pueblo alemán y a nuestras tradiciones», declaró en un acto de protesta contra los revolucionarios en 1918.[135] «Pero llegará el día en el que los echemos de Alemania. Preparaos para ese día. Armaos para ese día. Trabajad para ese día. Estoy seguro de que llegará». Cuatro años después, aquel héroe de guerra amargado coincidiría con Hitler y aún tendría tiempo de unirse a los nazis en su intento de derrocar al Gobierno de Baviera. La cuestión era cuándo descargar el golpe. Rosenberg y otro emigrado procedente del este, Max Erwin von Scheubner-Richter, propusieron tomar como rehén a Von Kahr y obligarlo a acceder a encabezar una marcha sobre Berlín. Los nazis tenían planeado ponerse en movimiento el 8 de noviembre, cuando Von Kahr se dispusiera a pronunciar un discurso en una cervecería, el Bürgerbräukeller, junto con el comandante en jefe del ejército y el jefe de la policía. Aquella mañana, Rosenberg estuvo trabajando en las oficinas de la Schellingstrasse, en la casa en la que tenían su sede el periódico y la SA. El edificio era un hervidero de actividad. Hanfstaengl se fijó en que Rosenberg, luciendo como de costumbre una camisa sucia y una corbata anudada al cuello, tenía una pistola apoyada ostentosamente en su escritorio. Hitler, llevando una fusta en la mano, apareció por la redacción y asomó la nariz por el despacho de Rosenberg. —Esta noche actuaremos —dijo a sus hombres—. Traigan las pistolas. [136] Rosenberg se puso su sombrero marrón y su gabardina, y se marchó en un Mercedes rojo en compañía de Hitler y su guardaespaldas en dirección a la cervecería, al otro lado del Isar. Fuertemente armados y protegidos con cascos de acero, los miembros de la SA de Göring rodearon el Bürgerbräukeller poco después de las ocho y media. Se colocó una ametralladora en la puerta principal del local y los nazis efectuaron su entrada en la cervecería. Rosenberg, pistola en mano, iba al lado de Hitler. Se armó entonces un gran alboroto. Hitler, vestido con levita negra y luciendo su Cruz de Hierro, disparó un tiro al aire, declaró que había dado comienzo la revolución e intentó llegar hasta el podio saltando de mesa en mesa. Las principales autoridades de Baviera fueron escoltadas a un salón


interior. Göring intentó tranquilizar a la multitud —«¡Ya tienen ustedes su cerveza!»—, mientras Hitler se esforzaba de forma mucho menos cortés por convencer a Von Kahr y las demás autoridades de que se unieran a su golpe de Estado nacional. Los rehenes se negaron a dirigirle la palabra. —¡No saldrá nadie vivo de esta habitación sin mi permiso! —exclamó. Poco después hizo acto de presencia Ludendorff, que se sumó a las tensas negociaciones, hasta que finalmente los líderes bávaros accedieron a cooperar. El golpe de Estado fue anunciado en la sala principal de la cervecería en medio de vítores y cánticos del himno nacional de Alemania, Deutschland, Deutschland über alles. Rosenberg regresó a toda prisa a la redacción para supervisar la publicación de la proclamación oficial de la revolución. Cuando comunicó la noticia al personal, toda la oficina estalló en un cerrado aplauso. —No tenemos más que una salida —les dijo Rosenberg—. O mañana tenemos un Gobierno nacional alemán o estamos muertos.[137] Un redactor compuso la noticia que debía aparecer en primera página: «¡Alemania se despierta de su espantoso sueño febril! La luz de una nueva era grandiosa atraviesa las nubes con un resplandor radiante. ¡La noche se ilumina, llega el día; con orgullo vuelve a levantarse el águila, símbolo del poder y la grandeza de Alemania!».[138] Pero antes de que el periódico saliera a la calle, el golpe estaba ya condenado al fracaso. Los nazis no habían logrado tomar los principales cuarteles militares de la ciudad y Hitler se fue del Bürgerbräukeller sin asegurarse de que las autoridades bávaras eran mantenidas bajo vigilancia. Ludendorff dejó escapar a Von Kahr y a los demás, que actuaron inmediatamente y tomaron las medidas necesarias para aplastar la insurrección. Los revolucionarios tampoco se habían hecho con el control de las principales vías de comunicación, de modo que acudieron tropas leales en cuanto Von Kahr llamó denunciando por radio a los conspiradores y ordenó la disolución del partido nazi. Al día siguiente, el quinto aniversario de la proclamación de la República Alemana, el día negro en el que, según la manera de pensar de los nacionalistas, los «criminales de noviembre» habían traicionado a Alemania, amaneció nevando. Desesperados por tener algo de lo que presumir después


de su fallido golpe, los nazis decidieron ir en manifestación hasta el centro de Múnich con la esperanza de atraerse al ejército y a la policía con una demostración de su fuerza numérica. Los revolucionarios, dos mil hombres en columna, salieron de la cervecería. Al principio parecía más bien un cortejo fúnebre, pero cuando llegaron al centro de la ciudad y vieron que la gente se les sumaba, por un momento llegaron a pensar que todavía podrían salirse con la suya. Rosenberg iba en la segunda fila, detrás de Göring, Ludendorff y Hitler, que iba cogido del brazo de Scheubner-Richter en señal de solidaridad. Los manifestantes llegaron al Marienplatz y al Rathaus, luego torcieron a la derecha y continuaron hacia el norte por la Residenzstrasse, en dirección al Odeonsplatz. En la Feldherrnhalle, el monumento a los generales bávaros erigido junto a la plaza, los esperaban cien agentes de la policía nacional. —¡Rendíos! —exclamó Hitler. Todos sacaron sus armas y en medio del silencio que se produjo a continuación se oyó un disparo. Al cabo de apenas un minuto una auténtica cortina de fuego se abatió sobre la plaza. Scheubner-Richter recibió un tiro en la cabeza y, al caer muerto, arrastró consigo al suelo a Hitler, que se dislocó el hombro. Göring fue alcanzado en la ingle. Rosenberg, que no era veterano de la Primera Guerra Mundial, se echó cuerpo a tierra en medio de la calle en cuanto empezó el tiroteo. El hombre que iba a su lado, Oskar Körner, propietario de una pequeña juguetería, cayó muerto. Hitler y Göring lograron escapar del caos, lo mismo que Rosenberg, que salió ileso. Dieciséis nazis y cuatro policías perdieron la vida. Ludendorff, sin sufrir daño alguno, se pasó directamente al lado de la policía, donde fue debidamente detenido. Hitler fue metido a toda prisa por el personal sanitario en un coche que estaba esperándolo allí cerca. No tardó en aparecer en casa de Hanfstaengl, al sur de Múnich, herido y con aspecto sombrío. Posiblemente abrigara la intención de suicidarse. Como su detención era inminente, cogió papel y pluma y garabateó un mensaje para sus seguidores en el que anunciaba el nombramiento de un presidente interino del partido. Escribió además un mensaje especial para Rosenberg. A continuación fue arrestado, vestido todavía con un camisón blanco, e inmediatamente fue trasladado a la cárcel de Landsberg am Lech, donde fue encerrado en la celda número 7. Nadie habría podido sorprenderse más que el propio Rosenberg al


enterarse de la decisión que había tomado Hitler respecto al futuro inmediato del partido nazi. «Querido Rosenberg», decía la nota dejada por Hitler. «De ahora en adelante dirigirá usted el movimiento».[139] Rosenberg demostró enseguida que no era en absoluto la persona idónea para ejercer la jefatura ejecutiva del partido.[140] Luego, algunos nazis supusieron que ese había sido el motivo de que Hitler lo escogiera. Seguramente Hitler esperaba volver a coger el timón de la organización en cuanto saliera de la cárcel. No quería poner el partido en manos de un rival potencialmente enérgico. Pero, al mismo tiempo, no podía saber con certeza qué era lo que el destino le depararía. ¿Una pena larga de prisión? ¿El destierro a Austria? Estaba herido y desesperado, y, teniendo que dar precipitadamente órdenes, escogió al más leal entre los «alter Kämpfer», los «viejos combatientes», como los nazis designaban a los primeros miembros del partido. Mientras Hitler pasaba el tiempo en la cárcel escribiendo a máquina Mi lucha, el partido nazi se hacía añicos bajo la atenta mirada de Rosenberg. Con la organización declarada ilegal y sus finanzas congeladas, lo primero que hizo Rosenberg fue enviar a sus correligionarios un informe fechado el 3 de diciembre comunicándoles que en adelante tendrían que actuar como organización clandestina. («¡Secreto!», advertía la carta. «Quémese después de leer»).[141] Al principio utilizó un pseudónimo, Rolf Eidhalt, que era un simple anagrama de «Adolf Hitler».[142] Un contingente de nazis que habían logrado sobrevivir al pelotón de ejecución de Múnich se reunió en Salzburgo e intentó llegar hasta Rosenberg, pero les resultó muy difícil localizarlo. Por temor a ser detenido de inmediato, el nuevo dirigente del partido iba a dormir a un piso distinto cada noche. Incluso Lüdecke, aliado de Rosenberg, dijo que el partido andaba a la deriva. «Poco podía hacer él para dirigirnos».[143] En enero de 1924, Rosenberg formó la Comunidad Nacional de la Gran Alemania, que pretendía que fuera la sucesora del partido nazi declarado ilegal, pero ni aun contando con el beneplácito de Hitler pudo Rosenberg cohesionar bajo su bandera a las distintas facciones rivales. Su estrategia consistía en pasar de simple organización revolucionaria a partido político legítimo. En la primavera, el nuevo partido se unió a otros grupos de extrema derecha presentando candidatos para las elecciones al parlamento de Baviera


y al Reichstag. Pero cuando una facción nacionalista rival, la Deutschvölkische Freiheitspartei (Partido de la Libertad del Pueblo Alemán), obtuvo mejores resultados en las urnas y propuso que los nazis se unieran a ellos en una coalición, Hitler respondió airadamente y anunció que se retiraba de la actividad política hasta que saliera de la cárcel. Sin el apoyo de Hitler, acabaron de hecho los intentos de unificar la extrema derecha y también llegó a su fin la breve y dolorosa experiencia de Rosenberg como sustituto del Führer. Marginado y con su posición minada en el seno de un movimiento nacionalista consumido por las rivalidades internas, se vio obligado a presentar la dimisión.[144] El 20 de diciembre de 1924, Hitler fue liberado de la cárcel y enseguida volvió a hacerse con las riendas del partido. Reprochó agriamente a Rosenberg haberse aventurado en la política electoral, aunque precisamente eso sería lo primero que decidiría hacer él mismo. Cuando reapareció el Völkischer Beobachter, Hitler escribió un editorial en el que culpaba a Ludendorff y a Rosenberg de los errores cometidos en su ausencia. Rosenberg no asistió al clamoroso relanzamiento del partido nazi, escenificado en el Bürgerbräukeller de Múnich, atestado de gente. «No quiero tomar parte en esa comedia», dijo Rosenberg a Lüdecke. «Conozco el tipo de besos fraternales a los que Hitler pretende recurrir».[145] Mientras que los demás rivales del año anterior subían al escenario y se estrechaban las manos en un gesto de reconciliación, posicionándose todos a las órdenes de Hitler, Rosenberg no estaba dispuesto a olvidar el pasado y presentó diversas demandas por calumnias contra los archienemigos que tenía dentro del partido. Hitler insistió en que Rosenberg retirara esas demandas y a cambio le ofreció ponerse otra vez al frente del periódico del partido. Rosenberg vaciló al principio, y Hitler pidió a Lüdecke que interviniera: —Ocúpese usted de que Rosenberg vuelva a actuar con sensatez y deje de hacerse el inocente ofendido. —No será tan fácil —respondió Lüdecke—. El corte es más profundo de lo que usted cree. —Ja, ja. Bueno, ya veremos —dijo el Führer con una sonrisa.[146] Hitler restañó las heridas no solo poniendo en manos de Rosenberg un puesto de trabajo, sino además haciéndole llegar una carta extraordinaria. A pesar de su oportunismo, la misiva demostraba hasta qué punto el Führer deseaba que Rosenberg siguiera en el redil.


Hitler señalaba que la situación dentro del partido había quedado muy confusa después de la intentona de golpe de Estado y entendía por qué los rivales de Rosenberg habían utilizado unas palabras tan duras e insultantes contra él. «Cuando el corazón está lleno a rebosar», decía la carta, «es preciso que se desborde por la boca».[147] Pero no importaba lo que se hubiera dicho en un momento de arrebato. «Yo lo conozco a usted, señor Rosenberg, y lo considero... uno de los colaboradores más valiosos de nuestro movimiento», decía. «En el difícil momento en el que, de forma totalmente inesperada y sin mayor explicación, asumió usted la dirección de nuestro movimiento, intentó usted —y, ni que decir tiene, de ello estoy absolutamente convencido— que la causa se beneficiara de la mejor manera posible. Puede que en ese intento se le colara a usted algún que otro error, como le habría ocurrido a cualquiera. Pero no pretendo emitir ningún juicio sobre posibles errores, sino exclusivamente sobre la intención y la buena voluntad. Y en ese sentido debo atribuirle a usted el mayor mérito». La relación entre los dos mejoró, pero Rosenberg no llegaría a estar nunca tan cerca de Hitler como lo había estado antes del intento de golpe de Estado del Bürgerbräukeller. Hitler se compró un Mercedes negro de seis plazas, en el que le encantaba correr a toda velocidad por las carreteras rurales de la zona en compañía de los camaradas más agradables del partido.[148] Rosenberg, invariablemente serio, inflexible, carente por completo de sentido del humor, parecía ser consciente de no ser el tipo de persona a la que a nadie le habría gustado invitar a una excursión relajante por el campo. Con él la conversación habría girado irremediablemente a tratar de los asuntos del partido y de sus peleas burocráticas con otros líderes nazis. No podía evitarlo. «Me valoraba mucho», acabaría por concluir Rosenberg, «pero lo cierto es que yo no le gustaba».[149] Probablemente Rosenberg no fuera tan reacio a volver a las trincheras como dio a entender cuando Hitler se ofreció a ponerlo de nuevo al frente de la redacción del periódico. Tenía 32 años, y no había hecho más que una sola cosa desde que había llegado a Alemania: escribir polémicas para el partido. Así pues, en 1925, cuando los nazis emprendieron la reconstrucción de su partido, que había quedado hecho trizas, y lanzaron una campaña ininterrumpida por la consecución del poder político, Rosenberg no tuvo más


remedio que volver a su despacho de la Schellingstrasse y a la dirección del Völkischer Beobachter. Necesitaba el dinero, según dijo a Lüdecke, y «además, el trabajo es mi vida, no puedo renunciar a la causa».[150] El órgano oficial del partido seguiría siendo tan cáustico y combativo como antes.[151] El periódico calificaba a los líderes del Gobierno de Weimar de «internacionalistas, pacifistas y afeminados». Llamaba a Yavé, el dios de los hebreos, «el diablo, un asesino desde el primer momento, un mentiroso y padre de todas las mentiras» y denunciaba a la religión judía de simple «máscara para llevar a cabo un saqueo moral y económico, una destrucción absoluta bajo la protección de las leyes del Estado alemán». Atacaba a un editor rival calificándolo de «asesino del alma alemana, traidor del pueblo alemán y causante de la decadencia de la opinión pública». No es de extrañar que las diatribas del periódico acabaran por llevar a menudo a Rosenberg y a sus articulistas ante los tribunales, acusados de difamación e incitación a la violencia. La Ley de Protección de la República permitía a los agentes del Gobierno prohibir las publicaciones que invitaban a una insurrección violenta contra el Gobierno, y el periódico fue acumulando multas y penas de suspensión. En marzo de 1926, Rosenberg fue condenado incluso a un mes de cárcel. «La batalla por el alma de todos y cada uno de nosotros se libró a plena luz del día», escribiría Rosenberg unos años más tarde. «Los ataques de los que éramos objeto eran durísimos y nosotros respondimos de forma también durísima». Los artículos del Völkischer Beobachter «se escribían a menudo a las siete de la mañana, se basaban en informes recién llegados, y por lo tanto no siempre eran manifestaciones meditadas. La parte contraria, a su vez, no se estaba de más en sus ataques».[152] Fue un periodo de pendencias, una época de guerras interminables con los enemigos de dentro y de fuera del partido. En 1930, Rosenberg obtuvo un escaño en el Reichstag, donde se convirtió en blanco constante de los ataques de los adversarios de los nazis. En cierta ocasión, cuando se levantó para intervenir luciendo la camisa parda del uniforme nazi, los parlamentarios socialdemócratas lo recibieron con una sonora pitada, que sin duda irritó a aquel diputado antisemita que tenía un apellido de fuertes resonancias judías. —Pero ¡si es un judío! —se pusieron a gritar—. ¡Mirad qué nariz! ¡Vete a Palestina![153] Más dañinas fueron las insinuaciones en torno a su actuación durante la


Primera Guerra Mundial. Hanfstaengl informó a Göring de que Rosenberg había pasado algún tiempo en Francia y dijo que había trabajado para el departamento de inteligencia militar francés. Göring contribuyó a propagar el rumor. «El tío este tendrá que decir de una vez qué era lo que estaba haciendo realmente en París durante la guerra», dijo en un momento dado.[154] Los adversarios de los nazis hicieron suyas las acusaciones y emprendieron un duro ataque contra la persona de Rosenberg en la prensa, pero las investigaciones de la policía concluyeron que no había pruebas que apoyaran semejantes alegaciones. Rosenberg —que contó que había hecho un viaje absolutamente inocente a París en 1914 para visitar a la que entonces era su novia y luego sería su esposa— ganó sendos pleitos a dos periódicos socialistas, que fueron condenados a pagarle una indemnización por sus acusaciones infundadas. Pero la mancha en su reputación no desapareció. Volvió a salir a relucir durante un debate en el Reichstag en 1932 y dio lugar a un breve altercado. Un político comunista insinuó que Rosenberg había trabajado contra Alemania durante la guerra, y al blanco de sus ataques se le pusieron los pelos de punta. —¿Quiere que le dé una bofetada? —le espetó el diputado nazi.[155] El canciller Heinrich Brüning, en respuesta a las ácidas críticas recibidas de Rosenberg ese mismo día, dijo despectivamente refiriéndose a su adversario que era uno de esos «llamados bálticos que en el momento en el que yo estaba luchando hasta el último aliento en la guerra, todavía no sabía cuál era su verdadera patria».[156] En caso de que Rosenberg encontrara algún consuelo en su vida personal, no dejó muchos testimonios de ello. Se divorció de Hilda en 1923, después de ocho años de matrimonio.[157] Su vida conyugal en realidad había dejado de existir en 1918, cuando él marchó a Alemania. Hilda no lo acompañó, sino que viajó con su familia en busca de tratamiento para su enfermedad — tuberculosis— en distintos sanatorios, primero de la Selva Negra, en Alemania, y luego de Suiza. «Me dijo que al principio tal vez habría podido ayudarme un poco, pero que ahora yo había encontrado ya mi camino. Como estaba enferma, me dijo, probablemente tuviera que apoyarse en otras personas durante el resto de su vida, rodeada de otras circunstancias», escribiría posteriormente Rosenberg en una nota que llama la atención por su tono carente por completo de afecto. «Más tarde se reuniría con sus padres en Reval y en un último intento por encontrar una cura, se iría a Francia, donde


murió». Un día de verano, no mucho después de su definitiva separación, Rosenberg salía de la redacción del periódico en la Schellingstrasse cuando divisó a «una señora esbelta y hermosa, vestida con un traje oscuro y un gran sombrero negro con una cinta escocesa». Se interesó inmediatamente por ella. Hedwig Kramer tenía 24 años, seis menos que él. Rosenberg la vio entrar en un restaurante griego en el que él también almorzaba a menudo, la siguió, y no tardó en abordarla y entablar conversación con ella. Estuvo cortejándola durante largos paseos alrededor de los estanques y por los prados del Englischer Garten de Múnich, el parque más grande de Europa, donde los muniqueses podían estar paseando horas y horas sin pasar dos veces por el mismo sitio. Se casaron en 1925 y tuvieron dos hijos: un varón, que murió de pequeño, y una niña, Irene, nacida en 1930. Cuando Hedwig y él decidieron tener familia se mudaron a un piso en la Akademiestrasse, justo enfrente del espléndido edificio de piedra blanca de la Academia de Bellas Artes. Pero el trabajo era su vida. Rosenberg pasó años y años sentado ante su escritorio: estudiando, leyendo, pensando, escribiendo. El poco tiempo del que disponía fuera de su despacho, lo pasaba rodeado de libros o sumido en el estudio de la historia de Alemania. El destino de uno de los primeros viajes que hizo con su nueva esposa fue Heidelberg, con el fin de visitar las ruinas del castillo. Sus responsabilidades como redactor iban mucho más allá del periodismo de escándalos de la prensa del partido. Dirigía también una revista antisemita, Der Weltkampf (La lucha mundial), que trataba los temas habituales de la cuestión judía en artículos pseudocientíficos, con gran profusión de notas a pie de página; Hitler la calificaba de «arma de primera fila». Más tarde, Rosenberg se puso al frente de Nationalsozialistische Monatshefte (Cuadernos nacionalsocialistas), revista mensual que exponía los fundamentos ideológicos y teóricos del partido. Fue un agitador extraordinariamente prolífico. Al final, escribiría más obras en prosa que todos los demás líderes nazis juntos.[158] Cuando dio comienzo el año 1933, todo aquel trabajo acabaría finalmente por dar rédito. Diez dolorosos años después de su sangrienta derrota en el Odeonplatz, años de electoralismo en cervecerías y de agitación periodística, de maniobras en la trastienda y de luchas callejeras a puñetazo limpio, Hitler y los nazis estaban finalmente y de forma sorprendente a punto de acceder al poder.


Rosenberg iba a volver a Berlín. Y esta vez no sería un simple transeúnte, un curioso más de los muchos que paseaban por Unter den Linden, un mero espectador de la historia. Esta vez iba a llegar convertido en la mano derecha de un hombre poderoso que estaba decidido a hacer historia.


6 Cae la noche

Hitler con algunos de sus camaradas de partido el 30 de enero de 1933, el día de su ascensión al poder. De izquierda a derecha: Wilhelm Kube, Hanns Kerrl, Joseph Goebbels, Adolf Hitler, Ernst Röhm, Hermann Göring, Richard Walther Darré, Heinrich Himmler y Rudolf Hess. Wilhlem Frick aparece sentado (Universal History Archive/UIG vía Getty Images).

¡Todo sucedió tan deprisa![159] Hitler accedió al poder el 30 de enero de


1933, como consecuencia de un compromiso político. Se suponía que el impetuoso revolucionario podría ser refrenado —enfriado, controlado— por un gabinete de hombres sensatos nombrado por el presidente Paul von Hindenburg, el corpulento mariscal de campo que había sido el comandante en jefe de los ejércitos alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Pero el canciller nazi se movía demasiado deprisa, y el gabinete no fue capaz de frenar su ímpetu. Durante las horas inmediatamente posteriores a su jura como canciller alemán, Hitler exigió unas nuevas elecciones parlamentarias para consolidar su poder. Sabía que esta vez, después de tantos años de travesía del desierto político, batiéndose con las fuerzas organizadas contra ellos por la República de Weimar, los nazis tenían todo a su favor. Esta vez no podían perder. Asumieron inmediatamente el control de todo el funcionariado y pusieron a la policía, los medios de comunicación públicos y la radio a trabajar en beneficio del partido. Y además obtuvieron de algunos ricos líderes empresariales la promesa de que financiarían la campaña. Irrumpieron violentamente en los actos electorales de sus adversarios y cerraron los periódicos rivales. Y después de años y años prometiendo que iban a rodar cabezas, no tardaron en hacer efectivas sus amenazas desquitándose debidamente de sus enemigos. El miedo, entonces, como ha ocurrido siempre, sería el arma principal con la que contara el arsenal nazi. La noche de la ascensión al poder de Hitler, sus tropas de asalto, la SA — una fuerza paramilitar curtida por más de una década de luchas callejeras—, desfilaron en columnas interminables por las calles de Berlín. La marcha a la luz de las antorchas se prolongó tantas horas que a algunos de los que la vieron les pareció que Hitler tenía ya a su mando a cientos de miles de fanáticos agresivos, vestidos con camisas pardas y botas altas, dispuestos a aterrorizar a todo el que se interpusiera en su camino. Y así era, en efecto. Además, ese ejército paramilitar no haría más que crecer durante los meses venideros: a comienzos de 1934 contaba ya con más de tres millones de miembros. Los nazis no llevaban ni un mes en el poder cuando un comunista holandés llamado Marinus van der Lubbe incendió el Reichstag, la elegante cámara en la que se reunía el parlamento alemán. Rosenberg atravesaba el Tiergarten en coche cuando vio las llamas. Un periodista lo localizó allí, contemplando el espectáculo,[160] y lo primero que pensó Rosenberg fue también lo primero


que pensó todo el mundo: probablemente fuera algún grupo de conspiradores nazis el que había prendido fuego al edificio para echar la culpa a sus adversarios. A quién habría que culpar realmente de la quema del Reichstag es una cuestión que sería debatida durante décadas, pero en cualquier caso el causante del incendio fue utilizado enseguida políticamente por los propagandistas de Hitler: aquello, exclamaron, era el comienzo de una conjura roja que pretendía derrocar al Gobierno alemán. Al día siguiente, Hitler apeló a Hindenburg para imponer una suspensión de los derechos civiles fundamentales por motivos de emergencia. El viejo héroe de guerra —el hombre que había nombrado canciller a Hitler y la única persona en toda Alemania que habría podido detener su ascensión a lo largo del año siguiente— concedió a los nazis todo lo que querían. La libertad de expresión y de reunión, la libertad de prensa, la protección frente a los registros y detenciones sin orden judicial, en definitiva todos estos derechos fundamentales fueron derogados «hasta nuevo aviso» en nombre de la seguridad del Estado. Los comunistas no tardaron en sentir las consecuencias más duras de la agresión nazi cuando las tropas de la SA asaltaron los locales de su partido y se incautaron de sus cajas fuertes. En todas las ciudades del país los simpatizantes comunistas fueron detenidos a millares: escritores, docentes, intelectuales, abogados, pacifistas y políticos, incluso diputados electos del Reichstag. Los prisioneros fueron encerrados en campos de concentración improvisados. Algunos fueron incluso torturados; cientos de ellos murieron en prisión. Uno de los que ascendieron al poder junto con Hitler fue Hermann Göring, que fue nombrado ministro del Interior de Prusia. Este cargo lo situaba al frente de las fuerzas de policía del estado más grande de Alemania, que incluía la propia capital. Göring reclamó de inmediato poderes de emergencia y puso en marcha el aparato de seguridad, suprimiendo despiadadamente todas las organizaciones políticas opuestas a los nazis. «Todo el que cumpla con su deber al servicio del Estado, todo el que obedezca mis órdenes y haga uso de su pistola sin contemplaciones cuando sea atacado, tiene asegurada mi protección», decía Göring a sus hombres en una orden publicada el 17 de febrero. «Solo conozco dos tipos de leyes, porque solo conozco dos tipos de hombres: los que están con nosotros y los que están contra nosotros».[161] Dijo a unos diplomáticos extranjeros que estaban construyendo campos de concentración para los enemigos del Estado


y que no debía «extrañarles lo que algunos llaman excesos. Flagelaciones, crueldad general, incluso muertes... son acontecimientos inevitables en los primeros estadios de una revolución generalizada y enérgica».[162] Göring lanzó una serie de advertencias sanguinarias contra sus enemigos en un discurso pronunciado dos días antes de las elecciones: «Compatriotas, mis medidas no se verán obstaculizadas por ninguna consideración judicial... No tengo por qué preocuparme de la Justicia. Mi misión es únicamente destruir y exterminar. ¡Nada más!».[163] Fue un periodo electoral como no había conocido nunca Alemania. «Una farsa», según el embajador estadounidense.[164] Los nazis prometieron que aquellas serían las últimas votaciones que conocerían o necesitarían los alemanes. Ganaran o perdieran, no iban a soltar las riendas. Al final Hitler no tuvo necesidad de saltarse la Constitución para permanecer en el poder. El recuento de votos se efectuó el 5 de marzo, y los nazis obtuvieron escaños suficientes para mantener el control. «Hitler ha cosechado un triunfo sin precedentes», declararía el embajador norteamericano Frederic Sackett. «La democracia en Alemania ha recibido un golpe del que quizá no se recupere nunca».[165] Cuando se reunió el nuevo parlamento el 23 de marzo en el elegante Palacio de la Ópera de Kroll (en lugar del Reichstag, que había sido pasto de las llamas), Hitler subió a la tribuna de los oradores y clamó contra la amenaza que suponían los comunistas para la seguridad de Alemania. Exhortó a los legisladores a aprobar una Ley de Concesión de Plenos Poderes a su gabinete. Para proteger la patria, dijo a los diputados, iba a necesitar agarrar las riendas con más fuerza. Reunidas en el exterior de la cámara, las tropas de asalto empezaron a gritar rítmicamente un eslogan: «Plenos poderes y si no, ya sabéis...».[166] La ley de Hitler fue aprobada por amplia mayoría, situando a Alemania en la senda de la dictadura, la guerra y los peores horrores que habría de ver Europa. Lo más sorprendente, como diría lleno de incredulidad un corresponsal extranjero, el americano William Shirer, era que, más o menos, «todo se llevó a cabo legalmente».[167] En Berlín, Robert Max Wasilii Kempner, de 33 años, veía el ascenso de los nazis con inquietud. Se hallaba en una posición harto precaria. Sus padres eran judíos de nacimiento. En aras de la asimilación habían bautizado a sus


hijos en la religión luterana, pero era la raza —no la religión— lo que determinaba el modo que tenían los nazis de clasificar a los ciudadanos. Kempner además era socialdemócrata, y en 1930 había contribuido a elaborar un procedimiento para declarar ilegal el partido nazi y ordenar la expulsión de Hitler a Austria. Pero pese a todo Kempner tenía una capacidad innata para entretejer relaciones sociales y profesionales, y además era un intrigante muy habilidoso. Incluso con los nazis en el poder, seguía teniendo amigos colocados en puestos sorprendentemente importantes. Los padres de Kempner eran microbiólogos de cierta fama. Walter Kempner y Lydia Rabinowitsch-Kempner se consideraban miembros de la oposición leal.[168] Creían en Alemania, pero no en sus mitos: no en lo de «a sangre y fuego» de Bismarck, no en la monarquía, y desde luego no en las leyendas teutónicas defendidas por Alfred Rosenberg. «Me crié en una casa en la que el escepticismo desempeñaba un gran papel», escribiría Kempner años más tarde.[169] Pocos días después de que diera comienzo la Primera Guerra Mundial, el 4 de agosto de 1914, Lydia fue al Reichstag a discutir la posibilidad de que los soldados alemanes en campaña llegaran a tener que hacer frente a enfermedades contagiosas como la peste, y la forma en la que el ejército debía combatirlas. Tras escuchar el discurso pronunciado por el káiser Guillermo II en el Salón Blanco del Palacio Real —el mismo discurso histórico durante el cual informó públicamente al parlamento de que Alemania estaba en guerra—, un periodista la reconoció y le preguntó qué estaba haciendo allí. —Esperando la peste —contestó la profesora Rabinowitsch. Aunque sus palabras eran literalmente ciertas, tenían un significado metafórico que seguiría resonando en los oídos de su hijo ya en su vejez.[170] Lydia Rabinowitsch era una judía rusa nacida en Lituania en el seno de una familia acaudalada propietaria de una importante fábrica de cerveza.[171] Los Rabinowitsch dieron dentistas, médicos, hombres de negocios y abogados; Lydia, la más joven de sus hermanos, fue a la universidad en Suiza, en Berna y en Zúrich, donde estudió botánica y zoología. Obtuvo el título de doctora en 1893 y se trasladó a Berlín a trabajar con el microbiólogo Robert Koch.[172] Koch, uno de los científicos más importantes de su época, llevó a cabo algunas investigaciones pioneras sobre el ántrax, descubrió las bacterias causantes del cólera y la tuberculosis, y


contribuyó a demostrar que las enfermedades contagiosas son causadas por microbios. Su Instituto de Enfermedades Contagiosas atrajo a las mentes más brillantes en el campo de la bacteriología de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Fue en el instituto de Koch donde la doctora Rabinowitsch conoció a un joven y brillante médico investigador llamado Walter Kempner, que era el director del hospital de la institución. Walter procedía de una familia judía de Polonia que había hecho fortuna en el negocio de los títulos hipotecarios. Lydia y Walter se casaron en 1898 y al año siguiente viajaron a Montenegro a estudiar los brotes de malaria en los Balcanes. Allí se encontraban cuando a Lydia le llegó el momento de dar a luz. Regresaron precipitadamente a Berlín para que su primogénito naciera en Alemania. Le pusieron por nombre Robert, en honor a su héroe, el profesor Koch.[173] Los tres hermanos Kempner crecieron inmersos en el trabajo de sus progenitores. El padre visitaba y examinaba a sus pacientes en varias salas de la gran casa familiar, sita en la Potsdamer Strasse, en Lichterfelde, un barrio con numerosos árboles, en una zona situada al sudoeste de la capital. En el despacho había colocado un microscopio, y los animales con los que el doctor hacía pruebas —conejos y ratones— correteaban en las jaulas colocadas en el porche. Cuando estaba a la mesa, la familia hablaba de los últimos descubrimientos realizados en el ámbito de la bacteriología. El profesor Koch sacaba a los niños a pasear los domingos y les enseñaba a hacer volar la cometa. El 18 de junio de 1917 Robert Kempner se alistó en el ejército. Imaginándose que habría sido llamado a filas de todas maneras, decidió presentarse voluntario. Independientemente de lo que su familia pensara del militarismo en general y del káiser en particular, él quería servir a su país. Llegó al Frente Occidental el 25 de octubre de 1918, justo a tiempo de emprender la retirada cuando los ejércitos alemanes abandonaron la importante posición defensiva que ocupaban ante las acometidas finales de los Aliados. Cuando volvió a Berlín con su unidad, fue uno más entre las legiones de soldados que desfilaron por Unter den Linden antes de ser desmovilizado el 18 de diciembre. Fue recompensado con la Cruz de Hierro por los servicios prestados. De regreso a casa escondió en el desván la pistola y la carabina reglamentarias. A sus 19 años ya había visto lo suficiente para saber que tal vez volvería a necesitarlas.[174] Al cabo de dos meses del establecimiento de la República de Weimar, el


nuevo Gobierno tuvo que hacer frente a una insurrección, desencadenada no precisamente por los nacionalistas de derechas, sino por los «espartaquistas» de izquierdas.[175] El 6 de enero de 1919, los comunistas dieron un paso adelante con la intención de derrocar al nuevo Gobierno e instalar un régimen al estilo soviético. Se hicieron con el control de las oficinas del Vorwärts, el periódico de los socialdemócratas, intentaron paralizar la capital por medio de una huelga general y tomaron los principales edificios del Gobierno. Lograron incluso instalar un nido de ametralladoras en lo alto de la Puerta de Brandemburgo. Dos días después del inicio de la sublevación, el canciller, Friedrich Ebert, se refugió en su despacho y estuvo considerando la eventualidad de capitular o no. Por su parte, el ministro de Defensa, Gustav Noske, estableció un gabinete de guerra en un internado de niñas situado al sudoeste de la ciudad y desde allí orquestó el contraataque. Ebert y Noske no tuvieron más remedio que recurrir a los Freikorps, los restos de las divisiones militares que habían sido disueltas al término de la guerra. Por aquel entonces en Berlín había alrededor de una docena de esas unidades paramilitares casi independientes capitaneadas por antiguos oficiales del ejército. Sus integrantes eran veteranos de la guerra, hombres curtidos que, por patriotismo o por mero hábito militar, se prestaron voluntariamente a repeler la amenaza comunista. Incluso según los criterios de una época empapada ya en sangre como aquella, el motín de los comunistas fue sofocado de una manera especialmente violenta. El ejército improvisado de Noske avanzó hacia el norte de la ciudad y fue reconquistándola casa por casa. En el edificio de las oficinas del Vorwärts, la fachada fue volada por completo por medio de morteros y tanques, y los combatientes que había en su interior —algunos ondeando banderas blancas, y otros disparando sus pistolas escondidos detrás de enormes rollos de papel continuo— perecieron bajo el fuego de los obuses, las ametralladoras y las granadas. Los Freikorps lanzaron bombas de artillería contra el cuartel general de la policía de Berlín, donde los comunistas habían organizado el golpe de Estado; los que intentaron escapar de la carnicería fueron abatidos a tiros. La revolución fue aplastada en cuestión de días. Cuando los combates estaban en su apogeo, Kempner se presentó voluntario con la intención de desplazarse a Berlín con lo que quedaba de su unidad, para consternación de su padre. («¿Estás loco?», le dijo). Kempner contaría distintas versiones de lo que hizo durante aquellos días. En las cartas


que escribió solicitando el reconocimiento de los servicios militares prestados, decía que había tomado parte en «la lucha callejera»,[176] y su expediente militar demuestra que pasó diez días del mes de enero y todo el mes de marzo con su unidad, el Freiwilligen-Eskadron Kürassier-Regiment Nº 4. Pero algunos años después, en su autobiografía, minimizaría el papel desempeñado. Ya se había matriculado en la universidad y estaba en casa de vacaciones. Había «entrado en la ciudad por pura curiosidad».[177] En realidad no intervino en ningún combate; se había dejado la carabina en el desván de su casa en Lichterfelde. En Berlín no se quedó más que dos semanas. Dice que no era más que un estudiante de vacaciones. «Fue», diría en su autobiografía, «como una excursión al centro del terror». Cuando se presentó a prestar servicio, lo mandaron justo enfrente del zoo, al Hotel Eden, que había sido requisado como puesto de mando de una unidad de Freikorps llamada División de Fusileros de la Guardia Montada. Kempner respondía al teléfono, transmitía mensajes, y escuchaba las conversaciones telefónicas que pasaban por su centralita. Se enteró así de todo tipo de cosas, reconocería más tarde, pero insistiendo en que en realidad no sabía «lo que estaba pasando». Le tocaba hacer guardia en la puerta del hotel o en la vecina Kurfürstendamm, una elegante calle llena de tiendas y de cafés. A pesar de las bolsas de reyertas callejeras que seguía habiendo en la ciudad y del enorme frío reinante, en realidad había mucha gente por la calle. Un amigo de Kempner conoció a una chica que andaba de paseo por la zona y le permitió probarse la guerrera de su uniforme. La historia recordaría aquellas semanas transcurridas en el Hotel Eden por unos motivos muy distintos. El 15 de enero a las 21:00, dos de los cabecillas de la revuelta, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, fueron detenidos y trasladados a dicho hotel, donde los interrogaron y les dieron una paliza, hasta que finalmente fueron sacados de allí por la puerta trasera. Unos soldados los obligaron a montar en sendos coches golpeándolos con la culata de sus fusiles, y por último los fusilaron. El cadáver de Rosa Luxemburgo fue arrojado desde un puente a las gélidas aguas del canal para que se descompusiera; no fue recogido hasta casi cinco meses después. Kempner diría que no se había enterado de nada relacionado con aquellos famosos asesinatos: había devuelto su uniforme y había regresado a su domicilio unos días antes. En realidad, según su expediente militar, todavía estaba de servicio cuando Rosa Luxemburgo y Liebknecht fueron sacados a


rastras del hotel y fusilados.[178] Kempner reanudó sus estudios. Se matriculó en las facultades de políticas, derecho y administración pública en las universidades de Berlín, Breslavia y Friburgo. En 1923, cuando acababa de abandonar la facultad de derecho, fue contratado por un importante abogado llamado Erich Frey, famoso por su elegante manera de peinarse echándose el pelo hacia atrás y sus persuasivos argumentos en defensa de los delincuentes más ricos y más infames de Berlín. Frey era el tipo de abogado capaz de que los gánsteres por él defendidos obtuvieran condenas mínimas presentándolos como individuos que simplemente tenían su propio código de justicia. Al cabo de tres años actuando como abogado defensor, Kempner cambió de bando. En 1926 estuvo trabajando como ayudante del fiscal general del Estado, pero la carrera se le acabó cuando fue pillado filtrando a un periodista cierta noticia que dejaba a su departamento en muy mal lugar. Luego, a pesar de presentarse a la entrevista con el ministro luciendo un traje de franela amarillo claro —sus gustos en materia de vestir fueron siempre de lo más estrafalarios—, Kempner consiguió un empleo en el Ministerio del Interior de Prusia. Era un empleado ambicioso y trabajador. Entre 1928 y 1933, en calidad de asesor legal de la Policía Estatal de Prusia, se encargó de las reclamaciones presentadas contra las fuerzas de seguridad, participó en la redacción de un nuevo código administrativo para la policía, dio clases en la academia de la Policía Estatal y escribió varios artículos para revistas especializadas en derecho. Por la misma época en la que los nazis iban ganando apoyos por todo el país a fuerza de discursos populistas de lo más rimbombantes y reclamaban una renovación nacional violenta, Kempner hizo causa común con los militantes de izquierdas. Uno de ellos fue Carl von Ossietzky, un periodista pacifista que había sido encarcelado después de que su periódico revelara ciertos aspectos de la política secreta de rearme de los militares que violaban los términos del Tratado de Paz de Versalles. A petición de Ossietzky, Kempner defendió legalmente de forma gratuita a la Liga Alemana de los Derechos Humanos, la organización pacifista más activa del país durante el periodo de entreguerras.[179] Uno de sus integrantes era Albert Einstein. En 1930, el ministro del Interior empezó a sentirse cada vez más alarmado por la retórica revolucionaria de Hitler y emprendió una investigación general del partido nazi.[180] La cuestión fundamental era si el hecho de que Hitler y sus aliados hablaran constantemente de que había que derrocar al Gobierno


constituía o no un delito de alta traición. Investigadores de los distintos departamentos del ministerio —jurídico, político y policial— asistieron a las concentraciones públicas de los nazis y examinaron la propaganda del partido. Estudiaron panfletos, cartas informativas, papeles de formación, octavillas, grabaciones de discursos, informes internos y los números del Völkischer Beobachter. Después de varios meses de trabajo, los empleados del ministerio presentaron tres informes detallados en los que señalaban cuál era la amenaza que representaban los nazis desde el punto de vista político, religioso y económico. El informe realizado por el departamento de Kempner ofrecía una base legal para ilegalizar el partido y encarcelar a sus militantes.[181] Los nazis se habían pasado los últimos diez años diciendo al mundo lo que pretendían hacer cuando tomaran el poder, y no si lo llegaban a tomar. Aquellos radicales pregonaban sus planes en los salones en los que pronunciaban sus mítines, en los periódicos y en sus libros, empezando por el rimbombante manifiesto de Hitler en 140 000 palabras, Mein Kampf (Mi lucha), publicado en 1925. (Según los cálculos del gran novelista Lion Feuchtwanger, el libro contenía «139 900 errores»).[182] Basándose en las palabras de los propios líderes del partido, el informe de Kempner sostenía que el nacionalsocialismo era más que una organización política; era una secta radical «sumamente centralizada». Se suponía que cada uno de sus miembros era un «instrumento obediente» que hablaba con una sola voz. Los nazis estaban decididos a sustituir la república por una dictadura. Por mucho que dijeran que trabajaban para conseguir el cambio desde dentro mediante la elección de representantes a los parlamentos nacionales y estatales, en realidad eran revolucionarios que nunca habían renunciado verdaderamente a la idea de tomar el poder por la fuerza. Prácticamente se acusaban solos con sus declaraciones públicas. «El nacionalsocialismo confiesa abiertamente que es un partido militar, que en ningún momento pretende constituir una mayoría numérica de la población», decía Rosenberg. «Estamos creando un grupo fuerte con el que un día podamos conquistar este estado y luego, con el poder del Estado, impondremos de manera implacable y brutal nuestra voluntad y nuestro programa», proclamaba Goebbels. «Una vez hayamos conquistado el Estado, el Estado será nuestro». «Estamos construyendo valerosa y despiadadamente nuestro nuevo


Estado», bramaba Hitler. «Haremos lo que queramos. ¡Tenemos el valor de enfrentarnos a cualquier potencia!». Había leyes contra este tipo de alta traición, sostenía el informe, y el Gobierno debía hacerlas cumplir, en vez de tratar a los nazis como si fueran un partido político del Reichstag tan legítimo como el que más, en vez de quedarse mirando con impotencia cómo las nubes de tormenta se iban adensando. Durante aquellos años logró llegar a los tribunales de Justicia un proceso de gran envergadura contra los nazis. El Gobierno estaba preocupado por los intentos de los nazis de infiltrarse en el ejército. Los generales habían prohibido el reclutamiento de militantes del partido nazi y habían pedido a los soldados que se abstuvieran de desarrollar cualquier tipo de actividad política. Pero muchos oficiales del ejército se sentían cada vez más atraídos por la visión pregonada por Hitler de un ejército fuerte liberado de las ataduras y las limitaciones impuestas por el Tratado de Versalles. En la primavera de 1930 tres jóvenes oficiales fueron acusados de distribuir propaganda nacionalsocialista y de defender que el ejército apoyara un eventual golpe de Estado nazi. Kempner intervino en la investigación y actuó como parte acusadora en el juicio por alta traición al que tuvieron que hacer frente los tres tenientes. Cuando tuvo que testificar ante el tribunal de Leipzig, Hitler repudió a los acusados y aseguró a los jueces que los nazis no tenían ningún plan de llevar a cabo una sublevación armada. «Nuestro movimiento no necesita emplear la fuerza. Llegará el momento en el que la nación alemana conocerá nuestras ideas; entonces treinta y cinco millones de alemanes estarán detrás de nosotros». Al mismo tiempo prometía que cuando los nazis alcanzaran el poder —por medios puramente legales y constitucionales— reconstruirían el ejército para devolverle su antigua gloria y vengarse de los traidores judíos que habían dado a Alemania una puñalada por la espalda en 1918, acarreando de paso la ruina de la nación. «¡Rodarán cabezas!», exclamó y sus palabras fueron acompañadas de un sonoro aplauso de los que estaban presentes en la sala.[183] Los informes que Kempner ayudó a preparar para el Ministerio del Interior fueron trasladados al fiscal superior del Ministerio de Justicia, que los pasó por alto. Resultó que era simpatizante de los nazis y cuando Hitler fue nombrado canciller, mantuvo en su puesto a aquel funcionario leal.


Tres años después, en 1933, los nazis estaban en el poder haciendo todo lo que habían dicho que iban a hacer. «Desde luego Hitler no pierde el tiempo», escribía Bella Fromm, la periodista que, gracias a sus excelentes contactos, se encargaba de las noticias de sociedad de la Vossische Zeitung de Berlín, a propósito del día en que el Führer había asumido el poder. «El hecho de que el nuevo gabinete de Hitler empiece sin Ministerio de Justicia parece un presagio irónico». Frau Bella, como la llamaba todo el mundo, era el tipo de mujer que aparecía en todos los tés, todos los bailes de gala y todas las cenas de la alta sociedad, pero que además conocía a todas las personas allí congregadas. Estaba muy orgullosa de su sofisticado olfato para entender el clima político reinante en Berlín. Pero los acontecimientos se habían desarrollado a una velocidad tal que tenía la sensación de que la cabeza le daba vueltas. ¿Cómo había podido permitir Hindenburg que semejante loco se hiciera con el poder? «Todo esto resulta increíble», decía, «si tiene uno una mínima inclinación por la cordura».[184] En el mes de marzo el London Herald informaba de que los nazis planeaban llevar a cabo una campaña antijudía «de una envergadura terrible, superior a cualquier persecución sufrida por los hebreos en dos mil años». [185] El secretario de Estado norteamericano Henry Stimson, pese a mostrarse escéptico ante una noticia que parecía exagerada y casi histérica, envió una copia a la embajada estadounidense en Berlín para pedir explicaciones. «Algunas pequeñas pandillas autoproclamadas nazis se dedican a dar los últimos retoques a la dominación nacionalsocialista, o lo que, cada una según su inteligencia, considera que son tales», informaba unos días después el corresponsal de The New York Times, Frederick Birchall.[186] Los nazis izaban sus estandartes con la cruz gamada en lo alto de las sinagogas o tiraban bombas fétidas en el interior de los grandes almacenes que tenían propietarios judíos. Interrumpieron escandalosamente el comienzo de una representación en el Teatro de la Ópera de Dresde para exigir la inmediata destitución de su famoso director, del que se sospechaba, erróneamente, que era socialista y al que se acusaba de contratar a demasiados artistas judíos. Las detenciones se sucedían sin parar. Un político socialista fue sacado a rastras de su casa; lo golpearon hasta hacerle perder el sentido, lo cubrieron de escupitajos y lo dejaron ciego echándole mostaza en polvo en la cara. Un refugiado anónimo contó que pasó dos semanas en la cárcel de Spandau,


donde, según él, los guardianes sacaban los ojos y partían los dientes a los prisioneros golpeándolos con la culata de sus fusiles. Un escritor fue obligado a comerse sus manuscritos.[187] «Ya no cabe duda alguna de que ser de religión judía o de origen judío y vivir en Alemania constituye hoy día un delito a juicio del partido gobernante en ese país», comunicaba el Times el 20 de marzo. «No se hacen distinciones a la hora de valorar el delito de ser judío. Ni la eminencia profesional, ni la capacidad para los negocios, ni el servicio público ni la virtud privada valen nada frente a él. Los catedráticos son echados de las aulas, los directores de orquesta son desterrados de las salas de concierto y los actores son expulsados de los escenarios». Feuchtwanger, el novelista que había dejado por los suelos Mi lucha, huyó a Suiza. Su casa fue asaltada y sus manuscritos confiscados. El 1 de abril piquetes de tropas de asalto de la SA se apostaron a la entrada de los comercios judíos e intentaron impedir el acceso de los clientes con carteles que decían: «Alemanes, comprad solo a alemanes». Los norteamericanos que regresaban a su país procedentes de Alemania contaban anécdotas terribles, «casi increíbles», decía el Times: un grupo de judíos arrastrados a un cuartel de la SA y obligados allí a flagelarse unos a otros; parroquianos judíos de un restaurante golpeados por unos bárbaros armados de puños americanos y echados a la calle; cadáveres encontrados en el bosque y descartados por los informes policiales como «suicidas sin identificar».[188] «Había uniformes por todos lados», escribía Willy Brandt, enemigo declarado de los nazis, que varias décadas después de la guerra se convertiría en alcalde de Berlín occidental y luego en canciller de la República Federal de Alemania. «Columnas de milicianos de la SA desfilando; sus gritos y el ruido ensordecedor de sus motocicletas llenaban las calles. Toda la ciudad parecía un campamento militar».[189] Los famosos cafés de la capital estaban medio vacíos, los intelectuales, artistas y escritores más destacados habían desaparecido de ellos. «Los que seguían frecuentándolos hablaban en voz baja, miradas recelosas me seguían por doquier. La desconfianza y el miedo eran como una niebla venenosa que me deprimía y me oprimía el pecho. Creía que me ahogaba». En la embajada norteamericana los diplomáticos estaban preocupados. La situación parecía tan tensa que nadie descartaba en absoluto que llegara a producirse una matanza masiva de judíos y de enemigos de los nazis.[190] Pero no todos los que observaban aquellas turbulencias día a día se


mostraban tan alarmados, ni siquiera Frederick T. Birchall, de The New York Times, que llegaría a ganar el premio Pulitzer de 1934 por las informaciones enviadas desde Alemania. Esa misma primavera acudió a una emisora de radio americana para decir a los oyentes de todo el país que debían «quitarse de la cabeza la idea de que en Alemania vaya a producirse una matanza de los enemigos del Gobierno nacionalsocialista o cualquier opresión racial de proporciones vitales... Deben ustedes quitarse de la cabeza también, creo estar bastante seguro de ello, cualquier idea de que Alemania o los actuales gobernantes de Alemania quieran ir a la guerra contra nadie». Birchall reconocía que era un «optimista incurable».[191] No lo sería por mucho tiempo. El nuevo régimen empezó a institucionalizar una multitud de medidas legales que, como diría un diplomático americano, «excluían a todos los judíos de Alemania».[192] Durante los primeros años del Gobierno nazi, fueron aprobadas más de trescientas nuevas leyes y normas que restringían la vida de los hebreos en el país. Los judíos fueron expulsados de los cargos gubernamentales. Los académicos judíos fueron echados de sus puestos de trabajo. Se prohibió el acceso a los tribunales a los abogados y a los jueces judíos. Los médicos judíos fueron excluidos del sistema sanitario. Las empresas recibieron la orden de despedir a todos los judíos de sus plantillas. La bolsa de Berlín expulsó a los corredores judíos; algunos de ellos reaccionaron suicidándose. La idea era hacer lo que fuera necesario para animar a los judíos a emigrar. Los nazis acogieron de mil amores los planes sionistas de ayudar a los judíos a marcharse a Palestina. «Sigue en pie la cuestión», señalaba uno de ellos, «de cuántas propiedades deberá permitirse que se lleven consigo los judíos que dejen Alemania».[193] No demasiadas, si las voces más extremistas del partido lograban imponerse. Un diplomático norteamericano acreditado en Berlín, George Messersmith, se mostraba sorprendido de que las personas de ascendencia judía se quedaran en un país que trabajaba con tanto ahínco para hacer sus vidas tan desgraciadas como fuera posible. «Hay que vivir en Alemania y formar verdaderamente parte de su vida», decía un informe del Departamento de Estado en 1933, «para percatarse de las crueldades mentales que se les infligen aquí a diario, y que en muchos aspectos son más graves que las barbaridades físicas que caracterizaron los primeros días de la revolución».


[194] Uno de los primeros pasos dados por Göring cuando fue nombrado nuevo ministro del Interior de Prusia en 1933 fue llamar a Rudolf Diels, un joven de 32 años, apuesto y de cabello oscuro, que ya se había ganado fama de oportunista de primera categoría. Dos años antes, Diels había empezado a trabajar en el departamento de la policía política del Ministerio del Interior, informando de las actividades de los partidos de izquierdas en general y de los comunistas en particular. Diels había estrechado sus relaciones con Göring, que ahora pretendía limpiar de enemigos su ministerio.[195] —No quiero tener nada que ver con los sinvergüenzas que rondan por aquí —dijo Göring a Diels—. ¿Hay algún hombre aquí que se pueda considerar decente?[196] Diels le facilitó todas las fichas personales y los expedientes policiales de los funcionarios de lealtad dudosa, y al cabo de unos días Göring había emprendido ya una campaña de limpieza con el fin de eliminar de su imperio burocrático a todos los socialdemócratas y demás elementos sospechosos de ser dañinos. Se exigió a los funcionarios civiles del ministerio que rellenaran formularios en los que se les preguntaba por su religión, su filiación política y su raza. Kempner rellenó debidamente el cuestionario y, en un pequeño acto de desafío, prometió investigar sobre su raza. Luego Göring convocó una reunión e informó al personal del ministerio de que en adelante todo se haría «de conformidad con el espíritu nacionalsocialista». Todo aquel que tuviera alguna objeción que plantear podía marcharse. Kempner no dio ningún paso por acercarse a la puerta de salida —¿por qué renunciar a su salario antes de lo necesario?—, pero no tendría que esperar mucho para enterarse de que estaba ya en la calle. La mayor parte de los funcionarios fueron purgados con una breve notificación de despido. A Kempner le gustaba contar una anécdota acerca del trato especial que le habían dispensado. Göring, decía, lo llamó un día a su despacho y lo despidió en persona. A continuación, en una muestra de intolerancia extrema, exclamó: —¡Tiene usted suerte de que no lo meta en la cárcel! ¡Fuera de mi vista! ¡No quiero volver a verlo nunca más![197] Kempner tenía fama de ser un hombre que nunca permitiría que la realidad se interpusiera en su camino a la hora de contar una buena anécdota. En su


autobiografía dice que el responsable de personal del ministerio, que era un viejo aliado suyo, le informó de que iban a ponerlo de patitas en la calle, pero le permitió pedir una excedencia y trasladarse al departamento de Administración de Construcciones y Finanzas. Su nuevo empleo, afirma, consistía en comprobar los niveles de los canales navegables de Berlín. En abril, se aprobó la Ley de Restauración de la Función Pública, que prohibía a los judíos ocupar puestos en la Administración del Estado; la medida afectaba a funcionarios de todos los niveles, desde maestros hasta catedráticos, jueces y fiscales. Pero a instancias de Hindenburg, quedaban exentos aquellos judíos que, como Kempner, hubieran prestado servicio en el frente durante la guerra. No obstante, cinco mil judíos perdieron su empleo a consecuencia de la ley. Pese a quedar protegido al principio por su historial de guerra, Kempner fue destituido oficialmente en septiembre de 1933 por motivos de falta de fiabilidad política.[198] Diels, mientras tanto, fue premiado con un nuevo cargo importante. Se pondría al frente de un nuevo cuerpo de las fuerzas de seguridad, la policía política secreta, cuyo nombre, Geheime Staatspolizei (Policía Estatal Secreta), fue abreviado a tres simples sílabas que infundirían auténtico pavor en las mentes de los enemigos de los nazis: Gestapo. Kempner y Diels se conocían muy bien. Diels era un conversador perfecto que, como Kempner, había sabido acumular amigos y contactos con personalidades importantes. A menudo podía vérselos a los dos intercambiando cotilleos en la cafetería del Ministerio del Interior. Muchos años después, Diels diría que Kempner era «un verdadero hombre de la Gestapo. Pero mira por dónde había un inconveniente que se lo impedía: su raza».[199] La cara de Diels estaba surcada de cicatrices, fruto de los duelos a espada en los que había participado —dos marcas que le recorrían la mejilla derecha y otra más profunda en la izquierda—, pero las mujeres lo encontraban atractivo. Habría podido «actuar de protagonista en una película americana del oeste», diría una persona estrechamente relacionada con el cine.[200] Aunque estaba casado, no desdeñaba los agasajos de las mujeres. En 1931 Kempner había hecho a su colega un favor trascendental. Cierta noche Diels se dejó su tarjeta de identidad en el piso de una prostituta, que poco después


se presentó en el ministerio a quejarse de que Diels le había pegado. Kempner intervino dándole algún dinero y consiguiendo que se fuera por donde había venido.[201] Uno de los devaneos de Diels llegó a escandalizar a la comunidad diplomática de Berlín.[202] En 1933 empezó a verse con la hija del embajador de Estados Unidos, William Dodd, Martha, de 25 años. Se los podía ver paseando juntos por el Tiergarten, yendo al cine o tomando copas en los clubs nocturnos. Martha, que se había separado de su marido antes de trasladarse a Berlín, se había hecho famosa enseguida por su falta de discreción y sus amoríos. Llamaba a Diels «cariño» y admiraba «su belleza cruel y destrozada». El joven director de la Gestapo le contó algunos detalles de las guerras intestinas declaradas en el seno de la burocracia nazi y le dijo que temía acabar en la lista negra de algún jerarca. Luego, cuando se viera acosado por sus enemigos y su lealtad a la causa nazi fuera puesta en entredicho, Martha Dodd intentaría acudir en su ayuda. En febrero de 1933, poco después de abandonar el Ministerio del Interior, pero antes de que el incendio del Reichstag diera a Göring el pretexto para hacer redadas masivas de enemigos del nazismo, Kempner se encontró por casualidad con el jefe de la Gestapo en un restaurante de la Leipziger Strasse llamado Kempinski & Co. —Eh, Diels, ¿qué tal? —exclamó Kempner—. ¿Qué andas haciendo ahora? ¿Hay mucho trabajo? —Mucho lío en el trabajo —respondió Diels—. Tengo que confeccionar listas.[203] —¿Listas de qué? —Bueno, para una posible operación. La detención sistemática de partisanos izquierdistas estaba a punto de dar comienzo. —Figuran también en ellas algunos viejos amigos nuestros —contó Diels a Kempner. Tras recibir el chivatazo, Kempner avisó a sus amigos pacifistas y les instó a abandonar el país. Uno de ellos, Kurt Grossman, se marchó a Checoslovaquia el mismo día que recibió la llamada de Kempner. Luego explicaría que este «tenía el don de descubrir cosas que permanecían ocultas para cualquiera».[204] Otro conocido suyo, Carl von Ossietzky, se negó a huir, y la Gestapo lo detuvo como consecuencia del incendio del Reichstag. A pesar de su mala salud, Ossietzky fue condenado a trabajos forzados y


recibió constantes palizas. Mientras tanto, la Liga Alemana de los Derechos Humanos, de carácter pacifista, fue disuelta. Kempner quemó las listas de militantes de la organización y, para no dejar nada en manos del azar, arrojó las cenizas al Spree.[205] Ya en 1930 Kempner había previsto las consecuencias de la llegada al poder de los nazis. Aunque logró evitar su detención durante los primeros meses de terror, sin duda alguna se dio cuenta del peligro que corría siendo un hombre clasificado como judío —y opuesto a los nazis, por si fuera poco— y viviendo en el Reich de Hitler. Pero no se fue de Berlín. Todavía no. De ese modo, le ocurrió lo que a la mayoría de los judíos de Alemania. Por cada uno que se presentaba deprisa y corriendo en algún consulado en busca de visado, muchos más —la inmensa mayoría— decidieron esperar a ver qué pasaba. Pertenecientes en buena parte a la clase media, los hebreos estaban psicológica y materialmente unidos a Alemania. Se sentían alemanes.[206] Sencillamente no estaban preparados para renunciar a sus vidas en un país en el que habían prosperado, especialmente durante las dos últimas generaciones. Después de años y años como ciudadanos de segunda clase, los judíos habían sido emancipados por el káiser Guillermo I en 1871 y habían acogido con entusiasmo su nueva libertad de ocupar cargos políticos, de ejercer como médicos y abogados, de ingresar en las universidades y de dirigir empresas en un país que estaba convirtiéndose en el motor económico de Europa.[207] Muchos judíos intentaron asimilarse rápidamente, o al menos lo intentaron, renunciando a la fe de sus antepasados a favor del protestantismo o del laicismo. Alemania, y en particular Berlín, se convirtieron en el destino de los judíos de muchas nacionalidades. Por primera vez entre los nombres importantes de las finanzas, la política, la ciencia y la cultura de Alemania había judíos. Durante la Primera Guerra Mundial, cien mil de ellos se alistaron en el ejército, ocho de cada diez de ellos prestaron servicio en el frente y doce mil perdieron la vida por la patria. Cuando llegaron al poder, los nazis lanzaron sapos y culebras por la boca y prometieron que iban a echarlos a todos a patadas, pero para los judíos resultaba difícil saber hasta qué punto debían tomar en serio aquellas amenazas. Muchos debieron de pensar que seguramente Hitler tendría que


moderar su retórica una vez que hubiera alcanzado el poder. Seguramente podrían llegar a una solución de compromiso que les permitiera vivir en paz. Los líderes de la comunidad judía recomendaron paciencia y tranquilidad. Probablemente Alemania recuperara la cordura y echara a Hitler al cabo de un año o dos de locuras. La violencia contra los judíos experimentó durante aquellos primeros años diversos altibajos y, por más que temieran que todavía llegaran a producirse ataques más graves,[208] a muchos les preocupaban también los riesgos de la emigración. ¿Acabarían encontrándose sin un céntimo en las calles de algún país extranjero, incapaces de hablar el idioma y sin posibilidad de encontrar un empleo adecuado? Hubo muchos cabezas de familia judíos que no hicieron caso a las invitaciones de sus esposas a emigrar hasta que fue demasiado tarde. En resumidas cuentas, los judíos alemanes calcularon que había más motivos para quedarse que para irse, escribiría el historiador John Dippel. «Eran demasiados los obstáculos que había que superar: arraigo, autocomplacencia, incredulidad, petulancia, ingenuidad, vanas ilusiones, oportunismo incluso».[209] Sorprendentemente, algunas empresas judías prosperaron incluso durante los primeros años del régimen nazi.[210] «Ni siquiera los judíos más avispados habrían podido prever que todo el continente iba a caer en manos de los nazis», escribiría años más tarde Kempner. Así que esperaron. Esperaron «fieles a Alemania, con patriotismo».[211] Al principio Kempner también esperó, aguantando en medio de las constantes detenciones, la discriminación por norma y la espantosa retórica emanada de los furibundos antisemitas que ostentaban el poder en aquellos momentos: hombres como Rosenberg, que predicaban incansablemente su visión de una raza limpia de todas las impurezas y de un país que debía deshacerse de todo rastro de sangre judía.


7 La senda de Rosenberg

Alfred Rosenberg, el escritor por antonomasia del partido nazi (Bundesarchiv, Bild 146-20050168/Heinrich Hoffmann).

Tenía todo el encanto de un sepulturero: ojos hundidos rodeados de círculos oscuros, labios rígidamente apretados en un gesto de perpetuo enojo, cabello fino peinado con raya al lado y echado hacia atrás, dejando ver una frente de


profundas entradas. «De estatura media, su rostro ceniciento y sus mejillas fofas daban la impresión de que era un hombre de salud precaria que lleva una vida sedentaria», escribió el periodista americano Henry C. Wolfe después de un encuentro con Rosenberg.[212] Wolfe pensaba que era un individuo poco dado a sonreír, como si su misión fuera tan seria que cualquier ligereza hubiera estado fuera de lugar. Eso, pensaba Wolfe, o que padecía de indigestión crónica. «Sus ojos pálidos, sin brillo, miraban al frente, pero no a quien tenían delante, sino como si no hubiera nadie», señalaba Kurt Lüdecke, el promotor y recaudador de fondos para el partido que trabajó durante algún tiempo en estrecha colaboración con el ideólogo nazi. Rosenberg se consideraba un intelectual de ideas profundas, pero el mundo veía en él a un hombre frío, altanero, distante e implacablemente mordaz. «¡Un bloque de hielo!», decía Lüdecke.[213] «La ironía arrogante y glacial de Rosenberg ahuyentaba a la gente, haciendo que todos se sintieran pequeños e incómodos en su presencia». Albert Krebs, sin embargo, no era un hombre que se dejara amedrentar, y menos aún por Rosenberg. Otrora líder sindicalista de Hamburgo, Krebs había ejercido como comandante de una unidad de tropas de asalto, había sido un jerarca regional del partido y había trabajado como redactor jefe de un semanario alineado con las ideas de los nazis, el Hamburger Tageblatt. En cierta ocasión, a finales de los años veinte, durante un periodo conflictivo en el que el partido llegó a dividirse en dos facciones, la de Berlín y la de Múnich, Krebs se ganó la enemistad de Rosenberg escribiendo un editorial en el que ponía en entredicho la virulenta oposición del partido a la Unión Soviética, postura que, naturalmente, significaba el principio y el fin de toda discusión política con el director del periódico que ejercía como órgano oficial del partido. Rosenberg envió inmediatamente un telegrama a Krebs llamándolo a capítulo y conminándolo a presentarse en Múnich. Cuando Krebs llegó a la redacción de la Schellingstrasse, fue recibido con una frialdad glacial. «Rosenberg estaba sentado detrás de su escritorio», escribiría posteriormente Krebs, «pero ni siquiera abandonó el asiento; no levantó la vista; no respondió a mi saludo más que con un gruñido incomprensible». El visitante se acercó una silla. —¿Deseaba usted hablar conmigo? —dijo. —Hace quince días —respondió Rosenberg. —En ese momento no tenía tiempo a mi disposición.


—Un empleado del partido debe tener tiempo cuando yo lo mande llamar —replicó Rosenberg. Los dos periodistas se enzarzaron en una discusión acerca del artículo objeto de disputa. No se resolvió nada, pero Krebs aprendió algunas cosas acerca del principal ideólogo del partido. Rosenberg lo sermoneó con largos monólogos en los que repetía las mismas cosas que había venido escribiendo en sus artículos; cuando Krebs planteaba alguna pregunta, Rosenberg las ignoraba. «Daba la impresión de que en realidad no escuchaba. De vez en cuando, ante cualquier comentario crítico, apretaba los labios o mostraba una sonrisa calculada, actitud que naturalmente hizo que se ganara fama de arrogante y antipático», recordaba Krebs. «Era tan rígido en su intento de hacer pasar por reales lo que no eran más que sueños egocéntricos e imaginaciones suyas —que era un aristócrata báltico, un lord inglés, un genio científico de dimensiones copernicanas—, que acababa perdiendo por completo todas sus capacidades, ya de por sí poco desarrolladas, de relacionarse y conversar con otras personas... Hasta tal punto estaba inmerso en sus propias opiniones, que sencillamente no entendía cómo alguien podía tener otro parecer».[214] Krebs mantuvo otras conversaciones con Rosenberg. En cierta ocasión el gran pensador del partido sostuvo la idea de que el canciller Heinrich Brüning, líder del Partido del Centro, de inspiración católica, tenía planeado traer el comunismo a Alemania y aplastar a la iglesia protestante, para que luego el Vaticano pudiera tener las manos libres e imponer el catolicismo. Krebs se quedó de piedra. Rosenberg «superponía a los acontecimientos políticos puras elucubraciones totalmente irreales, fantasías imaginarias propias de novelas policíacas o de espionaje».[215] A Krebs le costaba mucho trabajo creer que aquel hombre a todas luces perturbado fuera el intelectual que Hitler tenía en tan alta consideración. Evidentemente Rosenberg manejaba un amasijo de ideas confusas y, por si fuera poco, robadas de aquí y de allá. «Aunque gracias a su excelente memoria y a su prodigiosa laboriosidad había acumulado una asombrosa cantidad de datos aislados», escribía Krebs, «carecía por completo de cualquier capacidad de poner en orden todos esos conocimientos y de hacerse una idea coherente del contexto y del desarrollo de los acontecimientos históricos». Quizá Hitler no se diera cuenta o quizá sí y en su astucia calculara, según Krebs, que ese era precisamente el tipo de sabio ideológico que necesitaba


para su movimiento. «Como maestro en el arte de la propaganda quizá supiera al fin y al cabo que es lo incomprensible y lo absurdo lo que mayor efecto causa en las masas».[216] Esa era la única explicación, por lo que él podía juzgar, del pomposo título que Hitler concedió a Rosenberg en el momento mismo en que amaneció el Tercer Reich. A finales de los años veinte, al mismo tiempo que publicaba cada día el Völkischer Beobachter, Rosenberg trabajaba también en otra cosa: en un magnum opus, una obra sobre la raza, el arte y la historia que debía extenderse a lo largo de miles de años, un libro que iría mucho más allá de los montones de artículos que sacaba a la luz a diario y mensualmente. Deseaba que El Mito del siglo XX tuviera un efecto perdurable. Se suponía que debía ser la culminación de su pensamiento sobre Alemania y el lugar que esta ocupaba en el mundo, una amplísima exhibición de filosofía y la formulación más completa de la ideología nazi escrita nunca. Y esperaba que lo consagrara como el máximo pensador del partido. Aunque habría deseado hacer del libro el único objeto de sus esfuerzos, se vio obligado a trabajar en él a trompicones. «Estaba ocupado cada día con mi periódico», confesaría unos años más tarde, «y por lo tanto no pude desarrollarlo a fondo como habría hecho un erudito».[217] Cuando lograba escabullirse durante la jornada para trabajar en él, a su jefe no le gustaba nada: —¡Ahí lo tienes sin hacer nada, al loco ese extravagante, que no es más que un bobo engreído! ¡Y no tiene ni título! —dijo un día Max Amann, el editor del periódico, un correligionario, señalando a Rosenberg, que estaba sentado ante una mesa de mármol, junto al gran ventanal del Café Tambosi, en el Odeonplatz, con la mirada clavada en las torres gemelas de la Theatinerkirche, la iglesia palacial en la que estaban enterrados muchos miembros de la dinastía Wittelsbach, la casa real de Baviera. Rosenberg estaba rodeado de libros y papeles repartidos en varias mesas, ostensiblemente absorto en sus pensamientos. —¡Escribiendo «obras»! —insistió Amann recalcando su acento bávaro—. ¡Menudo bohemio! ¡Lo que tendría que estar haciendo es sacar un periódico como es debido![218] Rosenberg logró acabar el borrador en 1929 y pidió a su esposa, Hedwig,


que le pasara a limpio una copia y se la escribiera a máquina. A continuación se la hizo llegar a Hitler para que le diera el visto bueno. Pasaron seis meses. Pero no recibió respuesta alguna. Cuando Rosenberg abordó por fin el asunto, el Führer comentó que el libro era «inteligente», aunque se preguntaba quién iba realmente a leerse cientos y cientos de páginas de teoría ideológica rosenbergiana.[219] Por lo pronto, él ya había publicado la obra del nazismo por excelencia, Mi lucha. Por otra parte, como el político pragmático que era, decidido a hacerse con el poder y a ejercerlo, veía que algunas ideas del Mito eran incendiarias. Y se quedaba corto calificándolas así. Pues bien, al margen de las reservas que pudiera tener, Hitler las dejó a un lado y aprobó la publicación del libro. En 1930 la obra de Rosenberg estaba ya en las librerías. El Mito del siglo XX era un texto retorcido, casi incomprensible. Rosenberg lo consideraba un tratado en torno a su filosofía del arte y la religión, y sobre sus ideas nada convencionales acerca de la historia y la raza.[220] «Cada raza tiene su propia alma y cada alma su raza, su propia arquitectura interna y externa absolutamente única, la apariencia que la caracteriza y su peculiar modo de vida, así como una relación únicamente suya entre las fuerzas de la voluntad y de la razón», decía una sección del libro.[221] «Cada raza cultiva en último término un solo ideal supremo. Si como consecuencia otros sistemas de cultivo, de la infiltración masiva de sangre e ideas extrañas, ese ideal es modificado o destronado, el resultado de esa transformación interna viene marcado externamente por el caos y por épocas de catástrofe». Y así continuaba, sin parar, esencialmente de manera informe e interminable. Un admirador de la obra intentó ayudar al lector publicando un extenso glosario de la terminología más oscura empleada en ella.[222] En medio de infinitas páginas llenas de ambigüedades el libro tenía algunos momentos de claridad, con ideas que acabarían por impregnar el pensamiento nazi durante los quince años siguientes. Rosenberg afirmaba que la cultura germánica y la conservación del honor nacional habían sido fundamentales para la expansión de la civilización a través de los tiempos. La mezcla de razas —el caos racial— había dado lugar a la ruina de las grandes sociedades. Concediendo la igualdad de derechos a la «sangre extraña», los germanos habían cometido «un pecado contra su propia sangre».[223] Solo mediante la vuelta a la pureza racial podía Alemania ser fuerte de nuevo. A los lectores imbuidos de las obras del nacionalismo antisemita —de autores como Gobineau y Chamberlain, entre otros— todo aquello les sonaría


a conocido: el libro de Rosenberg no contenía grandes ideas originales. Pero cuando los nazis llegaron al poder en 1933, El Mito fue aclamado como una de las obras claves del nacionalsocialismo y, junto con Mi lucha, se convirtió en el libro que todo nazi leal cabía esperar que tuviera en su biblioteca. Años más tarde, muchos miembros de la jerarquía nazi negarían haberlo leído a fondo. Goebbels lo tachaba de «eructo ideológico».[224] Göring lo elogiaba en una carta enviada a Rosenberg, pero a sus espaldas decía que el primer capítulo prácticamente lo había hecho quedarse roque.[225] Al parecer, Hitler afirmó que había «echado una ojeada por encima» al libro de Rosenberg y que lo había encontrado «demasiado abstruso».[226] Le desagradaba incluso el título. Los nazis, decía Hitler, no propagaban mitos. Inundaban el mundo de un conocimiento nuevo. «Es una idiotez», comentó Putzi Hanfstaengl a Hitler. «Y una idiotez no dejará nunca de ser una idiotez. Por mucho que doble uno una hoja de papel sobre una mancha de tinta, al cabo de cincuenta años nadie la confundirá con un Rembrandt. Rosenberg es peligroso y tonto, y cuanto antes se deshaga usted de él, mejor».[227] Franz von Papen, el político conservador nombrado vicecanciller en enero de 1933 por Hitler, recordaba que este ridiculizaba en privado el libro y a su autor.[228] Pero buscando siempre una ventaja política, Hitler, como es bien sabido, no hacía más que manipular a su público. Otro antiguo nazi, Otto Strasser, posteriormente expulsado del partido, recordaba que el Führer había respaldado enérgicamente a Rosenberg y sus doctrinas radicales. En cierta ocasión, durante una reunión en su despacho de Berlín, Strasser planteó algunas objeciones a la violenta oposición de Rosenberg a las iglesias cristianas, a lo que él llamaba su «paganismo». Hitler se levantó muy nervioso y empezó a dar paseos arriba y abajo por el amplio despacho de Strasser. —La ideología de Rosenberg forma parte integral del nacionalsocialismo —le dijo—. Rosenberg es un precursor, un profeta. Sus teorías son la expresión del alma alemana. Un verdadero alemán no puede condenarlas. [229] Dos años después, a raíz de la publicación de El Mito, Hitler, según recordaba Strasser, comentó entusiasmado a propósito del libro que era «el logro más extraordinario en su género». En todas las revoluciones de la historia por lo que se había luchado había sido por la raza, afirmó Hitler. «Basta solo que lea usted el nuevo libro de Rosenberg y comprenderá todas estas cosas».[230]


Independientemente de lo que pensaran de El Mito los rivales de Rosenberg en el aparato del partido, el libro se convirtió en Alemania en un texto clásico. El nuevo Estado nazi ordenó que se incluyera en los planes de estudio de las escuelas y figurara en todas las bibliotecas. A los docentes que asistían a los cursos de formación y adoctrinamiento se les pedía que fueran provistos de sus correspondientes ejemplares. Los estudiantes de derecho tenían la obligación de conocer al dedillo sus enseñanzas. Los instructores de las Juventudes Hitlerianas utilizaban sus ideas en sus clases de adoctrinamiento ideológico. «La senda de Rosenberg», decía Baldur von Schirach, líder de la organización juvenil, «es la senda de la juventud alemana».[231] Acabarían vendiéndose más de un millón de ejemplares del libro, que situó a su autor como una de las voces más importantes en las innumerables batallas en torno a la religión, el arte y la raza libradas durante la época de Hitler.[232] En las librerías de todo el país El Mito ocupaba un lugar destacado, solo por detrás de su único rival en el mundo editorial alemán, Mi lucha. Se convirtió en aquello que siempre había deseado su autor o incluso más: lo que Rosenberg había escrito era la biblia del movimiento nazi. —Creo que incluso al cabo de mil años su obra seguirá perdurando —le dijo cierto individuo.[233] Las calles del Berlín de los años treinta eran un hervidero de actividad. Cada mañana, los empleados de las oficinas y los obreros de las fábricas salían de las estaciones de ferrocarril y de las paradas del metro vestidos unos con sus trajes y sus vestidos elegantes y otros con sus monos de trabajo. Por encima del ruido del tráfico se oían las voces de los vendedores que ofrecían flores, frutas, cigarrillos, globos, periódicos o juegos de manos. A los visitantes les habría llamado la atención sobre todo Unter den Linden, la Puerta de Brandemburgo o los frondosos y perfumados paseos del Tiergarten, pero ningún lugar reflejaba mejor la verdadera naturaleza de Berlín que el Potsdamer Platz, la respuesta de la capital alemana al Times Square de Nueva York.[234] Los hoteles de lujo y las terrazas de los cafés alternaban con cervecerías y comercios. El Haus Vaterland, cuyo cartel luminoso rodeaba la cúpula que coronaba la fachada del edificio, atraía a los berlineses hacia su cine, hacia sus espectáculos y hacia su colección de restaurantes de cocina de distintos países («El mundo en un solo edificio»,


decía un eslogan publicitario). Su café, capaz de dar cabida a dos mil quinientos clientes, se jactaba de ser el establecimiento más grande de todo el mundo en su género. En el Potsdamer Platz el tráfico procedente de ocho avenidas confluía en una intersección caótica. Los tranvías atajaban por el centro, y los pequeños Opel y los resplandecientes Mercedes-Benz competían con los autobuses de dos pisos, los camiones, los taxis, las carretas tiradas por caballos, los ciclistas y con unos peatones que aparentemente no tenían miedo a nada. En 1925 se colocó en el centro de la plaza uno de los primeros semáforos de Europa, pero, según los comentarios de la gente, no hizo mucho por dominar el torrente de máquinas y de seres humanos que pasaban a todas horas por allí. En enero de 1933, cuando Rosenberg abandonó finalmente Múnich y se mudó al norte para estar más cerca del lugar donde se cocía todo, eligió para instalar su despacho el número 17 de la Margaretenstrasse, una casa corriente a pocos pasos del cruce de calles más animado de Berlín. Él habría preferido la Wilhelmstrasse, sede de la Cancillería del Reich y de los ministerios más importantes, pero de momento la Margaretenstrasse estaba lo bastante cerca. En el nuevo Reich el partido operaba como una especie de «Gobierno extraoficial» paralelo, e incluso los que no estaban al frente de ningún ministerio podían ejercer un poder enorme.[235] Durante los primeros ocho años de régimen nazi, Rosenberg se dedicó a trabajar para el partido, empezando en abril de 1933 como jefe del Departamento de Política Exterior. El nuevo canciller no confiaba en los diplomáticos veteranos de Alemania, incluido Konstantin von Neurath, el ministro de Asuntos Exteriores. Pero mientras siguiera vivo Hindenburg, Hitler no podría sustituir a Neurath y poner en su lugar a alguien de su elección: Neurath contaba con el respaldo del presidente. Así que al principio Hitler intentó utilizar a Rosenberg como una especie de ministro de Exteriores en la sombra que le permitiera sacar adelante sus planes en materia internacional. En cierto modo era un puesto perfectamente adecuado para Rosenberg, que en 1927 había escrito un libro titulado El curso futuro de la política exterior de Alemania; formaba parte de la Comisión de Asuntos Exteriores del Reichstag, y en 1932 había ido a Roma en representación del partido para intervenir en un foro internacional sobre el futuro de Europa. Pero al mismo tiempo, Rosenberg no sabía gran cosa sobre los demás países y sus intereses, y carecía por completo del refinado tacto y la discreción matizada que constituyen los rasgos característicos de todo diplomático.


Según todas las versiones, una conversación con Rosenberg seguía siempre los mismos derroteros. «Le encantaba entablar una discusión sobre cualquier tema, el que fuera, pero poco importaba cuál fuera el punto de partida, el caso es que a los cinco minutos estaba soltando las mismas frases que tenía ya manidas de tanto repetirlas en las constantes discusiones de sus propias teorías sobre la sangre y la raza», escribiría uno de sus interlocutores. «Podía uno empezar a hablar de historia, de horticultura o de las botas altas que llevan los paracaidistas, que Rosenberg cambiaba de tema de inmediato y se ponía a perorar sobre la sangre y la raza; tan seguro que casi podía uno predecirlo matemáticamente».[236] El embajador norteamericano en Berlín, William Dodd, recordaba varias conversaciones de esas con Rosenberg. Las odiaba. Le espantaba incluso la idea de ser fotografiado con el filósofo del partido, como le ocurrió una noche de noviembre de 1934 en que se encontraron en el interior del Hotel Adlon, en el Pariser Platz. «No me supuso ningún placer», anotaría Dodd en su diario privado, «pues no hay político alemán que piense con menos claridad ni que le gusten tanto las bobadas».[237] El primer viaje de Rosenberg a Londres en el papel que le acababan de asignar constituyó el mismo tipo de catástrofe en materia de relaciones políticas y públicas que un amigo le había advertido que iba a suponer. —¡Si no sabes hablar ni una palabra de inglés! —le había dicho antes de salir de Berlín Lüdecke, el financiero nazi—. No tienes ni un traje decente que ponerte. Tus trajes de etiqueta son incalificables. No puedes ir a Londres así. ¡Búscate primero un buen sastre![238] Rosenberg le respondió con una sonrisa glacial: —Hitler tenía razón. Lo que tendrían que hacer con usted es ponerle un bozal. El viaje de mayo de 1933 —el primer intento de contrarrestar la feroz oposición de Gran Bretaña al régimen represivo de los nazis— desencadenó numerosas protestas y peticiones al parlamento para que lo expulsaran del país. El diplomático inglés Robert Vansittart pensaba que por su aspecto «parecía un bacalao frío», y que lo mismo cabía decir de su temperamento. [239] Rosenberg se fue antes de lo previsto, con tanta precipitación que se dejó en Londres los guantes, una corbata, un pañuelo, unos calcetines y el cepillo de uñas. Mientras tanto, entró en contacto con un par de ingleses que al final resultó


que eran espías.[240] Uno de ellos, William de Ropp, era un periodista a sueldo de los nazis encargado de presentarle a personajes de la máxima importancia en Gran Bretaña. El otro, un agente del MI6, Michael Winterbotham, se hacía pasar por simpatizante de los nazis en el Ministerio del Aire inglés. Sin saber lo que hacía, Rosenberg llevó a aquellos dos hombres a la Cancillería para celebrar una reunión en la cumbre con el Führer y luego los invitó a almorzar con los jefazos del ejército en el famoso restaurante Horcher de Berlín. Él pensaba que estaba poniendo los cimientos de un acercamiento entre las dos naciones. Pero lo que en realidad hizo fue ayudar a que unos agentes recopilaran un montón de información acerca del rearme de los alemanes. A pesar de todo, en su faceta de gurú nominal del partido en materia de política exterior, Rosenberg no renunció a su cargo. Se metió en todos los rincones que pudo. Estableció contacto con simpatizantes del nazismo de todo el mundo, e incluso sufragó campañas de propaganda en Estados Unidos y en otros países. Desarrolló además planes para acabar con la Unión Soviética. Y mientras tanto aguardaba a que llegara el momento de dejar su impronta en el mapa de Europa. Independientemente de que llegara alguna vez ese momento, Rosenberg sería siempre el ideólogo más importante de los nazis. Estaba firmemente arraigado en la opinión de los militantes de a pie como un importante adalid de la causa, como el hombre encargado de suministrar los fundamentos intelectuales de su misión extremista. En junio de 1933 fue uno de los dieciséis individuos ascendidos al cargo de Reichsleiter, el máximo rango dentro del partido, solo un paso por debajo del Führer. A finales de año, Hitler se dirigía a él en una serie de cartas de agradecimiento remitidas a los líderes más importantes del partido, que luego fueron publicadas en el Völkischer Beobachter. «Mi querido camarada Rosenberg», decía Hitler. «Una de las primeras condiciones para la victoria del movimiento nacionalsocialista era la destrucción intelectual del mundo de ideas hostiles que se nos oponía. Usted... no solo... ha encabezado constantemente el ataque contra ese mundo de ideas, sino que... además ha contribuido de una manera inaudita... a asegurar la compresión ideológicamente unitaria de nuestra lucha política». [241]


A comienzos de 1934, Hitler oficializó el rango de dirigente de Rosenberg. Su leal asistente se convertiría en «encargado del Führer para el adoctrinamiento y la formación intelectual e ideológica del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán». Aquel título interminable —invento del propio Rosenberg, por supuesto— era casi tan largo como la orden de nombramiento firmada por Hitler, de solo dos frases de extensión y formulada de manera bastante vaga. El cargo se creó a partir de una petición de material de adoctrinamiento ideológico enviada por Robert Ley, que además de director del Frente Alemán del Trabajo era el jefe de organización del partido para todo el Reich. [242] Una de sus responsabilidades era supervisar el Amt Schulung (Departamento de Formación), encargado de educar a los líderes presentes y futuros del Tercer Reich. El partido había crecido de manera exponencial desde que Hitler había sido nombrado canciller: entre el 30 de enero y el 1 de mayo de 1933, cuando se suspendieron las altas, habían ingresado en el partido 1,6 millones de alemanes. Ley quería asegurarse de que esas «Violetas de Marzo», como los llamaban los viejos combatientes nazis,(1) recibieran un adoctrinamiento adecuado en los principios del nacionalsocialismo. Y se le ocurrió asignar a Rosenberg el papel de asesor: el ideólogo debía diseñar los planes de estudio, elaborar programas y crear materiales pedagógicos que el personal de Ley utilizaría luego en sus cursos de formación para asegurar un adoctrinamiento coherente de los militantes del partido.[243] Pero Rosenberg tenía mejores ideas que escribir simples libros de texto. Contemplaba su nombramiento en los términos más amplios imaginables y se dispuso a hacer realidad las grandiosas ambiciones que su larguísimo título expresaba. En el mes de febrero Rosenberg se colocó ante el micrófono en un acto celebrado en la Ópera Kroll de Berlín y, hablando para un público de altos dignatarios del partido, les dio una idea de lo que eran sus grandes objetivos. Pronunció su discurso con el fuerte acento germano-báltico que lo marcaba como extranjero dentro de Alemania, como emigrante de primera generación; pero, al tiempo que sus palabras resonaban en la gran sala del teatro, Rosenberg intentaba llegar al alma y al corazón del pueblo alemán. «Si hoy nos contentáramos solo con el poder del Estado, el movimiento nacionalsocialista no habría cumplido su misión», dijo al público allí congregado. «La revolución política del Estado ha terminado, sí, pero la


refundición mental e intelectual no ha hecho más que empezar».[244] Antes de lanzarse a la carga, Rosenberg tendría que ganar un combate más personal. El estilo que tenía Hitler de dirigir su empresa era darwiniano. Asignaba a sus subordinados múltiples títulos y responsabilidades diversas que se solapaban, dando a menudo solo instrucciones generales acerca de lo que deseaba que hicieran. Fomentaba así activamente las luchas intestinas: azuzaba a sus dirigentes para que se enfrentaran unos a otros, y solo cuando las guerras territoriales o las discrepancias políticas estaban al rojo vivo se decidía a dar un veredicto. Todos sabían que podían ser destituidos —o correr una suerte aún peor—, si perdían el favor del Führer. La desconfianza estaba a la orden del día. «No hay nadie entre los jerarcas del partido nacionalsocialista que no esté dispuesto a cortar el cuello a cualquier otro jerarca para facilitar su propio ascenso», escribía Bella Fromm, la periodista especializada en la crónica social.[245] «Así es como le gustan las cosas a Hitler. Los tiene a todos en vilo. Piensa además, según parece, que un hombre que sabe abrirse paso a codazos quizá pueda serle útil». El nuevo cargo de Rosenberg lo llevó a entrar directamente en conflicto con una de las fuerzas políticas más poderosas de Berlín, un dirigente tortuoso y mortífero y un brillante manipulador de las masas: Joseph Goebbels, ministro del Reich de Instrucción Pública y de Propaganda. Cuatro años más joven que Rosenberg, Goebbels se había criado en el seno de una familia de clase trabajadora en la localidad de Reydt, cerca de Düsseldorf. [246] Sus padres eran católicos piadosos, y Goebbels llegó incluso a pensar en hacerse cura. Una operación que pretendía aliviar una dolencia de la médula ósea lo dejó con una pierna atrofiada e inválida y una cojera que arrastraría toda la vida. Avergonzado de su aspecto físico, se dedicó con ahínco a los estudios y se convirtió en un alumno modelo. Estudió literatura alemana, historia y filología clásica, doctorándose en filosofía. A partir de ese momento insistiría en ser llamado siempre Herr Doktor. Con la esperanza de llegar un día a ser escritor, llevó un diario personal e intentó escribir una novela autobiográfica, varias obras de teatro y diversos artículos periodísticos. Pero no consiguió que nadie publicara sus obras. Ni siquiera logró obtener empleo en un periódico. Trabajó durante un breve periodo en un banco, pero fue despedido durante la crisis financiera de 1923.


Estaba completamente desilusionado cuando en 1924 se encontró con los nazis. Enseguida se hizo notar como orador y empezó a colaborar con Gregor Strasser, farmacéutico y vigoroso líder del partido en Berlín, con el fin de atraer a la clase trabajadora del norte del país a la causa nazi. Goebbels y Gregor Strasser, hermano mayor de Otto Strasser, eran socialistas tanto como nacionalistas, y esto los llevó a enfrentarse a Hitler y a los militantes más conservadores que constituían su entorno en Múnich, entre ellos Rosenberg. Goebbels no entendía por qué los nazis y los comunistas no podían trabajar juntos. «Ustedes y yo luchamos unos contra otros, pero en realidad no somos enemigos», escribía en una carta abierta a los comunistas.[247] «De esa forma lo único que hacemos es dividir nuestra fuerza y así nunca conseguiremos nuestro objetivo». Sin perder de vista en ningún momento a la militancia de Múnich, en 1926 Strasser y Goebbels redactaron una nueva plataforma del partido que defendía la incautación de las grandes haciendas aristocráticas y la cooperación de Alemania con una Unión Soviética «liberada del internacionalismo judío». Hitler no estaba dispuesto a tolerar nada de eso, entre otras cosas porque entre los que le proporcionaban el apoyo financiero más importante había muchos ricos de la nobleza. Llamó a capítulo a Strasser y a Goebbels y los obligó a retractarse de forma pública y humillante en una reunión del partido celebrada en febrero de 1926. Goebbels, que había caído completamente bajo el hechizo de Hitler, quedó destrozado al comprobar que el Führer se adhería a la línea de Rosenberg. «¿Qué clase de Hitler es este? ¿Un reaccionario?», escribió en su diario.[248] «La cuestión rusa: completamente fuera de lugar. ¡Italia e Inglaterra nuestros aliados naturales! ¡Terrible! Nuestra tarea, dice, es la destrucción del bolchevismo. El bolchevismo es una creación judía. Debemos acabar con Rusia... No soy capaz de decir ni una palabra. Tengo la sensación de haber recibido un mazazo en la cabeza». Pero por encima de cualquier otra consideración Goebbels era ambicioso y pragmático, y no tardó en volver al redil nazi. Su diario se llenó enseguida de himnos de alabanza a su héroe. (Uno de ellos decía: «Adolf Hitler, lo amo porque es grande y sencillo al mismo tiempo. Lo que se llama un genio»). [249] Por su parte, Hitler se dedicó a hacer la corte ostentosamente a Goebbels, y en cuanto el presunto disidente rompió con Strasser, fue enviado a Berlín a dirigir la lucha precisamente contra los comunistas, cuyos favores había intentado ganarse tan poco tiempo atrás. El puesto requería a alguien dotado para la invectiva y aquel individuo era el más indicado para ello.


Incluso uno de sus admiradores señalaba que sus palabas sentaban como un batido de «ácido clorhídrico, vitriolo y pimienta».[250] Maestro en el arte de la intriga de trastienda, Goebbels gastaba tanta energía en seguir la pista a sus rivales como en dirigir su ministerio, o eso era lo que parecía. Los periodistas de Berlín comentaban su gusto por el trabajo durante infinitas horas, su inteligencia —mercancía muy rara en un partido conocido sobre todo por su propensión a utilizar la fuerza bruta— y su predisposición a decir lo que fuera necesario para imponerse en un debate. «Aparentemente franco y sincero, con una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera y una voz agradable, en realidad era un maestro del disimulo, que sabía esconder sus verdaderos pensamientos tras una máscara de cortesía», escribía Louis P. Lochner, el corresponsal de Associated Press en Berlín. [251] Observándolo mientras hablaba, Lochner veía a un actor. Cuando pronunciaba un discurso, Goebbels podía dar la impresión de estar embargado por la emoción, pero en realidad estaba actuando, todos sus movimientos estaban cuidadosamente planeados y eran ejecutados para conseguir la máxima efectividad. Goebbels solía hacer en las fiestas un truco que ponía de manifiesto esa maestría suya. Pronunciaba cuatro discursos defendiendo cuatro formas de gobierno distintas —la monarquía, el comunismo, la democracia y el nazismo — y dejaba a sus oyentes absolutamente convencidos de que creía fervientemente en cada una de ellas. «Goebbels demostró ser un mago de la demagogia», concluía Lochner. «Sus ojos oscuros y penetrantes, su cabello negro y liso peinado hacia atrás, su piel tersa, le hacían a uno pensar en ciertas representaciones de Mefistófeles».[252] Rosenberg tenía varios problemas con Goebbels, el primero de los cuales era que el jefe del servicio de propaganda tenía una visión muy amplia de su campo de acción. Según un decreto de Hitler del 30 de junio de 1933, tenía jurisdicción «sobre todas las labores de adoctrinamiento espiritual de la nación, de propaganda del Estado, de la cultura y la economía, y de educación de la población dentro del país y en el extranjero».[253] Esa descripción lo situaba con firmeza en lo que Rosenberg consideraba que era su propio territorio. La lacerante guerra que estalló como consecuencia de semejante situación consumiría a ambos personajes durante casi doce años.


El primer campo de batalla era, ante todo, el arte. La caída de la monarquía al término de la guerra había liberado a Berlín de sus cadenas. De la noche a la mañana la capital se convirtió en un gran centro de la vida cultural y social. Rubias de piernas larguísimas y personajes célebres paseaban por las amplias avenidas de la ciudad y degustaban sus bebidas en las terrazas de los cafés. Los visitantes quedaban maravillados ante los grandes almacenes de proporciones monumentales, especialmente ante el buque insignia de la empresa Wertheim, en la Leipziger Strasse, que, con su refulgente vestíbulo de vidrio y lámparas de araña y sus imponentes arcadas parecía ni más ni menos que una catedral del consumismo. Con una población de cuatro millones de habitantes, la capital de Alemania se había convertido de repente en la tercera metrópoli más grande del mundo, por detrás solo de Londres y Nueva York. El berlinés típico era cosmopolita, cínico, y probablemente había nacido en algún otro lugar. «Los berlineses son», concluiría un periodista, «los neoyorkinos de Europa central».[254] Hablaban incluso un dialecto que a los demás alemanes les sonaba chabacano e irreverente. Mientras la derecha y la izquierda se peleaban por hacerse con el control de Alemania en las calles y en el Reichstag, a lo largo de los años veinte el modernismo en todas sus manifestaciones floreció en las galerías de arte y en las salas de espectáculos de la ciudad.[255] Pintores expresionistas como Otto Dix captaron en sus lienzos el caos del campo de batalla y los excesos de la gran ciudad. Los dadaístas protestaban contra todo aquello que pudiera pasar por pensamiento racional. Arquitectos modernizantes como Erich Mendelsohn diseñaban edificios de líneas fluidas y futuristas. Películas vanguardistas de terror, Marlene Dietrich en El ángel azul, los gánsteres de Bertolt Brecht, el jazz, los cabarets con mujeres en topless, una vampiresa desnuda en una bañera, Josephine Baker contoneándose sin más vestido que un collar y una faldita hecha de plátanos... En cuanto oscurecía, los berlineses podían ver todo eso y más. El autoritarismo conservador del káiser había dado paso a una energía sexual sin límites. Los clubs nocturnos y las producciones teatrales daban cabida también a una floreciente subcultura gay. El Berlín de la época de entreguerras era una ciudad tumultuosa, ecléctica y orgullosamente izquierdista. Naturalmente los nazis odiaban todo aquello. El Völkischer Beobachter condenaba a la capital por ser «un crisol de todo lo malo: la prostitución, los locales donde se sirven bebidas, los cines, el marxismo, los judíos, las


mujeres desnudas, las bailarinas negras y todos los viles retoños del llamado ‘arte moderno’».[256] El cine, se lamentaba Rosenberg en 1925, estaba «en manos de los judíos», y por eso se había «convertido en un medio de transmitir al Volk la infección a través de imágenes lascivas; y con la misma claridad que en la prensa judía, se revelan en él planes de glorificación del delito».[257] Rosenberg acabó convirtiéndose en el principal propulsor de un programa cultural völkisch que rechazaba lo moderno —lo que él llamaba el «bolchevismo cultural»— a favor de lo que a su juicio era el arte tradicional enraizado en la historia de Alemania. El movimiento völkisch era una especie de nacionalismo romántico de tintes racistas que ensalzaba al soldado y al campesino alemán y la tradición folclórica. En 1929 Rosenberg fundó el Kampfbund für deutsche Kultur (o KfdK, Liga de Combate por la Cultura Alemana), asociación casi independiente que organizaba conferencias de altos vuelos a cargo de intelectuales destacados y difundía la causa conservadora en su propia revista ilustrada. Goebbels, por su parte, apreciaba el arte moderno en algunas de sus manifestaciones y apoyaba a los grupos que no deseaban ver el arte maniatado por los individuos de ideología conservadora que estaban en el bando de Rosenberg.[258] «Garantizamos la libertad del arte», decía una y otra vez el ministro de Propaganda. Respaldó con su prestigio una exposición del futurismo italiano, decoró las paredes de su domicilio particular con acuarelas expresionistas de Emil Nolde y encargó a Leo von König que le hiciera un retrato impresionista que no dudó en colgar en su propio cuartel general. Después de la ascensión al poder de los nazis, Rosenberg vio la oportunidad de imponer su criterio sobre el arte moderno. Pero en el otoño de 1933, Goebbels formó una Cámara de la Cultura del Reich (RKK, Reichskulturkammer) para consolidar su control sobre las bellas artes, el teatro, la música, la radio, el cine, la prensa y la literatura, dándose a todas luces a sí mismo la victoria en la guerra que los enfrentaba. Negándose a batirse en retirada, Rosenberg rebautizó su Liga de Combate y la incorporó al programa de viajes y actividades de ocio de la popularísima organización gubernamental Kraft durch Freude (Fuerza por Medio de la Alegría), lo que le proporcionó cierta influencia sobre los programas ideológicos y culturales destinados a los trabajadores alemanes y a sus familias. Al mismo tiempo, Rosenberg siguió buscando vías de ataque que tuvieran


gran resonancia pública, con la esperanza de socavar la posición de Goebbels y acabar suplantando el nuevo organismo cultural por uno suyo. Se lanzó violentamente contra Ernst Barlach, escultor expresionista cuyas voluminosas figuras góticas, cubiertas con grandes mantos, le permitieron conseguir numerosos encargos para construir monumentos conmemorativos de la Primera Guerra Mundial en toda Alemania. Goebbels figuraba entre los admiradores de Barlach e incluso tenía pequeñas piezas del artista en su domicilio. Rosenberg atacó en el Völkischer Beobachter el monumento de Barlach colocado en la catedral de Magdeburgo, en el que aparecían un esqueleto tocado con un casco, un hombre con una máscara antigás, una mujer afligida y tres soldados, uno de los cuales tenía la cabeza vendada y portaba una gran cruz. Para los nacionalistas, el soldado alemán era un superhombre heroico. La representación de Barlach, se lamentaba Rosenberg, no tenía nada de eso: «¡Y se supone que esa serie medio idiota de variaciones heterogéneas de figuras gesticulantes casi irreconocibles tocadas con cascos soviéticos simboliza a los soldados de la infantería alemana!».[259] Barlach intentó calmar las críticas hasta el punto de declarar públicamente su apoyo a Hitler, pero al final sus obras acabaron por ser retiradas de los museos nacionales y el monumento conmemorativo de la catedral de Magdeburgo fue desmontado.[260] Rosenberg continuó con su campaña de presiones obligando al zar del arte a destituir al compositor Richard Strauss como presidente de la Reichsmusikkammer (Cámara de la Música del Reich). El delito del compositor: su buena disposición a trabajar con artistas judíos. Strauss había compuesto una ópera con un par de escritores judíos, Hugo von Hofmannstahl y Stefan Zweig; publicaba sus obras en una editorial cuyo propietario era judío y había contratado a un pianista judío. Cuando la Gestapo interceptó una carta de Strauss a Zweig en la que el músico expresaba unos sentimientos rayanos en la deslealtad al régimen nazi — Strauss decía que había accedido a presidir la Cámara de la Música solo «para evitar mayores desgracias» a los artistas—, Goebbels se vio obligado a prescindir de él.[261] En 1935 el ministro de Propaganda finalmente se dio cuenta de la precariedad de su posición. No solo estaba en la línea de tiro de Rosenberg. Además estaba en discrepancia con Hitler, que llevaba ya mucho tiempo en contra de la modernidad en las artes. En un discurso cultural que tuvo una resonancia muy amplia, pronunciado en el congreso anual del partido


celebrado el año anterior en Núremberg, el Führer se había quejado sin ambages de «todo ese tartamudeo de cubistas, futuristas y dadaístas», que estaban poniendo en peligro la cultura alemana. «Esos charlatanes están muy equivocados si creen que los creadores del nuevo Reich son lo bastante estúpidos o lo bastante inseguros como para dejarse confundir, y menos aún intimidar, por sus memeces».[262] Como había hecho diez años antes, cuando se vio obligado a elegir entre Strasser y Hitler, Goebbels se puso de parte de su Führer. Llevó a cabo un cambio de chaqueta en toda regla en lo concerniente al arte moderno. El nuevo converso, que no había sido nunca dado a las medias tintas cuando se trataba de demostrar lealtad, no dudó en preparar y organizar la exposición de arte más infame de Alemania. «Han puesto ante mis ojos espantosos ejemplos de bolchevismo artístico», escribió en su diario. «Y quiero presentar en Berlín una exposición de arte del periodo de decadencia, para que el pueblo lo vea y aprenda a reconocerlo».[263] La exhibición de Arte Degenerado, como lo calificaron los nazis, fue inaugurada en julio de 1937: una colección de más de seiscientas obras de pintura moderna de autores como Pablo Picasso, Henri Matisse y Vasili Kandinski, colgadas de mala manera y horriblemente iluminadas, acompañadas de letreros chillones que proclamaban su evidente depravación. Hitler quedó encantado y Goebbels se sintió aliviado. Escurridizo, como siempre, había salvado su puesto como asistente del Führer. Aunque Rosenberg no logró quitarle la silla a Goebbels, eso no le impidió utilizar su posición como lugarteniente ideológico de Hitler para sacar adelante sus proyectos hasta los rincones más apartados de Alemania. Durante todas aquellas luchas burocráticas, incluso durante los años de la guerra, Rosenberg mantuvo abiertos y funcionando a pleno rendimiento sus numerosos departamentos y subdepartamentos culturales. Su Departamento para el Cultivo del Arte (Amt Kunstpflege) reseñaba y emitía veredictos sobre los méritos ideológicos de las nuevas obras musicales y dramáticas y efectuaba comprobaciones del historial ideológico de los intérpretes, actores y oradores que se suponía que iban a aparecer ante el público nazi.[264] El personal a su cargo enviaba a la Gestapo informes sobre los artistas de lealtad cuestionable.[265] La idea de Rosenberg era que no tenía ningún sentido permitir que los trabajos de adoctrinamiento del


Departamento de Formación se vieran socavados por el arte, la literatura, los espectáculos dramáticos y la música por si estos no estuvieran en consonancia con la visión del mundo del nacionalsocialismo. Su departamento organizaba también conciertos, programaba conferencias y montaba obras de teatro que eran llevadas de gira por las ciudades de provincia. El Departamento de Rosenberg (Amt Rosenberg) publicaba además una revista mensual de arte profusamente ilustrada, Die Kunst im Deutschen Reich, para propagar la concepción que tenía el partido del arte propiamente germánico, y una revista musical cuyo objetivo era eliminar cualquier influencia judía de las salas de concierto. El Departamento para el Cultivo de la Literatura (Amt Schrifttumspflege) contaba con un equipo de empleados y un pequeño ejército de voluntarios sin sueldo —mil cuatrocientos en su momento de mayor apogeo— que supervisaban sistemáticamente «la totalidad de la literatura alemana que tenga cualquier tipo de significación formativa o pedagógica para el Volk alemán».[266] Los colaboradores elaboraban reseñas de los libros recién publicados para comprobar su idoneidad ideológica e informaban de sus hallazgos en una revista, Bücherkunde, que contaba con ocho mil suscriptores pertenecientes a la industria editorial. Los libros aprobados aparecían en las páginas blancas, los que tenían reseñas desfavorables en las rojas; a menudo una reseña negativa bastaba para que el Ministerio de Propaganda añadiera la obra a la lista de millares de libros prohibidos en Alemania. El laborioso personal de Rosenberg puso además en circulación un índice de autores judíos que acabó incluyendo once mil nombres. En un momento determinado, bajo los auspicios de una campaña orquestada por Rosenberg con el fin de recoger libros para los soldados del frente, el personal del Amt Schrifttumspflege «limpió los domicilios particulares de toda literatura indeseable».[267] Los departamentos iban generando nuevas secciones y delegaciones a medida que la administración de control ideológico de Rosenberg se propagaba por el paisaje cultural del país.[268] Una Sección de Ciencia (Abteilung Wissenschaft) se encargaba de evaluar los nombramientos académicos. La Delegación para la Investigación de la Arquitectura Rural Alemana (Mittelstelle für deutsche Bauernhausforschung) estudiaba las casas de los campesinos para confirmar que sus diseños no se habían visto mancillados por la influencia foránea, sino que eran efectivamente el perfecto


reflejo de la sangre germánica de sus constructores. La Oficina de Folclore y Celebraciones Festivas (Amt für Volkskunde und Feiergestaltung) desarrolló las ceremonias y el modo en que los nazis debían celebrar el nacimiento, el matrimonio y la muerte; la normativa sería publicada en una revista del partido, especificando además cuáles eran las músicas y las decoraciones adecuadas. Se sugerían incluso los nombres que debían llevar los niños alemanes: Arwed, Erdmut, Sebalt, Ulf... Uno de los departamentos de Rosenberg se encargaba incluso de revisar las esculturas y los retratos de Hitler para comprobar su idoneidad antes de ser mostrados al público. Rosenberg viajaba por toda Alemania difundiendo su mensaje y aceptando los elogios de la gente. Fuera de Berlín podía estar seguro de contar en todo momento con grandes multitudes que lo acogían entusiasmadas. Al margen de lo que los demás líderes del partido pensaran de él, en las ciudades y en los pueblos era uno de los héroes del movimiento. Pero en la capital, la guerra con Goebbels continuaba. En privado, el ministro de Propaganda llamaba al filósofo del partido «‘casi’ Rosenberg». [269] «Rosenberg era ‘casi’ idóneo como erudito, como periodista, como político, pero solo ‘casi’». Rosenberg, por su parte, pensaba que la ideología nazi debía ser inmutable, y estaba en contra de la predisposición de Goebbels a cambiar de rumbo con tal de obtener réditos políticos. «A partir de 1933, mientras el partido se atracaba de los frutos del poder», escribiría el autor de una biografía suya, «Rosenberg desempeñaría el papel del profeta del Antiguo Testamento que reprocha a su pueblo prostituirse para servir a dioses extraños».[270] Rosenberg había llegado a la conclusión de que su rival, el maestro en el arte de la ostentación y de la pompa, pensaba que el mensaje nazi no era más que un instrumento propagandístico más, como las banderas de color rojo sangre y los desfiles por las calles a la luz de las antorchas. Se preguntaba si Goebbels creía incluso en los principios del partido. Aquel hombre cambiaba de postura con tanta facilidad que Rosenberg solo podía suponer que era capaz de hacer o de decir cualquier cosa con tal de continuar en el poder. «A nuestra revolución», concluiría unos años más tarde, «le ha salido un absceso».[271]


No era solo Goebbels el que se interponía entre Rosenberg y su sueño de partido unificado bajo su tutela ideológica. Pese a la influencia de Rosenberg sobre la militancia nazi de a pie, los líderes más encumbrados del Tercer Reich eran una pandilla de delincuentes tan obsesionados por el afán de ejercer su influencia que no querían dejarse maniatar por el hombre al que llamaban despectivamente «el filósofo». Eran hombres de acción, que veían con recelo todo ejercicio de intelectualismo. Hitler pretendía tranquilizar a la comunidad internacional al tiempo que reconstruía sus Fuerzas Armadas. Deseaba seguir a buenas con Hindenburg, que continuaba siendo el presidente de la república, el máximo héroe nacional de Alemania, y la única persona que podía apartarlo de su cargo. Necesitaba ser flexible. Necesitaba ser político. Rosenberg tenía la opinión contraria. «Yo adoptaría una postura independientemente de si alguien estaba a favor o en contra de ella, si verdaderamente pensara que era buena para el movimiento», escribiría en un determinado momento. «Lo haría aunque al final me quedara solo».[272] No le habría sorprendido descubrir que su mayor talento era crearse enemigos. Uno de ellos era un personaje que no quería tener nada que ver con la actitud implacablemente moralizante de Rosenberg: Ernst Röhm, el comandante en jefe de las tropas de asalto nazis, la SA. Röhm, que tenía un cuello de toro y en el rostro mostraba las cicatrices de los servicios prestados como oficial del ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, se mostró partidario de llevar a cabo una «segunda revolución» durante los meses inmediatamente posteriores a la ascensión de Hitler a la Cancillería. [273] Pretendía expulsar del poder a los viejos generales y quería que el ejército fuera sustituido por sus temibles secuaces, el verdadero músculo del partido nazi. Una noche de 1933 Röhm y Rosenberg tuvieron un enfrentamiento en el curso de una suntuosa fiesta celebrada por el embajador de Turquía en Berlín. Bella Fromm estuvo presente, alternando con las personalidades encumbradas que eran sus fuentes. «Velada formal», informaba. «Fuera, el Tiergarten estaba envuelto en niebla. El viejo palacio renacentista brillaba con una luz espléndida. Sus grandiosas puertas estaban abiertas de par en par. Por ellas entraba una marea infinita de automóviles... La reunión era una escena de un esplendor extraordinario. Uniformes militares, elaborados vestidos, joyas deslumbrantes».[274] Pero el espectáculo que mostraban el tempestuoso Röhm y sus camisas


pardas de la SA era bien distinto. Esos hombres habían bebido demasiado champaña y al poco tiempo estaban tan borrachos que amablemente tuvieron que rogarles que se marcharan. Pero ellos agarraron varias docenas de botellas más y se retiraron a otra sala. Cuando entró en ella Rosenberg, vestido de frac, Karl Ernst, el líder de las tropas de asalto de Berlín, estaba sentado en un sofá de color rosa con uno de sus hombres saltando sobre su regazo. Rosenberg se había sentido siempre asqueado por la homosexualidad declarada de Röhm y de algunos de sus hombres. «Se rodeaba de pervertidos y gorrones», escribiría más tarde en su diario; «sus oficiales tenían todos por amantes a jovencitos; habían ido apartándose cada vez más del movimiento y provocaban a la población con su comportamiento».[275] Para Rosenberg, los hombres de Röhm no eran más que una repugnante pandilla de «gigolós de Berlín vestidos con camisas pardas». Lleno de indignación, Rosenberg soltó un par de comentarios mordaces. El comandante borracho estalló en una risotada divertida y escandalosa. —¡Mirad al cerdo ese del Báltico! —gritó para que lo oyeran todos—. ¡El muy gallina ni siquiera ha tenido huevos para beber! ¡Demasiado finolis para ponerse el uniforme y la camisa parda, nuestro barón báltico advenedizo! ¡Por mucho que se vista de frac no va a cambiar nada! Diga, barón, ¿quién diablos se cree que es usted?[276] Rosenberg salió de la habitación echando humo. Pero no faltaba mucho para que se vieran satisfechos sus deseos de venganza más siniestros. En el verano de 1934 Rosenberg no era el único que estaba harto de Röhm.


8 El diario

El diario manuscrito de Rosenberg se extiende a lo largo de diez años y quinientas páginas. (U.S. Holocaust Memorial Museum, Cortesía de Miriam Lomaskin)

En mayo de 1934 —el mes en el que Rosenberg empezó a anotar sus pensamientos en un diario privado encuadernado en piel—, la angustia suscitada por la fortaleza de la nueva Alemania empezó a estremecer a Estados Unidos y a Europa. The New York Times comunicaba que las fábricas de municiones alemanas «trabajaban a pleno rendimiento», que los fabricantes de aviones americanos vendían aparatos y tecnología aeronáutica a Alemania, que empresas alemanas como BMW producían motores de avión en masa y que los nazis no tardarían en estar provistos de una fuerza aérea


muy potente y de defensas antiaéreas eficaces. «Antes de que acabe el año que viene», informaba el periódico en mayo, «Alemania será casi tan inexpugnable frente a los ataques aéreos como pueda serlo cualquier país». Los líderes políticos británicos estaban cada vez más convencidos de que no tenían más remedio que empezar a prepararse para otra guerra.[277] Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, un jueves de ese mismo mes por la noche, veinte mil norteamericanos de origen alemán se dieron cita en una concentración masiva en los gigantescos depósitos de un pabellón deportivo de la Octava Avenida de Nueva York.[278] Pasaron bajo una enorme marquesina que decía Madison Square Garden y, tras ser recibidos por unos hombres vestidos con camisa blanca y luciendo brazaletes con la esvástica, se dirigieron a sus asientos. En el escenario, los miraban con aspecto amenazador un par de águilas nazis. Aquella multitud combativa se había reunido para apoyar a una asociación de partidarios de Hitler llamada los Amigos de la Nueva Alemania. La organización había sido fundada el año anterior por un inmigrante alemán llamado Heinz Spanknöbel con la intención de unificar las bandas rivales de nazis americanos concentradas en los barrios alemanes de ciudades como Detroit, Chicago y Nueva York.[279] El belicoso y ambicioso Spanknöbel había obtenido el respaldo de Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler en Berlín, pero en Estados Unidos no tardó en llamar la atención sobre todo por la torpeza de sus acciones. Primero, irrumpió en las oficinas del periódico en lengua alemana más importante de Norteamérica, The New Yorker StaatsZeitung und Herold, y exigió que se adecuara a las líneas marcadas por el partido nazi. El redactor jefe lo echó a la calle y llamó a la policía. Luego Spanknöbel armó un escándalo reclamando que la esvástica ondeara al lado de la bandera estadounidense en lo alto de la Manhattan Armory —un edificio del Gobierno federal— durante la celebración del Día de Alemania. Los dirigentes de la comunidad judía se opusieron y cuando la disputa se enconó, los hombres de Spanknöbel llevaron a cabo diversos ataques vandálicos contra las sinagogas de la ciudad, que aparecieron pintadas con esvásticas. Un discurso pronunciado por Spanknöbel en Newark acabó en una pelea a brazo partido en el curso de la cual uno de sus guardaespaldas empezó a repartir golpes con una manguera de goma rellena de plomo. Poco después las autoridades federales emitieron una orden de detención contra Spanknöbel, acusado de ser un agente del Gobierno alemán no registrado como tal, de modo que tuvo que huir y refugiarse en su país natal.


Pero su combativo grupo siguió activo bajo la dirección de otros individuos. Los miembros de la asociación tenían que jurar lealtad a Hitler y declarar que eran de sangre aria pura. Una pandilla de agentes de seguridad uniformados se encargaba de mantener el orden bajo la supervisión de un antiguo miembro de la SA de Röhm. El órgano oficial de la organización, la Deutsche Zeitung, publicaba propaganda importada directamente de Berlín. Una sección juvenil se encargaba de adoctrinar a las nuevas generaciones en campamentos de verano. E igual que había hecho Hitler en su país, los Amigos de la Nueva Alemania organizaban concentraciones y pronunciaban discursos para reforzar el apoyo al movimiento nazi en Estados Unidos. En el Madison Square Garden, los oradores subieron uno tras otro al estrado para clamar contra el boicot judío a los productos alemanes, iniciado ya desde hacía más de un año y encabezado por un abogado de Nueva York, Samuel Untermyer. Mientras que mil comunistas se manifestaban para protestar contra ellos en el exterior —«¡Abajo Hitler!», gritaban—, en el interior del edificio los partidarios de los nazis denigraban a sus enemigos. —¡A la horca con él! —gritó alguien entre la multitud al escuchar el nombre de Untermyer. —No podemos consentir que esta Alemania sea vilipendiada a diario y presentada como si fuera una cárcel gigantesca, y desde luego no lo vamos a hacer —decía Walter Kappe, el redactor jefe de la Deutsche Zeitung remedando el belicoso lenguaje que Goebbels había perfeccionado en Alemania—. No podemos ni debemos soportarlo más, y desde luego no lo vamos a hacer, sino que gritaremos: «¡Todo eso es mentira, mentira y mentira!». Kappe acusaba a los líderes de la comunidad judía norteamericana de incitación al odio. —Han envenenado a la opinión pública americana en perjuicio de Alemania. Os lo advertimos por última vez —decía—. Si seguís adelante con esta batalla, nos encontraréis perfectamente armados y entonces sufriréis las consecuencias. En el exterior del edificio los comunistas estaban dispuestos a luchar «aquí y ahora».[280] Tras desfilar y corear consignas en el exterior del Madison Square Garden, se dirigieron en manifestación a Times Square, a esperar que acabara la concentración. La policía formó cordones de seguridad para mantenerlos alejados de los accesos al pabellón deportivo, lo que dio lugar a


que los manifestantes intentaran saltarse las vallas. Cuando los Amigos de la Nueva Alemania entraron en las estaciones de metro y se metieron en los taxis de regreso a sus casas, uno de ellos tuvo el valor suficiente para gritar su mensaje en medio de la noche primaveral de Nueva York: —Heil Hitler! Se vio obligado entonces a entrar precipitadamente en una tienda situada en la esquina de Broadway y la calle 45, donde un policía tuvo que acudir en su ayuda antes de que la muchedumbre furibunda le echara las manos encima. La tensión se adueñó también de Berlín en mayo de 1934. Una semana antes de la concentración del Madison Square Garden, Goebbels subió al estrado en el Sportpalast de la capital alemana para pronunciar su propio discurso contra el boicot estadounidense. El ministro de Propaganda prometió que aquella campaña no iba a mejorar, ni mucho menos, la suerte de los judíos en Alemania. —No se crean que si el boicot se alarga efectivamente lo bastante como para representar una amenaza grave para nuestra situación económica, vamos a dejar que los judíos se vayan de rositas —aseguró a sus oyentes—. ¡No! El odio, la cólera y la desesperación del pueblo alemán se dirigirían en primer lugar contra cualquiera de ellos al que pudiera echar mano aquí en la patria. Si los judíos se creen que el desarrollo incruento de la revolución alemana les da derecho a comportarse de nuevo con su habitual descaro y arrogancia y a seguir provocando al pueblo alemán, dense por avisados. ¡Que no abusen demasiado de nuestra paciencia![281] Los judíos, vociferaba el ministro de Propaganda, tenían que comprender cuál era el lugar que les correspondía en el nuevo orden alemán. No eran más que huéspedes en el país y debían «encerrarse en silencio y humildemente entre cuatro paredes». El discurso de Goebbels anunciaba una nueva campaña de propaganda contra los «quejicas y criticones», contra los traidores, y para designarlos había inventado un nuevo vocablo: los «Kritikaster» («Criticastros»).[282] Un año después de la ascensión al poder de Hitler, ya empezaban a aparecer grietas en la revolución. Los nazis no habían cumplido sus promesas de rápida recuperación nacional. El apoyo de la opinión pública al partido había empezado a menguar. En la prensa se hacían oír algunas voces críticas. Cada


vez circulaban más chistes acerca de los líderes nazis. En respuesta a todo ello, el periódico de Goebbels, Der Angriff (El Ataque), avisaba de las consecuencias que podía tener el hecho de vilipendiar al Gobierno, por si a alguien se le había olvidado lo que eran la Gestapo y los campos de concentración. Un buen ejemplo podía ser el reciente caso de un periodista que había protestado sarcásticamente por la censura impuesta a la prensa por Goebbels: se encontraba ya detrás de una alambrada en el campo de prisioneros de Oranienburg, al norte de Berlín. Agentes del Ministerio de Propaganda eran enviados a los cafés y restaurantes de las ciudades con la misión de pronunciar discursos de apoyo al régimen; tropas de la SA eran apostadas a la entrada para asegurarse de que la clientela escuchaba el mensaje. Se convocaban concentraciones masivas por medio de carteles —«¡No hay que lamentarse, sino trabajar!»— y de pandillas de nazis que recorrían en camiones las calles berreando eslóganes. Los alemanes leales tenían la orden de comprar chapas con la esvástica y de mostrarlas públicamente sobre su ropa. Incluso las muestras más baladíes de deslealtad podían tener graves consecuencias. Una mujer a la que alguien oyó decir que «las cosas no iban a mejorar» con los nazis recibió la orden de presentarse a diario en el ayuntamiento de su localidad y repetir la siguiente frase: «Hoy ya van mejor las cosas, y cada día irán mejor».[283] Mientras Goebbels seguía tronando desde los escenarios, era evidente que los nazis tenían problemas más importantes que la disminución del entusiasmo de la población. Estaba gestándose una guerra civil, y Hitler estaba a punto de escoger de qué bando iba a ponerse. En el verano de 1934, todo el mundo en el Berlín oficial tenía la sensación de que la tensión era cada día más fuerte; una presión que en el Tercer Reich solo podía liberarse por medio de la violencia. En medio de tanta efervescencia, el 14 de mayo de 1934 Rosenberg abrió un diario encuadernado en piel roja. Las dos guardas del libro estaban decoradas con un dibujo a acuarela de rayas dentadas que recordaban el papel de barba. Lo abrió por la primera página y cogió entre sus dedos una pluma estilográfica. En la esquina superior derecha escribió: «Berlín 15.5.34», y a continuación corrigió la fecha y tachó «15». Empezó a escribir con una letra bastante descuidada: «En los últimos quince años no he escrito nunca un diario», anotó.[284]


«Entretanto han sucedido hechos de relevancia histórica que han caído en el olvido. Hoy nos encontramos inmersos en una nueva evolución que será decisiva para el futuro y en la que me siento especialmente involucrado en dos cuestiones». Una era «la imposición de nuestra concepción del mundo frente a todos nuestros enemigos». Rosenberg había venido denunciando a todas las iglesias cristianas y sus doctrinas con la esperanza de marginar a los clérigos para poder seguir inculcando la ideología nazi en el alma y en el corazón del pueblo alemán. El otro asunto que ocupaba su mente era Gran Bretaña, país que Rosenberg, como jefe del Departamento de Política Exterior del partido, seguía abrigando la esperanza de ganar para la causa nazi. Eso pese al fracaso de su visita a Londres en 1933 y de la implacable oposición de los británicos a Hitler y a sus combativos subalternos. Rosenberg ocupaba un lugar de preferencia que le permitía estudiar de cerca los acontecimientos históricos, y decidió documentarse con todo detalle. Qué fue exactamente lo que lo empujó a empezar aquel nuevo diario —el anterior, al que alude indirectamente, no apareció cuando acabó la guerra—, no se sabe, pero desde luego no fue solo el ego de un hombre público que estaba seguro de que iba a ser considerado una gran figura de la historia. También debió de tener algo que ver con ello un libro aparecido poco tiempo atrás en las librerías de Alemania. Su enemigo mortal, Goebbels, que se había dedicado ávidamente durante años a escribir diarios, había seleccionado las secciones correspondientes a los años 1932-1933 y las había publicado con el fin de poner de relieve su fama de haber desempeñado un papel trascendental en la ascensión de Hitler al poder. Si pensaba llevar un diario, Rosenberg tendría que luchar contra su falta de disciplina habitual. Tenía fama de intentar abarcar más de la cuenta, de no saber concentrarse, de emprender constantemente nuevas aventuras para luego dejar que las dirigieran, bien o mal, otras personas. En la medida en que le absorbiera la mente, el diario tendría además que competir con todos los demás materiales que se dedicaba a escribir habitualmente: tratados de carácter político, artículos de propaganda e informes, informes y más informes. Si tenía pensado o no publicar aquellas páginas, no lo dijo nunca. Es posible que considerara el diario una colección de anotaciones privadas a las que hacer referencia un día, algunos años después, cuando tuviera tiempo de redactar unas memorias como es debido de lo que había sido su carrera en el partido nazi.[285]


Fueran cuales fueran sus intenciones, se dedicó a la tarea durante el verano. Las hojas no rayadas de la agenda de tapas rojas se llenaron de comentarios sobre todo lo que pudiera consumir su mente en cada momento. Como diarista, Rosenberg era propenso a la falta de sensibilidad, la autocompasión y el mismo tipo de narcisismo que tanto le gustaba criticar en sus rivales. Se entretenía con calumnias mezquinas. Era un hombre propenso a la ira, carente en absoluto de empatía hacia lo que fuera el coste humano de su ideología inflexible, volcado casi por completo en el partido nazi. En su diario no alude prácticamente nunca a su familia, ni da indicación alguna acerca de lo que era su vida más allá del trabajo. Las primeras páginas del diario, fechadas en la segunda mitad de mayo, muestran a Rosenberg haciendo referencia a los informes presentados a Hitler sobre el estado de la opinión pública en Gran Bretaña, renegando de Goebbels, y quejándose de la doblez de los diplomáticos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Los ataques lanzados por Goebbels contra los judíos en el Sportpalast a primeros de ese mismo mes habían provocado una nueva ola de críticas en Londres, según William de Ropp, uno de los espías que, sin saber que lo era, Rosenberg había reclutado para que hiciera de correveidile entre los ingleses y él. Por mucho que odiara a Goebbels, no dudaba en respaldarlo lealmente: «¿Qué tenemos nosotros que decir sobre la campaña del Evening Standard contra Hitler? ¡En Londres se insulta a todo el mundo, pero, eso sí, cuando se habla de los judíos, de repente todo es sensibilidad, como una mimosa!». [286] En su fuero interno Rosenberg sabía que De Ropp tenía razón. Más valía que Goebbels moderara su retórica. Sus palabras le permitían ganar un «aplauso fácil» en Alemania, pero internacionalmente no hacían más que causar problemas. A Rosenberg le preocupaba también la gigantesca campaña propagandística de Goebbels contra los «Criticastros». Lo único que transmitía al mundo era que había una «insatisfacción generalizada» entre la población. ¿Por qué, si no, habrían tenido los alemanes que ir tan lejos para acallar las críticas? «El recurso más potente de la política alemana, que es precisamente el hecho de que toda la nación respalde al Führer, amenaza con hundirse. ‘Habéis apostado por un caballo perdedor’ —dicen nuestros enemigos a nuestros amigos—: ‘La gente ya no cree en su propia fuerza’». Pero lo que más indignó a Rosenberg aquel mes de mayo fue un maligno comentario de la prensa. El 9 de mayo, en un artículo acerca de la evolución


de la estructura de poder del Tercer Reich, The Times de Londres había comunicado que la autoridad de Rosenberg como lugarteniente ideológico de Hitler no era tan grande como su título pudiera dar a entender. «En vista de los recientes rumores que corren acerca de que Herr Rosenberg ha sido ‘dado de lado’, habría que explicar que su rimbombante título fue considerado entre las altas esferas, según fuentes bien informadas, más grandioso que la autoridad efectiva y el ámbito de competencia que supuestamente conllevaba», afirmaba el corresponsal.[287] «Esa opinión se ha visto reforzada cuando, con ocasión del primer gran discurso sobre ideología nazi pronunciado por Herr Rosenberg tras recibir su nombramiento, y pese a la enorme publicidad que se había dado previamente a la asistencia del Führer al acto, al final Herr Hitler se excusó para ir en compañía del doctor Goebbels a ver un partido de hockey sobre hielo y una exhibición de patinaje de mademoiselle Sonja Henie», la rubia estrella del patinaje noruego, campeona olímpica y futura estrella cinematográfica de Hollywood. Lleno de furia, Rosenberg irrumpió en el despacho de Hitler y presentó una queja. No cabía la menor duda, dijo: los diplomáticos del Ministerio de Asuntos Exteriores debían de estar detrás de aquel artículo. El Führer se limitó a encogerse de hombros ante el enfado de Rosenberg. ¿Qué podía hacer él? Pero Hitler se enfadó muchísimo cuando Rosenberg le hizo llegar un informe en el que se comunicaba que un antiguo asesor de la embajada alemana en Londres, el conde Albrecht von Bernstorff, había dicho al oficial retirado del ejército británico Graham Seton Hutchison —activista y admirador del fascismo, autor de novelas de espionaje y partidario entusiasta de Hitler— que el régimen nazi estaba en peligro de sufrir un colapso inminente. Bernstorff era ya conocido por ser un adversario del nuevo orden vigente en Berlín; el año anterior había sido obligado a volver de Londres. «¿Qué hacemos con este cerdo?», preguntó Hitler.[288] Según contó a Rosenberg, todavía tenía que tratar con delicadeza a Neurath y a los diplomáticos por deferencia a Hindenburg. «No quiero peleas con el viejo, no le amarguemos sus últimos días», comentó. Una vez muerto el presidente del Reich —suceso que podía producirse en cualquier momento, dada su frágil salud—, se habría acabado toda la camaradería. «Hay que detener inmediatamente a B.[ernstorff]». Rosenberg aguardaba ese día con impaciencia. «¡El sabotaje de estos caballeros es realmente grotesco!», anotó en su diario. «Su ‘despertar’ será


repentino y amargo».[289] Pero Hitler tenía unas preocupaciones más inmediatas que la deslealtad del Ministerio de Asuntos Exteriores. Indudablemente Rosenberg estaba al corriente —todo el Gobierno lo estaba— de la gravedad cada vez mayor de la crisis, pero no se arriesgó a tomar nota de ella explícitamente en su nuevo diario. Había asuntos que eran demasiado delicados para dejar constancia escrita de ellos, incluso en un diario privado que solo iba a ver él. Ernst Röhm, el jefe de las tropas de asalto, la Sturmabteilung (SA), había venido defendiendo una «segunda revolución» desde mediados de 1933. Según él, los nazis debían lanzarse contra los industriales, los grandes empresarios y, sobre todo, los generales prusianos. «Hoy día sigue habiendo en cargos oficiales hombres que no tienen ni la menor idea de lo que es el espíritu de la revolución», afirmaba en un discurso. «Nos desharemos implacablemente de ellos si se atreven a poner en práctica sus ideas reaccionarias».[290] Röhm contaba con poder suficiente para respaldar sus palabras. A comienzos de 1934 tenía casi tres millones de hombres bajo su mando, hombres que llevaban luchando en las calles muchos años y que esperaban ser recompensados con buenos empleos. Röhm quería que sus tropas de asalto se convirtieran en los cimientos del nuevo ejército alemán. Pero Hitler no estaba por la labor. La revolución se había acabado. Más caos no podía traer nada bueno. El Führer sabía que necesitaba el respaldo del ejército para seguir en el poder. Los generales tenían solo cien mil hombres bajo su mando —todavía seguían atados de pies y manos por las limitaciones del Tratado de Versalles—, pero sus soldados estaban bien armados y eran más disciplinados que los agitadores de Röhm. El ejército tenía además el apoyo inquebrantable del presidente Hindenburg. Así que Hitler no dudó en cortejar prudentemente a los generales, entre otras cosas reclamando el rearme total, pese a las restricciones impuestas por el tratado de paz. En febrero de 1934, Röhm salió con la propuesta de fusionar las tropas de asalto con el ejército y crear así un único cuerpo bajo su mando. Hitler, por su parte, concluyó un acuerdo con los generales en el curso de una reunión celebrada en abril a bordo del crucero pesado Deutschland. Hindenburg estaba muriéndose y Hitler seguía temiendo que el ejército se volviera contra él cuando el anciano mariscal desapareciera. Prometió, pues, reducir las


tropas de la SA de Röhm y garantizar la supremacía del ejército en los asuntos militares de Alemania si sus generales le aseguraban su apoyo a su candidatura como sucesor de Hindenburg. Sin saber nada del pacto alcanzado, Röhm continuó con su labor de agitación, y en la primavera de 1934 empezaron a circular por Berlín rumores de golpe de Estado y de traición. Dos poderosos enemigos suyos se dispusieron a sentar las bases de una acción contra Röhm. Uno era Göring, que había estado al frente de las tropas de asalto en 1923, antes de la intentona de golpe de Estado del Bürgerbräukeller. El otro era un hombre al que el propio Röhm había atraído al partido: Heinrich Himmler. Hijo del jefe de estudios de una escuela secundaria y católico ferviente, Himmler se había empapado desde su más tierna infancia en la historia de Alemania.[291] De niño, memorizó los detalles de las batallas más famosas de su país. Ya adolescente, aguardó con impaciencia el momento de unirse a los combates de la Primera Guerra Mundial, pero Alemania se rindió antes de que le diera tiempo a llegar al frente y pasó los primeros años de posguerra estudiando en la facultad y trabajando en una granja. Röhm introdujo a Himmler en el seno del partido nazi en 1923, y seis años después Himmler fue nombrado director de la SS. Por entonces este grupo no era más que una división insignificante de la sección de asalto (SA), pero él se propuso convertirla en un ejército temible.[292] Mientras que las tropas de Röhm eran una chusma indisciplinada y violenta, la SS —Schutzstaffel o escuadrón de protección— se convertiría en una guardia de élite, compuesta por la flor y nata de la estirpe racial aria, los más puros de los puros, unos individuos que vivían según un código germánico estricto. Cuando Hitler ascendió a canciller, los hombres de la SS, de uniforme negro, se convirtieron en su Guardia de Corps privada. Pero Himmler abrigaba ambiciones más brillantes: quería dirigir todo el estado policial de Alemania y empezó a acumular poder de forma discreta, pero metódica. Himmler tenía una apariencia que no impresionaba a nadie: era más bien canijo, y tenía un mentón hundido y unos ojos pequeños detrás de unas gafitas redondas. Pero era un hombre resuelto y meticuloso y ya se las había arreglado para hacerse con el control de la sección de la policía política cuando en 1934 Göring puso en sus manos la Gestapo, la policía secreta de Prusia. Aquellos dos nazis superambiciosos unieron sus fuerzas para quitar de en medio a Röhm. Göring y Himmler veían a Röhm como un rival y como


una amenaza a un tiempo: sencillamente como un hombre que se interponía en su camino, según diría Göring algunos años después. La SS empezó a fabricar pruebas que sugerían que el jefe de la SA planeaba dar un golpe de Estado e hizo llegar toda esa información falsa a Hitler. Pero además había otras fuerzas que trabajaban contra Röhm. Los conservadores, y entre ellos el vicecanciller, Franz von Papen, y su protector, Hindenburg, llevaban mucho tiempo preocupados por los efectos desestabilizadores de la revolución nazi. En junio, Von Papen pronunció un discurso singularmente virulento en la Universidad de Marburg, criticando el terror sin límites de los nazis y las escandalosas exigencias presentadas por Röhm de llevar a cabo una segunda revolución. «No puede consentirse que Alemania se convierta en un tren lanzado al horizonte, sin que nadie sepa dónde va a parar», afirmaba Von Papen. «El Gobierno está perfectamente al corriente de todo el egoísmo, la falta de principios y caballerosidad, la falsedad y la arrogancia que se generarían so capa de la llamada revolución alemana». Von Papen arremetió también contra Goebbels, diciendo que la gente no caería en la trampa de su propaganda de aficionado. «Los torpes intentos de engañarla con un falso optimismo lo único que consiguen es hacerla sonreír», aseguraba el vicecanciller. «A la larga, ninguna organización, ninguna propaganda, por buena que sea, podrán conservar la confianza de la gente». Lleno de furia, Goebbels impidió la difusión del discurso de Von Papen. Pocos días después, en otra alocución en el Sportpalast, el ministro de Propaganda tachó a los conservadores de «tontos ridículos». «Esa gente no detendrá el progreso del siglo», dijo. «Los pisotearemos en nuestro avance». Von Papen se quejó ante Hitler de la prohibición de su discurso impuesta por Goebbels y afirmó que plantearía la cuestión a Hindenburg. Hitler le tomó la delantera, y el 21 de junio se presentó precipitadamente en la finca de Hindenburg con la intención de ver al presidente moribundo. Lo que este le dijo supuso para él un verdadero shock. Hindenburg le dio un ultimátum: o el canciller hacía cesar los llamamientos en pro de una segunda revolución y acababa con los disturbios en Berlín, o él, como presidente, proclamaría la ley marcial y pondría la nación en manos del ejército. El último empujón para que actuara se lo dieron Göring y Himmler. Röhm se había refugiado durante unas semanas en el Hotel Hanselbauer, en la localidad balnearia de Bad Wiessee, pretextando una baja por enfermedad, y había ordenado al resto de sus hombres que se tomaran las vacaciones de


verano. Pero el 28 de junio, en una boda a la que Hitler había asistido en Essen, el personal de Göring le presentó nuevos informes falsos recién fabricados que aseguraban que los hombres de Röhm en realidad estaban armándose para llevar a cabo una sublevación en todo el país. El Führer no necesitaba oír nada más. Envió a Göring de vuelta a Berlín y le encargó aplastar a sus enemigos en todo el país. Hitler volaría al sur para hacerse cargo personalmente de Röhm. Unos días después, Rosenberg cogió su diario y escribió un relato de lo que sucedió después capaz de dejar sin aliento a cualquiera. Parece sacado de un tebeo disparatado.[293] Según la versión de Rosenberg, Hitler llamó delicadamente a la puerta de una habitación de hotel en Bad Wiessee, en la que Röhm planeaba derribar el régimen, ejecutar a sus enemigos e instalar una clase dirigente de homosexuales. Pero el Führer, como el héroe que era, había descubierto su siniestra trama justo a tiempo. Röhm estaba acabado. —Traigo información de Múnich —dijo disimulando la voz tras llamar a la puerta. —Pase —respondió Röhm al supuesto ordenanza—. La puerta está abierta. Hitler abrió bruscamente la puerta, irrumpió en la habitación y viendo que Röhm estaba todavía en la cama se abalanzó sobre él y lo agarró por el cuello: —¡Está usted detenido, cerdo! —exclamó el superhombre de Alemania, entregando a aquel traidor a la SS. Como al principio Röhm se negó a vestirse, un agente de la SS le arrojó a la cara su ropa para que se la pusiese. En la habitación contigua Hitler encontró al lugarteniente de Röhm, Edmund Heines, «en pleno acto homosexual». —¡Y todos estos quieren ser los Führer de Alemania! —exclamó un Hitler exasperado, impasible el ademán. —Mi Führer, yo no le he hecho nada al joven —balbuceó Heines mientras su acompañante le besaba tiernamente en la mejilla. Indignado, Hitler agarró al amante de Heines y lo lanzó contra la pared. A continuación, Hitler salió al pasillo y se encontró con un individuo que llevaba la cara pintada con colorete.


—¿Quién es usted? —rugió el Führer. —El asistente civil del jefe del Estado Mayor —respondió el hombre. Presa de la ira, Hitler ordenó que los jóvenes amantes —los «muchachos de placer», Lustknaben— de sus tropas de asalto fuesen arrestados, conducidos al sótano y fusilados de inmediato. Hitler no deseaba que Röhm, su viejo amigo, fuese fusilado. Pero Max Amann, el director de la editorial nazi, le convenció de que hiciese lo que debía. —¡El mayor de los cerdos tiene que desaparecer! Amann y Rudolf Hess, el lugarteniente del Führer, se ofrecieron a pegar un tiro personalmente al traidor. En vez de eso, entregaron a Röhm una pistola para que se quitase la vida. Röhm se negó a suicidarse, la SS lo fusiló y acababa así otro capítulo de la lucha de Hitler por proteger a Alemania de la ignominia y el deshonor. Lo que sorprende del florido relato que hace Rosenberg de la Noche de los Cuchillos Largos —como se denominó aquel auténtico baño de sangre— es que, a pesar de su pizca de licencia creativa, era más o menos exacto en su descripción de la operación llevada a cabo, aunque no en la exposición general de los motivos de la purga.[294] Contaba la historia del Tercer Reich como si fuera algo salido de las páginas de un tebeo macabro. Al amanecer, el avión de Hitler aterrizó en Múnich. Había estado cayendo una lluvia fina, pero el cielo estaba claro cuando pisó la pista asfaltada. —Es el día más sombrío de mi vida —comentó a dos oficiales del ejército que se reunieron allí con él. Luego subió a un Mercedes que estaba esperándolo y se marchó a saldar cuentas. Tras la llegada de un contingente de la SS, Hitler se dirigió al hotel en el que Röhm —que evidentemente no sospechaba nada— estaba durmiendo. Con la pistola desenfundada, el Führer despertó al jefe de las tropas de asalto, lo llamó traidor, y ordenó que lo detuvieran. Luego pasó a la habitación contigua, donde Heines estaba en la cama con su joven amante. —¡Heines, si no está usted vestido en cinco minutos —gritó Hitler—, mandaré que lo fusilen en el acto! Las tropas de asalto fueron tranquilamente a la cárcel de Stadelheim, en Múnich, y Göring recibió una llamada telefónica:


—Kolibri! —le dijeron. Colibrí. Era la palabra clave que significaba que podía empezar con las ejecuciones. Los líderes de la SA de Röhm en Berlín fueron abatidos a manos del pelotón de fusilamiento, pero la matanza no paró ahí. También fueron asesinados los enemigos políticos pasados y presentes, incluido el excanciller Kurt von Schleicher (junto con su mujer) y el antiguo líder nazi Gregor Strasser. El cadáver del caballero Gustav von Kahr, el político bávaro que frustró el intento de golpe de Estado del Bürgerbräukeller en 1923, fue encontrado en un pantano (lo habían despedazado a hachazos). «De este modo se reparó realmente el 9 de noviembre de 1923 y Kahr tiene lo que llevaba mereciendo tanto tiempo». Erich Klausener, el antiguo superior de Kempner como jefe del departamento de policía del Ministerio del Interior de Prusia, fue muerto a tiros cuando estaba lavándose las manos. Göring ordenó el asesinato del hombre que había escrito el ofensivo discurso pronunciado por Von Papen en Marburg, Edgar Jung. Von Papen, que era otro de los objetivos más destacados, solo fue puesto bajo arresto domiciliario. Göring y Himmler dirigieron la operación desde un palacio de Berlín, y un testigo ocular observó cómo los dos seguían alegremente el desarrollo de las matanzas, con la lista de los individuos que debían ser ejecutados en la mano. Göring, el mariscal del Reich, estaba de magnífico humor, pero en un determinado momento, al enterarse de que alguien había logrado escapar, empezó a dar órdenes a grito pelado, como si estuviera sediento de sangre. —¡Fusílelos!... ¡Llévese una compañía entera!... ¡Fusílelos!... ¡Que los fusile!... ¡Fusílelos y basta! Tras ordenar la ejecución de varios líderes de la SA en Múnich —aunque no la de Röhm; todavía no—, Hitler regresó en avión a Berlín. «No llevaba sombrero; estaba pálido, sin afeitar; tenía cara de no haber dormido, demacrada e hinchada a la vez», contó un testigo. «Bajo el mechón de pelo pegado sobre la frente, sus ojos miraban al vacío. No obstante, no me dio la impresión de sentirse muy mal... Era evidente que el asesinato de sus amigos no le había costado ningún esfuerzo. No sentía nada; simplemente había actuado movido por la cólera». El número exacto de las víctimas se ha perdido para la historia. Göring ordenó que toda la documentación fuera destruida una vez concluida la operación. Algunos cálculos sitúan su número en unas mil. Röhm fue uno de los últimos en caer. Hitler vaciló a la hora de decidir su destino. Había sido uno de sus primeros amigos, un lugarteniente fiel desde el


comienzo. Pero Göring y Himmler insistieron en que quitara de en medio al supuesto traidor, y finalmente Hitler accedió. Fueron enviados a la cárcel unos agentes de la SS para que entregaran a Röhm una copia del artículo del Völkischer Beobachter acerca de sus supuestos planes de golpe de Estado, así como una pistola con una sola bala en la recámara. Al cabo de diez minutos, cuando volvieron, lo encontraron todavía vivo. Se había quitado la camisa y estaba en posición de firmes. Cuando iban a dispararle, pronunció las siguientes palabras: —¡Mi Führer! ¡Mi Führer! Tras la purga Himmler se volvió más poderoso que nunca. Hitler promovió a la SS por encima de la SA, cuyas tropas, aunque maniatadas y escarmentadas, continuaron actuando violentamente contra los adversarios de los nazis a las órdenes de unos nuevos mandos, eso sí. Himmler despachaba ahora directamente con el Führer y su imperio seguía expandiéndose. Supervisaba no solo a su amada SS, a la Gestapo y a la policía política de toda Alemania, sino también una red cada vez mayor de campos de concentración en los que eran recluidos los enemigos del Estado. Al cabo de poco tiempo, Himmler se haría con el control absoluto del aparato de seguridad nazi y lo utilizaría de manera implacable para imponer su voluntad. Un mes más tarde, el 2 de agosto, a las nueve de la mañana, falleció Hindenburg. El gabinete de Hitler accedió a combinar los cargos de canciller y de presidente, y el ejército prestó juramento de obediencia incondicional al Führer. El propio Hitler se coronó dictador de Alemania y nadie puso la menor objeción. Al menos nadie que estuviera en condiciones de detenerlo. Rosenberg se reunió con Hitler ese mismo día y aprovechó la oportunidad para meter cizaña de nuevo contra los diplomáticos. Hitler le dijo que finalmente se había hartado de aquellas reliquias que le había encasquetado el difunto presidente. «Ahí, en el Ministerio de Exteriores, la gente estará hoy de capa caída por aquello de que cuento con las atribuciones de Hindenburg», dijo. «La fiesta se ha acabado». Hitler prometió identificar a los traidores que había entre los diplomáticos y llevarlos aunque fuera a rastras ante el Volksgericht (Tribunal del Pueblo), uno de los tribunales especiales que no tardarían en hacerse famosos por encargarse de los procesos abiertos contra los enemigos políticos del partido. «Conocerlo no será un plato de gusto para nadie», dijo a Rosenberg.[295]


Rosenberg comentó solo de pasada en su diario el fallecimiento de Hindenburg. «Toda Alemania siente una profunda tristeza», escribió. «Se ha ido un grande».[296] Luego su pesar daría paso rápidamente a la alegría. Finalmente Hitler tenía rienda suelta para hacer lo que quisiera. «Ahora», escribió Rosenberg, «el Führer es el único señor de Alemania». Ahora podrían hacer lo que les diera la gana.


9 Hábiles maniobras y felices coincidencias

Documento de identidad de Robert Kempner, emitido por el Ministerio del Interior de Prusia en 1929 (U. S. Holocaust Memorial Museum, cortesía de Robert Kempner).

Mientras que sus amigos huían y marchaban al exilio, Robert Kempner abría un negocio en Berlín y se disponía a hacer dinero. Tras ser expulsado del funcionariado en Berlín, montó lo que él llamaba una «oficina de traslados» en el número 9 de la Meinekestrasse, a media manzana del animado Kurfürstendamm, al sudoeste del Tiergarten. En colaboración con Ernst


Aschner, un magistrado judío expulsado de la carrera judicial por los nazis, Kempner ayudaba a las personas deseosas de emigrar a moverse en el laberinto burocrático que era preciso recorrer para escapar de Alemania: hacer frente a las consecuencias fiscales, transferir fuera del país la mayor cantidad posible de sus activos y obtener toda la documentación necesaria. Los dos socios habían establecido su despacho en el sitio ideal. El edificio colindante albergaba varias organizaciones que promovían la emigración judía a Tierra Santa, incluido uno de los principales periódicos sionistas, La Federación Sionista de Alemania, y el Departamento de Palestina de la Jewish Agency. Kempner y Aschner prometían a sus clientes «una solución sin sobresaltos, favorable y rápida» a su viaje... no solo a Palestina, sino a Sudamérica, Italia o al país lejano que cada uno eligiera.[297] Los honorarios de los abogados dependían de los resultados de su trabajo, cobrando solo en caso de que sus esfuerzos tuvieran éxito. El negocio prosperó. Aunque la mayoría de los judíos no se movieron tras la llegada al poder de los nazis, unos ochenta y un mil de entre ellos huyeron de Alemania entre 1933 y 1935, la mayoría a otros países de Europa o a Palestina. La primera ola migratoria tuvo lugar a raíz del violento boicot a los comercios judíos de abril de 1933 y de las leyes aprobadas ese mismo mes que obligaban a la expulsión de los judíos de muchas profesiones. Durante el resto de la década continuó un flujo constante de personas que abandonaban el país. Los nazis acogieron aquel éxodo con los brazos abiertos. Se mostraron favorables a cualquier medida que facilitara la salida de los judíos del país. Al mismo tiempo hacían que resultara una tarea ardua y costosa. Sus políticas represivas habían empezado ya a obligar a los judíos a abandonar sus trabajos y sus negocios. Ahora, para escapar del país, los que querían emigrar tenían que dejar atrás también muchos de sus bienes.[298] En 1931 se había creado el Impuesto sobre la Fuga del Reich como medio de retener los capitales dentro del país. Los nazis lo utilizaron en contra de los judíos y lo subieron a unos niveles tales que algunos tenían que venderlo todo solo para pagarlo. Las cuentas bancarias fueron bloqueadas y los que querían emigrar solo podían sacar su dinero cambiándolo por divisas extranjeras a unos tipos de cambio verdaderamente desorbitados. (No obstante, los sionistas que fomentaban la emigración a Tierra Santa concluyeron un acuerdo con los nazis en 1933 de modo que los judíos que quisieran ir a Palestina pudieran conservar una parte mucho mayor de sus bienes). Aparte de eso, los


emigrantes tenían que presentar documentos, rellenar solicitudes y conseguir permisos oficiales. Y a cada paso que tuvieran que dar, podían pedirles sobornos, regalos o incluso favores sexuales.[299] Los hombres de la Gestapo podían presentarse en el domicilio de cualquiera, llamar a la puerta y registrar la casa en busca de una mesa, una alfombra o un cuadro bonito. Mientras tanto, las listas de espera para la obtención de visados para el extranjero eran enormes y algunos países a menudo exigían pruebas de que los refugiados no iban a suponer una carga para su sistema de seguridad social una vez que llegaran a su destino. Estados Unidos exigía una declaración jurada de un fiador que prometiera estar dispuesto a intervenir si el inmigrante se encontraba con dificultades financieras. Perdidos por la complejidad del proceso, los emigrantes acababan acudiendo en manada al despacho de Kempner y Aschner. Años después Kempner se encogería de hombros cuando le preguntaran por el modo en que se había ganado la vida a expensas de los judíos que intentaban huir para salvar la vida. Al fin y al cabo, él también estaba viviendo en una dictadura. El imperio de la ley no tenía ningún valor. Si sabía uno brujulear y buscarle las vueltas a la normativa, se podía ganar mucho dinero.[300] No estaba seguro de cuánto habría durado aquello. Kempner tenía menos confianza que otros en que el nazismo fuera cosa de poco tiempo. Fatídicamente, los inspectores nazis andaban al acecho de sus negocios. Examinaban sus libros, buscando pruebas de que ayudaba a los judíos a sacar ilegalmente del país dinero de contrabando. Sabía muy bien que un movimiento en falso podía hacer que acabara entre rejas. O muerto.[301] Pero parecía que el riesgo valía la pena. Más tarde llegó a calcular que sus ganancias anuales durante aquellos años ascendieron a 8000 dólares, lo que equivaldría a unos 138 000 al cambio actual.[302] Tenía además otro motivo para descartar la emigración: quería seguir vigilando cómo le iban las cosas a su madre, Lydia, que había sufrido las consecuencias del nazismo, pero no estaba en condiciones de escapar. En 1934 tenía 64 años y su salud era precaria. Su hija había muerto el año anterior de tuberculosis, la misma enfermedad que le había arrebatado a su marido, Walter, en 1920. Cuando los nazis consolidaron su poder, Lydia se vio obligada a retirarse del cargo de directora del laboratorio de bacteriología del hospital del barrio berlinés de Moabit, y a dejar su puesto de editora de una destacada revista alemana sobre tuberculosis, la Zeitschrift für


Tuberkulose.[303] Robert Kempner envió, eso sí, a su hijo fuera del país, a la seguridad relativa de un internado judío de Florencia, en Italia. Lucian había sido fruto del primer matrimonio de Kempner con una mujer llamada Helene Wehringer, que acabó después de nueve años de convivencia en 1932. Su separación fue muy fea. Ella lo acusó de que la había pegado y de que la había echado violentamente de su domicilio, acusación que Kempner no rebatió ante los tribunales. Pero el abogado consiguió la custodia del muchacho y diez años más tarde el representante legal de Kempner afirmaría en una declaración jurada que la esposa de su cliente, «influenciada por ciertas doctrinas políticas, se había puesto injustamente muy en contra de su marido y de la familia de este debido a sus orígenes judíos».[304] En 1933, Kempner seguía viviendo en el domicilio familiar con su madre y, antes de que esta perdiera su empleo, la llevaba a diario en coche a su trabajo en el hospital. El día que se encontraron por el camino con las banderas nazis, la buena señora se echó a llorar. —Madre —le preguntó—, ¿qué te pasa? Criada en Kaunas, Lituania, Lydia conocía muy bien los violentos ataques lanzados contra las comunidades judías en Rusia durante los últimos cincuenta años y le parecía evidente que a los judíos alemanes les aguardaba un trato parecido. —Ahora comenzarán los pogromos —contestó a su hijo.[305] Un día de marzo de 1935 Kempner tuvo la sensación de que había esperado demasiado para emprender la huida. La Gestapo había lanzado una compleja operación para detener a un periodista alemán de izquierdas llamado Berthold Jacob.[306] Durante los años de la República de Weimar, Jacob, de tendencias pacifistas, había sido condenado a pagar multas y a diversas penas de cárcel por escribir artículos acerca del rearme secreto de Alemania. Cuando los nazis ascendieron al poder, el periodista judío huyó a Estrasburgo, en Francia, donde abrió una agencia de noticias y continuó con sus investigaciones e informando de los planes militares de Alemania. Entonces fue atraído a Basilea, en Suiza, por unos agentes que le ofrecieron venderle un pasaporte alemán falso; los nazis mientras tanto habían despojado a Jacob de su nacionalidad. Al término de una amistosa cena, en la que tomaron copas y copas de vino y de licor en un


restaurante llamado Am schiefen Eck —La Esquina Torcida—, Jacob accedió a acompañar a sus contactos a un piso en el que debían concluir la transacción. Pero cuando subió al coche de aquellos individuos, el chófer arrancó a toda velocidad en dirección al norte, cruzó la frontera sin atender los requerimientos de la policía y entró en Alemania. Esa misma noche el periodista fue conducido a Berlín. Los agentes de la Gestapo empezaron a estudiar el cuadernito de direcciones que habían confiscado al prisionero. Sus páginas contenían una lista de los contactos militares y otros posibles informadores del reportero. Entre esos nombres estaban los de Robert Kempner y Ernst Aschner. El 12 de marzo la Gestapo cruzó la cancela de hierro que daba acceso a la casa de los Kempner en Lichterfelde y llamó a la puerta. Estrecho y alto, el elegante edificio de piedra tenía tres pisos y estaba rematado por un gablete recubierto de madera y por un tejado de pizarra. A la izquierda, tres arcos y una balaustrada de piedra formaban una bonita terraza. Los balcones del segundo piso daban a la calle. —Mitkommen! (¡Venga usted con nosotros!) —dijeron los agentes cuando Kempner acudió a abrir la puerta. Ese era el momento que los alemanes, especialmente los judíos y los adversarios políticos de los nazis, tanto temían: las llamadas aleatorias al cuartel general de la Gestapo, situado en la Prinz-Albrecht-Strasse. Unas veces esas llamadas llegaban por correo, y otras veces los agentes se presentaban en persona, sin avisar, para que la presión resultara más efectiva. Podía darse el caso de que la policía tuviera algunas preguntas que hacer al interesado o que quisiera obtener alguna información de él, y que le permitiera volver rápidamente por donde había venido. O podía ser que lo condujeran a lo que llamaban «custodia protegida» en alguno de los nuevos campos de concentración de Himmler. A Kempner le tocó «custodia protegida». Fue recluido en el famoso Columbia-Haus de Berlín, un edificio decrépito que antiguamente había sido una cárcel militar y era conocido por su brutalidad y su falta de legalidad. Cuando llegó a la prisión, Kempner solo tenía una idea en la cabeza: «Se acabó».[307] Lo que más le asustaba durante los nueve días de confinamiento solitario que tuvo que pasar era que no sabía exactamente por qué había sido detenido. [308] ¿Tenía algo que ver con su oficina de ayuda a los que querían emigrar? ¿Con su novela breve acerca de la amenaza nazi, publicada bajo pseudónimo?


¿Con su alianza con Ossietzky y la Liga Alemana de los Derechos Humanos? No tenía intención de decir ni una palabra de eso, recordaría más tarde, «pues Ossietzky no era precisamente una referencia muy recomendable durante un interrogatorio de la Gestapo».[309] Solo cuando fue conducido de nuevo al Prinz-Albrecht-Strasse e interrogado descubrió que su detención tenía que ver con Berthold Jacob. La Gestapo sospechaba que Kempner le pasaba información acerca de las actividades nazis en Berlín. Él lo negó todo. «¿Por qué tenía mi nombre en su agenda?», diría años más tarde. «No lo sé». Cuando Lydia, su madre, se enteró de la noticia de su detención, sufrió un ataque al corazón. Los parientes de Kempner tocaron inmediatamente todas las teclas para intentar liberarlo, pues, como él mismo escribió posteriormente, cuando un ser querido era detenido por los nazis, no cabía esperar que la justicia corriera en tu auxilio. Tenía uno que hacer todo lo posible para que lo soltaran. Y de inmediato. Antes de abandonar la casa de Lichterfelde en compañía de la Gestapo, Kempner había llamado a su abogado, Sidney Mendel, que presentó una queja formal. Ferdinand Sauerbruch, destacado cirujano que conocía a la madre de Kempner, fue enviado a hablar con Oskar von Hindenburg, hijo del difunto presidente del Reich, y le pidió que interviniera. No se sabe si Hindenburg intentó ayudarle o no, el caso es que una mujer con la que Kempner había estado saliendo, Ruth Hahn —trabajadora social y, como él, de religión luterana— recurrió a otro viejo contacto potencialmente útil: Rudolf Diels. Diels ya no era el jefe de la Gestapo. Se había creado enemigos muy poderosos, y en 1934, atrapado en medio de la lucha de poder desencadenada entre Göring y Himmler, había sido relevado del mando y sustituido por Reinhard Heydrich, un acólito de Himmler. Gracias a la protección del Reichsmarschall, Diels se libró de la purga nazi de la Noche de los Cuchillos Largos, fue nombrado presidente del gobierno del distrito de Colonia, y finalmente obtuvo un cargo en el imperio empresarial de Göring. Se casó incluso con una pariente de este. Sin duda Diels recordaba cómo Kempner lo había ayudado a salir de aquella situación comprometida con la prostituta. Nadie puede decir si en 1935 le devolvió el favor y acudió en ayuda de su antiguo colega o no. En cualquier caso, Kempner fue puesto en libertad al cabo de quince días. En una carta a un amigo unos días después, Kempner decía solo que había


logrado salir de una pieza del Columbia-Haus gracias a las «hábiles maniobras» de Ruth, «unidas a una serie de felices coincidencias».[310] En cuanto a Berthold Jacob, los periódicos acabaron por enterarse de lo sucedido. Se produjo un clamor de indignación a nivel internacional. Los suizos protestaron por el hecho de que la Gestapo hubiera cruzado la frontera para detener al periodista sin su conocimiento ni su permiso, y el asunto acabó ante un tribunal internacional. Hitler, todavía sensible a las presiones diplomáticas durante los primeros años de su dictadura, ordenó la liberación del periodista después de seis meses de encarcelamiento.[311] Para Kempner ya no había nada que plantearse. Sabía que tenía que salir del país. En agosto de 1935 murió su madre y él finalmente empezó a hacer las gestiones necesarias.[312] Como a menudo tenía que viajar al extranjero en nombre de sus clientes, buscó discretamente el mejor sitio en el que pudiera desembarcar con Ruth, con la que se había casado el 25 de mayo de 1935, poco después de ser excarcelado. Holanda estaba demasiado cerca, Gran Bretaña era un destino muy difícil de alcanzar para todo el mundo, excepto para los emigrantes de renombre, y Francia era poco hospitalaria a largo plazo. Palestina seguía pareciéndole un destino precario. Un día Kempner quedó con un amigo a tomar un café en el Potsdamer Platz, en medio del barullo de los tranvías y los peatones y la circulación de los coches. Delgado y con gafas, Werner Peiser, también judío, había trabajado como secretario de prensa del primer ministro de Prusia, y luego había sido trasladado al Instituto Histórico de Prusia en Roma, antes de ser destituido de su cargo a raíz de la ascensión al poder de los nazis. Obligado a buscar trabajo, a Peiser se le ocurrió la idea de abrir una escuela para niños judíos, cuyos padres quisieran mandarlos al extranjero para su seguridad. Encontró un socio financiero, reunió las autorizaciones oficiales necesarias y puso anuncios en varios periódicos de Alemania. Inaugurado en el otoño de 1933 con un pequeño número de niños, el Istituto Fiorenza de Peiser no tardó en convertirse en un negocio floreciente con cerca de treinta alumnos. Su centro tenía un atractivo comercial irresistible: su localización. «Landschulheim Florenz», decía el anuncio. «Situado en la campiña toscana».[313] Como recordaría luego un alumno, «no cuesta mucho trabajo hacer publicidad de un internado situado en Toscana».[314] Cuando Kempner decidió que había llegado el momento de enviar a su hijo,


Lucian, fuera de Alemania, lo mandó al internado de Peiser. Ahora este le sugirió a él trasladarse también a Florencia y ayudarle a gestionar el instituto. Cuanto más pensaba Kempner en ello, más le parecía que Italia era el lugar perfecto para esperar la caída del nazismo. Aunque Hitler admiraba muchísimo a Benito Mussolini, el líder fascista que había llegado al poder en Roma en 1922, el dictador italiano todavía no se había dejado conquistar por él. En particular, sospechaba de los designios que pudiera tener Hitler respecto a Austria. Cuando los nazis, respaldados por Alemania, asesinaron en Viena al canciller austríaco Engelbert Dollfuss e intentaron derribar el Gobierno del país en el verano de 1934, Mussolini causó una irritación enorme al Führer al concentrar a su ejército en la frontera de Austria y prometer que no dudaría en acudir en ayuda de su Gobierno si era necesario. Kempner sabía que los alemanes habían sido siempre bienvenidos en Italia; ni siquiera necesitaban visado para entrar en el país. Lo fundamental, escribiría más tarde, era que en Italia «no había cuestión judía». Al menos de momento.[315] Vendió la casa familiar de Lichterfelde y la biblioteca de su madre. El gran piano de los Kempner fue a parar al Haus Vaterland, el gran local del Potsdamer Platz, vendido por 500 marcos. Su pasaporte estaba caducado, pero el jefe de la policía de su distrito le debía un favor y rápidamente le consiguió uno nuevo. Kempner regaló a Ruth un anillo para conmemorar su emigración. Enseguida se puso a hacer la maleta. Una pequeña. No quería dar la impresión de que huía y no tenía intención de volver. No podía permitirse el lujo de despertar sospechas.


10 Los tiempos no están todavía maduros para mí

Rosenberg divulgando la filosofía nazi para el pueblo alemán, 1933 (Bundesarchiv, Bild 10214594/Georg Pahl).

En un armón de artillería tirado por seis caballos negros, el féretro de Paul von Hindenburg, envuelto en la bandera nacional, fue recorriendo las llanuras de Prusia. El cortejo fúnebre parecía no tener fin: trompetas, portaestandartes,


soldados de infantería, caballería y artillería, generales de alto rango, parientes y criados. Las ruedas del carruaje de Hindenburg aplastaban las flores y ramas de pino arrojadas al paso del cortejo. La luz de las antorchas tremolaba en la penumbra kilómetro tras kilómetro. Los restos del presidente del Reich se dirigían al Monumento Conmemorativo de Tannenberg, en Prusia Oriental, escenario de su gran triunfo militar sobre los rusos en agosto de 1914, donde serían depositados para su eterno descanso junto con los de veinte soldados desconocidos. A las cinco de la mañana del día siguiente, 7 de agosto de 1934, la procesión llegó al colosal monumento conmemorativo. Era una fortaleza, una especie de Stonehenge marcial, con ocho torres altísimas que se elevaban en medio de los campos y unas murallas de piedra que rodeaban un patio octogonal. Aquel día sombrío de luto, las almenas estaban decoradas con lienzos negros y el humo que salía de lo alto de las torres «las convertía en otras tantas aras sacrificiales», pensó uno de los asistentes al acto.[316] Siete aviones, con gallardetes negros colgando de sus alas, sobrevolaron en círculo el lugar mientras que varias unidades de la SS y las tropas de asalto (SA) permanecían en formación. Los dignatarios extranjeros y los jerarcas del partido tomaron asiento, y el Führer subió a la pequeña plataforma colocada un poco más alta que el féretro para despedir al mariscal en su viaje al más allá. —¡Caudillo difunto —exclamó el recién nombrado dictador de Alemania en tono perentorio—, entra ya en el Walhalla! Confundido entre los asistentes, Rosenberg se alegró en silencio al oír las palabras de Hitler. Durante años Rosenberg se había dedicado a fustigar al cristianismo, ganándose de paso una pésima fama internacional como abanderado de la facción más radical del partido que se oponía a la Iglesia. Durante los funerales había escuchado con irritación y desagrado cómo un capellán del ejército afirmaba que Hindenburg había permanecido «fiel hasta la muerte al Dios vivo». Rosenberg se lamentaría luego en su diario de que el obispo castrense «se dedicó a acribillarnos con citas de la Biblia».[317] No podía entender cómo un alemán digno de su sangre podía dejarse embaucar por ese guirigay mágico. «La Iglesia ha vuelto a demostrar que, cuando habla en alemán, lo que dice suena a chino», anotó más tarde ese mismo día en su diario. «La nación ya no quiere seguir oyendo ese galimatías de salmos, ‘profetas’ y demás». Pero Rosenberg siempre podía contar con Hitler para poner las cosas en su


sitio, y pudo verse el brillo en sus ojos cuando el Führer despidió a Hindenburg enviándolo a un más allá situado no ya en el cielo de los cristianos, sino en el palacio del mítico dios de los nórdicos, Odín. A Rosenberg no le cabía la menor duda de que cualquiera que oyera atentamente aquellas palabras, solo podría entenderlas como un cañonazo de advertencia lanzado contra el cristianismo. Y rezaba por que fuera el primero de muchos. Había tenido muchas conversaciones con Hitler acerca de la actitud traicionera de las iglesias. ¡Ojalá lograra convencerlo de que hiciera públicas las ideas que tenían los dos de arrancar al pueblo alemán de las garras de sus clérigos! Pese a todas sus invectivas públicas contra los judíos, Rosenberg raramente se explayaba hablando de esa obsesión fundamental de los nazis cuando agarraba su pluma estilográfica para añadir algún comentario a su diario privado, que poco a poco iba tomando cuerpo. Era como si lo considerara un tema que casi no valiera la pena tener en consideración, una batalla prácticamente ganada a raíz de la ascensión al poder del partido nazi. Rosenberg miraba hacia adelante, hacia la próxima guerra. En el caso de las iglesias cristianas, los nazis se enfrentaban a una institución que llevaba siglos aguantando. Estaban al comienzo de una lucha que iba a durar siglos, como muy bien se percataba Rosenberg, y, no obstante, la predicaba con el fervor de un hombre que esperaba poder ganarla en su propio tiempo. «La tierra sagrada no está en Palestina», graznaba en uno de sus discursos, «sino en Alemania».[318] Se felicitaba por cada informe que hablara de los progresos conseguidos. En Oldenburg le dijeron que «en una parroquia de cuatro mil feligreses se tuvo que suspender la homilía treinta y un domingos en un año porque no había acudido ni una sola persona». Rosenberg estaba convencido de que, para acabar con las iglesias, los nazis tenían que socavar las creencias más arraigadas de los alemanes, arrancarles la fe de sus antepasados y luego sustituirla por algo nuevo. «Cuando nos ponemos nuestras camisas pardas», decía a la multitud en Hannover en 1934, «dejamos de ser católicos o protestantes. Somos solo alemanes».[319] Había expuesto esa misma idea en El Mito, que contenía un virulento ataque contra el cristianismo moderno. Sostenía en el libro que los judíos de


la Antigüedad, y en particular San Pablo, habían socavado el verdadero mensaje de Jesús, se habían infiltrado en el cristianismo y se habían adueñado de él, propagando un falso mensaje de sumisión y sufrimiento, de humildad y de amor universal. Aquello no era más que una estratagema para subyugar a los fieles, para hacerlos más débiles y adaptables. Según la manera de pensar de Rosenberg, el mensaje de San Pablo de igualdad ante Dios —«No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno solo en Cristo Jesús»— era puro «nihilismo». Rosenberg rechazaba la idea de una sola religión para todos. Los alemanes no podían someterse a una fe que esperaba de ellos que se sentaran a la misma mesa con las razas inferiores. Rechazaba la idea del pecado original, pues el hombre nórdico era un héroe. Ridiculizaba los conceptos básicos del catolicismo: un infierno de penas y llamas, la Inmaculada Concepción o la Resurrección al tercer día. Todas esas doctrinas no eran más que charlatanería, «magia... una superstición tras otra».[320] En El Mito, Rosenberg catalogaba laboriosamente los pecados del cristianismo a través de los siglos: contaba que las iglesias se basaban en una «historia falsificada sistemáticamente», que el Vaticano había perseguido, hostigado y exterminado despiadadamente como herejes a todos los que ponían en entredicho la política oficial de la Iglesia, y que los clérigos habían defendido su autoridad con la espada y con la Inquisición.[321] Las doctrinas de la Iglesia, afirmaba en su libro, eran «intrínsecamente falsas y muertas». [322] Los alemanes —un pueblo de hombres libres, poderosos y curtidos— necesitaban una nueva fe, una fe vigorosa, una «religión de la sangre» que los uniera en una lucha común, heroica, en pro del honor nacional.[323] Eran una raza de superhombres que devolverían a Alemania la gloria tras décadas de sufrimiento y de ignominia. Rosenberg se imaginaba una nueva iglesia alemana, una religión popular nacional. El Antiguo Testamento sería abolido, el Nuevo Testamento sería expurgado de los supuestos mensajes judíos, y se escribiría un «quinto evangelio» que reflejara las verdaderas doctrinas de Jesús.[324] Se retirarían todos esos «horribles crucifijos», pues la Iglesia no fijaría su mirada en los sufrimientos de Cristo, sino en su vida heroica.[325] El Jesús germánico era «el vigoroso predicador y el hombre airado en el Templo»,[326] y sería representado como un joven «esbelto, alto, rubio, de frente elevada»,[327] pues con toda probabilidad había sido ario, no judío. Los cantos de hosanna a Jehová serían eliminados de los libros de himnos


litúrgicos. En vez de seguir las enseñanzas de la Biblia, con sus relatos de «rufianes y tratantes de ganado», los fieles buscarían su inspiración en los mitos germánicos. «Hoy se despierta una nueva fe: el mito de la sangre; la creencia en que defender la sangre es también defender la naturaleza divina del hombre en general», afirmaba el profeta de esa nueva fe nacional.[328] «La creencia, encarnada en el saber más diáfano, en que la sangre nórdica representa el mysterium que ha reemplazado y superado a los antiguos sacramentos». También en su diario manifestaba Rosenberg su deseo de que llegara un gran reformador carismático que eliminara de un plumazo todas esas confesiones religiosas y sus indignantes hipocresías y acabara con su lamentable arte religioso. «Las tallas de madera del gótico tardío, a menudo espantosas, desfiguradas» desaparecerían, serían sacadas de los santuarios y relegadas a los museos.[329] «Los degradantes emblemas barrocos» deberían ser derribados. Las imágenes de los santos debían ser reemplazadas por las estatuas de los grandes héroes germánicos. Entonces y solo entonces los nazis poseerían el suelo alemán. El evangelio que preconizaba «sangre y tierra» («Blut and Boden»), el mensaje que anunciaba que la raza aria y Deutschland debían prevalecer sobre todo lo demás, sería predicado en los púlpitos, en vez del Deuteronomio y el Levítico, y en las iglesias «dejarán de resonar las palabras de los ‘profetas’ judíos». A finales de 1934, a lo largo de un discurso pronunciado en Stuttgart, Rosenberg dijo a su público que los nazis tenían la intención de crear «un orden social con todo el sagrado misticismo de la Edad Media» que se congregaría en el cuartel general de la NSDAP de la capital bávara. «Todos ustedes saben que en el Braunes Haus de Múnich(2) hay una cámara senatorial de sesenta y un asientos que todavía no ha sido utilizada nunca», dijo. «Solo esperamos una señal del Führer para poner en esa cámara los cimientos de ese orden sagrado de Alemania».[330] Rosenberg, que abandonó oficialmente la Iglesia en 1933, pensaba que tenía al Führer de su parte. Varias veces, a lo largo de los años, entablaría con Hitler diversas discusiones filosóficas de altos vuelos acerca de los cristianos y sus dos mil años de traiciones. En una ocasión Rosenberg habló a Hitler de la conmoción visual que sufrió cuando a los 18 años visitó la abadía de Ettal, un monasterio benedictino al


sur de Múnich, y vio que «bajo la cúpula central» de la capilla «se guardan los esqueletos de los santos en vitrinas, con anillos de oro en los huesos y coronas doradas en los cráneos». Le dio la impresión de algo africano, farfulló, una especie de muestra de «religión Ashanti».[331] «Yo veía las cosas de la iglesia rusa como costumbres orientales no obligatorias acompañadas de hermosos cantos». En Alemania, en cambio, era de esperar que los fieles creyeran realmente los relatos de la Biblia. «Nunca íbamos a averiguar cuál era el sentido de la vida y del mundo», dijo Hitler a Rosenberg en una de esas conversaciones, «y ningún microscopio del mundo iba a proporcionarnos una solución, sino que solo ampliábamos con ellos un poquito nuestra comprensión de las cosas. Pero si hubiera un Dios, estaríamos obligados a desarrollar las capacidades que nos han sido dadas. Y ahí uno podría equivocarse, pero no fingir o mentir».[332] En otra ocasión el Führer comentó a Rosenberg cuánto le habría gustado poder volver a los tiempos anteriores a Cristo, a los días de gloria de Grecia y Roma. Hitler aseguró que nunca bombardearía Atenas; y que amaba Roma. «Había sido grandiosa hasta en su caída, y no era de extrañar que los jóvenes quedaran abrumados al contemplarla», comentó Hitler. Bastaba fijarse en la diferencia entre «la majestuosa cabeza de Zeus» y «la del Cristo afligido» para apreciar la diferencia entre las dos culturas. «Qué libre y alegre resulta la Antigüedad en contraste con la Inquisición, las brujas y la quema de herejes». Según él lo veía, comentó el Führer a Rosenberg en cierta ocasión, los antiguos habían tenido la suerte de librarse de dos males: la sífilis y el cristianismo.[333] Pero Hitler no podía arriesgarse a decir esas cosas en público. «En más de una ocasión ha subrayado sonriendo que siempre había sido más bien pagano y que ahora ha llegado el momento de que el veneno cristiano desaparezca», anotó Rosenberg en su diario, y a continuación añadía: «Estas declaraciones han permanecido estrictamente en secreto».[334] El canciller estaba obligado a tener en cuenta ciertas consideraciones prácticas. Como escribía en Mi lucha, hasta un político que despreciara a las iglesias tenía que reconocer que la religión era la clave para mantener el orden cívico. «Para el político, la apreciación del valor de una religión debe regirse menos por las deficiencias, quizá innatas en ella, que por la bondad cualitativa de un sustituto doctrinal visiblemente mejor. Pero mientras no se haya encontrado tal sustituto, solo los locos o los criminales podrían atreverse a demoler su existencia».[335] No podía ofender abiertamente a los cuarenta millones de protestantes y a los


veinte millones de católicos de Alemania si quería seguir teniendo a la gente de su lado. En los años previos a 1933, los nazis se habían arropado con el manto de la tradición protestante de Alemania para atraer los votos de los creyentes. Cuando Hitler llegó al poder, una facción de los nacionalistas alemanes y de los simpatizantes nazis unificaron las congregaciones protestantes dispersas bajo una sola Iglesia del Reich. Con el respaldo de Hitler, un nazi llamado Ludwig Müller se convirtió en obispo del Reich, encargado de supervisar la fe protestante y de divulgar el evangelio nazi.[336] No era una iglesia oficial del Estado —todavía no, al menos—, pero encajaba de maravilla con la nazificación en sentido lato que estaba llevándose a cabo en todos los ámbitos de la vida alemana. Los nacionalistas que dominaban la nueva iglesia estaban encantados de luchar contra la amenaza judía y de promover una forma de cristianismo racialmente «puro». Algunos pastores empezaron incluso a oficiar sus servicios religiosos vestidos con el uniforme de la SS. Los católicos, por su parte, mantuvieron una relación más compleja con el partido nazi. En algunos puntos unos y otros estaban de acuerdo. Como los protestantes, los católicos deploraban el ascenso del comunismo ateo y acogieron de mil amores la campaña antibolchevique de Hitler. Los obispos alemanes condenaban también el liberalismo cultural de la República de Weimar. Especialmente significativo era el hecho de que durante siglos había existido una corriente de antisemitismo que había recorrido el pensamiento católico: algunos católicos hacían remontar la corrupción judía directamente hasta el Calvario. Pero para los católicos era una cuestión de religión, no de raza. Un judío podía convertirse y ser salvado por Jesús. Los nazis, por supuesto, no reconocían esa distinción. En las listas oficiales un judío bautizado seguía siendo un judío. El antagonismo católico respecto de los nazis era principalmente una cuestión de política. Los obispos habían apoyado su propia organización política, el Partido del Centro, durante los años previos a la ascensión al poder de los nazis. Y nunca podrían mostrar su plena adhesión a un partido que sostenía blasfemias como las expresadas por Rosenberg. Los miembros del clero habían leído atentamente El Mito y temían que sus ideas amenazadoras para los hombres de sotana se convirtieran en una política de Estado. «La concepción de la vida que tiene Rosenberg», concluía en 1937 un teólogo que logró huir de Alemania, «es pura demencia y su enfermedad mental tiene muchas probabilidades de contagiar a cada vez más compatriotas


suyos si siguen dándose las condiciones actuales».[337] Si eso era lo que Hitler y los nazis realmente tenían en mente, concluyeron los obispos, las iglesias estaban perdidas. A finales de 1930, poco después de la aparición de El Mito, el cardenal Adolf Bertram, arzobispo de Breslavia, se manifestó públicamente en contra de los nazis y de su culto a la superioridad de la raza aria. «No estamos tratando aquí ya de cuestiones políticas», escribía en un artículo que apareció en Germania, el diario oficial del Partido del Centro, «sino de un embuste religioso contra el que es preciso luchar con toda la energía posible».[338] En 1931, los obispos bávaros decretaron que los curas católicos no podían militar en el partido nazi debido a la hostilidad de este a la religión, y resolvieron además que cabía la posibilidad de negar los sacramentos a los nazis. Los obispos de otras diócesis publicaron igualmente instrucciones prohibiendo a los fieles inscribirse en el partido. Una vez en el poder, Hitler hizo lo que era natural: dijo a las iglesias lo que ellas querían oír, y luego hizo lo que quiso, es decir, a menudo lo contrario de lo que había prometido. En su primer discurso transmitido por radio a toda la nación el 1 de febrero de 1933, Hitler declaró expresamente que el cristianismo era «el fundamento de nuestra moralidad nacional».[339] Ese mismo mes de marzo, cuando intentaba presionar a los diputados del Reichstag para que aprobaran la Ley Habilitante y la concesión de plenos poderes, prometió hacer varias concesiones a los políticos católicos. En el discurso pronunciado el día de la votación de la medida, dijo que los derechos de las iglesias «no serán infringidos». En respuesta, los obispos alemanes levantaron las restricciones impuestas a los fieles respecto a su pertenencia al partido nazi. Tanto los obispos como los principales sindicatos, organizaciones juveniles y hermandades católicas exhortaron a los fieles a obedecer al nuevo Gobierno nacional y a colaborar con Hitler para renovar el honor de Alemania.[340] Los católicos tenían muchas ganas de llegar a un pacto formal para asegurarse un lugar en el nuevo orden alemán. A los obispos les preocupaba que su libertad de predicar se viera recortada y que las escuelas católicas fueran cerradas. Los funcionarios pertenecientes al Partido del Centro, de confesión católica, estaban siendo despedidos, y muchas organizaciones católicas habían empezado a recibir amenazas e intimidaciones. Algunos curas habían sido detenidos y se efectuaban registros en los despachos parroquiales. Lo primero que preocupaba a los obispos era sobre todo


proteger la institución. No pusieron objeción alguna a los violentos ataques del nuevo régimen contra los comunistas. Denunciaron, eso sí, la idea nazi de elevar a una sola raza por encima de las demás; los católicos invitaban a las personas de todas las razas a participar en los cultos de sus catedrales. Y protestaron ruidosamente por la persecución de los judíos convertidos al cristianismo. Aunque desde luego no se manifestaron explícitamente en contra de las implicaciones más amplias que pudiera tener el antisemitismo nazi sobre la comunidad judía de Alemania en general. Durante la primavera y el verano, los delegados de Hitler negociaron un tratado formal con el Vaticano. Según los términos del acuerdo, alcanzado a comienzos de julio de 1933, el Vaticano accedía a mantenerse al margen de la política alemana y los nazis garantizaban a los católicos su independencia religiosa. Pero las cláusulas del Concordato quedaban abiertas a la interpretación, y Hitler no era precisamente alguien que se dejara cohibir por las promesas diplomáticas. El acoso de los nazis a las iglesias continuó prácticamente igual. El mismo día que el Gobierno alemán ratificaba el acuerdo con el Vaticano, aprobaba una ley que ordenaba la esterilización de los enfermos y los discapacitados, en contra de la cual se manifestaron enérgicamente los católicos.[341] Daba la impresión de que la actuación de las autoridades católicas se basaba en un malentendido fundamental.[342] Los obispos creían que si mostraban fervor patriótico y accedían a permanecer al margen de los asuntos del Estado —como hacían en otros países—, los dejarían tranquilos. Estaban dispuestos a cooperar con el régimen con tal de que los nazis dejaran de acobardarlos. Lo que no veían, al menos al principio, era que el ethos nazi exigía que el partido tuviera la última palabra en todos los aspectos de la vida nazi. No se daban cuenta de que los nazis veían en ellos a la competencia. «Los obispos», dice el historiador Guenter Lewy, «no entendieron el hecho fundamental de que la esencia del totalitarismo nazi consistía en eliminar por completo de la vida pública la influencia de las iglesias». El régimen no estaba dispuesto a compartir la lealtad del pueblo con ninguna otra institución. En diciembre de 1933 una multitud de feligreses acudió a la iglesia de San Miguel de Múnich para asistir a la misa de Adviento. Al entrar en aquella especie de catedral del siglo XVI, de estilo renacentista,[343] los fieles


tuvieron que pasar ante una imponente figura alada, la estatua de bronce del Arcángel San Miguel, defensor de la fe, blandiendo un largo báculo con el que arremete contra un Satanás aterrado, representado como si fuera mitad hombre, mitad bestia. La gente fue sentándose en los bancos bajo el techo abovedado de la iglesia, de un blanco esplendoroso, y se dispuso a escuchar el sermón del cardenal Michael von Faulhaber, que subió al púlpito y desde él fustigó la apostasía de Rosenberg. Como arzobispo de Múnich y Freising, Faulhaber presidía la comunidad católica más numerosa del país. Se había opuesto al intento de golpe de Estado de Hitler en 1923, y en respuesta a los ataques de los nazis recibidos durante aquel invierno había afirmado que la vida de todos los seres humanos era un bien precioso, y entre ellos había incluido explícitamente a los judíos. [344] Pero como otros clérigos de Alemania, adoptó un planteamiento más práctico cuando Hitler fue nombrado canciller. A raíz del boicot de los comercios judíos decretado por los nazis en abril de 1933, Faulhaber escribió una carta al cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado del Vaticano —y futuro papa Pío XII— diciendo que no tenía ningún sentido práctico que los católicos se opusieran públicamente a semejante medida: lo único que habrían conseguido sus objeciones habría sido que Hitler tomara represalias contra los católicos. El arzobispo señalaba que la protesta internacional de los partidarios de la causa judía había logrado que los nazis suspendieran rápidamente el boicot. «Los judíos», afirmaba, «pueden ayudarse solos». [345] Cuando el Vaticano firmó el Concordato, Faulhaber escribió una carta de felicitación a Hitler en la que decía: «Dios guarde al canciller del Reich para nuestro pueblo».[346] Pero aquella mañana, en el púlpito de San Miguel, Faulhaber tenía en la cabeza unos argumentos más celestiales. Atacó a los que, como Rosenberg, afirmaban que el Antiguo Testamento era un libro judío que envenenaba el cristianismo. Criticaba a los que negaban el judaísmo de Jesús y «han intentado salvarlo con un certificado de nacimiento falso, y han dicho que no era en absoluto judío, sino ario».[347] «Ante esas voces y esos movimientos el obispo no puede guardar silencio», dijo Faulhaber. Dentro de la cavernosa basílica, los fieles, extasiados, escuchaban sin rechistar. En el exterior, unos altavoces transmitían sus palabras incorpóreas a la multitud que no había podido entrar en la iglesia atestada de gente. «Cuando el estudio de las razas, que desde el


punto de vista religioso es una cosa neutral, se une a la lucha contra la religión y choca contra los principios del cristianismo, cuando el rechazo de los judíos de hoy día se traslada a los libros sagrados del Antiguo Testamento... el obispo no puede guardar silencio». El arzobispo no necesitaba citar nombres. El blanco de su invectiva estaba claro para todo el mundo. Un mes más tarde, cuando Hitler nombró a Rosenberg delegado del Reich de ideología, las iglesias reaccionaron con una inquietud enorme. Aunque el Führer insistió en que Rosenberg debía aclarar que El Mito era una mera exposición de sus opiniones personales —no el dogma oficial del partido—, pocos en Alemania creyeron que el filósofo del partido hubiera escrito lo que había escrito sin, como mínimo, la aprobación tácita del Führer. Hitler no había hecho callar a aquel agitador, ni le había impedido seguir escribiendo, ni lo había castigado. Dos meses después de que Rosenberg obtuviera su nombramiento, el Vaticano incluyó El Mito en el Índice de Libros Prohibidos. «El libro se burla de todos los dogmas de la Iglesia Católica y de los fundamentos mismos de la religión cristiana, rechazándolos por completo», rezaba la explicación oficial de la decisión tomada por el Santo Oficio.[348] Rosenberg estaba entusiasmado. «Esta débil protesta aportará su granito de arena a una mayor difusión de la obra», decía en una carta. «En el Índice me encuentro rodeado de lo mejorcito de la sociedad».[349] El mismo día que se hizo pública la decisión del Vaticano, el cardenal Karl Joseph Schulte, obispo de Colonia, fue enviado a la Cancillería del Reich para que presentara una queja formal por el ascenso de aquel conocido hereje y principal enemigo de la Iglesia. Hitler interrumpió bruscamente las objeciones de Schulte. —No me interesa para nada ese libro —dijo—. Rosenberg lo sabe. Se lo he dicho yo mismo. No quiero saber nada de esas cosas de paganos, como el culto de Wotan y todo eso.[350] Schulte no se dejó amilanar. —Ya no puede usted seguir hablando así de Rosenberg y de su libro, Herr Reichskanzler. —¿Y por qué no? —Porque hace unos días ha nombrado usted oficialmente al mismo señor Rosenberg instructor ideológico de la NSDAP y de paso de una parte importante del pueblo alemán. Por consiguiente, lo quiera o no, usted será


identificado con el señor Rosenberg. —Por supuesto —respondió Hitler—. Me identifico con el señor Rosenberg, pero no con el autor del libro El Mito. Si la obra de Rosenberg inquietaba tanto al Vaticano, advirtió el Führer, no le convenía protestar demasiado. Eso no haría más que despertar la curiosidad de más alemanes e incitarlos a leer el libro, o al menos a intentarlo. Al fin y al cabo, dijo a Schulte, habían sido los obispos los que habían hecho tan famoso El Mito hablando tanto en contra de él. La Iglesia llegó a la conclusión de que no tenía más remedio que atacar a Rosenberg, tanto por escrito como desde el púlpito. Las autoridades eclesiásticas no podían censurar a Hitler; el Concordato lo prohibía. (Curiosamente, Mi lucha no fue puesta nunca en el Índice por el Vaticano). Pero podían arremeter contra Rosenberg si sus afirmaciones no se consideraban un dogma oficial. En realidad establecían una distinción muy sutil: serían leales al régimen, pero al mismo tiempo no tolerarían las herejías de sus líderes.[351] «Vuelve a haber paganos en Alemania», proclamaba el conde Clemens von Galen, obispo de Münster, criticando a Rosenberg por considerar a los arios por encima de las demás razas. «El llamado espíritu eterno de la raza en realidad no es nada».[352] Los curas protestaron por el respaldo dado por Rosenberg a la eugenesia para poner fin a «la proliferación de seres inferiores»[353] y por su fomento de la poligamia con el fin de fomentar «la reproducción» de la raza aria.[354] Rosenberg había defendido en El Mito que toda mujer alemana tenía el deber patriótico de traer hijos al mundo. La simple aritmética justificaba la necesidad de las medidas más extremas: las mujeres eran más numerosas que los hombres. Además, se preguntaba Rosenberg, «¿han de vivir su existencia todos esos millones de mujeres privadas de su derecho vital, objeto de compasión burlona como solteronas?».[355] Algunos intelectuales católicos escribieron un panfleto señalando los errores objetivos, las inexactitudes históricas y las aberraciones teológicas que contenía El Mito.[356] Su número era tan grande que el opúsculo tenía ciento cuarenta y cuatro páginas. Apareció en cinco ciudades al mismo tiempo, la mejor solución para impedir que la Gestapo confiscara todos los ejemplares de una vez, y Von Galen lo publicó bajo su propio nombre para proteger a los autores anónimos que habían escrito las críticas. Todas esas precauciones eran necesarias. Los nazis vigilaban a la Iglesia y mantenían a


Rosenberg al corriente con informes de los servicios de inteligencia acerca de las actividades de la Iglesia.[357] También Faulhaber siguió adelante con sus ataques. Cuando arremetió de nuevo contra Rosenberg desde el púlpito en febrero de 1935, el delegado de ideología se empeñó en que lo detuvieran. «Como todavía no se atreve a tocar al Führer, hay quien pretende desacreditar a sus colaboradores más peligrosos», escribió en su diario. «Pero ese individuo tendrá su respuesta. En virtud de las nuevas leyes, podría presentar una acusación contra él y mandarlo a prisión».[358] Tras la reciente promulgación de la Ley contra los Ataques Maliciosos contra el Estado y el Partido había unos tribunales especiales encargados de procesar a los alemanes a los que se inculpara de dicho cargo. Pero hasta Rosenberg se daba cuenta de que detener a un hombre de la categoría de Faulhaber podía desencadenar un violento chaparrón de críticas. De un modo u otro, «el infame cardenal» —como lo llamaba Rosenberg— pagaría todo lo que había hecho. Eso fue lo que Alban Schachleiter dijo a Rosenberg algún tiempo después, «ya casi en su lecho de muerte».[359] Este abad católico apostólico romano, aliado de los nazis, escribió un artículo publicado en el Völkischer Beobachter a comienzos de 1933 exhortando a los católicos a dar su conformidad a Hitler. El artículo apareció antes de que los obispos levantaran la prohibición de la pertenencia al partido nazi que afectaba a los clérigos, y Faulhaber reaccionó censurando a Schachleiter y prohibiéndole celebrar misa en su archidiócesis.[360] Durante los primeros años del Tercer Reich, el abad, en su afán por poner paz entre los nazis y la Iglesia, presionó a Hitler para que desautorizara públicamente El Mito de Rosenberg. Pese a todo, Schachleiter mantenía relaciones cordiales con el autor del libro y nunca olvidó su resentimiento contra el cardenal Faulhaber. Ese día, hablando a Rosenberg con voz débil, pero «cargada de odio», el abad moribundo dijo que «la justicia terrenal no alcanzará ya al cardenal, pero espero que la divina le haga pagar por todo lo que ha hecho...». Hitler tenía razón en una cosa. La declaración de guerra de Roma no hizo más que dar mayor relevancia al libro de Rosenberg. Repasando las numerosas cartas de los lectores, Rosenberg empezó a pensar que había logrado despertar a millones de alemanes hipnotizados por los curas y sus biblias. «Se han editado doscientos cincuenta mil ejemplares de mi Mito. El éxito del siglo», anotó en su diario un día después de la Navidad de 1934.


Disfrutaba con aquellos ataques y prometía enzarzarse en una lucha a muerte con el Vaticano. «El contragolpe de Roma tendrá su respuesta. Se han dado cuenta de que ahora nos lo jugamos todo... El cristianismo de Roma se ha construido sobre el miedo y la sumisión; el nacionalsocialismo, en cambio, sobre el valor y el orgullo... La Gran Transformación ha comenzado».[361] Mientras que los católicos pugnaban contra Rosenberg, Ludwig Müller, el obispo protestante del Reich nombrado por los nazis, veía cómo se hacía añicos su campaña en pro de la unificación de su iglesia. Los partidarios del nazismo existentes en las distintas feligresías exigían la destitución de los pastores desleales y el despido de todos los empleados judíos, incluso aquellos convertidos al cristianismo. Algunos, siguiendo el razonamiento de Rosenberg, insistían en que la Iglesia renunciara al Antiguo Testamento y quitara los crucifijos de los edificios. Aquello era demasiado para muchos protestantes, y los disidentes empezaron a declarar su independencia. Se formó una Iglesia Confesante rival que repudiaba la dirección de Müller. En 1935 Hitler creó un Ministerio de Asuntos Eclesiásticos, al frente del cual puso a Hanns Kerrl con la misión de tomar medidas enérgicas contra la rebelión de los clérigos. Durante los años siguientes, el nuevo zar de la Iglesia intentaría de todo. El responsable de una destacada editorial protestante fue detenido. Una iglesia de Múnich fue clausurada. Los ministros disidentes fueron silenciados; setecientos de ellos fueron incluso encarcelados. Uno de ellos, Martin Niemöller, de Berlín, había sido al principio simpatizante de los nazis e incluso había votado por Hitler en 1933.[362] Aunque fue absuelto y puesto en libertad —insistió en que no había hecho más que elevar quejas de índole religiosa—, el propio Führer ordenó personalmente que fuera detenido nuevamente de inmediato. Niemöller fue encerrado en el campo de concentración de Sachsenhausen, a las afueras de Berlín, donde quedó confinado en una celda de aislamiento. Niemöller se hizo famoso por pronunciar varios discursos después de la guerra en los que lamentaba no haber hecho nada cuando los nazis empezaron a detener a los comunistas, a los socialdemócratas y a los judíos, y que nadie hubiera salido en su defensa cuando la Gestapo se presentó a llevárselo a él. Desde el primer momento Rosenberg vio con malos ojos el nuevo Ministerio de Asuntos Eclesiásticos de Kerrl. A su juicio, Kerrl estaba fuera


de su terreno. Sus ideas filosóficas eran «realmente primitivas... Es muy dueño de actuar así en lo personal, pero en lo oficial no tiene ningún derecho de intentar colar esto como el credo del movimiento». En su opinión, todo el proyecto parecía equivocado; el régimen no debería cooperar con las iglesias, sino prepararse para acabar con ellas. «Toda la parte sana del partido me sigue en este sentido», señalaba Rosenberg en su diario, «y contempla al Ministerio de Asuntos Eclesiásticos como lo que es: un mal necesario que, no obstante, cada vez se ve menos como una necesidad».[363] Al mismo tiempo, Rosenberg recibía con los brazos abiertos cualquier controversia suscitada por Kerrl en su afán por promover la Iglesia del Reich. «Pero también es positivo todo lo que está ocurriendo: finalmente, esto desembocará en el cauce que yo en primer lugar había preparado». Y añadía: «Evidentemente, a Kerrl no le gusto». Kerrl pretendía hacer todo lo que hiciera falta para que las iglesias colaboraran con los nazis. Pero en todas partes los agitadores nazis se dedicaban a fomentar el descontento. Uno de ellos era un aliado de Rosenberg, Carl Röver, gobernador de Oldemburgo, distrito mayoritariamente católico. El 4 de noviembre de 1936, decretó que no pudieran exhibirse crucifijos ni retratos de Martín Lutero en los edificios públicos, incluidas las escuelas. Por el contrario, debía darse mayor preeminencia a las imágenes del Führer. «La noticia corrió por la comarca como un reguero de pólvora», decía en una carta a sus feligreses el líder católico de una zona rural. «Para nosotros cualquier ataque contra la cruz es necesariamente un ataque contra el cristianismo».[364] Los católicos protestaron como no lo habían hecho nunca, acudiendo por millares a manifestarse en las calles.[365] Un cura juró incluso combatir contra aquella orden hasta la muerte si era preciso. Los feligreses abandonaron el partido en masa, y varios alcaldes amenazaron con dimitir. Las parroquias se pusieron a repicar las campanas ininterrumpidamente. Fueron tantos los disidentes que se trasladaron un día a Oldemburgo a presentar peticiones y cartas de protesta que la pequeña plaza mayor de la localidad quedó congestionada de coches. Von Galen, el obispo de Münster, dijo en la carta pastoral de aquel mes que «un estremecimiento de horror» le había atravesado el corazón cuando se había enterado de la publicación del decreto. «¿Va a ser aquí... donde se dé el primer paso fatal en la senda de Rosenberg?».


Ante aquella sublevación popular absolutamente insólita, los nazis hicieron algo inesperado: dieron marcha atrás. Ante una multitud de siete mil personas, Röver dijo que «un Gobierno sabio» debía reconocer sus errores. «Los crucifijos seguirán en las escuelas». Von Galen felicitó a los fieles por presentar batalla a aquella ofensa contra la libertad religiosa de los católicos. «Provenientes de casi todas las parroquias, vuestros representantes, alemanes valientes, hombres probados en la guerra y en la paz, se han trasladado hasta Oldemburgo, no se han avergonzado de confesar su fe cristiana y, olvidando el miedo propio de todo ser humano, han dado testimonio de vosotros y de vuestra lealtad a Cristo crucificado. Gracias a Dios por vuestra varonil valentía cristiana». Cuando estaba en Berlín, Hitler ofrecía a diario un almuerzo en la Cancillería del Reich, en la Wilhelmstrasse. Estas comidas solían empezar tarde y duraban bastante, en consonancia con el excéntrico horario del Führer.[366] Hitler solía levantarse tarde y luego se quedaba largo rato en su dormitorio leyendo la prensa y los diversos informes del día, hasta que por fin salía de sus aposentos privados alrededor del mediodía para recibir los informes de situación en el Wintergarten, con vistas a los jardines del patio situado detrás del edificio de la Cancillería. Solo entonces se presentaba en el comedor y tomaba asiento en la gran mesa redonda enfrente de un cuadro de Kaulbach llamado Entrada de la diosa del sol. En presencia de veinte o treinta invitados —Rosenberg, Goebbels y Göring solían estar entre ellos— el Führer pronunciaba largos monólogos o escuchaba los debates que mantenían los demás sobre cualquier cuestión del día para al final dictar sentencia. Goebbels entretenía a los demás con chistes y caricaturas de los críticos de los nazis. En cierta ocasión, Hitler estuvo explayándose sobre cuestiones relacionadas con la dieta alimenticia, comparando a los vegetarianos como él con los que llamaba «comedores de cadáveres».[367] «Está convencido de que los herbívoros representan las fuerzas perseverantes de la vida», anotó Rosenberg en su diario. «Los carnívoros, en cambio, como el león, tienen una inmensa fuerza repentina, pero ninguna perseverancia. Elefantes, toros, camellos y búfalos serían claros ejemplos de lo contrario. Dijo también que las plantas son apropiadas para nosotros, como se comprueba claramente en el tratamiento de las enfermedades. Hoy en día se les da a los niños y a los enfermos fruta y zumos


de verdura en vez de carne». Hitler aseguraba que cuando se conociera bien «la teoría de las vitaminas», el ser humano llegaría a vivir doscientos cincuenta años. Esos almuerzos podían resultar insoportables para cualquiera que tuviera realmente algo que hacer. Un día de enero de 1937, dos meses después de la polémica por los crucifijos, Rosenberg estaba a la mesa con el Führer cuando Kerrl empezó a quejarse de las repercusiones del episodio. ¿Cómo iba él a poder hacer las paces con las iglesias si sobre el terreno los líderes nazis se dedicaban a provocar el descontento? Hitler rechazó sus argumentos con un gesto de la mano y adoptó un tono filosófico. Puede que se hubieran cometido algunos «errores tácticos». Al fin y al cabo, era natural en una guerra. Las controversias cesarían y, en cualquier caso, las quejas de los curas no tenían demasiado peso. «La gran lucha por la supremacía absoluta del Estado sobre la Iglesia continúa», escribiría luego Rosenberg en su diario, resumiendo los argumentos de Hitler. «Tenemos que seguir el combate que iniciaron los grandes emperadores contra los papas y acabarlo. Si la Iglesia no se muestra dispuesta, reflexionaremos únicamente sobre la táctica, [...] sobre si queremos ir seccionándole una vena tras otra o si planteamos una lucha abierta. Internamente, la Iglesia pierde cada vez más poder en todo el mundo».[368] «¿Nosotros llegamos al poder con o sin las iglesias?», preguntó Hitler. «¿Y qué piensa usted, Kerrl, hoy contamos con más apoyo del pueblo que antes?». «Antes más». «Bueno», dijo el Führer, «no se vuelva usted loco, Kerrl». El ministro de Asuntos Eclesiásticos del Reich «se encogió en su silla» al oír el sermón del Führer, comenta Rosenberg. La misión de Kerrl no era conseguir la cooperación de los clérigos; era establecer al partido nazi como «el señor de la Iglesia». Tal como veía las cosas Rosenberg, a las iglesias no les interesaba ya la religión. Lo único que querían era poder político. Había que pararles los pies. El tonto de Kerrl no se daba cuenta. Todavía no había entendido cuál era la misión para la que había sido escogido. «Todo esto no viene más que a demostrar las consecuencias que tiene el hecho de que un hombre ideológicamente tan incompetente como este se cuele en un cargo que le viene grande», anotó Rosenberg en su diario. Rosenberg no tenía ninguna duda de cuál era su misión. En todo momento, se manifestó claramente en contra de las iglesias.


«A lo largo de una dilatada lucha hemos sido capaces de adquirir esta joya de sabiduría interior», decía en uno de sus típicos discursos. «Si existe el cielo... sin duda alguna lo alcanzará más el hombre que lucha con honor y que se sacrifica por su raza y los elevados valores de esta, que el que llenándose la boca de oraciones traiciona tanto a su pueblo como a su país». [369] Mientras la lucha política y la lucha cultural iban enconándose cada vez más dentro de Alemania, los nazis reforzaban su ejército y se disponían a llevar la batalla más allá de sus fronteras. Al término de la Primera Guerra Mundial, la región del Sarre había sido arrancada del flanco sudoccidental de Alemania y entregada a Francia con la condición de que quince años después se permitiera a sus habitantes votar si querían volver a unirse a Alemania. En enero de 1935, la población de la región, en su mayoría de lengua alemana, votó abrumadoramente a favor de volver a formar parte de la madre patria. «Al final», dijo Hitler en el discurso pronunciado el Día de la Reunificación, el 1 de marzo de 1935, «la sangre es más fuerte que cualquier documento de papel».[370] Dos semanas más tarde, el Führer hizo saber al mundo entero que Alemania estaba trabajando en la construcción de una fuerza aérea, la Luftwaffe de Göring, y que había empezado a reclutar un ejército de medio millón de hombres, violando así los términos del Tratado de Versalles y desafiando a sus vecinos europeos a hacer algo al respecto. A comienzos de 1936, Hitler decidió extender su frontera occidental enviando tropas para ocupar de nuevo Renania. Esta región de colinas onduladas, atravesada por el Rin, el Ruhr y el Mosela, se extiende desde los Países Bajos hasta Suiza, y en su interior se encuentran las ciudades de Düsseldorf, Colonia, Bonn y Mannheim. Aunque había seguido formando parte de Alemania al término de la guerra, había sido declarada zona desmilitarizada. Los generales avisaron al Führer de que el ejército no estaba preparado para combatir si los franceses intentaban detener la incursión. Cuando Hitler anunció el paso que iba a dar, ya se había colado en la zona y había tomado posiciones en ella un contingente de tres mil soldados alemanes, pero los franceses ni siquiera intentaron desalojarlos. Pensaron que las fuerzas de ocupación eran mucho mayores, y no quisieron arriesgarse a una guerra por lo que en esos momentos era ya territorio alemán. El riesgo


había valido la pena. Hitler convocó inmediatamente unas nuevas elecciones al Reichstag y un referéndum sobre la ocupación de Renania. El 29 de marzo, los nazis ganaron las elecciones con el 98,9 por ciento de los votos. Aquella noche, Rosenberg se encontró a Hitler en la escalera de los aposentos del Führer en la Cancillería del Reich. «Bueno, Rosenberg», exclamó Hitler, «¿qué tiene usted que decir a esto? ¿Verdad que escogí un eslogan electoral estupendo? ¡Hasta los obispos han tenido que retroceder ante el estado de ánimo reinante en el Rin y se han puesto a repicar las campanas!». Se echó a reír y luego añadió una frase que algunos observadores tomaron por una pulla dirigida contra Rosenberg, el escritor. «Aunque el resultado no habría sido el mismo si hubiéramos tenido que votar por El Mito...». «No», respondió Rosenberg. «Eso solo será posible dentro de cien años». Rosenberg se enorgullecía de ser un hombre que era considerado tan peligroso, tan controvertido, tan inflexible que era preciso tenerlo bajo control si no se quería que arruinara toda la revolución nacionalista. No obstante, según confesó en cierta ocasión a Hitler, resultaba difícil ser considerado solo un hombre de ideas. Rosenberg anotó en su diario que, en respuesta a su comentario, Hitler le aseguró que él ya decía a todo el mundo que Rosenberg era el pensador más profundo del partido. «Usted es el padre de la Iglesia del nacionalismo». Meditando sobre aquella conversación Rosenberg era realista. «Sé muy bien que los tiempos no están todavía maduros para mí», consignó en su diario.[371]


11 Exilio en Toscana

La esposa de Kempner, Ruth (a la izquierda), huyó con él de Alemania en 1936, y juntos ayudaron a dirigir un internado para estudiantes judíos en Florencia (U. S. Holocaust Memorial Museum, cortesía de Robert Kempner). Margot Lipton (a la derecha), la secretaria de Kempner en el internado, se convirtió en su amante (U. S. Holocaust Memorial Museum, cortesía de Robert Kempner).

Los Kempner tomaron una precaución muy sencilla cuando decidieron huir de la Alemania nazi: Robert y Ruth viajaron por separado.[372] «Si uno de nosotros llegara a ser detenido», decidió Kempner, «el otro tendrá que quedarse fuera del país». Un año después de su detención y del interrogatorio sufrido, seguía traumatizado. Robert hizo su maleta, tomó el tren hasta el


aeropuerto de Tempelhof y preguntó al empleado que atendía en el mostrador de venta de billetes a qué hora salía el próximo vuelo a Italia. Cuando llegó a la puerta de embarque que le indicaron, descubrió que el destino había querido que viajara en un avión privado alquilado por Fritz Hess, el padre de Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler. Se dirigía a El Cairo, pero hacía una parada en Venecia. Nadie reconoció a Kempner cuando subió al aparato y buscó asiento. Cuando Kempner se asomó por la ventanilla y vio cómo el avión se elevaba sobre la pista y Berlín iba alejándose, tuvo la sensación de que su marcha era definitiva. Se le pasó por la cabeza la idea de que no volvería nunca a su ciudad natal. Al llegar a Venecia, compró un billete de tren a Florencia, donde al día siguiente se reunió con su mujer en la estación de ferrocarril. Después de tanta preocupación —años y años de angustia— el viaje se había desarrollado perfectamente, sin contratiempo alguno. Los Kempner formaban parte del flujo, pequeño, pero constante, de judíos que llegaban a la Italia fascista.[373] Dos años después del intento de golpe de Estado nazi en Austria, que tanto había alarmado a los italianos, las tensiones entre Hitler y Mussolini habían empezado a suavizarse: cuando la Sociedad de Naciones amenazó con imponer sanciones económicas a Italia por invadir Abisinia —la actual Etiopía—, en su afán de crear una nueva colonia en África, Alemania permaneció neutral, para alivio de Mussolini. Pero el país seguía siendo considerado un refugio de los terrores nazis que se dejaban atrás. El Ministerio de Asuntos Exteriores italiano permitía la inmigración de judíos «siempre y cuando no afectara a personas que desarrollaran actividades en partidos políticos enfrentados al fascismo». Ni siquiera los inmigrantes apátridas necesitaban visado, y las restricciones laborales eran muy pocas. Otra ventaja fundamental era que, a raíz del acuerdo comercial germano-italiano de 1934, los refugiados podían traspasar considerables cantidades de divisas extranjeras a Italia para su inversión, al menos de momento. Así que muchos artistas, escritores, políticos, médicos y académicos alemanes huían al sur, atraídos por las condiciones favorables y el bajo coste de la vida en Italia. Kempner había aceptado la oferta que le había hecho Werner Peiser de encargarse de la gestión administrativa del internado que había montado en Florencia, en las colinas que rodean la ciudad. El Istituto Fiorenza era un verdadero refugio para los niños judíos, en su mayoría adolescentes,


expulsados de las escuelas públicas alemanas por los nazis.[374] Pretextando que había un exceso de alumnado, en 1933 las autoridades alemanas habían recortado el número de la población no aria admitida en los centros de enseñanza secundaria y en las universidades y lo había fijado en un 1,5 por ciento. Los alumnos judíos que seguían matriculados en las escuelas eran atormentados por sus profesores y sus compañeros hostiles. En algunas escuelas eran segregados y relegados a «pupitres de judíos»; y, por si fuera poco, en las clases se enseñaba que los judíos eran intrínsecamente deshonestos y racialmente inferiores. Fuera del aula, eran acosados por los miembros de las recién creadas Juventudes Hitlerianas. Un alumno recordaba haber visto las páginas del tabloide notoriamente antisemita de Streicher, Der Stürmer, clavado con chinchetas en las paredes de su colegio de los jesuitas de Múnich. «Hueles a judío», llegó a decirle un compañero de clase.[375] «Los nazis», escribía otro chico que acabaría en Florencia, «se comportaban de manera que no nos quedara la menor duda de que no querían ver por allí a ninguno de nosotros, y nos lo hacían saber, o bien cortésmente a través del jefe de estudios, o de manera más perentoria a través del jefe de la policía local».[376] Algunos de los padres que enviaron a sus hijos al internado de Peiser ya habían huido de Alemania y necesitaban un centro en el que sus hijos pudieran continuar su educación. La mayoría, sin embargo, habían sacado a sus hijos precipitadamente del país mientras ellos hacían las gestiones necesarias para poder emigrar también. Aquellos chicos habían sido mandados por delante, decía Kempner, como «pioneros».[377] Kempner tenía a veces la impresión de que cada vez que Goebbels abría la boca, las solicitudes de ingreso se multiplicaban.[378] Le sorprendía incluso que los nazis dejaran que los periódicos publicaran sus anuncios. «Más o menos nuestra propaganda decía: ‘Si no nos mandan aquí a sus hijos... los matarán’». La ruta desde Florencia hasta la escuela seguía unas calles y unas carreteras tortuosas, estrechas y empedradas, que de repente se abrían y mostraban maravillosas vistas de olivares y viñedos. «El paisaje toscano es como una mujer hermosa: cambia constantemente», decía uno de los alumnos que había hecho el trayecto.[379] El colegio ocupaba varias casas de la localidad de Arcetri, incluida una


villa llamada Il Gioiello (La Joya), en la que el astrónomo Galileo Galilei había pasado sus últimos años bajo arresto domiciliario tras indisponerse con la Inquisición. La dirección del Istituto estaba en una mansión situada en el punto más elevado de la localidad. A los alumnos recién llegados les parecía un castillo, con su verja de entrada de hierro forjado, su sendero de acceso bordeado de cipreses y su torre, que databa del siglo XII. Dentro del edificio, comían y estudiaban en aulas pavimentadas con baldosas rojas y de techos altísimos. Las ventanas abatibles del comedor daban a un jardín con terraza lleno de limoneros, macizos de flores y provisto de una pista de tenis. Al fondo se veían primero las colinas onduladas y luego, en la distancia, los picos de los Apeninos. El edificio se llamaba Villa Pazzi, y, aunque llevaba el nombre de una famosa familia florentina, los internos decían en broma que debía traducirse como «la Casa de los Locos». A decir verdad, el hogar transitorio en el que vivían era un enclave tranquilo, una casa de campo rodeada de viejos muros, gruesos y recubiertos de glicinias. Un alumno recordaba que un día se asomó al balcón y se puso a contemplar los campos circundantes. «Había un poco de niebla, el cielo estaba ligeramente cubierto, pero el sol salía de vez en cuando entre las nubes. Todo era tan tranquilo y pacífico. Unos gallos cantaban a lo lejos, y los pájaros trinaban. El aire era perfumado y las campanas de la iglesia se pusieron a tocar».[380] El Istituto Fiorenza parecía un refugio alejado de un mundo que se había vuelto loco. Los chicos seguían un plan de estudios clásico estándar. Recitaban a Platón y leían los Commentarii de bello Gallico, esto es, los Comentarios sobre las guerras de las Galias, de Julio César. Escenificaban piezas teatrales y hacían recitales y lecturas de poesía. Realizaban viajes durante la jornada a Florencia, donde los alumnos admiraban la enorme cúpula de la catedral, Santa Maria del Fiore, tan ingeniosa desde el punto de vista arquitectónico, contemplaban el David de Miguel Ángel y estudiaban detalladamente las obras maestras que habían pertenecido a los Medici en la famosa Galleria degli Uffizi. La escuela era lo suficientemente pequeña como para que los profesores pudieran prestar a los chicos una atención individualizada y todos constituían una comunidad estrechamente unida. Peiser atrajo a un claustro de profesores impresionante, aunque pocos de sus miembros eran profesionales de la enseñanza. Entre ellos había famosos lingüistas, un periodista, una actriz y una futura autoridad en materia de filosofía del Renacimiento. Ganaban poco o ningún dinero: algunos trabajaban solo por la comida y el alojamiento. Sus aposentos eran


minúsculos. «La singular belleza del paisaje representaba la parte principal de nuestro sustento», recordaba uno de los profesores.[381] La matrícula no era barata, y la escuela solía atraer a los hijos de la clase media alta y de los ricos, o, como decía en tono de queja un profesor, «los niños malcriados de la burguesía».[382] La llegada de Kempner trajo algunos cambios a la escuela. Se esforzó en atraer a más alumnos, y al cabo de poco tiempo logró matricular a casi cien chicos. Judíos en su mayoría, los internos procedían no solo de Alemania, sino también de Austria, Hungría, Rumanía y Polonia. A raíz de la escalada de la crisis en toda Europa, el plan de estudios no se centraba ya solo en las humanidades y la preparación de los exámenes que permitieran a los alumnos acceder a la educación superior. Los estudiantes dedicaban ahora su jornada a otras lecciones más prácticas que los prepararan para la vida en el exilio. Los chicos estudiaban lenguas extranjeras —italiano, hebreo, polaco y, sobre todo, inglés—, y aprendían las técnicas necesarias para convertirse en carpinteros, metalúrgicos, impresores, taquígrafos, ayudantes de farmacia o auxiliares de clínica. En 1936 no todo el mundo vio con buenos ojos la llegada de aquel abogado desabrido y peleón a la comunidad académica. Algunos profesores se mostraron disgustados por el hecho de que Kempner, tan obsesionado por la emigración permanente, transformara su «pequeño reducto de cultivo de las humanidades» en unas «instalaciones de tránsito». [383] «Le gustaba plantear las relaciones humanas como un detective», escribiría Ernst Moritz Manasse, un profesor que chocó enseguida con Kempner.[384] El recién llegado entretenía a los profesores más antiguos con divertidas anécdotas acerca de la manera de sacar a la gente información sensible. Pero, según decía Manasse, sin especificar más, él por lo menos no podía evitar sentirse molesto por los «métodos moralmente inquietantes» que Kempner describía en aquellas historietas. Con el paso del tiempo, otro profesor llegó a pensar que Kempner aplicaba ese mismo tipo de táctica a los miembros del claustro y al personal del Istituto Fiorenza. Wolfgang Wasow escribiría en sus memorias que Kempner era una de las pocas personas que había conocido en su vida «a las que llegué a detestar absolutamente». El sujeto ni siquiera se tomó la molestia de aprender italiano; en su afán por echar a alguien de su despacho cuando estaba enfadado, confundía venga («entre») con vada («váyase»). «Sus modales combinaban una insensibilidad brusca, incluso descortés, con una


deferencia evidentemente falsa cuando creía que le convenía», decía Wasow. «Aparte de eso, estoy convencido de que era... un estafador. No podría demostrar nunca esta afirmación ante un tribunal de Justicia, pero los indicios son tan numerosos que la mayoría de mis colegas del claustro de profesores estaban de acuerdo conmigo».[385] Un día Wasow acusó a Kempner de espiar al resto del personal abriendo las cartas que escribían con vapor caliente para leerlas. El profesor fue despedido en el acto. Pero a los adolescentes les encantó el tiempo transcurrido en Italia. «Estábamos libres de todo cuidado, felices, preocupados solo por nuestros asuntos», recordaba uno de ellos. Chismorreaban, se gastaban bromas unos a otros, discutían sobre el sionismo, robaban cerezas en los campos, dormían con las ventanas abiertas de par en par y se ponían a chillar cuando se colaba en su habitación algún murciélago. Remedaban los discursos rimbombantes del Führer utilizando un peine a modo de mostacho. Se enamoraban.[386] Durante tres meses enteros cada verano la escuela se trasladaba en su totalidad al Hotel Continentale, en Bordighera, una hermosa localidad de la Riviera italiana, para pasar una especie de vacaciones de estudio lejos del calor de la Toscana. En aquella época los turistas huían de aquella pequeña ciudad de vacaciones durante los calurosos meses de verano, de modo que el dueño del hotel estaba encantado de alquilar todas sus instalaciones al internado. Bajo un cielo azul casi tropical y rodeados de palmeras, los chicos hacían excursiones, nadaban y montaban espectáculos de cabaret. Algunos hacían viajes de ida y vuelta en el día a Montecarlo. «Qué maravilloso y hermoso es esto», decía Kempner en una carta. «Cada día carnaval, pasteles y deporte».[387] Desde las terrazas del hotel con vistas al Mediterráneo, los desterrados contemplaban los transatlánticos que se dirigían a América y soñaban con viajar a bordo de alguno.[388] Se sentían muy lejos de las tenebrosas realidades de Alemania. «Nos sentíamos aliviados por haber podido escapar», escribe Manasse, «y nos permitíamos el lujo de dejarnos seducir por la belleza de Florencia y sus alrededores, la amabilidad que nos mostraban nuestros vecinos italianos y la camaradería reinante entre nosotros, alumnos y profesores, a los que el destino había unido».[389] Pero todo eso iba a cambiar. En la primavera de 1938, resultaría imposible ignorar la precariedad de su situación.


El hermano menor de Kempner, Walter, se había trasladado a Estados Unidos en 1934 para trabajar en el centro de investigaciones de la Facultad de Medicina de Duke University, en Carolina del Norte.[390] Odiaba a Hitler e hizo todo lo que pudo para poner un océano entero entre el Führer y él. En 1938 Robert Kempner no tendría más remedio que preguntarse si no habría cometido tal vez el error de su vida no haciendo lo mismo que su hermano. El 15 de septiembre de 1935, durante el congreso anual del partido, Hitler anunció una nueva oleada de restricciones contra los judíos. Aprobadas inmediatamente por el Reichstag, las primeras leyes raciales de Alemania, las Leyes de Núremberg, convertían oficialmente a los judíos en ciudadanos de segunda clase y les prohibían hacer ondear la bandera alemana, que en cualquier caso llevaba ahora la esvástica.[391] La segunda normativa, basada en el principio que afirmaba que «la pureza de la sangre alemana es esencial para la supervivencia del pueblo alemán», prohibía los matrimonios mixtos, proscribía las relaciones sexuales entre judíos y arios y declaraba ilegal la contratación por parte de los judíos de mujeres arias menores de 45 años como empleadas domésticas. Los turistas y los hombres de negocios extranjeros no tenían por qué darse cuenta necesariamente de esa iniquidad, o tal vez no consideraran especialmente alarmante que los judíos quedaran excluidos prácticamente de todos los ámbitos de la vida alemana. Muchos regresaban a sus países estupendamente impresionados de la rápida renovación experimentada por el país bajo el régimen de Hitler. Los nazis eran capaces de mostrar su mejor cara, y así lo hicieron especialmente durante las Olimpiadas de 1936, cuando Goebbels aconsejó a sus paisanos «ser más encantadores que los parisinos». Los carteles que decían Juden Unerwünscht («No se admiten judíos») fueron retirados de las fachadas de los comercios y los restaurantes. Los periódicos interrumpieron momentáneamente sus denuncias. No se veían por ninguna parte bandas violentas. La tolerancia estaba a la orden del día.[392] Los visitantes «quedaron gratamente impresionados por el despliegue de poder del régimen, por el entusiasmo de la juventud, por la propaganda de Goebbels», escribía Willy Brandt. «Costaba trabajo no sucumbir a ella, pues miraras donde miraras, veías el éxito del nazismo confirmado en los rostros sonrientes de los jóvenes, en los nuevos edificios monumentales, en el boom


económico. Berlín ofrecía un escenario magnífico para un espectáculo que dejaba sin aliento al resto del mundo».[393] Pero no solo era eso: escenario y espectáculo. Una vez concluidas las Olimpiadas, en cuanto se marchó la gente, se reanudó la persecución. «Ni una sola voz discordante disturbaba los cantos de júbilo», seguía diciendo Willy Brandt, «pues los gritos provenientes de los campos de concentración y los estertores de muerte de las víctimas torturadas no llegaban al estadio». Dos días después de la ceremonia de clausura, Wolfgang Fürstner, oficial del ejército alemán encargado de supervisar la construcción de la Villa Olímpica, se pegó un tiro con su pistola reglamentaria. Las autoridades habían descubierto sus orígenes judíos, lo destituyeron y le dijeron que iba a ser expulsado del ejército. Rosenberg no mostró compasión alguna. Por el contrario, aplaudió el gesto de Fürstner, que había sabido reaccionar como era debido ante la tragedia de su sangre espuria. «Máximo respeto hacia su actitud», comentó Rosenberg en su diario.[394] Durante los dos años siguientes, cualquier ilusión que pudieran seguir haciéndose los judíos acerca de Hitler y los nazis se desvanecería. En el verano de 1938, un amigo escribió una carta a Kempner hablándole de la situación reinante dentro de Alemania: todo aquel que tuviera la menor posibilidad de salir del país, le contaba, se disponía a abandonarlo.[395] Los exiliados de Florencia estaban convencidos de que se habían librado de la persecución. Los fascistas italianos no eran unos antisemitas estridentes del tipo de los nazis. En privado, Mussolini había rechazado incluso los fundamentos raciales del Tercer Reich y había dicho que la cabeza de Hitler parecía atiborrada de ideologías confusas y de filosofías incoherentes. En 1936 el acercamiento entre los dos países estaba a punto de producirse. Aliándose a Mussolini para apoyar al general Francisco Franco y a los nacionales en la Guerra Civil Española, Hitler mandó a España piezas de artillería, aviones y miles de soldados. El 26 de abril de 1937, en el ataque más infame perpetrado durante la contienda, aviones alemanes e italianos bombardearon y ametrallaron la localidad de Guernica, matando a más de mil seiscientas personas e inspirando el famoso mural de Picasso. La guerra de España situó a Alemania e Italia enfrente de Francia e Inglaterra y allanó el camino para una alianza de conveniencia entre los dos dictadores.[396] No tardaron en forjar un pacto secreto formando un eje nazi-fascista, y en


septiembre de 1937 Alemania recibió a Mussolini con gran pompa militar y gigantescas multitudes ondeando banderas de ambos países. Al año siguiente, Mussolini devolvió el favor a los alemanes. Hitler llegó a Roma el 3 de mayo de 1938 y, acompañado por el rey de Italia en un carruaje tirado por caballos, atravesó la Porta San Paolo, pasó ante la pirámide de Gayo Cestio y accedió al centro de la ciudad.[397] Iluminada de manera espectacular para dar a toda la escena un aire de ceremonia religiosa, Roma fue «transformada en un enorme decorado operístico», decía un periodista italiano. Era «un espectáculo digno de Nerón: el Coliseo lanzaba llamas por sus arcos en ruinas, los pinos irradiaban unas luces verdes y amarillas que hacían que parecieran de cristal, el Arco de Constantino despedía un brillo fosforescente y las ruinas del Foro emanaban reflejos plateados».[398] Durante la semana siguiente, Hitler disfrutaría de la arquitectura histórica de Italia, contemplaría ejercicios militares cuidadosamente coreografiados y pasaría horas interminables en los museos y galerías de arte. «Roma», diría más tarde, «me cautivó». El último día de su estancia en el país, Hitler hizo un alto en Florencia para efectuar una visita relámpago. Los dos dictadores recorrieron las calles de la ciudad en un descapotable negro al frente de una caravana de veinte automóviles flanqueados por una guardia de motoristas. Hubo repique de campanas, y la fuerza aérea italiana sobrevoló la ciudad en formación cerrada. Florencia se llenó de italianos que vitoreaban a los visitantes y fue cubierta de banderas que ostentaban la esvástica. Los dos mandatarios visitaron la basílica de Santa Croce, donde están enterrados Miguel Ángel, Maquiavelo y Galileo. Anunciados por trompetas y timbales florentinos, salieron a un balcón de Palazzo Vecchio y, sonrientes, saludaron a una enorme multitud de admiradores congregados a sus pies en la plaza. Recorrieron la galería de lo Uffizi, cenaron en Palazzo Medici y asistieron a una representación de una ópera de Verdi.[399] Camino de la estación del ferrocarril, los dos dictadores fueron agasajados con un espectáculo de fuegos de artificio en los que aparecieron dibujados en el cielo los nombres «Führer» y su equivalente italiano, «Duce». Y con eso se acabó. Hitler montó en su tren blindado y se despidió de Mussolini y de Italia. Hitler estuvo en Florencia diez horas en total. Pero los profesores judíos del


internado, junto con sus esposas, veintiún alumnos y la anciana suegra de Kempner pasaron tres semanas en la cárcel. «Nuestro encarcelamiento formaba parte de los festejos», escribiría una alumna. «Éramos rehenes y, por consiguiente, nos encontramos en la extraña situación de tener que esperar a que el visitante regresara a su país sin sufrir ni un rasguño».[400] En 1936 la policía de ambos países había empezado a compartir información y documentación acerca de los posibles «elementos subversivos» existentes dentro de sus respectivas fronteras. Durante los preparativos de la visita de Hitler en 1938, la Gestapo estuvo trabajando en estrecha colaboración con la policía italiana e identificó e investigó sistemáticamente a los exiliados alemanes, austríacos y polacos residentes en el estado fascista.[401] Agentes de los servicios de seguridad nazi fueron destinados a casi dos docenas de comisarías de la policía italiana, y confeccionaron listas detalladas que clasificaban a los extranjeros en tres categorías: «Peligrosos», «Sospechosos» o «Dignos de confianza». Luego, en abril, un mes antes de la llegada prevista de Hitler a Italia, agentes de la SS y de la Gestapo se trasladaron en masa a Italia con el objeto de realizar interrogatorios y registros domiciliarios. El 20 de abril y el 1 de mayo, los emigrados judíos fueron detenidos en masa. Hombres y mujeres fueron encerrados en establecimientos distintos. Los guardianes de las cárceles tardaron algún tiempo en convencerse de que los emigrados no eran los ladrones y prostitutas que habitualmente poblaban sus celdas. Los hombres tuvieron que despojarse de sus cinturones, por si se les pasaba por la cabeza la idea de suicidarse. Pero en una época en la que «cárcel» significaba en Alemania campo de concentración, las condiciones de su detención fueron benignas. Un cura amigo les ayudó pasándoles periódicos escondidos debajo de la sotana y sacando de la misma manera cartas destinadas a sus familiares; los presos tenían permiso para pasearse por el interior de la prisión durante el día y, una vez que Hitler cruzó sano y salvo el paso del Brennero y pisó suelo alemán, todos fueron puestos en libertad. Como por ósmosis, el antisemitismo se coló en Italia a través de la frontera.[402] Parece que el encarcelamiento de los inmigrantes por orden de los nazis hizo creer a Mussolini que su país, como Alemania, tenía un problema judío. Pocos meses después de la visita de Hitler, en el verano de 1938, el Duce decidió imitar a su aliado del norte. «Sin una conciencia racial clara, cierta y omnipresente, los imperios no pueden sostenerse», decía en un artículo aparecido en la prensa italiana. Mussolini hizo saber que sus


antepasados eran nórdicos de los pies a la cabeza, y en el mes de julio su Gobierno publicó un «manifiesto de científicos racistas» que sentaba las bases para una serie de medidas extremas que excluían a los judíos de la vida italiana. La primera de esas leyes, aprobada en septiembre de 1938, no dejaba el menor margen de maniobra al internado. En adelante los judíos no podían asistir a las escuelas italianas, tanto públicas como privadas, desde el jardín de infancia hasta la universidad, ni enseñar ni realizar ningún tipo de trabajo en ellas. Además, a los judíos que hubieran llegado a Italia después de 1919 se les ordenaba abandonar el país en el plazo de seis meses. Kempner lo había visto venir y esta vez no perdió el tiempo. Hacía meses que se había dado cuenta de que sus días en Italia habían llegado a su fin. [403] Los primeros signos de advertencia se habían hecho visibles a lo largo de todo el verano. En Berlín las autoridades alemanas empezaron a preguntar si la escuela era antinazi y a recortar los envíos de dinero de los padres para pagar la matrícula.[404] Las autoridades italianas, por su parte, efectuaron diversas visitas amenazadoras. El 22 de agosto, se pidió a los administradores de la escuela que informaran de los antecedentes raciales de profesores y alumnos. «Una sensación de temor y malos augurios invadió la escuela», escribiría una alumna, «y comprendimos que nuestra vida de despreocupación estaba a punto de acabar».[405] Un día, apareció un funcionario italiano y pidió a Peiser que firmara un documento en el que «confesaba» que el Istituto Fiorenza era una institución socialdemócrata liberal. Peiser preguntó si iban a detenerlo si lo firmaba. «Sí», le respondieron. Ni Peiser ni Kempner querían de ninguna manera volver a una cárcel italiana, ni, peor aún, ser extraditados a Alemania. «Se nos dijo de manera confidencial», escribiría Kempner más tarde a un amigo, «que lo mejor sería abandonar el país inmediatamente y no aguardar a última hora».[406] Finalmente, el 3 de septiembre, recibieron la noticia irremediable: los italianos ordenaban el cierre de la institución alegando que estaba «inspirada en ideas políticas e ideológicas contrarias a la doctrina fascista».[407] En aquellos momentos los profesores y los alumnos se encontraban en Bordighera pasando las vacaciones de verano. Kempner y Peiser tuvieron que tomar las medidas necesarias de la noche a la mañana para que los chicos volvieran con sus familias «a través de las personas adecuadas». Luego


huyeron a Niza, al otro lado de la frontera francesa, acompañados de sus esposas, algunos profesores y los diez alumnos que tenían visados válidos. El 4 de septiembre por la mañana, al entrar en el comedor del hotel de Bordighera, Gabriele Schöpflich, que trabajaba dando clases en la escuela, se enteró de la noticia de que Kempner y Peiser se habían ido, junto con «todos los chicos cuya matrícula había sido pagada en divisas extranjeras». La docena larga de alumnos que habían permanecido en el hotel se quedaron «de piedra».[408] La señorita Schöpflich y una colega se vieron obligadas a arreglar aquel lío. El personal del hotel hacía una semana que no había cobrado, y abandonaron su puesto en masa. Las profesoras tuvieron que hacer frente a los proveedores —el carnicero, el lechero, el tendero y el ferretero, entre otros—, que les presentaron unas cuentas enormes que ellas no podían pagar. Durante los diez días siguientes, la señorita Schöpflich y una compañera se encargaron de entregar a los alumnos que quedaban a sus tutores. «Ninguna de nosotras durmió mucho aquellos días», diría.[409] Ella misma acompañó personalmente a dos chicos a Florencia para que se reunieran con su madre en la estación, donde cogieron el tren de vuelta a Viena. No tardaron en propagarse los rumores en torno a aquella desaparición tan irregular. La secretaria de Kempner, Margot Lipton, una judía de 24 años originaria de Fráncfort, recibió poco después una carta de su hermana, Beate Davidson, residente en Roma. La señora Davidson le decía que las noticias en torno a la clausura de la escuela le habían producido náuseas.[410] ¿Cómo era posible cerrar el establecimiento de la noche a la mañana? ¿Era cierto que algunos chicos habían sido abandonados para que se ocuparan de ellos los miembros de la comunidad? «Al fin y al cabo, los chicos son menores de edad y la escuela es responsable de ellos», decía en la carta. «Abandonar a unos menores en un país extranjero, sin un céntimo, en las actuales circunstancias, es sencillamente indignante». Había oído decir que Kempner había ordenado a los chicos que no hablaran con sus padres de las circunstancias del cierre de la escuela. Había oído decir también que Kempner insistía en mantener en secreto su paradero. Había oído decir que se había llevado el pasaporte de otra persona como garantía subsidiaria. Había oído decir que la escuela había dejado un montón de deudas sin pagar. Aquello era un delito, afirmaba la señora Davidson. ¿Y la señorita Lipton no sabía nada de todo aquello? La señora Davidson no tardó en recibir una carta de Kempner y Peiser. Le


decían en ella que se sentían muy ofendidos por el hecho de que alguien que los conocía los acusara directamente de fraude. Rechazaban todas aquellas alegaciones tachándolas de comadreos de Judenweiber («mujerucas judías»—), amargadas y malintencionadas.[411] Habían contratado a un abogado italiano para que se encargara de sus responsabilidades. Habían dejado deudas sin pagar porque algunos padres no habían abonado todas las facturas de la matrícula de sus hijos. (En otro comunicado enviado a los padres para explicar las circunstancias del cierre del internado, Kempner y Peiser incluían una lista de los «malos pagadores» que debían a la escuela más de tres mil liras).[412] Además, ¿no debía acaso culparse al Gobierno italiano de su impago? ¿No se habían visto ellos obligados por las circunstancias a abandonar todos sus enseres? ¿Cómo podían ser «tachados de estafadores» por la comunidad judía? ¿Cómo se atrevía nadie a criticarlos por huir antes de que los italianos volvieran a meterlos en la cárcel? «¿Cree usted que íbamos a dejar que nos encerraran otra vez después de las experiencias vividas en los meses de abril y mayo, cuando, junto con nuestras esposas, tuvimos que compartir alojamiento con putas y delincuentes durante tres semanas?... No, querida y honorable señora, todavía no nos hemos vuelto tan apáticos o masoquistas como para permitir que nos quiten la libertad o la vida, además de perder montones de dinero y objetos de valor». En cuanto a los alumnos, Kempner y Peiser decían que durante meses habían venido diciendo a sus padres que la escuela tenía problemas y que sus hijos deberían encontrar un nuevo alojamiento. Ellos habían salvado a los que habían podido. En muchos casos, los administradores del internado escribieron otras cartas a amigos diciendo que los alumnos no querían volver con sus padres —o no podían hacerlo de forma segura— a Polonia, o a Hungría o a Alemania. «De haber estado solos, no habríamos sido detenidos nunca... pues habríamos podido largarnos», decía Kempner en una carta a un amigo de París.[413] «Pero no podíamos dejar a los chicos solos. Al mismo tiempo, no habríamos podido llevarnos a cien chicos con nosotros porque habría costado muchísimo dinero, y sus padres... habrían escrito que no era necesario y no nos habrían pagado por ello, pues a los chicos no los detienen nunca». La vida de Kempner se había vuelto increíblemente complicada. No tenía demasiados motivos para pensar que Francia fuera «la última estación de nuestra peregrinación en la tierra», escribía a un amigo, pues las democracias


occidentales parecían «desconocer por completo los métodos del Tercer Reich y de sus aliados del Eje».[414] Tenía a diez alumnos a su cargo, además de su esposa, su suegra y su secretaria, Margot Lipton. Y en un determinado momento se había visto obligado a compartir con su esposa tres hechos de lo más inconvenientes: que desde hacía algún tiempo tenía una relación con la señorita Lipton, que esta se había quedado embarazada y que el niño que esperaba era suyo. El hijo de Kempner, Lucian, de 15 años, no se fue a Francia con su padre. El chico había pasado dos años en el Istituto Fiorenza. La madre de Lucian, Helene, que no era judía, había denunciado ante los tribunales la separación de su hijo, pero sin éxito, quejándose de que Kempner había sacado a Lucian del país sin su permiso. A finales de 1937, Kempner organizó las cosas para que su exesposa pasara dos semanas con Lucian «en una pequeña localidad de vacaciones en la montaña o en algún lugar por el estilo».[415] Kempner compró para Helene un billete de tren de ida y vuelta en tercera clase. Día tras día, madre e hijo se dedicaron a dar largos paseos hasta que una noche, para espanto de Kempner, no regresaron. El día de fin de año, Helene dijo a Lucian que su padre les había dado permiso para ir a esquiar a otro lugar de Italia, pero en vez de eso se llevó consigo al muchacho a Alemania. Lucian diría luego que fue secuestrado, y que las autoridades nazis y fascistas habían ayudado a su madre a urdir la trama.[416] Por aquel entonces el joven ni siquiera tenía un pasaporte en regla. Como hijo de padre judío, Lucian era considerado un Mischling, un «mestizo», y los nazis todavía estaban discutiendo cuáles de ellos debían ser objeto de trato discriminatorio como judíos. Kempner no podía arriesgarse a volver a Alemania para pelear por su hijo, pero apeló a los tribunales, impugnando la idoneidad de Helene como madre.[417] Presentó una serie de cartas en las que se demostraba que su exmujer tenía un largo historial de alcoholismo y de adicción a los analgésicos, que había pensado en el suicidio por sobredosis, que padecía una enfermedad venérea y que un médico le había dicho que tenía que cambiar por completo de vida. A diferencia de su exmujer, afirmaba Kempner, él tenía una situación financiera estable y dirigía una escuela en la que Lucian podía estudiar. Helene lo rebatió diciendo que la


escuela en cuestión actuaba «dentro de un espíritu marxista-bolchevique y estaba sometida a la influencia judía», y que a los alumnos se les imbuía «una actitud antialemana».[418] Los tribunales fallaron a favor de Kempner, pero a pesar de todo se impidió que Lucian abandonara el país. El muchacho pudo conseguir un pasaporte y, según contó más tarde, las autoridades se encargaron de que su madre siguiera teniendo su custodia física. Helene lo matriculó en Zinzendorfschulen, un internado para chicos perteneciente a los hermanos moravos, en Königsfeld, en la Selva Negra. «Mi madre me sometió a muchos sufrimientos», decía Lucian, «y los alemanes no hicieron más que empeorar las cosas».[419] No había mucho que Kempner pudiera hacer, salvo escribir cartas a su hijo y remitirlas a la Alemania nazi. «Pensaba que quizá hubieras olvidado por completo que sigues teniendo un padre», decía en una de ellas poco después de huir a Niza.[420] Aseguraba además a Lucian que las cosas se habían «calmado aquí por ahora», pero no decía nada de su caótica salida de Italia ni del cierre de la escuela. «Seguimos en la hermosa Niza, que tú conocerás por los viajes que hicimos aquí el año pasado», decía en otra carta una semana más tarde.[421] «Continúa haciendo un calor maravilloso y tenemos buen tiempo... ¿Hablaste italiano con los trabajadores italianos o ya se te ha olvidado todo? ¿Y qué me dices de tus conocimientos de otras lenguas extranjeras en general, del francés y del inglés? Ya sabes que tienes que cultivarlas, un chico como tú, de padre judío y madre aria, necesita en particular el dominio de las lenguas extranjeras; ya eres lo suficientemente mayor para saberlo y tenerlo siempre presente». Añadía unos cuantos sellos y pedía a Lucian que le mandara fotografías. «Por favor, escríbeme de nuevo lo antes posible».


12 Me había ganado el corazón del viejo partido

Rossenberg al lado de Hitler en la primera fila del teatro Apollo de Núremberg durante una reunión cultural del partido en 1934 (SZ Photo/Scher/The Image Works).

En Núremberg, «la más alemana de todas las ciudades alemanas», como la llamaba su alcalde, el 6 de septiembre de 1937 las campanas de las iglesias estuvieron repicando media hora seguida para señalar la llegada de Hitler con


motivo de la inauguración del congreso anual del partido nazi. Centenares de miles de fieles militantes del partido se reunieron en el que se prometía que iba a ser el mayor congreso celebrado hasta la fecha: ocho días de discursos y espectáculos, desfiles de uniformes y temibles demostraciones de fuerza militar.[422] En un enorme campamento de varias hectáreas de extensión, en tiendas y barracones improvisados, se repartirían entre los militantes de a pie tres millones y medio de platos y menaje de campaña, además de una dosis no cuantificable de camaradería, suponiendo que el tiempo permitiera que todo saliera bien. Resultaba tan difícil encontrar un alojamiento como es debido que los delegados venidos de Estados Unidos y de Gran Bretaña tendrían que quedarse en los trenes especiales que los habían trasladado hasta el sur desde Berlín. Los nazis de mayor rango se alojarían en habitaciones de hotel y comerían en los restaurantes más afamados de la ciudad, como el Goldenes Posthorn, una salchichería situada en la Glöckleinsgasse, que databa de 1498 y que había sido el local favorito del pintor más famoso de Núremberg, Alberto Durero. Muchos forasteros aprovecharían la ocasión para adentrarse en el barrio chino e intentar colarse por el cordón de seguridad instalado por la SS para visitar a alguna de las aproximadamente cien prostitutas que vivían convenientemente cerca unas de otras.[423] Aquella semana Rosenberg no sería solo uno más de los múltiples oradores que iban a intervenir en el congreso. Era el invitado de honor. Dieciocho años después de su primera aparición en la tertulia de una pequeña pandilla de antisemitas de cervecería en Múnich, era aclamado como el hombre que había puesto los cimientos ideológicos del nacionalsocialismo. Su obra maestra, El Mito del siglo XX, había sido depositada al lado de Mi lucha junto a la primera piedra sobre la que se había construido la Kongresshalle, el monumental anfiteatro levantado en medio de los terrenos del congreso. Una vez acabado, se esperaba que el edificio fuera más grande que el propio Coliseo de Roma. Rosenberg no podía saberlo, por supuesto, pero la suntuosa acogida que recibiría aquella semana en Núremberg marcaría el punto culminante de su vida. Hitler había escogido Núremberg como escenario habitual de los congresos del partido por motivos simbólicos: deseaba aprovecharse del pasado glorioso del país. Seiscientos años antes, aquella fortaleza medieval había sido considerada una de las ciudades más ricas e importantes de Europa.[424]


Detrás de una espesa muralla defensiva y rodeada de un foso de cinco kilómetros de extensión se elevaba una ciudad antigua que conservaba muestras de la más pura arquitectura germánica: un paisaje maravilloso de gabletes y pórticos góticos, magníficamente esculpidos, una plaza del mercado tradicional, iglesias extraordinarias y, en lo alto de una pequeña colina, un castillo inexpugnable que en otro tiempo había acogido a los titulares del Sacro Imperio Romano Germánico. Para un partido que invocaba las tradiciones populares míticas, Núremberg constituía el telón de fondo ideal. «En pocas ciudades», afirmaba Rosenberg en el Völkischer Beobachter, «encuentra una expresión tan precisa como en Núremberg el contraste entre el pasado y el presente: torreones, poderosas murallas y torres dan testimonio de potencia viril y de espíritu de combate».[425] Los congresos del partido en Núremberg eran algo más que simples convenciones políticas. Eran ceremonias míticas diseñadas para demostrar la fuerza del movimiento de masas nazi y alimentar el culto al Führer.[426] Durante los días sucesivos, Goebbels atacaría el bolchevismo, los diplomáticos tomarían el té con Hitler en el hotel de este y la jefa de la Nationalsozialistische Frauenschaft (o Liga de Mujeres Nacionalsocialistas), la NSF, enseñaría a las mujeres casadas de Alemania a administrar una casa a la manera nazi. La Blutfahne («Bandera de Sangre»), la enseña con la esvástica llevada por las calles de Múnich durante el golpe de Estado fallido del Bürgerbräukeller de 1923, sería utilizada para consagrar los nuevos estandartes nazis. Las tropas de la SS y de la SA desfilarían por Núremberg, en formación cerrada, pisando las estrechas calles empedradas de la ciudad, ante los ojos de los espectadores asomados a las ventanas. Hitler saldría al balcón de su hotel, el Deutscher Hof, bajo un gran cartel luminoso que decía «Heil Hitler» colgado de la fachada, y saludaría a la multitud de alemanes que, como recordaba un periodista, «lo miraba como si fuera el Mesías». En una impresionante demostración de fuerza llevada a cabo en un momento en el que los temores de la guerra preocupaban al mundo entero, el ejército alemán haría ostentación de su maquinaria más moderna: artillería motorizada, carros blindados, motocicletas, tanques, aviones de reconocimiento, bombarderos... Los nuevos cazas se lanzarían en picado a quinientos kilómetros por hora, mientras que las baterías antiaéreas apuntarían hacia ellos como si quisieran desafiarlos. Y en la que sería la imagen más llamativa del congreso, cientos de miles de alemanes se reunirían en el Campo Zeppelin y permanecerían en posición de


firmes haciendo gala de un orden perfectamente disciplinado. Aquella escena reforzaba su absoluta falta de significación como individuos. Hitler ocuparía el centro de una grandiosa tribuna rodeada de una imponente columnata de ciento setenta pilares de piedra blanca. Por la noche, cuando cientos de focos iluminaran la escena, algunos de ellos apuntando hacia el cielo para crear la famosa «catedral de luz» del arquitecto nazi Albert Speer, el reflejo podría verse desde Fráncfort, a más de doscientos kilómetros al oeste. —Heil, Männer! —gritaría Hitler. —Heil, mein Führer! —respondería la multitud. Estuvo lloviendo a ratos durante toda la semana, aunque los chaparrones abundaron más que otra cosa. Tras su llegada triunfal a Núremberg, Hitler y su séquito recorrieron por la tarde las calles de la ciudad atestadas de simpatizantes y se trasladaron en un convoy de Mercedes-Benz de color negro a la Luitpoldhalle, donde iba a celebrarse la ceremonia inaugural.[427] «Los vítores que anunciaban su llegada pudieron oírse a un kilómetro de distancia», decía en su informe el corresponsal de The New York Times, Frederick Birchall. «Y se hicieron más fuertes hasta que efectuó su entrada y la multitud los convirtió en un coro frenético de Heil!». La delegación cruzó el umbral de la entrada, un bloque monolítico de piedra blanca flanqueado por veinte altísimos estandartes nazis, y penetró en la sala, que estaba decorada como si fuera una catedral, con un pasillo central que conducía a un escenario bastante alto. Como si fuera una cruz de brazos retorcidos, una enorme esvástica colgaba detrás de la tribuna de los oradores. Las banderas fueron llevadas en procesión hasta el fondo de la sala. El ambiente se cargó rápidamente de humedad; los oradores sudaban bajo los focos. El esplendor de aquella ceremonia inaugural fue lo bastante impresionante como para emocionar incluso a los observadores más cínicos de la prensa occidental. Un corresponsal extranjero, William Shirer, reseñó en su diario personal que «fue más que un espectáculo grandioso; tuvo también algo del misticismo y el fervor religioso de un oficio del Domingo de Resurrección o de una misa de Navidad en una gran catedral gótica».[428] ¿No era maravilloso, se preguntaba, que los alemanes consideraran cada palabra de Hitler como algo afín al mismísimo evangelio? Más tarde, esa misma noche, Hitler y Rosenberg se trasladaron al Teatro de la Ópera, en el que efectuaron su entrada a los acordes de la «Entrada de


los dioses en el Walhalla» de Wagner. Rosenberg pronunció un discurso que «contenía numerosos extractos de sus libros», como escribiría Birchall en The New York Times, y luego se levantó Goebbels para anunciar la noticia que el jefe ideológico del partido nazi había venido esperando con sumo regodeo: Alfred Rosenberg sería uno de los primeros galardonados con el Premio Nacional de las Artes y las Ciencias de Alemania.[429] Un «estremecimiento tangible» recorrió la sala, anotó Rosenberg en su diario, y resonaron las ovaciones «con un entusiasmo unánime».[430] El premio había sido recién creado, a modo de protesta contra la decisión del Comité Nobel de conceder el Premio de la Paz de 1936 a Carl von Ossietzky, el amigo pacifista de Kempner, encarcelado por la Gestapo tres años antes. El Comité elogiaba a Ossietzky como «un ciudadano del mundo cuya causa es la libertad de pensamiento, la libertad de expresión y la libre competencia en el reino de las ideas».[431] Los nazis estaban indignados. «Es algo absurdo y fatal», declaró uno de ellos a The New York Times.[432] La respuesta de Hitler fue prohibir a los alemanes aceptar cualquier otro Premio Nobel en el futuro y crear su propio galardón rival. El Premio Nacional de Alemania iba acompañado de una rica dotación de 100 000 marcos y de una suntuosa insignia con diamantes engarzados, decorada en los bordes con las águilas nazis y en el centro con un busto en bajorrelieve de Atenea con casco, todo ello en oro. «Me siento casi avergonzado de portar una estrella tan valiosa», escribiría Rosenberg.[433] «En sus obras, Alfred Rosenberg se ha distinguido por combatir incansablemente por mantener la pureza de la ideología nacionalsocialista», seguía diciendo la declaración de Goebbels leída ante el público. «Solo las generaciones futuras serán capaces de valorar en su justa medida hasta qué punto este hombre ha influido en la configuración espiritual y la ideología del estado nacionalsocialista. El movimiento nacionalsocialista, y con él todo el pueblo alemán, se alegra con profunda satisfacción de que el Führer conceda este premio a uno de sus camaradas más antiguos e íntimos».[434] Todo el mundo tenía la sensación, anotó Rosenberg en su diario, de que el premio no era «un asunto científico», teniendo en cuenta su «lucha... encarnizada contra Roma». Según le habían dicho, el Vaticano lo había visto como una bofetada al Santo Padre. «He defendido mi obra. Cuando el Führer se ha visto obligado a contenerse oficialmente, él mismo me ha permitido seguir librando mi batalla», decía Rosenberg, cuyo ego delirante iba hinchándose más y más con cada frase que escribía.[435] Ahora tenía por fin


claro que sus posiciones —las mismas afirmaciones radicales de El Mito que Hitler había asegurado a todo el mundo que eran opiniones personales de Rosenberg— eran definitivamente las mismas que sustentaban la política del Reich. Eran ni más ni menos que «la base de toda la revolución del Führer». También todo el mundo se había sentido conmovido por aquel reconocimiento del trabajo de Rosenberg, o eso le parecía al galardonado. El propio Hitler había tenido que contener las lágrimas cuando le comunicó la noticia de antemano. «Solo usted es merecedor del primer premio del Reich. Usted es el hombre...». En el Teatro de la Ópera sus amigos no fueron capaces de contener las lágrimas. Carl Röver, gobernador de Oldemburgo y estrecho aliado de Rosenberg, se acercó al Führer y le dijo que aquel era el día más feliz de su vida. «Entonces supe que me había ganado el corazón del viejo partido», comentó Rosenberg, «que, a través de aquel gran gesto del Führer, se sentía liberado». Sobre todo le produjo un enorme placer el hecho de que fuera el propio Goebbels quien tuviera que anunciar su proclamación como vencedor. Y eso «después de que se haya empeñado tanto, empleando todas las triquiñuelas posibles (y para ello ha aprovechado su poder ejecutivo sobre los medios de comunicación)». Y eso después de decir a todo el mundo que El Mito de Rosenberg estaba condenado a desaparecer en la oscuridad más absoluta ante las protestas presentadas por el Vaticano. «Este señor se ha equivocado, tanto en este punto como en todas las cuestiones fundamentales», afirmaba Rosenberg en tono jactancioso en su diario. «Ahora ha tenido que leer en voz alta que solo el futuro será capaz de comprender realmente lo que significa A. [lfred] R.[osenberg] para la estructuración del Reich nacionalsocialista». La fama hacía que Rosenberg no cupiera en sí de gozo. Un mes después de su proclamación como ganador del premio, viajó a Friburgo para pronunciar un discurso. A su llegada se encontró la ciudad llena de guirnaldas y banderas y una multitud que lo vitoreaba en el Münsterplatz, ante el esbelto chapitel de la centenaria catedral católica. Seguramente, escribiría más tarde en su diario, la ciudad no había visto nunca nada igual: «El hereje radical y contrario a Roma, en el bastión episcopal, recibido por el pueblo como si se tratase de un rey» en la propia ciudad del arzobispo.[436] El día de su cuadragésimo quinto cumpleaños, en enero de 1938, Rosenberg recibió a Hitler en su nuevo domicilio de Berlín, situado en el acaudalado barrio de Dahlem, en una casa que, como habían hecho los demás miembros de la jerarquía nazi, había confiscado a sus antiguos propietarios


judíos.[437] El Führer se presentó con un busto de Dietrich Eckart, el hombre que los había puesto en contacto por primera vez a los dos allá por 1919. Hitler regaló además a Rosenberg una fotografía suya, en un marco de plata, con una dedicatoria que fue lo que más conmovió al homenajeado. «Para mi antiguo y más fiel compañero de lucha, Alfred Rosenberg», decía, «deseándole lo mejor por su cuadragésimo quinto cumpleaños. Con todo mi cariño, Adolf Hitler». Puede que Goebbels le entregara el premio, pero la guerra de Rosenberg con el ministro de Propaganda no cesaría. Desde 1933 Goebbels había ido enriqueciéndose más y más:[438] llevaba siempre trajes hechos a medida y sus fiestas eran de lo más suntuoso. Había trasladado su domicilio a un palacio cerca de la Puerta de Brandemburgo y se había comprado una casa de vacaciones y un yate en un lago muy exclusivo al norte de la capital. Había amasado además un grandísimo poder. Controlaba la prensa, la radio, el teatro y —su medio favorito con diferencia— la industria cinematográfica. Imaginándose que era una especie de director de unos estudios de cine, Goebbels empezó a ordenar que se efectuaran cambios en los guiones de las películas, a revisar los materiales todavía sin montar, a alternar con las estrellas de la pantalla y a tener romances con las actrices más hermosas. Durante las Olimpiadas de 1936, celebró una fiesta carísima para tres mil invitados en una isla que fue decorada para la ocasión como si fuera para una película. A los sones de la Orquesta Filarmónica de Berlín, los invitados tuvieron que cruzar un puente de pontones iluminado con farolillos. La velada, en la que se sirvieron bebidas y se bailó hasta altas horas de la noche, vino marcada por un magnífico espectáculo de fuegos artificiales. Goebbels controlaba miles de empleos, tantos que incluso aquellos que lo odiaban ni siquiera se atrevían a desafiarlo. No querían hacerse blanco de sus iras. «Se quedan ahí, mirando», se lamentaba Rosenberg, «mientras yo lucho».[439] Ni siquiera Hitler se decidía a actuar contra Goebbels, a pesar de las muchas protestas de Rosenberg por sus «flagrantes fracasos» como zar de la cultura de Alemania. Rosenberg encontraba defectos en todas las producciones de Goebbels. La Cámara de la Cultura del Reich, dependiente del ministro, organizó un espectáculo de danza con motivo de la celebración del sexcentésimo quincuagésimo aniversario de la Universidad de


Heidelberg, operación propagandística de tres días de duración con la que se pretendían acallar las alegaciones de que los nazis eran hostiles al mundo académico. Para mayor indignación de Rosenberg, en el espectáculo se interpretaron csárdás húngaras y danzas polacas, y, como decía Rosenberg en su diario, «¡claqué de negros!». «¡Llevamos años luchando contra las formas negras y ahora permitimos que estén presentes en nuestros festivales de danza!».[440] ¿Por qué —se preguntaba Rosenberg en su diario en otra ocasión— no hacía Goebbels nada por educar al pueblo alemán en los fundamentos de las teorías de los nazis sobre los judíos? Nadie parecía saber ya nada de textos trascendentales, como el Manual de la cuestión judía, de Theodor Fritsch. Rosenberg estaba totalmente de acuerdo con lo que le había dicho un compatriota suyo: «¡Si esto sigue así, algún día nuestros hijos pensarán que fuimos tontos por preocuparnos tanto por los judíos!».[441] Le preocupaba que las generaciones futuras no se dieran cuenta de que los nazis habían desbaratado el plan de los judíos para destruir Alemania y hacerse con el control del mundo. El problema de Goebbels, pensaba Rosenberg, era que estaba demasiado enfrascado en su propia personalidad, que era demasiado narcisista, estaba demasiado empeñado en que le sacaran fotos. Era un actor, «un hombre que interpreta el papel de ministro».[442] Quizá Hitler no lo viera, pero los nazis de a pie sin duda lo veían. Cuando Goebbels y Rosenberg aparecieron en una convención del partido más o menos al mismo tiempo, el público recibió a Goebbels con «cuchicheos», y su discurso «con un silencio glacial», afirmaba Rosenberg en su diario. «Aquello había sido una derrota moral... Ni el partido ni el pueblo tolerarán constantemente que alguien abuse de un modo escandaloso del poder ejecutivo para su asqueroso autobombo». En cambio, reseñaba presuntuosamente Rosenberg, sus comentarios fueron acogidos con una «larguísima ovación». La gente veía en él todo lo contrario que en Goebbels. «Me he ganado el corazón del movimiento y eso es una gran alegría, después de haber tenido que defenderme —en ocasiones pensando que era inútil hacerlo— frente al envenenamiento del partido a través de la vanidad de G». [443] Para satisfacción de Rosenberg, la carrera de Goebbels no tardaría en encontrarse en grave peligro. La cosa no tendría nada que ver con las incesantes acusaciones de Rosenberg. Sino con el matrimonio de Goebbels.


[444] El ministro de Propaganda tenía debilidad por las mujeres y suplicó a su esposa, Magda, que consintiera en que fueran una pareja abierta. Ella se negó, pero en 1936 el doctor Goebbels se enteró de que Magda se acostaba con otro jerarca nazi. El ministro de Propaganda se quedó lívido; tanto más por cuanto se enteró de todo a través de Rosenberg. Más adelante, ese mismo año, se encaprichó de una actriz cinematográfica checa de 22 años, Lída Baarová, y empezaron a tener un romance público. El marido de la joven los pilló in fraganti y la abandonó; en cuanto a Magda, desterró a Goebbels a las habitaciones de invitados de su mansión. Al cabo de dos años, cuando Goebbels propuso que tal vez un ménage à trois pudiera resolver sus tormentos conyugales, Magda corrió a visitar a Emmy Göring y a quejarse de «ese demonio con forma humana». Hermann Göring concertó una entrevista de Magda con el propio Hitler, que había sido el padrino de bodas de los Goebbels y había intensificado su intimidad con la pareja durante los primeros años de su matrimonio. Magda dijo al Führer que quería divorciarse. Hitler se negó a consentirlo, pero luego llamó a Goebbels y le exigió que pusiera fin al romance o perdería su cargo. El Führer no deseaba que estallara un escándalo en las altas esferas, pero tampoco podía permitirse el lujo de perder a su ministro de Propaganda y su retorcido talento. Goebbels accedió a regañadientes a romper con la Baarová. «La vida es tan dura y tan cruel», se quejaba el ministro en su diario. «Pero el deber está por encima de todo».[445] Magda no se dejó ablandar. En octubre de 1938, volvió a pedir permiso para separarse de Goebbels, y Hitler negoció de nuevo un alto el fuego entre los cónyuges. En Berlín, los enemigos de Goebbels presentían que estaba condenado. Himmler, el jefe de la SS, fue a visitar a Rosenberg a finales de 1938 y le comunicó que la Gestapo había recibido «docenas» de denuncias por acoso sexual contra Goebbels. Había presentado algunas de ellas a Hitler y había presionado para que el ministro de Propaganda fuera destituido. «Hoy es el hombre más odiado de Alemania», había dicho Himmler al Führer. «Antes renegábamos de los directores generales judíos que coaccionaban sexualmente a sus empleadas. Pero es que ahora el señor G. está actuando igual que ellos».[446] Rosenberg estuvo encantado de propagar aquellos rumores y acusaciones por todas partes. Él no podía entender por qué Hitler no se deshacía sencillamente de aquel


hombre. Donde tenía que estar el ministro era en la cárcel, no ocupando un puesto de la máxima responsabilidad dentro del Gobierno. «El partido ha aislado moralmente a G.», señalaba Rosenberg en su diario. «Lo desprecia». No obstante, Rosenberg podía figurarse lo que pensaba Goebbels: que iba a poder eludir las consecuencias de todo aquello. «Cree que será capaz de salir airoso y que triunfará sobre toda la parte sana». Por mucho que odiara reconocerlo, sabía también que probablemente Goebbels tuviera razón. Dos meses más tarde, en una recepción ofrecida al cuerpo diplomático, se oyó decir a Goebbels que si Hitler no aprobaba su estilo de vida, tendría que habérselo pensado mejor antes de incluirlo en su círculo más íntimo mucho tiempo atrás, en los años de lucha. Había que dejar que todo el mundo viviera su vida como mejor quisiera. «Aunque sé de sobra lo mezquino que es el doctor G.[oebbels]», decía Rosenberg al registrar aquel cotilleo, «me sorprendió mucho su franqueza».[447] Ojalá Hitler hubiera echado a Goebbels en 1924, comentaba Rosenberg en su diario, cuando el joven escritor en ciernes había encabezado una breve rebelión contra la autoridad del Führer. Los nazis se habrían salvado de su manera de actuar tan destructiva. Goebbels había hecho carrera salpicando con su «pus» a todos sus enemigos; ahora había empezado a manchar también a los más fieles dentro del partido. «Al seguir tolerando este carácter purulento», se lamentaba Rosenberg, «estamos provocando el inicio de la descomposición de nuestra revolución». El asunto de Goebbels no fue más que un entretenimiento menor en un año trascendental que vio cómo Hitler conducía a Alemania de forma irremediable y decisiva hacia la guerra mundial. A finales de 1937 el Führer ordenó a sus generales que se prepararan para invadir Checoslovaquia y Austria. Ya había puesto el Sarre y Renania bajo su control, y ahora aspiraba a hacer lo mismo con los territorios de lengua alemana del este. Debían formar una especie de colchón estratégico y convertirse en fuente de mano de obra y de materias primas para el Reich. En una reunión celebrada en el mes de noviembre, Hitler dijo a los responsables del ejército y de la política exterior del país que «el objetivo de la política alemana era asegurar y preservar la estirpe racial y hacer que creciera. Era por consiguiente una cuestión de espacio».[448] Eso significaba que había


que lanzarse al ataque; quizá ya el año próximo. Los jefes del ejército se opusieron: cualquier intento de anexionarse a sus vecinos por la fuerza significaría con toda seguridad una guerra con Francia e Inglaterra. Aunque Alemania había emprendido su rearme hacía años, el país todavía no estaba preparado para otra guerra contra las grandes potencias de Occidente. Pero lo cierto es que pronto Hitler no tendría que preocuparse de aquellas objeciones internas. Cuando el ministro de Asuntos Exteriores, Konstantin von Neurath, aquella rémora de los tiempos de Hindenburg, empezó a hacer advertencias desesperadas al respecto, Hitler decidió por fin sustituirlo. Pero no por Rosenberg, sino por un hombre más maleable, Joachim von Ribbentrop. Y a continuación aprovechó unos cuantos escándalos para quitar de en medio a la cúpula militar del país. A comienzos de 1938, el mariscal Werner von Blomberg, ministro de la Guerra y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, se había casado con su secretaria, Margarethe Gruhn. Él era viudo y ella treinta y cinco años más joven. Mientras los recién casados salían de viaje a Capri para pasar su luna de miel, se recibieron ciertas llamadas anónimas que dieron lugar a una investigación acerca del pasado de la señorita Gruhn: resultó que la joven había sido prostituta y había posado como modelo de fotografías pornográficas. Göring presentó los expedientes a Hitler, que estalló preso de un ataque de cólera e, incluso una vez calmado, decidió destituir al mariscal. Al mismo tiempo el Führer recordó que le habían mostrado unos documentos que dejaban en muy mal lugar al general Werner von Fritsch, el comandante en jefe del ejército y el candidato más probable a suceder a Blomberg. Según el expediente compilado por la policía secreta de Himmler y presentado al Führer, Fritsch había sido descubierto in fraganti manteniendo relaciones homosexuales y durante varios años había accedido a pagar a unos chantajistas con tal de mantener el asunto en secreto. «¡Un montón de mentiras repugnantes!», exclamó Fritsch cuando le presentaron los cargos, pero al final él también fue obligado a dejar su puesto. De una tacada Hitler destituyó a otros doce generales, cambió de destino a otros cincuenta y uno y luego asumió personalmente el mando de las Fuerzas Armadas del Reich. Inmediatamente echó mano al ejército como instrumento de intimidación diplomática. El 12 de febrero de 1938 Hitler mandó llamar al canciller


austríaco Kurt von Schuschnigg al Berghof, la residencia de montaña del Führer, cerca de la localidad de Berchtesgaden, al sur de Baviera. Schuschnigg se encontró al dictador alemán rebosante de energía frenética. [449] Hitler lo amenazó con invadir su país si el canciller no firmaba un documento por el que accedía a entregar a los nazis el control casi absoluto de Austria. En un primer momento Schuschnigg capituló, pero el 9 de marzo convocó un plebiscito sobre el mantenimiento de la independencia de Austria respecto de Alemania. Hitler, totalmente fuera de sí, envió tropas alemanas a la frontera, el Gobierno de Schuschnigg cayó y el 12 de marzo el Führer entró en el país que lo había visto nacer como héroe y conquistador. En abril se celebraron en ambos países sendos plebiscitos sobre la anexión de Austria. Los ciudadanos austriacos que se negaron a votar o decidieron votar «no» fueron acosados, recibieron palizas y fueron obligados a desfilar con un cartel que los tachaba de traidores, o incluso fueron internados en manicomios. Como consecuencia de la campaña de intimidación y de manipulación de los votos, finalmente pudo anunciarse que el 99,75 por ciento de los austríacos deseaban que su país pasara a formar parte de Alemania.[450] Envalentonado por aquella ocupación conseguida sin derramamiento de sangre, Hitler dirigió su atención hacia Checoslovaquia, donde había tres millones de ciudadanos de etnia alemana viviendo en una región del oeste del país conocida como los Sudetes. Espoleado por los nazis de Alemania, el líder del Partido de los Alemanes de los Sudetes emprendió una campaña de agitación para obtener concesiones del Gobierno checoslovaco; a primeros de 1938, exigió ni más ni menos que la secesión de su región. Mientras tanto, Hitler, que deseaba la totalidad de Checoslovaquia, ordenó a sus generales que se prepararan para la invasión, al tiempo que él buscaba algún pretexto más o menos plausible que le permitiera recurrir a su ejército sin provocar un escándalo internacional. En el mes de mayo dijo en privado a sus generales que «mi voluntad inquebrantable es que Checoslovaquia sea borrada del mapa». En público, sin embargo, decía que solo quería integrar a la población de los Sudetes —que insistía en que vivía aterrorizada por los checos— en la seguridad del Tercer Reich. Inglaterra y Francia no pusieron objeciones. Los dos países estaban más interesados en evitar una guerra que en hacer frente al dictador y, de ese modo, a finales del mes de septiembre, tras varias semanas de tensas negociaciones con un Hitler cada vez más desquiciado, accedieron


en una conferencia celebrada en Múnich a la ocupación de los Sudetes por los nazis. «Creo», declaró el primer ministro británico Neville Chamberlain desde la ventana de su residencia del 10 de Downing Street a propósito de los acuerdos de Múnich, «que se trata de paz para nuestra época».[451] Cinco semanas después, liberados de las veleidades de la opinión pública internacional, los nazis se lanzaron contra su gran enemigo interno. Hasta ese momento, la campaña contra los judíos se había basado no tanto en ataques físicos cuanto en maniobras legales de varios tipos. En 1938, una nueva serie de medidas discriminatorias vino a aislar todavía más de la vida económica de Alemania a los judíos.[452] En adelante los hebreos estaban obligados a declarar todos sus bienes; luego, se les permitiría retirar de sus cuentas bancarias solo unas cantidades limitadas, y además únicamente con el correspondiente permiso burocrático. Además estaban obligados a identificar públicamente sus comercios con un letrero que dijera que eran propiedad de judíos. Y también estaban obligados a llevar nombres judíos «reconocibles», o, de lo contrario, a añadir a sus nombres legales «Sara» en el caso de las mujeres, o «Israel» en el de los hombres. Finalmente diversas medidas reglamentarias dieron paso a la violencia directa después de que un polaco llamado Herschel Grynszpan entrara en la embajada de Alemania en París el 7 de noviembre de 1938 y matara a tiros a un diplomático.[453] Estaba indignado por el hecho de que sus padres hubieran sido deportados de Alemania. Dos días después, cuando murió el diplomático, Goebbels, Hitler y el resto de la jerarquía nazi se reunieron en Múnich para asistir a la celebración anual del Golpe de Estado de la Cervecería de 1923. No estaban dispuestos a dejar escapar la oportunidad. El Führer ordenó que se tomaran inmediatamente represalias contra los judíos de Alemania: había que quemar sus sinagogas, destruir sus propiedades y detener a cuantos hombres fuera posible desde el punto de vista logístico. Pero eso sí, era muy importante hacer que pareciera que se trataba de una rebelión espontánea del pueblo enfurecido contra los judíos. Goebbels reunió a los líderes del partido y les informó del fallecimiento del diplomático. —Camaradas —exclamó—, no podemos permitir que este ataque de la judería internacional quede sin respuesta. Debe ser vengado.[454]


Inmediatamente se transmitió por teléfono la orden a lo largo y ancho del país, desde los jerarcas del partido hasta las sedes regionales y por último a las unidades de tropas de asalto (SA) y a las sedes menores del partido. A las doce menos cinco de la noche del 9 de noviembre se envió un télex a todas las jefaturas de policía de Alemania con una orden de Hitler. En breve iban a producirse ataques contra las propiedades de los judíos. La violencia no debía ser detenida a menos que comportara saqueos u «otros excesos especiales». Los nazis, generalmente vestidos de paisano, se echaron a la calle y atacaron más de mil sinagogas en todo el país. No se detuvieron ahí. Fueron por las calles rompiendo los escaparates de las tiendas que fueran propiedad de judíos y destruyendo todo lo que hubiera en su interior. Los domicilios de los hebreos recibieron el mismo trato. En algunos lugares, los cementerios judíos fueron profanados. Un orfanato judío fue saqueado y los niños acogidos en él se vieron obligados a arreglárselas por su cuenta. Unos judíos fueron obligados a ponerse a bailar en pijama delante de un centro de culto mientras los nazis los regaban con una manguera. Cientos de personas fueron asesinadas. En Oberlustadt —la localidad de la que había logrado escapar en 1937 el abuelo del archivero jefe del Museo del Holocausto, Henry Mayer—, los nazis utilizaron una azada de sacar patatas para derribar la puerta de entrada de la sinagoga.[455] Una multitud armada con hachas y otras herramientas irrumpió en su interior. Empezaron a sacar del arca los rollos de la Torá, los arrojaron al patio y les prendieron fuego, junto con los bancos, que previamente habían hecho pedazos. Algunos desenrollaron los pergaminos y fingieron que recitaban los textos hebreos, mientras sus correligionarios bailaban alrededor de la hoguera canturreando Hokuspokus!(3). Un agente de la policía municipal del pueblo echó gasolina al pie de la escalera que subía a la tribuna del coro y la sinagoga no tardó en ser pasto de las llamas. Luego la chusma se puso a desfilar por las calles de la localidad y arremetió contra la pequeña comunidad judía. La gente del pueblo, incluidos chicos y chicas de las Juventudes Hitlerianas y de la Liga de Muchachas Alemanas, se plantó delante de la casa de los primos de Heinrich, Salomon y Elise Frank, y rompió a golpes los postigos y los cristales de las ventanas. Los nazis se metieron como bárbaros en su casa y lo destrozaron todo a hachazos. Rompieron los muebles y los platos y sacaron a toda la familia a la calle, donde la emprendieron a porrazos


con Salomon, que estaba impedido. El hermano de este, Jacob Frank, habría debido estar en casa aquel día celebrando el cumpleaños de su esposa con sus hijas, Irma y Martha. Pero la policía había ido a buscarlo por la mañana y las mujeres eran las únicas que habían quedado para defender la casa. Martha intentó cerrar la puerta para impedir el paso a los asaltantes, pero la multitud forzó la entrada. La joven perdió varios dientes como consecuencia de los golpes y salió corriendo hacia el interior perseguida por aquella cuadrilla de maleantes. Después de echar la puerta abajo, los nazis cortaron las patas del sofá, rajaron la tapicería y la emprendieron a hachazos con las mesas y las sillas. Arrancaron las lámparas, arrojaron la ropa de cama a la calle y vaciaron la alacena de frutas y verduras. Las mujeres, aterrorizadas, corrían de habitación en habitación en busca de refugio, hasta que finalmente se vieron obligadas a salir huyendo. Lograron llegar al pajar de Salomon, donde encontraron una carreta. Metieron en su interior a Salomon, llevaron el vehículo a rastras hasta la estación de ferrocarril y huyeron a la ciudad de Karlsruhe. Los judíos varones de Oberlustadt habían sido detenidos aquella misma mañana y todos, menos el anciano Salomon, habían sido enviados a Dachau, el campo de concentración situado en las cercanías de Múnich. Esa semana fueron enviados a distintos campos de concentración treinta mil individuos. [456] En Dachau, los nuevos prisioneros fueron obligados a permanecer de pie en medio del frío, sin moverse. Al que se salía de la fila le propinaban una brutal paliza. Como sus nuevos alojamientos carecían de camas, la gente tenía que acostarse directamente en el suelo cubierto con una fina capa de paja. Mientras tanto, en Múnich, Goebbels celebraba el acontecimiento que se conocería como la Kristallnacht, la «Noche de los Cristales Rotos». «Mientras me dirijo al hotel», reseñó Goebbels en su diario, «suenan los cristales de las ventanas al romperse. ¡Bravo! ¡Bravo!».[457] Unos días más tarde diría al mundo entero que había sido una rebelión antisemita espontánea y que las autoridades habían hecho todo lo que había estado en su mano para impedir los desmanes de aquella noche. Con el retorcimiento típicamente cruel de los nazis, se impidió a los judíos cobrar de sus seguros cualquier indemnización por los daños sufridos y, en castigo por el asesinato del diplomático en París, se les ordenó pagar una multa colectiva que Göring fijó en 1000 millones de marcos del Reich. Como encargado de que la economía alemana siguiera la senda debida, quedó


horrorizado cuando se enteró de que los desmanes de los nazis habían destruido en las tiendas de los judíos bienes por valor de varios millones de marcos del Reich. «Habría preferido que matarais a palos a doscientos judíos», dijo, «antes que acabar con unos bienes tan valiosos».[458] Rosenberg se quejaría de eso mismo refiriéndose a la Kristallnacht. No sentía la menor compasión por los judíos que habían perdido sus hogares y sus sinagogas, su libertad y sus vidas, pero opinaba que el pogromo había sido un estallido emocional excesivo e innecesario, que no había contribuido apenas a que los nazis alcanzaran su objetivo primordial, esto es, que Alemania se deshiciera de los judíos. Le preocupaban además los costes económicos de la destrucción ocasionada por las hordas de vándalos y echaba la culpa de todo ello a su chivo expiatorio de costumbre. «Daños a la propiedad pública: casi dos campañas del Winterhilfswerk. O sea, ¡seiscientos millones!», reseñaba en su diario. El Winterhilfswerk («Auxilio Invernal») era una recaudación anual de fondos para suministrar alimentos y ropa de abrigo a los pobres. «Sí, ahora le echarán la culpa a otros. Y nosotros tenemos que pagar por todo lo que hace G. Es tremendo».[459] Para los judíos del Reich, la Kristallnacht fue el acontecimiento que acabó finalmente con toda esperanza de poder quedarse en Alemania. La hora de la paciencia había terminado. Sus compatriotas no iban a derrocar a Hitler y la época de la tolerancia no iba a volver. Las diatribas de Rosenberg y los discursos de Goebbels ya no podían seguir siendo tachados de mera palabrería. Los nazis querían que los judíos desaparecieran, y si no estaban dispuestos a marcharse ellos solitos, serían expulsados de sus hogares a la fuerza. Durante los diez meses siguientes, más de cien mil judíos huirían del país. Pero todavía quedarían más del doble.


13 Fuga

Instantánea del río Hudson y del Empire State Building tomada por los Kempner a su llegada a Estados Unidos a bordo del transatlántico Nieuw Amsterdam el 1 de septiembre de 1939 (U. S. Holocaust Memorial Museum, por cortesía de Robert Kempner).

En Niza, los refugiados del Istituto Fiorenza pasaban los días buscando alguna manera de salir de allí. Fue una época tremendamente desesperante para todo el mundo. Como diría uno de ellos, lo que se necesitaba en aquellos momentos era una actitud realista, amigos dispuestos a ayudar y suerte.[460] «Cada uno de nosotros espera, con el reloj en la mano, hasta que alguno, hombre o mujer, pueda marcharse a otro país», escribía Walter Hirsch, un profesor que se encontró sin trabajo cuando se deshizo la escuela, en una


carta a un amigo. Su situación era, de momento, «soportable». Las clases particulares le permitían pagarse los cigarrillos y poner suelas nuevas a los zapatos. Pero le daba miedo el futuro. «Recientemente he sufrido tantas decepciones», decía, «tantas muestras de desprecio, de mezquindad, de incomprensión y de rechazo cuando necesitaba ser comprendido, que me he vuelto amargado y me siento aturdido».[461] El 21 de octubre de 1938, al cabo de siete semanas de su llegada a Francia con visados provisionales, Robert y Ruth Kempner fueron despojados formalmente de su ciudadanía alemana.[462] No podían volver a Berlín, pero tampoco podían quedarse permanentemente en Niza. Así que se pusieron a buscar un empleo que les permitiera trasladarse a Estados Unidos. Kempner estableció contacto con algunos colegas del otro lado del Atlántico para que le encontraran algún puesto en la universidad y fue acumulando cartas de recomendación de amigos y aliados. Se presentaba como experto en gestión de los servicios de policía, profesor universitario de Derecho Administrativo y escritor. Una de las recomendaciones que había recibido de unos antiguos colegas elogiaba su «valor a la hora de hacer frente al desafío del nacionalsocialismo».[463] Entre las personas a las que escribió Kempner estaba la decana de la Facultad de Medicina para la Mujer de Pensilvania, donde su madre había dado clases durante una breve temporada varias décadas antes de regresar a Berlín para casarse y trabajar a las órdenes de Robert Koch; su retrato seguía colgando del Departamento de Bacteriología del centro. La decana lo puso en contacto con Stephen Sweeney, director del Instituto de Gobierno Local y Estatal de la Universidad de Pensilvania. Sweeney le escribió diciendo que estaría encantado de tener a Kempner en su facultad, pero solo si él estaba «dispuesto a venir a este país sin ningún compromiso por nuestra parte» y aceptaba unos «honorarios» de apenas unos cientos de dólares.[464] Kempner contestó en el mes de diciembre aceptando la oferta. En realidad el salario no tenía «gran importancia», decía en su carta, pues tenía medios para mantenerse de momento. Por esa misma época dijo a otro corresponsal que tenía «varios cientos de miles de francos», tal vez el equivalente a unos 100 000 dólares actuales.[465] Lo que necesitaba era una carta confirmando que el Instituto iba a pagarle. De ese modo podría solicitar un visado que no estuviera sometido a las cuotas de inmigración de Estados Unidos, que limitaba el número de alemanes que podían ser admitidos cada año. «Sin ese visado exento de cupo tendría que esperar varios años hasta poder


trasladarme a Norteamérica, pues la cuota de alemanes está congestionada», decía Kempner. «Espero que me dé una oportunidad... Aguardo su respuesta con impaciencia».[466] Mientras tanto, los Kempner pidieron ayuda a un amigo de la familia residente en Filadelfia, Otto Reinemann, que había emigrado de Alemania en 1934 y había obtenido un puesto en el sistema municipal de tribunales de justicia de la ciudad. Reinemann prometió interceder en su favor ante quien fuera preciso en Filadelfia. Mientras esperaba, Kempner intentaba jugar todas sus cartas. En igualdad de condiciones, prefería quedarse en la Costa Azul que desarraigarse por completo y trasladarse a Estados Unidos. Peiser y él pasaron el otoño y el invierno de 1938-1939 tratando de reabrir su escuela en Niza. Pidieron ayuda económica al American Jewish Joint Distribution Committee (Comité Conjunto Judeoamericano de Distribución), el «Joint», encargado de recaudar dinero para ayudar a los judíos acorralados en Europa.[467] Con la ayuda de Kurt Grossman, el periodista que había sido secretario general de la Liga Alemana de Derechos Humanos, la organización pacifista de Berlín antes de que los nazis llegaran al poder, el internado recibió 21 000 francos franceses. [468] Eso les ayudó a mantener a los diez alumnos que habían huido con ellos de Italia. Todavía podían encontrar decenas de padres de familia judíos de Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Austria e Italia, que, en vista del peligro, estuvieran dispuestos a enviar a sus hijos a Niza, costara lo que costara. El problema era que los muchachos no podían conseguir visados; en Francia el papeleo llevaba meses enteros.[469] Kempner escribió a la Liga de los Derechos del Hombre de París, pidiendo ayuda para conseguir visados para «esos desgraciados muchachos cuyos padres en muchos casos están en campos de concentración, o son torturados de la manera más espantosa». [470] Una vez comprobado que conseguir visados era difícil, cuando no imposible, Kempner y Peiser intentaron centrarse en los hijos de emigrantes refugiados ya en Francia. Pusieron anuncios en periódicos franceses y suizos ofreciendo sus servicios a los alumnos que los necesitaran y, cuando en diciembre de 1938 el ministro de Asuntos Exteriores francés, Georges Bonnet, propuso la creación en su país de una organización que se ocupara de los huérfanos de judíos alemanes, Kempner instó a Grossman a que recomendara su escuela al nuevo comité. «Muévase usted», decía en su carta,


«y la recompensa no tardará en aparecer».[471] Kempner pidió a un académico pacifista llamado Emil Gumbel, un catedrático de Matemáticas que, tras ser expulsado de la Universidad de Heidelberg, había emigrado a Francia, concretamente a Lyon, y que por entonces presidía un comité de ayuda a los refugiados, que le proporcionara cualquier pista. Gumbel le advirtió que nadie le daría dinero para que diera clases y alojamiento a unos chicos.[472] Kempner no se dejó amedrentar y escribió a los comités de refugiados de Francia e Inglaterra ofreciendo los servicios de su escuela por 600 francos al mes, equivalentes a unos 350 dólares de hoy día.[473] Explicó ante un comité de refugiados con sede en Niza que conocía a algunos judíos acaudalados de la ciudad —unos emigrantes, otros gentes de paso originarias de Estados Unidos y Gran Bretaña— que quizá se animaran a donar grandes cantidades de dinero para la educación de los hijos de los refugiados. Mientras que los administradores del internado intentaban encontrar alumnos, en Gran Bretaña los activistas se esforzaban por organizar los Kindertransporte, una campaña destinada a salvar a los niños judíos del peligro nazi que los amenazaba en el continente. Pero el tono de sus cartas indicaba que Kempner estaba más interesado en asegurarse un medio de vida que en ayudar a resolver la crisis humanitaria que se avecinaba, y de hecho cuando a comienzos de 1939 las perspectivas de encontrar trabajo en el extranjero le parecieron prometedoras, abandonó enseguida su campaña de reconstrucción del internado. Por el contrario, empezó a buscar a alguien que asumiera la responsabilidad de los alumnos que habían huido de Bordighera con él. «¿Le interesaría a usted ponerse al frente de una pequeña casa con diez chicos judíos originarios de varios países[474], que en estos momentos ofrece una vida muy confortable y muchas probabilidades de expansión?», decía en una carta enviada a un antiguo colega residente en París. «El doctor Peiser y yo esperamos la obtención de contratos en América».[475] En la primavera de 1939, mientras Kempner buscaba una salida, los países vecinos de Alemania iban cayendo uno tras otro y la guerra acechaba en el horizonte. Primero, las maquinaciones de los nazis provocaron la separación de los eslovacos de Checoslovaquia y su sometimiento a la protección de Alemania. Luego los propios checos agacharon la cerviz al término de una reunión en plena noche entre Hitler y el presidente Emil Hácha, en el curso de la cual el


dictador alemán comunicó que su ejército había comenzado ya la invasión del país y que la Luftwaffe tomaría los aeródromos checos en pocas horas.[476] El Führer ofreció a Hácha dos opciones: o rendirse o hacer frente a unas consecuencias sangrientas. El líder checo perdió el conocimiento debido a la tensión y no lo recobró hasta que el médico de Hitler le inyectó un medicamento; entonces firmó la entrega de su país a los alemanes. El 15 de marzo de 1939, al acabar el día, Hitler durmió ya en el antiguo castillo de Hradčany de Praga, desde donde habían gobernado el país reyes, emperadores y últimamente los presidentes de la República. A continuación, Hitler empezó a presionar a Polonia.[477] Su objetivo primordial era crear un Lebensraum o «espacio vital» para los alemanes y su vecino del este tendría que hacerle sitio. Una vez más, encontró un pretexto para la invasión. Al término de la Primera Guerra Mundial, Polonia había obtenido un «corredor» hacia el mar Báltico cortando el estado alemán de Prusia por la mitad. Prusia Oriental era en aquellos momentos una isla alemana rodeada por Polonia, Lituania, el mar Báltico y una ciudad portuaria de población mayoritariamente alemana, Danzig —la actual Gdansk, en Polonia—, que había sido declarada «ciudad libre» bajo la protección de la Sociedad de Naciones. Los nazis consideraban toda aquella situación inaceptable y exigieron que Polonia entregara Danzig y permitiera a Alemania construir una autopista y una línea férrea a Prusia Oriental. Los polacos se negaron y cuando el primer ministro británico Chamberlain anunció el 31 de marzo que Inglaterra estaba dispuesta a garantizar la soberanía de Polonia, Hitler explotó lleno de cólera. —¡Voy a prepararles un guiso que se les va a atragantar! —farfulló en la intimidad de su despacho de la Cancillería del Reich. Al cabo de unos días había aprobado ya un plan de guerra para aplastar a Polonia. Tres semanas después, el 28 de abril de 1939, Hitler apareció ante el Reichstag para pronunciar un discurso en respuesta al telegrama de Franklin D. Roosevelt en el que el presidente norteamericano le pedía que garantizara a los vecinos de Alemania que no iba a atacarlos. En un discurso dirigido a una audiencia mundial, el Führer insistió en las intenciones pacíficas de Alemania. No tenía planes de guerra contra ningún país, dijo. «He devuelto al Reich las provincias que nos fueron robadas en 1919», tronó Hitler. «He traído de nuevo a su país natal a millones de alemanes a los que nos habían arrancado y que se sentían profundamente infelices... y me he esforzado por hacer todo esto, señor presidente, sin derramar sangre y en consecuencia sin


acarrear ni al mío ni a ningún otro pueblo el sufrimiento de la guerra». Eso fue lo que dijo. Pero las cosas estaban a punto de cambiar. El ejército de Hitler pasó el verano de 1939 preparándose para lanzar una gran novedad en el terreno bélico: el Blitzkrieg o «guerra relámpago». A finales de la primavera de 1939 el empleo de Kempner en una universidad de Estados Unidos todavía seguía sin concretarse. En mayo, Kempner escribió una carta a Sweeney, de la Universidad de Pensilvania, diciéndole que empezaba a estar desesperado: su visado de tránsito a Francia estaba a punto de caducar. «Me enfrentaré a gravísimas dificultades si no logro entrar en Estados Unidos en un tiempo muy breve».[478] Sweeney recibió además otras cartas en nombre de Kempner, una de Peiser, que había logrado abandonar Europa en el mes de mayo tras obtener un empleo como profesor en Atlanta, y otra del hermano de Kempner, Walter, que enseñaba en la Universidad Duke. Kempner escribió también repetidas cartas a Reinemann, pidiéndole insistentemente ayuda. Su esposa y él no podían seguir esperando mucho tiempo. Las autoridades francesas les habían hecho pasar muy mal rato cuando habían pedido una breve ampliación de sus visados de tránsito, y habían obtenido ese margen de maniobra solo porque Ruth tenía que someterse a una operación de apendicitis y habría de permanecer en el hospital doce semanas. El problema era que Sweeney ofrecía a Kempner muy poco dinero, en total solo unos pocos cientos de dólares. Para poder conseguir un visado no sujeto a cupo, Kempner necesitaba demostrar que la facultad le pagaría un sueldo que le permitiera vivir, al menos de 200 dólares al mes, durante dos años. Para soslayar semejante requisito, Kempner recurrió a una trampa financiera. Si el Instituto podía inflar su oferta de salario sobre el papel, decía en una carta a Sweeney en el mes de mayo, «unos amigos míos» podrían «entregar en depósito la diferencia» y reembolsárselo a la universidad.[479] Lo que en realidad planeaba Kempner era pagar por adelantado la mayor parte de su propio «salario» transfiriendo su dinero a un tercero, que luego lo donaría a la universidad. Sweeney se mostró dispuesto a aceptar aquella estratagema tan poco ortodoxa y Kempner se puso a buscar un «fiador» que se encargara de la transacción. Reinemann, su amigo, preguntó a la decana de la Facultad de Medicina para la Mujer si estaría dispuesta a hacerlo, pero la


buena señora se negó. Si tenía que hacer un favor a alguien, preferiría que fuera a una mujer. Recurrieron entonces a Wilbur Thomas, cuya organización, la Carl Schurz Memorial Foundation, trabajaba para fomentar la mejora de las relaciones entre alemanes y americanos. El señor Thomas accedió a su petición y el 9 de junio, una vez puestas de acuerdo todas las partes, Reinemann envió un cable a Kempner, en Niza, diciéndole que le girara el dinero.[480] A la mañana siguiente, Kempner envió un telegrama a Filadelfia: «Transferencia bancaria iniciada, mil gracias».[481] Reinemann le contestó diciéndole que el contrato iba ya de camino. «Recibimos así la oportunidad de empezar una nueva fase de nuestras vidas», respondió Kempner, dando las gracias a su amigo por su incansable labor de intercesión en su nombre.[482] El contrato llegó el 21 de junio. Al día siguiente, los Kempner fueron al consulado a rellenar los papeles. Para asegurarse de que todo se desarrollaba sin contratiempos, Kempner llevaba un folio de papel en el que había escrito a máquina los puntos a tratar. «¿Cómo está usted?», decía la nota. «He recibido un nombramiento como profesor de la Universidad de Filadelfia y le ruego que me facilite un visado exento de cupo. Traigo aquí todos mis papeles y creo que está todo en regla». [483] Cinco días después, ya tenían en su poder los papeles: para ellos, para la madre de Ruth y para Margot Lipton, la amante de Kempner. Las cartas enviadas a su amigo de América rebosaban entusiasmo e inquietud a un tiempo, al tiempo que las cuestiones vitales daban paso a otras de índole más práctica. ¿Podía usarse en Estados Unidos un aparato de radio europeo? ¿Podía recomendarles un hotel hasta que encontraran piso? ¿Cuánto podía costar un piso de dos o tres dormitorios en un buen barrio de Filadelfia? ¿Tendría balcón? Habían tenido que dejar todos sus muebles en Florencia; ¿podrían alquilarlos en América? ¿Quería Reinemann que le llevaran algo de Europa? Pero aquellos días no estuvieron exentos de tristeza. Cierta amargura amenazaba con teñir de negro su alegría. A lo largo del tortuoso camino que había de conducirlo de Berlín a Filadelfia, Kempner sufrió una transformación: el próspero funcionario de alto rango provisto de inmejorables relaciones se convertiría en un ayudante de investigación en


apuros, en un inmigrante totalmente desconocido. Por lo pronto ya había perdido su trabajo, su residencia familiar, sus muebles y buena parte de sus ahorros. Los nazis le habían arrebatado prácticamente todo, excepto la vida. Ahora, cuando se disponía a emprender la fuga definitiva, Kempner iba a dejar tras de sí más todavía: sus hijos. En marzo, Lipton había dado a luz a André. Incapaz de conseguir de momento un visado para la criatura, decidieron dejarlo al cuidado de un centro de acogida de Niza y esperar que todo saliera bien. Mientras tanto, Lucian seguía atrapado en Alemania y, como bien sabía su padre, continuaba en grave peligro.[484] Los Mischlinge, los judíos de sangre mixta, habían quedado exentos de las disposiciones discriminatorias previstas por las Leyes de Núremberg, pero como decía a Kempner un amigo en una carta de 1938, «a la larga no va a haber futuro en Alemania para el que sea medio judío». [485] En julio de 1939, poco después de recibir sus visados, Kempner envió una carta llena de resignación a su hijo atrapado en Alemania. «Querido Lucian», empezaba diciendo. «Vas a cumplir ya 16 años y me gustaría expresarte mis mejores deseos de felicidad por tu cumpleaños. Sobre todo que tengas de nuevo la suerte de vivir en un país libre, como una persona libre, con igualdad de derechos, en el que puedas trabajar donde quieras sin estar sometido a ninguna limitación por tu raza o por tu religión. Este deseo mío, no me cabe la menor duda, se cumplirá un día, y entonces tendré la felicidad de volver a tenerte como hijo. La realización de este deseo será durante toda tu vida más importante que los pequeños deseos materiales que hoy no puedo hacer realidad para ti lo mismo que siempre hice, pues, como sabes, el Tercer Reich me ha despojado de todo, del modo habitual que lo ha hecho con todos los no arios o los desafectos políticos. No sé dónde estarás celebrando este año tu cumpleaños y tampoco sé si esta carta será interceptada por algún criminal, pero nada de eso importa. Aun así estoy contigo en espíritu, con mis pensamientos y con todo lo que siento por ti, unos sentimientos que, pese a todo lo que me han hecho, siguen siendo los mismos de siempre. No olvides que esta lucha en la que estoy enzarzado es por amor a ti, no por motivos egoístas, sino porque, como padre tuyo que soy, sé mejor que todos los que pretenden dejarte vegetar en el Tercer Reich lo que significa ser judío, no ario; ser un Mischling».[486] A finales de agosto, Kempner y su entorno se dirigieron a la ciudad portuaria de Boulogne-sur-Mer, en el norte de Francia, al borde del Canal de


la Mancha, y embarcaron en el buque insignia de la Holland America Line, el Nieuw Amsterdam, un veloz crucero a vapor de lujo, que había entrado en servicio un año antes.[487] Cuando el enorme transatlántico de doscientos treinta y un metros de eslora, de cuyas rayas verdes y doradas salía un vapor oscuro, zarpó rumbo a Estados Unidos, Kempner no tenía ni idea de cuándo volvería a ver a sus hijos; ni siquiera sabía si los volvería a ver. Una semana más tarde, el buque entró en el puerto de Nueva York y atracó en el muelle situado al final de la Calle 5 de Hoboken. La terminal estaba atestada de americanos que saludaban a los familiares y amigos que llegaban haciendo señales con la mano y dando voces. Los Kempner reunieron sus maletas, desembarcaron y tomaron un autobús que cruzó el río Hudson y los llevó a Manhattan. Tres años después de abandonar Berlín, estaban por fin seguros. Era el 1 de septiembre de 1939. Ese mismo día, por la mañana, Adolf Hitler había lanzado a sus ejércitos por Europa y había desencadenado la guerra más mortífera que ha conocido el mundo.


EN GUERRA 1939-1946


14 La carga de lo que está por venir

Rosenberg recibe a Hitler en su residencia del barrio berlinés de Dahlem el día de su cuadragésimo quinto cumpleaños (SZ Photo/Scherl/The Image Works).

No lo vio venir. Alfred Rosenberg se enteró por la radio de aquella noticia trascendental en el mismo momento que el resto de la población alemana, justo antes de la media noche del 21 de agosto de 1939: su amado Führer iba


a firmar la paz con el enemigo más odiado de Rosenberg, la Unión Soviética. Hitler se disponía a enviar a Moscú una delegación encabezada por el ministro de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentrop, para que concluyera un pacto de no agresión. La sola idea de aquello —el odioso Ribbentrop levantando la copa y brindando en el Kremlin con Iósif Stalin— hacía que se le revolvieran las tripas. Probablemente ningún jerarca del Tercer Reich se sintiera más desolado que Rosenberg al enterarse del pacto. Se había pasado veinte años tocando el timbre de alarma y avisando de su «delincuencia judía».[488] Había sido la obra de su vida. Era y sería siempre el elemento central de toda su ideología política. ¿Y ahora qué se suponía que debía hacer? ¿Tragar lo que hiciera falta y obedecer? Sin duda, aquel no era el Hitler de Mi lucha, el que había escrito que el espacio vital de los alemanes solo podría conseguirse a expensas de la Unión Soviética y de sus territorios, y el que había ridiculizado la idea de una alianza con los bolcheviques. «Es preciso no olvidar nunca que los dirigentes de la Rusia actual son vulgares criminales sanguinarios y que se trata de la escoria de la humanidad, que, favorecida por las circunstancias, en una hora trágica, derribó a un gran estado».[489] Sin duda, el de ahora no era el mismo hombre que había lanzado esta dura advertencia: «La lucha contra la bolchevización judía del mundo exige una actitud clara con relación a la Rusia Soviética. No se puede ahuyentar al Diablo con Belcebú».[490] Seguramente aquel no era el Führer que había dicho a Rosenberg, unos años antes, que los nazis no podrían cooperar nunca con la Unión Soviética, ese auténtico nido de ladrones, «porque no es posible prohibirle al pueblo que robe y, al mismo tiempo, mantener una relación de amistad con los ladrones». El envío de Ribbentrop a Moscú para concluir un pacto con los soviéticos representaba para los nazis «una ofensa moral para la lucha que libramos desde hace veinte años», decía lleno de furia Rosenberg en su diario. «Tal vez la historia permita entender algún día si la situación a la que se acaba de dar lugar es la que tenía que llegar».[491] Solo cabía esperar que se tratara de una nueva jugada estratégica genial del Führer, una alianza de conveniencia momentánea antes de que Alemania volviera al plan a largo plazo que Rosenberg había trazado desde el principio, que no era precisamente cortejar a los comunistas, sino aniquilarlos. Necesitaba ver a Hitler. Necesitaba entender lo que había pasado.


El pacto había sido consecuencia de los planes que abrigaba Hitler de invadir Polonia. Mientras sus generales elaboraban los planes militares, el Führer empezó a allanar la vía diplomática. No deseaba enzarzarse en una guerra con Inglaterra en el oeste —todavía no— y no podía permitirse el lujo de una confrontación con la Unión Soviética en el este. Preocupado por su situación geopolítica, el dictador alemán consultó a su ministro de Asuntos Exteriores, un individuo que, a juicio de casi todo el mundo, excepto de Hitler, carecía de la agudeza diplomática y de la sensatez política necesaria para tratar cuestiones de semejante trascendencia. Hasta Rosenberg, que no era precisamente un maestro del tacto, podía darse cuenta. «No es ningún secreto para nadie que él mismo, al actuar con tanta vanidad y arrogancia, se tira piedras contra su propio tejado», reseñaba en 1936. «En las cartas dirigidas a él he hecho comentarios sobre la actitud que ha adoptado tan pronto como el sol ha empezado a iluminarlo».[492] Ribbentrop había recibido una educación esmerada.[493] Cuando murió su madre, su padre contrajo matrimonio con la hija de un aristócrata. Personalmente, sin embargo, no pertenecía a la nobleza, pero, siendo ya adulto, obtuvo el derecho a utilizar el «von» antes de su apellido pagando a un pariente lejano para que lo adoptara. Ribbentrop había crecido jugando al tenis y tocando el violín, durante su adolescencia había vivido una temporada en los Alpes suizos, había estudiado un año en Londres y a los 17 había navegado con unos amigos hasta Canadá, donde había pasado los cuatro años siguientes. Allí se enamoró de una mujer y montó una empresa de importación de vinos. La Primera Guerra Mundial lo llevó de vuelta a Alemania. Volvió a empezar de cero después del armisticio montando un negocio de importación y exportación de vinos y cervezas y se hizo rico. En 1932 ingresó en el partido nazi y, a comienzos del año siguiente, su situación le permitió ayudar a negociar el acuerdo que puso las riendas del poder en manos de Hitler.[494] Durante la guerra había prestado servicio en Constantinopla al lado de Franz von Papen, que asumió la Cancillería en 1932 y que, durante las fatídicas primeras semanas de 1933, ejerció una poderosa influencia sobre Hindenburg. Ribbentrop pasó aquel mes haciendo de correveidile entre Von Papen y Hitler, mientras los dos negociaban el reparto del poder. En la villa de Ribbentrop, en el acaudalado barrio berlinés de Dahlem, tuvieron lugar


algunas reuniones secretas trascendentales, a las que Von Papen llegaba en la limusina de Ribbentrop, mientras que Hitler se colaba sigilosamente en la casa por el jardín. «Su mediación en 1932 fue muy importante para el Führer, que se siente verdaderamente en deuda con R.», escribiría Rosenberg más tarde en su diario.[495] La primera vez que Ribbentrop habló con el futuro Führer, en una fiesta que dio en su casa en 1932, los dos hombres estuvieron hablando largo rato sobre Inglaterra. Ribbentrop había vivido en Londres solo por un breve periodo, pero la conversación debió quedársele a Hitler clavada en la memoria, pues a partir de entonces empezó a pensar —erróneamente— que el tratante de vinos era todo un experto en el imperio británico. «Fue la concordancia de nuestras opiniones sobre Inglaterra», recordaría Ribbentrop, «lo que aquella primera velada que pasamos juntos puso la semilla de la confianza entre Hitler y yo».[496] Durante los primeros tiempos del Tercer Reich, Ribbentrop utilizó su estatus dentro del partido nazi para concertar citas con dignatarios británicos y franceses. Aunque Hitler no lo supiera, los diplomáticos internacionales consideraban a Ribbentrop una mediocridad. Carecía de la formación necesaria en materia de protocolo en política exterior, era torpe y mentiroso como negociador, y no se sabe cómo se las arreglaba para ser a la vez ignorante y engreído. Nada de todo esto impidió a Hitler poner en manos de semejante diplomático su propia fuerza operacional encargada de las relaciones internacionales, el Büro Ribbentrop, y enviarlo a Londres a negociar un importante acuerdo naval con Gran Bretaña.[497] Para sorpresa de sus muchos enemigos, empezando por Rosenberg, Ribbentrop salió airoso de la misión que le había sido encomendada, y en 1936 Hitler lo nombró embajador en Inglaterra. Pero por mucho que se esforzara por limar asperezas, los británicos rechazarían una y otra vez sus planteamientos carentes por completo de sutileza y empezaron a llamarlo Herr von Brickendrop («derribaladrillos») y Von Ribbensnob. Hitler quedó impresionado al ver que Ribbentrop parecía conocer a todos los personajes clave de la política británica, a lo que Göring replicó diciendo: —Sí. Lo malo es que ellos conocen a Ribbentrop.[498] Incapaz de ganarse el favor de los británicos, Ribbentrop se volvió decididamente contra ellos. En 1938 Hitler nombró ministro de Asuntos Exteriores a Ribbentrop, y un año después este dijo al Führer que no tenía que preocuparse por la reacción


de Inglaterra ante la invasión que planeaba. Del mismo modo que habían mirado para otro lado en el caso de Checoslovaquia, le aseguró, los británicos no irían a la guerra por Polonia.[499] Hitler siguió aquel consejo peligrosamente equivocado y miró hacia el este en busca de una alianza. En la primavera de 1939 era de dominio público que Inglaterra y Francia estaban negociando una coalición con los soviéticos para bloquear una eventual agresión nazi contra Polonia. Puede que Hitler se hubiera dedicado durante años a fulminar a los soviéticos, pero ahora, obligado a enfrentarse a unos enemigos poderosos en Occidente justo cuando estaba a punto de empezar el tiroteo, decidió hacer lo que fuera preciso para poner a Stalin de su parte. De ese modo, a medida que se acercaba la fecha prevista por Hitler para su invasión —el 1 de septiembre, momento que le permitiría evitar los suelos embarrados del otoño—, los nazis negociaron contra reloj la conclusión de un acuerdo con los soviéticos.[500] Stalin, receloso de las democracias occidentales y haciendo gala de un pragmatismo tan frío como el del propio Hitler, estaba ya abierto a la idea de colaborar con los nazis. Temía que todo lo que pudiera sacar de una alianza con Gran Bretaña y Francia fuera una guerra mundial, los costes de la cual recaerían desproporcionadamente sobre su país, único baluarte existente a lo largo de todo el extenso frente del este. Meses de conversaciones y telegramas entre Alemania y la Unión Soviética llegaron a su punto culminante el 20 de agosto, cuando Hitler escribió a Stalin para decirle que deseaba finalizar el pacto «lo antes posible», pues la «crisis» de Polonia podía estallar en cualquier momento. «La tensión entre Alemania y Polonia», decía en su carta, «se ha vuelto insoportable». [501] Al día siguiente, a las nueve y treinta y cinco de la noche, Stalin cablegrafió mostrándose de acuerdo. «El beneplácito del Gobierno alemán a la conclusión de un pacto de no agresión», decía, «proporciona los fundamentos necesarios para la eliminación de la tensión política y para el establecimiento de la paz y la cooperación entre nuestros dos países». La noticia fue retransmitida de inmediato por la radio alemana y dos días después Ribbentrop volaba a Moscú para discutir los detalles.[502] Esa misma tarde se reunió en la capital rusa con las autoridades soviéticas durante tres horas y volvió a hacerlo por la noche, pero en realidad no había verdaderas discrepancias entre unos y otros, ni siquiera en lo tocante al


codicilo secreto que establecía el reparto de tierras entre los dos países. Los soviéticos se quedarían con la zona de los Países Bálticos situada al norte de Lituania y los dos países dividirían Polonia siguiendo las líneas de sus principales ríos. A decir verdad, la mayor parte de la noche se la pasaron no ya discutiendo detalles técnicos, sino intercambiando opiniones sobre cuestiones internacionales y felicitándose mutuamente con calurosos —y repetidos— brindis. —Sé muy bien cuánto ama la nación alemana a su Führer —dijo Stalin cuando le llegó el turno—. Por tanto me gustaría brindar por su salud. Luego todos brindaron a la salud de Stalin, y a la de Ribbentrop, y por el Reich, y por sus nuevas relaciones. A primeras horas de la mañana, antes de que concluyera la entrevista, Stalin se llevó a un lado a Ribbentrop para decirle cuán en serio se tomaba el nuevo pacto alcanzado. Aseguraba por su honor que no sería él el que lo rompiera. Como el anticomunista más acendrado del Tercer Reich, Rosenberg había sido dejado necesariamente al margen durante las negociaciones que desembocaron en la firma del tratado. Todo aquel tiempo había seguido esperando que Alemania llegara a un acuerdo con Gran Bretaña que permitiera a ambos países repartirse el poder. Se trataba de dos naciones arias que debían cooperar una con otra, y no rearmarse para la guerra. Debían estar al lado la una de la otra para gobernar el mundo como dueños y señores. Pero no iba a ser así, y Rosenberg culpaba amargamente a Ribbentrop de desbaratar las relaciones con Inglaterra: «¡Vaya broma de la historia mundial!», decía al referirse a él.[503] Ribbentrop no había hecho nada para fomentar la buena voluntad entre ambas naciones; sino todo lo contrario. «Incluso en Londres, donde precisamente fue enviado debido a sus supuestas ‘relaciones’, v. R. se dedicó a pisar el callo a todo el mundo, lo mismo que aquí», decía Rosenberg en su diario. «Ello se debió sin duda a su personalidad». Parece que Rosenberg había olvidado la desastrosa misión de buena voluntad en Inglaterra que él mismo había encabezado unos años antes. «Por lo demás, estoy convencido de que R. ha actuado en Inglaterra exactamente con la misma estupidez y arrogancia que ya ha mostrado aquí», recordaba Rosenberg haber dicho a Göring pocos meses antes, «y que esa es


la razón por la que la gente lo rechaza en el terreno personal exactamente igual que aquí». En realidad el ministro de Exteriores tenía solo un amigo en Alemania, había respondido Göring, y ese amigo era Hitler. «En definitiva, ¿v. R. es un payaso o un idiota?».[504] «Es un tipo realmente idiota», murmuró Rosenberg, «y con la arrogancia habitual». «Nos ha engañado al hablar de sus ‘relaciones’. Al estudiar con detenimiento los condes franceses y los aristócratas ingleses (que conocía), se descubre que, en realidad, se trataba de propietarios de fábricas de vinos espumosos, whisky y coñac», comentó Göring. «Y hoy ese idiota cree que tiene que ir por todas partes dándoselas de ‘canciller de hierro’», añadió. «De todas formas, los imbéciles como este encuentran poco a poco su ruina; pero pueden causar un enorme daño». Ahora, con el pacto concluido en Moscú, ese enorme daño se había producido. La lealtad de Rosenberg hacia Hitler se veía de repente en conflicto con la seguridad de que el Führer había cometido un error de proporciones desastrosas. Rosenberg podía comprender una alianza temporal; de hecho aseguraba haber defendido él mismo un acercamiento falaz parecido en una conversación mantenida unos meses antes con Göring. Este pacto, en cambio, no parecía temporal. La prensa hablaba de la tradicional amistad de alemanes y rusos. «¡Como si nuestra lucha contra Moscú hubiese sido un malentendido y los bolcheviques, con todos los judíos soviéticos a la cabeza, fueran los verdaderos rusos! Este abrazo es más que lamentable». Siempre deseoso de inclinarse ante la sabiduría de su ídolo, Rosenberg intentaba convencerse a sí mismo de que Hitler no había tenido más remedio que alcanzar un acuerdo con los soviéticos antes de que lo hicieran Inglaterra y Francia. Había sido cuestión de supervivencia. «En vista de la situación dada», reconocía en su diario, «el cambio impulsado por el Führer era algo necesario». Pero no podía sacudirse de encima la impresión de que Hitler estaba corriendo un riesgo enorme. «Tengo la impresión de que este pacto con Moscú acabará volviéndose contra el nacionalsocialismo en algún momento», reseñaba en su diario. «No se trata de un paso dado como consecuencia de una decisión libre, sino de una reacción ante una situación apremiante, la solicitud de un favor por parte de una revolución al líder de otra... ¿Cómo hablar ahora de la salvación y configuración de Europa, cuando tenemos que pedirle ayuda al destructor de


Europa?». «Una vez más, surge la misma pregunta: ¿era necesario llegar a esta situación? ¿Era necesario solucionar la cuestión polaca justo ahora y de esta manera?».[505] En su opinión, en aquellos momentos nadie tenía la respuesta a ninguna de esas preguntas. «¡Cierren sus corazones a la piedad!», dijo Hitler a los dirigentes de sus Fuerzas Armadas diez días antes de enviar a sus ejércitos a la guerra contra Polonia. «¡Procedan con brutalidad!... ¡Sean duros y no tengan miramientos! ¡Pónganse una coraza frente a cualquier signo de compasión!». No quería que su ejército se limitara a derrotar a las fuerzas polacas; quería «la aniquilación física del enemigo... He puesto a mis unidades de la Calavera (Totenkopfverbände) al frente con la orden de matar a cualquier hombre, mujer o niño de ascendencia o lengua polaca, sin piedad y sin remordimientos».[506] La brutalidad de Hitler se basaba, como siempre, en un prejuicio racial: todos los alemanes habían aprendido a muy temprana edad que los polacos eran un pueblo turbulento y primitivo que merecía ser dominado por unos amos fuertes. Al mismo tiempo, las realidades geográficas tenían también mucho que decir: Polonia se interponía en el camino de la expansión de Alemania hacia el este y las autoridades de Varsovia habían enfurecido a Hitler rechazando sus escandalosas exigencias de concesiones territoriales. De modo que el 1 de septiembre, los alemanes cruzaron la frontera polaca por el norte, el sur y el oeste: un millón y medio de hombres, trescientos mil caballos arrastrando piezas de artillería y material pesado, mil quinientos tanques y cientos de los nuevos aviones de la Luftwaffe.[507] Ante aquel Blitzkrieg —literalmente «guerra relámpago»— los polacos no tenían nada que hacer. Sus líneas fueron ametralladas por los cazas y destrozadas por las divisiones acorazadas de tanques. Su fuerza aérea fue aniquilada. Sus ciudades arrasadas. Los civiles huyeron a millares, en automóviles y carretas, en bicicletas o a pie. Se dirigieron al este, donde les cortaron el paso los soviéticos. Ciento veinte mil soldados polacos perdieron la vida en el combate: diez por cada alemán que resultó muerto. Un millón de hombres fueron hechos prisioneros. Dos décadas después de la rendición que había dado pie al nacimiento de


los nazis, los alemanes habían construido la maquinaria de guerra más temida del mundo. «El ejército de hoy es incomparablemente superior al de 1914», reseñaba Rosenberg en su diario bajo el resplandor de la victoria. «Entre los mandos y la tropa existe una relación diferente: los generales comparten cocina con los soldados y están en la vanguardia del frente. Cuando [el Führer] ve desfilar a los batallones [piensa]: jamás volverá a haber personas como esas».[508] Rosenberg, por su parte, se hallaba fuera de servicio —literalmente— el día que dio comienzo la Segunda Guerra Mundial: estuvo postrado en cama con una dolencia crónica en el tobillo durante casi la totalidad de los meses de agosto y septiembre. Rosenberg llevaba largo tiempo fastidiado y con problemas de salud. En 1935, 1936 y 1938 pasó varios meses en un centro médico de la SS en Hohenlychen, al norte de Berlín, recibiendo tratamiento por una inflamación de las articulaciones tan dolorosa que casi no podía moverse. «La intensa inflamación de la articulación del pie que sufro desde hace tiempo ha vuelto, acompañada del típico dolor que padezco desde hace incluso más tiempo aún, y los músculos dorsales se rebelan de nuevo».[509] El superintendente médico, Karl Gebhardt, decidió que Rosenberg era sumamente sensible a los cambios de tiempo y que la vida sedentaria había dado lugar a que tuviera un sobrepeso excesivo.[510] El médico lo achacaba también al «aislamiento psíquico», pues Rosenberg tenía pocos amigos con los que pudiera mantener conversaciones francas y sinceras. Aunque no hubiera estado confinado en su domicilio, escribía con cierta amargura en su diario en 1939, Hitler no habría recurrido a él durante los tormentosos primeros días de la invasión. El Führer no necesitaba a un ideólogo que se había distinguido por ser el principal agitador en contra del nuevo aliado de Alemania. «Hoy el entorno del Führer se encuentra formado fundamentalmente por hombres diferentes a los de los tiempos de la lucha».[511] El mismo día que dio comienzo la guerra, Rosenberg acudió cojeando al Reichstag para escuchar a Hitler justificar su acción. La culpa era de los polacos, insistía el Führer.[512] Habían hecho caso omiso a sus exigencias, por lo demás perfectamente sensatas, y se habían negado a encontrar una solución pacífica. No le habían dejado más opción que atacar. «¡Se me ha juzgado equivocadamente! ¡No se tome mi amor por la paz ni mi paciencia infinita por debilidad o incluso por cobardía!», dijo. «Por consiguiente he tomado la resolución de hablar con los polacos en el mismo lenguaje que


durante los últimos meses llevan utilizando ellos con nosotros». Los polacos habían abierto fuego contra los soldados alemanes, afirmaba —y no era cierto — y por lo tanto el ejército no había hecho más que tomar las debidas represalias. «En adelante», dijo, «responderemos bomba por bomba».[513] Antes de que diera comienzo el discurso, Rosenberg se encontró con Göring en el vestíbulo del Reichstag y los dos hombres se apartaron a un rincón para hablar mientras esperaban la llegada del Führer. «Me da la impresión de que hemos subestimado a Inglaterra intencionadamente».[514] Tenía razón. Durante los días previos a la invasión, las autoridades británicas se habían esforzado por sentar a alemanes y polacos a la mesa de negociaciones. Hitler aseguró al embajador de Gran Bretaña en Berlín, Nevile Henderson, que lo único que deseaba era mantener la paz con los ingleses. Su querella era solo con los polacos, que eran unos intransigentes. Para él, en cuanto ajustara las cuentas a Polonia, se habría terminado la guerra; ¡para siempre! Pero en aquellos momentos, con todo lo que había pasado, después de lo de Austria, lo de Múnich y lo de Checoslovaquia, el Gobierno de Londres había aprendido finalmente la lección y no estaba dispuesto a tragarse las promesas de Hitler. El 25 de agosto, Gran Bretaña firmó un tratado de ayuda mutua con Polonia. Ribbentrop se había equivocado: los ingleses no iban a quedarse de brazos cruzados. Unas horas antes de la invasión, después de varios días de actividad diplomática estéril, Henderson se reunió a tomar el té con Göring, que mostró su habitual estado de ánimo expansivo. Si los polacos no cedían, explicó al embajador, Alemania «los aplastaría como a piojos» y sería «muy imprudente» por parte de los ingleses intervenir.[515] El 3 de septiembre por la mañana, Henderson se presentó en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Berlín a entregar la declaración oficial de guerra de Gran Bretaña. Ribbentrop no recibió al embajador en aquel día trascendental. Antes bien, su intérprete aceptó el breve comunicado del legado británico y a continuación se desplazó rápidamente al despacho de Hitler, donde encontró al Führer sentado ante su escritorio y a Ribbentrop de pie junto a una ventana. Los dos hombres escucharon en silencio la noticia, y luego, al cabo de un momento bastante largo —«me pareció una eternidad», escribiría más tarde el intérprete—, Hitler, con una «expresión feroz», se volvió hacia su ministro de Exteriores y dijo: —¿Y ahora qué?[516] William Shirer, a la sazón corresponsal de la emisora de radio de la CBS


en Berlín, se encontraba en la explanada situada delante de la Cancillería, rodeado de una multitud de alemanes, cuando oyó anunciar por los altavoces que Hitler había llevado al país a otra guerra mundial. «Había sido un día encantador de septiembre: brillaba el sol, el aire era suave, el tipo de jornada que a los berlineses les gusta pasar en los bosques o en los lagos de los alrededores de la capital», anotó en su diario. Cuando acabó el comunicado, «no se oyó ni un murmullo. La gente se quedó donde estaba, sin más. Atónita».[517] Los franceses declararon la guerra el mismo día que los británicos, pero ni uno ni otro país estaban preparados para el combate y no hicieron nada para impedir que Alemania invadiera Polonia. Durante las semanas siguientes, las propuestas de los nazis no consiguieron atraer ni a Inglaterra ni a Francia a entablar conversaciones de paz. Rosenberg no podía entender la obcecación de los ingleses.[518] Al cabo de seis años de escuchar a los líderes británicos, Rosenberg seguía tan confuso como el resto de sus compañeros de Berlín acerca de lo que querían los ingleses. «Lo hemos intentado todo», anotó en su diario, «pero en ese país gobierna una minoría insensata y guiada por los judíos. Chamberlain es un viejo sin energía, asegura el Führer. Parece que no abrirán los ojos hasta que alguna vez les caiga algo terrible encima».[519] En la Cancillería del Reich Hitler empezaba a darse cuenta de que los nazis no iban a poder hacer nada para convencer a Gran Bretaña de que debía abstenerse de intervenir. Había llegado el momento de obligarla a someterse, dijo a Rosenberg. «Si los ingleses no quieren la paz», escribía Rosenberg al cabo de un mes del comienzo de la guerra, el Führer «empleará todos los medios para atacarlos y aniquilarlos».[520] Mientras tanto, los nazis dieron rienda suelta a su ideología radical a costa de la población polaca.[521] Y a la cabeza de ellos se puso Heinrich Himmler. En 1934, durante la Noche de los Cuchillos Largos, había sido Himmler el que había pasado las pruebas falsas fabricadas aposta que supuestamente demostraban que Röhm planeaba un golpe de Estado, y había sido la SS de Himmler la que había perpetrado la mayor parte de las matanzas una vez que Hitler diera la orden de llevar a cabo la gran purga.[522] Durante los años siguientes, la SS había crecido hasta convertirse en una fuerza temible. Sus agentes llevaban uniformes negros con un logotipo en el cuello que se parecía


a los antiguos signos rúnicos del rayo. En las gorras llevaban la «cabeza del muerto» bordada en plata, una calavera y unas tibias cruzadas. «Sé que hay muchos que se ponen malos al ver este uniforme negro», dijo en cierta ocasión Himmler.[523] «Lo entendemos, y tampoco esperamos que haya mucha gente que nos quiera». En su imaginación contemplaba la SS como una especie de orden religiosa y de hecho instituyó una serie de ceremonias y rituales paganos transmitidos por los teutones y los vikingos, a los que los nazis consideraban sus precursores arios.[524] Rosenberg no era el único apóstata existente entre los jerarcas nazis. También Himmler creía que estaban a punto de vivir «el enfrentamiento final con el cristianismo». Su SS no celebraba el nacimiento de Cristo; en su lugar celebraba el solsticio de invierno. Tras la anexión de Austria, los hombres de Himmler llegaron detrás del ejército y se dedicaron a detener a decenas de millares de judíos, a los que luego sometieron a crueles humillaciones. Cuando Shirer viajó a Viena para informar en el teatro mismo de operaciones, se sorprendió al ver a los judíos limpiando los grafitis de las aceras y fregando los retretes públicos entre los abucheos de la gente. «Muchos judíos se suicidaron», escribió el periodista. «Recibo toda clase de informes que hablan del sadismo nazi».[525] Inmediatamente después de la invasión de Polonia, Himmler consolidó la actuación de su numerosísima y omnipotente policía en una Oficina Central de Seguridad del Reich, dirigida por Reinhard Heydrich.[526] Despiadado, inmoral y cínicamente eficaz, Heydrich era odiado y temido a partes iguales. [527] Educado por su padre en el conocimiento de la ópera y por su madre en la afición al teatro, Heydrich tocaba el violín de forma magistral; se convirtió también en un consumado esgrimidor. Llegó a teniente de la armada, pero su carrera militar se acabó cuando dejó embarazada a la hija de un importante industrial. Himmler lo introdujo en la SS, donde se le encargó la tarea de reunir información en torno a las actividades de los adversarios políticos del partido e incluso de otros nazis. Enseguida se convirtió en uno de los favoritos de Himmler, y en 1936 estaba ya al frente de la Gestapo y de la policía criminal. Tres años más tarde, las dos instituciones fueron reunidas en un solo organismo. Cuando el ejército atravesó las defensas polacas, Heydrich envió cinco unidades especiales de asesinos, las llamadas Einsatzgruppen, con la misión de arrasar el país vencido, fusilando y ahorcando a cualquiera que un día pudiera intentar organizar un movimiento de resistencia, incluidos


intelectuales, aristócratas, empresarios destacados y curas. Una vez acabados los combates, Polonia fue dividida en tres partes. Los territorios del este pasaron a formar parte de la Unión Soviética. Los del oeste fueron anexionados a Alemania, para ser «desalojados y luego repoblados por alemanes», como había anunciado Hitler a sus generales pocos días antes de la invasión.[528] Los territorios del centro, que incluían las ciudades de Varsovia, Cracovia y Lublin, se convirtieron en una colonia alemana llamada Gobierno General. Administrado por un gobernador nazi sin escrúpulos, Hans Frank, este territorio habitado por once millones de personas se convirtió en un inmenso vertedero de todos los individuos considerados indeseables por los nazis. En el mes de octubre, Hitler añadió un cargo más a las funciones de Himmler: el de comisario del Reich para el Reforzamiento de la Raza Alemana (Reichskommissar für die Festigung deutschen Volkstums). Debía coordinar el complejo reasentamiento de la población de etnia alemana en las nuevas colonias y supervisar de paso la eliminación de la «influencia nociva de sectores extraños de la población que constituyan un peligro para el Reich». Durante el año siguiente, Himmler organizó la brutal deportación de más de un millón de polacos y judíos al territorio olvidado del Gobierno General. Todos ellos fueron sacados violentamente de sus casas, metidos como si fueran reses de ganado en vagones de tren sin calefacción y soltados en su destino sin que nadie se ocupara de su sustento. Una vez en el Gobierno General —si es que llegaban vivos, pues muchos perecieron por el camino—, Frank tomó una serie de medidas muy duras: encerrarlos en guetos, condenarlos a trabajos forzados o privarlos completamente de alimentos. «No me interesan ni mucho menos los judíos», dijo en la primavera de 1940. «Lo último que me preocupa es si tienen algo que comer o no».[529] Otros polacos fueron enviados a Alemania para trabajar por salarios de esclavos, a menudo en condiciones penosas. Eran alojados en campos de concentración, en barracones atestados de gente. En la ropa llevaban cosidos letreros en los que ponía OST —Este—, para disuadir a los alemanes de compadecerse y ensuciarse confraternizando con ellos. Los niños recogidos en los orfanatos polacos, muchos de los cuales se habían quedado solos porque los nazis habían deportado a sus padres, fueron entregados a padres adoptivos alemanes en distintos lugares del Reich. Mientras tanto, la población de etnia alemana de Estonia, Letonia,


Rumanía y otros lugares fue repatriada y trasladada a las zonas occidentales de Polonia recientemente depuradas y anexionadas al Reich, que incluían las ciudades de Posnania y Lódz. Durante una breve visita a los territorios recientemente conquistados, la tenebrosa imagen que tenía Hitler de su población no vino más que a confirmarse, informaba Rosenberg. «Los polacos: una ligera capa germánica y, por debajo, un material temible», decía en su diario tras entrevistarse con el Führer a finales de aquel fatídico mes de septiembre de 1939. «Los judíos son lo más terrible que uno se pueda imaginar. Las ciudades están cubiertas de suciedad. En estas semanas ha aprendido mucho. Sobre todo, que si los polacos hubieran dominado una parte de los antiguos territorios del Reich otros dos decenios más todo sería degeneración y piojos. Ahí solo puede gobernar ahora la mano fuerte de un amo con objetivos bien definidos».[530] En medio de los grandes sobresaltos que vivía Europa, Rosenberg buscaba algo con lo que distraerse. «Hoy he pintado después de mucho tiempo», anotó en cierta ocasión en su diario. «Estudios que hice hace veintiún años han llegado de Reval. Seguir pintándolos no los torna mejores, me temo». [531] El día de su cumpleaños, le causaron una gran alegría las cartas que recibió. «Es un extraño sentimiento saber que poco a poco cientos de miles de individuos han vivido una revolución interior gracias a mis obras. Muchos han hallado en ellas paz interior y liberación, un nuevo sentido, pues el antiguo se había perdido. Me escriben mujeres y hombres, chicas y escolares, algunos componen versos, muchos describen su evolución».[532] Pensaba en la guerra que estaba desarrollándose y en las guerras por venir, y en el pueblo para el que había venido escribiendo desde 1919, el pueblo de Alemania. Se preguntaba si aquella gente sabía realmente lo que le aguardaba. Se preguntaba, decía, si el pueblo alemán tendría fuerza para «soportar la carga de lo que está por venir».


15 Los comienzos

Kempner pasó sus primeros años en Norteamérica trabajando en un despacho de la Universidad de Pensilvania, en el Blanchard Hall, situado en la Walnut Street de Philadelphia (University of Pennsylvania).

Al llegar a Nueva York después de una travesía de una semana de duración desde Boulogne-sur-Mer, Robert y Ruth Kempner se instalaron en la


habitación 1063 del Hotel Pennsylvania, en la Séptima Avenida, situado enfrente de la fachada de estilo Beaux-Arts de la Penn Station. En una postal con la fotografía del hotel, Ruth garabateó una nota para Otto Reinemann, el hombre que había contribuido a que fuera posible su emigración. Se sentía abrumada por el viaje, por Manhattan y sobre todo por la buena suerte que habían tenido.[533] Los periódicos informaban de que si hubieran zarpado una semana después, el capitán se habría visto obligado a apagar las luces del barco en la oscuridad por temor a los submarinos alemanes, los temibles U-Boote. La Holland America Line decidió dejar en dique seco al transatlántico que había llevado a América a los Kempner, el Nieuw Amsterdam, antes que arriesgarse a efectuar más travesías por el Atlántico norte en tiempos de guerra. Otros amigos y conocidos de los Kempner seguían atrapados en Alemania y en Francia; pronto empezarían a llegar por correo sus desesperadas llamadas de auxilio. La anciana madre de Ruth había viajado con ellos, lo mismo que Margot Lipton. Al margen de la tensión a la que hubiera podido someter a su matrimonio la aventura de Kempner con la señorita Lipton, Ruth debió de verse obligada a conformarse con la resolución tomada: Margot se trasladaría a vivir a casa de los Kempner. La joven había dejado a sus padres en Fráncfort. Los dos serían deportados al campo de concentración de Theresienstadt, en lo que había sido Checoslovaquia, y no sobrevivirían.[534] Los hermanos de Margot lograrían salir de Alemania y establecerse en Inglaterra, en Norteamérica y en Israel. Con el tiempo, la señorita Lipton llegaría también a ver a los Kempner como a su familia, y evidentemente los sentimientos eran recíprocos. Los Kempner habían pasado los meses previos a la travesía estudiando frenéticamente inglés. Aparte de la lengua, no conocían prácticamente nada del país al que habían llegado. Lo que importaba, diría Kempner más tarde, era que estaban «en un país enorme, rico, y políticamente libre».[535] Robert Kempner sabía que la vida del inmigrante podía no ser fácil. Nunca recuperaría lo que había dejado en Berlín. El elevado rango del que gozaba antes de ser despedido del Ministerio del Interior de Prusia —Oberregierungsrat, alto funcionario del Estado— no significaba nada para los americanos. Su conocimiento de los recovecos del derecho alemán y de la administración de policía de su país natal no le ayudaría a comprender el sistema de Estados Unidos. Sin duda no ayudaría mucho a mejorar sus


expectativas el hecho de que causara una primera impresión un tanto excéntrica. Una persona que lo entrevistó para llevar a cabo un estudio sobre los titulados universitarios desplazados durante los años cuarenta señalaba que iba «vestido de manera bastante descuidada» y que se «repantigó en su asiento». Clavó la vista en el entrevistador sin pestañear. «Algunos de los datos que dio y la propia naturaleza de sus respuestas no parecían sonar muy sinceros», escribiría el responsable de corregir el cuestionario, «y me dio la impresión de que era una persona trastornada mentalmente».[536] Por lo menos había obtenido un empleo, por precario y modesto que fuera, como asistente de investigación en el Instituto de Gobierno Local y Estatal de la Universidad de Pensilvania. Conocía a jueces y a hombres de negocios y a catedráticos de cierta importancia que, a su llegada al país, habían empezado de lavaplatos o de contables. No todos los inmigrantes eran Albert Einstein. No todos podían conseguir una plaza en la Universidad en el Exilio, dependiente de la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York, fundada para acoger a académicos desplazados. Reputaciones y títulos no siempre eran equiparables. Muchos inmigrantes se veían obligados a sobrevivir de cualquier manera y a reciclarse, buscando los anuncios de empleo en los periódicos destinados a los refugiados. Pero Kempner era Kempner, y no le bastaba simplemente con leer los periódicos en busca de una oportunidad; se empeñó en que su nombre apareciera en los periódicos para que las oportunidades lo buscaran a él. Sorprendentemente —y quizá de nuevo con la ayuda de Reinemann, que trabajaba en el Gobierno municipal de Filadelfia y probablemente conociera a unos cuantos periodistas—, Kempner logró que escribieran un artículo sobre su llegada al país antes de que acabara el mes de septiembre. «Exasesor de la policía alemana llega aquí para empezar una nueva vida entre nosotros», proclamaba un titular de un periódico de Filadelfia, el Evening Public Ledger, el 29 de septiembre. El breve relato contaba el trabajo de su madre en la Facultad de Medicina para la Mujer de Pensilvania y su propia huida de los nazis. Kempner dijo al periodista que había venido a Estados Unidos para quedarse, que no había nada en Europa que lo retuviera; de quien no habló fue de Lucian ni de André. «Más vale empezar una nueva vida en este país», explicó. Insistió en decir al periodista que su trabajo en la policía de Berlín no tenía nada que ver con la Gestapo. Él había sido simplemente un burócrata legal y administrativo antes de que los nazis tomaran el poder.


«Por favor, diga que estoy en la universidad solo como estudiante», terminaba diciendo, «y, por favor, diga que no soy un político y que no puedo hablar de política».[537] Tenía un motivo para ponerse a la defensiva, explicaría posteriormente en su autobiografía. Durante los años de la guerra, los americanos tenían una fórmula muy sencilla: «Un alemán es un alemán».[538] Debido a su temor a los espías y los saboteadores nazis, creían que todos los inmigrantes estaban cortados por el mismo patrón y que ninguno de ellos era digno de confianza, independientemente de que fueran judíos o no, independientemente de que hubieran sido privados de sus derechos civiles por Hitler o no e independientemente de que hubieran combatido a los nazis o no. De ese modo el articulito del Public Ledger proporcionó a Kempner una tarjeta de visita, una pizca de credibilidad cuando empezó a abrirse paso en tierra extraña. Kempner y su séquito se mudaron primero a una casita adosada de ladrillo situada en un sector de Osage Avenue, Filadelfia, no muy distante del campus de la Universidad de Pensilvania. Su despacho estaba en la última planta del Blanchard Hall, un pintoresco edificio de tres pisos de Walnut Street, con una fachada gótica de piedra cubierta de hiedra, un tejado abuhardillado y unas pesadas puertas de nogal. En su nuevo puesto de trabajo, se dedicaba a escribir informes, a dar conferencias y a publicar artículos en revistas académicas. Recibía además clases de ciencias políticas, entrevistaba a refugiados alemanes para un programa de radio semanal de contenido antinazi en una emisora de Filadelfia e intentaba conseguir invitaciones para hablar en público. Se presentaba como un superviviente de los matones del Führer. Tan cerca había estado de la muerte, aseguraba Kempner, que varios periódicos europeos habían informado falsamente de su fusilamiento a manos de un pelotón de ejecución a raíz de su detención por la Gestapo en 1935. Las charlas que daba en diversos clubs locales, centros de enseñanza secundaria y facultades universitarias tenían títulos que llamaban la atención: «Yo conozco a esos hombres: Hitler, Göring, Himmler, Goebbels», «Amor en la dictadura» y, por supuesto, «Mi álbum de recortes comienza con mi muerte».[539] Tras tener que pagarse su propio salario para poder ser contratado en 1939, en los años sucesivos Kempner recibiría diversas subvenciones, empezando


por una beca del Comité de Emergencia de Ayuda a los Universitarios Extranjeros Desplazados. Consiguió asimismo una subvención de 1000 dólares de la Carnegie Corporation de Nueva York para estudiar los métodos policiales y de administración del Tercer Reich. Para encargar a la Alemania nazi el material de investigación necesario tuvo que recurrir a varios subterfugios, explicaría más tarde. «Como mi nombre está en todas las listas negras de los nazis como expatriado y enemigo del régimen, aparte de que mis libros fueron quemados por los nazis, daba nombres como, por ejemplo, Cemper o Cempen».[540] Sus estudios lo llevaban a veces por derroteros bastante insólitos. En cierta ocasión, escribió a un catedrático de la Universidad de Washington preguntando por «el problema de la nueva fisonomía nazi» de las Juventudes Hitlerianas y de los agentes de la SS. «Las nuevas generaciones de nazis», escribía Kempner, «tienen caras ‘congeladas’, creadas por medio de determinados mecanismos administrativos. Con respecto a este hecho me gustaría pedir su consejo y preguntarle si existen o no estudios en la misma línea o de estilo similar, por ejemplo sobre el cambio de rostro de los presos condenados a penas de larga duración, de los grupos de inmigrantes, etcétera».[541] Buena parte de la biblioteca de Kempner había salido de la Alemania nazi siguiendo el mismo tortuoso camino que él hasta llegar al otro lado del Atlántico, donde finalmente pudo darle un uso productivo. Publicó a sus propias expensas el informe que había contribuido a escribir en 1930 para establecer el carácter delictivo del partido nazi, rebautizándolo con el título de Blueprint of the Nazi Underground as Revealed in Confidential Police Reports (Esbozo de estudio de la clandestinidad nazi según revelan los informes confidenciales de la policía).[542] Intentó asimismo despertar el interés de las editoriales por una traducción anotada al inglés de El Mito del siglo XX, «las profecías de ese ‘NostradamusRosenberg’». El mundo de habla inglesa necesitaba leer «la única obra básica oficial que existe sobre filosofía nazi, su nueva religión y su teoría política», decía Kempner en las cartas de presentación con las que pretendía atraer el interés de editoriales como Knopf, Oxford University Press, Macmillan y otras. Estaba seguro de que sería un éxito de ventas y proponía que los beneficios obtenidos fueran entregados a los exiliados políticos desposeídos.[543] Una tras otra, las editoriales declinaron cortésmente su oferta. «Mucho me


temo que una obra tan rimbombante no llegara a ninguna parte en el mercado americano», le contestó un editor, «y que no significara nada para el 99 por ciento de los lectores estadounidenses». En medio de tanto estudio, de tanta escritura y de tanta charla, Kempner andaba en busca de un pez más gordo. Pretendía trabajar para el órgano de seguridad del Estado más famoso del mundo. Kempner había escrito por primera vez a J. Edgar Hoover, el director del FBI, en diciembre de 1938, cuando todavía estaba en Niza. Aunque el dominio del inglés que tenía aquel simple refugiado no era todavía muy fluido —en el instituto había estudiado más griego que inglés—, logró dejar bien claras sus pretensiones. Se presentaba a sí mismo como un «experto criminalista», como un antiguo instructor de la policía y como «Primer Secretario del Departamento de Policía del Ministerio del Interior de Berlín». Aparte de preguntarle si el FBI no tendría por casualidad un puesto de trabajo para él, Kempner aseguraba a Hoover que sería «capaz de prestar muy buenos servicios a su país, debido a mis conocimientos sobre numerosas ramas de la criminología, asuntos que en la actualidad son de la máxima importancia para Estados Unidos».[544] El destinatario de su carta se había hecho famoso debido a la publicidad que había dado Hollywood a su frenética persecución de conocidos asesinos y atracadores de bancos.[545] La carrera de Hoover había comenzado en el Departamento de Justicia tres meses después de que diera comienzo la Primera Guerra Mundial, cuando la histeria por los saboteadores y espías enemigos se adueñó del país. El día en el que Estados Unidos entró en guerra, se llevaron a cabo redadas que acabaron con la detención de casi cien alemanes; y otros mil doscientos fueron puestos bajo vigilancia. La Ley de Espionaje de 1917 declaraba fuera de la ley cualquier acto de deslealtad. Incluso hablar públicamente en contra de la guerra se consideraba delito. El FBI se lanzó a la caza de los espías alemanes, adoptó medidas muy duras contra el movimiento sindical Industrial Workers of the World (Trabajadores Industriales del Mundo) y detuvo a decenas de millares de sospechosos de deserción. Al término de la guerra, Hoover fue escogido para dirigir la nueva División Radical del Departamento de Justicia, y con casi sesenta y un agentes del FBI


a sus órdenes, elaboró rápidamente dosieres acerca de millares de personas que pudieran estar trabajando para el derrocamiento del Gobierno americano. Sus agentes se infiltraron en las organizaciones comunistas estadounidenses, detuvieron a sus miembros y obligaron al movimiento a sumirse en la clandestinidad. Empezaron a surgir críticas de gente preocupada por la conculcación de las libertades civiles, y cuando se hizo público que los agentes de Hoover habían espiado a miembros del Congreso, el presidente Calvin Coolidge tomó medidas destinadas a frenar sus actividades. «Un sistema de policía secreta podría convertirse en una amenaza para la libertad del Gobierno y de las instituciones», dijo el nuevo fiscal general de Coolidge, Harlan Fiske Stone, «pues lleva consigo la posibilidad de abusos de poder que no son siempre fáciles de entender o comprender». Stone despidió al director del FBI y dio su puesto a Hoover con una sola condición: las actividades de vigilancia debían terminar de inmediato. Hoover aceptó; pero no tardaría en encontrar la manera de continuarlas en secreto. En 1938, cuando estaba a punto de empezar una nueva guerra, los miedos de los americanos tenían ahora que ver con los nazis y los fascistas. La Liga Germano-Americana pregonaba un mensaje pronazi desde las revistas y en las calles. El padre Charles Coughlin, un cura católico de Royal Oak, Michigan, que había conseguido tener una audiencia radiofónica de cuarenta millones de oyentes durante los años previos al estallido de la guerra, agitaba a la población contra los «conspiradores judíos y los comunistas». «Cuando nos deshagamos de los judíos», exclamaba en un discurso pronunciado en el Bronx, «pensarán que el trato que han recibido en Alemania no era nada». [546] Sinclair Lewis atizó aún más la paranoia con su novela Eso no puede pasar aquí, todo un superventas en el que imaginaba cómo un presidente de Estados Unidos elegido democráticamente instauraba una dictadura. En medio de aquella algarabía de angustia y pánico ante los espías y los saboteadores, el nuevo presidente recurrió a Hoover. En una orden tan secreta que ni siquiera llegó a enviarla por escrito, el 25 de agosto de 1936 Roosevelt encargaba al director del FBI reunir toda la información posible acerca de los nazis y los comunistas de Estados Unidos. Hoover fue incluso más lejos. Facilitó al presidente información no solo acerca de los agentes e infiltrados extranjeros, sino también acerca de los enemigos políticos de Roosevelt, incluido el aviador Charles Lindbergh, que había quedado impresionado con Hitler y el Tercer Reich a raíz de sus visitas a Alemania. «Estoy absolutamente convencido de que Lindbergh es un nazi»,


dijo Roosevelt a un miembro de su gabinete.[547] En febrero de 1938, un grupo de agentes descubrió un círculo de espías alemanes que se habían infiltrado en el ejército de Estados Unidos y en algunas empresas encargadas de suministrar materiales de defensa. Aquellos criminales llevaban trabajando desde hacía una década y habían logrado robar los planos de los nuevos aviones y buques de guerra norteamericanos. El caso sirvió para imbuir una idea aterradora en la conciencia de la gente: los nazis realmente estaban ahí, trabajando a este lado del Atlántico.[548] Hoover no tardó en convencer a Roosevelt de que le entregara el control absoluto de los servicios de inteligencia y de las operaciones de contraespionaje de Estados Unidos. El presidente autorizó en secreto que se llevaran a cabo escuchas telefónicas contra potenciales espías y agentes subversivos, saltándose a la torera una decisión del Tribunal Supremo que prohibía hacerlo. El FBI elaboró listas de posibles traidores que debían ser detenidos o sometidos a estrecha vigilancia si Estados Unidos entraba en guerra. Los defensores de los derechos civiles —entre ellos el fiscal general Robert H. Jackson, el futuro fiscal jefe norteamericano en los Juicios de Núremberg— empezaron a preocuparse por las tácticas agresivas de Hoover. Cuando Eleanor Roosevelt descubrió que unos agentes estaban hurgando en el pasado de su secretaria, escribió a Hoover una carta personal. «Las investigaciones de este tipo me parece que tienen un tufillo que me recuerda excesivamente a los métodos de la Gestapo».[549] Aquel era el hombre y aquel el organismo para los que Robert Kempner quería trabajar en el verano de 1938. Sin embargo, la carta que envió a Hoover no allanó a Kempner el camino para obtener una entrevista personal con el director del FBI. La oficina de Hoover respondió con una breve nota y un folleto que explicaba de manera sucinta cómo convertirse en agente especial. Pero el director de la Oficina Federal de Investigación no transmitía a aquel refugiado alemán totalmente desconocido ninguna palabra de aliento.[550] Sin dejarse amedrentar, Kempner volvió a escribir en el mes de julio comunicando que había solicitado empleo en Estados Unidos. ¿Podía ponerse en contacto telefónico con Hoover cuando llegara a Washington? Deseaba entregarle una «información especialmente interesante en estos momentos para su departamento». Hoover contestó que por supuesto podía venir y que lo llevarían a «efectuar una visita guiada por nuestras instalaciones y nuestro


museo». Ni siquiera aquella bonita manera de quitárselo de encima desanimó a Kempner. El 25 de septiembre de 1939, el abogado en el destierro escribió una carta informando a Hoover de su llegada. «Considero un privilegio especial vivir y trabajar en Estados Unidos de América, y aportar mi modesto granito de arena con mis conocimientos a este respecto que he venido acumulando durante los muchos años en que presté servicio en Berlín y en otros lugares. Espero tener pronto la oportunidad de venir a Washington y de efectuar una visita. Estaría encantado de pasar a verlo y de discutir con usted asuntos de interés común». Kempner parecía saber muy bien una cosa acerca de su nuevo país: para salir adelante en América hacían falta descaro e insistencia.


16 Ladrones en París

Montones de tesoros robados almacenados en una iglesia de Ellingen, Baviera (National Archives).

Los planes secretos de atentados contra la vida de Hitler circulaban por todo el Tercer Reich. En el ejército se formó un grupo de conspiradores entre algunos generales, alarmados por la eventualidad de que, tras aplastar Polonia, el Führer planeara dirigirse hacia Occidente y atacara de inmediato Francia. El ejército no estaba preparado, insistían. Indignado, Hitler los calificó de «blandengues» y lanzó insinuaciones que denotaban que


probablemente sospechaba de su traición. Los conspiradores se dispersaron. [551] El 8 de noviembre de 1939, el décimo sexto aniversario del golpe de Estado fallido de Múnich, Hitler se levantó en el estrado del Bürgerbräukeller, la misma cervecería en la que había disparado un tiro al aire con su pistola y había retenido como rehenes a las autoridades de Baviera hacía ya mucho tiempo. Cada año los Viejos Combatientes bajaban a Múnich y desfilaban por las calles de la ciudad como lo hicieran allá por 1923, solo que esta vez eran los vencedores y eran aclamados como héroes por la multitud. A Hitler le encantaba aquel espectáculo. Un año, se volvió hacia Rosenberg, que iba en la manifestación en segunda fila y le dijo con ojos que le hacían chiribitas. «Ya no vienen con sus antiguos santos».[552] A Rosenberg le gustaba llamar a aquellas celebraciones «la procesión del Corpus germánica», la respuesta nazi a la procesión que presidía el papa por las calles de Roma con el Santísimo Sacramento. El discurso conmemorativo de Hitler en la cervecería era una tradición anual, y el Führer solía dirigir una alocución a la multitud por la noche entre las ocho y media y las diez aproximadamente. Aquel año, en una columna situada detrás del estrado, habían colocado una bomba de relojería, que estaba preparada para explotar a las nueve y veinte, justo en medio del discurso.[553] Pero en aquella ocasión Hitler se salió de la rutina. Acabó su discurso poco después de las nueve y en vez de mezclarse con la multitud de los asistentes, como solía hacer, se metió en un coche y salió precipitadamente en dirección a la estación de ferrocarril. «Me explicó que tenía que volver a Berlín a toda costa», anotó Rosenberg tres días después en su diario.[554] Tenía una reunión muy importante en la capital acerca de la invasión de Francia; la acción había sido planeada para el 7 de noviembre, pero el mal tiempo había obligado a retrasarla. «Después de su breve discurso, le habían pedido que se reuniese con los Viejos Combatientes en la galería del Bürgerbräukeller. Él preguntó entonces qué hora era. Las nueve y diez... No quería retrasarse por respeto a la organización de los viajes y... partió de inmediato. Si no lo hubiera hecho, todos nos habríamos visto sepultados bajo los escombros». La bomba estalló a su hora, echando por tierra la columna y el techo que sostenía. Sesenta y tres personas quedaron mutiladas y ocho perdieron la vida. Al día siguiente, el periódico de Rosenberg, el Völkischer Beobachter,


se felicitaba por la «milagrosa salvación del Führer». Como Hitler, que sospechaba de una conspiración de los servicios secretos británicos, Rosenberg escribía en su diario que sus enemigos, «con toda probabilidad desde el extranjero, siguen actuando para sacarnos de este mundo». El intento de asesinato del Führer indujo a su leal ideólogo a inspeccionar su casa. «En esta zona despoblada sería una nimiedad arrojar una bomba sobre mi dormitorio en plena noche». Al mismo tiempo adoptaba una actitud filosófica. Los grandes hombres debían asumir grandes riesgos. ¿No había sido acaso ese el mensaje del fallido golpe de Estado de Múnich de 1923? «En fin, no habríamos podido emprender nada si nos hubiéramos dejado llevar por la preocupación». Aquel percance le hacía pensar también en el estado en que se hallaba la opinión pública en Alemania. En este sentido, como de costumbre, Rosenberg veía motivos para echar la culpa de todo a Goebbels. El ministro de Propaganda había destruido la confianza del pueblo, señalaba Rosenberg. «La actuación de nuestros líderes está provocando irritación en el país: es imposible calcular la confianza que han destruido la arrogancia de Goebbels y la ostentación de algunos otros. Todos nosotros tenemos que pagar... lo que la vanidad y la petulancia levantina de algunos han destruido». Rosenberg no lo sabía, pero estaba tras la pista de algo. La bomba de relojería del Bürgerbräukeller había sido colocada por un carpintero, Georg Elser, que había actuado solo. Se había pasado meses escondido durante horas en el local, ahuecando la columna para instalar en ella los explosivos. En el momento en que estalló la bomba, ya había sido detenido. Lo habían pillado intentando cruzar ilegalmente la frontera de Suiza. En el curso de los interrogatorios, declaró que se había sentido indignado al ver los derroteros por los que estaba llevando Hitler a Alemania; temía que estallara otra guerra y le alarmaban los recortes de las libertades civiles introducidos por los nazis. Había llegado a la conclusión de que Hitler debía desaparecer; y Goebbels y Göring también. Durante los últimos meses de 1939 y los primeros de 1940 Inglaterra y Francia se dedicaron a acelerar su producción de material bélico y a prepararse para la lucha inminente. Mientras tanto, los nazis dirigían su mirada hacia Dinamarca y Noruega.[555] Dos factores estratégicos determinaron la decisión de Berlín de actuar contra Escandinavia. Los oficiales de la armada alemana no querían que su acceso al Atlántico se viera bloqueado por el cordón de seguridad impuesto


por los británicos en el mar del Norte, como había ocurrido durante la Primera Guerra Mundial. Al mismo tiempo, advirtieron a Hitler —y con razón, como luego se demostraría— que los ingleses pretendían ocupar Escandinavia e impedir así el acceso de Alemania a su fuente de aprovisionamiento de mineral de hierro en Suecia. Durante los meses de invierno, la travesía de Suecia a Alemania se hallaba cortada por el hielo, de modo que el mineral tenía que ser embarcado en algún puerto noruego. Rosenberg encontró el papel que podía desempeñar en este capítulo de la guerra. Desde 1933 había cultivado una alianza en Noruega con un político de derechas llamado Vidkun Quisling, cuyo Partido de Unidad Nacional pretendía introducir el nazismo en su país. En agosto de 1939, Rosenberg organizó el adiestramiento de una pequeña pandilla de seguidores de Quisling en Alemania y, a finales de ese mismo año, aprovechando los rumores que corrían por Berlín acerca de una operación escandinava, hizo saber a la armada alemana que Quisling tenía planeado dar un golpe de Estado. Quizá, sugirió Rosenberg, el conspirador noruego y los alemanes podrían colaborar. En diciembre de 1939 Quisling se reunió en tres ocasiones con Hitler, explicándole sus planes de golpe de Estado y prometiéndole que contaba con apoyos dentro del ejército noruego. Hitler se mostraba reacio a intervenir. Dijo a Quisling que prefería una Noruega neutral, pero que no estaba dispuesto a quedarse quieto si los ingleses daban cualquier paso destinado a apoderarse de los puertos del país y a bloquear los movimientos de las importaciones alemanas. De momento, solo prometió prestar apoyo financiero al movimiento de Quisling. Antes de abandonar Berlín, Quisling fue a visitar a Rosenberg para darle calurosamente las gracias por su ayuda. Rosenberg le contestó que tenía previsto visitar Escandinavia en calidad de invitado. «Nos hemos dado un apretón de manos con la esperanza de volver a vernos pronto», anotó Rosenberg en su diario, «cuando la acción haya concluido exitosamente y el primer ministro de Noruega se llame Quisling». [556] Durante los meses siguientes, a Hitler empezó a gustarle la idea de una ocupación de Escandinavia, y el 9 de abril de 1940, los ejércitos alemanes invadieron Dinamarca y Noruega. Los daneses se rindieron inmediatamente, pero los alemanes encontraron una fiera resistencia de la armada británica y del ejército noruego. El día de la invasión, Quisling acudió a la radio, anunció que era el nuevo


líder de Noruega y exhortó a sus compatriotas a poner fin a toda resistencia ante los alemanes. «Hoy es un gran día para la historia de Alemania», reseñaba Rosenberg en su diario. «Dinamarca y Noruega ocupadas. Felicito al Führer por esta empresa en cuya preparación yo también he participado». [557] El rey y los ministros del Gobierno legítimo huyeron al norte y al día siguiente enviaron a los nazis un mensaje bien distinto. No tenían la intención de apoyar a Quisling. Estaban dispuestos a luchar. Pero su resistencia no significó gran cosa, lo mismo que la ayuda de los británicos. Los alemanes ocuparon rápidamente Oslo y las demás grandes ciudades. Rosenberg cacareó mucho el pequeño papel que había desempeñado en la invasión. No cabía negar que su Oficina de Política Exterior había «cumplido un papel histórico» poniendo los cimientos de toda la operación, decía en su diario a finales de abril. «La ocupación de Noruega tal vez sea decisiva para el curso de la guerra».[558] No lo sería, en realidad, pero la victoria alemana en Escandinavia sí que tuvo un resultado significativo. Dio lugar a un coletazo en el parlamento británico en contra del primer ministro Neville Chamberlain. La caída de Noruega, tras la anexión de Austria, la pérdida de Checoslovaquia y la desaparición de Polonia, supuso la caída de su Gobierno. El 10 de mayo, dimitió y ascendió al poder un hombre que se había ganado la reputación de enemigo inexorable del Tercer Reich: Winston Churchill. En abril de 1940 Rosenberg emprendió una gira por Alemania Occidental pronunciando discursos, y efectuó un pequeño desvío de su ruta para visitar Saarbrücken y las fortificaciones de las colinas situadas al sur de la ciudad. A lo largo de la frontera, los alemanes tenían su Westwall, el «Muro Occidental» o Línea Sigfrido, y los franceses su Línea Maginot, dos vastísimas redes de defensas impenetrables: pesadas barreras antitanque hundidas en la tierra, filas y filas de alambradas, búnkeres subterráneos y torretas acorazadas. Francia llevaba oficialmente en guerra con Alemania desde septiembre de 1939, pero ninguno de los dos bandos estaba preparado para lanzarse a la ofensiva. En la primavera de 1940, sin embargo, la «guerra de broma» empezó a dar paso a combates reales. Durante las semanas previas al viaje de reconocimiento de Rosenberg, los ejércitos de Francia y Alemania intercambiaron disparos de artillería pesada y los cielos de ambos países


comenzaron a ser surcados por los aviones de unos y otros, que a menudo se enzarzaban en combates aéreos. Se habían producido además múltiples escaramuzas cuando las patrullas alemanas habían intentado probar las fortificaciones aliadas. La tensión iba en ascenso.[559] Rosenberg estuvo paseando por aquel paisaje desolado y anotó sus impresiones en su diario. «Pueblos destruidos por los disparos en tierra de nadie. Antiguas trincheras francesas abandonadas con colchones y mantas. Un café francés convertido en un pequeño fortín de hormigón. Interminables búnkeres en construcción».[560] Los oficiales y soldados alemanes con los que se encontró parecían estar en un fabuloso estado de ánimo. Pero en Saarbrücken, las casas habían quedado reducidas a montones de escombros. «Si algún día todo Occidente tuviera este aspecto sería horripilante», añadió. 10 de mayo de 1940. «Comienza la lucha final», reseñó Rosenberg ese día en su diario, «que decidirá el destino de Alemania. Quizá para siempre, durante los próximos siglos con toda certeza».[561] Los Aliados habían tenido años para prepararse y, pese a ello, todavía no estaban listos para hacer frente al plan de guerra que los nazis habían elaborado para la invasión de Occidente.[562] Habían contado con que los alemanes entrarían precipitadamente por Holanda y el corazón de Bélgica. En cambio, Hitler dio su apoyo a un plan sumamente audaz que comportaba que una fuerza enorme de tanques y vehículos acorazados penetrara en las Ardenas, bastante más al sur. La región de las Ardenas, un territorio desolado e inhóspito, a menudo sumido en la niebla, lleno de espesos bosques y colinas, estaría muy mal defendida; los Aliados habían pensado que era un terreno demasiado abrupto para llevar a cabo un asalto con blindados. El plan funcionó a la perfección. En el norte, los holandeses se rindieron enseguida, en cuanto los alemanes bombardearon Rotterdam el 14 de mayo. En Bélgica, los Aliados aguantaron al principio en el norte, donde habían concentrado sus tropas para hacer frente a la que creían que sería la principal fuerza invasora. Mientras tanto en el sur, en las Ardenas, los tanques y los vehículos blindados alemanes se abrieron paso lentamente hacia el oeste en cuatro líneas que se extendían a lo largo de más de ciento cincuenta kilómetros. Los alemanes llegaron al río Mosa sin sufrir contratiempo alguno y, tras atravesar


el frente aliado el 14 de mayo, continuaron adelante a toda velocidad sin encontrar oposición. El 20 de mayo habían llegado al Canal de la Mancha y rápidamente cercaron a las tropas francesas y británicas en Dunkerque. Aunque trescientos cuarenta mil soldados aliados lograron escapar y ponerse a salvo al otro lado del Canal, la primera ronda de combates prácticamente había terminado. Los alemanes avanzaron a toda velocidad hacia el sur como una inmensa ola y el 14 de junio entraron en París sin que nadie se lo impidiera. Las autoridades francesas pidieron un armisticio. Una semana más tarde, fueron convocadas en los bosques de Compiègne, el mismo lugar en el que los alemanes se habían rendido a los Aliados en noviembre de 1918.[563] Hitler se presentó al frente de una delegación en un claro del bosque para inaugurar las conversaciones, y cuando llegó tuvo buen cuidado de pisar el monumento que conmemoraba el final de la Primera Guerra Mundial y la caída de Alemania. La lápida conmemorativa decía así: «Aquí el 11 de noviembre de 1918 sucumbió el orgullo criminal del imperio alemán, derrotado por los pueblos libres a los que había intentado esclavizar». Leyó aquella inscripción con visible desprecio. William Shirer, el corresponsal de prensa extranjero, que se había desplazado hasta allí para ser testigo de aquel momento histórico e informar de él, observó cuidadosamente al Führer. «He visto esa cara muchas veces en los grandes momentos de su vida», escribiría luego en su diario. «Pero hoy... reflejaba desprecio, cólera, odio, afán de venganza y triunfo». Al día siguiente los franceses firmaron un armisticio severísimo. Y dos días después los alemanes derribaron el monumento. Durante los seis años transcurridos desde que Hitler lo nombrara jefe de formación y adoctrinamiento de la población, Rosenberg había podido ver cómo sus doctrinas penetraban en todos los rincones de la vida alemana. La Gleichschaltung o «coordinación» puso en manos de los nazis el control de los sindicatos, las cámaras de comercio, las corporaciones de profesores y las ligas estudiantiles, las asociaciones juveniles y prácticamente todas las demás agrupaciones sociales y corporativas: clubs de tiro, corales o clubs deportivos.[564] Sometidos a una educación ideológica a todas las horas del día, todos los ciudadanos alemanes, irremediablemente, fueron iniciados en las ideas


radicales de Rosenberg. El Encargado de la Formación Espiritual e Ideológica del partido daba regularmente conferencias a los líderes de las Juventudes Hitlerianas, organización que en 1939 contaba con 8,7 millones de chicos en su nómina. [565] Hitler consideraba aquella asociación el campo de adiestramiento de los futuros soldados y militantes leales del partido. Además de una educación física continua, con excursiones, acampadas y deportes de todo tipo — actividades a las que se sumaron, una vez comenzada la guerra, otras de carácter más soldadesco, como código Morse, orientación y desfile en formación—, los chicos recibían una importante dosis de ideología. Cantaban canciones, leían libros y asistían a clases cuidadosamente preparadas en las que se hablaba del Führer, de los mitos germánicos y la pureza racial. Entre los materiales que los instructores de las Juventudes Hitlerianas tenían la obligación de estudiar y enseñar estaba El Mito. Daba la impresión de que el libro de Rosenberg estaba omnipresente en el Tercer Reich. Los profesores de las escuelas secundarias tenían la obligación de pasar exámenes de acreditación que exigían el conocimiento de las teorías expuestas en él. Una publicación de la Liga de Profesores Nacionalsocialistas afirmaba en 1935 que «todo alemán que luche por la libertad de pensamiento y de espíritu» tenía el deber de leerlo. En su obra El mito del siglo XX, «Rosenberg ha puesto en manos de los alemanes un arma con la que recuperar su honor y su autodeterminación espiritual».[566] Educadores, estudiantes universitarios, funcionarios e incluso empresarios estaban obligados a participar en campos de adoctrinamiento nazi en los que Mi lucha y El Mito eran utilizados para enseñar la importancia de la pureza racial.[567] «El nacionalsocialismo es una ideología y esa ideología se encuentra en El Mito del siglo XX de Rosenberg», decía un instructor del partido en una sesión de adoctrinamiento para estudiantes universitarios en septiembre de 1935. «La gente que no posee nuestra fe, o que no puede poseerla debido a su inferioridad racial, debe ser eliminada».[568] Los hombres de Himmler recibían el mensaje de Rosenberg a través de la revista oficial de la SS, Das Schwarze Korps; sus artículos eran reproducidos en el SS-Leitheft, el boletín de formación ideológica para los líderes de la SS que aparecía con cubiertas de lo más llamativas, siempre con el logotipo de la organización, el símbolo del rayo, sobre fondo negro o rojo. Pero por mucho que viera que su filosofía impregnaba por completo la cultura del país, Rosenberg insistía una y otra vez ante Hitler para que su


autoridad se extendiera todavía más en las mentes y los corazones de la población de Alemania. Rosenberg quería un púlpito más alto todavía desde el que predicar al pueblo. Con el país en guerra, afirmaba que Hitler necesitaba la singular voz de su responsable de formación ideológica para mantener al partido y al pueblo fieles a las doctrinas nazis. No era, claro está, ninguna coincidencia que el proyecto de Rosenberg contribuyera de paso a disminuir la enorme influencia de su rival más destacado, Joseph Goebbels. «En estos momentos el pueblo mira al partido», escribía Rosenberg en su diario el 24 de septiembre de 1939, resumiendo la conversación que había tenido con Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler.[569] La gente había dado a los nazis un voto de confianza y los líderes del partido habían abusado de ella. La Cámara de la Cultura del Reich se había corrompido. Tras disponer que Rosenberg preparara el material para el adoctrinamiento del partido, Robert Ley había intentado «arrebatarme, a mis espaldas, la obra de toda mi vida», se quejaba Rosenberg. «De este modo se está desdibujando la forma del partido: aquí y allá hay ostentación por parte de los advenedizos, zancadillas insolidarias acompañadas de pavoneos y vanidad, y luego la flojera y falta de decisión propias de los pequeños burgueses. Y así, miles de nacionalsocialistas de buena fe se preguntan una y otra vez: ¿y el Führer? ¿No piensa intervenir? ¿Puede seguir imponiéndonos al doctor G.? ¿No se va a poner orden? Trabajan fielmente, como antes, porque en su momento lucharon y no piensan renunciar a esa lucha, pero ya no lo hacen con aquella convicción interna que todos nosotros teníamos en el pasado». Rosenberg se figuraba que el partido se haría añicos sin su vigorosa guía en materia de ideología. Lo único que mantenía unido el Tercer Reich era la autoridad indiscutible de Hitler. Cuando muriera el Führer, sus acólitos irían a la guerra unos contra otros, como habían hecho los generales de Alejandro Magno, los Diádocos, que se enzarzaron en una lucha a muerte por los despojos que el soberano había dejado tras de sí en tiempos de la Grecia antigua. Había llegado el momento de emprender una «reforma», y él era el hombre que debía encabezarla. A finales de 1939 Rosenberg presentó sus argumentos a Hitler. La guerra no tenía que ver solo con las ganancias territoriales, dijo al Führer. Era también una lucha del espíritu. Le preocupaba que la gente se dejara seducir por nuevos líderes y «filósofos modernistas».[570] Las iglesias estaban reforzando sus actividades subversivas y los nazis no podían cejar en su lucha


contra ellas. El clero seguía aferrado a la idea de que ellos, y no el partido nazi, no Rosenberg, eran los responsables del bienestar espiritual de los alemanes. Un teólogo había tenido incluso la desfachatez de proponer que la formación ideológica del partido se pusiera en manos de las iglesias. «Este impertinente memorándum está cargado de arrogancia, ignorancia y estrechez de miras, pero demuestra, al mismo tiempo, lo poco que la cabeza de los sacerdotes, llena de formas discursivas propias del Antiguo Testamento, comprende de la vida alemana», comentaba Rosenberg. «Son el atraso personificado y ni siquiera se imaginan lo anticuados que resultan». En algunas regiones, los curas habían declarado que la guerra era un castigo de Dios. Se dedicaban a descomponer las almas de los soldados, y las tácticas de Goebbels —«cuentos fantásticos..., propaganda del día o... espectáculos de variedades»— no servían para contrarrestar su labor perniciosa.[571] «Creo que en estos años me he ganado a pulso la confianza del partido», afirmaba. «Si no actuamos con rigor, en el futuro nuestra lucha habrá sido en vano».[572] Rosenberg expuso por escrito sus ideas y las puso a circular por la maquinaria burocrática nazi, negociando y buscando soluciones de compromiso con el fin de hacerlas más digeribles a sus rivales. Pero en la primavera de 1940, Hitler puso de repente el veto a la iniciativa de Rosenberg. Y no se le ocurrió nadie mejor a quien echar las culpas de ello que a Benito Mussolini.[573] Al dictador italiano le preocupaban las repercusiones que pudiera tener sobre la Iglesia Católica el hecho de que Hitler diera al hereje de Rosenberg un puesto demasiado llamativo. El Führer confesó a su fiel seguidor que comprendía la inquietud del Duce. El nombramiento de Rosenberg «caería como una auténtica bomba, justo en este momento al comienzo de la gran ofensiva».[574] Luego los nazis podrían hacer lo que quisieran, pero de momento no era conveniente enfrentarse a una nueva rebelión, esta vez de los clérigos. «La Iglesia quizá abrigue todavía alguna esperanza de perpetuarse», le dijo Hitler. «Con su nombramiento tendría que enterrar definitivamente todas esas esperanzas, se vería obligada a abandonar cualquier inhibición». Pero el Führer enseguida encontraría otros proyectos para su fiel lugarteniente. Durante los cinco años siguientes, la ilimitada ambición y el infatigable afán de poder personal de Rosenberg lo llevarían a desempeñar el papel de protagonista en algunos de los crímenes nazis más infames.


Este nuevo capítulo de la vida de Rosenberg empezó de forma bastante inofensiva, con los planes de crear una nueva biblioteca.[575] Siguiendo instrucciones de Hitler, estaba proyectando una Hohe Schule (Escuela Superior) del partido nazi, una institución que, según esperaban todos, lograra que las doctrinas del partido fueran transmitidas de generación en generación. El principal campus de la Escuela Superior se levantaría a la orilla de un lago, el Chiemsee, una espectacular extensión de agua dulce rodeada de montañas, al sur de Baviera. El arquitecto encargado de su construcción imaginaba que el edificio principal fuera un imponente bloque de piedra de ochenta metros de altura, según las líneas austeras del estilo nazi, rodeado de columnas monumentales y coronado por un par de águilas de piedra.[576] La Hohe Schule sería la culminación de un sistema de educación ideológica de élite.[577] Los adolescentes alemanes que abrigaran la esperanza de asumir en el futuro puestos de liderazgo dentro del partido estarían obligados a ingresar en alguna de las Adolf-Hitler-Schulen (Escuelas Adolf Hitler) que acababan de ser inauguradas. Administradas por las Juventudes Hitlerianas, estas escuelas hacían hincapié en la preparación física y militar. Los mejores alumnos que salieran de ellas podrían ir luego a los NS-Ordensburgen (Castillos de la Orden Nacionalsocialista) —llegaron a construirse tres, a un coste elevadísimo, uno en Renania, otro en Baviera y otro en Pomerania—, donde los pocos escogidos se empaparían en el estudio de la biología racial, el atletismo de élite y la formación ideológica. Los Castillos de la Orden debían ser además centros a los que los actuales dirigentes del partido acudirían para perfeccionar su formación y continuar su educación. La Hohe Schule sería la institución en la que se educaran los instructores de las Adolf-Hitler-Schulen y de los Ordensburgen, poniendo así en manos de Rosenberg el control de todo el sistema pedagógico del partido. Aparte de eso, la institución de Rosenberg debía encargarse de formar al personal destinado a llevar a cabo las labores de adoctrinamiento y convertirse en un centro de investigación del nazismo. Se establecerían además filiales por todo el país, en las que se estudiaría comunismo, teología, «higiene racial», folclore y arte alemán, etcétera. El primero de estos centros se abrió en Fráncfort y allí los eruditos nazis estudiaban la materia más urgente del momento: la cuestión judía. Aquellas instituciones necesitaban bibliotecas y las bibliotecas necesitaban


libros. En enero de 1940 Hitler ordenó a todos los cargos del partido y del Gobierno que ayudaran a Rosenberg a reunir los fondos de la biblioteca de la Hohe Schule.[578] Rosenberg convenció al ayuntamiento de Fráncfort de que pusiera a su disposición sus fondos de documentos judíos y después empezó a adquirir otros. Pero cuando dio comienzo la guerra Rosenberg vio que se le abrían nuevos horizontes. El 18 de junio de 1940, cuatro días después de la caída de París, uno de los empleados de Rosenberg descubrió que las principales instituciones judías y masónicas de la capital de Francia habían sido abandonadas; y sus archivos podían ser una mina de oro para el centro de investigación de Rosenberg. Aprovechando al máximo aquella oportunidad, Rosenberg pidió a Hitler un permiso oficial para crear una fuerza operacional que se dedicara a buscar y reunir el material abandonado por los judíos en su huida para que los eruditos del futuro pudieran estudiarlo. Hitler accedió enseguida, y así nació el Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg, la Fuerza Operacional Rosenberg, que no tardaría en hacerse tristemente famosa. Al cabo de poco tiempo sus integrantes —con la ayuda de la Gestapo, el Servicio de Seguridad de la SS y la policía secreta militar, la Geheime Feldpolizei— habían empezado a saquear bibliotecas, archivos y colecciones privadas de Holanda, Bélgica y Francia. El personal del Einsatzstab se lanzó a la búsqueda de los fondos de las dos instituciones judías más importantes de París, apoderándose así de cincuenta mil libros pertenecientes a la Alliance Israélite Universelle y a la École Rabbinique. Sus integrantes confiscaron además veinte mil libros de Lipschutz, la librería judía más importante de la capital francesa. Saquearon las grandes colecciones privadas que poseían los Rothschild. Ocuparon las principales logias masónicas, que, a juicio de Rosenberg, eran en realidad «organizaciones de combate».[579] Y, como eran una creación de Rosenberg, extendieron sus actividades a acabar con las bibliotecas rusas y ucranianas existentes en la Europa occidental ocupada. Los hombres del Einsatzstab encontraron una feroz competencia especialmente en la Oficina Central de Seguridad del Reich (Reichssicherheitshauptamt, RSHA por sus siglas en alemán), dependiente de Himmler, que estaba creando su propia biblioteca secreta de investigación que le permitiera llevar a cabo sus pesquisas sobre los enemigos de los nazis.[580] Pero Rosenberg logró apoderarse de cientos de miles de libros en un tiempo récord. Una remesa de


mil doscientos veinticuatro cajones de libros enviada en agosto de 1940 llenó once vagones de tren.[581] «Las cosas que mi Einsatzstab confiscó en París son sin duda únicas», anotó Rosenberg en su diario.[582] En su recién creado Instituto para la Investigación de la Cuestión Judía de Fráncfort, Rosenberg estaba empezando a reunir la biblioteca de material judaico más grande del mundo, que llegaría a acumular cientos de miles de volúmenes robados. Su intención era poner al alcance de los investigadores los materiales que necesitaran para estudiar al enemigo más importante de Alemania hasta el más mínimo detalle. «Quien en el futuro quiera investigar sobre la cuestión judía», anotó en su diario, «tendrá que ir a Fráncfort».[583] Pero al cabo de poco tiempo el Einsatzstab de Rosenberg experimentaría una expansión radical. Al contemplar el paisaje del territorio que acababan de conquistar, los dirigentes del Tercer Reich pusieron sus ojos en unos objetos mucho más valiosos que unas simples pilas de libros polvorientos. Hitler contemplaba crear un grandioso complejo museístico en la ciudad austríaca de Linz, donde había crecido.[584] Su vertiginosa visita a la Galleria degli Uffizi de Florencia y a la Galleria Borghese de Roma lo había convencido de que su país no tenía nada parecido a las obras de arte de categoría mundial que habría necesitado su museo. Todo eso iba a cambiar muy pronto. Dentro de Alemania, la Gestapo empezó a confiscar obras de arte y otros objetos de valor pertenecientes a los judíos... para su «salvaguardia». Las piezas mejores debían ser destinadas a los museos de Linz y de otras ciudades de Alemania, y el resto debía ser vendido o destruido. En 1939, con sus almacenes llenos a rebosar de obras de arte, Hitler nombró a un especialista en historia del arte, Hans Posse, encargado de seleccionar lo mejor entre la multitud de piezas confiscadas y decidir las que debían ir a parar al Führermuseum. Respaldado por un presupuesto casi ilimitado y dotado de plenos poderes para dirigir las negociaciones más duras, Posse empezó además a adquirir obras nuevas en el mercado libre. Posse encontró una dura competencia en Hermann Göring, que, como saqueador, no se conocería uno igual en la Alemania nazi.[585] El Reichsmarschall se figuraba que era un hombre del Renacimiento. Decoró su residencia de Berlín con cuadros tomados en préstamo de los distintos


museos de Alemania; detrás de una pintura enorme de Rubens se escondía una pantalla de cine. Había empezado a reunir su gigantesca colección de obras de arte poco después de que los nazis alcanzaran el poder. En 1936, cuando Hitler lo puso al frente de la economía del país, enormes cantidades de dinero empezaron a afluir a los bolsillos de Göring y los individuos que tenían intereses empresariales no dudaron en colmarlo de suntuosos regalos privados. El Mariscal del Reich se construyó una caprichosa mansión llamada Carinhall en la Schorfheide, un bosque situado a unos 70 kilómetros al norte de Berlín. Los visitantes extranjeros encontraban curiosa su residencia no solo por sus dimensiones gigantescas, sino también por su ostentosidad. Se encontraban en ella con cuadros a centenares, al lado de enormes leones y bisontes disecados. Göring tenía un cuenco lleno de diamantes encima de su escritorio para tener algo que toquetear y con lo que jugar durante las reuniones. Tras la anexión de Austria, los alemanes saquearon Viena.[586] Las familias más destacadas de la ciudad perdieron sus colecciones; algunos judíos entregaron sus bienes a cambio de un permiso para emigrar. Las joyas de la corona del Sacro Imperio Romano Germánico —cetros, orbes, el libro de oraciones de Carlomagno, piezas todas incrustadas de piedras preciosas— fueron confiscadas por el alcalde de Núremberg alegando que, después de cuatrocientos años en su ciudad, habían sido trasladadas a Viena en 1794 para su salvaguardia y no habían sido devueltas nunca.[587] Tras la invasión de Polonia un año después, los nazis se llevaron el retablo gótico más grande del mundo, tallado por el escultor alemán Veit Stoss, del lugar para el que había sido construido, la basílica de Santa María de Cracovia, y se apoderaron también de varios cuadros famosos de Rembrandt, Rafael y Leonardo. En los Países Bajos, los agentes de Göring se las arreglaron para llevar a cabo sus saqueos incluso cuando los ejércitos de los Aliados estaban rodeados en Dunkerque. Daba la impresión de que los nazis usaban una red de arrastre que lo capturaba todo: las propiedades de los que habían sido detenidos, las de los que habían huido antes de la invasión, las de los que habían dejado sus obras de arte depositadas en galerías y las de los que habían intentado sacar del país sus objetos de valor.[588] No todo fue robado sin más. Los nazis dieron a sus operaciones un barniz de legalidad comprando algunas colecciones.[589] Pero fueron ventas forzadas a precio rebajado, llevadas a cabo bajo amenaza de confiscación. «Si


esta vez tampoco es usted capaz de tomar una decisión», advirtió Göring a un marchante de arte belga que vacilaba, «entonces me veré obligado a retirar mi oferta y las cosas seguirán su camino normal, sin que yo pueda hacer nada para impedirlo».[590] A veces un visado de salida para el vendedor desesperado formaba parte del trato. Un marchante vendió cuatro tablas de Brueghel para obtener la libertad de dos empleados judíos. Otro consiguió los visados para veinticinco parientes a cambio del Retrato de un hombre de la familia Raman, pintado por Rembrandt en 1634. Una de las transacciones más significativas fue la relacionada con la colección dejada por Jacques Goudstikker, un judío que era uno de los principales marchantes en obras de los Maestros Antiguos. Intentando huir de los nazis por mar en mayo de 1940, se rompió el cuello al caerse a la bodega de la nave por una escotilla que no vio. Dos empleados suyos lograron convencer a la viuda de Goudstikker de que si no vendía la colección a precio de saldo, se la confiscarían toda. De resultas de esta transacción Göring salió con seiscientos cuadros, entre ellos nueve de Rubens. En el verano de 1940 los nazis dirigieron su atención a la Francia vencida. Hitler ordenó que las obras de arte fueran puestas «a buen recaudo», y el embajador de Ribbentrop, Otto Abetz, enseguida se encargó personalmente de la operación. Sus hombres asaltaron las cámaras de seguridad de los bancos, las galerías de arte y los domicilios particulares de los judíos. El fruto de su pillaje fue almacenado de cualquier manera en la embajada. Pero unos oficiales del ejército —convencidos de que había sido a ellos, no al embajador, a quienes se había confiado la responsabilidad de los tesoros artísticos— se opusieron a la agresividad de Abetz e intentaron impedirle que sacara todo aquel material fuera del país. Hubo también otros participantes en la pugna por los despojos robados, entre ellos Goebbels, en su papel de director de la Cámara de la Cultura del Reich. Pero esta vez, Rosenberg batió a todos sus rivales. Hitler le confió al Einsatzstab la labor de proteger «las propiedades judías sin dueño», como decía la orden.[591] A diferencia de Göring, Rosenberg no tenía que reunir ninguna colección de arte privada. Podía contarse con él para proteger escrupulosa y servilmente para el Führer el fruto de las expoliaciones. Los agentes de Göring ya habían empezado a trabajar en Francia, por supuesto, de modo que Rosenberg le escribió inmediatamente diciéndole que esperaba contar con su plena colaboración. El Reichsmarschall le respondió


lleno de entusiasmo. Se ofreció incluso a resolver uno de los problemas de Rosenberg: cómo trasladar las obras de arte a Alemania. Encontrar trenes podía resultar difícil, pero Göring puso a disposición de Rosenberg a la Luftwaffe para que le ayudara a embalar, preparar, guardar y transportar las obras de arte. Los dos dirigentes nazis mantenían una relación compleja. Durante el breve periodo en que Rosenberg había sido presidente del partido en 19231924, cuando Göring estaba en el destierro recuperándose de la herida de bala sufrida en el curso del golpe de Estado fallido, Rosenberg había borrado su nombre de las listas de militantes nazis y Göring no se lo perdonó nunca. Diez años más tarde, al mismo tiempo que proporcionaba a Göring los expedientes de los funcionarios del Ministerio del Interior de Prusia potencialmente desleales, el director de la Gestapo, Rudolf Diels, le pasó información sobre otros miembros del partido nacionalsocialista. En sus memorias, Diels afirmaba que el expediente de Rosenberg incluía cartas de amor del ideólogo nazi a una judía llamada Lisette Kohlrausch, que había sido detenida por la Gestapo.[592] Decía que Rosenberg había conseguido que la soltaran, pero el caso lo puso en una situación comprometida. En cualquier momento, Göring podía revelar el suceso a Hitler y acabar con la carrera de Rosenberg. (Las cartas mencionadas por Diels se han perdido para la historia, si es que alguna vez existieron). Pero a mediados de 1940 el apoyo de Göring le pareció a Rosenberg una verdadera bendición.[593] Los rivales se sometieron a la autoridad del Einsatzstab. El Devisenschutzkommando de Göring, una unidad de control de divisas, ayudaba a llevar a cabo las razias e incluso entregaba a la fuerza operacional de Rosenberg las obras de arte que descubría por su cuenta. Daba la impresión de que los nazis sabían sin necesidad de preguntar a nadie dónde y cómo localizar las principales galerías de arte, los museos, los bancos, los almacenes y los domicilios particulares. Enormes camiones de mudanzas aparecían ante las casas de los judíos ricos, escribía una testigo en su diario. «Tapices preciosos, alfombras, bustos, obras maestras, porcelana, muebles, mantas, sábanas..., todo era secuestrado y llevado a Alemania».[594] Se estableció un almacén central en el Jeu de Paume, un pequeño museo situado en la Place de la Concorde, y al cabo de poco tiempo las obras de arte empezaron a llegar con tanta rapidez a los despachos que los expertos en historia del arte de Rosenberg casi no podían dar abasto. «Utilizando todos los medios y posibilidades disponibles para ello fueron localizadas y


confiscadas todas las colecciones de arte ocultas en las casas de los judíos de París, en los castillos de provincias y en los almacenes de las empresas de transportes y otros locales por el estilo», comunicaba Rosenberg a Hitler. [595] «Los judíos huidos habían aprendido muy bien a camuflar hábilmente los escondites de todas esas obras de arte». Las famosas colecciones de los Rothschild franceses habían sido repartidas por París, Burdeos y la región del Loira. En un almuerzo mantenido con Hitler a primeros de septiembre, Rosenberg informó detalladamente de lo que se había encontrado en el palacio de los Rothschild en París. Debajo de una trampilla que daba a un sótano secreto se descubrieron sesenta y dos cajas llenas de documentos, libros y otras cosas, e incluso un pequeño cofre que contenía unos botones de porcelana que había lucido el propio Federico el Grande.[596] Al término de la guerra, cuando le preguntaran durante su interrogatorio por las incautaciones de obras de arte y antigüedades llevadas a cabo sin compensación alguna, Rosenberg daría una justificación muy sencilla: «Los propietarios no estaban».[597] Rosenberg no tardó en darse cuenta de que la colaboración de Göring iba a tener un precio. Göring entabló una estrecha relación con los hombres del Einsatzstab desplazados a París, especialmente con Kurt von Behr, el mismo Von Behr que cinco años después conduciría a los soldados del ejército aliado hasta los documentos que Rosenberg había escondido en el Schloss Banz. Altanero y vanidoso, Von Behr había nacido en el seno de una familia aristocrática y en otro tiempo había estado al frente de la Cruz Roja alemana.[598] Aunque no había pertenecido al ejército desde los tiempos de la Primera Guerra Mundial, se las arregló para ser nombrado teniente coronel por el Gobierno militar de París. Hablaba francés, se paseaba luciendo vistosos uniformes, cultivaba las mejores relaciones en las altas esferas y era muy aficionado a dar suntuosas fiestas. Su esposa era británica, pero odiaba su país natal. Otros miembros del Einsatzstab se quejaban de que Von Behr era «un ególatra sin escrúpulos» que no sabía nada de arte y se comportaba como un gánster. Incluso en un régimen cuya rapacidad alcanzó unos niveles sin precedentes en la historia, los Von Behr se las arreglaron para sobresalir. Según una investigación llevada a cabo por la Oficina de Servicios


Estratégicos de Estados Unidos después de la guerra, la oficina del Einsatzstab en París no tenía nada que ver con ninguna otra del imperio Rosenberg. Sus responsables mantenían abiertamente aventuras con sus secretarias. Una mujer «se quedó con varios objetos de valor, como pieles, joyas y plata» y se enzarzó en una agria pelea con una compañera que desembocó en un «intercambio de calumnias y acusaciones histéricas».[599] Otra empleada era sospechosa de espiar al resto del personal para su jefe. La administración militar acabó detestando a Von Behr y todas sus actividades. A primeros de noviembre, Göring fue a París de compras.[600] Sus agentes habían estudiado algunas colecciones privadas antes de ser confiscadas y se habían asegurado de que las mejores obras fueran enviadas al Jeu de Paume. En la galería, Von Behr montó una sofisticada exposición privada para el Reichsmarschall. Se descorcharon botellas de champaña y el museo fue decorado con palmeras, muebles elegantes y hermosas alfombras. El invitado de honor se pasó todo el día paseando entre obras de arte y volvió dos días después a considerar el mérito relativo de más obras todavía. Reservó más de dos decenas de piezas para él —un Rembrandt, un Van Dyck, un conjunto de vidrieras y unos cuantos tapices— y destinó estratégicamente otras para el Führermuseum de Hitler, en particular la obra maestra de Vermeer El astrónomo. Al término de esta visita, Göring dictó jactanciosamente una orden especificando cómo debían repartirse aquellos despojos, pese a que carecía de autoridad formal sobre el Einsatzstab y las confiscaciones de obras de arte en París. Primero, decretaba la orden de Göring, los representantes de Hitler reservarían lo que quisieran para el museo de Linz. Luego él se llevaría lo que le hiciera falta «para completar las colecciones del Reichsmarschall». A continuación, Rosenberg podría llevarse lo que quisiera para su Hohe Schule. Y por último, los museos alemanes y franceses podrían repartirse lo que quedara del botín. En una vana demostración de benevolencia, Göring afirmaba que las piezas que sobraran —si sobraba alguna— podrían ser vendidas en subasta y los beneficios obtenidos serían destinados a las viudas y huérfanos de guerra. Tres semanas después de la salida de compras de Göring por la capital


francesa, llegó Rosenberg a París, ciudad que ni los nazis se atrevieron a bombardear. —No tengo ninguna intención de atacar la hermosa capital de Francia — comentó el Führer al tiempo que sus ejércitos destrozaban el resto del país en el verano de 1940.[601] En parte su razonamiento era estratégico. Los nazis sabían que destruir París —como habían hecho con Rotterdam, por ejemplo— los malquistaría con los ingleses, a quienes esperaban atraer a entablar negociaciones de paz tras la derrota de Francia. Pero Hitler admiraba también la ciudad por su belleza y su elegancia. Decía de ella que era «una de las joyas de Europa» y por ello prometió protegerla. Dos semanas después de que los alemanes entraran en París sin lucha, el Führer subió a un Mercedes descapotable para dar una vuelta por la ciudad. El ambiente parecía surrealista. Las calles estaban extrañamente vacías. Casi cuatro millones de personas habían huido. Se detuvo en la Ópera para admirar su arquitectura y en el Hôtel National des Invalides para visitar la tumba de Napoleón. No dudó en hacerse la foto que todos los turistas deben protagonizar cuando van a París: de pie ante la Torre Eiffel. Aunque los nazis no arrasaran París, sí desde luego dejaron sentir su presencia en la ciudad. Cuando los parisinos regresaron a la capital tras la rendición, encontraron una ciudad invadida por soldados jóvenes de uniforme. La esvástica parecía ondear en todos los balcones. En los principales cruces de calles habían surgido señales de tráfico y carteles recién pintados que dirigían la circulación en alemán. Las calles que conmemoraban a algún judío famoso tenían nuevos nombres. En los Campos Elíseos, el edificio vacío del Grand Palais había sido puesto en servicio deprisa y corriendo como cochera de camiones militares y los miembros de la administración nazi habían buscado alojamiento en las mansiones y los palacios más suntuosos de la ciudad, famosos ya por su opulencia; la relación de los edificios requisados elaborada posteriormente tenía seiscientas páginas.[602] Los nazis se entregaron al disfrute de los placeres de la ciudad: los restaurantes y los cafés, los clubs nocturnos, el Casino de París, el Folies Bergère. Cargados de francos cambiados a un tipo muy conveniente, entraban en manada tanto en las tiendas más elegantes como en los comercios de barrio. Estaban encantados de que «París siguiera siendo París», como había ordenado el Ministerio de Propaganda. Muchos soldados, tanto los que


estaban estacionados en París como los que visitaban la ciudad de permiso, se ayudaban de una nueva pequeña guía de viajes alemana, publicada un mes después de la ocupación. «Para la mayoría de nosotros París es un territorio desconocido. Nos acercamos a ella con una mezcla de sentimientos heterogéneos: superioridad, curiosidad y nerviosismo ilusionado. El nombre de París evoca algo especial». Cuando sus abuelos hablaban de ella, los mismos que habían combatido en Francia en 1870, su nombre sonaba «misterioso, extraordinario. Ahora nosotros estamos aquí y podemos disfrutar de ella con plena libertad».[603] Rosenberg fue a París a pronunciar un discurso en el Palais Bourbon, antigua sede de la cámara baja del parlamento francés, y ahora del Gobierno nazi de ocupación. El mariscal de la Luftwaffe, Hugo Sperrle, y otros altos mandos militares fueron algunas de las seiscientas personas que se reunieron en la gran sala semicircular de la cámara para escuchar el discurso de Rosenberg. «Me produjo una extraña sensación hablar desde el mismo lugar desde el que Clemenceau y Poincaré habían arremetido contra el Reich; desde donde partía una y otra vez la campaña de difamación a nivel mundial contra Alemania», reflexionaría luego Rosenberg en su diario. «Fui el primero en hablar a favor de la revolución nacionalsocialista a los pies, si se me permite hablar así, de la tumba de la Revolución Francesa».[604] Los comentarios de Rosenberg, publicados en un opúsculo titulado Sangre y oro, recibieron numerosas reseñas en la prensa parisina. «Oí decir que aquel día mi discurso había sido el tema de todas las conversaciones entre los franceses», añadía en su diario el Encargado de Formación Ideológica y Espiritual. «Supuestamente habían visto en él un nuevo camino espiritual, a caballo entre la Iglesia y la democracia. Con todo, no se puede contar de momento con una transformación interior de Francia... Los franceses no han comprendido todavía la dimensión de su caída; aún no del todo». Aquella noche Rosenberg asistió a una fiesta en el Hotel Ritz y luego visitó el opulento alojamiento, recién renovado, de Sperrle en el Palais du Luxembourg. Poco después de la victoria sobre Francia, la Luftwaffe había empezado a bombardear los aeródromos, las infraestructuras y las ciudades de Gran Bretaña con el fin de preparar la invasión anfibia planeada a través del Canal de la Mancha. Durante meses de encarnizados combates aéreos, los Spitfire y los Hurricane británicos se alzaron con la victoria en la batalla por la supremacía aérea frente a los Messerschmitt alemanes y, en septiembre de


1940, Hitler renunció a sus planes de ataque. Pero no por ello cesó el Blitz, la serie de bombardeos nocturnos de Londres, Liverpool y otras ciudades británicas que obligaban a la población a salir corriendo en busca de refugio. En París, Sperrle enseñó a Rosenberg algunas imágenes aéreas de la devastación que sus pilotos estaban infligiendo a los ingleses. Durante su estancia en París, Rosenberg visitó también al personal del Einsatzstab, que estaba atareadísimo en el interior del Jeu de Paume. El museo fue decorado con crisantemos en su honor. «Se podían ver allí cosas de mucho valor», reseñó en su diario. «Rothschild, Weil, Seligmann, etcétera, habían tenido que entregar los resultados de cien años de ganancias en la bolsa: Rembrandt, Rubens, Vermeer, Boucher, Fragonard, Goya, etcétera, etcétera, estaban ampliamente representados; había también tallas antiquísimas, tapices, etcétera. ¡Los tasadores de arte cifran el valor de lo incautado en casi un billón de marcos!». Pero Rosenberg tenía motivos para preocuparse. Göring ya había empezado a reclamar parte de aquellas obras de arte como suyas. Rosenberg habría podido perder la vida durante el viaje de regreso de París. [605] Tras asistir a una representación teatral, se trasladó rápidamente al aeródromo y subió a bordo del avión del mariscal de campo Gerd von Rundstedt, en el que realizó el trayecto de novecientos kilómetros que lo separaban de Berlín. Durante el viaje de vuelta a París, los instrumentos de vuelo se congelaron y el piloto se vio obligado a dar marcha atrás. Aterrizó de forma tan precipitada que una de las alas del avión chocó contra el suelo. «Tras revisar el avión: ciento sesenta y cuatro fuentes de errores... Parece que Sperrle echó una bronca al pobre capitán y casi lo levantó por los aires agarrándolo por las solapas cuando se enteró». De nuevo en Berlín, Rosenberg se dispuso a impedir que Göring le quitara el control de las operaciones de saqueo de obras de arte en Francia.[606] Había recibido una carta del Reichsmarschall en la que le decía que apoyaba plenamente la autoridad del Einsatzstab. Pero señalaba, y con razón, que sus hombres y sus fuentes de información habían contribuido a rastrear buena parte de aquellos tesoros, y afirmaba que pensaba quedarse con varias piezas —«un pequeño porcentaje», decía—, que prometía legar al Reich al final de sus días. Rosenberg envió a París a su asesor en materia de arte, Robert Scholz,


residente en Berlín, para que visitara el Einsatzstab. Scholz le comunicó que en realidad Göring planeaba un «traslado masivo» de obras de arte al Carinhall. La noticia hizo que se desataran todas las alarmas. ¿Acaso no se suponía que era Hitler el que tenía que decidir lo que iba a ser de las piezas de arte requisadas? Rosenberg intentó que interviniera el Führer. Mandó a Scholz que escribiera al asistente de Hitler al despacho de la Cancillería proponiendo que las piezas más valiosas fueran sacadas inmediatamente de Francia en quince vagones de tren llenos a rebosar para que pudieran ser desembaladas, inventariadas y entregadas a Hitler. El 31 de diciembre, Hitler decidió qué piezas de los materiales expoliados en Francia quería destinar a su museo, reclamando cuarenta y cinco cuadros, así como numerosos tapices y varios muebles franceses del siglo XVIII. La mayor parte de esos objetos habían sido confiscados a los Rothschild: El astrónomo de Vermeer, un Rembrandt, un par de Goyas, tres Rubens y tres obras de Boucher. Las piezas fueron trasladadas a Múnich en febrero en el tren especial del Reichsmarschall y almacenadas en refugios antiaéreos en el Führerbau. Göring, por su parte, se quedaría con otras cincuenta y nueve obras. Pero los nazis no habían hecho más que empezar. Cuando acabaran, se habrían llevado, según se calcula, una tercera parte de todas las obras de arte de propiedad privada de Francia. El Einsatzstab, por su parte, se llevó casi veintidós mil objetos de más de doscientas colecciones privadas de judíos de Francia: óleos, acuarelas, dibujos, esculturas de bronce, tapices, monedas, porcelana, joyas y piezas de cerámica antigua. Entre 1941 y 1944, veintinueve cargamentos fueron enviados a los depósitos de almacenamiento instalados en seis castillos alemanes, incluido el de Neuschwanstein, el palacio de cuento de hadas situado en lo alto de una escarpada montaña al sudoeste de Múnich. Los nazis se llevaron el Retrato de Madame Pompadour de Boucher y el Cristo en la Piscina Probática de Panini. Se llevaron un retrato de mujer de Frans Hals, un paisaje de un puerto de Vernet y una escena a la orilla de un río de Berchem. Las autoridades francesas protestaron, pero no sirvió de nada. El personal de Rosenberg les recordó que lo que estaban haciendo los alemanes era aplastar una conspiración mundial judía. Confiscando los valiosísimos tesoros de Francia no hacían más que indemnizarse «por los enormes sacrificios hechos por el Reich en beneficio del pueblo de Europa».


Göring visitó el Jeu de Paume al menos en veinte ocasiones y se quedó con más de seiscientas obras de arte. En una de sus visitas, le mostraron veintidós cajas de joyas robadas en las mansiones que los Rothschild tenían en el campo. Cuando estaba examinando las piezas, entre las que había algunos colgantes del siglo XVI, el Reichsmarschall escogió seis de entre las mejores y se las guardó en el bolsillo. Rosenberg estaba indignado con Göring por entrometerse por la fuerza en sus operaciones. Él, que había sido siempre un nazi leal, creía que aquellos tesoros no podían pertenecer a un solo hombre, sino a todo el partido, «que había pagado por la lucha contra los judíos durante veinte años». Después Rosenberg insistiría en que había «prohibido, de la manera más estricta, a todos mis colaboradores quedarse hasta con el objeto más baladí como recuerdo».[607] Pero nunca estuvo en una posición que le permitiera impedir a Göring quedarse con lo que quisiera. Luego saldría a la luz que tampoco Rosenberg fue inmune a la tentación. Había decorado su casa de Berlín con tres valiosos cuadros sacados de los Países Bajos, uno de ellos del retratista holandés Frans Hals.[608] Al final, los dos jerarcas nazis consiguieron lo que querían: Göring su parte del botín de obras de arte, y Rosenberg el control de una operación que sería calificada como uno de los mayores expolios artísticos de la historia. El Einsatzstab de Rosenberg publicó diversos volúmenes encuadernados en piel de fotografías que documentaban el tesoro que había pasado a estar en posesión de Alemania. Un mes de abril, Rosenberg envió varios de ellos a Hitler «con mis deseos de brindarle alguna alegría por su cumpleaños, mi Führer».[609] Tenía más, explicaba, y se ofrecía a llevárselos personalmente «con la esperanza de que este breve entretenimiento con los hermosos objetos del arte que tanto ama infunda un rayo de belleza y de alegría en la gravedad y la grandeza de su vida actual». En cuanto a las obras de la pintura «degenerada», los cuadros de los impresionistas franceses y otros autores modernos que tanto ofendían la sensibilidad de los nazis, fueron cambiados por piezas de los Maestros Antiguos. En una de esas transacciones, según descubrieron unos investigadores americanos, Göring había aprobado un trueque con un marchante de arte alemán instalado en París, llamado Gustav Rochlitz, que seleccionó once pinturas de Degas, Matisse, Picasso, Renoir y Cézanne, entre otros, a cambio de «un retrato muy discutible de Tiziano y una obra vulgarísima de Jan Weenix».


Luego, otras obras modernas —de Picasso, de Miró o de Dalí— serían arrancadas de sus marcos, tiradas en el jardín del Jeu de Paume y quemadas con la basura.[610] En las meticulosas listas del Einsatzstab, los nombres de las obras de arte condenadas aparecían tachadas y a su lado iba una sola palabra: Vernichtet («destruida»). En la primavera de 1941, la atención de Rosenberg se dirigiría a otro tipo de destrucción más siniestra. No de obras de arte, sino de vidas.


17 Rosenberg, esta es su oportunidad

Cañón de asalto de la SS División Totenkopf —la división «Cabeza de muerto»— avanza a toda velocidad por la Unión Soviética al comienzo de la Operación Barbarroja, en el verano de 1941 (Bundesarchiv, Bild 1011-136-0882-12/Albert Cursian).

Al encender la radio en sus casas a finales de marzo de 1941, los alemanes escucharían cómo resonaba a través de las ondas la voz del zar ideológico de Hitler. Rosenberg hablaba de los judíos y pese a que su alocución fuera formal y afectada, a cualquiera que la oyera, aunque fuera distraídamente, sus palabras tendrían que sonarle inequívocamente sanguinarias. «Estamos convencidos de que esta gran guerra supone también una revolución mundial de limpieza biológica[611]», decía el Reichsleiter. «Así,


contemplamos en la actualidad la cuestión judía como uno de los principales problemas de la política general de Europa, como un problema que se ha de resolver y que se va a resolver, y hoy confiamos, sí, sabemos que, al final, todos los pueblos de Europa se sumarán a esta limpieza». En Fráncfort, los dignatarios nazis se congregaron aquel fin de semana en el ayuntamiento medieval de la ciudad para inaugurar la nueva creación de Rosenberg, el Instituto para la Investigación de la Cuestión Judía. Una multitud de periodistas y de escritores antisemitas y de políticos de menor rango de diez países europeos habían acudido a la ciudad para hablar de cómo eliminar a los judíos del continente.[612] La ocasión era la apropiada, como bien sabían todos: ahora que los nazis tenían bajo su control una cantidad enorme de territorio europeo, los enemigos del pueblo judío finalmente tenían poder suficiente para convertir sus palabras en acción mortífera.[613] Rosenberg había asistido a la primera parte del congreso, pero, tras ser llamado por Hitler a la capital por un asunto urgente, no pudo regresar a tiempo a Fráncfort, así que leyó su discurso fundamental desde Berlín y lo retransmitió por radio a toda Alemania. Esta guerra exterminaría directamente «todos los gérmenes contaminantes a efectos raciales... desarrollados... por los judíos y sus bastardos», dijo a los oyentes de la radio. «Todas las naciones tienen interés en que se resuelva esta cuestión. Y debemos declarar aquí, con toda nuestra pasión, lo siguiente: no queremos ni podemos seguir tolerando que los dedos mugrientos de las altas finanzas judías se vuelvan a inmiscuir en los intereses völkisch (“del pueblo”) de Alemania o de otros pueblos de Europa. Tampoco queremos seguir tolerando que, en lugar de niños alemanes, por las ciudades y los pueblos alemanes correteen bastardos de judíos y de negros». La única cuestión era «dónde... acomodar a los judíos». La idea de un Estado judío independiente estaba muerta; no había sido más que una estratagema sionista para crear un centro desde el cual los judíos pudieran continuar ejerciendo su insidioso control del mundo. Rosenberg proponía deportarlos a una reserva, en la que serían mantenidos «bajo experta supervisión policial». Al margen de las consideraciones logísticas, «nosotros, como nacionalsocialistas, solo tenemos una única y contundente respuesta para todas las preguntas: para Alemania la cuestión judía no estará resuelta hasta que el último judío abandone el espacio de la Gran Alemania», dijo. «Para Europa, la cuestión judía no estará resuelta hasta que el último judío


abandone el continente europeo». Cuando pronunciaba estas palabras, Rosenberg ya sabía que, por primera vez en su vida, iba a tener una oportunidad de poner en práctica su retórica. Finalmente Hitler iba a dar a Rosenberg poder para dar forma a la historia mundial. En julio de 1940 Hitler había vuelto ya su atención a su último objetivo: la Unión Soviética. Rosenberg había tenido razón todo el tiempo. Pese al pacto histórico alcanzado con Moscú, el Führer seguía comprometido en secreto con su destrucción; y cuanto antes, mejor. No se fiaba de que Stalin permaneciera fiel a su acuerdo. Aprovechando la invasión de Europa occidental por los alemanes en mayo y junio de 1940, el despiadado caudillo soviético se había apoderado de nuevos territorios por su cuenta. Primero, Stalin organizó la ocupación de Estonia, Letonia y Lituania, y luego consiguió que Rumanía se plegara a sus exigencias y entregara a los soviéticos dos de sus provincias orientales. Cuando Stalin empezó con sus regateos a Alemania reclamando más concesiones en Europa del Este —el control de Finlandia, un pacto con Bulgaria que permitiera el establecimiento de bases soviéticas en una zona clave para sus intereses, los estrechos del Bósforo y los Dardanelos—, Hitler puso en movimiento sus planes de guerra. Se elaboró un plan cuyo nombre en clave era Operación Barbarroja. Alemania aplastaría a los ejércitos soviéticos y ocuparía un territorio que debía extenderse hasta la cordillera de los Urales, muy al este de Moscú. Cuando los ejércitos alemanes cruzaran la frontera de la URSS —dijo jactanciosamente Hitler—, «el mundo entero contendrá la respiración».[614] Resulta curioso que Stalin, normalmente receloso hasta un punto rayano en la paranoia, no diera crédito a los informes recibidos acerca de la inminente traición de Hitler. La Oficina de Política Exterior de Rosenberg había venido trabajando intensamente durante casi una década en la cuestión rusa. La primera vez que mencionara en su diario ese trabajo sería en agosto de 1936: «El Führer me ha pedido en dos ocasiones que prepare un informe sobre las probabilidades de que Rusia ataque».[615] Sus hombres eran expertos en la Europa oriental. Prestaban mucha atención a los desarrollos que tenían lugar en el este, preparaban estudios detallados de carácter étnico y político sobre la población y permanecían en estrecho contacto con los líderes anticomunistas.[616]


Estudiaban además cómo podría repartirse el país cuando llegara la ocasión. A lo largo de todo el otoño de 1940 enviaron a los dirigentes del partido un boletín informativo quincenal acerca de los asuntos internos de la Unión Soviética. Eran conscientes también de los sufrimientos que se habían visto obligadas a soportar las poblaciones de Ucrania, Bielorrusia y Rusia occidental durante los años inmediatamente posteriores a su incorporación a la URSS.[617] A comienzos de los años treinta, las explotaciones agropecuarias de toda la Unión Soviética habían sido confiscadas, colectivizadas y transformadas en terrenos agrícolas enormes. La idea era que las explotaciones agrícolas del país fueran más eficientes para poder vender el excedente de grano y financiar así la modernización de toda la nación. El primer paso consistió en arremeter contra los agricultores ricos, los kulakí. Los sóviets lanzaron contra ellos una campaña propagandística que habría sonado muy familiar en la Alemania nazi: aquellos individuos eran monos rapaces, no seres humanos. Casi dos millones de kulakí fueron detenidos y deportados a los gulag. Lo peor de esta política agrícola tan severa impuesta por los soviéticos recayó de forma desproporcionada sobre los ucranianos. La colectivización fracasó estrepitosamente; los excedentes previstos de grano no se materializaron. Pero Stalin siguió aferrado a su programa incluso cuando cinco millones de campesinos murieron de hambre. En las ciudades, la gente que hacía cola para comprar pan era acosada por niños mendigos con la barriga hinchada: niños que, paradójicamente, no habían podido sobrevivir en las zonas agrícolas. Había guardias que custodiaban los campos desde altísimas torres de vigilancia para impedir los robos. Todo lo que se criaba en las explotaciones colectivas era ahora propiedad del Estado y el hecho de que alguien cosechara una mínima parte para sacar adelante a su familia era considerado un delito. Cuando las cuotas de producción fijadas de antemano no se alcanzaban, las autoridades acusaban a los campesinos de sabotaje, asolaban sus casas y confiscaban todos los productos alimenticios que encontraban en ellas. En muchos lugares, la población llegó a recurrir al canibalismo. Haciendo ostentosamente caso omiso de la hambruna reinante en el verano de 1932, Stalin se trasladó al sur del país en un tren de lujo para pasar unas vacaciones en Sochi. Cinco años después, durante el Gran Terror, la región sufriría nuevos golpes. Stalin ordenó llevar a cabo otra violenta persecución de los kulakí, y


esta vez hizo objeto de su acoso a los polacos y a otras minorías étnicas de la Ucrania y la Bielorrusia soviéticas. Aquella gente eran espías extranjeros ansiosos por derrocar el Estado comunista, aullaba el dictador. «¡Por la total destrucción de todos nuestros enemigos! ¡De ellos y de sus familias!».[618] Más de setenta mil ucranianos fueron ejecutados en el curso de la operación kulakí, a menudo mediante un balazo en la nuca al término de juicios sumarísimos secretos llevados por troicas que trabajaban a un ritmo febril. Decenas de millares de individuos de la minoría de etnia polaca de Ucrania y Bielorrusia eran obligados a montar en camiones negros y luego se los llevaban... Acababan en el gulag o en el cementerio. Las viudas eran desterradas y los huérfanos llevados a orfelinatos para tener la seguridad de que no eran educados como polacos. Curiosamente aquellas matanzas no provocaron ningún escándalo internacional. Prácticamente nadie se enteró de ellas. Pues bien, en 1940 Hitler volvió la vista hacia el este y decidió emprender una nueva ronda de horrores de la que serían víctimas aquellos pueblos.[619] Estudiando los mapas, vio ante sí una tabula rasa en la que podía hacer realidad una utopía milenaria. Vastísimas regiones serían desocupadas y vaciadas de indeseables, condenados a ser deportados y a morir fusilados, de hambre, o, como podría comprobarse luego, en la cámara de gas. Luego esas mismas tierras serían repobladas con alemanes leales y de pura raza aria. El Reich tendría acceso a todo el grano y el petróleo que necesitara para autoabastecerse. «Los colonos alemanes vivirán en granjas bonitas y espaciosas. Los militares alemanes se alojarán en edificios maravillosos y los gobernadores en auténticos palacios», proclamaba Hitler. «Los territorios del este serán para nosotros lo que la India fue para Inglaterra».[620] En marzo de 1941, cuando Hitler mandó llamar a Rosenberg, había decidido ya que cuando sus ejércitos invadieran la Unión Soviética y hubieran diezmado a las fuerzas que se interpusieran en su camino, la autoridad sería puesta inmediatamente en manos de una nueva Administración política alemana. El Führer confió a Rosenberg la enorme responsabilidad de planificar la reconstrucción política de los Territorios Ocupados del Este. Pero Rosenberg entró en escena relativamente tarde. Muchas decisiones importantes habían sido tomadas ya, y desde el primer momento sus planes políticos quedaron relegados a un segundo plano, por detrás de los objetivos


militares y económicos que llevaban ya meses siendo discutidos. Göring se encargaría de supervisar la labor de despojar a la región de las materias primas necesarias para el funcionamiento de las fábricas de materiales bélicos y, lo que era tan importante como eso, de confiscar los productos alimenticios que los alemanes necesitaran en su propio país. Incluso en tiempos de paz, la nación se había visto obligada a depender de la importación de productos alimenticios. Ahora la armada británica detenía y registraba todos los barcos que navegaran rumbo al Reich y confiscaba agresivamente todos los suministros esenciales, las materias primas y los productos alimenticios, en un bloqueo que amenazaba con provocar el debilitamiento de Alemania a consecuencia de las escaseces. Hitler temía acabar dependiendo de Stalin para alimentar a su pueblo. ¿Qué pasaría si los soviéticos aprovechaban aquella circunstancia para presionarlo? ¿Qué pasaría si amenazaban a los alemanes con dejarlos morir de hambre, como habían hecho con los ucranianos en 1932?[621] Alemania había empezado ya a sufrir escasez de pan, frutas y verduras y el racionamiento de la carne estaba en el horizonte. Göring temía perder el apoyo del frente interno cuando los alemanes vieran que se quedaban con el estómago vacío. Tal era el telón de fondo de un plan desarrollado en el invierno de 19401941 por Herbert Backe, secretario de Estado del Ministerio de Alimentación y Agricultura del Reich, y respaldado por el general Georg Thomas, jefe del Departamento de Economía de Guerra y Armamento del Alto Mando de la Wehrmacht. El déficit de grano de Alemania podía resolverse, afirmaba Thomas en un informe que hizo llegar a Hitler en febrero de 1941, quitándoselo a Ucrania, el granero de la Unión Soviética. Teóricamente, según sus cálculos, una pequeña reducción del consumo de los soviéticos liberaría millones de toneladas de grano para los alemanes. No había motivos para preocuparse de la gente que se viera sometida a un racionamiento durísimo, decía Backe en una instrucción dirigida al personal a sus órdenes poco antes de la invasión. Eran «seres inferiores», decía, y, en cualquier caso, «los rusos han aguantado la pobreza, el hambre y la austeridad durante siglos. Su estómago es flexible; ¡así que nada de falsa compasión!».[622] Un informe sumario del Plan Hambre (Hungerplan) llevado a cabo por los responsables del plan económico de Göring no perdía el tiempo con racionalizaciones de ese estilo. Durante la guerra la población de la Unión Soviética tendría que hacer «frente a la hambruna más espantosa». Los nazis


acordonarían Moscú, Leningrado y las demás ciudades del norte y no dejarían que llegaran a ellas los suministros de comida procedentes del sur. Los ejércitos invasores serían los primeros en tomar para sí todos esos productos alimenticios. Lo que sobrara, sería transportado al oeste para alimentar a la población de Alemania y de la Europa ocupada. «En este territorio (del este) sobrarán muchas decenas de millones de individuos y morirán o tendrán que emigrar a Siberia», decía el informe. Teniendo en cuenta la escasez de alimentos reinante en Alemania, eso no era nada más que parte de lo que iba a costar ganar la guerra. «A este respecto, debe reinar una claridad absoluta».[623] El plan no encontró resistencia alguna entre los mandamases del ejército, que lo vieron como un elemento clave de su estrategia de guerra. Podrían avanzar más deprisa si alimentaban a sus hombres con lo que produjera la tierra y dejaban libres las líneas ferroviarias para el transporte de municiones, combustible y otros pertrechos. Como en Polonia, la velocidad era la clave. Los alemanes esperaban haber acabado con el Ejército Rojo en el plazo de diez semanas. Cuando se reunió con el equipo de planificación, Rosenberg —«aquel nazi estúpido con un talento innegable para malinterpretar la historia», como diría el corresponsal de prensa extranjero William Shirer— empezó por hacer lo que mejor se le daba: escribir informes.[624] Llevó el primer documento a una cena privada con Hitler el día 2 de abril. El Führer deseaba hablar con él lejos del ajetreo de su despacho, así que cenaron en el comedor de Hitler en la antigua Cancillería de la Wilhelmstrasse, donde tenía su residencia personal. Luego los dos personajes se retiraron al invernadero, situado muy cerca, en el Wintergarten, cuyas ventanas daban a un patio cubierto de césped y flanqueado por árboles. En el plan que presentó a Hitler, Rosenberg defendía dispensar un trato despiadado a la Gran Rusia. Los nazis debían acabar con la Administración estatal «judeo-bolchevique» de Moscú e impedir su sustitución por un Gobierno legítimo. Debían desmantelar la industria del país y destrozar sus redes de transporte. Debían arrasar los campos y utilizarlos como «vertedero en el que arrojar a todos los elementos indeseables de la población».[625] Rosenberg tenía distintas ideas acerca de cómo había que tratar a los Países Bálticos, Bielorrusia y Ucrania. Según él, allí había que actuar con astucia.


Era necesario tener en cuenta consideraciones políticas. Cuando acabara la guerra, necesitarían que esos aliados formaran un cordón defensivo en torno a Moscú. Rosenberg proponía que los tres Países Bálticos fueran incorporados a Alemania tras la «necesaria eliminación» de la intelligentsia letona y la deportación de los «sectores inferiores desde el punto de vista racial» de la población lituana: en 1941 vivían allí un cuarto de millón de judíos. En cuanto a Ucrania, Rosenberg apoyaba su independencia cultural y política, pero al mismo tiempo sostenía que cabía esperar que este país suministrara todas las materias primas y el grano que los alemanes necesitaran durante la guerra y también una vez acabada la contienda. Bielorrusia era un caso perdido. País atrasado y poblado por judíos, nunca podría ser independiente. Una vez que Rosenberg hubo expuesto sus ideas, Hitler se quedó con su memorándum para leérselo aquella misma noche. «Para el tratamiento de la cuestión rusa en su conjunto quiero crear una oficina aquí conmigo, y usted va a hacerse cargo de ella», dijo el Führer. «Desarrolle usted ideas de acción en todos los frentes. Tiene a su disposición el dinero que necesite para ello... ¡Rosenberg, esta es su oportunidad!».[626] A continuación vieron el último noticiario cinematográfico, regresaron al Wintergarten y estuvieron hablando hasta altas horas de la noche acerca de la psicología de los rusos y del papel de los judíos en la Unión Soviética. «No creo que sea necesario que me detenga a explicar lo que siento», escribiría un Rosenberg ilusionado en su diario aquella misma noche cuando regresara a casa. «Estos veinte años de trabajo antibolchevique van a tener repercusiones políticas, más aún, repercusiones sobre toda la historia del mundo... Millones (de individuos) y de paso los [sic] destino de sus vidas se pone en mis manos. Durante siglos Alemania podrá verse libre de una presión que una y otra vez y de distintas formas ha pesado sobre ella. Que algún día millones de extraños maldigan la imposición de esta necesidad, ¡qué más da, si en el futuro próximo estos hechos bendicen a la Gran Alemania que está por venir!». Rosenberg hizo otro enigmático comentario acerca de su velada en el Wintergarten. Hitler, decía, le había hablado con gran lujo de detalles acerca de la visión que tenía de los territorios del este. Qué fue exactamente lo que le dijo el Führer era una cuestión lo suficientemente delicada como para que Rosenberg no estuviera dispuesto a consignarlo por escrito, ni siquiera en su


diario privado. «Hoy no quiero consignar(lo) aquí», escribió, «pero... jamás (lo) olvidaré». [627] Una cosa que Hitler no le dijo, al parecer, fue que no tenía la menor intención de seguir sus consejos sobre los territorios del este. «Con avidez, como un niño», escribiría un historiador refiriéndose a Rosenberg durante aquellos años, «alargó las manos para agarrar el poder». [628] A medida que se acercaba la fecha de la invasión, quedaba más claro que Rosenberg no planeaba solo una Administración civil encargada de supervisar los territorios del este. Hitler había decidido que, una vez que comenzara la guerra y que los alemanes ocuparan los territorios soviéticos, su leal Reichsleiter pasaría a dirigir el nuevo ministerio. Da la impresión de que a nadie más le parecía una buena idea poner en manos de Rosenberg las llaves de la organización, particularmente de una organización que, sobre el papel, parecía omnipotente. Como escribiría Goebbels, Rosenberg podía «solo teorizar... no organizar».[629] De manera casi inmediata sus rivales empezaron a poner trabas a la autoridad de Rosenberg. Nadie fue en este sentido más enérgico y despiadado que Himmler, que había pasado el último año y medio tratando de manera brutal a la población polaca. Hitler pretendía enviar al jefe de la SS al este por detrás del ejército para que limpiara los territorios recién conquistados de judíos, líderes comunistas, partisanos y otros enemigos, reales o imaginarios. «Al Reichsführer-SS se le han confiado, por encargo del Führer, tareas especiales para la preparación de la Administración política, tareas que son el resultado de la lucha que se va a librar necesariamente entre dos sistemas políticos opuestos», decía una directiva militar fechada el 13 de marzo de 1941. «En el marco de estas tareas, el Reichsführer-SS actuará de manera independiente y bajo su propia autoridad».[630] Basándose en esta directiva, Himmler se negó a poner a sus fuerzas policiales bajo la autoridad del nuevo ministerio civil de Rosenberg. El Reichsleiter estaba que trinaba. «Entonces no puedo asumir este encargo del Führer», dijo a Hans Lammers en el mes de abril. Lammers, un jurista calvo, bizco del ojo derecho, era el conducto por el que pasaban todas las órdenes oficiales emanadas del despacho de la Cancillería de Hitler.[631] Por


lo pronto, se quejaba Rosenberg, ya tenía que compartir el poder con los militares y con el departamento económico de Göring. Si se daba rienda suelta a Himmler, el ministerio de Rosenberg se quedaría prácticamente sin ningún poder. «Es inaceptable que la policía forme un Gobierno paralelo», dijo el nuevo ministro lleno de furia a Lammers. «Eventualmente, sus medidas pueden impedir que se alcancen los objetivos políticos fijados». Lammers accedió a hablar al día siguiente del asunto con el jefe de la SS. Cuando vio que la reunión se prolongaba cada vez más, Rosenberg comprendió que Himmler se había mantenido firme en su postura y que no habría forma de hacerle cambiar de idea. Finalmente a las doce y cuarto volvió Lammers. «Era inútil», señalaba Rosenberg en su diario. «H. afirmó que Göring lo haría todo, que él tenía libertad en el poder ejecutivo y que yo estaría ahí asesorándoles. Le dije a Lammers: No he estado veinte años ocupándome de un problema para ‘asesorar’ ahora al señor Himmler, al que no se le ha pasado una sola vez por la cabeza esta cuestión, y que si conoce algo de Ucrania, etcétera, es solo gracias a mis trabajos, los que llevo realizando desde hace quince años. Lo que habían hecho sus chicos eran chapuzas, nada de lo que estar orgullosos». Rosenberg salió de allí hecho una furia. A comienzos de 1941, había comprado una pequeña granja a orillas del Mondsee, en Austria, «un maravilloso terreno en medio del paraíso», una casa de campo con un gran huerto, además de ganado, un poco de bosque y setecientos cincuenta metros de terreno a orillas del lago, a las afueras de Salzburgo.[632] Allí estuvo pensando acerca de la difícil situación en la que se hallaba. Una vez más Himmler intentaba «apropiarse de las cosas». No para trabajar por ellas, sino solo para alcanzar una nueva posición de poder. «Tenía ante sí tareas tan grandes que bien valían el trabajo de toda una vida». Rosenberg podía ver cómo se desarrollaba todo ante sus ojos igual que si fuera una película: a punto de alcanzar la cumbre, se daba cuenta de que se había quedado corto en el salto. «Esperemos que (todo esto) termine de otra forma».[633] El 2 de mayo, Rosenberg convocó una reunión trascendental con los dirigentes del más alto nivel encargados de la inminente explotación


económica de los territorios del este.[634] Discutieron las consecuencias del plan alemán con una riqueza brutal de detalles: si el ejército se quedaba con todo lo que pudiera necesitar de los territorios invadidos, «indudablemente por decenas de millones de personas» morirían de hambre.[635] Entre esos millones se incluían los soldados soviéticos capturados, pues no iba a tomarse ninguna medida para su aprovisionamiento. Cuando concluyó la reunión, Rosenberg escribió en su diario que había sido un «buen trabajo del Estado Mayor».[636] Ese mismo día mantuvo una reunión con Hitler para informarle de todo y la breve charla prevista acabó convirtiéndose en una conversación más larga acerca de la misión de Rosenberg. Este agradeció al Führer su confianza. Durante el pasado mes había empezado a sentirse unas veces abrumado y otras entusiasmado con la empresa que se le había encomendado.[637] Debía supervisar un territorio que se extendía desde el Báltico hasta el mar Caspio. Estudiando los mapas del ejército, se había quedado impresionado al ver las dimensiones del espacio que estaba bajo su Administración. Las posibilidades de que se convirtiera en un caos eran enormes. «Cuando más recapacito ahora sobre los problemas, tanto mayor se muestra la tarea ante mí», anotó Rosenberg en su diario. «Es una tarea muy positiva la que usted ha recibido», replicó Hitler.[638] Y en cualquier caso, añadió, «yo tengo que asumir la responsabilidad del paso que hay que dar». Cuando pronunció aquellas palabras al Führer se le llenaron los ojos de lágrimas, registraría después Rosenberg en su diario. El 20 de junio, dos días antes de que diera comienzo la Operación Barbarroja, Rosenberg habló con algunos de sus colegas más importantes del Gobierno sobre el plan previsto para separar de Moscú las regiones occidentales de la Unión Soviética y crear con ellos unos territorios aliados de Alemania. Iba a ser muy importante instaurar un clima de buena voluntad en el este y ganarse las simpatías de la población. «Es muy diferente que en el plazo de unos pocos años haya yo logrado que cuarenta millones de personas colaboren voluntariamente con nosotros o que tenga que colocar un soldado detrás de cada campesino». Al mismo tiempo, paradójicamente, apoyaba plenamente la estrategia del hambre: alimentar a los alemanes debía ser la principal prioridad durante la guerra, decía Rosenberg, y no había ninguna obligación de dar de comer también a la población del este. «Sabemos que se trata de un duro imperativo que no nos deja impasibles. Sin duda será necesario llevar a cabo una amplia evacuación», dijo, «y


seguramente se avecinan años muy duros para el pueblo ruso».[639] Rosenberg tenía previsto entrevistarse con Rudolf Hess, el lugarteniente del Führer, el sábado 10 de mayo de 1941 por la tarde, para informarle de la nueva misión que le había sido encomendada. Pero el día antes recibió una llamada del asistente de Hess. La entrevista tendría que trasladarse al sábado por la mañana. El lugarteniente del Führer tenía que marcharse a mediodía para un asunto urgente. El asistente no dio más detalles y Rosenberg no captó las pistas que le dieron, pero no tardaría en descubrir que aquel iba a ser un día trascendental en la vida de Rudolf Hess. Rosenberg sería uno de los últimos dirigentes nazis que viera a Hess antes de que acabara la guerra. Como era demasiado tarde para coger el tren a Múnich, Hess le envió a Berlín su avión personal para que lo condujera rápidamente a la capital bávara. Cuando Hess lo recibió en su casa a las once y media de la mañana, «estaba pálido y parecía enfermo», aunque tampoco fuera una cosa extraordinaria.[640] Hess había sido un seguidor servil de Hitler desde el primer momento. Durante muchos años había tenido una influencia enorme en el partido, pero desde que empezó la guerra, casi no había tenido ocasión de hablar con el Führer.[641] Cada vez más sería su jefe de gabinete, Martin Bormann, el que contara con la atención de Hitler. Rosenberg y Hess entablaron una conversación personal acerca del Ministerio del Este que estaba previsto crear. Pero cuando Rosenberg intentó abordar otros detalles, Hess lo rechazó. Quería solo tratar de lo más importante, pues había un asunto que le preocupaba tanto que se veía obligado a prescindir de discutir asuntos menores. Antes de almorzar, Hess hizo bajar a su hijo, de solo 3 años, y estuvo charlando un rato con él. «Luego lo comprendí», reseñaría Rosenberg en su diario. «Quería despedirse de su ‘diablillo’, que en lo sucesivo tendría que cargar toda su vida con las consecuencias de las acciones de su padre». Parece que Hess no dijo a Rosenberg qué era lo que le preocupaba, pero da la impresión de que le aterraba la inminente guerra en dos frentes. Como Rosenberg, estaba convencido de que donde le correspondía estar a Inglaterra era en el bando nazi. Si conseguía firmar la paz con Gran Bretaña, Hitler y Alemania quedarían libres para lanzarse con todas sus fuerzas contra los


soviéticos. Aquella noche, pocas horas después del almuerzo con Rosenberg, el lugarteniente del Führer despegó en un avión de un aeródromo situado a las afueras de Múnich. Luego, alrededor de las diez, saltó en paracaídas en un campo cerca de Glasgow, mientras su Messerschmitt se estrellaba y era pasto de las llamas. Una vez en tierra, Hess se encontró a un jornalero y exigió entrevistarse con el duque de Hamilton, un comandante de ala de la Real Fuerza Aérea británica, al que, según dijo, había conocido durante las Olimpiadas de 1936. Hess contó a Hamilton que había venido a entregar una oferta de paz a los británicos. Al término de un ulterior interrogatorio por parte de otros oficiales, los ingleses se dieron cuenta de que Hess se había presentado en Gran Bretaña sin que Hitler lo supiera, para pedirles que depusieran las armas antes de que fuera demasiado tarde. Aquel hombre parecía delirar, y los británicos decidieron tenerlo prisionero durante el resto de la contienda. Al día siguiente, Hitler recibió una carta que Hess había dejado para él. Esbozaba en ella sus planes y proponía que si el Führer estaba en contra de aquella maniobra suya tan audaz, declarara simplemente que su lugarteniente era un lunático desequilibrado. Y eso fue exactamente lo que hizo Hitler, que, según Rosenberg, «se había puesto directamente enfermo» al leer la carta de Hess. En una transmisión radiofónica emitida el domingo por la noche, los nazis hicieron pública la noticia del vuelo de Hess, declarando que padecía una enfermedad mental. Rosenberg estaba tan desconcertado como todos los demás miembros del partido. No había visto venir la jugada, ni siquiera durante el almuerzo que había mantenido con Hess pocas horas antes de que este emprendiera su increíble viaje. «Era algo tan fantástico, tan alejado de las posibilidades políticas, que al principio nos quedamos sin palabras», anotó en su diario. «Lo que yo pensé es que Hess había sufrido fuertes depresiones, que no había tenido prácticamente nada que hacer, que, sin darse cuenta, había perdido la dirección del partido y que no se había sentido a la altura de su cargo... La depresión por no hacer nada se había manifestado de un modo completamente inesperado... (Hess vivía) en un mundo irreal. Su amor por los lectores de los movimientos del péndulo, los astrólogos, los curanderos, etcétera, estaba tan profundamente arraigado en él que había llegado a ser un


factor determinante de sus acciones... Esta fantasía irreal de Rudolf Hess dará algún día material a algún dramaturgo para escribir una fantástica tragicomedia histórica». A su juicio, la desaparición de escena de Hess comportaba también en cierto modo una buena noticia. El Tercer Reich ya no tendría que enfrentarse a la desagradable perspectiva de tener en el futuro como Führer a «un hombre que está ya tan gravemente enfermo». Pero Rosenberg no preveía los problemas que lo aguardaban. En sustitución de Hess fue puesto su odiado jefe de gabinete, el fornido «Maquiavelo de escritorio», Martin Bormann,[642] considerado el verdadero hombre fuerte dentro del partido antes incluso de que su superior nominal emprendiera el vuelo camino de Inglaterra. Taciturno y serio, la típica eminencia gris, Bormann parecía estar siempre al lado de Hitler. «Evidentemente Hess había acabado por sacar de quicio al Führer, y Bormann era por consiguiente el que se ocupaba de todas las solicitudes y misiones», escribiría Rosenberg en las memorias escritas en prisión después de la guerra. «Fue entonces cuando empezó a hacerse indispensable. Si durante una conversación estando a la mesa se mencionaba un incidente, fuera cual fuera, Bormann sacaba su cuaderno y tomaba apuntes. Y si el Führer se mostraba disgustado por cualquier comentario, por cualquier medida o por cualquier película, Bormann tomaba nota. Si había alguna cuestión que parecía poco clara, Bormann se levantaba, salía de la habitación y volvía casi de inmediato. Mientras tanto había ordenado al personal de su departamento que investigara el asunto debidamente y que se le comunicara el resultado de sus pesquisas por teléfono, por cable o por teletipo. Podía darse así el caso de que antes de que acabara la cena Bormann dispusiera ya de una explicación».[643] Con el tiempo Bormann se convertiría en el principal obstáculo en el ascenso de Rosenberg. Los planes para la ocupación de la Unión Soviética continuaron a toda velocidad. Según anotó en su diario Goebbels, Rosenberg había empezado a actuar ya como si fuera «el zar de Rusia; siempre lo mismo: esferas de competencia». Himmler seguía haciendo cuanto podía para mantener a raya a Rosenberg, pero, por orden explícita de Göring, Heydrich, el jefe del aparato de seguridad de Himmler y el encargado además de encontrar una solución


final a la cuestión judía, había recibido instrucciones para involucrar en el asunto al ministerio de Rosenberg siempre que fuera necesario.[644] Durante los meses previos al inicio de la Operación Barbarroja, Heydrich intentó encontrar un arreglo a las desavenencias entre Himmler y Rosenberg. ¿Por qué no recomendar al Führer que nombrara a altos dirigentes de la SS y de la policía de Himmler Reichskommissare («comisarios del Reich») de los principales Gobiernos civiles de Rosenberg en los distintos territorios ocupados? Ese tipo de «uniones personales» eran habituales en el Tercer Reich. Un mismo personaje podía ostentar puestos destacados en dos organismos distintos, cosa que, si bien permitía fomentar la cooperación entre ellos, con la misma facilidad podía también dar lugar a conflictos de intereses insuperables.[645] En este caso, una solución semejante habría convertido a Himmler en la autoridad de facto dentro del ministerio de Rosenberg. «¡Así incluso la gestión política la realizarían los oficiales y la policía!», protestó Rosenberg, rechazando la propuesta.[646] Él contraatacó proponiendo que Himmler designara a algún dirigente de la SS para su ministerio en calidad de subordinado. El problema seguía sin resolverse unos días después, cuando Rosenberg escribió a Himmler para ver si podían colaborar. «Tengo curiosidad por ver cómo va a reaccionar».[647] Su carta no hizo cambiar de opinión a Himmler. Rosenberg le pedía en ella que le entregara una serie de informes acerca de los preparativos que había llevado a cabo para el trabajo en el este. Pretendía asimismo dar su aprobación al personal que Himmler tenía pensado nombrar en los territorios ocupados. Aquello era demasiado para el Reichsführer-SS. Himmler pidió a Bormann que pusiera fin a las interferencias de Rosenberg. «El Führer me dijo... que no tengo por qué estar subordinado a Rosenberg en el ámbito de mis funciones», decía en su carta a Bormann. «Una vez más la forma en que Rosenberg plantea esta cuestión hace que resulte infinitamente difícil colaborar con él, de hombre a hombre... Trabajar con Rosenberg, por no hablar de trabajar a sus órdenes, es sin duda alguna la cosa más difícil que hay en el partido nazi».[648] En junio Bormann defendió la postura de Himmler ante Lammers: «De cara a la realización de sus tareas, ya de por sí difíciles, en cualquier circunstancia la policía debe estar libre de todo obstáculo que pueda derivarse de las disputas por cuestiones competenciales, especialmente durante las primeras semanas y los primeros meses».[649] Pero la disputa estaba más enconada que nunca. Himmler empezó incluso a pretender que no solo debía tener poder sobre la policía: él era quien debía


encargarse también de los asuntos políticos de los territorios ocupados. Aquello, decía Rosenberg, era «de todo punto intolerable», la fórmula infalible para desencadenar «un caos sin precedentes».[650] La cuestión seguía sin resolverse cuando los alemanes empezaron su ataque contra la Unión Soviética en las primeras horas del 22 de junio de 1941.[651] Los soviéticos fueron pillados totalmente por sorpresa. Stalin no había querido creer los primeros informes que hablaban de fuego de artillería a lo largo de un frente de mil seiscientos kilómetros que se extendía desde Finlandia hasta el mar Negro. Era el ejército invasor más grande de la historia: tres millones y medio de soldados en más de medio millón de camiones y tanques, respaldados por setecientas mil piezas de artillería y casi trescientos mil aviones. Los alemanes cruzaron a toda velocidad los Países Bálticos y luego Ucrania, mientras el Ejército Rojo se desintegraba ante sus propios ojos. Los soldados enemigos morían en enfrentamientos cara a cara, se retiraban, desertaban y buscaban refugio en los bosques o se rendían en masa. En pocos días, los generales alemanes empezaron a cantar victoria. En Moscú, Stalin no estaba en condiciones de llevarles la contraria, ni mucho menos. A finales de junio, el dictador soviético abandonó el Kremlin y se refugió en su dacha de Kúntsevo, a las afueras de la capital, diciendo a sus ayudantes de campo: «Todo está perdido».[652] Cientos de miles de soldados —al final serían millones— fueron hechos prisioneros por las fuerzas alemanas que no tenían ningún plan para su internamiento, y de hecho no tenían la menor intención de mantenerlos con vida. Los comisarios del partido comunista fueron fusilados en el acto por orden de Hitler. Las tropas soviéticas que se rendían eran obligadas a caminar en interminables procesiones de hombres harapientos, golpeados con porras y obligados a buscar comida camino de los campos de prisioneros improvisados por los alemanes, que, en el otoño de 1941, a menudo eran simples explanadas al aire libre, rodeadas de alambradas. «Parecían animales hambrientos, no personas», escribiría un testigo ocular en un diario publicado al término de la guerra. Cuando se utilizaba el ferrocarril, los soviéticos eran amontonados en vagones de ganado al descubierto, en tal cantidad que solo tenían sitio para estar de pie.[653] En muchos de esos campos, los soldados no tenían más remedio que hacer sus necesidades en medio de la multitud que los rodeaba. En uno de ellos, los


edificios del cuartel general se incendiaron y los soldados que no perecieron entre las llamas fueron tiroteados cuando intentaron escapar.[654] En otro, los detenidos pidieron que los libraran de aquel suplicio. Los guardianes alemanes informaron de casos de canibalismo. A finales de año, la cifra de muertos que habían caído en los campos de prisioneros ascendía a trescientos mil. Antes de que terminara la guerra habrían perecido más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos. Las leyes de la historia eran muy duras, escribía Rosenberg a medida que la guerra iba a más. Los rusos habían asesinado y desplazado a cientos de miles de individuos de etnia alemana, afirmaba, y «por estos asesinatos va a tener que pagar la nación rusa en su conjunto».[655] La culpa había que echársela al pueblo ruso, racionalizaba: no debería haber permitido que los comunistas tomaran el poder. En otras palabras, el pueblo ruso era como los prisioneros que defienden a sus carceleros contra aquellos que vienen a liberarlos. Tres semanas después de la invasión, a mediados de julio, la batalla burocrática por el control de los nuevos territorios ocupados llegó a su fin. Hitler había ganado, Alemania estaba camino de quedarse con un trozo enorme de la Unión Soviética y había llegado el momento de discutir cómo llevar a cabo la reconstrucción global de la región. Tras un pequeño almuerzo y varias cervezas, los altos jerarcas del Tercer Reich asistieron a una larga reunión en la Wolfsschanze, «la Guarida del Lobo», en Prusia Oriental.[656] Rosenberg fue uno de ellos, junto con Göring, Bormann, Lammers y Wilhelm Keitel, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Los alemanes, proclamó Hitler, entraban en la Unión Soviética como libertadores. O al menos eso era lo que debían decir a la población. En cuanto a los verdaderos planes de Alemania, el Führer ordenó que era preciso mantener el más absoluto secreto. Nadie podía ver —todavía— que estaban preparando «una solución final». Lo que importaba realmente era que todos los dirigentes alemanes estuvieran de acuerdo acerca de las medidas necesarias que había que tomar: «fusilamientos, desplazamientos de población, etcétera». Todos debían tener muy clara una cosa, dijo Hitler: «No abandonaremos nunca estas regiones». «Debemos ahora hacer frente a la tarea», les hizo saber el Führer, «de cortar el gigantesco pastel según nuestras necesidades, para poder en primer


lugar dominarlo, en segundo lugar administrarlo y en tercer lugar explotarlo». Los presentes miraron atentamente los mapas expuestos ante ellos mientras Hitler iba repartiendo el nuevo territorio: Leningrado sería «arrasada por completo». Lo que quedara de ella iría a parar a los finlandeses, que, irritados por la pérdida de parte de su país a raíz de una breve, pero sangrienta guerra contra los soviéticos en 1939-1940, se habían puesto del lado de Alemania durante la Operación Barbarroja con el fin de recuperar los territorios perdidos. Prusia Oriental se quedaría con Bialystok. Los Países Bálticos pasarían a formar parte del Reich. Crimea sería objeto de una limpieza étnica y colonizada de nuevo con población de etnia alemana. Hitler había recibido informes que hablaban de partisanos soviéticos no uniformados que habían empezado ya a combatir a los alemanes detrás de las líneas del frente, pero no estaba alarmado. Aquellos lamentables intentos de resistencia darían a los nazis el pretexto perfecto, dijo Hitler. «Nos permitirán erradicar a todo aquel que se oponga a nosotros». El Führer se preguntaba también: ¿debía disponer la Administración alemana de vehículos blindados? «No era necesario», pensaba Göring, si la población estaba tan loca que intentaba sublevarse, la Luftwaffe sencillamente la obligaría a someterse bombardeándola. «Naturalmente», reflejan las actas de la reunión, redactadas por Bormann, «esta gigantesca zona debe ser pacificada a la mayor celeridad posible; la mejor manera de conseguirlo es pegar un tiro a todo aquel que nos mire mal». En medio de todo esto, Rosenberg siguió con sus retorcidos argumentos en pro de la conveniencia de ganarse las mentes y los corazones de al menos una parte de la población conquistada, pero Göring interrumpió su monólogo. La maquinaria de guerra necesitaba materias primas y el pueblo alemán necesitaba comida. Y él no tenía tiempo para preocuparse por construir futuras alianzas. La cosa fue a peor para Rosenberg cuando los presentes empezaron a discutir los asuntos prácticos que se planteaban de manera inmediata: el nombramiento de los Reichskommissare, esto es, sus lugartenientes en los territorios del este. Rosenberg quería contar con un aliado en la importantísima Ucrania. Pero Hitler se le adelantó y nombró a un dirigente del partido llamado Erich Koch. Rosenberg protestó por semejante decisión. Temía que Koch, cuyo pragmatismo brutal, totalmente indisimulado, había llevado a sus partidarios de Berlín a calificarlo de «segundo Stalin», no


obedeciera nunca sus órdenes. Pero Hitler desechó sus objeciones. «Todos los decretos son pura teoría», dijo Hitler. «Si no se adaptan a las necesidades, hay que cambiarlos». El Führer, sin embargo, aceptó la propuesta que hizo Rosenberg de que Hinrich Lohse se encargara de los Países Bálticos y Bielorrusia. Cuando acabó la reunión, Rosenberg estrechó la mano a Göring. «¡Por una buena colaboración!», dijo el Reichsmarschall. Pero Rosenberg preveía las duras batallas que estaban por venir. Himmler no esperó a que terminara la reunión. Ya había decidido cuáles iban a ser sus poderes en los territorios del este. En junio Himmler había sostenido la tesis de que como Hitler le había puesto al frente del reasentamiento de la población de etnia alemana en los nuevos territorios capturados, debían otorgársele amplios poderes para «pacificar y consolidar la situación política» en el este. Dos días después de la invasión, Himmler solicitó incluso a un asistente que redactara su propio plan general de reconstrucción del este. Rosenberg se opuso estridentemente a esa invasión flagrante de su ámbito de competencias, y al principio dio la sensación de que había ganado la batalla. Pero solo sobre el papel. Himmler no consiguió tener una autoridad política explícita sobre los territorios del este, pero se le dio libertad para actuar independientemente en el terreno de juego de Rosenberg.[657] Los Reichskommissare recibirían órdenes no solo de Rosenberg, que nominalmente era su superior, sino también, cuando hubiera asuntos policiales en juego, de Himmler. Si se producía cualquier emergencia, Himmler ni siquiera tenía necesidad de informar a Rosenberg de las órdenes que diera a sus Reichskommissare. A los distintos Gobiernos civiles les fueron asignados a todos los niveles jefes de la SS y de la policía, que recibían órdenes de Himmler, no de los funcionarios del ministerio. La geografía permitió también ampliar los poderes de Himmler: Rosenberg decidió llevar a cabo su trabajo no sobre el terreno, sino desde Berlín, mientras que el Reichsführer-SS recorría los territorios ocupados controlando la evolución de los acontecimientos y dando órdenes. Sobre el terreno, tendría toda la libertad de acción que quisiera. Para el nuevo ministro del Reich aquella no fue la victoria que esperaba. ¿Cómo era posible que, tres meses y medio después de su entrevista triunfal


con Hitler, le hubieran dejado con un departamento condenado al desastre? ¿En qué había estado pensando Hitler? ¿Consideraba que el ministerio era una tapadera gigantesca de la explotación y los asesinatos que se llevaran a cabo entre bastidores, una simple hoja de parra que cubriera las vergüenzas de la regulación gubernamental alemana?[658] Tal vez tuvieran también algo que ver con su nombramiento las intrigas de trastienda. Sorprendentemente, Rosenberg había conseguido el apoyo de Bormann. El director de la Cancillería del partido odiaba a Rosenberg, pero ante la inminencia de la ocupación vio en él a un ministro al que podía controlar, o cuando menos cuya autoridad podía saltarse a la torera.[659] Discreta, pero enérgicamente, influyó para que se concediera el puesto a Rosenberg, pero no con los plenos poderes que este pretendía. «Se me había encomendado una tarea gigantesca», escribiría el nuevo ministro del Reich tres días después de que Hitler firmara la orden que lo nombraba responsable del Ostministerium («Ministerio del Este»), encargado de administrar los nuevos territorios ocupados de Europa oriental, «quizá la mayor que el Reich pueda asignar», pues conllevaba la «seguridad para los siglos venideros, la independencia de Europa respecto de ultramar». Rosenberg habría deseado que Hitler le hubiera concedido «todo el poder que requiere llevarla a cabo», pero no tenía ninguna intención de rendirse sin más ante sus enemigos internos.[660] Tenía un ministerio del Gobierno central a sus órdenes y había planeado aprovecharse de su cargo cuanto pudiera. Durante los tres años siguientes, mientras los nazis empezaban a poner en práctica las amenazas antisemitas que en gran medida eran fruto de sus iracundas monsergas —unas amenazas que él mismo había expuesto con una claridad escalofriante en su discurso radiofónico, aquel en el que había apelado a «una revolución mundial de limpieza biológica»—, Rosenberg se encargaría de que su ministerio tuviera ocasión de desempeñar el papel que le correspondía.


18 Tareas especiales

Un miembro de las Einsatzgruppen, los escuadrones de ejecución nazis, se dispone a pegar un tiro a un judío ucraniano al borde de una fosa en Vínnitsa, Ucrania (U. S. Holocaust Memorial Museum, cortesía de Sharon Paquette).

Todos los comensales que asistían en el comedor de la Cancillería del Reich al habitual almuerzo de Hitler parecían de un humor excelente.[661]


Rosenberg era uno de ellos, lo mismo que Bormann, Hess y Lammers. Era enero de 1940, un año y medio antes de que diera comienzo la Operación Barbarroja, y los dirigentes nazis discutieron los asuntos de peso de costumbre: la guerra con Inglaterra y los progresos de la limpieza racial en Polonia. Pero finalmente la conversación asumió tintes de humor negro. La charla empezó a versar sobre los judíos y Rosenberg profetizó un «terrible pogromo» contra ellos si la población de la Unión Soviética se despertaba y desataba su furia antisemita. Ante semejante comentario Hitler se echó a reír. Si se desencadenaban las matanzas en la Unión Soviética, dijo el Führer sonriendo, entonces quizá Europa le pidiera a él que interviniera y protegiera a los judíos del este. Todos los nazis allí congregados soltaron una estruendosa risotada. Y además, continuó diciendo Hitler en medio del alboroto, Rosenberg y él podrían organizar un congreso especial para discutir la cuestión más candente de la época: «El trato humano dispensado a los judíos». Durante el discurso radiofónico pronunciado en el mes de marzo con motivo de la inauguración del Instituto para la Investigación de la Cuestión Judía, Rosenberg dijo que un problema como aquel no podría resolverse hasta que no hubiera salido de Europa el último judío. En Himmler y en Heydrich, el jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, dependiente del primero, recaería la tarea de convertir aquellas palabras en acciones concretas. A comienzos de 1941, la idea predominante entre los responsables de planificación del partido nacionalsocialista era que los judíos debían ser deportados a algún lugar remoto y desolado. La propuesta de enviarlos a Madagascar, la colonia francesa situada frente a la costa de África, a más de ocho mil kilómetros de distancia, había sido considerada y rechazada porque resultaba impracticable desde el punto de vista logístico. La Operación Barbarroja parecía ofrecer un emplazamiento más viable para la reserva judía prevista: el territorio de una Unión Soviética que previsiblemente iba a ser vencida muy pronto. Pero antes de que acabara el año, la invasión había quedado estancada y los nazis encargados de pensar en la solución de la cuestión judía habían adoptado una postura radical. Debía ponerse en marcha su total exterminio. Los judíos de los Países Bálticos, de Bielorrusia y de Ucrania serían las


primeras víctimas de aquel giro mortal dado por la política nazi, y Rosenberg y su Gobierno civil desempeñarían un importante papel secundario en las matanzas.[662] Durante la Operación Barbarroja un error fundamental de las teorías de Rosenberg se convertiría en un elemento esencial de la estrategia alemana en el Territorio del Este. Allá por 1919 había sostenido que quienes en realidad se hallaban detrás del movimiento comunista de la Unión Soviética y de muchos otros países eran los judíos, idea exagerada y distorsionada luego hasta tal punto que se llegó a creer que, en efecto, todos los judíos eran comunistas, y que para acabar con la amenaza roja los alemanes tenían que eliminar a los judíos. Hitler dio por válida esa conclusión equivocada y durante el periodo previo a la invasión semejante presupuesto se convirtió en parte fundamental de las instrucciones básicas facilitadas a los alemanes que iban a irrumpir en el Territorio del Este. Les dijeron que aquella no iba a ser una guerra al uso. Iba a ser un choque entre dos concepciones del mundo distintas e irreconciliables, entre el nazismo y el bolchevismo, entre los arios y los judíos.[663] En los discursos dirigidos a los altos mandos militares antes de la invasión, Hitler los exhortó a utilizar «la fuerza de la manera más brutal» en aquella «lucha de aniquilación». Las directrices entregadas a los soldados alemanes afirmaban que los soviéticos eran ni más ni menos que enemigos mortales. «Esta lucha requiere medidas despiadadas y enérgicas contra los bolcheviques: agitadores, tropas irregulares, saboteadores y judíos, así como la total eliminación de cualquier forma de resistencia, activa o pasiva». El mismo mensaje llegó también a la SS, a las unidades de la policía y a las Einsatzgruppen al mando de Himmler, que debían entrar en acción por detrás del ejército y «pacificar» los territorios conquistados. En el lenguaje frío y codificado de las órdenes militares de 1941, esas eran las «tareas especiales» que Hitler había confiado al Reichsführer-SS.[664] Durante los primeros días de la guerra, cuando se dio rienda suelta a las Einsatzgruppen en los territorios del este, Heydrich publicó una serie de instrucciones que dejaban a sus hombres una amplia capacidad de maniobra a la hora de decidir quién debía ser ejecutado: comunistas, judíos que formaran parte del partido o del Gobierno y «otros elementos radicales (saboteadores, propagandistas, francotiradores, asesinos, autores de atentados, agitadores, etcétera)».[665] Himmler dijo a una pandilla de soldados de la SS que salían con destino al frente que iban a tener que vérselas con «una población de


ciento ochenta millones de individuos, una mezcla de razas, cuyos nombres son impronunciables y cuya complexión física es tan horrible que se les puede pegar un tiro sin sentir la menor piedad o compasión... ese pueblo ha sido unido por los judíos en una sola religión, en una sola ideología, llamada bolchevismo».[666] Al principio las víctimas de las Einsatzgruppen y de las fuerzas de seguridad de Himmler fueron solo varones. Lo que se decía era que los nazis fusilaban a los combatientes de la resistencia, a los agentes soviéticos, a los agitadores comunistas y a la intelligentsia judía. Las víctimas eran acusadas de pillaje o de sabotaje, de repartir propaganda o de contagiar enfermedades. Pero casi de inmediato, los nazis empezaron a incluir en sus operaciones homicidas a mujeres y niños, asesinando sistemáticamente a cientos de miles de civiles en los territorios recién ocupados. El procedimiento típico era congregar a los judíos en la plaza central de una localidad y conducirlos a algún lugar aislado fuera de la población. Si todavía no se había abierto una gran fosa común, a los primeros en llegar se les ordenaba cavar una. Las víctimas eran tiroteadas al borde del barranco, o cuando estaban ya tumbados sobre los cadáveres de los que habían sido asesinados previamente. Algunos respiraban todavía cuando la tierra los cubría.[667] La operación más mortífera tuvo lugar a las afueras de Kiev, en Ucrania, a finales de septiembre de 1941, a raíz de la destrucción del cuartel general de las fuerzas de ocupación alemanas por la explosión de las bombas y las minas colocadas por la resistencia rusa. Llenos de furia, los nazis culparon de la acción a la policía secreta soviética y, por extensión, a los judíos de Kiev. La ciudad se vio inundada de carteles en los que se les ordenaba que se presentaran todos el 29 de septiembre en un determinado cruce de calles. Debían llevar consigo su documentación y su dinero, su equipaje y sus joyas, pues iban a ser reasentados en otro sitio. Dio la casualidad de que al día siguiente iba a celebrarse el Yom Kippur, el Día de la Expiación de los judíos. A su llegada, los judíos no se encontraron con ningún tren que los condujera al sitio donde iban a ser reasentados. Por el contrario fueron conducidos a un puesto de control delante del cementerio judío. No pasó mucho tiempo antes de que los integrantes de la larguísima fila comprendieran lo que iba a pasar. En la distancia se oían ya disparos. En el puesto de control, se les obligó a entregar todas sus pertenencias,


incluidas las alianzas matrimoniales y la ropa. Hostigados de mil maneras y golpeados, fueron llevados en grupos de diez hasta el barranco llamado de Babi Yar. En total fueron asesinadas durante los días siguientes treinta y tres mil setecientas sesenta y una personas. «Como los cadáveres fueron posteriormente exhumados y quemados en hogueras, y los huesos que no se quemaron fueron aplastados y mezclados con arena», dice el historiador Timothy Snyder, «lo único que queda de ellos es ese frío dato numérico». [668] Babi Yar fue solo una de las múltiples matanzas en masa perpetradas durante la segunda mitad de 1941. En el mes de agosto, más de veintitrés mil judíos extranjeros, deportados de Hungría —en su mayoría rusos y polacos —, fueron asesinados en Kamenets-Podolsk, ciudad situada al oeste de Ucrania. En octubre, otros diez mil fueron fusilados en Dnipropetrovsk. Mientras tanto, en el curso de acciones menos llamativas los judíos fueron desapareciendo de todas las ciudades y pueblos, desde el Báltico hasta el mar Negro. Mientras tanto, en Berlín, Rosenberg recibía periódicamente informes de las ciudades del vastísimo territorio bajo su jurisdicción que habían sido declaradas judenfrei, «libres de judíos». No solo ciudades, sino territorios enteros: el país natal de Rosenberg, Estonia, fue el primero. Los mil quinientos judíos que había en él fueron eliminados. En septiembre, Rosenberg tuvo el placer de recibir de viva voz los informes de un par de funcionarios de su ministerio que regresaban de una gira por Letonia y Estonia. Según le contaron, los habitantes de ambos países —los que habían sobrevivido a la acometida de los nazis— estaban muy contentos de haber sido liberados después de la brutal ocupación soviética de los estados bálticos en 1940-1941, durante la cual millares de estonios, letones y lituanos habían sido ejecutados o deportados. «No solo los sublevaban los judíos; ellos mismos estaban divididos, casi al límite», anotó en su diario Rosenberg después de la entrevista. «Eran tales cosas las que habían vivido que el ejército alemán suponía para ellos la salvación. Y ahora que los judíos y los comunistas han sido erradicados el pueblo vuelve a la vida».[669] En muchos lugares, las acciones mortíferas de los nazis se vieron complicadas por el hecho de que los alemanes deseaban emplear a los judíos


como trabajadores forzados en fábricas, comercios y obras. A los judíos «aptos para trabajar» se les perdonaba temporalmente la vida, de modo que se veían obligados a vivir en un limbo horroroso, mientras, por otro lado, eran testigos de cómo la policía se llevaba a rastras a sus vecinos para matarlos. Minsk, la capital de Bielorrusia, sería un buen ejemplo en este sentido. La ciudad cayó a los seis días de que diera comienzo la guerra. A primeros de julio, todos los hombres menores de 45 años fueron detenidos y conducidos a un campamento instalado en una explanada al aire libre.[670] Más de ciento cuarenta mil individuos, entre prisioneros de guerra y civiles, fueron hacinados en una zona del tamaño de una plaza. La comida y el agua eran insuficientes. Los hombres eran golpeados con porras de goma y fusilados con el menor pretexto. Ya en el mes de julio Rosenberg recibió un informe sobre las condiciones del campo. «El limitado número de guardianes, obligados a soportar la carga de vigilar a los detenidos sin ser sustituidos durante varios días, los lleva a utilizar despiadadamente con los presos el único lenguaje posible, esto es, el de las armas».[671] Al cabo de unos días, los internos fueron separados por nacionalidades y por razas, y los rusos y los polacos fueron liberados. Pero los judíos no. Una mañana, los guardianes ordenaron que todos los judíos que tuvieran estudios —ingenieros, médicos, contables— se registraran para ponerse a trabajar. Dos días después, fueron sacados del campo y fusilados. Los hombres que quedaron fueron conducidos de nuevo a la ciudad, encerrados en un gueto con los demás judíos de Minsk y obligados a trabajar para las fuerzas de ocupación. Con una población de al menos setenta mil habitantes, el gueto de Minsk era el más grande del territorio ocupado de la Unión Soviética. Los judíos se morían de hambre, obligados a seguir un régimen a base de ortigas y mondas de patatas, y vivían aterrorizados. «De repente, la Gestapo entraba en el gueto en camiones y empezaba a detener a hombres», escribiría Mikhaíl Grichanik, un sastre que trabajaba en una fábrica de confección de Minsk y que pasó varios meses en el gueto antes de lograr escapar de él; los nazis ejecutaron a su madre, a su mujer, a sus tres hijos y a otros tres parientes suyos. «Entran en las viviendas, golpean a la gente con porras de goma y los sacan a la calle con el pretexto de mandarlos a trabajar: a las turberas y a sitios por el estilo. Nadie ha vuelto a ver vivos a los que se llevan de esa forma». Los informes de las Einsatzgruppen documentan este fenómeno con una precisión estadística minuciosísima: 16 de agosto, 615


ejecuciones; 31 de agosto y 1 de septiembre, 1914; 4 de septiembre, 214; 23 de septiembre, 2278. En septiembre, el patriarca de la familia Kovarsky contaba que, escondido con uno de sus hijos, vio cómo la policía irrumpía en su domicilio y asesinaba a otros dos hijos suyos, a sus dos hijas y a la abuela. A la hija mayor los esbirros primero le mandaron que se quitara el vestido y bailara para ellos encima de una mesa.[672] Empezaron a aparecer unas camionetas negras, con las ventanillas pintadas igualmente de negro, que patrullaban por las calles cuando anochecía y detenían a judíos, partisanos y niños perdidos. La gente del gueto se enteró, horrorizada, de que los vehículos en cuestión llevaban a cabo experimentos gaseando a sus víctimas: estaban equipadas de tal forma que el tubo de escape era dirigido al interior del remolque herméticamente cerrado del vehículo para asfixiar a sus ocupantes. Los judíos llamaban a aquellos camiones los «destructores de almas». El 7 de noviembre de 1941, la policía obligó a toda la población del gueto de Minsk a salir de sus casas y a congregarse en la calle. «Los alaridos de miedo, pánico y horror, los gritos de desesperación, el llanto de los niños y los sollozos de las mujeres... podían oírse por toda la ciudad», recordaba Sofía Ozérskaya, una maestra que logró sobrevivir a la matanza.[673] La fecha era simbólica: aquel era el día en el que los soviéticos celebraban la revolución comunista. En una escenificación burlesca de esa celebración festiva, los nazis ordenaron a unos cuantos judíos que se pusieran sus mejores galas y luego, encabezados por un hombre que ondeaba una bandera roja, que desfilaran por las calles cantando himnos patrióticos. Cuando acabó el desfile, todos los judíos fueron obligados a montar en camiones y conducidos a un campo de prisioneros, donde los metieron como ganado en unos pajares a la espera de que llegara su fin. En el curso de los días siguientes, todos ellos fueron sacados de los cobertizos y arrastrados hasta unas trincheras. Una vez allí, les fueron pegando un tiro a cada uno; a todos, uno tras otro. La operación concluyó con el asesinato de doce mil personas. Dos semanas después, otros siete mil individuos fueron detenidos y fusilados. Un barbero judío llamado Levin, conocido por algunos oficiales nazis y protegido por ellos debido a su habilidad en el desempeño de su oficio, suplicó encarecidamente al oficial al mando que perdonara también la vida a su mujer y a su hija. Pero el alemán accedió a salvar solo a una de ellas y dejó que el pobre hombre escogiera a cuál.


«Levin eligió a su hija», contaría Grichanik, el sastre. «Cuando los trabajadores fueron llevados a la fábrica, estaban tan blancos como el papel y eran incapaces de decir una palabra». Los alemanes seguirían gobernando Minsk cerca de tres años más. Al margen de las constantes matanzas perpetradas por los hombres de Himmler, dos de los siete Gobiernos civiles planificados por Rosenberg emprendieron también operaciones de exterminio en los territorios ocupados recientemente: el de Ucrania, al frente del cual estaba Erich Koch, y el del Ostland («Territorio del Este o del Báltico»), que comprendía los Países Bálticos y parte de Bielorrusia, cuyo titular era Hinrich Lohse. A finales de julio de 1941, Lohse fue enviado a Kaunas, en Lituania, tras las conversaciones mantenidas con las autoridades de Berlín, incluido el propio Hitler. Una vez allí, el hombre de Rosenberg se reunió en dos ocasiones con Himmler y fue informado del exterminio de los judíos, que ya había dado comienzo. En julio, habían sido arrestados en todo el país quince mil judíos, que luego fueron llevados a las afueras de la ciudad, fusilados y finalmente enterrados en fosas comunes.[674] Las Einsatzgruppen contaron con la ayuda de miles de voluntarios lituanos. El 1 de agosto, Lohse volvió a Berlín y comunicó sus descubrimientos a Rosenberg y a otros dirigentes de alto nivel del Ministerio del Este. Al describir las matanzas de los judíos de Lituania —cifró el número de víctimas en diez mil, y dijo que habían perecido a manos de la «población lituana»—, Lohse contó que las muertes continuaban noche tras noche. «Conforme a la decisión del Führer», añadió, «los judíos deberían ser eliminados por completo de este territorio».[675] Al día siguiente de aquella reunión, Lohse tomó medidas para coordinar su política judía con el jefe de la SS de su región. En ese sentido se atuvo a las directrices dadas por Rosenberg cuando diseñó la Administración política del Territorio del Este aquella misma primavera: «Trabajos forzados para los judíos, guetificación, etcétera», medidas todas presentadas como «solución transitoria de la cuestión judía».[676] Según la normativa más detallada de Lohse, los judíos debían ser «eliminados» de las zonas rurales. No debía permitírseles que se movieran sin autorización; podían ser detenidos en cualquier momento, «en caso de necesidad»; debían lucir la estrella amarilla; se les prohibía utilizar las aceras, los coches y los transportes públicos; no podían tener acceso a los teatros, las bibliotecas, los museos, las piscinas, los


parques infantiles y las instalaciones deportivas; y sus propiedades debían ser confiscadas. Por severas que pudieran sonar estas medidas, no eran lo suficientemente duras para la SS, que reaccionó furiosamente ante aquel entrometimiento en su terreno de juego. Franz Walter Stahlecker, al mando de la Einsatzgruppe A, el pelotón de ejecución destinado al Ostland, exigió su retirada. Sin duda Lohse ignoraba que, por primera vez, en aquellos momentos era posible llevar a cabo «un planteamiento radical de la cuestión judía», decía Stahlecker en su carta. Lo invitaba a una entrevista para discutir el asunto más a fondo, pues el proyecto de Lohse afectaba a ciertas «órdenes fundamentales de una autoridad superior... que no pueden ser discutidas por escrito».[677] En su nota de respuesta Lohse revisaba sus instrucciones subrayando que las restricciones que planeaba eran solo «medidas provisionales... mínimas», y que los responsables del Gobierno civil no tenían por qué interferir en la labor de las fuerzas de seguridad de Himmler.[678] Cuando fue publicada la normativa, Stahlecker escribió a los oficiales de su Einsatzgruppe asegurándoles que la SS tenía el pleno respaldo de Lohse cuando llevara a cabo su mortífera solución de la cuestión judía.[679] Stahlecker tenía razón. Esta disputa, como tantas otras que estallarían entre la SS y el Ministerio del Este a lo largo de 1941 y 1942, tenía que ver en gran medida con cuestiones de jurisdicción. El asunto era si la política judía en el Territorio del Este debía ser una cuestión policial manejada por el Reichsführer-SS o un tema político supervisado por el ministro del Reich. Rosenberg no se había dado por vencido en su lucha por hacer de su ministerio la autoridad definitiva en el Territorio del Este. Uno de sus asistentes, Otto Bräutigam, pensaba que era una imprudencia. En lo tocante a la cuestión judía, decía, «no consideraba ni mucho menos absurdo hacer hincapié en la jurisdicción de la SS y de los jefes de la policía».[680] Pero en 1941, mientras las fuerzas de Himmler asesinaban a los judíos residentes en su imperio, Rosenberg no quiso quedar al margen de la operación. En septiembre de 1941, Rosenberg puso en marcha una medida fatídica.[681] Berlín se enteró de que Stalin había desterrado a seiscientos mil individuos de etnia alemana que vivían en la región del Volga y los había enviado en


vagones de ganado a Siberia y Kazajstán. «El odio contra Moscú se desató de nuevo en todos nosotros, más fuerte que nunca», escribió Rosenberg en su diario.[682] La deportación, pensaba, significaba muerte. «Yo di instrucciones para que nuestro posicionamiento fuera muy duro y le envié la formulación de nuestra respuesta al Führer. Él la endureció aún más. Ayer hice que redactaran la propuesta del comunicado que se enviará por radiodifusión a Rusia, a Inglaterra y a USA diciendo que si se llevara a cabo esa matanza, Alemania haría que lo pagaran los judíos de Centroeuropa». En su memorándum Rosenberg recomendaba que Hitler tomara represalias deportando inmediatamente al Territorio del Este a «todos los judíos de Centroeuropa». Hitler se había resistido a los llamamientos que reclamaban la expulsión de los judíos. Había planeado llevarla a cabo una vez conseguida la victoria sobre los soviéticos en la que esperaba que fuera una guerra breve y claramente decantada a su favor. Pero los ejércitos de Stalin habían sobrevivido al choque que habían supuesto los primeros golpes y, tres meses después de la invasión en Berlín, estaba ya muy claro que Moscú no iba simplemente a venirse abajo y a rendirse pronto. Después de una ronda de conversaciones con Ribbentrop y Himmler, Hitler decidió que Alemania no podía seguir esperando, y el 17 de septiembre ordenó al jefe de la SS que pusiera en marcha la deportación de los judíos alemanes, austríacos y checos. Goebbels estaba entusiasmado: en el Territorio del Este, había escrito en su diario un mes antes, los judíos serían «tratados de manera durísima». Cuando los funcionarios destinados al Ostland se enteraron de que miles de judíos iban a ser deportados a su territorio y de que había que construir nuevos campos de concentración en Riga y en Minsk, no se alegraron tanto. [683] Finalmente tuvieron noticias de la sede central del ministerio de Rosenberg en Berlín. Les decían que no se preocuparan: que aquello iba a ser algo temporal y que luego los judíos desaparecerían. El asesor de Rosenberg en materia de razas, Erhard Wetzel, redactó una respuesta a Lohse en la que planteaba la idea de construir «equipos para gasear» en Riga, Letonia, que se encargaran de los deportados que fueran «no aptos para el trabajo».[684] Viktor Brack había contribuido a poner en marcha un programa para aplicar la eutanasia a decenas de millares de enfermos mentales de Alemania, a muchos de ellos mediante gas letal. Brack estuvo encantado de enviar a sus técnicos a Riga para que montaran las instalaciones necesarias para acoger a


los judíos de Lohse. No existen pruebas de si la carta llegó a enviarse o no, y a decir verdad la propuesta quedó en nada —al final los campos de la muerte fueron construidos en la Polonia ocupada—, pero lo que llama la atención es el reconocimiento de que el ministerio de Rosenberg no tenía «ninguna objeción que poner a la eventualidad de que los judíos que no fueran aptos para el trabajo fueran eliminados utilizando los medios proporcionados por Brack».[685] El 4 de octubre, Heydrich se reunió con las autoridades del ministerio de Rosenberg e insistió en que prestaran su colaboración.[686] No quería discutir, les dijo, pero «en cualquier caso (era) la policía de seguridad la encargada de llevar a cabo el tratamiento dispensado a los judíos». No obstante, en el otoño de 1941 los responsables del Gobierno civil de Lohse empezaron a poner objeciones a algunas de las matanzas perpetradas por las desenfrenadas fuerzas de seguridad de Himmler. El principal punto de fricción no eran los asesinatos en sí. Ningún nazi quería parecer blando respecto a los judíos. Los funcionarios del Gobierno civil objetaban más bien que no se les consultara previamente, o que las matanzas perpetradas a plena luz del día contribuían a desestabilizar las ciudades que estaban bajo su jurisdicción, o pretendían que algunos judíos quedaran exentos para poder emplearlos como mano de obra esclava. Uno de los jefes de distrito de Lohse, Heinrich Carl, comunicaba que el 27 de octubre, a las ocho de la mañana, había aparecido en Slutsk, Bielorrusia, un oficial al mando de un batallón de la policía y había anunciado que su unidad tenía la orden de liquidar a todos los judíos de la localidad. En un memorándum que, siguiendo la cadena de mandos, acabó llegando a Lohse, Carl protestaba diciendo que no había sido avisado y que, además, algunos judíos eran artesanos: curtidores, carpinteros y herreros.[687] Si los judíos eran ejecutados, las fábricas de la ciudad tendrían que cerrar de inmediato. Pero el oficial de la policía había dicho a Carl que tenía órdenes de «limpiar de judíos toda la localidad sin excepción». Los pistoleros se pusieron manos a la obra con «una brutalidad indescriptible», rayana en el «sadismo». Por lo pronto sacaron a los judíos a rastras de sus lugares de trabajo, los metieron en camiones y les pegaron un tiro a las afueras de la ciudad. Golpeaban a la gente con porras de goma y con


las culatas de sus fusiles. «Por toda la ciudad podían oírse disparos», decía Carl en su informe, «y en diversas calles quedaron amontonados los cadáveres de los judíos fusilados». Algunos judíos fueron enterrados vivos. Una muchacha recorrió la ciudad de arriba abajo intentando recaudar dinero para salvar la vida de su padre. La policía despojó a las víctimas de sus relojes y sus anillos y saqueó sus casas buscando botas, objetos de cuero, de oro y, en general, todo lo que pudiera llevarse. La población no judía de la ciudad estaba «consternada», decía el memorándum. «Tardará mucho tiempo antes de que podamos recuperar la confianza de la población, que ahora hemos perdido». Más o menos por la misma época, otro jefe de distrito informaba de que las matanzas de Liepaja, una ciudad de Letonia, a orillas del Báltico, habían provocado graves disturbios. «Los propios agentes me preguntaban si era necesario matar a los niños».[688] Lohse actuó de inmediato prohibiendo que se llevaran a cabo más ejecuciones en la ciudad. Se opuso también a un plan que pretendía liquidar el gueto de Riga; su actitud hizo reaccionar a Himmler, que envió rápidamente un mensajero a decirle que dejara de una vez de entrometerse: «Diga a Lohse que es una orden mía, que por lo demás refleja los deseos del Führer».[689] La SS presentó una protesta formal al ministerio de Rosenberg, que pidió a Lohse que diera explicaciones de su actuación. «He prohibido las salvajes ejecuciones de judíos en Liepaja porque la manera en que eran llevadas a cabo era injustificable», contestó Lohse.[690] «Le ruego me comunique si su consulta del 31 de octubre debe ser interpretada como una orden de liquidar a todos los judíos del Ostland». Lohse no tenía particular inconveniente en matar judíos, pero a aquellos en concreto los necesitaba. «Por supuesto la limpieza de judíos en el Ostland es una tarea urgente; no obstante, la ejecución de dicha tarea debe ir en consonancia con las necesidades de la economía de guerra». El Reichskommissar no quería deshacerse de una mano de obra tan valiosa hasta no disponer de reemplazos debidamente formados. El ministerio de Rosenberg envió una respuesta de lo más críptica en el mes de diciembre. Las conversaciones mantenidas en Berlín habían zanjado la cuestión. «En este tiempo se ha tenido que aclarar la cuestión judía mediante discusiones verbales», decía la carta. «Los intereses económicos no deben fundamentalmente tenerse en consideración a la hora de solucionar este problema».[691] Si tenía alguna duda al respecto, Lohse debía consultar


a la SS. Parece que no lo hizo. Se desentendió sin más del asunto. Esas discusiones mantenidas en Berlín para clarificar la cuestión judía tuvieron lugar a mediados de noviembre de 1941 en una entrevista entre Rosenberg y Himmler.[692] El 15 de noviembre, sábado, los dos líderes almorzaron juntos a las dos y luego estuvieron hablando por espacio de cuatro horas acerca de las disputas surgidas entre las autoridades políticas de Rosenberg y las fuerzas de seguridad de Himmler. Se desconoce si Himmler comentó o no detalladamente a Rosenberg los planes cada vez más radicales que tenía de acelerar la liquidación de los judíos de Europa. Himmler había estado buscando métodos de exterminio más eficaces desde que había sido testigo de una masacre en Minsk, allá por el mes de agosto. Quedó sobrecogido y decidió que fusilar judíos a millares resultaba demasiado fuerte para la moral de los ejecutores. En cualquier caso, cuando se entrevistó con Rosenberg en noviembre, ya estaba en marcha la construcción de la primera cámara de gas propiamente dicha, en un campo de concentración de Bełżec, al sudeste de Polonia. Una buena medida de lo que dijo Himmler a Rosenberg es que, tres días después de su entrevista, el ministro del Ostland pronunció un discurso en el que habló de la «eliminación biológica» de los judíos. El martes 18 de noviembre algunos representantes de la prensa alemana fueron invitados a primera hora de la tarde a una conferencia de prensa en el cuartel general del Ministerio del Ostland de Rosenberg, un gran edificio revestido de piedra caliza situado en el extremo sudoccidental del Tiergarten de Berlín. Aquella fue la presentación oficial de Rosenberg como ministro de los Territorios Ocupados del Este. Su nombramiento acababa de ser hecho público, pues durante los primeros meses de la Operación Barbarroja Hitler había considerado más prudente mantener en el más absoluto secreto que tenía planeado establecer un organismo encargado de la ocupación. Rosenberg, que lucía un traje a rayas con la insignia del partido nacionalsocialista en la solapa, dijo a los periodistas alemanes leales allí reunidos, cuyas actividades se inscribían durante el Tercer Reich en el ámbito del Ministerio de Propaganda, que había convocado aquella conferencia de prensa porque deseaba que supieran lo que estaba pasando en el Territorio del Este. Pero no podían escribir nada sobre el asunto, al menos de manera


explícita. Se trataba tan solo de una sesión informativa sobre las causas y el contexto de la situación; todo lo que estaba a punto de decir era estrictamente confidencial. Sus comentarios no fueron publicados en la prensa, pero al término de la guerra se encontró una copia del discurso entre sus papeles. Después de hablar de los planes de desmantelamiento perpetuo de la Unión Soviética y de explotación de sus recursos naturales, Rosenberg abordó la cuestión judía. «En el este», dijo el ministro, «siguen viviendo en torno a seis millones de judíos, y el problema al que hacemos referencia solo puede resolverse mediante la eliminación biológica del judaísmo en la totalidad de Europa. La cuestión judía no estará resuelta para Alemania hasta que el último judío abandone el territorio alemán, y para Europa, hasta que no haya ni un solo judío más en el continente europeo, hasta los Urales. Y esta es una misión que el destino nos ha encomendado».[693] Evocó la capitulación de Alemania el 9 de noviembre de 1918, «un día clave que marcó nuestro destino. El judaísmo demostró entonces que estaba a favor de la destrucción de Alemania. Que esto no sucediera se lo debemos al Führer y a la fuerza de carácter de la nación alemana». Pero mientras vivieran judíos en el continente, persistía el peligro de que los europeos benévolos les permitieran volver a prosperar. Por eso era necesario desterrarlos a todos. Por eso era necesario «empujarlos más allá de los Urales o impulsar, si no, de alguna otra manera su eliminación». No habría podido ser más claro. La deportación al este se había convertido en un eufemismo. A finales de 1941 lo que significaba era muerte. Las objeciones técnicas que Lohse y otros miembros de la Administración Civil plantearon en octubre y noviembre fueron simples excepciones a la regla. De Rosenberg para abajo, los funcionarios del Ministerio del Este respaldaron los asesinatos, colaboraron con las fuerzas policiales de Himmler y allanaron el camino a la perpetración de la matanza.[694] Confeccionaron listas de los bienes de los judíos. Ayudaron a capturar a las víctimas. Asistieron a la carnicería en calidad de testigos. Algunos participaron de hecho en los fusilamientos. A finales de noviembre, cuando le dijeron que Himmler y, por extensión, el Führer habían ordenado la liquidación del gueto de Riga, Lohse contempló sin poner ninguna objeción cómo los hombres de Himmler y la policía letona


conducían a mil cuatrocientas personas hasta el Bosque de Rumbula, a unos diez kilómetros de la ciudad.[695] Allí se reunieron con ellos los pasajeros que habían logrado sobrevivir a uno de los primeros convoyes de judíos de Berlín deportados al este; muchos de ellos habían perecido por el camino congelados de frío. Las víctimas se quitaron la ropa, se tumbaron en las trincheras que habían cavado y allí fueron pegándoles un tiro a todos.[696] Las fosas fueron cubiertas de tierra y la superficie fue allanada con una apisonadora. En diciembre de 1941, Karl Jäger, el oficial al mando del Einsatzkommando de Himmler en Lituania, escribió una relación perfectamente clara de la labor desarrollada en ese territorio durante el verano. «Ya no quedan judíos en Lituania», comunicaba, «excepto los que están trabajando y sus familias»; estos se habían salvado para trabajar como mano de obra esclava. Jäger calculaba que había unos treinta y cinco mil supervivientes de la población de más de doscientos cincuenta mil judíos que había antes de la ocupación. De no ser por las mezquinas objeciones económicas, añadía, habría estado encantado de matarlos a ellos también.[697] A finales de año, el 70 por ciento de los judíos de Lituania —ciento setenta y siete mil personas— había perecido. Casi todos ellos habían sido asesinados después de la llegada de Lohse.[698] En Letonia, casi el 90 por ciento de los setecientos cincuenta mil judíos del país había perdido la vida. En todo el Territorio del Este ya habían muerto ochocientos mil civiles judíos.[699] Mientras tanto, el clero católico reanudó los ataques contra los nazis en sus sermones y en la prensa durante la segunda mitad de 1941, y a Hitler no le gustó nada. «Parece que algunos curitas» de esos calvos —expresión despectiva usada para referirse a los clérigos que se hacían la tonsura como muestra externa de su piedad religiosa—, dijo a Rosenberg, «tienen dolores de cabeza. La única forma de librarlos de ellos era quitándoles la cabeza». [700] «Estos señores parecían no conocerlo aún», anotó a continuación en su diario. Las protestas de los curas tenían que ver con un tipo muy distinto de operación de asesinato en masa, no con la que estaba llevándose a cabo en el


este: el programa secreto emprendido por los nazis para eliminar mediante la eutanasia a los niños y adultos discapacitados, llamado T4 por la dirección de su cuartel general, situado en el número 4 de la Tiergartenstrasse de Berlín. [701] Hitler había lanzado este programa en 1939 en el marco de los esfuerzos del nazismo por crear una raza aria pura. Empezó a hablarse del programa cuando se pidió a las instituciones sanitarias que rellenaran ciertos cuestionarios acerca de sus pacientes. Muchas víctimas estaban al cargo de organizaciones gestionadas por la Iglesia y aunque las autoridades religiosas se alarmaron y presionaron discretamente en contra de los asesinatos, no hicieron públicamente campaña para que se pusiera fin a aquel programa, temerosas de que los nazis tomaran represalias. Pero el 3 de agosto de 1941, el obispo de Münster, Clemens von Galen, finalmente decidió denunciar aquellos crímenes desde el púlpito. «He recibido informaciones fidedignas», dijo a los feligreses de la iglesia de San Lamberto, «de que en los hospitales y en los asilos de la provincia de Westfalia, se están confeccionando listas de internos clasificados como ‘miembros improductivos de la comunidad nacional’, y de que se pretende eliminarlos de esos establecimientos y al poco tiempo matarlos. La primera tanda de pacientes abandonó el hospital de Marienthal, cerca de Münster, en el curso de esta misma semana». Muy pronto, dijo, las cenizas de las víctimas serían enviadas a sus familiares más próximos con un comunicado diciendo que sus seres queridos habían muerto por causas naturales. Eso era un asesinato, dijo Von Galen. Había seres humanos que morían porque ya no eran «productivos» en opinión de la jerarquía nazi. Si un principio tan retorcido como aquel seguía en pie, «entonces, ¡ay de todos nosotros cuando seamos ancianos y estemos imposibilitados!... ¡Ay de los discapacitados!... ¡Ay de nuestros valientes soldados cuando vuelvan a casa con mutilaciones graves, cojos e inválidos!». Con semejante política, continuó diciendo el obispo, «ninguno de nosotros estará seguro: algún comité, el que sea, será capaz de incluir a cualquiera en la lista de las personas ‘no productivas’, que, a su juicio, son ‘indignas de seguir viviendo’. Y no habrá policía que lo proteja, ni tribunal que castigue el asesinato y que imponga una justa sanción a sus asesinos». Sus comentarios desencadenaron una auténtica tormenta, y el 24 de agosto Hitler suspendió el programa de eutanasia con tanta discreción como lo había puesto en práctica. Puede que hubiera otros motivos para ello, aparte de la reacción de la opinión pública. El T4 había alcanzado ya la cuota fijada por


Hitler: setenta mil víctimas. Y, como Wetzel había insinuado desde el departamento de Rosenberg en la infame carta redactada para informar a Lohse de los «medios de Brack», ya estaba preparado para su envío al Territorio del Este el personal experto en eutanasia que debía encargarse de gasear a un número mucho mayor de víctimas. Cuatro meses después, en diciembre de 1941, Rosenberg y Hitler seguían hablando de aquella sublevación de los curas. «Y si las iglesias abogaban por la conservación de los imbéciles», anotó Rosenberg en su diario, «él por su parte estaba dispuesto a cederles a todos los idiotas del mundo para que sean sus curas y sus fieles».[702] Los sermones habían sido retransmitidos por radio por la BBC. Fueron traducidos a otras lenguas, reimpresos en forma de octavillas y lanzados desde el aire sobre Alemania, Francia, Holanda, Polonia y el resto de la Europa ocupada. Otros clérigos habían hecho suya la causa y habían escrito cartas y habían hablado públicamente del asunto. «El Führer explicó que estos señores querían ser ‘mártires’ y que esperaban una detención honrosa», decía Rosenberg, y en algunos casos verían cumplidos sus deseos. La Gestapo detuvo a los individuos que propagaban el sermón de Von Galen y los envió a diversos campos de concentración. Pero al obispo, no. Mientras que algunos nazis muy destacados exigían que ahorcara a Von Galen, Hitler temía las ramificaciones políticas internas y no quería hacer de él un mártir.[703] Antes bien, decidió esperar a que acabara la guerra para saldar las cuentas. De una forma u otra, decía Rosenberg en su diario, «el obispo de Münster acabaría pronto en el paredón». Pese a la cancelación del programa T4, los niños discapacitados siguieron siendo gaseados en Alemania. Y lo mismo sucedió con las matanzas de los judíos. Cuando comenzaron las deportaciones de Alemania, Von Galen no dijo nada, al menos en público. [704] El 12 de diciembre de 1941 —cinco días después de que los japoneses bombardearan Pearl Harbor y un día después de que los alemanes declararan la guerra a Estados Unidos—, Hitler invitó a los máximos dirigentes del partido a su domicilio particular de Berlín y les dijo que ya era hora de enfrentarse de una vez a la cuestión judía. «El Führer está decidido a hacer tabla rasa», anotó Goebbels en su diario hablando de esta conversación


secreta.[705] «Ya pronosticó a los judíos que si volvían a desencadenar otra guerra mundial, provocarían su propia destrucción. Pues bien, esa guerra mundial ya ha llegado... así que los causantes de este sangriento conflicto tendrán que pagar por él con su vida». A finales de ese mismo mes, Rosenberg tuvo que pronunciar un discurso en el Sportpalast de Berlín para anunciar nuevas represalias contra los judíos como consecuencia del bloqueo naval al que los Aliados estaban sometiendo a Alemania. Tenía previsto decir que «la campaña de difamación internacional contra Alemania» orquestada por «los judíos de Nueva York» sería contestada con las «correspondientes medidas por parte de Alemania contra los judíos que viven en el este».[706] Había seis millones de judíos viviendo bajo el control de los nazis en los Territorios Ocupados del Este y esos eran los que se habían convertido en «la fuente del poder de los judíos en todo el mundo». La misión de Alemania era «aniquilar aquellas fuentes de las que han sacado su fuerza los judíos de Nueva York» mediante la «eliminación negativa de esos elementos parásitos». Iba a ser un discurso no muy distinto de lo que habían sido los comentarios extraoficiales que había hecho un mes antes ante los representantes de la prensa alemana. Pero tras la declaración de guerra contra Estados Unidos, a Rosenberg le pareció que no era la ocasión adecuada para hacer unas manifestaciones tan incendiarias como aquellas. Uno de los motivos de los nazis para lanzar amenazas contra los judíos era disuadir a Estados Unidos de que entrara en la guerra. Pero ahora los acontecimientos lo habían superado. Rosenberg se reunió con Hitler el 14 de diciembre para discutir lo que había que hacer. «Sobre la cuestión judía», escribió en un apunte sobre la entrevista con el Führer, «dije que la nota sobre los judíos de Nueva York quizá tendría que cambiarse ahora tras la decisión». Presumiblemente se refería a la decisión de los americanos de entrar en la guerra. «Dije que en mi opinión no había que hablar de la erradicación de los judíos».[707] Hitler se mostró de acuerdo, y luego añadió una idea que no tenía ninguna necesidad de expresar a su interlocutor, pues, por encima de cualquier otra consideración, había sido la fuerza que había impulsado toda la carrera política de Rosenberg: los judíos habían provocado aquella guerra y toda aquella destrucción, y serían los primeros en sentir sus terribles consecuencias. Ese mismo día, Hitler mantuvo una reunión distinta con Rosenberg, Himmler y Philipp Bouhler, uno de los principales organizadores del


programa de eutanasia T4.[708] Aunque el régimen no estaba dispuesto a hablar públicamente de exterminio, lo cierto es que el asunto se había convertido en un tema de conversación fundamental entre los dirigentes nazis durante los días posteriores a los comentarios hechos por Hitler ante los jerarcas del partido. El gobernador general de Polonia, Hans Frank, sería un buen ejemplo. Había asistido a la reunión y había oído lo que había dicho Hitler, y regresó a su reino particular en un estado mental apocalíptico. «En cuanto a los judíos, bueno, puedo decirles francamente que de una forma o de otra tenemos que acabar con ellos... van a desaparecer», comentó con un grupo de jerarcas nazis de su territorio. «Hay que deshacerse de ellos».[709] Cinco semanas después, un martes del mes de enero de 1942, quince burócratas nazis bajaron de sus automóviles delante de una casa de huéspedes de la SS situada en Wannsee, un barrio de moda a las afueras de Berlín. La localidad se encontraba a orillas de un bonito lago y tenía playa, y durante el verano constituía la meta de las escapadas de la gente rica y famosa. Pero aquella mañana por las ventanas podía verse cómo la nieve caía silenciosamente sobre el lago. Tras acomodarse en sus asientos, aquellos hombres se calentaron tomando coñac. Entre los jerarcas que había a la mesa había secretarios de Estado y subsecretarios del Ministerio de Asuntos Exteriores, de los Ministerios de Interior, Justicia y Economía, así como del Gobierno General de la Polonia ocupada. Siete de ellos eran oficiales de la SS encargados de la cuestión judía. Robert Kempner calificaría más tarde al grupo de los personajes allí congregados de la siguiente manera: «Aquellos señores eran los que sabían lo que había que saber».[710] Rosenberg no asistió personalmente a la reunión, como tampoco lo hicieron los demás ministros. Pero envió a dos destacados miembros de su Ministerio del Territorio del Este: a Alfred Meyer, su viceministro, y a Georg Leibbrandt, director del departamento político del ministerio. Indudablemente informarían después a Rosenberg de lo tratado en la reunión. Reinhard Heydrich había logrado reunir a todos aquellos burócratas, aunque, como era habitual, la invitación era muy discreta respecto a los asuntos que se iban a discutir. Posteriormente Adolf Eichmann, encargado de organizar y gestionar la deportación de los judíos de todos los países de


Europa en su calidad de director del departamento judío de la Oficina Central de Seguridad del Reich, a las órdenes de Heydrich, redactó un resumen destinado a ser repartido entre los asistentes y entre algunos otros altos funcionarios. El Protocolo de Eichmann era lo suficientemente incriminatorio como para que todos sus destinatarios —treinta en total— menos uno lo destruyeran; la única copia conservada permitiría que la conversación de hora y media de duración pasara a la historia como un verdadero hito en la planificación de la solución final por parte de los nazis. Heydrich pretendía reunir a los diversos ministerios para que apoyaran su proyecto de solución final. Recordó a los burócratas invitados que se le había asignado la responsabilidad de librar a Europa de los judíos y les explicó que las anteriores medidas tomadas para fomentar la emigración judía —toda una década de ataques, detenciones y medidas discriminatorias— no habían resuelto el problema. De modo que Hitler había aprobado una nueva solución: «Evacuar a los judíos al este». Heydrich esbozó el plan general a grandes rasgos. Europa sería «peinada» de oeste a este en busca de judíos, y a los que fueran lo bastante fuertes para realizar un trabajo duro se les obligaría a hacerlo literalmente hasta que reventaran. «Los judíos aptos para el trabajo serán conducidos a esos territorios y se distribuirán en grandes columnas, separados por sexos, para construir carreteras; indudablemente buena parte de ellos desaparecerá a través de una disminución natural», decía el resumen de Eichmann. «A los que, llegado el caso, queden al final, y teniendo en cuenta que, con toda seguridad, constituirán la parte más resistente, habrá que darles el tratamiento que corresponde, dado que, como representan una selección natural, de ser liberados podrían convertirse en el germen de un nuevo desarrollo judío (ver la experiencia de la historia)».[711] Pese a la crudeza de esta descripción de una política que, de una forma u otra, suponía una condena a muerte de todos los judíos de Europa, los asistentes a la reunión celebrada aquel día negarían más tarde que Heydrich hablara de genocidio. Pero Eichmann declararía que las actas habían sido redactadas necesariamente utilizando eufemismos, en un lenguaje oscuro que disimulara aquello de lo que realmente hablaron los quince hombres reunidos en el palacete del Wannsee: no de evacuación de los judíos, sino de su exterminio. Fue una reunión que pasaría a simbolizar el desconcertante horror del Holocausto: ¿cómo una nación culta y avanzada como Alemania pudo caer


en la barbarie de la peor especie? «Por un lado, el ambiente distinguido de una villa elegante, en un barrio de gente culta de una de las capitales más sofisticadas de Europa», escribe el historiador Mark Roseman. «Quince burócratas educados y civilizados, pertenecientes a una sociedad educada y civilizada, que respetaban totalmente el decoro. Y por otro, el genocidio, aprobado con un simple gesto de asentimiento».[712] Pocos meses antes de la conferencia del Wannsee, Hitler había pensado en todo lo que se había hecho ya para aislar a los judíos de Alemania. Se le había pasado por la cabeza una analogía bastante siniestra, una idea que relacionaba un infame eslogan electoral de los años veinte con los logros alcanzados por el famoso bacteriólogo que había dado su nombre de pila a Robert Kempner y que incluso había sido su padrino. «Me siento el Robert Koch de la política», había dicho el Führer a un correligionario.[713] La conversación tenía lugar poco antes del amanecer y el cielo acababa de empezar a iluminarse por el este. Hitler intentó explicarse: «Fue el que descubrió el bacilo de la tuberculosis y de paso mostró nuevas vías a la ciencia médica. Yo he descubierto que los judíos son el bacilo y el fermento de toda descomposición social. Su fermento. Y he demostrado una cosa: que un estado puede vivir sin judíos».


19 Nuestro destino especialmente trágico

Max y Frieda Reinach con su hija, Trude, en tiempos más felices (U. S. Holocaust Memorial Museum, cortesía de Ilana Schwartz).

El día que dio comienzo la Segunda Guerra Mundial, una pareja de judíos de Berlín, llamados Frieda y Max Reinach, abrieron un cuadernito negro de papel milimetrado y empezaron a escribir un diario destinado a sus hijos, ya adultos, que habían logrado escapar de Berlín.[714] Medio siglo después, el pequeño diario, con las tapas negras reforzadas con celo, acabaría por llegar a un pariente lejano de la pareja, dos generaciones más joven: Henry Mayer, el archivero jefe del Museo del Holocausto de Washington, D. C. «Si intento seguir la cuenta en este cuadernito de los días y las semanas que están por venir, lo hago por vosotros, queridos hijos, para que un día comprendáis y sepáis la época en que vivimos y lo que sufrimos», escribió


Max. «Vuestros padres confían en Dios, que anteriormente ha sido nuestro protector en los tiempos difíciles y que seguirá siéndolo. Está escrito: ‘Hijos sois del Eterno, vuestro Dios. Si un padre se irrita con sus hijos, no por ello los expondrá a la destrucción total’. Nuestra conciencia está limpia y al único que tememos es a Dios». Antes de la guerra Frieda había sido maestra de escuela y Max había trabajado en una tienda de puros. Cuando perdieron sus empleos, los dos se presentaron voluntarios para colaborar en el comedor social del Hogar de la Comunidad Judía. Pero día a día, a medida que la guerra continuaba y que se acumulaban las ofensas, Frieda fue sintiéndose cada vez más deprimida. La familia no había sido particularmente religiosa, pero Max volvió a su antigua fe y adoptó una actitud resuelta y filosófica respecto a la dura prueba que suponía vivir en Alemania durante el Tercer Reich. Juró que Frieda y él no dejarían de luchar por sus vidas. No se volverían unos débiles, como otros que habían perdido la fe. «Un sufrimiento y un dolor indecible nos agobian a todos y necesitamos una fe en Dios fuerte como una roca para sobrevivir a las pruebas a las que nos someten estos tiempos», decía a sus hijos. «Vuestros padres tienen fuerza de voluntad y el firme propósito de sobrevivir a esta época de horrores y de buscar un futuro distinto, viviendo quizá unos años de paz». «Debemos llevar, por mandato legal, la estrella de David... y debajo de la estrella un letrero que dice: Jude», escribió Max en septiembre de 1941. La normativa exigía que fuera cosida a la ropa, en el lado izquierdo, a la altura del pecho. Se produjeron casi un millón de piezas, recortadas a partir de grandes rollos de tela, y luego vendidas a los judíos al precio de diez pfennig cada una.[715] Lucir una estrella daba pie a que la Gestapo parara a cualquier judío por la calle y lo interrogara. No llevarla comportaba el riesgo de ser detenido. Max estaba horrorizado. «Nunca pensé que algo así pudiera suceder». Año tras año, las restricciones habían ido siendo cada vez más severas. [716] Los judíos tenían prohibido ir a la estación de ferrocarril sin permiso. En Berlín, no podían acceder al barrio del Gobierno. No se les permitía conducir automóviles. «¡Los judíos ya no tienen nada que hacer al volante de un vehículo!», decía un folleto nazi. Se les había ordenado atenerse al toque de queda a partir de las ocho, o de las nueve de la noche los fines de semana.


Se les exigió entregar a las autoridades sus acciones, sus joyas y sus obras de arte. Les cortaron el teléfono. Les quitaron los aparatos de radio, que se vieron obligados a llevar a los lugares designados al efecto el día que para ellos era la jornada más santa del año, el Yom Kippur. Se les asignaron unas raciones de comida más escasas que las de sus vecinos arios y solo podían salir a comprar una hora al día, a última hora de la tarde, cuando en los comercios ya no quedaba prácticamente nada. «Durante sesenta años», se lamentaba Max, «hemos vivido siempre con la idea de no parecer ni ser distintos de los demás; ahora en cambio los niños juegan a contar judíos por la calle. Ya no tenemos categoría de ciudadanos». El Ministerio de Propaganda colocó carteles anunciando la «profecía» de Hitler, proclamada en un discurso ante el Reichstag el 30 de enero de 1939: «¡Si el judaísmo financiero internacional dentro y fuera de Europa consiguiese precipitar una vez más a las naciones a una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y con ella la victoria del judaísmo, sino la aniquilación de la raza judía en Europa!».[717] En mayo de 1942, Max meditaba sobre el pueblo judío y «nuestro destino especialmente trágico». Las deportaciones ya habían comenzado. Los primeros trenes salieron de Berlín el 18 de octubre de 1941, y a partir de esa fecha ya no se permitió a los judíos emigrar.[718] Max anotó en su diario que sus hermanos y sus hermanas, y también los de su esposa —Max y Jule, Moritz y Martha, y Liane, Adele y Bernhard— habían sido «evacuados». «También se han llevado a la mayor parte de nuestros amigos, así que llevamos una vida muy solitaria». Pero seguía creyendo que un día volvería a ver a sus hijos. Si se equivocaba, decía en su diario, nadie debía sentirlo. «Seguiréis siendo para nosotros la luz del sol hasta que llegue el crepúsculo y la oscuridad de la noche nos envuelva», escribió. «Vuestra infancia fue feliz y encantadora para vosotros y para nosotros y los recuerdos permanecerán». Unos días después, Frieda cogió el cuadernito y fue incapaz de ocultar su cólera. «¿Cuántos miles de judíos han sido ‘evacuados’ desde octubre de 1941?», anotó. «¿‘Evacuados’, como ellos dicen, de Alemania? ¿‘Evacuados’, como ellos dicen eufemísticamente?... Me aterra la idea de la ‘evacuación’, y esa horrible posibilidad se cierne sobre nuestras cabezas a


cada momento, y no faltan motivos. Cada vez que pienso en ello, soy presa del pánico y sé que, si tenemos que seguir ese camino, no volveré a veros, queridos hijos míos». Durante cierto tiempo habían estado mandando comida y dinero a unos parientes al gueto de Łódź, Polonia, aunque ellos mismos tenían muy poco que comer y habían perdido mucho peso. Según fue pasando el tiempo, no se les permitió comprar carne, ni pescado, ni mantequilla, ni huevos, ni fruta, ni café, ni alcohol, ni tabaco con sus cartillas de racionamiento. Tenían prohibido comprar zapatos, jabón o leña.[719] En los parques se les permitía sentarse solo en los bancos reservados para los judíos. «Estaban pintados de amarillo», anotó Frieda. «Nosotros nos negábamos a usarlos». Luego se les prohibió por completo la entrada en los parques. Poco después, los judíos recibieron la orden de entregar sus animales de compañía. «Cualquier violación de esta normativa», decía el aviso oficial, «dará lugar a medidas policiales». El 2 de mayo de 1942, una de las mujeres que compartía el piso con ellos recibió la orden de desalojar su habitación. «Este», reseñó Max, «es siempre el primer paso hacia la deportación». En junio sopesaron la idea de si convenía o no que Max se registrara en el Servicio de Trabajo de los nazis. No necesitaban dinero; casi no podían gastarlo en nada. Pero el trabajo podía protegerlos de la «evacuación». Sus empleos en el Hogar de la Comunidad Judía les daban cierta protección de momento, pero estarían más seguros si Max entraba a trabajar en una fábrica de munición y contribuía al esfuerzo de guerra.[720] Por otro lado, el hecho de que Max se registrara en el Servicio de Trabajo podía dar pie a que los nazis actuaran contra él y contra su esposa. «La decisión es tan difícil y tan complicada», decía Frieda en el diario, «porque, sea cual sea la resolución que se tome, podría resultar la equivocada». No habían tenido ninguna noticia de sus parientes deportados al este. «¿Dónde estarán?», decía Frieda. «¿Y cómo estarán?». Tuvieron que entregar sus electrodomésticos: la aspiradora, la plancha, la manta eléctrica, las estufas... Se les prohibió la entrada en las barberías. Fueron obligados a entregar las máquinas de escribir y las bicicletas, las cámaras fotográficas y los telescopios. «¡Qué bonito! ¿No?», anotó Frieda.


«Pero en realidad no está tan mal. Lo que tenemos a diario son detenciones, gente a la que pegan un tiro, ejecuciones... ¿Tan raro es que esté asustada?... Solo un milagro podría salvarnos, y ese milagro tendrá que producirse pronto. De lo contrario, estaremos perdidos». Querían esperar que Alemania perdiera la guerra, pero semejante idea parecía un puro capricho. «No son tiempos para sueños». Era verano, pero llovía y hacía frío. A primeros de año les habían ordenado entregar las prendas de piel y de lana. El 29 de junio Max se registró en el Servicio de Trabajo. Le dijeron que se fuera a su casa y que aguardara la contestación. Una semana más tarde, recibieron una notificación: iban a ser «evacuados» y se les ordenaba presentarse ante las autoridades en el plazo de cuatro meses. Estaban llenos de miedo, pero Max todavía tenía momentos en los que se sentía «extrañamente más tranquilo por dentro». «Ir a registrarme en el Servicio de Trabajo, como podéis ver, ha sido una equivocación», escribió en el diario. «Pero cada persona tiene su propio destino. Mi Salvador no nos abandonará en el temor y la angustia, pues Él es el que siempre ha estado con nosotros». Tres meses y medio después, el 20 de octubre, Frieda y Max fueron convocados en las oficinas del Hogar de la Comunidad Judía, en la Oranienburger Strasse, a las siete de la mañana. Allí, junto con el resto de los quinientos empleados de la organización, esperaron aterrorizados a que aparecieran los hombres de la Gestapo. Un año antes, los líderes de la comunidad judía de Berlín habían sido coaccionados para que ayudaran a los nazis a organizar las deportaciones de sus correligionarios a los territorios del este.[721] Una antigua sinagoga del distrito del Tiergarten había sido convertida en «centro de acogida», donde el personal del Hogar de la Comunidad Judía ayudaba a registrar a las personas seleccionadas para ser trasladadas al este. Las autoridades judías colaboraron «a pesar de (sus) graves recelos», en palabras de uno de los supervivientes de la guerra. No se daban cuenta de que la deportación significaba la muerte. Querían asegurarse de que los pasajeros de los trenes tuvieran ropa adecuada y provisiones para el viaje. Creían que la operación sería menos brutal si no lo dejaban todo en manos de la Gestapo.


Pero ahora la Gestapo venía también a por ellos.[722] El personal del Hogar de la Comunidad estuvo esperando varias horas en las salas de reunión, los pasillos y los despachos del centro. Cuando llegó la policía, anunció que quinientos individuos de la plantilla perderían el empleo de forma inmediata, y los seleccionados deberían presentarse en el centro de acogida dentro de dos días. Por cada individuo que no se presentara, los nazis aseguraron que fusilarían a un líder judío. Se confeccionó una lista de deportados. Los Reinach estaban en ella. Max y Frieda regresaron a su casa a las tres de la tarde impresionadísimos. Frieda tomó la pluma a media noche y se puso a escribir unas cuantas palabras finales para sus hijos, con la esperanza de que algún día el diario llegara a sus manos. «Somos víctimas de nuestro destino de judíos y perdemos nuestro país, nuestro hogar, nuestros bienes. Todo... Unos días más en nuestro amado hogar, y luego... la nada». Deseaba a sus hijos y a sus nietos una vida feliz. «Sé que nunca nos olvidaréis, pero no dejéis que vuestra vida quede ensombrecida por nuestro destino». Dos días después, Max dejó consignado también su testamento. Aseguraba que se iba sin miedo. Pasara lo que pasara, sería porque tenía que pasar. «Nuestros bienes materiales han desaparecido, y casi desnudos dejamos el país en el que hemos vivido más de cuatrocientos años», escribió. «Todavía no sabemos dónde vamos a ir, pero Dios está en todas partes, y allí donde lo invoquemos, lo encontraremos». Las deportaciones se habían convertido en una pura rutina. El 22 de octubre, Frieda y Max llegaron al centro de acogida. Registraron las cosas de valor que les quedaban, que posteriormente les fueron confiscadas. Sus bolsos fueron registrados por si se les había olvidado declarar alguna cosa que valiera la pena.[723] Cuatro días después, a primera hora de la mañana, salieron del centro de acogida y se dirigieron a la estación de mercancías, a unos tres kilómetros más al norte. Junto a otras casi ochocientas personas, incluidos ochenta y ocho niños menores de 15 años, subieron a unos vagones de tercera clase y partieron con destino al Territorio del Este. Su equipaje no los acompañó. Sus pisos de Berlín resultaban muy apetecibles. El 29 de octubre, Frieda y Max y el resto de los judíos condenados a muerte llegaron a un apeadero a las afueras de Riga, en Letonia, a más de mil


kilómetros de Berlín. En cuanto bajaron del tren, fueron conducidos a un bosque y fusilados.[724] Poco tiempo después, su hija, Trude, que estaba en Israel, recibió un mensaje de sus padres, enviado desde Berlín a través de la Cruz Roja Alemana unos días antes de la deportación. «Conmovidos en lo más hondo de nuestro corazón te mandamos nuestra más sentida despedida. Que Dios te proteja». La firma decía simplemente: «Tus afligidos padres». Un mes más tarde, los nazis empezaron a mandar los trenes que salían de Berlín directamente a Auschwitz. En total fueron deportados cincuenta mil judíos de la capital antes de que acabara la guerra. Solo sobrevivieron ocho mil judíos de Berlín.[725] Lo que pretendían los nazis, diría un historiador, era «borrar minuciosamente toda la existencia social de los deportados».[726] Pero antes de que los Reinach se marcharan, una mujer que vivía en su mismo edificio accedió a guardar el diario y a intentar hacérselo llegar a sus hijos.[727] Tan comprometida se mostró aquella mujer con su misión que durante mucho tiempo llevó el cuadernito escondido en un cinturón alrededor de la cintura. Una vez acabada la guerra, se lo dio a un soldado americano, junto con una dirección de los parientes de los Reinach en Estados Unidos. Cuando el soldado regresó a su país, se lo entregó a la hija de Frieda y Max, Lillian, que vivía cerca de Boston. Muchos años más tarde, Trude tradujo las páginas del diario para sus nietos, que solo hablaban inglés. No era solo que quería que lo leyeran, dijo; tenía una «motivación más profunda». Transmitir el diario a otra generación era un acto de fidelidad a la memoria de sus padres y de los padres de su marido, y de varios millones de personas más que habían perdido la vida a manos de los nazis. Cerró la carta con unos versos que atribuyó a un escritor judeo-alemán llamado Alfred Kerr: Solo están muertos los que son olvidados.[728]


20 Vecinos nazis

Como abogado, Kempner se ganĂł mala fama por la agresividad de sus interrogatorios (U. S. Holocaust Memorial Museum, cortesĂ­a de Robert Kempner).


La mitad de los inmigrantes alemanes que llegaron a Nueva York decidieron quedarse allí, por lo que Robert Kempner sabía. Fueron tantos los que acabaron en Washington Heights que el barrio pasó a ser conocido como el Cuarto Reich. Kempner acabó en Filadelfia, pero como no quería saber nada de la gran ciudad, en cuanto tuvo arreglada su situación financiera se trasladó a Lansdowne, un barrio residencial de dos kilómetros cuadrados de superficie lleno de árboles añosos y grandes casas victorianas.[729] Le recordaba su vecindario de Lichterfelde, allá en Berlín. Compró una casa en una parcela tranquila, a la que invitaba a los amigos de la ciudad a pasar la tarde en la terraza, con vistas a un pequeño río que atravesaba un parque. Por idílico que pudiera parecer su pequeño oasis, la vida se había vuelto más complicada para los alemanes recién llegados, ahora que Estados Unidos estaba en guerra con los nazis. «La cuestión de si realmente soy o no un extranjero enemigo todavía no se ha dilucidado del todo», escribió Robert Kempner en una carta de protesta por la decisión que habían tomado las autoridades, en virtud de la cual se le ordenaba desinstalar la radio de onda corta para que no pudiera escuchar las emisoras alemanas de Europa.[730] «He sido expatriado por un decreto especial del régimen de Hitler, de modo que no soy un ciudadano alemán, sino un apátrida. No debo ninguna lealtad a ninguna potencia extranjera, sino solo a Estados Unidos». Aunque ganó el litigio de la radio, el episodio resulta emblemático de la dura batalla a la que debían hacer frente en su nuevo hogar tanto él como los demás emigrantes. «Todos los inmigrantes tienen un grave defecto», escribía Kempner. «Hablan con un fuerte acento extranjero». Ello hacía que la gente se preguntara: «¿Será alemán? ¿No deberíamos vigilar a este hombre? Quizá fuera un agente de Hitler, o puede que lo siga siendo».[731] Todas esas eran preguntas que Kempner podía ayudar a responder. Precisamente la respuesta a esas preguntas era en realidad la mercancía que llevaba en la cartera cuando llegó a Nueva York en el otoño de 1939: podía ayudar a identificar a los agentes enviados por los nazis para favorecer en secreto su causa en Norteamérica. Acaparador compulsivo como era, había logrado traerse siete cajas de documentos originales del Gobierno alemán, que habían cruzado con él el charco. Las llamaba su Handwerkzeug: su «caja de herramientas». Y no tenía ninguna intención de entregarlas gratis. Años después, Kempner contó la siguiente historia sobre cómo había


entrado a trabajar en el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Un día dos jóvenes fiscales federales fueron a visitarlo a la Universidad de Pensilvania, quizá atraídos por las cartas que había venido enviando a las autoridades de Washington ofreciendo sus servicios. En 1940, se había creado en el Departamento de Justicia una Unidad Especial de Defensa, encargada de reunir información secreta sobre la propaganda nazi en Estados Unidos con el fin de instruir causas contra sus responsables y acusarlos de actividad criminal. El organismo debía hacer las veces de «torre de control en la lucha del Gobierno para eliminar las actividades subversivas», fundamentalmente mediante la vigilancia y la represión de la prensa simpatizante con el fascismo.[732] Durante el verano de 1941, Kempner había entrado en contacto con dicha unidad.[733] Según la versión de Kempner, los fiscales que habían ido a visitarlo y que lo llamaron con toda desenvoltura «Bob», le preguntaron qué podía hacer por ellos. —¿Puedes conseguirnos algún documento?[734] Directo como siempre había sido, Kempner contestó: —¿Y qué hay de la paga? —Eso es más complicado —respondió uno de los fiscales—. En realidad sigues siendo un extranjero enemigo. —Mirad —dijo Kempner encogiéndose de hombros—. Si vuestra organización no tiene fondos para casos como este, entonces nada de esto vale la pena. Los dos hombres sonrieron. —Por supuesto —dijo uno de ellos—. Hay fondos para todo. Una vez eliminado ese obstáculo, Kempner les entregó una muestra de los expedientes que obraban en su poder. Les enseñó algunos documentos relacionados con la Auslandsorganisation («Organización para el Extranjero»), dirigida por Ernst Wilhelm Bohle. Este organismo, que pretendía coordinar las actividades de los militantes del partido que vivían fuera de Alemania, se sospechaba que estaba al frente de una quinta columna de espías y saboteadores, y Kempner enseñó a los fiscales documentos que esbozaban cuáles eran sus objetivos y sus tácticas. Bohle había apoyado inicialmente a los Amigos de la Nueva Alemania, la pandilla de antisemitas que habían armado el alboroto del Madison Square Garden en 1934. Pero los Amigos eran una pandilla de ineptos y no tardaron en convertirse en una molestia más que otra cosa. El partido


nacionalsocialista de Berlín, temeroso de que la burda retórica de su satélite extraoficial en Estados Unidos exacerbara las relaciones ya de por sí tensas con Washington, se distanció públicamente de la organización, que no tardó en disolverse. Su sucesora fue la Liga Germano-Americana, pero su máximo dirigente, Fritz Kuhn, fue encarcelado por malversación fiscal y fraude poco después de que Kempner llegara a Estados Unidos en 1939. No obstante, había muchísimos otros simpatizantes nazis dispuestos a ondear la bandera de Hitler en Norteamérica. Los fiscales y los políticos de Washington temían que estuviera preparándose una peligrosa conspiración fascista a nivel nacional, cuyo objetivo fuera derrocar la democracia incitando al odio racial. Teniendo en cuenta el éxito de la maquinaria propagandística de Hitler, no parecía descabellado pensar que los responsables nazificados de esa guerra psicológica lograran infiltrarse, como hacían los mejores creadores de anuncios publicitarios, en el subconsciente de los norteamericanos y causar estragos en el país.[735] Kempner se burlaría más tarde de los esfuerzos de los alemanes por fomentar disturbios en Estados Unidos. «Y además los nazis hicieron las cosas de manera muy tonta, muy poco atractiva, muy a lo bruto», diría. «Quiero decir, con grupos aislados, que intentaron llevar a cabo actos de sabotaje, distribuir propaganda nazi, espionaje... Vaya, que lo que se suponía que debía hacer la quinta columna por Alemania era ridículo. De hecho en Berlín se habían imaginado que se podía crear en América un frente alemán, encargado de impedir por todos los medios que los americanos entraran en la guerra». Pero durante la guerra, los agitadores presentes en Estados Unidos no parecían tan graciosos, y Kempner fue uno de los que advirtieron que constituían una grave amenaza para la seguridad de los americanos. El Departamento de Justicia se dispuso a vigilar, silenciar y detener a los propagandistas alemanes. Un grupo de fiscales federales, encabezados por el Fiscal General Robert Jackson y su sucesor, Francis Biddle, llevaron a juicio a decenas de partidarios del nazismo por violar una ley de sedición recientemente aprobada, la Ley Smith, y por el delito mucho más prosaico de no registrarse ante el Gobierno estadounidense como agentes de una potencia extranjera, que era el equivalente de procesar a un jefe de la mafia por el simple delito de evasión de impuestos. Kempner no tardó en convertirse en un asesor independiente más en este tipo de casos, y por supuesto pagado.[736] Los fiscales agradecieron su


ayuda, pues había sido testigo presencial de la ascensión de los nazis y podía ayudarlos a trazar los paralelismos existentes entre los propagandistas alemanes y los americanos. El único problema, al parecer, era su forma de vestir. Tenía una extraña predilección por los pantalones y las chaquetas de colores chillones. Le dijeron que les habría gustado que adoptara el estilo propio del hombre de negocios americano y de los empleados del Gobierno: traje oscuro, camisa blanca y corbata de seda, de color liso, de esas que inspiran autoridad y respeto. Entre los individuos a los que Kempner ayudó a procesar cabría citar a los empleados del Servicio Transoceánico de Noticias alemán, una organización nazi con vínculos con los Ministerios de Asuntos Exteriores y de Propaganda de Berlín;[737] a Friedrich Ernst Auhagen, antiguo profesor de la Universidad de Columbia, que dirigía un grupo pronazi llamado American Fellowship Forum (Foro de la Hermandad Americana); y a Carl Günther Orgell, cuyo Volksbund für das Deutschtum im Ausland (Federación popular de la Comunidad Alemana en el Extranjero) había sido financiado por el Departamento de Política Exterior del partido, cuyo responsable era Rosenberg, para que divulgara el evangelio nazi por todo el mundo. En 1944, durante el juicio por sedición más importante de la historia americana, Estados Unidos contra McWilliams, Kempner «ayudó a elaborar los fundamentos legales de un asunto muy difícil», escribió el fiscal O. John Rogge.[738] Veintinueve ruidosos propagandistas proalemanes de Estados Unidos habían sido detenidos y sometidos a juicio en grupo. Eran una pandilla de provocadores pendencieros y durante varios días el juicio adoptó tintes de auténtica farsa. «Pocas veces», escribió un periodista que asistió a todas las sesiones del proceso en Washington, «se han juntado en un mismo sitio tantos personajes marginales, tantos chiflados de mirada feroz».[739] La Fiscalía sostenía que los acusados formaban parte de una conspiración nazi para derrocar los Gobiernos democráticos de todo el mundo. Habían violado la Ley Smith de 1940 colaborando con el Gobierno alemán y con dirigentes del partido nazi —y entre ellos mismos— en la publicación y distribución de libros, periódicos y folletos que fomentaban activamente «la insubordinación y la deslealtad entre los miembros de nuestras Fuerzas Armadas». Su propaganda pretendía convencer a las tropas de que el sistema democrático norteamericano no era «digno ni de ser defendido ni de luchar por él».[740] Los conspiradores, dijo Rogge al jurado, planeaban seguir al pie de la letra


el manual de estrategias nazi. Querían tener un Hitler nacional. Pretendían actuar contra los judíos. Hablaban de revoluciones violentas, de baños de sangre y de «colgar a la gente de las farolas». Preveían llevar a cabo pogromos que «hicieran que los de Hitler parecieran una merienda de la escuela dominical». Como habían hecho los nazis, los fascistas americanos ganarían primero la guerra propagandística en Estados Unidos, luego socavarían las instituciones democráticas y después se harían con el poder gracias a la ayuda de miembros desleales de las Fuerzas Armadas. La defensa negó que los acusados formaran parte de semejante conspiración —«¡Yo soy republicano, no nazi!», exclamó uno de ellos— y provocó un alboroto tal en la sala que el juicio se prolongó durante meses y meses. El proceso estaba muy lejos de llegar a su fin cuando el juez sufrió un ataque cardiaco y el juicio fue declarado nulo. Rogge y Kempner intentaron reabrir el caso, pero, una vez acabada la guerra, el caso fue desestimado. Algunos defensores de las libertades civiles en Norteamérica se mostraron preocupados por las consecuencias del procesamiento, pero la reciente expulsión de su propio país que había sufrido Kempner acusado de subversión lo indujo a ayudar incansablemente a los americanos a erradicar y silenciar a sus potenciales enemigos internos. Lo que importaba era que estaba luchando de nuevo contra los nazis; y de paso haciéndose un nombre. Pocos años después de desembarcar en Hoboken, Kempner se codeaba con los personajes clave de la política americana. Y el destino quiso que los fiscales que habían llevado los casos contra los provocadores nazis llegaran lejos. Y no tardarían en llevarse a Kempner consigo para la que sería la gran oportunidad de su vida. Al mismo tiempo que ayudaba a los fiscales del Departamento de Justicia, Kempner seguía escribiendo sus obsequiosos partes a Hoover, siempre con la esperanza de llamar la atención del director del FBI, cuya campaña contra las potenciales actividades subversivas iba más allá de los simples esfuerzos de la Unidad Especial de Defensa.[741] En mayo de 1941 la lista de los «supuestos enemigos» —compilada utilizando la información secreta reunida a través del amplísimo programa de vigilancia interna que Roosevelt había autorizado en secreto cinco años antes— tenía ya dieciocho mil nombres.


[742] Kempner envió a Hoover una breve esquela sugiriendo que el FBI debería prepararse para la situación en la que quedaría la Europa de posguerra estudiando algunas cuestiones policiales básicas: «Personal, áreas, emplazamiento de los cuarteles generales en la actualidad, carácter de las fuerzas locales, etcétera... Estaría encantado de redactar un memorándum sobre los principales problemas relacionados con el asunto; quizá podría ser útil para distintos fines». Se ofrecía a compartir con las autoridades lo que sabía acerca de Kurt Daluege, el oficial de policía nazi y «sujeto peligroso», que había sido elevado al cargo de Protector Adjunto del Reich en la antigua Checoslovaquia. No dudó tampoco en enviar regalos. En 1942, con motivo de las fiestas navideñas regaló al director del FBI una copia de su libro sobre los nazis, Justiz-Dämmerung: Auftakt zum Dritten Reich (El crepúsculo de la justicia: el preludio del Tercer Reich), publicado en 1932 bajo el pseudónimo de Eike von Repkow. Solo quedaban dos ejemplares, aseguraba. Todos los demás habían sido quemados por orden de Hitler. En otra ocasión, Kempner ofreció a Hoover el informe original sobre los nazis que había contribuido a elaborar para el Ministerio del Interior de Prusia en 1930. Aquel «documento histórico y profético» había sido «sacado de Alemania por mí con gran riesgo para mi persona» y, podía asegurar a Hoover, constituiría sin duda un elemento ideal a añadir al museo del FBI. Kempner se había dado cuenta de que siempre podía contar con la seguridad de recibir contestación a sus cartas: respuestas breves, corteses e impersonales, eso sí.[743] Aunque toda aquella correspondencia no había dado nunca lugar a la entrevista privada que tanto ansiaba con el policía más famoso de América, Hoover entregó una de sus cartas al agente especial al frente de la delegación del FBI en Filadelfia con órdenes de seguirle la pista, y en 1942 Kempner fue contratado como investigador e informador confidencial.[744] No era más que un «empleado especial», esencialmente un trabajador por cuenta propia que facturaba al FBI 14 dólares diarios más gastos, pero para él significaba «un gran privilegio» colaborar con el FBI en calidad de lo que fuera, y dada la cantidad de tiempo que le dedicaba, su trabajo le reportaba un cheque mensual con una bonita suma de dinero. A finales de año, Kempner escribió a Hoover agradeciéndole que le hubiera dejado hacer «algunas pequeñas contribuciones en nuestra lucha contra


Hitler; esta vez en el lado ganador, y no, como sucedió entre 1928 y 1932, en el lado de los perdedores».[745] En otra de sus respuestas típicamente escuetas, Hoover contestaba que la ayuda de Kempner había sido «sumamente alentadora». Por aquel entonces, trabajar como empleado especial para la Oficina Federal de Investigación significaba fundamentalmente combatir a los comunistas. La Guerra Fría de Hoover empezó antes incluso de que acabara la Segunda Guerra Mundial. El director del FBI estaba convencido de que el Kremlin estaba trabajando ya con los comunistas norteamericanos para espiar a Estados Unidos. Kempner se puso al frente de un pequeño equipo de investigadores y traductores de lengua alemana confeccionando fichas biográficas de dirigentes comunistas alemanes, vigilando a los grupos comunistas de Filadelfia e informando de las potenciales organizaciones de fachada de carácter comunista.[746] Suministró información secreta acerca de la Sociedad Alemana de Pensilvania y de los movimientos de barcos a lo largo del río Delaware.[747] Su equipo traducía artículos periodísticos publicados por comunistas alemanes en Londres, Ciudad de México, Buenos Aires y Nueva York. Kempner viajaba mensualmente a Manhattan para comprar publicaciones comunistas para su ulterior análisis por el FBI. En febrero de 1943 se ofreció incluso a espiar a «personas relacionadas con los partidos comunistas de Europa Central» en Nueva York, que estaban haciendo ya preparativos para regresar a sus países de origen y asumir el control de los Gobiernos de posguerra, según comunicó Kempner al agente especial encargado del asunto. «Este autor mantendría semejantes conversaciones bajo la ‘tapadera’ de estar realizando un estudio científico sobre los planes de posguerra». Asimismo, reunió y pasó información secreta sobre un montón de individuos, desde celebridades hasta meros desconocidos, tanto de Estados Unidos como de Alemania: Harry Eisenbrown, un profesor americano que volvió a dar clases en Alemania en 1937; Ezra Pound, el poeta americano que habló públicamente en defensa de Hitler; Fred Kaltenbach, natural de Dubuque, Iowa, que pasó la guerra en Alemania transmitiendo programas radiofónicos pronazis dirigidos al corazón mismo de Estados Unidos; y Ruth Domino, una escritora alemana que el FBI pensaba, erróneamente, que estaba casada con Gerhart Eisler, un importante agente de la Comintern en América. Parece que Rudolf Diels no se había equivocado cuando había calificado a


Kempner como ÂŤun verdadero hombre de la GestapoÂť. El FBI estaba reuniendo un archivo enorme de expedientes secretos que documentaban las actividades de millones de americanos y Kempner estaba aportando su granito de arena para contribuir a la causa.


21 El Ministerio del Caos del Territorio del Este

Rosenberg en un aeródromo de Kiev durante una visita efectuada a Ucrania en 1942. Su Ministerio del Reich para los Territorios Ocupados del Este no llegó nunca a encontrar su sitio (Yad Vashem).

Los nacionalistas ucranianos que creían que la invasión alemana de 1941 anunciaría el establecimiento de un nuevo estado independiente chocaron con el más cruel desengaño. En julio, una oleada de detenciones a manos de las fuerzas de seguridad de Reinhard Heydrich acabó con los breves y vacilantes destellos de nacionalidad surgidos en Leópolis (Lviv) y, antes de que acabara el verano, Hitler estaba ya desmantelando afanosamente Ucrania.[748] Al margen de lo que dijeran las octavillas de propaganda que se repartían


por los territorios conquistados, los nazis no tenían la menor intención de liberar realmente a los pueblos del este. El 1 de agosto, Hitler decidió que una región occidental del país, Galicia, debía pasar a engrosar el Gobierno General de Hans Frank en Polonia. Un mes después, habían empezado ya las discusiones para entregar a Rumanía una amplia franja del sudoeste de Ucrania, que incluía el importantísimo puerto de Odesa, en el mar Negro. El general Ion Antonescu, el primer ministro rumano, había decidido unir a su país y Alemania en una alianza y había mandado a sus soldados a combatir al lado de los nazis cuando dio comienzo la Operación Barbarroja en el verano de 1941. Los rumanos estarían entre los autores más entusiastas y activos de la solución final: durante el primer año de la guerra, los hombres de Antonescu perpetrarían una masacre en la que perderían la vida trescientos ochenta mil judíos; a unos los mataron a tiros; a otros los quemaron vivos, y al resto los dejaron morir de hambre. «El Führer», señalaba Rosenberg en su diario el 7 de septiembre, «ama literalmente a Antonescu, que realmente se ha comportado de un modo excelente tanto en el plano militar como en el humano». Cuando Hitler le ofreció Odesa, Antonescu renunció a ella: no habría podido defender un puerto tan trascendental. Pero Rosenberg calculaba que el general cambiaría de opinión. Los rumanos habían sitiado la ciudad en el mes de agosto; diecisiete mil soldados habían resultado muertos y setenta y cuatro mil heridos antes de que Odesa se rindiera a mediados de octubre. «Las tropas rumanas han cercado Odesa y están derramando mucha sangre en esa batalla», decía Rosenberg el 1 de septiembre en su diario. «A[ntonescu] pone quince divisiones. Y la gana viene comiendo».[749] El «desmembramiento» de Ucrania era una idea espantosa, se quejaba Rosenberg. «La razón y la sinrazón libran una batalla de resultado incierto... Pero el plan de ganarse a los ucranianos y de movilizar políticamente a la gente contra Moscú quedaría condenado al fracaso, quizá irremisiblemente, si se cede».[750] Era evidente, sin embargo, que Hitler, contrariamente a lo que había dicho a Rosenberg y a otros antes de la guerra, no estaba dispuesto a permitir la autodeterminación de los pueblos del este. Una Ucrania libre y resurgente podía convertirse en un adversario formidable en el futuro. Análogamente, Hitler se oponía a la idea de Rosenberg de establecer una nueva universidad en Kiev que estimulara el resurgimiento de la cultura y el orgullo eslavos.


«Sería un error querer educar a los nativos», comentó Hitler confidencialmente a algunos íntimos que asistieron a uno de los monólogos privados de sobremesa que solía protagonizar durante la guerra, documentados por Bormann y publicados al término de la contienda. «Lo que les proporcionaríamos sería un conocimiento a medias; justo lo que conduce a la revolución».[751] No quería ni siquiera enseñarles a leer. Los ucranianos no sacarían nada de los nazis. En realidad, menos que nada: pese a las ruidosas protestas de Rosenberg, Hitler acabó dando de hecho a Antonescu el pedazo de territorio ucraniano que deseaba, la región situada entre los ríos Dniéster y Bug que se llama Transnistria.[752] En septiembre de 1941 Rosenberg se dio cuenta por fin de que había perdido la batalla. «El Führer es de la opinión de que cuando un pueblo tan grande permite que lo sometan incesantemente tampoco merece que los demás reconozcan su independencia», anotó en su diario. No podía disimular su confusión. ¿Había sido engañado por su héroe? «Esta postura... es diferente de la que yo defiendo y de la que, no tengo más remedio que reconocer, él mismo aceptaba antes».[753] Pero, como de costumbre, Rosenberg maniobró para seguir los pasos de su Führer. Hitler visitó las ciudades de Berdíchev y Zhitómir, y cuando se fue, estaba más convencido que nunca de la depravación de sus habitantes. «Lo cual no tiene nada de extraño», anotó Rosenberg en su diario, «pues son ciudades preponderantemente judías». Quizá Hitler tuviera razón, concluía. Quizá no tuviera sentido promover una cultura superior entre los ucranianos. Quizá fuera más conveniente dejarlos tal como estaban, «esto es, en su primitivismo actual».[754] «La fecundidad de la tierra, las riquezas del suelo y también, finalmente, la gran aportación de sangre alemana han dado lugar al cambio de la actitud interior del Führer, la preocupación por el abastecimiento de toda Europa lo ha inducido a tomar bajo su dirección inmediata el aseguramiento de estos tesoros. Al fin y al cabo, es él quien ha conquistado Ucrania». Aun así, Rosenberg seguía preocupado. Los responsables de su Administración Civil no tardarían en tener que hacer frente no solo a la «resistencia pasiva», sino también a los intentos de asesinato. Se necesitarían un millón de soldados para mantener a raya al populacho airado. Por lo demás puede que aquella solución facilitara la confraternización de los ucranianos y los rusos, creando «un frente paneslavo; en definitiva, lo que yo


quería evitar con mi plan inicial». Si no mantenía un estrecho control, la situación sobre el terreno podía degenerar fácilmente en una revolución en toda regla contra los nazis. Los ucranianos empezaban ya a darse cuenta de que simplemente habían cambiado de opresores. La gran idea que tenía Hitler sobre los territorios del este era tratarlos como si fueran una colonia. Los alemanes los gobernarían como los amos y señores natos que estaban llamados a ser. «De los territorios del este que acabamos de conquistar», dijo, «debemos hacer un jardín del Edén».[755] El «espacio vital» del que había venido hablando todos aquellos años estaba finalmente al alcance de la mano. Pero cuando los nazis llegaron a su nuevo reino, imperaba en él la confusión. Los hombres que dependían de Rosenberg se encontraban a cientos de kilómetros de distancia de su cuartel general en Berlín. Cuando llegaban hasta ellos, sus órdenes prácticamente estaban ya caducadas. Las comunicaciones telefónicas eran malísimas y el servicio postal lentísimo, circunstancias en definitiva que impedían que Rosenberg pudiera hacerse cargo de la situación. De modo que todos, desde el Reichskommissar hasta el jefe de distrito más humilde, tenían mucha libertad para interpretar o incluso pasar por alto las órdenes emanadas del lejano Ostministerium de Rosenberg. En los territorios del este, señalaba Goebbels, «todo el mundo hace lo que le da la gana».[756] Tan deslavazada e inconexa era la empresa de Rosenberg, el Ostministerium («Ministerio del Territorio del Este»), que a Goebbels le dio por llamarlo el Chaostministerium («Ministerio del Caos del Territorio del Este»). «En ese ministerio se elaboran planes para décadas por venir, cuando en realidad los problemas cotidianos son tan urgentes que no pueden posponerse», decía Goebbels en su diario. «La ineptitud del ministerio se debe al hecho de que hay en él un número excesivo de teóricos y un número excesivamente escaso de hombres prácticos».[757] Se acuñó otro término para los responsables de la Administración de Rosenberg: las Ostnieten o «nulidades del este». Rosenberg carecía de autoridad sobre la SS de Himmler, y además tenía la obligación de apoyar los esfuerzos de Göring por confiscar los productos alimenticios y las materias primas de los ucranianos.


Peor aún, su subordinado nominal en Ucrania, Erich Koch, había resultado ser el déspota incontrolable que Rosenberg había temido que fuera cuando Hitler lo nombrara para el cargo en el mes de julio. Antiguo empleado de los ferrocarriles de 45 años, Koch había dicho en cierta ocasión que, de no ser por Hitler, se habría convertido en «un comunista fanático».[758] Había escrito un libro de contenido favorable para la Unión Soviética y en años pretéritos había incluso defendido una alianza más estrecha entre los nazis y los bolcheviques, algo que, a ojos de Rosenberg, constituía un defecto de personalidad de primer orden. En 1928 Koch llegó a jefe regional de Prusia Oriental, estado fundamentalmente rural, donde se hizo famoso por su arrogancia y su afición por las conspiraciones, recordaba un conocido suyo, Hans Bernd Gisevius, oficial de los servicios secretos alemanes durante la guerra. «Demagogo de primer orden, aventurero audaz, a sus anchas tanto en las más altas esferas como entre las clases más humildes, descollaba por encima de todos los demás dirigentes. Poseía una imaginación vigorosa y estaba siempre dispuesto a contar —al oído y bajo el sello del más absoluto secreto— historias increíblemente fantásticas».[759] En Prusia Oriental, la Fundación Erich Koch, por él presidida, se convirtió en un imperio empresarial enorme y corrupto con participación en toda clase de compañías; a veces los propietarios de las mismas eran obligados a venderlas a precios de saldo bajo amenaza de detención. Los ingresos provenientes de ese conglomerado empresarial le permitían financiar su lujosísimo nivel de vida. En otro país, Koch «habría podido hacer mucho bien», decía Gisevius, «pero el resultado inevitable de su capacidad para hacer lo que le daba la gana fue que dedicó sus múltiples talentos a la estafa. Cuando fue destinado a Ucrania en 1941, se había convertido en un auténtico megalómano». Koch vivía como un rey; no en vano fijó su residencia en la ciudad de Königsberg («Monte-Rey»), en Prusia Oriental. Koch y Rosenberg no habrían podido tener una visión más diametralmente opuesta del problema de los territorios del este. Koch seguía al pie de la letra la línea marcada por Hitler: los alemanes eran los dueños y señores, y los ucranianos, unos meros esclavos. Nada podía impedir a los nazis explotarlos de manera brutal. «No he venido aquí a repartir bendiciones», dijo en un discurso. «He venido a ayudar al Führer». «La población del país debe trabajar, trabajar y trabajar».[760] Koch, que llevaba un bigote como el de Hitler y el cabello peinado hacia atrás, dejando ver una amplia frente, no hizo nada por disimular aquellas


concepciones extremistas, ni siquiera ante la misma población a la que oprimía. «Si encuentro a un ucraniano que sea digno de sentarse a la misma mesa que yo, tendré que fusilarlo», dijo en un determinado momento. «Nosotros somos una raza superior», dijo en otra ocasión, «y debemos recordar que hasta el obrero alemán más humilde es racial y biológicamente mil veces más valioso que la población de aquí».[761] Allí trataban con Untermenschen, con «seres inferiores». El contacto entre las razas debía ser restringido; las relaciones sexuales ni se planteaban. «Esta gente debe ser gobernada con mano de hierro, para que nos ayude a ganar la guerra ahora», dijo. «No los hemos liberado para traerles la felicidad. Ucrania debe suministrar a Alemania lo que necesita»: un espacio vital y recursos alimenticios. Durante su mandato, Koch instauró un reinado de terror. Las medidas que adoptó eran «duras e inflexibles». La insubordinación era castigada de forma severísima, incluso con la pena de muerte. Koch quería que la población de Ucrania se sintiera «constantemente amenazada», incluso cuando no hacía nada para provocar a los nazis. En resumen, los ucranianos debían ser tratados «como los negros», según afirmaba Koch.[762] Como en una réplica de los estados norteamericanos del sur antes de la guerra civil, debían trabajar en vastísimas plantaciones para alimentar al pueblo alemán. Ucrania se convertiría en un país donde se azotaba a la gente en público. Cuando Rosenberg le escribió para protestar por aquellos malos tratos y pedir que se pusiera fin a las penas de flagelación, Koch se limitó a encogerse de hombros. «Sí, es verdad», respondería a propósito de cierto incidente. «Unos veinte ucranianos fueron azotados por la policía porque sabotearon las obras de construcción de un puente importante sobre el Dniéper. No sabía nada de que se aplicara esa medida. De haber sabido la serie de reproches que iba a desencadenar semejante acto, probablemente habría mandado que los ucranianos esos fueran fusilados por sabotaje».[763] Rosenberg manifestaría claramente que sus desacuerdos con Koch tenían más que ver con una cuestión de pragmatismo que con ningún tipo de escrúpulo moral. Sí, los nazis tenían que pacificar la región para conseguir de ella lo que necesitaban, pero la mezcla que hacía Koch «de improvisación malhumorada y de estridente conducta provocativa» era contraproducente, decía en una carta en la que echaba una reprimenda al Reichskommissar.[764] Lo único que consiguieron las manifestaciones públicas de Koch fue


malquistarse con la población y animarla a unirse a los combatientes de la resistencia. Sin duda habría resultado más conveniente guardar silencio sobre lo que realmente pensaban los nazis de los eslavos. La única consecuencia de la actitud violenta de Koch serían los «actos de sabotaje y la formación del comportamiento partisano». Como más tarde reseñaría Rosenberg en su diario, «un pueblo lo soporta todo en tiempos de guerra, salvo el desprecio expresado abiertamente».[765] Rosenberg se quejó a Hitler, pero Koch tenía al Führer de su parte. Y además tenía un acceso más fácil a su persona: el cuartel militar de Hitler, la Wolfsschanze, «la Guarida del Lobo», estaba en Prusia Oriental, en el mismísimo reino de Koch, mientras que la oficina de Rosenberg estaba a casi seiscientos kilómetros de distancia, en Berlín. Con la ayuda de su amigo y aliado Martin Bormann, Koch informaba regularmente al Führer, mientras que Rosenberg lo acribillaba una y otra vez con memorandos enviados desde lejos.[766] Rosenberg acabó por enterarse de que en el cuartel general sus enemigos lo denigraban calificándolo de schlapp, «flojo». El desacuerdo entre Rosenberg y Koch no habría tenido mayor importancia si la guerra hubiera acabado en unas cuantas semanas o en unos pocos meses. Pero a finales de 1941, los soviéticos finalmente habían reforzado sus defensas y habían detenido el avance de los nazis. Más de trescientos mil soldados alemanes destinados al este habían resultado muertos o heridos. Luego empezaron a retirarse las primeras unidades, comenzó a caer la nieve y los soviéticos arremetieron contra los ejércitos alemanes a las afueras de Moscú. Todos los planes de los alemanes, sus brutales proyectos y sus empresas utópicas se habían basado en la idea de un final rápido de los combates en el este. Pero ahora los alemanes estaban enzarzados en una guerra larga. «Hay algunos que no han comprendido todavía que ahora hay que hacer otros cálculos», anotó Rosenberg en su diario.[767] Mientras que Rosenberg ponía en entredicho el trato dispensado a los ucranianos, sus Gobiernos civiles colaboraban con la SS de Himmler en una nueva campaña destinada a masacrar a los judíos de los territorios del este. En abril de 1942, Heydrich visitó Minsk y en cinco días a mediados de mayo fueron ejecutados en distintos lugares de la región dieciséis mil judíos del


gueto. Tras una nueva oleada de fusilamientos a lo largo de la primavera y el verano, Lohse, el Reichskommissar de Rosenberg para el Ostland, fue informado por Wilhelm Kube, el comisario general de Bielorrusia, de que «en las últimas diez semanas hemos liquidado a cerca de cincuenta y cinco mil judíos».[768] Más o menos la misma historia se escribió en Ucrania, donde solo se salvaron unos pocos millares de judíos destinados a llevar a cabo trabajos forzados. El 26 de diciembre de 1942 Himmler recibió un informe según el cual, durante los últimos cuatro meses del año, trescientos sesenta y tres mil doscientos once judíos habían sido asesinados en Ucrania y en la ciudad polaca de Białystok. En medio de aquel baño de sangre perfectamente orquestado, perdió la vida uno de los cerebros de la operación. En septiembre Hitler había confiado a Heydrich el puesto de máxima autoridad del Protectorado de Bohemia y Moravia, que constituía una parte de lo que había sido Checoslovaquia antes de su desmembramiento. Heydrich aplastó a la oposición y en respuesta las autoridades checas en el exilio, establecidas en Londres, diseñaron en colaboración con los británicos un plan para matarlo. El 27 de mayo de 1942, dos asesinos atacaron el automóvil de Heydrich con pistolas y granadas; el protector adjunto sucumbió a consecuencia de las heridas recibidas una semana después. Los nazis respondieron al asesinato de Heydrich con una ola de matanzas.[769] La pequeña localidad de Lidice, acusada de albergar a los asesinos, fue incendiada y arrasada después de que todos sus habitantes varones fueran fusilados y sus mujeres enviadas a un campo de concentración. Los niños de Lidice fueron separados por categorías raciales: los considerados aptos fueron apartados para su adopción por familias alemanas; los demás fueron ejecutados. Naturalmente la muerte de Heydrich no contribuyó a poner coto al exterminio de los judíos. El primer campo de la muerte se abrió en Chełmno, Polonia, donde desde diciembre de 1941 los judíos fueron encerrados en grupos de cincuenta en el remolque de unos camiones de gas como los que los habitantes del gueto de Minsk se habían acostumbrado ya a temer. La primera cámara de gas fue construida en un campo de concentración de Bełżec, al este de Polonia, y entró en funcionamiento en marzo de 1942. La sala en cuestión fue construida de modo que pareciera una ducha de descontaminación, pero en realidad un sistema de tuberías soltaba en su interior gases de combustión.


Un poco más al norte fueron inaugurados otros campos similares en Sobibór y en Treblinka durante la primavera y el verano de aquel año y se instalaron cámaras de gas en otro campo de concentración ya existente en Majdanek. Con el paso del tiempo, las víctimas ya no eran atraídas al interior de las cámaras con el engaño de la ducha. En Treblinka, los judíos eran obligados a desnudarse, apaleados y hostigados hasta que entraban, aterrorizados, en las cámaras de gas a través de una especie de tobogán. «El camino del cielo», lo llamaban los hombres de la SS. El mayor de los centros de exterminio, el campo de Auschwitz-Birkenau, a unos cientos de kilómetros al oeste bordeando el río Vístula, empezó a funcionar en febrero de 1942 y se convirtió en el destino final de los judíos de Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Italia, Serbia, Eslovaquia, Rumanía, Croacia, Polonia, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Bulgaria, Hungría y Grecia. Los alemanes construyeron en él un sistema de exterminio tan eficaz que sus diseñadores lo patentaron. Las víctimas eran encerradas en cámaras subterráneas. A través del techo era vertido el contenido de unos cuantos envases de Zyklon B, un pesticida en forma de bolitas a base de cianuro. Cuando todas las víctimas habían muerto, otros prisioneros del campo les quitaban los dientes de oro, las prótesis que llevaran y el cabello, colocaban los cadáveres en ascensores y los subían a la superficie para quemarlos en los hornos crematorios. En total, los nazis mataron a más de tres millones de personas, en su mayoría judíos, en estos seis campos de concentración, cifra que supone más o menos la mitad de todos los judíos asesinados durante la guerra.[770] Una noche, en medio de aquella carnicería, en una sala de la ciudad polaca de Poznan, Himmler habló con toda claridad a un grupo de dirigentes de la SS acerca del trabajo que habían venido realizando. «La mayor parte de vosotros sabe lo que significa tener cien cadáveres yaciendo juntos, o quinientos cadáveres, o mil cadáveres yaciendo juntos. Haber aguantado eso... es lo que nos ha hecho recios. Es una página gloriosa de nuestra historia que no se había escrito nunca y nunca se volverá a escribir».[771] Una serie de campañas militares triunfales en la Unión Soviética dio ciertas esperanzas a los alemanes en 1942. Los nazis entraron en Crimea y en el Cáucaso de un plumazo, y el 12 de septiembre, tras varias semanas de bombardeos de saturación a cargo de la Luftwaffe, el VI ejército alemán, al


mando del general Friedrich Paulus, entró en la ciudad de Stalingrado.[772] Era una ciudad de importancia trascendental a orillas del Volga entre Moscú y el mar Caspio. Hitler deseaba desesperadamente colgarse esa medalla, y prometió matar a toda su población masculina y deportar a todas las mujeres y niños de la ciudad. Stalin, consciente de la importancia estratégica y simbólica de una ciudad que llevaba su nombre, puso todas las fuerzas de las que disponía al servicio de su defensa. El Ejército Rojo se negó a rendirse, disparando contra los nazis desde las ruinas y poniendo trampas explosivas por doquier. Los alemanes, hostigados sin cesar, fueron pillados por sorpresa cuando los soviéticos lanzaron un contraataque masivo en el mes de noviembre y consiguieron rodear a los doscientos cincuenta mil soldados enemigos. El puente aéreo y la misión de salvamento que emprendieron los nazis no consiguieron rescatar a aquellos hombres, que no tardaron en encontrarse hambrientos, ateridos de frío, comidos de piojos y faltos de municiones. Los millones de cartas enviadas a casa por los soldados sitiados hicieron que el pueblo alemán se enterara de la crisis. Hitler se negó a dar permiso al general Paulus para que intentara salir de Stalingrado, pues habría significado retirarse delante del enemigo. Tampoco le permitió cejar en la lucha. Pero el 31 de enero de 1943 Paulus, reconociendo la completa inutilidad de su situación, rindió finalmente sus fuerzas a los soviéticos. Aquella derrota dejó a todo el país desconcertado. La tristeza se adueñó de todo el Reich. En algunos círculos el desastre de Stalingrado fue considerado, ya incluso en aquellos momentos, lo que acabó siendo: el principio del fin. Mientras tanto, en los territorios ocupados, los temores de Rosenberg se habían hecho realidad. Alimentada por la brutalidad cada vez mayor de la ocupación alemana, había surgido una resistencia feroz. Los alemanes tenían que enfrentarse a sabotajes, asesinatos y desafíos de todo tipo, al tiempo que los disidentes se unían al movimiento partisano organizado.[773] En mayo de 1942, la suerte se alió con Rosenberg, que decidió acortar su visita al Ostland; el tren que tenía previsto tomar descarriló a consecuencia del acto de unos saboteadores que cortaron las vías.[774] Unos meses más tarde, un espía soviético capturado en Kiev confesó los planes que se habían hecho de asesinar a Rosenberg durante su visita a Ucrania.[775] Una de las operaciones previstas comportaba volar el Teatro de la Ópera, pero el día en cuestión, la sala estaba llena de civiles ucranianos. Los constantes cambios de planes del ministro frustraron la comisión de otros atentados.


Mientras tanto en la Unión Soviética, cuenta Rosenberg en su diario, la radio aseguraba que, tras ser tiroteado por los partisanos durante su viaje, «R. [osenberg]... se ha atrincherado en su casa, con persianas dobles de hierro, paredes reforzadas, artillería y armas camufladas en todas las ventanas».[776] Los rumores decían que llevaba a todas partes un chaleco antibalas y que se desplazaba acompañado siempre de decenas de agentes de seguridad. Todo era falso, Rosenberg no podía por menos que reírse. «A todo esto, en mi casa no hay ni un solo varón. Nunca he viajado con la guardia de la SS». Las noticias de la radio concluían con lo que, a juicio de Rosenberg, era un claro llamamiento a los comunistas alemanes para que llevaran a cabo alguna acción contra su persona. «Una vez más, las intenciones han sido expresadas claramente...». La brutal campaña emprendida por los nazis para conseguir mano de obra esclava dio nuevas alas a la resistencia.[777] Como millones de alemanes habían sido mandados al frente, las fábricas, las explotaciones agrícolas y las minas del país necesitaban trabajadores. Al principio los nazis recurrieron a la propaganda, repartiendo folletos y pegando carteles en todos los rincones de los territorios ocupados. Los cines ponían un cortometraje documental titulado Ven a la hermosa Alemania. Se prometían buenos salarios, alojamiento y asistencia sanitaria gratis, incluso cuentas de ahorro privadas. Al principio algunos ucranianos optimistas se presentaron voluntarios a emigrar, pero no tardaron en filtrarse los rumores más siniestros: los trabajadores eran deportados en vagones de tren sin comida ni retretes; y los que intentaban dar marcha atrás eran enviados a campos de concentración. A mediados de 1942 ya no se presentaba ningún voluntario. Algunos temían que los trataran como habían visto que trataban a los judíos; corrían rumores de que las personas que subían a los trenes de los trabajadores eran fusiladas y que con sus cadáveres se fabricaba jabón. En Berlín las autoridades no cesaban de seguir elevando las cuotas de trabajadores necesarios. Con la ayuda de los dirigentes locales de Ucrania, los nazis llevaban a cabo redadas en los mercados de las ciudades y en los cines. En las poblaciones rurales realizaban incursiones en plena noche. Si los habitantes huían para evitar ser detenidos, sus casas eran incendiadas y su ganado confiscado. Estallaban actos de violencia en las estaciones ferroviarias cada vez que las familias eran separadas por la fuerza. Había informes que hablaban de que los nazis obligaban a las mujeres embarazadas a abortar antes que eximirlas de los trabajos forzados.


Finalmente fueron reclutados grupos de edad enteros. «Ucrania es liberada de los ucranianos», decían las víctimas de la campaña de enrolamiento de mano de obra esclava.[778] Más de tres millones de individuos serían deportados al oeste desde los territorios ocupados de la Unión Soviética durante la guerra; un millón y medio de ellos provenían de Ucrania. Mientras tanto en Berlín Rosenberg estaba preocupado por el programa de reclutamiento de mano de obra. Los hombres que estaban detrás de la campaña solo pensaban en su conveniencia y en alcanzar las cuotas previstas. No pensaban en los efectos de la escalada de la violencia. «Para el Reich la demanda de dos millones de trabajadores del este es imprescindible, pero para el este esa cifra supondría el peor golpe contra los trabajos de reconstrucción... Si... desde el primer momento se cercan las aldeas, lo único que se consigue es azuzar el viejo miedo a las antiguas deportaciones bolch. [eviques] y, en último término, complicarle la vida a todo el mundo».[779] Las redadas para capturar trabajadores conseguían además otra cosa: volvían al país en contra de la dominación nazi. El ministerio de Rosenberg tenía un problema más. Sus hombres del este necesitaban desesperadamente mobiliario para sus locales. Para hacer frente a aquellas «terribles condiciones», el ministro remitió una petición a Hitler en la que proponía requisar todo el «mobiliario doméstico» de los judíos de las zonas ocupadas del oeste, tanto el de aquellos que habían huido como el de los que «van a marchar en breve».[780] Los nazis ya se habían llevado todos los objetos artísticos de valor pertenecientes a los judíos escapados que habían podido encontrar. Ahora, a través de la Möbel-Aktion, la «Operación Mobiliario», se disponían a quedarse con sus posesiones más triviales: sus mesas y sus sillas, su menaje de cocina, sus mantas y sus espejos.[781] Instalado en una mansión de cincuenta habitaciones que los nazis habían confiscado a una pareja de judíos ricos, Kurt von Behr empezó a contratar empresas de mudanzas para vaciar el contenido de los pisos desocupados de los judíos de Francia, Bélgica y los Países Bajos. A lo largo de dos años y medio serían expoliados sesenta y nueve mil domicilios como mínimo.[782] Con el fin de clasificar, reparar y embalar todos aquellos enseres, Von Behr estableció tres depósitos en el centro de París y requisó los servicios de unos


trabajadores judíos encerrados en un campo de internamiento de Drancy, una barriada del norte de la capital. Uno de esos depósitos estaba instalado en una antigua tienda de muebles. Otro estaba en una gran mansión muy elegante de un barrio acaudalado de la ciudad. El tercero estaba en un almacén cerca de la vía férrea. Las cajas de embalar llegaban a los depósitos a millares cada día, llenas no solo de muebles, sino también de alfombras, cajas fuertes, menaje de cocina, objetos de plata, juguetes, libros, mantas, lámparas, instrumentos musicales, ropa de vestir e incluso trajes de noche: en definitiva, todo lo que pudiera contener una casa. Los encargados de la clasificación encontraron en algunas residencias platos de comida todavía sin terminar. Encontraron incluso cartas a medio escribir. A veces, curiosamente, los trabajadores reconocían objetos de su pertenencia. Uno se encontró una fotografía de su hija.[783] Utilizando tambores de tela requisados, las costureras judías de los campos de concentración confeccionaban prendas de vestir para los funcionarios nazis y sus familias, incluidos vestidos, bolsos y zapatos para la esposa de Von Behr. La amenaza de la deportación se cernía en todo momento sobre los internos de los campos. Hombres y mujeres eran devueltos a Drancy no solo después de que intentaran huir, sino por cometer delitos tales como estar llenos de piojos. Cada vez que Von Behr se presentaba a inspeccionar uno de los depósitos, insistía en que los trabajadores estuvieran siempre de cara a él, norma que habría resultado ridícula de no ser por las consecuencias mortales que acarreaba el hecho de contravenirla. Con el tiempo, los judíos acabarían por comprender que cuando los trabajadores eran conducidos de nuevo al centro de tránsito, no se los volvía a ver. El fruto del pillaje fue enviado no solo a los funcionarios del ministerio de Rosenberg en el este, sino también a los agentes de la SS, de la Gestapo, a una casa que Göring poseía en Berchtesgaden y a otros nazis que poseían buenos contactos. Los prisioneros limpiaban algunos de los objetos mejores y los colocaban en estantes, para que Von Behr los mostrara a los dignatarios más ilustres y estos pudieran escoger lo que quisieran, como si estuvieran de compras en los grandes almacenes Wertheim de la Leipziger Strasse de Berlín. Se facilitaban encargos especiales a domicilio para los colaboradores franceses, para los generales y soldados nazis, y para algunos civiles


alemanes conocidos por los Von Behr, incluidos algunos artistas de cine. Rosenberg encargó personalmente «una cantidad impresionante de sábanas, toallas y otros accesorios», según un prisionero.[784] Una mujer que aseguró ser su sobrina visitó París en varias expediciones de compra para su jefe, que necesitaba muebles para su domicilio de Dahlem, el acaudalado barrio situado a las afueras de Berlín. La demanda llegó a ser tan grande que indujo a los agentes de la «Operación Mobiliario» de la ciudad belga de Lieja a solicitar la detención de más judíos para poder saquear sus casas.[785] La mayor parte del botín, sin embargo, acabó en manos de alemanes normales y corrientes. Aunque la operación empezó con el pretexto de amueblar los despachos del ministerio de Rosenberg, su objetivo no tardó en cambiar. Cuando los Aliados empezaron a bombardear las grandes ciudades de Alemania, el grueso del mobiliario incautado fue a parar a los millares de familias que hubo que realojar cuando sus hogares fueron destruidos.[786] En los Territorios Ocupados del Este, mientras tanto, el Einsatzstab se concentró en su misión primordial: el saqueo de obras de arte y de archivos valiosos.[787] Allí la fuerza operacional encontró competencia. Una unidad especial del ejército desmontó la Cámara de Ámbar del palacio de Catalina (la Grande) en Pushkin, al sur de Leningrado, embaló los legendarios paneles taraceados — resplandecientes de ámbar y de láminas de pan de oro— y los trasladó a Königsberg, donde los nazis los expusieron al público. Los soldados se apoderaron también del famoso Globo de Gottorf, un planetario de más de tres metros de diámetro en el que las constelaciones estaban superpuestas sobre elaboradas representaciones pictóricas con su nombre: el león (Leo), la osa, el cisne, etcétera. Después de llevarse lo que les dio la gana, los alemanes se dedicaron a hacer todo tipo de barbaridades en los palacios y en todos los lugares históricos que tenían un significado especial para el pueblo ruso.[788] Saquearon la antigua casa del poeta Alexandr Pushkin, aparcaron sus motos en el interior de la residencia de Tchaikovski y quemaron una serie de manuscritos raros que encontraron en la mansión de Tolstói en Yásnaya Poliana. Mientras tanto, la SS saqueaba ciudades como Minsk y Kiev, enviando algunos objetos selectos al castillo de Himmler en Wewelsburg para su decoración y a los despachos de la unidad de arqueología, el Ahnenerbe, para su estudio.


Los hombres de Rosenberg encontraron también muchos tesoros que tomar en los Territorios Ocupados del Este. Saquearon bibliotecas palaciegas, museos y archivos del partido comunista, confiscando cientos de miles de libros. En Vilna, Lituania, el Einsatzstab confiscó el Instituto de Investigación Judía e instaló en él uno de los muchos puntos centrales de recogida del botín. Los nazis ordenaron a cuarenta judíos del gueto de la ciudad que catalogaran el material que iba llegando de todos los rincones de la región y prepararan los libros más valiosos para enviarlos a Alemania. Y más o menos lo mismo sucedió en Riga, Minsk y Kiev. Vagones de tren repletos de obras de arte ruso, libros, muebles y tesoros arqueológicos —incluso una famosa colección de mariposas disecadas— emprendieron el camino hacia el oeste a través de una Europa sumida en la guerra, en medio de la sangre y el barro. No todo el botín saqueado logró sobrevivir. Decenas de millares de libros considerados valiosos quedaron hechos papilla. Los rollos de la Torá recogidos en el curso de la operación carecían de interés para el negociado de Rosenberg. Un funcionario del Einsatzstab, en respuesta a una pregunta planteada por un equipo desplazado sobre el terreno, propuso que arrancaran de ellos todos los elementos de cuero que llevaran y que reutilizaran el material para encuadernar otros libros o para fabricar cinturones o zapatos. Una colección de libros se perdió por completo cuando las cajas en las que iban fueron arrojadas de un tren de mercancías para dejar sitio a un cargamento considerado más valioso: cerdos. «Es asombroso comprobar qué objetos tan valiosos procedentes de toda Europa se han guardado aquí», anotó en cierta ocasión en su diario en 1943, tras visitar uno de los centros de clasificación del botín establecidos en Estonia. «Obras de literatura, manuscritos de Diderot, cartas de Verdi, de Rossini, de Napoleón III, etcétera. Y a ello hay que añadir toda la calumniosa literatura judía y jesuita contra nosotros».[789] No podía por menos que sentirse encantado. Se había aprovechado una ocasión única utilizando «un número de colaboradores ridículo por su escasez» y en unos pocos años. A comienzos de 1943, el día de su quincuagésimo aniversario, a primera hora de la mañana, Rosenberg sufrió un ataque de melancolía. Durante los años de la guerra, había celebrado su cumpleaños —que, mira por dónde, coincidía con el de Göring— en tono menor, pero en esta ocasión organizaría un


suntuoso festejo acorde con su importancia dentro del partido. «Al fin y al cabo, me he convertido ya, junto con Göring, en un pedazo de la historia de la revolución nacionalsocialista». Por la mañana, un coro de las Juventudes Hitlerianas y de la Liga de Muchachas Alemanas lo agasajó en su casa. Destacados dirigentes nazis fueron a felicitarlo a su despacho, y él, por su parte, ofreció un estofado regado con abundante cerveza a doscientos invitados en el salón de baile del edificio que ocupaba su ministerio, la antigua embajada de la Unión Soviética, en el mismísimo paseo Unter den Linden. Otros personajes le enviaron cartas conmovedoras. «Sobre todo me ha emocionado la nota del Führer escrita de su puño y letra», reseñaba Rosenberg. Hitler lo calificaba de «primer cofundador intelectual del partido», le daba las gracias por su fidelidad inquebrantable y le recompensaba con un regalo de 250 000 marcos del Reich. «Los dos sabemos cuán diferentes somos», continuaba diciendo Rosenberg. «Él está al corriente de que a muchos individuos, a los que deja actuar en primer plano por motivos de la más alta razón de estado, yo los considero verdaderos parásitos». Al menos, pensaba Rosenberg, le consolaba saber que Hitler lo apreciaba. «Le he respondido que ahora puedo decirle que en todos estos años no he vacilado nunca en mi fidelidad a él y a su trabajo y que el mayor honor de mi vida ha sido poder luchar a su lado».[790] Pero su fidelidad estaba a punto de ser sometida a una prueba durísima. Mientras la disputa con Koch se intensificaba, Rosenberg discutía la reorganización de la dirección del Ostministerium con uno de los ayudantes más destacados de Himmler, Gottlob Berger, el jefe de la Oficina Central de la SS. Rosenberg llevó a cabo un último intento de echar al intransigente Reichskommisar de Ucrania, y para ello sabía que necesitaba tener de su parte a un hombre poderoso como Himmler. Le propuso una alianza: estaba dispuesto a nombrar a Berger secretario de Estado, encargado de supervisar al personal y la política de su ministerio, si se le aseguraba el apoyo de la SS en su lucha contra Koch.[791] En enero Rosenberg se entrevistó con Himmler en Polonia durante tres horas[792] y, afortunadamente, el jefe de la SS se mostró de acuerdo con el nombramiento de Berger, siempre y cuando Hitler diera su beneplácito.[793] La decisión resultó muy fácil para Himmler. Con un asistente leal dentro


del ministerio de Rosenberg, tendría incluso mayor influencia, si cabe, en el este. En cuanto a Koch, Himmler no prometió nada. «H. se mostró de repente bastante generoso con Koch, al que valoraba como ‘motor’», escribía Rosenberg en su diario, «aunque no creía que el Führer lo dejara caer». El trato con Himmler exigía que Rosenberg se deshiciera de su fiel ayudante Georg Leibbrandt, que había trabajado en su Departamento de Política Exterior de 1933 a 1941, antes de ingresar en el Ostministerium. Los dirigentes de la SS y de la Gestapo hacía mucho que venían poniendo en entredicho la fiabilidad de Leibbrandt, después de que estuviera residiendo en París y en Estados Unidos desde 1931 hasta 1933 con una beca de Rockefeller.[794] Leibbrandt llevó muy mal su despido. «Si se pierde la guerra», pronosticó, «usted, señor ministro, será ahorcado».[795] Durante los primeros meses de 1943 la guerra con Koch finalmente llegó a su punto culminante. Rosenberg se opuso a una nueva directiva publicada por Koch debido a su severidad, y Koch respondió publicando una jeremiada de cincuenta y dos páginas de extensión en la que se despachaba a su gusto con su viejo antagonista y acusaba a Rosenberg de socavar su posición, además de pedir a Hitler que dirimiera la cuestión. Rosenberg convocó a Koch a una reunión en Berlín, en la que los dos contendientes se gritaron uno a otro. Rosenberg, que en aquellos momentos temía que pudiera ser despedido por el Führer, escribió una carta a la Cancillería exigiendo que se le permitiera deshacerse de Koch, que se había «convertido en un símbolo de desprecio del pueblo, deliberado y ostentoso», y que había «casi derrochado... su gran oportunidad política» como consecuencia de un «complejo que solo puedo calificar de patológico». Mientras la disputa estaba más enconada que nunca, Himmler permanecía neutral. La tentativa de alianza que habían alcanzado Rosenberg y él en el mes de enero no había llegado a nada. En marzo, Hitler bloqueó el nombramiento de Berger por considerarlo innecesario; pocos días después, Himmler invitó a Koch a visitarlo para poder «hablar largo y tendido de todo» con él.[796] Finalmente el 19 de mayo Hitler se reunió con las partes en litigio en su cuartel general de campaña, situado en aquellos momentos en Vínnitsa, Ucrania.


Rosenberg descubrió rápidamente que durante los dos últimos años no había hecho nada por cambiar la opinión del Führer respecto a Ucrania. De hecho, Hitler había dicho recientemente a los invitados a una cena que «quien hable de mimar a la población local y de civilizarla irá derecho a un campo de concentración».[797] Si consideraba que podía resultarle útil, dijo Hitler a sus generales más o menos por la misma época, no dudaría en mentir y en prometer a los ucranianos su liberación. Pero respecto a dar cualquier paso que permitiera mejorar las condiciones de vida de la gente, pensaba que no haría más que suscitar falsas esperanzas y que causaría problemas a la hora de controlar a la población. Después de escuchar a Rosenberg y a Koch exponiendo sus quejas, el Führer dictó sentencia. Tras reiterar que Alemania necesitaba productos alimenticios y trabajadores de las zonas ocupadas del este, Hitler rechazó por fin definitivamente el planteamiento que Rosenberg se había pasado defendiendo durante años. «La situación nos obliga a adoptar unas medidas tan severas», dijo Hitler, «que no podemos esperar que los ucranianos den su aprobación política a nuestras acciones». Cuando concluyó la reunión, el ministro estaba furioso. Se negó incluso a dar la mano a Koch. Rosenberg había sufrido una derrota clamorosa.[798] No se recuperaría nunca de aquel golpe. Rosenberg se despacharía a gusto en su diario. El Führer se había atrincherado detrás de sus porteros, en particular detrás de Bormann, y se había centrado tanto en cuestiones militares y de política exterior que algunos asuntos importantes ni siquiera eran abordados en Alemania. No había debate ni discusión alguna. Tampoco estaba claro si Bormann daba ya curso a los informes provenientes de Rosenberg o si sencillamente los archivaba sin molestarse en leerlos. Cuando Bormann enviaba alguna orden del Führer, nadie podía tener la seguridad de si era una directiva auténtica de Hitler o si era un documento de Bormann, que actuaba por propia iniciativa.[799] Rosenberg había acogido de buena gana la ascensión de Bormann tras la huida de Hess. Parecía «un hombre de mentalidad práctica, fuerte y decidido», que además había respaldado con entusiasmo la campaña de Rosenberg contra las iglesias cristianas. En cierta ocasión le había pedido incluso que elaborara «un breve manual sobre la concepción de la vida nacionalsocialista», una especie de catecismo nazi destinado a los escolares, que sustituyera las enseñanzas morales religiosas. Todos los niños y todas las


niñas, dijo a Rosenberg, debían aprender «el mandamiento de la valentía, la prohibición de la cobardía... el mandamiento de mantener pura la sangre». [800] Su enemistad empezó, al parecer, cuando Bormann compiló algunos de los comentarios privados de Hitler más críticos con las iglesias e hizo correr entre los dirigentes regionales del partido una circular en la que recogía dichas afirmaciones en unos términos que no dejaban lugar a dudas. No tardó en ser encontrada una copia en poder de un cura protestante. «Del mismo modo que el Estado se encarga de eliminar y suprimir las influencias deletéreas de los astrólogos, los videntes y otros impostores», había escrito Bormann, «también debe ser erradicada por completo cualquier posibilidad de influencia de la Iglesia».[801] Rosenberg escribió a Bormann para decirle que, a su juicio, el informe estaba mal elaborado y de paso le sugería que en adelante dejara en sus manos la redacción de esos documentos. «No se superan dos mil años de historia europea con modales de leñador», anotó Rosenberg en su diario después de escribir una carta a Bormann abordando el asunto. «B. es un hombre práctico, pero formalmente no es apto para llevar a cabo análisis sobre semejantes cuestiones».[802] Rosenberg intentó expresar sus objeciones veladamente, con tacto, pues Bormann no era un personaje insignificante. El secretario personal del Führer contestó que «por supuesto no había querido iniciar con aquello una cosa grave» y que desde luego Rosenberg debía ser el principal portavoz en lo concerniente a las iglesias. Pero luego, dice Rosenberg, empezaron a suceder cosas extrañas, «emprendió a todas luces la tarea de torpedear mi departamento dentro del partido». Solo podía llegar a la conclusión de que Bormann había decidido que «determinados hombres eran demasiado grandes para él. Entre ellos, uno de los primeros soy yo».[803] Bormann sostenía que como Rosenberg tenía que concentrarse en su misión en los territorios del este, se vería obligado a cerrar muchos de los departamentos relacionados con su función de lugarteniente ideológico de Hitler. Bormann intentó además arrebatar al Einsatzstab el control del programa de saqueo y ponerlo en manos del personal encargado de planificar el Führermuseum de Linz, acusando a los hombres de Rosenberg de incompetencia y de corrupción. Rosenberg logró frenar su intento, pero entonces uno de sus aliados más estrechos fue acusado de una serie de cargos que él consideraba inventados. Bormann ordenó que se llevara a cabo una investigación y exigió la destitución del individuo. «O sea, una injusticia de


lo más primitiva, un ejemplo de la más miserable política de gabinete», señalaba Rosenberg. «Se le ataca a él, pero en quien se piensa es en mí». Pensaba exigir una entrevista con Bormann para insistir personalmente en que el departamento de Rosenberg fuera el que llevara a cabo la investigación. Ya había sido capaz de hacer cambiar de opinión a Bormann en el pasado. Pero todo aquel asunto lo llevaba a sentirse sumamente triste respecto al estado en que se encontraba el Tercer Reich bajo la tutela de unos manipuladores como Bormann. «Difamar y liquidar a hombres de honor sin darles la posibilidad de ser escuchados valiéndose del poder comprado con la sangre derramada por millares de víctimas por medio de una camarilla cortesana, a la larga es algo que no puede soportar ni una NSDAP decente ni el pueblo alemán... Pero no cabe esperar decir a la cara una cosa así al Führer —lo tomaría como un ataque a unos colaboradores de valía comprobada, cuando no como prueba de la envidia de un ‘teórico’ frente a unos ‘hombres prácticos’—». «Si estos métodos de B. salieran ganadores», añadía, «todo el trabajo de mi vida habría sido en vano». La guerra estaba a punto de llegar al final de su cuarto año. Todo parecía venirse abajo.


22 Una ruina total

Detenido el 18 de mayo de 1945 por las fuerzas británicas, Rosenberg sintió de momento un gran alivio al comprobar que no era entregado a los soviéticos (Yad Vashem).

Dos años después de la invasión de la Unión Soviética, en el verano de 1943, los alemanes perdieron la iniciativa en el Frente Oriental mientras que Stalin lanzaba al campo de batalla cantidades ingentes de hombres. En los meses de julio y agosto, el Ejército Rojo perdió más de un millón y medio de soldados, pero derrotó a los alemanes en la mayor batalla terrestre de la historia, la de Kursk, a casi quinientos kilómetros al este de Kiev. Hitler consideraba la retirada una cobardía, pero los alemanes no tuvieron más remedio que replegarse en vista de los interminables ataques frontales de los soviéticos. Como no querían dejar tras de sí nada que pudiera ser útil a los ejércitos soviéticos, los nazis quemaban las aldeas y volaban los edificios a medida que iban evacuándolos. Un soldado escribió a su familia diciendo: «Es una imagen horrorosamente hermosa».[804] Mientras tanto, los británicos intentaban destruir la moral de los alemanes atacando directamente su capital. Una noche brumosa de finales de


noviembre de 1943, más de setecientos aviones ingleses sobrevolaron Berlín y vaciaron sobre ella todo su cargamento de bombas.[805] Rosenberg esperó a que pasara el ataque en compañía de su esposa, Hedwig, y de su hija, Irene, en el refugio antiaéreo de su finca, situada en la Rheinbabenallee, en el barrio berlinés de Dahlem. Cuando por fin cesó el estruendo de las explosiones, que llegaba amortiguado a su refugio subterráneo, y se oyó la sirena que anunciaba el fin de la alerta, la familia salió a la oscuridad del exterior y contempló un «cielo completamente rojo, como una llamarada» por el nordeste.[806] Rosenberg decidió no evacuar a su familia al sur, a la villa que poseía a orillas del Mondsee, al pie de los Alpes, al norte de Austria. Antes bien, se los llevó a todos al centro mismo de la vorágine, al Hotel Kaiserhof, en el Wilhelmplatz, justo enfrente de la Cancillería del Reich. Pasaron con el coche en medio de las llamas y la devastación a través de las calles principales que conducían al centro de Berlín. En el Kurfürstendamm, la Gedächtniskirche había sido alcanzada por las bombas. Un poco más allá, el zoo era pasto de las llamas. El humo reducía la visibilidad casi a cero. El chófer fue avanzando en zigzag por las calles de Berlín, que ofrecían un paisaje apocalíptico, esquivando los socavones abiertos por las bombas y las bolas de fuego, rodeando las avenidas bloqueadas por los escombros, abriéndose paso hacia el este, en dirección al centro y al barrio gubernamental, por la Tauentzienstrasse. «No había forma de pasar: una lluvia de chispas y una humareda espesísima», señalaría Rosenberg en su diario. El coche chocó varias veces con la acera; el chófer se vio obligado a tocar el claxon para que los dejaran pasar los peatones, los berlineses que acababan de quedarse sin techo e intentaban huir de las bombas. «A derecha e izquierda llamaradas gigantescas y una auténtica lluvia de chispas procedente de las casas convertidas en antorchas ardientes». El conductor logró abrirse camino por el Tiergarten. En la Rotonda de la Columna de la Victoria había un ómnibus ardiendo. En el Pariser Platz, junto a la Puerta de Brandemburgo, la embajada de Francia envuelta en llamas. Cuando por fin llegaron al Hotel Kaiserhof, Rosenberg y su familia vieron cómo los bomberos dirigían sus mangueras hacia el Ministerio de Transporte, al otro lado del Wilhelmplatz, pero una y otra vez se elevaban espesas nubes de humo cuando el agua se precipitaba sobre aquel infierno. El viento levantaba fragmentos ígneos y los llevaba hasta el otro lado de la plaza, provocando varios incendios en el tejado del antiguo edificio de la


Cancillería del Reich. Los teléfonos del Kaiserhof no funcionaban, pero por fin apareció el jefe de Estado Mayor de Rosenberg, totalmente negro de hollín y con la cabeza cubierta con un casco de acero, para comunicarle que una de las oficinas del partido de Rosenberg había sido alcanzada por las bombas. A la mañana siguiente, el polvo era tan espeso que la gente casi no podía hablar. La polvareda se elevaba a más de seis mil metros de altura. Los supervivientes se cubrían los ojos y la boca con gruesas toallas para poder respirar. «Sencillamente no puedo comprender que los ingleses hayan podido causar tantos destrozos en la capital del Reich durante un solo ataque», escribió Goebbels en su diario. El Wilhelmplatz era el escenario de «la más absoluta desolación».[807] Muchas habitaciones de la Cancillería del Reich se habían quemado por completo. En casa de Goebbels, las puertas y las ventanas habían saltado hechas pedazos y las habitaciones estaban llenas de agua. Los ministros se habían quedado incomunicados y solo podían establecer contacto entre ellos por medio de mensajeros que lograban abrirse paso a través de las calles en ruinas. Fue preciso poner en servicio el Führerbunker para acoger a los que acababan de quedarse sin techo. Rosenberg salió a inspeccionar los daños sufridos por su oficina del partido, cerca del Postdamer Platz. «Una ruina total», escribió. «Entre los escombros humeantes yacen abatidas las cajas acorazadas. Al sótano solo puede accederse por un pequeño hueco». Montones de informes quemados, lo mismo que los 20 000 marcos guardados en una caja fuerte de acero.[808] El cuartel general de su Ministerio de los Territorios del Este, en Unter den Linden, había sobrevivido, solo había sufrido daños en las ventanas, que estaban casi todas rotas, y las habitaciones estaban sucias y cubiertas de polvo. Rosenberg se dio cuenta inmediatamente de lo absurdo que había sido traerse a su familia a la zona de guerra. La noche siguiente trajo consigo un nuevo cargamento de bombas y los Rosenberg tuvieron que buscar refugio en el búnker del Führer. Incluso bajo tierra, se sentía el temblor de las paredes a consecuencia de las explosiones.[809] Al salir a la calle, Rosenberg vio un socavón profundísimo: una bomba había estallado justo encima del refugio. El Hotel Kaiserhof había sido alcanzado directamente y nadie luchaba contra las llamas porque no había mangueras disponibles. Atravesando a la carrera los pasillos en llamas, Rosenberg subió a su habitación, guardó rápidamente


todo lo que encontró a mano en un maletín y volvió de inmediato al búnker de Hitler, donde todo el mundo pasó la noche en unas camillas. «Los espectáculos que se han visto y todavía se habrán de ver en las casas y en los sótanos de nuestras ciudades bombardeadas serán descritos por los dramaturgos del futuro como la prueba más terrible a la que puede someterse a un pueblo», escribió en su diario. Comparaba lo sucedido con la caída de Magdeburgo en 1631, durante la Guerra de los Treinta Años, cuando veinte mil personas fueron masacradas y la ciudad fue incendiada por los soldados del Sacro Imperio Romano Germánico ansiosos de botín. «Hoy día eso es lo que se pierde en una sola jornada», apuntó Rosenberg en su diario. «Las veinte grandes ciudades a.[lemanas] que hoy han sido convertidas en su mayor parte en ruinas han enterrado ya bajo sus escombros a unos cuantos centenares de millares de mujeres y niños». Lo cierto es que exageraba. Los ataques aéreos de 1943 y 1944 causaron la muerte de más de nueve mil civiles, dejaron sin hogar a más de ochocientas mil personas y aterrorizaron a la población de Alemania. Pero haría falta más que eso —mucho más que eso— para que Hitler reaccionara. «No venirse abajo a pesar de todo eso es mérito del movimiento nacionalsocialista», escribía Rosenberg, «de la valentía que hoy día se ha convertido en una virtud de toda la nación». «En el este», anotaba Rosenberg en su diario en los días sombríos del verano de 1944, «retirada incesante».[810] Ciento veinte mil soldados del Eje quedaron incomunicados en Crimea durante la primavera mientras los soviéticos avanzaban de manera implacable hacia el oeste.[811] En junio, un millón y medio de soldados, con apoyo de tanques y artillería pesada, se merendaron a los ejércitos alemanes en Bielorrusia, matando o capturando a trescientos mil hombres antes de avanzar hasta situarse a ochocientos kilómetros de Berlín. En el Frente Occidental, los Aliados desembarcaron en Normandía el Día D, el 6 de junio, y en poco tiempo, aunque no sin esfuerzo, lograrían romper las líneas alemanas y liberar París. Dentro de Alemania, los conspiradores intentaban de nuevo matar a Hitler. [812] Varios altos oficiales del ejército llevaban largo tiempo irritados por la forma que tenía el Führer de manejar los asuntos bélicos y por su descabellado afán de destrucción a escala continental. Otros, entre ellos


varios antiguos funcionarios civiles, estaban alarmados por el estado policial instaurado por Himmler, por el exterminio de los judíos y por las atrocidades perpetradas contra la población del este. Independientemente de cuáles fueran sus motivos, a los conspiradores los unía su creencia en que Hitler estaba conduciendo a Alemania a la catástrofe. Deseaban amortiguar la caída de Alemania, poner fin a la guerra y ahorrar vidas. «Es preciso intentar el asesinato a toda costa», decía uno de los cabecillas del complot, Henning von Tresckow, un oficial del Alto Estado Mayor. «Debemos demostrar al mundo y a las generaciones futuras que los hombres del movimiento de resistencia alemana se atrevieron a dar el paso decisivo y a poner en peligro sus vidas con ello». En marzo de 1943, seis semanas después de la rendición del VI ejército en Stalingrado, Tresckow logró poner una bomba en el interior del avión de Hitler durante la visita que efectuó el Führer al cuartel general de un grupo del ejército en Smolensk, Rusia. Pero el artefacto explosivo, fabricado por los servicios de inteligencia militar para que tuviera el aspecto de un juego de botellas de coñac, no estalló. Un atentado suicida con bomba falló cuando Hitler, como había hecho en el Bürgerbräukeller de Múnich seis años antes, abandonó el escenario de una aparición pública antes de lo previsto. Lejos de acobardarse, los cabecillas del complot elaboraron un plan para llevar a cabo la Operación Valquiria, consistente en la perpetración de un asesinato, seguida de un golpe militar usando las Fuerzas Armadas de reserva estacionadas en Berlín. La oportunidad se produjo finalmente el 20 de julio de 1944, en el cuartel general de campaña de Hitler, la «Guarida del Lobo», cerca de Rastenburg. Claus von Stauffenberg, oficial del ejército alemán, llevó una cartera-bomba a una reunión del Estado mayor a la que iba a asistir Hitler. La colocó junto a una mesa de madera maciza cerca del Führer, se disculpó, fue testigo de la explosión que se producía en el edificio en el que estaba teniendo lugar la reunión, abandonó el recinto y a continuación llamó por teléfono a sus cómplices para darles la noticia: Hitler había muerto. En Berlín, las complicaciones surgieron casi de inmediato. El contacto telefónico con el cuartel general de Hitler no había sido cortado y no tardó en llegar a la capital la noticia de que el Führer había logrado sobrevivir a la explosión, que hizo saltar por los aires las paredes del edificio. La pesada mesa de madera maciza había amortiguado la potencia de la bomba. Hitler salió al exterior por su propio pie, con los pantalones ardiendo y los tímpanos severamente dañados e inmediatamente se dispuso a sofocar la rebelión.


El general Friedrich Fromm, jefe del ejército de reserva de Berlín, se había enterado del complot previamente. Debía iniciar el golpe de Estado enviando a sus soldados a ocupar los edificios gubernamentales más importantes. Al enterarse de que Hitler había logrado sobrevivir, se negó a colaborar. Cuando llegaron los conspiradores al cuartel general del ejército, Fromm intentó que los detuvieran; pero lo único que consiguió fue que ellos lo hicieran prisionero. No obstante, al término de un tiroteo en el cuartel general del ejército, Fromm fue liberado y los conspiradores fueron arrestados. Temeroso de verse implicado en el asunto, dado que había estado al corriente del complot con antelación, Fromm ordenó que los cuatro principales actores del drama —incluido Stauffenberg— fueran sacados al patio y ejecutados. A la mañana siguiente, Hitler intervino en un programa radiofónico para denunciar a los conspiradores y agradecer a la Providencia por haberle salvado una vez más la vida, como había hecho ya en noviembre de 1939 en Múnich. Rosenberg no podía entender cómo los generales —que no se habían sublevado contra la República de Weimar— podían intentar asesinar al héroe fundador del Tercer Reich. «Nunca antes», decía, «un oficial había intentado asesinar cobardemente a los más altos mandos del ejército».[813] Himmler se dedicó a detener a todo aquel que estuviera relacionado con este complot en contra del Führer o con cualquier otro; algunos se suicidaron pegándose un tiro, haciendo explotar una granada o ingiriendo veneno para evitar ser arrestados. Los detenidos fueron golpeados y torturados para obtener información de ellos. Los que sobrevivieron fueron llevados a juicio ante el famoso Tribunal del Pueblo y luego ahorcados cumpliendo órdenes expresas de Hitler, colgados de ganchos clavados en el techo o estrangulados con un cable fino, para asegurarse de que sufrían una muerte lenta y dolorosa. En la Wolfsschanze, el Führer vio las filmaciones de aquellas ejecuciones tan crueles. Himmler detuvo a los parientes de algunos conspiradores, los encerró en campos de concentración y a sus hijos los mandó a orfelinatos. La furia de Rosenberg se vio exacerbada por un detalle que salió a la luz durante los juicios. El comandante Ludwig von Leonrod, que era católico, acudió a un capellán del ejército amigo suyo, el padre Hermann Wehrle, y le preguntó si la doctrina de la Iglesia permitía o no el asesinato de un tirano despótico. El clérigo dijo que no, pero en el tribunal declaró que la pregunta de Leonrod le había parecido teórica, de modo que informó de ella no a las autoridades nazis, sino a su obispo.[814] «¡El Vaticano por lo tanto lo sabe desde hace medio año! Y espera a que


actúen los asesinos católicos, como Stauffenberg, que siempre llevaba una cruz dorada en el pecho», escribía Rosenberg en su diario. «Lamentablemente fue fusilado antes de que le tomaran declaración, de modo que no ha podido saberse nada más a través de sus confesores».[815] Tanto Leonrod como Wehrle fueron también ejecutados. En octubre de 1944 Rosenberg durmió por primera vez en su cabaña de madera en los bosques de Michendorf, disfrutando de una «profunda paz mientras el mundo se derrumba a mi alrededor». Aquel verano se había retirado en varias ocasiones a esa localidad situada al sur de Potsdam, durmiendo en su propio tren especial, el «Gotenland», para alejarse del Berlín en ruinas. Su ciudad natal, Reval, en Estonia, había sido destruida de mala manera durante los combates, lo mismo que Aquisgrán, la ciudad de los baños termales, y Colonia, lugares todos que conocía de su juventud. Nada impresionó tanto a Rosenberg como su visita a Múnich, la ciudad natal del nazismo. «Llegamos a medianoche en el coche de la jefatura de la región administrativa», reseña en su diario. «La Nymphenburger Strasse era un amasijo de escombros y cables. Las calles vecinas estaban igualmente destruidas». Toda la ciudad estaba «destruida, mutilada».[816] Los pilares que sostenían el Tercer Reich se venían abajo a su alrededor. Los soviéticos habían obligado a los alemanes a dar marcha atrás desbaratando todos los avances que habían conseguido. «Ahora», señalaba Rosenberg, «las grandes batallas se libran en suelo alemán. En las inmediaciones del cuartel general del Führer». Él seguía siendo el ministro de los Territorios Ocupados del Este, pero en aquellos momentos su cargo no era más que un título vacío de significado: como decía un burócrata amargado, era el «Ministerio de los Territorios Ya No Ocupados del Este».[817] Su viejo enemigo, Goebbels, comentaba maliciosamente que Rosenberg le recordaba a uno de los muchos monarcas europeos que se habían quedado «sin país y sin súbditos».[818] Rosenberg pasó los últimos meses de 1944 intentando neutralizar el reto trascendental —aunque ya en último término carente por completo de significado— que habían lanzado a su obra. El asunto tenía que ver con Himmler y un general soviético que había sido capturado en el frente, Andréi Vlásov.[819] Durante tres años, Rosenberg y muchos otros habían tratado en vano de convencer a Hitler de que atrajera a las diversas nacionalidades del


este para que lucharan a su lado contra Moscú. Pero el Führer no cambiaría de postura. «Denles armas y las volverán contra nosotros»: tal era la convicción incontrovertible de Hitler. Y no habría quien la cambiara. Pero entre los militares cuajó un movimiento a favor de dejar que los rusos combatieran contra los rusos, y en julio de 1942 pensaron que en Vlásov habían encontrado el tipo de líder carismático que necesitaban. El soviético dijo a los alemanes que el Ejército Rojo estaba preparado y dispuesto a volverse contra Stalin y a derrocar a los comunistas. Si se lograba apelar al patriotismo del pueblo contra el dictador, sería posible desencadenar una revolución. Todo lo que le hacía falta era un ejército y una buena operación política. El ala propagandística del ejército se dispuso a hacer de Vlásov el líder de cartón piedra de un comité ficticio de liberación de Rusia y esperaba que de ese modo sus sueños se hicieran realidad. Rosenberg era cauto. Vlásov hablaba de una Rusia unificada. Daba la impresión de que los nazis iban a ayudar a establecer una nueva Rusia poderosa, exactamente la misma que se habían pasado los últimos veinte años intentando desmantelar. Pero al mismo tiempo, Rosenberg estaba desesperado. No tuvo inconveniente en asumir la idea de crear un comité de liberación de Rusia siempre y cuando las otras grandes nacionalidades de los países del este —los ucranianos, los bielorrusos, los estonios— tuvieran también el suyo. En enero de 1943 se lanzaron sobre la zona de guerra octavillas firmadas por Vlásov para su difusión entre la población. Invitaban al pueblo ruso a apoyar la causa del general: el derrocamiento de Stalin, la firma de la paz con Alemania y una «Nueva Rusia» libre de comunistas y de capitalistas. El folleto tuvo un éxito enorme y Vlásov emprendió una gira pronunciando conferencias por toda la zona ocupada del este, en las que pudo hablar con libertad. Quizá con demasiada libertad. Denunció el programa de trabajos forzados de los nazis y la brutalidad de la Administración alemana. «El pueblo ruso ha vivido, vive y vivirá», afirmaba Vlásov. «Nunca será posible reducirlo a la condición de un pueblo colonial». Los nazis estaban furiosos. Se suponía que aquello era propaganda subversiva. Y en aquellos momentos sonaba amenazadora. En junio de 1943, Hitler decidió recoger velas y poner fin a la operación Vlásov. Himmler denunció al general soviético y su pretensión de dar lecciones a los alemanes. «El señor Vlásov empezó a contarnos cuentos con la arrogancia propia de los rusos», afirmó Himmler en un discurso pronunciado ante un grupo de


oficiales de la SS a finales de aquel año.[820] «Dijo: ‘Alemania todavía no ha sido capaz nunca de derrotar a Rusia. Rusia solo puede ser vencida por los rusos’. Como pueden ver, caballeros, esta frase constituye un peligro mortal para todo un pueblo y para todo un ejército». Pero ahora, un año después, cuando la marcha de la guerra viraba en redondo y se ponía en contra de los nazis, Vlásov había vuelto a salir a escena y esta vez su patrocinador era ni más ni menos que Heinrich Himmler. [821] Peor aún para Rosenberg, el jefe de la SS apoyaba la idea sostenida por Vlásov de una Rusia unificada, y Hitler dio su anuencia. Era una humillación excesiva. El 12 de octubre de 1944 Rosenberg envió a Hitler un memorándum de protesta. Se quejaba en él de que la concepción de los países del este propia de los nazis estaba siendo corrompida. «Le ruego, mi Führer, que me diga si continúa deseando que siga con mi actividad en este sentido», decía el ministro de los Territorios Ocupados del Este. «En vista de la evolución de los acontecimientos, debo suponer que ya no considera necesaria mi actividad». Bormann hizo saber a Rosenberg que Hitler se había visto obligado a guardar cama y que por tanto no había leído su informe. El ministro de los Territorios del Este no volvió a saber nada del asunto. Nadie respondió a su memorándum. El 14 de noviembre, Vlásov apareció en el castillo de Hradčany, en Praga, para anunciar la formación de un Comité para la Liberación de los Pueblos de Rusia. Se publicó un manifiesto. Vlásov prometía en él la «igualdad de todos los pueblos y su derecho efectivo al desarrollo nacional, a la autodeterminación y a la soberanía». Pero para Rosenberg aquellas no eran más que palabras huecas. En realidad, lo único que había hecho Himmler era dar nuevo vigor a la idea de una nueva Rusia imperialista respaldando a Vlásov. Rosenberg comprendió que la empresa estaba condenada al fracaso desde el primer momento — había llegado demasiado tarde, cuando la guerra estaba ya demasiado avanzada—, pero no por ello dejaba de inquietarle, pues sabía que le echarían a él la culpa del desastre. «Si fracasan, la culpa será de la volubilidad y después de la incompetencia con la que se ha tratado esta cuestión. Falta de seriedad al tratar la cuestión del este», garabateó en su diario. «Sobre lo doloroso y lo indignante del lado personal del asunto, escribiré más adelante. Ahora los sentimientos son demasiado recientes e intensos. Pero a la vista del destino del Reich tienen


menos importancia... Solo cabe esperar que, pese a todo esto, el Reich no sufra más daños de los que ha sufrido ya a manos de idiotas políticos como Koch».[822] Su animadversión hacia el Reichskommissar no cesaría. Aquel hombre era «un típico ejemplo de cómo puede obrar el carácter pequeñoburgués desbocado en la política mundial, que tal vez sea bueno para criar cerdos en Prusia Oriental o para construir colonias en Zichenau» —un distrito de la Polonia ocupada—, «pero que se ha convertido en una desgracia para el Reich en la política del este».[823] Koch había tenido incluso el descaro de calificar al pueblo ucraniano de «pobre en historia». «No habría podido decir mayor estupidez», comentaba Rosenberg, que estaba que se subía por las paredes. «Algunos de los atentados contra sus colaboradores hallaron en este u otros muchos discursos y actos su fuente de inspiración». El más importante de ellos había sido el asesinato de Wilhelm Kube, el jefe de la Administración Civil en Bielorrusia, debajo de cuya cama había explotado una bomba de relojería en septiembre de 1943, que se había encargado de colocar una criada perteneciente a la resistencia. «En todo caso comprendo que alguien como Nietzsche se volviera loco en su mundo», comentaba Rosenberg: «Lo veía venir todo, pero no podía hacer nada para cambiar las cosas».[824] Ojalá Hitler hubiera hecho caso a Rosenberg. Aquello habría podido modificar el curso de la historia. «Un ejército formado por un millón de ucranianos con la expectativa de conseguir nuevas tierras en el este bien habría podido ahorrarnos la catástrofe de Stalingrado».[825] Sin embargo, pese a tantas muestras de rechazo, pese a tantas decepciones y fracasos, Rosenberg se negó a volverse contra Hitler. Permaneció en su puesto, aunque fuera un cargo sin contenido. A comienzos de diciembre, después de pasarse un año durmiendo en un hotel, Rosenberg se trasladó de nuevo al barrio de Dahlem, en Berlín, donde su casa había sido reconstruida después de los bombardeos. Al día siguiente, escribió una entrada en su diario que sería la última que sobreviviera a la guerra. «Han podido pescar algunos restos de mi biblioteca de entre los últimos escombros de mi casa. Rotos, estropeados, llenos de fragmentos de mortero y cristales». Tomó de entre ellos un volumen del poeta místico austríaco Rainer Maria Rilke, que de repente lo trasladó a su juventud, a los


días despreocupados que había pasado absorto leyendo sus páginas. «Cuán lejos queda nuestra juventud», escribió. Casi no podía creerlo.[826] Los soviéticos estaban a las puertas.[827] A finales de 1944, Hitler tuvo finalmente que abandonar la Guarida del Lobo, en Prusia Oriental, y refugiarse en Berlín en busca de seguridad. En diciembre, viajó al Frente Occidental para supervisar el intento de romper las líneas de los Aliados con doscientos mil soldados, pero las fuerzas británicas y norteamericanas obligaron a las tropas alemanas a replegarse en la batalla de las Ardenas. Aquella sería la última gran ofensiva nazi de la guerra. En enero, con la derrota prácticamente asegurada, Hitler regresó a la capital. Por el este y por el oeste, millones de tropas aliadas avanzaban hacia Berlín. Al comenzar 1945, Rosenberg no había podido mantener una sola entrevista privada con Hitler desde hacía más de un año. Vería por última vez al Führer el 24 de febrero, con ocasión del discurso pronunciado por Hitler para levantar los ánimos de los dirigentes del partido. El Führer se hallaba en un estado de debilidad terrible.[828] Entró en la sala renqueando como un anciano. La mano izquierda le temblaba con tanta violencia que fue incapaz de levantar el vaso de agua y llevárselo a los labios. Lo único que pudo hacer Rosenberg fue estrechar su mano. Una y otra vez, intentó solicitar una entrevista a través de algún intermediario. Le respondieron que Hitler habría estado encantado de verlo y de tomar el té con él, pero sabía que Rosenberg habría insistido en mantener una «conversación de carácter técnico»,[829] y el Führer no estaba mentalmente en condiciones de hacerlo. «¿Y para qué está un jefe de Estado, si no es para mantener conversaciones de carácter técnico?». Una noche del mes de marzo los americanos lanzaron su ataque aéreo más potente sobre Berlín, enviando mil aviones sobre la ciudad a plena luz del día.[830] Tres mil alemanes perdieron la vida, cien mil quedaron sin hogar y grandes sectores de la ciudad se quedaron sin agua corriente y sin electricidad. El tejado de la casa de Rosenberg se hundió durante un bombardeo unos días después, de modo que el ministro tuvo que trasladarse al sótano junto con Hedwig e Irene. Después de aquel ataque, «hice lo que me pareció necesario», contaría más tarde, en el repaso de su vida que escribió estando ya en la cárcel. «Me dediqué a cavar el jardín y a plantar verduras y patatas». El bombardeo había desbaratado los planes que tenía para celebrar una fiesta


con motivo del décimo quinto cumpleaños de Irene. Rosenberg se la quedó mirando mientras la joven estaba en el sótano, sentada ante la máquina de escribir de la familia, redactando algún trabajo.[831] «No sé lo que estaba escribiendo, pero probablemente fuera algo sobre la vida en Berlín, sobre la destrucción que veía a su alrededor o sobre lo que oía acerca de la muerte en el centro de la ciudad». Se enteró de que su colega e íntimo amigo Arno Schickedanz se había quitado la vida, y además había matado a su mujer y a su hijita de 8 años. Rosenberg estuvo pensando en lo que debía hacer. Se habían repartido cápsulas de cianuro entre todos los dirigentes nazis y Rosenberg había reunido más que suficientes para acabar con su familia. No permitiría que sus seres queridos cayeran en manos de los soviéticos. En abril, casi todos los ejércitos alemanes habían sido destruidos; más de un millón de soldados alemanes habían perdido la vida solo desde comienzos de 1945.[832] Pero Hitler seguía sin rendirse. El 20 de abril cumplió 56 años y los soviéticos lanzaron el asalto final sobre Berlín. El día siguiente amaneció lluvioso. Rosenberg estaba de pie junto a la ventana, contemplando su jardín. Finalmente iba a marcharse. «Ahí, los senderos por los que solíamos pasear. Detrás, el columpio de Irene y la caseta del jardinero, medio destrozada. A la derecha, el esbelto abedul plantado recientemente. Todo lo que aún poseíamos quedaba atrás».[833] Los soldados soviéticos estaban consternados por la muerte de sus camaradas, impresionados por los campos de exterminio que habían liberado y deseosos de vengarse. Uno de ellos escribía a sus familiares: «Van a acordarse del paso de nuestro ejército por el territorio alemán durante mucho, mucho tiempo».[834] Los soviéticos robaban todo lo que pillaban, desde obras de arte hasta maquinaria industrial, bicicletas, aparatos de radio y relojes de pulsera. Incendiaron las ciudades alemanas y violaron a centenares de millares de mujeres. «Nos estamos vengando de todo», decía otro en una carta a su casa, «y nuestra venganza es justa. Fuego por fuego, sangre por sangre, muerte por muerte».[835]


Como su vivienda en la Cancillería del Reich había sido destruida, Hitler tuvo que retirarse a su búnker subterráneo acompañado de su novia, Eva Braun, y sus partidarios más leales: Bormann, los principales generales y su asistente personal.[836] Goebbels se trasladó al refugio del Führer junto con su esposa y sus seis hijos. Dos días después de su cumpleaños, en un ataque de histeria que eclipsaría cualquier escena que hubiera podido contemplar hasta entonces su círculo más íntimo, Hitler reconoció por fin que la guerra estaba perdida y que todos lo habían traicionado. Rechazó los ofrecimientos que se le hicieron de sacarlo en secreto de Berlín y de trasladarlo a Berchtesgaden. No, insistió. Se quedaría en la capital y haría lo que debía: se pegaría un tiro. Propuso que Göring, que se encontraba en Baviera, en su finca del Obersalzberg, se hiciera cargo del sur de Alemania e incluso que entablara negociaciones con los Aliados. Cuando Göring se enteró de aquellos rumores, sacó una copia de un decreto de 1941 que lo nombraba sucesor de Hitler en caso de que la «libertad de acción» del Führer se viera coartada. El Reichsmarschall envió un mensaje al búnker preguntando si había llegado el momento de que asumiera el poder. «En caso de que a las diez de la noche no haya llegado respuesta, daré por supuesto que ha sido usted privado de su libertad de acción», decía Göring. «Consideraré que las previsiones de su decreto han entrado en vigor y actuaré en consecuencia por el bien del pueblo y de la patria».[837] Bormann llevó el mensaje a Hitler, junto con otro que Göring había enviado a Ribbentrop, y convenció al Führer de que su lugarteniente estaba intentando dar un golpe de Estado. Ciego de rabia, Hitler despojó inmediatamente a Göring de todos sus cargos, y Bormann envió a la SS a ponerlo bajo arresto domiciliario en el acto. Desafiando a las baterías antiaéreas, el caballero Robert von Greim voló a Berlín para aceptar el cargo de sucesor de Göring como comandante en jefe de la Luftwaffe. Pero cuando se tuvo noticia a través de la BBC de que Himmler se disponía a ofrecer la rendición incondicional a los Aliados, Hitler ordenó a Greim que tomara de nuevo el avión y fuera a poner bajo arresto domiciliario a otro de los miembros de su círculo íntimo gritando: «¡Un traidor no podrá nunca sucederme como Führer!». Mientras tanto, los ejércitos soviéticos se acercaban al barrio gubernamental. Una semana después de que Hitler se encerrara en el búnker, el enemigo estaba ya en el Potsdamer Platz: a menos de medio kilómetro de


distancia. Al día siguiente, 30 de abril de 1945, los generales se presentaron ante el Führer a comunicarle una noticia desesperada: no podían seguir resistiendo. Esa misma semana, los ejércitos americanos llegaron al pie de las torres y los torreones del castillo de Neuschwanstein, la altísima fortaleza de cuento de hadas construido por Luis II de Baviera, el rey loco, en lo alto de una escarpada sierra al sur de Múnich. James Rorimer, conservador del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y miembro del Programa de Monumentos, Arte y Archivos de los Aliados, había estado dando vueltas por la sala de mapas de su sección del ejército durante algunas semanas, a la espera de recibir la noticia de que el castillo había sido tomado. Requisó un Jeep de la Cruz Roja y —pasando por alto el hecho de que iba a tener que recorrer cerca de quinientos kilómetros por un territorio que todavía no había sido despejado completamente de combatientes alemanes— se dirigió a toda velocidad hacia el sur deseoso de echar un vistazo por la zona. Los Hombres de los Monumentos, como pasarían a ser llamados los integrantes del programa de conservación de los bienes culturales, eran un pequeño grupo de profesores universitarios y de arquitectos enviados a proteger y asegurar los tesoros de Europa mientras los ejércitos aliados avanzaban hacia Berlín durante los años 1944-1945.[838] Rorimer había pasado algún tiempo en París durante el mes de agosto, tras la liberación de la ciudad, y allí conoció a Rose Valland, una especialista en historia del arte, que había trabajado en el Jeu de Paume para la organización de Rosenberg. Durante la ocupación, Valland había registrado en secreto qué obras de arte se habían incautado los nazis y adónde se las habían llevado. Guio al funcionario de museos norteamericano por los servicios de almacenamiento del Einsatzstab, lo invitó a su domicilio y finalmente, después de tomar unas copas de champaña, le enseñó las meticulosas listas que había elaborado. Aseguró a Rorimer que en Neuschwanstein y en unos cuantos castillos más encontraría las obras de arte francesas robadas. Cuando llegó a la fortaleza, Rorimer se enteró de que los nazis habían desaparecido, pero el viejo guardián del castillo seguía en su puesto, vigilando su tesoro. «Era una especie de castillo en el aire, hecho realidad para satisfacer a unos cuantos locos egocéntricos y sedientos de poder», escribiría Rorimer, «un emplazamiento pintoresco, romántico y remoto para


que una pandilla de gánsteres llevaran a cabo sus actividades de expoliación de obras de arte».[839] Cargado con un enorme manojo de llaves, el alemán condujo a Rorimer y sus hombres a los pisos superiores por unas escaleras casi tan empinadas como los escarpados peñascos sobre los que se levantaba el castillo. El conservador del palacio fue guiando a los americanos y mostrándoles sala tras sala, prácticamente todas atestadas de objetos robados. Encontraron muchos cajones todavía sin abrir marcados con un sello con las iniciales del equipo de Rosenberg —ERR—, así como tapices, libros, grabados y, por supuesto, muchísimos cuadros. Detrás de una puerta acorazada, encontraron dos cofres de joyas robadas a los Rothschild y mil objetos de plata pertenecientes a la familia de banqueros David-Weill. «Pasé por todas aquellas salas como si estuviera en trance», escribiría Rorimer, «con la esperanza de que los alemanes hicieran buena su fama de gente metódica y de que hubieran tomado fotografías y confeccionado catálogos y registros de todas aquellas cosas. Sin ellos, se necesitarían veinte años para identificar tanta acumulación de objetos robados». Tuvo suerte. En otra ala del castillo encontraron ocho mil negativos y un catálogo de fichas que documentaban las veintidós mil piezas de arte escamoteadas por los hombres de Rosenberg. Pero curiosamente los Aliados todavía no habían encontrado el principal filón. Algunas de las piezas más valiosas seguían sin aparecer. Otros dos Hombres de los Monumentos, Robert Posey y Lincoln Kirstein, tenían cierta idea de dónde podían estar. A finales de marzo habían dado por casualidad con un joven experto en historia del arte, que había colaborado estrechamente con Göring y Von Behr en París. Les dijo que encontrarían la colección de obras de arte robadas de Hitler escondidas en el fondo de las galerías de una mina de sal situada cerca de una pequeña localidad al este de Salzburgo: Altaussee. Pocos días después de que las tropas americanas se hicieran con el control de la ciudad, Posey y Kirstein se dirigieron a toda velocidad a Austria para confirmar aquella información.[840] Tras conducir por la empinada y sinuosa carretera que llevaba a la entrada de la mina, descubrieron alarmados que, en su huida, los alemanes habían cegado la entrada del túnel con ayuda de explosivos. Pero al día siguiente se las apañaron para meterse por una pequeña abertura y acceder a la mina. A la luz temblorosa de sus linternas, no tardaron en encontrar lo que habían venido a buscar.


En la segunda sala que registraron, descubrieron los paneles del famoso políptico de la Adoración del cordero místico de Gante, datado en 1432. En el fondo de la mina había una gran sala que contenía varias cajas de obras de arte y, sobre una colchoneta mugrienta, vieron la Madonna de Brujas de Miguel Ángel. Unos días después, tras inspeccionar atentamente el enorme tesoro escondido, localizaron El astrónomo de Vermeer. En resumidas cuentas, los hombres de la Unidad de Monumentos, Obras de Arte y Archivos calcularon que los nazis habían escondido en la mina de Altaussee nueve mil piezas de obras de arte de altísimo valor: camiones cargados de cuadros, dibujos, grabados, esculturas y tapices. En total, unas seiscientos cincuenta mil obras de arte fueron expoliadas por los nazis. Los Aliados decidieron devolver las piezas a sus propietarios, empezando por la Adoración del cordero místico de Gante, que fue trasladada en avión a Bélgica para su ulterior restauración y exposición al público. Los hombres de la Unidad de Monumentos, Obras de Arte y Archivos pasaron seis años catalogando y repatriando los diversos objetos expoliados. Pero muchas obras seguirían sin aparecer —unas tardarían décadas en ser encontradas, otras desaparecerían, al parecer, para siempre—, y muchas incluso no podrían ser devueltas nunca porque sus legítimos dueños habían perecido víctimas del Holocausto. Muchas otras piezas, tras ser comercializadas por compradores y vendedores sin escrúpulos que se aprovecharon del caos de los años de la guerra, serían objeto de larguísimos pleitos internacionales. Al cabo de los años, algunas aparecerían en lugares extrañísimos, como, por ejemplo, en una caja de seguridad de Zúrich, propiedad de un marchante de arte que reanudó su carrera después de pasar unos pocos años en la cárcel por el papel desempeñado en las expoliaciones llevadas a cabo en Francia. Varias generaciones más tarde, en 2012, las autoridades encontrarían más de mil cuatrocientos cuadros, valorados en 1 000 millones de dólares, en el piso que tenía en Múnich Cornelius Gurlitt, cuyo padre, pese a tener ascendencia judía, se convirtió en comprador de obras de arte para el museo de Hitler, y de paso adquirió para sí mismo cientos de cuadros de arte «degenerado» —de Matisse, Otto Dix o Picasso— comprados a precios de saldo a los judíos que intentaban huir a toda costa.[841] Las consecuencias de las expoliaciones de Rosenberg se extenderían a lo largo de las generaciones.


El 21 de abril, Rosenberg y su familia se dirigieron en coche hacia el norte, en medio de las ruinas y las interminables filas de refugiados que intentaban escapar, y llegaron finalmente a Flensburg, a cuatrocientos cincuenta kilómetros de Berlín, en la frontera de Dinamarca. Fue en Flensburg donde se enteró del bombazo: el 30 de abril, a las tres y media de la tarde, Hitler y Eva Braun, que se habían casado el día antes, se habían encerrado en el despacho del Führer y habían puesto fin a sus vidas: él pegándose un tiro y ella ingiriendo un veneno. Cinco horas después, Goebbels y su esposa se suicidaron, tras pedir a los médicos que había por allí que anestesiaran y luego envenenaran a sus seis hijos. Hitler dictó sus últimas órdenes, en las que nombraba como sucesor no a Göring ni a Himmler, sino al gran almirante Karl Dönitz, comandante en jefe de la armada alemana, cuya novedosa estrategia de desplegar los submarinos en manada había permitido a los nazis hundir unos tres mil buques mercantes y barcos de guerra de los Aliados durante la contienda. El nombramiento de Dönitz tendría un único efecto: confiarle la vergonzosa tarea de declarar oficialmente la capitulación de Alemania ante los Aliados, que se produjo el 8 de mayo, ocho días después del suicidio de Hitler. Rosenberg, que había sido relevado oficialmente por Dönitz de sus obligaciones como ministro de los Territorios Ocupados del Este el día 6 de mayo, se dedicaba a pasear por la ribera del fiordo de Flensburg, un brazo del mar Báltico, y a meditar sobre lo lejos que lo había llevado la vida.[842] Pensaba en su ciudad natal, en Estonia, a más de mil kilómetros al nordeste de allí. Sabía que no volvería a verla. Al volver al cuartel general, sufrió una mala caída, se hizo daño en el pie y acabó otra vez en el hospital. Echó la culpa de la caída a la lesión del pie que lo había llevado a cojear durante muchos años, pero Albert Speer, el arquitecto de Hitler y, a partir de 1942, ministro de Armamento y de Producción de Guerra, contaría una versión distinta. «Lo encontraron casi sin vida», escribiría en sus memorias. «Dijo que se había envenenado y se sospechó que había intentado suicidarse. Pero resultó que simplemente estaba borracho».[843] El 18 de mayo, los británicos fueron a buscarlo. Rosenberg declaró que había escrito una carta al mariscal Montgomery seis días antes «para ponerme a su disposición».[844] Según otras versiones, unos soldados dieron con él por casualidad cuando intentaban localizar a Himmler; el jefe de la SS fue


capturado por los Aliados el 21 de mayo cuando pretendía huir disfrazado y se suicidó dos días después tragándose una cápsula de cianuro. Rosenberg dio un beso a su esposa y a su hija, que no cesaban de llorar, y se dirigió cojeando a unos coches que lo conducirían a la prisión. En su celda, oiría cómo los dos soldados aliados encargados de su vigilancia intentaban cantar Lili Marleen, la canción favorita de las tropas de uno y otro bando por aquella época, que habla de la nostalgia del soldado obligado a separarse de su amada. Pocos días después, Rosenberg fue esposado, conducido a un aeródromo y trasladado en avión al sur. Mirando por la ventanilla del aparato, divisó lo poco que había quedado de Colonia. «Como si hubiera sido pisoteada por animales gigantescos, Colonia se halla reducida a escombros, que se amontonan en torno al esqueleto de la catedral», escribiría luego Rosenberg en sus memorias. «Los puentes del río volados. Un desierto que pone de manifiesto el terrible destino del pueblo y del Reich». Cuando se dio cuenta de que el avión se dirigía al oeste, sintió un estremecimiento de alivio. No iban a entregarlo a los soviéticos. Por el contrario, fue depositado en el Palace Hotel de la localidad termal de Bad Mondorf, en Luxemburgo, justo al otro lado de la frontera alemana. Cuando llegó, muchos de los demás dirigentes del Tercer Reich que habían logrado sobrevivir ya estaban allí, entre ellos Göring, que había conseguido escapar del arresto domiciliario al que lo había sometido la SS en su finca del Obersalzberg antes de ser detenido por los Aliados. El hotel, de ocho plantas, había sido despojado de todos los lujos que lo habían caracterizado y se había convertido en una especie de centro de internamiento para los criminales de guerra más grandes del siglo. Las lámparas de araña, las alfombras, los cortinajes y las camas habían desaparecido. En las ventanas habían puesto barrotes. Los presos dormían en camastros de campaña sobre colchonetas de paja y mantas de tejido basto. Con el fin de evitar suicidios, las mesas habían sido preparadas para que no aguantaran el peso de una persona. Rosenberg fue sometido a un registro corporal a fondo, sus ropas fueron examinadas meticulosamente en busca de cápsulas de veneno y de objetos cortantes y le quitaron los cordones de los zapatos y el cinturón. La residencia provisional que ocupaba ya no se llamaba Palace Hotel. Los


americanos le habĂ­an puesto un nuevo nombre: Centro de Internamiento del Cuartel General Supremo Aliado para los Naturales del Eje, ASHCAN por sus siglas en inglĂŠs (Allied Supreme Headquarters Center for Axis Nationals).(4)


23 Fiel hasta el final

Núremberg en ruinas (National Archives).

El 8 de marzo de 1945, Robert Kempner y su esposa fueron al Tribunal Federal de Filadelfia, en la esquina de la 9ª con Market Street, donde prestaron juramento como ciudadanos de Estados Unidos.[845] Él llevaba traje y corbata de rayas; ella lucía una flor en el sombrero. Kempner se había ganado la condición de ciudadano. Su trabajo para el Gobierno se había incrementado muchísimo durante los últimos tres años de la guerra. No solo se había dedicado a suministrar dictámenes de experto al


Departamento de Justicia e información secreta al FBI, sino también a redactar informes para la División de Inteligencia Militar del Departamento de Guerra y, en colaboración con su esposa y con un equipo de ayudantes, había elaborado numerosos informes para la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS, por sus siglas en inglés), la precursora de la Agencia Central de Inteligencia (la CIA).[846] Para la OSS los Kempner trabajaron con Henry Field, un antropólogo nombrado por Roosevelt para estudiar lo que el presidente consideraba el asunto más urgente de la posguerra: la migración y el reasentamiento de los refugiados internacionales. El «Proyecto M», clasificado como alto secreto, dio lugar a más de seiscientos informes de repercusión mundial; los Kempner elaboraron un catálogo de personalidades de la política alemana, importantes y menos importantes, y un memorándum en cinco secciones sobre las mujeres de la Alemania nazi. Estos estudios fueron repartidos entre los cargos más importantes de Washington y luego, a la muerte de Roosevelt, pasaron a «la zona gris de lo destinado a ‘archivar y olvidar’».[847] Kempner seguía esperando dejar la condición de empleado especial y pasar a ocupar un puesto a tiempo completo en la Oficina Federal de Investigación (FBI). Aunque no estaba muy claro si llegaría a tener un futuro dentro de la agencia, rechazó dos ofertas de trabajos bien pagados en Washington, uno que le habría reportado 6200 dólares anuales como investigador de la Oficina de Custodia de la Propiedad Extranjera, encargada de supervisar la confiscación de bienes del enemigo en Estados Unidos, y otra por valor de 5600 dólares anuales, como investigador del Departamento de Guerra, que se disponía a preparar los juicios por crímenes de guerra contra los nazis.[848] Pero a medida que los ejércitos aliados se acercaban a Berlín y los procesamientos por crímenes de guerra empezaban a perfilarse en el horizonte, Kempner iba posicionándose para desempeñar un papel en el que prometía convertirse en el juicio del siglo. Su trabajo contra los alemanes acusados de sedición le había ayudado a crear contactos muy importantes. En su solicitud de empleo en el equipo de la Fiscalía, decía que, en su opinión, el juicio era la conclusión de un caso que había intentado llevar a los tribunales allá por los años treinta. «Quizá sea buena idea», decía, «tener a mano al menos a una persona que posea algún conocimiento de la Administración, el derecho y las prácticas legales de Alemania, y que tenga las respuestas adecuadas a las mentiras de los acusados».[849] Los Aliados venían reclamando que sus enemigos fueran llevados a los


tribunales como criminales de guerra desde 1942, aunque estaban divididos en lo concerniente a la manera de hacerlo. En un cambio de papeles aparentemente incomprensible, Churchill defendía llevar a cabo ejecuciones sumarias, mientras que Stalin quería juicios. Henry Morgenthau, el secretario del Tesoro de Roosevelt, recomendaba tomar severas represalias contra el país que había arrastrado a Europa y a América a dos guerras mundiales. Quería que su ejército fuera desmantelado. Que la industria alemana fuera destruida para siempre. Que los nazis fueran internados en campos de concentración y condenados a trabajos forzados, y que sus máximos dirigentes fueran fusilados en cuanto se produjera su captura. El secretario de Guerra, Henry Stimson, estaba en contra de cualquier idea de venganza. No tenía sentido utilizar las tácticas propias de los nazis contra ellos. «Es ante todo mediante la comprensión exhaustiva, la investigación y el enjuiciamiento de todos los dirigentes nazis y de los instrumentos del sistema de terror nacionalsocialista, por ejemplo la Gestapo», decía Stimson en un escrito, «como podremos demostrar la repulsión que el mundo siente por semejante sistema». Roosevelt apoyó a Stimson, y en 1945 los Aliados habían acordado ya que la Segunda Guerra Mundial acabaría con los nazis más destacados en el banquillo de los acusados.[850] Se plantearon infinitas cuestiones sobre la forma en que debían llevarse a cabo los juicios por crímenes de guerra. No existían precedentes, ni normas, ni mecanismos al respecto. Stimson ordenó a su Departamento de Guerra estudiar el problema, y un jurista de bajo nivel, el coronel Murray C. Bernays, elaboró un breve memorándum del que saldría el Tribunal Militar Internacional con todas sus virtudes y todos sus defectos. Bernays sostenía que el sistema nazi era una gran conspiración y que por lo tanto sus dirigentes podían ser considerados responsables de los crímenes cometidos. Al mismo tiempo, los distintos elementos de la maquinaria nazi —el partido nacionalsocialista, la SS, la Gestapo— eran a su vez organizaciones criminales. En seis páginas, Bernays encontraba la manera de llevar ante la Justicia tanto a los máximos dirigentes nazis como a los militantes de a pie en un juicio espectacular.[851] Estas ideas fueron objeto de no pocas críticas. Por lo pronto, todas las imputaciones tendrían un tufillo de norma ex post facto al hacer a los nazis responsables de delitos considerados tales después de haber sido perpetrados. Además, ¿era justo condenar a millones de personas por el mero hecho de pertenecer a una gran organización criminal?


Pero el plan de Bernays atrajo la atención del hombre designado en mayo de 1945 para dirigir el equipo de la Fiscalía americana, el magistrado del Tribunal Supremo, Robert H. Jackson. Durante el verano, Jackson se reunió con los dirigentes de las delegaciones británica, francesa y soviética para elaborar unos estatutos del tribunal de crímenes de guerra. En general el documento pergeñado seguía las ideas planteadas por el jurista del Departamento de Guerra. Los nazis serían procesados por cuatro cargos de conspiración para cometer y luego perpetrar efectivamente guerras de agresión, crímenes de guerra —asesinar a civiles y abusar de ellos, emplear mano de obra esclava y matar a los prisioneros— y crímenes contra la humanidad, incluida la aniquilación de los judíos. Veintitrés individuos serían juzgados como «principales criminales de guerra», entre ellos Göring, Ribbentrop, Hess, Rosenberg y, en ausencia, Bormann, cuyo paradero después de la guerra era desconocido. Robert Jackson veía el juicio no solo como una oportunidad histórica de crear un nuevo precedente legal internacional de gran importancia, sino también como una causa moral. Al mismo tiempo, se esforzó para que no diera la impresión de que el tribunal acabaría siendo una farsa judicial, un acto de venganza so capa de juicio.[852] Kempner acabó apareciendo en el radar de Jackson gracias al trabajo que había venido realizando para el Departamento de Guerra. Como tenía por costumbre, había mandado, sin que nadie se lo hubiera pedido, algunas sugerencias a la División de Crímenes de Guerra acerca de los juicios previstos. Aunque rechazó la oferta de empleo a tiempo completo que le envió el Departamento de Guerra, cifrando todas sus esperanzas en el FBI, no tardó en ser contratado como asesor y experto independiente, elaborando informes sobre «la organización, el personal y las actividades» del Gobierno nazi, la historia del partido nacionalsocialista y los detalles del sistema de archivos alemán. Esos informes, elaborados a un precio de 25 dólares diarios, debían servir como material de base para los encargados de detener y procesar a los criminales de guerra.[853] Kempner redactó asimismo una serie de breves biografías de los principales personajes del nazismo, incluido un documento más detallado sobre Göring. El jurista alemán refugiado en Estados Unidos documentaba que Göring había fundado la Gestapo, la «maquinaria destinada a llevar a cabo detenciones ilegales, internamientos y confiscaciones de bienes». Implicaba a Göring en el incendio del Reichstag, que indujo al presidente Hindenburg a


firmar el decreto de estado de emergencia que suspendía los derechos civiles en Alemania. El decreto en cuestión dio lugar a una campaña inmediata de severas medidas contra los comunistas, los pacifistas y otros enemigos de los nazis. «El decreto estuvo en vigor hasta la derrota del Tercer Reich en 1945, y se convirtió en el principal instrumento para la política de exterminio y de expropiación llevada a cabo por los nazis en toda Europa. Por consiguiente Göring... se hizo responsable de todos esos actos». El Reichsmarschall no habría podido negarlo, aseguraba Kempner: había asumido públicamente la responsabilidad de las acciones de sus subordinados en un discurso pronunciado ante sus oficiales en la ciudad de Dortmund justo después de que los nazis alcanzaran el poder en 1933. «Cualquier bala salida del cañón de una pistola de la policía es una bala mía. Si a eso se le llama asesinato, entonces yo he sido el asesino. Todo eso lo he ordenado yo, lo he tolerado yo; mía es la responsabilidad y no tengo de qué avergonzarme». El informe de Kempner no era una imputación, pero sí un punto de partida. [854] El documento circuló por los despachos del Departamento de Guerra, y Kempner atrajo la atención del círculo íntimo de Jackson, incluido Bernays. «Está sumamente familiarizado con las actividades de los nazis antes de su ascensión al poder, no salió de Alemania hasta 1935 o 1936, ha seguido en contacto con lo que hacían desde entonces, y tiene mucha experiencia en Estados Unidos trabajando en casos relacionados con la infiltración y la subversión nazi», decía Bernays en una carta a Jackson el 17 de julio. «Su estudio sobre Göring... es material bueno, sólido. Creo que podremos utilizarlo en nuestro provecho».[855] Tres días después, Kempner formaba parte oficialmente del equipo. Dijo a sus superiores del FBI que iba a tomarse un «permiso sin sueldo» durante unas diez semanas. Tantos años escribiendo cartas y redactando memorandos e informes a centenares empezaban finalmente a dar réditos. Le facilitaron una chaqueta de oficial civil del ejército, con unos parches triangulares en la solapa en los que ponía «US», y el 3 de agosto se trasladó en avión de Washington, D. C., a Londres, con escala en las Bermudas, las Azores y París. Por otra parte, en dos cajas que pesaban cuarenta kilos, envió parte del material que había ido reuniendo acerca de Alemania y los nazis.[856] Kempner, que era un hombre con un ego desmesurado, no podía evitar sentirse como si se dispusiera a volver a su país natal como uno de los protagonistas del ejército de conquistadores.


«Estoy acabando algo que comencé hace dieciséis años», decía al corresponsal de prensa.[857] Y algunos años más tarde comentaría: «Quería simplemente volver a dar al mundo un poco de justicia».[858] Núremberg era un campo de ruinas, un auténtico cementerio.[859] Decenas de millares de cadáveres yacían bajo los escombros de los incontables edificios bombardeados. El olor a desinfectante flotaba en el ambiente. A los forasteros se les advertía que no bebieran el agua de la ciudad. El Palacio de Justicia de Baviera, la sede de los tribunales, había sabido también lo que era la guerra. Las ventanas habían saltado por los aires, el suministro de agua había quedado cortado, los pasillos se veían chamuscados por el fuego; una bomba había atravesado todo el edificio hasta llegar al sótano. Pero sorprendentemente la construcción de piedra seguía manteniéndose en pie y destacaba en medio de los escombros, así que los funcionarios del Tribunal Militar Internacional decidieron que sería allí donde serían juzgados los criminales de guerra nazis. Primero habría que desalojar a los soldados americanos que habían convertido la principal sala de audiencias en bar. «Esta noche cerveza, medio marco», rezaba un letrero cuando los juristas llegaron a inspeccionar el lugar. Encontrarse en Núremberg tenía además resonancias simbólicas. Allí era donde los nazis habían escenificado los gigantescos congresos del partido en los que se enaltecía el resurgimiento de Alemania. Allí era donde los nazis habían despojado a los judíos de sus derechos de ciudadanía en 1935. Pues bien, ahora sería en Núremberg donde los responsables de todo aquello serían conducidos para que rindieran cuentas de sus crímenes. El 12 de agosto, Rosenberg y los demás nazis acusados fueron trasladados de Bad Mondorf a Núremberg a bordo de un C-47. «Bueno, amigos míos», dijo Göring asomándose por la ventanilla, «echen una miradita al Rin. Probablemente sea la última vez que lo veamos».[860] Los nazis fueron conducidos a la cárcel situada detrás del Palacio de Justicia, donde aguardarían a que se celebrara el juicio en la que pasó a llamarse «Ala C». A Rosenberg le fue asignada la celda 16 en el nivel inferior, entre Albert Speer, el arquitecto de Hitler y también el hombre que se valió del trabajo forzado para sostener la producción de guerra de las fábricas alemanas, y Hans Frank, el cruel responsable del Gobierno General de Polonia. Cada celda disponía de un camastro, una silla y una mesa desvencijada. Un retrete,


situado en una de las esquinas, era el único lugar en el que el interno podía escapar de la atenta mirada de los guardas, que habían recibido órdenes estrictas de mantener una vigilancia continua para evitar posibles suicidios. Durante la noche, un pequeño foco iluminaba a los prisioneros. «Me los imaginaba agachados en sus celdas como fieras heridas», escribiría más tarde en uno de sus libros Airey Neave, miembro del equipo de fiscales británicos, que había logrado escaparse de un campo de prisioneros alemán durante la guerra. «Temía acercarme a ellos como un hombre que retrocede ante un cadáver».[861] Los prisioneros debían mantener las manos por fuera de las mantas en todo momento, norma contra la que protestaba en particular Rosenberg. Cada vez que intentaba calentarse las manos metiéndolas por debajo del embozo, el guardián lo despertaba de golpe.[862] El contacto entre los acusados estaba estrictamente limitado, y solo se les permitía recibir una carta de su familia a la semana. Su única interacción humana propiamente dicha era la que mantenían durante las sesiones a las que eran sometidos por los psicólogos de la cárcel y durante los interrogatorios. Durante los meses previos al comienzo del juicio, Rosenberg sería interrogado en más de dos docenas de ocasiones. En la primera sesión del juicio, el 14 de agosto, tuvo que hacer frente a su diario, que él llamaba simples «notas» y «breves impresiones». El responsable del interrogatorio acusó a Rosenberg de tener una actitud evasiva y le advirtió que sus respuestas serían desmentidas por las voluminosas pruebas documentales que obraban en poder de los Aliados. —Sabe usted que tenemos toda su documentación privada, ¿no? —He oído decir que así es —respondió Rosenberg—. Pero lo que es saberlo, no lo sé con certeza. —Piense en todo ello esta noche —dijo el encargado del interrogatorio—, y si mañana no está más dispuesto que hoy a decir la verdad, probablemente se meterá usted en muchos líos.[863] Uno de los juristas presentes en la sala aquel día era Thomas J. Dodd, un fiscal federal que había colaborado con Kempner en 1942 en un caso de espionaje nazi descubierto en Connecticut.[864] Encontró a Rosenberg un hombre «muy perspicaz, astuto, cauto», pero no pudo evitar percatarse de que su traje marrón mostraba signos de estar muy gastado. «Pensé qué bajo habían caído los otrora poderosos», decía Dodd en una carta a su esposa. «Aquí, en esta ciudad, en la que se pavoneaba luciendo sus elegantes ropas


nazis. Ahora es un simple preso en medio de las ruinas».[865] Un mes más tarde, Rosenberg intentó en vano explicar su filosofía a Dodd y rechazó la acusación de haber planeado con Hitler acabar con todas las iglesias una vez terminada la guerra. —¿No es verdad que su intención era destruir las viejas religiones establecidas? —preguntó Dodd. —Pues bien... —empezó a decir Rosenberg. —No necesita echarnos un discurso para responder a esta pregunta —le interrumpió Dodd. —A semejante pregunta me veo obligado a responder no —dijo entonces. El fiscal sugirió a Rosenberg que leyera su libro, pero el ideólogo nazi declaró que nunca había tenido interés en enzarzarse en una «lucha oficial» con el clero.[866] —Pero desde luego sí que estaba a favor de emprender una lucha contra los judíos, ¿verdad? —Sí —contestó Rosenberg—, con el fin de conseguir la eliminación de los judíos de la dirección política del Reich. —Quería usted echarlos de una vez por todas de Alemania. —Bueno, esa era la solución más sencilla del problema. Rosenberg reconoció que sus teorías sobre los judíos fueron «aplicadas con mucha frecuencia» por los nazis. —¿Se avergüenza usted ahora de las ideas que expresó usted durante muchos años, cuando estaba en el poder? —preguntó Dodd—. Responda sí o no. —No —replicó Rosenberg. —¿Es usted consciente de su responsabilidad en la terrible situación en la que se encuentra ahora Alemania? —A lo largo de este último mes, a menudo me he preguntado si habría podido actuar mejor —dijo Rosenberg—. Quizá en el curso de estos veinte años solté algunas palabras que ahora, con la mente más despejada, tal vez no utilizaría. Pero en cualquier caso fueron expresadas en un momento de lucha. Como miembro de un movimiento que es responsable de lo sucedido, naturalmente soy responsable hasta cierto punto. Pues bien, la esencia de lo que perseguía y pretendía alcanzar, y que quería llevar a cabo es una idea decente y honesta, e incluso hoy día no puedo pensar otra cosa. Entonces se interrumpió y, dándose cuenta, al parecer, de qué era lo que acababa de reconocer, volvió sobre el comentario que había hecho y añadió:


—Solo puedo ser considerado responsable de lo que he hecho personalmente. Siguieron horas y horas de preguntas durante los meses de septiembre y octubre, cuando el encargado del interrogatorio, Thomas Hinkel, confrontó a Rosenberg, uno tras otro, con innumerables documentos, mientras el combativo dirigente nazi presentaba una actitud defensiva rebuscada y poco plausible. Rosenberg sostenía que la política de los nazis contra los judíos estaba formada por medidas «defensivas» contra un enemigo hostil que pretendía llevar a Alemania a la ruina.[867] Los alemanes habían deportado a los judíos, del mismo modo que, según se decía, los sionistas habían obligado a los palestinos a salir de sus tierras. Rosenberg reconocía que los prisioneros de guerra habían muerto de frío y de desnutrición; pero lo mismo les había pasado a los soldados alemanes.[868] Intentó negar que el concepto central de la ideología nazi fuera que la raza «aria» era superior a todas las demás. [869] Dijo que, aunque su Einsatzstab había confiscado numerosos libros y obras de arte, era posible que un día Alemania hubiera devuelto algunos de ellos.[870] Negó estar al corriente de lo que sucedía en el interior de los campos de concentración de Alemania; ni siquiera había estado nunca en uno de ellos, afirmó, y «la policía solía guardar silencio sobre el asunto».[871] Negó haber tenido nada que ver con el asesinato de los judíos en los territorios del este, aunque su Administración Civil se había visto envuelta y mucho en el Holocausto.[872] —Oí decir que se habían producido algunos fusilamientos de judíos — admitió Rosenberg el 22 de septiembre. —¿Qué hizo usted cuando se enteró? —preguntó Hinkel, el encargado del interrogatorio—. ¿Llevó a cabo alguna investigación? —No. —¿Por qué no? —No pude —respondió Rosenberg—. No tenía autoridad para ello. Sostuvo que sus esfuerzos por enterarse de más detalles fueron ignorados por la SS y que, de haber seguido insistiendo, «tampoco habría recibido respuesta alguna». —Sabía usted que la política de Himmler consistía en exterminar a los judíos, ¿verdad? —En esa forma y manera, no creí que fuera así hasta el final. —Pero ¿le habían informado de ello o no?


—No —afirmó Rosenberg—. No lo fui. Minimizó el papel desempeñado por su ministerio hasta dar la impresión de que era una institución no solo carente de autoridad, sino enteramente sin sentido. —Me gustaría decir que mi cuartel general estaba en Berlín y que yo simplemente me limitaba a dictar normas y reglas generales para la Administración —añadió—. Pero en las cuestiones de ámbito regional yo no entraba en absoluto.[873] Sostuvo que los informes de sus subordinados que estaban sobre el terreno en el este no daban demasiados detalles. De hecho, dijo el 4 de octubre, en la undécima sesión en ocho días, que no había tenido nada que ver con el trato dispensado a los judíos en su calidad de ministro de los Territorios Ocupados del Este. —No participé nunca en ninguna discusión acerca del problema de los judíos —dijo Rosenberg a Hinkel. Personalmente habría deseado «reducir el número de judíos en Alemania creando un lugar en el que pudieran estar todos juntos en su patria judía». Pero no dependía de él. Era responsabilidad de Himmler. —Pero usted había estado interesado por la cuestión judía durante muchos años, ¿verdad? —preguntó Hinkel. —Sí, pero tenía una carga de trabajo tan grande con la tarea de organizar mi ministerio y todo lo concerniente al problema de los judíos estaba tan lejos de lo que eran mis responsabilidades que no gasté más tiempo en él —dijo Rosenberg—. Suponía que se les daba de comer y que se les ofrecían empleos productivos. —¿Quiere usted decir que no discutió el problema judío con nadie desde el momento en que fue nombrado ministro de los Territorios Ocupados del Este? —preguntó Hinkel—. ¿Eso es lo que usted afirma?... Me cuesta bastante trabajo creer que con todo el interés que había mostrado usted por este problema durante tantos años, se desentendiera de él de forma tan repentina cuando fue nombrado ministro de los Territorios Ocupados del Este, que no tuviera usted curiosidad por el trato dispensado a la población bajo su jurisdicción y que no preguntara a nadie ni recibiera ningún tipo de informe al respecto.[874] —Teníamos por costumbre —dijo Rosenberg— que, cuando se asignaba una tarea a una persona, nadie se inmiscuyera en la labor que le había sido encomendada.


Hinkel volvió con una serie de documentos que demostraban que Rosenberg había recibido informes acerca de las atrocidades cometidas en el este. El 19 de octubre, se formularon finalmente los cargos contra Rosenberg y el resto de los dirigentes nazis encerrados en el Ala C de la prisión de Núremberg. Neave, el fiscal inglés, fue escogido para entregarles los documentos de inculpación. Cuando llegó a la celda de Rosenberg, encontró al ideólogo nazi con la ropa cubierta de migas de pan, que no se había tomado la molestia de cepillar. «Tenía la cara de un Spaniel enfermo», dice Neave en su libro. «Su aspecto era el del dueño de una funeraria sin trabajo en una película de terror de Boris Karloff, papel con el que encajaba de maravilla el color amarillento de su tez».[875] La celda apestaba y estaba llena de papeles. Cuando Rosenberg levantó la vista para atender a su visitante, le temblaba todo el cuerpo. Kempner llegó a París el 4 de agosto de 1945, «tras veintisiete horas y treinta minutos de vuelo, menos dos horas de descanso», decía en una carta a su esposa, Ruth, y a su antigua amante, Margot Lipton, que se habían quedado en Lansdowne, Pensilvania. Luego voló a Londres para enterarse de su misión. La ciudad estaba en ruinas tras varios años de bombardeos alemanes; aquí y allá se veían edificios destruidos, socavones y montones de escombros. Ciudadano americano desde hacía cinco meses, Kempner se había acostumbrado a creer que su país de adopción era el más maravilloso del mundo y que Europa era una causa perdida. Abrigaba pocas esperanzas de que el continente recuperara alguna vez su antigua gloria. No tenía sentido, decía a sus mujeres, volver a Alemania e intentar reconstruir la vida que había llevado antes allí. Mejor seguir haciendo lo que estaban haciendo en América. «No podéis imaginaros lo afortunados que hemos sido (y egoístas, por cierto). Todas las pequeñas molestias de las que nos quejamos no son nada comparadas con la situación que se ve en Europa... Nada es más fascinante que Lansdowne y considero este viaje que hago vestido de uniforme como un simple medio de seguir formándome y de tener una nueva perspectiva (aparte del trabajo que tenga que hacer)».[876] Unos días después, Kempner regresó a París, donde se le había encargado ayudar a analizar los documentos alemanes que llegaban a la oficina central de tramitación, puesta a disposición del tribunal en un edificio situado a una


manzana de los Campos Elíseos y del Arco de Triunfo. Los Aliados habían dado a sus tropas la orden de localizar los principales archivos alemanes a medida que iban reconquistando Europa, y los soldados dieron con verdaderos filones de papeles importantes. La oficina de París era uno de los tres centros de clasificación de documentación y sus analistas apenas podían dar abasto y atender a la marea de expedientes que les llegaban. No tenían tiempo de traducirlos todos, ni siquiera de examinarlos para comprobar su valor como prueba. «Estos nazis tenían la manía de registrar todas las cosas por escrito», declaró en el mes de septiembre al reportero de un periódico John Harlan Amen, el máximo responsable de los interrogatorios de Jackson, «así que ahora estamos empantanados con una cantidad de documentos más grande de lo que podríamos analizar a fondo en el tiempo que se nos ha encomendado, y cada día se descubren nuevas partidas».[877] Los papeles de Rosenberg que aparecieron en el castillo de Lichtenfels no eran más que el principio. Heinrich Valentin, archivero al servicio del Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, mostró a los investigadores dónde podían encontrar casi cien toneladas de expedientes diplomáticos escondidos en las escarpadas montañas del Harz, en el centro de Alemania. Ayudó también a los Aliados a ordenarlos y empaquetarlos. Paul Schmidt, el traductor que asistió a algunas de las reuniones diplomáticas más importantes de la época nacionalsocialista, entregó sus valiosísimas notas; las había enterrado en un bosque, guardadas en una gran caja de madera. Los papeles de la Luftwaffe de Göring fueron encontrados desperdigados por distintos lugares de Baviera, y fueron enviados a Inglaterra junto con el general HansDetlef Herhudt von Rohden, el historiador oficial de la Luftwaffe. Herhudt von Rohden había empezado a escribir una historia de la fuerza aérea y recibió la orden de acabarla. Sesenta mil carpetas de expedientes de la Armada, que habrían debido ser quemadas en la piscina vacía de un castillo, fueron entregadas intactas a las autoridades. El archivo del fotógrafo oficial de Hitler, Heinrich Hoffmann, logró llegar a Núremberg, donde el propio Hoffmann se encargó de catalogarlo. En el centro de documentación de París, Kempner tuvo que trabajar examinando los archivos capturados. Un día, estaba echando un vistazo los papeles de Rosenberg cuando recibió la orden de coger un avión de inmediato y trasladarse a Alemania. Sería el primer viaje que realizara a su país natal en casi una década.


Subió a bordo de un avión militar para efectuar un brevísimo vuelo que lo condujo a Fráncfort, y mientras contemplaba por la ventanilla las ruinas de su país natal, escribiría años más tarde en sus memorias, comprobó con extrañeza que no sentía nada. Únicamente podía pensar en lo familiar que le parecía todo. Tenía la sensación de haber sido trasladado a 1918, cuando regresó a Alemania atravesando los territorios devastados de Francia y Bélgica. El avión aterrizó poco después y Kempner fue conducido en automóvil a Fechenheim, donde se dedicó a examinar unos documentos militares capturados. Ante sus ojos tenía las órdenes que preveían la destrucción de Europa, escritas por los propios autores de la catástrofe. Obligado a enfrentarse a los documentos manuscritos de los individuos que se habían hecho responsables de los crímenes del Tercer Reich, Kempner sintió finalmente una emoción. Posteriormente a lo largo del viaje visitó el sótano de la Reichsbank en Fráncfort. Vio allí decenas de cajas que los nazis habían escondido en las minas de sal de la Alemania central al final de la guerra. Dentro de una serie de cajones de embalar estaban los empastes de oro que los nazis habían arrancado de las dentaduras de sus víctimas. Miles y miles de piezas, cada una de ellas, pensó Kempner, testimonio de un asesinato y de un robo final. «Nunca me imaginé en toda mi vida», escribiría Kempner en sus memorias, «que habría visto una cosa semejante».[878] Robert Jackson decidió que el tribunal debía condenar a los nazis utilizando sus propias palabras. Pero no sería tarea fácil analizar aquella multitud de documentos y encontrar sentido a las atrocidades perpetradas por los alemanes a una escala continental. Los interrogatorios iban en paralelo al análisis de los documentos y, para su satisfacción, Kempner tuvo la oportunidad de interrogar a testigos y acusados. «Para los criminales», diría más tarde en sus memorias, «mi intervención en los trabajos de Núremberg resultó muy desagradable. Por fin se enfrentaban a alguien que conocía sus pecados».[879] Un día se encontró cara a cara con uno de sus viejos enemigos. —Buenos días, señor Göring —dijo al hombre que le había dejado sin trabajo allá por 1933—. Me pregunto si se acuerda usted de mí. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.[880] Una semana antes, los encargados de los interrogatorios habían preguntado


a Göring por el incendio del Reichstag y las informaciones que hablaban de que era él quien había estado detrás del complot para quemar la cámara de los diputados alemanes y poder proporcionar a los nazis el pretexto para arremeter contra sus adversarios comunistas en 1933. —Es completamente absurdo —insistió Göring—. Por aquel entonces él era el presidente del Reichstag. ¿Por qué iba a haber quemado la que era su casa? Se recurrió a Kempner para que pusiera en entredicho aquellos argumentos. Según las memorias del jurista privado de sus derechos de ciudadanía, Göring se acordaba perfectamente de él y se sorprendió al verlo entrar en la sala. Al principio, el antiguo Reichsmarschall se negó a responder a las preguntas de Kempner. Indudablemente aquel individuo no podía ser imparcial. El interrogador se limitó a sonreír. —Mariscal, no tengo ningún prejuicio contra usted. Estoy contentísimo de que me echara usted del trabajo el 3 de febrero de 1933. De no haberlo hecho, habría acabado convertido en humo saliendo por una chimenea.[881] Y con esas palabras comenzó su interrogatorio. Kempner confrontó a Göring con las informaciones que le había proporcionado en 1933 Rudolf Diels, el jefe de la Gestapo de Göring y antiguo amigo de Kempner, que había logrado sobrevivir a la guerra y había sido llevado a Núremberg para actuar eventualmente como testigo.[882] —Diels afirma que usted sabía exactamente que el incendio iba a desencadenarse de un modo u otro —dijo Kempner— y que él había preparado ya las listas de los que debían ser detenidos. Göring contestó que era verdad que se habían confeccionado algunas listas. Los nazis llevaban tiempo dispuestos a aplastar a los comunistas. Pero aquello no significaba nada. Aunque el Reichstag no hubiera sido incendiado, «habrían sido detenidos de todos modos». Una vez más negó tener conocimiento de un complot para provocar el incendio del parlamento, diciendo que semejante cosa habría sido «una locura». Replicó además a Kempner que le habría gustado oír las alegaciones de sus acusadores y que le dijeran lo que tuvieran que decirle «a la cara». Kempner preguntó a Göring cómo era posible que su agregado de prensa hubiera podido decirle, una hora después de que se declarara el incendio, que él mismo, el propio presidente del Reichstag, había afirmado que los culpables eran los comunistas. —¿No era demasiado pronto para decir una cosa así sin llevar a cabo


ninguna investigación que confirmara que los comunistas habían provocado el incendio? —Sí, es posible —admitió Göring—, pero el Führer así lo quería. Kempner fue acorralando una y otra vez a su presa, insistiendo en que le diera detalles, poniendo en entredicho las afirmaciones de Göring. Preguntó por qué habían sido detenidos los socialdemócratas y los pacifistas. Preguntó por qué Göring no había investigado los informes que aseguraban que los dirigentes de la SA estaban implicados en el incendio. Preguntó por el pasadizo que comunicaba el Reichstag con la residencia oficial de Göring y por qué no había sido cerrado aquella noche. El antiguo Reichsmarschall siguió en sus trece y puso en duda la idea de que los nazis hubieran necesitado quemar el edificio para conseguir que Hindenburg firmara la célebre orden que privaba a los alemanes de sus derechos civiles.[883] En cualquier caso, dijo Göring a Kempner, de haber tenido que ver con cualquier conspiración para incendiar el Reichstag, habría sido por un motivo muy distinto. ¡El lugar era tan horroroso!... Kempner remitía una marea incesante de cartas a su familia. En una de ellas comentaba que estaba teniendo la oportunidad de satisfacer su infatigable curiosidad acerca del régimen nazi durante muchas horas diarias. «¿No es acaso una vida maravillosa?».[884] En cierta ocasión mandó sendas postales de contenido romántico a Ruth y a la señorita Lipton; las dos seguían viviendo juntas en la casa de las afueras de Filadelfia.[885] La de Ruth decía: «¡Mi corazón solo te pertenecerá a ti toda mi vida!». Y en la de Margot Lipton escribió: «¡No hay nada en el mundo tan dulce como tú!». Ellas le mandaban cartas y telegramas y paquetes con chocolate y jabón. Él respondía quejándose. «Hoy hace cinco semanas que estoy en Europa», decía desde Fráncfort el 9 de septiembre, «y me parece mucho, muchísimo tiempo».[886] Parecía deprimido. El tribunal en su conjunto estaba muy mal organizado, y «el resultado es que me paso muchísimo tiempo sin tener nada que hacer... Paso los días en soledad». Le habían pedido que hiciera un viaje a Essen acompañando a una misión que debía ir a dicha ciudad a buscar pruebas, pero él intentó librarse de semejante incumbencia. «Más ruinas y, por consiguiente, más polvo de ese exasperante. Y solamente comida inglesa». Pasaba el tiempo con otros juristas del equipo de la Fiscalía, pero los


momentos de inactividad empezaban a fastidiarle. Quizá se explique así que en octubre remitiera a las mujeres de su familia en Lansdowne un comunicado de prensa para que se lo hicieran llegar al Philadelphia Record. Lleno de insinuaciones y reticencias, el escrito era una demostración de lo que era Kempner, el cuentista, verdadero maestro de las relaciones públicas, en el apogeo de su talento. «Los rumores de que tal vez hayan sido encontradas nuevas pistas sobre Adolf Hitler y Eva Braun comenzaron con la llegada a Núremberg, procedente de Estados Unidos, del doctor Robert M. W. Kempner, el máximo experto norteamericano en Hitler y la maquinaria del partido nazi. El doctor Kempner llegó en avión procedente de Washington D. C., pero salió de Núremberg para realizar una misión secreta tras una breve visita al Palacio de Justicia».[887] Como habría cabido esperar, empezaron a aparecer artículos en los periódicos de la ciudad.[888] «Ciudadano de Filadelfia a la caza de Hitler, vivo o muerto, siguiendo órdenes de la Casa Blanca», decía un titular. La esencia del artículo, totalmente inventado, venía a decir que Kempner había «seguido la pista» de Hitler durante años y que era el único entre los pocos adversarios de los nazis de cualquier rincón del mundo «que posee un conocimiento detallado del aspecto físico de Hitler, incluso de su estructura ósea. Podría señalar con el dedo a un Hitler que se hubiera sometido a una operación de cirugía plástica con el fin de disimular su apariencia, a un cadáver incinerado, y afirmar con toda certeza: ‘Ese es el Führer’». Un periodista decía: «Ayer se supo que salió de este país con destino a Alemania hace cuatro semanas con un visado de viaje prioritario emitido especialmente por la Casa Blanca». Los diversos artículos comunicaban que durante los años que había transcurrido como funcionario del Ministerio del Interior de Prusia, Kempner había dirigido un equipo de doce agentes secretos que, de 1928 a 1933, se habían dedicado a seguir regularmente a Hitler. «Kempner ha declarado en varias entrevistas que Hitler tiene ciertas características físicas que nunca podría hacer desaparecer aunque anduviera oculto o disfrazado», decía Stars and Stripes. «Entre ellas cita una oreja derecha notoriamente puntiaguda, un pulgar derecho anormalmente largo, una mandíbula con la dentadura retraída y una espalda habitualmente encorvada». Todo aquello era, por supuesto, absurdo, pero los artículos fueron publicados el 22 y el 23 de octubre, en el momento en el que Kempner viajaba a Núremberg procedente de París. «La radio ha hablado de la


persecución de Hitler», comentaba Kempner en una carta a Lansdowne. «Me divirtió bastante».[889] La noticia generó suficiente interés como para que el asistente del secretario de prensa de la Casa Blanca fuera preguntado por ella. El hombre respondió que la Casa Blanca no había enviado a ese abogado a Alemania. Aquel truco publicitario distanció públicamente a Kempner del resto de integrantes del equipo de la Fiscalía que pululaban por Núremberg. Con objeto de corregir la información falsa que él mismo había propagado, Kempner escribió una carta a una emisora de radio diciendo que no estaba a la caza de Hitler «en este momento», sino que estaba ayudando a organizar el juicio contra los nazis. Jackson se había llevado a Kempner a Núremberg para que dirigiera la séptima de las siete secciones que tenía a su cargo: un conjunto de juristas encargados de anticiparse a las defensas que los nazis pudieran utilizar para rebatir las acusaciones presentadas contra ellos.[890] Fue así como el martes 20 de noviembre por la mañana, seis meses después de que acabara la guerra, Kempner se encontró cerca de la mesa de la Fiscalía —aunque no sentado a ella—, cuando comenzó el juicio en una sala del Palacio de Justicia atestada de público. Kempner estaba sentado en la última fila de sillas, detrás de la mesa de Jackson. Si se volvía, podía extender un brazo por encima de la barandilla que separaba a los abogados de la prensa, cuya galería, llena a rebosar, ocupaba más de una docena de filas sobre una plataforma. Pensó en sus padres, la pareja de bacteriólogos que habían recorrido toda Europa intentando erradicar del continente diversas enfermedades contagiosas. La misión que se le había encomendado a él en Núremberg no era muy distinta de la de ellos. Había vuelto a Alemania para drenar la charca que había fomentado el desarrollo de la amenaza nazi.[891] Recortó una página del número de la revista Time correspondiente al 3 de diciembre en la que aparecía una foto de la sala de audiencias, rodeó con un circulito su cabeza, de tamaño diminuto, en la última fila, y la envió por correo a Lansdowne.[892] Rosenberg y los demás acusados entraron en la sala vestidos con traje y corbata o con uniforme militar para asistir a la primera jornada del juicio. [893] Esposados cada uno a un guardián, pasaron por una especie de pasadizo de madera cubierto desde el bloque donde estaban las celdas al sótano del


Palacio de Justicia, y luego tomaron el ascensor que los condujo hasta la sala de audiencias. Rosenberg tomó asiento en la primera fila y observó el desarrollo del proceso con la mirada velada y los brazos cruzados. Daba la impresión de ser un hombre pequeño y, como siempre, sobrio y grave. La sala, reconstruida y revestida con paneles de madera de color oscuro e iluminada con tubos fluorescentes, estaba atestada de gente. En un extremo de la sala, los jueces —en representación de Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia— ocupaban un estrado decorado con las banderas de las cuatro potencias aliadas vencedoras. Una fila de guardias, con casco y cinturón blanco, rodeaba las dos filas de acusados. Los abogados de la defensa estaban sentados enfrente de sus patrocinados en una serie de bancos ante mesas de madera de color marrón. A la izquierda, los intérpretes desarrollaban su trabajo detrás de unos paneles de separación de vidrio; a la derecha estaban los equipos de la Fiscalía, la sección reservada a la prensa, las cabinas de las cámaras de cine y de la radio y una galería para ciento cincuenta espectadores. Núremberg se sentía el verdadero centro del mundo. La primera jornada se dedicó a la lectura de los cargos contra veintidós dirigentes nazis y siete organizaciones. Al día siguiente, los acusados se declararon inocentes y, una vez que el tribunal frenó los intentos de Göring de sabotear el proceso con su propio alegato preliminar, Jackson subió al estrado y miró a los cuatro jueces. Sentó las bases de lo que iba a ser aquello con un discurso inicial en el que recordó a todos los presentes en la sala que la historia los estaba mirando. «Las infracciones que pretendemos condenar y castigar han sido tan calculadas, tan malévolas y tan destructivas, que la civilización no puede permitir que se pasen por alto, pues, de repetirse, no podría sobrevivir», dijo Jackson al tribunal.[894] Tenía el codo izquierdo apoyado en el estrado y llevaba el pulgar de la mano derecha metido en el bolsillo de su pantalón de rayas. Los acusados escucharon la traducción a través de unos auriculares. «Que cuatro grandes naciones, llenas de euforia por su triunfo y resentidas por las heridas sufridas, detengan la mano de la venganza y voluntariamente sometan a sus enemigos cautivos al juicio de la ley es uno de los tributos más significativos que el poder haya rendido nunca a la razón». El fiscal jefe norteamericano respondía así a los ataques de los alemanes contra la legitimidad del tribunal; un abogado defensor llamó a los juicios una mera «continuación de la guerra por otros medios».[895] Jackson sostuvo que los fiscales no pretendían tomar represalias contra los nazis, sino hacer


justicia según el derecho internacional. «Hacer beber a estos acusados una copa de veneno equivale a ponérnosla también en los labios a nosotros mismos». En su alegato inicial, Jackson prometió aprovechar la «pasión teutónica» que tenían los alemanes por la «meticulosidad a la hora de poner las cosas por escrito», y durante las semanas y los meses siguientes, el ministerio fiscal puso ante los ojos de los acusados innumerables documentos incriminatorios. [896] En noviembre, el tribunal vio una serie de filmaciones que mostraban escenas de los campos de concentración y de las atrocidades de la SS. Algunos acusados nazis casi no fueron capaces de contemplar las imágenes de gigantescas fosas comunes y de cadáveres amontonados que se proyectaban en la pantalla. Dos semanas más tarde, la Fiscalía proyectó una película llamada El plan nazi, que reforzaba su postura, utilizando secuencias filmadas por los alemanes cuando estaban en el poder. Empezaba con Rosenberg, sentado en un sillón vestido con el uniforme nazi, hablando de los primeros años del partido, cuando había desempeñado un papel tan destacado e influyente en la formación del pensamiento de Hitler. En diciembre, la Fiscalía presentó un informe preparado por el general de división Jürgen Stroop, de la SS, acerca de la destrucción del gueto de Varsovia. «Este bonito ejemplo de artesanía alemana, encuadernado en piel, profusamente ilustrado, mecanografiado sobre papel grueso de óptima calidad», dijo el fiscal americano, «rinde tributo a la valentía y el heroísmo de las Fuerzas Armadas alemanas que participaron en la despiadada e implacable acción llevada a cabo contra un grupo de judíos indefensos y desamparados, que ascendían, para ser exactos, a cincuenta y seis mil sesenta y cinco individuos, incluidos naturalmente niños y mujeres».[897] En enero de 1946, el jefe de una de las Einsatzgruppen, las unidades encargadas de llevar a cabo los asesinatos, declaró que sus hombres habían fusilado a noventa mil personas entre el verano de 1941 y el de 1942. A medida que iban acumulándose las pruebas de las atrocidades cometidas, de la utilización de mano de obra esclava y del exterminio en masa de la población, el psicólogo de la prisión, Gustave Gilbert, fue pasando de celda en celda, hablando con los presos nazis acerca de lo que oían decir en la sala de audiencias. Parece que Rosenberg intentó ensayar su táctica defensiva con Gilbert. De manera absolutamente absurda dijo que el nazismo no tenía nada que ver con los prejuicios raciales. Lo único que querían los alemanes era que


su país fuera racialmente puro y que los judíos tuvieran el suyo. Él personalmente no había pretendido nunca que se matara a los judíos. «Yo no he dicho que los judíos fueran inferiores», afirmó. La hostilidad racial había aumentado en todos los países del mundo. «¡Y ahora de repente se ha convertido en un crimen, solo porque los alemanes la han puesto en práctica!». Reconocía que el partido nazi debía ser suprimido. Pero en lo tocante a los crímenes de guerra de los que se trataba en el juicio, los sujetos verdaderamente culpables eran Hitler, Himmler, Bormann y Goebbels. «A nosotros no puede culpársenos de nada».[898] La Fiscalía no estaba de acuerdo, por supuesto, y el 9 y el 10 de enero de 1946 un abogado llamado Walter Brudno fue exponiendo de manera lenta y metódica los motivos por los que Rosenberg debía ser declarado culpable de crímenes de guerra. Se presentaron contra él cuatro cargos, siendo acusado de contribuir a la ascensión al poder de los nazis desarrollando y divulgando la doctrina del partido contra las iglesias cristianas y contra los judíos, de preparar psicológica y políticamente a Alemania para sus guerras de agresión y de participar en la comisión de crímenes de guerra y de crímenes contra la humanidad como ministro del Reich de los Territorios Ocupados del Este. [899] «Veremos que no hubo ni un solo principio fundamental de la filosofía nazi que no fuera expresado de manera determinante por Rosenberg», dijo Brudno, mientras, sentado en el banquillo, el acusado tomaba diligentemente nota de todo. «Como apóstol del neopaganismo, como representante de la campaña en pro del Lebensraum (el «espacio vital») y enaltecedor del mito de la superioridad nórdica, y como uno de los defensores más antiguos y enérgicos del antisemitismo nazi, contribuyó materialmente a la unificación del pueblo alemán detrás de la esvástica». Brudno recitó diversos pasajes de los escritos de Rosenberg sobre la raza. Repitió la célebre declaración hecha en 1941 en la que afirmaba que la cuestión judía solo se resolvería cuando «haya abandonado el continente europeo el último judío». Y explicó que Rosenberg era el delegado de Hitler para la formación y el adoctrinamiento de los militantes del partido en la ideología nazi. Leyó tantas citas de El Mito del siglo XX que el presidente del tribunal le pidió que parara de una vez. «Realmente no deseamos seguir oyendo nada más». Brudno pasó a describir el papel de colaborador desempeñado por Rosenberg en los Territorios Ocupados del Este. Cómo había ayudado a


planificar y ejecutar la salvaje ocupación de la zona. Cómo había apoyado el desarraigo de las demás razas para hacer sitio a la población de etnia alemana. Cómo no había puesto objeción alguna a los planes de Alemania de matar de hambre a los habitantes de la Unión Soviética. Cómo había colaborado con la deportación de más de un millón de trabajadores forzados a Alemania. Y cómo había recibido informes periódicos de una «brutalidad indecible». Pocos días después de que Brudno presentara el alegato de la acusación contra Rosenberg, llegó el testimonio demoledor de un médico que había sido detenido y encerrado en Dachau, donde había visto los terribles experimentos médicos hechos con otros prisioneros. Cuando Dodd le preguntó a cuáles de los acusados había visto pasar por el campo, nombró a cuatro de ellos. A pesar de sus afirmaciones en sentido contrario, uno de ellos era Rosenberg. [900] Mientras el proceso estaba en pleno desarrollo, Kempner se dedicaba con la ayuda de un grupo de individuos a elaborar informes sobre todos los testigos de la acusación y de la defensa, redactando informes para la Fiscalía y preparando los expedientes de la Fiscalía contra los distintos acusados.[901] Buena parte del personal se alojaba en el Grand Hotel, «el mejor hotel de la ciudad», decía Dodd en una carta, aunque carecía de agua caliente, y para pasar por el pasillo había que caminar por una tabla dispuesta sobre un abismo de tres pisos de altura. «Mi habitación es bastante confortable. Las paredes están todas destrozadas —con agujeros de balas en ellas— y en las ventanas no hay cristales. El techo está medio destruido, pero comparado con algunas habitaciones, se encuentra en bastante buen estado».[902] Los miembros del equipo remataban las largas horas pasadas en el interior del tribunal tomando copas a deshora en el Salón de Mármol del hotel, donde bailaban al son de música americana tocada por conjuntos alemanes e intentaban olvidar durante un rato las atrocidades que se dedicaban a descubrir día a día y la absoluta desolación que contemplaban a su alrededor por las calles.[903] El trigésimo quinto día del juicio —el último correspondiente a la acusación americana—, Kempner tuvo por fin ocasión de ponerse bajo los focos. Aunque en este caso su historia no necesitara muchos requilorios, nada de ello le impidió dar aviso previamente a la prensa de lo que iba a pasar. «Es


la única víctima directa de la persecución de los nazis», decía el corresponsal de un periódico sensacionalista de Nueva York, el PM, «que tiene la oportunidad en este juicio de presentarse ante el tribunal y decir en voz alta lo que piensa de ellos».[904] «Estar allí, en el lugar de la Fiscalía, era, dicho en cuatro palabras, estar en el centro del universo legal», diría más tarde un escritor.[905] El 16 de enero de 1946, Kempner subió al estrado y, blandiendo montones de documentos, presentó el alegato de la acusación contra el «gestor de la conspiración nazi», Wilhelm Frick, ministro del Interior de 1933 a 1943. Kempner sostuvo que Frick había allanado el camino hacia la guerra ayudando a Hitler a obtener la ciudadanía alemana.[906] El austríaco obtuvo automáticamente la naturalización cuando Frick orquestó su nombramiento para un puesto de funcionario como asesor del Gobierno en el Departamento de Cultura y Topografía de la ciudad alemana de Braunschweig. De no ser por Frick, afirmó Kempner, Hitler no habría podido nunca llegar a convertirse en canciller de Alemania. Como ministro del Interior, Frick era responsable de supervisar los Gobiernos de los estados y de los municipios, las elecciones, las leyes raciales, la política sanitaria e incluso, técnicamente, a la policía. Kempner demostró que Frick había puesto en vigor la legislación racial, entre otras cosas firmando las Leyes de Núremberg, que despojaron a los judíos de su ciudadanía en 1935. «Fue el cerebro de la Administración que ideó la maquinaria estatal del nazismo, el que equipó esa maquinaria de lo necesario para la guerra de agresión», dijo el fiscal ante el tribunal. Frick no solo había estado al corriente del programa de eutanasia T4, sino que de hecho había firmado la orden secreta que lo puso en marcha. Luego, remachó Kempner, fue Protector del Reich de Bohemia y Moravia durante el periodo en el que los judíos de Checoslovaquia fueron deportados a los campos de exterminio. Kempner, siempre propenso al autobombo, aprovechó la ocasión para leer algunos extractos del interrogatorio al que había sometido a Göring a propósito del incendio del Reichstag, detalle que estaba seguro que atraería la atención de los periódicos. (En efecto, apareció a la mañana siguiente en The New York Times). La lectura de aquel documento llevó al presidente del tribunal, sir Geoffrey Lawrence, a preguntarle: —¿Qué tiene que ver todo eso con Frick? —Como dije antes, al día siguiente firmó el decreto de derogación de los


derechos civiles —contestó Kempner de forma bastante torpe. Aquella exposición supuso un pequeño respiro en medio de los alegatos habitualmente sobrios de los americanos. Dispuesto a sacar el mayor partido posible a aquel momento, Kempner realizó una actuación un tanto barroca. Los nazis que estaban en el banquillo no pudieron evitar alguna que otra sonrisa al ver los dramáticos aires moralizadores que adoptaba. Rudolf Hess, que hablaba perfectamente inglés, ridiculizó discretamente el acento del fiscal, mientras que Hans Frank se burlaría de los gestos teatrales y retorcidos de Kempner.[907] El equipo británico, sin embargo, recibió con los brazos abiertos a aquel fiscal americano que conocía tan bien la historia de los nazis.[908] A su juicio, era algo de lo que carecían lamentablemente los otros casi setecientos miembros del personal de Jackson. A Kempner le preocupaba qué efecto pudiera tener el juicio en el público alemán, que iba recibiendo información de las sesiones a través de las retransmisiones de radio, de los noticiarios cinematográficos y de la cobertura que les daban los periódicos.[909] Los fiscales querían cambiar la actitud de los alemanes. Después de años y años de propaganda nazi, había entre la población no pocas dudas de que efectivamente estuviera llevándose a cabo un juicio como era debido. Por consiguiente, Jackson invitó a políticos, profesores universitarios y de enseñanza secundaria, clérigos, jueces y juristas a acudir a Núremberg a asistir en persona al desarrollo del proceso. Luego, Kempner se encargaba de llevarlos al cine a ver películas del famoso Tribunal del Pueblo de la Alemania nazi, que había juzgado a los individuos detenidos por Himmler tras el atentado de 1944 contra Hitler. El contraste era notable. Podía verse al presidente del Tribunal del Pueblo, Roland Freisler, regañando y hostigando a los acusados, que ofrecían un aspecto ridículo sujetándose los pantalones con las manos, pues no les permitían usar cinturones, ni siquiera en la sala de audiencias. «¡Viejo asqueroso!», gritaba Freisler a un acusado. «¿Qué hace usted toqueteándose todo el rato los pantalones?».[910] Goebbels había ordenado filmar los juicios para inspirar terror a los eventuales disidentes que pudiera haber en Alemania. Pero en aquellos momentos la Fiscalía hacía que aquellas filmaciones se volvieran contra los propios nazis.


El 15 de abril, Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, subió al estrado y declaró que millones de hombres, mujeres y niños habían perecido en las cámaras de gas de su campo de exterminio. Höss había comenzado su carrera en los campos de concentración de Dachau y Sachsenhausen antes de ser trasladado a Auschwitz en mayo de 1940. Dijo que Himmler lo había convocado a Berlín en 1941 y que le había dado unas órdenes secretas. «Me dijo no sé qué —no recuerdo las palabras exactas— en el sentido de que el Führer había dado la orden de emprender la solución final de la cuestión judía. Nosotros, es decir, la SS, debíamos ejecutar esa orden. Si no se llevaba a cabo de inmediato, los judíos acabarían después con el pueblo alemán». [911] En el estrado, Höss confirmó los detalles de una declaración jurada que había firmado para la Fiscalía, en la que contaba cómo llegaban los trenes y cómo a los individuos considerados aptos para el trabajo se les entregaban unos uniformes de rayas y luego eran enviados a los barracones, mientras que a los demás se les ordenaba quitarse la ropa y pasar a las cámaras de gas, presentadas como si fueran duchas; las salas tenían capacidad para dos mil personas a la vez; la gente moría en menos de quince minutos y los trabajadores del campo sabían que las víctimas habían muerto cuando cesaban los gritos. —¿Sintió usted alguna vez compasión por las víctimas, pensando en su propia familia y en sus hijos? —le preguntaron. —Sí. —¿Cómo es posible que aun así llevara usted a cabo esas acciones? —El argumento decisivo, el único, en fin, fue la orden estricta —y su correspondiente justificación— que me había dado el Reichsführer Himmler. Posteriormente, Gilbert, el psicólogo de la cárcel, se reuniría con Höss en su celda. Quería saber por qué el comandante de Auschwitz había llevado a cabo la política de exterminio con una determinación tan burocrática. ¿Realmente creía que los judíos merecían morir? Höss respondió que durante toda su vida no había oído decir otra cosa sino que los judíos eran seres infrahumanos y que merecían ser exterminados. Dijo que había leído El Mito del siglo XX de Rosenberg, Mi lucha de Hitler y los artículos de fondo de los periódicos de Goebbels. «Como antiguo nacionalsocialista fanático, tomaba todo aquello como un hecho incontrovertible, del mismo modo que un católico cree en los dogmas de su Iglesia», dijo. «Era una verdad indiscutible;


no me cabía la menor duda. Estaba absolutamente convencido de que los judíos eran el polo opuesto del pueblo alemán y de que tarde o temprano tendría que haber un enfrentamiento final».[912] Por los libros, dijo, había tenido conocimiento de que, aunque fueran una minoría, los judíos controlaban la prensa, la radio y el cine. «Y si el antisemitismo no lograba terminar con la influencia de los judíos, estos lograrían desencadenar una guerra que acabara con Alemania. Pero todo el mundo estaba convencido de esto; eso era todo lo que se oía decir o lo que se podía leer». De modo que cuando Himmler le dijo que su deber era exterminar a los judíos, sus palabras «encajaron con todo lo que había venido predicándoseme durante años». El mismo día que testificó Höss, Rosenberg tuvo por fin la oportunidad de defenderse. Subió al estrado el centésimo octavo día del juicio y su testimonio se prolongó a lo largo de tres jornadas. Para frustración de todos los presentes —incluido su abogado, designado por el tribunal, Alfred Thoma, un juez de la audiencia provincial que no había pertenecido nunca al partido nazi—, Rosenberg se negó sencillamente a contestar a las preguntas. En cambio se dedicó a largar tediosos monólogos sobre asuntos tangenciales. Como había hecho en sus libros y en sus escritos, como había hecho en sus discursos, como había hecho en la sala de interrogatorios, Rosenberg se apartó del tema y arrastró a sus oyentes por los cerros de Úbeda. «Un mortal corriente y moliente», escribiría en un informe cierto analista después de entrevistarse con el filósofo nazi en el ASHCAN, «necesitaría tiempo y paciencia para encontrar dónde agarrarse en el mundo de Alfred Rosenberg». [913] En consonancia con una declaración que pondría a prueba la credulidad de los oyentes, Thoma sostuvo que su patrocinado había dedicado toda su carrera a defender «el respeto de todas las razas», la «libertad de conciencia» y «una solución sensata del problema judío».[914] Rosenberg se puso a dar una explicación detallada y una defensa de su prolija filosofía y de las teorías políticas del partido nazi, como si pudiera echar una cortina de humo de falsa erudición para cubrir el asesinato de millones de personas. «La industrialización y el ansia de rentabilidad dominaban la vida y crearon el estado industrializado y las metrópolis con todos sus patios traseros, y condujeron al distanciamiento de la naturaleza y de la historia», dijo


Rosenberg al tribunal. «A principios del siglo pasado y comienzos del actual se volvieron contra esa tendencia tan parcial muchas fuerzas que deseaban reconquistar la patria y la historia». Se trataba de un movimiento juvenil, dijo, que acataba el pasado al tiempo que pretendían abrirse paso hacia un futuro moderno. —Doctor Thoma —dijo Lawrence, el presidente del tribunal, interrumpiendo su perorata—, ¿podría usted intentar confinar la declaración del testigo a los cargos que se han presentado contra él? Dodd se puso en pie para apoyarlo. —Ningún miembro de la Fiscalía ha presentado cargo alguno contra este acusado por sus ideas —dijo el jurista americano. —Creo que todos, por principio, nos oponemos a juzgar a nadie por sus ideas. Personalmente, dijo Rosenberg, él estaba dispuesto a permitir a la gente que pensara lo que quisiera sobre Dios. La culpa de las medidas en contra de las iglesias se la echó a Bormann, que, según se creía, continuaba desaparecido. (En realidad había muerto cuando intentaba huir del Führerbunker durante los últimos días de la guerra. Sus restos fueron encontrados por una cuadrilla de trabajadores de la construcción de Berlín en 1972 e identificados sin ningún género de dudas gracias a los análisis de ADN en 1998. Los fragmentos de vidrio incrustados en su mandíbula dieron pie a los historiadores a deducir que, al ver cortada su huida por los soviéticos, Bormann se tragó una cápsula de veneno).[915] Rosenberg negó haber participado en cualquier complot para saquear Europa. Cuando los nazis llegaron a París, descubrieron que los judíos habían huido y que sus propiedades carecían en aquellos momentos de dueños. Asumieron la responsabilidad de proteger aquellos tesoros, que el personal de Rosenberg catalogó meticulosamente y embaló con el mayor cuidado. «Nos enfrentábamos a una situación imprevista», dijo. En cualquier caso, los nazis estaban perfectamente justificados para repatriar las obras de arte que habían sido sustraídas de Alemania durante guerras pasadas y también tenían derecho a incautar los archivos para poder investigar a los enemigos que habían realizado actividades de agitación contra ellos. Se enfrentó a un informe secreto de diciembre de 1941 encontrado por la Fiscalía, en el que Rosenberg hacía a Hitler una sugerencia brutal sobre cómo debía responderse a la escalada de violencia de los ataques sufridos por los oficiales alemanes en Francia.[916] En octubre, el dictador había ordenado la


ejecución de un centenar de rehenes franceses en respuesta al asesinato de un par de funcionarios alemanes en Nantes y Burdeos.[917] Pero, tal como veía las cosas Rosenberg, el objetivo de la resistencia había sido desencadenar las represalias de los nazis contra la población francesa y atizar así de nuevo la animosidad contra los alemanes. «Propongo al Führer que, en vez de ejecutar a cien franceses, los sustituya por cien banqueros, abogados, etcétera, judíos. Son los judíos de Londres y Nueva York los que incitan a los comunistas franceses a cometer actos de violencia y parece bastante justo que los integrantes de esta raza paguen por ello», decía en sus notas. «No son los pequeños judíos, sino los dirigentes judíos de Francia los que deberían ser considerados responsables. Ello permitiría despertar los sentimientos antijudíos». Una vez en el estrado, Rosenberg declaró que había escrito aquel memorándum en un momento de exaltación y que, en cualquier caso, Hitler no había seguido sus recomendaciones. De la forma caótica que lo caracterizaba, Rosenberg dijo que lamentaba haber hecho aquella propuesta, alegando de paso que en tiempos de guerra fusilar rehenes no era ilegal. Continuando con su defensa, Rosenberg declaró que no había tenido nada que ver con la planificación de la Operación Barbarroja; era ya un hecho consumado cuando Hitler lo llamó para que preparara la administración civil de los territorios ocupados. Nunca había formado parte de sus planes diezmar a la población del este. Una vez nombrado ministro, no había tenido autoridad en materia de economía y de policía, y Koch, el Reichskommissar de Ucrania, se había saltado sus órdenes a la torera. Rosenberg reconoció haber aprobado los planes para llevar niños del este a Alemania durante el verano de 1944, aunque intentó presentar la medida con tintes positivos. Aquella Heuaktion u «Operación heno» supuso la detención de entre cuarenta y cincuenta mil niños de edades comprendidas entre los 10 y los 14 años.[918] Algunos de ellos se habían quedado solos cuando sus padres habían sido detenidos para realizar trabajos forzados en las obras de fortificación de las líneas; otros sencillamente habían sido arrancados a la fuerza de sus casas. La idea era utilizar a los chicos secuestrados como aprendices al servicio de las fábricas alemanas. Uno de los principios esgrimidos para justificar aquellos secuestros era que a largo plazo permitían acabar con las «potencialidades biológicas» de los pueblos del este. Rosenberg dijo al tribunal que al principio se había opuesto al plan, aunque no había tenido inconveniente en permitir que el ejército arrestara a otros adolescentes de más edad. Había cedido, declaró, porque el ejército los habría


deportado de todas formas, con o sin su consentimiento. Según dijo, pensó que si aceptaba aquella misión, su «departamento de juventud» se habría encargado de que los niños recibieran un buen trato. Aseguró que su pretensión había sido alojarlos en aldeas o en pequeños campamentos y devolvérselos a sus padres después de la guerra. Su abogado le preguntó por los informes que habían llegado a las manos de Rosenberg en junio de 1943 y que hablaban de las atrocidades cometidas cerca de Minsk, en Bielorrusia. Un funcionario de prisiones escribió una carta comunicando que la policía se dedicaba a arrancar los empastes de oro a los detenidos judíos antes de entregarlos a las autoridades carcelarias, y Wilhelm Kube, el máximo responsable de la Administración Civil en Bielorrusia, informaba del asesinato de numerosas mujeres y niños en una «acción policial» contra los partisanos. «El hecho de que los judíos reciban un trato especial no necesita más explicaciones. Pero que de paso se produzcan cosas como las descritas», decía una carta remitida a Rosenberg por el despacho de Lohse, «es casi increíble».[919] ¿Cómo iban a pacificar y explotar los Territorios Ocupados del Este si su población vivía aterrorizada? «Debería ser posible evitar las atrocidades y enterrar los cadáveres de los que hayan sido liquidados. Encerrar a hombres, mujeres y niños en pajares y luego quemarlos no parece el método más apropiado de combatir las bandas de malhechores, por más que se desee exterminar a la población. Semejante método no es digno de la causa alemana y perjudica notablemente nuestra reputación. Le ruego que tome las medidas necesarias». Confrontado con aquella carta delante del tribunal, Rosenberg declaró que había llegado poco después de que Hitler se pusiera del lado de Koch en 1943 y de que ordenara a su ministro que dejara de inmiscuirse frívolamente en los asuntos del este. «Me sentí abatido», dijo, «y no leí ese documento». Declaró que había tenido conocimiento de la existencia de los campos de concentración, pero que había supuesto que las detenciones eran «necesarias desde el punto de vista político y nacional». Afirmó que había preguntado a Himmler acerca de los informes que corrían por el extranjero acerca de las atrocidades cometidas en los campos y dijo que el Reichsführer-SS le había invitado a acompañarlo a Dachau para que viera el campo con sus propios ojos. «Tenemos piscina, tenemos instalaciones sanitarias», había dicho Himmler. «Todo irreprochable. No se puede poner ni una objeción». Rosenberg contó al tribunal que había declinado la invitación «por motivos


de buen gusto; sencillamente no deseaba contemplar a unos hombres privados de su libertad». En cuanto al exterminio de los judíos de Europa, Rosenberg aseguró no saber nada del asunto. Sí, había leído los informes acerca de la «terrible dureza» del trato dispensado en el este. Sí, había oído hablar de fusilamientos de judíos. «Pero no podía suponer que existiera una orden de aniquilación individual de toda la población judía», dijo, «y si en nuestras polémicas se habló alguna vez del exterminio de los judíos, debo decir que, por terrible que sea la impresión que produzca el término en vista de los testimonios supuestamente disponibles en este momento, en las circunstancias reinantes por aquel entonces no se interpretaba como el exterminio personal, como la aniquilación personal de millones de judíos». El hombre cuyo antisemitismo sin par había allanado el camino hacia el Holocausto insistía ahora en que había defendido un trato «caballeroso» de los judíos, aunque no explicara con demasiado detalle en qué habría consistido ese supuesto plan alternativo. «Que las cosas resultaran de otra forma, es un trágico destino», dijo. «Luego ocurrieron cosas lamentables que, debo confesar, interiormente me privaron de la fuerza necesaria para seguir abogando ante el Führer por el método por mí defendido». Pero insistió en que no había tenido conocimiento de los fusilamientos masivos ni de los campos de la muerte. —No me lo habría creído ni aunque me lo hubiera contado el propio Heinrich Himmler —dijo—. Hay cosas que, incluso a mí, me parecen fuera de lo que es humanamente posible, y esta es una de ellas. El 17 de abril, Thomas Dodd se acercó al estrado para interrogar a Rosenberg.[920] Actuando lenta y metódicamente, fue cargándose una a una sus estrategias de defensa hasta llegar a la cuestión de los judíos. —¿Habló usted alguna vez del exterminio de los judíos? —le preguntó. —En general no hablé nunca del exterminio de los judíos en el sentido exacto del término —contestó Rosenberg—. Hay que escoger bien las palabras a este respecto. Dodd le presentó el memorándum acerca de la entrevista que el ministro del Reich había mantenido con Hitler el 14 de diciembre de 1941, aquella en la que decidieron que Rosenberg no hablara de «exterminio» —Ausrottung— de los judíos en el discurso que tenía previsto pronunciar.


—Ya he dicho que esa palabra no tiene el sentido que usted le atribuye — afirmó Rosenberg. Dodd le acercó un diccionario alemán-inglés y le pidió que buscara el término. Rosenberg se negó y siguió dando lecciones al fiscal. —No necesito un diccionario extranjero para interpretar lo que puede querer decir en alemán la palabra «Ausrottung» en sus múltiples acepciones —dijo—. Se puede exterminar una idea, un sistema económico, un ordenamiento social y, en último término, también a un grupo de seres humanos, por supuesto. Tales son las múltiples posibilidades contenidas en este vocablo. Las traducciones del alemán al inglés a menudo están muy equivocadas. Dodd insistió: —¿Realmente actúa usted en serio cuando muestra esa aparente incapacidad por su parte de ponerse de acuerdo conmigo sobre el significado de esta palabra, o simplemente pretende usted perder el tiempo? Rosenberg respondió que el discurso que tenía previsto pronunciar en el Sportpalast era simplemente una «amenaza política». No era el anuncio de la solución final. —Bueno, en realidad —dijo Dodd—, los judíos ya estaban siendo exterminados en los Territorios Ocupados del Este por aquel entonces y seguirían siéndolo después, ¿verdad? —Sí. —Ya. Y luego pretende usted que el tribunal crea que quien lo hacía era la policía, sin que interviniera ninguno de sus hombres. A continuación, Dodd presentó a Rosenberg una carta de Lohse, el Reichskommissar del Ostland, en la que este protestaba «por la salvaje ejecución de los judíos» de una ciudad de su territorio, así como la respuesta del ministerio diciéndole que no debía interferir en la misión encomendada a la SS respecto a la cuestión judía. Dodd mostró a Rosenberg la carta remitida a Lohse por otro funcionario de la Administración Civil en julio de 1942, en la que se comunicaba que durante las últimas diez semanas habían sido «liquidados» en Bielorrusia cincuenta y cinco mil judíos y que todos los que fueran deportados a su distrito correrían la misma suerte. Rosenberg dijo que no había visto nunca aquellas cartas, aunque habían sido encontradas entre los documentos que había en su despacho de Berlín. Dodd insistió y señaló que al menos cinco de las personalidades más importantes de su ministerio sabían lo que estaba pasando y desde luego su


superior habría debido saberlo. Rosenberg intentó salir por la tangente, pero el presidente del tribunal intervino: —¿Quiere responder de una vez a la pregunta? ¿Reconoce usted que esas cinco personas estuvieron implicadas en el exterminio de los judíos? —Sí, sabían que se había producido cierto número de liquidaciones de judíos, lo admito —respondió Rosenberg—, y me lo contaron. Y si no lo hicieron, me enteré por otras fuentes. Tras aquella confesión incriminatoria, Dodd dio un paso más en su alegato contra Rosenberg. —El testigo Höss..., ¿estaba usted en la sala cuando declaró? —Sí, oí lo que dijo —contestó el acusado. —¿Escuchó usted esa terrible información que dio en el estrado de los testigos acerca de los dos millones y medio o tres millones de personas que fueron asesinadas, en su mayor parte judíos? —Sí. —¿Sabe usted que ese hombre, Höss, había leído su libro y había escuchado sus discursos? —No —respondió Rosenberg, nunca lo había sabido.[921] Aquel mismo día Dodd envió una carta a su familia en la que hablaba del careo con Rosenberg. «Resultó muy difícil interrogarlo. Un granuja evasivo y mentiroso como no he visto otro. Realmente me resulta desagradable. ¡Menudo embustero! ¡Menudo hipócrita!».[922] Cuando el ministerio público terminó su actuación, los fiscales americanos abandonaron Núremberg en masa. Pero a Kempner lo convencieron de que se quedara con Dodd. Se le encargó la supervisión de una sección de la Fiscalía responsable de refutar los argumentos esgrimidos por los acusados y sus defensores. «Sigo aquí... y todavía soy, por así decir, uno de los últimos supervivientes», decía en una carta a un amigo. «La mayor parte del equipo se ha ido». El tribunal había creado una comisión especial para escuchar las declaraciones de los miembros de las organizaciones juzgadas, como, por ejemplo, la SS, la Gestapo, las tropas de asalto (SA) y el ejército. Kempner era el enlace entre el equipo de la Fiscalía americana y su comisión subordinada, función que no era precisamente de su agrado.[923] «Es muy difícil desde todos los puntos de vista», decía en su carta. «Hay demasiados


recovecos y los casos de las organizaciones no han sido nunca investigados ni analizados a fondo, de modo que en el último momento habrá mucho que hacer». Quería volver a casa, a Lansdowne. Allí, ese mismo mes, finalmente había llegado sano y salvo su hijo Lucian, después de muchos años huido. Desde 1941 hasta 1943, Lucian había asistido a distintas escuelas en Düsseldorf y Berlín. En un momento determinado estuvo trabajando como vigilante nocturno para mantenerse. Siempre había sabido que, como medio judío, podía ser arrestado por la Gestapo en cualquier momento, y en septiembre de 1943 finalmente fueron a por él.[924] Primero lo mandaron a un campo de trabajos forzados en Westerland, en la isla de Sylt, situada en el mar del Norte, a poca distancia de la frontera de Dinamarca.[925] La Luftwaffe tenía allí una base aérea y, en previsión de los ataques de los Aliados, fueron puestos a trabajar en la construcción de fortificaciones mil doscientos prisioneros. En febrero de 1944, Lucian fue enviado a un campo en Arnheim, en Holanda, para trabajar en la ampliación de otra base aérea, y finalmente acabó en el campo de concentración de Amersfoort, donde habían sido encerrados millares de judíos, objetores de conciencia y presos políticos. Intentó escapar en varias ocasiones. Por último, en abril de 1945, cuando era trasladado a un nuevo campo cerca de Berlín, logró huir, cruzó las líneas alemanas y se dirigió en una bicicleta robada a las líneas aliadas, a casi ciento cincuenta kilómetros al oeste del río Elba, cerca de Magdeburgo.[926] Se entregó al IX ejército norteamericano y, tras ser interrogado, se quedó con esa unidad como intérprete. (Hablaba cuatro idiomas). A finales de ese mismo año se presentó voluntario como soldado del ejército inglés, integrado en la Compañía C del Regimiento Royal Norfolk. Pasó algún tiempo trabajando en labores de reeducación de jóvenes alemanes adoctrinados por los nazis. La segunda mitad de 1945 la pasó intentando volver a ponerse en contacto con su padre, escribiendo incluso una carta a la Voz de América. «Por favor, ayúdenme a encontrar a mi padre», decía en ella. «Son ustedes mi última esperanza».[927] Finalmente padre e hijo se localizaron a finales de 1945 y pudieron intercambiar algunas cartas. «Arriesgué mi vida», decía Lucian en una suya, «y milagrosamente la recuperé».[928] Pero aquella libertad era muy rara. Seguía estando en Alemania, acantonado en Solingen, a medio camino entre Düsseldorf y Colonia, y todavía no tenía la documentación necesaria para salir del país. Seguía siendo


un hombre azotado por las fuerzas de la historia. «Soy equiparado a los alemanes actuales», decía en una carta a su padre, «y como estos son mal vistos en todo el mundo —y con razón—, yo también soy un paria para la opinión pública mundial, es decir, un proscrito, como lo era antes de la guerra y durante la guerra para esos arios alemanes. No soy alemán, no soy británico y tampoco soy americano. ¿Entonces qué soy?». Lucian estaba desesperado. «¿Te sería posible sacarme de este país espantoso?». Los ingleses lo habían tratado bastante bien, pero estaba muy deprimido. No tenía nada que leer, y los demás soldados no hablaban más que de «las alemanas, la bebida y los cigarrillos». Lucian no tenía ni siquiera cartilla de racionamiento, de modo que vivía de lo que le daban sus camaradas de la compañía. Sus pretensiones eran sumamente elementales. «Quiero vivir en un país libre como un ser humano en igualdad de derechos». Padre e hijo tuvieron ocasión de reunirse brevemente de nuevo en el mes de febrero, en el Grand Hotel de Núremberg.[929] Kempner ayudó a su hijo a conseguir un visado norteamericano y en mayo de 1946 Lucian desembarcó en Estados Unidos a bordo de un carguero, el Marine Perch, y una vez allí tomó el autobús para Lansdowne, donde vivía su padre. Envió un telegrama de agradecimiento a la Casa Blanca y concedió diversas entrevistas a los periodistas de Filadelfia. «Fue perseguido, acosado, golpeado y obligado a pasar hambre», informaba el Philadelphia Enquirer. «Ayer este Ulises moderno acabó en Lansdowne».[930] Ruth había decorado la casa con flores. El artículo la presentaba como la madre de Lucian; su verdadera madre, Helene, que lo había secuestrado cuando estaba en Italia, había muerto en Alemania antes de que terminara la guerra. «Por lo que cuentan los recortes de prensa», decía Kurt Grossman, el periodista y viejo amigo de Robert Kempner, en una carta remitida a Núremberg, «yo diría que es un verdadero Kempner».[931] Lucian, que después de su cautiverio estaba completamente demacrado, había engordado veinticinco kilos desde que había llegado a las líneas de los Aliados un año antes. Dijo que tenía intención de alistarse en el ejército norteamericano. «Ha habido muchos chicos que han caído y han muerto en los campos de batalla de Europa para salvarme», declaró a un periódico. «De no ser por ellos, no estaría aquí ahora. Quiero intentar compensarles de la única forma que sé». André, por su parte, llegaría a Lansdowne a comienzos de los años


cincuenta, tras ser adoptado oficialmente por los Kempner, y acabaría casándose y estableciéndose en Suecia. El 17 de julio, Kempner recibió una carta enviada por una remitente absolutamente increíble: Emmy Göring, la esposa del Reichsmarschall. «¿Podría pedirle un gran favor?», decía la buena señora. «¿Cree usted que tendría tiempo en los próximos quince días de concederme media hora?». [932] Kempner accedió a su petición, y aunque no tenía claro qué era lo que quería, es probable que lo que buscara la señora Göring fuera su ayuda para obtener permiso para visitar a su marido en la cárcel, o simplemente para que la dejaran pasar a la sala de audiencias (las esposas de los acusados no estaban autorizadas ni a una cosa ni a otra). En el mes de septiembre, la antigua actriz, luciendo un magnífico abrigo de pieles y con una gran sonrisa en los labios efectuó su entrada en el Palacio de Justicia, pero enseguida fue reconocida y obligada a salir.[933] Una vez acabada la guerra, había sido localizada en una casita de campo en Baviera, en la que permanecía escondida con una enorme provisión de champaña, licores y puros habanos, así como con un cofre lleno de joyas y oro. Fue detenida y encarcelada durante cinco meses y, tras ser liberada, en febrero de 1946, estuvo viviendo en la pobreza en una casa sin agua corriente ni calefacción. Seguía enfadada por el hecho de que, durante los últimos días de locura que había pasado en el búnker, Hitler hubiera ordenado la detención de su marido. Uno de los psicólogos del ejército destinado a Núremberg fue a visitarla en el mes de marzo, con la esperanza de que lograra convencer a su marido, el Reichsmarschall, de que retirara su lealtad y su apoyo al Führer. Emmy envió una carta a Göring, que no se dejó conmover. «Nada podrá hacerme vacilar», dijo Göring al psicólogo.[934] Kempner empezó a visitar regularmente a Emmy, y a llevarle chocolate y comida.[935] Sabía cómo cultivar valiosas fuentes de información, y aquella era una relación que valía la pena mantener. Kempner mantuvo una relación más compleja con otro nazi internado en Núremberg: Rudolf Diels, el antiguo jefe de la Gestapo. Allá por los años treinta, Kempner había ayudado a Diels a evitar una situación bastante embarazosa con una prostituta; Diels probablemente ayudara a Kempner a salir del campo de concentración del Columbia-Haus a raíz de su detención


en 1935. Diez años más tarde, en Núremberg, los fiscales británicos afirmaron que el jefe fundador de la policía secreta había sido «responsable de los mayores actos de brutalidad y de barbarie» y defendieron su inculpación. Kempner contribuyó a que no se salieran con la suya.[936] Diels, que insistía en que había hecho lo que había podido para impedir los peores abusos durante los días y los meses posteriores a la toma del poder por los nazis, accedió a entregar a la Fiscalía una serie de declaraciones juradas acerca de los acusados, incluidos Göring y Rosenberg. Se convirtió así en uno de los primeros en suministrar información. «Queríamos enterarnos de todo lo posible en el menor tiempo posible», declararía Kempner muchos años después acerca de su relación con nazis como Diels. «Ello significaba hablar con algunos individuos con los que, en otras circunstancias, no habría estado uno dispuesto a tomar una taza de té».[937] Como diría Kempner en sus memorias, «los asesinos siempre pueden decir la verdad sobre otros asesinos como ellos; no importan los motivos que puedan tener para hacerlo». Kempner y Diels se vieron muy a menudo durante el juicio. Como testigo, Diels tuvo que residir en una casa establecida por los americanos al efecto. Curiosamente, en ella vivían tanto nazis como supervivientes de los campos de concentración. Pero Diels obtuvo además permiso para visitar un pabellón de caza situado al sur de Núremberg, propiedad de unos amigos suyos, el conde y la condesa Faber-Castell. El pabellón se convirtió en un pequeño centro de relaciones mundanas; Kempner era también uno de sus asiduos visitantes. Como era habitual en él, Diels inició una aventura con la condesa. Cuando la dama dio a luz a su primer hijo, Kempner dijo que el padre era Diels. Y probablemente supiera bien de qué hablaba: fue uno de los padrinos de bautismo del niño.[938] El 26 de julio, Robert H. Jackson regresó a Núremberg para efectuar su alegato final. Cuando le tocó hablar de Rosenberg, Jackson lo calificó de «sumo sacerdote intelectual de la ‘raza superior’» y dijo que había sido él el que había «suministrado la doctrina de odio que dio impulso a la aniquilación del pueblo judío, y quien puso en práctica sus teorías impías contra la población de los Territorios Ocupados del Este. Su filosofía difusa añadió el aburrimiento a la larga lista de las atrocidades de los nazis».[939]


Un mes más tarde, los acusados subieron al estrado e hicieron sus alegatos finales. Rosenberg negó tener cualquier responsabilidad en las matanzas perpetradas por los nazis. «Sé que mi conciencia está libre por completo de cualquier culpa en ellas y de toda complicidad en el genocidio».[940] Había pretendido que los pueblos del este se sublevaran contra Moscú. Había pretendido que los judíos fueran reasentados en su propia nación. «La idea de la aniquilación física de eslavos y judíos, es decir, el genocidio propiamente dicho, no se me pasó nunca por la cabeza, y desde luego nunca la defendí de ninguna manera». Su trabajo al servicio de la ideología nazi no fue ninguna conspiración ni ningún crimen. «Solicito que se reconozca esto como la verdad». Los cuatro jueces estuvieron todo el mes de septiembre deliberando.[941] Las discusiones giraron en torno a determinados puntos del derecho internacional más o menos improvisado que habían guiado desde el primer momento los Juicios de Núremberg, y, por supuesto, también en torno a los intereses particulares de los cuatro Aliados. A Göring y a Ribbentrop resultó bastante fácil condenarlos. El caso de Rosenberg exigió un debate mayor. Cuando los jueces abordaron el expediente del ideólogo nazi el 2 de septiembre, se mostraron reacios a condenar por conspiración a un hombre por el simple hecho de que sus teorías hubieran dado cobertura ideológica a la persecución y los asesinatos en masa de los nazis. Por otro lado, los cargos contra Rosenberg iban más allá de las simples palabras. Había participado en la expoliación de todo un continente, en el programa de trabajos forzados y en la ocupación brutal y sanguinaria de los territorios del este. Además había desempeñado un papel determinante en la invasión de Noruega en 1940. La primera ronda de deliberaciones puso de manifiesto las discrepancias entre los jueces en torno a si había que condenar a Rosenberg por todos los cargos presentados contra él o solo por algunos, y sobre si debía ser ahorcado o encerrado en prisión de por vida. El 10 de septiembre, tres de los cuatro jueces se mostraron a favor de la condena por todos los cargos, pero mientras que soviéticos y británicos deseaban imponerle la pena de muerte, el juez francés era partidario de la cadena perpetua. Esta situación puso el destino de Rosenberg en manos del juez americano, Francis Biddle, el antiguo fiscal general del Estado de Estados Unidos. Biddle seguía indeciso. Dijo a sus colegas que quería estudiar el caso durante la noche antes de emitir su voto.


El 1 de octubre, los acusados se sentaron en el banquillo por última vez para escuchar los veredictos de los jueces.[942] Göring: culpable. Hess: culpable. Ribbentrop y Keitel: culpables. Y Rosenberg: culpable. De los veintidós hombres procesados, tres fueron absueltos: el antiguo vicecanciller, Franz von Papen, que había negociado la ascensión al poder de Hitler en 1933; el funcionario del Ministerio de Propaganda, Hans Fritzsche; y el banquero Hjalmar Schacht. A las tres menos cuarto, el tribunal suspendió la sesión. Al término de la pausa, los acusados, uno tras otro, volvieron a la sala para escuchar sus condenas. Rosenberg compareció en sexto lugar y llegó en ascensor, flanqueado por dos guardias. La puerta corredera se abrió y el ideólogo nazi entró en la sala, que, por primera vez, estaba poco iluminada; como la comunicación de la sentencia no iba a ser filmada, las lámparas fluorescentes habían sido apagadas. Rosenberg se puso los auriculares para escuchar traducidas las breves palabras del presidente del tribunal. «Tod durch den Strang». Muerte en la horca. Biddle se había mostrado a favor de la ejecución. En el veredicto, los jueces lo condenaban no por sus ideas, sino solo por sus actos. Rosenberg no dijo nada cuando se quitó los auriculares y volvió al ascensor que lo condujo al sótano. El capellán que asistió a los acusados nazis, Henry Gerecke, declararía más tarde que más de la mitad de ellos se habían arrepentido en el último momento y habían pedido perdón. Rosenberg «se mostró tan sofisticado como siempre. No hizo uso de la religión de sus tiempos de niño». Fue uno de los cuatro reos que rehusaron los servicios de los clérigos de la cárcel. Una vez dictadas las sentencias, se permitió a las esposas y a los hijos de los reos visitarlos en las celdas. Gerecke fue a ver a los niños y cuando pasó junto a la hija adolescente de Rosenberg, Irene, esta le dijo: —A mí no me venga con eso de los rezos. Sorprendido, Gerecke le preguntó: —¿Hay algo que pueda hacer por ti? —Sí —replicó la joven—. ¿Tiene un cigarrillo?[943] Durante los meses que pasó en prisión, Rosenberg escribió unas memorias en


las que relataba su versión de la historia del Tercer Reich. «Las cosas que hizo Hitler, las órdenes que dio, las cargas que impuso a los hombres más honorables, la forma en que humilló el nombre de Alemania, el ideal del movimiento otrora creado por él mismo, todo ello es de una magnitud tan enorme, que los adjetivos habituales para calificar estos procesos son insuficientes», escribiría.[944] Eso fue lo más lejos que llegó Rosenberg a repudiar a su héroe y a su ídolo. Decía que al final de su vida Hitler había sucumbido a un «paroxismo de autointoxicación», que había hecho comentarios que eran «los arrebatos de una persona que ya no pide consejo en serio a nadie, sino que de alguna manera quiere escuchar las palabras de su voz interior; son soliloquios por una parte lógicos, pero por otra realmente desmedidos».[945] Había llegado a la conclusión de que el gran error de Hitler había sido no haber escuchado más a hombres como Rosenberg, sino, por el contrario, haber atendido los consejos de Himmler y de Goebbels, «el Mefistófeles de nuestro movimiento, otrora tan recto».[946] «Así fue como pudieron esos dos hacer esas cosas increíbles, sin que nadie limitara nunca sus poderes», escribiría Rosenberg, apoyado en una mesa desvencijada en el silencio de su celda de la cárcel. «Ahí, en ese estrato puramente humano, radican los grandes pecados de omisión de Adolf Hitler, que acarrearon tras de sí unas consecuencias tan espantosas, esa inconsistencia indefinible, ese atolondramiento, esa negligencia y en último término esa injusticia, que una y otra vez frustraron sus propias ideas, sus propios planes y sus propios actos».[947] Describía un momento en el que, afirmaba, se percató de que Himmler deseaba detentar un poder absoluto en el Tercer Reich. Estaba tomando una copa de vino con uno de los hombres de Himmler cuando divisó una foto del Reichsführer-SS colgada de la pared de la habitación contigua. «Sin querer, me veía obligado a mirarla una y otra vez», decía Rosenberg. «Y entonces me di cuenta de que nunca había podido mirar directamente a los ojos a Heinrich Himmler. Siempre permanecían semiocultos detrás de sus lentes. Ahora, en cambio, me miraban inmóviles desde la fotografía. Y me dio la impresión de ver en ellos una sola cosa: maldad».[948] No obstante, añadía: «¿Cómo habría podido nadie atribuir a Himmler las atrocidades que hoy día son de todos conocidas?».[949] Recordaba cómo otro dirigente nazi había ido a visitarlo a Berlín y había hablado de intentar llevar a cabo un último ataque contra los Aliados en las


montañas. Rosenberg no había sido capaz de ver qué sentido habría tenido. El individuo se hizo una pregunta que también a él había venido preocupándole: ¿había sido la idea del nazismo un error desde el principio? No, no, había respondido Rosenberg. «Una idea grandiosa ha sido mal empleada por hombres pequeños».[950] Rosenberg pensaba que escribía esas palabras para un futuro en el que sus ideas y los ideales del partido nazi serían plenamente reivindicadas, y en el que él sería considerado un héroe. «Llegará el día en el que los nietos de la generación actual se avergüencen de que hayamos sido acusados de ser unos criminales por haber defendido la más noble de las ideas».[951] Rosenberg se aferró hasta el final a la rectitud de la causa de los nazis y a la grandeza de Hitler, a pesar de todos sus defectos. «Lo he venerado y he seguido siéndole fiel hasta el final», escribió. «Pues bien, ahora con él ha llegado la destrucción de Alemania. A veces se apodera de mí un sentimiento de odio cuando pienso en los millones de alemanes que han sido asesinados y desterrados, en la miseria indecible, en la expoliación de lo poco que ha quedado y en el reparto político de unos bienes milenarios. Pero luego me invade también un sentimiento de compasión por el hombre que ha sido también víctima del destino, y que ha amado a esta Alemania nuestra tan ardientemente como cualquiera de nosotros».[952] Hans Frank recurrió a la religión. El dirigente del Gobierno General había vivido rodeado de lujos en el castillo de Wawel, en Cracovia, mientras los nazis destrozaban de manera brutal la Polonia ocupada durante la guerra. En Núremberg, se arrepintió de todo lo que él y sus compañeros nazis habían dicho y hecho. Tras escuchar el testimonio de Höss, el comandante del campo de la muerte de Auschwitz, Frank dijo a un psicólogo de la prisión que el amigo más íntimo de su padre había muerto en Auschwitz. Se consideraba a sí mismo responsable de aquella muerte; a sí mismo, dijo, y a Rosenberg. «No, yo no lo maté personalmente», dijo Frank. «Pero las cosas que dije y las cosas que dijo Rosenberg hicieron posible aquel horror». Cuando Frank subió al estrado, se declaró culpable de la aniquilación de los judíos. «Pasarán mil años y la culpa de Alemania por este horror no se habrá borrado».[953] Rosenberg no se retractó de nada. Hasta el último momento, el principal ideólogo nazi no pudo o no quiso asumir la idea de que los pensamientos que él mismo había propagado habían desencadenado el genocidio.


—¿Qué va a ser de mí? —preguntó un día a su abogado. El hombre contestó citando un famoso poema de Goethe, el Canto nocturno del caminante II, cuyas palabras, aplicadas a aquel hombre de origen báltico, adquirían un sentido fatídico: En todas las cumbres reina el silencio. En todas las copas de los árboles apenas sientes un suspiro. Los pajarillos callan en el bosque. Espera un poco, balto. (Pronto)(5) Descansarás tú también.[954] El 15 de octubre, una hora después de que se apagaran las luces, el guardián que vigilaba la celda de Göring vio que el Reichsmarschall se llevaba una mano a la cara. Tres minutos después, empezó a ahogarse y a echar espuma por la boca. Antes de que pudieran hacer nada, estaba muerto. En su pechera, los funcionarios de prisiones encontraron dos sobres. Uno contenía cuatro cartas; el otro, una cápsula de cianuro vacía.[955] Estaba previsto que esa misma noche tuvieran lugar las ejecuciones. Göring había recibido el chivatazo. Pasada la media noche, fueron leídas las sentencias a los otros nazis condenados a muerte y se les sirvió una última cena a base de salchichas, ensalada de patata y fruta. Poco después de la una de la madrugada, los guardianes fueron a buscar a los hombres, uno tras otro; Rosenberg era el cuarto de la lista. Gerecke, el capellán, le preguntó si quería que rezara por él. —No, gracias —respondió el reo. Rosenberg, esposado, recorrió el breve trayecto que cruzando el patio llevaba del bloque de las celdas al gimnasio de la cárcel, en el que entró pasadas las dos menos cuarto. En su interior se hallaban los testigos, unos sentados ante sendas mesas y otros de pie, al fondo de la sala. Los guardianes ataron al reo las manos a la espalda con una cinta de cuero y le ayudaron a subir los trece peldaños que conducían a la horca, donde le ataron también los pies. «Rosenberg, que tenía la cara mustia y demacrada, miró a su alrededor y al


tribunal», escribiría Kingsbury Smith, que asistió a la ejecución en representación del Servicio Internacional de Noticias. «Tenía un color pálido, terroso, pero no parecía nervioso y caminó con paso firme hacia la horca... Pese a su ateísmo declarado, iba acompañado de un capellán protestante que lo siguió hasta el cadalso y se colocó a su lado mientras rezaba. Rosenberg miró en una ocasión al capellán, sin mostrar expresión alguna en el rostro». [956] El escritor más prolífico de la historia del Tercer Reich fue el único de los condenados que no pronunció unas palabras finales. Le pusieron una capucha. Se abrió la trampilla y Rosenberg cayó.[957] Unas horas más tarde, su cadáver fue trasladado con los de los demás a Múnich para su incineración. Las cenizas fueron arrojadas a un río.


Epílogo

Los hombres que localizaron el diario robado: el agente especial del Departamento de Seguridad Nacional (HSI) Mark Olexa; el ayudante del fiscal del distrito, Dave Hall; Robert Wittman; el archivero del Museo del Holocausto, Henry Mayer y el hijo de Robert Wittman, Jeff (Colección del autor).

«Este documento histórico, procedente de otro continente y de otro siglo, se encuentra ahora, en nuestra opinión, en la casa que le corresponde», dijo Sara Bloomfield, directora del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos el 17 de diciembre de 2013. Aquella mañana, el Archivo Nacional — técnicamente el propietario del diario— donó oficialmente aquellas páginas a la institución que había dedicado tanto tiempo y tantos esfuerzos a localizarlas. El diario ocupó el lugar que le correspondía en el archivo del museo junto con millares de documentos gubernamentales más, cartas, fotografías y grabaciones que contaban la historia del genocidio nazi. En el Centro de Estudios Avanzados sobre el Holocausto, dependiente del museo,


los eruditos que utilizaban aquellos recursos seguían investigando la historia de las matanzas, continuaban trabajando para explicar lo inexplicable, intentando dar sentido a lo que había ocurrido. Durante los meses que siguieron a la entrega del diario, el Museo del Holocausto programó una serie de charlas a cargo de Henry Mayer destinadas a distintos grupos judíos locales y regionales, en las que se ponderaba su trabajo como un ejemplo primordial de la misión que tenían las instituciones de preservar los documentos importantes relacionados con los crímenes de los nazis: para que no se olvidaran ni se repitieran. Una noche, Mayer subió al escenario del salón de actos del Museo Nacional de Historia de los Judíos Americanos de Filadelfia, situado en Independence Mall, para una sesión de preguntas y respuestas ante una sala abarrotada de público. Habló de la larga y tortuosa búsqueda de aquellos documentos y de su significación para los especialistas en la historia del Tercer Reich. Casi al final de la conferencia, alguien le preguntó qué sentía al tener entre sus manos las páginas perdidas del diario de Rosenberg. —Por desgracia —respondió Mayer secamente— es algo que forma parte del juego. A continuación hizo una pequeña pausa. No era muy dado a hablar de aquellos de sus antepasados que habían sufrido los horrores del Holocausto. La suya había sido tan solo una más entre las tragedias de millones y millones de personas. Su padre ni siquiera se había considerado un superviviente, aunque el museo sí que lo consideraba como tal, por ser uno de los judíos que habían huido de Alemania para sustraerse a la persecución. Pero Mayer no podía negar que las muertes terribles de sus parientes —en los barrizales de Gurs, en las cámaras de gas de Auschwitz o en los bosques de Letonia— conferían a su trabajo en el museo un sentido más profundo. Mayer se quedó mirando a la persona que le había formulado la pregunta y sonrió. —Me ha producido una gran satisfacción —dijo— el hecho de que un judío como yo haya descubierto el diario de ese individuo. Aunque ya no fuera un agente secreto que tuviera la necesidad de ocultarse ante las cámaras, Wittman se encontraba en el lugar que solía ocupar en acontecimientos como aquel: al fondo de la sala. Mayer le expresó públicamente su agradecimiento desde el escenario. Las personas del público


tuvieron que torcer el cuello para mirar, y algunas incluso se levantaron y fueron a estrecharle la mano. Resulta difícil describir la sensación que invadía a Wittman cuando encontraba alguna de las obras de arte o cualquier manuscrito valioso que hubiera andado buscando. El primer momento de éxito era como un relámpago de euforia. Quizá no fuera más que un testimonio del poder inefable que tenían aquellos bienes culturales absolutamente únicos. Para Wittman, aquel caso en concreto tenía algo que le producía una sensación distinta. Alfred Rosenberg no era solo el autor de un diario más y tampoco el Museo del Holocausto era un museo más. Ayudando a recuperar los papeles de aquel nazi, ayudando a salvar una pieza del rompecabezas insoluble que es el genocidio nazi, Wittman había aportado su granito de arena para que el museo cumpliera su misión: no solo honrar a los millones de inocentes que habían perdido sus vidas, sino recordar a las generaciones venideras un horror que no debe volver a repetirse.


Agradecimientos Muchas gracias a Henry Mayer y a Jürgen Matthäus, del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos; a Tim Mulligan, de los Archivos Nacionales y Administración de Documentos de Estados Unidos; a David Hall, de la oficina del fiscal federal de Delaware; y a Mark Olexa, del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, por el papel trascendental que todos ellos desempeñaron en la restitución al público del diario de Rosenberg. Desearíamos también dar las gracias a Mayer por compartir tan generosamente con nosotros su tiempo y sus anécdotas; a los bibliotecarios Ron Coleman, Megan Lewis y Vincent Slatt, de los archivos del Museo del Holocausto, por orientarnos e indicarnos una y otra vez la dirección correcta; a la investigadora independiente Satu Haase-Webb por las múltiples catas que realizó en la Colección Kempner en busca de cartas y documentos personales; y a los traductores Natascha Hoffmeyer, Nika Knight y Chris Erb por ayudarnos a descifrar los documentos alemanes y, por supuesto, el propio diario de Rosenberg. Nos sentimos igualmente muy agradecidos a Jonathan Bush, Allan Stypeck y Edward Jesella por el tiempo que nos dedicaron. Los fondos sobre historia de Alemania de la Biblioteca Van Pelt de la Universidad de Pensilvania pusieron a nuestro alcance numerosas respuestas a nuestras preguntas. Nuestro agradecimiento asimismo a las múltiples ayudas recibidas en la sede de los Archivos Nacionales y Administración de Documentos de College Park, Maryland, y a la Biblioteca del Congreso en Washington, D. C. Cariñosos saludos a Katie Shaver y Bob Barnard por el alojamiento que nos ofrecieron en la capital federal y por el vino y la agradable compañía que compartieron con nosotros. Deseamos expresar nuestro especial reconocimiento a John Shiffman por presentarnos a tanta gente; a nuestros agentes, Larry Weissman y Sascha Alper, por organizar de nuevo tan bien las cosas; y a Jonathan Burnham, Claire Wachtel, Hannah Wood, Jonathan Jao, Sofia Ergas Groopman, Brenda Segel, Juliette Shapland, Heather Drucker y a todo el resto del personal de Harper Collins, que nos ayudaron a traer al mundo este libro.


Y como siempre, todo el cariĂąo para nuestras familias: para Donna, Kevin, Renee, Jeffrey y Kristin; y para Monica, Jane y Owen.


APÉNDICE A: Breve cronología del Tercer Reich Diciembre de 1918: Alfred Rosenberg llega a Alemania procedente de su Estonia natal y se establece en Múnich; tiene 25 años. 5 de enero de 1919: se funda en Múnich el Partido Obrero Alemán, que se convertirá un año después en el partido nazi (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán). Rosenberg y Hitler se integran en él a finales de ese año. Diciembre de 1920: los nazis compran un periódico, el Völkischer Beobachter, y Rosenberg se convierte en su principal articulista y redactor jefe. 8-9 de noviembre de 1923: en un golpe de Estado fallido llevado a cabo en el Bürgerbräukeller, una cervecería de Múnich, los nazis intentan derrocar al Gobierno de Baviera. Hitler resulta herido en el tiroteo y es posteriormente detenido. Rosenberg sale ileso y es escogido por Hitler para dirigir el partido hasta su puesta en libertad. 30 de enero de 1933: Hitler es nombrado Canciller de Alemania y los nazis se hacen rápidamente con todo el control del Estado. Rosenberg se traslada a Berlín. Febrero de 1933: Robert Kempner es echado de su puesto como alto funcionario del Ministerio del Interior de Prusia. 1 de abril de 1933: los nazis lanzan el boicot de los comercios y empresas pertenecientes a judíos. 10 de mayo de 1933: los libros considerados ofensivos son quemados en las universidades de toda Alemania. 24 de enero de 1934: Hitler nombra a Rosenberg Encargado del Führer para el Adoctrinamiento y la Formación Intelectual e Ideológica del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. 30 de junio de 1934: durante la Noche de los Cuchillos Largos, Hitler purga a sus enemigos dentro del partido nazi, incluido Ernst Röhm, el jefe de las tropas de asalto (SA). 2 de agosto de 1934: muere el presidente Paul von Hindenburg; Hitler se erige en dictador de Alemania.


12 de marzo de 1935: Kempner es detenido por la Gestapo; es puesto en libertad al cabo de dos semanas de internamiento en el campo de concentración del Columbia-Haus de Berlín. 15 de septiembre de 1935: las Leyes de Núremberg hacen de los judíos individuos de segunda clase. 7 de marzo de 1936: los alemanes vuelven a ocupar la región desmilitarizada de Renania. Verano de 1936: Kempner huye a Italia, donde trabaja en un internado para jóvenes exiliados judíos en Florencia. 12 de marzo de 1938: Austria es anexionada a Alemania. Abril-mayo de 1938: Kempner y otros profesores y alumnos judíos de su internado de Florencia son encerrados tres semanas en la cárcel con motivo de la visita de Hitler a Italia. 3 de septiembre de 1938: las autoridades italianas cierran el internado de Kempner, que huye a Francia con su esposa y su amante. 30 de septiembre de 1938: en Múnich, Gran Bretaña y Francia acceden a la entrega a Alemania de una parte del territorio de Checoslovaquia, la región de los Sudetes. 9-10 de noviembre de 1938: durante la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, son destruidas en toda Alemania las sinagogas, las tiendas y las casas de los judíos. 30 de enero de 1939: Hitler, en un discurso ante el Reichstag, promete la erradicación de todos los judíos de Europa. 15 de marzo de 1939: Alemania invade Checoslovaquia. 23 de agosto de 1939: Hitler concluye un pacto de no agresión con el líder soviético Iósif Stalin, por el que las dos potencias acuerdan además repartirse Polonia. 1 de septiembre de 1939: Alemania invade Polonia y da comienzo la Segunda Guerra Mundial. Kempner, tras conseguir un trabajo en Norteamérica, llega a Nueva York. 8 de noviembre de 1939: estalla una bomba en el Bürgerbräukeller de Múnich, minutos después de que Hitler termine de pronunciar un discurso. 9 de abril de 1940: los alemanes invaden Noruega y Dinamarca. 10 de mayo de 1940: los alemanes atacan los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y Francia. 22 de junio de 1940: Francia se rinde y firma un armisticio con Alemania. Rosenberg crea una fuerza operacional, el Einsatzstab Reichsleiter


Rosenberg, que orquestra el saqueo de libros y obras de arte por toda la Europa ocupada. 22 de junio de 1941: inicio de la Operación Barbarroja, por la que Alemania invade la Unión Soviética y ocupa los Países Bálticos, Bielorrusia y Ucrania. 17 de julio de 1941: Hitler encarga a Rosenberg la supervisión de la Administración Civil de las tierras que habían pertenecido a la Unión Soviética y lo nombra ministro de los Territorios Ocupados del Este. 7 de diciembre de 1941: Japón ataca la base naval estadounidense de Pearl Harbor. 8 de diciembre de 1941: empieza a funcionar el primer campo de exterminio nazi en Chełmno, Polonia. 20 de enero de 1942: unos cuantos dirigentes nazis se reúnen en el Wannsee para estudiar el exterminio de los judíos. 15 de febrero de 1942: comienza en Auschwitz el exterminio en masa de los judíos. 31 de enero de 1943: el general Friedrich Paulus se rinde a los rusos al frente de todas sus tropas en Stalingrado; el resto del VI ejército alemán sigue su ejemplo el 2 de febrero, cambiando por completo el rumbo de la guerra. 16 de mayo de 1943: en Polonia, la sublevación del gueto de Varsovia es aplastada finalmente por los alemanes después de un mes de duros combates. 6 de junio de 1944: los Aliados invaden Normandía el Día D. 20 de julio de 1944: en el curso de la Operación Valquiria, un grupo de oficiales alemanes trama una conspiración con el objetivo de asesinar a Hitler, pero la intentona fracasa. 25 de agosto de 1944: los Aliados liberan París. 25 de enero de 1945: tras poner fin a la batalla de las Ardenas, los Aliados frustran la última gran ofensiva alemana. 27 de enero de 1945: los rusos llegan en su avance hasta Auschwitz, donde durante los tres años anteriores han sido asesinadas más de un millón de personas. 30 de abril de 1945: Hitler se suicida en Berlín que ha sido cercada por los rusos. 8 de mayo de 1945: Alemania se rinde. 18 de mayo de 1945: Rosenberg es detenido. 20 de noviembre de 1945: comienza en Núremberg el juicio por crímenes de


guerra contra Rosenberg, Hermann GĂśring, Rudolf Hess y otros dirigentes nazis que han sobrevivido; Kempner presta servicio formando parte del equipo de la FiscalĂ­a norteamericana. 16 de octubre de 1946: condenado por crĂ­menes de guerra, Rosenberg es ahorcado junto con otros nueve reos.


APÉNDICE B: Elenco de personajes BEHR, KURT VON: jefe del cuartel general en París de la operación de saqueo de obras de arte y libros perpetrada por los nazis a través del Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg, de 1941 a 1942; posteriormente dirigió la Operación Mobiliario, la retirada de los muebles y enseres de miles de hogares judíos de Europa Occidental. BIDDLE, FRANCIS: fiscal general de Estados Unidos, 1941-1945; principal juez americano en los juicios por crímenes de guerra de Núremberg, 1945-1946. BORMANN, MARTIN: jefe de Estado mayor de Rudolf Hess, 1933-1941; jefe de la Cancillería del partido nazi, 1941-1945; secretario particular de Hitler, 1943-1945. BRAUN, EVA: novia de Hitler y, al final, su esposa. DIELS, RUDOLF: director de la Gestapo, 1933-1934. ECKART, DIETRICH: redactor jefe del Völkischer Beobachter, el periódico nazi, desde 1920 hasta 1923; presentó a Rosenberg a Hitler en 1919. FAULHABER, MICHAEL: arzobispo católico de Múnich, 1917-1952; encabezó la oposición a los escritos de Rosenberg contra la Iglesia. FROMM, BELLA: corresponsal para noticias de sociedad del periódico de Berlín Vossische Zeitung. GALEN, CLEMENS VON: obispo católico de Münster; crítico con el programa de eutanasia emprendido por los nazis. GOEBBELS, JOSEPH: ministro del Reich de Instrucción Pública y de Propaganda. GÖRING, HERMANN: jefe de la Fuerza Aérea alemana, la Luftwaffe; director de Economía del Reich; hasta abril de 1945, sucesor designado de Hitler. HALL, DAVID: ayudante del fiscal de Estados Unidos en Delaware; colaboró con Robert Wittman en la recuperación del diario de Rosenberg. HANFSTAENGL, ERNST: jefe de prensa del partido nazi para el extranjero, 1922-1933; conocido como Putzi. HESS, RUDOLF: lugarteniente del Führer al frente del partido nazi desde 1933 hasta 1941.


HEYDRICH, REINHARD: director de la Oficina Central de Seguridad del Reich, que supervisaba el aparato de seguridad de Alemania, desde 1939 hasta 1942; encargado de abordar la «solución final de la cuestión judía», presidió la Conferencia del Wannsee; asesinado en 1942. HIMMLER, HEINRICH: Reichsführer-SS y arquitecto del Holocausto. HINDENBURG, PAUL VON: general de la Primera Guerra Mundial; presidente de la República desde 1925 hasta 1934; nombró canciller a Hitler en 1933. JACKSON, ROBERT: fiscal general de Estados Unidos, 1940-1941; juez del Tribunal Supremo, 1941-1954; fiscal jefe norteamericano en el juicio por crímenes de guerra de Núremberg, 1945-1946. KAHR, Caballero GUSTAV VON: comisario general del estado de Baviera que aplastó el intento de golpe de Estado nazi de 1923; asesinado durante la Noche de los Cuchillos Largos en 1934. KEITEL, WILHELM: jefe del Mando Supremo de las Fuerzas Armadas Alemanas, 1938-1945. KEMPNER, ANDRÉ: hijo de Robert Kempner y de su secretaria, Margot Lipton; pasó los años de la guerra siendo todavía un niño de corta edad en un orfanato en Niza, Francia. KEMPNER, LUCIAN: hijo de Robert y de su primera esposa, Helene; atrapado en Alemania durante la guerra y enviado a diversos campos de trabajos forzados, de los que se escapó en 1945 para unirse al ejército estadounidense. KEMPNER, ROBERT: abogado; huyó de los nazis en 1936; llegó a Estados Unidos en 1939; trabajó para el FBI y para el OSS; miembro del personal de la Fiscalía norteamericana durante los juicios por crímenes de guerra de Núremberg, 1945-1949. KEMPNER, RUTH: segunda esposa de Robert Kempner; escritora. KOCH, ERICH: Reichskommissar de Ucrania, 1941-1944. KREBS, ALBERT: antiguo dirigente del partido nazi en Hamburgo y redactor jefe de un periódico alineado con los nazis, el Hamburger Tageblatt; expulsado del partido en 1932. KUBE, WILHELM: Generalkommissar de Bielorrusia, 1941-1943. LAMMERS, HANS: jefe de la Cancillería del Reich, 1933-1945. LESTER, JANE: ayudante y secretaria de Robert Kempner en Alemania después de la guerra. LEY, ROBERT: dirigente de organización del Reich y director de la Oficina Central de Formación y Adoctrinamiento; encargado de supervisar el


Frente Alemán del Trabajo y el programa Fuerza a través de la Alegría, 1933-1945. LIPTON, MARGOT: amante y secretaria de Robert Kempner en Italia y en Estados Unidos; cambió su apellido de Lipstein por Lipton tras emigrar a América en 1939. LOHSE, HINRICH: Reichskommissar del Ostland, término con el que los alemanes designaban los territorios ocupados de Estonia, Letonia, Lituania y Bielorrusia, 1941-1943. LÜDECKE, KURT: antiguo partidario de los nazis, encargado de recaudar fondos para el partido. LUDENDORFF, ERICH: general de la Primera Guerra Mundial que se manifestó al lado de los nazis durante el intento de golpe de Estado de la cervecería Bürgerbräukeller de 1923. MAYER, HENRY: archivero jefe del United States Holocaust Memorial Museum, 1994-2010; posteriormente se convirtió en asesor principal en materia de archivos del museo; encabezó la búsqueda que condujo al descubrimiento del diario de Rosenberg. OLEXA, MARK: agente especial de la Oficina de Investigación del Departamento de Seguridad Nacional (HSI); trabajó con Robert Wittman en la recuperación del diario de Rosenberg. PAPEN, FRANZ VON: canciller alemán en 1932 y luego vicecanciller, 19331934; desempeñó un papel fundamental en el nombramiento de Hitler como canciller. PEISER, WERNER: fundador del Istituto Fiorenza, el internado para chicos judíos establecido en Florencia, Italia, 1933-1938. QUISLING, VIKDUN: político nacionalista de Noruega; se confabuló con Rosenberg y los nazis antes de que Alemania invadiera su país en 1940. RIBBENTROP, JOACHIM VON: ministro alemán de Asuntos Exteriores, 19381945. RICHARDSON, HERBERT: antiguo profesor universitario; escritor; director de la editorial Edwin Mellen Press; amigo de las secretarias de Kempner, Jane Lester y Margot Lipton; devolvió el diario de Rosenberg a las autoridades federales en 2013 tras recibir una citación judicial conminándolo a entregarlo. RÖHM, ERNST: jefe de la Sturmabteilung (SA), las tropas de asalto nazis, desde 1931 hasta 1934; ejecutado por Hitler a raíz de la Noche de los Cuchillos Largos en 1934.


SHIRER, WILLIAM: corresponsal en Berlín de la agencia de noticias Hearst y de la CBS Radio antes de la guerra y durante la contienda. STRASSER, OTTO: dirigente del ala izquierda del partido nazi en Berlín hasta su expulsión del mismo en 1930; su hermano, Gregor, fue asesinado durante la Noche de los Cuchillos Largos en 1934. TAYLOR, TELFORD: fiscal jefe de los tribunales militares estadounidenses en los Juicios de Núremberg, durante los cuales fueron llevados ante la justicia ciento ochenta y cinco nazis acusados de crímenes de guerra en doce procesos llevados a cabo entre 1946 y 1949. WEIZSÄCKER, ERNST VON: secretario de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, 1938-1943. WITTMAN, JEFF: hijo de Robert Wittman, que colaboró en la búsqueda del diario de Rosenberg.


Bibliografía selecta MATERIALES DE ARCHIVO En el sitio web de los Archivos Nacionales (National Archives and Records Administration) y en el del Museo Conmemorativo del Holocausto (United States Holocaust Memorial Museum) están disponibles escáneres de alta resolución del diario de Rosenberg. Las entradas correspondientes a los años 1934 y 1935 pueden encontrarse buscando «Alfred Rosenberg diary» en http://www.archives.gov/research/search y entrando en los escáneres de los documentos de Núremberg que lleven la etiqueta 1749-PS. Las entradas comprendidas entre 1936 y 1944 pueden verse en http://www.collections.ushmm.org/view/2001.62.14. Actas de los interrogatorios efectuados para la preparación de los procesos por crímenes de guerra en Núremberg 1945-1947 (microfilm M1270), Record Group 238, National Archives, College Park, Md. Actas de los interrogatorios estadounidenses para los Juicios por Crímenes de Guerra de Núremberg 1946-1949, (microfilm M1019), Record Group 238, National Archives, College Park, Md. American Friends Service Committee, Refugee Assistance Case Files, expediente de Ruth Kempner, United States Holocaust Memorial Museum, Washington, D. C. Colección Irma Gideon, United States Holocaust Memorial Museum, Washington, D. C. Comité de Emergencia para Ayuda de Académicos Extranjeros Desplazados (archivos del), expedientes de Robert Kempner, Record Group 19.051, United States Holocaust Memorial Museum, Washington, D. C. Correspondencia con los Centros Documentales Europeos relacionados con la Recepción y Devolución de Documentos 1945-1946, Record Group 238, National Archives, College Park, Md. Correspondencia del Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (microfilm M1946), Record Group 260, National Archives, College Park, Md. Correspondencia General Clasificada por Seguridad 1945-1946, Record


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Índice onomástico Los números en cursiva hacen referencia a las ilustraciones Abetz, Otto Abisinia, invasión italiana de Academia de Bellas Artes de Viena Academia Militar de Prusia acuerdo comercial germano-italiano Administración de Construcciones y Finanzas de Prusia Ahnenerbe, unidad de arqueología Alemania Occidental Aliados Alliance Israélite Universelle Alto Comisionado de Estados Unidos para Alemania Amann, Max Amen, John Harlan americanos de origen alemán americanos de origen japonés internamiento de los, Amersfoort, campo de concentración de Amigos de la Nueva Alemania Ana Karenina (Tolstói) Ángel azul, El (película) Ankläger einer Epoche (Fiscal de una época) (Kempner) Antonescu, Ion Archivo Nacional de Alemania (Bundesarchiv) Archivo Nacional de los Estados Unidos (U.S. National Archives) Ardenas, Batalla de las arios Arnheim, campo de trabajos forzados de arte degenerado Aschner, Ernst Así habló Zaratustra (Nietzsche) Associated Press Atenas Auf Gut Deutsch (En buen alemán) (semanario) Auhagen, Friedrich Ernst Auschwitz Austria anexión de, intento de golpe de Estado de 1934,

Baarová, Lída


Babi Yar Backe, Herbert Baker, Josephine Báltico, mar Bálticos, Países Barlach, Ernst Barmat, hermanos Baviera BBC (radio) Behr, Kurt von Behrens, Peter Bélgica Bełżec, cámaras de gas de Berger, Gottlob Berlín avance de los soviéticos sobre, Bolsa de, bombardeos aliados, los espartaquistas y, Orquesta Filarmónica de policía de, vida cultural de los judíos deportados de, Bernays, Murray C. Bernstorff, conde Albrecht von Bertram, cardenal Adolf Biddle, Francis Bielorrusia Birchall, Frederick Bismarck, Otto von Blitz sobre Londres Blitzkrieg («Guerra Relámpago») Blomberg, Werner von, Bloomfield, Sara Blutfahne («Bandera de Sangre») BMW Bohle, Ernst Wilhelm bolchevismo Bonnet, Georges Bormann, Martin Bosque de Rumbula, matanza del Boucher, François Bouhler, Philipp Bovensiepen, Otto Brack, Viktor Brandt, Willy Braun, Eva Brecht, Bertolt Brown, John Brudno, Walter Brüning, Heinrich


Bücherkunde (revista) Buck, Pearl S. Buena tierra, La (Buck) Bulgaria Bush, Jonathan

cámara/s de gas campo/s de concentración Canal de la Mancha Cancillería del Reich almuerzos en la, Canto Nocturno del caminante II (Goethe) Carl, Heinrich Carl Schurz Memorial Foundation Carlomagno Carnegie Corporation Catalina la Grande católicos CBS (radio) censura Centro de Estudios Avanzados sobre el Holocausto Centro de Internamiento del Cuartel General Supremo Aliado para los Naturales del Eje (ASHCAN: Allied Supreme Headquarters Center for Axis Nationals) César, Julio Cézanne, Paul Chamberlain, Eva Wagner Chamberlain, Houston Stewart Chamberlain, Neville Checoslovaquia Chełmno, cámaras de gas de Churchill, Winston cienciología cine/s cinematográfica, estrella, industria cinematográfico, noticiario Clemenceau, Georges Cofradía de las Cabezas Negras Columbia-Haus, cárcel del Comité Conjunto Judeoamericano de Distribución (American Jewish Joint Distribution Committee) Comité de Emergencia de Ayuda a los Universitarios Extranjeros Desplazados Comité de las Fuerzas Armadas del Senado de los Estados Unidos, Comité para la Liberación de los Pueblos de Rusia Compiegne, armisticio francés de (1940) Comunidad Nacional de la Gran Alemania comunismo comunista/s (persona, revolución, sublevación, ejército, estado) Conferencia del Wannsee (y Actas de la Conferencia del Wannsee) Congreso de Estados Unidos congresos nacionales del partido nacionalsocialista en Núremberg


control cultural Coolidge, Calvin Corps Rubonia Coughlin, padre Charles Cracovia, iglesia de Nuestra Señora Crimea, Crimen de la francmasonería, El (Rosenberg) cristianismo Cristo en la Piscina Probática (Panini) Croacia cubistas Curso futuro de la política exterior de Alemania, El (Rosenberg),

Dachau dadaístas Dalí, Salvador Daluege, Kurt Danzig (Gdansk), Darré, Richard Walther Das Schwarze Korps (periódico) Davidson, Beate Degas, Edgar Delegación para la Investigación de la Arquitectura Rural Alemana (Mittelstelle für deutsche Bauernhausforschung) Departamento para el Cultivo del Arte (Amt Kunstpflege) Departamento de Estado de Estados Unidos Departamento de Formación del Reich (Amt Schulung) Departamento de Guerra de Estados Unidos División de Crímenes de Guerra Departamento de Justicia de Estados Unidos División Radical, Oficina de Investigaciones Especiales, Unidad Especial de Defensa, Departamento de Política Exterior del partido nazi Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos Der Angriff (El Ataque) (periódico) Der Monat (revista mensual) Der Spiegel (revista) Der Stürmer (periódico sensacionalista) Der Weltkampf (La lucha mundial) (revista) Desembarco de Normandía Deutsche Bank Deutsche Zeitung (periódico) Deutschland, reunión celebrada a bordo del crucero pesado Devisenschutzkommando (unidad de control de divisas) Diario de Rosenberg el Archivo Nacional y el, búsqueda, desaparición,


descubrimiento, inicio, los Juicios de Núremberg y el, Kempner publica algunas entradas del, el U. S. Holocaust Memorial Museum se hace con él, Diderot Die Kunst im Deutschen Reich (revista) Diels, Rudolf Dietrich, Marlene Dinamarca Dippel, John discapacitados, programa de eutanasia para División de Fusileros de la Guardia Montada (Alemania) División de Inteligencia Militar Dix, Otto Documentación (Departamento de) documentos nazis encontrados por los Aliados Dodd, Martha Dodd, Thomas J. Dodd, William Dollfuss, Engelbert Domino, Ruth Dönitz, Karl Dostoyevski, Fiódor Doyle, Vincent Drancy, Francia Dresde, Teatro de la Ópera Drexler, Anton Dunkerque